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  • No podemos ser libres si no sabemos qué es la libertad

    Vale repetir hasta el cansancio que, “la Babel nos nuble el entendimiento y la comunicación”; y, en tal sentido, para entender un tema como el de la libertad, es imperativo comenzar escudriñando las palabras claves, sus orígenes y variación de significados o acepciones. En el caso que abordo, ¿cuál es el significado o sentido del vocablo “liberad”. Según la RAE, es la “facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera u otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos.” De inmediato sobresale que la liberad es: una facultad, potencia física o moral; es un dote de la naturaleza y no algo que fabricamos en rancios aposentos legislativos; relativa a nuestras obras, lo que hacemos y cómo lo hacemos y a qué propósito. También aborda nuestra capacidad de abstenerse de obrar; y, en la parte final de la definición sale algo fundamental que típicamente pocos entienden y meditan, y es que somos responsables de nuestros actos, para bien o mal. Pero no sólo responsables en cuanto a rendir cuentas sino de entender y dar seguimiento a nuestros actos; tal como en el matrimonio, en el cual se crea un compromiso de hacer el bien hasta el final de nuestras vidas.

    Otra manera de enfocar la libertad es que somos libres para hacer el bien y no el mal o lo que nos venga en ganas; y, en tal sentido, debemos responder ante el prójimo dado que nuestro actuar no sólo nos afecta en lo personal sino en lo comunal o social.

    El otro aspecto esencial e inescapable es que la libertad implica ausencia de coerción. En este sentido, gran parte de lo que hacen nuestros gobiernos viola nuestros derechos, nuestra libertad; tal como ocurre con los impuestos que en esencia son un acto coercitivo de pillaje y despojo. También debemos distinguir entre la libertad positiva y la negativa; siendo la primera de estas la de hablar e interactuar con otros y la negativa sería la de proteger a unos en contra de la tiranía de otros. Y, en todo ello veremos la inmensa oportunidad de líderes políticos de liderar en demagogia.

    Ser libre de deseos es otro asunto muy diferente. De hecho, no somos libres tanto de buenos como malos deseos; lo cual, en sí, no es malo, pues lo malo está en nuestros actos. Nada malo hay en sentir una atracción por otra persona, sea o no de tu género. Otra cosa, muy diferente, está en cómo actuamos frente a todo ello.

    Tal vez la médula del asunto es ver y entender que el gobierno es, en esencia, la negación de nuestra libertad. De que somos libres de ser gobernados, en el sentido equivocado del término; tal como la RAE nos dice que “gobernar” es el arbitrario control del timón del barco. El gobierno está para proteger en la comunión. Los impuestos, por ejemplo, que son dinero expropiado de manera coercitiva, debían ser usados, exclusivamente, en la salvaguarda de nuestra liberad y propiedad y no para lograr una supuesta igualdad o falsa solidaridad. El gobierno que quita a unos para dar a otros es un gobierno prostituido. En síntesis, la caridad no es cosa forzada sino personal y libre.

    Aquello que recibe un ciudadano de forma gratuita por el gobierno le fue arrebatado a otra a la fuerza. Como dijo Bastiat: “está lo que se ve y lo que no se ve”. Para muchos el llamado “rico” le roba el fruto de trabajo de los obreros. Eso es lo que a vista simple parece que ocurre; pero el asunto no es tan simple, ya que de por medio está la valoración del trabajo de unos y de otros. ¿Acaso es menos valioso el emprendedor y la capacidad de dirigir la labranza del obrero a buen puerto?

    En resumen y como reza el adagio: “No hay tal cosa como un almuerzo gratuito”. Y, arrebatas a uno para “ayudar” a otro yace un contingente de males que no se ven a primera vista. El problema hoy días es que las masas de la izquierda que han secuestrado y prostituido estos las palabras, tal como llamar “democracia” a la tiranía de las mayorías o en los EE.UU. del partido que: se llama “liberal” cuando no es tal; se llama democrático, cuando no es tal; y se apoda progresivo cuando es regresivo. O, llegar al absurdo de alegar que hay derecho a la salud, agua, jamón y carnaval y tal.

  • Cuna de demagogos

    Mucho se usa el término “demagogos”, pero poco estudiamos sus orígenes y efectos. “Demagogia”, del griego demos (pueblo) y ago (conducir); en otras, “cómo guiar al pueblo”; y la respuesta sería: de buena o mala manera. Lo ideal sería guiarlo con la verdad; lástima que la masa no gusta de la verdad y prefieren que los engañen. Y, a su vez, los politicastros han aprendido re bien lo “productivo” que es el discurso engañoso; aunque, a veces no sean engaño sino ignorancia.

    Quizá el mayor ejemplo de asquerosa demagogia se dio con el COVID-19, cuando la politiquería sucia aprovechó la pandemia para engañar. Muchos líderes políticos y más allá, habrán creído que hacían bien, porque simplemente eran y son ignorantes y estúpidos; siendo este último aquel falto de inteligencia, torpe o necio. Pero, no dudo que también hay estúpidos inteligentes, que son los más estúpidos, puesto que son demagogos a ciencia y conciencia.

    El demagogo es hábil jugando con las emociones del vulgo; es decir, del ignorante que no advierte que está actuando en contra de su bienestar. En tiempos de las cavernas los humanos, como animales que somos, ante el peligro, nuestros nervios producen catecolaminas (neuro feromonas) que envían señales a otras células, predisponiéndolas al combate o fuga. Hoy día ya no es el acecho de leones sino de fieras políticas que han aprendido a activar esas reacciones, haciéndonos perder la cordura para torcernos a sus bajos instintos.

    Visto lo anterior, deberíamos entender que el buen político no debe ser un demagogo o engañador profesional. Pero, a eso no sólo nos hemos acostumbrado sino que votamos a favor de los más mentirosos, demagogos, cuyas engañosas promesas nos conducen al desastre. Y peor aún es que hemos llegado a rechazar al político que dice la verdad; esa que no nos agrada escuchar; tal como un Twitteo de hoy advirtiendo que bajando los impuestos se podría lograr mayores ingresos y más desarrollo económico. ¡No!, hay que sacarles más a los ricos; con lo cual la tramoya infernal se profundiza; igual que el enfermizo “no a la privatización” que favorece la pobreza.

    Pero entonces surge la pregunta de por que los malos líderes son tan adictos a la demagogia. El asunto no es nada nuevo ya que Aristóteles usaba el vocablo para referirse a la corrupción. Es muy triste un pueblo que no saben distinguir entre la verdad y la mentira; o peor, que sí sabe e igual no les importa ya que se dejan llevar por la envidia y el odio.

    Algunos destacan que la demagogia es una degeneración de la democracia; pero el problema con eso es no entender lo que es la democracia. En fin, no es la democracia sino la falaz democracia que conduce a la tiranía de mayorías que buscan salir de su pobreza económica e intelectual colgados de las bastas de pervertidos politicastros.

    El demagogo es ducho no sólo en la mentira sino en la verdad torcida que muchas veces es más engañosa que la cruda mentira. Hoy vemos una noticia en la cual el gobierno celebra una emisión de bonos (deuda) para cubrir el déficit presupuestario. En este caso el engañoso político sabe que cuando llegue la época de pagar las deudas él estará en una mansión quien sabe dónde. Lo peor es que la mayor parte del gasto y deuda no es inversión sino malversación.

    No olvidemos que la demagogia consistente en demonizar al emprendedor, al emprendimiento, al rico, a lo privado y tal, no es más que populismo barato, destructivo que conduce a la pobreza.

  • El impuesto a las remesas, otra demagogia populista

    Panamá está perdiendo dólares, pero no como la gente lo piensa. Mientras diputados y diputadas demagógicamente buscan imponer un impuesto a las remesas porque según ellos, “se está sacando plata de Panamá en lugar de poner en la calle”, miles de millones de dólares se van de Panamá, agobiados por las regulaciones bancarias impuestas por la OCDE y el GAFI, que hacen cada vez más difícil para los extranjeros abrir cuentas en Panamá versus abrirlas en Miami.

    Si se añade a esto que la única ventaja que Panamá tenía era la privacidad, que ahora con los acuerdos de intercambio de información automáticos se acabó, Panamá con su burocracia, inseguridad jurídica, lento y poco confiable sistema judicial, no tiene ventajas comparativas que puedan compensar la falta de privacidad actual. Añada el relajo de la acuñación de balboas, que infiere la intención de tener una moneda panameña propia real. El resultado final es que la gente no está depositando dinero en Panamá y los deposita en Miami o Puerto Rico, y de hecho está sacando su dinero del sistema bancario panameño. Y los activos líquidos de los bancos panameños han venido bajando notoriamente desde el 2016.

    Ante esta circunstancia, los diputados y diputadas, que parecen tomar sus lecciones económicas de Nicolás Maduro, proponen castigar a los extranjeros que viven en Panamá poniendo impuestos punitivos a las remesas. Y hasta han armado una carrera entre ellos. Uno propuso en el gobierno pasado una suma menor al 10%, otra para no quedarse atrás en la carrera por la demagogia propone 12% o más. “Los extranjeros se llevan nuestros dólares, por eso no hay plata en la calle”. En otras palabras, parecen que comparten las ideas económicas de Nicolás Maduro.

    Porque si poner plata en la calle hace una economía exitosa, todos estaríamos imprimiendo balboas como locos. Y todos seríamos millonarios. Pero el dinero no funciona así. El dinero tiene valor sólo si es proporcional a la cantidad de bienes y servicios que produce una economía. En un país donde no se imprime moneda propia, o no se acuña (por ahora) suficiente moneda propia, la cantidad de dólares que circulan en la economía de Panamá, o sea la masa monetaria, es producto de los bienes y servicios legales e ilegales que produce la economía de Panamá. Es la razón por la cual, salvo en el período de Ricardo Martinelli, donde ingresaron a la economía nacional inmensas cantidades de dinero producto de deuda pública, que la economía nacional vivió niveles de inflación anuales ínfimos.

    La economía de Panamá regula automáticamente su masa monetaria al no tener Banca Central, moneda propia o controles de divisas. Panamá vive ciclos de inflación, recesión o depresión, pero estos últimos suelen ser leves. La estanflación no existe. Y hemos estado creciendo desde 1990. Pero los chavistas encubiertos en la Asamblea Nacional parecen no entender esto. Y quieren centrar el precedente funesto de imponer controles de divisas en Panamá. Para ello están usando una red de mentiras y falacias. Recomiendo que se investigue en la web y se lean los trabajos de Luis Moreno.

    La falacia es que los extranjeros sacan divisas de Panamá. Como Panamá no tiene moneda propia, Panamá no tiene divisas. Que los extranjeros sacan dólares de Panamá. Salvo algunos narcos que contrabandean dólares, los extranjeros no sacan dólares en Panamá, los dólares que pagan en Western Union se quedan en los bancos panameños, lo que Western Union envía a sus países de origen son unos y ceros en los circuitos de una computadora. Los dólares físicos se quedan en Panamá. No es que las remesas mandan billetes de dólares por correo. Así que esos dólares y monedas de balboa, se quedan en los bancos panameños y les dan liquidez. No se van a ninguna parte.

    Otra falacia, “bueno, es cierto que no sacan billetes de dólares de Panamá, pero ¿no estaría ese dinero mejor usado en Panamá?”. Bueno, es que para que el inmigrante mande dinero a su país, tiene que producir bienes y servicios en Panamá. Tiene que haber trabajado para conseguir ese dinero. Sea legal o ilegalmente, pero tiene que haber producido algún bien o servicio. Y es dudoso que todo el dinero obtenido por esos bienes o servicios producidos en Panamá se exporte como remesas. El inmigrante tiene que alquilar un lugar donde vivir, tiene que comer, comprar alimentos, ropa, medicinas, salir a pasear aunque limitado, gastar en médicos y abogados y todo eso implica gastar dinero en la economía nacional, y pagar impuestos aunque sean de manera indirecta. O sea que el trabajo del extranjero beneficia a una compleja red de panameños que a su vez le venden bienes y servicios a ese extranjero. Este exporta como remesas el dinero excedente.

    Así que las remesas son o actúan como una compensación de los excesos de dinero que no se van a usar para comprar bienes y servicios en Panamá y refuerzan la liquidez de los bancos locales. Castigar las remesas no es solo un castigo a los extranjeros, también es un castigo a los bancos locales.

    Y peor, es un castigo a todos los panameños. Uno de los atractivos del sistema financiero panameño es que no existen controles de divisas; es fácil enviar dinero a Panamá y es fácil sacarlo. Un impuesto a las remesas crea por primera vez un control de divisas. Por primera vez, va a haber un costo para sacar dinero de Panamá. Las personas que tienen ahorros en Panamá, ya bajo presión de la OCDE y el GAFI ahora, van a ver la posibilidad de que en algún momento algún diputado proponga algún impuesto a los movimientos de capitales. Si se hizo una vez, se puede hacer otra vez. ¿Por qué parar solo en las remesas? Una razón más para seguir sacando los ahorros de los bancos panameños. Hasta que el centro bancario panameño deje de existir, y la masa monetaria llegue a niveles deflacionarios.

    Al menos que sigan el ejemplo de Nicolás Maduro y empiecen a imprimir y acuñar balboas en serio. Allí sí habrá plata en la calle. Y nadie se la va a querer llevar a otro país. Y no habrá más extranjeros trabajando acá.