Categoría: Acción Humana

  • Mises, sus papeles perdidos y la inflación en la Austria de posguerra

    Mises, sus papeles perdidos y la inflación en la Austria de posguerra

    La historia de los llamados “papeles perdidos” de Ludwig von Mises es una de las más singulares del pensamiento económico del siglo XX. No solo por su itinerario , de Viena a Moscú, pasando por el saqueo nazi y la captura soviética, sino porque esos documentos permiten observar cómo un economista analizaba, en tiempo real, una de las crisis inflacionarias más profundas de la Europa de entreguerras.

    Entre 1909 y 1934, Mises trabajó como economista en la Cámara de Comercio de Viena, una institución con influencia directa en la formulación de políticas públicas. Su labor consistía en elaborar informes, asesorar a autoridades y analizar la evolución económica de Austria. Sin embargo, el contexto en el que desarrolló su trabajo cambió radicalmente tras el colapso del Imperio austrohúngaro al final de la Primera Guerra Mundial.

    La nueva Austria era un país pequeño, con una estructura productiva fragmentada, grandes déficits fiscales y una fuerte inestabilidad política. Para financiar el gasto público, el gobierno recurrió crecientemente a la emisión monetaria. El resultado fue una rápida depreciación de la corona austríaca entre 1919 y 1922, con aumentos sostenidos de precios y pérdida del poder adquisitivo. Aunque no alcanzó los niveles extremos de la hiperinflación alemana, el proceso fue lo suficientemente severo como para desorganizar la economía y erosionar la confianza en la moneda.

    Es en este contexto donde los papeles de Mises adquieren un valor excepcional. No se trata de una obra sistemática escrita a posteriori, sino de memorandos, notas y diagnósticos redactados en medio de la crisis. En ellos, Mises analizaba el vínculo entre déficits fiscales y expansión monetaria, advirtiendo que la inflación no era un fenómeno aislado, sino la consecuencia directa de decisiones políticas. Señalaba cómo la emisión sostenida distorsionaba los precios relativos, dificultaba el cálculo económico y generaba una falsa sensación de prosperidad que inevitablemente desembocaría en ajustes más dolorosos.

    También proponía medidas concretas: disciplina fiscal, freno a la emisión y restauración de una moneda estable. Su enfoque combinaba teoría económica con observación empírica, reflejando la tensión entre el análisis académico y la urgencia de la política económica cotidiana.

    En 1938, tras la anexión de Austria por la Alemania nazi, estos documentos fueron confiscados del apartamento de Mises en Viena. Años después, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, fueron capturados por el Ejército Rojo y trasladados a archivos en Moscú, donde permanecieron clasificados durante décadas. Durante más de medio siglo, este material —alrededor de 10.000 páginas— quedó fuera del alcance de investigadores y del propio desarrollo historiográfico de la economía.

    No fue hasta los años noventa, tras la disolución de la Unión Soviética, que el economista Richard Ebeling logró acceder a estos archivos y redescubrir el conjunto documental. Su recuperación no alteró las teorías por las que Mises ya era conocido, pero sí enriqueció significativamente la comprensión de su pensamiento.

    Los papeles revelan a un Mises profundamente comprometido con el análisis de la realidad económica de su tiempo. Más allá de sus obras publicadas, muestran el proceso intelectual detrás de sus ideas: cómo observaba la inflación, cómo interpretaba sus causas y cómo intentaba influir, desde una posición técnica, en el rumbo de una economía en crisis.

    En ese sentido, los papeles perdidos no solo son un hallazgo histórico, sino una ventana privilegiada a la interacción entre teoría y práctica en uno de los períodos más turbulentos de la historia económica europea.

  • La guerra en Irán redibuja el mapa del turismo mundial

    La guerra en Irán redibuja el mapa del turismo mundial

    En 2025, el turismo mundial no se frenó pese a la inestabilidad global. Según ONU Turismo, el año pasado, el volumen global de viajeros internacionales fue de más de 1 500 millones, por encima de los niveles previos a la pandemia. La cuestión ya no es si la geopolítica reduce los viajes, sino cómo está cambiando el mapa del turismo.

    El turismo sigue creciendo, pero ya no igual

    Durante mucho tiempo las crisis geopolíticas tenían un efecto casi automático sobre esta actividad: menos viajeros, menos reservas y menos actividad.

    Después de la caída abrupta en los desplazamientos provocada por la pandemia, el turismo internacional ha ido creciendo, pese a la acumulación de conflictos e incertidumbre. No obstante, los flujos se están reconfigurando y uno de los mejores ejemplos está en los países del Golfo. En los últimos años, esta región ha invertido miles de millones de dólares para consolidarse como destino turístico innovador y gran nodo de conexión entre Europa, Asia y África.

    Antes del comienzo de la guerra en Irán, esa estrategia parecía consolidada. Dubái recibió en 2025 casi 20 millones de turistas internacionales y Doha (Catar) fue designada capital del turismo del Golfo 2026. Pero para mantener esas ventajas se debe garantizar la conectividad en las comunicaciones y la estabilidad en los países, cuestiones que la guerra ha puesto en entredicho.

    Quién gana y quién pierde

    En turismo, la percepción del riesgo pesa casi tanto como el riesgo real. Un destino puede no estar directamente afectado por una guerra o una crisis, pero si queda asociado a una situación de inestabilidad, muchos viajeros optan por alternativas que les resultan más tranquilizadoras.

    Cuando aumenta la incertidumbre, muchos viajeros no dejan de viajar, pero sí cambian de destino. Eligen lugares que perciben como más seguros, más accesibles o más predecibles. En otras palabras, el turismo no desaparece: se mueve.

    Ese desplazamiento ya se está viendo en las zonas de influencia de donde se libra la guerra entre EE. UU.-Israel e Irán. La crisis en Oriente Próximo ha empujado parte de la demanda hacia destinos considerados más seguros. Por ejemplo, algunas grandes compañías turísticas han reforzado su capacidad en las Islas Canarias tras salir temporalmente de Oriente Próximo.

    Estos movimientos no se producen por motivos turísticos, el patrimonio cultural, la gastronomía o la naturaleza, sino que vienen dados por factores geopolíticos: la estabilidad política, la conectividad aérea, los visados o la percepción internacional del riesgo.

    Viajar se hace más caro

    Tras el comienzo de los ataques, a principios de marzo, aeropuertos clave de Oriente Medio como los de Dubái, Doha y Abu Dabi sufrieron cierres o restricciones. Este no es un asunto menor: Oriente Medio concentra el 14 % del tráfico aéreo internacional en tránsito, y Dubái, Abu Dabi, Doha y Baréin mueven juntos unos 526 000 pasajeros al día.

    Esta reconfiguración también afecta a otros nodos de conexión aérea. Cuando rutas clave quedan interrumpidas, el tráfico aéreo se redirige hacia otras alternativas más seguras u operativamente estables. El aeropuerto de Estambul, hub de conexión estratégico entre Europa, Asia y África, podría verse beneficiado por la inestabilidad en el Golfo y reforzar su papel como punto intermedio global, captando pasajeros que antes conectaban vía Dubái, Doha o Abu Dabi. Esto tiene implicaciones para el transporte aéreo y también para el turismo urbano: más escalas implican más pernoctaciones, más consumo turístico y mayor visibilidad internacional del destino.

    A eso se suma el coste económico directo. El Consejo Mundial del Viaje y el Turismo (WTTC) calcula que el conflicto con Irán está provocando pérdidas diarias de unos 510 millones de dólares para el turismo. Una parte de ese impacto acaba trasladándose al viajero en forma de trayectos más caros, más largos y más inciertos.

    Los viajeros también cambian

    En contextos de incertidumbre, los turistas ajustan sus decisiones. Aumentan las reservas con cancelación flexible, cobra más importancia el seguro de viaje y crece el interés por destinos cercanos o bien conectados.

    También pesa más la relación entre precio y seguridad. Un destino puede seguir siendo atractivo pero si genera dudas o implica más costes muchos viajeros optan por alternativas más simples.

    Eso modifica el perfil de la demanda. En 2025, Allianz aumentó un 9 % su facturación en seguros de viaje y las anulaciones concentraron más de la mitad de las incidencias. Se sigue queriendo viajar pero el viajero se vuelve más cauteloso y más sensible al riesgo.

    La estabilidad importa

    Para muchos destinos, transmitir seguridad, conectividad y previsibilidad se ha convertido en una parte central de su atractivo. Lo que pasa en el Golfo lo demuestra. Dubái, Doha o Abu Dabi habían construido una propuesta basada en lujo, innovación, grandes eventos y eficiencia aeroportuaria. Pero esa ventaja depende de que las rutas funcionen y de que la percepción de seguridad se mantenga. Cuando eso falla, no solo pierde el destino afectado: se reordena el mapa entero.

    Por eso algunos países ganan peso. No siempre son los más baratos ni los más espectaculares, sino los que ofrecen menos fricción al viajero: mejores conexiones, menos incertidumbre y una imagen de normalidad.

    El principal efecto de la geopolítica sobre el turismo mundial no parece ser, al menos por ahora, un colapso general. Lo que estamos viendo es un sistema más fragmentado, más desigual y más sensible a la percepción del riesgo.

    José Tomás Arnau Domínguez, Departamento de Economía Aplicada, Universitat de València y Paula Simó-Tomás, Departamento de Economía Aplicada, Universitat de València

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Noelia, Durkheim y la soberanía irrenunciable del yo

    Noelia, Durkheim y la soberanía irrenunciable del yo

    Le quedan dos horas. Nos destroza el alma. Y aun así, no tenemos nada que ofrecerle a Noelia que ella no se haya ofrecido ya a sí misma: años de evaluaciones, peritos de todas las disciplinas, cinco tribunales, y una claridad sobre su propio sufrimiento que ninguno de nosotros, desde afuera, podemos siquiera imaginar. Hoy, mientras el mundo opina, ella elige. Y esa diferencia lo es todo.

    Hay una paradoja en el corazón de este debate que casi nadie quiere mirar de frente. Quienes se oponen a la eutanasia de Noelia lo hacen, en su mayoría, desde el amor. Quieren que viva. Quieren que mejore. Quieren que encuentre una salida que ella, después de años de búsqueda genuina, ha concluido que no existe. Y aquí está la pregunta que el libertarismo obliga a formular con toda su incomodidad: ¿tiene el amor de otros autoridad moral sobre el cuerpo y la decisión de una persona capaz? La respuesta honesta es no. El amor no es propiedad. El deseo de que alguien viva no es un derecho sobre su vida.

    «La autonomía no es frialdad. Es el último territorio que nadie debería arrebatarle a otra persona.»

    Émile Durkheim, el padre de la sociología moderna, habría querido impedírselo. Su monumental obra sobre el suicidio, publicada en 1897, construye toda su arquitectura intelectual sobre una premisa que el libertarismo rechaza de raíz: que el individuo es fundamentalmente un producto social, que sus decisiones más íntimas son en realidad síntomas de fuerzas colectivas, y que la sociedad tiene tanto el derecho como la obligación de regularlo, contenerlo, retenerlo. Para Durkheim, el suicidio no es una decisión, es un fallo del tejido social. La solución no está en el individuo, sino en fortalecer las instituciones que lo anclan al mundo.

    Es una visión coherente. Y es, en el caso de Noelia, profundamente equivocada.

    Porque Durkheim construyó su teoría sobre estadísticas agregadas que, por definición, borran lo más importante: la situación particular, irrepetible e intransferible de cada persona. Reducir miles de decisiones únicas a una «tasa social» es un ejercicio de poder epistémico, la pretensión de que el observador externo sabe más sobre una vida que quien la vive. Friedrich Hayek lo llamaría arrogancia del conocimiento. Y en este caso, esa arrogancia tiene consecuencias concretas: se convierte en el argumento para que un juez adicional, una mayoría moral, un padre que ama con desesperación, interpongan su voluntad entre Noelia y su decisión.

    El caso de Noelia no es sencillo. Nadie honesto puede pretender que lo es. Ella no padece una enfermedad terminal en el sentido convencional, padece una paraplejia irreversible, dolores neuropáticos crónicos, y un sufrimiento psicológico severo derivado de una agresión brutal. Y aquí es donde el debate filosófico se vuelve más exigente: ¿puede un estado de sufrimiento mental, aunque no sea psicosis, comprometer la autonomía hasta el punto de invalidar la decisión?

    Es la pregunta más honesta que el libertarismo debe enfrentar, y la respuesta no puede ser simplista. La autonomía no es un interruptor de encendido y apagado. Es un espectro. Pero hay una diferencia crucial entre reconocer esa complejidad y usarla como coartada para la tutela indefinida. Noelia fue evaluada durante años. Siete especialistas encontraron plena capacidad de decisión. El Tribunal Constitucional español y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos rechazaron los recursos que intentaban detenerla. Si ese proceso no es suficiente garantía, entonces no existe ningún proceso que lo sea y la consecuencia lógica es que ninguna persona con sufrimiento crónico podría jamás ejercer su autonomía, porque siempre habrá alguien dispuesto a dudar.

    «Defender la vida de verdad significa respetar también el derecho a despedirse de ella.»

    Quizás ese era el límite de Durkheim, no el de ella. Su sociología fue revolucionaria, pero nació en una época que no concebía la autonomía individual como un valor en sí mismo, separado del contrato social. Hoy tenemos ese lenguaje. Tenemos esa tradición, de John Stuart Mill a Robert Nozick, que insiste en que sobre sí mismo, sobre su propio cuerpo y su mente, el individuo es soberano. No el Estado. No la mayoría. No la familia, aunque ame. No el médico, aunque cuide. El individuo.

    Abrazamos la vida. La defendemos. Pero más amamos la libertad y el respeto a las decisiones individuales de cada uno. Y sabemos que defender la vida de verdad significa respetar también el derecho a despedirse de ella. Noelia no nos pide que muramos con ella. Nos pide algo más difícil: que confiemos en que ella sabe lo que nosotros, desde afuera, nunca podremos saber. Su sufrimiento. Su límite. Su decisión.

    Hoy, Noelia también está abrazando la suya.

  • ¿Los Panameños logramos la Independencia en 1903?

    ¿Los Panameños logramos la Independencia en 1903?

    ¿Será cierto que Panamá, desde Pedraria, luego con la Gran Colombia, la Fiebre de Oro a través del Istmo y el período que desembocó la Guerra de los Mil días, logró una verdadera independencia en 1903? ¿De qué o de quienes nos independizamos? O… ¿no sería que hemos ido saltando de una a otra dependencia; antes exógenas y hoy endógenas? ¿Y, qué es una verdadera independencia? Analicemos el asunto lo más desapasionadamente posible.

    Existe verdadera independencia cuando los ciudadanos pueden ejercer libremente sus actividades económicas sin trabas ni tutelaje permanente de los gobiernos del Estado, es decir, de las autoridades gubernamentales que reciben el poder solo por delegación popular. Y, esto no lo invento yo; lo establece nuestra Constitución en su Artículo 282, al menos en su inicio, al declarar que el ejercicio de las actividades económicas corresponde primordialmente a los particulares. Lastimosamente, luego del punto y coma, nuestra Constitución comete el disparate contradecir por completo lo dicho en la primera parte del Artículo al dictaminar que el Estado podrá:

    orientarla, dirigirla, reglamentarla, reemplazarla o crearla» según considere necesario.”

    De esta manera, lo que comienza como una declaración de libertad económica se transforma, en la práctica, en una amplia habilitación para la intervención estatal.

    Pero, la pregunta que aflora de semejante dislate o desvarío es inevitable: ¿Acaso se trató de un simple error o fue el reflejo de una tendencia socialista deliberada por parte del o los constitucionalistas que la redactaron? Muchos creen que el sesgo socialista fue de la Dictadura Militar pero no lo creo; ya la Constitución del 47 tomaba esa inclinación. Nuestros “militares” no eran socialistas sino fascistas; muchos que terminaron ricachones.

    De lo anterior se deduce que nuestra realidad se ha caracterizado por una gobernanza grotesca, que ha mantenido sumidos en la pobreza: a gran parte de los rabiprietos; a buena parte de la clase media; y a no pocos rabiblancos. El arte del pillaje está en la intervención en gobiernos del Estado metidos hasta las coronillas en todo aquello que debería ser exclusivo de los actores del mercado. Nuestros “gobiernos” montaron monopolios en actividades mercantiles como educación, el transporte, la energía, la recolección de basura el agua potable y más.

    Y, aunque muchos panameños no pagan impuestos directos, ¡vaya si no los pagan indirectos! Gran parte de los fondos que genera toda esa actividad mercantil monopolizada, en lugar de usarse para promover un verdadero mercado libre gestionado por la comunidad, terminan financiando la rapiña de los piratas que supuestamente nos han gobernado.

    Existe una verdadera independencia cuando los ciudadanos pueden ejercer libremente sus derechos humanos en actividades económicas y demás, sin trabas excesivas. Los gobiernos, la gobernanza, debe respetar el principio de subsidiaridad; de no regalar pescado sino de enseñar o permitir la buena pesca. Así lo parece reconocer en su primera parte, el Artículo 282 de nuestra Constitución, al establecer que:

    El ejercicio de las actividades económicas corresponde primordialmente a los particulares;”

    Hasta ahí, el texto respeta a la población. Sin embargo, después del punto y coma, el mismo artículo da un giro que diluye esa primacía:

    El Estado podrá «orientarla, dirigirla, reglamentarla, reemplazarla o crearla» según considere necesario.”

    De esta manera, lo que comienza como una declaración de libertad económica se transforma en norma que consagra la discrecionalidad interventora y empobrecedora. En este artículo queda patente la naturaleza de élites cuyos intereses personales superan por mucho los del pueblo; ese que permanece maniatado a través de estrategias de pillaje.

    ¿De verás sigues creyendo que en 1903 nos independizamos? Tal vez de Colombia, pero… llamar independencia a lo que tenemos es autoengaño.

  • Destruir la economía y salvarla: la paradoja de la confianza en tiempos de incertidumbre

    Destruir la economía y salvarla: la paradoja de la confianza en tiempos de incertidumbre


    En su artículo “Destruir la economía y salvarla”, Guy Sorman propone una lectura provocadora del momento económico global, marcada por tensiones geopolíticas, políticas proteccionistas y una creciente incertidumbre. Lejos de limitarse a una crítica coyuntural, el autor plantea una tesis más profunda: la economía no se sostiene únicamente en indicadores o políticas, sino en un elemento intangible pero decisivo, la confianza.

    Sorman sitúa el origen del deterioro económico reciente en decisiones políticas que alteran el funcionamiento del sistema global, como la imposición de aranceles variables o la instrumentalización de conflictos internacionales. Estas acciones, lejos de ser simples medidas económicas, erosionan la previsibilidad del sistema. Y es precisamente esa previsibilidad (la capacidad de anticipar reglas estables) lo que permite a los agentes económicos tomar decisiones de inversión, producción y consumo.

    El autor recuerda que el capitalismo nació sobre redes de confianza, inicialmente familiares, en las que la palabra y la reputación eran suficientes para sostener acuerdos comerciales. Aunque el sistema se ha sofisticado con instituciones, contratos y mercados financieros, su fundamento sigue siendo el mismo: la creencia compartida en que las reglas no cambiarán arbitrariamente.

    Desde esta perspectiva, el problema central no es tanto la guerra, los aranceles o las crisis energéticas en sí, sino el efecto acumulativo de estas decisiones sobre la credibilidad del sistema. Cuando los actores económicos perciben que las políticas responden más a impulsos políticos que a principios estables, la confianza se resquebraja. Y con ella, el motor mismo del crecimiento.

    Uno de los puntos más interesantes del texto es la advertencia sobre el papel del dólar y de Estados Unidos como ancla del sistema global. Sorman sugiere que el verdadero riesgo no reside en medidas concretas, sino en la pérdida de fe en esa referencia central. Si el dólar deja de percibirse como un valor seguro, las consecuencias pueden ser profundas y duraderas, alterando el equilibrio financiero internacional.

    Sin embargo, el autor no cae en un pesimismo absoluto. La “salvación” de la economía, según su planteamiento, pasa precisamente por restaurar esa confianza perdida. Esto implica volver a principios básicos: estabilidad normativa, coherencia en las políticas y respeto por las reglas del juego económico. En cierto modo, Sorman reivindica una visión clásica del liberalismo económico, donde la intervención política debe ser limitada y predecible.

    El artículo citado también puede leerse como una crítica indirecta a la creciente politización de la economía global. En un mundo interdependiente, las decisiones unilaterales tienen efectos sistémicos, y la tentación de utilizar la economía como herramienta de poder geopolítico puede resultar contraproducente. La economía, parece decir Sorman, no es un arma sin consecuencias: es un ecosistema delicado basado en expectativas compartidas.

    “Destruir la economía y salvarla” no es solo un diagnóstico de la coyuntura actual, sino una reflexión sobre la naturaleza misma del sistema económico. Su mensaje es claro: se puede destruir la economía rápidamente, erosionando la confianza, pero reconstruirla exige tiempo, coherencia y credibilidad. En un contexto de tensiones globales, esta advertencia resulta más pertinente que nunca.

  • Polymarket, la guerra de Irán y el olor a información privilegiada

    Polymarket, la guerra de Irán y el olor a información privilegiada

    Hay mercados que no mienten. O más precisamente: hay mercados donde mentir cuesta dinero propio. Polymarket, la mayor plataforma de predicción del mundo, se ha convertido en las últimas semanas en algo más que un casino geopolítico. Es, para quienes saben leerlo, un detector de información que los gobiernos aún no han hecho pública.

    El origen: 28 de febrero

    Todo comenzó el día que Estados Unidos e Israel lanzaron la «Operación Epic Fury» contra Irán. Mientras caían los primeros misiles, seis wallets recién creadas en Polymarket habían apostado con precisión quirúrgica al 28 de febrero como fecha exacta del ataque. La firma de blockchain Bubblemaps identificó que esas cuentas, con prácticamente sin historial previo, generaron colectivamente 1,2 millones de dólares en ganancias.

    La mayoría de esas wallets fueron creadas en febrero, no tenían actividad previa más allá de ese único contrato, y compraron posiciones «sí» horas antes de que las primeras explosiones fueran reportadas en Teherán. El precio de cada participación cuando abrieron posiciones era inferior a 20 centavos. Cuando Trump confirmó la operación, cada participación valía un dólar. Una rentabilidad del 400% en pocas horas.

    El precio del petróleo y el caos de Ormuz

    El impacto sobre los mercados energéticos fue inmediato y brutal. El crudo llegó a rozar los 120 dólares el barril aproximadamente una semana después del inicio de la guerra, para luego caer a cerca de los 100, donde ha permanecido varios días. Antes de la guerra, el barril cotizaba alrededor de 70 dólares.

    El Estrecho de Ormuz, por donde transita el 20% del petróleo mundial, permanece efectivamente cerrado. La clausura forzó a Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait e Irak a recortar producción ante la acumulación de barriles sin salida al mercado y el agotamiento de la capacidad de almacenamiento. El jefe de la Agencia Internacional de Energía describió la situación como «el mayor desafío de seguridad energética global de la historia.»

    Los mercados han estado literalmente a merced de tuits. Un día el Brent se desplomó un 17% por debajo de los 80 dólares, para luego rebotar hasta los 90 después de que el secretario de Energía Chris Wright publicara —y rápidamente borrara— un mensaje en X afirmando que la Armada había escoltado un petrolero por el Estrecho. La Casa Blanca lo desmintió horas después. Eso es todo lo que hace falta hoy para mover el precio de la energía mundial.

    Lo que está pasando ahora mismo: el patrón se repite

    Hoy, 23 de marzo, el patrón inquietante vuelve a aparecer. Datos en cadena rastreados por PolymarketHistory muestran que 10 wallets se activaron el domingo pasado apostando un acumulado de 160.000 dólares a un alto el fuego antes de fin de marzo, con un potencial de cobro superior al millón de dólares. Las wallets no tienen historial previo de transacciones y fueron creadas prácticamente al mismo tiempo.

    Analistas que siguen Polymarket señalan que las mismas wallets que apostaron con precisión al inicio de la guerra antes del 28 de febrero ahora están posicionando el fin de las hostilidades para el 31 de marzo o el 15 de abril. Puede ser análisis. Puede ser otra cosa.

    La conexión Trump y la impunidad regulatoria

    El contexto político complica aún más el cuadro. Donald Trump Jr. es asesor de Polymarket y su firma de capital de riesgo 1789 Capital ha invertido millones en la plataforma. La administración Trump abandonó dos investigaciones federales abiertas contra Polymarket por la administración Biden, y luego aprobó la apertura de su exchange en territorio estadounidense.

    En enero, un trader no identificado ganó una fortuna en Polymarket justo antes de que las fuerzas estadounidenses capturaran al presidente venezolano Nicolás Maduro. En febrero, la justicia israelí procesó formalmente a un reservista militar y a un civil por usar inteligencia clasificada para apostar en Polymarket —la primera acusación criminal conocida vinculada al insider trading en un mercado de predicción.

    La pregunta que nadie puede responder todavía

    WTI cotiza hoy cerca de los 95 dólares por barril. La probabilidad de que el Estrecho de Ormuz vuelva a la normalidad antes del 30 de abril ha caído al 26%. Los mercados de predicción asignan un 89% de probabilidades a que el conflicto militar se extienda más allá del 31 de marzo.

    Lo que Polymarket ha demostrado en estas semanas es algo que los mercados tradicionales no pueden mostrar tan crudamente: que hay personas que saben lo que va a pasar antes de que pase. Y que en lugar de advertir al mundo, apuestan. La diferencia entre inteligencia geopolítica e insider trading nunca había sido tan delgada, tan lucrativa, ni tan difícil de probar.

    Si las nuevas wallets de hoy cobran su millón de dólares antes del 1 de abril, sabremos que alguien, en algún lugar, ya conoce el final de esta historia.

  • No Hay que Temer a los Robots sino al Desgobierno

    No Hay que Temer a los Robots sino al Desgobierno

    El experto en mercados de capitales, Attila Rebak, acaba de publicar un artículo que anda por el mismo trillo que he tomado yo en torno a la llegada de IA los robots y tal. Y es que las veces que en alguna reunión familiar o de amistades cometo el error de abordar temas algo más robustos, en el sentido etimológico del vocablo “robusto” o “roble”; es decir, aquello que tiene más fibra, y abordo el tema de la Ai, los robots y tal, no falta quien o quienes entran en pánico, alegando que nos dejarán si trabajo. Lo curioso es que la etimología de “trabajo” viene de tripalium que era un aparejo de tortura compuesto por tres palos o tri-palium¸ relativo al sufrimiento o la carga, lo cual me lleva a preguntar: ¿por qué será que tantos defendemos la tortura?

    Bueno, veamos que de trabajos hay los que son tortura y otros, tal como el que yo tuve de piloto, no era sino el placer de andar como gallote paseando entre nubes. El asunto es que deberíamos celebrar la tecnología que no sólo haga los trabajos tortuosos, sino que ayude a reducir los costos de producción y otros más. En 1,900 en EE.UU. el 40% de la fuerza laboral estaba en el agro y mucho más en otros países, mientras que hoy en EE.UU. sólo entre 1.4 – 1.6%; con lo cual se abrió el camino para que nos dedicásemos a faenas más productivas que impulsaron el desarrollo humano.

    Lo importante en todo este tema de evolución tecnológica, sea relativo al trabajo, la mecánica, ciencia y tal, típicamente se nos escapa a casi todos. Me refiero al camino de la humanidad, el cual, quiera que no, tiene un destino. Podemos argüir o discutir ferozmente sobre el destino, pero… les aseguro que la respuesta la podemos ver cualquier noche, alejados de las luces de las ciudades, si miramos al firmamento. Nuestro destino lo podemos encontrar en el firmamento de nuestra imaginación.

    Lo ocurrido en el pasado no fue que los trabajos desaparecieron, sino que mutaron o emigraron hacia actividades más productivas que no sólo servían al trabajador sino al resto de la comunidad. Y es en este sentido que debemos ver el desarrollo de la IA, los robots y tal; lo cual, admito, no es fácil, ya que el reto está en divisar un mañana que nos deslumbra, tal como deslumbra mirar las estrellas en la noche e imaginar que para allá vamos.

    ¿Cuántos hoy entienden que el secreto de una economía robusta de desarrollo humano descansa sobre las capacidades productivas de cada persona? Como bien señala Attila Rebak, los que antes sacaban yuca y ñame del suelo hoy son médicos, enfermeras, pilotos y tal; y mañana serán… ¡vaya usted a saber! Y todo ello me regresa al desgobierno MEDUCA que se quedó varado en un pasado caduco en infértil.

    Pero lo más grave de todo este asunto lo tenemos en los gobiernos; si es que podemos llamarles así. En EE.UU., en Panamá o por todas partes, los gobiernos se han quedado en el lodazar del ayer caduco; y ello en tantas maneras que no alcanza para enfocarlo aquí. Tan sólo les señalo que en Panamá el sector formal languidece o se apachurra, mientras el informal aumenta; lo cual, en cierto sentido es bueno, pero no suficiente.

    En resumen, la AI es una máquina y punto; el tema es que hacemos los humanos con nuestras máquinas. Todas nuestras actividades requieren constante renovación, sea la educación, salud, transporte, y todo lo demás.

  • Por qué, incluso con buenos datos, a veces las organizaciones se equivocan

    Por qué, incluso con buenos datos, a veces las organizaciones se equivocan

    Desde que nos despertamos hasta que nos acostamos tomamos miles de decisiones, en muchas ocasiones de manera inconsciente. Algunas son del día a día y no tienen mayores consecuencias (por ejemplo, qué ropa ponernos o qué camino elegir para ir al trabajo), pero hay otras que impactan directamente en nuestra vida profesional.

    Muchas de estas decisiones no pasan por un análisis personal consciente, simplemente suceden. Y, sin embargo, tienen implicaciones mucho más relevantes de lo que solemos imaginar. En ellas influyen nuestros hábitos, nuestras creencias, el contexto en el que nos movemos e incluso el estado emocional del momento.

    ¿Cuántas de las decisiones que tomamos cada día son realmente conscientes? ¿Hasta que punto nuestras elecciones profesionales responden a un análisis racional o, simplemente, a intuiciones que apenas percibimos?

    Dos maneras de pensar y decidir

    Nuestra mente opera a través de dos sistemas de toma de decisiones. El primero, el tipo 1, es automático, rápido e intuitivo. Funciona casi sin esfuerzo consciente y nos permite reaccionar con agilidad ante estímulos cotidianos. El segundo, o tipo 2, es más reflexivo, analítico y deliberado; requiere mayor atención y energía cognitiva.

    Este modelo fue popularizado por Daniel Kahneman, quien mostró que ambos sistemas no son opuestos, sino complementarios:

    • El pensamiento tipo 1 es extraordinariamente eficiente. Gracias a él podemos reconocer patrones, interpretar emociones y tomar decisiones rápidas cuando el tiempo lo premia. Sin embargo, precisamente por su rapidez, también es más vulnerable a los atajos mentales. Cuando estos atajos generan errores de manera sistemática y predecible, hablamos de sesgos cognitivos.
    • El pensamiento tipo 2, más lento y exigente, permite contrastar información, cuestionar supuestos y evaluar alternativas. Pero no puede estar activado permanentemente porque consume muchos recursos cognitivos y energía. Por eso, en entornos de presión, incertidumbre o sobrecarga informativa –es decir, en la mayoría de las organizaciones actuales– tendemos a apoyarnos más de lo que creemos en el sistema automático.

    Cómo influyen los sesgos en la empresa

    Los sesgos cognitivos no son rarezas psicológicas ni errores de personas poco competentes. Son patrones universales de toma de decisiones y afectan a directivos, mandos intermedios y profesionales técnicos por igual.

    En la selección de personal, por ejemplo, puede aparecer el sesgo de afinidad: tendemos a valorar mejor a quienes se parecen a nosotros en trayectoria, estilo o forma de comunicarse.

    En la evaluación del desempeño, el efecto halo puede llevarnos a extrapolar una cualidad positiva concreta a la valoración global del profesional.

    En la gestión del cambio, el sesgo de statu quo nos inclina a preferir mantener lo conocido antes que asumir la incertidumbre de lo nuevo.

    Cuando estos mecanismos se repiten, generan decisiones que parecen razonables en el momento, pero que pueden afectar a la diversidad, la innovación o la competitividad a medio plazo.

    En la actualidad se pueden identificar más de 200 sesgos cognitivos que influyen en nuestra manera de interpretar y tomar decisiones.

    El mito de la objetividad organizacional

    Muchas organizaciones invierten grandes cantidades de recursos en datos, indicadores y herramientas tecnológicas. Sin embargo, con frecuencia se descuida un elemento esencial: el proceso psicológico mediante el cual interpretamos esa información.

    Cuando interpretamos datos o la conducta de un compañero, la información pasa inevitablemente por nuestras expectativas previas, experiencias acumuladas y marcos mentales. Dos directivos pueden analizar el mismo informe y llegar a conclusiones distintas no por falta de rigor, sino porque sus sistemas de pensamiento activan distintos supuestos.

    Creer que la incorporación de más datos elimina los sesgos es, en gran medida, una ilusión. Sin conciencia psicológica, incluso el análisis más sofisticado puede estar guiado por intuiciones no examinadas.

    En este punto resulta pertinente recordar la reflexión del filósofo y científico Michael Polanyi, quien afirmó: “We know more than we can tell” (“Sabemos más de lo que podemos expresar”). Una parte importante de nuestro conocimiento es tácito, implícito y difícil de formalizar. Precisamente por ello, muchas decisiones se apoyan en intuiciones que no siempre somos capaces de explicar, pero que influyen de forma decisiva en nuestras elecciones.

    Los campos de actuación de los sesgos

    Se pueden distinguir tres niveles de actuación de los sesgos:

    1. Individual (personal). Tiene que ver con cómo cada persona percibe e interpreta la realidad. Nuestras experiencias previas, emociones o creencias influyen en qué información atendemos y cómo la interpretamos.
    2. Instrumental. Los sesgos también pueden introducirse a través de las herramientas que utilizamos para analizar la información: indicadores, métricas o sistemas de evaluación que orientan nuestra atención hacia determinados resultados y no hacia otros.
    3. Organizacional (de contexto). Factores como la cultura de las organizaciones, las normas informales, las jerarquías o las presiones del contexto pueden reforzar ciertas interpretaciones y decisiones, consolidando determinados sesgos colectivos.

    Los sesgos cognitivos no son simples fallos individuales, sino mecanismos profundamente arraigados en la manera en que pensamos y decidimos. Comprender la interacción entre intuición y análisis permite mejorar la calidad de las decisiones y reducir errores.

    Las organizaciones que comprendan estos procesos estarán mejor preparadas para diseñar entornos que favorezcan decisiones más conscientes, equilibradas y estratégicas. Porque en última instancia, la calidad de una organización depende también de la calidad de las decisiones que toman quienes la dirigen.

    Elene Igoa Iraola, Profesora e Investigadora Universitaria, Facultad de Ciencias de la Salud, Universidad de Deusto y Fernando Díez Ruiz, Associate professor, Universidad de Deusto

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Del marxismo al rabiblanquismo cultural

    Del marxismo al rabiblanquismo cultural

    El término «marxismo cultural» circula hoy con dos significados radicalmente distintos. En el plano académico, designa a una corriente del siglo XX —la Escuela de Fráncfort, Gramsci, Adorno— que analizó la cultura como campo de batalla del poder. En el debate público contemporáneo, se convirtió en acusación: una supuesta conspiración para erosionar los valores occidentales desde las universidades, los medios y las instituciones. La diferencia entre ambos usos no es semántica; es la diferencia entre una escuela de pensamiento y un mito político.

    Antonio Gramsci fue el primero en articular con claridad la idea de hegemonía cultural: la clase dominante no gobierna solo por la fuerza o la economía, sino porque logra que sus valores se perciban como naturales, universales, inevitables. Esta idea —desnuda de ideología— es en realidad una descripción bastante precisa de algo que ocurre en todas las sociedades, incluida Panamá. Solo que aquí no lo hace la izquierda.

    Lo que en Panamá ejerce esa hegemonía cultural es lo que podría llamarse el rabiblanquismo cultural: la estrategia de la oligarquía criolla —familias históricas con peso en la banca, el comercio y la política— para mantener su posición no solo a través del dinero, sino a través del relato. El «rabiblanco» no necesita revolución; necesita estabilidad. Y para eso usa exactamente las mismas herramientas que Gramsci describió: el control de la educación, el discurso sobre la identidad nacional, la administración de los servicios públicos como clientelismo disfrazado de bien común.

    La Constitución panameña es un ejemplo ilustrativo. El Estado asume la responsabilidad de la educación, el agua, la electricidad y el transporte —una arquitectura que suena redistributiva— pero que en la práctica ha servido para que una élite pequeña administre contratos, emplee redes de lealtad y evite que emerja competencia real. No es marxismo; es estatismo al servicio del privilegio. Es Gramsci aplicado al revés: en lugar de subvertir el orden, lo congela con barniz social.

    La distinción entre ambos fenómenos es clara si se mira el objetivo: el marxismo cultural quiere transformar la sociedad, aunque a menudo reemplaza una forma de control por otra. El rabiblanquismo cultural quiere preservar la pirámide. Uno destruye tradiciones; el otro las momifica. Pero las herramientas son asombrosamente parecidas: captura de instituciones, producción de relatos legitimadores y uso del Estado como amplificador cultural.

    Queda, por último, una pregunta incómoda sobre el origen psicológico del marxismo: ¿nace del análisis o del resentimiento? Nietzsche llamó ressentiment a esa forma de revancha que se viste de justicia. Lo paradójico es que el rabiblanquismo panameño también opera desde el resentimiento: el miedo atávico a perder lo que se tiene.

    Dos formas de control cultural, dos clases con sus propias ansiedades, y en medio una sociedad que paga el costo de no nombrar con claridad lo que ocurre. Quizás el primer paso sea exactamente ese: llamar a cada cosa por su nombre.


    Basado en un diálogo entre John Bennett Novey y Grok sobre marxismo cultural y realidad panameña.

  • Jürgen Habermas, Farewell al adversario que merecíamos

    Jürgen Habermas, Farewell al adversario que merecíamos

    El pasado 14 de marzo falleció Jürgen Habermas a los 96 años, dejando huérfano a un siglo de debates sobre democracia, racionalidad y espacio público. Desde esta trinchera liberal, la de Mises, Hayek y la desconfianza saludable hacia todo poder concentrado, rendimos homenaje a un adversario intelectual de primera categoría. Porque los grandes debates no se tienen con mediocres.

    Jürgen Habermas fue, ante todo, un hombre obsesionado con una pregunta legítima: ¿cómo pueden las sociedades modernas sostenerse sin recurrir a la violencia ni a la autoridad dogmática? Su respuesta, el diálogo racional, la esfera pública, la democracia deliberativa, era genuinamente ilustrada y genuinamente honesta. Desafió la tendencia predominante del cinismo posmoderno respecto a la verdad y la razón, ofreciendo una firme defensa de los ideales de la Ilustración y la posibilidad de la libertad individual y social. En eso, paradójicamente, compartía más con los liberales clásicos de lo que él mismo hubiera admitido.

    Su concepto de acción comunicativa, la idea de que la legitimidad surge del argumento y no de la imposición, tiene un eco inesperado en la tradición del orden espontáneo. Hayek también creía que el conocimiento es disperso, que ningún centro puede monopolizarlo, que la coordinación social emerge de interacciones descentralizadas. Habermas llegó a conclusiones similares sobre el origen del consenso, pero cometió el error clásico de la izquierda ilustrada: confiar en que ese consenso podía diseñarse institucionalmente, canalizarlo a través del Estado administrativo, hacerlo operar desde arriba.

    Aquí reside la fractura fundamental. Su teoría propuso que la legitimidad política surge del diálogo entre ciudadanos libres e iguales, capaces de argumentar y justificar sus posiciones, frente a la imposición del poder económico o burocrático. Hasta ahí, magnífico. El problema es que su solución a esa imposición del poder no fue reducir el Estado, sino perfeccionarlo mediante procedimientos deliberativos. La escuela austríaca advierte que eso es una ilusión: los procedimientos no eliminan los incentivos perversos de la burocracia ni el problema del cálculo económico. El «mejor argumento» no gana en una comisión parlamentaria; gana el grupo de presión mejor organizado.

    En sus últimos años, Habermas estaba particularmente preocupado por el estado del proyecto de la Unión Europea, convencido de que la integración democrática era el mejor contrapeso a la destructividad del capitalismo global y del nacionalismo. Nosotros diríamos lo contrario: que la tecnocracia de Bruselas es precisamente el tipo de poder sin accountability que él debería haber temido más. Su europeísmo fue coherente con sus valores, pero ciego a las consecuencias de centralizar decisiones lejos de los ciudadanos concretos.

    Y sin embargo, hay algo que los liberales debemos agradecerle. Jürgen Habermas nunca cedió al relativismo. Sostuvo que la razón existe, que la verdad importa, que el debate público tiene normas que no son arbitrarias. Mientras la muerte y la destrucción de la Segunda Guerra Mundial habían desilusionado a la mayoría de los pensadores respecto a la razón, Habermas vio en la comunicación racional una oportunidad para redimir la sociedad democrática. Esa fe en la razón, tan denostada hoy por la izquierda posmoderna que él mismo contribuyó a confrontar, es un legado que merece defenderse.

    El debate que nos deja no es menor: ¿puede existir una esfera pública genuinamente libre sin mercados libres que la sostengan? ¿Puede haber deliberación auténtica cuando el Estado financia los medios, las universidades y las instituciones del «diálogo»? ¿Es posible la democracia deliberativa sin propiedad privada como contrapeso al poder político?

    Habermas no respondió bien esas preguntas. Pero las hizo inevitables. Y eso, en filosofía, vale tanto como responderlas.

    Descanse en paz, profesor. El debate continúa.