Viernes Santo, incluso quien no es creyente, puede detenerse un momento ante un hecho humano.
Más allá de la fe, de la liturgia y del dogma, la historia no trata a Jesús como una invención. Lo reconoce, con algunas observaciones, como a un hombre real: alguien que vivió, habló, reunió seguidores, incomodó al poder y terminó ejecutado por el Imperio. No hace falta creer para entender el contexto: un disidente, vuelto peligroso por su palabra, aplastado por el orden establecido. ¿Suena familiar?
Y cuando decimos “ejecutado”, no hablamos de una muerte abstracta. Hablamos del aparato romano del castigo. La crucifixión.
Primero, la flagelación. El instrumento no era un simple látigo: era el flagrum, varias correas de cuero con incrustaciones de metal y hueso. Cada golpe no solo hería: desgarraba. Las bolas de plomo hundían la carne; los fragmentos afilados la arrancaban. La piel cedía primero, luego el tejido, luego el músculo. No había límite de golpes. La intención no era solo castigar, sino llevar al cuerpo al borde del colapso sin permitirle morir aún. Una crueldad que nos trae náuseas mientras las describimos.
Después, la humillación. Un manto, una caña, golpes en la cabeza. Y una corona de espinas trenzadas y presionadas sobre el cráneo, una burla cruel que punzaba, abría la piel y convertía el dolor en espectáculo. Porque sí, una inmensa masa lo contemplaba no sin cierto deleite, aunque nos parezca increíble.
Luego, el camino. El condenado cargando el madero, debilitado, sangrando, cayendo. Y finalmente la cruz romana: un método no solo para matar, sino para exhibir. El cuerpo fijado, elevado en lo más alto, expuesto. La muerte no llegaba de inmediato, sino lentamente, entre asfixia, agotamiento y pérdida de sangre. Era una ejecución pensada para quebrar no solo al hombre, sino a cualquiera que lo mirara. El garrote legal de nuestro tiempo para cualquiera que se atreva y enfrente el poder, de ahí la idea de la exposición aleccionadora.
Por eso, incluso desde una posición secular, el Viernes Santo nos dice algo. Tal vez Jesús no murió “por nosotros” en el sentido religioso. Pero sí murió por sostener una palabra que desordenaba el mundo de su época; por decir algo distinto de lo permitido; por encarnar una idea que el poder consideró intolerable. Por ser un disidente desafiando al orden establecido con el sólo poder de las ideas, de la palabra.
Y eso sí nos abarca a todos.
Porque el mecanismo no ha cambiado tanto. Ya no tenemos látigos ni cruces. Ahora tenemos otras formas, más limpias, más aceptables, de castigar al disidente: desacreditarlo, aislarlo, ridiculizarlo, expulsarlo. La violencia se ha refinado pero el impulso de censura es el mismo. El poder sigue reaccionando ante quien incomoda.
Recordar hoy a Jesús, incluso sin fe, es recordar a quienes han sido castigados por decir algo distinto, por señalar una injusticia, por negarse a obedecer lo establecido.
Consideramos que Viernes Santo puede conmemorarse no solo como el recuerdo y luto de una pasión sagrada, sino como la memoria de un hombre al que el poder llevó hasta el extremo de la crueldad y la maldad porque sus ideas resultaban peligrosas.
Y si algo exige este día, incluso para quienes no creen, es una toma de posición.
Porque la historia no solo recuerda a quien fue llevado a la cruz, también recuerda a quienes lo permitieron.
A Poncio Pilato, que se lavó las manos. A Herodes Antipas, que convirtió el dolor y la crueldad en espectáculo. A la muchedumbre, que miró, se acostumbró y siguió adelante.
Y ese guion no ha desaparecido. Hoy ya no hay cruces en las plazas, pero sigue existiendo el poder que castiga al que incomoda, y multitudes que aplauden, callan o miran hacia otro lado.
Por eso, si algo significa ser libres, de verdad libres, es decidir de qué lado estamos cuando alguien es señalado, castigado o silenciado por pensar distinto.
No seremos Pilato. No nos lavaremos las manos frente a la injusticia. No confundiremos prudencia con cobardía.
Y tampoco dejaremos de nombrar a los Herodes de nuestro tiempo, aunque muchos sigan aplaudiendo y celebrando la destrucción de quien incomoda, reducido ya a la indefensión frente a la omnipotencia del Estado.
Porque cada época tiene su cruz, cada poder sus métodos, y cada sociedad su momento de decidir si repite la historia o finalmente aprende de ella.





