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  • Socioeconomía de la prosperidad: nace del pueblo, no de sus gobiernos

    Socioeconomía de la prosperidad: nace del pueblo, no de sus gobiernos

    Ningún nuevo gobernante, aunque sea de la estirpe de los magos, puede deshacer los daños acumulados durante años de desgobierno, distorsiones y malas políticas. Esa es una verdad incómoda que muchos prefieren ignorar. ¿Cuántos panameños conocen o entienden de economía, y mucho menos de socioeconomía? Sin embargo, todos tienen derecho al voto; un voto que termina respaldando a los mismos gobernantes y diputados corruptos por los que han venido votando desde siempre. El sufragio típico en Panamá, y en tantos otros lares, va dirigido a quien más promete regalar lo que jamás se debe entregar: la propiedad del ser humano, su albedrío y el derecho a manejar su propia empresa.

    La economía no es solo números, inflación o déficit fiscal. Es la intersección entre los mercados y la cultura de una población: sus hábitos, sus expectativas, su relación con el trabajo, con la propiedad, con el Estado y el verdadero rol de la persona. Muy pocos entienden estos conceptos, y sin embargo son la base misma que determina el rumbo de una nación.

    En Panamá existe un daño profundo: una cultura política de arrabal y de servilismo que se expresa con claridad en el popular grito de “¡No a la privatización!”. ¿Cuántas personas comprenden el grado de ignorancia que hay detrás de esa consigna cuando se lanza más desde las tripas que desde el cerebro? La economía no es un ente abstracto separado de la gente; incluye, intrínsecamente, la cultura de la población.

    He visto marchas de protesta con pancartas que exigen que el gobierno resuelva problemas individuales, reflejo de corrientes culturales en Panamá que se oponen a la idea misma de la propiedad privada y de la responsabilidad individual. No se trata de menospreciar a nadie, sino de señalar una realidad: cuando una cultura está más cerca de estructuras ancestrales que de las exigencias de una sociedad contemporánea, y cuando casi no hay esfuerzo de adaptación, la nación termina cargando con expectativas imposibles. Pensar que un nuevo gobierno puede corregir mágicamente cientos de años de desgobierno y de una cultura desfasada de la realidad es pura fantasía.

    La realidad económica y socioeconómica varía enormemente dentro de un mismo país. En Argentina, la situación de Mendoza no es la misma que la de Buenos Aires. En Mendoza, al igual que en la Florida estadounidense, las autoridades no acataron con el mismo rigor el confinamiento del COVID que otras poblaciones. Quien visita Boquete nota que casi no se ve basura en las calles. En contraste, la realidad que vomitan los ríos capitalinos es elocuente. Y ante todo ello, ¿cuántos panameños vemos y entendemos la irresponsabilidad detrás del manejo de la basura en la capital?

    Recién abordé el tema del desorden vial con alguien, preguntando: ¿por qué llaman autopatrulla a los vehículos de la ATTT? No sabía. Le dije: porque la verdadera función de ordenamiento del tránsito vehicular se tiene que hacer patrullando; ya que sembrados como postes coimeros en las calles es imposible. O… ¿por qué hay tantos “policías muertos” (resaltos) en la capital? Pues porque nadie respeta las normas. ¿Andan buscando el por qué? Si las autoridades ni siquiera son capaces de administrar la recolección de basura o el ordenamiento del tránsito, ¿realmente alguien puede creer que respetarán las leyes de la economía? Y ni hablar de las de la socioeconomía, que representan el matrimonio entre las actividades del mercado y la cultura de la sociedad.

    La socioeconomía no se arregla con decretos ni con discursos grandilocuentes. Se construye —o se destruye— día a día, en la cultura, en las expectativas y en las decisiones de millones de personas.

  • 25 años después del 11-S: el precio de la seguridad lo seguimos pagando con nuestra libertad

    25 años después del 11-S: el precio de la seguridad lo seguimos pagando con nuestra libertad

    El 11 de septiembre de 2001 (11-S) murieron casi 3.000 personas en uno de los atentados terroristas más atroces de la historia moderna. La respuesta inmediata de Estados Unidos era inevitable. Había que encontrar a los responsables, destruir las redes que los financiaban y evitar otro ataque.

    El problema comenzó después.

    Porque las medidas excepcionales adoptadas frente a una emergencia extraordinaria no desaparecieron cuando pasó la emergencia. Se institucionalizaron, se internacionalizaron y, durante los siguientes veinticinco años, fueron extendiéndose mucho más allá del terrorismo.

    Uno de los lugares donde ese cambio resulta más visible y menos discutido, es el dinero.

    Hoy abrir una cuenta bancaria, transferir dinero, enviar una remesa, operar con criptomonedas, constituir una empresa, depositar efectivo o simplemente realizar una transacción que un algoritmo considere “inusual” puede convertir a una persona perfectamente inocente en objeto de análisis, reporte o investigación sin que haya cometido delito alguno.

    Y probablemente sin que jamás se entere.

    El dinero del 11-S no parecía dinero terrorista

    Hay algo paradójico en el origen de todo este sistema.

    Los atentados del 11-S costaron aproximadamente entre 400.000 y 500.000 dólares. Los secuestradores utilizaron bancos estadounidenses, abrieron cuentas con sus propios nombres y pasaportes y realizaron operaciones que, vistas desde un banco, parecían completamente normales. La propia investigación de la Comisión del 11-S concluyó que ninguna entidad financiera presentó un Suspicious Activity Report —SAR— sobre ellos y, más importante todavía, que ni siquiera retrospectivamente había motivos razonables para esperar que lo hubieran hecho.

    Ese punto debería acompañarnos durante toda esta discusión.

    El terrorismo no necesariamente mueve millones mediante transferencias con la palabra “bomba” en el concepto bancario. Puede financiarse con cantidades pequeñas, dinero perfectamente lícito, efectivo, donaciones, tarjetas, remesas o transacciones absolutamente indistinguibles de las que realizan millones de personas inocentes.

    Por eso intentar detectar preventivamente al terrorista examinando las operaciones financieras de toda la sociedad contiene un problema estructural: la señal es diminuta y el universo que hay que observar es gigantesco.

    La propia Comisión del 11-S acabaría reconociéndolo con una metáfora extraordinariamente lúcida: intentar privar completamente de dinero a los terroristas era algo parecido a “atrapar una especie de pez vaciando el océano”. Concluyó que el seguimiento financiero era más útil como herramienta de inteligencia para descubrir redes que como mecanismo capaz de eliminar el financiamiento terrorista.

    Pero para seguir a ese pez construimos, progresivamente, mecanismos para observar el océano.

    FinCEN no nació el 11-S. Eso hace la historia todavía más interesante

    Conviene hacer una precisión histórica.

    FinCEN —Financial Crimes Enforcement Network— no apareció después de los atentados. El Tesoro estadounidense lo creó en 1990, y la Bank Secrecy Act, piedra basal de buena parte de la vigilancia financiera estadounidense, data de 1970. Ya existían obligaciones de conservar información, comunicar movimientos de efectivo y reportar operaciones sospechosas.

    El 11-S hizo algo diferente: proporcionó la justificación política para transformar aquella infraestructura antilavado en una arquitectura mucho más poderosa de AML/CFT —Anti-Money Laundering / Countering the Financing of Terrorism—.

    El Título III de la USA PATRIOT Act reforzó la identificación de clientes, amplió obligaciones de debida diligencia, extendió programas antilavado a más instituciones financieras, incrementó el intercambio de información entre bancos y gobierno y permitió adoptar “medidas especiales” contra jurisdicciones, entidades o transacciones consideradas de especial preocupación. Su sección 326 estableció estándares mínimos para verificar la identidad de quien abre una cuenta; la 314 amplió el intercambio de información; la 351 reforzó el régimen de los reportes de operaciones sospechosas.

    Y hay un detalle importante: cuando una entidad presenta un SAR, el cliente no debe ser informado de que ha sido reportado.

    Aquí comenzó a cambiar silenciosamente la relación entre ciudadano, banco y Estado.

    El banco dejó de ser solamente el custodio o intermediario del dinero de su cliente. Se convirtió también en una pieza del sistema de inteligencia financiera estatal.

    De “demuestre el Estado que cometí un delito” a “demuestre usted que su dinero es normal”

    El cambio filosófico es profundo.

    El Estado liberal clásico investiga cuando existen indicios sobre una persona. En cambio, el sistema de vigilancia financiera funciona, en buena medida, al revés: analiza masivamente comportamientos para encontrar dentro de ellos a quienes podrían resultar sospechosos.

    Know Your Customer. Customer Due Diligence. Enhanced Due Diligence. Source of Funds. Source of Wealth. Beneficial Ownership. Transaction Monitoring. Individualmente cada expresión parece razonable, pero acumuladas producen una transformación extraordinaria.

    Una persona que no está acusada de ningún delito debe explicar quién es, de dónde proviene su dinero, cuál es el propósito de determinadas operaciones y por qué una transacción se aparta de lo que un banco considera su comportamiento habitual.

    Y la pregunta liberal fundamental no es si los criminales deben poder ocultar dinero. Por supuesto que no. La pregunta es otra: ¿por qué debe demostrar su inocencia financiera quien no está acusado de nada?

    Después llegó FATF y el modelo se volvió mundial

    La transformación no quedó circunscrita a Estados Unidos.

    El Financial Action Task Force —FATF/GAFI— había sido creado en 1989 para combatir el lavado de dinero. Apenas unas semanas después del 11-S celebró una sesión extraordinaria en Washington y amplió formalmente su mandato al financiamiento del terrorismo.

    Las nuevas recomendaciones exigían criminalizar ese financiamiento, congelar activos, reportar operaciones sospechosas, controlar sistemas alternativos de remesas y reforzar la información que acompaña a las transferencias.

    Desde allí el sistema siguió expandiéndose.

    En 2012 se incorporó el financiamiento de proliferación de armas de destrucción masiva. En 2019 FATF extendió sus estándares a los proveedores de servicios de activos virtuales. En 2022 endureció las reglas sobre beneficiarios finales. Sus recomendaciones, actualizadas nuevamente en junio de 2026, constituyen hoy el estándar internacional que los países son presionados a incorporar en sus legislaciones.

    El concepto original de perseguir el lavado de dinero, terminó convirtiéndose en una infraestructura mundial para combatir lavado, terrorismo, proliferación, evasión de sanciones, corrupción y distintas formas de criminalidad financiera.

    Algunas de esas finalidades son perfectamente legítimas, pero existe una regla institucional que los liberales conocemos demasiado bien: las competencias extraordinarias rara vez se reducen; normalmente encuentran nuevas razones para existir.

    SWIFT: cuando una transferencia se transforma en inteligencia

    Tras el 11-S Estados Unidos creó además el Terrorist Finance Tracking Program.

    Mediante este sistema, el Tesoro obtiene información relacionada con determinadas transferencias internacionales a través de SWIFT, la red utilizada por bancos de todo el mundo para transmitir mensajes financieros. Estados Unidos y la Unión Europea terminaron formalizando en 2010 un acuerdo para permitir la transferencia de determinados datos europeos con fines antiterroristas.

    Las autoridades estadounidenses sostienen que el programa ha generado información valiosa y ayudado a reconstruir redes terroristas. Sería intelectualmente deshonesto negarlo, pero también sería ingenuo ignorar lo que ocurrió.

    Una infraestructura privada global diseñada para permitir pagos internacionales se convirtió también en una extraordinaria fuente de inteligencia geopolítica.

    Cuando el Parlamento Europeo conoció la existencia del programa en 2006 expresó precisamente preocupaciones sobre privacidad, protección de datos e incluso la posibilidad de que información económica pudiera utilizarse para finalidades distintas de aquellas originalmente previstas.

    El dinero dejó de ser únicamente dinero; también se convirtió en información. Y quien controla la información controla muchísimo más que las transacciones.

    Millones de personas reportadas para encontrar a unas pocas

    La escala actual permite entender mejor el fenómeno.

    En el año fiscal 2025 se presentaron ante FinCEN aproximadamente 4,8 millones de Suspicious Activity Reports y 21,5 millones de Currency Transaction Reports. Alrededor de 335.000 instituciones y otros sujetos reportantes alimentan esa infraestructura.

    Eso no significa que 4,8 millones de personas hayan cometido delitos. Precisamente significa lo contrario.

    Un SAR es información sobre algo que una institución considera suficientemente sospechoso para comunicarlo, no una condena ni necesariamente evidencia de criminalidad. El sistema genera entonces un incentivo perverso perfectamente comprensible desde el punto de vista de quien administra un banco: ante la duda, reportar.

    El coste para la institución de enviar información innecesaria puede ser pequeño. El costo regulatorio de no informar algo que posteriormente resulte importante puede ser gigantesco. La prudencia institucional termina convertida en vigilancia defensiva.

    El costo que no aparece en el presupuesto público

    Existe además una característica política muy conveniente en esta arquitectura: buena parte del coste de vigilancia no aparece como gasto del Estado. Lo pagan los bancos. O, para ser precisos, inicialmente lo pagan los bancos.

    La GAO estadounidense estudió once entidades y encontró costos directos de cumplimiento de la Bank Secrecy Act que iban desde unos 14.000 dólares hasta 21 millones anuales, dependiendo de su tamaño. Proporcionalmente, el peso era mayor para las entidades pequeñas. La identificación del cliente y el reporte de operaciones sospechosas estaban entre las áreas más costosas.

    Pero los bancos no fabrican dinero. Esos costos terminan apareciendo en alguna combinación de menores márgenes, mayores comisiones, menor competencia, más burocracia o servicios que dejan de ser rentables.

    Y ahí aparece el ciudadano inocente, el inmigrante que envía una remesa, la pequeña empresa con operaciones internacionales, la ONG que trabaja en una zona de conflicto, el comerciante intensivo en efectivo, el expatriado, el cliente de una nacionalidad considerada de riesgo, la fintech pequeña, la persona que recibe o transfiere dinero fuera del patrón que un algoritmo considera normal.

    El Banco Mundial lleva años documentando el fenómeno conocido como de-risking: bancos que eliminan clientes, corresponsalías o categorías completas de negocios porque resulta más sencillo evitar el riesgo regulatorio que administrarlo.

    El propio FATF terminó reconociendo la magnitud del problema. En 2021 abrió un proyecto específico para estudiar consecuencias no deseadas de sus estándares: exclusión financiera, de-risking, restricciones sobre organizaciones sin fines de lucro e impactos sobre derechos humanos.

    Cuando hasta el organismo que diseña las reglas reconoce esos efectos secundarios, ya no estamos ante una fantasía libertaria, ya estamos ante un problema institucional.

    El efectivo también terminó bajo sospecha

    La lógica continúa avanzando.

    La Unión Europea aprobó en 2024 un nuevo régimen AML que establece un límite general de 10.000 euros para pagos profesionales en efectivo, permitiendo además que los Estados miembros establezcan límites inferiores. El mismo reglamento contempla identificación para determinadas operaciones ocasionales en efectivo desde 3.000 euros.

    Algunos países como España por ejemplo, utilizan límites significativamente inferiores en determinados supuestos.

    Resulta interesante observar la evolución conceptual. Primero perseguíamos delincuentes, luego identificábamos operaciones sospechosas, después vigilábamos categorías de transacciones. Finalmente limitamos el propio instrumento porque puede ser utilizado por delincuentes, pero prácticamente cualquier instrumento de libertad puede utilizarlo un delincuente, como un teléfono, un carro, la misma Internet o una habitación de hotel. Un cuchillo o el dinero.

    Una sociedad libre no se define por eliminar todos los instrumentos susceptibles de abuso. Se define precisamente por castigar el abuso sin convertir el uso legítimo en una actividad sospechosa.

    Y veinticinco años después, el terrorismo sigue existiendo

    Aquí también conviene evitar una simplificación. Las herramientas financieras han servido; FinCEN afirma que su información genera pistas, complementa investigaciones y ayuda a identificar redes. Investigadores consultados por la GAO también consideran valiosos muchos de esos datos.

    El argumento liberal serio no necesita negar esos resultados. Debe hacer una pregunta más difícil: ¿cuánto poder preventivo estamos dispuestos a conceder al Estado sobre millones de inocentes para obtener esos resultados? Porque el terrorismo no desapareció.

    El propio Tesoro estadounidense reconocía en su evaluación nacional más reciente una amplia variedad de amenazas terroristas y mecanismos de financiación que continúan funcionando mediante efectivo, empresas de remesas, activos virtuales y sistemas formales e informales.

    Y el FATF acaba de publicar, el 3 de septiembre de 2026, un nuevo informe advirtiendo del creciente uso de banca clandestina, hawala, plataformas fintech, activos virtuales y mecanismos digitales para mover fondos ilícitos. Más del 80% de las jurisdicciones consultadas identifica estos sistemas entre los principales canales utilizados por redes profesionales de lavado.

    Veinticinco años después seguimos regulando y quienes delinquen siguen adaptándose.

    Es la vieja asimetría entre regulación y criminalidad: el ciudadano común permanece dentro del sistema y cumple cada nueva norma; el delincuente profesional tiene precisamente como actividad económica aprender a evitarla.

    El terrorismo tampoco terminó con la geopolítica

    Existe además una ilusión todavía mayor detrás de toda esta arquitectura: pensar que el terrorismo es principalmente un problema financiero. No lo es.

    El dinero importa. Pero detrás del terrorismo continúan existiendo Estados, guerras, fanatismos, territorios sin control, servicios de inteligencia, proxies, conflictos religiosos, intereses estratégicos y rivalidades entre potencias. Ningún formulario KYC puede corregir eso como tampoco ningún reporte SAR elimina una guerra.

    Ningún límite al efectivo impide que un Estado financie indirectamente a un grupo armado cuando considera que hacerlo favorece sus intereses. Ningún algoritmo bancario modifica la lógica del poder internacional.

    Paradójicamente, durante estos veinticinco años la infraestructura financiera creada para combatir terrorismo terminó también convirtiéndose en una herramienta de esa misma geopolítica: sanciones, congelamientos, exclusiones del sistema financiero, bloqueos de corresponsalías y control de canales internacionales de pagos.

    El sistema financiero ya no es únicamente una red económica, es también territorio estratégico.

    El precio invisible del 11-S

    Recordar el 11 de septiembre exige recordar a quienes murieron.

    Pero una sociedad libre también debería ser capaz de recordar lo que ocurrió después, porque los terroristas no solamente destruyeron edificios y asesinaron personas; también provocaron miedo.

    Y el miedo es uno de los instrumentos más poderosos para aumentar el poder del Estado.

    Veinticinco años después seguimos mostrando documentos para acceder a nuestro dinero. Seguimos explicando operaciones lícitas. Seguimos aceptando que instituciones privadas examinen nuestro comportamiento financiero. Seguimos alimentando bases de datos con millones de reportes sobre personas que no han sido condenadas por nada.

    Quizá algunas de esas herramientas sean necesarias. Pero “necesario” nunca debería ser el final de una discusión sobre libertad. Debería ser el comienzo.

    La pregunta correcta no consiste en elegir entre seguridad y ausencia absoluta de seguridad, sino en preguntar qué medidas funcionan, cuáles son proporcionales, cuáles deberían necesitar sospecha individualizada, cuánto tiempo deben conservarse los datos, quién puede acceder a ellos, qué mecanismos de defensa posee el ciudadano y qué poderes extraordinarios deberían desaparecer cuando deja de justificarse su existencia.

    Porque hay algo profundamente peligroso en una sociedad en la que la inocencia ya no significa que el Estado debe tener razones para investigarte, sino que tú debes estar permanentemente dispuesto a demostrarle al Estado que no tiene razones para hacerlo.

    El terrorismo continúa, la geopolítica continúa, las guerras continúan, el crimen continúa. Pero la infraestructura de vigilancia creada para combatirlos también continúa, cada vez más extensa, sofisticada e integrada con nuestra vida cotidiana y ése quizá sea uno de los legados menos visibles del 11 de septiembre de 2001. Y también uno de los que más debería preocuparnos.

    Porque si para encontrar a los pocos culpables terminamos tratando como sospechosos potenciales a todos los inocentes, puede que hayamos protegido el sistema financiero. Pero habremos cambiado, silenciosamente, la idea misma de una sociedad libre.

  • Mucho algoritmo y pocas humanidades: así se forman los creadores de IA

    Mucho algoritmo y pocas humanidades: así se forman los creadores de IA

    En los próximos años, los sistemas de inteligencia artificial (IA)influirán cada vez más en decisiones relacionadas con el empleo, la educación, la salud, la seguridad, la justicia o el acceso a servicios públicos.

    Los datos muestran un crecimiento espectacular de estas titulaciones. Desde que la Universidad Politécnica de Madrid y la Universidad del País Vasco pusieran en marcha los primeros grados específicos en Inteligencia Artificial en 2020, la oferta se ha expandido hasta alcanzar veinticinco universidades españolas en apenas seis años.

    Respuesta a la demanda del mercado

    La demanda laboral explica en gran medida este fenómeno. Empresas e instituciones buscan perfiles especializados capaces de diseñar algoritmos, desarrollar sistemas de aprendizaje automático o gestionar grandes volúmenes de datos.

    Pero las competencias que las empresas definen para este perfil incluyen adaptabilidad, aprendizaje continuo, IA aplicada, pensamiento crítico, inteligencia emocional, liderazgo colaborativo, gestión del conocimiento, comunicación, creatividad o ética tecnológica.

    ¿Está la formación alineada con estas demandas? ¿Cómo se están formando estos futuros profesionales?

    Apenas hay contenidos no técnicos

    Hemos investigado el contenido de los grados de Inteligencia Artificial en las universidades españolas y comprobado que apenas contienen formación en ética, filosofía, sociología o pensamiento crítico.

    Las materias humanísticas tienen poco peso en la formación de estos futuros profesionales de tecnologías con un impacto profundo en la vida de millones de personas.

    Al analizar los planes de estudio de estas titulaciones encontramos que la inmensa mayoría mantiene una orientación eminentemente técnico-científica. Matemáticas, programación, estadística, ciencia de datos o aprendizaje automático ocupan el núcleo de la formación. Las asignaturas relacionadas con la reflexión ética, social, legal o cultural aparecen de manera testimonial en muchos programas.

    De siete a dos asignatura humanística

    Algunas universidades destacan por incorporar una mayor presencia de contenidos humanísticos. La Universidad de Málaga, por ejemplo, incluye siete asignaturas vinculadas a cuestiones éticas, jurídicas o sociales en algunas de sus especilizaciones; la Universidad de Deusto incorpora seis; y otras instituciones como CUNEF, la Universidad del País Vasco, la Universidad Francisco de Vitoria o la Universidad Pontificia de Comillas cuentan con entre cuatro y cinco materias de este tipo.

    Sin embargo, en numerosas universidades la formación humanística se reduce a una o dos asignaturas, y en algunos casos apenas existe una materia relacionada con estas cuestiones a lo largo de toda la carrera. La presencia de las humanidades es claramente residual, con una tendencia estructural a priorizar la competencia técnica frente a la reflexión ética, legal y social.

    ¿Por qué debería preocuparnos este desequilibrio?

    La IA ya no es una tecnología confinada a los laboratorios. Los algoritmos participan en procesos de selección de personal, ayudan a establecer diagnósticos médicos, influyen en qué información vemos en internet, determinan recomendaciones educativas y pueden llegar a intervenir en decisiones administrativas o judiciales. Cuando estas herramientas funcionan con sesgos, reproducen discriminaciones o afectan a derechos fundamentales, las consecuencias son profundamente humanas.

    Por eso quienes diseñarán estas tecnologías deberían recibir una formación más extensa en disciplinas que precisamente estudian a los seres humanos y las sociedades. Programar un sistema capaz de reconocer patrones es una habilidad esencial. Comprender cómo esos patrones pueden reforzar desigualdades sociales también debería serlo.

    Más allá de asignaturas aisladas

    Los autores del estudio sostienen que no basta con añadir una asignatura aislada sobre ética para resolver el problema. Lo que está en juego es una concepción más amplia de la formación universitaria. Proponen integrar conocimientos procedentes de la filosofía, la sociología de la tecnología, el derecho digital, la ciencia política, la epistemología de los datos o incluso los llamados “neuroderechos”, un ámbito sobre la protección de la identidad mental y la autonomía cognitiva en un contexto de creciente interacción entre inteligencia artificial y neurotecnologías.

    La cuestión de fondo es sencilla pero decisiva. Si los sistemas de IA van a influir en la organización de nuestras sociedades, ¿puede considerarse suficiente una formación centrada casi exclusivamente en la dimensión técnica? ¿Es posible construir tecnologías justas sin comprender en profundidad los problemas sociales que pretenden resolver? ¿Podemos hablar de innovación responsable cuando quienes desarrollan estas herramientas apenas tienen espacios para reflexionar críticamente sobre sus consecuencias?

    Encrucijada histórica

    Nuestra investigación plantea que la universidad española se encuentra ante una encrucijada histórica. No solo debe formar profesionales capaces de desarrollar tecnologías avanzadas, sino también ciudadanos preparados para comprender sus implicaciones sociales, políticas y culturales.

    Quizá el verdadero desafío de la inteligencia artificial no sea crear máquinas cada vez más inteligentes, sino garantizar que quienes las diseñan comprendan mejor la complejidad humana. Porque una sociedad gobernada por algoritmos necesita ingenieros excelentes, pero también profesionales capaces de preguntarse para quién se construye la tecnología, a quién beneficia, a quién puede perjudicar y qué valores incorpora en su funcionamiento.

    Si la IA va a tomar decisiones que afectan a millones de personas, sus algoritmos deberían estar diseñados por personas que hayan aprendido sobre desigualdad, la ética o derechos fundamentales. Los especialistas capaces de programar sistemas inteligentes también deberían ser capaces de comprender sus consecuencias, pues serán quienes tengan un impacto más directo sobre los valores que estos sistemas deberían incorporar.

    Vanesa Cejudo Mejias, Directora de Innovacón en Facultad de Ciencias sociales y Hum. Docente en area social y area arte, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • En la Política Resucita el Primitivismo Selvático

    En la Política Resucita el Primitivismo Selvático

    En su origen, la palabra “política” tuvo el sentido de perseguir nobles objetivos a través de los cuales los ciudadanos podían organizar sus vidas en comunidad de manera segura y productiva. Pero, como suele suceder en asuntos del poder, lo que en principio tuvo nobleza se corrompió, tomando el sentido de engaños y beneficios políticos. Hoy día el vocablo “política” o “político” ha tomado un sentido peyorativo y ello no es casual sino causal. En sentido maquiavélico, la política se convirtió en la estratagema para acceder y mantener el poder. En Panamá vivimos el desboque burrocrático en la manipulación de los medios noticiosos en dónde muchos se caracterizan por una retórica de calabaza vacía.

    La política de arrabal que hoy vivimos se nutre de la pobreza e ignorancia que sembraron las élites del Intramuros del Casco Viejo.

    En tal ambiento la lógica sucumbe, igual que el debate técnico, el científico y social; tanto en lo económico como en lo ético y todo queda subordinado a las chuecas agendas partidistas. Así, la comparsa que logró entrar al Palacio de las Garzas prioriza su permanencia y en ello las necesidades de la población van perdiendo prioridad. Peor es que un presidente honesto es igual que una manzana sana en un cesto de podridas.

    En ese muladar se extravían la justicia y la ética, como también el cálculo económico; ese que sólo existe en libre mercado, dado que los gobernantes carecen los incentivos del ahorro ya que el dinero que usan o mal usan lo arrebatan en impuestos desbocados. Peor aún es que todo ello corrompe el emprendimiento y a los emprendedores; ya que quienes no se aparean con los demonios se van al fracaso.

    Más tenebroso es que en semejante patología lo torcido se vuelve “normal”, realidad pintada en el decir: “robó, pero le dio al pueblo”.

    Más horrible aún es ver a los asaltantes del poder valerse del inmenso pecado de la envidia, del cual se aprovechan para abanicar y vilipendiar al capitalista, al empresario, a la propiedad; al rico y tal; lo cual lo deja a uno pensando que lo único que tiene valor es ser pobre, sin capital, sin empresas, sin propiedades y sin dinero, tal como ha ocurrido por todo nuestro hemisferio.

    Hoy, se confunden las palabras “gobierno” y “Estado” escribiendo “Estado” con “E” mayúscula; engaño para hacer ver que el gobierno es el estado; es decir, el pueblo. Sí, como no… hay que ser más que ingenuo para creer que nuestros gobiernos representan los verdaderos y buenos intereses del pueblo. Y más tenebroso aún es que el adoctrinamiento y el engaño han sido tan buenos que el pueblo ni siquiera conoce lo que les conviene.

    Vivimos en la letrina del engaño; cinismo que nos lleva a la fragmentación del verdadero estado, que somos todos; mientras que los gobiernos son los organismos a quien el pueblo delega su seguridad y su economía. En ese engaño deberíamos ver la bestia agazapada en los matorrales esperando para su ataque.

    Así, la población queda fracturada y, como reza el dicho, “divide y vencerás”; o, tal vez lo que dice es “divide y robarás”. El verdadero y auténtico gobierno está llamado a enfocarse en la seguridad y la libertad de sus representados; la población. Imagínense que hasta nuestra horrible Constitución comunista comienza señalando eso en su Preámbulo.

    El buen gobierno, la productiva gobernanza se basa en sana economía; y, la palabra “economía” lo dice todo… “economizar” y no dilapidar y robar.

  • MiCA entra en pleno vigor

    MiCA entra en pleno vigor

    Hoy, 1 de julio de 2026, expira formalmente el régimen transitorio del Reglamento MiCA. Dieciocho meses de prórroga que casi todos los Estados miembros, apuraron hasta el último minuto. A partir de esta medianoche, cualquier proveedor de servicios de criptoactivos que opere en la Unión Europea sin autorización de la CNMV —o de su homóloga en otro país del bloque, vía pasaporte comunitario— está, sencillamente, fuera de la ley. No es una nueva norma. Es el cierre de una puerta que llevaba dos años entornada.

    Conviene no caer en el catastrofismo de barra de bar cripto. MiCA no toca ni una línea del protocolo de Bitcoin. No hay bloque que deje de minarse, ni transacción P2P que deje de firmarse. Lo que MiCA regula son los intermediarios: los exchanges, los custodios, los emisores de stablecoins. Es decir, regula precisamente aquello que el diseño original de Satoshi nació para volver innecesario. Ahí está la ironía que merece ser nombrada sin épica ni desprecio: la ley europea no ataca a Bitcoin, lo confirma como frontera. Regula todo lo que rodea al protocolo y deja intacto, por definición, lo que no puede regular.

    Lo que cambia para quien usa un exchange

    Para el usuario medio de Binance, Coinbase o Kraken en Europa, hoy no hay drama inmediato. Los grandes ya tienen o están tramitando su licencia MiCA, muchos vía pasaporte desde otro Estado miembro. Pero el paisaje se ha vaciado con violencia: de los más de tres mil proveedores que operaban bajo los registros nacionales heredados, apenas una fracción sobrevive con autorización plena en España por ejemplo, y solo un puñado cuenta con la licencia de Clase 3 que permite custodiar fondos de clientes en el modelo de exchange tradicional. El costo de entrada —entre cincuenta mil y cien mil euros solo para iniciar el trámite, y hasta dos millones anuales de cumplimiento recurrente— ha operado como un filtro de clase: sobreviven los que ya eran grandes, mueren los que aspiraban a serlo.

    Y hay una factura silenciosa que nadie imprime en el folleto de bienvenida: desde enero de este año, DAC8 obliga a los exchanges a reportar automáticamente a Hacienda cada transacción, cada saldo, cada movimiento, sin umbral mínimo. Da igual si son cincuenta euros o cincuenta mil. La promesa original de privacidad financiera, en un exchange regulado europeo, ha muerto de muerte natural y nadie ha firmado la esquela. MiCA protege al usuario del exchange que quiebra o que le miente en el libro blanco. No lo protege —no puede, no quiere— del Estado que quiere saberlo todo sobre él.

    Lo que no cambia para quien no usa un exchange

    Aquí está el matiz que la cobertura alarmista suele saltarse: quien opera en autocustodia, quien interactúa directamente con un contrato inteligente en Uniswap o Aave desde su propia wallet, quien mueve Bitcoin peer to peer sin pasar por un intermediario centralizado, no está dentro del perímetro de MiCA. No es una laguna legal que algún burócrata cerrará en la próxima revisión. Es la consecuencia estructural de cómo funciona la tecnología: MiCA regula sujetos —empresas, personas jurídicas, prestadores de servicios—, y cuando eliminas al sujeto intermediario no queda nadie a quien notificar, auditar o sancionar. El protocolo no tiene domicilio fiscal ni consejo de administración al que la CNMV pueda enviarle un requerimiento.

    Esto no convierte la autocustodia en gratuita ni en cómoda. Gestionar tus propias llaves exige aprender, y aprender exige tiempo que la mayoría no está dispuesta a invertir mientras el botón de «comprar» del exchange siga a un clic. La soberanía técnica siempre ha tenido ese costo de entrada, y sería una falta de honestidad intelectual venderla como un gesto sin fricción. Pero la opción sigue ahí, intacta, el mismo 1 de julio en que Europa cierra el cerco sobre todo lo demás.

    El viejo espíritu de Satoshi, puesto a prueba

    El diseño de Bitcoin nunca prometió que los intermediarios desaparecerían solos. Prometió que dejarían de ser necesarios para quien decidiera prescindir de ellos. Quince años después, la mayoría de los usuarios de cripto en Europa —por comodidad, por desconocimiento o por pura racionalidad económica— siguen prefiriendo el intermediario regulado a la responsabilidad total sobre sus propias claves. MiCA no traiciona el cypherpunk original: simplemente confirma que la inmensa mayoría del mercado nunca quiso vivir en él. Quería el activo, no la filosofía. Quería la exposición a Bitcoin sin renunciar a la comodidad de un tercero que responda cuando algo sale mal.

    Eso no es una derrota del proyecto original. Es su bifurcación natural. Hoy conviven, con más nitidez que nunca, dos capas: la de los exchanges regulados —vigilados, reportados, fiscalizados hasta el último euro— y la del protocolo desnudo, tan libre y tan hostil con el descuido como lo fue siempre. MiCA no ha cerrado la segunda capa. La ha hecho, si acaso, más visible por contraste. Y ese contraste, más que cualquier discurso libertario de manual, es la mejor demostración práctica de por qué Satoshi diseñó lo que diseñó: no para que el Estado no pudiera regular el dinero, sino para que existiera, siempre, una salida para quien no quisiera pedirle permiso.

    La libertad que queda hoy en Europa no es la que promete ningún reglamento. Es la que sigue dependiendo, como siempre, de quién guarda las llaves.

  • 16,5 BTC recuperados. Responsabilidad y cooperación voluntaria

    16,5 BTC recuperados. Responsabilidad y cooperación voluntaria

    El 16 de junio, el especialista argentino Marcelo R. Bianchi (@marcebit) anunció algo que pocos en el ecosistema bitcoiner se atrevían a dar por descontado: una wallet de Bitcoin Core cifrada en 2013, con 16,5 BTC dentro —hoy más de un millón de dólares—, había sido recuperada después de más de un año de convocatoria pública. La solución llegó apenas cinco días después de que Bianchi trasladara el caso de un grupo cerrado de Facebook a Reddit y X. Un colaborador anónimo, ajeno al grupo de Telegram que coordinaba los intentos organizados, dio con la contraseña: «pera5durasnopera5lus». Bianchi lo recompensó con 0,5 BTC, unos 32.500 dólares.

    Es una historia pequeña en apariencia, casi anecdótica. Pero condensa, mejor que cualquier manifiesto, los tres pilares que hacen de Bitcoin un experimento político y no solo financiero: la cooperación voluntaria, la descentralización radical y la responsabilidad ineludible que implica ser dueño absoluto de algo.

    Cooperación sin mandato

    Nadie obligó a nadie a participar en este caso. Bianchi no tenía autoridad sobre el colaborador anónimo, no firmó un contrato, no medió ningún tribunal ni regulador. Hubo un problema, un incentivo claro —0,5 BTC— y una convocatoria abierta a quien quisiera intentarlo. Eso es todo. La coordinación emergió de community Telegram, hilos de Reddit y publicaciones en X: arquitectura horizontal, sin jerarquía formal, sostenida únicamente por el interés mutuo de las partes.

    Esto no es un detalle técnico, es el corazón de la ética cypherpunk: las soluciones no necesitan venir de una institución con poder de coerción. Pueden surgir del intercambio voluntario entre desconocidos que jamás se verán las caras. El mercado de recompensas por resolver problemas criptográficos funciona porque no depende de la confianza en una autoridad central, sino del cálculo racional de incentivos entre individuos libres.

    Descentralización: ni rescate ni intermediario

    Ningún banco, ninguna casa de cambio, ningún Estado pudo —ni tuvo que— intervenir para que esos 16,5 BTC volvieran a manos de su propietario. No hubo «atención al cliente» que restableciera el acceso, ni proceso judicial, ni siquiera una empresa privada de recuperación con jurisdicción reconocida. La solución fue puramente criptográfica y social: alguien con el conocimiento adecuado encontró la clave correcta para un candado que solo el propio sistema, sin permiso de terceros, puede validar.

    Esa es precisamente la promesa —y la dureza— de Bitcoin. No hay un libro de reclamos. No hay un «olvidé mi contraseña» que active un protocolo de verificación de identidad respaldado por el Estado o entidad centralizada. El protocolo no negocia, no empatiza, no hace excepciones. Lo que cifra, permanece cifrado hasta que la matemática lo permita, sin importar cuán legítimo sea el reclamo de quien perdió el acceso.

    El precio de no tener intermediarios

    Aquí está el costado incómodo que muchos evangelistas prefieren minimizar: la autocustodia es libertad, pero también es responsabilidad total, sin red de contención. Según Chainalysis, cerca del 20% del suministro circulante de bitcoin está permanentemente perdido por errores de gestión de claves. Ariel, el propietario de esta wallet, pasó más de una década sin acceso a su propio dinero por una contraseña que ni él mismo recordaba con precisión.

    Eso no es un fallo del sistema. Es el sistema funcionando exactamente como fue diseñado. Cuando uno elige prescindir de bancos, custodios y reguladores, también prescinde de sus mecanismos de rescate. No hay un «frase de recuperación» institucional cuando la propia persona es la única institución. La soberanía financiera plena —ser tu propio banco— no es un eslogan de marketing: es una transferencia completa de riesgo desde el sistema hacia el individuo.

    El caso de los 16,5 BTC terminó bien, casi por casualidad: un archivo conservado, una contraseña parcialmente recordada, una comunidad dispuesta a colaborar a cambio de un incentivo razonable. Pero el final feliz no debería oscurecer la lección estructural. La propiedad sin intermediarios es la forma más pura de libertad económica disponible hoy. También es, sin matices, enteramente tuya para perder. Y por eso mismo es, quizás, el ejercicio de responsabilidad individual más exigente que existe: la contrapartida inevitable de toda libertad real.

  • “Soluciones” Impuestas: arrear

    “Soluciones” Impuestas: arrear

    No puedo más que insistir en que no es asunto de arrear sino de liderar mediante sanos principios y buenos ejemplos. Y por allí me parece escuchar algún centralista paternalista y condescendiente que me dice algo como: “Sí, Bennett, lo que no entiende es que eso puede funcionar con una población educada. Aquí no queda otra más que arrear.” Lo cual dicho de otra manera sería: “Aquí, no queda otra que regalar pescado y no enseñar a pescar”.

    ¿De veras?, que simplemente nos quedamos así bajo la esperanza e ilusión de que en algún futuro lejano e incierto lograremos cultura y educación? ¿Acaso no existirán formas de enderezar un poco más rapidito los caminos del servilismo? ¡Claro que hay!; pero, educar al pueblo no apetece nuestra cultura partitocrática parasitaria, de políticos para quienes el gobierno es el negocio. Tirar por borda ingentes esfuerzos de adoctrinamiento en las aulas del NODUCA y tal es impensable. Un pueblo en servidumbre es esencial para el gallinero lleno de gallinas y posturas.

    “Y dígame, don Bennett”: ¿Cuáles son esas formas de enderezar malos caminos en el Panamá de los “¿…viejos senderes retorcidos que el pie, desde la infancia, sin tregua recorrió…?” Habría que recurrir a la utopía de sanos principios que deberían quedar grabados en la constitución y llevados a la práctica política y gubernamental.

    ¿Se imaginan como sería si uno de los Diez Mandamientos dijese algo cómo?: “No es malo mentir si es para regir.” Artículo 91 de nuestra constitución: “…los padres de familia tienen el derecho de participar en el proceso educativo de sus hijos.” ¡Qué magnanimidad!, que la constitución nos conceda un derecho que existe más allá de la misma. ¿Qué buscaban los constitucionalistas con eso? Queda claro en la primera parte del Artículo 91, en dónde el estado y sus políticos se abrogan la “organización y dirección de la educación.” ¿Qué tal nos va con eso?

    La peor ley es la imposible de cumplir. El ejemplo ridículo y absurdo sería una ley que prohíbe respirar. Y, sin embargo, mucha de nuestra Constitución y sus reglamentos van por esos laberintos caminos. Y menos mal, pues de aplicarse sería trágico; como trágica ha sido la creación del NODUCA.

    He sacado a relucir lo anterior en aquellos momentos del COVID, que nos mueve a mirar con mayor detenimiento esas políticas de encierro dictadas con la supuesta finalidad de resguardarnos del virus. Pero, lo que no sabíamos entonces ni ahora, es que el más virulento de los virus se llama “gobierno desbocado”, que es el creador de la peor anarquía.

    Igual ocurre con el NODUCA, creado para educarnos… en la servidumbre será; que es como salvar a un náufrago aventándole un ancla. Papa dios no nos puso grilletes de control sino que nos permitió acceso al fruto del bien y del mal; diciendo: “Creced y multiplicaos como las estrellas del cielo”. Pero para “crecer” hace falta ser libre.

    Para cuidar al ganado se le encierra en corrales, pero no al ser humano. Pero— ¿cómo cambiar el desordenado apetito de quienes se creen reyes? La encerrona sólo alargó el proceso natural de una infección que no termina sino con la inmunización del rebaño. Sólo había que resguardar a los vulnerables; cosas que, en muchos casos, no se hizo, como en ciertos hogares para ancianos.

    Aprender no es fácil. Allí les dejo otro caso histórico que saca a relucir la mentalidad centralista burrocrática, que es mi caricatura de ocasión. Muestra un histórico y verdadero edicto gubernamental supuestamente dirigido a evitar que los caballos se asustasen cuando pasaban los primeros automotores. Parte de la historia dejada en olvido. ¿Tal vez por pena?

  • La ilusión de libertad en internet: 8 maneras en las que la red moldea nuestras decisiones

    La ilusión de libertad en internet: 8 maneras en las que la red moldea nuestras decisiones

    Nos gusta pensar que decidimos por nosotros mismos. Que elegimos qué ver, qué comprar, qué opinar. Que somos, en última instancia, sujetos autónomos navegando en un espacio abierto de posibilidades. Pero esa imagen empieza a resquebrajarse cuando observamos con más detenimiento cómo funcionan los entornos digitales en los que pasamos buena parte de nuestra vida cotidiana.

    La sociología lleva tiempo recordándonos que la libertad nunca opera en el vacío. Como planteó el sociólogo francés Pierre Bourdieu, nuestras decisiones están siempre orientadas por estructuras previas que delimitan lo que percibimos como posible. Hoy, esas estructuras no solo son sociales: son también algorítmicas.

    Internet no nos quita la capacidad de decidir, sino que hace algo más sofisticado: configura el marco dentro del cual decidimos.

    1. Elegimos lo que vemos, pero no lo que aparece

    Cuando abrimos una red social o hacemos una búsqueda, no accedemos a “todo lo que hay”, sino a una selección previa. Un filtro invisible ha decidido antes qué merece nuestra atención. No sentimos que eso limite nuestra libertad porque seguimos eligiendo, pero lo hacemos dentro de un menú ya configurado.

    Ahí es donde el poder se vuelve sutil, casi imperceptible. Como sugería Michel Foucault, no hace falta imponer conductas si se puede organizar el campo de lo posible.

    2. Creemos que algo es importante porque nos lo ponen delante muchas veces

    Hay temas que parecen inevitables. Están en todas partes: en titulares, en vídeos, en conversaciones digitales. Poco a poco, empiezan a ocupar más espacio en nuestra mente. No es casualidad, sino el resultado de procesos de selección que deciden qué circula y qué queda relegado.

    Como explicaba Niklas Luhmann, los sistemas sociales funcionan reduciendo complejidad. Internet lo hace simplificando el mundo hasta convertirlo en aquello que aparece en pantalla.

    Lo que no aparece simplemente deja de existir para nosotros.

    3. Formamos opiniones en entornos que ya están inclinados

    Muchas veces creemos que nuestras opiniones son el resultado de una reflexión personal. Pero lo cierto es que solemos construirlas en espacios donde ciertas ideas ya están reforzadas.

    Leemos, escuchamos y vemos contenidos que apuntan en direcciones similares. Con el tiempo, eso genera la sensación de que “todo el mundo piensa así”.

    Eso es hegemonía en el sentido que le confería el intelectual y filósofo italiano Antonio Gramsci: no hace falta obligar a nadie a pensar algo si se logra que determinadas ideas parezcan las más razonables, las más evidentes, las más normales.

    4. Sentimos de determinada manera porque el entorno nos empuja a ello

    Internet no solo organiza información: también organiza emociones.

    Hay contenidos que circulan más porque generan indignación; otros porque producen miedo; y otros porque refuerzan identidades o pertenencias. Sin darnos cuenta, nos movemos emocionalmente dentro de esos marcos. Nos indignamos cuando toca indignarse, nos alarmamos cuando toca alarmarse, e internet lo sabe porque conoce nuestros gustos.

    En términos de la profesora de Sociología estadounidense Arlie Russell Hochschild, podríamos decir que hay una especie de “guía emocional” implícita que orienta cómo debemos sentir en cada momento.

    5. Compramos lo que creemos querer pero ese deseo ya estaba anticipado

    Las recomendaciones parecen adaptarse a nuestros gustos. Y en parte lo hacen, pero también los modelan. Después de ver ciertas cosas, empezamos a interesarnos por otras similares. Poco a poco, nuestras preferencias se vuelven más previsibles… y más dirigidas.

    Aquí se cumple, en versión digital, una intuición clásica de Karl Marx: el sistema no solo responde a necesidades, también las produce.

    No solo elegimos lo que queremos. Terminamos queriendo lo que aparece disponible.

    6. Pensamos rápido, pero cada vez pensamos menos en profundidad

    La lógica de internet premia la velocidad. Respuestas rápidas, contenidos breves, explicaciones simples. Eso facilita el acceso, pero tiene un coste: la pérdida de matiz, de duda, de elaboración.

    Como advertía el sociólogo y filósofo estadounidense Herbert Marcuse, el riesgo de una sociedad altamente funcional es la reducción del pensamiento a una sola dimensión: lo inmediato, lo útil, lo evidente. Pensar despacio empieza a parecer un lujo innecesario.

    7. Hablamos como la plataforma permite que hablemos

    No solo cambia lo que decimos, sino cómo lo decimos.

    Los formatos digitales –memes, hashtags, frases cortas– condicionan el tipo de lenguaje que utilizamos. Y, con ello, el tipo de ideas que podemos expresar.

    Porque, como señalaba Ludwig Wittgenstein, los límites del lenguaje son también los límites del pensamiento.

    Si el lenguaje se estrecha, también lo hace nuestra capacidad de imaginar otras formas de ver el mundo.

    8. Y, lo más importante: todo esto nos parece completamente normal

    Quizá lo más inquietante no es ninguna de las formas anteriores por separado, sino el hecho de que todas ellas han dejado de resultarnos problemáticas.

    No sentimos que algo nos esté condicionando, ni percibimos pérdida de autonomía, ni detectamos imposición. Simplemente, vivimos así.

    Eso es lo que los filósofos Theodor W. Adorno y Max Horkheimer identificaron como una de las formas más eficaces de dominación: aquella que no se reconoce como tal.

    Una pregunta final difícil de esquivar

    Si todo lo que ve, lo que le interesa, lo que le emociona, lo que desea –e incluso la forma en que lo nombra– ocurre dentro de entornos previamente organizados por otros, ¿qué parte de su vida seguiría siendo reconocible como “suya” si, de pronto, quedara fuera de esos entornos?

    Y, aún más inquietante: si no puede responder con claridad ¿sigue decidiendo o simplemente está habitando decisiones que alguien (o algo) ya tomó por usted?

    Puede llevarse esta pregunta a la cama. Pero, cuidado: hay preguntas que, una vez pensadas, ya no nos devuelven la misma vida. Porque algunas preguntas funcionan como aquella pastilla roja de Matrix: no nos dan respuestas, nos obligan a ver lo que ya no podemos dejar de ver.

    Víctor Hugo Pérez Gallo, Assistant lecturer, Universidad de Zaragoza

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Bitcoin a 50.000 dólares: ¿análisis técnico o profecía interesada?

    Bitcoin a 50.000 dólares: ¿análisis técnico o profecía interesada?

    Un artículo de Cointelegraph plantea una hipótesis inquietante: si bitcoin no logra recuperar la zona de los 84.000 dólares y, en particular, su media móvil de 200 días, podría reabrirse el camino hacia los 50.000 dólares. La tesis es técnicamente defendible: en ciclos bajistas anteriores, perder y luego fallar en recuperar esa media funcionó como confirmación de debilidad estructural. Hoy BTC ronda los 81.000 dólares, por debajo de esa zona crítica.

    Pero conviene no confundir un nivel técnico con una sentencia. El análisis citado por Cointelegraph depende de una analogía con 2022: entonces, bitcoin no pudo recuperar la media de 200 días y terminó marcando nuevos mínimos. El problema es que el mercado de 2026 no es exactamente el de 2022. Hoy hay ETFs, mayor participación institucional, mesas reguladas, derivados más profundos y empresas que acumulan bitcoin como activo de tesorería. Eso no elimina el riesgo bajista; lo transforma.

    De hecho, abril de 2026 cerró con una subida superior al 12%, el mejor mes de bitcoin en un año, apoyado por una mejora en los flujos hacia ETFs tras varios meses de salidas. Cinco Días informó entradas netas cercanas a 2.500 millones de dólares en abril, aunque también señaló que bitcoin seguía bastante por debajo de su máximo de octubre.

    La lectura bajista, entonces, tiene sentido si se mira solo el gráfico: 84.000 dólares es una frontera psicológica y técnica. Barron’s también ubicó la resistencia en la zona de 81.000-83.000 dólares, con la media de 200 días cerca de 83.863, como umbral para mejorar la perspectiva de medio plazo.

    Sin embargo, el mercado no se mueve únicamente por medias móviles. Reuters reportó que Strategy, la firma asociada a Michael Saylor, sufrió una fuerte pérdida trimestral por la caída de bitcoin, en un contexto de cautela por valoraciones de IA, política monetaria incierta de la Fed y tensiones geopolíticas. Pero el mismo reporte también subrayó que grandes instituciones financieras siguen expandiéndose hacia ETFs y servicios vinculados a bitcoin.

    Ahí está la contradicción central: el gráfico dice “cuidado”; la estructura de mercado dice “esto ya no es solo un casino minorista”. Bitcoin puede caer a 50.000 dólares, claro. Sería una corrección dura, pero no absurda. Lo discutible es presentarlo como destino casi inevitable si falla una sola resistencia.

    En nuestra opinión, el artículo acierta al señalar que 84.000 dólares es una zona decisiva, pero exagera el dramatismo al convertirla en un plebiscito entre bull market y colapso. Bitcoin está en una fase de prueba, no necesariamente de capitulación. Si rompe y sostiene 84.000, el relato bajista pierde fuerza. Si falla y además pierde la zona de 76.000-78.000, entonces sí: los 60.000 primero y los 50.000 después vuelven al tablero.

    Pero hay algo más que suele quedar fuera de estos análisis: bitcoin no nació como un activo para ser evaluado por mesas de riesgo ni como un instrumento para maximizar retornos en carteras institucionales. Fue concebido como una moneda nativa de internet, resistente a la censura, ajena a la discrecionalidad de bancos centrales y gobiernos. No como una promesa de enriquecimiento, sino como una herramienta de autonomía.

    Por eso, más allá de si toca los 84.000 o vuelve a los 50.000, hay una dimensión que no aparece en los gráficos: su capacidad de funcionar fuera del sistema. Los analistas pueden debatir soportes y resistencias; los fondos, ajustar exposición; los reguladores, intentar encuadrarlo. Pero mientras exista como red abierta, utilizable sin permiso, bitcoin seguirá representando algo más incómodo que una simple inversión.

    Quizás la conclusión más honesta no sea elegir entre alcistas y bajistas, sino recordar que el precio es solo una capa de la historia. Porque, incluso en medio de la volatilidad, la idea original —una forma de dinero que no depende de nadie— sigue ahí. Y para muchos de nosotros, eso sigue siendo razón suficiente no solo para observarlo, sino para usarlo.

  • El libro, ese acto de libertad

    El libro, ese acto de libertad


    El mundo huele a papel y a tinta. En las Ramblas de Barcelona, los puestos de libros y rosas compiten con la primavera. En Madrid, en Buenos Aires, en Ciudad de México, en Bogotá —y en más de cien países— millones de personas celebran el Día Mundial del Libro. La UNESCO eligió esta fecha en 1995 porque en torno al 23 de abril de 1616 fallecieron Cervantes, Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega, tres voces que, desde rincones distintos del planeta, hablaron del mismo asunto: la condición humana y su insaciable necesidad de sentido.

    No está de más recordar que la idea original de esta celebración partió de Cataluña, del escritor valenciano Vicente Clavel Andrés, que la propuso a la Cámara Oficial del Libro de Barcelona en 1923 y fue aprobada por el rey Alfonso XIII en 1926. España, cuna del Quijote, como corresponde.

    Y El Quijote merece un momento aparte. Don Alonso Quijano era, antes que nada, un lector. Un lector tan apasionado que los libros le cambiaron la vida —aunque Cervantes lo presentara como advertencia, la posteridad lo leyó como elogio. Hay en ese personaje una lección profundamente liberal: un hombre que, frente al mundo que le imponían su aldea, su época y su clase, decidió reescribir su propia historia. Se inventó a sí mismo. Eligió quién quería ser. Fracasó en los molinos, claro, pero nadie que haya leído con honestidad el libro puede negar que algo en él admira esa obstinada voluntad de no resignarse a lo dado.

    Eso es, en el fondo, lo que hace un libro: ensancha el territorio de lo posible. Cada página es una frontera que se abre. Cada historia ajena que habitamos —aunque sea por unas horas— nos devuelve a nuestra propia vida con ojos distintos. La lectura es, en ese sentido, el ejercicio de libertad más democrático que existe: no requiere capital, no exige linaje, no discrimina por origen. Solo pide tiempo y voluntad.

    Una mirada liberal no puede sino celebrar el libro como institución. No el libro impuesto, ni el libro oficial, ni el libro quemado en ninguna plaza pública de ninguna época —y han sido demasiadas—. El libro elegido. El que uno busca porque algo le inquieta, porque una pregunta no le deja en paz, porque necesita comprender el mundo o escapar de él durante un rato. La libertad de leer lo que uno quiera es, al mismo tiempo, una libertad civil y una aventura íntima.

    Este año, la Capital Mundial del Libro elegida por la UNESCO es Rabat, capital de Marruecos, una ciudad que es encrucijada de culturas, de lenguas, de herencias. Un ejemplo de que la cultura escrita no tiene pasaporte, y de que los libros han sido siempre los mejores diplomáticos: viajan sin visado y cruzan fronteras que los políticos cierran.

    En un tiempo en que los algoritmos nos ofrecen contenido ya masticado, en que la atención se fragmenta en píxeles y el pensamiento se mide en segundos, leer un libro largo sigue siendo un acto casi subversivo. Requiere paciencia. Exige entregarse. Nos pide que apaguemos el ruido y nos sentemos con alguien —el autor— que tiene algo que decirnos y que se tomó la molestia de escribirlo bien.

    Cervantes dedicó su vida entera a ese esfuerzo. Perdió la mano izquierda en Lepanto y, décadas después, encontró la inmortalidad en una imprenta de Madrid. Hoy, cuatro siglos más tarde, Don Quijote sigue cabalgando. No hay algoritmo que haya logrado eso todavía.

    Feliz Día del Libro. Lean lo que quieran, lean sin culpa, lean con placer. Y si no saben por dónde empezar, siempre queda un caballero de La Mancha dispuesto a recibirles.