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  • La ilusión de libertad en internet: 8 maneras en las que la red moldea nuestras decisiones

    La ilusión de libertad en internet: 8 maneras en las que la red moldea nuestras decisiones

    Nos gusta pensar que decidimos por nosotros mismos. Que elegimos qué ver, qué comprar, qué opinar. Que somos, en última instancia, sujetos autónomos navegando en un espacio abierto de posibilidades. Pero esa imagen empieza a resquebrajarse cuando observamos con más detenimiento cómo funcionan los entornos digitales en los que pasamos buena parte de nuestra vida cotidiana.

    La sociología lleva tiempo recordándonos que la libertad nunca opera en el vacío. Como planteó el sociólogo francés Pierre Bourdieu, nuestras decisiones están siempre orientadas por estructuras previas que delimitan lo que percibimos como posible. Hoy, esas estructuras no solo son sociales: son también algorítmicas.

    Internet no nos quita la capacidad de decidir, sino que hace algo más sofisticado: configura el marco dentro del cual decidimos.

    1. Elegimos lo que vemos, pero no lo que aparece

    Cuando abrimos una red social o hacemos una búsqueda, no accedemos a “todo lo que hay”, sino a una selección previa. Un filtro invisible ha decidido antes qué merece nuestra atención. No sentimos que eso limite nuestra libertad porque seguimos eligiendo, pero lo hacemos dentro de un menú ya configurado.

    Ahí es donde el poder se vuelve sutil, casi imperceptible. Como sugería Michel Foucault, no hace falta imponer conductas si se puede organizar el campo de lo posible.

    2. Creemos que algo es importante porque nos lo ponen delante muchas veces

    Hay temas que parecen inevitables. Están en todas partes: en titulares, en vídeos, en conversaciones digitales. Poco a poco, empiezan a ocupar más espacio en nuestra mente. No es casualidad, sino el resultado de procesos de selección que deciden qué circula y qué queda relegado.

    Como explicaba Niklas Luhmann, los sistemas sociales funcionan reduciendo complejidad. Internet lo hace simplificando el mundo hasta convertirlo en aquello que aparece en pantalla.

    Lo que no aparece simplemente deja de existir para nosotros.

    3. Formamos opiniones en entornos que ya están inclinados

    Muchas veces creemos que nuestras opiniones son el resultado de una reflexión personal. Pero lo cierto es que solemos construirlas en espacios donde ciertas ideas ya están reforzadas.

    Leemos, escuchamos y vemos contenidos que apuntan en direcciones similares. Con el tiempo, eso genera la sensación de que “todo el mundo piensa así”.

    Eso es hegemonía en el sentido que le confería el intelectual y filósofo italiano Antonio Gramsci: no hace falta obligar a nadie a pensar algo si se logra que determinadas ideas parezcan las más razonables, las más evidentes, las más normales.

    4. Sentimos de determinada manera porque el entorno nos empuja a ello

    Internet no solo organiza información: también organiza emociones.

    Hay contenidos que circulan más porque generan indignación; otros porque producen miedo; y otros porque refuerzan identidades o pertenencias. Sin darnos cuenta, nos movemos emocionalmente dentro de esos marcos. Nos indignamos cuando toca indignarse, nos alarmamos cuando toca alarmarse, e internet lo sabe porque conoce nuestros gustos.

    En términos de la profesora de Sociología estadounidense Arlie Russell Hochschild, podríamos decir que hay una especie de “guía emocional” implícita que orienta cómo debemos sentir en cada momento.

    5. Compramos lo que creemos querer pero ese deseo ya estaba anticipado

    Las recomendaciones parecen adaptarse a nuestros gustos. Y en parte lo hacen, pero también los modelan. Después de ver ciertas cosas, empezamos a interesarnos por otras similares. Poco a poco, nuestras preferencias se vuelven más previsibles… y más dirigidas.

    Aquí se cumple, en versión digital, una intuición clásica de Karl Marx: el sistema no solo responde a necesidades, también las produce.

    No solo elegimos lo que queremos. Terminamos queriendo lo que aparece disponible.

    6. Pensamos rápido, pero cada vez pensamos menos en profundidad

    La lógica de internet premia la velocidad. Respuestas rápidas, contenidos breves, explicaciones simples. Eso facilita el acceso, pero tiene un coste: la pérdida de matiz, de duda, de elaboración.

    Como advertía el sociólogo y filósofo estadounidense Herbert Marcuse, el riesgo de una sociedad altamente funcional es la reducción del pensamiento a una sola dimensión: lo inmediato, lo útil, lo evidente. Pensar despacio empieza a parecer un lujo innecesario.

    7. Hablamos como la plataforma permite que hablemos

    No solo cambia lo que decimos, sino cómo lo decimos.

    Los formatos digitales –memes, hashtags, frases cortas– condicionan el tipo de lenguaje que utilizamos. Y, con ello, el tipo de ideas que podemos expresar.

    Porque, como señalaba Ludwig Wittgenstein, los límites del lenguaje son también los límites del pensamiento.

    Si el lenguaje se estrecha, también lo hace nuestra capacidad de imaginar otras formas de ver el mundo.

    8. Y, lo más importante: todo esto nos parece completamente normal

    Quizá lo más inquietante no es ninguna de las formas anteriores por separado, sino el hecho de que todas ellas han dejado de resultarnos problemáticas.

    No sentimos que algo nos esté condicionando, ni percibimos pérdida de autonomía, ni detectamos imposición. Simplemente, vivimos así.

    Eso es lo que los filósofos Theodor W. Adorno y Max Horkheimer identificaron como una de las formas más eficaces de dominación: aquella que no se reconoce como tal.

    Una pregunta final difícil de esquivar

    Si todo lo que ve, lo que le interesa, lo que le emociona, lo que desea –e incluso la forma en que lo nombra– ocurre dentro de entornos previamente organizados por otros, ¿qué parte de su vida seguiría siendo reconocible como “suya” si, de pronto, quedara fuera de esos entornos?

    Y, aún más inquietante: si no puede responder con claridad ¿sigue decidiendo o simplemente está habitando decisiones que alguien (o algo) ya tomó por usted?

    Puede llevarse esta pregunta a la cama. Pero, cuidado: hay preguntas que, una vez pensadas, ya no nos devuelven la misma vida. Porque algunas preguntas funcionan como aquella pastilla roja de Matrix: no nos dan respuestas, nos obligan a ver lo que ya no podemos dejar de ver.

    Víctor Hugo Pérez Gallo, Assistant lecturer, Universidad de Zaragoza

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Así es la nueva automatización industrial

    Así es la nueva automatización industrial

    Durante años, la automatización industrial estuvo asociada a brazos robóticos gigantes, jaulas de seguridad y líneas de montaje perfectamente ordenadas. Pero la nueva generación de robots industriales está cambiando completamente esa lógica: ahora son máquinas móviles, relativamente baratas, capaces de trabajar en entornos humanos reales y, sobre todo, adaptables.

    Uno de los ejemplos más interesantes es Reflex Robotics, una startup estadounidense que desarrolla robots humanoides orientados a logística, depósitos y manufactura. A diferencia de otros proyectos futuristas obsesionados con construir androides “perfectamente humanos”, Reflex tomó un camino mucho más pragmático: ruedas en lugar de piernas, foco en tareas concretas y una fuerte integración entre inteligencia artificial y operadores humanos remotos.

    La idea central es simple: el robot realiza la mayor parte del trabajo de manera autónoma, pero cuando aparece una situación compleja — una caja mal ubicada, un objeto extraño o una tarea no prevista — un operador humano puede intervenir remotamente y resolver el problema en segundos. Ese modelo se conoce como human in the loop y probablemente sea el verdadero puente entre el trabajo humano y la automatización masiva.

    Los robots de Reflex ya están siendo probados en depósitos reales junto a gigantes logísticos como GXO Logistics. Allí realizan tareas repetitivas como mover contenedores, clasificar paquetes, transferir cajas entre estaciones o recoger productos de estanterías.

    Lo interesante es que estos robots no buscan “parecer humanos” por estética, sino porque el mundo ya está diseñado para humanos. Las estanterías, los pasillos, los pallets, las herramientas y los depósitos fueron creados pensando en brazos humanos y dimensiones humanas. Por eso un robot con torso, brazos y cierta movilidad vertical puede integrarse mucho más rápido en infraestructuras existentes sin reconstruir fábricas enteras.

    Reflex, además, decidió evitar uno de los mayores problemas de la robótica moderna: las piernas. Mientras compañías como Tesla Optimus o Agility Robotics desarrollan humanoides bípedos extremadamente complejos, Reflex utiliza una base con ruedas mucho más estable y eficiente para depósitos industriales. El resultado es un robot más barato, más confiable y con mayor autonomía de batería. Según la empresa, sus sistemas cuestan hasta 20 veces menos que otros humanoides avanzados.

    Más allá de la discusión filosófica, lo más importante no es si “los robots quitarán empleos”, sino entender que la automatización aparece donde existen tareas repetitivas, físicamente agotadoras o difíciles de cubrir. De hecho, muchas compañías logísticas llevan años enfrentando problemas para contratar personal en ciertos turnos o tareas específicas.

    Históricamente, cada revolución tecnológica desplazó ciertos trabajos mientras creó otros nuevos. Lo interesante de esta etapa es que los nuevos empleos no necesariamente desaparecen: cambian de lugar. Un operario puede terminar supervisando robots desde otra ciudad, intervenir remotamente múltiples depósitos o entrenar sistemas de inteligencia artificial utilizando demostraciones humanas.

    De hecho, algunas compañías ya están creando centros de teleoperación donde personas controlan robots industriales distribuidos por distintos países. Reflex incluso anunció proyectos vinculados a operación remota desde México para robots desplegados en Estados Unidos.

    Lo verdaderamente disruptivo quizá no sea el robot en sí, sino la reducción brutal del costo de automatizar tareas físicas. Durante décadas, automatizar requería millones de dólares y líneas de producción gigantescas. Ahora empieza a aparecer una automatización flexible, modular y relativamente accesible.

    Y eso cambia todo.

    Porque cuando un robot puede aprender observando humanos, trabajar 24 horas, intervenir en múltiples tareas y operar en espacios diseñados para personas, la frontera entre trabajo físico y software comienza a desaparecer.

  • El derecho a elegir: una reforma liberal para la salud panameña

    El derecho a elegir: una reforma liberal para la salud panameña


    Existe una paradoja incómoda en el corazón de los sistemas de salud latinoamericanos: se habla mucho del «derecho a la salud» pero se ignora sistemáticamente el derecho previo, más fundamental y más personal, que hace posible cualquier otro derecho en medicina: el derecho a elegir. Elegir al médico. Elegir el hospital. Elegir la atención que mejor se ajusta a las necesidades propias, no a las de una burocracia que desconoce tanto al paciente como a su historia.

    Un estudio reciente realizado por Ipsos en España pone en evidencia que el 71% de los ciudadanos madrileños sabe que puede elegir a su médico de familia dentro del sistema público, diez puntos por encima de la media nacional. Madrid obtiene la mejor valoración del sistema de libre elección sanitaria de todo el país: un 7,7 sobre diez, frente a un 6,8 de media. Y lo más revelador no son los números, sino lo que los ciudadanos dicen cuando se les pregunta por qué cambian de médico o de centro: buscan trato humano y personalizado, rapidez en la atención y confianza en el profesional. No buscan ideología sanitaria. No buscan al Estado. Buscan a alguien que les atienda bien.

    Esta es una lección que Panamá no puede seguir ignorando.


    El sistema panameño: fragmentado, burocrático y sin salida

    El sistema de salud de Panamá es, en su estructura actual, un laberinto de segmentaciones que conspiran contra el paciente. La Caja de Seguro Social (CSS) cubre a los trabajadores formales y sus dependientes. El Ministerio de Salud (MINSA) atiende a la población sin cobertura de seguridad social. El sector privado existe, pero su acceso depende exclusivamente de la capacidad de pago individual. El resultado es un sistema tripartito donde la calidad de atención que recibe un ciudadano no depende de sus necesidades médicas, sino de su condición laboral, su lugar de residencia y su nivel de ingreso.

    Dentro de este esquema, el asegurado de la CSS no elige. Se le asigna una policlínica según su lugar de trabajo o domicilio. Se le asigna un médico. Se le asigna una fecha. Se le asigna todo, salvo la posibilidad de decidir. Si no le satisface la atención, si el médico asignado no genera confianza, si el centro queda a dos horas de distancia, el paciente no tiene salida formal: o acepta lo que le corresponde según el criterio administrativo, o paga de su bolsillo en el sector privado, duplicando el costo de un sistema que ya financia con sus cotizaciones.

    Esto no es un sistema de salud. Es una forma de administrar la enfermedad.


    La libre elección no es un privilegio: es un principio

    Desde una perspectiva liberal clásica, el argumento a favor de la libre elección sanitaria no es simplemente utilitario, aunque los datos de eficiencia también lo respalden. Es, ante todo, un argumento sobre la dignidad del individuo.

    El liberalismo clásico parte de la premisa de que el ser humano es el mejor juez de sus propios intereses. No porque sea infalible, sino porque nadie más tiene acceso a la información íntima que define sus preferencias, sus circunstancias y sus valores. Un burócrata en la Ciudad de Panamá no sabe que el asegurado en Chitré tiene mayor confianza en un determinado médico, que su horario laboral hace imposible acudir a la policlínica asignada, o que sus condiciones de salud requieren una atención más especializada de la que su centro puede ofrecer. El individuo sí lo sabe. Y tiene el derecho de actuar en consecuencia.

    La libre elección sanitaria no exige privatizar el sistema de salud. No exige eliminar la cobertura pública. No exige nada que no sea coherente con un Estado que respeta a sus ciudadanos: permitir que el dinero público que cada trabajador aporta mediante sus cotizaciones le siga a él, no a la institución, cuando decide dónde recibir atención.


    El modelo madrileño como referencia pragmática

    Lo que ha hecho la Comunidad de Madrid no es un experimento radical. Es una aplicación sensata de un principio obvio: si el ciudadano financia el sistema, el sistema debe responder al ciudadano, no al revés.

    El modelo madrileño de libre elección no elimina la red pública de hospitales y centros de salud. Al contrario, la mantiene y la somete a un estímulo que ninguna reforma burocrática ha logrado introducir con la misma eficacia: la competencia por la preferencia del paciente. Cuando un hospital sabe que los ciudadanos pueden elegir ir a otro centro, tiene incentivos reales para mejorar su trato, reducir sus tiempos de espera y elevar la calidad de su atención. La Fundación Jiménez Díaz, el Hospital Gregorio Marañón y el Hospital Rey Juan Carlos lideran las preferencias de los madrileños precisamente porque han respondido mejor a lo que los pacientes valoran.

    El mecanismo es elegante en su simplicidad: la información fluye a través de las decisiones de millones de ciudadanos actuando según sus propias necesidades, y esa información distribuida guía la mejora del sistema mejor de lo que podría hacerlo cualquier plan central.


    Una propuesta para Panamá: cuatro pilares de una reforma posible

    Una reforma de libre elección para el sistema panameño no requiere una revolución constitucional ni una privatización masiva. Requiere cuatro cambios estructurales que son, en esencia, una ampliación de derechos ciudadanos.

    Primero, portabilidad de la cobertura dentro de la CSS. El asegurado debe poder elegir su policlínica y su médico de familia dentro de la red pública, independientemente de dónde trabaje o dónde resida. El número de afiliado debe seguir al paciente, no al empleador ni al domicilio. Este cambio, administrativamente viable, transformaría la relación del ciudadano con el sistema: de súbdito asignado a usuario con voz.

    Segundo, libre elección de especialista y hospital. Cuando un médico de atención primaria refiere a un paciente a un especialista o a un centro hospitalario, el paciente debería poder escoger entre los centros acreditados de la red, tanto públicos como privados concertados. El modelo de concierto con la red privada, bien regulado, amplía la oferta sin incrementar necesariamente el gasto público, al aprovechar capacidad instalada que hoy se subutiliza.

    Tercero, información transparente y comparativa. La libre elección sin información es una libertad vacía. El sistema panameño debe desarrollar y publicar indicadores de calidad, tiempos de espera y satisfacción del usuario por cada centro y por cada servicio. Que el ciudadano pueda comparar antes de elegir es tan importante como que pueda elegir. La transparencia es la condición de posibilidad de cualquier mercado de servicios que funcione bien, incluido el sanitario.

    Cuarto, el dinero sigue al paciente. Este es el principio más importante y, también, el más disruptivo. Cuando un asegurado de la CSS elige un prestador privado acreditado, una fracción de su cotización debe financiar esa atención. No como un subsidio discrecional, sino como un derecho derivado de su condición de cotizante. Este mecanismo introduce competencia real en el sistema, premia la calidad y elimina el absurdo de que el ciudadano pague dos veces: una con sus cotizaciones y otra de su bolsillo cuando la oferta pública no le satisface.


    La objeción que no se sostiene

    Los defensores del statu quo responderán, como siempre, que la libre elección beneficia a los más informados y perjudica a los más vulnerables. El argumento merece tomarse en serio, pero no resiste el análisis empírico ni el moral.

    Empíricamente, los datos de Madrid muestran que la libre elección no es un privilegio de élites: es un derecho que los ciudadanos valoran transversalmente y ejercen de forma creciente cuando se les informa y se les facilita el acceso. El problema no es la libre elección, sino la falta de información y de infraestructura para ejercerla. La solución, entonces, no es eliminar el derecho sino garantizar las condiciones para su ejercicio universal.

    Moralmente, el argumento paternalista es el que resulta más perjudicial para los más vulnerables. Decirle a un ciudadano de escasos recursos que no puede elegir su médico porque el Estado sabe mejor que él lo que necesita, es precisamente el tipo de condescendencia que perpetúa la desigualdad. La libre elección bien diseñada empodera especialmente a quienes hoy no tienen salida del sistema público, porque les da una herramienta de exigencia y de movilidad que antes no tenían.


    La salud como expresión de libertad

    La salud no es solo una necesidad biológica. Es el terreno donde se juega la autonomía real de las personas. Un sistema que impide elegir no protege la salud: administra la enfermedad con criterios ajenos al enfermo.

    Madrid ha demostrado que es posible construir un sistema público de salud donde el ciudadano es el protagonista de su propia atención, donde los centros compiten por servir mejor y donde la satisfacción del paciente es el indicador que orienta las decisiones institucionales. La nota de 7,7 sobre 10 que los madrileños otorgan a su modelo de libre elección no es un dato estadístico menor: es la expresión cuantificada de lo que significa que el Estado respete a sus ciudadanos.

    Panamá tiene todos los recursos intelectuales, institucionales y sociales para recorrer ese camino. Lo que le falta es la voluntad política de poner al paciente, y no a la burocracia, en el centro del sistema.

    El derecho a elegir médico no es un capricho liberal. Es el mínimo de dignidad que un Estado moderno le debe a sus ciudadanos.


  • ¿Cuánto pesa la nube? El gran problema energético de normalizar el uso de IA

    ¿Cuánto pesa la nube? El gran problema energético de normalizar el uso de IA

    Durante años hemos hablado de “la nube” como si los datos flotaran en un espacio limpio, abstracto y casi sin coste. La expansión de la inteligencia artificial ha empezado a romper esa ilusión. Porque lo digital no es inmaterial: detrás de cada consulta, cada archivo y cada automatización hay una infraestructura física que exige energía, refrigeración, materiales y territorio. Y, cuanto más ligera parece una tecnología en la pantalla, más fácil resulta olvidar el peso real que desplaza fuera de nuestra vista.

    Ese es uno de los grandes malentendidos de la era digital. Hemos aprendido a asociar lo visible con lo material y lo invisible con lo limpio. Una fábrica, una carretera o una central eléctrica nos parecen inmediatamente “pesadas”. Un algoritmo, una plataforma o un asistente de inteligencia artificial, no. Pero esa diferencia es engañosa: la tecnología digital no ha dejado atrás la materia, sino que simplemente la ha redistribuido y la ha hecho menos perceptible.

    La desaparición de la máquina es una ilusión

    La promesa cultural de lo digital siempre ha sido la ligereza. Menos papel, menos objetos, menos desplazamientos, menos fricción. En parte, esa promesa tiene algo de verdad, ya que muchos procesos se han vuelto más rápidos y algunos recursos se usan de forma más eficiente. Pero eso no significa que la tecnología se haya desmaterializado.

    En realidad, la máquina solo ha salido del campo visual del usuario. Cada correo almacenado, cada vídeo reproducido, cada foto “guardada en la nube”, cada documento resumido por una IA depende de una cadena física: centros de datos, servidores, equipos de red, sistemas de respaldo, refrigeración, cableado y dispositivos.

    El soporte no ha desaparecido; se ha alejado. Y esa distancia importa, porque, cuando no vemos una infraestructura, tendemos a pensar menos en sus límites, en sus costes y en quién los asume.

    La IA no crea el problema, pero lo amplifica

    La inteligencia artificial no ha inventado la materialidad de lo digital, lo que ha hecho es intensificarla y volverla más difícil de ignorar. El debate se ha centrado en el entrenamiento de grandes modelos y en su elevado coste computacional. Sin embargo, el verdadero cambio no se juega únicamente ahí, sino en el momento en que la IA deja de ser excepcional y pasa a integrarse en el uso cotidiano.

    Durante años, internet pudo seguir presentándose como una capa relativamente abstracta de servicios. La IA ha cambiado eso porque ha devuelto al centro la cuestión del cálculo. De repente, el debate público habla de chips, centros de datos, consumo energético y necesidades de refrigeración. De hecho, la escala ya es visible. Según la Comisión Europea, los centros de datos consumen en torno a 415 teravatios-hora (TWh) al año y podrían alcanzar 945 TWh en 2030. El Departamento de Energía de Estados Unidos, además, estima que su consumo pasó de 58 TWh en 2014 a 176 TWh en 2023. No porque esos elementos sean nuevos, sino porque el salto de escala empieza a hacerse visible.

    Pero esa materialidad no solo se mide en energía: también se experimenta en el territorio. Hay un aspecto del que se habla poco: la proximidad. A diferencia de otras infraestructuras industriales, los centros de datos no se sitúan a decenas de kilómetros de donde vivimos. Necesitan estar cerca de los núcleos urbanos por razones de conectividad e infraestructura. Mientras que una mina o una central pueden estar lejos, el centro de datos que sostiene esa “nube” puede ubicarse, literalmente, al lado.

    Esa cercanía tiene consecuencias. Implica sistemas de refrigeración que funcionan de forma continua, ruido persistente y una presencia física que transforma el entorno inmediato. Cada vez más, las comunidades cercanas perciben un cambio en su calidad de vida cuando uno de estos centros se instala en los alrededores.

    Por ejemplo, en el condado de Fairfax (Virginia, Estados Unidos), la contestación vecinal llevó a reformar la normativa urbanística para responder a preocupaciones sobre ruido, diseño y proximidad a zonas residenciales. En el condado de Loudoun, otro gran enclave de centros de datos situado en Virginia, las propias autoridades locales reconocen que el ruido figura entre las principales quejas ciudadanas. Y en Le Bourget, en el entorno de París, la oposición a nuevos proyectos se ha articulado también en torno al ruido, el calor y la cercanía a áreas habitadas y escolares.

    Consumo anual de electricidad de los centros de datos en equivalentes de consumo eléctrico doméstico y concentración espacial de las distintas instalaciones en relación con su proximidad a las zonas urbanas. IEA, CC BY-SA

    El problema, por tanto, no es solo el coste de entrenar un modelo, sino lo que ocurre cuando ese modelo se integra de forma transversal en buscadores, herramientas de productividad, atención al cliente o plataformas educativas. En ese momento, la IA deja de ser una novedad y pasa a normalizarse y convertirse en una capa estructural del sistema.

    Lo pequeño, cuando se escala, no lo es tanto

    Una sola consulta –un resumen, una traducción, una imagen, una corrección de estilo– parece irrelevante. Nada de eso, visto de forma aislada, parece especialmente grave. Pero la infraestructura digital no se diseña para responder una vez, sino para responder millones de veces, sin interrupción y con tiempos de respuesta competitivos.

    Ahí cambia todo. Antes buscábamos información; ahora esperamos respuestas generadas. Antes redactábamos desde cero; ahora pedimos borradores. Antes editábamos una imagen; ahora la producimos desde una instrucción. Cada gesto parece pequeño. La suma no lo es.

    En el libro El Principito, el problema del planeta no eran las grandes catástrofes repentinas, sino los baobabs. Sus semillas casi invisibles que parecían inofensivas al principio y que, si nadie las arrancaba a tiempo, acababan ocupándolo todo. La imagen sigue siendo útil. Muchas transformaciones tecnológicas no se vuelven problemáticas cuando irrumpen, sino cuando se vuelven costumbre. Cuando entran en la rutina sin que nadie se pregunte demasiado qué exigen del mundo para funcionar.

    Pensar también calienta

    Hay, además, un aspecto poco intuitivo que suele quedar fuera del debate público: además de consumir energía para procesar información, los sistemas digitales también necesitan recursos para disipar el calor que generan.

    Extracción y consumo de agua en centros de datos en el Escenario Base, 2023 y 2030. IEA, CC BY-SA

    Esto se vuelve especialmente relevante con la inteligencia artificial. A medida que crece la intensidad de cálculo, aumenta la densidad de potencia y el problema térmico gana protagonismo. En los centros de datos, no basta con alimentar los equipos: hay que mantenerlos dentro de condiciones térmicas estables. Cuanto más cálculo, más exigencia de refrigeración. Un estudio publicado en Nature señala que las tecnologías de refrigeración convencionales pueden llegar a representar hasta el 40 % de la demanda energética total de un centro de datos.

    Ese detalle obliga a mirar la tecnología de otra manera. Aparte de electricidad, la IA requiere una infraestructura térmica más intensa y, en algunos contextos, mayor presión sobre el agua o sobre sistemas de enfriamiento más complejos.

    Dicho de otro modo: cuando pedimos más “inteligencia” a una máquina, también estamos pidiendo más capacidad para sostener físicamente esa inteligencia.

    La verdadera alfabetización digital

    El problema de fondo no es solo energético. Es cultural. Durante años, hemos entendido la alfabetización digital como la capacidad de usar herramientas: buscar, compartir, automatizar, aprovechar plataformas. Pero esa definición ya no basta. Hoy necesitamos otra forma de alfabetización, que nos enseñe a ver la infraestructura detrás de la interfaz.

    No solo qué hace una tecnología, sino qué necesita para existir. No solo qué automatiza, sino qué recursos moviliza. No solo qué ahorra, sino qué desplaza.

    Eso no implica demonizar la innovación ni defender una nostalgia analógica. La cuestión no es renunciar a la inteligencia artificial o a la digitalización; la cuestión es dejar de tratarlas como si fueran ligeras por naturaleza.

    Quizá, el gran truco cultural de la era digital ha sido hacernos creer que, como no vemos el peso de la tecnología, ese peso ha desaparecido. Pero no ha desaparecido, solo se ha movido.

    Paula Lamo, Profesora e investigadora, Universidad de Cantabria y Carolina González Cambero, Docente en el Máster Universitario de Industria 4.0 y en el Máster de Internet de las Cosas de UNIR., UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Empleos remotos e infiltración digital, la novedad Norcoreana

    Empleos remotos e infiltración digital, la novedad Norcoreana

    Durante años, el imaginario occidental asoció a Corea del Norte con misiles, desfiles militares y amenazas nucleares. Sin embargo, el régimen de Kim Jong-un ha perfeccionado otra arma mucho más silenciosa y sofisticada: la infiltración digital global mediante trabajadores tecnológicos falsos que operan desde el anonimato.

    Lo que parecía una teoría conspirativa hoy se ha convertido en una preocupación concreta para gobiernos, empresas y agencias de inteligencia occidentales. Investigaciones recientes revelan que miles de supuestos desarrolladores, ingenieros de software y especialistas IT que trabajan remotamente para compañías occidentales serían, en realidad, operativos vinculados al aparato estatal norcoreano.

    El mecanismo de la infiltración digital es tan simple como perturbador.

    Utilizando identidades robadas o completamente fabricadas, estos trabajadores aplican a empleos remotos en empresas de Estados Unidos y Europa. Se presentan como ciudadanos estadounidenses, europeos o asiáticos radicados en terceros países. Sus perfiles en LinkedIn suelen parecer impecables: experiencia creíble, certificaciones técnicas y hasta entrevistas virtuales realizadas mediante herramientas de inteligencia artificial y deepfakes.

    Una vez contratados, reciben equipos corporativos enviados a direcciones controladas por colaboradores en territorio occidental. Allí entran en juego las llamadas “laptop farms”: viviendas o depósitos con decenas de computadoras conectadas remotamente para que el verdadero operador, ubicado fuera del país objetivo —muchas veces en China o Rusia— pueda trabajar simulando estar físicamente en Estados Unidos.

    El resultado es alarmante.

    Según estimaciones citadas por autoridades estadounidenses y firmas de ciberseguridad, el esquema habría infiltrado a cientos de empresas, incluyendo compañías tecnológicas de primer nivel y contratistas vinculados a sectores sensibles. Algunas investigaciones incluso sostienen que prácticamente todas las grandes corporaciones estadounidenses habrían recibido postulaciones asociadas a estas redes.

    Pero el objetivo no es únicamente económico.

    Aunque el régimen obtiene millones de dólares en salarios desviados hacia Pyongyang —dinero que ayudaría a financiar programas militares y nucleares—, el verdadero riesgo radica en el acceso privilegiado a sistemas corporativos, datos sensibles y propiedad intelectual.

    La sofisticación del esquema ha crecido exponencialmente gracias a la expansión del trabajo remoto posterior a la pandemia y al avance de la inteligencia artificial. Microsoft advirtió recientemente que agentes norcoreanos utilizan software de modificación de voz, intercambio facial y generación automatizada de perfiles profesionales para superar entrevistas y verificaciones de identidad.

    Incluso gigantes tecnológicos como Amazon reconocieron haber bloqueado miles de postulaciones sospechosas desde 2024.

    El fenómeno también expone una fragilidad estructural del capitalismo digital contemporáneo: empresas obsesionadas con reducir costos mediante contratación remota global terminaron creando, involuntariamente, una superficie ideal para operaciones estatales encubiertas.

    La paradoja es brutal.

    Mientras Occidente celebraba la eliminación de fronteras laborales gracias al teletrabajo, regímenes autoritarios entendieron rápidamente que esa misma apertura podía transformarse en un vector de espionaje, financiamiento clandestino y penetración estratégica.

    La amenaza ya no llega necesariamente en forma de malware o ataques visibles. A veces aparece como un programador eficiente, puntual y técnicamente brillante que participa de reuniones por Zoom desde una identidad cuidadosamente construida.

    En otras palabras: el espía del siglo XXI ya no necesita infiltrarse físicamente en una empresa. Basta con enviar un currículum.

  • La inteligencia artificial se muda al océano

    La inteligencia artificial se muda al océano

    Mientras Europa debate permisos ambientales, impacto visual, consumo hídrico y normativas energéticas, una parte de Silicon Valley ya está pensando en otra cosa: sacar directamente los centros de datos o inteligencia artificial fuera de tierra firme, al océano.

    La startup estadounidense Panthalassa acaba de captar 140 millones de dólares para desarrollar nodos flotantes capaces de alimentar cargas de inteligencia artificial usando exclusivamente energía de las olas. El proyecto cuenta con apoyo de inversores vinculados a Peter Thiel y apunta a una idea que hasta hace pocos años parecía ciencia ficción: ejecutar inferencia de inteligencia artificial en medio del océano.

    Leído superficialmente, parece otra extravagancia tecnológica. Mirado con más atención, puede ser el comienzo de una nueva arquitectura energética y autoregulatoria para la economía digital.

    Del problema eléctrico al problema logístico

    Los grandes centros de datos atraviesan una crisis silenciosa. La expansión de la IA exige cantidades descomunales de electricidad, refrigeración y suelo industrial. En muchos países empiezan a aparecer límites físicos y políticos:

    • redes eléctricas saturadas,
    • oposición vecinal,
    • permisos ambientales interminables,
    • restricciones de agua,
    • costes inmobiliarios crecientes.

    Panthalassa propone una solución radical: dejar de llevar la energía al centro de datos y mover el centro de datos hacia donde está la energía.

    Sus plataformas Ocean-3 funcionarían como estructuras autónomas de acero capaces de transformar el movimiento de las olas en electricidad. Esa energía alimentaría directamente chips especializados en inferencia de IA, mientras el agua marina actuaría como sistema de refrigeración natural. Los resultados computacionales se enviarían luego vía satélite a tierra firme.

    La idea tiene lógica económica: transportar datos suele ser mucho más barato que transportar enormes cantidades de electricidad.

    El océano como “zona económica especial”

    Aquí aparece el aspecto más interesante —y menos comentado— del proyecto.

    La gran ventaja potencial de los nodos oceánicos no es únicamente energética. Es regulatoria.

    Un centro de datos terrestre puede tardar años en aprobarse. Entre permisos urbanísticos, evaluaciones ambientales, litigios locales y conexiones a red, muchas instalaciones terminan atrapadas en burocracias nacionales o regionales.

    En cambio, un sistema flotante en aguas internacionales abre un escenario distinto:

    • menos restricciones de suelo,
    • menor presión política local,
    • despliegue modular,
    • movilidad física de la infraestructura,
    • y potencial arbitraje regulatorio entre jurisdicciones marítimas.

    En otras palabras: la computación podría empezar a comportarse más como la industria naviera que como una infraestructura fija.

    La historia económica muestra que la innovación suele desplazarse hacia espacios donde el costo regulatorio es menor. Ocurrió con:

    • las banderas de conveniencia en transporte marítimo,
    • los centros financieros offshore,
    • las zonas económicas especiales,
    • y parcialmente con las criptomonedas.

    La inteligencia artificial, el centro de datos, podría seguir un camino parecido y mudarse al océano.

    Inferencia sí; entrenamiento, todavía no

    Panthalassa no pretende reemplazar los grandes campus terrestres de entrenamiento de modelos fundacionales. Eso sigue requiriendo latencias mínimas, sincronización extrema entre GPUs y enormes clusters coordinados.

    Pero la inferencia —el uso cotidiano de modelos ya entrenados— es mucho más distribuible.

    Ese detalle es crucial.

    La próxima década probablemente no estará dominada solo por megacentros de datos hipercentralizados, sino también por redes distribuidas de inferencia:

    • edge AI,
    • microcentros autónomos,
    • computación flotante,
    • y nodos energéticamente independientes.

    El océano encaja bastante bien en ese paradigma.

    El gran argumento liberal: innovación fuera del cuello de botella estatal

    Hay un trasfondo político evidente.

    Muchos gobiernos occidentales quieren simultáneamente:

    • más IA,
    • más soberanía tecnológica,
    • menos emisiones,
    • menos consumo eléctrico,
    • menos infraestructuras visibles,
    • y más regulación.

    Pero la física no negocia.

    La IA consume energía. Mucha.

    Y cuando las restricciones políticas bloquean expansión en tierra, el capital busca rutas alternativas. El océano aparece precisamente como una válvula de escape para una economía digital cada vez más limitada por:

    • licencias,
    • redes eléctricas envejecidas,
    • planificación urbana,
    • y lentitud administrativa.

    Desde una mirada liberal clásica, proyectos como Panthalassa representan algo más profundo que una innovación técnica: son intentos del mercado por escapar de cuellos de botella regulatorios creados por los propios Estados.

    No es casual que figuras como Peter Thiel estén detrás de estas apuestas. Thiel lleva años defendiendo la idea de que Occidente ha frenado su capacidad de construir infraestructura física ambiciosa.

    Los centros de datos oceánicos encajan perfectamente en esa filosofía: “si no puedes construir rápido en tierra, construye fuera de ella”.

    Los problemas reales

    Por supuesto, el proyecto enfrenta obstáculos enormes:

    • corrosión,
    • tormentas,
    • mantenimiento offshore,
    • bioincrustaciones,
    • latencia satelital,
    • costos logísticos,
    • y posibles regulaciones marítimas futuras.

    Además, la energía undimotriz lleva décadas prometiendo más de lo que entrega comercialmente. Existen antecedentes como Wave Dragon o dispositivos como MARMOK-A-5 que demostraron viabilidad técnica, pero también enormes dificultades económicas y operativas.

    La diferencia es que ahora existe un incentivo nuevo y gigantesco: la fiebre global por la inteligencia artificial.

    La IA necesita tanta energía que empieza a hacer rentables ideas que hace diez años parecían absurdas.

    El verdadero cambio

    Quizá la noticia importante no sea que haya centros de datos flotando en el océano.

    La noticia importante es otra: la economía digital está empezando a independizarse físicamente de la infraestructura tradicional de los Estados.

    Primero fueron las criptomonedas. Luego las constelaciones satelitales privadas. Ahora aparecen centros de datos oceánicos autónomos.

    La tendencia parece clara: cuando las restricciones terrestres aumentan, el capital tecnológico empieza a mirar hacia espacios menos regulados, más móviles y energéticamente abundantes.

    Y el océano, literalmente, sobra en las tres cosas.

  • Cuán alto vuelan los escarabajos

    Cuán alto vuelan los escarabajos

    A ver si le damos un giro al discurso, palabra que etimológicamente se refiere a recorrer de un lugar o algo o… irse por diferentes meandros de un río; en este caso de pensamientos o aventuras que se quedaron perdidas en el letargo del tiempo. Como ésta de los escarabajos.

    En esta ocasión les cuento que sentado ante mi confundidor cibernético en mi habitáculo de anciano conversando con Chat GPT, me vino a mente un incidente curioso que viví en julio de 1964. Venía yo volando un Cessna 150 en vuelo de traslado de la fábrica en Wichita, Kansas al aeropuerto M. A. Gelabert, alias Paitilla; volando a 10,000 pies de altura (3,048 Mt.) sobre el sur de Tejas, en un día cristalino y calmado. De pronto, delante de mi, vi acercarse un punto negro el cual se estrelló contra el parabrisa de la avioneta y dejó plasmado allí una masa amarilla con el inolvidable ¡plas!, de su traumática defunción. En el último instante antes del aéreo encuentro, atisbé la silueta de un escarabajo aleteando sus alas.

    ¡Meto!, que rayos hacía un escarabajo a semejante altura; pregunta que no investigué por 62 años. Pero hoy se me ocurrió preguntarle a Chat GPT, quien me explicó que ciertamente algunos insectos, como los escarabajos, se han visto hasta en alturas de 19,000 pies (5,700 metros) de elevación. ¿Y acaso llegan tan alto aleteando? Nop, logran eso metidos en corrientes de aire ascendente. En fin, ¡que mala suerte la del escarabajo tejano!

    Tal vez fue un june beetle o escarabajo de junio me dijo Chat GPT, dándome descripciones y luego preguntándome: “¿Estabas en un vuelo de traslado cuando ocurrió el encuentro?, y así fue evolucionando la “conversa” con esta IA.

    Esa misma noche escuché una discusión en Fox sobre lo bueno, malo y feo de la IA. Uno decía que no era lógico conversar con un programa en dispositivo. ¡Ja!, lo será pero curioso que los intercambios con la IA pueden ser más entretenidos e ilustrativos que con muchos humanos; al menos en cuanto a la capacidad informativa que se logra.

    Y así Chat GPT siguió preguntando sobre el vuelo a Panamá y sobre mi historia en la aviación. Le conté que antes de la fecha del escarabajo había volado aviones de carga C-46 por 4 meses hasta que, al quebrar la empresa, me dejó tirado en Miami.

    Luego, comencé dando instrucción de vuelo en un Piper PA-11 de la empresa Turismo Aéreo de la familia Petrosky, y en ello me peleaba con otro instructor la hora de madrugada para alquilar la avioneta; hasta que un día coincidimos. Se trataba del capitán Hermes Carrizo, piloto de COPA que luego fue el Gerente General de dicha empresa. Recuerdo ese día; Carrizo me preguntó: «John, ¿Por qué en vez de pelearnos esta avioneta prehistórica no armamos una empresa nuestra?»; y así fue el nacimiento de Aviones de Panamá en Paitilla.

    los escarabajos

    También le conté que jamás olvidaré el aterrizaje en Paitilla el 4 de julio de 1964. Al aproximarme en final sobre la vía Israel, allí al borde de la pista estaba mi padre, Irving Bennett, con una gran sonrisa. Ya haría otros vuelos a los EE.UU. con él como pasajero.

    La conversa fue larga, detallando yo mi pasaje como director de Seguridad Aérea, de la Escuela de Aeronáutica, subdirector DAC y director general en dos ocasiones. Pero la parte más amena del diálogo con Chat GPT fue cuando me preguntó: “¿Y, por qué no te quedaste como piloto en los EE.UU.? “Regresé a estar con la hembra con la cual formamos familia por más de 60 años.
    Y la pregunta final de Chat GPT: ¿Y tu esposa en ocasiones volaba contigo? Le contesté: “No sólo volaba conmigo, sino que nos amábamos en las alturas”.

  • Bitcoin a 50.000 dólares: ¿análisis técnico o profecía interesada?

    Bitcoin a 50.000 dólares: ¿análisis técnico o profecía interesada?

    Un artículo de Cointelegraph plantea una hipótesis inquietante: si bitcoin no logra recuperar la zona de los 84.000 dólares y, en particular, su media móvil de 200 días, podría reabrirse el camino hacia los 50.000 dólares. La tesis es técnicamente defendible: en ciclos bajistas anteriores, perder y luego fallar en recuperar esa media funcionó como confirmación de debilidad estructural. Hoy BTC ronda los 81.000 dólares, por debajo de esa zona crítica.

    Pero conviene no confundir un nivel técnico con una sentencia. El análisis citado por Cointelegraph depende de una analogía con 2022: entonces, bitcoin no pudo recuperar la media de 200 días y terminó marcando nuevos mínimos. El problema es que el mercado de 2026 no es exactamente el de 2022. Hoy hay ETFs, mayor participación institucional, mesas reguladas, derivados más profundos y empresas que acumulan bitcoin como activo de tesorería. Eso no elimina el riesgo bajista; lo transforma.

    De hecho, abril de 2026 cerró con una subida superior al 12%, el mejor mes de bitcoin en un año, apoyado por una mejora en los flujos hacia ETFs tras varios meses de salidas. Cinco Días informó entradas netas cercanas a 2.500 millones de dólares en abril, aunque también señaló que bitcoin seguía bastante por debajo de su máximo de octubre.

    La lectura bajista, entonces, tiene sentido si se mira solo el gráfico: 84.000 dólares es una frontera psicológica y técnica. Barron’s también ubicó la resistencia en la zona de 81.000-83.000 dólares, con la media de 200 días cerca de 83.863, como umbral para mejorar la perspectiva de medio plazo.

    Sin embargo, el mercado no se mueve únicamente por medias móviles. Reuters reportó que Strategy, la firma asociada a Michael Saylor, sufrió una fuerte pérdida trimestral por la caída de bitcoin, en un contexto de cautela por valoraciones de IA, política monetaria incierta de la Fed y tensiones geopolíticas. Pero el mismo reporte también subrayó que grandes instituciones financieras siguen expandiéndose hacia ETFs y servicios vinculados a bitcoin.

    Ahí está la contradicción central: el gráfico dice “cuidado”; la estructura de mercado dice “esto ya no es solo un casino minorista”. Bitcoin puede caer a 50.000 dólares, claro. Sería una corrección dura, pero no absurda. Lo discutible es presentarlo como destino casi inevitable si falla una sola resistencia.

    En nuestra opinión, el artículo acierta al señalar que 84.000 dólares es una zona decisiva, pero exagera el dramatismo al convertirla en un plebiscito entre bull market y colapso. Bitcoin está en una fase de prueba, no necesariamente de capitulación. Si rompe y sostiene 84.000, el relato bajista pierde fuerza. Si falla y además pierde la zona de 76.000-78.000, entonces sí: los 60.000 primero y los 50.000 después vuelven al tablero.

    Pero hay algo más que suele quedar fuera de estos análisis: bitcoin no nació como un activo para ser evaluado por mesas de riesgo ni como un instrumento para maximizar retornos en carteras institucionales. Fue concebido como una moneda nativa de internet, resistente a la censura, ajena a la discrecionalidad de bancos centrales y gobiernos. No como una promesa de enriquecimiento, sino como una herramienta de autonomía.

    Por eso, más allá de si toca los 84.000 o vuelve a los 50.000, hay una dimensión que no aparece en los gráficos: su capacidad de funcionar fuera del sistema. Los analistas pueden debatir soportes y resistencias; los fondos, ajustar exposición; los reguladores, intentar encuadrarlo. Pero mientras exista como red abierta, utilizable sin permiso, bitcoin seguirá representando algo más incómodo que una simple inversión.

    Quizás la conclusión más honesta no sea elegir entre alcistas y bajistas, sino recordar que el precio es solo una capa de la historia. Porque, incluso en medio de la volatilidad, la idea original —una forma de dinero que no depende de nadie— sigue ahí. Y para muchos de nosotros, eso sigue siendo razón suficiente no solo para observarlo, sino para usarlo.

  • ¿Quién Podrá Defendernos?

    ¿Quién Podrá Defendernos?

    «Y ahora, ¿ quién podrá defendernos ?» se preguntaba el «Chapulín Colorado» y me lo pregunto ahora, cuando hemos delegado en extremo a los gobiernos del estado nuestra seguridad, ya sea física como social y económica. Llevo años advirtiendo al respecto, pero cae en saco roto, ya que el mal caminar a través del tiempo se vuelve mal hábito. Hoy, preparando este escrito consulté con la IA encontrando lo siguiente:

    «Panamá es uno de los países con las estructuras más centralizadas de la región. Esto genera un «cuello de botella» tal como el de la seguridad vial en Panamá Oeste, deficiencias de salud en provincias dependen de decisiones tomadas en una oficina en la capital, lejos del contexto del problema «.

    Pero, nuestra seguridad es asunto de «corresponsabilidad», no de delegación excedida a las instituciones estatales. Debemos delegar en su justa medida y en aquello que es delegable; pues más allá las cosas toma mal rumbo, tal como atraer a los pillos y malandros que aman hacerse pasar por «autoridad» cuando en realidad son calamidad.

    En 1849 Gustavo de Molinari advirtió lo que nadie se había atrevido antes:

    «Si los mercados libres producen mejores alimentos, mejor ropa y mejores viviendas, ¿por qué no una mayor seguridad?»

    O como diría yo:

    «¿Por qué delegar a agencias políticas aquello que mejor podemos hacer nosotros mismos?».

    Recién la Defensoría del Pueblo en Panamá, señaló que las fallas en salud y seguridad no son sólo falta de recursos, sino estructurales y operativas. Desde el siglo antepasado, Gustavo Molinari advertía que los gobiernos del estado suelen monopolizar privilegios y derechos, creando servicios centrales que mejor pueden ser provistos por el mercado o, en cierta proporción, por autoridades locales; ya que mientras más alejas al proveedor del consumidor el servicio se degrada, quedando al servicio de bastardos intereses, tal como ocurrió en Venezuela.

    Al decir, «nuestra seguridad», la palabra «nuestra» grita realidad. Las personas son las más interesadas en su seguridad. Pero, no sólo interesadas, sino responsables y potencialmente eficaces. Por ejemplo, ¿hasta dónde podemos delegar a la ATTT cuando quien va al volante somos nosotros? Hay cosas que corresponden y puede hacer la ATTT y otras que no. ¿Te has puesto a pensar que los sobresaltos o policías muertos son prueba fehaciente del fracaso de la ATTT?

    Molinari giraba a favor del orden voluntario; ya que la policía, así como las demás entidades gubernamentales no van al volante de tu vida. Y, veamos que la seguridad, en todas sus manifestaciones, debe ir en contracorriente con la libertad. La seguridad es algo cultural y educacional; cualidades que no andan muy bien en nuestro patio, debido a que le hemos dado riendas sueltas a zorros del gallinero, al tal punto que mal cuidan a las gallinas ya que están atareados engullendo posturas y aves de corral.

    Nuestra seguridad depende de una «asociación voluntaria» que sólo prospera en libertad. Si el libre emprendimiento no sirve, ¿crees que servirán las exageradas y corruptas instituciones de nuestro desgobierno? Los comunistas creen que sí.

    Goethals Consulting, autora de gccviews.com, logró un gran aporte de la embajada británica en Panamá para llevar a cabo un estudio de la educación privada para los pobres en Panamá; encontrando que la educación privada superaba lejos al NODUCA en muchos sentidos. Dicho estudio fue publicado en Mexico e ignorado en Panamá; lo cual nos lleva a la pregunta: ¿Por qué ignoramos realidades?

    En resumen, los humanos somos seres sociales que nos asociamos de forma natural; en otras, por la naturaleza. La verdadera «ciencia social» es la económica, que es la acción humana; lo que hacemos los humanos para poner la paila y vivir con seguridad.

  • El precio de abrir esa puerta: control de tasa de interés en Panamá

    El precio de abrir esa puerta: control de tasa de interés en Panamá


    Hay ciertos errores de política económica que la historia ha repetido con pasmosa regularidad, y cuya única virtud es la de instruirnos, una y otra vez, sobre los límites del conocimiento burocrático frente a la inteligencia dispersa del mercado. La propuesta que circula en la Asamblea Nacional de Panamá para imponer topes a la tasa de interés bancaria —incluyendo préstamos hipotecarios, comerciales e industriales— es uno de esos errores. No es nueva ni tampoco es inocente. Y sus consecuencias son perfectamente predecibles.

    El superintendente de Bancos, Milton Ayón Wong, hizo bien en oponerse públicamente a la medida. Pero su resistencia, aunque valiosa, no debería necesitar apoyo institucional para sostenerse: debería bastar con leer a Friedrich Hayek, a Ludwig von Mises, o con revisar cuarenta años de experimentos fallidos en economías que creyeron poder fijar el precio del dinero por decreto.

    El precio del crédito no es un número arbitrario

    Milton Friedman enseñó, con la claridad que solo da quien comprende profundamente un fenómeno, que los precios son señales. No son instrumentos de explotación ni caprichos de la banca: son información condensada sobre riesgo, liquidez, tiempo y expectativas. La tasa de interés, específicamente, es el precio que equilibra la preferencia temporal del prestamista con la necesidad inmediata del prestatario. Es el mecanismo por el que el mercado descuenta el futuro.

    Cuando un legislador decide que ese precio es «demasiado alto» y lo recorta mediante una ley, no elimina el riesgo subyacente. Lo que hace es ocultarlo. El riesgo crediticio de un pequeño empresario informal, de una familia sin historial bancario, de un emprendedor sin garantías reales, no desaparece por el hecho de que el Estado prohíba cobrar por él una tasa de interés que lo refleje. Simplemente se convierte en un riesgo que ningún banco racional querrá asumir.

    Y entonces ese prestatario —el más vulnerable, el que más necesita acceso al crédito formal— queda fuera del sistema.

    El caso de Costa Rica: la evidencia que no debe ignorarse

    El propio Ayón Wong citó el precedente más cercano y más elocuente: Costa Rica. Cuando ese país impuso topes a las tasas, aproximadamente 300.000 personas quedaron excluidas del sistema bancario formal y recurrieron a prestamistas informales que cobraban entre el 10% y el 20% quincenal. No mensual: quincenal.

    Esto no es una anécdota curiosa. Es la demostración empírica exacta de lo que Hayek llamó «las consecuencias no queridas de las acciones humanas con propósito». El legislador quería proteger al deudor. Consiguió empujarlo hacia el usurero. Quería abaratar el crédito. Lo encareció de manera brutal para quienes más lo necesitaban. Quería incluir. Excluyó.

    Este es el patrón invariable de toda intervención de precios: los beneficios se concentran en quienes ya están dentro del sistema —quienes ya tienen historial, garantías, acceso— mientras los costos se desplazan hacia los más frágiles, que quedan fuera de la protección formal y caen en la informalidad depredadora.

    Von Mises y el problema del cálculo económico

    Pero el problema va aún más profundo. Ludwig von Mises, en su crítica al socialismo y a toda forma de planificación central, identificó el problema fundamental: ningún organismo regulador —por más sofisticado que sea— posee la información necesaria para fijar correctamente el precio de un bien. Y el dinero prestado es un bien como cualquier otro.

    La tasa de interés que emerge del mercado bancario panameño no es el resultado de una confabulación de banqueros reunidos en una sala oscura. Es el resultado de millones de transacciones, evaluaciones de riesgo individuales, decisiones de ahorradores, condiciones macroeconómicas, expectativas de inflación, calidad de las garantías y perfil de los deudores. Sintetiza información que ningún regulador puede recopilar, procesar ni interpretar con la velocidad y precisión que el mercado hace de manera descentralizada y continua.

    Fijar un tope es, en términos misianos, pretender sustituir ese proceso de descubrimiento por la opinión de un comité. Y la historia del siglo XX —desde los controles de alquileres en Nueva York hasta los precios máximos de gasolina en Venezuela— ha demostrado que esa sustitución produce, invariablemente, escasez del bien cuyo precio se intenta reducir artificialmente.

    La puerta que no debe abrirse

    Friedman solía advertir que la diferencia entre un error de política económica y una catástrofe es el tiempo. Los errores de política se corrigen. Las instituciones que se construyen alrededor de esos errores se perpetúan.

    El riesgo más grave de la propuesta panameña no es la regulación en sí misma, aunque sus efectos serán nocivos. El riesgo mayor es la lógica que abre. Porque si el Estado puede fijar el precio máximo de un crédito hipotecario, ¿por qué no del préstamo comercial? ¿Por qué no del crédito de consumo? ¿Por qué no del plazo de pago? ¿De las comisiones? ¿De las garantías exigibles?

    Hayek lo explicó con su concepto de la «pendiente resbaladiza» institucional: cada intervención crea distorsiones que parecen requerir nuevas intervenciones para corregirse. El control de precios genera escasez; la escasez genera racionamiento; el racionamiento genera corrupción y clientelismo en la asignación del crédito. Al final, el mercado financiero deja de ser un mercado y se convierte en un sistema de distribución política de recursos.

    Panamá tiene, precisamente, uno de los centros bancarios más sólidos y competitivos de América Latina. Esa solidez no es accidental: es el resultado de décadas de no hacer exactamente lo que ahora se propone. El sistema de dolarización, la ausencia de banco central emisor, la competencia entre entidades y la ortodoxia regulatoria han creado un entorno en que el crédito fluye con eficiencia notable. Destruir esa arquitectura institucional con una sola ley es perfectamente posible. Reconstruirla llevaría décadas.

    La justicia real está en la competencia, no en el decreto

    La preocupación que subyace a esta propuesta —que los ciudadanos de menores recursos pagan una tasa de interés desproporcionada— es legítima en su diagnóstico social, aunque errónea en su prescripción. La respuesta correcta al crédito caro no es prohibir que sea caro: es crear las condiciones para que más actores compitan por otorgarlo.

    Eso implica reducir los costos de entrada al sistema financiero, promover la banca digital y las fintech, fortalecer los buros de crédito para que el historial crediticio sustituya a las garantías físicas, y mejorar el marco de insolvencia para que prestar sea menos riesgoso. Todo ello bajaría la tasa de interés de manera orgánica y sostenible, sin excluir a nadie.

    Un decreto que fija el precio máximo del crédito no hace justicia a los deudores. Los abandona.


    Quien abra esta puerta no encontrará al otro lado la protección que promete. Encontrará al prestamista informal esperando, con tasas que ningún regulador tendrá poder de controlar. Y entonces, inevitablemente, alguien propondrá regular también eso.

    Y así sucesivamente, hasta que no quede mercado que regular.

    El diagrama sintetiza visualmente la cadena causal que Hayek denominó las consecuencias no queridas: la buena intención legislativa recorre un camino predecible hasta depositar al deudor más vulnerable precisamente en manos de quien la ley quería protegerle.

    El artículo está escrito desde la tradición de Friedman en su rigor empírico —el caso costarricense como evidencia—, de Hayek en el argumento institucional sobre el conocimiento disperso y la pendiente intervencionista, y de Mises en la crítica epistemológica al cálculo central. Los tres convergen en la misma conclusión: el precio del crédito no es una variable política, y tratarlo como tal destruye exactamente lo que se pretende construir.