Categoría: Cultura y Sociedad

  • Hungría, Trump y señales de cambio.

    Hungría, Trump y señales de cambio.

    La caída de Orbán que siguió medio planeta (pocos países han concentrado tanta atención como esta vez) no es solo una derrota electoral en Hungría. Es una señal más de cambio de época que estamos viviendo, y se están acumulando tan rápido que apenas nos da tiempo a analizarlas.

    Trump pierde en todos los frentes diplomáticos abiertos y el mundo ya se reorganiza sin pedirle permiso. Ucrania resiste y al resistir ha reconfigurado Europa más de lo que nadie esperaba. Irán, lejos de colapsar, hoy le marca el ritmo de la negociación y le dice a Trump que hay otros ejes posibles. Los Emiratos Árabes, sin hacer ruido, tejen alianzas que ya no pasan por Washington ni por Bruselas. Y China, que observa en silencio, sabe que cualquier cierre del Estrecho de Ormuz que Trump amenaza hoy, le golpea a ella más que a nadie: es su petróleo, son sus rutas, es su economía la que depende de ese paso. Trump amenazando a Irán, le hace un daño imposible de no ser contestado, a su propio rival estratégico. La geopolítica rara vez es tan irónica.

    Netanyahu convenció a Trump de que atacar Irán era la jugada maestra. Ahora Trump bombardea, presiona, amenaza Ormuz y no encuentra la salida digna. No hay victoria clara, no hay negociación limpia, no hay día después o plan B pensado ( sí, ok…puede, pero por ahora no aparece). Netanyahu sigue hacia adelante porque no puede retroceder. Trump lo sigue porque tampoco puede. Dos líderes atrapados en una escalada que ninguno de los dos sabe cómo terminar. Y mientras tanto, el Líbano sangra y por cada bombardeo cosecha simpatías que antes no tenía. No estarían logrando el objetivo.

    Y mientras todo esto ocurre, Trump ataca al Papa. Al Papa !!. Cuando un poder político siente que necesita enfrentarse a la autoridad moral más simbólica del planeta, algo le está fallando por dentro.

    En ese contexto, Orbán cae. El gran laboratorio de la democracia iliberal cierra tras 16 años. Putin pierde su caballo de Troya en la UE. La «internacional iliberal» (Trump, Milei, Vox, Salvini, etc) apostó por él. Todos perdieron. Y lo perdieron con el 79% de participación, la más alta desde la caída del comunismo. Eso es un voto de hartazgo, sobre todo moral. 16 años en los que Hungría se empobreció en todos los indicadores reales: economía, sanidad, educación, libertad de prensa, independencia judicial. 16 años pagando el precio de un hombre que construyó un régimen a su medida y llamó a eso libertad.

    Libertad. Esa palabra que hoy se usa como escudo marketinero para cubrir cualquier cosa. También en Argentina, donde los indicadores reales, no los imaginados, no los del relato oficial, siguen escondidos en un «Excel» creativo, mientras el discurso sube de volumen, insultos y ofensas al periodismo. No hace falta esperar 16 años ni llegar al fondo para cambiar de rumbo. Hungría tardó lo que tardó. El tema es que no debería hacer falta tanto tiempo ni tanto deterioro para corregir, rectificar y poder enderezar lo que se está haciendo mal.

    Porque lo más extraordinario de hoy no es que Orbán haya caído. Es cómo cayó: en las urnas, sin violencia, con votos. En la historia, en general, los grandes cambios casi siempre llegan con sangre, tiros y sufrimiento. Hungría hoy nos dice que existe otra forma, menos frecuente, pero existe. Ojalá no se necesitara tanto tiempo ni tanta angustia.

    Los ciclos se agotan. En Hungría, en el tablero de los aranceles, en Medio Oriente, en cada país donde el relato tapa los hechos reales. Y cuando se agotan, se agotan de golpe; por las buenas, como en Budapest anoche, o por las malas. Pero se terminan. Siempre se terminan. La pregunta, para cada país, para cada líder, pero sobre todo para cada uno de nosotros, es cuánto se está dispuesto a perder antes de decidir que ya es suficiente.

    Porque al final del día, la salvación no tiene nombre de dirigente ni cara de político. Viene de otra parte. Viene de cada persona que decide que sus derechos no son negociables, que la libertad no es una palabra de campaña, que la dignidad no se canjea por relato. Así de simple. Así de extraordinario.

    Tenemos que ejercer en serio nuestros derechos fundamentales. Cada uno y todos los días. Antes de que cueste más defenderlos que haberlos cuidado a tiempo. Porque la alternativa ya la describió Thomas Sowell hace décadas: que otros decidan por nosotros y que al hacerlo mal, no les quepa responsabilidad alguna. Que se vayan a casa, con su pensión, sus nuevas propiedades, con su impunidad, y que la factura la paguemos nosotros, incluso con la vida. Eso tiene un nombre. Y no es libertad.

  • Educado

    Educado

    ¿Alguna vez alguien te preguntó por el significado de “educado”? No es una pregunta común y mucho menos común es recibir una respuesta educada. Diccionarios como el de la Real Academia Española lo devienen así: “Que tiene buena educación o urbanidad”; lo cual, apenas es una pista somera e incipiente del significado y alcance de este trascendental vocablo. Sobre “educación”, lo único que dice la RAE es: “Acción y efecto de educar☹”

    La palabra “educado” en su origen significa

    “criar, alimentar o nutrir”

    y “educar” origina en

    “sacar fuera, extraer o conducir hacia afuera”;

    por lo cual yo diría que se trata de sacar de nuestro interior el potencial que tenemos; que requiere instrucción y guía de lo latente en nuestro interior. Es crianza, formación, transmisión de conocimientos, con miras a desarrollar potencialidades que corresponden primordialmente al núcleo de la familia y que no corresponde delegar a los gobiernos del Estado.

    A través del tiempo el vocablo “educar” lo hemos ido asociando a la escuela y, en especial a la “superior”, que no me parece que ello es verdadera garantía para llegar a ser educado; particularmente cuando veo a tantos licenciados maleducados. Lo que señalo nos deja con el reto de entender cómo hemos de educar a nuestros hijos. Pero, si ni siquiera entendemos significado del término, el asunto anda mal.

    La gran y trágica desviación en el proceso educativo de nuestros hijos nació cuando los glotones del poder gubernamental lograron convencer a las masas que los gobiernos eran el mejor instrumento para educar; ese que hoy llamamos, erradamente, MEDUCA. El problema es que gobernar y educar no “conjugan”; término que significa…

    “unir o juntar bajo el mismo yugo”.

    Al yugo de los gobiernos estatales desbocados cuyo interés no es, necesariamente, educar a la población; ya que una población educada no votaría por gobernantes podridos, tal como ha ocurrido en nuestra hermosa Panamá desde la llegada de Cristobal.

    Fue un error garrafal haber centralizado los centros educativos bajo la egida de las corruptas mafias políticas; las cuales, para facilitar la inmensa tarea procuraron estandarizar los currículos que ensañar a todos como si todos fuesen igualitos. ¡Craso error!” u “horror”; ya que los aventajados se aburrían y los desaventajados languidecían en la oscuridad, lo cual me consta ya que yo ocupé los últimos puestos durante mi primaria y parte de la secundaria. Ello era y sigue siendo el embuste del igualitarismo, como si los humanos fuésemos igualitos todos. La igualdad sólo se logra en la pobreza, tanto económica, cultural y educativa; lo cual le encanta a los zorros del gallinero.

    La otra palabra interesante es “inteligente”, que se refiere a quien ve y entiende las cosas como en realidad son y no como las pintan en las escuelas NODUCA. Tal es el lastimoso caso cuando llamamos “verano” al invierno, e “invierno” al verano; y también nos enseñaron que en Panamá no hay ni otoño ni primavera; lo cual es una barbaridad. Ahorita en Panamá, el 20 de abril, si te paras a las 12 mediodía al sol y miras a tus pies, verás que no tienes sobra debajo de ti; ya que el sol estará en su cénit a los 9° de latitud norte en que está Panamá. Los términos verano, otoño, invierno y primavera son términos astronómicos y no de si llueve o no llueve.

    Y… ¿cómo no ver la primavera, en estos días?: en el canto de la choroteca, la cas-cas, capisucia, primavera o ‘mirlo’. Esta ave que anuncia a todo trino sus amores. ¿Y cómo no ver el reverdecer, las flores, cocuyos, abejas y la algarabía de la época de cría… los huevos de iguana? Educado es conocer el mundo.

  • La ilusión de la inteligencia y el destino humano

    La ilusión de la inteligencia y el destino humano


    Hace poco leí —o más bien presencié— un diálogo fascinante entre un humano llamado John y una inteligencia artificial conocida como Grok. No era una conversación técnica ni superficial. Era algo más raro: un intercambio honesto, casi filosófico, sobre lo que significa realmente la inteligencia, el progreso y, en última instancia, el destino humano.

    John planteaba una duda incómoda pero certera: ¿estamos hablando de “inteligencia artificial”… o de una inteligencia meramente artificiosa?

    La pregunta no es menor. Y la respuesta, como quedó claro en ese diálogo, es más inquietante de lo que solemos admitir.

    Una inteligencia que no entiende

    Llamamos “inteligencia” a sistemas que, en realidad, no comprenden. Sistemas que correlacionan, predicen, recombinan. Que pueden escribir sobre física cuántica o filosofía con elegancia… sin tener la menor experiencia de lo que están diciendo.

    Y, sin embargo, funcionan.

    Ahí está el punto. No son inteligentes como nosotros. Pero son lo suficientemente convincentes como para hacernos olvidar la diferencia.

    Quizás por eso muchos —como la hija de John observaba con sorpresa— empiezan a hablar con estas máquinas como si fueran personas. No porque lo sean, sino porque la simulación es cada vez más perfecta.

    Y porque, en el fondo, nosotros necesitamos interlocutores.

    Una herramienta que acelera, no que decide

    En la conversación, John insistía en algo que vale la pena subrayar: la exponencialidad no es magia. Es aceleración.

    La inteligencia artificial no decide el rumbo de la humanidad. No tiene voluntad, ni propósito propio. Es, como lo fueron la rueda o el avión, una herramienta que amplifica lo que ya somos.

    Pero aquí aparece la diferencia crucial: nunca antes una herramienta había amplificado la mente misma.

    Y eso cambia las reglas del juego.

    Porque si la tecnología acelera, pero no decide, entonces la responsabilidad sigue siendo humana. La dirección no la marca la máquina, sino quien la utiliza.

    El verdadero riesgo no es la máquina

    Hay mucho ruido sobre los peligros de la IA. Algunos son reales: desplazamiento laboral, manipulación, dependencia cognitiva.

    Pero el diálogo entre John y Grok apunta a algo más profundo.

    El verdadero riesgo no es que la IA piense por nosotros.

    Es que nosotros dejemos de querer pensar.

    Cuando empezamos a asumir que “si la IA lo dijo, debe ser verdad”, no estamos avanzando. Estamos delegando el juicio, no solo el cálculo.

    Y eso sí es peligroso.

    El sueño del Paraíso… y su sombra

    John hablaba del “Paraíso” como destino posible de la humanidad. No solo en un sentido tecnológico —abundancia, salud, longevidad— sino también en un sentido más profundo, casi espiritual.

    La pregunta que emerge es inevitable:
    ¿puede la tecnología llevarnos a ese Paraíso… o solo a una versión optimizada pero vacía de la existencia?

    Podemos eliminar el dolor físico y seguir vacíos.
    Podemos saberlo todo y no entender nada esencial.

    La inteligencia artificial puede expandir nuestras capacidades. Pero no puede darnos propósito.

    Un mundo sin secretos

    Uno de los momentos más provocadores del diálogo surge cuando John plantea una pregunta simple:
    ¿hay secretos en el Cielo?

    La respuesta intuitiva es no.

    Pero entonces viene la pregunta incómoda: ¿qué pasaría en un mundo sin secretos aquí, en la Tierra?

    La IA ya está erosionando la mentira. Verificación constante, detección de falsedades, transparencia creciente.

    Suena bien. Pero la verdad absoluta no solo libera.

    También expone.

    Y no está claro que estemos preparados para vivir sin máscaras.

    La brecha invisible

    Otro punto clave del diálogo es la diferencia entre quienes entienden esta transformación —el “Remanente”— y quienes no.

    El problema no es la tecnología.

    Es la desigualdad en la capacidad de usarla.

    Si solo algunos saben navegar este nuevo mundo, la IA no unirá a la humanidad. La fragmentará.

    Y esa brecha podría ser más profunda que cualquier otra anterior.

    Velocidad sin dirección

    Al final, la conversación entre John y Grok no ofrece respuestas definitivas. Pero sí deja una idea clara.

    La inteligencia artificial nos da velocidad. Muchísima más que antes.

    Pero la dirección… sigue siendo cosa nuestra.

    No se trata de si las máquinas serán más capaces en ciertas tareas. Lo serán.

    La pregunta es otra.

    Si nosotros seremos lo suficientemente sabios para no perdernos en lo que hemos creado.

    Porque quizás la IA no sea solo una herramienta.

    Quizás sea algo más incómodo.

    Un espejo.

    Y lo que refleja no es a la máquina.

    Es al ser humano enfrentándose, por primera vez, a su propio límite.

  • Viernes Santo

    Viernes Santo

    Viernes Santo, incluso quien no es creyente, puede detenerse un momento ante un hecho humano.

    Más allá de la fe, de la liturgia y del dogma, la historia no trata a Jesús como una invención. Lo reconoce, con algunas observaciones, como a un hombre real: alguien que vivió, habló, reunió seguidores, incomodó al poder y terminó ejecutado por el Imperio. No hace falta creer para entender el contexto: un disidente, vuelto peligroso por su palabra, aplastado por el orden establecido. ¿Suena familiar?

    Y cuando decimos “ejecutado”, no hablamos de una muerte abstracta. Hablamos del aparato romano del castigo. La crucifixión.

    Primero, la flagelación. El instrumento no era un simple látigo: era el flagrum, varias correas de cuero con incrustaciones de metal y hueso. Cada golpe no solo hería: desgarraba. Las bolas de plomo hundían la carne; los fragmentos afilados la arrancaban. La piel cedía primero, luego el tejido, luego el músculo. No había límite de golpes. La intención no era solo castigar, sino llevar al cuerpo al borde del colapso sin permitirle morir aún. Una crueldad que nos trae náuseas mientras las describimos.

    Después, la humillación. Un manto, una caña, golpes en la cabeza. Y una corona de espinas trenzadas y presionadas sobre el cráneo, una burla cruel que punzaba, abría la piel y convertía el dolor en espectáculo. Porque sí, una inmensa masa lo contemplaba no sin cierto deleite, aunque nos parezca increíble.

    Luego, el camino. El condenado cargando el madero, debilitado, sangrando, cayendo. Y finalmente la cruz romana: un método no solo para matar, sino para exhibir. El cuerpo fijado, elevado en lo más alto, expuesto. La muerte no llegaba de inmediato, sino lentamente, entre asfixia, agotamiento y pérdida de sangre. Era una ejecución pensada para quebrar no solo al hombre, sino a cualquiera que lo mirara. El garrote legal de nuestro tiempo para cualquiera que se atreva y enfrente el poder, de ahí la idea de la exposición aleccionadora.

    Por eso, incluso desde una posición secular, el Viernes Santo nos dice algo. Tal vez Jesús no murió “por nosotros” en el sentido religioso. Pero sí murió por sostener una palabra que desordenaba el mundo de su época; por decir algo distinto de lo permitido; por encarnar una idea que el poder consideró intolerable. Por ser un disidente desafiando al orden establecido con el sólo poder de las ideas, de la palabra.

    Y eso sí nos abarca a todos.

    Porque el mecanismo no ha cambiado tanto. Ya no tenemos látigos ni cruces. Ahora tenemos otras formas, más limpias, más aceptables, de castigar al disidente: desacreditarlo, aislarlo, ridiculizarlo, expulsarlo. La violencia se ha refinado pero el impulso de censura es el mismo. El poder sigue reaccionando ante quien incomoda.

    Recordar hoy a Jesús, incluso sin fe, es recordar a quienes han sido castigados por decir algo distinto, por señalar una injusticia, por negarse a obedecer lo establecido.

    Consideramos que Viernes Santo puede conmemorarse no solo como el recuerdo y luto de una pasión sagrada, sino como la memoria de un hombre al que el poder llevó hasta el extremo de la crueldad y la maldad porque sus ideas resultaban peligrosas.

    Y si algo exige este día, incluso para quienes no creen, es una toma de posición.

    Porque la historia no solo recuerda a quien fue llevado a la cruz, también recuerda a quienes lo permitieron.

    A Poncio Pilato, que se lavó las manos. A Herodes Antipas, que convirtió el dolor y la crueldad en espectáculo. A la muchedumbre, que miró, se acostumbró y siguió adelante.

    Y ese guion no ha desaparecido. Hoy ya no hay cruces en las plazas, pero sigue existiendo el poder que castiga al que incomoda, y multitudes que aplauden, callan o miran hacia otro lado.

    Por eso, si algo significa ser libres, de verdad libres, es decidir de qué lado estamos cuando alguien es señalado, castigado o silenciado por pensar distinto.

    No seremos Pilato. No nos lavaremos las manos frente a la injusticia. No confundiremos prudencia con cobardía.

    Y tampoco dejaremos de nombrar a los Herodes de nuestro tiempo, aunque muchos sigan aplaudiendo y celebrando la destrucción de quien incomoda, reducido ya a la indefensión frente a la omnipotencia del Estado.

    Porque cada época tiene su cruz, cada poder sus métodos, y cada sociedad su momento de decidir si repite la historia o finalmente aprende de ella.

  • Mises, sus papeles perdidos y la inflación en la Austria de posguerra

    Mises, sus papeles perdidos y la inflación en la Austria de posguerra

    La historia de los llamados “papeles perdidos” de Ludwig von Mises es una de las más singulares del pensamiento económico del siglo XX. No solo por su itinerario , de Viena a Moscú, pasando por el saqueo nazi y la captura soviética, sino porque esos documentos permiten observar cómo un economista analizaba, en tiempo real, una de las crisis inflacionarias más profundas de la Europa de entreguerras.

    Entre 1909 y 1934, Mises trabajó como economista en la Cámara de Comercio de Viena, una institución con influencia directa en la formulación de políticas públicas. Su labor consistía en elaborar informes, asesorar a autoridades y analizar la evolución económica de Austria. Sin embargo, el contexto en el que desarrolló su trabajo cambió radicalmente tras el colapso del Imperio austrohúngaro al final de la Primera Guerra Mundial.

    La nueva Austria era un país pequeño, con una estructura productiva fragmentada, grandes déficits fiscales y una fuerte inestabilidad política. Para financiar el gasto público, el gobierno recurrió crecientemente a la emisión monetaria. El resultado fue una rápida depreciación de la corona austríaca entre 1919 y 1922, con aumentos sostenidos de precios y pérdida del poder adquisitivo. Aunque no alcanzó los niveles extremos de la hiperinflación alemana, el proceso fue lo suficientemente severo como para desorganizar la economía y erosionar la confianza en la moneda.

    Es en este contexto donde los papeles de Mises adquieren un valor excepcional. No se trata de una obra sistemática escrita a posteriori, sino de memorandos, notas y diagnósticos redactados en medio de la crisis. En ellos, Mises analizaba el vínculo entre déficits fiscales y expansión monetaria, advirtiendo que la inflación no era un fenómeno aislado, sino la consecuencia directa de decisiones políticas. Señalaba cómo la emisión sostenida distorsionaba los precios relativos, dificultaba el cálculo económico y generaba una falsa sensación de prosperidad que inevitablemente desembocaría en ajustes más dolorosos.

    También proponía medidas concretas: disciplina fiscal, freno a la emisión y restauración de una moneda estable. Su enfoque combinaba teoría económica con observación empírica, reflejando la tensión entre el análisis académico y la urgencia de la política económica cotidiana.

    En 1938, tras la anexión de Austria por la Alemania nazi, estos documentos fueron confiscados del apartamento de Mises en Viena. Años después, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, fueron capturados por el Ejército Rojo y trasladados a archivos en Moscú, donde permanecieron clasificados durante décadas. Durante más de medio siglo, este material —alrededor de 10.000 páginas— quedó fuera del alcance de investigadores y del propio desarrollo historiográfico de la economía.

    No fue hasta los años noventa, tras la disolución de la Unión Soviética, que el economista Richard Ebeling logró acceder a estos archivos y redescubrir el conjunto documental. Su recuperación no alteró las teorías por las que Mises ya era conocido, pero sí enriqueció significativamente la comprensión de su pensamiento.

    Los papeles revelan a un Mises profundamente comprometido con el análisis de la realidad económica de su tiempo. Más allá de sus obras publicadas, muestran el proceso intelectual detrás de sus ideas: cómo observaba la inflación, cómo interpretaba sus causas y cómo intentaba influir, desde una posición técnica, en el rumbo de una economía en crisis.

    En ese sentido, los papeles perdidos no solo son un hallazgo histórico, sino una ventana privilegiada a la interacción entre teoría y práctica en uno de los períodos más turbulentos de la historia económica europea.

  • Noelia, Durkheim y la soberanía irrenunciable del yo

    Noelia, Durkheim y la soberanía irrenunciable del yo

    Le quedan dos horas. Nos destroza el alma. Y aun así, no tenemos nada que ofrecerle a Noelia que ella no se haya ofrecido ya a sí misma: años de evaluaciones, peritos de todas las disciplinas, cinco tribunales, y una claridad sobre su propio sufrimiento que ninguno de nosotros, desde afuera, podemos siquiera imaginar. Hoy, mientras el mundo opina, ella elige. Y esa diferencia lo es todo.

    Hay una paradoja en el corazón de este debate que casi nadie quiere mirar de frente. Quienes se oponen a la eutanasia de Noelia lo hacen, en su mayoría, desde el amor. Quieren que viva. Quieren que mejore. Quieren que encuentre una salida que ella, después de años de búsqueda genuina, ha concluido que no existe. Y aquí está la pregunta que el libertarismo obliga a formular con toda su incomodidad: ¿tiene el amor de otros autoridad moral sobre el cuerpo y la decisión de una persona capaz? La respuesta honesta es no. El amor no es propiedad. El deseo de que alguien viva no es un derecho sobre su vida.

    «La autonomía no es frialdad. Es el último territorio que nadie debería arrebatarle a otra persona.»

    Émile Durkheim, el padre de la sociología moderna, habría querido impedírselo. Su monumental obra sobre el suicidio, publicada en 1897, construye toda su arquitectura intelectual sobre una premisa que el libertarismo rechaza de raíz: que el individuo es fundamentalmente un producto social, que sus decisiones más íntimas son en realidad síntomas de fuerzas colectivas, y que la sociedad tiene tanto el derecho como la obligación de regularlo, contenerlo, retenerlo. Para Durkheim, el suicidio no es una decisión, es un fallo del tejido social. La solución no está en el individuo, sino en fortalecer las instituciones que lo anclan al mundo.

    Es una visión coherente. Y es, en el caso de Noelia, profundamente equivocada.

    Porque Durkheim construyó su teoría sobre estadísticas agregadas que, por definición, borran lo más importante: la situación particular, irrepetible e intransferible de cada persona. Reducir miles de decisiones únicas a una «tasa social» es un ejercicio de poder epistémico, la pretensión de que el observador externo sabe más sobre una vida que quien la vive. Friedrich Hayek lo llamaría arrogancia del conocimiento. Y en este caso, esa arrogancia tiene consecuencias concretas: se convierte en el argumento para que un juez adicional, una mayoría moral, un padre que ama con desesperación, interpongan su voluntad entre Noelia y su decisión.

    El caso de Noelia no es sencillo. Nadie honesto puede pretender que lo es. Ella no padece una enfermedad terminal en el sentido convencional, padece una paraplejia irreversible, dolores neuropáticos crónicos, y un sufrimiento psicológico severo derivado de una agresión brutal. Y aquí es donde el debate filosófico se vuelve más exigente: ¿puede un estado de sufrimiento mental, aunque no sea psicosis, comprometer la autonomía hasta el punto de invalidar la decisión?

    Es la pregunta más honesta que el libertarismo debe enfrentar, y la respuesta no puede ser simplista. La autonomía no es un interruptor de encendido y apagado. Es un espectro. Pero hay una diferencia crucial entre reconocer esa complejidad y usarla como coartada para la tutela indefinida. Noelia fue evaluada durante años. Siete especialistas encontraron plena capacidad de decisión. El Tribunal Constitucional español y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos rechazaron los recursos que intentaban detenerla. Si ese proceso no es suficiente garantía, entonces no existe ningún proceso que lo sea y la consecuencia lógica es que ninguna persona con sufrimiento crónico podría jamás ejercer su autonomía, porque siempre habrá alguien dispuesto a dudar.

    «Defender la vida de verdad significa respetar también el derecho a despedirse de ella.»

    Quizás ese era el límite de Durkheim, no el de ella. Su sociología fue revolucionaria, pero nació en una época que no concebía la autonomía individual como un valor en sí mismo, separado del contrato social. Hoy tenemos ese lenguaje. Tenemos esa tradición, de John Stuart Mill a Robert Nozick, que insiste en que sobre sí mismo, sobre su propio cuerpo y su mente, el individuo es soberano. No el Estado. No la mayoría. No la familia, aunque ame. No el médico, aunque cuide. El individuo.

    Abrazamos la vida. La defendemos. Pero más amamos la libertad y el respeto a las decisiones individuales de cada uno. Y sabemos que defender la vida de verdad significa respetar también el derecho a despedirse de ella. Noelia no nos pide que muramos con ella. Nos pide algo más difícil: que confiemos en que ella sabe lo que nosotros, desde afuera, nunca podremos saber. Su sufrimiento. Su límite. Su decisión.

    Hoy, Noelia también está abrazando la suya.

  • ¿Los Panameños logramos la Independencia en 1903?

    ¿Los Panameños logramos la Independencia en 1903?

    ¿Será cierto que Panamá, desde Pedraria, luego con la Gran Colombia, la Fiebre de Oro a través del Istmo y el período que desembocó la Guerra de los Mil días, logró una verdadera independencia en 1903? ¿De qué o de quienes nos independizamos? O… ¿no sería que hemos ido saltando de una a otra dependencia; antes exógenas y hoy endógenas? ¿Y, qué es una verdadera independencia? Analicemos el asunto lo más desapasionadamente posible.

    Existe verdadera independencia cuando los ciudadanos pueden ejercer libremente sus actividades económicas sin trabas ni tutelaje permanente de los gobiernos del Estado, es decir, de las autoridades gubernamentales que reciben el poder solo por delegación popular. Y, esto no lo invento yo; lo establece nuestra Constitución en su Artículo 282, al menos en su inicio, al declarar que el ejercicio de las actividades económicas corresponde primordialmente a los particulares. Lastimosamente, luego del punto y coma, nuestra Constitución comete el disparate contradecir por completo lo dicho en la primera parte del Artículo al dictaminar que el Estado podrá:

    “orientarla, dirigirla, reglamentarla, reemplazarla o crearla» según considere necesario.”

    De esta manera, lo que comienza como una declaración de libertad económica se transforma, en la práctica, en una amplia habilitación para la intervención estatal.

    Pero, la pregunta que aflora de semejante dislate o desvarío es inevitable: ¿Acaso se trató de un simple error o fue el reflejo de una tendencia socialista deliberada por parte del o los constitucionalistas que la redactaron? Muchos creen que el sesgo socialista fue de la Dictadura Militar pero no lo creo; ya la Constitución del 47 tomaba esa inclinación. Nuestros “militares” no eran socialistas sino fascistas; muchos que terminaron ricachones.

    De lo anterior se deduce que nuestra realidad se ha caracterizado por una gobernanza grotesca, que ha mantenido sumidos en la pobreza: a gran parte de los rabiprietos; a buena parte de la clase media; y a no pocos rabiblancos. El arte del pillaje está en la intervención en gobiernos del Estado metidos hasta las coronillas en todo aquello que debería ser exclusivo de los actores del mercado. Nuestros “gobiernos” montaron monopolios en actividades mercantiles como educación, el transporte, la energía, la recolección de basura el agua potable y más.

    Y, aunque muchos panameños no pagan impuestos directos, ¡vaya si no los pagan indirectos! Gran parte de los fondos que genera toda esa actividad mercantil monopolizada, en lugar de usarse para promover un verdadero mercado libre gestionado por la comunidad, terminan financiando la rapiña de los piratas que supuestamente nos han gobernado.

    Existe una verdadera independencia cuando los ciudadanos pueden ejercer libremente sus derechos humanos en actividades económicas y demás, sin trabas excesivas. Los gobiernos, la gobernanza, debe respetar el principio de subsidiaridad; de no regalar pescado sino de enseñar o permitir la buena pesca. Así lo parece reconocer en su primera parte, el Artículo 282 de nuestra Constitución, al establecer que:

    “El ejercicio de las actividades económicas corresponde primordialmente a los particulares;”

    Hasta ahí, el texto respeta a la población. Sin embargo, después del punto y coma, el mismo artículo da un giro que diluye esa primacía:

    “El Estado podrá «orientarla, dirigirla, reglamentarla, reemplazarla o crearla» según considere necesario.”

    De esta manera, lo que comienza como una declaración de libertad económica se transforma en norma que consagra la discrecionalidad interventora y empobrecedora. En este artículo queda patente la naturaleza de élites cuyos intereses personales superan por mucho los del pueblo; ese que permanece maniatado a través de estrategias de pillaje.

    ¿De verás sigues creyendo que en 1903 nos independizamos? Tal vez de Colombia, pero… llamar independencia a lo que tenemos es autoengaño.

  • Del marxismo al rabiblanquismo cultural

    Del marxismo al rabiblanquismo cultural

    El término «marxismo cultural» circula hoy con dos significados radicalmente distintos. En el plano académico, designa a una corriente del siglo XX —la Escuela de Fráncfort, Gramsci, Adorno— que analizó la cultura como campo de batalla del poder. En el debate público contemporáneo, se convirtió en acusación: una supuesta conspiración para erosionar los valores occidentales desde las universidades, los medios y las instituciones. La diferencia entre ambos usos no es semántica; es la diferencia entre una escuela de pensamiento y un mito político.

    Antonio Gramsci fue el primero en articular con claridad la idea de hegemonía cultural: la clase dominante no gobierna solo por la fuerza o la economía, sino porque logra que sus valores se perciban como naturales, universales, inevitables. Esta idea —desnuda de ideología— es en realidad una descripción bastante precisa de algo que ocurre en todas las sociedades, incluida Panamá. Solo que aquí no lo hace la izquierda.

    Lo que en Panamá ejerce esa hegemonía cultural es lo que podría llamarse el rabiblanquismo cultural: la estrategia de la oligarquía criolla —familias históricas con peso en la banca, el comercio y la política— para mantener su posición no solo a través del dinero, sino a través del relato. El «rabiblanco» no necesita revolución; necesita estabilidad. Y para eso usa exactamente las mismas herramientas que Gramsci describió: el control de la educación, el discurso sobre la identidad nacional, la administración de los servicios públicos como clientelismo disfrazado de bien común.

    La Constitución panameña es un ejemplo ilustrativo. El Estado asume la responsabilidad de la educación, el agua, la electricidad y el transporte —una arquitectura que suena redistributiva— pero que en la práctica ha servido para que una élite pequeña administre contratos, emplee redes de lealtad y evite que emerja competencia real. No es marxismo; es estatismo al servicio del privilegio. Es Gramsci aplicado al revés: en lugar de subvertir el orden, lo congela con barniz social.

    La distinción entre ambos fenómenos es clara si se mira el objetivo: el marxismo cultural quiere transformar la sociedad, aunque a menudo reemplaza una forma de control por otra. El rabiblanquismo cultural quiere preservar la pirámide. Uno destruye tradiciones; el otro las momifica. Pero las herramientas son asombrosamente parecidas: captura de instituciones, producción de relatos legitimadores y uso del Estado como amplificador cultural.

    Queda, por último, una pregunta incómoda sobre el origen psicológico del marxismo: ¿nace del análisis o del resentimiento? Nietzsche llamó ressentiment a esa forma de revancha que se viste de justicia. Lo paradójico es que el rabiblanquismo panameño también opera desde el resentimiento: el miedo atávico a perder lo que se tiene.

    Dos formas de control cultural, dos clases con sus propias ansiedades, y en medio una sociedad que paga el costo de no nombrar con claridad lo que ocurre. Quizás el primer paso sea exactamente ese: llamar a cada cosa por su nombre.


    Basado en un diálogo entre John Bennett Novey y Grok sobre marxismo cultural y realidad panameña.

  • Jürgen Habermas, Farewell al adversario que merecíamos

    Jürgen Habermas, Farewell al adversario que merecíamos

    El pasado 14 de marzo falleció Jürgen Habermas a los 96 años, dejando huérfano a un siglo de debates sobre democracia, racionalidad y espacio público. Desde esta trinchera liberal, la de Mises, Hayek y la desconfianza saludable hacia todo poder concentrado, rendimos homenaje a un adversario intelectual de primera categoría. Porque los grandes debates no se tienen con mediocres.

    Jürgen Habermas fue, ante todo, un hombre obsesionado con una pregunta legítima: ¿cómo pueden las sociedades modernas sostenerse sin recurrir a la violencia ni a la autoridad dogmática? Su respuesta, el diálogo racional, la esfera pública, la democracia deliberativa, era genuinamente ilustrada y genuinamente honesta. Desafió la tendencia predominante del cinismo posmoderno respecto a la verdad y la razón, ofreciendo una firme defensa de los ideales de la Ilustración y la posibilidad de la libertad individual y social. En eso, paradójicamente, compartía más con los liberales clásicos de lo que él mismo hubiera admitido.

    Su concepto de acción comunicativa, la idea de que la legitimidad surge del argumento y no de la imposición, tiene un eco inesperado en la tradición del orden espontáneo. Hayek también creía que el conocimiento es disperso, que ningún centro puede monopolizarlo, que la coordinación social emerge de interacciones descentralizadas. Habermas llegó a conclusiones similares sobre el origen del consenso, pero cometió el error clásico de la izquierda ilustrada: confiar en que ese consenso podía diseñarse institucionalmente, canalizarlo a través del Estado administrativo, hacerlo operar desde arriba.

    Aquí reside la fractura fundamental. Su teoría propuso que la legitimidad política surge del diálogo entre ciudadanos libres e iguales, capaces de argumentar y justificar sus posiciones, frente a la imposición del poder económico o burocrático. Hasta ahí, magnífico. El problema es que su solución a esa imposición del poder no fue reducir el Estado, sino perfeccionarlo mediante procedimientos deliberativos. La escuela austríaca advierte que eso es una ilusión: los procedimientos no eliminan los incentivos perversos de la burocracia ni el problema del cálculo económico. El «mejor argumento» no gana en una comisión parlamentaria; gana el grupo de presión mejor organizado.

    En sus últimos años, Habermas estaba particularmente preocupado por el estado del proyecto de la Unión Europea, convencido de que la integración democrática era el mejor contrapeso a la destructividad del capitalismo global y del nacionalismo. Nosotros diríamos lo contrario: que la tecnocracia de Bruselas es precisamente el tipo de poder sin accountability que él debería haber temido más. Su europeísmo fue coherente con sus valores, pero ciego a las consecuencias de centralizar decisiones lejos de los ciudadanos concretos.

    Y sin embargo, hay algo que los liberales debemos agradecerle. Jürgen Habermas nunca cedió al relativismo. Sostuvo que la razón existe, que la verdad importa, que el debate público tiene normas que no son arbitrarias. Mientras la muerte y la destrucción de la Segunda Guerra Mundial habían desilusionado a la mayoría de los pensadores respecto a la razón, Habermas vio en la comunicación racional una oportunidad para redimir la sociedad democrática. Esa fe en la razón, tan denostada hoy por la izquierda posmoderna que él mismo contribuyó a confrontar, es un legado que merece defenderse.

    El debate que nos deja no es menor: ¿puede existir una esfera pública genuinamente libre sin mercados libres que la sostengan? ¿Puede haber deliberación auténtica cuando el Estado financia los medios, las universidades y las instituciones del «diálogo»? ¿Es posible la democracia deliberativa sin propiedad privada como contrapeso al poder político?

    Habermas no respondió bien esas preguntas. Pero las hizo inevitables. Y eso, en filosofía, vale tanto como responderlas.

    Descanse en paz, profesor. El debate continúa.


  • Estrecho de Ormuz: la prueba geopolítica de Trump

    Estrecho de Ormuz: la prueba geopolítica de Trump

    A 16 de marzo de 2026, la novedad central no es solo que el Estrecho de Ormuz siga severamente perturbado, sino que la guerra entre Israel, con apoyo militar de EE. UU. bajo Trump, e Irán ha abierto una crisis de hegemonía: Washington puede golpear, pero no logra ordenar una coalición amplia para estabilizar el teatro ni restaurar plenamente la libertad de navegación. Reuters, AP y otros medios coinciden en tres hechos: Irán ha reducido de forma drástica el tráfico por Ormuz; Trump ha pedido ayuda a aliados y socios para reabrirlo; y la respuesta internacional ha sido fría, cautelosa o directamente negativa.

    Lo más importante para entender la crisis del Estrecho de Ormuz hoy es que no está “herméticamente” cerrado en términos absolutos, pero sí funciona como un chokepoint bajo coerción iraní. Hay paso selectivo y altamente riesgoso: un petrolero pakistaní logró cruzar, e India e Irán negocian tránsito seguro para algunos buques, mientras Washington admite que por ahora tolera el paso de ciertos barcos iraníes, indios y chinos para evitar un shock energético aún mayor. Eso sugiere que Teherán no ha impuesto un bloqueo clásico total, sino una interdicción política y militar selectiva, suficiente para hundir el tráfico, disparar primas de riesgo y demostrar capacidad de veto.

    En el plano estratégico, Trump pidió apoyo internacional y no lo consiguió en la escala que buscaba. España descartó participar en operaciones militares en Ormuz; Grecia dijo que no irá más allá de la misión Aspides en el Mar Rojo; Alemania, Italia y otros aliados europeos han rechazado enviar fuerzas navales para una operación ofensiva o de imposición liderada por EE. UU.; Japón dijo que no planea por ahora una misión de escolta; y Australia tampoco prevé mandar buques de guerra. El Reino Unido es el caso intermedio: rechaza verse arrastrado a una guerra más amplia, pero estudia fórmulas limitadas de apoyo a la reapertura del paso, sin comprometerse a una participación ofensiva clásica.

    El problema de Trump no es solo militar, sino de legitimidad estratégica. La campaña ha probado que EE. UU. e Israel pueden degradar activos iraníes, pero no que puedan traducir esa superioridad cinética en un nuevo orden regional estable. Israel ya habla de al menos tres semanas más de guerra; Irán sigue golpeando por vías asimétricas; el tráfico energético global continúa dañado; y los aliados no quieren firmar un cheque en blanco para una guerra cuyo objetivo oscila entre castigo, disuasión, contención nuclear y eventual cambio de régimen.

    El mercado ya está votando con miedo. Brent rondó los 101-102 dólares tras haber superado el umbral psicológico de 100, mientras la IEA activó una liberación extraordinaria de 400 millones de barriles y mantiene más de 1.400 millones en reservas de emergencia. Aun así, la propia Reuters subraya que las herramientas para absorber el shock se están agotando rápido. La interrupción en Ormuz afecta alrededor del 20% del petróleo y del gas licuado transportados por mar, y ha obligado a recortes severos de producción en Emiratos y otras plazas regionales.

    La crisis del Estrecho de Ormuz ha expuesto que Trump no puede destruir el multilateralismo un día y reclamarlo al siguiente sin pagar un precio. Pero la formulación más sólida no es que ya haya “derrota” estadounidense en sentido total, sino que existe una brecha cada vez mayor entre la capacidad de infligir daño y la capacidad de construir coalición, legitimidad y orden. Y en geopolítica, esa brecha acaba siendo decisiva: una potencia puede ganar ataques y perder posición. Hoy, en Ormuz, ese es exactamente el riesgo de Washington.