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  • La perversión del lenguaje como camino al autoritarismo

    La perversión del lenguaje como camino al autoritarismo es el recurso clásico;  es utilizar al mismo como arma, redefiniendo los conceptos y aplicando metáforas que modifican el contexto con que interpretamos la realidad. Para lograrlo, se utilizan un par de herramientas excusatorias, como el uso de la fuerza  y la persuasión.

    Para el primer objetivo, esto es, el uso de la fuerza, es necesario la figura de un enemigo, sea real o no, y que adecuadamente podría ser el actual Covid 19(84); para el segundo, se puede persuadir de manera subliminal, mediante el miedo o el engaño.

    Para persuadir es necesario un uso del lenguaje adecuado que suavice las verdaderas consecuencias de las medidas a tomar. Y la perversión del lenguaje es la mejor manera para persuadir. George Orwell conocía el poder del lenguaje antes de que la era de la televisión y de Internet lo revelara en forma exponencial.

    En su libro «1984», intenta advertirnos de las consecuencias de poner el lenguaje al servicio de un Estado totalitario. “La decimoprimera edición es la definitiva —dijo—. Le estamos dando al idioma su forma final, la forma que tendrá cuando nadie hable más que neolengua. Cuando terminemos nuestra labor, tendréis que empezar a aprenderlo de nuevo. Creerás, seguramente, que nuestro principal trabajo consiste en inventar nuevas palabras. Nada de eso. Lo que hacemos es destruir palabras, centenares de palabras cada día. Estamos podando el idioma para dejarlo en los huesos. De las palabras que contenga la onceava edición, ninguna quedará anticuada antes del año 2050”.lla perversión del lenguaje

    Modificar la antigua lengua era el objetivo para dominar el pensamiento de los miembros del partido. La idea que nos intenta transmitir Orwell es que si las personas no dominan el lenguaje, no podrán pensar correctamente, y que si no pueden pensar correctamente, entonces serán otros quienes pensarán por ellos. El objetivo de la neolengua orwelliana entonces, no es crear un medio de expresión sino establecer un canal ideológico. Así, explicó con qué facilidad el «doble pensamiento» y la «neolengua» nos pueden convencer de que “la guerra es paz, la libertad es la esclavitud, y la ignorancia es la fuerza”.

    También escribió en “Política y el idioma inglés”: “En nuestra época, el lenguaje y los escritos políticos son ante todo una defensa de lo indefendible” para ocultar lo que se propone su utilizador. Así, por ejemplo, “Se bombardean poblados indefensos desde el aire, y a eso lo llaman “pacificación”.” Recuerden que para mantener dominada a la opinión pública Joseph Goebbels usaba el termino «Solución Final» para hablar del exterminio judío.

    Actualmente, debido al Corona virus, el lenguaje oficial de la pandemia deviene en un lenguaje no preciso, infantilizado, no muy elaborado ni muy sofisticado, que potencia la angustia, el miedo y la sensación de aislamiento. Entonces, a la restricción de la libertad se las denomina “cuarentenas”, a las personas sanas, “asintomáticos” , a una autorización de uso de emergencia, «vacunas», al aislamiento forzado, «burbujas» y a las personas de espíritu crítico, aquellos que observamos y señalamos lo que vemos inconsistente, nos denominan “negacionistas”, los “malos”, por contraposición a ellos que son «los buenos, la ciencia y los que saben más» que nosotros lo que nos conviene para nuestra salud o nuestras vidas en general.

    Lo que escribo es para no caer en la trampa del lenguaje, especialmente en estos días. No tenemos un enemigo, no tenemos un «new normal». Tenemos un virus altamente contagioso que convive con nosotros. Y no debemos normalizar lo anormal. Debemos regresar a la normalidad, a nuestras vidas comunes, como debe ser mal que les pese a los fatales arrogantes. De otro modo, el camino al totalitarismo está servido.

  • Sin el estudio de la Historia no hay futuro

    Siempre me ha parecido magnífico el resumen en dos pasajes célebres de Aldous Huxley sobre el problema medular que nos envuelve. En primer lugar al escribir que “la gran lección de la historia es que no se ha aprendido la lección de la historia” y ¿cuál es esa lección?, pues según Huxley es debido a que “en mayor o menor medida, todas las comunidades civilizadas del mundo moderno están constituidas por una cantidad reducida de gobernantes, corruptos por demasiado poder y por una cantidad grande de súbditos, corruptos por demasiada obediencia pasiva e irresponsable”. ¡Que extraordinaria descripción!

    Pero el asunto es intentar el desmenuzamiento de semejante conclusión a través de hurgar en las razones del caso. Me temo que debe arribarse a una explicación inaudita, cual es nada más y nada menos que la porfiada renuncia a la condición humana, a la propia dignidad en cuanto a la manía de abdicar de los derechos de cada cual para endosarlos al megalómano de turno sin detenerse a considerar, por una parte, la degradación monstruosa que implica perder la libertad, el atributo que distingue a los humanos de todas las especies conocidas y, por otra, sin percatarse que es el modo más efectivo de hundirse en la miseria no solo moral sino material.

    Antes he elucubrado sobre facetas de la historia que ahora vuelvo a mirar. Hay muchas clasificaciones que han llevado a cabo los historiadores sobre su materia, pero la que me ha parecido más original es la de mi cuentista favorito Giovanni Papini quien la divide en cuatro grandes etapas según el uso de una fruta: la manzana.

    Así, Papini concluye que hubo cuatro manzanas decisivas en la historia de la humanidad. La primera la de Adán que abrió cauce a la noción del mal. La segunda, la de la discordia, fue la de oro para premiar a la mujer más bella en el relato de Homero. La tercera fue la de Guillermo Tell fabricada por Schiller y ejecutada musicalmente por Rossini que desafió al poder político, y la cuarta fue la científica de Isaac Newton en cuanto a aquello del conocido episodio de la manzana que derivó en la formulación de la ley de la gravedad.

    Como ha esbozado Robin Collingwood, una forma precisa y muy relevante de dividir la historia es según los grados de estatismos, lo cual ha hecho eclosión en nuestra época, como queda dicho, marcada por un Leviatán desbocado y avasallante. La contracara de esto no solo se refiere al achicamiento de los radios de acción del individuo y del estrangulamiento de sus libertades sino que la misma historia se desvía de los múltiples, variados y ricos acontecimientos de las personas para enfocar la atención en los que confiscan derechos puesto que abarcan y cubren casi todo.

    Hacia fines del siglo XVIII fueron menguando en algo los poderes de las monarquías absolutas (aunque, como un ejemplo, quedaron impregnados en los estilos mobiliarios y similares los nombres de los monarcas, casi siempre sin mención a los ebanistas que fabricaron el mueble), situación que dio pie a que se pudiera hurgar en los acontecimientos de la vida propiamente humana para salir de los pasillos del poder político, pero de un tiempo a esta parte se ha vuelto a las andadas y se ha dado lugar a los desmanes de las botas que siempre acompañan a los ámbitos políticos.

    Los cinco tomos de Historia de la vida privada escrita por muchos autores pero coordinada por Philippe Ariés y Georges Duby constituyen una pieza de historiografía superlativa en la que se exhibe lo que podríamos denominar la verdadera historia, la historia de las personas y no el simple registro de las fechorías de los mandamás de todos los tiempos. Duby apunta en el prólogo de la antedicha obra que esa historia “ha de resistir hacia fuera los asaltos del poder público” a pesar de que “con el fortalecimiento del Estado, sus intromisiones se han vuelto más agresivas y penetrantes” y si “no nos prevenimos frente a ellas, reducirán muy pronto al individuo a no ser más que un número suministrado en un inmenso y terrorífico banco de datos”.

    Es que los aparatos estatales en teoría son para proteger los derechos de las personas que gobiernan, es decir, sirven de marco institucional para que cada uno pueda seguir los proyectos de vida que considere pertinentes sin lesionar derechos de terceros. Es así que la multitud de procederes en los campos más diversos va forjando la parte jugosa y fértil de la historia.

    Sin embargo, igual que en las épocas remotas de salvajismo, ahora resulta que el centro de la escena lo ocupa el monopolio de la violencia pero ni siquiera para velar por los derechos de todos sino para conculcarlos a través de atropellos crecientes y dirigiéndose a los gobernados como si fueran súbditos, generalmente subsidiando a grupos que hacen de apoyo logístico al abuso del poder con el fruto del trabajo ajeno.

    En Introducción al estudio del conocimiento histórico, Enrique de Gandia nos dice que ese su libro “ojalá muestre a los jóvenes a amar la historia, no como exaltación de energúmenos o estatuas de cartón, sino como comprensión de la vida, con lo inesperado en cada recodo, y el amor a la libertad”, una obra en la que subraya la importancia del cosmopolitismo y lo destructivo de los nacionalismos, ideas muchas veces contradichas en centros de estudios en los que no solo se enseña a memorizar los pertrechos de guerra de cada bando sino que se alaba y pondera la xenofobia.

    Ya Croce había destacado a la historia como hazaña de libertad y Popper había refutado la existencia de “leyes inexorables de la historia” punto que resume bien Paul Johnson al escribir que “una de las lecciones de la historia que uno debe aprender, a pesar de que resulta desagradable, es que ninguna civilización puede darse por sentada. Su permanencia nunca puede asumirse; siempre hay una edad oscura acechando a la vuelta de cada esquina”. Aquella visión falsificada de los inexorables “ciclos vitales” de la historia ha tenido como uno de sus máximos exponentes a Spengler.

    Cuando se estudia la historia privada se estudia la historia de la vida humana, en cambio cuando se relata la historia de los aparatos estatales en expansión se estudia la anti-vida, la destrucción de lo propiamente humano, se mira el monstruo que asfixia al individuo. Cuando se estudia la historia privada se constatan los portentosos resultados de la mente, en el arte, en el derecho, en la filosofía, en la economía y en todas las manifestaciones de la conducta humana. Se aprenden las costumbres, los bailes, las gastronomías, la arquitectura, la música, la pintura, la escultura, las modas, las instituciones, el sentido de las conversaciones y la comunicación en general.

    En esa mirada se percibe la evolución de la civilización o la involución puesto que como enseña Collingwood la civilización “significa como condición que el hombre adquiere lo que necesita para su sustento y confort no sacando a otros lo que les pertenece sino ganando lo suyo” de lo contrario la sociedad es una “del saqueo”, lo cual implica “la revuelta contra la civilización”.

    En última instancia la historia del hombre es la historia del pensamiento, es la historia del espíritu como también destaca Collingwood, al tiempo que señala que “las ciencias naturales… no incluyen la idea de propósito”. En las piedras y las rosas no hay acción sino mera reacción. El historiador en las ciencias sociales interpreta el pensamiento de otros, a diferencia de los pseudohistoriadores que, para citarlo nuevamente a Collingwood, fabrican “la historia de tijeras y engrudo… donde repite lo que le dicen sus ́autoridades´”.

    Los gobiernos se han ensanchado tanto que, fuera de los crímenes, en las noticias, salvo honrosas excepciones, prácticamente no figuran los hechos y dichos de los privados porque los diarios, la televisión y la radio están copados por los movimientos del príncipe. Y el asunto tiene su explicación porque precisamente el Leviatán todo lo deglute, por lo que su figura no puede pasar desapercibida. Esto es lo que hay que cambiar drásticamente. De todos modos, ahora, con los progresos en las redes sociales y equivalentes surge con mayor frecuencia el individuo, pero, como decimos, el grueso de las noticias conservan las andanzas de los burócratas. Incluso, cuando se hace referencia a los ciudadanos se alude a los que están “en el llano” admitiendo que los funcionarios -que en verdad son empleados de la gente- están “en la cúspide” cuando la situación debiera ser la inversa. Quienes debieran estar en el llano esperando órdenes de sus mandantes son los gobernantes, pero el asunto se ha trastocado y los aparatos estatales son cada vez más adiposos.

    Conviene a esta altura una digresión semántica. No se si es apropiado aludir a la historia de la vida privada para distinguirla de la referida a los ámbitos gubernamentales, en todo caso que quede claro que no se apunta a lo íntimo que es privativo de cada cual sino a lo que las personas manifiestan exteriormente, fuera de lo que reservan para sí y que excluyen de la mirada de terceros.

    Otra vez debemos hacer referencia a la educación para poder vislumbrar una salida a tanta referencia a los príncipes. Es que si desde que son niños se machaca con la reverencia debida a las autoridades estatales, es poco probable que haya espacio para el pensamiento independiente y, por ende, para la historia de la vida privada en el sentido consignado ya que todo lo engulle el poder político. Y muchos padres no ayudan en esta faena pues en los cumpleaños de los hijos pequeños les regalan soldaditos y ametralladores que no sirven para consolidar la paz.

    Cuando existe la oportunidad de escarbar ya no en las costumbres y hábitos de un grupo humano sino en la biografía de algún pensador de fuste, se descubren recovecos y propuestas que maravillan a cualquiera. Pero es que muchas veces, con la idea de simplificar, se prefiere tomar la historia de a grupos inmensos y parece más fácil personificarlos en los gobernantes y sus dinastías, en lugar de tomarse el trabajo y sacar provecho de todo lo que subyace.

    En realidad, no hay queja justificada al aplastamiento de la vida personal cuando simultáneamente en los hechos se respaldan las ideas y principios que fortalecen y endiosan las estructuras estatales y a su correspondiente radio de acción para administrar vidas y haciendas ajenas.

    Comienzo el cierre de esta nota periodística con el peligro de la degradación de la democracia para convertirla en una especie de ruleta rusa, no solo formuladas por los Giovanni Sartori de nuestra época sino por autores como Joseph Schumpeter que en Capitalismo, Socialismo y Democracia donde se pregunta y se responde al abrir la segunda parte “¿Puede sobrevivir el capitalismo? No; no creo que pueda.” Y esto a pesar del éxito extraordinario que, como dice el autor, ha producido el capitalismo para las masas. Entre varios factores que se señalan en el libro, el autor destaca que es debido a que “el capitalismo plantea su litigio ante jueces que tienen la sentencia de muerte en sus bolsillos” en base a que “la masa del pueblo no elabora nunca opiniones determinadas por su propia iniciativa. Todavía es menos capaz de articularlas y convertirlas en acciones coherentes. Lo único que puede hacer es seguir o negarse a seguir al caudillaje de un grupo que se ofrezca a conducirlo”, lo cual nos lleva al “concepto particular de la voluntad del pueblo […] ese concepto presupone la existencia de un bien común claramente determinado y discernible por todos” pero, en Psicología de la multitudes Gustave Le Bon nos recuerda que “el comportamiento humano bajo la influencia de la aglomeración, especialmente la súbita desaparición -en un estado de excitación- de los frenos morales y de los modos civilizados de pensar y sentir; […y] la súbita erupción de impulsos primitivos, de infantilismos y tendencias criminales” y de modo similar a Schumpeter se pronuncia Benjamin Roggie en ¿Can Capitalism Survive?

    Estas últimas reflexiones nos llevan a meditar seria y urgentemente en nuevos límites al poder político al efecto de salvaguardar la democracia, tal como han hecho pensadores de peso como Hayek, Leoni y antes que ellos Montesquieu en pasajes poco explorados de su obra cumbre que habría que repasar con detenimiento a los que me he referido en otros textos y lo seguiré haciendo ad nauseam hasta lograr el objetivo dada la gravedad del asunto.

    A esta altura es un lugar común citar a George Santayana en cuanto a que “los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla” en el sentido de masticar y digerir adecuadamente lo sucedido a los efectos de aprender las lecciones de la historia -al contrario de la advertencia estampada por Huxley con que abrimos esta nota- para progresar y no estar condenados a machacar en los mismos errores.

  • Dictadura pandémica

    Hoy leí un escrito de opinión que me pareció dar en la diana de la verdad al decir que: “Las pandemias terminan cuando lo decide el público.” Es decir, no cuando quiere el gobierno. Lo anterior va quedando en evidencia al ver que la gente está dejando de obedecer a los necios. No tiene sentido prohibir a quienes tienen hambre que salgan a buscar comida. ¡Es que te vas a morir de COVID! ¿Será que está bien morir de hambre? La otra es que cada día hay más normas, leyes, reglamentos, llámense como quieran, que nadie puede cumplir; pero las “autoridades” sienten que, si no mandan, aunque sean sandeces, pierden el control del rebaño.

    A una sobrina mía que era la única que caminaba en una playa en Taboga le salió un agente del desorden a llamarle la atención por no tener máscara. Supongo que es una forma que tienen algunos agentes de sentirse grandes. O el otro caso, de prohibir la salida de barcos pesqueros, no sea que los peces del mar les infecten con COVID. Realmente hay que admirar la capacidad histriónica de las llamados “autoridades”. En fin, los del gobierno podrán decir que la pandemia arrecia, pero si la gente no les para bola, bien podemos decir que la pandemia llegó a su fin… ¿el asunto es cual pandemia, la virulenta o la politiquera?

    Otra forma de verlo es que las pandemias tienen dos finales diferentes, tal como lo señala Ryan McMaken: “El final médico, que se da cuando menguan las infecciones, y el final social, que ocurre cuando a la gente les vale.” El otro enfoque es el económico, que igual es social y tiene mucho que ver con nuestra sobrevivencia y felicidad. Ya está llegando el momento en que la gente le importa mucho más el hambre y la ruina que el COVID 19.

    Y nuevamente, McMaken nos recuerda que en 1958 y 1918 las pandemias no destruyeron la economía. ¿Qué ocurrió esta vez? Que ya la gente no va a seguir eternamente poniendo sus vidas en pausa, como si fuese una serie de Netflix. Y nos vuelve a decir McMaken que la gente es una cosa y los tecnócratas otra, que no parecen entender, o no les importa, que muchos tienen que salir a poner la paila. Y también están los niños y tal. Ya veremos lo que ocurre cuando los burrócratas no tengan con que pagarse sus salarios.

    En la vida real, cada quien debe ser el gestor de los riesgos que asumen; ya sea si es nadando en la playa o saliendo a trabajar; por más que los burrócratas quieran ser los que dirigen el tráfico de nuestras vidas. Entonces, lo que deben estar buscando los del gobierno es como está y estará reaccionando la gente, para ver cómo lidian con eso. Lo lógico es que salgan a dar consejos sanos y no los ñames que les caracteriza.

    Ojalá fuesen tan efectivos en el caso de la seguridad vial. Ayer que salí a renovar licencia, nos pasaban autos por los hombros y casi por arriba. Pero eso está bien para los campeones de la gratificación pecuniaria; que los tontos sigamos en fila, mientras pasan los juega vivos. O el tema de las placas, que hay que cambiarlas anualmente, no porque ello nos brinde más seguridad, sino porque usan eso como instrumento fiscal; lo cual es delictivo… pero ni eso entienden, o no les importa.

    Ya se le acabará al gobierno la magnífica pandemia y tendrán que buscar otra nueva emergencia para imponer sus desvaríos de poder y avaricia. Lo que no ven y menos entienden es que su forma de gobernar ya caduca.

  • Ideología y Libertad

    Se dice que la discusión no es ni debe ser ideológica. Ese principio es una contradicción respecto a la realidad que enfrentamos. La historia muestra claramente que son las ideas las que determinan los comportamientos, y voy a insistir en que el mundo cambió a partir de la aceptación de ciertas ideas que determinaron el sistema ético y político que produjo el progreso y la libertad. Es un hecho manifiesto que por el contrario fueron otras ideas las que determinaron el totalitarismo como una racionalización del despotismo.

    No puedo menos que insistir en que tal como explica William Bernstein en su The Birth of Plenty el mundo hasta hace unos doscientos años vivía como vivía Jesucristo. ¿Qué fue lo que cambió al mundo? Tomemos en cuenta el pensamiento de David Hume que escribió: “Es imposible cambiar o corregir algo material en nuestra naturaleza, lo más que podemos hacer es cambiar nuestra circunstancia y situación”.

    Evidentemente ese cambio se produjo a partir de las ideas que crearon el sistema ético, político y jurídico que determinaron el cambio de situación y circunstancia. No me cabe la menor duda de que el respeto del derecho de propiedad privada y el derecho a la búsqueda de la felicidad, que Locke considerara el principio fundamental de la libertad, han sido las ideas que cambiaron al mundo.

    Las ideas contrarias a éstas fueron determinantes de los regímenes totalitarios que surgieron en Europa. Basta analizar el pensamiento de Rousseau que influyó en la Revolución Francesa las raíces del totalitarismo, Diosa Razón mediante. Al respecto escribió Rousseau: “Así como la naturaleza le da a cada hombre poder absoluto sobre su cuerpo, el pacto social le da al cuerpo político poder absoluto sobre sus miembros”. Y sigue: “Cualquiera que se atreve a emprender la tarea de instituir una nación debe sentirse capaz de cambiar la naturaleza humana”.

    El socialismo es una ideología que proviene de estas ideas y seguidamente llegó Karl Marx, que hoy está presente vía Eduard Bernstein que escribió que el socialismo se podía alcanzar democráticamente y sin revolución. Tampoco podemos ignorar el pensamiento de Kant al respecto.

    Creo que estamos viendo la obviedad del pensamiento de Balynt Basony: “La filosofía política angloamericana y la franco germánica son tan diferentes como el día y la noche”. Y no podemos menos que reconocer al respecto que de la angloamericana surgió la libertad, y de la  francogermánica el totalitarismo. Y al respecto Jean François Revel en su obra “La Obsesión Antiamericana” escribió: “Son los europeos, que yo sepa, quienes hicieron el siglo XX el más negro de la historia, en las esferas política y moral, se entiende. Ellos provocaron los dos cataclismos de una amplitud sin precedentes, que fueron las dos guerras mundiales; ellos fueron los que inventaron y realizaron los dos regímenes más criminales jamás infligidos a la especie humana”.

    Ahora también se está discutiendo que la problemática del mundo que se viene surge de la inteligencia artificial. Por el momento discrepo con esa teoría. A mi juicio el problema pendiente es la falta de inteligencia natural aprovechada por los que la tienen para lograr el poder político. Ese es el caso del socialismo que se fundamenta en la falacia de la búsqueda de la igualdad. Y al respecto recordemos a Karl Popper: “Luché por la igualdad hasta que me percate que en la lucha por la igualdad se perdía la libertad y después no había igualdad entre los no libres”.

    Otro aspecto a tener en cuenta es el resultado aparentemente favorable de la reunión del G20 en la cual parece haberse aceptado el criterio de que el acuerdo es más importante que el desacuerdo. Como bien dijera David Hume: “La riqueza de tu vecino no te perjudica sino que te beneficia”. Y esa conclusión había sido ya aceptada por Estados Unidos y por ello aplicó el Plan Marshall después de la segunda guerra mundial. Esa decisión no fue un acto de beneficencia sino de inteligencia en virtud de la conciencia de que le convenía que Europa restaurara su economía y la libertad. Diría que fue la primera vez en la historia que los países que perdieron la guerra ganaron la libertad.

    Hoy el mundo Occidental  parece confundido por la democracia socialista, pero no hay dudas de que las ideas que lo cambiaron siguen siendo válidas, y por ello Richard Epstein escribió: “Los principios incorporados en la Constitución Liberal Clásica no son aquellos que operan en esta o aquella era. Son principios para todas las eras”. En otras palabras, la tecnología no altera las ideas que la provocaron.

    Al respecto considero importante la evaluación de esa realidad de Peter Drucker: “Tan difundida y tan falaz como la creencia de que la Ilustración engendró la libertad en el siglo XX es la creencia de que la Revolución Norteamericana se basó en los mismos principios que la Revolución Francesa y que fue efectivamente su precursora”.

    En función de esa realidad he reconocido la falacia de la Civilización Occidental, que implica la ignorancia de que Europa llegó al totalitarismo, Revolución Francesa mediante, que es la racionalización del despotismo. Y aquí estamos ante la confusión del Iluminismo a la que ya me he referido, y la democracia mayoritaria sigue siendo el camino de la demagogia al socialismo. O sea del populismo que reina en Europa, en tanto que en China desde el poder que se justifica en el comunismo ha aceptado las ideas que cambiaron al mundo a las que me he referido y por ello crece y ha pasado a ser la segunda economía mundial. Por el contrario Europa está enclaustrada en el populismo democrático y no crece.

    Y volviendo a la inteligencia artificial debemos reconocer el avance tecnológico que ella implica y que determina una evolución en la vida cotidiana y no un cambio en la naturaleza humana. Si la inteligencia artificial es usada políticamente para insistir en los derechos del pueblo y la falacia de la igualdad, ello determina el aumento del gasto público y su consecuencia la caída en la tasa de crecimiento económico que prevalece hoy en el mundo occidental. Como se decía en la China, muy al Oriente está Occidente, y todo parece indicar que Occidente está desorientado abandonando las ideas que cambiaron al mundo. Y permítanme recordar de nuevo a Alberdi: “Hasta aquí el peor enemigo de la riqueza del país es la riqueza del fisco”.

     

  • ¿Puede ser la cédula un instrumento del servilismo?

    La cédula puede ser un instrumento del servilismo, dependiendo de cómo y para qué se utiliza. La tendencia del totalitarismo tiene muchas maneras de manifestarse, y la población muchas maneras de volverse adicta al servilismo. Se define “servilismo” como “ciega y baja obediencia y adulación a la autoridad.” Y un ejemplo del uso de vocablo sería, “el servilismo demostrado ante las autoridades o ante los representantes de la autoridad es penoso”.

    Pero en nuestro querido Panamá nos han acostumbrado de tal manera a ser serviles, que cuando alguien pone en tela de duda un tema como este, ese “alguien” es quien queda entredicho y no quien pone de manifiesto la práctica del totalitarismo. En fin, ¿cómo puede un pueblo madurar y desarrollarse siendo sumiso y pisoteado?.

    No estoy contra la cédula, sino a la exigencia de pedirla sin más razón que la de algún “funcionario público” que le dé por detenerte con única finalidad de que te identifiques. Es decir, sin que hayas cometido falta o delito que justifique tal detención. Y ojo, que no es lo mismo que te detengan momentáneamente para pedirte la cédula; a que te conduzcan ante la autoridad por portarla o exhibirla.

    Una noche iba en auto con mi señora esposa y nos detuvieron en un retén que, a todas luces, parecería ser de esos espurios. Yo mostré mi cédula; pero, mi esposa, inadvertidamente, había dejado la suya. “¿Y la cédula de la señora?” “No la tiene consigo, señor agente.” “¿Y quien es ella?” “Mi esposa”. “Bueno, le vamos a dar un chance.” Examinemos el asunto.

    En la Constitución el termino “cédula” apenas aparece en el Artículo 136 del Capítulo 2 sobre el Sufragio; por lo que bien y de inmediato podemos concluir que origina como un instrumento del sufragio y no como uno de policía. En el Título 2, aparece el vocablo “cédula”; termino cuyo significado significa “papel o documento en que se hace constar una deuda, una obligación o cualquier información de este tipo.” En otras palabras, parecería que estamos endeudados de identificación ante el estado y sus funcionarios.

    Sin embargo, el Artículo 27 de la Constitución dice que “toda persona puede transitar libremente por el territorio… sin más limitaciones que las que impongan las leyes o reglamentos de tránsito, fiscales, de salubridad y de migración.” Esta ley es fundamental, y las que devienen no pueden ir en contra de lo establecido, sino, únicamente, explicar o ampliar, pero sin torcer.

    Ahora, vayamos a la Ley 108 del 8 de octubre de 1973 (plena Dictadura), en dónde su Artículo 2 dice que “la cédula de identidad personal deberá ser obtenida, portada y exhibida ante los servidores públicos…” ¡Mon Dieu! Hoy tenemos un cuarto de millón de “servidores públicos”que, en buena medida, no sirven sino se ‘sirven’. ¿Me dices que cualquiera de ese cuarto de millón te puede detener para pedirte identificación? Parecería un asunto inocuo. ¿Qué hay de siniestro en que te identifiques? particularmente hoy día en donde ya hay cámaras por todos lados, como también la tecnología de identificación facial, de retina, y hasta el modo de caminar y tal.

    Pues, vuelvo a insistir, lo malo está en que te detengan con la única finalidad de que identifiques. Ello es típico de los sistemas totalitarios; y, no es bueno perder de vista que no es tanto en dónde estás, sino hacia dónde vas. Profundicemos un tanto más.

    La documentación típica de identificación ciudadana que deambula por el mundo tiene tres características: 1) que todos los ciudadanos y residentes deben tenerla; 2) que todos deben portarla y presentarla antes las “autoridades” y no como en Panamá que es ante los “servidores públicos” y; 3) que dichos collares caninos, digo… cédulas, deben estar ligadas a una base de datos que contiene información hasta de cómo te sientas en el retrete.

    Peor es que crean o, de hecho, te la pidan cuando les venga en ganas, sin justificación. Por otro lado, está el alegato de: “Estamos cuidando tu vida, propiedades y tal.” ¿De veras que para cuidarnos hace falta violarnos?

    En los EE. UU. han intentado introducir la cédula, pero allá no hay tantos congos. Y el otro aspecto es que una vez que la población se acostumbra a la violación, llega el momento en que uno se envicia. Y nos dicen, “es que, si a la cédula le metemos tu historial policivo, multas, y las veces que pateaste al perro, podrás montarte al avión sin tanto jaleo.” ¡Visiones de The Matrix! En los EE. UU. se prepara una ley para una cédula voluntaria; lo que me trae a mente la mentirilla panameña de “préstame un dólar” y tal. El problemita con las cédulas voluntarias es que eventualmente todos las consiguen y quedamos de vuelta en primera base. Y, en todo caso, ¿por qué no unificar la cédula con la licencia de conducir, y nos ahorramos montones; si, a fin de cuentas, la licencia de conducir no sirve para nada?.

    El mayor peligro de la cédula es que nos convierte a todos en sospechosos infractores o criminales. En Panamá los agentes de pesca andan por las calles arrastrando cuerdas con señuelos a ver quién pica: ¿Quién eres? ¿de dónde vienes?, ¿a dónde vas?, ¿quién es la que va sentada a tu lado? ¿Acaso no es ello lo que potencia la fea práctica coimera?

    Y, aunque en alguna medida todo esto ayuda a pescar a los malos, el problema es… ¿a qué costo? Uno de esos “costos” fue la Dictadura; ¿o es que andamos distraídos? La pesca de malos se hace mediante un sistema de policía altamente profesional de excelencia que no requiere violar derechos fundamentales. ¿Será imposible lograr eso en nuestro patio? Muy mal vamos cuando todos somos culpables hasta que saquemos la cédula. El perro que va por la calle sin collar, ¡a la perrera!

  • Antigua sabiduría oriental: Para ser un líder recto no hay que controlar demasiado ni ser muy crítico

    Los principios para un buen liderazgo se aplican en todos los niveles de la jerarquía social, ya sea para gobernar un país, manejar un negocio, mantener la casa en orden o tener un matrimonio positivo. Uno de los asuntos clave es la forma en la que los líderes tratan y ven a la gente por la cual son responsables.

    Hay una historia en el “Hagakure”, uno de los textos clásicos japoneses de Bushido, escrito por Yamamoto Tsunetomo en 1716, en la que se describe una discusión sobre detallar los pagos para encontrar un posible mal uso de los fondos. En la historia, un hombre que se opone a la idea dice: “no es tan beneficioso como piensas”.

    El hombre cita un dicho del texto confuciano Kung Tzu Chia Yu, el cual dice “El pez evita la corriente de agua clara; un hombre muy sensato no amasa seguidores”.

    Luego se explayó y dijo: “Los peces pueden sobrevivir y prosperar escondiéndose bajo las algas y en las sombras de cosas en el agua. No prestar atención a las pequeñas faltas le permite a la clase baja vivir en paz. Esto también se trata de asuntos de conducta”.

    Las ideas de no controlar en exceso, no armar programas arrasadores que castigan tanto al culpable como al inocente, y tampoco ser demasiado crítico cuando se trata de faltas menores, todos estos son elementos clave para un buen liderazgo.

    Un buen líder presta atención a las dificultades y necesidades de los que están por debajo de él, y también entiende que nadie es perfecto. Él es estricto consigo mismo, pero indulgente con los demás.

    Muchos de los sistemas totalitarios de gobierno invierten este principio, entre ellos el fascismo, el comunismo y el socialismo. Ellos predican, por el contrario, que la gente debe adaptarse absolutamente al líder: un líder debe ser estricto con sus subordinados pero indulgente consigo mismo.

    Bajo el comunismo, en particular el de Vladimir Lenin, se predicaba la idea de “partidismo”, donde no se toleraban medias tintas sobre ningún asunto. Bajo el concepto de Karl Marx del “materialismo dialéctico”, el punto medio se eliminaba de cualquier asunto social.

    El comunismo predica que cualquier desviación menor de sus objetivos o ideales debería ser tratado con la respuesta más dura posible.

    Del mismo modo, muchos de los movimientos de hoy, que tienen sus raíces en el comunismo, demandan absoluta tolerancia a cualquier forma de decadencia moral, pero piden cero tolerancia a cualquier opinión que se oponga a estas.

    Han eliminado el valor de la tolerancia, irónicamente bajo la bandera de la tolerancia. Y al hacerlo así, han también destruido uno de los cimientos de la armonía social.

    Con el comunismo, esta destrucción de la armonía social es intencional. El comunismo cree que la lucha social ayudará a la sociedad a evolucionar, y por eso intenta crear antagonismos entre la gente de todos los niveles sociales. Y al usar su “propaganda de agitación”, intencionalmente agita el odio y la furia en sus seguidores para ser usados como armas de los líderes del partido.

    El principio de no ser demasiado duro o ser tolerante con las pequeñas faltas se alinea también con la armonía en nuestras relaciones sociales, amistades y lazos familiares.

    En un hogar, si un padre es demasiado duro o quisquilloso, sus hijos no lo querrán; tal como lo harían con un padre que no pone ningún límite o estándar.

    En un matrimonio, si un hombre no le da espacio a su esposa y la sigue en cada movimiento, ella lo resentirá; tal como lo haría si él se fuera al otro extremo y la ignorara por completo.

    Actuando así, la desconfianza puede generar razones para desconfiar; y ser demasiado crítico puede causar que una persona cimente sus fallas. Según los principios del Taiji (yin-yang), donde hay un vacío, se llenará; y donde se empuje, habrá un tirón.

    En la antigua China, típicamente el gobierno no se extendía más allá del nivel de condado, con el conde. Por debajo de eso, se les daba a las familias y a las organizaciones fraternales la libertad de manejar sus propios asuntos, y el gobierno solo asistía a la sociedad para que sea autosuficiente.

    Según las “Seis enseñanzas secretas de T’ai Kunkg”, un antiguo libro chino sobre gobierno y asuntos militares, un líder “que se distingue en la administración de un Estado, gobierna al pueblo como los padres gobiernan a sus hijos queridos, o como un hermano mayor actúa hacia su querido hermano menor”.

    En él dice que un líder sabio se enfoca en que el pueblo esté tranquilo, mientras que un líder digno se enfoca en ayudar a la gente a lograr vidas buenas y rectas. Una persona necia, en cambio, no puede ser recta, y entonces se enfoca en luchar contra otros. En el mismo sentido, dice que “cuando el gobernante hace labores, los castigos son numerosos. Cuando los castigos son numerosos, el pueblo está en problemas… Nadie, de cualquier posición, podrá tener una vida estable, y las generaciones no tendrán paz por muchos años”.

    Para llevar tranquilidad a la vida de la gente, el libro dice que “el Cielo tiene sus formas constantes”, y de forma similar, que “la gente tiene sus vidas normales”. Al ayudar a la gente a ser autosuficiente, en concordancia con la forma natural de la vida normal de una persona, mucho es posible. “Si compartes la vida con Todo bajo el Cielo, luego Todo bajo el Cielo estará tranquilo”.

    Por Joshua Philipp

  • El nazismo, el fascismo y el socialismo tienen sus raíces en el comunismo

    El concepto de una “extrema izquierda” en contraposición a una “extrema derecha” es falso. Los sistemas que se ubican en los dos extremos del espectro, incluido el socialismo y el nazismo, tienen todos su raíz en el comunismo. Y todos ellos creen en los mismos conceptos comunistas clave, como el colectivismo de Estado, la economía planificada y la lucha de clases.

    Todos ellos fueron simplemente interpretaciones diferentes del marxismo, formado justo antes de la Primera Guerra Mundial, en un tiempo en el que la materialización de las ideas de Karl Marx fracasó y los comunistas tuvieron que comenzar de cero.

    Antes de introducirnos en la historia de estos sistemas divergentes, primero necesitamos entender la ruptura entre el socialismo y el comunismo.

    El socialismo se describe en la teoría de Marx de las cinco etapas de la civilización. Luego de ayudar a encuadrar el concepto de “capitalismo” como una sociedad donde la gente puede comerciar libremente, Marx profetizó que luego del capitalismo, vendría una etapa de “socialismo”, seguida de “comunismo”.

    El socialismo fue la etapa que Vladimir Lenin describió como el “monopolio estatal-capitalista”, en el cual una dictadura se adueña de todos los medios de producción.

    La idea es que un régimen comunista usa el poder absoluto de la “dictadura del proletariado” socialista, para destruir todos los valores, todas las religiones, todas las instituciones y todas las tradiciones; lo cual teóricamente conduciría a la “utopía” comunista.

    En otras palabras, el socialismo es el sistema político, y el comunismo es el objetivo ideológico. Por esta razón los seguidores del comunismo argumentan que nunca se alcanzó el “verdadero comunismo”. El sistema ha fracasado en destruir completamente la moral y la creencia humana, aunque se haya cobrado las vidas de más de 100 millones de personas en los últimos 100 años.

    “Antes de la Revolución Rusa de 1917, ‘socialismo’ y ‘comunismo’ eran sinónimos”, dice Bryan Caplan, en el capítulo sobre comunismo de la “Enciclopedia Concisa de Economía”. Caplan es profesor asociado en economía en la Universidad George Mason.

    “Ambos se referían a los sistemas económicos en los cuales el gobierno se adueña de los medios de producción”, sigue Caplan. “Los dos términos divergen en significado en gran medida como resultado de la teoría y práctica política de Vladimir Lenin”.

    Por supuesto, el fracaso de las predicciones de Marx fue también lo que hizo surgir las muchas interpretaciones del comunismo que emergieron después de la Primera Guerra Mundial; entre ellos el leninismo, el fascismo y el nazismo.

    Mientras el mundo hervía en el tumulto que condujo a la Primera Guerra Mundial entre 1914 y 1918, muchos comunistas se refugiaron en las palabras de Marx, quien en el “Manifiesto Comunista” de 1848 dijo: “Trabajadores del mundo, uníos”.

    Así todo, los trabajadores del mundo no se unieron, al menos no como lo envisionó Marx. En vez de marchar con el comunismo, en gran parte marcharon detrás de sus respectivos reyes y países.

    Además, la vida de los trabajadores mejoró bajo el capitalismo, contradiciendo las predicciones de Marx que vaticinaban que serían peores. Entonces, cuando surgió la revolución comunista, no sucedió en las sociedades “capitalistas en su última etapa”, que en ese tiempo eran Gran Bretaña y Alemania, sino que sucedió en Rusia. Y en vez de que la Revolución Bolchevique fuera del “proletariado” contra la “burguesía”, como predijo Marx, fue el ejército y el espionaje contra el sistema feudal ruso de los zares.

    Esta serie de eventos refutó en gran parte las predicciones de Marx y obligó a los comunistas de la época a repensar todo de cero, como lo nota el autor bestseller Dinesh D’Souza en su libro: “La gran mentira: Exponiendo las raíces nazis de la izquierda americana”.

    Luego de Lenin, la siguiente revisión comunista en pisar el escenario mundial nació de la mano de Benito Mussolini, quien aprendió de la Primera Guerra Mundial la lección de que el nacionalismo es más unificador que la idea de una revolución de los trabajadores. Él entonces reacondicionó al marxismo en su nuevo sistema de fascismo, usando el principio colectivista “fasci”, que se refiere a un manojo de palitos que refuerzan el mango de un hacha.

    Mussolini explicó el concepto en su autobiografía de 1928, en la cual dice: “El ciudadano en el Estado fascista ya no es más un individuo egoísta que tiene el derecho antisocial de rebelarse contra alguna ley de la Colectividad”.

    Según “Rusia bajo el régimen bolchevique” de Richard Pipes, “No hubo socialista europeo prominente antes de la Primera Guerra Mundial que se haya parecido más a Lenin que Benito Mussolini. Como Lenin, él lideró el ala antirevisionista del Partido Socialista del país; como él, creía que el trabajador no era por naturaleza revolucionario y tenía que ser empujado a la acción radical por la elite intelectual”.

    Luego, poco después, Adolf Hitler emergió con su nuevo sistema socialista bajo el eslogan “nacional socialismo”.

    Aprovechando que el pueblo alemán había quedado dividido en nuevas fronteras nacionales establecidas por el armisticio, Hitler usó políticas de identidad para agrupar a sus seguidores.

    D’Souza hace notar que las políticas del partido Nazi seguían el modelo comunista. El programa de 25 puntos incluía educación y salud gratuitas, nacionalización de grandes corporaciones y fondos, control estatal de los bancos y el crédito, la división de grandes propiedades de tierras en unidades más pequeñas, y otras políticas similares.

    Además, D’Souza dice que “Mussolini y Hitler identificaban ambos al socialismo como el núcleo del Weltanschauung [estilo de vida] nazi y fascista. Mussolini era la figura líder del socialismo revolucionario italiano y nunca dejó de ser leal al socialismo. El partido de Hitler se definía como el defensor del “socialismo nacional”.

    Como todas las otras ideologías comunistas, Hitler se oponía agresivamente al sistema capitalista tradicional. Tal como Lenin culpaba a los ricos dueños de campos y Mao Zedong culpaba a los propietarios de tierras, Hitler transfirió la culpa a un único grupo de personas: los judíos.

    Como dice D’Souza: “el antisemitismo nazi nació del odio de Hitler al capitalismo. Hitler hace una distinción crucial entre el capitalismo productivo, al cual él puede aceptar, y el capitalismo de finanzas, al cual él asocia a los judíos”.

    El conflicto que tomó lugar más tarde entre los varios sistemas durante la Segunda Guerra Mundial no fue una batalla de ideologías opuestas, sino una pelea sobre cuál interpretación del comunismo prevalecería.

    Según “Camino de servidumbre” de F.A. Hayek, “El conflicto entre el partido fascista o nacional socialista y el viejo partido socialista se puede pensar, en gran parte, como la inevitable clase de conflicto entre facciones socialistas rivales”.

    El actual relato de que el socialismo está de algún modo separado del nazismo y el fascismo, y aún mas, creer que estos conceptos están divorciados de sus orígenes comunistas, se debe al revisionismo histórico y a mucha acrobacia mental.

    D’Souza atribuye este cambio de relato a lo que Sigmund Freud llama “transferencia”. La idea es que la gente que comete actos terribles suele transferir la culpa a otros, acusando incluso a sus víctimas, de ser lo que ellos mismos son.

    Por Joshua Philipp – La Gran Época
  • Solo los humanos se tropiezan mil veces con la misma piedra.

    La estupidez es infinita. Y la terquedad, que es su hermana. Cuantas veces oímos, “dejen de mencionar el muro”, “dejen de mencionar la Unión Soviética”. Dejen de mencionar los crímenes de Stalin, o las hambrunas de Mao. Ya cansan. Curiosamente nadie se cansa de mencionar los crímenes de Hitler, o de Franco. Nunca hay suficiente memoria histórica en esos casos. El tema es que en el fondo los fascismos están orgullosos de sus crímenes. Por más que los neonazis nieguen al Holocausto, siguen al mismo tiempo presentado todas las razones por las cuales este seria para ellos una buena idea. Por más que la extrema derecha española justifique las acciones violentas de Franco, en el fondo sienten que salvaron a España y valió la pena. Solo que no lo dicen.

    No sucede así con los socialistas igualitarios de la izquierda tradicional. Usualmente estos siguen un ciclo. Primero se lanzan a defender, adorar y justificar el último experimento para construir la utopía. Luego a justificar sus graves errores y crímenes cuando se ve que el experimento no va bien. Y finalmente cuando el experimento ha fallado, a justificar los fallos mientras se busca otro experimento. Otra gran esperanza. Otra gran decepción. Por supuesto está siempre la idea de recurrir a la falacia del “no es un escocés verdadero”. Lo que pasó en X o Y lugar “no era socialismo verdadero,” o fulano de tal “no era un verdadero socialista”. La próxima vez que construyamos el socialismo, lo vamos a hacer bien. Porque siempre habrá una próxima vez. La aspiración socialista a construir la utopía porque el mundo real no funciona sigue allí, terca, obsesiva, constante.

    “El socialismo no ha fallado, solo que nunca lo han hecho bien”. La falacia de no es un verdadero escocés repetida hasta el infinito. Tras aceptar de manera renuente, “que en la Unión Soviética o en Cuba no hay democracia”, algo que de por sí es un triunfo, porque históricamente han dicho que sí, se dice, bueno es que la próxima vez el socialismo se construirá con los votos y sin escuadrones de fusilamiento.

    El problema es cómo se construye una sociedad radicalmente distinta, que requiere una cultura y manera de pensar totalmente diferente, en sociedades complejas de millones de personas, cada una con ideas y aspiraciones distintas, sin usar la coacción y la violencia. Porque los sueños socialistas de que la gente de la nada va a deponer sus egoísmos naturales y hacer un mundo más solidario o va a ceder su vida personal a la planificación central, hecha por planificadores que son como Dios, lo saben todo, lo pueden todo y son infinitamente buenos, de manera voluntaria, son eso, solo sueños que son imposibles realizar sino mediante la coacción y la violencia.

    En oposición, el capitalismo no fue una creación planeada. El mundo feudal colapsó gracias a la Peste Negra, las armas de fuego debilitaron el poder de los señores feudales, las ciudades crecieron y con ella los burgueses. Los viajes por mar globalizaron Europa, la revolución industrial lo cambió todo. Nada de esto fue planeado. No hubo un Karl Marx del capitalismo. Cuando Adam Smith describe como debe funcionar un sistema capitalista para crear riqueza, simplemente describe lo que por experiencia conoce. El socialismo en tanto busca describir un mundo futuro e inexistente con fundamento en las aspiraciones de hoy. Mientras que el capitalismo es producto de una evolución histórica aleatoria, el socialismo busca ser producto de una construcción racional de príncipes filósofos.

    “Forjemos nuevos caminos”, “democraticemos la economía”. Eslóganes bonitos. Pero cuando se rasguña debajo de la cubierta superior,  se encuentra que nada de eso podría ser posible sin la coacción de un pequeño grupo de personas sobre la mayoría.

    ¿En serio creen que un grupo de millones de personas va a poder tomas decisiones económicas racionales de manera democrática? Para los socialistas todas las versiones fallidas anteriores son hombres de paja, todos los casos fallidos no eran escoceses verdaderos. Así se disgustan cuando se las mencionan.

    Los apologistas del socialismo no explican por qué todos los experimentos pasados terminaron tan mal. Sería que nunca las ideas estuvieron en manos de las personas correctas o que desde un principio, nunca tuvieron las ideas correctas? Porque si distintas personas, en distintos lados del mundo aplican las mismas ideas, y todo termina mal, no son las personas, son las ideas.

    El socialismo nunca se podrá construir, porque es una mala idea desde el principio.