Etiqueta: derechos individuales

  • Socioeconomía de la prosperidad: nace del pueblo, no de sus gobiernos

    Socioeconomía de la prosperidad: nace del pueblo, no de sus gobiernos

    Ningún nuevo gobernante, aunque sea de la estirpe de los magos, puede deshacer los daños acumulados durante años de desgobierno, distorsiones y malas políticas. Esa es una verdad incómoda que muchos prefieren ignorar. ¿Cuántos panameños conocen o entienden de economía, y mucho menos de socioeconomía? Sin embargo, todos tienen derecho al voto; un voto que termina respaldando a los mismos gobernantes y diputados corruptos por los que han venido votando desde siempre. El sufragio típico en Panamá, y en tantos otros lares, va dirigido a quien más promete regalar lo que jamás se debe entregar: la propiedad del ser humano, su albedrío y el derecho a manejar su propia empresa.

    La economía no es solo números, inflación o déficit fiscal. Es la intersección entre los mercados y la cultura de una población: sus hábitos, sus expectativas, su relación con el trabajo, con la propiedad, con el Estado y el verdadero rol de la persona. Muy pocos entienden estos conceptos, y sin embargo son la base misma que determina el rumbo de una nación.

    En Panamá existe un daño profundo: una cultura política de arrabal y de servilismo que se expresa con claridad en el popular grito de “¡No a la privatización!”. ¿Cuántas personas comprenden el grado de ignorancia que hay detrás de esa consigna cuando se lanza más desde las tripas que desde el cerebro? La economía no es un ente abstracto separado de la gente; incluye, intrínsecamente, la cultura de la población.

    He visto marchas de protesta con pancartas que exigen que el gobierno resuelva problemas individuales, reflejo de corrientes culturales en Panamá que se oponen a la idea misma de la propiedad privada y de la responsabilidad individual. No se trata de menospreciar a nadie, sino de señalar una realidad: cuando una cultura está más cerca de estructuras ancestrales que de las exigencias de una sociedad contemporánea, y cuando casi no hay esfuerzo de adaptación, la nación termina cargando con expectativas imposibles. Pensar que un nuevo gobierno puede corregir mágicamente cientos de años de desgobierno y de una cultura desfasada de la realidad es pura fantasía.

    La realidad económica y socioeconómica varía enormemente dentro de un mismo país. En Argentina, la situación de Mendoza no es la misma que la de Buenos Aires. En Mendoza, al igual que en la Florida estadounidense, las autoridades no acataron con el mismo rigor el confinamiento del COVID que otras poblaciones. Quien visita Boquete nota que casi no se ve basura en las calles. En contraste, la realidad que vomitan los ríos capitalinos es elocuente. Y ante todo ello, ¿cuántos panameños vemos y entendemos la irresponsabilidad detrás del manejo de la basura en la capital?

    Recién abordé el tema del desorden vial con alguien, preguntando: ¿por qué llaman autopatrulla a los vehículos de la ATTT? No sabía. Le dije: porque la verdadera función de ordenamiento del tránsito vehicular se tiene que hacer patrullando; ya que sembrados como postes coimeros en las calles es imposible. O… ¿por qué hay tantos “policías muertos” (resaltos) en la capital? Pues porque nadie respeta las normas. ¿Andan buscando el por qué? Si las autoridades ni siquiera son capaces de administrar la recolección de basura o el ordenamiento del tránsito, ¿realmente alguien puede creer que respetarán las leyes de la economía? Y ni hablar de las de la socioeconomía, que representan el matrimonio entre las actividades del mercado y la cultura de la sociedad.

    La socioeconomía no se arregla con decretos ni con discursos grandilocuentes. Se construye —o se destruye— día a día, en la cultura, en las expectativas y en las decisiones de millones de personas.

  • Christa Pike y la ejecución fallida: una reflexión sobre la pena de muerte

    Christa Pike y la ejecución fallida: una reflexión sobre la pena de muerte

    El caso de Christa Pike me conmueve, y quiero empezar aclarando algo que para mí es indispensable: no estoy defendiendo a una delincuente ni relativizando el crimen que cometió.

    Pike fue condenada por el brutal asesinato de Colleen Slemmer en Tennessee en 1995. Tenía 18 años cuando participó en el crimen. La madre de Slemmer ha apoyado durante años su ejecución.

    No tengo idea de cómo reaccionaría yo si alguien asesinara a mi hija. Y precisamente por eso procuro no juzgar a una madre que reclama la muerte de quien mató a la suya. Pero hay otra pregunta que no consigo quitarme de la cabeza: ¿Estaría esa misma madre dispuesta a matar personalmente a Christa Pike?. No lo pregunto como provocación ni como reproche, sino porque creo que existe una diferencia moral enorme entre matar y pedir que alguien mate por nosotros.

    Y el Estado nos permite borrar esa diferencia.

    Cuando decimos “que la ejecuten”, no tenemos que mirar a la persona a los ojos. No tenemos que inmovilizarla. No tenemos que introducirle una aguja. No tenemos que administrar la sustancia que sabemos que va a detener su vida. Podemos pedirlo desde nuestra casa y después continuar con nuestro día. El Estado se encarga del resto y ahí aparece algo que me inquieta profundamente: la delegación hace mucho más fácil pedir la muerte de otra persona.

    La burocracia también anestesia

    Una ejecución moderna está extraordinariamente fragmentada, quizás porque así se diluye aún más el sentido de la responsabilidad.

    Un tribunal dicta una sentencia. Otro tribunal revisa los recursos. Un gobernador decide si concede clemencia. Un funcionario fija la fecha. Otros preparan al condenado. Alguien consigue los medicamentos. Otro coloca las vías. Otro ejecuta el protocolo. Hay testigos, formularios, horarios y procedimientos. Al final, la muerte termina convertida en un acto administrativo. Y cuando la responsabilidad queda repartida entre tantas personas, aparece una peculiar ilusión moral: parece que nadie está matando. Pero sí alguien muere.

    El intento de ejecución de Christa Pike del 30 de septiembre llevó esa contradicción a un extremo difícil de ignorar. Tennessee siguió su protocolo de inyección letal y le administró pentobarbital, pero Pike no murió. El propio Departamento de Corrección reconoció después que el protocolo no permitía realizar procedimientos adicionales y que fue trasladada a un centro médico.

    Pensemos un momento en la escena: el Estado había decidido que esa persona debía morir, intentó matarla (ejecutarla dirán otros) y no lo consiguió, entonces una ambulancia la trasladó para que profesionales sanitarios procuraran mantenerla con vida.

    No lo señalo como una incoherencia jurídica: evidentemente, una vez terminado el procedimiento autorizado, el Estado seguía teniendo bajo su custodia a una persona viva. Lo que me interesa es la contradicción moral que deja al descubierto. ¿Qué hacemos ahora? ¿La curamos para intentar matarla nuevamente? No sé cómo mirar esa pregunta y no sentir cierto horror.

    Mi problema no es que existan crímenes monstruosos

    Desde una perspectiva libertaria, mi objeción a la pena de muerte no consiste en negar la responsabilidad individual, todo lo contrario, creo profundamente en ella.

    Una persona que asesina debe responder por haber destruido el derecho más básico de otra: su vida.

    Tampoco me convence el argumento según el cual todo delincuente es fundamentalmente una víctima de su entorno, de la sociedad o de las circunstancias. Podemos intentar comprender las circunstancias que rodearon un crimen sin eliminar la responsabilidad de quien lo cometió.

    Mi duda aparece en otro lugar. ¿Quién adquiere el derecho a matar como consecuencia de ese crimen?

    Durante mucho tiempo existieron sociedades en las que el castigo estaba mucho más cerca de la víctima. La venganza, la reparación y posteriormente los sistemas de compensación nacieron precisamente alrededor del daño sufrido por una persona concreta.

    El Estado moderno hizo algo muy distinto: convirtió el delito contra una persona en un delito contra “la sociedad” y se arrogó progresivamente el monopolio del castigo. En algunos lugares también el poder de matar. Y ahí mi desconfianza libertaria se dispara.

    Si desconfiamos del Estado cuando regula una empresa, administra nuestro dinero, establece impuestos o decide qué podemos hacer con nuestra propiedad, ¿por qué deberíamos abandonar esa desconfianza precisamente cuando ejerce el poder más irreversible de todos?

    Una multa equivocada puede devolverse, una condena injusta de prisión puede, imperfectamente y demasiado tarde, terminar, una ejecución equivocada no puede corregirse. Pero hay algo incluso anterior a ese argumento institucional.

    Si quieres que muera, ¿estarías dispuesto a matarlo?

    No sostengo que la madre de una víctima deba convertirse en verdugo. Tampoco creo que haber sufrido una agresión otorgue automáticamente un derecho ilimitado a hacer cualquier cosa con el agresor. Mi pregunta es otra.

    Me pregunto si antes de reclamar la pena de muerte no deberíamos someternos mentalmente a una prueba extremadamente sencilla: si considero que esa persona debe morir, ¿estaría dispuesto yo mismo a producir su muerte?

    No hace falta que la respuesta sea necesariamente afirmativa para defender filosóficamente la pena capital. Se puede argumentar, razonablemente, que precisamente hemos creado instituciones judiciales para que el castigo no dependa de la emoción personal de la víctima. Pero creo que la pregunta sigue siendo moralmente indispensable porque obliga a retirar una capa de abstracción.

    “Aplicar la pena capital” suena muy distinto de “matar a esta persona”. “Cumplir la sentencia” suena muy distinto de “inyectarle una sustancia hasta que deje de respirar”. El lenguaje burocrático puede ocultarnos aquello que realmente estamos solicitando.

    Delegar no elimina nuestra responsabilidad moral

    Este es probablemente el punto que más me inquieta.

    Si considero inmoral realizar personalmente determinado acto, encargarle ese mismo acto a un tercero no resuelve automáticamente el problema. No aceptamos ese principio en ningún otro ámbito.

    Si contrato a una persona para agredir a alguien, sigo siendo responsable de la agresión; si ordeno un robo, no desaparece mi responsabilidad porque otro haya entrado físicamente en la casa. Entonces, al menos deberíamos preguntarnos por qué consideramos tan diferente pedir al Estado que mate.

    Tal vez la respuesta sea que creemos que la justicia exige esa muerte. Puede ser, pero entonces deberíamos ser capaces de mirar directamente aquello que estamos defendiendo, sin escondernos detrás del procedimiento, porque existe el riesgo de que el Estado no sólo monopolice la violencia, sino que nos proporcione una distancia suficientemente cómoda para reclamar violencia que quizás no estaríamos dispuestos a ejercer nosotros mismos.

    Ni absolución ni espectáculo

    Sentir compasión por Christa Pike no significa absolverla. Y sentir horror ante una ejecución fallida no significa olvidar a Colleen Slemmer. Podemos sostener simultáneamente dos ideas, que una persona cometió un acto monstruoso y que sigue siendo una persona.

    Quizás una civilización se mida precisamente por nuestra capacidad para sostener ambas cosas al mismo tiempo.

    No sé qué sentiría si asesinaran a mi hija. Tal vez querría matar al responsable. Sería absurdo presumir hoy de una serenidad moral que nunca he tenido que poner a prueba, pero precisamente por eso tampoco quiero convertir mi reacción emocional hipotética en una potestad permanente del Estado. Y mucho menos quiero que la muerte de una persona termine transformada en un espectáculo aséptico en el que observamos desde lejos cómo funcionarios ejecutan aquello que nosotros hemos pedido.

    El caso de Christa Pike ha dejado una imagen difícil de olvidar: el Estado intentando matar a una persona, fracasando y enviándola después al hospital.

    Quizás el problema no esté solamente en que la ejecución haya salido mal. Quizás deberíamos preguntarnos qué significa exactamente que consideremos normal cuando sale bien.

    Porque antes de decir “que la maten”, existe una pregunta incómoda que deberíamos atrevernos a contestar: ¿lo haríamos nosotros mismos?. Si la respuesta cambia cuando desaparecen el verdugo, el protocolo y la distancia, entonces tal vez esa distancia no sea un detalle.

    Tal vez sea precisamente lo que nos permite pedir con tanta facilidad algo que, si tuviéramos que hacerlo con nuestras propias manos, nos resultaría mucho más difícil llamar justicia.

  • En la Política Resucita el Primitivismo Selvático

    En la Política Resucita el Primitivismo Selvático

    En su origen, la palabra “política” tuvo el sentido de perseguir nobles objetivos a través de los cuales los ciudadanos podían organizar sus vidas en comunidad de manera segura y productiva. Pero, como suele suceder en asuntos del poder, lo que en principio tuvo nobleza se corrompió, tomando el sentido de engaños y beneficios políticos. Hoy día el vocablo “política” o “político” ha tomado un sentido peyorativo y ello no es casual sino causal. En sentido maquiavélico, la política se convirtió en la estratagema para acceder y mantener el poder. En Panamá vivimos el desboque burrocrático en la manipulación de los medios noticiosos en dónde muchos se caracterizan por una retórica de calabaza vacía.

    La política de arrabal que hoy vivimos se nutre de la pobreza e ignorancia que sembraron las élites del Intramuros del Casco Viejo.

    En tal ambiento la lógica sucumbe, igual que el debate técnico, el científico y social; tanto en lo económico como en lo ético y todo queda subordinado a las chuecas agendas partidistas. Así, la comparsa que logró entrar al Palacio de las Garzas prioriza su permanencia y en ello las necesidades de la población van perdiendo prioridad. Peor es que un presidente honesto es igual que una manzana sana en un cesto de podridas.

    En ese muladar se extravían la justicia y la ética, como también el cálculo económico; ese que sólo existe en libre mercado, dado que los gobernantes carecen los incentivos del ahorro ya que el dinero que usan o mal usan lo arrebatan en impuestos desbocados. Peor aún es que todo ello corrompe el emprendimiento y a los emprendedores; ya que quienes no se aparean con los demonios se van al fracaso.

    Más tenebroso es que en semejante patología lo torcido se vuelve “normal”, realidad pintada en el decir: “robó, pero le dio al pueblo”.

    Más horrible aún es ver a los asaltantes del poder valerse del inmenso pecado de la envidia, del cual se aprovechan para abanicar y vilipendiar al capitalista, al empresario, a la propiedad; al rico y tal; lo cual lo deja a uno pensando que lo único que tiene valor es ser pobre, sin capital, sin empresas, sin propiedades y sin dinero, tal como ha ocurrido por todo nuestro hemisferio.

    Hoy, se confunden las palabras “gobierno” y “Estado” escribiendo “Estado” con “E” mayúscula; engaño para hacer ver que el gobierno es el estado; es decir, el pueblo. Sí, como no… hay que ser más que ingenuo para creer que nuestros gobiernos representan los verdaderos y buenos intereses del pueblo. Y más tenebroso aún es que el adoctrinamiento y el engaño han sido tan buenos que el pueblo ni siquiera conoce lo que les conviene.

    Vivimos en la letrina del engaño; cinismo que nos lleva a la fragmentación del verdadero estado, que somos todos; mientras que los gobiernos son los organismos a quien el pueblo delega su seguridad y su economía. En ese engaño deberíamos ver la bestia agazapada en los matorrales esperando para su ataque.

    Así, la población queda fracturada y, como reza el dicho, “divide y vencerás”; o, tal vez lo que dice es “divide y robarás”. El verdadero y auténtico gobierno está llamado a enfocarse en la seguridad y la libertad de sus representados; la población. Imagínense que hasta nuestra horrible Constitución comunista comienza señalando eso en su Preámbulo.

    El buen gobierno, la productiva gobernanza se basa en sana economía; y, la palabra “economía” lo dice todo… “economizar” y no dilapidar y robar.

  • LGBT y liberalismo: el derecho a vivir sin pedir permiso

    LGBT y liberalismo: el derecho a vivir sin pedir permiso

    Hay una idea que se ha instalado tanto entre conservadores como entre ciertos sectores progresistas: que ser LGBT implica, casi automáticamente, pertenecer a una determinada corriente política. Como si la orientación sexual o la identidad de género llevaran incorporado un programa económico, una visión del Estado o una forma de entender la sociedad. Desde una perspectiva liberal, esa premisa es falsa.

    El liberalismo no pregunta con quién compartes tu cama. Pregunta algo mucho más importante: ¿quién tiene derecho a decidir sobre tu vida? Y la respuesta es sencilla: tú.

    El individuo antes que el colectivo

    La gran diferencia entre el liberalismo y gran parte de la política contemporánea es que el primero no comienza por los grupos. Comienza por la persona.

    No existen derechos «gays», «heterosexuales», «trans», «blancos», «negros» o «católicos». Existen derechos individuales.

    El derecho a la vida.

    El derecho a la propiedad.

    El derecho a contratar.

    El derecho a expresarse.

    El derecho a asociarse.

    El derecho a amar a quien uno quiera.

    No porque el Estado los conceda, sino porque pertenecen a cada ser humano por el solo hecho de serlo. Cuando entendemos esto, desaparece la necesidad de crear categorías privilegiadas o ciudadanos de distinta jerarquía.

    El enemigo nunca fue el mercado

    Existe una narrativa muy difundida según la cual el capitalismo habría sido históricamente enemigo de las personas LGBT, sin embargo, la realidad es bastante distinta. Quienes encarcelaban homosexuales no eran las empresas. Quienes prohibían determinadas relaciones no eran los comerciantes. Quienes perseguían judicialmente determinadas conductas eran los Estados con sus normativas sobre la sodomía, las prohibiciones matrimoniales, la censura, la persecución policial. Todo eso fue poder político, no el mercado.

    No significa que las empresas siempre hayan sido inclusivas. Muchas no lo fueron. Pero una empresa puede equivocarse y perder clientes; un Estado puede perseguirte con la fuerza. La diferencia no es menor.

    La libertad incluye el derecho a equivocarse

    Aquí aparece uno de los puntos más difíciles de aceptar para muchos activistas. Un liberal defiende el derecho de una pareja homosexual a abrir un negocio. Pero también defiende el derecho de otra persona a no querer contratar con ellos. Y defiende exactamente el mismo derecho en sentido inverso. La libertad de asociación funciona en ambas direcciones.

    No existe libertad si solo protege las decisiones que nos gustan. Aceptar esto cuesta porque hemos confundido igualdad ante la ley con obligación de aprobación social. Son cosas completamente distintas.

    La igualdad jurídica no garantiza el afecto

    Ninguna ley puede obligar a alguien a admirarte, ni respetarte o invitarte a su cumpleaños. Tampoco a enamorarse de ti. La función del Derecho no consiste en fabricar afectos, sino en impedir agresiones.

    Cuando el Estado intenta convertir la aprobación social en obligación jurídica, inevitablemente invade libertades ajenas.

    El problema de la política identitaria

    Paradójicamente, buena parte del activismo contemporáneo LGBT ha terminado reproduciendo exactamente aquello que decía combatir. En lugar de decir: «Somos individuos iguales.» dice: «Somos un colectivo diferente que necesita un tratamiento especial.» Ese cambio es enorme y equivocado, porque deja de reclamar igualdad para comenzar a reclamar privilegios o cupos. Pide representaciones obligatorias, subsidios específicos. Es lo que llamamos discriminación positiva, con sus leyes especiales, observatorios o directamente solicitar Ministerios, Secretarías y Programas.

    Todo ello supone más poder político administrando diferencias. Y cuanto mayor es el poder para clasificar personas, mayor es también el riesgo de arbitrariedad.

    El orgullo no necesita permiso estatal

    Resulta llamativo que muchos gobiernos utilicen hoy la bandera arcoiris mientras mantienen enormes aparatos burocráticos que regulan la vida de millones de personas.

    El liberalismo propone algo distinto.

    No pide que el Estado celebre tu identidad. Pide algo mucho más modesto y, al mismo tiempo, mucho más revolucionario: que te deje vivir en paz.

    No hace falta un ministerio para amar. No hace falta un subsidio para formar una familia o una campaña oficial para desarrollar un proyecto de vida.

    Lo que hace falta es que nadie tenga poder para impedirlo.

    Más libertad significa más diversidad

    Las sociedades más libres suelen terminar siendo también las más diversas, pero no porque un gobierno diseñe esa diversidad, sino porque, cuando desaparecen las barreras legales, las personas comienzan a vivir como realmente desean.

    Algunos serán conservadores, otros progresistas. Habrá otros religiosos, ateos. Otroas más serán homosexuales, bisexuales o heterosexuales. Y ninguno necesitará justificar su existencia ante una autoridad política.

    El verdadero desafío

    Quizá el mayor desafío para las personas LGBT sea dejar de pensar que necesitan un protector permanente. Porque quien hoy dice proteger también puede decidir mañana controlar. La historia demuestra que el poder cambia de manos, pero los derechos individuales permanecen.

    Por eso el liberalismo no ofrece protección especial. Ofrece algo mucho más sólido, que es una regla igual para todos, la Igualdad ante la Ley. Que ningún gobierno pueda decirte cómo debes vivir. Que ningún funcionario pueda decidir qué identidad merece reconocimiento. Que ningún político pueda convertir tu vida privada en un instrumento de su campaña.

    El liberalismo no necesita una teoría específica sobre las personas LGBT.

    Porque no necesita teorías específicas sobre ningún grupo.

    Su pregunta siempre es la misma:

    ¿Estamos respetando la libertad y los derechos de cada individuo?

    Si la respuesta es sí, entonces poco importa el sexo de tu pareja, tu identidad, tu religión o tus preferencias personales. Eso deja de ser un asunto político para convertirse en lo que siempre debió ser: tu vida. Y solo tuya.

  • Viernes Santo

    Viernes Santo

    Viernes Santo, incluso quien no es creyente, puede detenerse un momento ante un hecho humano.

    Más allá de la fe, de la liturgia y del dogma, la historia no trata a Jesús como una invención. Lo reconoce, con algunas observaciones, como a un hombre real: alguien que vivió, habló, reunió seguidores, incomodó al poder y terminó ejecutado por el Imperio. No hace falta creer para entender el contexto: un disidente, vuelto peligroso por su palabra, aplastado por el orden establecido. ¿Suena familiar?

    Y cuando decimos “ejecutado”, no hablamos de una muerte abstracta. Hablamos del aparato romano del castigo. La crucifixión.

    Primero, la flagelación. El instrumento no era un simple látigo: era el flagrum, varias correas de cuero con incrustaciones de metal y hueso. Cada golpe no solo hería: desgarraba. Las bolas de plomo hundían la carne; los fragmentos afilados la arrancaban. La piel cedía primero, luego el tejido, luego el músculo. No había límite de golpes. La intención no era solo castigar, sino llevar al cuerpo al borde del colapso sin permitirle morir aún. Una crueldad que nos trae náuseas mientras las describimos.

    Después, la humillación. Un manto, una caña, golpes en la cabeza. Y una corona de espinas trenzadas y presionadas sobre el cráneo, una burla cruel que punzaba, abría la piel y convertía el dolor en espectáculo. Porque sí, una inmensa masa lo contemplaba no sin cierto deleite, aunque nos parezca increíble.

    Luego, el camino. El condenado cargando el madero, debilitado, sangrando, cayendo. Y finalmente la cruz romana: un método no solo para matar, sino para exhibir. El cuerpo fijado, elevado en lo más alto, expuesto. La muerte no llegaba de inmediato, sino lentamente, entre asfixia, agotamiento y pérdida de sangre. Era una ejecución pensada para quebrar no solo al hombre, sino a cualquiera que lo mirara. El garrote legal de nuestro tiempo para cualquiera que se atreva y enfrente el poder, de ahí la idea de la exposición aleccionadora.

    Por eso, incluso desde una posición secular, el Viernes Santo nos dice algo. Tal vez Jesús no murió “por nosotros” en el sentido religioso. Pero sí murió por sostener una palabra que desordenaba el mundo de su época; por decir algo distinto de lo permitido; por encarnar una idea que el poder consideró intolerable. Por ser un disidente desafiando al orden establecido con el sólo poder de las ideas, de la palabra.

    Y eso sí nos abarca a todos.

    Porque el mecanismo no ha cambiado tanto. Ya no tenemos látigos ni cruces. Ahora tenemos otras formas, más limpias, más aceptables, de castigar al disidente: desacreditarlo, aislarlo, ridiculizarlo, expulsarlo. La violencia se ha refinado pero el impulso de censura es el mismo. El poder sigue reaccionando ante quien incomoda.

    Recordar hoy a Jesús, incluso sin fe, es recordar a quienes han sido castigados por decir algo distinto, por señalar una injusticia, por negarse a obedecer lo establecido.

    Consideramos que Viernes Santo puede conmemorarse no solo como el recuerdo y luto de una pasión sagrada, sino como la memoria de un hombre al que el poder llevó hasta el extremo de la crueldad y la maldad porque sus ideas resultaban peligrosas.

    Y si algo exige este día, incluso para quienes no creen, es una toma de posición.

    Porque la historia no solo recuerda a quien fue llevado a la cruz, también recuerda a quienes lo permitieron.

    A Poncio Pilato, que se lavó las manos. A Herodes Antipas, que convirtió el dolor y la crueldad en espectáculo. A la muchedumbre, que miró, se acostumbró y siguió adelante.

    Y ese guion no ha desaparecido. Hoy ya no hay cruces en las plazas, pero sigue existiendo el poder que castiga al que incomoda, y multitudes que aplauden, callan o miran hacia otro lado.

    Por eso, si algo significa ser libres, de verdad libres, es decidir de qué lado estamos cuando alguien es señalado, castigado o silenciado por pensar distinto.

    No seremos Pilato. No nos lavaremos las manos frente a la injusticia. No confundiremos prudencia con cobardía.

    Y tampoco dejaremos de nombrar a los Herodes de nuestro tiempo, aunque muchos sigan aplaudiendo y celebrando la destrucción de quien incomoda, reducido ya a la indefensión frente a la omnipotencia del Estado.

    Porque cada época tiene su cruz, cada poder sus métodos, y cada sociedad su momento de decidir si repite la historia o finalmente aprende de ella.

  • Noelia, Durkheim y la soberanía irrenunciable del yo

    Noelia, Durkheim y la soberanía irrenunciable del yo

    Le quedan dos horas. Nos destroza el alma. Y aun así, no tenemos nada que ofrecerle a Noelia que ella no se haya ofrecido ya a sí misma: años de evaluaciones, peritos de todas las disciplinas, cinco tribunales, y una claridad sobre su propio sufrimiento que ninguno de nosotros, desde afuera, podemos siquiera imaginar. Hoy, mientras el mundo opina, ella elige. Y esa diferencia lo es todo.

    Hay una paradoja en el corazón de este debate que casi nadie quiere mirar de frente. Quienes se oponen a la eutanasia de Noelia lo hacen, en su mayoría, desde el amor. Quieren que viva. Quieren que mejore. Quieren que encuentre una salida que ella, después de años de búsqueda genuina, ha concluido que no existe. Y aquí está la pregunta que el libertarismo obliga a formular con toda su incomodidad: ¿tiene el amor de otros autoridad moral sobre el cuerpo y la decisión de una persona capaz? La respuesta honesta es no. El amor no es propiedad. El deseo de que alguien viva no es un derecho sobre su vida.

    «La autonomía no es frialdad. Es el último territorio que nadie debería arrebatarle a otra persona.»

    Émile Durkheim, el padre de la sociología moderna, habría querido impedírselo. Su monumental obra sobre el suicidio, publicada en 1897, construye toda su arquitectura intelectual sobre una premisa que el libertarismo rechaza de raíz: que el individuo es fundamentalmente un producto social, que sus decisiones más íntimas son en realidad síntomas de fuerzas colectivas, y que la sociedad tiene tanto el derecho como la obligación de regularlo, contenerlo, retenerlo. Para Durkheim, el suicidio no es una decisión, es un fallo del tejido social. La solución no está en el individuo, sino en fortalecer las instituciones que lo anclan al mundo.

    Es una visión coherente. Y es, en el caso de Noelia, profundamente equivocada.

    Porque Durkheim construyó su teoría sobre estadísticas agregadas que, por definición, borran lo más importante: la situación particular, irrepetible e intransferible de cada persona. Reducir miles de decisiones únicas a una «tasa social» es un ejercicio de poder epistémico, la pretensión de que el observador externo sabe más sobre una vida que quien la vive. Friedrich Hayek lo llamaría arrogancia del conocimiento. Y en este caso, esa arrogancia tiene consecuencias concretas: se convierte en el argumento para que un juez adicional, una mayoría moral, un padre que ama con desesperación, interpongan su voluntad entre Noelia y su decisión.

    El caso de Noelia no es sencillo. Nadie honesto puede pretender que lo es. Ella no padece una enfermedad terminal en el sentido convencional, padece una paraplejia irreversible, dolores neuropáticos crónicos, y un sufrimiento psicológico severo derivado de una agresión brutal. Y aquí es donde el debate filosófico se vuelve más exigente: ¿puede un estado de sufrimiento mental, aunque no sea psicosis, comprometer la autonomía hasta el punto de invalidar la decisión?

    Es la pregunta más honesta que el libertarismo debe enfrentar, y la respuesta no puede ser simplista. La autonomía no es un interruptor de encendido y apagado. Es un espectro. Pero hay una diferencia crucial entre reconocer esa complejidad y usarla como coartada para la tutela indefinida. Noelia fue evaluada durante años. Siete especialistas encontraron plena capacidad de decisión. El Tribunal Constitucional español y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos rechazaron los recursos que intentaban detenerla. Si ese proceso no es suficiente garantía, entonces no existe ningún proceso que lo sea y la consecuencia lógica es que ninguna persona con sufrimiento crónico podría jamás ejercer su autonomía, porque siempre habrá alguien dispuesto a dudar.

    «Defender la vida de verdad significa respetar también el derecho a despedirse de ella.»

    Quizás ese era el límite de Durkheim, no el de ella. Su sociología fue revolucionaria, pero nació en una época que no concebía la autonomía individual como un valor en sí mismo, separado del contrato social. Hoy tenemos ese lenguaje. Tenemos esa tradición, de John Stuart Mill a Robert Nozick, que insiste en que sobre sí mismo, sobre su propio cuerpo y su mente, el individuo es soberano. No el Estado. No la mayoría. No la familia, aunque ame. No el médico, aunque cuide. El individuo.

    Abrazamos la vida. La defendemos. Pero más amamos la libertad y el respeto a las decisiones individuales de cada uno. Y sabemos que defender la vida de verdad significa respetar también el derecho a despedirse de ella. Noelia no nos pide que muramos con ella. Nos pide algo más difícil: que confiemos en que ella sabe lo que nosotros, desde afuera, nunca podremos saber. Su sufrimiento. Su límite. Su decisión.

    Hoy, Noelia también está abrazando la suya.

  • Claude ante el poder estatal: una advertencia desde la ética libertaria

    Claude ante el poder estatal: una advertencia desde la ética libertaria

    La creciente fricción entre sectores del gobierno de Estados Unidos y Dario Amodei, fundador de Anthropic y principal impulsor del modelo de lenguaje Claude, no debe interpretarse como un desacuerdo técnico o una disputa coyuntural sobre regulación. Nos encontramos ante un conflicto de naturaleza filosófica y política: la definición de los límites legítimos del poder estatal frente a tecnologías capaces de procesar, inferir y perfilar información a escala masiva sobre individuos.

    Desde una perspectiva libertaria, el problema central no reside en la búsqueda de sistemas de inteligencia artificial “seguros” o “responsables”, sino en el riesgo de que dichos objetivos funcionen como justificación retórica para la expansión de la vigilancia estatal. La historia demuestra que cuando el Estado accede a nuevas capacidades tecnológicas, rara vez las restringe voluntariamente a los fines inicialmente declarados.

    Amodei ha defendido públicamente el desarrollo de modelos de IA alineados con valores humanos y principios éticos. Sin embargo, su resistencia a una cooperación abierta e irrestricta con agencias gubernamentales, especialmente en materia de acceso a datos de usuarios, monitoreo de interacciones o usos vinculados a la seguridad nacional, marca una frontera ética fundamental: la inteligencia artificial no debe convertirse en infraestructura del espionaje estatal.

    La ética libertaria parte de una premisa clara, formulada con precisión por Robert Nozick: “Los individuos tienen derechos, y hay cosas que ninguna persona o grupo puede hacerles sin violar esos derechos” (Anarchy, State, and Utopia, 1974). Entre esos derechos se encuentran la privacidad, la presunción de inocencia y el control sobre la información personal. La vigilancia algorítmica preventiva, basada en correlaciones estadísticas y no en responsabilidad individual, entra en conflicto directo con estos principios.

    El uso de IA para analizar comportamientos, anticipar “riesgos” o clasificar ciudadanos según patrones opacos supone una mutación preocupante del Estado de derecho. La sospecha deja de ser excepcional y se vuelve estructural. Como advirtió Friedrich Hayek, “cuanto más planifica el Estado, más difícil se vuelve la planificación para el individuo” (The Road to Serfdom, 1944). En el contexto digital, esta planificación adopta la forma de sistemas que observan, infieren y condicionan la conducta humana.

    La posición de los competidores de Claude revela una divergencia estratégica significativa. Algunas grandes empresas tecnológicas han optado por una cooperación estrecha con el gobierno, aceptando requisitos de acceso, contratos de defensa o alineamientos regulatorios a cambio de estabilidad y ventaja competitiva. Esta actitud, aunque pragmática desde el punto de vista empresarial, normaliza una premisa peligrosa: que la cesión de datos y capacidades de vigilancia es un precio inevitable del progreso tecnológico.

    Desde el libertarismo, dicha normalización es inaceptable. Murray Rothbard lo expresó con claridad al afirmar que “el Estado es la organización de la agresión sistematizada contra la persona y la propiedad” (For a New Liberty, 1973). Cuando herramientas de IA se integran en estructuras estatales sin límites estrictos, el ciudadano deja de ser un sujeto de derechos y pasa a ser un objeto de análisis.

    Esto no implica negar riesgos reales ni rechazar toda forma de regulación. Implica, más bien, reconocer que la solución a los abusos potenciales de la inteligencia artificial no puede ser una mayor concentración de poder, sino su dispersión: competencia, descentralización, transparencia y control individual sobre los datos.

    El caso Amodei–Claude es, en última instancia, un síntoma de una disyuntiva más amplia. La pregunta no es si la inteligencia artificial debe ser regulada, sino si será una herramienta al servicio del individuo o un nuevo instrumento del Leviatán tecnológico. La respuesta definirá no solo el futuro de la innovación, sino el alcance real de la libertad en el siglo XXI.

  • Keonne Rodríguez y otro caso de crimen sin víctima

    Keonne Rodríguez y otro caso de crimen sin víctima

    A fin de Enero, conocemos otra entrega, la «Carta #4: Notas desde adentro», que el desarrollador Keonne Rodríguez escribe desde su celda americana, donde cumple una sentencia de 5 años. «A menudo siento que estoy atrapado en una pesadilla de la que no puedo despertar», escribe Keonne, desarrollador de Samourai Wallet, sobre su primer mes en FPC Morgantown.

    Estamos presenciando un horror que no debería ser normalizado. Un desarrollador, una mente brillante, una persona que ha creado valor para la sociedad, que no ha cometido ningún crimen, es destruido por el aparato estatal.

    Su único “delito” ha sido desafiar a gobiernos que no toleran límites a su control y que, para preservarlo, diseñan crímenes donde no existen víctimas.

    La imagen que nos entrega la carta es brutal: alguien que dedicó su vida a pensar más allá de lo convencional, hoy limpiando baños en un penal. No es un accidente del sistema; es su herramienta más eficaz. Sirve para domesticar almas libres, para quebrar emocionalmente, y sobre todo para enviar un mensaje ejemplificador al resto: este es el garrote legal del que puede valerse un gobierno cuando quiere frenar el avance de la libertad.

    La carta escrita desde la cárcel es casi insoportable de leer. No por falta de palabras, sino por exceso de verdad. Necesitamos reunir valor y fortaleza para llegar hasta el final. No es justo para Keonne. Pero tampoco lo es para la sociedad. Ni para los desarrolladores que todos los días escriben código en un mundo donde los acuerdos libres y voluntarios deberían ser la base de la cooperación pacífica.

    No se puede acusar al cuchillo por el uso que otros hagan de él. Sirve tanto para cortar carne como para matar a una persona. Criminalizar herramientas, ideas o código es una forma burda y una práctica muy peligrosa cuyo verdadero fin es mantener al rebaño miedoso y obediente.

    No queremos volver a ser testigos, durante años, de muertes sin sentido como la de Irwin Schiff. Ni de los encarcelamientos de Bernard von NotHaus, el encierro casi perpetuo de Ross Ulbricht, los juicios y el muy probable encarcelamiento de Roman Storm, entre otros. Tampoco del fishing expedition permanente, del estado de sospecha que pesa sobre tantos otros cuyos nombres no alcanzamos a enumerar: desarrolladores, innovadores, disruptores que nos ayudan, aunque sea un poco, a quitarnos la bota de la cabeza.

    Porque hoy vivimos una distopía orwelliana. “Si quieres imaginar el futuro, imagínalo con una bota aplastando un rostro humano para siempre”. No podemos ni siquiera imaginar lo que debe taladrar la mente de personas éticas, comprometidas con las ideas de la libertad, cuando son humilladas y despojadas de su dignidad. No lo merecen ellas. No lo merecemos nosotros como sociedad que se dice civilizada.

    Seguiremos difundiendo estas ideas. No importa cuántas veces nos denigren o nos acosen por no acomodarnos a narrativas políticas. Los derechos fundamentales vienen con nosotros mucho antes de que un puñado de mediocres llegue al poder. No hay crimen sin víctimas. Y no hay civilización si dejamos de repetirlo.

  • ICE, debido proceso y los límites del poder

    ICE, debido proceso y los límites del poder

    En estos días, Minnesota se ha vuelto un laboratorio constitucional en tiempo real. La muerte de Alex Pretti (37), un enfermero de cuidados intensivos, abatido por agentes federales (ICE), durante operativos vinculados a inmigración en Minneapolis, detonó protestas, litigios y un choque frontal entre la lógica de “seguridad operativa” y el núcleo de los derechos individuales.

    Según reconstrucciones periodísticas y material audiovisual citado en reportes, el hecho ocurrido el 24 de enero generó, casi de inmediato, un debate sobre la fuerza especial ICE, el uso de la fuerza, la preservación de evidencia y el respeto a procedimientos básicos cuando el Estado actúa “en la calle” con armas y autoridad.  En paralelo, el Estado de Minnesota impulsó acciones judiciales para asegurar preservación de pruebas y control institucional sobre la escena y la investigación, y un juez federal ordenó medidas para impedir que el Departamento de Seguridad Nacional destruyera o alterara evidencia relacionada con el caso.

    Desde una mirada libertaria—y, más aún, desde una mirada constitucional—la cuestión no es partidaria: es de límites. La Constitución estadounidense no concibe a la persona como “administrada”, sino como titular de derechos frente al poder. La Cuarta Enmienda no es un adorno: protege “a las personas… en sus personas, casas, papeles y efectos” contra “registros y aprehensiones irrazonables” y exige órdenes judiciales basadas en causa probable y con particularidad. En castellano llano: el Estado no puede salir “de pesca” (fishing expeditions), ni hacer redadas como método, ni reemplazar el estándar judicial por la intuición de un operativo.

    La Quinta Enmienda agrega el corazón del debido proceso: nadie debe ser privado de “vida, libertad o propiedad” sin due process of law.  Ese principio es precisamente lo que separa a una república de una maquinaria administrativa: el gobierno debe justificar su coerción ante reglas previas, revisables, y ante un juez independiente. Cuando la coerción se vuelve rutina, cuando se normaliza el “detener primero, explicar después”, como ocurre con el accionar de ICE, la ciudadanía deja de ser ciudadanía y pasa a ser tolerancia condicional.

    Los Padres Fundadores sabían que este conflicto era estructural. Madison lo escribió sin romanticismo: “If men were angels, no government would be necessary… y el gran problema es obligar al gobierno a controlarse a sí mismo.”  Eso es exactamente lo que está en juego cuando un operativo federal puede derivar en muerte, y luego en disputa por evidencia, narrativas oficiales y control del expediente.  No se trata solo de “un caso”: se trata de si los frenos institucionales funcionan cuando el Estado se mueve rápido, armado y bajo presión política.

    Una sociedad libre no mide su salud por lo bien que “se siente” la seguridad, sino por cuánto resiste el poder la tentación de atajos. Por eso, el debate abierto en Minnesota estos días es más grande que Minnesota: ¿prevalece la regla constitucional de orden judicial, causa probable y debido proceso, o la cultura de la redada y el hecho consumado? En esa respuesta—no en los comunicados—se ve si los derechos fundamentales son reales o meramente retóricos.

  • Irán: advertencia para quienes aún son libres

    Desde finales de 2025, Irán volvió a mostrar un patrón que se repite cuando el Estado concentra poder y anula libertades: una crisis económica que deriva en protesta social, y una respuesta gubernamental que prioriza el control antes que la reforma. Las protestas —según múltiples reportes— arrancaron a fines de diciembre de 2025 y escalaron durante la primera semana de enero, con un disparador visible: la devaluación, inflación y el deterioro del poder adquisitivo, que transformaron reclamos económicos en consignas abiertamente políticas.

    La reacción del régimen fue igual de reveladora. El jefe del poder judicial advirtió que no habría “clemencia” contra quienes apoyen el “desorden” o colaboren con “enemigos”, enmarcando la disidencia como traición y no como un derecho. En paralelo, hubo reportes de muertos y detenciones masivas. Esto importa para una mirada libertaria porque el eje, como siempre advertimos, no es “izquierda vs. derecha”, sino individuo vs. aparato: cuando el gobierno se reserva la facultad de definir qué pensamiento es aceptable, el ciudadano deja de ser sujeto de derechos y pasa a ser administrado.

    A esa olla a presión interna se le suma un frente externo que también tiende a endurecer al Estado. En el cierre de 2025, el conflicto alrededor del programa nuclear y la supervisión internacional siguió tenso: la Junta del OIEA/IAEA aprobó una resolución instando a Irán a cumplir salvaguardias, y hubo cruces por inspecciones y “condiciones” posteriores a ataques a instalaciones en 2025. La dinámica “amenaza externa → securitización interna” suele reforzar a los sectores más coercitivos: se expande la vigilancia, se criminaliza la protesta y se justifica la excepcionalidad permanente. Dicho simple: la política del miedo es el fertilizante del Leviatán.

    ¿Hay una ventana para recuperar derechos individuales?

    Sí, pero no por arte de magia ni por un “día de furia” que reemplace una élite por otra. Una perspectiva libertaria pone el foco en qué instituciones limitan el poder y qué prácticas devuelven agencia a las personas.

    1. El quiebre de la obediencia económica. Cuando bazares cierran, gremios informales paran, y redes comerciales se coordinan, el ciudadano deja de ser átomo aislado y pasa a ser actor. Este tipo de protesta, nacida del bolsillo, suele ser más transversal que la protesta identitaria: une a quien quiere rezar en paz, a quien no quiere rezar, a quien quiere estudiar, a quien sólo quiere que su salario no se derrita. Para el liberal clásico, esa transversalidad es oro: la libertad no se “concede”; se ejerce.

    2. El límite moral a la teocracia. La fusión entre religión y gobierno casi siempre termina mal, no porque la religión sea “el problema”, sino porque el poder político convierte la fe (que es íntima) en herramienta de disciplina. Cuando el Estado define virtud por decreto, la espiritualidad se vuelve policía y la política se vuelve dogma. En ese punto, el disidente ya no es un ciudadano: es un “hereje”, un “agente”, un “corruptor”. Esa lógica produce resultados pésimos: censura, castigo ejemplar, y una sociedad donde la hipocresía reemplaza a la convivencia.

    3. El riesgo trágico del cambio. Los procesos de liberación suelen traer violencia y sacrificio, y la mayoría de las veces pagan los inocentes. La historia lo muestra una y otra vez: cuando un régimen no reconoce derechos, empuja la disputa hacia el terreno más oscuro. Por eso, si uno aprecia la libertad de verdad, no debe romantizar la sangre. El objetivo razonable es reducir el costo humano: ampliar desobediencia civil, proteger redes de ayuda, documentar abusos, y sostener demandas claras (debido proceso, fin de detenciones arbitrarias, libertad de expresión y asociación). Incluso observadores que monitorean el ciclo de protestas señalan que el nivel de movilización es amplio y que la represión puede escalar.

    La lección para nuestros países

    Irán no es un caso aislado ni un territorio “exótico” en la historia de la opresión política: es un espejo peligroso de lo que ocurre cuando la combinación entre gobierno absoluto y autoridad religiosa tiene poder para dictar comportamientos privados y públicos. La historia contemporánea iraní ofrece un relato claro de la erosión de derechos básicos que, en otras épocas no tan lejanamente, existieron en un grado mayor.

    Antes de la Revolución Islámica de 1979, las grandes ciudades iraníes —especialmente Teherán— mostraban una sociedad relativamente abierta en el contexto regional. En muchos ámbitos urbanos, era común que las mujeres asistieran a la universidad, trabajaran fuera del hogar, vistieran ropa occidental moderna —incluso con faldas cortas — y participaran libremente en la vida pública. Ese era un patrón creciente de modernización social que coexistía con tradiciones culturales diversas. Aunque no se puede idealizar una historia compleja, la libertad de elección personal —en educación, empleo, vestimenta o estilos de vida— era notablemente mayor que la que vendría después.

    Con la instauración de la República Islámica bajo el liderazgo del ayatollah Jomeini, el Estado adoptó una doctrina donde la moral religiosa pasó a ser política de Estado. El velo obligatorio, la segregación por género en ciertas áreas, y el control sobre la conducta social se transformaron de normas culturales a imposiciones coercitivas. Ese cambio no fue gradual y voluntario; fue legal, sancionado y aplicado con fuerza coercitiva, incluso con la policía de la moral encargada de supervisar el cumplimiento de códigos de vestimenta y comportamiento.

    Un caso que marcó profundamente esa dinámica —y que debería ser una advertencia para cualquier país que no valore la libertad individual— fue el de Mahsa Jina Amini, una joven iraní de 22 años. En septiembre de 2022, Amini fue detenida por la llamada “policía de la moral” en Teherán por supuestamente no llevar el hiyab (velo) “correctamente”. Testigos indicaron que fue golpeada durante la detención y murió tres días después bajo custodia policial. Su muerte desencadenó protestas masivas en todo el país bajo el lema “Mujer, Vida, Libertad” exigendo justicia y el fin de las leyes autoritarias de vestimenta. La represión de esas protestas resultó en cientos de muertos y miles de arrestos, y fue condenada como un uso excesivo de la fuerza por observadores internacionales.

    Casos como el de Amini (y de otras manifestantes, como Hadis Najafi y Asra Panahi, también asesinadas durante las protestas) se convirtieron en símbolos de la resistencia popular ante un Estado que pretende imponer un ideal moral por la fuerza.

    Lo que estos hechos enseñan es que la libertad no puede darse por sentada. Donde el gobierno tiene prerrogativas para decidir cómo debe vestir una mujer, qué puede decir o qué comportamientos son aceptables, el espacio de autonomía individual se reduce como una piel que se contrae. La consecuencia habitual —no extraordinaria— es que las protestas y movimientos civiles emergen, exigiendo derechos que se creían básicos, y cuando el aparato estatal responde con violencia, estas demandas se radicalizan. El resultado es sangre, sacrificios y una generación marcada por la experiencia de represión.

    La advertencia para nuestros países es clara: cuando se empieza a normalizar que el Estado tenga autoridad sobre decisiones íntimas (vestimenta, moral, expresión), se abre la puerta a la erosión de libertades que se creían firmes. Aunque las razones para ello se presenten como “seguridad”, “moral” o “bien común”, la historia muestra que el resultado más común es la ampliación del poder coercitivo del Estado a expensas de la autonomía individual. Ese proceso rara vez se detiene una vez iniciado, y revertirlo implica costos humanos, sociales y culturales elevados.

    Si hay una lección política y ética que el caso iraní ofrece a los pueblos de todo el mundo es una llamada de atención: proteger la libertad individual es una responsabilidad activa, no una garantía automática. Cuando se defiende la facultad de elegir, de pensar distinto, de vestir como uno elige, se defiende el fundamento de una sociedad abierta; cuando se permite que el Estado invada esas esferas personales, el camino hacia la opresión ya ha comenzado.