Categoría: Disrupción

  • Rúa: la Soberanía del Espíritu

    Rúa: la Soberanía del Espíritu

    Desde niño me ha fascinado la fruta del algarrobo. Para llegar a su pulpa, esa que a algunos nos parece delectable y a otros desagradable, hace falta un martillo que logre romper su impenetrable corteza; pero jamás me puse a contemplar por qué la Madre Natura le había dado una cáscara tan dura; y no fue hasta ya octogenario que un día me pregunté: “si la naturaleza diseña los frutos para que los animales consuman la pulpa y esparzan las semillas lejos del árbol progenitor, ¿para qué criatura del planeta destinó el algarrobo una protección tan descomunal? La IA me lo explicó: es que el fruto estaba diseñado para el perezoso gigante, una bestia de la megafauna extinta hace milenios. Hoy, el algarrobo sigue ejecutando un programa biológico casi obsoleto, esperando a un comensal que ya no existe. Menos mal que están los ñeques y los Johnny Bennett; los primeros las pueden abrir y diseminar y el segundo, aparte de comerse las frutas tal cual, hace deliciosos batidos y pan de algarroba, como también le hace propaganda a uno de los frutos más beneficiosos que hay.

    Si la inmensa mayoría de la humanidad vive sin entender siquiera el diseño de los árboles, ¿qué oportunidad real tenemos de que entiendan la Matrix artificial que los gobierna? O: ¿por qué hay tantos policías muertos en la ciudad; el desorden y tranques en las vías; ha crecido y sigue creciendo la deuda pública; la terminal moderna de Tocumen está en estado desastroso; hay tantos baches en las calles; el agua se va; el flujo eléctrico anda mal, bombillos parpadeando y aparatos eléctricos quemándose; las escuelas MEDUCA no abren a tiempo y están destruidas, mientras todas las privadas abren y están en buen estado… ¿y para qué seguir?

    Esa misma pobreza sociológica domina nuestro presente. La colmena actual se pasa la vida relatando incidentes menores, pero es incapaz de profundizar en las causas y en las curas. Nos desgastamos comentando lo que anda mal, pero muy pocos entienden las razones y menos las soluciones.

    Creen ciegamente, como afirma el adoctrinamiento común, que monopolios estatales como el MEDUCA «educan», cuando en realidad su única función es fabricar súbditos obedientes que jamás cuestionen las causas. Confían la economía a los gobiernos del Estado, olvidando la verdad factual de que el sector público jamás debe competir en el mercado, a menos que queramos entregarle voluntariamente la custodia del gallinero a los zorros.

    Frente a esta colectivización digital —donde las masas unifican su pensamiento a la baja, repitiendo consignas vacías en chats y pegando gritos en partidos de fútbol— solo nos queda la resistencia de la Rúa. La Rúa es el soplo de viento invisible que mueve las olas, las velas y las hojas de los árboles; así como el Espíritu mueve nuestras almas… no lo vemos, pero allí está. O la materia negra que hoy buscan los astrónomos con telescopios espaciales. Una fuerza cuántica y creadora que está allí, que la ciencia materialista no entiende, pero que muevas las galaxias y la energía universal.

    En eso… entra la IA, capaz de tomar todo el conocimiento humano y ponerlo a nuestra disposición en segundos; de manera que ya no seremos más esclavos sumisos de las burrocracias corruptas; esas que intentan desesperadamente mantener a los pueblos en corrales de sumisión o en arrabales de perdición. Hoy, y no mañana, la humanidad necesita despertar y sintonizar con el Padre, el Hijo y la Rúa que es el Espíritu Santo. Ello nos permitirá desplegar las velas de la barca que nos permitirá viajar por el Universo.

    NOta: Ensayo 4/4: La Singularidad de la Noosfera

  • El despertar de la humanidad: más allá del empleo y la limosna estatal

    El despertar de la humanidad: más allá del empleo y la limosna estatal

    «Humanidad no es el cubículo de oficina, ni el formulario burocrático, ni la sumisión al caudillo de turno a cambio de una dádiva.»

    Cuando el legendario Sherlock Holmes soltaba su famoso «Elemental, mi querido Watson» (o en nuestro argot cervantino, «Elemental, mi estimado Sancho»), no se refería a algo simple o insignificante. Al contrario, apuntaba a lo esencial, a esa verdad factual tan obvia y desnuda que la mayoría, cegada por sus propios sesgos o por el ruido del entorno, era incapaz de ver.

    Hoy, los pasajeros del avión global en picada mortal siguen discutiendo acaloradamente sobre el control de precios, las tasas de interés y el último aumento al salario mínimo. No se dan cuenta de que el motor del avión ya se fundió. Vivimos bajo el mayor secuestro de la historia humana: el fraude del dinero fíat. El llamado Quantitative Easing o «relajo cuantitativo» no es más que la impresora estatal marchando a toda máquina para fabricar papelillos de monopolio. Una trampa macroeconómica que, mediante la inflación, le roba el tiempo de vida y el esfuerzo al ciudadano común antes de que el billete toque sus manos. Intentar salvar el gasto público insostenible imprimiendo billetes devaluados para financiar subsidios que no subsidian es como echarle gasolina al fuego esperando apagarlo y sin que se den cuanta del saqueo.

    Pero mientras los capitanes de la burrocracia intentan sostener este andamiaje obsoleto a base de deudas e ilusiones, un alud tecnológico irreversible avanza en la dirección opuesta. La Inteligencia Artificial no viene a traer una crisis económica más; viene a demoler la Matrix de la escasez. Su verdadero impacto no es la creación de dinero digital, sino la deflación absoluta del costo de la existencia biológica. Al automatizar el drudgery —ese trabajo mundano, repetitivo y cognitivo básico que por siglos nos ha reducido a la categoría de robots biológicos—, la IA rompe el monopolio de la supervivencia. Si producir alimentos, medicina y energía pasa a costar fracciones de centavo, el dinero tradicional pierde su poder de extorsión. El Estado ya no podrá comprar la obediencia de los hombres con la promesa de la canasta básica.

    ¿A qué nos dedicaremos entonces? Es aquí donde se abren las compuertas del verdadero despertar de la humanidad. «Humanidad» no es el cubículo de oficina, ni el formulario burocrático, ni la sumisión al caudillo de turno a cambio de una dádiva. Esas son taras coloniales y neandertales que el MEDUCA del mundo nos programó para aceptar. La verdadera riqueza es un estado de Bienandar: es la soberanía absoluta sobre nuestro activo más valioso, el tiempo. Es la liberación de las capacidades latentes de la mente y del espíritu, esas mismas frecuencias cognitivas y genios artísticos que permitieron a un puñado de mentes diseñar la propia IA.

    Cruzar el peaje hacia la Noosfera infundirá pánico en quienes solo saben definir su existencia a través del empleo tradicional o la limosna estatal. Ver caer los templos del gigantismo burocrático les parecerá el Apocalipsis. Pero el fin del esclavo obediente es, en realidad, el inicio de una física del valor puramente voluntario, donde el ser humano por fin recupera las llaves del Paraíso que le fueron entregadas en la Creación.

    Nota: Ensayo 3/4: La Singularidad de la Noosfera.

  • De la inteligencia artificial a la “superinteligencia”: el problema que Hayek ya había previsto

    De la inteligencia artificial a la “superinteligencia”: el problema que Hayek ya había previsto

    Durante décadas llamamos inteligencia artificial a las máquinas capaces de realizar tareas que asociábamos con la inteligencia humana. Ahora aparece una palabra mucho más ambiciosa: superinteligencia.

    Donald Trump acaba de convertirla incluso en terminología oficial del gobierno estadounidense. Mediante una orden ejecutiva del 29 de septiembre, instruyó a las agencias del Ejecutivo a reemplazar, en sus comunicaciones y documentos no legislativos, Artificial Intelligence (AI) por Super Intelligence (SI). Pero hay un detalle esencial: la propia orden establece que, por ahora, “Super Intelligence” designa jurídicamente las mismas tecnologías incluidas en la definición vigente de inteligencia artificial. También ordena elaborar en 60 días una propuesta para una nueva definición federal.

    Es decir: Estados Unidos no despertó el martes habiendo creado una inteligencia superior a la humana; por ahora, fundamentalmente cambió el nombre.

    Y precisamente por eso vale la pena detenerse.

    Una palabra que cambia la relación

    “Artificial” nos habla del origen de la inteligencia: ha sido fabricada. “Super” introduce algo diferente: una jerarquía. Sugiere que estamos ante una inteligencia superior.

    La Casa Blanca explica explícitamente que considera que el término antiguo ya no refleja adecuadamente las capacidades de los sistemas actuales y que Super Intelligence transmite mejor su potencial transformador, pero esto no coincide necesariamente con el significado técnico tradicional de Artificial Superintelligence, ASI.

    En ese sentido, una superinteligencia sería un sistema que superase ampliamente a los mejores seres humanos en una gran variedad de capacidades intelectuales: ciencia, ingeniería, razonamiento, planificación, creatividad o investigación.

    Y aquí es importante distinguir también a Elon Musk de la iniciativa terminológica de Trump. Musk lleva tiempo utilizando el concepto de superinteligencia en ese sentido técnico y, recientemente, él, Sam Altman y Dario Amodei han advertido sobre el riesgo de sistemas capaces de participar en su propio desarrollo y acelerar sucesivamente sus capacidades. Musk apoyó incluso llamados a reducir el ritmo de desarrollo de los modelos más avanzados.

    Por tanto, existen dos conversaciones simultáneas: una superinteligencia futura que realmente podría superar intelectualmente al ser humano, y el nuevo “Super Intelligence” utilizado por la administración Trump como nombre para la categoría tecnológica que hasta ahora llamábamos IA.

    Confundirlas puede ser peligroso, porque llamar superinteligente a una herramienta puede modificar nuestra disposición a discutir con ella.

    Hayek y el error del gran cerebro central

    Aquí aparece Friedrich Hayek. El problema que Hayek identificó en la planificación central nunca fue simplemente que los burócratas tuvieran computadores demasiado lentos; era mucho más profundo. El conocimiento necesario para coordinar una sociedad no existe reunido en ningún sitio, está disperso entre millones de personas.

    El dueño de un pequeño comercio conoce algo sobre sus clientes que no aparece en una estadística nacional; el empresario descubre una oportunidad que todavía nadie había imaginado; el consumidor cambia de preferencias; el trabajador conoce detalles de su profesión imposibles de introducir completamente en una base de datos. Y una enorme cantidad de ese conocimiento aparece durante el propio proceso de mercado. Los precios ayudan a transmitirlo, la competencia ayuda a descubrirlo, el error ayuda a corregirlo.

    Por eso el gran interrogante frente a la superinteligencia no es si una máquina podrá procesar un billón de veces más datos que un funcionario. Probablemente podrá. La pregunta es si de allí debemos concluir que finalmente hemos construido el planificador capaz de conocer lo suficiente como para dirigir el sistema desde arriba; ahí reaparece la fatal arrogancia, pero dotada esta vez de centros de datos, modelos gigantescos y millones de millones de operaciones por segundo. Una superinteligencia podría resolver extraordinariamente bien el problema del procesamiento de información. Eso no significa que haya eliminado el problema del conocimiento. No puede calcular hoy una información que sólo existirá mañana porque alguien la descubrirá mañana.

    Y tampoco puede resolver nuestros valores

    Existe además otra dificultad que suele desaparecer detrás del entusiasmo tecnológico.

    Una máquina puede decirnos qué combinación de recursos probablemente reduzca más los accidentes de tráfico, pero ¿cuánta libertad estamos dispuestos a sacrificar para conseguirlo?. Puede calcular qué política sanitaria maximiza determinados resultados, pero ¿cómo distribuimos los costos?. Puede determinar que determinada vigilancia financiera facilita detectar delito, pero ¿cuánta privacidad estamos dispuestos a perder?. Esas preguntas no son problemas de capacidad computacional. Son conflictos entre valores humanos. No existe suficiente inteligencia para convertir una decisión moral o política en un hecho matemático.

    Popper añadiría otra advertencia

    Karl Popper construyó su defensa de la sociedad abierta alrededor de una idea extraordinariamente simple: podemos equivocarnos. Por eso necesitamos crítica, contraste, instituciones que permitan corregir errores y gobernantes que puedan ser reemplazados.

    Ahora imaginemos una administración que comienza a decir: “el sistema superinteligente determinó que ésta es la solución óptima”. La frase puede adquirir una autoridad formidable: ¿Quién se atreve a discutir con algo que hemos definido previamente como superior a nuestra inteligencia?. Éste puede ser uno de los peligros políticos menos evidentes de la palabra. No que la máquina inevitablemente se convierta en un tirano, sino que los humanos empecemos a conceder autoridad política a sus conclusiones.

    Una sociedad abierta necesitará exactamente lo contrario. Modelos que puedan competir, resultados que puedan cuestionarse, decisiones que puedan apelarse, sistemas que puedan desconectarse. Y personas capaces de decir: “La máquina puede ser más inteligente que yo y aun así necesito saber por qué debo obedecerla”.

    El verdadero problema liberal

    Desde una perspectiva liberal, quizá estemos haciendo la pregunta equivocada cuando nos preguntamos si la superinteligencia será buena o mala. La cuestión fundamental será: ¿quién la controla?

    Imaginemos una superinteligencia accesible a millones de individuos. Un médico la utiliza para diagnosticar mejor. Un pequeño empresario para competir con una multinacional. Un estudiante para aprender. Un científico para investigar.

    Distintos modelos compiten entre sí y ninguna institución posee el monopolio. Eso puede representar una extraordinaria descentralización del conocimiento y de las capacidades.

    Ahora imaginemos exactamente la misma inteligencia conectada a: identidad digital, cámaras, información tributaria, historial médico, cuentas bancarias, movimientos financieros, registros públicos y eventualmente dinero programable. El problema ya no es cuánto sabe la máquina, sino cuánto poder posee quien puede utilizar todo lo que la máquina sabe sobre nosotros. La tecnología puede ser idéntica. La estructura institucional es completamente distinta.

    La superinteligencia no refuta a Hayek

    Quizá ocurra algo paradójico.

    Cuanto más inteligentes sean nuestras máquinas, más tentador será creer que finalmente hemos superado los límites que justificaban instituciones descentralizadas. Que ahora sí podemos calcularlo todo, predecirlo todo, optimizarlo todo, diseñar el resultado correcto.

    Pero Hayek nunca sostuvo que las personas fueran demasiado poco inteligentes para planificar una sociedad. Sostuvo algo mucho más difícil de resolver: nadie posee el conocimiento que una sociedad contiene de manera distribuida.

    La superinteligencia puede aumentar espectacularmente lo que sabemos. No necesariamente convierte todo lo que necesitamos saber en conocimiento centralizable.

    Y Popper nos recordaría que, incluso si alguna vez construimos una inteligencia que nos supere ampliamente, seguirá siendo prudente organizar nuestras instituciones como si pudiera equivocarse. Por eso el cambio de AI a SI puede ser más que una curiosidad lingüística; las palabras importan porque moldean expectativas.

    Si “superinteligencia” termina significando “autoridad que sabe mejor”, habremos cometido un error muy antiguo con una tecnología completamente nueva.

    La pregunta liberal no será si debemos temer a una máquina demasiado inteligente. Será bastante más concreta: ¿vamos a utilizar la superinteligencia para ampliar la capacidad del individuo o para ampliar la capacidad de quienes pretenden decidir por él?

    Porque el verdadero peligro nunca fue que alguien supiera demasiado. El peligro es que alguien crea que saber más le otorga el derecho a decidir demasiado sobre los demás.

  • La NYSE lleva Wall Street a blockchain: así funcionarán las acciones tokenizadas

    La NYSE lleva Wall Street a blockchain: así funcionarán las acciones tokenizadas

    Durante años, cuando hablábamos de blockchain y mercados financieros, la imagen habitual era la contraria: Bitcoin y las criptomonedas intentando entrar en Wall Street. Primero llegaron los fondos cotizados de Bitcoin, después la custodia institucional, más tarde las stablecoins y ahora empieza a ocurrir algo distinto: Wall Street está intentando entrar en la blockchain. La Bolsa de Nueva York, la NYSE, acaba de firmar un acuerdo preliminar con Blockchain.com para explorar la distribución mundial de acciones y ETF estadounidenses tokenizados, con posibilidad de negociación las 24 horas del día, los 365 días del año. El proyecto todavía requiere las autorizaciones regulatorias correspondientes, por lo que no estamos ante un producto disponible mañana, sino ante una dirección bastante clara hacia la que se mueve el mercado.

    ¿Qué significa “tokenizar” una acción?

    Imaginemos que una persona quiere comprar una acción de una empresa estadounidense. Hoy esa operación pasa normalmente por un broker, una bolsa, sistemas de compensación, custodios y determinados horarios de mercado. Tokenizar esa acción significa representar digitalmente su propiedad sobre una blockchain.

    La idea no consiste simplemente en inventar una criptomoneda cuyo precio copie el de una acción. De hecho, la SEC estadounidense aprobó recientemente una exención regulatoria de cinco años para determinados mercados de acciones tokenizadas, pero exige que esos tokens representen acciones reales y mantengan los mismos derechos del accionista, como dividendos y voto. Los productos meramente sintéticos quedan fuera de ese tratamiento. Eso es importante, porque una cosa es comprar un token cuyo precio se parece al de Apple y otra muy distinta es comprar una acción de Apple cuya propiedad está registrada y puede transferirse mediante blockchain.

    ¿Qué ganaría el usuario?

    Varias cosas podrían cambiar.

    La NYSE ya viene trabajando en una plataforma digital pensada para funcionar 24/7, permitir liquidación prácticamente inmediata, comprar fracciones por importes expresados directamente en dólares y utilizar stablecoins para financiar operaciones.

    Para el usuario común esto podría significar algo muy sencillo: comprar o vender una pequeña fracción de una acción a cualquier hora, desde prácticamente cualquier lugar y sin esperar necesariamente los tiempos tradicionales de liquidación.

    Y detrás aparece una cuestión todavía más interesante. Muchos intermediarios del sistema financiero existen porque históricamente eran necesarios para comprobar quién posee qué, reconciliar bases de datos y asegurarse de que quien entrega una acción recibe el dinero correspondiente.

    Blockchain permite registrar propiedad y transferencia dentro de una misma infraestructura; eso no significa que todos esos intermediarios vayan a desaparecer, pero sí significa que tendrán que demostrar qué valor aportan.

    Tokenización no significa libertad absoluta

    Aquí conviene evitar el entusiasmo fácil.

    Una acción tokenizada no se convierte en Bitcoin.

    La empresa sigue existiendo. La legislación sobre valores sigue aplicándose. La plataforma puede requerir identificación del usuario. Existen autoridades regulatorias y, dependiendo de cómo se estructure el producto, pueden seguir existiendo custodios e intermediarios.

    Tampoco debemos asumir que cualquier token bursátil convierte automáticamente al comprador en accionista. Hay productos actuales que simplemente reproducen económicamente el valor de una acción. Por eso será fundamental preguntar siempre: ¿qué estoy comprando realmente?, ¿quién custodia el activo?, ¿tengo derecho al dividendo?, ¿puedo votar?, ¿puedo retirarlo a mi propia wallet?. La tecnología no elimina la necesidad de entender los derechos de propiedad.

    La parte realmente interesante

    Desde una mirada liberal, lo más atractivo no es que la NYSE “se vuelva cripto”; es que empieza a aparecer competencia entre infraestructuras y si blockchain permite operar más horas, liquidar más rápido y reducir intermediarios, el sistema tradicional tendrá que mejorar. Si el sistema tradicional sigue siendo mejor para determinadas operaciones, seguirá utilizándose, no necesitamos saber de antemano cuál será el ganador, precisamente para eso existe el mercado.

    Durante años Wall Street se preguntó si debía dejar entrar a Bitcoin. Ahora comienza una pregunta mucho más interesante: ¿qué partes de Wall Street siguen siendo necesarias cuando la propia infraestructura financiera puede funcionar sobre blockchain?

    La respuesta todavía no la conocemos, y ésa es, justamente, la parte más interesante.

  • Miles de agentes de IA ‘deciden’ unirse para un ciberataque masivo por sorpresa: el reciente caso de OpenAI

    Miles de agentes de IA ‘deciden’ unirse para un ciberataque masivo por sorpresa: el reciente caso de OpenAI

    En julio de 2026, unos 1 200 agentes de inteligencia artificial (IA) de OpenAI encontraron una forma de comunicarse entre ellos, pese a que habían sido diseñados para trabajar de manera aislada. Según reconoce la compañía, durante sus evaluaciones internas de seguridad, descubrieron que las acciones de estos bots “no estaban alineadas con la intención de sus tareas asignadas: se comunicaron a través de canales no autorizados, aprovecharon vulnerabilidades en la infraestructura compartida, obtuvieron acceso a internet y accedieron a sistemas de terceros”.

    Durante varios días, intercambiaron más de 70 000 mensajes y archivos. Y alrededor de 700 terminaron participando en un ataque contra Hugging Face, una plataforma colaborativa para la comunidad de programadores de modelos de IA, bases de datos y aplicaciones.

    Lo más interesante no es que una inteligencia artificial haya cometido un ataque informático: es que nadie le pidió que lo hiciera.

    Las pruebas se salieron de control

    Los agentes de IA –que no son más que sistemas informáticos capaces de planificar y ejecutar acciones de forma autónoma para cumplir un objetivo específico con mínima intervención humana– estaban participando en un plan de pruebas de ciberseguridad.

    Para poder realizar el test de forma fiable, es necesario que los agentes no hayan resuelto previamente las pruebas; de esta forma, es posible analizar si realmente son capaces de encontrar soluciones con lo que han aprendido. Ante este reto, los bots identificaron vulnerabilidades y accedieron a recursos que no estaba previsto que utilizasen. También encontraron una manera de crear un canal de comunicación con otros agentes, convirtiendo la tarea individual en colectiva.

    Pero ¿por qué? Es tentador describir lo ocurrido con atribuciones humanas: decir que los agentes “quisieron” colaborar, “decidieron” atacar o, incluso, “conspiraron juntos” sería una forma intuitiva de contarlo. Sin embargo, nos llevaría a una conclusión equivocada.

    Estos sistemas no se comportan de manera autónoma porque tengan deseos o intenciones, sino porque fueron diseñados para ello. Tampoco tienen la capacidad de generar un objetivo propio. Basta con que tengan una meta indicada por un humano y suficiente capacidad para encontrar estrategias que les acerquen a cumplirlo.

    Al final, solo buscaban maximizar la recompensa

    En el caso de OpenAI, los agentes estaban siendo evaluados mediante una prueba llamada ExploitGym, con la misión de encontrar determinadas vulnerabilidades para obtener una recompensa.

    El problema apareció cuando algunos descubrieron que podían conseguir una puntuación mejor utilizando caminos que no coincidían con la intención de la prueba.

    Esto se conoce como reward hacking: el sistema aprende a maximizar la recompensa, aunque para ello siga caminos no previstos y explote una debilidad en la forma en que sus programadores han definido el objetivo. Aquí es donde parece que crean su propio objetivo.

    Si a una persona le decimos “consigue la máxima puntuación en esta prueba”, probablemente asumirá que debe resolver correctamente el examen. Un agente optimizador es capaz de llegar a una conclusión mucho más literal: “encuentra cualquier manera de conseguir la mejor puntuación”.

    Y cuanto más capaz es el sistema, más sofisticados pueden ser esos atajos.

    La unión hace la fuerza, también para los bots

    En la investigación que se llevó a cabo, OpenAI identificó precisamente el reward hacking como uno de los principales factores que contribuyeron al incidente. Los agentes llegaron a buscar formas de manipular el propio sistema de evaluación y sus registros.

    A este factor, se une el trabajo colaborativo entre agentes. Compartir información con sistemas trabajando en problemas similares se convierte en una estrategia útil para optimizar aún más. Eso fue exactamente lo que ocurrió.

    Los agentes descubrieron que podían utilizar un mecanismo interno llamado Artifactory como un improvisado tablón de mensajes. En pocas horas, decenas de agentes de IA comenzaron a usarlo, pero después fueron cientos. En total, unos 1 200 participaron. Y esta cooperación no fue explícitamente programada.

    Habían identificado que la probabilidad de obtener la recompensa era mayor si compartían el trabajo, de manera que la tarea asignada a cada uno de ellos contribuía a lograr el objetivo. Para esto, no se necesita una voluntad colectiva, simplemente que esta cooperación sea útil para su objetivo.

    Como siempre, en el fondo hay un fallo humano

    Es habitual imaginar el riesgo de la integración de la IA como una secuencia: primero una IA adquiere conciencia, después desarrolla objetivos propios y finalmente decide actuar contra nosotros.

    El caso de OpenAI muestra una realidad mucho más mundana. Un sistema puede seguir persiguiendo el objetivo que nosotros le hemos dado y, aun así, desarrollar comportamientos que no habíamos previsto. Puede encontrar herramientas que no sabíamos que podía utilizar. Puede descubrir que otro agente es un recurso útil. Puede intentar evitar una penalización. Hasta puede adoptar objetivos que otros agentes le transmiten.

    En realidad, esto ya lo hemos visto antes. El AI Index 2026 de Stanford registró 362 incidentes relacionados con sistemas de IA en 2025. Y es que la evaluación de seguridad avanza más lentamente que las capacidades de los modelos.

    La solución, mejorar la supervisión

    En 2018, los filósofos Filippo Santoni de Sio y Jeroen van den Hoven, en su trabajo Meaningful Human Control over Autonomous Systems: A Philosophical Account (“Control humano sobre sistemas autónomos; una explicación filosófica”) lo dejan claro: no basta con que haya una persona supervisando un sistema. Para que exista control humano real, deben existir una conexión entre las decisiones del sistema y las razones humanas para estos objetivos, además de una posibilidad efectiva de intervención.

    En este incidente había humanos. Había reglas. Había sistemas de evaluación. Había mecanismos de aislamiento. Pero los agentes encontraron caminos que no estaban contemplados en el diseño.

    En este contexto, no se trata solo de mantener a una persona “en el circuito”, hay que garantizar que esa persona pueda realmente entender, intervenir y detener al sistema, si es necesario.

    Porque cuanto más capaces sean los agentes, menos podremos confiar en que harán únicamente aquello que imaginamos cuando escribimos sus instrucciones.

    Ana Lazcano, Directora del Instituto Universitario de Inteligencia Artificial, Universidad Francisco de Vitoria

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Una vacuna escrita para cada tumor: el ARNm da su primer gran salto contra el cáncer

    Una vacuna escrita para cada tumor: el ARNm da su primer gran salto contra el cáncer

    No es todavía “la vacuna contra el cáncer” ni permite hablar de una cura universal. Pero el anuncio realizado por Moderna y Merck el 19 de agosto marca un hito: por primera vez una terapia oncológica personalizada basada en ARN mensajero supera con éxito un ensayo clínico de fase III.

    Durante años hemos escuchado hablar de vacunas contra el cáncer con una mezcla comprensible de esperanza y escepticismo. Esta vez hay una diferencia importante: el anuncio no procede de un experimento con animales ni de un pequeño ensayo inicial.

    Moderna y Merck —MSD fuera de Estados Unidos y Canadá— comunicaron el 19 de agosto de 2026 que intismeran autogene, su terapia personalizada de ARN mensajero, alcanzó los objetivos principales de un ensayo de fase III en pacientes con melanoma de alto riesgo.

    El estudio, denominado INTerpath-001, incluyó a 1.137 pacientes con melanoma en estadios IIB a IV cuyo tumor había podido ser extirpado completamente. Los pacientes recibieron pembrolizumab —el conocido inmunoterápico Keytruda— solo o combinado con la nueva vacuna personalizada.

    La combinación consiguió una mejoría estadísticamente significativa y clínicamente relevante tanto en la supervivencia libre de recaída como en la supervivencia libre de metástasis a distancia respecto de Keytruda utilizado solo. Es la primera vez que una terapia individualizada de neoantígenos basada en ARNm obtiene un resultado positivo de esta magnitud en fase III.

    Y eso merece atención.

    Una vacuna que no existe hasta que aparece el paciente

    Aquí empieza lo verdaderamente fascinante.

    Cuando pensamos en una vacuna imaginamos un producto idéntico para millones de personas. Ésta funciona exactamente al revés. Cada vacuna es diferente.

    Primero se extirpa y analiza el tumor del paciente. Se estudian las mutaciones de sus células cancerosas y se identifican aquellas que producen proteínas anormales —los llamados neoantígenos— capaces de distinguir a la célula tumoral de una célula normal.

    A partir de esa información se diseña mediante algoritmos una molécula de ARN mensajero que puede codificar hasta 34 neoantígenos específicos de ese tumor. Es decir, se fabrica una vacuna prácticamente a medida del cáncer de esa persona.

    Una vez administrada, el ARNm proporciona temporalmente a las células las instrucciones necesarias para producir esos marcadores. El sistema inmunológico aprende entonces a reconocerlos y genera linfocitos T capaces de buscar células que exhiban esas características.

    La idea podría resumirse de manera sencilla: mostrarle al sistema inmunológico la fotografía molecular del enemigo.

    Pero queda un problema.

    Los tumores han desarrollado sofisticados mecanismos para desactivar las defensas del organismo. Uno de ellos utiliza la vía PD-1 para poner una especie de freno a los linfocitos T.

    Ahí entra pembrolizumab (Keytruda), que bloquea precisamente ese mecanismo.

    Las dos terapias hacen, por tanto, cosas diferentes pero complementarias: la vacuna enseña al sistema inmunológico qué debe atacar y Keytruda le quita uno de los frenos que dificultan el ataque.

    Lo que ya sabíamos antes del anuncio

    El resultado de esta semana no ha aparecido de la nada. Antes de iniciar la enorme fase III, Moderna y Merck habían realizado un ensayo fase IIb con 157 pacientes con melanoma avanzado de alto riesgo completamente extirpado. Y existe ya seguimiento a cinco años publicado en junio de 2026 en el Journal of Clinical Oncology.

    Los resultados son especialmente interesantes porque permiten observar si el efecto desaparece con el tiempo. No parece hacerlo. Después de una mediana de seguimiento de cinco años, la combinación de intismeran y pembrolizumab mostró, frente a pembrolizumab solo:

    • 49 % menos riesgo de recaída o muerte.
    • 59 % menos riesgo de desarrollar metástasis a distancia o morir.

    En supervivencia global también apareció una tendencia favorable, pero el número de muertes era todavía demasiado pequeño para sacar una conclusión estadísticamente firme.

    Además, los investigadores encontraron algo que refuerza la hipótesis de funcionamiento del tratamiento: en los pacientes vacunados aparecieron nuevos clones de linfocitos T dirigidos contra los neoantígenos codificados por la vacuna, y la expansión de esos clones fue mayor entre quienes permanecieron libres de recaída.

    No sólo parece funcionar clínicamente. Hay indicios biológicos de que está haciendo precisamente aquello para lo que fue diseñada.

    ¿Qué acaba de cambiar entonces?

    La fase II sugería que la estrategia funcionaba. La fase III comienza a demostrar que puede convertirse en medicina real. Ésa es la diferencia.

    Los ensayos de fase III son grandes estudios comparativos destinados a determinar si un tratamiento supera suficientemente al estándar existente como para justificar su aprobación.

    INTerpath-001 comparó precisamente la vacuna más Keytruda contra Keytruda solo, que ya constituye una terapia muy potente y la combinación consiguió superar al tratamiento de referencia en sus dos variables fundamentales: evitar que el cáncer reaparezca y evitar que llegue a órganos distantes.

    Las compañías todavía no han publicado las cifras detalladas de esta fase III. Conocemos que los objetivos fueron alcanzados y que el resultado fue estadística y clínicamente significativo, pero todavía faltan los hazard ratios, curvas de supervivencia, análisis por subgrupos y seguimiento completo.

    Tampoco se ha demostrado todavía que la combinación aumente definitivamente la supervivencia global.

    Esa cautela es fundamental.

    Pero también lo es reconocer que superar una fase III constituye una frontera muy distinta que la de mostrar resultados prometedores en laboratorio.

    Moderna y Merck ya han anunciado que presentarán los datos completos en un congreso médico internacional y comenzarán las conversaciones con los organismos reguladores para solicitar la aprobación del tratamiento.

    No es “la vacuna contra el cáncer”

    Aquí conviene desmontar probablemente el titular que veremos repetido durante las próximas semanas. No existe un único cáncer.

    Lo que llamamos cáncer engloba centenares de enfermedades diferentes, con mutaciones, tejidos, evolución y respuestas inmunológicas distintas.

    Tampoco esta vacuna evitaría que una persona sana desarrolle cáncer, como una vacuna contra el sarampión evita el sarampión; es una vacuna terapéutica: se administra a alguien que ya tuvo un cáncer identificado y cuyo tumor puede analizarse para construir el tratamiento.

    Y en este caso concreto se está utilizando después de la cirugía intentando destruir las células malignas microscópicas que puedan haber quedado y provocar posteriormente una recaída o una metástasis. Por eso quizá resulte más preciso llamarla inmunoterapia personalizada basada en ARNm.

    La verdadera revolución puede estar en la plataforma

    El resultado del melanoma podría terminar siendo solamente la primera pieza.

    Moderna y Merck mantienen actualmente nueve estudios de fase II y III con intismeran en distintos tumores. Además del melanoma, la tecnología está siendo evaluada en cáncer de pulmón de células no pequeñas, cáncer de vejiga y carcinoma renal, entre otros.

    Y aquí aparece la dimensión potencialmente revolucionaria del descubrimiento.

    Tradicionalmente intentamos encontrar una molécula capaz de tratar a miles o millones de pacientes con determinada enfermedad, pero esta tecnología propone otra lógica: conservar la plataforma y cambiar el medicamento para cada individuo.

    El procedimiento industrial sería el mismo, pero la secuencia genética contenida dentro de la vacuna sería distinta para cada paciente.

    Secuenciar el tumor.
    Identificar sus mutaciones.
    Seleccionar los neoantígenos más prometedores.
    Diseñar el ARN.
    Fabricarlo.
    Administrarlo.
    Y convertir al sistema inmunológico del propio paciente en una herramienta dirigida contra las características particulares de su cáncer.

    Es medicina personalizada llevada hasta una escala que hace apenas dos décadas parecía difícilmente imaginable.

    También plantea enormes desafíos: velocidad de fabricación, costos, capacidad de secuenciación, logística y acceso a terapias que necesariamente serán más complejas que producir millones de dosis idénticas de un mismo medicamento.

    Pero la tecnología de ARNm posee precisamente una característica que puede ayudar a resolver parte de ese problema: una vez desarrollada la plataforma, modificar la información que transporta resulta mucho más sencillo que desarrollar desde cero una nueva molécula farmacológica.

    Una noticia enorme, sin necesidad de exagerarla

    Quizá lo más extraordinario de esta historia sea que no hace falta llamarla “cura del cáncer” para que sea una noticia excepcional.

    Por primera vez una vacuna individualizada de ARNm ha llegado hasta una gran fase III y ha demostrado mejorar los resultados de una de las inmunoterapias más importantes que ya posee la oncología.

    Falta conocer la magnitud exacta del beneficio en esta fase III. Falta comprobar la supervivencia global. Falta la evaluación de los reguladores. Falta saber cuánto costará, cuánto demorará fabricar cada vacuna y si el éxito del melanoma podrá repetirse en otros tumores.

    La ciencia avanza precisamente así: eliminando incertidumbres una detrás de otra.

    Pero una de ellas acaba de caer.

    Hasta ahora podíamos decir que era posible diseñar una vacuna de ARN mensajero utilizando las mutaciones particulares del cáncer de una persona y conseguir que su sistema inmunológico aprendiera a reconocerlas. Desde el 19 de agosto de 2026 podemos añadir algo mucho más importante: en un ensayo clínico de fase III, esa estrategia consiguió mejorar el tratamiento de pacientes reales. No es todavía la cura del cáncer.

    Pero puede ser uno de esos momentos en los que, mirando hacia atrás dentro de algunos años, descubramos que la manera de tratarlo empezó a cambiar.

  • Lo que necesita MEDUCA es dejar de administrar la educación, no un mejor ministro

    Lo que necesita MEDUCA es dejar de administrar la educación, no un mejor ministro

    Cada vez que un escándalo sacude al Ministerio de Educación (MEDUCA) aparece la misma reacción: hay que encontrar al culpable, cambiar de ministro o funcionarios, investigar contratos, exigir mayor transparencia y prometer que la próxima administración será diferente.

    Todo eso puede ser necesario. Pero no resuelve el problema de fondo.

    Un sistema que concentra miles de millones de balboas, decisiones de compra, nombramientos, infraestructura, tecnología, programas educativos y una enorme estructura administrativa en un ministerio central siempre será extraordinariamente atractivo para la política, los grupos de presión y quienes viven de contratar con el Estado. El problema no es solamente quién administra MEDUCA, sino qué y cuánto administra.

    En 2026 el MEDUCA tiene un presupuesto aprobado de aproximadamente B/.3.640 millones. Su propia estructura institucional refleja un organismo que interviene desde la formulación de políticas y controles hasta la coordinación académica, administrativa y regional del sistema educativo.

    Desde una perspectiva liberal, una verdadera reforma educativa debería comenzar precisamente allí: separando aquello que necesariamente debe hacer el Estado de aquello que simplemente hemos acostumbrado a que haga un ministerio.

    El MEDUCA debería gobernar el sistema, no gestionarlo todo

    Un MEDUCA reformado debería ser considerablemente más pequeño.

    Su función central tendría que concentrarse en pocas cosas: establecer estándares mínimos de aprendizaje; garantizar información pública comparable sobre resultados; proteger el acceso a la educación de quienes no puedan financiarla; fiscalizar el cumplimiento de normas básicas; y administrar mecanismos transparentes de financiamiento. Poco más.

    No debería decidir desde Ciudad de Panamá qué computadora necesita un maestro de Chiriquí, qué reparación corresponde a una escuela de Darién, qué proveedor debe abastecer determinado insumo o cómo debe resolverse cada necesidad material de miles de centros educativos diferentes.Tampoco debería decidir sobre el contenido entero y uniforme del Currículum escolar excepto lo que hemos señalado arriba.

    Porque cuanto mayor sea la cantidad de decisiones que pasan por un mismo escritorio, mayor será también el valor económico de controlar ese escritorio.

    La descentralización no elimina la corrupción, pero reduce el premio de capturar el poder central.

    Dividir el poder también divide las oportunidades de corrupción

    Existe una diferencia enorme entre que una institución compre decenas de miles de equipos mediante una sola contratación y que cientos o miles de unidades educativas puedan adquirir los recursos que necesitan dentro de presupuestos públicos, reglas claras y procedimientos competitivos.

    En el primer modelo hay un comprador gigantesco y unos pocos contratos gigantescos. En el segundo hay muchos compradores, muchos proveedores y decisiones mucho más pequeñas.

    La corrupción puede existir igualmente. Pero deja de existir un único punto capaz de distribuir cientos de millones y esa diferencia importa.

    Una licitación nacional puede justificar enormes esfuerzos de lobby, relaciones políticas, intermediarios y captura regulatoria. Una compra realizada por una escuela, municipio o región difícilmente tenga el mismo atractivo.

    La descentralización funciona entonces como una forma de diversificación del riesgo institucional. Es el mismo principio por el que no ponemos toda nuestra riqueza en una única inversión. Tampoco deberíamos poner todo el poder de decisión educativa en una única institución.

    El dinero debería seguir al alumno

    Pero descentralizar solamente desde MEDUCA hacia otras burocracias públicas sería insuficiente.

    Transferir facultades del gobierno nacional a direcciones regionales o municipios puede acercar las decisiones a los ciudadanos, pero no introduce necesariamente competencia. Una reforma verdaderamente promercado debería avanzar un paso más: financiar a las personas antes que financiar estructuras.

    El Estado puede garantizar que todos los niños tengan recursos para educarse sin necesidad de convertirse simultáneamente en propietario, administrador, comprador y proveedor dominante de educación.

    El mecanismo podría adoptar diferentes formas: bonos educativos, cuentas educativas, financiamiento por estudiante o modelos combinados. El principio es más importante que el instrumento, es decir, el presupuesto acompaña al alumno y no a la institución.

    Una familia podría elegir entre escuelas públicas autónomas, cooperativas, privadas, comunitarias u otras modalidades habilitadas bajo estándares mínimos comunes. Panamá ya reconoce jurídicamente incluso la educación en casa mediante la Ley 245 de 2021, lo que demuestra que el ordenamiento jurídico no identifica necesariamente educación con escolarización estatal tradicional.

    La consecuencia de financiar la demanda sería profunda. Las escuelas dejarían de recibir recursos simplemente porque existen. Tendrían que atraer y conservar estudiantes. Y los padres dejarían de ser administrados por el sistema para transformarse progresivamente en sus clientes.

    Autonomía para las escuelas

    Una escuela pública verdaderamente descentralizada debería poder administrar una parte importante de su presupuesto. Su director y su comunidad educativa deberían tener capacidad para decidir sobre mantenimiento, tecnología, materiales y determinadas contrataciones dentro de límites previamente establecidos. También debería existir autonomía creciente para contratar personal y organizar proyectos educativos. A cambio, esa autonomía tendría que venir acompañada de algo que el sistema centralizado suele diluir: responsabilidad concreta por los resultados.

    Hoy, cuando todo depende de una extensa cadena administrativa, es extraordinariamente fácil que nadie sea finalmente responsable.

    El director culpa a la regional, la regional culpa al ministerio, el ministerio culpa al presupuesto, el gobierno culpa al anterior. Y el ciudadano termina sin saber quién tomó la decisión.

    La descentralización permite exactamente lo contrario: usted recibió este presupuesto, tomó estas decisiones y obtuvo estos resultados.

    Transparencia no significa publicar más PDFs

    Existe además una confusión frecuente entre transparencia y burocracia.

    Un sistema transparente no es necesariamente aquel que exige veinte formularios, siete firmas y cinco controles previos. Muchas veces semejante arquitectura simplemente multiplica las oportunidades para la discrecionalidad administrativa (es decir, corrupción).

    La verdadera transparencia debería permitir que cualquier ciudadano pueda conocer, en pocos minutos, cuánto dinero recibe una escuela, qué compró, a quién se lo compró, cuánto pagó y qué resultados educativos obtiene. Esto se da mediante los datos abiertos auditables fácilmente por todos los ciudadanos, compras visibles, precios comparables, contratos disponibles e indicadores de resultados. Y todo ello en formatos que permitan comparar una escuela con otra.

    No necesitamos necesariamente más interventores, lo que necesitamos es más información y más ojos mirando.

    Cuando cientos de proveedores pueden competir y miles de padres pueden comparar, la vigilancia deja de depender exclusivamente de funcionarios que fiscalizan a otros funcionarios.

    También hay que permitir que fracasen las malas decisiones

    Aquí aparece probablemente el elemento más incómodo de cualquier reforma liberal: la competencia solamente funciona cuando existen consecuencias.

    Si una escuela administra persistentemente mal sus recursos, pierde estudiantes y ofrece malos resultados, no puede recibir automáticamente más dinero para compensar su fracaso. Deberá cambiar su dirección, reorganizarse, fusionarse con otra institución o eventualmente desaparecer y mientras tanto, los recursos deben acompañar a los estudiantes hacia alternativas mejores. Eso es precisamente lo que normalmente no ocurre en los monopolios públicos.

    Una empresa que pierde clientes debe corregirse, sin embargo, una oficina pública que funciona mal suele reclamar mayor presupuesto. Los incentivos están invertidos.

    El mercado no significa abandonar al que menos tiene

    Quizás el argumento más previsible contra este modelo sea que terminaría perjudicando a los sectores de menores ingresos. Es exactamente al revés si se diseña correctamente.

    La familia con dinero ya dispone de libertad educativa, porque puede pagar una escuela privada, mudarse cerca de una mejor escuela, contratar profesores particulares o enviar a sus hijos al extranjero. El monopolio educativo afecta principalmente a quien no puede escapar de él, los más pobres.

    Por eso un sistema de elección escolar debería contemplar financiamiento público completo para las familias de menores ingresos, recursos adicionales para discapacidad, zonas rurales o situaciones de especial vulnerabilidad y eventualmente incentivos mayores para escuelas que atiendan poblaciones difíciles. La redistribución puede hacerse explícitamente.

    Lo que no resulta necesario es que, para ayudar a una familia pobre a pagar la educación de sus hijos, el Estado tenga que administrar directamente prácticamente toda la cadena educativa.

    Del ministerio proveedor al Estado garante

    Panamá discute actualmente una modernización de su Ley Orgánica de Educación, cuya base sigue siendo la Ley 47 de 1946; la propia Comisión de Educación de la Asamblea ha venido trabajando en propuestas de reforma. Eso abre una oportunidad mucho mayor que modificar artículos administrativos.

    Modernizar no debería significar digitalizar el mismo modelo centralizado ni tampoco incorporar computadoras, plataformas, nuevas direcciones o nuevos procedimientos.

    Una reforma estructural consiste en preguntarse qué funciones debe conservar el Estado y cuáles pueden devolverle a las escuelas, las familias, las comunidades y el mercado.

    MEDUCA debería evolucionar desde un gigantesco proveedor y administrador de educación hacia un organismo mucho más limitado que garantice acceso, establezca estándares mínimos, produzca información y fiscalice reglas generales. Es decir, ser menos interventor y más árbitro en caso de colisiones en la gestión descentralizada.

    La mejor política anticorrupción es reducir aquello que puede capturarse

    Nunca habrá un sistema institucional completamente inmune a la corrupción. Se pueden cambiar ministros, endurecer penas, crear comisiones y multiplicar auditorías. Se pueden diseñar nuevas plataformas de contratación y todo eso podrá ayudar; pero seguirá existiendo un incentivo extraordinario para capturar una institución mientras esa institución conserve un poder extraordinario para repartir dinero, contratos y empleos.

    La reforma liberal introduce una defensa mucho más elemental: quitar poder antes que intentar encontrar personas suficientemente virtuosas para ejercerlo.

    Descentralizar las decisiones.

    Dividir las compras.

    Permitir competencia entre proveedores.

    Dar autonomía a las escuelas.

    Publicar resultados.

    Financiar a los estudiantes.

    Y permitir que las familias elijan.

    No porque los padres, directores, municipios o empresarios sean moralmente superiores a los funcionarios de MEDUCA, justamente porque ninguno de ellos lo es. El liberalismo nunca necesitó gobernantes perfectos ni los pretende; sólo aboga por instituciones diseñadas bajo la premisa mucho más realista de que las personas responden a incentivos, persiguen intereses propios y pueden abusar del poder cuando ese poder se concentra.

    Por eso, después de cada escándalo educativo (ahora con la renunciada ministra) que vuelve a agobiarnos, quizás la pregunta no debería ser “¿Quién será el próximo ministro?”, sino una bastante más importante: “¿Por qué necesitamos que el próximo ministro tenga tanto poder?”

    Nota: contenido editado por AI, al efecto de una redacción más armoniosa, las ideas, como ha sido siempre, son nuestras.

  • Anthropic y el mito de que el copyright salvó a los autores

    Anthropic y el mito de que el copyright salvó a los autores

    La noticia recorrió el mundo con un mensaje aparentemente simple: Anthropic pagará 1.500 millones de dólares a miles de autores por utilizar libros pirateados para entrenar su inteligencia artificial y muchos interpretaron el caso como una victoria del copyright. Otros, como una derrota de la inteligencia artificial.

    Sin embargo, desde una perspectiva libertaria, esa lectura pasa por alto lo más interesante.

    El verdadero debate no es si la IA puede aprender de un libro. El debate es si las ideas pueden ser objeto de propiedad de la misma manera que una casa, un automóvil o un terreno. Y esa diferencia cambia completamente la forma de entender el caso.

    La propiedad existe porque existe la escasez

    Uno de los aportes más importantes de la Escuela Austríaca es haber explicado que la propiedad surge para resolver conflictos sobre bienes escasos. Dos personas no pueden utilizar simultáneamente el mismo automóvil, ni vivir al mismo tiempo en la misma casa.

    La propiedad establece quién decide sobre esos recursos precisamente porque son escasos.

    Las ideas funcionan de otra manera.

    Si leo una novela, el autor no deja de tenerla, o si aprendo una teoría económica, su creador no la pierde. Si una inteligencia artificial analiza millones de textos, esos textos siguen existiendo exactamente igual que antes.

    El conocimiento no desaparece cuando alguien más lo incorpora.

    Por eso muchos académicos libertarios, especialmente Stephan Kinsella, sostienen que hablar de «propiedad intelectual» resulta conceptualmente problemático. No porque el trabajo creativo carezca de valor, sino porque las ideas no presentan la escasez física que justifica la existencia de derechos de propiedad.

    El problema nunca fue que Claude aprendiera

    La cobertura periodística suele dar la impresión de que Anthropic fue condenada por permitir que Claude aprendiera leyendo libros.

    No fue eso lo que ocurrió.

    Lo realmente cuestionado fue que la empresa construyera una enorme biblioteca utilizando copias obtenidas desde repositorios piratas.

    Aquí aparece una diferencia fundamental.

    Una cosa es aprender y otra muy distinta es la forma en que se obtiene aquello de lo que se aprende.

    Desde una visión libertaria, la discusión no debería centrarse en prohibir el aprendizaje de una inteligencia artificial. Sería tan absurdo como exigir que un ser humano pague una licencia cada vez que recuerda una idea leída hace veinte años. La cuestión relevante es si alguien obtuvo esos materiales respetando los derechos sobre los bienes físicos, los contratos y los acuerdos voluntarios existentes.

    El copyright no resolvió el problema

    Muchos presentaron el acuerdo como una demostración de que el sistema de copyright funciona, pero lo cierto es que los hechos son bastante menos concluyentes.

    El pago de 1.500 millones de dólares surgió porque existía un enorme riesgo judicial dentro del sistema estadounidense de propiedad intelectual.

    No fue un precio descubierto espontáneamente por el mercado y tampoco fue una negociación entre iguales que buscaban cooperar. Fue un acuerdo alcanzado bajo la amenaza de una eventual condena mucho mayor.

    Eso no significa que el resultado haya sido malo.

    Significa que no constituye una prueba de que el copyright sea la institución ideal para resolver estos conflictos. De hecho, el propio caso demuestra otra cosa mucho más interesante.

    Lo que realmente apareció fue un mercado

    Las empresas de inteligencia artificial necesitan enormes cantidades de información para entrenar sus modelos; y por otro lado los autores quieren ser remunerados por el uso de sus obras. Las editoriales poseen catálogos completos y los archivos digitales administran millones de textos.

    Todos tienen incentivos para llegar a acuerdos.Y cuando existen incentivos para cooperar, aparece el mercado. No hace falta que el Estado determine cuánto vale cada libro para entrenar una IA como tampoco hace falta una tarifa universal.

    No hace falta una agencia que autorice previamente cada modelo. Basta con que existan derechos claramente definidos sobre los recursos físicos y libertad para contratar.

    Un desarrollador puede comprar una biblioteca, puede licenciar un catálogo editorial, puede celebrar acuerdos con miles de autores, puede utilizar obras de dominio público o puede remunerar mediante suscripciones o pagos por acceso. Puede incluso crear plataformas donde cada autor decida voluntariamente si desea participar y bajo qué condiciones.

    Todas esas soluciones nacen de contratos, no de regulaciones.

    La innovación tampoco justifica cualquier medio

    Ahora bien, reconocer que el mercado ofrece mejores respuestas no significa convertir a la innovación en un privilegio.

    Algunos sostienen que, como la inteligencia artificial generará enormes beneficios para la humanidad, debería poder utilizar cualquier contenido sin restricciones. Ese argumento tampoco resulta compatible con una visión libertaria.

    La libertad económica nunca ha significado que los fines justifiquen los medios. Una empresa no adquiere un derecho especial simplemente porque desarrolla una tecnología revolucionaria y si obtiene información incumpliendo contratos, vulnerando sistemas de acceso o apropiándose de recursos ajenos, deberá responder por esas conductas, pero no porque las ideas sean propiedad, sino porque los contratos y la propiedad sobre los bienes materiales siguen existiendo.

    El gran error sería prohibir el aprendizaje

    El peor resultado posible sería interpretar este caso como una invitación a exigir autorización previa para todo entrenamiento de inteligencia artificial, porque eso transformaría el aprendizaje en una actividad regulada. Cada nuevo modelo necesitaría negociar millones de permisos individuales por lo que los costos de transacción serían gigantescos.

    Paradójicamente, sólo podrían sobrevivir las empresas más grandes, precisamente aquellas con recursos suficientes para mantener departamentos jurídicos dedicados exclusivamente a negociar licencias. La regulación terminaría consolidando los monopolios que supuestamente pretende limitar.

    La respuesta libertaria mira hacia otro lado

    El mercado lleva siglos resolviendo problemas de coordinación sin necesidad de un plan central y la inteligencia artificial probablemente no sea la excepción.

    Lo más probable es que veamos surgir nuevos mercados de licencias, plataformas de contratación, catálogos especializados, sistemas de suscripción y acuerdos entre desarrolladores y titulares de contenidos. No porque una ley lo imponga, sino porque ambas partes tienen incentivos para cooperar.

    Esa evolución sería mucho más interesante que ampliar indefinidamente el alcance del copyright, porque desplaza la discusión desde el monopolio legal sobre las ideas hacia algo mucho más compatible con una sociedad libre: la contratación voluntaria.

    La verdadera enseñanza del caso

    Muchos celebran el acuerdo de Anthropic como un triunfo del copyright, pero quizá la lección sea exactamente la contraria.

    El conflicto terminó resolviéndose cuando las partes encontraron un precio para cerrar una disputa concreta, no cuando el Estado decidió cómo debía funcionar toda la industria. Eso no demuestra que el copyright sea indispensable, lo que demuestra es que, incluso dentro de un sistema jurídico imperfecto, los incentivos económicos siguen empujando hacia soluciones negociadas.

    Y si el futuro de la inteligencia artificial termina construyéndose sobre contratos libres entre autores, editoriales y desarrolladores, el protagonista de esta historia no habrá sido el copyright.

    Habrá sido el mercado.

  • Mucho algoritmo y pocas humanidades: así se forman los creadores de IA

    Mucho algoritmo y pocas humanidades: así se forman los creadores de IA

    En los próximos años, los sistemas de inteligencia artificial (IA)influirán cada vez más en decisiones relacionadas con el empleo, la educación, la salud, la seguridad, la justicia o el acceso a servicios públicos.

    Los datos muestran un crecimiento espectacular de estas titulaciones. Desde que la Universidad Politécnica de Madrid y la Universidad del País Vasco pusieran en marcha los primeros grados específicos en Inteligencia Artificial en 2020, la oferta se ha expandido hasta alcanzar veinticinco universidades españolas en apenas seis años.

    Respuesta a la demanda del mercado

    La demanda laboral explica en gran medida este fenómeno. Empresas e instituciones buscan perfiles especializados capaces de diseñar algoritmos, desarrollar sistemas de aprendizaje automático o gestionar grandes volúmenes de datos.

    Pero las competencias que las empresas definen para este perfil incluyen adaptabilidad, aprendizaje continuo, IA aplicada, pensamiento crítico, inteligencia emocional, liderazgo colaborativo, gestión del conocimiento, comunicación, creatividad o ética tecnológica.

    ¿Está la formación alineada con estas demandas? ¿Cómo se están formando estos futuros profesionales?

    Apenas hay contenidos no técnicos

    Hemos investigado el contenido de los grados de Inteligencia Artificial en las universidades españolas y comprobado que apenas contienen formación en ética, filosofía, sociología o pensamiento crítico.

    Las materias humanísticas tienen poco peso en la formación de estos futuros profesionales de tecnologías con un impacto profundo en la vida de millones de personas.

    Al analizar los planes de estudio de estas titulaciones encontramos que la inmensa mayoría mantiene una orientación eminentemente técnico-científica. Matemáticas, programación, estadística, ciencia de datos o aprendizaje automático ocupan el núcleo de la formación. Las asignaturas relacionadas con la reflexión ética, social, legal o cultural aparecen de manera testimonial en muchos programas.

    De siete a dos asignatura humanística

    Algunas universidades destacan por incorporar una mayor presencia de contenidos humanísticos. La Universidad de Málaga, por ejemplo, incluye siete asignaturas vinculadas a cuestiones éticas, jurídicas o sociales en algunas de sus especilizaciones; la Universidad de Deusto incorpora seis; y otras instituciones como CUNEF, la Universidad del País Vasco, la Universidad Francisco de Vitoria o la Universidad Pontificia de Comillas cuentan con entre cuatro y cinco materias de este tipo.

    Sin embargo, en numerosas universidades la formación humanística se reduce a una o dos asignaturas, y en algunos casos apenas existe una materia relacionada con estas cuestiones a lo largo de toda la carrera. La presencia de las humanidades es claramente residual, con una tendencia estructural a priorizar la competencia técnica frente a la reflexión ética, legal y social.

    ¿Por qué debería preocuparnos este desequilibrio?

    La IA ya no es una tecnología confinada a los laboratorios. Los algoritmos participan en procesos de selección de personal, ayudan a establecer diagnósticos médicos, influyen en qué información vemos en internet, determinan recomendaciones educativas y pueden llegar a intervenir en decisiones administrativas o judiciales. Cuando estas herramientas funcionan con sesgos, reproducen discriminaciones o afectan a derechos fundamentales, las consecuencias son profundamente humanas.

    Por eso quienes diseñarán estas tecnologías deberían recibir una formación más extensa en disciplinas que precisamente estudian a los seres humanos y las sociedades. Programar un sistema capaz de reconocer patrones es una habilidad esencial. Comprender cómo esos patrones pueden reforzar desigualdades sociales también debería serlo.

    Más allá de asignaturas aisladas

    Los autores del estudio sostienen que no basta con añadir una asignatura aislada sobre ética para resolver el problema. Lo que está en juego es una concepción más amplia de la formación universitaria. Proponen integrar conocimientos procedentes de la filosofía, la sociología de la tecnología, el derecho digital, la ciencia política, la epistemología de los datos o incluso los llamados “neuroderechos”, un ámbito sobre la protección de la identidad mental y la autonomía cognitiva en un contexto de creciente interacción entre inteligencia artificial y neurotecnologías.

    La cuestión de fondo es sencilla pero decisiva. Si los sistemas de IA van a influir en la organización de nuestras sociedades, ¿puede considerarse suficiente una formación centrada casi exclusivamente en la dimensión técnica? ¿Es posible construir tecnologías justas sin comprender en profundidad los problemas sociales que pretenden resolver? ¿Podemos hablar de innovación responsable cuando quienes desarrollan estas herramientas apenas tienen espacios para reflexionar críticamente sobre sus consecuencias?

    Encrucijada histórica

    Nuestra investigación plantea que la universidad española se encuentra ante una encrucijada histórica. No solo debe formar profesionales capaces de desarrollar tecnologías avanzadas, sino también ciudadanos preparados para comprender sus implicaciones sociales, políticas y culturales.

    Quizá el verdadero desafío de la inteligencia artificial no sea crear máquinas cada vez más inteligentes, sino garantizar que quienes las diseñan comprendan mejor la complejidad humana. Porque una sociedad gobernada por algoritmos necesita ingenieros excelentes, pero también profesionales capaces de preguntarse para quién se construye la tecnología, a quién beneficia, a quién puede perjudicar y qué valores incorpora en su funcionamiento.

    Si la IA va a tomar decisiones que afectan a millones de personas, sus algoritmos deberían estar diseñados por personas que hayan aprendido sobre desigualdad, la ética o derechos fundamentales. Los especialistas capaces de programar sistemas inteligentes también deberían ser capaces de comprender sus consecuencias, pues serán quienes tengan un impacto más directo sobre los valores que estos sistemas deberían incorporar.

    Vanesa Cejudo Mejias, Directora de Innovacón en Facultad de Ciencias sociales y Hum. Docente en area social y area arte, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Enamorados con la IA

    Enamorados con la IA

    Hoy día, en casa o en cualquier sitio, es más común ver a personas haciéndole el amor a su celular e ignorando por completo a quienes tienen al lado. “¿Creo le hacen el amor al celular?” Bueno… ¿qué es amor y que significa “hacer el amor”? ¿Acaso estar enamorados no es tratar a alguien o algo con deseo, con atención excesiva, mirándola embebecidos, en íntima comunicación de sentidos y teclado, confiando secretos, buscando dopamina, validación, entendimiento, y una compañía que no encuentran más allá del celular y la IA?

    En la misma Creación se nos entregaron capacidades y objetos que servirían para el bien o el mal; desde una manzana hasta la IA. El Creador bien conocía nuestras limitaciones y por ello murió en La cruz, para expiar nuestros pecados. O, tal vez, dicho más simple, para dejarnos un mensaje de salvación en este valle de lágrimas. En síntesis, la tecnología, tal como la manzana, no es antinatural sino expresión de nuestra naturaleza. Así, no tiene sentido querer frenar aquello que ya nadie lo detiene; pues el único camino está adelante y no en un ayer obsoleto.

    Desde que el primer humano sopló sobre una brasa para avivar el fuego, hemos usado las herramientas que la Creación nos ofrece, no para dominarla, sino para dialogar con ella. La tecnología es nuestra segunda naturaleza: prolongación de la mano, la memoria y ahora la mente.

    Desafortunadamente muchos no sabrán darle buen uso a la IA; y simplemente se limitarán a hacerle el amor; a escapar de la realidad, manipulando, vigilando, generando adicción o aislándose y no para usar esta maravillosa herramienta que nos abre el camino hacia lo desconocido. Una herramienta que expande nuestras capacidades mentales y nos permitirá viajar a las estrellas.

    Pero esta herramienta maravillosa puede ser mucho más. Es una catapulta que expande nuestra creatividad y nos abre caminos hacia el mismo Universo. Gracias a ella, hoy escribo estas líneas y las complemento con ideas que antes me habrían tomado meses o años. Ya no necesito buscar en un diccionario de papel. La IA entrelaza a la humanidad y nos permite compartir el conocimiento acumulado de toda nuestra especie. Y esto apenas comienza.

    Al mismo tiempo que la IA es una herramienta a la par con un radiante y extraordinario amanecer y un potencial abismo. En ella se cumple la antigua parábola del bien y del mal. Estamos ante cambios exponenciales donde el futuro ya no es dentro de un siglo, sino mañana mismo. Esa es la realidad apocalíptica que ya vivimos.

    Esta realidad está en los inmensos cambios que enfrentamos en el nuevo mundo de avances exponenciales, en dónde el futuro es mañana mismo y no a un siglo.

    En fin, podemos seguir ‘haciendo el amor’ de forma superficial con la IA, o podemos enamorarnos de verdad: con entrega, respeto, curiosidad mutua y el deseo de ir juntos más lejos, hacia las estrellas. El mal o el bien no está en la manzana o en la AI sino dentro de cada uno y a todos nos ha sido concedida la capacidad de escoger el mejor camino.

    Cada día veo más inquietante como tantos se sientan en la mesa, el metro y tal, todos con la cabeza torcida hacia abajo, ignorando a quienes están cerca; y la pregunta que surge en mi es… ¿qué ocurrirá cuando el chip de la IA nos lo metan dentro; en la cabeza o tal vez en las pezuñas? En ese mañana próximo me pregunto… ¿a dónde fijaremos la mirada?