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  • Cuba en el continente después del Vizconde de Bragelonne

    A 60 años de la jornada “gloriosa” del 1º de enero de 1959, cuando a Cuba le llegó la noche, creo que sigue existiendo una confusión peligrosa respecto a las razones que determinaron por qué  hizo irrupción Isis, cuando esperábamos a Horus. No creo que nadie pueda ofenderse si me refiero a lo que podría considerar la visión casi universal de lo que era Cuba en 1958. Según la “sabiduría ortodoxa”, que tiene mucho de “doxa” y poco de “ortho”, Cuba era el burdel de Estados Unidos. Allí pululaban los gángsters y la mafia americana que, con George Raft a la cabeza, controlaba gran parte de lo que se suponía era un garito universal. Según la propaganda de izquierda, con esa máquina de la mentira en nombre de la virtud, el presidente Fulgencio Batista y Zaldívar había matado a unos 20.000 idealistas, seguidores del Quijote del Plata, el “Che” Guevara.

    No menos importante era la imagen de que Cuba era el paradigma de la mala distribución de la riqueza en América, donde se confirmaba el dictum de Marx de que los ricos eran cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Y por supuesto imperaba el racismo más absoluto, donde los “negros” no tenían cabida en una sociedad a la que habían contribuido con su música y su ritmo. Por supuesto, en medio de la confusión resonaba igualmente la corrupción del gobierno de Batista, que podría decir tristemente que no la había inventado él. Esto, que he llamado la “sabiduría ortodoxa”, reinaba igualmente en el Departamento de Estado de Estados Unidos en manos de Roy Rubbotton y Sol Linowitz. Al respecto, el embajador en La Habana, Earl T. Smith, intentaba infructuosamente transmitir la realidad imperante en el denominado “Movimiento 26 de Julio”, pero como dice el refrán “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Así, en tiempos de la administración conservadora de IKE (I don’t like), Estados Unidos le quitó el apoyo a Batista y Ikesenhower le pidió a Batista que se fuera y dejara entrar a Fiel en La Habana.

    En su libro El Cuarto Piso, Earl T. Smith escribió: “Si pudiera conseguir un jurado de doce personas imparciales, estaría dispuesto a apostar cien mil dólares a que puedo convencer a todos los miembros del jurado antes de 24 horas de que el movimiento de Castro está infiltrado y dominado por los comunistas.” Decididamente, los políticos americanos habían pasado a desconocer a los dictadores de izquierda y Castro fue la primera oportunidad de esa política. Yo no voy a dejar de reconocer que la historia política de Cuba, a partir de la independencia de 1902, cuando Estados Unidos terminó la primera intervención, deja mucho que desear. También sería falaz intentar desconocer que había burdeles en La Habana, pero en cuanto al juego, podría decir que en el casino de Mar del Plata hay ciertamente más ruletas que las que hubo en todos los casinos de La Habana.

    Tampoco voy a decir que en Cuba todo el mundo era rico y que no había ricos y pobres o que los negros ocupaban en la sociedad el mismo lugar que los blancos. Pero sí voy a decir que nada de eso puede explicar ni la aparición de Fidel Castro, ni su larga permanencia. Y desconocer esta fea realidad es una nueva amenaza que se cierne sobre el continente, independientemente del eventual deceso de Castro, que fue seguido por Raúl hasta la fecha. Todo el mundo parece ignorar que el 4 de septiembre en 1933, en medio de la crisis económica mundial, algunos suboficiales al mando del sargento taquígrafo Fulgencio Batista dieron un golpe de estado a la plana mayor del ejército. Este golpe institucional, que rápidamente convirtió a los sargentos en generales y llevó a Batista al poder desde el campamento de Columbia hasta su elección como presidente constitucional (fraudulento) en 1940, fue en su momento aprobado y apoyado por la clase política cubana. Entre ellos, estaba precisamente el denominado Directorio Revolucionario: Carlos Prío Socarrás, Grau San Martín, Carlos Saladrigas, como el periodista Sergio Carbo, etc. Como escribiera alguna vez, los revolucionarios le habían concedido el poder a los sargentos.

    Batista llegó al poder con ciertas tendencias comunistas, influenciado por Mella. Pero en aquel entonces, aun cuando la Enmienda Platt, que autorizaba la intervención americana para imponer el orden y defender la propiedad privada no había sido derogada, Roosevelt se negaba a intervenir. No obstante tan pronto se produjo el golpe militar, Roosevelt envió a La Habana al acorazado Mississippi, el crucero Richmond y dos destructores. Batista parece que percibió el mensaje anticomunista enviado desde Washington y optó por los dólares, pues parece descreía de los rublos. En esa misma línea se encontraban los sargentos, ya generales, cuando se dio la segunda oportunidad y los Estados Unidos habían tomado en serio la derogación de la Enmienda Platt.

    Cuando más adelante los mismos sargentos-generales se dieron cuenta de que Estados Unidos le había quitado el apoyo a Batista, decidieron “acomodarse” con el régimen que viniese. Tanto más cuando los revolucionarios habían logrado traumatizar la vida cotidiana y la gente ya pensaba que cualquier cosa era mejor que Batista. Algunos datos históricos dan cuenta de la corrupción política que entonces imperaba en la isla de los sargentos. En primer lugar, se votaban los presupuestos para la lucha en la Sierra Maestra y los políticos los dividían con los militares. En consecuencia, mandaban al frente algunos hombres casi desarmados, que finalmente engrosaban las filas de las guerrillas.

    En Santiago de Cuba, se encontraba la base militar más importante después de la de Columbia, en La Habana. Fidel Castro fue a dialogar con el jefe de dicha base, y éste le rindió sus 5.000 hombres frente a menos de 300 guerrilleros, a cambio de su nominación como jefe del próximo “ejército revolucionario”. Por supuesto, los sargentos les vendían las armas a los revolucionarios, total daba lo mismo, viniese quien viniese la Isla “era de corcho y siempre flotaría”. El dicho popular daría cuenta de esta actitud: “aquí lo que hay es que no morirse, el muerto al hoyo y el vivo al pollo.”

    Poco antes de la caída, el “Che” Guevara atravesó con una columna de 200 hombres la provincia de Camaguey para dirigirse a la Sierra del Escambray, en las Villas. Camaguey es decididamente la pampa cubana, pero nadie lo vio pasar. Consecuencia, los sargentos le devolvieron el poder a los revolucionarios y Batista, conciente de esta realidad, escapaba con su séquito el 31 de diciembre de 1958, dejando a Cuba en la anarquía total.

    La explicación anterior es de la mayor importancia, los militares sargentos es la variable explicatoria del advenimiento de la noche. Todos los otros elementos no son más que causales adicionales secundarias, ya que Cuba, a pesar de la corrupción política, disfrutaba de un nivel de vida muy superior al resto de América Latina, con Argentina incluida. Corrupción e ignorancia asolaban a la tierra de Martí, pero en ello no era demasiado diferente del resto de América Latina, cuyos fracasos políticos sucesivos se sufren todavía. Y el relativo éxito económico de Cuba se debía fundamentalmente a que la corrupción política no había llegado al plano de lo ideológico y el sistema capitalista -con las deficiencias del caso- definía la relación económica con Estados Unidos, que era sustantiva.

    Llegado Fidel a La Habana, el 7 de enero de 1959, se convirtió rápidamente en el poder detrás del trono y el país se gobernaba por televisión a través de los invariablemente interminables discursos del “Comandante”. Las prevenciones de Smith fueron corroboradas en el primer discurso de Castro a su llegada a La Habana, después de haber hecho (a lo Mao Tse Tung) una gran marcha desde Oriente. Allí, por si había alguna duda, dijo y yo lo recuerdo, pues tuve la oportunidad de oírlo personalmente: “Nosotros estamos aquí no por el Pentágono, sino en contra del Pentágono” y dicho y hecho expulsó a la misión militar americana en la isla. No obstante, Estados Unidos todavía durante el gobierno de Eisenhower, decidió contemporizar con el régimen y mandó un nuevo embajador, el Sr. Bonsal. Castro, ni lento ni perezoso, lo hizo esperar seis horas, de plantón, antes de recibirlo finalmente en el palacio de gobierno.

    Todavía se piensa que Castro apeló a la Unión Soviética porque los Estados Unidos no lo apoyaban. Lo último que quería Fidel Castro era un acuerdo con Estados Unidos, aun cuando durante algún tiempo escondiera sus verdaderos designios, y decía que su revolución no era roja sino verde oliva. La sabiduría popular bautizó a su revolución de “melón”: verde por fuera y roja por dentro. Castro había llegado bajo el eslogan de restaurar la Constitución de 1940. Mis reservas respecto de dicha Constitución me las guardo por el momento, pero la misma disponía el llamado a elecciones, a lo que Castro respondió “para qué”. La realidad es que de haber habido elecciones en aquel momento, Castro podría haber obtenido más del 90% de los votos, con el mío en contra, desde luego.

    Pero la institucionalidad no era su objetivo y efectivamente el presidente Urrutia pasó a la historia con el apelativo de “cuchara” (ni pincha, ni corta). Al fin, al poco tiempo, Castro por televisión cambió la Constitución o el sistema presidencialista por uno supuestamente parlamentario, en el cual él sustituía a Miro Cardona como Primer Ministro, pero con facultades extraordinarias. Las decisiones en dirección al autoritarismo se sucedieron a pesar de que por algún tiempo la clase dirigente política, empresaria  y periodista seguía “esperanzada” contemplando la llegada de la revolución como una alborada. En este sentido, debo citar algunas palabras del “mea culpa” de Miguel Ángel Quevedo (el director de Bohemia), antes de suicidarse: “Para que los que puedan aprendan la lección… para que la prensa no sea más eco de la calle, sino un faro de orientación para esa calle. Para que los millonarios no den más sus dineros a quienes después los despojan de todo. Para que los anunciantes no llenen de poderío con sus anuncios a publicaciones tendenciosas, sembradoras de odio y de infamia, capaces de destruir hasta la integridad física y moral de una nación o de un destierro. Y para que el pueblo recapacite y repudie esos voceros de odio, cuyos frutos hemos visto que no podían ser más amargos.”

    Ya en 1961, los hechos eran evidentes y el rumbo estaba decidido cuando el propio Fidel Castro reconociera públicamente que toda su vida había sido marxista-leninista. La política americana intentó un cambio y finalmente se planeó la fracasada invasión de la Bahía de Cochinos. Pero el Diablo metió la cola, y en las elecciones de 1960 ganó John Fitzgerald Kennedy, cuya visión del mundo se oponía ya a la tradicional de las instituciones americanas. Así, en su discurso famoso en América Latina, que según tengo entendido proviene de las palabras de Mussolini, dijo: “no preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tú por tu país.” Con esas palabras revertía la doctrina de los Founding Fathers, según la cual la razón de ser del gobierno es la defensa de los derechos individuales (rule of law) y no la razón de Estado. Este período fue gráficamente calificado por Paul Jhonson con el sugestivo título de El intento de suicidio americano.

    El resultado de la incursión de “Camelot” en la Casa Blanca fue la traición de Bahía de Cochinos y, dos años más tarde, lo que he denominado el intercambio de misiles por caimanes. Así, se decidió el destino deplorable y siniestro de Cuba y la Nueva Frontera había extendido la frontera soviética al continente. La guerrilla entrenada y financiada en La Habana asolaba al continente, pero allí, a diferencia de Cuba, los “ideales” del resentimiento guevarista fueron derrotados. Los actos de terrorismo se multiplicaron, particularmente a partir del año 1973, pero hoy sólo se recuerda el “terrorismo de Estado”, que mal que nos pese nos salvó al menos por algún tiempo del destino manifiesto comunista. Por supuesto que en esta observación me llamarán torturador, pues la izquierda se ha adueñado de la ética política.

    Lamentablemente Estados Unidos sigue ignorando lo que ha sido el principio de los Founding Fathers respecto a la viabilidad de la democracia. Ese principio es el temor a la opresión de las mayorías en ausencia del rule of law, es decir, los límites al poder político y el respeto a los derechos individuales. Así, el sufragio universal ha dado rienda suelta a la demagogia en nombre de la democracia, Babeuf está de vuelta en “Occidente” y la conspiración de los iguales encuentra su legitimidad en la desigual distribución de la riqueza.

    Al olvidar aquel principio, la política americana hacia nuestro continente parte de un supuesto falso que es que el sufragio universal per se y consecuentemente  la ausencia de militares en los gobiernos demostraría la vigencia de los valores de la libertad. Ignora, así, que en la mayor parte de nuestros países se desconoce la esencia misma del rule of law y peor aun, que en ellos el antiyanquismo determina la victoria en las urnas.

    Al mismo tiempo, la política seguida con Cuba ignora el principio de Maquiavelo respecto a que el que no va a usar la daga no debe mostrar la empuñadura. Ese principio fue seguido por Teddy Roosevelt cuando dijera “speak soft and carry a big stick”. Pues bien, el embargo y así como las expresiones respecto a la falta de libertad en Cuba constituyen la antítesis de los anteriores principios y de hecho convirtieron a Fidel Castro en el David que ha vencido al Goliat del imperialismo. Esta realidad empaña la imagen real de Estados Unidos en el continente y yo diría que en el mundo. Se olvida, entonces, que la libertad que se disfruta en Occidente se ha debido, indudablemente, a la presencia de Estados Unidos en el mundo.

    La revolución cubana hoy no es el mayor peligro en el continente, pero su persistencia es un símbolo del antiimperialismo prevaleciente, tras el cual se esconde la presencia del marxismo en América, aun después de la caída del Muro de Berlín. Es indudable que el peligro cruzó el Caribe y se trasladó a la República Bolivariana. Así, vemos los pasos sucesivos de Chávez, seguidos por Maduro que continúa  sin prisa pero sin pausa la evolución de la revolución cubana. El enfrentamiento con Colombia trasciende lo nacional y es, en el fondo, expresión de la lucha ideológica de la cual Maduro es hoy la mano derecha de Raúl y en acuerdo con Obama.

    En tanto que los militares argentinos que con sus errores y excesos ganaron la guerra subversiva, son presa del fanatismo por los derechos humanos y se ignora paladinamente la violación pertinaz de los mismos en Cuba.  Existe hoy una preocupación en el mundo por la situación de Venezuela, pero se sigue ignorando la dictadura cubana. No obstante con respecto a Venezuela se persiste en la necesidad del diálogo con Maduro y se teme la invasión americana y así igualmente se olvida que la libertad en Santo Domingo se debió a que Johnson envió los marines y en Panamá a la preocupación americana por el canal

    Es evidente que la lucha ideológica permanece en el mundo legitimada ahora en algunos países por el sufragio universal. Por favor no ignoremos los crímenes de Fidel Castro a su llegada la Habana con la colaboración del Che Guevara como jefe de la prisión política de la Cabaña trasladada después al Castillo del Príncipe. Y recordemos las palabras de Martí: “Ver cometer un crimen en calma es cometerlo”. Y el hambre en Cuba no se debió al embargo americano sino a la decisión de Fidel Castro de nacionalizar toda la propiedad privada a su llegada a La Habana. No olvidemos que a 90 millas de la Florida pervive el régimen más criminal que América Latina padeciera y que ahora se intenta imponer en Venezuela.

  • Creer en la lucha social ha envenenado el discurso, destruyendo la armonía

    Se ha abierto una grieta en la sociedad, y es cada vez mas raro que la gente con puntos de vista diferentes pueda mantener una discusión civilizada. Hace no mucho tiempo atrás, las opiniones políticas de los amigos no importaban tanto, y tener opiniones diferentes no ponía inmediatamente fin a la discusión.

    Los conflictos que han surgido son en parte causados por la pérdida del discurso tradicional, y esto se debió mayormente a dos conceptos comunistas: el siempre cambiante sistema político-moral de la “corrección política” de Mao Zedong y la teoría marxista de la Escuela de Frankfurt de la “tolerancia represora”, en la cual las opiniones que divergen de la narrativa política aprobada deben ser tratadas con intolerancia y supresión violenta.

    Mucho de esto se relaciona con el envenenamiento de la dialéctica tradicional: los métodos de discusión y debate que alguna vez nos permitieron encontrar la verdad y los puntos en común en opiniones contrarias. Entre los métodos más conocidos en Occidente está el método socrático, en el cual la gente de opiniones diferentes se preguntan y responden preguntas, y a través de la discusión son capaces de ensanchar su entendimiento y hallar la verdad.

    Fue este sistema de dialéctica tradicional lo que nos permitía conversar con los que piensan diferente, interactuar incluso con los que no estamos de acuerdo, y mantener un cierto grado de armonía entre personas de diferentes creencias.

    Pero en las formas de debate de hoy día, las conversaciones caen pronto en ataques personales. El tema de discusión se vuelve solo una herramienta política para acusar a la gente de violar algún asunto social políticamente correcto.

    En la raíz de este problema, tanto en la corrección política como en la “tolerancia represora”, está la dialéctica comunista conocida como materialismo dialéctico.

    La dialéctica tradicional le permitía a los lados contrarios buscar la armonía, pero el materialismo dialéctico hace lo contrario. El materialismo dialéctico del comunismo está específicamente diseñado para crear la “lucha”, usando la teoría dialéctica hegeliana en la que el “conflicto conduce hacia adelante”.

    El materialismo dialéctico se trata específicamente de alejar a la gente. El propósito es lo contrario a la dialéctica tradicional. Su objetivo es llevar al conflicto a los dos lados y hacer que la gente quede enfrentada.

    Extremistas de Antifa atacan un simpatizante de Trump en el Parque Martin Luther King Jr. en Berkeley, California, el 27 de agosto de 2017. (Elijah Nouvelage/Getty Images)

    El comunismo, basado en la lucha y el materialismo ateo, usa estos métodos para fomentar la lucha en todos los niveles de jerarquía social y en todos los sectores de la sociedad donde interactúan los diferentes grupos. El comunismo quiere que luches contra algo: cree que los hombres deben luchar contra el gobierno, las mujeres contra los hombres, los niños contras sus familias y maestros, y que la gente debe luchar toda contra el Cielo.

    La desarmonía social en el comunismo es intencional. Para Karl Marx y Friederich Engels, quienes crearon el materialismo dialéctico, la idea de que el “conflicto hace avanzar” jugó un rol en sus teorías de la “evolución” social. Crear más discordia y desarmonía en la sociedad, agudizando los antagonismos entre cuanto grupo pudieron, ayudó al “progreso” del fin más profundo del comunismo, que es destruir la moral, la cultura y la creencia.

    Podemos ver los efectos de este concepto en todos los movimientos sociales basados en teorías comunistas de lucha que usan esta dialéctica deformada, o en sus interpretaciones actuales, entre ellas la “corrección política” y la “tolerancia represora”. En el feminismo marxista, las mujeres luchan contra el hombre y las familias; en los movimientos sociales como Black Lives Matter, u Occupy, vemos grupos de personas que creen que la única solución a sus problemas es la interminable lucha contra otras razas o clases; y la lista sigue.

    Ya que la “tolerancia represora” les enseña a estos grupos que es aceptable usar “cualquier medio” cuando atacan a otros, vemos que el sexismo se usa para luchar contra el “sexismo”; vemos al racismo ser usado para luchar contra el “racismo” y vemos el odio ser usado para luchar contra el “odio”.

    Por supuesto, esto no quiere decir que no existen cosas malas en la sociedad. Pero aparte de la habilidad para discutir e interactuar, otra diferencia clave entre las creencias del comunismo y las de la sociedad tradicional es en cómo deberíamos tratar con nuestros problemas.

    La dialéctica tradicional nos enseña a discutir pacíficamente cuando tenemos diferencias de opinión, la moral tradicional enseña a mirarse uno mismo en los conflictos. Incluso cuando nos menosprecian, la moral tradicional nos enseña que podemos mostrarles a los demás lo opuesto, manteniendo un carácter recto cuando enfrentamos dificultades.

    Las religiones tenían principios como la creencia cristiana de que deberías “ofrecer la otra mejilla” cuando uno recibe un golpe, o las enseñanzas del budismo o taoísmo de que las dificultades son causadas por el karma de hechos pasados. Las creencias tradicionales han también enseñado principios sociales de etiqueta como el dominio propio y los buenos modales, incluso cuando uno se encuentra con cosas desagradables.

    Hay una fábula de la China antigua que ilustra estos principios. Se trata de un burro que se cae en un pozo. Es muy simbólico sobre cómo muchas sociedades tradicionales tratan las adversidades.

    En la historia, un burro se cae a un pozo y el granjero no estaba seguro de qué hacer. El burro estaba llorando y haciendo ruidos terribles, y el granjero, dándose cuenta de que no podía sacar al burro y de que el pozo tampoco podría usarse más, tomó la drástica decisión de llenar el pozo con tierra y enterrar al burro.

    El granjero comenzó a arrojar paladas de tierra dentro del pozo. Los llantos del burro se vuelven más intensos. Pero luego de un corto tiempo, los llantos se detienen. El granjero miró dentro del pozo y vio al burro parado sobre la tierra.

    Viendo esto, el granjero tomó otra pala llena de tierra y la arrojó al pozo. El burro se sacudió la tierra y luego se paró sobre el montón de tierra que iba creciendo. El granjero repitió la acción y el burro repetidamente se sacudía la tierra y subía un poco más, hasta que al final llegó hasta la cima y pudo salir del pozo.

    Esta historia simboliza la creencia tradicional de que las adversidades nos ayudan a mejorar. Ellas nos pueden enterrar o podemos usarlas para elevarnos.

    Es esta la forma en la que la cultura y religión tradicional difiere del comunismo. La religión nos pide mirar dentro de uno mismo y escalar hacia principios más nobles. La tradición nos pide restringirnos y conversar. El comunismo te pide ver hacia fuera de ti mismo y luchar incesantemente.

    Por Joshua Philipp – La Gran Época

  • El nazismo, el fascismo y el socialismo tienen sus raíces en el comunismo

    El concepto de una “extrema izquierda” en contraposición a una “extrema derecha” es falso. Los sistemas que se ubican en los dos extremos del espectro, incluido el socialismo y el nazismo, tienen todos su raíz en el comunismo. Y todos ellos creen en los mismos conceptos comunistas clave, como el colectivismo de Estado, la economía planificada y la lucha de clases.

    Todos ellos fueron simplemente interpretaciones diferentes del marxismo, formado justo antes de la Primera Guerra Mundial, en un tiempo en el que la materialización de las ideas de Karl Marx fracasó y los comunistas tuvieron que comenzar de cero.

    Antes de introducirnos en la historia de estos sistemas divergentes, primero necesitamos entender la ruptura entre el socialismo y el comunismo.

    El socialismo se describe en la teoría de Marx de las cinco etapas de la civilización. Luego de ayudar a encuadrar el concepto de “capitalismo” como una sociedad donde la gente puede comerciar libremente, Marx profetizó que luego del capitalismo, vendría una etapa de “socialismo”, seguida de “comunismo”.

    El socialismo fue la etapa que Vladimir Lenin describió como el “monopolio estatal-capitalista”, en el cual una dictadura se adueña de todos los medios de producción.

    La idea es que un régimen comunista usa el poder absoluto de la “dictadura del proletariado” socialista, para destruir todos los valores, todas las religiones, todas las instituciones y todas las tradiciones; lo cual teóricamente conduciría a la “utopía” comunista.

    En otras palabras, el socialismo es el sistema político, y el comunismo es el objetivo ideológico. Por esta razón los seguidores del comunismo argumentan que nunca se alcanzó el “verdadero comunismo”. El sistema ha fracasado en destruir completamente la moral y la creencia humana, aunque se haya cobrado las vidas de más de 100 millones de personas en los últimos 100 años.

    “Antes de la Revolución Rusa de 1917, ‘socialismo’ y ‘comunismo’ eran sinónimos”, dice Bryan Caplan, en el capítulo sobre comunismo de la “Enciclopedia Concisa de Economía”. Caplan es profesor asociado en economía en la Universidad George Mason.

    “Ambos se referían a los sistemas económicos en los cuales el gobierno se adueña de los medios de producción”, sigue Caplan. “Los dos términos divergen en significado en gran medida como resultado de la teoría y práctica política de Vladimir Lenin”.

    Por supuesto, el fracaso de las predicciones de Marx fue también lo que hizo surgir las muchas interpretaciones del comunismo que emergieron después de la Primera Guerra Mundial; entre ellos el leninismo, el fascismo y el nazismo.

    Mientras el mundo hervía en el tumulto que condujo a la Primera Guerra Mundial entre 1914 y 1918, muchos comunistas se refugiaron en las palabras de Marx, quien en el “Manifiesto Comunista” de 1848 dijo: “Trabajadores del mundo, uníos”.

    Así todo, los trabajadores del mundo no se unieron, al menos no como lo envisionó Marx. En vez de marchar con el comunismo, en gran parte marcharon detrás de sus respectivos reyes y países.

    Además, la vida de los trabajadores mejoró bajo el capitalismo, contradiciendo las predicciones de Marx que vaticinaban que serían peores. Entonces, cuando surgió la revolución comunista, no sucedió en las sociedades “capitalistas en su última etapa”, que en ese tiempo eran Gran Bretaña y Alemania, sino que sucedió en Rusia. Y en vez de que la Revolución Bolchevique fuera del “proletariado” contra la “burguesía”, como predijo Marx, fue el ejército y el espionaje contra el sistema feudal ruso de los zares.

    Esta serie de eventos refutó en gran parte las predicciones de Marx y obligó a los comunistas de la época a repensar todo de cero, como lo nota el autor bestseller Dinesh D’Souza en su libro: “La gran mentira: Exponiendo las raíces nazis de la izquierda americana”.

    Luego de Lenin, la siguiente revisión comunista en pisar el escenario mundial nació de la mano de Benito Mussolini, quien aprendió de la Primera Guerra Mundial la lección de que el nacionalismo es más unificador que la idea de una revolución de los trabajadores. Él entonces reacondicionó al marxismo en su nuevo sistema de fascismo, usando el principio colectivista “fasci”, que se refiere a un manojo de palitos que refuerzan el mango de un hacha.

    Mussolini explicó el concepto en su autobiografía de 1928, en la cual dice: “El ciudadano en el Estado fascista ya no es más un individuo egoísta que tiene el derecho antisocial de rebelarse contra alguna ley de la Colectividad”.

    Según “Rusia bajo el régimen bolchevique” de Richard Pipes, “No hubo socialista europeo prominente antes de la Primera Guerra Mundial que se haya parecido más a Lenin que Benito Mussolini. Como Lenin, él lideró el ala antirevisionista del Partido Socialista del país; como él, creía que el trabajador no era por naturaleza revolucionario y tenía que ser empujado a la acción radical por la elite intelectual”.

    Luego, poco después, Adolf Hitler emergió con su nuevo sistema socialista bajo el eslogan “nacional socialismo”.

    Aprovechando que el pueblo alemán había quedado dividido en nuevas fronteras nacionales establecidas por el armisticio, Hitler usó políticas de identidad para agrupar a sus seguidores.

    D’Souza hace notar que las políticas del partido Nazi seguían el modelo comunista. El programa de 25 puntos incluía educación y salud gratuitas, nacionalización de grandes corporaciones y fondos, control estatal de los bancos y el crédito, la división de grandes propiedades de tierras en unidades más pequeñas, y otras políticas similares.

    Además, D’Souza dice que “Mussolini y Hitler identificaban ambos al socialismo como el núcleo del Weltanschauung [estilo de vida] nazi y fascista. Mussolini era la figura líder del socialismo revolucionario italiano y nunca dejó de ser leal al socialismo. El partido de Hitler se definía como el defensor del “socialismo nacional”.

    Como todas las otras ideologías comunistas, Hitler se oponía agresivamente al sistema capitalista tradicional. Tal como Lenin culpaba a los ricos dueños de campos y Mao Zedong culpaba a los propietarios de tierras, Hitler transfirió la culpa a un único grupo de personas: los judíos.

    Como dice D’Souza: “el antisemitismo nazi nació del odio de Hitler al capitalismo. Hitler hace una distinción crucial entre el capitalismo productivo, al cual él puede aceptar, y el capitalismo de finanzas, al cual él asocia a los judíos”.

    El conflicto que tomó lugar más tarde entre los varios sistemas durante la Segunda Guerra Mundial no fue una batalla de ideologías opuestas, sino una pelea sobre cuál interpretación del comunismo prevalecería.

    Según “Camino de servidumbre” de F.A. Hayek, “El conflicto entre el partido fascista o nacional socialista y el viejo partido socialista se puede pensar, en gran parte, como la inevitable clase de conflicto entre facciones socialistas rivales”.

    El actual relato de que el socialismo está de algún modo separado del nazismo y el fascismo, y aún mas, creer que estos conceptos están divorciados de sus orígenes comunistas, se debe al revisionismo histórico y a mucha acrobacia mental.

    D’Souza atribuye este cambio de relato a lo que Sigmund Freud llama “transferencia”. La idea es que la gente que comete actos terribles suele transferir la culpa a otros, acusando incluso a sus víctimas, de ser lo que ellos mismos son.

    Por Joshua Philipp – La Gran Época
  • Solo los humanos se tropiezan mil veces con la misma piedra.

    La estupidez es infinita. Y la terquedad, que es su hermana. Cuantas veces oímos, “dejen de mencionar el muro”, “dejen de mencionar la Unión Soviética”. Dejen de mencionar los crímenes de Stalin, o las hambrunas de Mao. Ya cansan. Curiosamente nadie se cansa de mencionar los crímenes de Hitler, o de Franco. Nunca hay suficiente memoria histórica en esos casos. El tema es que en el fondo los fascismos están orgullosos de sus crímenes. Por más que los neonazis nieguen al Holocausto, siguen al mismo tiempo presentado todas las razones por las cuales este seria para ellos una buena idea. Por más que la extrema derecha española justifique las acciones violentas de Franco, en el fondo sienten que salvaron a España y valió la pena. Solo que no lo dicen.

    No sucede así con los socialistas igualitarios de la izquierda tradicional. Usualmente estos siguen un ciclo. Primero se lanzan a defender, adorar y justificar el último experimento para construir la utopía. Luego a justificar sus graves errores y crímenes cuando se ve que el experimento no va bien. Y finalmente cuando el experimento ha fallado, a justificar los fallos mientras se busca otro experimento. Otra gran esperanza. Otra gran decepción. Por supuesto está siempre la idea de recurrir a la falacia del “no es un escocés verdadero”. Lo que pasó en X o Y lugar “no era socialismo verdadero,” o fulano de tal “no era un verdadero socialista”. La próxima vez que construyamos el socialismo, lo vamos a hacer bien. Porque siempre habrá una próxima vez. La aspiración socialista a construir la utopía porque el mundo real no funciona sigue allí, terca, obsesiva, constante.

    “El socialismo no ha fallado, solo que nunca lo han hecho bien”. La falacia de no es un verdadero escocés repetida hasta el infinito. Tras aceptar de manera renuente, “que en la Unión Soviética o en Cuba no hay democracia”, algo que de por sí es un triunfo, porque históricamente han dicho que sí, se dice, bueno es que la próxima vez el socialismo se construirá con los votos y sin escuadrones de fusilamiento.

    El problema es cómo se construye una sociedad radicalmente distinta, que requiere una cultura y manera de pensar totalmente diferente, en sociedades complejas de millones de personas, cada una con ideas y aspiraciones distintas, sin usar la coacción y la violencia. Porque los sueños socialistas de que la gente de la nada va a deponer sus egoísmos naturales y hacer un mundo más solidario o va a ceder su vida personal a la planificación central, hecha por planificadores que son como Dios, lo saben todo, lo pueden todo y son infinitamente buenos, de manera voluntaria, son eso, solo sueños que son imposibles realizar sino mediante la coacción y la violencia.

    En oposición, el capitalismo no fue una creación planeada. El mundo feudal colapsó gracias a la Peste Negra, las armas de fuego debilitaron el poder de los señores feudales, las ciudades crecieron y con ella los burgueses. Los viajes por mar globalizaron Europa, la revolución industrial lo cambió todo. Nada de esto fue planeado. No hubo un Karl Marx del capitalismo. Cuando Adam Smith describe como debe funcionar un sistema capitalista para crear riqueza, simplemente describe lo que por experiencia conoce. El socialismo en tanto busca describir un mundo futuro e inexistente con fundamento en las aspiraciones de hoy. Mientras que el capitalismo es producto de una evolución histórica aleatoria, el socialismo busca ser producto de una construcción racional de príncipes filósofos.

    “Forjemos nuevos caminos”, “democraticemos la economía”. Eslóganes bonitos. Pero cuando se rasguña debajo de la cubierta superior,  se encuentra que nada de eso podría ser posible sin la coacción de un pequeño grupo de personas sobre la mayoría.

    ¿En serio creen que un grupo de millones de personas va a poder tomas decisiones económicas racionales de manera democrática? Para los socialistas todas las versiones fallidas anteriores son hombres de paja, todos los casos fallidos no eran escoceses verdaderos. Así se disgustan cuando se las mencionan.

    Los apologistas del socialismo no explican por qué todos los experimentos pasados terminaron tan mal. Sería que nunca las ideas estuvieron en manos de las personas correctas o que desde un principio, nunca tuvieron las ideas correctas? Porque si distintas personas, en distintos lados del mundo aplican las mismas ideas, y todo termina mal, no son las personas, son las ideas.

    El socialismo nunca se podrá construir, porque es una mala idea desde el principio.

  • El camino checo. Cómo se hizo la transición del comunismo al capitalismo.

    The Velvet Revolution en 1989 fue el punto de partida para una nueva República Checa. La transición de un estado comunista al capitalismo no fue una tarea fácil de manejar. Había más de 1.300 billones de Koronas checas en empresas estatales (SOE) que debían privatizarse para que el país floreciera. Para que esto ocurriera, se tomaron muchas aristas en consideración, como el tipo de regulación necesaria y el proceso de privatización, con todos sus problemas. Es muy importante mencionar que hubo dos factores de la transición que son fundamentales para entender la solución checa: el tiempo era esencial y estaba previsto que el marco institucional sería el resultado de la privatización.

    Hay dos formas de hacer regulaciones, ex-ante (por previsión) y ex-post (por factores de la vida real). Es lógico pensar que lo primero que se debía hacer en un país poscomunista era establecer el ‘Estado de Derecho’ antes de privatizar SOE, pero al hacerlo, todo el proceso se retrasaría. Toma mucho tiempo decidir cuál sería el mejor marco de regulación para un nuevo país emergente, especialmente cuando estaba bajo un tipo de gobierno que reprimía cualquier actividad de libre mercado, y tal vez hasta ahora las regulaciones de ese período seguirían estando en la agenda de los gobiernos. Además, no significaba necesariamente que al hacer una regulación “ex ante” iba a tener una mayor eficiencia en la aplicación de la ley o que iba a tener menos daños. También se creía que a través de este proceso, se abriría espacio a malversaciones (por ejemplo, lavado de dinero), por lo que si no se realizaba un desarrollo legislativo, entonces el emprendimiento privado habría crecido tan rápido que no se podrían evitar las mismas. En la regulación ex-post, las formas legales o marcos institucionales solo pueden evolucionar a partir de eventos de la vida real. Las experiencias de la vida real brindan argumentos confiables sobre por qué y qué agencias necesitan formarse y contar con personal adecuado.

    Si se tratara de un proceso normal de compra/venta (privado-privado), cualquier asunto presentado entre las partes se mantendría y se resolvería en privado. Pero dado que el caso de esta privatización fue entre SOE y una entidad privada (público-privada), entonces cualquier problema o accidente podría retrasar el proceso o incluso paralizarlo. Esto también abriría las puertas a cualquier amenaza política, como el comportamiento de ‘búsqueda de rentas’ y las prácticas de cabildeo en una sociedad emergente que no estaba preparada.

    Una vez más, enfaticemos que el resultado de una privatización del Este post comunista, fue su efecto institucional en la sociedad y la economía en general. Debe recordarse que después de un país comunista, había muy poco dinero disponible para gastar. Por lo tanto, para agilizar el proceso de transición, las SOE se vendieron “tal cual”, y el nuevo propietario estuvo a cargo de encontrar nuevas ideas, tiempo y recursos necesarios para la reestructuración de la empresa. Además, era responsabilidad de los nuevos inversores diferenciar las inversiones ‘buenas’ y ‘malas’, y con suerte cerrar las malas. El gobierno, sabiendo que los propietarios iniciales no eran necesariamente los propietarios finales, reconoció que necesitaban crear un entorno que hiciera fluida y eficiente la transición de la propiedad secundaria.

    El gobierno checo dejó en claro desde el principio que la inversión internacional era beneficiosa para la economía futura, pero no iba a desempeñar un papel fundamental en el proceso de privatización. El capital extranjero solo iba a entrar en el país una vez finalizada la privatización entre los checos, para fomentar la iniciativa privada en lugar de lidiar con la burocracia gubernamental. Aunque la transición del comunismo al capitalismo fue algo difícil, especialmente para un país con poca experiencia en empresas de propiedad privada, abrió la posibilidad de que surgieran nuevas empresas como los llamados “green-field entrepreneurs”(empresarios en mercados que nunca antes fueron explotados comercialmente),  ya fueran extranjeros o nacionales.

    Concluyendo, ¿qué podemos aprender sobre la particularidad de la transición checa?

    • La transformación de la sociedad fue el equivalente a la distribución completamente nueva del poder y la riqueza, por lo tanto, supuso ganadores y perdedores desde que la ventana de oportunidades fue suficientemente abierta para todos.
    • El cambio institucional debe verse como el resultado de la privatización de las SOE, si la regulación se hacía antes de que surgiera la nueva economía, entonces la sociedad emergente no se hubiera encontrado en un entorno más liberal que el que ya existía.
    • Dado que el objetivo final es transformar la sociedad y la economía -y el gobierno carece de capital-, la solución obvia es establecer las condiciones para atraer a empresarios “greenfield”, ya sean nacionales o extranjeros.
    • La velocidad de transformación es la clave más importante para florecer, aunque otras opiniones puedan pensar que el ‘estado de derecho’ es lo primero.
    • El proceso de transformación tiene sus costos, desde lo social hasta lo territorial, destacándose en este caso la división de Checoslovaquia, que simplificó en gran medida tareas complejas.
    • Así como hay desintegración, también hay unificación de países, como fue el caso de Alemania.
    • Por último, pero no menos importante, hay que tener valor. Valor para ser parte del cambio de un país emergente en transición.