Etiqueta: libertad

  • La ilusión de libertad en internet: 8 maneras en las que la red moldea nuestras decisiones

    La ilusión de libertad en internet: 8 maneras en las que la red moldea nuestras decisiones

    Nos gusta pensar que decidimos por nosotros mismos. Que elegimos qué ver, qué comprar, qué opinar. Que somos, en última instancia, sujetos autónomos navegando en un espacio abierto de posibilidades. Pero esa imagen empieza a resquebrajarse cuando observamos con más detenimiento cómo funcionan los entornos digitales en los que pasamos buena parte de nuestra vida cotidiana.

    La sociología lleva tiempo recordándonos que la libertad nunca opera en el vacío. Como planteó el sociólogo francés Pierre Bourdieu, nuestras decisiones están siempre orientadas por estructuras previas que delimitan lo que percibimos como posible. Hoy, esas estructuras no solo son sociales: son también algorítmicas.

    Internet no nos quita la capacidad de decidir, sino que hace algo más sofisticado: configura el marco dentro del cual decidimos.

    1. Elegimos lo que vemos, pero no lo que aparece

    Cuando abrimos una red social o hacemos una búsqueda, no accedemos a “todo lo que hay”, sino a una selección previa. Un filtro invisible ha decidido antes qué merece nuestra atención. No sentimos que eso limite nuestra libertad porque seguimos eligiendo, pero lo hacemos dentro de un menú ya configurado.

    Ahí es donde el poder se vuelve sutil, casi imperceptible. Como sugería Michel Foucault, no hace falta imponer conductas si se puede organizar el campo de lo posible.

    2. Creemos que algo es importante porque nos lo ponen delante muchas veces

    Hay temas que parecen inevitables. Están en todas partes: en titulares, en vídeos, en conversaciones digitales. Poco a poco, empiezan a ocupar más espacio en nuestra mente. No es casualidad, sino el resultado de procesos de selección que deciden qué circula y qué queda relegado.

    Como explicaba Niklas Luhmann, los sistemas sociales funcionan reduciendo complejidad. Internet lo hace simplificando el mundo hasta convertirlo en aquello que aparece en pantalla.

    Lo que no aparece simplemente deja de existir para nosotros.

    3. Formamos opiniones en entornos que ya están inclinados

    Muchas veces creemos que nuestras opiniones son el resultado de una reflexión personal. Pero lo cierto es que solemos construirlas en espacios donde ciertas ideas ya están reforzadas.

    Leemos, escuchamos y vemos contenidos que apuntan en direcciones similares. Con el tiempo, eso genera la sensación de que “todo el mundo piensa así”.

    Eso es hegemonía en el sentido que le confería el intelectual y filósofo italiano Antonio Gramsci: no hace falta obligar a nadie a pensar algo si se logra que determinadas ideas parezcan las más razonables, las más evidentes, las más normales.

    4. Sentimos de determinada manera porque el entorno nos empuja a ello

    Internet no solo organiza información: también organiza emociones.

    Hay contenidos que circulan más porque generan indignación; otros porque producen miedo; y otros porque refuerzan identidades o pertenencias. Sin darnos cuenta, nos movemos emocionalmente dentro de esos marcos. Nos indignamos cuando toca indignarse, nos alarmamos cuando toca alarmarse, e internet lo sabe porque conoce nuestros gustos.

    En términos de la profesora de Sociología estadounidense Arlie Russell Hochschild, podríamos decir que hay una especie de “guía emocional” implícita que orienta cómo debemos sentir en cada momento.

    5. Compramos lo que creemos querer pero ese deseo ya estaba anticipado

    Las recomendaciones parecen adaptarse a nuestros gustos. Y en parte lo hacen, pero también los modelan. Después de ver ciertas cosas, empezamos a interesarnos por otras similares. Poco a poco, nuestras preferencias se vuelven más previsibles… y más dirigidas.

    Aquí se cumple, en versión digital, una intuición clásica de Karl Marx: el sistema no solo responde a necesidades, también las produce.

    No solo elegimos lo que queremos. Terminamos queriendo lo que aparece disponible.

    6. Pensamos rápido, pero cada vez pensamos menos en profundidad

    La lógica de internet premia la velocidad. Respuestas rápidas, contenidos breves, explicaciones simples. Eso facilita el acceso, pero tiene un coste: la pérdida de matiz, de duda, de elaboración.

    Como advertía el sociólogo y filósofo estadounidense Herbert Marcuse, el riesgo de una sociedad altamente funcional es la reducción del pensamiento a una sola dimensión: lo inmediato, lo útil, lo evidente. Pensar despacio empieza a parecer un lujo innecesario.

    7. Hablamos como la plataforma permite que hablemos

    No solo cambia lo que decimos, sino cómo lo decimos.

    Los formatos digitales –memes, hashtags, frases cortas– condicionan el tipo de lenguaje que utilizamos. Y, con ello, el tipo de ideas que podemos expresar.

    Porque, como señalaba Ludwig Wittgenstein, los límites del lenguaje son también los límites del pensamiento.

    Si el lenguaje se estrecha, también lo hace nuestra capacidad de imaginar otras formas de ver el mundo.

    8. Y, lo más importante: todo esto nos parece completamente normal

    Quizá lo más inquietante no es ninguna de las formas anteriores por separado, sino el hecho de que todas ellas han dejado de resultarnos problemáticas.

    No sentimos que algo nos esté condicionando, ni percibimos pérdida de autonomía, ni detectamos imposición. Simplemente, vivimos así.

    Eso es lo que los filósofos Theodor W. Adorno y Max Horkheimer identificaron como una de las formas más eficaces de dominación: aquella que no se reconoce como tal.

    Una pregunta final difícil de esquivar

    Si todo lo que ve, lo que le interesa, lo que le emociona, lo que desea –e incluso la forma en que lo nombra– ocurre dentro de entornos previamente organizados por otros, ¿qué parte de su vida seguiría siendo reconocible como “suya” si, de pronto, quedara fuera de esos entornos?

    Y, aún más inquietante: si no puede responder con claridad ¿sigue decidiendo o simplemente está habitando decisiones que alguien (o algo) ya tomó por usted?

    Puede llevarse esta pregunta a la cama. Pero, cuidado: hay preguntas que, una vez pensadas, ya no nos devuelven la misma vida. Porque algunas preguntas funcionan como aquella pastilla roja de Matrix: no nos dan respuestas, nos obligan a ver lo que ya no podemos dejar de ver.

    Víctor Hugo Pérez Gallo, Assistant lecturer, Universidad de Zaragoza

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Bitcoin a 50.000 dólares: ¿análisis técnico o profecía interesada?

    Bitcoin a 50.000 dólares: ¿análisis técnico o profecía interesada?

    Un artículo de Cointelegraph plantea una hipótesis inquietante: si bitcoin no logra recuperar la zona de los 84.000 dólares y, en particular, su media móvil de 200 días, podría reabrirse el camino hacia los 50.000 dólares. La tesis es técnicamente defendible: en ciclos bajistas anteriores, perder y luego fallar en recuperar esa media funcionó como confirmación de debilidad estructural. Hoy BTC ronda los 81.000 dólares, por debajo de esa zona crítica.

    Pero conviene no confundir un nivel técnico con una sentencia. El análisis citado por Cointelegraph depende de una analogía con 2022: entonces, bitcoin no pudo recuperar la media de 200 días y terminó marcando nuevos mínimos. El problema es que el mercado de 2026 no es exactamente el de 2022. Hoy hay ETFs, mayor participación institucional, mesas reguladas, derivados más profundos y empresas que acumulan bitcoin como activo de tesorería. Eso no elimina el riesgo bajista; lo transforma.

    De hecho, abril de 2026 cerró con una subida superior al 12%, el mejor mes de bitcoin en un año, apoyado por una mejora en los flujos hacia ETFs tras varios meses de salidas. Cinco Días informó entradas netas cercanas a 2.500 millones de dólares en abril, aunque también señaló que bitcoin seguía bastante por debajo de su máximo de octubre.

    La lectura bajista, entonces, tiene sentido si se mira solo el gráfico: 84.000 dólares es una frontera psicológica y técnica. Barron’s también ubicó la resistencia en la zona de 81.000-83.000 dólares, con la media de 200 días cerca de 83.863, como umbral para mejorar la perspectiva de medio plazo.

    Sin embargo, el mercado no se mueve únicamente por medias móviles. Reuters reportó que Strategy, la firma asociada a Michael Saylor, sufrió una fuerte pérdida trimestral por la caída de bitcoin, en un contexto de cautela por valoraciones de IA, política monetaria incierta de la Fed y tensiones geopolíticas. Pero el mismo reporte también subrayó que grandes instituciones financieras siguen expandiéndose hacia ETFs y servicios vinculados a bitcoin.

    Ahí está la contradicción central: el gráfico dice “cuidado”; la estructura de mercado dice “esto ya no es solo un casino minorista”. Bitcoin puede caer a 50.000 dólares, claro. Sería una corrección dura, pero no absurda. Lo discutible es presentarlo como destino casi inevitable si falla una sola resistencia.

    En nuestra opinión, el artículo acierta al señalar que 84.000 dólares es una zona decisiva, pero exagera el dramatismo al convertirla en un plebiscito entre bull market y colapso. Bitcoin está en una fase de prueba, no necesariamente de capitulación. Si rompe y sostiene 84.000, el relato bajista pierde fuerza. Si falla y además pierde la zona de 76.000-78.000, entonces sí: los 60.000 primero y los 50.000 después vuelven al tablero.

    Pero hay algo más que suele quedar fuera de estos análisis: bitcoin no nació como un activo para ser evaluado por mesas de riesgo ni como un instrumento para maximizar retornos en carteras institucionales. Fue concebido como una moneda nativa de internet, resistente a la censura, ajena a la discrecionalidad de bancos centrales y gobiernos. No como una promesa de enriquecimiento, sino como una herramienta de autonomía.

    Por eso, más allá de si toca los 84.000 o vuelve a los 50.000, hay una dimensión que no aparece en los gráficos: su capacidad de funcionar fuera del sistema. Los analistas pueden debatir soportes y resistencias; los fondos, ajustar exposición; los reguladores, intentar encuadrarlo. Pero mientras exista como red abierta, utilizable sin permiso, bitcoin seguirá representando algo más incómodo que una simple inversión.

    Quizás la conclusión más honesta no sea elegir entre alcistas y bajistas, sino recordar que el precio es solo una capa de la historia. Porque, incluso en medio de la volatilidad, la idea original —una forma de dinero que no depende de nadie— sigue ahí. Y para muchos de nosotros, eso sigue siendo razón suficiente no solo para observarlo, sino para usarlo.

  • El libro, ese acto de libertad

    El libro, ese acto de libertad


    El mundo huele a papel y a tinta. En las Ramblas de Barcelona, los puestos de libros y rosas compiten con la primavera. En Madrid, en Buenos Aires, en Ciudad de México, en Bogotá —y en más de cien países— millones de personas celebran el Día Mundial del Libro. La UNESCO eligió esta fecha en 1995 porque en torno al 23 de abril de 1616 fallecieron Cervantes, Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega, tres voces que, desde rincones distintos del planeta, hablaron del mismo asunto: la condición humana y su insaciable necesidad de sentido.

    No está de más recordar que la idea original de esta celebración partió de Cataluña, del escritor valenciano Vicente Clavel Andrés, que la propuso a la Cámara Oficial del Libro de Barcelona en 1923 y fue aprobada por el rey Alfonso XIII en 1926. España, cuna del Quijote, como corresponde.

    Y El Quijote merece un momento aparte. Don Alonso Quijano era, antes que nada, un lector. Un lector tan apasionado que los libros le cambiaron la vida —aunque Cervantes lo presentara como advertencia, la posteridad lo leyó como elogio. Hay en ese personaje una lección profundamente liberal: un hombre que, frente al mundo que le imponían su aldea, su época y su clase, decidió reescribir su propia historia. Se inventó a sí mismo. Eligió quién quería ser. Fracasó en los molinos, claro, pero nadie que haya leído con honestidad el libro puede negar que algo en él admira esa obstinada voluntad de no resignarse a lo dado.

    Eso es, en el fondo, lo que hace un libro: ensancha el territorio de lo posible. Cada página es una frontera que se abre. Cada historia ajena que habitamos —aunque sea por unas horas— nos devuelve a nuestra propia vida con ojos distintos. La lectura es, en ese sentido, el ejercicio de libertad más democrático que existe: no requiere capital, no exige linaje, no discrimina por origen. Solo pide tiempo y voluntad.

    Una mirada liberal no puede sino celebrar el libro como institución. No el libro impuesto, ni el libro oficial, ni el libro quemado en ninguna plaza pública de ninguna época —y han sido demasiadas—. El libro elegido. El que uno busca porque algo le inquieta, porque una pregunta no le deja en paz, porque necesita comprender el mundo o escapar de él durante un rato. La libertad de leer lo que uno quiera es, al mismo tiempo, una libertad civil y una aventura íntima.

    Este año, la Capital Mundial del Libro elegida por la UNESCO es Rabat, capital de Marruecos, una ciudad que es encrucijada de culturas, de lenguas, de herencias. Un ejemplo de que la cultura escrita no tiene pasaporte, y de que los libros han sido siempre los mejores diplomáticos: viajan sin visado y cruzan fronteras que los políticos cierran.

    En un tiempo en que los algoritmos nos ofrecen contenido ya masticado, en que la atención se fragmenta en píxeles y el pensamiento se mide en segundos, leer un libro largo sigue siendo un acto casi subversivo. Requiere paciencia. Exige entregarse. Nos pide que apaguemos el ruido y nos sentemos con alguien —el autor— que tiene algo que decirnos y que se tomó la molestia de escribirlo bien.

    Cervantes dedicó su vida entera a ese esfuerzo. Perdió la mano izquierda en Lepanto y, décadas después, encontró la inmortalidad en una imprenta de Madrid. Hoy, cuatro siglos más tarde, Don Quijote sigue cabalgando. No hay algoritmo que haya logrado eso todavía.

    Feliz Día del Libro. Lean lo que quieran, lean sin culpa, lean con placer. Y si no saben por dónde empezar, siempre queda un caballero de La Mancha dispuesto a recibirles.

  • Viernes Santo

    Viernes Santo

    Viernes Santo, incluso quien no es creyente, puede detenerse un momento ante un hecho humano.

    Más allá de la fe, de la liturgia y del dogma, la historia no trata a Jesús como una invención. Lo reconoce, con algunas observaciones, como a un hombre real: alguien que vivió, habló, reunió seguidores, incomodó al poder y terminó ejecutado por el Imperio. No hace falta creer para entender el contexto: un disidente, vuelto peligroso por su palabra, aplastado por el orden establecido. ¿Suena familiar?

    Y cuando decimos “ejecutado”, no hablamos de una muerte abstracta. Hablamos del aparato romano del castigo. La crucifixión.

    Primero, la flagelación. El instrumento no era un simple látigo: era el flagrum, varias correas de cuero con incrustaciones de metal y hueso. Cada golpe no solo hería: desgarraba. Las bolas de plomo hundían la carne; los fragmentos afilados la arrancaban. La piel cedía primero, luego el tejido, luego el músculo. No había límite de golpes. La intención no era solo castigar, sino llevar al cuerpo al borde del colapso sin permitirle morir aún. Una crueldad que nos trae náuseas mientras las describimos.

    Después, la humillación. Un manto, una caña, golpes en la cabeza. Y una corona de espinas trenzadas y presionadas sobre el cráneo, una burla cruel que punzaba, abría la piel y convertía el dolor en espectáculo. Porque sí, una inmensa masa lo contemplaba no sin cierto deleite, aunque nos parezca increíble.

    Luego, el camino. El condenado cargando el madero, debilitado, sangrando, cayendo. Y finalmente la cruz romana: un método no solo para matar, sino para exhibir. El cuerpo fijado, elevado en lo más alto, expuesto. La muerte no llegaba de inmediato, sino lentamente, entre asfixia, agotamiento y pérdida de sangre. Era una ejecución pensada para quebrar no solo al hombre, sino a cualquiera que lo mirara. El garrote legal de nuestro tiempo para cualquiera que se atreva y enfrente el poder, de ahí la idea de la exposición aleccionadora.

    Por eso, incluso desde una posición secular, el Viernes Santo nos dice algo. Tal vez Jesús no murió “por nosotros” en el sentido religioso. Pero sí murió por sostener una palabra que desordenaba el mundo de su época; por decir algo distinto de lo permitido; por encarnar una idea que el poder consideró intolerable. Por ser un disidente desafiando al orden establecido con el sólo poder de las ideas, de la palabra.

    Y eso sí nos abarca a todos.

    Porque el mecanismo no ha cambiado tanto. Ya no tenemos látigos ni cruces. Ahora tenemos otras formas, más limpias, más aceptables, de castigar al disidente: desacreditarlo, aislarlo, ridiculizarlo, expulsarlo. La violencia se ha refinado pero el impulso de censura es el mismo. El poder sigue reaccionando ante quien incomoda.

    Recordar hoy a Jesús, incluso sin fe, es recordar a quienes han sido castigados por decir algo distinto, por señalar una injusticia, por negarse a obedecer lo establecido.

    Consideramos que Viernes Santo puede conmemorarse no solo como el recuerdo y luto de una pasión sagrada, sino como la memoria de un hombre al que el poder llevó hasta el extremo de la crueldad y la maldad porque sus ideas resultaban peligrosas.

    Y si algo exige este día, incluso para quienes no creen, es una toma de posición.

    Porque la historia no solo recuerda a quien fue llevado a la cruz, también recuerda a quienes lo permitieron.

    A Poncio Pilato, que se lavó las manos. A Herodes Antipas, que convirtió el dolor y la crueldad en espectáculo. A la muchedumbre, que miró, se acostumbró y siguió adelante.

    Y ese guion no ha desaparecido. Hoy ya no hay cruces en las plazas, pero sigue existiendo el poder que castiga al que incomoda, y multitudes que aplauden, callan o miran hacia otro lado.

    Por eso, si algo significa ser libres, de verdad libres, es decidir de qué lado estamos cuando alguien es señalado, castigado o silenciado por pensar distinto.

    No seremos Pilato. No nos lavaremos las manos frente a la injusticia. No confundiremos prudencia con cobardía.

    Y tampoco dejaremos de nombrar a los Herodes de nuestro tiempo, aunque muchos sigan aplaudiendo y celebrando la destrucción de quien incomoda, reducido ya a la indefensión frente a la omnipotencia del Estado.

    Porque cada época tiene su cruz, cada poder sus métodos, y cada sociedad su momento de decidir si repite la historia o finalmente aprende de ella.

  • Guerra en nombre de la libertad

    Guerra en nombre de la libertad

    Para poder estar a favor o en contra de una guerra, deberíamos quitarle el sesgo político y eso es imposible, desde que la decisión de incursionar o no en una guerra depende del gobierno de turno que –en sociedades democráticas- ha surgido de la elección popular. Un mecanismo para legitimar decisiones centralizadas, con las múltiples fallas demostradas ampliamente por James Buchanan, Gordon Tullock y la Escuela de Public Choice. ¿Qué tan cierta es la revelación de preferencias de los votantes? Es decir, ¿qué tan cierto es que una sociedad que declara la guerra, ataques o incursiones militares de cualquier tipo sobre otras naciones realmente prefiere esa acción? En definitiva, la guerra se apoya en una eventual decisión de la mayoría, pero toda una nación debe soportar el accionar circunstancial de un grupo de personas en el poder.

    Esto nos refuerza la idea que sostenemos siempre: la única y verdadera “salvación” es siempre individual. Lo que bajo ningún concepto significa lo mismo que “aislada”. Los individuos sólo pueden progresar y desarrollarse en marcos sociales en los que la cooperación entre ellos supere a la confrontación. Por lo que la defensa de nuestros derechos fundamentales sólo puede darse en un marco en el que el individuo predomina por sobre el gobierno.

    Lamentablemente, la historia se nutre de colectivismos, especialmente después de la 2da guerra Mundial, cuando se establecieron mecanismos de derecho internacional para prevenir otra guerra, que a la postre, no han servido para nada y más bien han sido cooptados por los distintos gobiernos coyunturales. De hecho, el derecho internacional no puede aspirar a ser más que una declaración de principios y valores, en la medida en la que no es posible su ejecutoriedad o enforcement. Aún así, con el paso de los años el derecho internacional ha sido pisoteado, desatendido y cada vez más desprestigiado, normalizando las sucesivas violaciones a sus preceptos, tales como las invasiones a otros países o la interferencia en asuntos internos.

    Entonces, ¿cómo argumentar opiniones en un mundo en el que el ideario liberal no tiene cabida? Porque entendemos el sufrimiento y el horror que padecen las personas viviendo bajo dictaduras y teocracias, pero sostenemos que la salida de esos regímenes sólo puede darse como producto de la evolución y de las instituciones que –como producto del orden espontáneo- llevan a sus ciudadanos a preferir abandonar esquemas tribales, y abrazar la vida en sociedades abiertas y pacíficas

    Y por más doloroso que resulte , sólo esas sociedades pueden alcanzar la libertad, y organizar sistemas de gobierno que entorpezcan la acumulación y centralización del poder, y se guíen por reglas sostenidas en el tiempo, e independientes de las figuras humanas que tengan sobre sus hombros la tarea de liderar esas naciones. Lo que –indiscutiblemente- depende de la oferta política de sus líderes, y las preferencias de los electores.

    Desde una óptica colectivista, la situación atroz que viven las mujeres, los homosexuales y otras minorías bajo teocracias violentas se explican, precisamente, por ignorar por completo a cada uno de los individuos que conforman esos colectivos, decidiendo sobre su vida y su futuro en base a esa pertencencia. Algo diametralmente opuesto a lo que sostiene la filosofía liberal, que se sostiene en base al individualismo metodológico.

    Lamentablemente el colectivismo (en distintos grados) es lo que impera hoy en el mundo, por lo que una intervención militar o una declaración de guerra puede presentarse como honesta, ética y solidaria, y consigue el aplauso de algunos sectores voluntaristas que realmente creen que es el camino más idóneo para la liberación de esos oprimidos pueblos.

    Pero la historia también nos enseña que este tipo de intervenciones atroces no sólo jamás han logrado su objetivo liberalizante, ni siquiera mejorar lo que existía previamente, sino que han servido como medio para alcanzar fines espurios de poder o de riqueza a quienes tuvieron en sus manos la posibilidad de concretar esas decisiones. Experiencias como la de Estados Unidos en sus incursiones militares en Irak y Afghanistan incluso han empeorado las condiciones en muchos casos, sirviendo de incentivo y motivación para la gestación y el criminal accionar de nuevos grupos terroristas, cada vez más sanguinarios.

    Resulta evidente que los intereses de Israel sobre la situación en Irán van más allá de una merca cuestión política, en tanto su supervivencia como país depende de ello. Pero no esa interpretación en absoluto puede extenderse a los Estados Unidos, en tanto su supervivencia no está en juego, ni su seguridad nacional puede justificar la matanza de cientos –si no miles- de personas. Máxime cuando ese país se encontraba en negociaciones diplomáticas (es decir, acordes al derecho internacional y mecanismo con resultados probadamente más eficientes que la guerra) con Irán.

    Indiscutiblemente que una incursión bélica como la de Estados Unidos e Israel sobre Irán no puede compararse, siquiera, con la asistencia o ayuda que un país esté dispuesto a brindar a otro, por los motivos que sean; máxime si esa ayuda se hace a un país que ha sido ilegítimamente invadido por otro, como el caso de la invasión Rusa a Ucrania, en abierta violación al derecho internacional.

    En ese estado de cosas, España está liderada por un presidente nefasto para los intereses del país, quien ha arrinconado los derechos fundamentales de sus habitantes, comenzando por las afectaciones a los derechos a la propiedad privada, y causando un estado de cosas que de no existir la autonomía de cada comunidad, la concentración de poder y la centralización de las decisiones seguramente darían resultados mucho peores.

    Pedro Sánchez es un presidente que se sostiene en base a mentiras; que no rinde cuentas; que no se atiene a los límites impuestos –fácticmente- por un presupuesto, y que lleva en su conciencia (si es que la tiene) la muerte de casi 50 muertos producto de la pésima administración de las vías ferroviarias Españolas.

    Dicho esto, hasta un reloj dañado da correctamente la hora dos veces al día. Y es propio de liberales como nosotras alejarnos de cualquier dogmatismo que impida ver la realidad con la mayor amplitud de criterios posible. Indiscutiblemente que el gobierno de Pedro Sánchez es patético en términos éticos y de eficiencia, pero cuando sugiere que el ataque de Estados Unidos a Irán responde al inmoral interés particular de Donald Trump, acosado por problemas reales como su implicancia en el caso Epstein, por ejemplo, Sánchez tiene razón.

    La escalada armamentística iniciada por Estados Unidos e Israel es apenas un reflejo de la personalidad matona, soberbia y belicosa de un individuo como Donald Trump, en el que su falta de conciencia (individual y cívica) le permite llegar a extremos a los que ningún otro presidente de ese país ha llegado antes. La paz del mundo depende, en gran medida, de un puñado de individuos con el poder concentrado y suficiente para involucrar a siete mil millones de personas en un estado de cosas en un mundo prehistórico, en el que la ley del más fuerte sea la que se imponga.

    Frente a la posición de Sánchez, el resto de los países europeos se alejan de España no porque sean afines a los intereses de Donald Trump (nótese que, intencionalmente, no decimos Estados Unidos), sino porque Pedro Sánchez ha dado sobradas muestras de ser una persona sin escrúpulos, ocupando una posición de por sí cuestionable, y quien ejerce un liderazgo populista, absolutamente capáz de traicionar a sus socios europeos con tal de no perder su apoyo local y verse obligado a abandonar el poder.

    Es importante comprender que el alejamiento del resto de Europa no significa que esos países celebren o aplaudan las incursiones decididas por Donald Trump, ni que adelanten su absoluta concordancia con las decisiones que Trump tome en el futuro. Por el contrario, los países europeos (que no sean España) están dispuestos a defender los intereses europeos, y responder si sus bases en Medio Oriente o incluso en Chipre son atacadas, tal como ya ha sucedido. Esta postura está siendo liderada por Emannuel Macron, en tanto la posición de España es rechazada por los restantes miembros de la Unión Europea, por ninguna otra razón que el rechazo a los comportamientos desleales para con la región sostenidamente mantenidos por Pedro Sánchez; y no así por su declamada oposición a Trump y a los Estados Unidos. Pero es imperativo descartar la idea de una Europa boba, sometida y sojuzgada a las políticas bélicas de Donald Trump. Una Europa más parecida a la figura del bufón, o del servilismo a los Estados Unidos como la demostrada ininterrumpidamente por Javier Milei.

    Reiteramos, intentar opinar como liberales en un mundo que se rige por reglas colectivistas, es imposible sin apelar al clásico “no a la guerra”. La guerra es destrucción, comenzando por la vida, jamás estaremos a favor de ella, pero en los elementos actuales, defenderse como país ante la agresión, lo entendemos y apoyamos. Apoyar a otros países en el ataque a un tercero, aun bajo la cláusula de la disuasión o prevención, o incluso liberación, no nos encontrará de ese lado, a pesar del horror que nos cuesta plantearnos esta última situación, porque la liberación comienza por uno mismo y no esperando a un líder que lo haga por nosotros.

    Artículo editado y corregido por la Dra. Carolina González Rodríguez.

  • Keonne Rodríguez y otro caso de crimen sin víctima

    Keonne Rodríguez y otro caso de crimen sin víctima

    A fin de Enero, conocemos otra entrega, la «Carta #4: Notas desde adentro», que el desarrollador Keonne Rodríguez escribe desde su celda americana, donde cumple una sentencia de 5 años. «A menudo siento que estoy atrapado en una pesadilla de la que no puedo despertar», escribe Keonne, desarrollador de Samourai Wallet, sobre su primer mes en FPC Morgantown.

    Estamos presenciando un horror que no debería ser normalizado. Un desarrollador, una mente brillante, una persona que ha creado valor para la sociedad, que no ha cometido ningún crimen, es destruido por el aparato estatal.

    Su único “delito” ha sido desafiar a gobiernos que no toleran límites a su control y que, para preservarlo, diseñan crímenes donde no existen víctimas.

    La imagen que nos entrega la carta es brutal: alguien que dedicó su vida a pensar más allá de lo convencional, hoy limpiando baños en un penal. No es un accidente del sistema; es su herramienta más eficaz. Sirve para domesticar almas libres, para quebrar emocionalmente, y sobre todo para enviar un mensaje ejemplificador al resto: este es el garrote legal del que puede valerse un gobierno cuando quiere frenar el avance de la libertad.

    La carta escrita desde la cárcel es casi insoportable de leer. No por falta de palabras, sino por exceso de verdad. Necesitamos reunir valor y fortaleza para llegar hasta el final. No es justo para Keonne. Pero tampoco lo es para la sociedad. Ni para los desarrolladores que todos los días escriben código en un mundo donde los acuerdos libres y voluntarios deberían ser la base de la cooperación pacífica.

    No se puede acusar al cuchillo por el uso que otros hagan de él. Sirve tanto para cortar carne como para matar a una persona. Criminalizar herramientas, ideas o código es una forma burda y una práctica muy peligrosa cuyo verdadero fin es mantener al rebaño miedoso y obediente.

    No queremos volver a ser testigos, durante años, de muertes sin sentido como la de Irwin Schiff. Ni de los encarcelamientos de Bernard von NotHaus, el encierro casi perpetuo de Ross Ulbricht, los juicios y el muy probable encarcelamiento de Roman Storm, entre otros. Tampoco del fishing expedition permanente, del estado de sospecha que pesa sobre tantos otros cuyos nombres no alcanzamos a enumerar: desarrolladores, innovadores, disruptores que nos ayudan, aunque sea un poco, a quitarnos la bota de la cabeza.

    Porque hoy vivimos una distopía orwelliana. “Si quieres imaginar el futuro, imagínalo con una bota aplastando un rostro humano para siempre”. No podemos ni siquiera imaginar lo que debe taladrar la mente de personas éticas, comprometidas con las ideas de la libertad, cuando son humilladas y despojadas de su dignidad. No lo merecen ellas. No lo merecemos nosotros como sociedad que se dice civilizada.

    Seguiremos difundiendo estas ideas. No importa cuántas veces nos denigren o nos acosen por no acomodarnos a narrativas políticas. Los derechos fundamentales vienen con nosotros mucho antes de que un puñado de mediocres llegue al poder. No hay crimen sin víctimas. Y no hay civilización si dejamos de repetirlo.

  • Navidad: la libertad nacida en un pesebre

    La Navidad suele ser presentada como una festividad de consumo, sentimentalismo o tradición vacía. Sin embargo, en su núcleo más profundo, el nacimiento de Cristo encierra una de las ideas más radicales —y paradójicamente más olvidadas— de la civilización occidental: la dignidad absoluta del individuo frente al poder.

    El relato evangélico no comienza en palacios ni en centros de decisión política. Comienza en un pesebre, en los márgenes del Imperio romano, lejos de César, de Herodes y de toda forma de autoridad coercitiva. El Dios cristiano no elige imponerse por la fuerza, sino hacerse hombre en la fragilidad, apelando a la conciencia y a la libertad de cada persona. No hay decreto, no hay ejército, no hay violencia fundacional. Hay un nacimiento humilde y una invitación.

    Ese gesto inicial contiene una intuición profundamente liberal: la verdad no necesita imponerse, solo proponerse. Cristo no obliga, llama. No conquista territorios, transforma corazones. No promete seguridad a cambio de obediencia, sino libertad a cambio de responsabilidad.

    En la tradición católica clásica, la libertad no es un capricho ni una licencia sin límites, sino la capacidad moral del ser humano para elegir el bien. Y esa libertad es tan central que Dios mismo la respeta, incluso cuando es usada para negarlo. La encarnación es, en ese sentido, el mayor acto de confianza en el individuo: Dios se hace vulnerable ante la libertad humana.

    El mensaje navideño también es profundamente antipoder. Jesús nace mientras el Imperio realiza un censo, una herramienta clásica de control estatal. María y José son desplazados por una burocracia que no los ve, no los cuida y no les ofrece refugio. La primera Navidad ocurre fuera del sistema, sostenida por redes voluntarias: pastores, viajeros, hospitalidad espontánea. No hay programa público ni planificación central. Hay comunidad, caridad y decisión personal.

    La caridad cristiana —tan mal entendida como asistencialismo forzado— es, en su raíz, un acto libre. No existe caridad sin libertad. No existe amor auténtico bajo coacción. En Navidad no se celebra la redistribución impuesta, sino el don voluntario: Dios que se entrega, personas que ofrecen lo poco que tienen, sin obligación ni recompensa.

    Desde esta perspectiva, la Navidad también nos recuerda un límite ético al poder político. Ninguna autoridad puede ocupar el lugar de la conciencia. Ningún gobierno puede arrogarse la misión de redimir al hombre. Cada vez que el poder promete salvación, repite la tentación que Cristo rechazó en el desierto.

    Celebrar la Navidad desde una mirada liberal no es vaciarla de sentido religioso, sino volver a su raíz más revolucionaria: la afirmación de que cada ser humano vale por sí mismo, que la fe no se impone, que el bien no se decreta y que la verdadera transformación nace de decisiones libres.

    En un mundo saturado de discursos, controles y violencias justificadas en nombre del bien común, la Navidad vuelve a susurrar una verdad incómoda: la esperanza no nace del poder, sino de la libertad.

    Y esa es, quizás, la tradición más subversiva que aún vale la pena defender.

    Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo les deseamos desde GCC.

  • Una novela que explora la libertad desde una mirada íntima, humana y profundamente contemporánea

    Este domingo 7 de diciembre estará disponible en Amazon una novela que promete convertirse en una lectura imprescindible para quienes buscan historias que mezclen emoción, pensamiento y una reflexión honesta sobre la vida y la libertad en tiempos hiperconectados. Escrita por una autora perteneciente a la Generación X —aunque, según ella misma aclara, “con el software siempre actualizado”—, el libro combina viaje, filosofía, romance y tecnología en un relato que interpela tanto a jóvenes lectores como a adultos curiosos.

    La autora, formada como abogada y economista, reconoce desconfiar de las leyes cuando se alejan de la ética. Cree en la libertad no como consigna política, sino como un ejercicio cotidiano; ama la tecnología cuando libera, no cuando vigila.

    Una novela que viaja, ama y piensa

    Lejos de encasillarse, la novela » 33 días en busca de la libertad», combina tres dimensiones: una historia de amor, un viaje europeo y una exploración profunda —pero accesible— de la libertad individual. Los protagonistas recorren ciudades, trenes, aeropuertos y cafés que funcionan como escenarios de conversaciones incómodas, necesarias y reveladoras.

    La obra no se limita a narrar encuentros y decisiones compartidas. Se atreve a preguntar qué significa ser verdaderamente libres en un mundo que rastrea cada movimiento, registra cada dato y condiciona cada elección. Y lo hace sin tecnicismos ni solemnidad: basta con tener curiosidad.

    Una invitación para nuevas lectoras y viejos buscadores

    En su prefacio, la autora explica el origen del proyecto: en medio del ruido político y la banalización del concepto de libertad, imaginó un puente distinto. Un lenguaje más cálido, más narrativo, capaz de acercar ideas profundas a quienes prefieren las novelas antes que los ensayos. Pensó especialmente en mujeres jóvenes, lectoras de historias de amor y viajes, que pudieran encontrarse —casi sin proponérselo— con ideas sobre autonomía, soberanía personal, responsabilidad individual y resistencia digital.

    La novela, dice la autora, “siembra preguntas en terreno fértil”, evitando la confrontación y priorizando la reflexión íntima.

    Un prólogo que abre la puerta a una revolución silenciosa

    El libro parte de una premisa clara: la libertad no es un lema, sino una batalla cotidiana. A través de dos adultos jóvenes que enfrentan dilemas personales y políticos en un mundo cada vez más vigilado, la historia aborda temas como el anonimato digital, la ética de la autodeterminación, el rol de Bitcoin y Monero en la soberanía financiera, y la tensión entre amor e independencia.

    Desde Praga hasta Tallin, de Berlín a Londres, cada paso del viaje desafía no solo a los personajes, sino también al lector.

    Un lanzamiento pensado para lectores globales

    El libro estará disponible este domingo 7 de diciembre en Amazon, en formato digital y físico. Es una invitación a quienes desean historias que conmuevan y, al mismo tiempo, cuestionen las certezas más profundas.

    Una novela para leer en movimiento —como su autora— y para pensar sin pedir permiso.

  • ¡Ni! El honor más británico: Monty Python estampado en sellos

    “And now for something completely different…” Y vaya si lo es: la famosa compañía Monty Python ha encontrado una nueva forma de invadir nuestros sobrecitos. El Royal Mail británico ha anunciado una colección de 10 sellos conmemorativos que rinden homenaje a los sketches más fantásticos de Monty Python’s Flying Circus y al 50.º aniversario de su película más querida, Los caballeros de la mesa cuadrada (1975).

    Los héroes de tinta y papel

    Seis sellos capturan momentos inmortales como La Inquisición Española, El Ministerio de Andares Tontos, El loro muerto, Nudge, nudge, Spam y ¡sí!, el organista desnudo. Los cuatro restantes transportan al mundo de Camelot: el imperturbable Caballero Negro, gritando “No es más que un rasguño” mientras pierde brazos, junto a Arturo y compañía, inmortalizados en toda su gloria pythonesca.

    Del sketch al buzón

    Estos pequeños trozos de papel no solo son divertidísimos, sino que también son un guiño a la libertad creativa. Monty Python rompió moldes con su humor surrealista, absurdo y libre de ataduras —algo así como si enviaran cartas a la monotonía del humor tradicional, diciéndole: “¡Ni!”. Ahora, esos mismos trozos de irreverencia vuelan en buzones, recordándonos que la risa puede ser un arma poderosa contra lo aburrido y lo oficial.

    Disponibles ya… casi

    Los sellos pueden reservarse desde el 7 de agosto, y estarán oficialmente a la venta el 14 de agosto en correos del Reino Unido. Perfectos para coleccionistas, fans del absurdo o cualquiera que quiera enviar una carta digna del más culto humor británico.

    Michael Palin comparte estampado

    Sir Michael Palin —sí, él mismo— dijo con ese toque seco que lo caracteriza: “Estoy muy contento de compartir un sello con el organista desnudo”. No se puede pedir una bendición más pythónica para esta colección.

    ¿Por qué importa esto… o no?

    Tal vez pienses: “¿Sellos? ¿En serio?” Pero el verdadero encanto radica en cómo Monty Python puede convertir algo tan formal como la filatelia en una fiesta. Es casi como si el Caballero Negro enviara tarjetas diciendo “¡adelante, corta conmigo!”, o el Ministerio de Andares Tontos anunciara clases de caminata ridícula por correspondencia. Es una celebración de que el arte, la risa y la libertad pueden mezclarse con lo más cotidiano sin perder chispa.

    Un sello a la libertad creativa

    En un mundo con tantos memes digitales y correos electrónicos fríos, un sello así es una bocanada de aire libre, con una dosis de irreverencia. Además, Monty Python nos enseñó que la sátira y la tontería pueden decir más verdades de lo que aparentan.

    Así que ya sabes: si quieres enviar una carta con estilo, un guiño absurdo o simplemente haces fila en Correos por nostalgia, estos sellos son un pequeño tesoro. Porque, querido lector, en palabras pythónicas, “ni” hay mejor forma de celebrar la libertad —y el humor— que estampando un sello que grita, literalmente, “¡Ni!”.

  • Veredicto parcial a Roman Storm: un signo preocupante para la privacidad y la libertad del código

    Ayer, un jurado federal en Manhattan emitió un veredicto parcial en el caso del co‑fundador de Tornado Cash, Roman Storm, encontrándose impedido de llegar a consenso sobre los cargos más graves de lavado de dinero y evasión de sanciones. Sin embargo, fue hallado culpable únicamente de haber operado un servicio de transmisión de dinero no autorizado, lo que puede acarrear hasta cinco años de prisión.

    ¿Qué ocurrió?

    El juicio giraba en torno a acusaciones de que Tornado Cash facilitó el lavado de más de mil millones de dólares, incluyendo fondos vinculados al grupo Lazarus de Corea del Norte. Los fiscales alegan que Storm sabía del uso ilícito del protocolo y se lucró de ello. En respuesta, la defensa sostuvo que él solo escribió un software descentralizado; que no controla cómo se usa y que no intentó apoyar actividades criminales.

    La “victoria parcial” sobre la privacidad

    Previo a la deliberación, la jueza Katherine Polk Failla permitió que la defensa incluyera argumentos sobre motivaciones de privacidad, aunque prohibió apelaciones al término legal “derecho a la privacidad”. Esto ha sido interpretado como un reconocimiento limitado de que el software puede desarrollarse por convicción, no por ánimo criminal, pero sin otorgar un amparo constitucional completo.

    Implicaciones para el movimiento cypherpunk y el software libre

    Desde comunidades cypherpunk y defensoras del software libre, este fallo genera gran preocupación: ¿puede un desarrollador ser penalizado por el uso que hagan otros de su código? Si la respuesta es sí, muchas herramientas legítimas podrían volverse criminalizables.

    La comisionada de la SEC, Hester Peirce, ha advertido que los desarrolladores de código abierto no deben responder legalmente por cómo lo usan los usuarios. Apelando a precedentes de la criptografía (como el caso de PGP en los años 90), subraya que si se persigue a creadores neutrales, la innovación tecnológica se vería seriamente amenazada.

    El sentir de la comunidad

    Activistas y defensores ven este juicio como un precedente peligroso. Aunque el jurado no condenó por los cargos más graves, la culpabilidad por operar un servicio sin licencia ya representa una señal inquietante para quienes desarrollan herramientas de privacidad descentralizadas. Los desarrolladores de Tornado Cash recaudaron millones en apoyo legal dentro del gremio criptográfico, lo que simboliza un fuerte respaldo comunitario.

    Además, el juicio interroga directamente si programar anonimicidad o privacidad puede ser criminalizado dependiendo del uso que le den terceros.

    ¿Una noticia alentadora?

    No lo es. Aunque Roman Storm evitó condenas por los cargos más devastadores, la sentencia parcial y la presión legal ejercida por las autoridadeds constituyen un aviso para desarrolladores y defensores de tecnologías descentralizadas.

    El mensaje se percibe claro: cualquier herramienta que dificulte el rastreo financiero puede convertirse en objeto de persecución, incluso si su creador no promovió usos ilegales. Esto genera un clima de inseguridad jurídica para software libre, DeFi y proyectos orientados a proteger la privacidad.

    La sentencia parcial de Roman Storm pone el foco sobre un tema central para la cultura cypherpunk: la responsabilidad penal por escribir código. Aunque esta vez los cargos más severos quedaron sin cerrar, el hecho de que una persona sea declarada culpable por mantener en funcionamiento un protocolo descentralizado ya marca un duro precedente. A ojos de activistas por la libertad como nosotros, la privacidad y los desarrolladores de software libre, no son noticias alentadoras.