Etiqueta: cerebro

  • Cómo la química de nuestro cerebro hace que las drogas tomen el control

    Las drogas forman parte de nuestra sociedad, con todas sus formas y aplicaciones. Desde el tabaco al alcohol, pasando por los opiáceos, siempre han estado de moda. En los medios vemos constantemente noticias relacionadas con la crisis del fentanilo, la legalización del cannabis y los efectos antioxidantes del consumo de vino. Pero ¿cuál es la base química que hace que estas sustancias sean tan populares y peligrosas?

    Una vieja costumbre

    La historia del consumo de drogas es prácticamente tan antigua como la de la humanidad. Ya en la Edad Antigua, numerosas drogas como el opio recorrieron ampliamente las civilizaciones de la cuenca mediterránea, principalmente aplicadas como remedios medicinales. Pese al aviso de pensadores como Diágoras de Melos (“es mejor sufrir dolor que volverse dependiente del opio”, siglo V a. e. c.), su aplicación recreativa no tardó en llegar.

    Otro ejemplo de droga popular desde la Antigüedad es el alcohol. Persas, griegos, chinos, egipcios, mayas, romanos… Por todos los rincones del mundo la elaboración y el consumo de bebidas alcohólicas formaba parte de la vida social, espiritual y cultural de cada civilización. Hoy en día la situación se mantiene: el consumo moderado de alcohol en la cultura occidental está normalizado, legalizado y extendido a gran parte de la población. En ocasiones, el cine, la televisión y la música incluso glorifican su ingesta, enfatizando sus efectos eufóricos.

    ¿Cuál es el secreto de estas sustancias? ¿Cómo es posible que afecten a nuestra química cerebral hasta el punto de influir en el devenir de las civilizaciones?

    La respuesta se encuentra en un conjunto de áreas interconectadas de nuestro cerebro conocido como sistema mesocorticolímbico.

    ¿Me está engañando mi dopamina?

    Para hacernos saber que un estímulo es beneficioso para la supervivencia, nuestro cerebro se encarga de que este nos guste. Ejemplo de ello son las sensaciones de placer que experimentamos a través de una comida calórica, el sexo y la interacción social.

    Acompañando a esa sensación, nuestro cerebro también señaliza ese estímulo y hace que aprendamos que nos ha gustado: así es más probable que repitamos esa actividad positiva. De hecho, gracias a este sistema tendremos además una gran motivación, necesaria para poner en marcha nuestro cuerpo y así obtener esos estímulos.

    ¿Son siempre importantes para la supervivencia las conductas que se ven reforzadas? La respuesta es que no.

    Al sistema mesocorticolímbico encargado de la recompensa se le puede hackear.

    A nivel celular, las dos regiones más relevantes de este sistema son el área tegmental ventral y el núcleo accumbens. Las neuronas de la primera región conectan con las de la segunda y envían una molécula neurotransmisora llamada dopamina. Esta cumple un rol esencial en la recompensa: cuando se aumenta el nivel de dopamina que se libera se inician una serie de procesos. El resultado final es que aprendemos que ese estímulo es importante para la supervivencia y provoca que estemos más motivados para volver a buscarlo en el futuro.

    Este sistema requiere regulación. De esto se encargan unas proteínas en la superficie celular llamadas receptores opioides. Es aquí donde entran en juego las drogas y el hackeo del sistema: este tipo de receptores pueden ser activados tanto por estímulos naturales como por las drogas. Al hacerlo, se intensifica la liberación de dopamina.

    El resultado es que a nuestro cerebro le gustan estas drogas, aprende que son estímulos importantes y nos motiva a volver a conseguirlas. Aunque no aporten ventajas para la supervivencia.

    De este modo se explican parcialmente los efectos eufóricos y reforzantes del consumo agudo de estas sustancias. Sin embargo, también es la base de su cara más oscura: la adicción. ¿Qué pasa cuando el uso de drogas se cronifica?

    La delgada línea entre la euforia y el dolor

    Si bien el consumo moderado de drogas se normaliza y hasta celebra en contextos sociales, este puede desencadenar problemas graves. El consumo prolongado de alcohol y de otras sustancias no solo afecta a nuestras percepciones y comportamientos, sino que también deja su huella en nuestro cerebro de una manera que puede ser difícil de revertir.

    Recordemos que nuestro sistema mesocorticolímbico es un sistema de recompensa, diseñado para hacernos sentir bien cuando realizamos acciones beneficiosas. No obstante, el consumo repetido de estas sustancias puede hacer que su funcionamiento cambie y que aquello que solía producir placer ya no lo haga en la misma medida.

    Estos cambios en las capacidades reforzantes del alcohol y los opioides se deben, entre otras cosas, a reducciones en la liberación de dopamina. Pero ¿quién es responsable de estas alteraciones?

    Igual que hay receptores opioides –receptor Mu opioide– que provocan un incremento en la liberación de dopamina y son responsables del refuerzo positivo, existen otros –receptor Kappa opioide– que actúan de forma opuesta. Es decir, su actividad hace que disminuya la liberación del neurotransmisor y da lugar a efectos opuestos: disforia, aversión y pérdida de motivación.

    Durante el consumo repetitivo de sustancias como alcohol y opioides tienen lugar cambios en la expresión de estos receptores. Mientras que los Mu están cada vez menos activos, los Kappa lo están cada vez más.

    La disminución de la capacidad de las drogas para generar sensaciones placenteras hace que estas se vuelvan menos gratificantes con el tiempo. Este hecho, junto a los estados disfóricos que se manifiestan en ausencia de la sustancia, conducen a escaladas en el consumo con la finalidad de autotratar dicho malestar.

    Es tan importante este mecanismo en la adicción que hasta se ha acuñado un nuevo término: hyperkatifeia, del griego katifeia, que significa “abatimiento” o “estado emocional negativo”. Curiosamente, estas alteraciones en los receptores opioides son similares a las que ocurren en situaciones de dolor crónico y pueden desencadenar estados negativos como falta de motivación, ansiedad y depresión.

    La conclusión es que el consumo continuado de ciertas sustancias puede tener consecuencias físicas, mentales y sociales graves, y alterar la manera en que nuestro cerebro experimenta el placer y el dolor. No es de extrañar que la adicción a las drogas haga tocar fondo. Aunque se disfracen como aliadas para sobrellevar los problemas, acaban convirtiéndose en el mayor de ellos.The Conversation

    María Ros Ramírez de Arellano, Doctorando en Neurociencias, Universitat de València; Lucía Hipólito Cubedo, Profesora en el área de Farmacia y Tecnología Farmacéutica, Universitat de València y Víctor Ferrís Vilar, Doctorando en Neurociencias, Universitat de València

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • La selección: los engranajes de la memoria

    Aunque nos parezca una preocupación muy contemporánea, no es algo nuevo. El miedo a que se nos atrofie la memoria por culpa del acceso inmediato a la información ya lo experimentó Sócrates hace casi 2 500 años con la tecnología disruptiva de su tiempo: los textos escritos. Más tarde, la invención de la imprenta también suscitó recelos entre la intelectualidad de la época.

    ¿Hay motivos para la alarma? Pensemos en un caso muy concreto: los números de teléfono. Con la irrupción de los móviles en nuestras vidas, ya no memorizamos ninguno –a veces ni el nuestro–, lo que nos priva de ese ejercicio de retentiva. Que no cunda el pánico: como señalaban Carmen Noguera Cuenca y José Luis Cimadevilla, psicólogos de la Universidad de Almería, las asistencias digitales pueden ayudarnos a liberar recursos cognitivos para emprender tareas mentales que requieran más atención. Otro cantar es que las máquinas y algoritmos acaben recordando, pensando y creando por nosotros.

    Generalmente asociamos la memoria a la capacidad de archivar y recuperar voluntariamente datos o experiencias, pero es solo una de sus funciones. La falta de uso –tecnología o no mediante–, el envejecimiento y las enfermedades neurológicas erosionan sobre todo esos recuerdos episódicos, mientras que la llamada memoria procedimental resiste mejor los embates. Gracias a ella aprendemos a hablar, a montar en bici o a tocar el piano, por ejemplo.

    Un revelador estudio demostró que los niños con lesiones en el hipotálamo (el centro de operaciones del primer tipo de memoria) no se acordaban del último programa de televisión que habían visto, pero sí eran capaces de adquirir vocabulario y se relacionaban con su entorno normalmente.

    Además, hay que tener en cuenta que nuestra facultad de recordar no es un mecanismo infalible, como recuperar una película de un disco duro. Cada vez que evocamos una vivencia, la memoria la reconstruye con experiencias similares y rellena las lagunas. De ahí surgen “fallos del sistema” como los falsos recuerdos.

    No obstante, a veces ocurre lo contrario. José A. Morales García, neurocientífico de la Universidad Complutense de Madrid, nos relataba cómo el olor a serrín le había transportado súbitamente al taller de carpintería de su padre en su Toledo natal. Determinados aromas, impregnados de contenido emocional, pueden embarcarnos en ese tipo de viajes involuntarios en el tiempo.

    El factor sentimental también explica, en parte, por qué algunos enfermos de alzhéimer pueden acordarse de la letra de canciones enteras sin titubear. Está demostrado que la música ayuda a los pacientes neurológicos a retener información verbal, y por eso los psicólogos la usan como herramienta en sus sesiones de terapia.

    Adicionalmente, los científicos han identificado dos áreas que se activan con intensidad cuando recuperamos nuestros recuerdos musicales del pasado: la corteza premotora y el giro cingulado superior. Son las que más aguantan la neurodegeneración y el paso del tiempo.

    Tal vez haya fantaseado alguna vez con disfrutar de lo que popularmente se conoce como “memoria fotográfica”. Pues cuidado con lo que desea. Algo así le ocurre a Jill Price, aquejada de un trastorno llamado hipertimesia. Jill vive su “superpoder” como una condena: es incluso capaz de rememorar cada una de las veces que su madre le dijo que estaba engordando durante la adolescencia, y con el mismo peso emocional que sintió entonces. Los recuerdos la avasallan, mientras que el resto de sus capacidades cognitivas incluso adolecen de ciertas carencias.

    No está de más recordarlo: también es necesario olvidar.The Conversation

    Pablo Colado, Salud + Medicina, The Conversation

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.