Categoría: Politica y Actualidad

  • El Alma del Predador Gobernante

    El Alma del Predador Gobernante

    El vocablo “predador” describe a quienes saquean o actúan con rapiña; ya sea para sustento o para ascender en la escalera social y económica de manera ladina. Murray Rothbard en su obra Hombre, Economía, y Estado (1962) desarrolló una teoría económica de libertad, tal como lo hace nuestra Constitución, que luego contradictoriamente, en el mismo párrafo se contradice, abriendo camino para la discrecionalidad de las autoridades, lo cual contraría la misma Constitución. Y para quienes lo dudan, vean el artículo del abogado Carlos Barsallo intitulado “El Nuevo Excepcionalísimo Panameño «.

    Barsallo pregunta: “¿cómo puede un país alcanzar niveles de ingreso alto mientras mantiene percepciones persistentes de corrupción?”. Pero, yo añadiría que son más que percepciones; lo cual toma cuerpo cuando Barsallo cita a James Loxton en el Journal of Democray un artículo intitulado “The Puzzle of Panamanian Excepcionalism” (el rompecabezas del excepcionalísimo panameño). Es decir, que Panamá es berraca ya que a pesar de su corrupción gubernamental endémica, que ha afectado el desarrollo socioeconómico de gran parte de la población, flota por encima de las consecuencias de corruptela; tanto en el ámbito social como en el gubernamental.

    El excepcionalísimo de Panamá, como yo lo veo y coincido con Barsallo, nos llega debido a que nos hemos convertido en un refugio financiero de dólares, pero no porque tengamos una población productiva. Pero el asunto va bastante más allá y tiene raíces históricas y socioeconómicas, entre otras. En cortito, la triste realidad de los panameños es que no somos muy dados al emprendimiento; lo cual tiene raíces coloniales que persisten desde Cristobal Colón, Pedrarias y tal.

    Uno de los comentarios de Barsallo que más me llamó la atención, cuando dice:

    “…somos muy grandes porque engordamos, no porque crecimos… pesamos más por grasa y no por músculo”.

    Pero profundizando más en el asunto debemos ver y entender que difícilmente existe mejor herramienta para oprimir y controlar a una sociedad que un gobierno prostituido; que, por un lado, mantiene a los rabiprietos aplastados, y se alía con algunos empresaurios para cometer sus fechorías.

    Que en Panamá tenemos menos impuestos. ¡Que lindo!; ¿y acaso el Canal y todas las empresas gubernamentales metidas en actividades propias del mercado no son una forma de impuesto? Impuesto que no sólo sirve para el pillaje, sino que destruye la cultura de emprendimiento, lo cual aflora, como suelo señalar, en el “no a la privatización” que debemos traducir a “sí al pillaje gubernamental”. Y más aún, que las empresas estatales, a diferencia de las privadas, si dan mal servicio, no pagan las consecuencias. Es un intervencionismo coercitivo que si lo ven, lo pasan de alto. El caso del MEDUCA o NODUCA como le llamo yo, es buen ejemplo; pues no educa y tampoco deja educar.

    Curioso que ya en los EE.UU. el gobierno de Trump cerró el ministerio o como le llamen, de educación federal; y mutó en un programa que impulsa el derecho de la familia a escoger dónde educan a sus hijos. Y, en ello, están surgiendo las escuelas chárteres, que son estatales pero administradas privadamente. Pero también está aumentando rápidamente los programas que dan a la familia los fondos para que estas elijan dónde educar a sus vástagos. Ahora cada estado maneja por cuenta propia el tema educación.

    Y, otro aspecto que pocos ven es que cuando los gobiernos del estado se meten a ser empresaurios, destruyen algo vitalísimo… ‘el cálculo económico’; sin lo cual una empresa privada no puede subsistir. La privada que no entrega cantidad y calidad no subsiste; pero las empresas gubernamentales, tal como NODUCA, siguen campantes y rampantes fabricando pobreza; violando el precepto constitucional vertido en el artículo 49 que garantiza resarcimiento por daños ocasionados. ¡Inmensa burla!

  • La guerra en Irán redibuja el mapa del turismo mundial

    La guerra en Irán redibuja el mapa del turismo mundial

    En 2025, el turismo mundial no se frenó pese a la inestabilidad global. Según ONU Turismo, el año pasado, el volumen global de viajeros internacionales fue de más de 1 500 millones, por encima de los niveles previos a la pandemia. La cuestión ya no es si la geopolítica reduce los viajes, sino cómo está cambiando el mapa del turismo.

    El turismo sigue creciendo, pero ya no igual

    Durante mucho tiempo las crisis geopolíticas tenían un efecto casi automático sobre esta actividad: menos viajeros, menos reservas y menos actividad.

    Después de la caída abrupta en los desplazamientos provocada por la pandemia, el turismo internacional ha ido creciendo, pese a la acumulación de conflictos e incertidumbre. No obstante, los flujos se están reconfigurando y uno de los mejores ejemplos está en los países del Golfo. En los últimos años, esta región ha invertido miles de millones de dólares para consolidarse como destino turístico innovador y gran nodo de conexión entre Europa, Asia y África.

    Antes del comienzo de la guerra en Irán, esa estrategia parecía consolidada. Dubái recibió en 2025 casi 20 millones de turistas internacionales y Doha (Catar) fue designada capital del turismo del Golfo 2026. Pero para mantener esas ventajas se debe garantizar la conectividad en las comunicaciones y la estabilidad en los países, cuestiones que la guerra ha puesto en entredicho.

    Quién gana y quién pierde

    En turismo, la percepción del riesgo pesa casi tanto como el riesgo real. Un destino puede no estar directamente afectado por una guerra o una crisis, pero si queda asociado a una situación de inestabilidad, muchos viajeros optan por alternativas que les resultan más tranquilizadoras.

    Cuando aumenta la incertidumbre, muchos viajeros no dejan de viajar, pero sí cambian de destino. Eligen lugares que perciben como más seguros, más accesibles o más predecibles. En otras palabras, el turismo no desaparece: se mueve.

    Ese desplazamiento ya se está viendo en las zonas de influencia de donde se libra la guerra entre EE. UU.-Israel e Irán. La crisis en Oriente Próximo ha empujado parte de la demanda hacia destinos considerados más seguros. Por ejemplo, algunas grandes compañías turísticas han reforzado su capacidad en las Islas Canarias tras salir temporalmente de Oriente Próximo.

    Estos movimientos no se producen por motivos turísticos, el patrimonio cultural, la gastronomía o la naturaleza, sino que vienen dados por factores geopolíticos: la estabilidad política, la conectividad aérea, los visados o la percepción internacional del riesgo.

    Viajar se hace más caro

    Tras el comienzo de los ataques, a principios de marzo, aeropuertos clave de Oriente Medio como los de Dubái, Doha y Abu Dabi sufrieron cierres o restricciones. Este no es un asunto menor: Oriente Medio concentra el 14 % del tráfico aéreo internacional en tránsito, y Dubái, Abu Dabi, Doha y Baréin mueven juntos unos 526 000 pasajeros al día.

    Esta reconfiguración también afecta a otros nodos de conexión aérea. Cuando rutas clave quedan interrumpidas, el tráfico aéreo se redirige hacia otras alternativas más seguras u operativamente estables. El aeropuerto de Estambul, hub de conexión estratégico entre Europa, Asia y África, podría verse beneficiado por la inestabilidad en el Golfo y reforzar su papel como punto intermedio global, captando pasajeros que antes conectaban vía Dubái, Doha o Abu Dabi. Esto tiene implicaciones para el transporte aéreo y también para el turismo urbano: más escalas implican más pernoctaciones, más consumo turístico y mayor visibilidad internacional del destino.

    A eso se suma el coste económico directo. El Consejo Mundial del Viaje y el Turismo (WTTC) calcula que el conflicto con Irán está provocando pérdidas diarias de unos 510 millones de dólares para el turismo. Una parte de ese impacto acaba trasladándose al viajero en forma de trayectos más caros, más largos y más inciertos.

    Los viajeros también cambian

    En contextos de incertidumbre, los turistas ajustan sus decisiones. Aumentan las reservas con cancelación flexible, cobra más importancia el seguro de viaje y crece el interés por destinos cercanos o bien conectados.

    También pesa más la relación entre precio y seguridad. Un destino puede seguir siendo atractivo pero si genera dudas o implica más costes muchos viajeros optan por alternativas más simples.

    Eso modifica el perfil de la demanda. En 2025, Allianz aumentó un 9 % su facturación en seguros de viaje y las anulaciones concentraron más de la mitad de las incidencias. Se sigue queriendo viajar pero el viajero se vuelve más cauteloso y más sensible al riesgo.

    La estabilidad importa

    Para muchos destinos, transmitir seguridad, conectividad y previsibilidad se ha convertido en una parte central de su atractivo. Lo que pasa en el Golfo lo demuestra. Dubái, Doha o Abu Dabi habían construido una propuesta basada en lujo, innovación, grandes eventos y eficiencia aeroportuaria. Pero esa ventaja depende de que las rutas funcionen y de que la percepción de seguridad se mantenga. Cuando eso falla, no solo pierde el destino afectado: se reordena el mapa entero.

    Por eso algunos países ganan peso. No siempre son los más baratos ni los más espectaculares, sino los que ofrecen menos fricción al viajero: mejores conexiones, menos incertidumbre y una imagen de normalidad.

    El principal efecto de la geopolítica sobre el turismo mundial no parece ser, al menos por ahora, un colapso general. Lo que estamos viendo es un sistema más fragmentado, más desigual y más sensible a la percepción del riesgo.

    José Tomás Arnau Domínguez, Departamento de Economía Aplicada, Universitat de València y Paula Simó-Tomás, Departamento de Economía Aplicada, Universitat de València

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Polymarket, la guerra de Irán y el olor a información privilegiada

    Polymarket, la guerra de Irán y el olor a información privilegiada

    Hay mercados que no mienten. O más precisamente: hay mercados donde mentir cuesta dinero propio. Polymarket, la mayor plataforma de predicción del mundo, se ha convertido en las últimas semanas en algo más que un casino geopolítico. Es, para quienes saben leerlo, un detector de información que los gobiernos aún no han hecho pública.

    El origen: 28 de febrero

    Todo comenzó el día que Estados Unidos e Israel lanzaron la «Operación Epic Fury» contra Irán. Mientras caían los primeros misiles, seis wallets recién creadas en Polymarket habían apostado con precisión quirúrgica al 28 de febrero como fecha exacta del ataque. La firma de blockchain Bubblemaps identificó que esas cuentas, con prácticamente sin historial previo, generaron colectivamente 1,2 millones de dólares en ganancias.

    La mayoría de esas wallets fueron creadas en febrero, no tenían actividad previa más allá de ese único contrato, y compraron posiciones «sí» horas antes de que las primeras explosiones fueran reportadas en Teherán. El precio de cada participación cuando abrieron posiciones era inferior a 20 centavos. Cuando Trump confirmó la operación, cada participación valía un dólar. Una rentabilidad del 400% en pocas horas.

    El precio del petróleo y el caos de Ormuz

    El impacto sobre los mercados energéticos fue inmediato y brutal. El crudo llegó a rozar los 120 dólares el barril aproximadamente una semana después del inicio de la guerra, para luego caer a cerca de los 100, donde ha permanecido varios días. Antes de la guerra, el barril cotizaba alrededor de 70 dólares.

    El Estrecho de Ormuz, por donde transita el 20% del petróleo mundial, permanece efectivamente cerrado. La clausura forzó a Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait e Irak a recortar producción ante la acumulación de barriles sin salida al mercado y el agotamiento de la capacidad de almacenamiento. El jefe de la Agencia Internacional de Energía describió la situación como «el mayor desafío de seguridad energética global de la historia.»

    Los mercados han estado literalmente a merced de tuits. Un día el Brent se desplomó un 17% por debajo de los 80 dólares, para luego rebotar hasta los 90 después de que el secretario de Energía Chris Wright publicara —y rápidamente borrara— un mensaje en X afirmando que la Armada había escoltado un petrolero por el Estrecho. La Casa Blanca lo desmintió horas después. Eso es todo lo que hace falta hoy para mover el precio de la energía mundial.

    Lo que está pasando ahora mismo: el patrón se repite

    Hoy, 23 de marzo, el patrón inquietante vuelve a aparecer. Datos en cadena rastreados por PolymarketHistory muestran que 10 wallets se activaron el domingo pasado apostando un acumulado de 160.000 dólares a un alto el fuego antes de fin de marzo, con un potencial de cobro superior al millón de dólares. Las wallets no tienen historial previo de transacciones y fueron creadas prácticamente al mismo tiempo.

    Analistas que siguen Polymarket señalan que las mismas wallets que apostaron con precisión al inicio de la guerra antes del 28 de febrero ahora están posicionando el fin de las hostilidades para el 31 de marzo o el 15 de abril. Puede ser análisis. Puede ser otra cosa.

    La conexión Trump y la impunidad regulatoria

    El contexto político complica aún más el cuadro. Donald Trump Jr. es asesor de Polymarket y su firma de capital de riesgo 1789 Capital ha invertido millones en la plataforma. La administración Trump abandonó dos investigaciones federales abiertas contra Polymarket por la administración Biden, y luego aprobó la apertura de su exchange en territorio estadounidense.

    En enero, un trader no identificado ganó una fortuna en Polymarket justo antes de que las fuerzas estadounidenses capturaran al presidente venezolano Nicolás Maduro. En febrero, la justicia israelí procesó formalmente a un reservista militar y a un civil por usar inteligencia clasificada para apostar en Polymarket —la primera acusación criminal conocida vinculada al insider trading en un mercado de predicción.

    La pregunta que nadie puede responder todavía

    WTI cotiza hoy cerca de los 95 dólares por barril. La probabilidad de que el Estrecho de Ormuz vuelva a la normalidad antes del 30 de abril ha caído al 26%. Los mercados de predicción asignan un 89% de probabilidades a que el conflicto militar se extienda más allá del 31 de marzo.

    Lo que Polymarket ha demostrado en estas semanas es algo que los mercados tradicionales no pueden mostrar tan crudamente: que hay personas que saben lo que va a pasar antes de que pase. Y que en lugar de advertir al mundo, apuestan. La diferencia entre inteligencia geopolítica e insider trading nunca había sido tan delgada, tan lucrativa, ni tan difícil de probar.

    Si las nuevas wallets de hoy cobran su millón de dólares antes del 1 de abril, sabremos que alguien, en algún lugar, ya conoce el final de esta historia.

  • Estrecho de Ormuz: la prueba geopolítica de Trump

    Estrecho de Ormuz: la prueba geopolítica de Trump

    A 16 de marzo de 2026, la novedad central no es solo que el Estrecho de Ormuz siga severamente perturbado, sino que la guerra entre Israel, con apoyo militar de EE. UU. bajo Trump, e Irán ha abierto una crisis de hegemonía: Washington puede golpear, pero no logra ordenar una coalición amplia para estabilizar el teatro ni restaurar plenamente la libertad de navegación. Reuters, AP y otros medios coinciden en tres hechos: Irán ha reducido de forma drástica el tráfico por Ormuz; Trump ha pedido ayuda a aliados y socios para reabrirlo; y la respuesta internacional ha sido fría, cautelosa o directamente negativa.

    Lo más importante para entender la crisis del Estrecho de Ormuz hoy es que no está “herméticamente” cerrado en términos absolutos, pero sí funciona como un chokepoint bajo coerción iraní. Hay paso selectivo y altamente riesgoso: un petrolero pakistaní logró cruzar, e India e Irán negocian tránsito seguro para algunos buques, mientras Washington admite que por ahora tolera el paso de ciertos barcos iraníes, indios y chinos para evitar un shock energético aún mayor. Eso sugiere que Teherán no ha impuesto un bloqueo clásico total, sino una interdicción política y militar selectiva, suficiente para hundir el tráfico, disparar primas de riesgo y demostrar capacidad de veto.

    En el plano estratégico, Trump pidió apoyo internacional y no lo consiguió en la escala que buscaba. España descartó participar en operaciones militares en Ormuz; Grecia dijo que no irá más allá de la misión Aspides en el Mar Rojo; Alemania, Italia y otros aliados europeos han rechazado enviar fuerzas navales para una operación ofensiva o de imposición liderada por EE. UU.; Japón dijo que no planea por ahora una misión de escolta; y Australia tampoco prevé mandar buques de guerra. El Reino Unido es el caso intermedio: rechaza verse arrastrado a una guerra más amplia, pero estudia fórmulas limitadas de apoyo a la reapertura del paso, sin comprometerse a una participación ofensiva clásica.

    El problema de Trump no es solo militar, sino de legitimidad estratégica. La campaña ha probado que EE. UU. e Israel pueden degradar activos iraníes, pero no que puedan traducir esa superioridad cinética en un nuevo orden regional estable. Israel ya habla de al menos tres semanas más de guerra; Irán sigue golpeando por vías asimétricas; el tráfico energético global continúa dañado; y los aliados no quieren firmar un cheque en blanco para una guerra cuyo objetivo oscila entre castigo, disuasión, contención nuclear y eventual cambio de régimen.

    El mercado ya está votando con miedo. Brent rondó los 101-102 dólares tras haber superado el umbral psicológico de 100, mientras la IEA activó una liberación extraordinaria de 400 millones de barriles y mantiene más de 1.400 millones en reservas de emergencia. Aun así, la propia Reuters subraya que las herramientas para absorber el shock se están agotando rápido. La interrupción en Ormuz afecta alrededor del 20% del petróleo y del gas licuado transportados por mar, y ha obligado a recortes severos de producción en Emiratos y otras plazas regionales.

    La crisis del Estrecho de Ormuz ha expuesto que Trump no puede destruir el multilateralismo un día y reclamarlo al siguiente sin pagar un precio. Pero la formulación más sólida no es que ya haya “derrota” estadounidense en sentido total, sino que existe una brecha cada vez mayor entre la capacidad de infligir daño y la capacidad de construir coalición, legitimidad y orden. Y en geopolítica, esa brecha acaba siendo decisiva: una potencia puede ganar ataques y perder posición. Hoy, en Ormuz, ese es exactamente el riesgo de Washington.

  • El poder corrompe, necesitamos descentralizar

    El poder corrompe, necesitamos descentralizar

    En un artículo del Instituto von Mises, Ryan McMaken, editor jefe del Instituto, inicia señalando que en asunto de gobierno “¿Quién vigila al vigilador?” ¡Buena pregunta esa! Y es que siempre escuché decir que para gobernar, el gobierno requiere tener el monopolio del poder coercitivo, ya que este poder es necesario para proteger a la población en contra de los facinerosos. El problemita es que el poder corrompe y si es absoluto entonces corrompe de manera absoluta; y he aquí el mal que nos corroe en nuestra hermosa Panamá. Nuestra corrupción está tan arraigada, desde la misma Constitución, que es iluso pensar que con un presidente honesto vamos a salir del lodazal de la corrupción.

    La otra realidad es que para jugar el partido de buen Estado se requiere una ‘buena constitución’ que esté basada en una sana declaración de principios o derechos humanos y… nuevamente, los panameños no tenemos ni una ni la otra, sino todo lo contrario, como decía Tres Patines. Nuestra Constitución, a modo de declaración de principios, tiene un “preámbulo”, que según el diccionario es el “exordio, prefacio, aquello que se dice antes; es aprobar, mandar, pedir y tal. Pero… ¡viera el lector las discusiones que he tenido con abogados y juristas que dicen que el Preámbulo de nuestra Constitución no forma parte de la misma, sino que es mera pollera; es decir, el guirindajo que cuelga al margen de la falda.

    Entonces, a partir de lo dicho en el párrafo anterior, los panameños estamos “jodidos”; ya que, sin reglas buenas y claras los maleantes de turno hacen lo que les viene en ganas y, a menudo han sido ganas putrefactas. Luego, encima de todo ello, la naturaleza humana es tal que quienes tienen un poder exagerado y desbocado lo como un Chávez, un Maduro un Castro y tal.

    Desde lo señalado y si no estoy MFT, allí sólo comienzan nuestros problemas; ya que nuestros males de gobierno y gobernanza los traemos desde Cristobal o antes. Por ejemplo, en épocas de criminal Pedrarias, la “constitución” era una carta manuscrita del Rey, que le indicaba a su lacayo como debía administrar su finca privada; lo cual me lleva a preguntar… ¿algo ha cambiado desde entonces? Y, si dices que sí… ¿Cuánto?

    Lo que les aseguro es que lo que asegura la actual dizque Constitución panameña es el desorden. ¿O es que no lo ven todos los días en las calles?; que es dónde debía estar a la vista hasta del más lerdo. Pero lo grueso de chicheme de la corrupción, desgraciadamente no la ve Tío Pueblo ni los que supuestamente están más alto en las ramas del guarumo estatal. Por ejemplo, lo que se birlaron en la construcción del Metro, de MiBus y de casi todas las obras que han hecho los desgobiernos que nos han infectado. Y lo digo con conocimiento de causa, pues a mi empresa la quebraron; pues nos cancelaron los contratos ganados en licitaciones internacionales porque no pagábamos las coimas.

    Quienes creen que en Panamá hay democracia andan como meracho en Sarigua. Y si creen que la democracia, tal como la conocemos hoy día es la mejor forma de gobierno, también. Y, sólo a manera de ilustración del problema les cuento que en EE.UU. los costos de cumplimientos normativos en la construcción de una casa nueva andan por los $94,000. Y ya Trump ha dado órdenes de ver cómo reducen esos costos absurdos.

    Lo triste es que en Panamá no vemos ni entendemos que los gobernantes corruptos se han dedicado a mantener a la población sumida en la ignorancia porque así los zorros del gallinero se dan banquetes de gallinas y posturas.

  • La riqueza la produce el empresario, no el desgobierno

    La riqueza la produce el empresario, no el desgobierno

    Si cada día el dinero en tus bolsillos compra menos, ello, en buena medida, se debe al desgobierno. ¿Y a qué me refiero con “desgobierno”? No sólo a la robadera de los fondos públicos sino a su mal uso; ese que los malos políticos llaman “inversión” y que, en realidad, más a menudo de lo imaginado, no sólo es despilfarro sino “artilugio”, palabra que significa el arete del engaño, el llanto fingido y la trampa. Y lo peor es que gran parte de la población está convencida de que los “empresarios” son los malos de la película; y sí, hay empresarios malévolos que se hace amiguitos en el delito con torcidos gobernantes, pero la generalización es cosa mala. Imagínense, decir que ser empresario es malo nos deja varados en el desierto de una población con patología parasitaria.

    ¿Cómo fue que en tantos países los gobiernos se corrompieron? Para asomarnos a esa triste realidad, veamos el caso de los EE.UU., que, a pesar de ser el país más desarrollado del mundo también tiene sus gravísimos problemas de desgobierno y corrupción. Y cuando digo “desgobierno” no me refiero nada más al gobierno federal en Washington sino a los gobiernos de los estados o países con conforman la unión de Estados Unidos, esa que tantos ven como un país cuando en realidad son 50 países unidos en confederación.

    En épocas que se llevó el tiempo, el dinero no era papelitos de colores con numeritos pintados; los medios de intercambio eran cosas que tenían precio propio, tal como el oro, plata, cacao, café, sal o hasta la hija hermosa. Pero, en cierto momento los gobiernos comenzaron a apoderarse de los medios de intercambio, llamándole “dinero” a papelitos de color. Recuerdo cuando niño, que los dólares tenían una leyenda que decía “veinte dólares redimibles en oro”; oro que, supuestamente estaba guardadito en Fort Nox… ¡ja!

    En el caso de los EE.UU., el presidente Franklin Delano Roosevelt, que asumió la presidencia en 1933 y duró hasta 1945, sirviendo 4 períodos presidenciales en 12 años. Para muchos fue una maravilla de presidente, pero… otros cuentan que su política del “New Deal” o nuevo acuerdo o, diría yo, “nuevo enredo”, que supuestamente fue para combatir la crisis económica de esa época. La IA o AI dice que FDR creo 69 oficinas o agencias gubernamentales nuevas; yo he leído que llegaron a más de 100; entre ellas, Fanny Mae que llegó a ser la causa del desastre económico del 2008 del cual aún no hemos visto el último capítulo. Lo cierto es que hoy día la inflación la producen los gobiernos imprimiendo papelitos e interviniendo en asuntos ciudadanos que no son propios de la buena gobernanza. Lo deleznable es que hay muchos que culpan al empresario insaciable.

    El secreto básico de una economía descansa sobre la productividad, la oferta que crea demanda y no al revés, como muchos lo pintan. La oferta o producción, productividad, depende de una población educada con cultura de emprendimiento y no de servilismo y dependencia de un “robó pero lo dio al pueblo”. Si hoy fuésemos a comprar la casa o el carro pagando con vacas, les aseguro que quien vende la casa o el carro le miraría los colmillos al caballo. Lastimosamente hoy, no le miramos nada bien los colmillos a los zorros del gallinero. Más aún, votamos por los que tienen los colmillos más grandotes.

    Lástima que hoy ni el NODUCA, las iglesias ni casi nadie enseña economía; es decir la realidad del comportamiento humano. O, enseñan una economía chueca, tal como la keynesiana.

  • No, no fue por un dólar

    No, no fue por un dólar


    Donald Trump tiene una habilidad poco común: tomar un hecho histórico complejo, reducirlo a una imagen simple y repetirla hasta que se convierta en verdad popular. Su versión del Canal de Panamá es un ejemplo perfecto de esa técnica. «Jimmy Carter lo regaló por un dólar», ha dicho en incontables ocasiones, en entrevistas con Tucker Carlson, en Truth Social, en discursos de campaña. La frase es memorable, evocadora y, en su literalidad, falsa. Pero como toda buena simplificación populista, contiene suficientes capas de verdad parcial como para que desmontar la resulte incómodo para todos los bandos.

    ¿De dónde viene el «un dólar»?

    Antes de cualquier análisis histórico, vale la pena responder la pregunta más básica: ¿existió ese dólar? ¿O es pura invención retórica?

    La respuesta es matizada. Los Tratados Torrijos-Carter de 1977 no establecen ningún pago de un dólar de Panamá a Estados Unidos. No hay transacción de compraventa en ninguno de los dos documentos. El canal no se vendió, se transfirió soberanía sobre él mediante un acuerdo diplomático. Lo que sí existió fue una práctica protocolar habitual en el derecho internacional: cuando se transfieren activos entre Estados mediante tratado, a veces se incluye un pago simbólico de un dólar para darle forma jurídica de transacción al acuerdo. Es una figura legal, no una valoración económica.

    Lo irónico es que la realidad fue, si se quiere, más onerosa para Estados Unidos que el dólar simbólico. Como documentan los registros del Departamento de Estado, el acuerdo incluyó compromisos de préstamos, créditos garantizados y asistencia militar a Panamá por aproximadamente 345 millones de dólares para facilitar la transición. Es decir: no solo Estados Unidos no cobró, contribuyó financieramente a que Panama pudiera asumir la operación. Trump, en todo caso, debería estar más enojado por eso que por el dólar que nunca existió formalmente.

    El origen del problema: 1903

    Para entender por qué en 1977 se llegó a negociar la devolución del canal, hay que retroceder al 18 de noviembre de 1903 y al Tratado Hay-Bunau-Varilla. Ese documento fundacional tiene un detalle que lo resume todo: fue firmado por un ciudadano francés, Philippe-Jean Bunau-Varilla, ingeniero y accionista de la compañía que había fracasado en construir el canal, en representación de Panamá. La delegación panameña viajaba hacia Washington cuando se cerró el acuerdo. Llegó dos horas tarde. El tratado ya estaba firmado.

    Los términos que negoció ese francés sin mandato real, una franja de diez millas de ancho bajo control estadounidense «como si fuera soberano», a cambio de 10 millones de dólares y una renta anual, generaron décadas de resentimiento que ningún análisis honesto puede ignorar. La Zona del Canal funcionó durante 75 años como un enclave colonial que literalmente dividía el territorio de un país soberano, con sistema de segregación racial incluido, administrado desde Washington.

    El punto de no retorno fue el 9 de enero de 1964, cuando estudiantes panameños intentaron izar la bandera panameña junto a la estadounidense en la Zona del Canal. Los disturbios dejaron más de 20 panameños muertos y cerca de 500 heridos. Ese día, hoy feriado nacional en Panamá, el Día de los Mártires, cambió la ecuación política para siempre.

    Carter, Torrijos y la negociación

    Los Tratados Torrijos-Carter no fueron un capricho idealista de un presidente demócrata, fueron la respuesta pragmática a una situación geopolíticamente insostenible. El propio Henry Kissinger, difícilmente sospechoso de sentimentalismo tercermundista, advirtió al presidente Ford en 1975 que mantener el control del canal «parece puro colonialismo» y que el fracaso en negociar alimentaría los movimientos antiestadounidenses en toda América Latina en plena Guerra Fría.

    Los tratados, firmados el 7 de septiembre de 1977, eran en realidad dos documentos distintos y complementarios. El primero establecía la transferencia gradual del control operativo del canal a Panamá, completada el 31 de diciembre de 1999. El segundo, el Tratado de Neutralidad Permanente, es el que Trump sistemáticamente omite mencionar: garantizaba que el canal permanecería abierto a todos los países en igualdad de condiciones, y otorgaba a Estados Unidos el derecho permanente de defenderlo militarmente ante cualquier amenaza a su neutralidad.

    No fue una rendición; en realidad fue una retirada estratégica con garantías. La ratificación en el Senado fue una batalla política épica que Carter ganó por un solo voto sobre el mínimo requerido: 68 contra 32. Uno de los mayores defensores republicanos de los tratados fue John Wayne, amigo personal de Torrijos.

    El canal hoy: lo que Trump no cuenta

    Aquí es donde la narrativa de Trump no solo es históricamente imprecisa, sino que es económicamente contradictoria con la realidad observable.

    Desde la transferencia completa en 1999, la Autoridad del Canal de Panamá ha operado el canal con una eficiencia que ningún análisis serio cuestiona. En 2016, Panamá completó una expansión de 5.25 billones de dólares que duplicó la capacidad del canal, permitiendo el paso de los llamados buques Neopanamax, los portacontenedores más grandes del mundo, que antes debían rodear el continente. Esa inversión fue íntegramente panameña, sin participación de capital estadounidense.

    Los resultados financieros son contundentes. En el año fiscal 2023, el canal generó ingresos por casi 5.000 millones de dólares, un incremento del 14,9% respecto al año anterior, incluso con niveles de tránsito reducidos por una sequía severa. En 2024, a pesar de que los tránsitos de buques de gran calado cayeron un 21% por la continuidad de las restricciones hídricas, los ingresos totales se mantuvieron en 4.990 millones de dólares, por encima del presupuesto proyectado, con costos operativos reducidos en un 5%. El ingreso neto creció 300 millones respecto al ejercicio anterior. Esos números representan aproximadamente el 4% del PIB de Panamá.

    En cuanto al argumento de que «China controla el canal»: es falso en términos operativos. La empresa hongkonesa CK Hutchison Holdings opera puertos en los accesos al canal mediante concesiones comerciales negociadas. La operación diaria del canal la ejerce exclusivamente la Autoridad del Canal de Panamá. El presidente panameño José Raúl Mulino lo dijo con una claridad que no admite ambigüedades: el canal es panameño y no hay nada que negociar.

    El dólar como herramienta populista

    Volvamos al dólar. ¿Por qué Trump insiste con esa imagen específica hoy, más de 25 años después de la transferencia?

    La respuesta raramente está en la historia, está en la política doméstica. Trump necesita narrativas de agravio externo: Panamá, Groenlandia, el Golfo de México rebautizado. Son distracciones funcionales que mantienen a su base movilizada con un enemigo concreto y permiten presentar cualquier conflicto internacional como la corrección de una injusticia histórica. El «un dólar» es perfecto para ese propósito: es simple, es ultrajante, es memorizable y es suficientemente antiguo como para que nadie recuerde bien los detalles.

    El problema es que los detalles importan. Estados Unidos no «regaló» el canal, administró durante 75 años una franja colonial en territorio ajeno, luego negoció una salida ordenada con garantías permanentes de acceso y defensa, y hoy se beneficia de un canal operado con niveles de eficiencia e inversión que difícilmente hubiera sostenido por cuenta propia.

    La pregunta relevante hoy es si la retórica revisionista de Trump sobre el canal responde a un interés estratégico genuino de Estados Unidos o simplemente a la misma lógica que siempre ha movido al populismo: necesitar un enemigo exterior cuando los problemas interiores se acumulan.

    La historia del Canal de Panamá no es la historia de una traición americana ni la historia de una victoria anticolonial pura. Es una historia larga, complicada y cargada de errores, intereses y pragmatismo de todos los actores involucrados.

    Lo que sí es claro es esto: el canal funciona. Genera casi 5.000 millones de dólares anuales. Mueve el 5% del comercio marítimo mundial. Fue ampliado y modernizado con capital panameño. Y opera bajo un tratado que garantiza a Estados Unidos acceso y derecho de defensa permanente.

    No fue por un dólar. Tampoco fue una traición. Fue el final inevitable de un arreglo colonial que había durado demasiado; negociado, imperfectamente pero funcionalmente, por adultos que entendían que el mundo había cambiado desde 1903.

    La nostalgia imperial es comprensible. La política exterior basada en ella es otra cosa..

  • Guerra en nombre de la libertad

    Guerra en nombre de la libertad

    Para poder estar a favor o en contra de una guerra, deberíamos quitarle el sesgo político y eso es imposible, desde que la decisión de incursionar o no en una guerra depende del gobierno de turno que –en sociedades democráticas- ha surgido de la elección popular. Un mecanismo para legitimar decisiones centralizadas, con las múltiples fallas demostradas ampliamente por James Buchanan, Gordon Tullock y la Escuela de Public Choice. ¿Qué tan cierta es la revelación de preferencias de los votantes? Es decir, ¿qué tan cierto es que una sociedad que declara la guerra, ataques o incursiones militares de cualquier tipo sobre otras naciones realmente prefiere esa acción? En definitiva, la guerra se apoya en una eventual decisión de la mayoría, pero toda una nación debe soportar el accionar circunstancial de un grupo de personas en el poder.

    Esto nos refuerza la idea que sostenemos siempre: la única y verdadera “salvación” es siempre individual. Lo que bajo ningún concepto significa lo mismo que “aislada”. Los individuos sólo pueden progresar y desarrollarse en marcos sociales en los que la cooperación entre ellos supere a la confrontación. Por lo que la defensa de nuestros derechos fundamentales sólo puede darse en un marco en el que el individuo predomina por sobre el gobierno.

    Lamentablemente, la historia se nutre de colectivismos, especialmente después de la 2da guerra Mundial, cuando se establecieron mecanismos de derecho internacional para prevenir otra guerra, que a la postre, no han servido para nada y más bien han sido cooptados por los distintos gobiernos coyunturales. De hecho, el derecho internacional no puede aspirar a ser más que una declaración de principios y valores, en la medida en la que no es posible su ejecutoriedad o enforcement. Aún así, con el paso de los años el derecho internacional ha sido pisoteado, desatendido y cada vez más desprestigiado, normalizando las sucesivas violaciones a sus preceptos, tales como las invasiones a otros países o la interferencia en asuntos internos.

    Entonces, ¿cómo argumentar opiniones en un mundo en el que el ideario liberal no tiene cabida? Porque entendemos el sufrimiento y el horror que padecen las personas viviendo bajo dictaduras y teocracias, pero sostenemos que la salida de esos regímenes sólo puede darse como producto de la evolución y de las instituciones que –como producto del orden espontáneo- llevan a sus ciudadanos a preferir abandonar esquemas tribales, y abrazar la vida en sociedades abiertas y pacíficas

    Y por más doloroso que resulte , sólo esas sociedades pueden alcanzar la libertad, y organizar sistemas de gobierno que entorpezcan la acumulación y centralización del poder, y se guíen por reglas sostenidas en el tiempo, e independientes de las figuras humanas que tengan sobre sus hombros la tarea de liderar esas naciones. Lo que –indiscutiblemente- depende de la oferta política de sus líderes, y las preferencias de los electores.

    Desde una óptica colectivista, la situación atroz que viven las mujeres, los homosexuales y otras minorías bajo teocracias violentas se explican, precisamente, por ignorar por completo a cada uno de los individuos que conforman esos colectivos, decidiendo sobre su vida y su futuro en base a esa pertencencia. Algo diametralmente opuesto a lo que sostiene la filosofía liberal, que se sostiene en base al individualismo metodológico.

    Lamentablemente el colectivismo (en distintos grados) es lo que impera hoy en el mundo, por lo que una intervención militar o una declaración de guerra puede presentarse como honesta, ética y solidaria, y consigue el aplauso de algunos sectores voluntaristas que realmente creen que es el camino más idóneo para la liberación de esos oprimidos pueblos.

    Pero la historia también nos enseña que este tipo de intervenciones atroces no sólo jamás han logrado su objetivo liberalizante, ni siquiera mejorar lo que existía previamente, sino que han servido como medio para alcanzar fines espurios de poder o de riqueza a quienes tuvieron en sus manos la posibilidad de concretar esas decisiones. Experiencias como la de Estados Unidos en sus incursiones militares en Irak y Afghanistan incluso han empeorado las condiciones en muchos casos, sirviendo de incentivo y motivación para la gestación y el criminal accionar de nuevos grupos terroristas, cada vez más sanguinarios.

    Resulta evidente que los intereses de Israel sobre la situación en Irán van más allá de una merca cuestión política, en tanto su supervivencia como país depende de ello. Pero no esa interpretación en absoluto puede extenderse a los Estados Unidos, en tanto su supervivencia no está en juego, ni su seguridad nacional puede justificar la matanza de cientos –si no miles- de personas. Máxime cuando ese país se encontraba en negociaciones diplomáticas (es decir, acordes al derecho internacional y mecanismo con resultados probadamente más eficientes que la guerra) con Irán.

    Indiscutiblemente que una incursión bélica como la de Estados Unidos e Israel sobre Irán no puede compararse, siquiera, con la asistencia o ayuda que un país esté dispuesto a brindar a otro, por los motivos que sean; máxime si esa ayuda se hace a un país que ha sido ilegítimamente invadido por otro, como el caso de la invasión Rusa a Ucrania, en abierta violación al derecho internacional.

    En ese estado de cosas, España está liderada por un presidente nefasto para los intereses del país, quien ha arrinconado los derechos fundamentales de sus habitantes, comenzando por las afectaciones a los derechos a la propiedad privada, y causando un estado de cosas que de no existir la autonomía de cada comunidad, la concentración de poder y la centralización de las decisiones seguramente darían resultados mucho peores.

    Pedro Sánchez es un presidente que se sostiene en base a mentiras; que no rinde cuentas; que no se atiene a los límites impuestos –fácticmente- por un presupuesto, y que lleva en su conciencia (si es que la tiene) la muerte de casi 50 muertos producto de la pésima administración de las vías ferroviarias Españolas.

    Dicho esto, hasta un reloj dañado da correctamente la hora dos veces al día. Y es propio de liberales como nosotras alejarnos de cualquier dogmatismo que impida ver la realidad con la mayor amplitud de criterios posible. Indiscutiblemente que el gobierno de Pedro Sánchez es patético en términos éticos y de eficiencia, pero cuando sugiere que el ataque de Estados Unidos a Irán responde al inmoral interés particular de Donald Trump, acosado por problemas reales como su implicancia en el caso Epstein, por ejemplo, Sánchez tiene razón.

    La escalada armamentística iniciada por Estados Unidos e Israel es apenas un reflejo de la personalidad matona, soberbia y belicosa de un individuo como Donald Trump, en el que su falta de conciencia (individual y cívica) le permite llegar a extremos a los que ningún otro presidente de ese país ha llegado antes. La paz del mundo depende, en gran medida, de un puñado de individuos con el poder concentrado y suficiente para involucrar a siete mil millones de personas en un estado de cosas en un mundo prehistórico, en el que la ley del más fuerte sea la que se imponga.

    Frente a la posición de Sánchez, el resto de los países europeos se alejan de España no porque sean afines a los intereses de Donald Trump (nótese que, intencionalmente, no decimos Estados Unidos), sino porque Pedro Sánchez ha dado sobradas muestras de ser una persona sin escrúpulos, ocupando una posición de por sí cuestionable, y quien ejerce un liderazgo populista, absolutamente capáz de traicionar a sus socios europeos con tal de no perder su apoyo local y verse obligado a abandonar el poder.

    Es importante comprender que el alejamiento del resto de Europa no significa que esos países celebren o aplaudan las incursiones decididas por Donald Trump, ni que adelanten su absoluta concordancia con las decisiones que Trump tome en el futuro. Por el contrario, los países europeos (que no sean España) están dispuestos a defender los intereses europeos, y responder si sus bases en Medio Oriente o incluso en Chipre son atacadas, tal como ya ha sucedido. Esta postura está siendo liderada por Emannuel Macron, en tanto la posición de España es rechazada por los restantes miembros de la Unión Europea, por ninguna otra razón que el rechazo a los comportamientos desleales para con la región sostenidamente mantenidos por Pedro Sánchez; y no así por su declamada oposición a Trump y a los Estados Unidos. Pero es imperativo descartar la idea de una Europa boba, sometida y sojuzgada a las políticas bélicas de Donald Trump. Una Europa más parecida a la figura del bufón, o del servilismo a los Estados Unidos como la demostrada ininterrumpidamente por Javier Milei.

    Reiteramos, intentar opinar como liberales en un mundo que se rige por reglas colectivistas, es imposible sin apelar al clásico “no a la guerra”. La guerra es destrucción, comenzando por la vida, jamás estaremos a favor de ella, pero en los elementos actuales, defenderse como país ante la agresión, lo entendemos y apoyamos. Apoyar a otros países en el ataque a un tercero, aun bajo la cláusula de la disuasión o prevención, o incluso liberación, no nos encontrará de ese lado, a pesar del horror que nos cuesta plantearnos esta última situación, porque la liberación comienza por uno mismo y no esperando a un líder que lo haga por nosotros.

    Artículo editado y corregido por la Dra. Carolina González Rodríguez.

  • Putin perdió la guerra, sugiere Guy Sorman

    Putin perdió la guerra, sugiere Guy Sorman


    En su artículo Cómo Putin perdió la guerra, el ensayista Guy Sorman sostiene que la invasión rusa de Ucrania en 2022 no ha producido los resultados estratégicos que Moscú anticipaba y que, en muchos sentidos, ha terminado por significar una derrota política y simbólica para el presidente Vladímir Putin. Según Sorman, el conflicto se ha prolongado mucho más de lo previsto, la ofensiva rusa no logró un resultado decisivo y la moral de las tropas rusas ha sido inferior a la de los defensores ucranianos. Desde esta perspectiva, la guerra no solo ha puesto en entredicho las capacidades militares rusas, sino que también ha debilitado la posición internacional de Moscú.

    Fortalezas del argumento de Sorman

    Uno de los puntos fuertes de Sorman es su énfasis en la moral y legitimidad de las fuerzas combatientes. En guerras prolongadas, la voluntad de luchar y el propósito percibido suelen ser tan importantes como la superioridad material. En este conflicto, muchas fuerzas ucranianas han defendido su propio territorio con gran determinación, mientras que las fuerzas rusas se han visto inmersas en un esfuerzo bélico que ha generado numerosas bajas y ha requerido métodos cada vez más cuestionables de reclutamiento.

    Además, Sorman subraya que la guerra ha demostrado que la superioridad tecnológica o numérica no garantiza la victoria, sino que la innovación estratégica, la cohesión interna y la percepción pública juegan un papel crucial en los conflictos contemporáneos. En este sentido, él ve la capacidad ucraniana para resistir como una demostración de que el supuesto poderío militar ruso no se traduce automáticamente en éxito político o estratégico.

    Contrapuntos de otros expertos

    Sin embargo, no todos los análisis coinciden con la tesis de que Putin o Rusia ha “perdido” la guerra. Varios expertos plantean que el conflicto entra en una categoría diferente de enfrentamiento prolongado que, aunque no conduzca a una victoria decisiva para ninguna de las partes, tampoco puede considerarse una derrota estratégica para Moscú.

    Un análisis del Real Instituto Elcano señala que la guerra se ha convertido en un elemento central de la identidad rusa y del nuevo consenso interno, reforzando narrativas antioccidentales y cohesión social incluso bajo sanciones económicas. Según este enfoque, pese a las dificultades militares, la guerra ha proporcionado al Kremlin un relato que legitima la confrontación prolongada y sostiene la voluntad pública de seguir luchando.

    Esta lectura contrasta con la de Sorman: no se trata simplemente de territorios ganados o perdidos, sino de cómo un Estado utiliza el conflicto para remodelar su identidad nacional, cohesión interna y objetivos políticos. En este marco, Rusia no estaría perdiendo en términos existenciales, sino redefiniendo su rol geopolítico frente a Occidente.

    Otro enfoque, de carácter más teórico, sugiere que la guerra se inscribe en la lógica de las guerras modernas en las que los límites entre victoria y derrota se difuminan. La prolongación indefinida de un conflicto puede constituir, en sí misma, una forma de equilibrio estratégico donde ninguna parte obtiene una victoria decisiva, pero ambas mantienen capacidades suficientes para resistir. Esta visión, cercana a interpretaciones realistas, indicaría que la guerra podría convertirse en una larga confrontación sin una resolución clara, donde el desgaste mutuo no se traduce necesariamente en colapso para ninguna de las partes.

    Escenarios alternativos y perspectivas realistas

    De hecho, algunos paneles de expertos internacionales han sugerido que un posible desenlace de la guerra podría implicar una suerte de solución negociada o congelamiento del conflicto, con concesiones territoriales y compromisos diplomáticos, más que una victoria militar rotunda para Ucrania o una derrota total para Rusia. Según este escenario, el conflicto no terminaría con una expulsión completa de las tropas rusas sino con una reconfiguración política que permita el cese de hostilidades y una coexistencia tensa.

    Además, voces en el ámbito estratégico de la guerra señalan que Putin todavía mantiene herramientas de presión y que una victoria ucraniana sin concesiones territoriales es considerada improbable por gran parte de la comunidad internacional. Esto sugiere que la narrativa de “derrota” puede reflejar un deseo normativo de Occidente más que un análisis objetivo de la situación militar y geopolítica.

    ¿Derrota o estancamiento estratégico?

    El artículo de Sorman ofrece una lectura provocadora e influyente, especialmente al enfatizar la importancia de la moral, la legitimidad y la resistencia ucraniana frente a la maquinaria bélica rusa. Sin embargo, al incorporar perspectivas más amplias de expertos internacionales, se evidencia que el conflicto podría estar evolucionando hacia un estancamiento estratégico duradero más que hacia una derrota clara de uno u otro bando.

    La guerra en Ucrania ha expuesto las complejidades de los conflictos contemporáneos: la interacción entre fuerza militar, narrativa política, identidad nacional y presión internacional. Aunque la tesis de Sorman captura aspectos importantes de la resistencia ucraniana y las limitaciones del proyecto militar ruso, una comprensión más matizada exige reconocer múltiples factores y posibles escenarios que van más allá de una categorización simplista de “victoria” o “derrota”.

  • El barón feudal moderno

    El barón feudal moderno

    El Doctor en Economía, autor de al menos 11 libros, Alberto Benegas Lynch, en la onceava versión de su obra, Fundamentos de Análisis Económico, con el prólogo por el premio Nobel en Economía, Friedrich von Hayek, aborda el grave problema de la injerencia gubernamental en el mercado y mucho más. Benegas establece de salida que «el empresario es un benefactor de la humanidad puesto que sus pasos están dirigidos a servir los intereses del prójimo». Al fin y al cabo, el «empresario» no es más que el mismo prójimo actuando en su increíble diversidad de funciones, que, a pesar de estar motivadas por el interés propio, sólo lo logra si al mismo tiempo es capaz de satisfacer el interés de sus clientes, ya que nadie patrocina permanentemente a un embaucador, a menos que estemos hablando del corrupto barón feudal y hoy día de corruptos políticos, de esos que abundan ya que es más fácil ganar desde el gobierno que compitiendo de tú a tú en el mercado.

    Bien resalta Benegas que la realidad del efecto benefactor de la actividad económica ciudadana sólo tiene lugar en una sociedad libre, en el contexto de un mercado desembarazado. Que a medida en que se producen las injerencias del gobierno en las actividades comerciales de los ciudadanos empresarios se van convirtiendo en «mendicantes de favores oficiales, y comienzan a actuar en función de una corporación fascista; en suma, se convierten en barones feudales», o funcionarios gubernamentales de facto.

    En semejante escenario la calidad y el mercadeo cede ante el cabildero que se asemeja al pepenador de Cerro Patacón, buscando ventajas entre los despojos del banquete oficial. En semejante estercolero el único título que vale tener es el de suma cum laude en criptografía de putrefactas leyes e interminables reglamentos.

    Para este barón feudal lo importante es el contrato directo, los certificados de abonos tributarios, protecciones, créditos baratos exenciones fiscales y toda clase de subsidios. Si todavía hay quienes no entienden la naturaleza de la crisis económica y social que apenas ha asomado su cola, como témpano del cual sólo vemos una minúscula parte, entonces vayan poniendo sus barbas en remojo.

    Y no son solamente los «empresarios», en el sentido limitado del vocablo, sino todos aquellos pepenadores de favores oficiales, con sus mal llamadas «conquistas». La única conquista valedera y permanente es la que surge a partir de la inventiva y el esfuerzo propio y no las ganadas en la rebatiña politiquera. El problema es que en un mercado verdaderamente desembarazado no prospera el politiquero ni el barón feudal; esos que no durarían medio año en el tormentoso mar de la competencia de un libre mercado.

    En la vida sólo existen dos maneras de lograr ingresos económicos; a través del trabajo o a través del robo que se hace más fácil cuando te vistes de gobernante o barón del estado. Esta última inevitablemente lleva a una sociedad al colapso. Cada vez que escuchamos a un gobernante acusar a empresarios, se está acusando a sí mismo de interventor ya que el empresario no roba sin su socio gobernante; o disque gobernante.

    Los colapsos económicos que vemos en tantos países en dónde la insensatez llegó a su límite, tal como en Cuba y Venezuela, ahora sufren las consecuencias y eso deberían llamarnos en Panamá a la reflexión sobre nuestras propias realidades. Nosotros quizás todavía estamos a tiempo, pero sólo si despertamos y dejamos la tontería del “robó pero le dio al pueblo”.