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  • La Gobernanza Predatoria

    La Gobernanza Predatoria

    En los debates diarios sobre las políticas públicas en Panamá, es común escuchar llamados a una “mejor gobernanza”. Pocas palabras se usan con tanta frecuencia y se comprenden tan poco. La gobernanza no es simplemente otro nombre para las acciones del gobierno. Mientras que la gobernanza —el conjunto de mecanismos que permiten a los seres humanos coordinar su vida social y resolver pacíficamente sus conflictos— ha existido desde que las personas comenzaron a vivir juntas, el Estado moderno es una invención histórica relativamente reciente.

    Lejos de ser una simple continuación de formas antiguas de autoridad, el Estado, como explica Agustín Toptschij, se define por su reclamo de soberanía: se posiciona como la fuente última del derecho, sin reconocer ninguna autoridad superior. Esta autonomía institucional, más que cualquier política concreta, le otorga una lógica predatoria. Poco a poco, tiende a absorber o subordinar otras instituciones —la familia, la empresa privada, la educación, agua, transporte, energía, otras más y hasta la alimentación. También las asociaciones civiles y las tradiciones locales— bajo la justificación del “bien común”.

    En Panamá, un país bendecido con ventajas geográficas y una economía dolarizada que ya demuestra los beneficios de limitar la soberanía monetaria, esta distinción resulta especialmente relevante. No tenemos que elegir entre orden y libertad. Necesitamos recuperar las ricas posibilidades de la gobernanza que no dependen de la expansión permanente de la jurisdicción del Estado.

    Esta lógica predatoria no es, necesariamente, fruto de la mala intención de gobernantes individuales, sino de la naturaleza misma del Estado soberano moderno. Al declararse fuente última del derecho, tiende inevitablemente a expandir su jurisdicción. Cada problema social —la inseguridad, la educación deficiente, los desequilibrios económicos— se convierte en pretexto para absorber más funciones que antes eran gestionadas por la sociedad civil, las familias o el mercado.

    En Panamá vemos este fenómeno con claridad. La dolarización ha sido un poderoso límite a la soberanía monetaria y nos ha dado mayor estabilidad que muchos países vecinos. Pero, en general observamos la tendencia expansiva: regulaciones que complican la vida de la pequeña y mediana empresa, un sistema de pensiones que genera inquietud sobre su sostenibilidad, y una burocracia que crece mientras la confianza en las instituciones públicas disminuye. No se trata solo de “mal gobierno”. Se trata de un modelo que concentra poder y debilita la sociedad.

    Frente a esto, es necesario recuperar las posibilidades de una gobernanza que no dependa de la expansión permanente e indecente de los entes en que se han convertido nuestros gobiernos estatales. La historia y la experiencia contemporánea ofrecen ejemplos esperanzadores:

    1. En el ámbito económico: La dolarización misma es un gran ejemplo de gobernanza sin soberanía monetaria plena. De igual forma, la competencia entre jurisdicciones (como los regímenes especiales en zonas francas o el hub logístico) demuestra que la apertura y la competencia reguladora pueden generar mejores resultados que la planificación central.
    2. En seguridad: Donde la policía estatal enfrenta limitaciones, la seguridad privada, los sistemas de vigilancia comunitaria y las tecnologías de prevención han mostrado eficacia. El reto es regularlos sin ahogarlos.
    3. En educación y bienestar: Familias, iglesias, fundaciones y empresas ya demuestran capacidad de ofrecer servicios de calidad. En lugar de estatizarlos, deberíamos facilitar su expansión mediante vales, desregulación y mayor libertad de elección.
    4. En resolución de conflictos: La arbitración comercial y los mecanismos privados de solución de disputas suelen ser más rápidos y menos costosos que los tribunales estatales saturados.

    La verdadera cuestión no está en tener más “Estado” y sus gobiernos en nuestras vidas, pues hay mejores formas. Un orden basado en la soberanía ilimitada del aparato estatal o uno construido sobre múltiples centros de autoridad y responsabilidad personal.

    Panamá, por su historia y posición estratégica, tiene una oportunidad única para liderar un modelo de gobernanza más humilde y eficaz. Reducir la voracidad del Estado no significa caos, sino liberar el enorme potencial creativo y cooperativo de la sociedad. Es hora de pasar de la gobernanza estatista a una gobernanza verdaderamente social.

  • La naturaleza de la bestia gubernamental

    Nos dice la Wikipedia que el estado profundo (“deep state”) es aquella gobernanza compuesta por redes potencialmente secretas y que, sin la debida autorización, operan independientemente del liderazgo oficial estatal; y que dichas redes persiguen agendas y fines propios, a las cuales también se les apoda de “gobiernos-sombra” (“shadow governments”) o estado dentro del estado. Sin embargo, habiendo yo trabajado 14 años en funciones gubernamentales, en las cuales dirigí, con rango de autoridad, dos veces una institución estatal, formé otra visión de lo que es el estado profundo o, como preferiblemente suelo llamarle el “gobierno profundo”.

    La definición de la Wikipedia tiende a sugerir que se trata de algo así como una red de conspiración; pero yo lo veo de otra forma. Veo al gobierno profundo como el resultado propio y natural del ejercicio del poder centralizado; realidad que es imperativo conocer y controlar para evitar el mal rumbo que llevamos. Que no se trata solamente de corrupción y conspiración sino de la realidad de las flaquezas humanas que se traducen en aprovecharse del puesto de poder. Pero, también entra en juego la inmensa dificultad de lidiar con una inmensa organización gubernamental centralizada pero disgregada en dónde cada órgano se centra en sus objetivos; o, lo que cree que son sus objetivos, sin la debida coordinación con los demás órganos estatales y sin la debida atención a los límites constitucionales.

    Pero, aún más allá y mucho más insidioso, hay otros factores sociales que también inciden en la formación o deformación del ente gubernativo; vale decir, hablo de aquellas culturas de la población que se han acostumbrado a la gobernanza corrupta y corrompedora. Que, es de esta realidad cultural de dónde se forman los partidos políticos, que luego quedarán encargados de gobernar; no con apego a los mejores intereses de la población sino del partido o peor, de las cúpulas del partido.

    Y más insidioso aún es el que no sólo sean las clases populares las que prohíjan la desordenada gobernanza sino que la patología hace metástasis al resto del organismo de la nación. He trabajado o lidiado con diversas organizaciones empresariales y sindicales en las cuales he sido testigo de los males que saco a relucir. Por ejemplo, a un consejo empresarial que se vende a bastardos intereses del poder central. O sindicatos dominados por espurios intereses ideológicos que quedan por encima del bienestar de sus asociados y de la comunidad. En resumen, el problema es mucho mayor e insidioso.

    Tomemos el caso del llamado MEDUCA, con sus 65,000 funcionarios, al cual “le” asignamos educar a nuestros hijos y que, supuestamente, debía regirse con apego a los fundamentos constitucionales de libertad de pensamiento, tránsito, propiedad y tal. ¿Es eso lo que promueve al MEDUCA? ¿Quién realmente manda en el MEDUCA? ¿Cuánto del poder y decisión lo ejercen los sindicatos y los intereses económicos mezquinos? En fin, el poder central le sustrae la savia económica a la población para darles a cambio un producto inservible.

    En conclusión, no estamos hablando de conspiraciones sino de lo que ocurre abiertamente ante nuestras narices, a ciencia y paciencia de todos. Pero, como bien en su momento señalara Bastiat: es la ley puesta al servicio de los inescrupulosos para proteger a los pillos de los probos. Para castigar a quienes osan advertir que el rey va desnudo en la procesión y aún así todos lo aclaman diciendo: “Robó pero dio”. No estamos hablando de una democracia sino de algo mucho más siniestro y peligroso.