Etiqueta: Canal de Panama

  • No, no fue por un dólar

    No, no fue por un dólar


    Donald Trump tiene una habilidad poco común: tomar un hecho histórico complejo, reducirlo a una imagen simple y repetirla hasta que se convierta en verdad popular. Su versión del Canal de Panamá es un ejemplo perfecto de esa técnica. «Jimmy Carter lo regaló por un dólar», ha dicho en incontables ocasiones, en entrevistas con Tucker Carlson, en Truth Social, en discursos de campaña. La frase es memorable, evocadora y, en su literalidad, falsa. Pero como toda buena simplificación populista, contiene suficientes capas de verdad parcial como para que desmontar la resulte incómodo para todos los bandos.

    ¿De dónde viene el «un dólar»?

    Antes de cualquier análisis histórico, vale la pena responder la pregunta más básica: ¿existió ese dólar? ¿O es pura invención retórica?

    La respuesta es matizada. Los Tratados Torrijos-Carter de 1977 no establecen ningún pago de un dólar de Panamá a Estados Unidos. No hay transacción de compraventa en ninguno de los dos documentos. El canal no se vendió, se transfirió soberanía sobre él mediante un acuerdo diplomático. Lo que sí existió fue una práctica protocolar habitual en el derecho internacional: cuando se transfieren activos entre Estados mediante tratado, a veces se incluye un pago simbólico de un dólar para darle forma jurídica de transacción al acuerdo. Es una figura legal, no una valoración económica.

    Lo irónico es que la realidad fue, si se quiere, más onerosa para Estados Unidos que el dólar simbólico. Como documentan los registros del Departamento de Estado, el acuerdo incluyó compromisos de préstamos, créditos garantizados y asistencia militar a Panamá por aproximadamente 345 millones de dólares para facilitar la transición. Es decir: no solo Estados Unidos no cobró, contribuyó financieramente a que Panama pudiera asumir la operación. Trump, en todo caso, debería estar más enojado por eso que por el dólar que nunca existió formalmente.

    El origen del problema: 1903

    Para entender por qué en 1977 se llegó a negociar la devolución del canal, hay que retroceder al 18 de noviembre de 1903 y al Tratado Hay-Bunau-Varilla. Ese documento fundacional tiene un detalle que lo resume todo: fue firmado por un ciudadano francés, Philippe-Jean Bunau-Varilla, ingeniero y accionista de la compañía que había fracasado en construir el canal, en representación de Panamá. La delegación panameña viajaba hacia Washington cuando se cerró el acuerdo. Llegó dos horas tarde. El tratado ya estaba firmado.

    Los términos que negoció ese francés sin mandato real, una franja de diez millas de ancho bajo control estadounidense «como si fuera soberano», a cambio de 10 millones de dólares y una renta anual, generaron décadas de resentimiento que ningún análisis honesto puede ignorar. La Zona del Canal funcionó durante 75 años como un enclave colonial que literalmente dividía el territorio de un país soberano, con sistema de segregación racial incluido, administrado desde Washington.

    El punto de no retorno fue el 9 de enero de 1964, cuando estudiantes panameños intentaron izar la bandera panameña junto a la estadounidense en la Zona del Canal. Los disturbios dejaron más de 20 panameños muertos y cerca de 500 heridos. Ese día, hoy feriado nacional en Panamá, el Día de los Mártires, cambió la ecuación política para siempre.

    Carter, Torrijos y la negociación

    Los Tratados Torrijos-Carter no fueron un capricho idealista de un presidente demócrata, fueron la respuesta pragmática a una situación geopolíticamente insostenible. El propio Henry Kissinger, difícilmente sospechoso de sentimentalismo tercermundista, advirtió al presidente Ford en 1975 que mantener el control del canal «parece puro colonialismo» y que el fracaso en negociar alimentaría los movimientos antiestadounidenses en toda América Latina en plena Guerra Fría.

    Los tratados, firmados el 7 de septiembre de 1977, eran en realidad dos documentos distintos y complementarios. El primero establecía la transferencia gradual del control operativo del canal a Panamá, completada el 31 de diciembre de 1999. El segundo, el Tratado de Neutralidad Permanente, es el que Trump sistemáticamente omite mencionar: garantizaba que el canal permanecería abierto a todos los países en igualdad de condiciones, y otorgaba a Estados Unidos el derecho permanente de defenderlo militarmente ante cualquier amenaza a su neutralidad.

    No fue una rendición; en realidad fue una retirada estratégica con garantías. La ratificación en el Senado fue una batalla política épica que Carter ganó por un solo voto sobre el mínimo requerido: 68 contra 32. Uno de los mayores defensores republicanos de los tratados fue John Wayne, amigo personal de Torrijos.

    El canal hoy: lo que Trump no cuenta

    Aquí es donde la narrativa de Trump no solo es históricamente imprecisa, sino que es económicamente contradictoria con la realidad observable.

    Desde la transferencia completa en 1999, la Autoridad del Canal de Panamá ha operado el canal con una eficiencia que ningún análisis serio cuestiona. En 2016, Panamá completó una expansión de 5.25 billones de dólares que duplicó la capacidad del canal, permitiendo el paso de los llamados buques Neopanamax, los portacontenedores más grandes del mundo, que antes debían rodear el continente. Esa inversión fue íntegramente panameña, sin participación de capital estadounidense.

    Los resultados financieros son contundentes. En el año fiscal 2023, el canal generó ingresos por casi 5.000 millones de dólares, un incremento del 14,9% respecto al año anterior, incluso con niveles de tránsito reducidos por una sequía severa. En 2024, a pesar de que los tránsitos de buques de gran calado cayeron un 21% por la continuidad de las restricciones hídricas, los ingresos totales se mantuvieron en 4.990 millones de dólares, por encima del presupuesto proyectado, con costos operativos reducidos en un 5%. El ingreso neto creció 300 millones respecto al ejercicio anterior. Esos números representan aproximadamente el 4% del PIB de Panamá.

    En cuanto al argumento de que «China controla el canal»: es falso en términos operativos. La empresa hongkonesa CK Hutchison Holdings opera puertos en los accesos al canal mediante concesiones comerciales negociadas. La operación diaria del canal la ejerce exclusivamente la Autoridad del Canal de Panamá. El presidente panameño José Raúl Mulino lo dijo con una claridad que no admite ambigüedades: el canal es panameño y no hay nada que negociar.

    El dólar como herramienta populista

    Volvamos al dólar. ¿Por qué Trump insiste con esa imagen específica hoy, más de 25 años después de la transferencia?

    La respuesta raramente está en la historia, está en la política doméstica. Trump necesita narrativas de agravio externo: Panamá, Groenlandia, el Golfo de México rebautizado. Son distracciones funcionales que mantienen a su base movilizada con un enemigo concreto y permiten presentar cualquier conflicto internacional como la corrección de una injusticia histórica. El «un dólar» es perfecto para ese propósito: es simple, es ultrajante, es memorizable y es suficientemente antiguo como para que nadie recuerde bien los detalles.

    El problema es que los detalles importan. Estados Unidos no «regaló» el canal, administró durante 75 años una franja colonial en territorio ajeno, luego negoció una salida ordenada con garantías permanentes de acceso y defensa, y hoy se beneficia de un canal operado con niveles de eficiencia e inversión que difícilmente hubiera sostenido por cuenta propia.

    La pregunta relevante hoy es si la retórica revisionista de Trump sobre el canal responde a un interés estratégico genuino de Estados Unidos o simplemente a la misma lógica que siempre ha movido al populismo: necesitar un enemigo exterior cuando los problemas interiores se acumulan.

    La historia del Canal de Panamá no es la historia de una traición americana ni la historia de una victoria anticolonial pura. Es una historia larga, complicada y cargada de errores, intereses y pragmatismo de todos los actores involucrados.

    Lo que sí es claro es esto: el canal funciona. Genera casi 5.000 millones de dólares anuales. Mueve el 5% del comercio marítimo mundial. Fue ampliado y modernizado con capital panameño. Y opera bajo un tratado que garantiza a Estados Unidos acceso y derecho de defensa permanente.

    No fue por un dólar. Tampoco fue una traición. Fue el final inevitable de un arreglo colonial que había durado demasiado; negociado, imperfectamente pero funcionalmente, por adultos que entendían que el mundo había cambiado desde 1903.

    La nostalgia imperial es comprensible. La política exterior basada en ella es otra cosa..

  • “Costo Neutro”: ¿Puerta trasera a la pérdida de la neutralidad del Canal?

    ¿Puede Panamá compensar el pago de peajes de buques estadounidenses como parte de una fórmula de “costo neutro” sin comprometer su marco jurídico internacional.?

    La política exterior del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se caracteriza por un enfoque abiertamente transaccional, donde el poder duro reemplaza al poder blando como herramienta diplomática. Su lema “Make America Great Again” se traduce en una agresiva renegociación de tratados, una visión utilitaria de las relaciones internacionales y el desprecio por instituciones multilaterales que limitan los intereses estratégicos de Washington.

    Trump ha dejado claro que su doctrina “America First” no reconoce obligaciones globales si no se traducen en beneficios tangibles y unilaterales para Estados Unidos. En esa lógica caben propuestas como la compra de Groenlandia, su proyecto inmobiliario en la Franja de Gaza, el intento de apoderarse de las tierras raras de Ucrania y su amenaza de retomar el control del Canal de Panamá, bajo el argumento de que “fue un regalo de EE.UU. que no está siendo debidamente respetado”.

    En ese contexto, la propuesta de implementar un esquema de “costo neutro” entre Panamá y Estados Unidos para el tránsito de buques de guerra estadounidenses por el Canal genera una legítima preocupación nacional e internacional. Bajo este mecanismo, los peajes que deberían ser pagados por dichas embarcaciones serían compensados indirectamente por Panamá mediante la prestación de servicios de seguridad por parte de Estados Unidos.

    Aunque la medida podría presentarse como parte de la cooperación bilateral en defensa del Canal, su implementación violaría el Tratado Concerniente a la Neutralidad Permanente y al Funcionamiento del Canal de Panamá de 1977, tanto desde una interpretación jurídica como desde su práctica histórica. Veamos por qué:

    Violación del Principio de Neutralidad

    1. Igualdad de condiciones (Artículo II): El Tratado exige que el Canal esté abierto “a los buques de todas las naciones en condiciones de entera igualdad”, lo que abarca no solo el acceso físico, sino también las condiciones económicas, operativas y administrativas. Cualquier esquema que beneficie económicamente a una nación sobre otras rompe este equilibrio.

    2. Prohibición de exenciones (Artículo III): Establece que todos los buques, incluidos los militares, deben pagar peajes, sin discriminación por bandera, tipo o carga. Un esquema de “costo neutro” que compense solo a EE.UU. equivale a una exención disfrazada, incompatible con el texto y el espíritu del tratado.

    3. Condiciones de cooperación (Artículo V): El tratado sí permite la cooperación en defensa entre Panamá y EE: UU., pero establece dos límites clave:

    • Dicha cooperación no puede estar vinculada a temas tarifarios ni dar lugar a contraprestaciones económicas relacionadas al tránsito.

    • Toda cooperación debe ser transparente y no generar privilegios operativos o financieros para una nación en particular.

    Riesgo de discriminación y conflicto internacional

    Aceptar un esquema de “costo neutro” exclusivo con Estados Unidos implicaría una ventaja económica para una sola potencia y podría provocar reclamos por trato desigual de parte de otras naciones con presencia naval en la región como China, Rusia, Francia o Reino Unido. La neutralidad no es solo una obligación para Panamá, sino un compromiso multilateral frente a la comunidad internacional.

    Un trato preferencial, aunque sea indirecto, puede abrir la puerta a:

    • Demandas internacionales por violación de principios de igualdad.

    • Represalias diplomáticas o económicas.

    • La erosión del prestigio y la credibilidad del régimen de neutralidad, que Panamá ha logrado consolidar con esfuerzo desde que asumió el control del Canal.

    En resumen, Panamá no puede compensar el pago de peajes de buques estadounidenses como parte de una fórmula de “costo neutro” sin comprometer su marco jurídico internacional. Cualquier arreglo que implique reembolsos, créditos cruzados, condonaciones implícitas o contraprestaciones por servicios de seguridad debe ser evaluado con extrema cautela, pues puede interpretarse como una subvención encubierta, trato preferencial hacia una potencia específica, o corresponsabilidad operativa prohibida en los tratados.

    La única vía jurídicamente aceptable para una cooperación en materia de seguridad entre Panamá y Estados Unidos es que se realice fuera del régimen tarifario del Canal y mediante acuerdos bilaterales autónomos, ya sea de carácter diplomático, financiero o institucional que no interfieran con las reglas de neutralidad.

    El Canal de Panamá es más que una infraestructura: es un símbolo de soberanía, legalidad y equidad. Su neutralidad no debe ser moneda de cambio en ninguna transacción.

  • El Canal de Panamá y el retorno de la diplomacia de fuerza bajo Trump

    El regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos viene acompañado de un giro drástico en el discurso inaugural. Sorprendiendo a quienes esperaban que reiterara prioridades de campaña como Ucrania, o incluso que mencionara a Canadá o Groenlandia, o a ningun país,  Trump se centró exclusivamente en una declaración de gran peso histórico y geopolítico: “retomar el control del Canal de Panamá”. Esta afirmación, con fuertes implicaciones, nos invita a analizar no solo su viabilidad real sino también lo que significa en un mundo cada vez más multipolar.

    El Canal de Panamá: legado, soberanía y pragmatismo geopolítico

    El Canal de Panamá fue administrado por Estados Unidos hasta 1999, cuando, tras una negociación que comenzó con los Tratados Torrijos-Carter (1977), fue transferido a Panamá. Este cambio marcó un hito de soberanía para el país centroamericano y reforzó el mensaje de que el control de las rutas comerciales clave ya no es monopolio exclusivo de las grandes potencias. Hoy, el Canal es operado de manera eficiente por la Autoridad del Canal de Panamá (ACP), un organismo panameño que asegura su funcionamiento en beneficio del comercio mundial.

    Sin embargo, la retórica de Trump revive un viejo temor: la percepción de que Estados Unidos todavía ve el Canal de Panamá como una extensión de sus intereses estratégicos. Al acusar a Panamá de violar el «espíritu» del acuerdo y culpar a China de una influencia indebida en la región, Trump parece apostar por un retorno a la diplomacia coercitiva, similar al estilo de la Doctrina Monroe en el siglo XIX, pero adaptada al siglo XXI.

    ¿Qué opciones tiene Trump para «retomar» el Canal?

    Desde un punto de vista práctico, las opciones para forzar una renegociación o imponer control directo sobre el Canal de Panamá son limitadas y enfrentan varios desafíos:

    1. Presión económica y sanciones: Trump podría buscar sancionar a empresas relacionadas con el Canal o amenazar con medidas económicas contra Panamá, como aranceles o restricciones comerciales. Sin embargo, esto podría ser contraproducente, afectando la estabilidad financiera de un país aliado y fragmentando aún más las relaciones diplomáticas en América Latina.
    2. Intervención militar: Si bien Trump podría insinuar una acción militar, la realidad es que esta opción sería impopular tanto a nivel interno como internacional. Además, en un contexto donde China y Rusia han expandido su influencia, una intervención estadounidense podría desencadenar reacciones diplomáticas y militares imprevistas.
    3. Negociaciones bilaterales: Una estrategia más viable podría ser presionar para renegociar los términos comerciales de uso del Canal, buscando tarifas más favorables para los buques estadounidenses. Esto, sin embargo, requeriría colaboración diplomática y concesiones mutuas, algo que no encaja del todo en el enfoque de confrontación que caracteriza a Trump.
    4. Apoyo a sectores opositores dentro de Panamá: En un escenario más indirecto, Estados Unidos podría intentar influir en la política interna de Panamá, apoyando a facciones que favorezcan una mayor apertura hacia los intereses estadounidenses. Este tipo de estrategia, aunque sutil, no está exenta de riesgos y puede alimentar el sentimiento antiestadounidense en la región.

    La postura de Panamá: un baluarte de soberanía

    Panamá tiene varios recursos para defenderse ante cualquier intento de presión:

    • Legitimidad internacional: La comunidad internacional reconoce la soberanía panameña sobre el Canal. Cualquier movimiento agresivo por parte de Estados Unidos podría ser condenado en foros como las Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos (OEA).
    • Eficiencia operativa: La ACP ha demostrado que el Canal es administrado con altos estándares, lo que refuerza la narrativa de que Panamá es un gestor competente de esta infraestructura crítica.
    • Apoyo de China y otros actores: Aunque Trump acusa a China de operar el Canal, lo cierto es que la influencia china se limita a la operación de puertos cercanos. Sin embargo, Beijing podría usar su poder económico y político para contrarrestar cualquier intento de intervención estadounidense, fortaleciendo a Panamá.

    Un análisis libertario: la soberanía frente al intervencionismo

    Desde una perspectiva libertaria, la retórica de Trump es problemática porque refuerza la idea de que un Estado, por poderoso que sea, tiene el derecho inherente de imponer su voluntad sobre otro. Este tipo de intervencionismo contradice los principios de soberanía y libre comercio, fundamentales para un orden mundial equilibrado.

    Además, el argumento de que el Canal «debería» pertenecer a Estados Unidos no solo ignora el marco legal de los tratados Torrijos-Carter, sino que también desconoce el espíritu de autogobierno que define a los Estados soberanos. ¿Por qué un país, solo por ser una superpotencia, debería tener derechos sobre un activo clave de otro?

    En un mundo globalizado, los principios de cooperación y respeto mutuo son esenciales para el progreso. Si bien Trump podría usar su retórica para movilizar su base política, sus acciones deben ser cuidadosamente calculadas para evitar socavar las relaciones con América Latina y desencadenar conflictos innecesarios.

    Un desafío para la diplomacia contemporánea

    La declaración de Trump sobre el Canal de Panamá tiene más que ver con proyectar fuerza ante sus seguidores que con una estrategia geopolítica clara. Sin embargo, las implicaciones de este discurso son serias. Panamá deberá prepararse para enfrentar presiones crecientes, mientras que el resto del mundo observará de cerca si Estados Unidos opta por una diplomacia de fuerza o por el diálogo.

    En última instancia, cualquier intento de «retomar» el Canal sería un retroceso para el principio de soberanía y una señal de que los grandes poderes aún consideran que las reglas internacionales pueden ser moldeadas a su antojo. Como dijo el libertario Murray Rothbard: «La verdadera paz solo puede lograrse a través del respeto mutuo y la ausencia de coerción». En este caso, ese respeto comienza por reconocer que el Canal de Panamá pertenece, ante todo, a Panamá.

  • Si Groenlandia estuviera en venta, ¿cuánto valdría?

    Donald Trump ha vuelto a expresar su deseo de que Estados Unidos asuma la “propiedad y el control” de Groenlandia, un territorio autónomo del Reino de Dinamarca.

    Trump planteó por primera vez la idea de que Estados Unidos comprara Groenlandia en 2019. En ese momento, argumentó, con bastante razón, que él no era el primer presidente estadounidense en tener esta idea.

    La compraventa de territorios es una operación rara en estos tiempos. Está por ver si Trump las recuperará. Pero la cuestión es: si estuviera en venta, ¿cómo se decidiría la oferta por un estado, territorio o nación?

    No es una idea nueva

    La posición estratégica de Groenlandia ha sido de gran valor para EE. UU. desde los primeros días de la Guerra Fría. En 1946, el entonces presidente Harry Truman ofreció comprar el territorio danés por 100 millones de dólares en oro. Se dice que los daneses reaccionaron a esa oferta de forma muy parecida a como lo hicieron en 2019, y de nuevo en 2025: “No, gracias”.

    El presidente estadounidense Harry Truman
    El presidente estadounidense Harry Truman intentó comprar Groenlandia a Dinamarca en 1946.
    Public Domain/National Archives and Records Administration

    Que una nación soberana compre territorio a otra puede parecer extraño hoy en día, pero hay muchos casos en los que esto ha sucedido a lo largo del tiempo.

    Sin ir más lejos, Estados Unidos compró gran parte de su expansión occidental a principios del siglo XIX. Esto incluyó la “Compra de Luisiana”, vastas franjas de tierra en Norteamérica, compradas a Francia en 1803 por 15 millones de dólares (algo así como 416 millones de dólares en cifras de 2024).

    Aproximadamente medio siglo después, Estados Unidos pagó a México por grandes extensiones de territorio tras la guerra mexicano-estadounidense. EE. UU. también adquirió Alaska a Rusia en 1867, por 7,2 millones de dólares (más de 150 millones de dólares en la actualidad).

    Y compró las Islas Vírgenes a Dinamarca en 1917 por 25 millones de dólares (más de 600 millones de dólares actuales) en monedas de oro.

    No se trata sólo de Estados Unidos. Japón, Pakistán, Rusia, Alemania y Arabia Saudí han pagado por territorios, transfiriendo jurisdicción sobre los habitantes locales y ganando tierras, acceso a vías fluviales críticas o, simplemente, amortiguadores geográficos.

    ¿Cuál es el valor de un país?

    Valorar un país (o un territorio autónomo como Groenlandia) no es tarea sencilla. A diferencia de las empresas o los activos, los países encarnan una mezcla de elementos tangibles e intangibles que se resisten a una medición económica directa.

    Un punto de partida lógico es el producto interior bruto (PIB). En pocas palabras, el PIB es el valor de todos los bienes y servicios finales producidos en una economía en un tiempo determinado (normalmente un año).

    Pero ¿capta esto realmente el verdadero “valor” de una economía? Cuando compramos algo, los beneficios derivados de ello perduran –esperamos– en el futuro.

    Por eso, basar el precio de una compra en el valor producido en un periodo de tiempo determinado puede no reflejar adecuadamente el verdadero valor de ese objeto (en este caso, toda una economía) para el comprador. Hay que tener en cuenta la capacidad de seguir generando valor en el futuro.

    Los recursos productivos de Groenlandia incluyen no sólo las empresas, gobiernos y trabajadores existentes utilizados para generar su PIB actual (estimado en unos 3 236 millones de dólares en 2021), sino también su capacidad (difícil de medir) de cambiar y mejorar su PIB futuro. Esto dependerá de lo productivos que se espere que sean estos recursos en el futuro.

    Existen otros atributos de valor que no se reflejan en el PIB. Entre ellos se incluyen la calidad de su capital (tanto humano como de infraestructuras), la calidad de vida, los recursos naturales y la posición estratégica.

    Aerial view of skyline at port of Nuuk, the capital of Greenland
    Vista aérea del horizonte del puerto de Nuuk, capital de Groenlandia.
    Yingna Cai/Shutterstock

    Recursos sin explotar

    Más allá de lo que ya existe, desde una perspectiva de mercado, son los recursos aún sin explotar los que hacen valiosa a Groenlandia.

    Groenlandia lleva décadas extrayendo carbón, con grandes reservas confirmadas. Se ha demostrado que su subsuelo contiene tierras raras, metales preciosos, grafito y uranio. Además de la minería del carbón, hay oro, plata, cobre, plomo, zinc, grafito y mármol.

    Por último, existe el recurso de importantes explotaciones petrolíferas frente a las aguas de Groenlandia. Ninguno de estos potenciales se refleja en el PIB actual de la isla.

    Los activos nacionales son más fáciles

    Poner precio a un gran activo nacional, como el Canal de Panamá (que Trump también quiere bajo control estadounidense), es una perspectiva mucho más fácil.

    View of the Panama Canal with a ship approaching
    El Canal de Panamá conecta el Mar Caribe con el Océano Pacífico, y es propiedad del gobierno de Panamá.
    jdross75/Shutterstock

    La teoría de la valoración de activos es una parte fundamental de la disciplina financiera y se remonta al siglo XVIII.

    El “modelo de valoración de activos” ha evolucionado con el tiempo, pero fundamentalmente consiste en estimar los flujos de ingresos netos futuros de un activo, basándose en unos pocos datos.

    En el caso del Canal de Panamá, se trataría de estimar los ingresos netos que podrían generarse en el futuro, basándose en factores como las tasas generadas por su uso y el nivel de tráfico previsto.

    A continuación, se restarían los costes previstos de mantenimiento del equipamiento y cualquier daño esperado en el estado de la vía navegable. Otro factor a la hora de determinar el precio es el riesgo de obtener realmente esos ingresos netos.

    El valor o “precio” de un activo de este tipo suele determinarse calculando el valor actual de todos estos flujos de ingresos futuros (netos).

    Las ventas territoriales modernas son escasas

    El declive de las ventas territoriales está ligado a varios factores. Históricamente, estas transacciones solían beneficiar más a las élites gobernantes que a los ciudadanos de a pie. En las democracias modernas, es casi imposible vender tierras si los ciudadanos locales se oponen a la idea.

    Estas democracias se basan en el principio de que los bienes nacionales deben estar al servicio del pueblo, no de las arcas del gobierno. Vender un territorio hoy exigiría demostrar beneficios claros y tangibles para la población, una tarea difícil en la práctica.

    El nacionalismo también desempeña un papel importante. La tierra está profundamente ligada a la identidad nacional y venderla suele considerarse una traición. Los gobiernos, como custodios del orgullo nacional, son reacios a aceptar ofertas, por tentadoras que sean.

    People seen singing as part of Greenland's National Day festival
    Gente cantando en el festival del Día Nacional de Groenlandia.
    Lasse Jesper Pedersen/Shutterstock

    A esto se añade una sólida norma internacional contra el cambio de fronteras, nacida del temor a que un ajuste territorial pueda desencadenar una cascada de reclamaciones y conflictos en otros lugares.

    En el mundo actual, comprar un país o uno de sus territorios puede ser poco más que un experimento mental. Las naciones son entidades políticas, culturales e históricas que se resisten a la mercantilización.

    En teoría, Groenlandia puede tener un precio, pero la verdadera cuestión es si una transacción de este tipo podría ajustarse alguna vez a los valores y realidades modernos.The Conversation

    Susan Stone, Credit Union SA Chair of Economics, University of South Australia y Jonathan Boymal, Associate Professor of Economics, RMIT University

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • El Canal de Panamá: Un Símbolo de Progreso y Paz

    El 15 de agosto de 1914, la humanidad celebró un hito monumental en la historia del comercio global con la inauguración del Canal de Panamá. Este prodigioso logro no solo transformó las rutas marítimas, sino que también se convirtió en un símbolo poderoso de progreso, cooperación y paz. En una era marcada por conflictos y tensiones, el Canal de Panamá nos enseñó que el comercio puede ser la mejor respuesta a la discordia.

    Desde su apertura, el Canal de Panamá ha sido una arteria vital para el comercio internacional, conectando el Océano Atlántico con el Pacífico a través de una ruta que antes era inimaginable. Esta conexión no solo ha acelerado el comercio global, sino que ha reducido significativamente los costos asociados con el transporte de mercancías. Antes de su existencia, los barcos tenían que emprender un largo y peligroso viaje alrededor del Cabo de Hornos, en el extremo sur de Sudamérica. El Canal ha eliminado miles de kilómetros de viaje, ha reducido el tiempo de navegación y, por ende, ha hecho que el comercio sea más eficiente y menos costoso.

    La existencia del Canal de Panamá también ha sido una fuerza estabilizadora en las relaciones internacionales. En lugar de enfrentarse a las dificultades y riesgos asociados con rutas marítimas largas y peligrosas, las naciones han encontrado un terreno común en la cooperación económica. El Canal ha demostrado que el comercio puede ser un puente para la paz, una herramienta para el entendimiento y la colaboración entre países. En lugar de recursos destinados a conflictos y disputas, se han canalizado hacia la creación de riqueza y el desarrollo compartido. Como bien lo expresó el economista francés Frédéric Bastiat, «Cuando el comercio es libre, el hombre tiende a resolver sus conflictos de manera pacífica. Si se impide el comercio, entonces, lamentablemente, las armas se convierten en el medio para resolverlos». Esta cita ilustra claramente cómo la apertura al comercio reduce la propensión a los conflictos y fomenta un entorno de cooperación pacífica.

    Panamá, el país que alberga esta joya de la ingeniería, ha cosechado beneficios incalculables desde la inauguración del Canal. La economía panameña ha florecido gracias a las tarifas de tránsito, y el país se ha consolidado como un centro estratégico y logístico para el comercio mundial. La presencia del Canal ha impulsado la infraestructura, el desarrollo urbano y el crecimiento económico, convirtiendo a Panamá en un actor clave en el escenario global. Además, el Canal ha fomentado el desarrollo de una cultura empresarial vibrante y una economía diversificada, beneficiando a las generaciones de panameños con mayores oportunidades y estándares de vida elevados.

    En un mundo que a menudo parece estar dividido por conflictos y confrontaciones, el Canal de Panamá nos recuerda que la verdadera fuerza de una nación y del mundo reside en su capacidad para construir puentes y fomentar el entendimiento mutuo. La historia del Canal es una prueba de que el comercio es una fuerza unificadora, que promueve la prosperidad y disminuye las tensiones. En lugar de centrarnos en las barreras y los conflictos, debemos abrazar el poder del comercio para superar divisiones y construir un futuro más pacífico y próspero.

    Hoy, al conmemorar el 110º aniversario de la inauguración del Canal de Panamá, celebramos no solo un logro de ingeniería, sino también un triunfo de la cooperación y la visión compartida. El Canal sigue siendo un testimonio del impacto positivo que puede tener la apertura de nuevas rutas y la colaboración entre naciones. En una época en la que las tensiones globales persisten, el Canal de Panamá sigue siendo un faro de esperanza, recordándonos que el camino hacia un futuro mejor está pavimentado con el entendimiento mutuo y la apertura al comercio.

    Así, el 15 de agosto de 1914, no solo marcó la apertura de una vía de agua, sino el inicio de una nueva era de posibilidades, donde el comercio se erige como la alternativa a la guerra, y la cooperación supera a la confrontación. En honor a este hito histórico, es nuestro deber que sigamos promoviendo el comercio y la paz, construyendo un mundo donde el progreso y la armonía sean la norma, no la excepción.

  • Sin sana cultura tendremos malsana economía

    Sana es la cordura mental o la mente racional capaz de juzgar y anticipar los efectos de nuestras acciones; y si aplicamos este concepto a la cultura estaríamos refiriéndonos a un sano tejido social que permite a dicho tejido, en lo personal y por tanto en el conjunto, discernir buenos valores. Y vale abundar en el sentido etimológico del término “cultura”, es decir, aquello que se cultiva; en lo particular nuestro comportamiento, pensamientos, lenguaje y acciones enfocadas en el aprendizaje y en la trasmisión social a las subsecuentes generaciones, con miras al desarrollo de pensamiento abstracto o abstruso.

    En Panamá muchos hablan de “preservar” culturas precolombinas; sin embargo, poco meditamos el sentido en ello. Y es que para algunos el preservar una cultura se ha vuelto cosa sagrada, a punto que no se detienen a meditar en ello y lo que implica; como podría ser el preservar lo disfuncional. Por ejemplo, uno cultiva productos de la tierra con miras a obtener buenas y productivas cosechas. ¿Acaso ello no aplica igualmente al cultivo de lo cultural? Y, en particular y especial, referido a quienes viven en un entorno desfasado, incapaz de adaptarse a la realidad de los cambios exponenciales de la nueva era; eran en la cual la evolución social se torna esencial. En síntesis, nada bueno es ver la cultura como si se tratase sólo de huacas precolombinas y desconsiderando la realidad práctica.

    El tema cultural en Panamá, en muchos casos y sentidos, ha tomado desvíos malsanos, tal como el vilipendio al emprendimiento o lo que la población llama “privatización” pero sin entender lo que es. De tal comportamiento cultural vemos que los inmigrantes que sí creen y practican el emprendimiento privado prosperan, mientras que los del patio languidecen en las mazmorras arcaicas de una deseducación “NODUCA”.

    En el sentido expuesto vale fijarse en el caso de Japón, que entró al siglo XIX con una cultura vetusta; y, sin embargo, fueron capaces de cambiar y adaptarse al modernismo industrial y empresarial del Oeste, lo cual lograron, curiosamente, sin perder muchas de sus costumbres culturales. Mientras todo ello ocurría en el Japón, en Panamá nuestras universidades, particularmente la gubernamental daba cursos enfocados en lo feo de las relaciones EE.UU./Panamá; desdeñando por años lo positivo. De hecho, mucho se criticaron las semi privatizaciones de Pérez Balladares sin las cuales aún estaríamos sumidos en el centralismo castrante del Panamá colonial.

    Hoy, luego de que el Canal revirtió a Panamá, y con ello fuimos adoptando algunos cambios económicos progresistas, las malas costumbres culturales de la población y sus pervertidos gobiernos siguen atrapados en los pantanos de un centralismo interventor y castrante.

    El mayor y verdadero capital de una nación se encuentra o no, en la cultura de su gente; referido esto a una sana cultura en la cual se aprendió a valorar el emprendimiento y los saludables valores morales. Una cultura que no rechaza y vilipendia virtudes; tales como el hacer yo y no que lo haga el gobierno y sus politicastros.

    Panamá tiene características únicas que nos potencian para llegar a ser el país más próspero del continente americano y más allá; sin embargo, algo nos detiene anclados a un pasado distópico. Si no somos capaces de una sana y productiva evolución cultural, gracias a las ventajas de nuestra posición y a su Canal, algo evolucionaremos. Sin embargo, tal vez no lo suficiente en un mundo en el cual el progreso se torna raudo y aún más; se torna exponencial, a punto que no conjuga con los letargos del ayer.

  • Canal de Panamá en crisis por la sequía, amenaza la economía mundial

    El Canal de Panamá, una de las infraestructuras más importantes del siglo pasado, se enfrenta a una crisis sin precedentes. Conectando dos océanos y siendo la ruta más corta entre ellos, ha sido vital para el transporte de mercancías por barco durante décadas. Sin embargo, la sequía prolongada está agotando sus recursos hídricos y afectando el comercio. En este artículo, exploraremos la situación actual del Canal de Panamá, las restricciones impuestas y las posibles consecuencias para la economía global.

    El Canal de Panamá y su relevancia económica

    El Canal de Panamá ha tenido un impacto significativo en la economía mundial. Con casi el 6% del comercio global pasando por sus aguas, más de 12,000 barcos cruzan el canal anualmente, transportando carga a más de 160 países. Esta vía ha sido fundamental para agilizar el transporte marítimo y reducir costos logísticos, permitiendo el flujo eficiente de mercancías en todo el mundo.

    La peor sequía en la historia del canal

    Lamentablemente, el Canal de Panamá se enfrenta actualmente a una sequía extrema que amenaza su funcionamiento. Desde 2019, la región ha experimentado una disminución del 20% en las precipitaciones, convirtiéndose en uno de los períodos más secos desde la década de 1950. A pesar de los esfuerzos de las autoridades para ahorrar agua reduciendo el tráfico de barcos y restringiendo el calado máximo, la situación no ha mejorado. Las precipitaciones durante los primeros meses de este año fueron menos del 50% de lo normal, según Everstream Analytics.

    Impacto en el transporte y restricciones impuestas

    La disminución de los niveles de agua ha llevado a la implementación de restricciones en el canal. Los buques más grandes ahora deben reducir su calado, lo que significa transportar menos carga o reducir el peso de los cargamentos. Según un artículo de Bloomberg, a partir del 24 de mayo, se permiten calados de hasta 13,56 metros para los buques Neo-Panamax, como los portacontenedores y transportadores de gas licuado de petróleo. Esto podría resultar en una disminución del 40% en la carga de algunos barcos, lo que representa un desafío significativo para la industria del transporte marítimo.

    Tarifas adicionales y posibles alternativas

    Las restricciones en el canal no solo generan demoras, sino también costos adicionales. Se requerirán más barcos para transportar la misma cantidad de mercancía, y en algunos casos, será necesario dividir la carga más pesada en contenedores separados. Según estimaciones de analistas, estas medidas podrían aumentar los costos en alrededor de $1,500 por contenedor para importadores y minoristas que utilizan esta ruta.

    Ante estas circunstancias, los armadores podrían optar por buscar alternativas, como el canal de Suez, que se ha vuelto más competitivo en términos de costos. Otros también están observando el deshielo del Ártico debido al calentamiento global, que podría abrir una ruta competitiva por el norte. Además, algunos podrían considerar el uso de puertos en el sur de California, lo que implicaría cargar los contenedores en camiones o trenes con destino a los centros de población del medio oeste y la costa este. Incluso el proyecto de canal en Nicaragua ha surgido como una opción viable en el futuro.

    Causas de la escasez de agua y posibles consecuencias

    La falta de lluvias ha puesto en peligro el sistema de esclusas del Canal de Panamá. El lago Gatún, que proporciona el agua necesaria para su funcionamiento, está experimentando niveles históricamente bajos. Además, el paso de los barcos consume una enorme cantidad de agua dulce, aproximadamente 190 millones de litros por cada tránsito. Con más de 12,000 barcos cruzando el canal cada año, esta situación es alarmante.

    La temperatura en la región ha aumentado en los últimos años, lo que ha provocado un aumento del 10% en los niveles de evaporación tanto del lago Gatún como del lago Alhajuela, según los expertos. Si la sequía persiste, el futuro del canal está en riesgo, ya que podría dejar de ser un paso seguro para las embarcaciones o incluso ¿cerrar permanentemente?.

    Conclusiones

    El Canal de Panamá, una maravilla de la ingeniería moderna, se enfrenta a una crisis sin precedentes debido a la prolongada sequía. Las restricciones impuestas a los buques y las tarifas adicionales están afectando al transporte marítimo y generando costos más altos para importadores y minoristas. Además, existe la preocupación de que los armadores busquen rutas alternativas o utilicen otros canales como el de Suez.

    Es fundamental que se tomen medidas para abordar esta crisis hídrica y preservar la vitalidad del Canal de Panamá. La gestión sostenible del agua y la exploración de soluciones a largo plazo son cruciales. Asimismo, se deben considerar opciones como la inversión en infraestructuras de almacenamiento y sistemas de captación de agua para garantizar la viabilidad y la importancia económica de esta vía de navegación crucial en el futuro.

    Fuente:
    Everstream Analytics. «Canal de Panamá se seca a medida que la falta de lluvias golpea la economía mundial». [En línea]. Consultado el 4 de junio de 2023]. https://www.inboundlogistics.com/articles/panama-canal-drought-shipping-and-the-supply-chain/

    https://www.xataka.com/empresas-y-economia/canal-panama-se-esta-quedando-agua-sequia-esta-encareciendo-comercio-maritimo

     

     

  • David McCullough, autor de Un camino entre dos mares, in memoriam.

    David McCullough, uno de los historiadores más populares e influyentes de su época y una figura inmensa para Panamá, falleció el domingo pasado en Hingham, Massachusetts.

    McCullough, cuyo padre y abuelo fundaron la McCullough Electric Company, nació en Pittsburgh en 1933. Amaba la historia desde niño, y recordaba animadas conversaciones durante la cena, retratos de Washington y Lincoln que parecían colgar en cada hogar y la excursión al sitio donde Washington peleó una de sus primeras batallas. Estudió literatura inglesa en la Universidad de Yale y conoció al dramaturgo Thornton Wilder, quien lo animó a escribir.

    “David McCullough era un tesoro nacional. Sus libros hicieron vívida la historia para millones de personas. A través de sus biografías, ilustró dramáticamente las partes más ennoblecedoras del carácter estadounidense”, dijo el director general de Simon & Schuster, Jonathan Karp, en un comunicado.

    McCullough era uno de los historiadores más importantes de su generación y, además de por sus libros, su carrera se destacó por ejercer como presentador de televisión especializado en narrar los grandes eventos y las vidas de personajes históricos estadounidenses. McCullough recibió el Premio Nacional del Libro por “The Path Between the Seas” (1977), sobre la construcción del Canal de Panamá; y por “Mornings on Horseback” (1981), una biografía sobre Theodore Roosevelt. También ganó premios Pulitzer por “Truman” en 1992, y por “John Adams” en 2002.

    Su fascinación por la arquitectura y la construcción inspiró sus primeras obras sobre el Puente de Brooklyn y el ya mencionado Canal de Panamá,  mientras que su admiración por los líderes que creía que eran buenos hombres como Truman y Adams, cuyas reputaciones ayudó a enaltecer, lo volcaron a toda una serie de libros populares sobre la revolución estadounidense, incluyendo su propio “1776”. Cuando ya tenía más de 70 años, demostró su afecto por París con la publicación de “The Greater Journey” de 2011 y por la aviación con un éxito editorial sobre los hermanos Wright publicado en 2015.

    «Para muchas personas, las figuras, los personajes principales o protagonistas del drama de nuestros años fundacionales se perciben casi como personajes en un concurso de disfraces con el cabello empolvado y sus camisas con volantes y calzones de raso y todo lo demás», dijo McCullough a NPR’s Talk en una discusión de 2006 sobre la Guerra Revolucionaria. «Pero no eran nada de eso. Y no eran dioses, no eran sobrehumanos. Eran seres muy humanos. Y cada uno de ellos tenía sus defectos, sus fallas y sus errores».

    La celebración de McCullough del pasado de la nación también generó duras críticas de que su afecto se volvía con facilidad idealización. Su libro de 2019 “The Pioneers” fue criticado por minimizar las atrocidades cometidas contra los indígenas estadounidenses cuando los colonos del siglo XIX se trasladaron al oeste. En sus primeras obras, se le acusó de evitar las verdades más duras sobre Truman, Adams y otros y de anteponer la narración al análisis.

    Al ser entrevistado ese mismo año por The Associated Press, McCullough respondió a las críticas de que era demasiado complaciente diciendo que “algunas personas no solo quieren que sus líderes tengan pies de barro, sino que sean todos de barro”.

    McCullough también tenía una preocupación: la educación. Le preocupaba que los estadounidenses supieran tan poco de historia y no apreciaran los sacrificios de la época de la revolución. Habló a menudo en universidades y ante el Congreso, y una vez le dijo a un comité del Senado que “la historia se está poniendo en un segundo plano o se está retirando del centro por completo en muchas o la mayoría de las escuelas, a favor de las matemáticas y la lectura”.

    En 2006, recibió la Medalla Presidencial de la Libertad, considerada como la concesión civil más alta en los Estados Unidos. Los políticos estadounidenses solían decir que habían leído sus libros, especialmente sus biografías de Truman y Adams. Jimmy Carter citó “The Path Between the Seas” como un factor para negociar los tratados de 1977 que devolvieron el control del Canal de Panamá a Panamá, y políticos tanto demócratas como republicanos, citaron su libro durante el debate sobre el destino del Canal.

    Precisamente, el mencionado libro, que todo panameño debería leer en las escuelas, es una historia muy bien narrada, organizada en tres secciones: Libro primero: La visión (1870–1894), Libro segundo: Barras y estrellas para siempre (1890–1904), y Libro tercero: Los constructores (1904–1914). El autor, según el momento, se concentra en los aspectos político, económico, de infraestructuras, sanitario o social. Destaca a los protagonistas principales: a los promotores franceses, especialmente a Ferdinand de Lesseps y luego a Philippe Bunau-Varilla; finalmente a la etapa americana con los ingenieros al mando del canal: John Stevens y George Goethals, y al médico William Gorgas.

    A De Lesseps lo describe como un hombre muy peligroso porque luego de haber impulsado y terminado el canal de Suez, gozó, “como él mismo dijo en cierta ocasión, del “privilegio de ser creído sin necesidad de probar lo que se afirma”. Y tanto el autoengaño como al prójimo, contribuyó a la ruina de miles de familias.

    Las medidas sanitarias que se tomaron para erradicar las enfermedades e infecciones que atentaban contra el proyecto, fueron un logro de gran magnitud aunque, señala el autor, fue un éxito tan incuestionable como relativo: dependía del sector de la mano de obra del que se hablase porque, ya en la época norteamericana del canal, “sin duda, a los trabajadores blancos y a sus familias les iba muy bien; en cambio, para la inmensa mayoría negra, el cuadro era alarmante”. «Durante los primeros diez meses de 1906, la tasa real de mortalidad entre los empleados blancos fue de 17 por 1.000. Pero entre los indios occidentales negros fue de 59 por 1.000. Los trabajadores negros, los que se pensaba que eran idóneos para soportar el pernicioso clima, morían en una cantidad tres veces mayor que los trabajadores blancos. Panamá ya no era una tumba para los trabajadores blancos, pero seguía siendo casi tan mortal como antes para los trabajadores negros. Y puesto que los negros triplicaban a los blancos, la disparidad en el número de muertes entre los trabajadores negros resultaba todavía más impresionante».

    En cuanto a la obra, las grandes esclusas son una proeza de la ingeniería: hubo que diseñar, sin modelos previos, todos los mecanismos que las abrían y cerraban herméticamente, y luego fabricarlas en Pittsburg, donde funcionaban cincuenta fábricas para todo lo que necesitaba el canal. «Las grúas, los cables de transporte, las quebrantadoras y las mezcladoras de cemento funcionaban con electricidad. La energía motora del canal, todo su sistema nervioso, era la electricidad, y un canal todo eléctrico era algo enteramente nuevo bajo el sol e imposible solo diez años antes. El funcionamiento de las esclusas dependería nada menos que de 1.500 motores eléctricos. » También entonces, la General Electric, una empresa joven, obtuvo su primer gran contrato y preparó un sistema de control, semejante al de los ferrocarriles pero mucho más complejo, que nunca se había usado antes y que, medio siglo después, seguía en funcionamiento. «La única meta de todos los participantes era producir algo mejor, más seguro y fiable que todo lo hecho anteriormente.».

    Pero, a pesar de todos los logros, a pesar de que se puede decir que la generosidad de los Estados Unidos en muchos sentidos fue extraordinaria, indica el autor, comenzó entonces el gran resentimiento de América Latina hacia ellos, por haber favorecido el golpe de estado de un grupo de panameños contra Colombia y por haber incumplido los acuerdos firmados. También, las decisiones que provocaron grandes desplazamientos de poblaciones indígenas, y luego el comportamiento de la mayoría de los norteamericanos en la zona del Canal «los estadounidenses eran gritones, arrogantes, maleducados y bebedores», junto con la condescendencia de muchos hacia los nativos, se convirtieron en fuentes de resentimiento permanente.

    Por último, una consideración especial, que incluso determinó que uno de los socios de nuestra empresa, Goethals Consulting, adoptara el mismo en señal de reconocimiento a la excelencia. El autor explica cómo, entre los hombres clave para la construcción del Canal de Panamá, uno fue George Goethals, ingeniero civil y oficial del ejército norteamericano al frente de las obras desde 1907 hasta su apertura en 1913, y luego gobernador hasta 1916. Al final, al hacer balance de su trabajo y hacer notar su tenacidad, habilidad y valor, McCullough dice:

    “Asimismo, el hecho de que una obra tan enorme y costosa se llevara a cabo sin sobornos, comisiones encubiertas, nóminas engordadas ni ninguna de las muchas formas de corrupción endémicas en tales empresas parecía casi inconcebible al comienzo y no deja de ser menos notable visto en retrospectiva. Pero el canal, entre otras muchas cosas, era un proyecto limpio. Ninguna de las miles de empresas diferentes que negociaron con la Comisión del Canal del Istmo obtuvo ganancias exorbitantes. No hubo ni el más leve indicio de escándalo desde el momento en que Goethals obtuvo el mando, ni hay pruebas de corrupción de ningún tipo en todos los años sucesivos”.

    Un legado que Panamá debería mantener y honrar.

    McCullough , sobre su forma de trabajar, comentaba: «Me esfuerzo por escribir un libro que podría calificar como literatura. No quiero que solo sea legible. No quiero que solo sea interesante. Quiero que sea algo que conmueva al lector». Según contó él mismo en un corto documental para HBO titulado Painting With Words, pensaba en «escribir la historia como si fuera una obra de arte».

    La historia sobre la construcción del Canal de Panamá conmueve, el autor logró su cometido. Descanse en Paz, Mr. Mc Cullough.

  • Deficiencias del Protocolo relativo al Tratado concerniente a la Neutralidad Permanente

    A partir del 1 de octubre de 1979, quedó abierto a la adhesión de todos los países del mundo el Protocolo relativo al Tratado concerniente a la Neutralidad Permanente y al Funcionamiento del Canal de Panamá. La Secretaría General de la Organización de la Organización de Estados Americanos (OEA) es la depositaria del mismo y 40 Estados lo han suscrito. El Protocolo comprende un preámbulo y tres artículos.

    El preámbulo declara que el mantenimiento del régimen de neutralidad es importante para: a) El comercio y la seguridad de la República de Panamá y de los Estados Unidos. A este respecto, el Dr. en derecho de la Universidad de Ginebra, Richard Perruchoud y autor de “Le régime de neutralité du canal de Panama”, publicado por el Instituto de Estudios Internacionales y de Desarrollo en Ginebra, afirma que tal objetivo por sí solo no justifica la necesidad de un protocolo ya que la comunidad internacional no tiene ningún interés en garantizar el mantenimiento de un régimen concluido con el fin de preservar el comercio y la seguridad de dos Estados.

    1. b) La paz y seguridad del hemisferio occidental. Esta restricción geográfica tiene como consecuencia de colocar el Protocolo y el Tratado de Neutralidad en la órbita del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (Tratado de Río).
    2. c) Los intereses del comercio internacional. No se hace ninguna alusión al interés por preservar la paz general y seguridad internacionales, objetivos éstos, que deberían preceder a la instauración de un régimen de neutralidad reconocido por todos los Estados. Es legítimo entonces preguntarse, según Perruchoud, si los intereses del comercio internacional en tiempos de paz constituyen una incitación suficiente para acceder a un protocolo que está supuesto a surtir todos sus efectos principalmente en período de conflicto armado.

    El preámbulo declara, igualmente, que el régimen de neutralidad asegura permanentemente el acceso al canal de las naves de todas las naciones sobre una base de entera igualdad. El texto del Tratado de Neutralidad no deja dudas acerca la existencia del derecho de tránsito prioritario acordado a Estados Unidos, lo cual es contradictorio e incompatible con el régimen de neutralidad y desvirtúa el principio de igualdad. Con o sin tratado, y tal como ha ocurrido en el pasado, Estados Unidos tienen los medios de bloquear las entradas al canal. Como lo indicó un General, “en caso de crisis nosotros seremos los primeros en pasar y después invocaremos la fuerza mayor” (Hearing before the Com.on For. Rel., part 3, p.67).

    En el artículo 1 del Protocolo, las Partes Contratantes reconocen el régimen de neutralidad permanente del canal establecido por el Tratado relativo a la Neutralidad Permanente y al funcionamiento del Canal de Panamá y adhieren a sus objetivos. El reconocimiento del régimen de neutralidad implica que los signatarios tienen conocimiento de todas las particularidades sustantivas del Tratado de Neutralidad con sus enmiendas, condiciones y modificaciones. Esto significa que el estado que se adhiere al Protocolo da su aval al tránsito prioritario de los buques de guerra de Estados Unidos y al derecho unilateral de intervención por la fuerza.

    Los estados signatarios no obtienen derechos en contrapartida. Solo se limitan a reconocer la existencia de un régimen jurídico determinado. El hecho de adherirse a sus objetivos es una declaración de intención que entraña una obligación de abstenerse de no llevar a cabo acciones que pudieran violar los conceptos aceptados por las Partes Contratantes en el Tratado de Neutralidad.

    En el artículo 2, las Partes Contratantes acuerdan observar y respetar el régimen de neutralidad permanente del Canal tanto en tiempo de paz como en tiempo de guerra. El Protocolo no es parte integrante del Tratado de Neutralidad, razón por la cual los signatarios no pasan a ser partes contratantes del Tratado de Neutralidad. La posición constante de los senadores norteamericanos fue la de no conferir a través del Protocolo ningún derecho en particular a terceros estados y no transformar el Tratado de Neutralidad en un tratado multilateral (Hearings before the Com. on For. Rel., part.1, p. 236). El derecho de los estados al uso del canal es fruto del Tratado de Neutralidad y no del Protocolo. ¿En esas condiciones, cabe hacerse la pregunta cuál es la ventaja para un estado de adherirse al Protocolo frente a aquéllos que no se adhieran? Perruchoud responde que es verdad que, en caso de darse un conflicto armado entre alguno de estos estados contra Panamá o Estados Unidos, éstos pueden negarles a aquéllos el derecho al tránsito por el Canal, pero estos estados no tendrán obligación alguna de respectar la neutralidad del canal y podría considerarlo como un objetivo militar para atacarlo.

    El Protocolo no constituye una base jurídica del régimen de neutralidad. En realidad, el Protocolo de adhesión al Tratado de Neutralidad conlleva un significado político. De acuerdo a los negociadores y militares norteamericanos, los países que acceden al Protocolo manifiestan tácitamente que cuentan con los Estados Unidos para mantener el canal abierto en tiempo de paz y de guerra, al tiempo que reconocen la legitimidad de este país de emprender cualquier acción tendiente a preservar la defensa de sus intereses nacionales. Nuevamente, ¿Es oportuno hacerse la pregunta acerca el interés de un Estado de adherir a un Protocolo que le otorga un cheque en blanco a Estados Unidos sobre diversos asuntos? Tal como señala el investigador suizo experto en neutralidad, Pascal Lottaz ,»La neutralidad siempre tiene éxito cuando sirve a los intereses de todas las partes implicadas o, al menos, cuando a ninguna de ellas le parece una amenaza existencial».

    El rol pasivo atribuido a los estados partes en el Protocolo imposibilita que se conviertan en garantes del régimen de neutralidad. Un verdadero tratado de garantía es aquél suscrito por las grandes potencias en el cual se comprometen a respetar y hacer respetar el régimen, acordándose el derecho o imponiéndose el deber de defender el régimen en caso de peligro. Otra debilidad del Protocolo es que el signatario puede retirarse en cualquier momento sin previo aviso.

    Tras la invasión de Rusia en Ucrania, el régimen de neutralidad está adquiriendo formas y características diversas. Es por ello, que es en el interés de Panamá definir acciones y directrices; y además identificar los escenarios y desafíos a la seguridad y defensa de la vía interoceánica y territorio panameño. Muchos de los riesgos a la seguridad de hoy son globales, como la proliferación de armas nucleares, ciber ataques, terrorismo transnacional, y no se pueden afrontar, de manera completa y eficaz desde la soberanía nacional. Pascal Lottaz, está claro que «mientras haya conflictos internacionales, la neutralidad seguirá teniendo futuro. La gran pregunta es cómo podemos utilizarla de forma provechosa para la paz”.

  • El Coronavirus ya está aquí. ¿Y ahora qué hacemos?

    Nada fortalece el poder del estado después de las guerras que una epidemia. Una epidemia usualmente implica restricciones al derecho de libertad de movimiento, al derecho de reunión, al derecho a la intimidad, ya que tu historial medio y con quien te reúnes se torna un tema de políticas públicas, y hasta de seguridad nacional. El Estado, cuya misión básica es dar seguridad a todos los ciudadanos, ahora tiene todas las excusas para acrecentar su poder. También hay restricciones al derecho de propiedad. Por ejemplo es común que los países pongan controles de precios para acabar con la especulación, y lo único que logran es fomentar las compras de pánico y las compras especulativas de acaparadores para su reventa a mayor precio. Hay que estar muy atentos a estos peligros. Por ahora el gobierno parece tomar las cosas con su calma característica. Lo que no sabemos es que si es por sangre fría o incapacidad oculta.

    Porque el corona virus trae dos problemas grandes. El primero, es el médico, que no pienso tocar acá porque no soy médico, el segundo es el impacto económico sobre Panamá del coronavirus.

    Panamá tiene una economía de servicios con varios pilares. Y el coronavirus puede hacer entrar en crisis a todos.

    El colapso del offshore y la construcción. El pilar planteado por la plataforma financiera de Panamá se encuentra bajo asedio de la OCDE y el GAFI, con sus estándares internacionales, algunos realmente planteados para combatir el financiamiento de actividades ilícitas y la evasión fiscal, pero también con claros propósitos proteccionistas de evitar que la gente vote con los pies hacia jurisdicciones más cómodas y evitar la competencia fiscal perjudicial. El sector construcción también ha tomado duro, y hay ahora mismo hay un exceso de inventario, con apartamentos y locales comerciales vacíos. Los obreros de la construcción se han reducido a la mitad. Y por lo tanto, las cuotas sindicales que financiaban al SUNTRACS, FENADESO y al FAD.

    Ahora el coronavirus va a atacar otros dos pilares de la economía panameña que ya venían estando golpeados.

    El Canal de Panamá. La ACP no ha dicho nada, pero ahora a las restricciones de calado por la falta de agua se va a sumar el colapso del comercio desde China y Corea del Sur y la caída de los precios del petróleo. La actividad comercial en los puertos de la costa oeste de los Estados Unidos que comercian principalmente con Asia, ha caído un 25% y los puertos de la costa este, que usan el Canal de Panamá para comerciar con Asia, esperan una caída del 15% el primer cuatrimestre de este año, principalmente gracias a la caída del comercio con China. Comercio que pasa por el Canal de Panamá. Y que sumado a las restricciones de dragado por la sequía, va a hacer que el tránsito por el Canal de Panamá disminuya, y por consiguiente los ingresos en forma de peajes y los aportes del Canal al presupuesto de Panamá, que desde Martinelli usa estos ingresos para sufragar gastos fijos y no inversiones. Sume a esto que la crisis deflacionaria del Coronavirus ha provocado una caída brutal en las importaciones de materias primas a China, entre ellas el petróleo, que ha caído a un mínimo, lo que hace la ruta por Suez más competitiva que la Panameña con sus restricciones de calado y tiempos de espera. El Canal de Panamá, los puertos y la industria logística van a tomar duro. Y con esto los ingresos del Estado Panameño.

    El Sector Turismo. Los hoteles ya habían despedido a más de 30 mil personas antes del coronavirus, ahora va a ser devastador. Las aerolíneas han tenido que cancelar vuelos, dejar pasajeros en tierra, la industria cinematográfica ha tenido que atrasar estrenos como Mulan y la última de James Bond. La Liga de Fútbol Italiana está cancelada. Los restaurantes operan con horarios restringidos. En Francia todas las aglomeraciones de más de mil personas han sido canceladas. Si las aerolíneas, hoteles, restaurantes y cines tenían problemas antes del coronavirus, ahora el efecto puede ser devastador.

    ¿Qué hacer? Emmanuel Rahn tiene una frase famosa, “no dejar que ninguna crisis se desperdicie”.  Las crisis también son épocas de oportunidades. Y las oportunidades son varias.

    El problema con poner todos los huevos en una sola canasta. Los empresarios norteamericanos se estaban dando cuenta con la guerra comercial entre los Estados Unidos y China, antes del coronavirus, que no había sido sabio poner todos sus huevos manufactureros en la misma canasta China. Ahora con más razón, teniendo en cuenta el riesgo de los gustos gastronómicos y hábitos higiénicos de los Chinos, la posible aparición de cisnes negros en forma de pandemias en China, van a asustar más a los inversionistas que van a buscar un “desacoplamiento” de la economía China y la norteamericana diversificando su producción en otros países. Un economista norteamericano nos dijo la semana pasada que México y Centroamérica deberían poder aprovechar la coyuntura para atraer inversiones manufactureras. Panamá, que ha puesto todos sus huevos en un sector servicios que ahora va a tomar duro con la crisis, debería prepararse para aprovechar esta oportunidad. Pero para ello debemos hacer modificaciones en la legislación vigente, sobre todo en el Código de Trabajo.

    El aumento de desempleo y el colapso de la industria de la construcción van a hacer que el poder de los sindicatos sea mucho menor para oponerse a las reformas, y si persiste la situación de Coronavirus, no van a poder hacer grandes y violentas manifestaciones contra las mismas. Es una oportunidad que no debería desperdiciarse.

    El problema del sistema de salud público panameño. La atención médica primaria, que es la que evita que la gente no se enferme en primer lugar y la atención médica terciaria, para los cuidados catastróficos que la atención medica privada es incapaz de asumir, como lo demuestra la conducta de las aseguradoras, pueden ser mejores. Está claro que la salubridad pública tiene un rol que cumplir y puede ser mejor. Es una discusión que hay que tener. Fuera de la histeria de que “quieren privatizar la CSS” cuando en efecto se trata de unificar el sistema estatal de salud. Se trata acá de crear un sistema estatal de seguros primarios que funcione, un seguro de salud estatal que cubra las carencias de los seguros privados y un sistema de salud estatal terciario para los eventos catastróficos, como lo puede ser la infestación del coronavirus.

    Son todas oportunidades que se presentan en una crisis. Pero por ahora parece que el gobierno sólo puede atender un problema a la vez, y éste es contener el coronavirus. En lugar de mirar los efectos que la crisis va a tener sobre nuestra economía y ver qué oportunidades saldrán al final de la crisis.