Categoría: Cultura y Sociedad

  • Los Tranques y el Desorden vial no son accidentales sino autoridad corrupta

    Escribo sobre el tema vial desde la perspectiva de haber presidido por cinco años la Comisión Intergremial de Tránsito y Transporte de la Asociación Panameña de Ejecutivos. También con el antecedente de haber escrito ensayos intitulados “Qué Funciona para Cambiar el Comportamiento Vial” y otro intitulado “Retenes y Cateos”; y, vale decir, que no es un tema que abordo sin experiencia en ello. Y también vale acotar que por muchos años fui director de seguridad aérea y que la seguridad aérea y terrestre tienen mucho en común. El asunto es que hoy día, ya pasados mis 80 años, que ya no manejo sino me sacan a las vías, voy en disgusto al ver tanto desorden; desorden que, a todas luces, es producto de una inmensa irresponsabilidad de una entidad que muy mal llamamos “autoridad de tránsito” pues de autoridad no tiene nada, y paso a ampliar.

    La mayoría de los conductores de automotores no son locos o desquiciados, pero… entre esa mayoría existe una fracción que ciertamente podemos llamarles o locos o irresponsables que no creo respetan ni a su madre. Es lo mismo que ocurre en la población en general, en dónde la mayoría procura respetar las normas de convivencia sana y cuerda; pero… está esa minoría que ni siquiera responde ante las multas y es necesario cancelarles las licencias; y si insisten en conducir sin licencia y causan accidentes graves, llegar al confinamiento. El problema o reto en administrar un sistema de educación vial requiere de una legítima y verdadera autoridad; que es lo que no tenemos.

    Fíjense en la imagen que les presento, la cual estuvo en el Corredor Norte (CN) por años. desorden vialUn límite de 25 kph en plena vía y, más adelante, en la rampa de salida un límite de 30 kph. Por años a diario pasaban por allí los agentes de tránsito y, que siga el desorden. Por supuesto que nadie obedecía o peor, en esa época (2011) le preguntaba a vecinos acerca del aviso y nadie lo había visto. Según parece era invisible. Lo que sí ilustra es que era magnífico instrumento de una desordenada educación vial.

    Pero vayamos más allá en el Corredor Norte, que cuando abrió tenían un auto que se paseaba con un letrero que decía: “Paño izquierdo sólo para rebasar”. Ese era el inicio de un programa de educación vial en mano en autopistas, el cual quedó truncado y no pasó a sus siguientes fases, que debieron ser; fase 2, amonestaciones. Fase 3, las citaciones y multas. Fase 4, suspensiones de la licencia. Y, fase 5, al infractor consuetudinario o irremediable, según el caso, la cancelación de la licencia. Todo ello está en el reglamento, no de tránsito sino de adorno.

    Hoy, cuando me llevan desde Las Cumbres al centro o Costa del Este no veo un agente. Y si lo veo, típicamente es cometiendo el delito de retenes coimeros. ¿Creen ustedes que las autoridades superiores, el director de la ATTT, en ministro y más arriba, no están al tanto de esta barbaridad? Del hecho de que muchos agentes de la ATTT no pasan de ser asaltantes de camino, que nada hacen por la seguridad vial.

    Hace años estuvo en Panamá Mart Laar, dos veces primer ministro de Estonia, invitado por nuestra empresa. Un día, en mi auto y en el desorden, le pregunté: “¿Tienes este problema en Estonia?” Me contestó: “Teníamos, despedimos 1/3 de los agentes, entrenamos y equipamos al resto y hoy el ordenamiento vial es impecable”. Estonia, que tenía un IPC menor que el de Panamá en la época con Rusia, hoy día nos dejó en la polvareda de su desarrollo y ordenamiento.

  • Así impacta en nuestro cerebro tener un gato como mascota

    Los gatos pueden tener fama de independientes, pero las últimas investigaciones sugieren que compartimos una conexión única con ellos, impulsada por la química cerebral.

    La principal sustancia implicada es la oxitocina, apodada como la “hormona del amor”. Es el mismo compuesto neuroquímico que se libera cuando una madre acuna a su bebé o cuando los amigos se abrazan, fomentando la confianza y el afecto. Y ahora los estudios demuestran que este neurotransmisor también es importante para el vínculo entre gatos y humanos.

    La oxitocina fomenta la confianza y la calma

    La oxitocina desempeña un papel fundamental en los vínculos sociales, la confianza y la regulación del estrés en muchos animales, incluidos los seres humanos. Un experimento de 2005 demostró que hacía que los voluntarios humanos estuvieran mucho más dispuestos a confiar en los demás cuando practicaban juegos financieros.

    También tiene efectos calmantes en humanos y animales, ya que suprime la hormona del estrés cortisol y activa el sistema nervioso parasimpático (el sistema de descanso y digestión) para ayudar al cuerpo a relajarse.

    Los científicos saben desde hace tiempo que las interacciones amistosas desencadenan la liberación de oxitocina tanto en los perros como en sus dueños, creando un círculo vicioso de vinculación. Sin embargo, hasta hace poco no se sabía mucho sobre su efecto en los gatos.

    Los efectos de acariciar un gato que ronronea

    Los gatos son más sutiles a la hora de mostrar afecto. Sin embargo, sus dueños suelen referir los mismos sentimientos cálidos de compañía y alivio del estrés que los dueños de perros, y los estudios respaldan cada vez más estos testimonios. Investigadores de Japón, por ejemplo, informaron en 2021 de que las breves sesiones de caricias con sus gatos aumentaban los niveles de oxitocina en muchos propietarios.

    En ese estudio, las mujeres interactuaron con sus mascotas durante unos minutos mientras los científicos medían los niveles hormonales de los propietarios. Los resultados sugirieron que el contacto amistoso (acariciar al gato, hablarle en un tono suave) estaba relacionado con un aumento de la oxitocina en la saliva de los humanos, en comparación con un período de descanso tranquilo sin su gato.

    Muchas personas encuentran relajante acariciar a un minino que ronronea, y las investigaciones indican que no es solo por su suave pelaje. El acto de acariciar e incluso el sonido del ronroneo pueden desencadenar la liberación de oxitocina en nuestro cerebro. Un estudio de 2002 descubrió que esta descarga provocada por el contacto suave con un gato ayuda a reducir el cortisol (nuestra hormona del estrés), lo que a su vez puede reducir la presión arterial e incluso el dolor.

    Hombre con un gato gris en el regazo.
    Acurrucarse con un gato puede ayudar a suprimir la hormona del estrés, el cortisol.
    Vershinin89/Shutterstock

    ¿Cuándo se libera la oxitocina entre gatos y humanos?

    Las investigaciones están identificando momentos específicos que provocan la liberación de esta hormona en nuestra amistad entre especies. El contacto físico suave parece ser un desencadenante principal para los gatos.

    Un estudio de febrero de 2025 descubrió que cuando los dueños acariciaban, abrazaban o mecían a sus gatos de forma relajada, la oxitocina de los dueños tendía a aumentar, al igual que la de los gatos, siempre que la interacción no fuera forzada para el animal.

    Los investigadores monitorizaron los niveles de la hormona en los gatos durante 15 minutos de juego y mimos en casa con su dueño. Los felinos con un vínculo seguro que iniciaban el contacto, por ejemplo, sentándose en el regazo o empujando con el hocico, mostraban un aumento de oxitocina. Cuanto más tiempo pasaban cerca de sus humanos, mayor era el aumento.

    ¿Qué ocurre con los felinos menos cariñosos? El mismo estudio observó patrones diferentes en gatos con estilos de apego más ansiosos o distantes. Los ejemplares evasivos (los que mantenían la distancia) no mostraron cambios significativos en la oxitocina, mientras que los ansiosos (que buscaban constantemente a su dueño, pero se sentían fácilmente abrumados al ser manipulados) tenían niveles altos de oxitocina desde el principio.

    Se descubrió que la oxitocina de los gatos evasivos y ansiosos descendía tras un abrazo forzado. Cuando las interacciones respetan la comodidad del animal, la hormona del vínculo fluye, pero cuando un gato se siente acorralado, es esquiva.

    Quizás los humanos podrían aprender algo de sus amigos felinos sobre cómo gestionar los estilos de apego. La clave para crear un vínculo con un gato es comprender cómo se comunican.

    A diferencia de los perros, los gatos no dependen del contacto visual prolongado para crear vínculos. En su lugar, utilizan señales más sutiles. La más conocida es el parpadeo lento, una sonrisa felina que transmite seguridad y confianza.

    El ronroneo también desempeña un papel importante en la creación de conexiones con las personas. El ronroneo grave no solo se ha relacionado con la curación de los propios gatos, sino también con efectos calmantes en los seres humanos. Escuchar ese peculiar sonido puede reducir la frecuencia cardíaca y la presión arterial, y la oxitocina media estos beneficios.

    La compañía de un gato, reforzada por todos esos pequeños aumentos de oxitocina de las interacciones diarias, puede servir como amortiguador contra la ansiedad y la depresión, en algunos casos proporcionando un consuelo equiparable al apoyo social humano.

    ¿Son los gatos menos cariñosos que los perros?

    Es cierto que los estudios suelen encontrar respuestas más fuertes de oxitocina en las interacciones entre perros y humanos. En un experimento muy comentado de 2016, los científicos midieron la oxitocina en mascotas y propietarios antes y después de diez minutos de juego. Los perros mostraron un aumento medio del 57 % en los niveles de oxitocina después del juego, mientras que los gatos mostraron un aumento de alrededor del 12 %.

    En los seres humanos, los niveles de oxitocina aumentan durante las interacciones sociales significativas. Los estudios demuestran que el contacto con un ser querido produce respuestas de oxitocina más fuertes que el contacto con extraños. Por lo tanto, el saludo alegre de un perro es similar a la emoción que se siente al ver a un hijo o a la pareja.

    Los perros, al ser animales de manada domesticados para la compañía constante de los humanos, están casi programados para buscar el contacto visual, las caricias y la aprobación de las personas, un comportamiento que estimula la liberación de oxitocina en ambas partes. Los gatos, sin embargo, evolucionaron a partir de cazadores solitarios que no necesitaban gestos sociales evidentes para sobrevivir. Por lo tanto, es posible que no muestren un comportamiento impulsado por la oxitocina con tanta facilidad o consistencia. En cambio, los gatos pueden reservar su comportamiento de liberación de esa hormona para cuando se sienten realmente seguros.

    La confianza de un gato no es automática, hay que ganársela. Pero una vez concedida, se refuerza con la misma sustancia química que une a los padres, parejas y amigos humanos.

    Así que, la próxima vez que su gato le mire lentamente desde el otro lado del sofá o se suba a su regazo para acurrucarse y ronronear, tenga en cuenta que también está ocurriendo algo invisible: la oxitocina está aumentando en ambos cerebros, profundizando la confianza y aliviando el estrés de la vida cotidiana. Los gatos, a su manera, han aprovechado la antigua biología del amor.The Conversation

    Laura Elin Pigott, Senior Lecturer in Neurosciences and Neurorehabilitation, Course Leader in the College of Health and Life Sciences, London South Bank University

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Observar y comprender el comportamiento de las personas ayuda a transformar los negocios

    «En un mundo obsesionado con la disrupción tecnológica, la etnografía nos recuerda que la disrupción más poderosa puede venir de algo profundamente humano: comprender al otro.»

    En un mercado saturado de productos y servicios que compiten por la atención del consumidor, las empresas más exitosas no son necesariamente aquellas que tienen un mejor producto, sino las que comprenden mejor a los usuarios.

    Para alcanzar este conocimiento, la etnografía se incorpora al mundo empresarial convertida en un recurso esencial para la innovación.

    ¿Qué es la etnografía y por qué usarla en los negocios?

    Tradicionalmente asociada a la antropología, la etnografía es la observación de las personas en su entorno cotidiano para entender sus comportamientos, valores, creencias y emociones.

    En lugar de estudiar comunidades remotas, ahora los etnógrafos investigan en supermercados, cafeterías, oficinas, redes sociales e incluso sesiones de videojuegos. Esta mirada profunda permite descubrir patrones que se hacen invisibles a los métodos cuantitativos de investigación.

    Por ejemplo, mientras una encuesta puede determinar que a los consumidores les gusta el café artesanal, la etnografía revela por qué: ¿por el ritual?, ¿por la sensación de comunidad?, ¿por una búsqueda de autenticidad? Esa diferencia es clave para diseñar experiencias y estrategias centradas en el cliente.

    Etnografía e ideas de negocio

    Cuando hablamos de empresas solemos pensar en modelos de negocio, validación de ideas y tecnología. Sin embargo, la comprensión etnográfica puede ser el primer paso para detectar necesidades reales y resolver problemas que aún no han sido abordados por el mercado. Es decir, la etnografía no solo ayuda a vender mejor, sino a emprender mejor.

    Un buen ejemplo es la reinvención de los cepillos de dientes infantiles. En 1996, una consultora de innovación llevó a cabo investigaciones de campo para la compañía de cuidado bucal Oral-B. El objetivo era determinar por qué a los niños no les gustaba cepillarse los dientes. La observación in situ les permitió ver que, debido a su escasa destreza manual, los niños sostenían el cepillo con el puño y no entre los dedos, por lo que los mangos delgados eran incómodos de agarrar para sus pequeñas manos, algo que ninguna encuesta había identificado.

    Gracias a este hallazgo la empresa desarrolló el Squish Gripper, un cepillo infantil con un mango ancho y de textura blanda. El producto fue un éxito de ventas durante 18 meses y transformó el estándar de los cepillos infantiles

    El consumidor como sujeto, no como objeto

    Uno de los errores más comunes en el diseño de productos es tratar a los consumidores como estadísticas. La etnografía propone lo contrario: convertirlos en protagonistas. Esta perspectiva permite cocrear soluciones junto con los usuarios, no solo para ellos. De ahí su enorme potencial para el marketing y el desarrollo de productos.

    Estas son algunas formas prácticas de llevar la etnografía al terreno emprendedor:

    • Observación participante: pasar tiempo en el entorno de los usuarios, sin intervenir, solo observando cómo interactúan con un determinado producto o servicio.
    • Diarios de usuario: pedir a las personas que registren durante unos días sus experiencias, frustraciones o emociones respecto a una necesidad específica.
    • Entrevistas etnográficas: conversaciones abiertas en espacios cotidianos, sin guiones rígidos, para permitir que surjan necesidades o deseos inesperados.
    • Mapeo de experiencias: crear recorridos visuales del cliente desde que detecta una necesidad hasta que interactúa con el producto.

    Etnografía digital

    Los estudios etnográficos en el espacio digital permiten analizar cómo son las relaciones en línea. Por ejemplo, el área de marketing de una empresa puede analizar cómo los consumidores utilizan las plataformas digitales para compartir experiencias y expresar inquietudes. A través de la etnografía digital (o netnografía) se pueden observar las conversaciones, los hashtag y los memes que circulan en las redes para identificar temas recurrentes y tendencias de mercado.

    Esta metodología permite captar no solo lo que los usuarios dicen explícitamente, sino también los significados implícitos y las dinámicas sociales que influyen en su comportamiento. Con esta información, las empresas pueden diseñar programas de apoyo más adecuados y promover una comunicación más efectiva con su comunidad.

    La empatía como motor de innovación

    En un mundo obsesionado con la disrupción tecnológica, la etnografía nos recuerda que la disrupción más poderosa puede venir de algo profundamente humano: comprender al otro.

    En lugar de adivinar qué necesita el cliente, la etnografía invita, primero, a escuchar y observar, para luego desarrollar propuestas innovadoras desde la empatía y la comprensión.The Conversation

    Guillermo José Navarro del Toro, Profesor Investigador, Universidad de Guadalajara

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Labubu, el peluche viral que explica cómo nacen (y se evaporan) las tendencias

    Hace unas semanas, entré por curiosidad en una tienda Pop Mart en un centro comercial de Kuala Lumpur. No sabía que estaba a punto de presenciar una escena sociológicamente fascinante: adultos y adolescentes agitando cajas cerradas, intentando adivinar qué personaje les tocaría por el peso o la forma. Miraban vitrinas, susurraban nombres, comparaban modelos con la emoción de quien está a punto de jugarse algo más que un simple juguete. Todos buscaban lo mismo: un Labubu. Pero nadie sabía si conseguiría el que deseaba.

    Ese pequeño personaje con orejas puntiagudas y sonrisa afilada no era solo un juguete de vinilo. Era un símbolo. Un objeto de deseo. Y también, un caso perfecto para entender cómo funcionan las tendencias en el siglo XXI.

    De monstruo de nicho a estrella viral

    Labubu nació en 2015 de la mano del artista hongkonés Kasing Lung, como parte del universo The Monsters. Durante años fue una figura marginal, valorada por fans del art toy y el diseño asiático underground. Todo cambió cuando Pop Mart adquirió los derechos y lo transformó en fenómeno global: cientos de versiones, colaboraciones con marcas de lujo, ediciones limitadas y un sistema de venta en cajas cerradas (blind boxes) que no permiten ver cuál es su contenido, convirtió la compra de labubus en un pequeño ritual de azar y expectativas.

    El boom definitivo llegó cuando, en abril de 2025, la cantante tailandesa Lisa, con más de 100 milones de seguidores en Instagram y miembro del grupo femenino de k-pop Blackpink, colgó su foto en la red con varios labubus colgando de su bolso. Le siguieron Rihanna, Dua Lipa, se viralizó en TikTok y surgieron millones de fans en todo el mundo. Labubu pasó de nicho a viral. De novedad a moda. De objeto a fenómeno.

    Pero ¿cómo ocurre esto? ¿Cómo algo tan específico y raro se convierte en un objeto de deseo para millones de personas en todo el mundo?

    Cuando la innovación se comporta como la materia

    En mi tesis doctoral propuse una teoría interdisciplinar inspirada en la idea de modernidad líquida desarrollada por el filósofo polaco-británico Zygmunt Bauman y en el comportamiento de líquidos y gases, tanto en reposo como en movimiento (física de fluidos). Sugiero que la innovación es la materia de la que está hecha la moda. Y como toda materia, puede encontrarse en tres estados: sólido, líquido y gaseoso.

    A su vez, la innovación puede encontrarse en tres fases: novedad, tendencia y moda. Este paralelismo no es metafórico, sino estructural. Igual que el agua cambia de estado en función de la temperatura y la presión, las innovaciones también se transforman dependiendo del contexto social, cultural y económico.

    La novedad es el estado sólido: tiene forma, es densa, estática y circula entre pocos. De acuerdo a la teoría de difusión de las innovaciones –desarrollada a mediados de los sesenta del siglo pasado por el sociólogo estadounidense Everett Rogers–, esta etapa corresponde a los innovadores. Es una propuesta con gran valor simbólico pero sin difusión masiva.

    Cuando comienza a expandirse, se vuelve tendencia y se hace líquida: fluye, se adapta, conecta comunidades. En esta fase aparecen los early adopters. Es el momento en que la idea empieza a convertirse en conversación.

    Cuando alcanza el punto de fusión, traspasa un abismo (the chasm): la brecha crítica en el ciclo de adopción de un producto innovador. Sus primeros usuarios suelen ser visionarios, buscan las últimas innovaciones y asumen riesgos. En cambio, la mayoría temprana solo salta el abismo cuando ya la innovación ya ha sido probada y validada por otros.

    En la viralidad de las modas o la adopción de nuevas innovaciones, pasado el abismo hay un punto clave (tipping point) en el que el contagio ya
    es muy difícil de parar. Entra en el mainstream o mercado masivo y se transforma en moda: pasa al estado gaseoso, se masifica, pierde densidad, se vuelve omnipresente… hasta que se evapora.

    Sandra Bravo

    Este proceso es cíclico. Muchas innovaciones se quedan congeladas. Otras nunca se consolidan y no fluyen. Algunas se esfuman rápidamente, casi tan pronto como llegan. El deseo y la innovación, como la materia, necesitan condiciones para sostenerse.

    Quién decide qué deseamos (y por cuánto tiempo)

    Labubu ha pasado por todas esas fases. Empezó siendo una figura marginal (sólido), se volvió tendencia al cruzar nuevas audiencias (líquido) y alcanzó el estado gaseoso al viralizarse globalmente.

    Los labubus están en TikTok, adornando bolsos de lujo y en reportajes de prensa. Lo que comenzó siendo un símbolo de distinción se va convirtiendo en ruido visual. Una señal de que el ciclo se agota. Y que quizá esté a punto de empezar de nuevo.

    Pero las tendencias no cambian de estado por sí solas. Igual que el agua necesita temperatura y presión para transformarse, las modas también responden a estímulos externos. En este caso: marcas, algoritmos, consumidores e influencers.

    La temperatura cultural la generan las campañas, los lanzamientos, el contenido visual. La presión simbólica proviene del deseo colectivo: la comunidad que replica gestos, los fans que buscan el objeto, la ansiedad por pertenecer.

    Y además, existen fuerzas de empuje –como los influencers– que agitan el sistema desde dentro, validando tendencias y desplazando otras estéticas.

    Yo soy así

    Hoy, la visibilidad no depende tanto de lo que es, sino de cuántas veces puede ser compartido. Y así, emergen lo que yo llamo microidentidades líquidas: formas rápidas y flexibles de decir “yo soy así” en una cultura donde ese yo es mutable, compartido, estético y performativo.

    Como explica el sociólogo británico Anthony Giddens, la sociedad actual en la modernidad tardía el yo se convierte en un proyecto reflexivo, construido a partir de las imágenes, elecciones y narrativas disponibles.

    Y en un mundo que –en palabras del filósofo coreano y Premio Princesa de Asturias 2025 Byung-Chul Hanrecompensa la visibilidad y el rendimiento constante, cada tendencia se convierte en una máscara provisional. Un Labubu no es solo un objeto: representa pertenencia, afecto compartido, incluso un lenguaje generacional.

    En este ecosistema volátil somos cuerpos flotando en un fluido simbólico: nos empujamos, nos chocamos, cambiamos de forma… al ritmo del mercado.

    Del hype al vacío: flotar, saturarse, desaparecer

    El formato blind box añade, además, una dimensión emocional: no solo compramos un objeto, sino también la experiencia misma de desear, esperar, probar suerte. En una cultura saturada de predicción algorítmica, el azar introduce una chispa de misterio. Para el filósofo francés Roland Barthes, la moda es lenguaje antes que indumentaria. Hoy podríamos decir que ese lenguaje habla, sobre todo, en clave emocional.

    Las cajas cerradas no permiten ver qué labubu contienen, lo que añade emoción a la compra.
    Sandra Bravo

    Pero ese lenguaje también obedece a leyes físicas. El principio de Arquímedes dice que un cuerpo sumergido en un fluido desplaza un volumen equivalente. En moda ocurre lo mismo: cuando una tendencia entra con fuerza otra es empujada fuera. El mercado simbólico no es infinito. Solo flota lo que logra desplazar a otra estética. Los labubu, al popularizarse, reemplazaron a figuras kawaii anteriores como Molly o Sonny Angel.

    Y como todo gas, el hype tiende a disolverse. La sobreexposición agota el deseo. Surgen copias, se pierde el misterio, aparece la saturación. Y entonces el ciclo se reinicia: nuevas versiones, más presión, más temperatura.

    El misterio de lo que llega (y se va)

    Wang Ning, fundador y director general de Pop Mart, supo leer el punto exacto de fusión de estos objetos. En 2025, tras sumar 20 mil millones de dólares a su patrimonio gracias a la viralidad de Labubu, apareció en las listas como el 79º hombre más rico del mundo. Porque entender el cuándo, más que el qué, sigue siendo el verdadero poder.

    Este modelo de moda líquida no busca explicar caprichos estéticos, sino revelar el proceso por el que una innovación nace, se expande y termina por desvanecerse. Porque las tendencias, aunque parezcan imprevisibles, también tienen estructura. No flotan al azar: cambian de estado según la presión del deseo colectivo y la temperatura cultural que las rodea.

    El verdadero reto para las marcas no es detectar lo nuevo, sino saber en qué punto del ciclo está. ¿Es aún salgo sólido y marginal, con alto riesgo de desvanecerse sin haber trascendido? ¿Está ya en fase líquida, ganando tracción? ¿O ya es gas, omnipresente pero a punto de evaporarse?

    labubu
    ¿En qué punto del ciclo nos encontramos? ¿La fiebre de los labubus ha alcanzado ya el punto de saturación y tiende hacia la evaporación?
    Sandra Bravo

    Para los consumidores, su posición en esa curva depende de cuánto riesgo están dispuestos a asumir. Hay quienes adoptan lo que luego será moda incluso antes de que tenga nombre. Otros esperan a que sea seguro, validado, casi obligatorio. Y, en medio, fluyen millones de microidentidades que se encienden y se apagan como una llama.

    Labubu no es la excepción. Es un caso perfecto: nació como rareza, fluyó como tendencia y explotó como moda. Hoy flota por todas partes. Pero también puede que pronto empiece a disiparse.The Conversation

    Sandra Bravo Durán, Socióloga y Doctora en Creatividad Aplicada, UDIT – Universidad de Diseño, Innovación y Tecnología

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”: Borges, la invención de mundos y la tentación del poder

    Jorge Luis Borges publicó en 1940 el cuento “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, pieza inaugural de Ficciones y uno de los textos más influyentes de la literatura del siglo XX. Bajo la apariencia de un relato erudito, plagado de citas falsas y referencias apócrifas, Borges propone un juego metafísico: un mundo imaginario —Tlön— creado por una sociedad secreta de intelectuales, que con el tiempo termina filtrándose en la realidad hasta sustituirla. El cuento funciona como sátira, como experimento filosófico y como advertencia política.

    La trama en breve

    El narrador, que comparte nombre y rasgos con el propio Borges, encuentra junto con su amigo Bioy Casares una extraña referencia a un país inexistente: Uqbar. Al indagar, descubren que esa mención forma parte de un proyecto mucho mayor: la construcción de una enciclopedia de un planeta inventado, Tlön. La obra describe en detalle su geografía, su historia, sus lenguas y su filosofía. Lo perturbador es que Tlön no es un simple pasatiempo literario, sino un proyecto deliberado: “Orbis Tertius”, una sociedad secreta de sabios y conspiradores, lleva siglos dedicándose a inventar un mundo capaz de reemplazar al nuestro.

    Con el tiempo, los objetos y las ideas de Tlön comienzan a invadir la realidad. La gente prefiere adoptar su lógica idealista antes que seguir habitando la complejidad contradictoria de la Tierra. La ficción, sostenida por una estructura organizada de poder intelectual, acaba volviéndose más convincente que la realidad.

    Filosofía y control

    La clave del cuento es que Tlön es un mundo enteramente idealista: sus lenguas carecen de sustantivos, sus sistemas científicos dependen de la psicología, sus religiones no admiten la materia. En ese universo, todo es producto de la mente y no hay resistencia de lo real. Borges nos muestra así la tentación de cualquier sistema cerrado: si se acepta su premisa fundamental, todo lo demás encaja con una coherencia deslumbrante.

    La advertencia es evidente: las ficciones totalizantes —sean religiosas, políticas o filosóficas— poseen un enorme poder de seducción. La gente adopta la narrativa de Tlön porque simplifica el caos, porque da certezas. Y, en esa adopción, termina renunciando a la libertad crítica frente a un aparato intelectual que lo controla todo.

    Borges, el poder y la política

    Aunque Borges rara vez se pronunció de manera sistemática sobre ideologías, su obra está atravesada por un profundo recelo hacia cualquier forma de dogmatismo. “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” puede leerse como una parábola sobre el peligro de los sistemas totalitarios que en los años 40 ya asolaban Europa. La creación de un mundo ficticio que se impone a la realidad refleja la lógica del nazismo o del estalinismo: fabricar un relato que pretende reemplazar la experiencia tangible, con la consecuencia de anular la autonomía del individuo.

    Libertarianismo y anarcocapitalismo: un paralelo posible

    Si pensamos el cuento desde la óptica del libertarianismo o incluso del anarcocapitalismo, surge una reflexión interesante. Estas corrientes defienden la libertad individual frente a la imposición de estructuras colectivas centralizadas, como el Estado. En el relato de Borges, “Orbis Tertius” actúa justamente como un Estado absoluto del conocimiento: una élite decide qué mundo debe existir y lo impone hasta borrar la diversidad de experiencias. El resultado es la uniformidad total, el triunfo de una ficción única sobre la pluralidad de lo real.

    Un libertario podría leer el cuento como una advertencia contra toda forma de monopolio del sentido: así como el Estado monopoliza la violencia, Orbis Tertius monopoliza la realidad. Frente a ese poder, la defensa de la autonomía individual y de múltiples órdenes espontáneos —propios del pensamiento libertario— sería la resistencia natural. En un sentido más radical, un anarcocapitalista vería en Tlön el ejemplo de lo que ocurre cuando se niega la libertad de generar narrativas diversas y se somete a todos a un diseño centralizado, por más perfecto que parezca.

    “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” sigue siendo un cuento fascinante no solo por su ingenio literario, sino porque plantea un dilema vigente: ¿qué ocurre cuando una ficción organizada desde el poder se impone a la realidad vivida? Borges parece advertirnos que ninguna construcción intelectual, por brillante que sea, debe sustituir la libertad caótica y contradictoria de la experiencia humana. Y, visto desde una perspectiva libertaria, el relato resuena como una defensa implícita de la pluralidad frente a los sistemas totalizantes, recordándonos que la verdadera riqueza surge de la libre interacción de múltiples mundos, no de la imposición de un único universo inventado.

  • La Obediencia del Rebaño

    La obsesión de los malos gobiernos se denota en su afán de poder. El grave problema del control central que busca una igualdad ilusa es que lleva a disminuir la racionalidad; ésa que lleva al ser racional a leer estas cosas que escribo y a objetar el intervencionismo central irrazonable. Y otro problema con la intromisión central en la educación es que no sólo se busca controlar al ciudadano de mañana sino a sus padres de hoy; esos que andan convencidos de que el MEDUCA educa y, peor, que realmente es “gratuito”. ¿Crees que podrías ponerle cifra $ al daño que produce MEDUCA en nuestros hijos y en el país?

    Por otro lado, el estudiante aventajado no conviene a los gobiernos de la Cosa Nostra, que afanadamente buscan la equidad dónde esta no anda; vale decir, en la igualdad de la sopa aguada. Y, por supuesto que todo ese control central y adoctrinamiento tienen que ser los más disimulados posible, ya que no son tantos que comulgan con semejante barbaridad. Y, hablando de dignidad, vean que hasta nuestra Constitución habla de ello en su Preámbulo cuando dice “exaltar la dignidad humana”; lo cual trae la pregunta de cómo hemos de lograr eso, ¿acaso a través del adoctrinamiento y el intervencionismo gubernamental en cosas que no son gobernar?; tal como vender electricidad, agua, comida, transporte, educación, y hasta perdón de infracciones por un precio. Pero esto último lo hacen los agentes de la ATTT… ¡Aja!, ¿y sus jefes ni se enteran y menos actúan?.

    Tengamos claro que la función gubernamental no consiste en dirigir las acciones del pueblo más allá de inhibir las faltas y los delitos. Así, bien podemos decir que una gran cantidad de actividades que han asumido los gobiernos en Panamá o las que se han apropiado, no son gobierno sino propias de la comunidad a través del mercado. Tomemos la educación, como ejemplo: ¿cómo es que los gobiernos no han podido acabar con las escuelas privadas, Y ¡vaya si no ha tratado!, incluyendo las brujas y las rancho? El que la respuesta no sea obvia lo dice todo.

    La función propia y productiva de los gobiernos del estado es la de evitar que algunos malandrines agredan a quienes están en lo suyo creando prosperidad propia y generalizada. Pero… ¿qué hacer cuando el gobierno con su MEDUCA, IDAAN, etc., es el violador? ¿De verdad crees que la solución está en la ACODECO? O sea, que el gobierno se preocupara de castigar al gobierno… ¡qué lindo!, e iluso.

    La enseñanza y educación no es interventora sino promotora de la función propia autodidacta. ¿Pero como hacer cuando el propio MEDUCA es intervención y fracaso? ¿Acaso no están enterados de que mientras más invertimos en el MEDUCA peores resultados tenemos? No sólo en Panamá, en Gringolandia pasa igual. En contraposición, la función parental de la familia en la educación de sus hijos depende de que sean los padres quienes estén al frente ya que, de lo contrario, ocurrirá lo que vemos; que sean tantos los padres que le dejen el asunto al MEDUCA mientras ellos andan en otras cosas.

    La intervención gubernamental con el MEDUCA es, en sí, una agresión en contra no sólo de la familia y de sus hijos sino en contra del futuro del país; ya que, entre otras, no deja claro ni promueve la independencia del pueblo sino el servilismo en los caminos vacunos de la mente. Si los padres se equivocan en la educación de sus hijos, ello no justifica y da lugar a la entrada del MEDUCA. Algunos padres se equivocarán, pero mientas más deleguen lo indelegable a los gobiernos del estado las cosas irán de mal en peor. 

  • Rebelión en la granja a 80 años: las advertencias de Orwell frente al autoritarismo populista

    En 1945 George Orwell publicó Rebelión en la granja, una fábula política que, bajo la apariencia de un cuento sobre animales, encierra una de las críticas más lúcidas y mordaces contra el totalitarismo. Han pasado 80 años desde entonces y, sin embargo, las advertencias que plantea el autor inglés no solo no han perdido vigencia, sino que parecen cobrar nueva fuerza en un mundo donde los populismos autoritarios resurgen, apelando a las emociones más básicas de la gente: el miedo, la desconfianza hacia un enemigo común y la promesa de seguridad a cambio de libertad.

    El relato es conocido: los animales de una granja se rebelan contra los humanos opresores en nombre de la igualdad y la justicia, pero pronto la revolución es secuestrada por una élite —los cerdos— que va imponiendo su dominio con métodos cada vez más despóticos. Lo que comenzó como una utopía emancipadora termina convertido en una tiranía más brutal que la anterior. “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”, reza la célebre máxima que resume la traición al ideal original.

    Desde una perspectiva del liberalismo clásico, Rebelión en la granja es una advertencia clara sobre los riesgos de concentrar el poder, incluso en nombre de causas justas. Orwell muestra cómo la promesa de igualdad y justicia degeneran en una maquinaria de control absoluto, donde la libertad individual se sacrifica en aras de un supuesto bien colectivo. El problema no es solo el tirano que asciende, sino la ingenuidad de quienes, con la esperanza de un futuro mejor, ceden sus derechos a un poder que pronto se vuelve incuestionable.

    La clave de la manipulación, nos recuerda Orwell, está en el manejo del discurso. Los cerdos, encabezados por Napoleón, reinterpretan los principios de la revolución según sus propios intereses. Cada vez que los animales dudan, el propagandista Squealer (el “Chillón”) está ahí para convencerlos de que recuerdan mal, de que lo que se hace es por su bien. Es imposible no ver en este personaje un antecedente de lo que hoy llamamos “posverdad”: la manipulación emocional de los hechos hasta que la gente duda de su propia memoria y percepción.

    En la política contemporánea, los populistas autoritarios emplean estrategias similares. Necesitan fabricar enemigos permanentes: “el extranjero”, “el rico explotador”, “la élite globalista”, “los traidores internos”. Así logran movilizar al pueblo detrás de una narrativa de lucha constante, en la que el líder se erige como el único protector. El enemigo externo cumple la misma función que el mítico “Snowball” (Bola de Nieve) en la novela: una figura convenientemente culpable de todos los males, aun cuando esté ausente. “Siempre que algo salía mal, se le echaba la culpa a Bola de Nieve”, se nos dice en la fábula, un recurso que no dista de lo que vemos en líderes actuales que justifican sus fracasos atacando a adversarios imaginarios.

    La tradición liberal clásica ha insistido en que el poder debe estar limitado, controlado y disperso. Friedrich Hayek advertía que “la concentración del poder es siempre peligrosa, sin importar las intenciones de quienes lo ejercen”. En este sentido, Orwell y los liberales comparten una intuición común: el peligro no está solo en quién gobierna, sino en el hecho mismo de que alguien pueda gobernar sin contrapesos reales.

    En la actualidad, el fenómeno no se limita a regímenes explícitamente totalitarios. Gobiernos democráticos también adoptan lógicas populistas: restringen libertades, amplían el control estatal, y todo ello bajo el argumento de que “el pueblo” exige protección. La pandemia, las crisis económicas y las tensiones geopolíticas han servido de excusa para que algunos líderes impongan medidas extraordinarias que luego se normalizan. El ciudadano, cansado y temeroso, acepta la pérdida de derechos a cambio de seguridad, repitiendo el ciclo que Orwell tan bien ilustró.

    La lección más incómoda de Rebelión en la granja es que la servidumbre no siempre es impuesta a la fuerza: a menudo es aceptada. Los animales, agotados y confundidos, terminan justificando su opresión. En un pasaje, Orwell nos muestra cómo el caballo Boxer, símbolo del trabajador obediente, repite incansablemente: “Yo trabajaré más fuerte” y “Napoleón siempre tiene razón”. En esas frases se refleja el drama de quienes, por fe ciega o resignación, terminan sosteniendo al sistema que los explota.

    A 80 años de su publicación, Rebelión en la granja nos advierte que la libertad no se pierde de golpe, sino gradualmente, disfrazada de justicia, seguridad o igualdad. Los liberales encuentran aquí una confirmación de su advertencia: ningún poder absoluto es benigno, y ningún líder que pida confianza ilimitada merece recibirla. Como en la novela, el precio de la ingenuidad política es ver cómo un día, al mirar a los nuevos amos, “era imposible distinguir a los cerdos de los hombres”.

    Orwell no escribió un manual de política, sino una parábola sobre la naturaleza humana y el poder. Pero su mensaje sigue siendo urgente: la libertad requiere vigilancia constante, desconfianza hacia todo poder concentrado y el valor de resistir a quienes, en nombre del pueblo, buscan convertirnos en súbditos.

  • Acuerdos libres y voluntarios, el caso SpareFare

    Desde tiempos inmemoriales, el ingenio humano ha superado los límites del statu quo: frente a rígidas regulaciones o situaciones imprevistas, las personas inventan soluciones, pactos y mecanismos que responden a nuevas demandas, aportando valor y flexibilidad a la sociedad. Esta “acción humana”, en palabras de Mises, es el motor del progreso: es a través de miles de acuerdos libres y voluntarios que se construyen mercados, instituciones y redes de cooperación.

    La plataforma SpareFare es un claro ejemplo contemporáneo de esta dinámica. Su objetivo es simple pero potente: conectar a personas que tienen reservas de vuelos, hoteles o paquetes vacacionales —no reembolsables y que ya no pueden usar— con otras que desean comprarlas a precios significativamente inferiores a los del mercado convencional.

    Fundada en 2016 y con sede en Londres, SpareFare se presenta como el mercado secundario más grande, seguro y confiable para la compraventa de reservas de viaje. Vendedores y compradores se conectan directamente, pero con la plataforma funcionando como intermediario tecnológico y garante: los primeros listan sus reservas, los segundos hacen ofertas o pujas, y si ambas partes aceptan, hay un intercambio dentro de un plazo de 48 horas, que culmina con la transferencia del dinero o del billete según el rol.

    Aquí emergen con fuerza los elementos distintivos de los acuerdos libres y voluntarios: autonomía, cooperación espontánea y beneficio mutuo. El vendedor recupera una parte del gasto que de otro modo perdería; el comprador accede a una oferta inesperada, a menudo con descuentos de hasta 50‑60 %. Todo ello sin necesidad de regulación coercitiva ni intervención estatal.

    Además, la plataforma ofrece mecanismos de seguridad —como protección contra fraude— que permiten minimizar el riesgo, facilitando la confianza entre personas que de otro modo no se conocerían. El mercado se autorregula mediante reputación, reseñas y sistemas de valoración.

    No obstante, los mercados voluntarios no están exentos de crítica o desafíos. Algunas opiniones de usuarios señalan problemas relacionados con la experiencia de usuario, estructura de comisiones, lentitud en ventas o atención al cliente. Esto demuestra que, aunque el mercado es creativo y espontáneo, también es perfectible: requiere retroalimentación, ajustes y mejora constante impulsada por quienes participan.

    SpareFare en la economía colaborativa: comparativa con otros modelos

    La economía colaborativa ha transformado sectores enteros al facilitar el encuentro directo entre oferta y demanda. SpareFare se inscribe en esa lógica, pero con características singulares. Veamos:

    Airbnb (alojamiento)

    • Similitud: conecta personas con recursos subutilizados (una casa o habitación vacía, en Airbnb; una reserva no reembolsable en SpareFare) con quienes desean aprovecharlos.
    • Diferencia: Airbnb crea experiencias repetibles, donde el anfitrión puede “profesionalizar” su servicio; SpareFare, en cambio, suele operar en transacciones únicas (un vuelo, un hotel, un paquete puntual).
    • Reflexión: SpareFare se acerca más a rescatar “valor perdido” que a generar un flujo constante de ingresos.

    BlaBlaCar (transporte compartido por carretera)

    • Similitud: ambos aprovechan un recurso ya adquirido. En BlaBlaCar, es un asiento en un coche que ya iba a viajar; en SpareFare, un billete o reserva ya comprada.
    • Diferencia: BlaBlaCar es preventivo (se organiza antes del viaje), mientras SpareFare es correctivo (aparece cuando la persona ya no puede usar lo comprado).
    • Reflexión: ambos reducen desperdicio y permiten ahorro, mostrando cómo la cooperación voluntaria mejora la eficiencia.

    Wallapop / Vinted (compra-venta de segunda mano)

    • Similitud: ponen en valor lo que alguien ya no usa, evitando que se pierda y generando beneficio para comprador y vendedor.
    • Diferencia: los objetos físicos en Wallapop pueden revenderse infinitas veces; en SpareFare, la reserva es perecedera y única (fecha fija, vuelo único).
    • Reflexión: SpareFare es un mercado “urgente”, donde el tiempo es determinante y donde la plataforma debe garantizar agilidad.

    StubHub / TicketSwap (entradas de conciertos y eventos)

    • Similitud: permiten revender un bien perecedero (entrada con fecha y lugar definidos).
    • Diferencia: las entradas tienen más estandarización; en viajes, cada reserva implica datos personales y cambios de nombre con reglas específicas según aerolínea u hotel.
    • Reflexión: aquí se ve la verdadera innovación de SpareFare: no basta con transferir un “código”, sino con crear un entorno seguro para trámites más complejos.

    En síntesis, SpareFare se distingue en la economía colaborativa porque no parte de un recurso disponible por diseño, sino de un una contingencia personal: una reserva no reembolsable que, en el esquema tradicional, solo genera pérdida. La plataforma lo convierte en oportunidad, conectando inteligentemente oferta y demanda ejemplificando lo señalado por Kirzner sobre el emprendedurismo.

    SpareFare no es solo una plataforma comercial: es un microcosmos de mercado libre en acción. Demuestra que, cuando se permite a los individuos interactuar voluntariamente y responder creativamente a desafíos, surgen soluciones valiosas sin necesidad de regulaciones rígidas. La cooperación voluntaria —basada en la acción humana, el ingenio y la autonomía— genera estructuras eficientes, equitativas y evolutivas.

    En tiempos donde se debate tanto sobre regulación, paternalismo o subsidios, ejemplos como SpareFare reafirman que gran parte del progreso no proviene de arriba, sino de acuerdos espontáneos libres y voluntarios entre personas que buscan mejorar su bienestar y el de los demás. Y ese, en definitiva, es el mejor tributo a la libertad práctica.

  • Sharifeh Mohammadi: libertad, disidencia y el espejismo de los “derechos positivos”

    La historia de Sharifeh Mohammadi, ingeniera, sindicalista y activista, es un espejo donde vemos con nitidez el conflicto entre el individuo y el Estado. Arrestada en diciembre de 2023, fue condenada a muerte en julio de 2024 por “baghi” (rebelión armada), pese a que su “delito” real fue apoyar la autoorganización obrera y derechos de mujeres y trabajadores. La condena fue anulada por la Corte Suprema en octubre de 2024 por “defectos” del proceso; sin embargo, en febrero de 2025 un tribunal revolucionario volvió a imponer la pena capital, y el 16 de agosto de 2025 la propia Corte Suprema la ratificó, dejando su vida en manos del capricho estatal.

    Desde una perspectiva libertaria, el caso es paradigmático: el Estado se arroga la potestad de definir qué asociaciones son “peligrosas” y qué ideas merecen castigo. La coacción jurídica se disfraza de “seguridad” para legitimar la censura y el control social. Para colmo, los cargos se apoyan en afiliaciones pasadas a organizaciones legales de trabajadores o en actividades de difusión, desde artículos hasta grupos de mensajería, lo que convierte la libertad de asociación y de expresión en papel mojado. Varias organizaciones de derechos humanos han subrayado el carácter político de la causa y las violaciones de debido proceso: confesiones bajo coacción, ambigüedades probatorias, juicios de excepción.

    Este choque evidencia una confusión frecuente en el discurso contemporáneo: creer que la libertad se deriva de “derechos positivos”, prestaciones, favores, cuotas administrados por la burocracia. El feminismo libertario recuerda lo contrario: mujeres, hombres y personas trans o no binarias  o de cualquier opción de género escogida, poseen derechos por el hecho de ser individuos. Esos derechos naturales —vida, propiedad, libertad ( dentro de las cuales se dan la asociación o expresión) no “se conceden” desde el estado; se reconocen y se protegen, ante todo, limitando el poder coercitivo estatal. Cuando el Estado se erige en tutor, convierte a los ciudadanos en súbditos: primero condiciona, luego selecciona, y al final decide quién merece hablar, reunirse, protestar o, como en el caso de Mohammadi, quién merece vivir.

    Lejos de la retórica de despacho, hay experiencias que encarnan un feminismo de base, centrado en la agencia personal y la autodefensa comunitaria. Las mujeres de Rojava (noreste de Siria) han construido estructuras horizontales —consejos paritarios, casas de mujeres (Mala Jin), justicia comunitaria— y milicias de autodefensa como las YPJ, que fueron clave contra ISIS. Su ideario, conocido como jineolojî, pone la libertad femenina y la autonomía local en el centro, sin esperar permisos de ningún ministerio. No es un “falso feminismo” de privilegios concedidos desde arriba, sino un ejercicio directo de libertad y responsabilidad compartida.

    En esta clave, el caso de Sharifeh no es una excepción trágica, sino el recordatorio de que la emancipación no se negocia con el poder: se ejerce. Quien defiende un feminismo libertario no pide trato preferencial ni nuevas cadenas “bienintencionadas”, pide que el Estado quite las manos de la garganta: que no criminalice la asociación, que no castigue la crítica, que no convierta tribunales en patíbulos. El pluralismo —mujer, hombre, trans, gay, o como cada quien se defina— se defiende protegiendo al individuo concreto, no creando castas jurídicas.

    ¿Qué hacer? Primero, claridad moral: condenar sin matices la pena de muerte y la criminalización de la disidencia. Segundo, solidaridad práctica con los presos de conciencia y con las redes que documentan abusos y ofrecen defensa legal. Tercero, coherencia intelectual: el feminismo que delega su fuerza en “derechos positivos” administrados desde arriba termina rehén de la misma maquinaria que hoy ejecuta a las disidentes. La alternativa libertaria es más austera y más exigente: límites estrictos al poder, garantías procesales reales, y un principio indeclinable de no agresión.

    Sharifeh Mohammadi nos interpela desde el lugar exacto donde la libertad deja de ser eslogan: cuando cuesta. Su vida pende de una resolución dictada por jueces que responden a la razón de Estado. La nuestra, en cambio, puede responder a la razón de la libertad: defender a cada individuo, sin apellidos ideológicos ni prebendas, porque ahí —y sólo ahí— empieza la justicia.

  • El individuo por encima del Estado: la amenaza a la libertad en tiempos del veredicto Storm

    Desde una perspectiva libertaria, la máxima de Jorge Luis Borges, “Creo que con el tiempo mereceremos que no haya gobiernos”, refleja una esperanza fundamentada más en la maduración moral humana que en el rechazo simplista del Estado. No es un capricho literario, sino una aspiración profunda: llegar a un futuro donde las personas sean lo suficientemente civilizadas para convivir sin estructuras coercitivas.

    Esta idea cobra fuerza en un contexto donde el Estado, por su propia naturaleza expansiva, parece más una amenaza que una garantía. Como sostiene el fallo reciente contra Storm, el Estado no siempre está al servicio del individuo. Al contrario, cuando ampara o amplía su aparato coercitivo, pone en riesgo las libertades fundamentales.

    Los valores libertarios descansan en la convicción de que el individuo posee derechos inalienables: vida, libertad, propiedad y que éstos deben estar protegidos frente a cualquier invasión del poder estatal. El Estado, en cambio, por definición, tiende a priorizar los propios intereses de una mayoría circunstancial ejerciendo el gobierno, expandir su control y reglamentar las acciones de los ciudadanos aunque sea bajo el velo del “bien común”.

    El veredicto contra Storm, que destruye, sin matices, el ejercicio genuino de esas libertades, confirma esta peligrosa dinámica. La justicia, en este caso, se convierte en herramienta de represión. El Estado actúa como acusador, juez y verdugo, sin distinción entre roles ni contrapesos efectivos. El individuo, así, queda subordinado a una máquina estatal rígida y deshumanizada.

    Por eso, afirmar que “el gobierno no es tu amigo” no es una frase retórica vacía: es reconocer que la protección real de la libertad está en los límites que los ciudadanos imponen desde su autonomía. La verdadera defensa de los derechos surge cuando el Estado reconoce su rol limitado y cede el protagonismo al individuo responsable.

    Pero esto no implica caer en el nihilismo. El objetivo no es abolir el Estado hoy, sino replantear su naturaleza. Requiere reglas mínimas, claras y concretas, donde el poder estatal sea transparente, accountable y subsidiario. Un Estado que cumpla funciones imprescindibles: seguridad, justicia, defensa, sin invadir los espacios del individuo.

    La cita borgiana, entonces, ilumina una senda esperanzadora: mereceremos un futuro sin gobiernos, no porque los despreciemos, sino porque habremos alcanzado un grado de civilización tal que ya no los necesitaremos para convivir con respeto, ética y responsabilidad individual.

    Mientras tanto, el fallo contra Storm pone en evidencia cuánto queda por recorrer. La libertad no es una concesión estatal: es un activo que es anterior al estado, son derechos self-evident por el mero hecho de ser seres humanos, derechos fundamentales que debemos defender y resguardar con firmeza. El individuo debe velar por sus derechos siempre ante cualquier forma de autoridad que los desmerezca. Y nunca pedir permiso por ejercerlos siempre que respetemos a los mismos derechos en nuestros semejantes.

    Este fallo contra Storm refuerza una enseñanza clara: el individuo no debe delegar su soberanía en un Estado con intereses propios de quienes gobiernan. Debe vigilar, cuestionar y, sobre todo, actuar libremente. Los libertarios compartimos la convicción de que el Estado no es nuestro amigo; reconocerlo no es derrotismo, sino una advertencia necesaria para defender lo que realmente importa.