Categoría: Acción Humana

  • Estrecho de Ormuz: la prueba geopolítica de Trump

    Estrecho de Ormuz: la prueba geopolítica de Trump

    A 16 de marzo de 2026, la novedad central no es solo que el Estrecho de Ormuz siga severamente perturbado, sino que la guerra entre Israel, con apoyo militar de EE. UU. bajo Trump, e Irán ha abierto una crisis de hegemonía: Washington puede golpear, pero no logra ordenar una coalición amplia para estabilizar el teatro ni restaurar plenamente la libertad de navegación. Reuters, AP y otros medios coinciden en tres hechos: Irán ha reducido de forma drástica el tráfico por Ormuz; Trump ha pedido ayuda a aliados y socios para reabrirlo; y la respuesta internacional ha sido fría, cautelosa o directamente negativa.

    Lo más importante para entender la crisis del Estrecho de Ormuz hoy es que no está “herméticamente” cerrado en términos absolutos, pero sí funciona como un chokepoint bajo coerción iraní. Hay paso selectivo y altamente riesgoso: un petrolero pakistaní logró cruzar, e India e Irán negocian tránsito seguro para algunos buques, mientras Washington admite que por ahora tolera el paso de ciertos barcos iraníes, indios y chinos para evitar un shock energético aún mayor. Eso sugiere que Teherán no ha impuesto un bloqueo clásico total, sino una interdicción política y militar selectiva, suficiente para hundir el tráfico, disparar primas de riesgo y demostrar capacidad de veto.

    En el plano estratégico, Trump pidió apoyo internacional y no lo consiguió en la escala que buscaba. España descartó participar en operaciones militares en Ormuz; Grecia dijo que no irá más allá de la misión Aspides en el Mar Rojo; Alemania, Italia y otros aliados europeos han rechazado enviar fuerzas navales para una operación ofensiva o de imposición liderada por EE. UU.; Japón dijo que no planea por ahora una misión de escolta; y Australia tampoco prevé mandar buques de guerra. El Reino Unido es el caso intermedio: rechaza verse arrastrado a una guerra más amplia, pero estudia fórmulas limitadas de apoyo a la reapertura del paso, sin comprometerse a una participación ofensiva clásica.

    El problema de Trump no es solo militar, sino de legitimidad estratégica. La campaña ha probado que EE. UU. e Israel pueden degradar activos iraníes, pero no que puedan traducir esa superioridad cinética en un nuevo orden regional estable. Israel ya habla de al menos tres semanas más de guerra; Irán sigue golpeando por vías asimétricas; el tráfico energético global continúa dañado; y los aliados no quieren firmar un cheque en blanco para una guerra cuyo objetivo oscila entre castigo, disuasión, contención nuclear y eventual cambio de régimen.

    El mercado ya está votando con miedo. Brent rondó los 101-102 dólares tras haber superado el umbral psicológico de 100, mientras la IEA activó una liberación extraordinaria de 400 millones de barriles y mantiene más de 1.400 millones en reservas de emergencia. Aun así, la propia Reuters subraya que las herramientas para absorber el shock se están agotando rápido. La interrupción en Ormuz afecta alrededor del 20% del petróleo y del gas licuado transportados por mar, y ha obligado a recortes severos de producción en Emiratos y otras plazas regionales.

    La crisis del Estrecho de Ormuz ha expuesto que Trump no puede destruir el multilateralismo un día y reclamarlo al siguiente sin pagar un precio. Pero la formulación más sólida no es que ya haya “derrota” estadounidense en sentido total, sino que existe una brecha cada vez mayor entre la capacidad de infligir daño y la capacidad de construir coalición, legitimidad y orden. Y en geopolítica, esa brecha acaba siendo decisiva: una potencia puede ganar ataques y perder posición. Hoy, en Ormuz, ese es exactamente el riesgo de Washington.

  • El poder corrompe, necesitamos descentralizar

    El poder corrompe, necesitamos descentralizar

    En un artículo del Instituto von Mises, Ryan McMaken, editor jefe del Instituto, inicia señalando que en asunto de gobierno “¿Quién vigila al vigilador?” ¡Buena pregunta esa! Y es que siempre escuché decir que para gobernar, el gobierno requiere tener el monopolio del poder coercitivo, ya que este poder es necesario para proteger a la población en contra de los facinerosos. El problemita es que el poder corrompe y si es absoluto entonces corrompe de manera absoluta; y he aquí el mal que nos corroe en nuestra hermosa Panamá. Nuestra corrupción está tan arraigada, desde la misma Constitución, que es iluso pensar que con un presidente honesto vamos a salir del lodazal de la corrupción.

    La otra realidad es que para jugar el partido de buen Estado se requiere una ‘buena constitución’ que esté basada en una sana declaración de principios o derechos humanos y… nuevamente, los panameños no tenemos ni una ni la otra, sino todo lo contrario, como decía Tres Patines. Nuestra Constitución, a modo de declaración de principios, tiene un “preámbulo”, que según el diccionario es el “exordio, prefacio, aquello que se dice antes; es aprobar, mandar, pedir y tal. Pero… ¡viera el lector las discusiones que he tenido con abogados y juristas que dicen que el Preámbulo de nuestra Constitución no forma parte de la misma, sino que es mera pollera; es decir, el guirindajo que cuelga al margen de la falda.

    Entonces, a partir de lo dicho en el párrafo anterior, los panameños estamos “jodidos”; ya que, sin reglas buenas y claras los maleantes de turno hacen lo que les viene en ganas y, a menudo han sido ganas putrefactas. Luego, encima de todo ello, la naturaleza humana es tal que quienes tienen un poder exagerado y desbocado lo como un Chávez, un Maduro un Castro y tal.

    Desde lo señalado y si no estoy MFT, allí sólo comienzan nuestros problemas; ya que nuestros males de gobierno y gobernanza los traemos desde Cristobal o antes. Por ejemplo, en épocas de criminal Pedrarias, la “constitución” era una carta manuscrita del Rey, que le indicaba a su lacayo como debía administrar su finca privada; lo cual me lleva a preguntar… ¿algo ha cambiado desde entonces? Y, si dices que sí… ¿Cuánto?

    Lo que les aseguro es que lo que asegura la actual dizque Constitución panameña es el desorden. ¿O es que no lo ven todos los días en las calles?; que es dónde debía estar a la vista hasta del más lerdo. Pero lo grueso de chicheme de la corrupción, desgraciadamente no la ve Tío Pueblo ni los que supuestamente están más alto en las ramas del guarumo estatal. Por ejemplo, lo que se birlaron en la construcción del Metro, de MiBus y de casi todas las obras que han hecho los desgobiernos que nos han infectado. Y lo digo con conocimiento de causa, pues a mi empresa la quebraron; pues nos cancelaron los contratos ganados en licitaciones internacionales porque no pagábamos las coimas.

    Quienes creen que en Panamá hay democracia andan como meracho en Sarigua. Y si creen que la democracia, tal como la conocemos hoy día es la mejor forma de gobierno, también. Y, sólo a manera de ilustración del problema les cuento que en EE.UU. los costos de cumplimientos normativos en la construcción de una casa nueva andan por los $94,000. Y ya Trump ha dado órdenes de ver cómo reducen esos costos absurdos.

    Lo triste es que en Panamá no vemos ni entendemos que los gobernantes corruptos se han dedicado a mantener a la población sumida en la ignorancia porque así los zorros del gallinero se dan banquetes de gallinas y posturas.

  • La riqueza la produce el empresario, no el desgobierno

    La riqueza la produce el empresario, no el desgobierno

    Si cada día el dinero en tus bolsillos compra menos, ello, en buena medida, se debe al desgobierno. ¿Y a qué me refiero con “desgobierno”? No sólo a la robadera de los fondos públicos sino a su mal uso; ese que los malos políticos llaman “inversión” y que, en realidad, más a menudo de lo imaginado, no sólo es despilfarro sino “artilugio”, palabra que significa el arete del engaño, el llanto fingido y la trampa. Y lo peor es que gran parte de la población está convencida de que los “empresarios” son los malos de la película; y sí, hay empresarios malévolos que se hace amiguitos en el delito con torcidos gobernantes, pero la generalización es cosa mala. Imagínense, decir que ser empresario es malo nos deja varados en el desierto de una población con patología parasitaria.

    ¿Cómo fue que en tantos países los gobiernos se corrompieron? Para asomarnos a esa triste realidad, veamos el caso de los EE.UU., que, a pesar de ser el país más desarrollado del mundo también tiene sus gravísimos problemas de desgobierno y corrupción. Y cuando digo “desgobierno” no me refiero nada más al gobierno federal en Washington sino a los gobiernos de los estados o países con conforman la unión de Estados Unidos, esa que tantos ven como un país cuando en realidad son 50 países unidos en confederación.

    En épocas que se llevó el tiempo, el dinero no era papelitos de colores con numeritos pintados; los medios de intercambio eran cosas que tenían precio propio, tal como el oro, plata, cacao, café, sal o hasta la hija hermosa. Pero, en cierto momento los gobiernos comenzaron a apoderarse de los medios de intercambio, llamándole “dinero” a papelitos de color. Recuerdo cuando niño, que los dólares tenían una leyenda que decía “veinte dólares redimibles en oro”; oro que, supuestamente estaba guardadito en Fort Nox… ¡ja!

    En el caso de los EE.UU., el presidente Franklin Delano Roosevelt, que asumió la presidencia en 1933 y duró hasta 1945, sirviendo 4 períodos presidenciales en 12 años. Para muchos fue una maravilla de presidente, pero… otros cuentan que su política del “New Deal” o nuevo acuerdo o, diría yo, “nuevo enredo”, que supuestamente fue para combatir la crisis económica de esa época. La IA o AI dice que FDR creo 69 oficinas o agencias gubernamentales nuevas; yo he leído que llegaron a más de 100; entre ellas, Fanny Mae que llegó a ser la causa del desastre económico del 2008 del cual aún no hemos visto el último capítulo. Lo cierto es que hoy día la inflación la producen los gobiernos imprimiendo papelitos e interviniendo en asuntos ciudadanos que no son propios de la buena gobernanza. Lo deleznable es que hay muchos que culpan al empresario insaciable.

    El secreto básico de una economía descansa sobre la productividad, la oferta que crea demanda y no al revés, como muchos lo pintan. La oferta o producción, productividad, depende de una población educada con cultura de emprendimiento y no de servilismo y dependencia de un “robó pero lo dio al pueblo”. Si hoy fuésemos a comprar la casa o el carro pagando con vacas, les aseguro que quien vende la casa o el carro le miraría los colmillos al caballo. Lastimosamente hoy, no le miramos nada bien los colmillos a los zorros del gallinero. Más aún, votamos por los que tienen los colmillos más grandotes.

    Lástima que hoy ni el NODUCA, las iglesias ni casi nadie enseña economía; es decir la realidad del comportamiento humano. O, enseñan una economía chueca, tal como la keynesiana.

  • No, no fue por un dólar

    No, no fue por un dólar


    Donald Trump tiene una habilidad poco común: tomar un hecho histórico complejo, reducirlo a una imagen simple y repetirla hasta que se convierta en verdad popular. Su versión del Canal de Panamá es un ejemplo perfecto de esa técnica. «Jimmy Carter lo regaló por un dólar», ha dicho en incontables ocasiones, en entrevistas con Tucker Carlson, en Truth Social, en discursos de campaña. La frase es memorable, evocadora y, en su literalidad, falsa. Pero como toda buena simplificación populista, contiene suficientes capas de verdad parcial como para que desmontar la resulte incómodo para todos los bandos.

    ¿De dónde viene el «un dólar»?

    Antes de cualquier análisis histórico, vale la pena responder la pregunta más básica: ¿existió ese dólar? ¿O es pura invención retórica?

    La respuesta es matizada. Los Tratados Torrijos-Carter de 1977 no establecen ningún pago de un dólar de Panamá a Estados Unidos. No hay transacción de compraventa en ninguno de los dos documentos. El canal no se vendió, se transfirió soberanía sobre él mediante un acuerdo diplomático. Lo que sí existió fue una práctica protocolar habitual en el derecho internacional: cuando se transfieren activos entre Estados mediante tratado, a veces se incluye un pago simbólico de un dólar para darle forma jurídica de transacción al acuerdo. Es una figura legal, no una valoración económica.

    Lo irónico es que la realidad fue, si se quiere, más onerosa para Estados Unidos que el dólar simbólico. Como documentan los registros del Departamento de Estado, el acuerdo incluyó compromisos de préstamos, créditos garantizados y asistencia militar a Panamá por aproximadamente 345 millones de dólares para facilitar la transición. Es decir: no solo Estados Unidos no cobró, contribuyó financieramente a que Panama pudiera asumir la operación. Trump, en todo caso, debería estar más enojado por eso que por el dólar que nunca existió formalmente.

    El origen del problema: 1903

    Para entender por qué en 1977 se llegó a negociar la devolución del canal, hay que retroceder al 18 de noviembre de 1903 y al Tratado Hay-Bunau-Varilla. Ese documento fundacional tiene un detalle que lo resume todo: fue firmado por un ciudadano francés, Philippe-Jean Bunau-Varilla, ingeniero y accionista de la compañía que había fracasado en construir el canal, en representación de Panamá. La delegación panameña viajaba hacia Washington cuando se cerró el acuerdo. Llegó dos horas tarde. El tratado ya estaba firmado.

    Los términos que negoció ese francés sin mandato real, una franja de diez millas de ancho bajo control estadounidense «como si fuera soberano», a cambio de 10 millones de dólares y una renta anual, generaron décadas de resentimiento que ningún análisis honesto puede ignorar. La Zona del Canal funcionó durante 75 años como un enclave colonial que literalmente dividía el territorio de un país soberano, con sistema de segregación racial incluido, administrado desde Washington.

    El punto de no retorno fue el 9 de enero de 1964, cuando estudiantes panameños intentaron izar la bandera panameña junto a la estadounidense en la Zona del Canal. Los disturbios dejaron más de 20 panameños muertos y cerca de 500 heridos. Ese día, hoy feriado nacional en Panamá, el Día de los Mártires, cambió la ecuación política para siempre.

    Carter, Torrijos y la negociación

    Los Tratados Torrijos-Carter no fueron un capricho idealista de un presidente demócrata, fueron la respuesta pragmática a una situación geopolíticamente insostenible. El propio Henry Kissinger, difícilmente sospechoso de sentimentalismo tercermundista, advirtió al presidente Ford en 1975 que mantener el control del canal «parece puro colonialismo» y que el fracaso en negociar alimentaría los movimientos antiestadounidenses en toda América Latina en plena Guerra Fría.

    Los tratados, firmados el 7 de septiembre de 1977, eran en realidad dos documentos distintos y complementarios. El primero establecía la transferencia gradual del control operativo del canal a Panamá, completada el 31 de diciembre de 1999. El segundo, el Tratado de Neutralidad Permanente, es el que Trump sistemáticamente omite mencionar: garantizaba que el canal permanecería abierto a todos los países en igualdad de condiciones, y otorgaba a Estados Unidos el derecho permanente de defenderlo militarmente ante cualquier amenaza a su neutralidad.

    No fue una rendición; en realidad fue una retirada estratégica con garantías. La ratificación en el Senado fue una batalla política épica que Carter ganó por un solo voto sobre el mínimo requerido: 68 contra 32. Uno de los mayores defensores republicanos de los tratados fue John Wayne, amigo personal de Torrijos.

    El canal hoy: lo que Trump no cuenta

    Aquí es donde la narrativa de Trump no solo es históricamente imprecisa, sino que es económicamente contradictoria con la realidad observable.

    Desde la transferencia completa en 1999, la Autoridad del Canal de Panamá ha operado el canal con una eficiencia que ningún análisis serio cuestiona. En 2016, Panamá completó una expansión de 5.25 billones de dólares que duplicó la capacidad del canal, permitiendo el paso de los llamados buques Neopanamax, los portacontenedores más grandes del mundo, que antes debían rodear el continente. Esa inversión fue íntegramente panameña, sin participación de capital estadounidense.

    Los resultados financieros son contundentes. En el año fiscal 2023, el canal generó ingresos por casi 5.000 millones de dólares, un incremento del 14,9% respecto al año anterior, incluso con niveles de tránsito reducidos por una sequía severa. En 2024, a pesar de que los tránsitos de buques de gran calado cayeron un 21% por la continuidad de las restricciones hídricas, los ingresos totales se mantuvieron en 4.990 millones de dólares, por encima del presupuesto proyectado, con costos operativos reducidos en un 5%. El ingreso neto creció 300 millones respecto al ejercicio anterior. Esos números representan aproximadamente el 4% del PIB de Panamá.

    En cuanto al argumento de que «China controla el canal»: es falso en términos operativos. La empresa hongkonesa CK Hutchison Holdings opera puertos en los accesos al canal mediante concesiones comerciales negociadas. La operación diaria del canal la ejerce exclusivamente la Autoridad del Canal de Panamá. El presidente panameño José Raúl Mulino lo dijo con una claridad que no admite ambigüedades: el canal es panameño y no hay nada que negociar.

    El dólar como herramienta populista

    Volvamos al dólar. ¿Por qué Trump insiste con esa imagen específica hoy, más de 25 años después de la transferencia?

    La respuesta raramente está en la historia, está en la política doméstica. Trump necesita narrativas de agravio externo: Panamá, Groenlandia, el Golfo de México rebautizado. Son distracciones funcionales que mantienen a su base movilizada con un enemigo concreto y permiten presentar cualquier conflicto internacional como la corrección de una injusticia histórica. El «un dólar» es perfecto para ese propósito: es simple, es ultrajante, es memorizable y es suficientemente antiguo como para que nadie recuerde bien los detalles.

    El problema es que los detalles importan. Estados Unidos no «regaló» el canal, administró durante 75 años una franja colonial en territorio ajeno, luego negoció una salida ordenada con garantías permanentes de acceso y defensa, y hoy se beneficia de un canal operado con niveles de eficiencia e inversión que difícilmente hubiera sostenido por cuenta propia.

    La pregunta relevante hoy es si la retórica revisionista de Trump sobre el canal responde a un interés estratégico genuino de Estados Unidos o simplemente a la misma lógica que siempre ha movido al populismo: necesitar un enemigo exterior cuando los problemas interiores se acumulan.

    La historia del Canal de Panamá no es la historia de una traición americana ni la historia de una victoria anticolonial pura. Es una historia larga, complicada y cargada de errores, intereses y pragmatismo de todos los actores involucrados.

    Lo que sí es claro es esto: el canal funciona. Genera casi 5.000 millones de dólares anuales. Mueve el 5% del comercio marítimo mundial. Fue ampliado y modernizado con capital panameño. Y opera bajo un tratado que garantiza a Estados Unidos acceso y derecho de defensa permanente.

    No fue por un dólar. Tampoco fue una traición. Fue el final inevitable de un arreglo colonial que había durado demasiado; negociado, imperfectamente pero funcionalmente, por adultos que entendían que el mundo había cambiado desde 1903.

    La nostalgia imperial es comprensible. La política exterior basada en ella es otra cosa..

  • Del Manifiesto Cypherpunk a la Jaula Digital del Siglo XXI

    Del Manifiesto Cypherpunk a la Jaula Digital del Siglo XXI


    Corría 1992 cuando un grupo de matemáticos, programadores y pensadores libertarios comenzaron a reunirse en San Francisco con una convicción tan simple como radical: la privacidad no es un privilegio, es la condición sine qua non de la libertad individual. Se autodenominaron cypherpunk (una contracción de cipher (cifrado) y punk ) y su arma no era la violencia ni la política partidaria, sino el código.

    Eric Hughes, uno de sus fundadores, publicó en Marzo de 1993, lo que se convertiría en el documento fundacional del movimiento: A Cypherpunk’s Manifesto. Sus primeras líneas son tan vigentes hoy como entonces, quizás más:

    «Privacy is necessary for an open society in the electronic age. Privacy is not secrecy. A private matter is something one doesn’t want the whole world to know, but a secret matter is something one doesn’t want anybody to know. Privacy is the power to selectively reveal oneself to the world.»

    Hughes distinguía con precisión quirúrgica dos conceptos que el poder (estatal y corporativo) ha interesado históricamente en confundir: privacidad y secreto. El secreto es el refugio del culpable. La privacidad es el territorio soberano del individuo libre. Uno oculta el crimen; el otro protege la dignidad, la propiedad intelectual, la transacción comercial, la disidencia política, el pensamiento heterodoxo.


    Mises, Hayek y el Precio de la Información

    Desde la óptica austro-liberal, la privacidad no es un valor meramente filosófico o romántico; es un mecanismo de mercado fundamental. Friedrich Hayek lo explicó con una claridad que ningún planificador central ha podido rebatir: el conocimiento está disperso, es local, tácito, y jamás puede ser centralizado sin destruir la información misma que pretende gestionar.

    Cada transacción económica, cada preferencia individual, cada decisión de intercambio contiene información que pertenece exclusivamente a las partes involucradas. Cuando esa información es extraída, agregada y procesada por un tercero, sea el Estado o una corporación afín a él, deja de ser conocimiento vivo y se convierte en dato muerto al servicio del poder.

    Ludwig von Mises, en su crítica al socialismo, señalaba que sin precios libres no hay cálculo económico posible. Pero los precios libres requieren actores libres, y los actores libres requieren privacidad. Un individuo vigilado no negocia: obedece. Un consumidor perfilado no elige: es elegido. La vigilancia masiva no es un problema técnico; es un problema epistemológico y moral que destruye las bases del orden espontáneo que Hayek describió con tanta elocuencia.


    El Manifiesto Como Profecía

    Hughes no escribía poesía: escribía arquitectura. Su texto era un programa de acción concreto:

    «We must defend our own privacy if we expect to have any. We must come together and create systems which allow anonymous transactions to take place. People have been defending their own privacy for centuries with whispers, darkness, envelopes, closed doors, secret handshakes, and couriers. The technologies of the past did not allow for strong privacy, but electronic technologies do.»

    Los cypherpunks no esperaban que el Estado los protegiera. Sabían, con la lucidez que da leer a cualquier autor liberal, que el Estado es precisamente el actor del cual hay que protegerse. Desarrollaron PGP (Pretty Good Privacy), remailers anónimos, protocolos de comunicación cifrada. Sentaron las bases conceptuales de lo que décadas después sería Bitcoin: la primera moneda en la historia que permite transacciones sin intermediario, sin identidad obligatoria, sin permiso estatal.

    Tim May, otro pilar del movimiento, escribió el Crypto Anarchist Manifesto en 1988, anticipando con asombrosa precisión el mundo que habitamos:

    «The State will of course try to slow or halt the spread of this technology, citing national security concerns, use of the technology by drug dealers and tax evaders, and fears of societal disintegration. Many of these concerns will be valid; crypto anarchy will allow national secrets to be traded freely and will allow illicit and stolen materials to be traded.»

    May entendía lo que todo liberal entiende: el costo de la libertad es tolerar que otros la usen de formas que no nos gustan. La alternativa, la vigilancia preventiva, es infinitamente más costosa en términos de dignidad humana y prosperidad económica.


    La Gran Traición: Cuando el Mercado se Volvió Jaula

    Aquí llegamos al punto más amargo, al que Hughes y May difícilmente habrían podido anticipar en toda su magnitud: la cooptación de la privacidad por las mismas fuerzas del mercado que debían ser su garantía.

    El modelo de negocio que dominó Internet en el siglo XXI no fue la criptografía al servicio del individuo; fue la surveillance economy, la economía de la vigilancia. Google, Facebook (hoy Meta), Amazon, y decenas de plataformas construyeron imperios valorados en billones de dólares sobre un principio diametralmente opuesto al cypherpunk: si el servicio es gratis, el producto sos vos.

    Shoshana Zuboff lo llamó capitalismo de vigilancia: la extracción sistemática de datos de comportamiento humano para predecir, y modificar, conductas futuras. No es capitalismo en el sentido miseano del término. Es, en rigor, una forma de planificación central público-privada: una élite corporativa acumula conocimiento disperso no para servir al consumidor, sino para modelarlo. Y entregárselo al estado.

    El daño no es solo económico. Es ontológico. Cuando cada búsqueda, cada click, cada pausa frente a una pantalla es registrada y analizada, el individuo deja de ser soberano de su propio proceso cognitivo. Las plataformas no solo saben lo que querés ; determinan lo que vas a querer. El libre albedrío, esa precondición de la acción humana que Mises colocaba en el centro de la praxeología, se erosiona bit a bit.


    El Estado: El Vigilante que Nunca Descansa

    Si las Big Tech representan la traición del mercado a sus propios valores, el Estado representa algo más antiguo y más peligroso: el panóptico con poder de coerción.

    El año 2013 fue un punto de inflexión histórico. Edward Snowden reveló que la NSA estadounidense operaba programas de vigilancia masiva: PRISM, XKeyscore, Bullrun, que interceptaban comunicaciones de millones de personas en todo el mundo, incluidos ciudadanos de países aliados, sin orden judicial, sin causa probable, sin límite aparente.

    Lo que Snowden expuso no era una anomalía: era la lógica inevitable del Estado expandido. Como señalaba Rothbard, el Estado tiende por naturaleza a maximizar su poder y sus recursos. La tecnología digital no cambió esa naturaleza, la turboalimentó. Hoy los gobiernos no necesitan agentes infiltrados ni escuchas telefónicas rudimentarias: los ciudadanos entregan voluntariamente sus datos a plataformas que los comparten, con o sin coerción legal, con las agencias de inteligencia.

    China llevó esta lógica a su expresión más orwelliana con el Sistema de Crédito Social: un mecanismo de puntuación ciudadana basado en vigilancia permanente que premia la obediencia y castiga la disidencia. Pero sería ingenuo, o deshonesto, presentar esto como un problema exclusivamente chino. Las democracias occidentales construyen infraestructuras de vigilancia similares con retórica diferente: seguridad nacional, lucha contra el terrorismo, protección de la infancia.

    La lección liberal es inexorable: no existe la vigilancia benigna. Todo poder acumulado tiende a ser usado, y todo instrumento de control construido para un propósito declarado virtuoso será eventualmente aplicado contra los disidentes, los innovadores, los inconvenientes.


    El Legado Cypherpunk Hoy: Resistencia y Esperanza

    El movimiento cypherpunk no murió, mutó. Bitcoin, creado en 2009 por el pseudónimo Satoshi Nakamoto, es su hijo más célebre: una moneda sin banco central, sin identidad obligatoria, sin posibilidad de confiscación mediante decreto. Tor, Signal, ProtonMail, y decenas de herramientas de privacidad son sus herederos directos.

    Pero el desafío es monumental. La asimetría entre el individuo y las estructuras de vigilancia, estatales y corporativas, nunca fue tan pronunciada. La solución no vendrá de regulaciones estatales que piden a los mismos estados que vigilan que dejen de vigilar. Vendrá, como siempre en la tradición liberal, del individuo que decide recuperar su soberanía: adoptando herramientas de cifrado, descentralizando sus finanzas, eligiendo con conciencia qué datos entrega y a quién.

    Hughes lo dijo con la contundencia que solo tiene quien escribe para la historia:

    «Cypherpunks write code. We know that someone has to write software to defend privacy, and since we can’t get privacy unless we all do, we’re going to write it.»


    Privacidad es Propiedad

    En la tradición libertaria, la privacidad no es un capricho ni un privilegio tecnológico: es una extensión natural del derecho de propiedad sobre uno mismo. Si el individuo es propietario de su cuerpo, su mente y el fruto de su trabajo, como sostenían Locke, Spooner y Rothbard, entonces es propietario de sus datos, sus transacciones, sus palabras y sus silencios.

    La batalla por la privacidad en el siglo XXI es, en el fondo, la misma batalla de siempre: la del individuo soberano contra las estructuras que pretenden administrarlo, modelarlo y, en última instancia, poseerlo.

    Los cypherpunks lo vieron venir hace treinta años. La pregunta no es si tenían razón. La pregunta es si llegamos a tiempo.


    «We cannot expect governments, corporations, or other large, faceless organizations to grant us privacy out of their beneficence.» — Eric Hughes, A Cypherpunk’s Manifesto, 1993.

  • 20 Millones de Razones para la Esperanza Monetaria

    20 Millones de Razones para la Esperanza Monetaria

    Bitcoin alcanza el hito de los 20 millones minados: escasez, teoría mengeriana y la tecnología como liberación

    Hoy, 9 de marzo de 2026, la red Bitcoin alcanzó silenciosamente uno de los hitos más significativos de su historia: el minado del Bitcoin número 20 millones (20.000.000). No hubo conferencia de prensa. No hubo decreto ejecutivo. No hubo banquero central anunciando la novedad. Hubo, simplemente, un bloque: el número 939.999, añadido a la cadena por el pool Foundry USA, y un número que tildó sobre un protocolo que lleva corriendo sin interrupción desde el 3 de enero de 2009.

    El 95,24% de todos los Bitcoin que existirán jamás ya existe. El millón restante tardará 114 años en ser emitido. La última fracción de satoshi llegará alrededor del año 2140. Para entonces, la mayoría de los Estados nación actuales habrán cambiado de constitución, moneda y forma de gobierno varias veces. El protocolo seguirá corriendo exactamente como Satoshi Nakamoto lo programó.

    Para comprender por qué este momento importa más allá del dato técnico, es necesario regresar a los fundamentos. No a los libros blancos de la criptografía, sino a algo más antiguo y más profundo: la teoría del dinero de Carl Menger.

    Menger y el origen espontáneo del dinero

    En sus Principios de Economía Política (1871), Carl Menger ofreció la explicación más convincente jamás formulada sobre el origen del dinero. El dinero no fue inventado por ningún Estado, no surgió de ningún contrato social ni fue decretado por ninguna autoridad. Emergió espontáneamente del mercado, como resultado de la acción descentralizada de millones de individuos que buscaban resolver un problema práctico: la doble coincidencia de necesidades en el trueque.

    El proceso fue gradual. Ciertos bienes comenzaron a ser aceptados no por su valor de uso directo, sino por su liquidez , es decir, su capacidad de ser intercambiados con facilidad. Y entre todas las propiedades que un bien debe tener para funcionar como medio de intercambio, Menger identificó una como central: la vendibilidad a través del tiempo, es decir, la capacidad de conservar valor. Para ello, el bien elegido por el mercado debía ser, entre otras cosas, escaso, durable, homogéneo y difícil de falsificar o reproducir arbitrariamente.

    El oro cumplió esas condiciones durante milenios. Bitcoin las cumple hoy con una precisión matemática que el oro nunca pudo alcanzar. Y el hito de hoy lo demuestra con una contundencia que ningún argumento teórico podría superar.

    La escasez absoluta como fundamento de valor

    En toda la historia monetaria de la humanidad, ningún bien ha tenido un límite de emisión conocido de antemano, verificable en tiempo real y matemáticamente irreversible. El oro es escaso, sí, pero su oferta puede crecer si se descubren nuevas vetas. Las divisas fiat son abundantes por diseño: su emisión responde a decisiones políticas y a las necesidades de financiamiento estatal. Los bancos centrales tienen la facultad, y el incentivo, de expandir la oferta monetaria cuando les resulta conveniente.

    Bitcoin rompe ese paradigma de raíz. El límite de 21 millones de unidades no es una promesa institucional ni un compromiso político. Es código. Es matemática. Es un protocolo descentralizado que ninguna autoridad tiene capacidad de modificar unilateralmente sin destruir la red misma. Satoshi no solo fijó un límite: diseñó un calendario de emisión que carga los años iniciales con mayor producción (cuando la adopción era baja y la recompensa por asumir el riesgo pionero era alta) y la desacelera exponencialmente a través del mecanismo del halving.

    Los números hablan con elocuencia: los primeros 10 millones de BTC fueron minados en apenas cuatro años, entre 2009 y 2012. Los próximos 5 millones, otros cuatro años. Los siguientes 2,5 millones, otros cuatro. El último millón tardará 114 años. Esta curva de emisión decreciente es, en términos mengerianos, la formalización tecnológica del concepto de escasez genuina.

    La tecnología como acto de liberación

    Friedrich Hayek, en La Desnacionalización del Dinero (1976), planteó que el monopolio estatal sobre la emisión monetaria era la fuente principal de la inflación crónica y del ciclo económico. Su propuesta era radical para la época: permitir la competencia entre monedas privadas para que el mercado seleccionara naturalmente las más estables y confiables. El argumento era impecable en teoría. El problema era la implementación: ¿cómo crear una moneda privada que no pudiera ser falsificada, intervenida ni confiscada?

    La tecnología resolvió en 2009 lo que la teoría había formulado en 1976. Bitcoin es la respuesta práctica a la pregunta hayekiana. No requiere confianza en ninguna institución. No requiere sede física ni jurisdicción legal. No puede ser inflado por decreto ni confiscado sin la colaboración de su propietario. Su emisión es predecible con la misma certeza con que se predicen los eclipses solares.

    Hay un detalle técnico del hito de hoy que merece atención especial: entre 2,3 y 3,7 millones de BTC son considerados permanentemente inaccesibles, según estimaciones de Chainalysis y River Financial, son las llaves privadas perdidas, billeteras olvidadas, monedas enviadas a direcciones inválidas. Esto significa que la oferta circulante real es significativamente menor a 20 millones. La escasez efectiva de Bitcoin ya supera, en términos relativos, la del oro.

    Un hito sin ceremonia, que lo dice todo

    En 1974, cuando Hayek recibió el Premio Nobel, advirtió que el mayor daño que la economía podía sufrir provendría de quienes, creyendo poder controlar los precios y la moneda, terminarían destruyendo el mecanismo de señales que coordina toda actividad económica. Cincuenta años después, los bancos centrales del mundo siguen administrando tasas, imprimiendo moneda y financiando déficits fiscales con emisión. La inflación acumulada del siglo XX y lo que va del XXI ha erosionado el poder adquisitivo de prácticamente todas las divisas fiat en proporciones que ningún banco central reconocería públicamente.

    Frente a eso, hoy un pool de minería añadió un bloque a una cadena de bloques y un contador pasó de 19.999.999 a 20.000.000. 20 millones de BTC sin conferencia de prensa. Sin ningún funcionario tomándose el crédito. Sin ninguna autoridad central que pueda revertirlo.

    Menger habría reconocido en ese momento el proceso que describió hace 155 años: el mercado, de forma espontánea y descentralizada, seleccionando el mejor dinero que la historia haya producido. No porque alguien lo haya ordenado. Sino porque millones de individuos, actuando en su propio interés, convergieron hacia el bien más vendible, más escaso, más verificable y más resistente a la manipulación que la tecnología ha podido crear.

    Eso es lo que se minó hoy. No un coin. Una idea.

  • El linaje ininterrumpido llamado ADN mitocondrial

    El linaje ininterrumpido llamado ADN mitocondrial

    Cuando un espermatozoide fecunda un óvulo, ocurre algo que la mayoría de los manuales de biología menciona apenas de pasada: el material genético se reparte en proporciones aproximadamente iguales. Mitad del padre, mitad de la madre. Cincuenta por ciento de cada uno. El niño resultante es, en ese sentido, una síntesis. Pero hay una excepción. Una pequeña, silenciosa, y extraordinariamente significativa excepción: el ADN mitocondrial.

    La central energética que viene solo de la madre

    Las mitocondrias son los orgánulos que producen la energía celular. Sin ellas, ninguna célula puede funcionar. Tienen su propio ADN, separado del núcleo, con sus propios genes y su propia historia evolutiva. Se cree que son bacterias antiguas que, hace más de mil millones de años, fueron incorporadas por células más grandes en una simbiosis que resultó ser el mayor salto de complejidad en la historia de la vida.

    Lo que distingue al ADN mitocondrial —abreviado como ADNmt— es que se transmite exclusivamente por línea materna. El espermatozoide aporta el núcleo, pero sus mitocondrias son destruidas activamente por el óvulo tras la fecundación. No hay negociación ni mezcla. La madre lo da todo; el padre, en ese aspecto puntual, no transmite nada.

    Esto tiene una consecuencia conceptualmente deslumbrante: el ADN mitocondrial que lleva hoy cualquier persona viva es una copia directa, con mínimas mutaciones acumuladas a lo largo de milenios, del que portó su madre. Y la madre de su madre. Y así, sin interrupción, hacia atrás en el tiempo.

    Eva mitocondrial: la madre de todos

    Siguiendo ese hilo hacia atrás, los genetistas llegaron a una conclusión notable: todos los seres humanos vivos hoy comparten una ancestro materna común. No en sentido metafórico ni espiritual, sino en sentido estrictamente biológico y verificable. Se la conoce como Eva mitocondrial.

    Los estudios de diversidad genética la ubican en África, en algún momento entre 150.000 y 200.000 años atrás. No era la única mujer de su época —ese es el malentendido más frecuente— sino la única cuya línea materna sobrevivió de forma ininterrumpida hasta el presente. Todas las demás líneas se extinguieron, en algún punto, por no haber tenido hijas que a su vez tuvieran hijas.

    Es una idea que tiene algo de borgiana: en este momento, mientras usted lee esto, hay una mujer que vivió hace dos siglos de milenios cuyo ADN mitocondrial sigue replicándose en millones de cuerpos simultáneamente alrededor del planeta.

    Un archivo que cada hija continúa

    A diferencia del ADN nuclear, que se recombina en cada generación mezclando material de ambos padres, el ADNmt no se recombina. Muta muy lentamente, acumulando pequeños cambios que los genetistas usan como reloj molecular para rastrear migraciones y divergencias poblacionales. Es, en ese sentido, el archivo más antiguo y continuo que existe de la historia humana.

    Cada mujer que tiene una hija no solo transmite vida: transmite literalmente la misma secuencia genética que recibió de su madre, que la recibió de la suya, en una cadena que no se ha roto desde hace decenas de miles de años. Los hijos varones la portan, pero no la continúan. El linaje pasa solo por ellas.

    La ciencia como forma de asombro

    Para quienes creemos que la libertad y la honestidad intelectual son valores que van juntos, hay algo profundamente satisfactorio en este dato: no requiere fe, no requiere autoridad, no requiere que nadie nos lo diga. Es verificable, reproducible, medible. Y sin embargo es tan extraordinario como cualquier mito fundacional que la humanidad haya inventado para explicarse a sí misma.

    La biología, cuando se la mira de cerca, tiene la costumbre de superar a la poesía. Feliz Día Internacional de la Mujer.

  • Especular sobre la especulación

    Especular sobre la especulación

    Es bastante común escuchar y leer a quienes sostienen que los culpables de gran parte de los males que aquejan a nuestra sociedad la tienen los especuladores; es decir, quienes buscan el lucro en los negocios. Curioso, pues “especular” significa pensar, de hacer conjeturas, suponer, y, en general, de adelantarse en el tiempo a los que ocurrirá en algún momento futuro, con miras, entre otras, a sacar provecho de esas circunstancias. Otra definición es la de «asumir un riesgo empresarial con la esperanza de lograr alguna ventaja futura», teniendo en cuenta que también se corre el riesgo de caer en desventaja. En fin, quien no especula jamás podrá ser un comerciante funcional.

    Por supuesto que cuando a los intervencionistas estatales les fracasan sus alocadas estrategias de regimentar nuestras vidas, salen a buscar culpables y la palabrita «especulador» le viene a pelo, pues con ella lo dicen todo, al mismo tiempo que no dicen absolutamente nada; un perfecto galimatías.

    El problema del interventor de palacio en la vida ajena es que se va trazando intrincados planes para enfrentar el producto de sus propias transgresiones económicas y sociales, sin tomar en cuenta la naturaleza humana; esa que no responde dócilmente a políticas centralizadas. Y menos mal, pues el día en que todos dejemos que nuestro sentido común sea manipulado por el de los políticos de turno será el día de nuestra decadencia total. Esta es la batalla de los malos políticos en contra de la actividad mercantil ciudadana; y, en general, a todo el que ve a quien especula como el enemigo público.

    En síntesis, especular no sólo es bueno sino esencial en una sociedad libre. No especular es no pensar. En un mundo libre todo ser protagónico es un ser especulador que toma decisiones en vista al futuro. Estudiamos porque creemos que nos resultará beneficioso a futuro; ahorramos por la misma razón; y acaparamos o ahorramos pensando en que podemos servir mejor a nuestros clientes; por supuesto, sacando ventaja económica, pues por algo nos tomamos el riesgo, que suele ser grande.

    Sin embargo, la gran tragedia del intervencionismo estatal es que con ello se va distorsionando las señales de mercado y se dificultan las tomas de decisiones en la actividad comercial; porque ya uno no sólo debe lidiar con las fuerzas propias del mercado sino también con todo el intríngulis politiquero; y… ni hablar con todo el pillaje.

    Por ejemplo, ¿quien se arriesga a invertir en un mercado en dónde no se respetan los contratos, particularmente con el estado representado con sus gobiernos y en dónde no se tiene certeza de repago de los compromisos de deuda central. Pero por otro lado vemos que los especuladores de los mercados financieros son el producto de la propia intervención estatal que ha ido creando un ambiente propicio para ello; lo cual es particularmente cierto en países con bancas centrales en dónde juegan con las tasas de intereses.

    El especulador no está a la par con el gobernante que tiene a mano la opción de la coerción y más bien depende del beneplácito de sus contrapartes en el comercio. Los especuladores sirven una función vital como señalizadores del mercado, y en la medida en que los gobernantes logren una disciplina fiscal, iremos disminuyendo las especulaciones disparatadas.

  • Guerra en nombre de la libertad

    Guerra en nombre de la libertad

    Para poder estar a favor o en contra de una guerra, deberíamos quitarle el sesgo político y eso es imposible, desde que la decisión de incursionar o no en una guerra depende del gobierno de turno que –en sociedades democráticas- ha surgido de la elección popular. Un mecanismo para legitimar decisiones centralizadas, con las múltiples fallas demostradas ampliamente por James Buchanan, Gordon Tullock y la Escuela de Public Choice. ¿Qué tan cierta es la revelación de preferencias de los votantes? Es decir, ¿qué tan cierto es que una sociedad que declara la guerra, ataques o incursiones militares de cualquier tipo sobre otras naciones realmente prefiere esa acción? En definitiva, la guerra se apoya en una eventual decisión de la mayoría, pero toda una nación debe soportar el accionar circunstancial de un grupo de personas en el poder.

    Esto nos refuerza la idea que sostenemos siempre: la única y verdadera “salvación” es siempre individual. Lo que bajo ningún concepto significa lo mismo que “aislada”. Los individuos sólo pueden progresar y desarrollarse en marcos sociales en los que la cooperación entre ellos supere a la confrontación. Por lo que la defensa de nuestros derechos fundamentales sólo puede darse en un marco en el que el individuo predomina por sobre el gobierno.

    Lamentablemente, la historia se nutre de colectivismos, especialmente después de la 2da guerra Mundial, cuando se establecieron mecanismos de derecho internacional para prevenir otra guerra, que a la postre, no han servido para nada y más bien han sido cooptados por los distintos gobiernos coyunturales. De hecho, el derecho internacional no puede aspirar a ser más que una declaración de principios y valores, en la medida en la que no es posible su ejecutoriedad o enforcement. Aún así, con el paso de los años el derecho internacional ha sido pisoteado, desatendido y cada vez más desprestigiado, normalizando las sucesivas violaciones a sus preceptos, tales como las invasiones a otros países o la interferencia en asuntos internos.

    Entonces, ¿cómo argumentar opiniones en un mundo en el que el ideario liberal no tiene cabida? Porque entendemos el sufrimiento y el horror que padecen las personas viviendo bajo dictaduras y teocracias, pero sostenemos que la salida de esos regímenes sólo puede darse como producto de la evolución y de las instituciones que –como producto del orden espontáneo- llevan a sus ciudadanos a preferir abandonar esquemas tribales, y abrazar la vida en sociedades abiertas y pacíficas

    Y por más doloroso que resulte , sólo esas sociedades pueden alcanzar la libertad, y organizar sistemas de gobierno que entorpezcan la acumulación y centralización del poder, y se guíen por reglas sostenidas en el tiempo, e independientes de las figuras humanas que tengan sobre sus hombros la tarea de liderar esas naciones. Lo que –indiscutiblemente- depende de la oferta política de sus líderes, y las preferencias de los electores.

    Desde una óptica colectivista, la situación atroz que viven las mujeres, los homosexuales y otras minorías bajo teocracias violentas se explican, precisamente, por ignorar por completo a cada uno de los individuos que conforman esos colectivos, decidiendo sobre su vida y su futuro en base a esa pertencencia. Algo diametralmente opuesto a lo que sostiene la filosofía liberal, que se sostiene en base al individualismo metodológico.

    Lamentablemente el colectivismo (en distintos grados) es lo que impera hoy en el mundo, por lo que una intervención militar o una declaración de guerra puede presentarse como honesta, ética y solidaria, y consigue el aplauso de algunos sectores voluntaristas que realmente creen que es el camino más idóneo para la liberación de esos oprimidos pueblos.

    Pero la historia también nos enseña que este tipo de intervenciones atroces no sólo jamás han logrado su objetivo liberalizante, ni siquiera mejorar lo que existía previamente, sino que han servido como medio para alcanzar fines espurios de poder o de riqueza a quienes tuvieron en sus manos la posibilidad de concretar esas decisiones. Experiencias como la de Estados Unidos en sus incursiones militares en Irak y Afghanistan incluso han empeorado las condiciones en muchos casos, sirviendo de incentivo y motivación para la gestación y el criminal accionar de nuevos grupos terroristas, cada vez más sanguinarios.

    Resulta evidente que los intereses de Israel sobre la situación en Irán van más allá de una merca cuestión política, en tanto su supervivencia como país depende de ello. Pero no esa interpretación en absoluto puede extenderse a los Estados Unidos, en tanto su supervivencia no está en juego, ni su seguridad nacional puede justificar la matanza de cientos –si no miles- de personas. Máxime cuando ese país se encontraba en negociaciones diplomáticas (es decir, acordes al derecho internacional y mecanismo con resultados probadamente más eficientes que la guerra) con Irán.

    Indiscutiblemente que una incursión bélica como la de Estados Unidos e Israel sobre Irán no puede compararse, siquiera, con la asistencia o ayuda que un país esté dispuesto a brindar a otro, por los motivos que sean; máxime si esa ayuda se hace a un país que ha sido ilegítimamente invadido por otro, como el caso de la invasión Rusa a Ucrania, en abierta violación al derecho internacional.

    En ese estado de cosas, España está liderada por un presidente nefasto para los intereses del país, quien ha arrinconado los derechos fundamentales de sus habitantes, comenzando por las afectaciones a los derechos a la propiedad privada, y causando un estado de cosas que de no existir la autonomía de cada comunidad, la concentración de poder y la centralización de las decisiones seguramente darían resultados mucho peores.

    Pedro Sánchez es un presidente que se sostiene en base a mentiras; que no rinde cuentas; que no se atiene a los límites impuestos –fácticmente- por un presupuesto, y que lleva en su conciencia (si es que la tiene) la muerte de casi 50 muertos producto de la pésima administración de las vías ferroviarias Españolas.

    Dicho esto, hasta un reloj dañado da correctamente la hora dos veces al día. Y es propio de liberales como nosotras alejarnos de cualquier dogmatismo que impida ver la realidad con la mayor amplitud de criterios posible. Indiscutiblemente que el gobierno de Pedro Sánchez es patético en términos éticos y de eficiencia, pero cuando sugiere que el ataque de Estados Unidos a Irán responde al inmoral interés particular de Donald Trump, acosado por problemas reales como su implicancia en el caso Epstein, por ejemplo, Sánchez tiene razón.

    La escalada armamentística iniciada por Estados Unidos e Israel es apenas un reflejo de la personalidad matona, soberbia y belicosa de un individuo como Donald Trump, en el que su falta de conciencia (individual y cívica) le permite llegar a extremos a los que ningún otro presidente de ese país ha llegado antes. La paz del mundo depende, en gran medida, de un puñado de individuos con el poder concentrado y suficiente para involucrar a siete mil millones de personas en un estado de cosas en un mundo prehistórico, en el que la ley del más fuerte sea la que se imponga.

    Frente a la posición de Sánchez, el resto de los países europeos se alejan de España no porque sean afines a los intereses de Donald Trump (nótese que, intencionalmente, no decimos Estados Unidos), sino porque Pedro Sánchez ha dado sobradas muestras de ser una persona sin escrúpulos, ocupando una posición de por sí cuestionable, y quien ejerce un liderazgo populista, absolutamente capáz de traicionar a sus socios europeos con tal de no perder su apoyo local y verse obligado a abandonar el poder.

    Es importante comprender que el alejamiento del resto de Europa no significa que esos países celebren o aplaudan las incursiones decididas por Donald Trump, ni que adelanten su absoluta concordancia con las decisiones que Trump tome en el futuro. Por el contrario, los países europeos (que no sean España) están dispuestos a defender los intereses europeos, y responder si sus bases en Medio Oriente o incluso en Chipre son atacadas, tal como ya ha sucedido. Esta postura está siendo liderada por Emannuel Macron, en tanto la posición de España es rechazada por los restantes miembros de la Unión Europea, por ninguna otra razón que el rechazo a los comportamientos desleales para con la región sostenidamente mantenidos por Pedro Sánchez; y no así por su declamada oposición a Trump y a los Estados Unidos. Pero es imperativo descartar la idea de una Europa boba, sometida y sojuzgada a las políticas bélicas de Donald Trump. Una Europa más parecida a la figura del bufón, o del servilismo a los Estados Unidos como la demostrada ininterrumpidamente por Javier Milei.

    Reiteramos, intentar opinar como liberales en un mundo que se rige por reglas colectivistas, es imposible sin apelar al clásico “no a la guerra”. La guerra es destrucción, comenzando por la vida, jamás estaremos a favor de ella, pero en los elementos actuales, defenderse como país ante la agresión, lo entendemos y apoyamos. Apoyar a otros países en el ataque a un tercero, aun bajo la cláusula de la disuasión o prevención, o incluso liberación, no nos encontrará de ese lado, a pesar del horror que nos cuesta plantearnos esta última situación, porque la liberación comienza por uno mismo y no esperando a un líder que lo haga por nosotros.

    Artículo editado y corregido por la Dra. Carolina González Rodríguez.

  • Putin perdió la guerra, sugiere Guy Sorman

    Putin perdió la guerra, sugiere Guy Sorman


    En su artículo Cómo Putin perdió la guerra, el ensayista Guy Sorman sostiene que la invasión rusa de Ucrania en 2022 no ha producido los resultados estratégicos que Moscú anticipaba y que, en muchos sentidos, ha terminado por significar una derrota política y simbólica para el presidente Vladímir Putin. Según Sorman, el conflicto se ha prolongado mucho más de lo previsto, la ofensiva rusa no logró un resultado decisivo y la moral de las tropas rusas ha sido inferior a la de los defensores ucranianos. Desde esta perspectiva, la guerra no solo ha puesto en entredicho las capacidades militares rusas, sino que también ha debilitado la posición internacional de Moscú.

    Fortalezas del argumento de Sorman

    Uno de los puntos fuertes de Sorman es su énfasis en la moral y legitimidad de las fuerzas combatientes. En guerras prolongadas, la voluntad de luchar y el propósito percibido suelen ser tan importantes como la superioridad material. En este conflicto, muchas fuerzas ucranianas han defendido su propio territorio con gran determinación, mientras que las fuerzas rusas se han visto inmersas en un esfuerzo bélico que ha generado numerosas bajas y ha requerido métodos cada vez más cuestionables de reclutamiento.

    Además, Sorman subraya que la guerra ha demostrado que la superioridad tecnológica o numérica no garantiza la victoria, sino que la innovación estratégica, la cohesión interna y la percepción pública juegan un papel crucial en los conflictos contemporáneos. En este sentido, él ve la capacidad ucraniana para resistir como una demostración de que el supuesto poderío militar ruso no se traduce automáticamente en éxito político o estratégico.

    Contrapuntos de otros expertos

    Sin embargo, no todos los análisis coinciden con la tesis de que Putin o Rusia ha “perdido” la guerra. Varios expertos plantean que el conflicto entra en una categoría diferente de enfrentamiento prolongado que, aunque no conduzca a una victoria decisiva para ninguna de las partes, tampoco puede considerarse una derrota estratégica para Moscú.

    Un análisis del Real Instituto Elcano señala que la guerra se ha convertido en un elemento central de la identidad rusa y del nuevo consenso interno, reforzando narrativas antioccidentales y cohesión social incluso bajo sanciones económicas. Según este enfoque, pese a las dificultades militares, la guerra ha proporcionado al Kremlin un relato que legitima la confrontación prolongada y sostiene la voluntad pública de seguir luchando.

    Esta lectura contrasta con la de Sorman: no se trata simplemente de territorios ganados o perdidos, sino de cómo un Estado utiliza el conflicto para remodelar su identidad nacional, cohesión interna y objetivos políticos. En este marco, Rusia no estaría perdiendo en términos existenciales, sino redefiniendo su rol geopolítico frente a Occidente.

    Otro enfoque, de carácter más teórico, sugiere que la guerra se inscribe en la lógica de las guerras modernas en las que los límites entre victoria y derrota se difuminan. La prolongación indefinida de un conflicto puede constituir, en sí misma, una forma de equilibrio estratégico donde ninguna parte obtiene una victoria decisiva, pero ambas mantienen capacidades suficientes para resistir. Esta visión, cercana a interpretaciones realistas, indicaría que la guerra podría convertirse en una larga confrontación sin una resolución clara, donde el desgaste mutuo no se traduce necesariamente en colapso para ninguna de las partes.

    Escenarios alternativos y perspectivas realistas

    De hecho, algunos paneles de expertos internacionales han sugerido que un posible desenlace de la guerra podría implicar una suerte de solución negociada o congelamiento del conflicto, con concesiones territoriales y compromisos diplomáticos, más que una victoria militar rotunda para Ucrania o una derrota total para Rusia. Según este escenario, el conflicto no terminaría con una expulsión completa de las tropas rusas sino con una reconfiguración política que permita el cese de hostilidades y una coexistencia tensa.

    Además, voces en el ámbito estratégico de la guerra señalan que Putin todavía mantiene herramientas de presión y que una victoria ucraniana sin concesiones territoriales es considerada improbable por gran parte de la comunidad internacional. Esto sugiere que la narrativa de “derrota” puede reflejar un deseo normativo de Occidente más que un análisis objetivo de la situación militar y geopolítica.

    ¿Derrota o estancamiento estratégico?

    El artículo de Sorman ofrece una lectura provocadora e influyente, especialmente al enfatizar la importancia de la moral, la legitimidad y la resistencia ucraniana frente a la maquinaria bélica rusa. Sin embargo, al incorporar perspectivas más amplias de expertos internacionales, se evidencia que el conflicto podría estar evolucionando hacia un estancamiento estratégico duradero más que hacia una derrota clara de uno u otro bando.

    La guerra en Ucrania ha expuesto las complejidades de los conflictos contemporáneos: la interacción entre fuerza militar, narrativa política, identidad nacional y presión internacional. Aunque la tesis de Sorman captura aspectos importantes de la resistencia ucraniana y las limitaciones del proyecto militar ruso, una comprensión más matizada exige reconocer múltiples factores y posibles escenarios que van más allá de una categorización simplista de “victoria” o “derrota”.