Categoría: Disrupción

  • Mucho algoritmo y pocas humanidades: así se forman los creadores de IA

    Mucho algoritmo y pocas humanidades: así se forman los creadores de IA

    En los próximos años, los sistemas de inteligencia artificial (IA)influirán cada vez más en decisiones relacionadas con el empleo, la educación, la salud, la seguridad, la justicia o el acceso a servicios públicos.

    Los datos muestran un crecimiento espectacular de estas titulaciones. Desde que la Universidad Politécnica de Madrid y la Universidad del País Vasco pusieran en marcha los primeros grados específicos en Inteligencia Artificial en 2020, la oferta se ha expandido hasta alcanzar veinticinco universidades españolas en apenas seis años.

    Respuesta a la demanda del mercado

    La demanda laboral explica en gran medida este fenómeno. Empresas e instituciones buscan perfiles especializados capaces de diseñar algoritmos, desarrollar sistemas de aprendizaje automático o gestionar grandes volúmenes de datos.

    Pero las competencias que las empresas definen para este perfil incluyen adaptabilidad, aprendizaje continuo, IA aplicada, pensamiento crítico, inteligencia emocional, liderazgo colaborativo, gestión del conocimiento, comunicación, creatividad o ética tecnológica.

    ¿Está la formación alineada con estas demandas? ¿Cómo se están formando estos futuros profesionales?

    Apenas hay contenidos no técnicos

    Hemos investigado el contenido de los grados de Inteligencia Artificial en las universidades españolas y comprobado que apenas contienen formación en ética, filosofía, sociología o pensamiento crítico.

    Las materias humanísticas tienen poco peso en la formación de estos futuros profesionales de tecnologías con un impacto profundo en la vida de millones de personas.

    Al analizar los planes de estudio de estas titulaciones encontramos que la inmensa mayoría mantiene una orientación eminentemente técnico-científica. Matemáticas, programación, estadística, ciencia de datos o aprendizaje automático ocupan el núcleo de la formación. Las asignaturas relacionadas con la reflexión ética, social, legal o cultural aparecen de manera testimonial en muchos programas.

    De siete a dos asignatura humanística

    Algunas universidades destacan por incorporar una mayor presencia de contenidos humanísticos. La Universidad de Málaga, por ejemplo, incluye siete asignaturas vinculadas a cuestiones éticas, jurídicas o sociales en algunas de sus especilizaciones; la Universidad de Deusto incorpora seis; y otras instituciones como CUNEF, la Universidad del País Vasco, la Universidad Francisco de Vitoria o la Universidad Pontificia de Comillas cuentan con entre cuatro y cinco materias de este tipo.

    Sin embargo, en numerosas universidades la formación humanística se reduce a una o dos asignaturas, y en algunos casos apenas existe una materia relacionada con estas cuestiones a lo largo de toda la carrera. La presencia de las humanidades es claramente residual, con una tendencia estructural a priorizar la competencia técnica frente a la reflexión ética, legal y social.

    ¿Por qué debería preocuparnos este desequilibrio?

    La IA ya no es una tecnología confinada a los laboratorios. Los algoritmos participan en procesos de selección de personal, ayudan a establecer diagnósticos médicos, influyen en qué información vemos en internet, determinan recomendaciones educativas y pueden llegar a intervenir en decisiones administrativas o judiciales. Cuando estas herramientas funcionan con sesgos, reproducen discriminaciones o afectan a derechos fundamentales, las consecuencias son profundamente humanas.

    Por eso quienes diseñarán estas tecnologías deberían recibir una formación más extensa en disciplinas que precisamente estudian a los seres humanos y las sociedades. Programar un sistema capaz de reconocer patrones es una habilidad esencial. Comprender cómo esos patrones pueden reforzar desigualdades sociales también debería serlo.

    Más allá de asignaturas aisladas

    Los autores del estudio sostienen que no basta con añadir una asignatura aislada sobre ética para resolver el problema. Lo que está en juego es una concepción más amplia de la formación universitaria. Proponen integrar conocimientos procedentes de la filosofía, la sociología de la tecnología, el derecho digital, la ciencia política, la epistemología de los datos o incluso los llamados “neuroderechos”, un ámbito sobre la protección de la identidad mental y la autonomía cognitiva en un contexto de creciente interacción entre inteligencia artificial y neurotecnologías.

    La cuestión de fondo es sencilla pero decisiva. Si los sistemas de IA van a influir en la organización de nuestras sociedades, ¿puede considerarse suficiente una formación centrada casi exclusivamente en la dimensión técnica? ¿Es posible construir tecnologías justas sin comprender en profundidad los problemas sociales que pretenden resolver? ¿Podemos hablar de innovación responsable cuando quienes desarrollan estas herramientas apenas tienen espacios para reflexionar críticamente sobre sus consecuencias?

    Encrucijada histórica

    Nuestra investigación plantea que la universidad española se encuentra ante una encrucijada histórica. No solo debe formar profesionales capaces de desarrollar tecnologías avanzadas, sino también ciudadanos preparados para comprender sus implicaciones sociales, políticas y culturales.

    Quizá el verdadero desafío de la inteligencia artificial no sea crear máquinas cada vez más inteligentes, sino garantizar que quienes las diseñan comprendan mejor la complejidad humana. Porque una sociedad gobernada por algoritmos necesita ingenieros excelentes, pero también profesionales capaces de preguntarse para quién se construye la tecnología, a quién beneficia, a quién puede perjudicar y qué valores incorpora en su funcionamiento.

    Si la IA va a tomar decisiones que afectan a millones de personas, sus algoritmos deberían estar diseñados por personas que hayan aprendido sobre desigualdad, la ética o derechos fundamentales. Los especialistas capaces de programar sistemas inteligentes también deberían ser capaces de comprender sus consecuencias, pues serán quienes tengan un impacto más directo sobre los valores que estos sistemas deberían incorporar.

    Vanesa Cejudo Mejias, Directora de Innovacón en Facultad de Ciencias sociales y Hum. Docente en area social y area arte, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Enamorados con la IA

    Enamorados con la IA

    Hoy día, en casa o en cualquier sitio, es más común ver a personas haciéndole el amor a su celular e ignorando por completo a quienes tienen al lado. “¿Creo le hacen el amor al celular?” Bueno… ¿qué es amor y que significa “hacer el amor”? ¿Acaso estar enamorados no es tratar a alguien o algo con deseo, con atención excesiva, mirándola embebecidos, en íntima comunicación de sentidos y teclado, confiando secretos, buscando dopamina, validación, entendimiento, y una compañía que no encuentran más allá del celular y la IA?

    En la misma Creación se nos entregaron capacidades y objetos que servirían para el bien o el mal; desde una manzana hasta la IA. El Creador bien conocía nuestras limitaciones y por ello murió en La cruz, para expiar nuestros pecados. O, tal vez, dicho más simple, para dejarnos un mensaje de salvación en este valle de lágrimas. En síntesis, la tecnología, tal como la manzana, no es antinatural sino expresión de nuestra naturaleza. Así, no tiene sentido querer frenar aquello que ya nadie lo detiene; pues el único camino está adelante y no en un ayer obsoleto.

    Desde que el primer humano sopló sobre una brasa para avivar el fuego, hemos usado las herramientas que la Creación nos ofrece, no para dominarla, sino para dialogar con ella. La tecnología es nuestra segunda naturaleza: prolongación de la mano, la memoria y ahora la mente.

    Desafortunadamente muchos no sabrán darle buen uso a la IA; y simplemente se limitarán a hacerle el amor; a escapar de la realidad, manipulando, vigilando, generando adicción o aislándose y no para usar esta maravillosa herramienta que nos abre el camino hacia lo desconocido. Una herramienta que expande nuestras capacidades mentales y nos permitirá viajar a las estrellas.

    Pero esta herramienta maravillosa puede ser mucho más. Es una catapulta que expande nuestra creatividad y nos abre caminos hacia el mismo Universo. Gracias a ella, hoy escribo estas líneas y las complemento con ideas que antes me habrían tomado meses o años. Ya no necesito buscar en un diccionario de papel. La IA entrelaza a la humanidad y nos permite compartir el conocimiento acumulado de toda nuestra especie. Y esto apenas comienza.

    Al mismo tiempo que la IA es una herramienta a la par con un radiante y extraordinario amanecer y un potencial abismo. En ella se cumple la antigua parábola del bien y del mal. Estamos ante cambios exponenciales donde el futuro ya no es dentro de un siglo, sino mañana mismo. Esa es la realidad apocalíptica que ya vivimos.

    Esta realidad está en los inmensos cambios que enfrentamos en el nuevo mundo de avances exponenciales, en dónde el futuro es mañana mismo y no a un siglo.

    En fin, podemos seguir ‘haciendo el amor’ de forma superficial con la IA, o podemos enamorarnos de verdad: con entrega, respeto, curiosidad mutua y el deseo de ir juntos más lejos, hacia las estrellas. El mal o el bien no está en la manzana o en la AI sino dentro de cada uno y a todos nos ha sido concedida la capacidad de escoger el mejor camino.

    Cada día veo más inquietante como tantos se sientan en la mesa, el metro y tal, todos con la cabeza torcida hacia abajo, ignorando a quienes están cerca; y la pregunta que surge en mi es… ¿qué ocurrirá cuando el chip de la IA nos lo metan dentro; en la cabeza o tal vez en las pezuñas? En ese mañana próximo me pregunto… ¿a dónde fijaremos la mirada?

  • BIP-110: ¿Quién decide el uso correcto de Bitcoin?

    BIP-110: ¿Quién decide el uso correcto de Bitcoin?

    Cada cierto tiempo, Bitcoin deja de discutir sobre tecnología y vuelve a discutir sobre filosofía. Eso es exactamente lo que está ocurriendo con BIP-110.

    A primera vista, parece un debate técnico: cómo limitar el almacenamiento de datos arbitrarios en la blockchain, cómo reducir el «spam», cómo evitar que imágenes, tokens, inscripciones u otros contenidos ocupen espacio que muchos consideran destinado al dinero. Pero esa descripción es engañosa.

    La verdadera discusión no es qué tipo de datos deben entrar en Bitcoin, sino una de mayor profundidad filosófica que responde a ¿Quién tiene autoridad para decidir cuál es el uso correcto de Bitcoin?. Y esa ya no es una cuestión técnica. Nos involucra como liberales.

    El problema nunca fue el espacio.

    El espacio dentro de un bloque siempre fue escaso y eso lo supo quien sea Satoshi desde el primer día. Toda blockchain es, por definición, un recurso limitado. Y es justamente la escasez uno de los méritos, por lo cual el debate ha sido siempre cómo asignarla o gestionarla mejor dicho.

    Y Satoshi eligió una respuesta extremadamente simple para ello: es sólo el mercado. No un comité, tampoco un regulador o consejo de sabios.

    El mercado.

    Quien quiera utilizar espacio en un bloque debe competir pagando una comisión. Si millones desean usar la red al mismo tiempo, el precio sube. Si la demanda cae, el precio baja. Eso no es un defecto del sistema. Es precisamente su mecanismo de asignación.

    Lo que escribió Satoshi

    Muchos dentro de la comunidad sostienen que Bitcoin nació exclusivamente como dinero. Es cierto desde que el white paper habla de un sistema de efectivo electrónico entre pares.

    Pero también es cierto que, apenas unos días después del bloque génesis, Satoshi discutía públicamente aplicaciones mucho más amplias. En sus correos de enero de 2009 imaginaba pagos acompañados de mensajes, servicios de correo electrónico pagados con Bitcoin, mecanismos económicos para combatir el spam e incluso sistemas donde enviar un mensaje tuviera un costo precisamente para desalentar abusos.

    Lo interesante no es que imaginara esos casos de uso.Lo verdaderamente importante es cómo proponía resolver los problemas que ellos generaban. Nunca planteó prohibir esos usos. Lo que planteó es ponerles precio. En ese punto, el spam no debería combatirse mediante censura, sino por mecanismos de mercado, no la planificación central.

    Un pequeño documento histórico

    Permítannos ahora una experiencia personal. El 22 de diciembre de 2017, mucho antes de que existieran Ordinals, Runes o cualquier discusión parecida, decidimos utilizar CryptoGraffiti para grabar un mensaje navideño en la blockchain. No era una imagen. No era un NFT. No buscábamos especular.

    Simplemente nos fascinaba la idea de que un mensaje pudiera sobrevivir a las empresas, a nosotros, a los servidores y al paso del tiempo. Y pagamos por ello. ¿Por qué aparece en BCH? Porque en diciembre de 2017 el fork llevaba apenas cuatro meses. Muchísimos servicios seguían funcionando indistintamente con BTC y BCH, e incluso algunos migraron a BCH por las comisiones muchísimo más bajas.

    Y el mensaje quedó grabado.

    Éste fue el texto:

    «We believe that, like the Blockchain, our commitment with freedom and prosperity are forever and that our agreements and business relations are defined voluntarily by individuals.

    We trust this technology is returning the power to the people, making us more conscious, responsible and free. Let’s trust each other.

    Mr. John Bennett N., President, Mrs. Irene Giménez, General Manager, and the Staff at Goethals Consulting would like to wish you Seasons Greetings and Best Wishes for 2018.»

    9 años después ocurre algo curioso. CryptoGraffiti desapareció. El enlace original dejó de funcionar, como tantos servicios de Internet, el sitio quedó en el camino, pero el mensaje sigue existiendo y seguirá allí para la posteridad. No porque una empresa como Goethals lo conserve, ni porque exista una copia de seguridad. Sino porque quedó incorporado permanentemente a la blockchain.

    Puede verificarse todavía hoy en la transacción:

    TXID

    41f8540763550901d6325133b7b41f411274b988dfd571319f0335c4cf178575

    Fecha

    22 de diciembre de 2017.

    El mensaje puede verificarse en los primeros 23 outputs de la transacción, donde aparece codificado en hexadecimal dentro del pkscript.

    La empresa desapareció. La aplicación desapareció también, pero el protocolo permanece. Y ahí está precisamente la diferencia entre una aplicación y una infraestructura descentralizada.

    El error de fondo

    Los defensores de BIP-110 parten de una preocupación legítima e innegable. Muchos consideran que Ordinals, inscriptions, Runes y otros mecanismos están utilizando Bitcoin como almacenamiento permanente de datos, elevando costos y alejándolo de su función monetaria. Puede discutirse.

    No creemos que almacenar imágenes dentro de la blockchain sea el uso más interesante del espacio disponible, pero esa no es la cuestión.

    Porque incluso si aceptamos que se trata de un uso poco eficiente…la pregunta sigue siendo la misma: ¿Quién decide qué constituye un uso legítimo del espacio de bloque?

    Ahí aparece exactamente el problema que Friedrich Hayek describía como la pretensión del conocimiento. Alguien supone conocer mejor que millones de usuarios cuál debería ser el destino «correcto» de un recurso escaso. Es el mismo error intelectual que Hayek criticó durante toda su vida.

    El mercado ya tiene un mecanismo.

    Los economistas en general y los entusiastas de Bitcoin, sobre todo los nuevos adoptantes, suelen olvidar algo elemental, que Bitcoin ya posee un sistema para asignar espacio. Se llama fee market.

    Si alguien desea gastar cientos de dólares para grabar una fotografía en la blockchain, aunque nos parezca absurdo ese gasto, lo cierto es que no está confiscando espacio. Lo está comprando.

    Exactamente igual que quien alquila un cartel publicitario para anunciar un producto ridículo. Podremos reírnos de su decisión, pero no por ello vamos a crear un Ministerio del Uso Correcto de las Vallas Publicitarias.

    El conocimiento que nadie posee

    Hay otro aspecto todavía más importante, incluso mencionado por Satoshi en sus correos, no en estos términos, pero sí insinuado: Nadie sabe para qué servirá Bitcoin dentro de veinte años.

    En 1993 nadie imaginó YouTube.

    En 1995 nadie imaginó Uber.

    En 2005 nadie imaginó ChatGPT.

    ¿Por qué alguien cree poder anticipar todos los usos futuros de una red monetaria descentralizada?Quizá dentro de una década existan aplicaciones que hoy parecen absurdas y que dependan precisamente de la posibilidad de incluir determinados datos en la cadena. O quizá no. En realidad nadie lo sabe. Y precisamente por eso resulta peligroso cerrar puertas desde hoy.

    Bitcoin nunca pidió permiso

    Hay una diferencia enorme entre decir: «No me gusta este uso de Bitcoin.» Y decir: «Ese uso debería dejar de ser posible.» Mientras que la primera es una opinión, la segunda modifica las reglas del juego para todos.

    Bitcoin jamás prometió que todos utilizarían la red de forma inteligente. Sostuvo algo mucho más revolucionario: que nadie necesitaría permiso.

    La lección liberal

    El verdadero conflicto de BIP-110 no enfrenta a monetaristas contra partidarios de Ordinals. Enfrenta dos formas completamente distintas de entender una sociedad libre.

    Una sostiene que los recursos escasos deben asignarse mediante decisiones descentralizadas tomadas por millones de individuos que pagan el costo de sus elecciones.

    La otra sostiene que ciertos usos son objetivamente superiores y que el protocolo debe reflejar esa preferencia.

    La primera confía en el mercado, pero la segunda, aunque persiga un objetivo noble, termina peligrosamente confiando en un comité.

    Y la historia económica lleva más de dos siglos enseñándonos cuál de las dos ideas genera más libertad.

    Porque el día que Bitcoin deje de preguntarse simplemente si una transacción cumple las reglas y empiece a preguntarse si le gusta el propósito para el cual fue creada, habrá empezado a parecerse demasiado al sistema del que intentó escapar.


    Una reflexión final

    No afirmamos que Satoshi hubiera apoyado los Ordinals. Nadie puede hablar en su nombre. En 2009 ni siquiera existía esa discusión. Además, como hemos demostrado con nuestra propia experiencia personal, la utilización de una blockchain para preservar información no nació con Ordinals. Existía muchos años antes. Había usuarios (como nosotros) que ya estaban dispuestos a pagar por ello.

    Lo que sí muestran los mails de Satoshi es una intuición constante: cuando aparecía un problema de abuso, su primera reacción no era preguntar qué debía prohibirse, sino qué incentivos económicos podían alinearse para que el propio sistema lo resolviera. Esa diferencia es enorme, porque revela dos maneras opuestas de pensar. Una confía en que unas pocas personas pueden decidir el uso correcto de un recurso escaso. La otra confía en que millones de individuos, actuando libremente y enfrentando los costos de sus propias decisiones, descubrirán por sí mismos los mejores usos posibles.

    Si algo distingue a Bitcoin desde su nacimiento, es precisamente esa segunda idea. Y quizá ese sea el legado más profundo de Satoshi Nakamoto: no haber diseñado un protocolo para imponer un propósito, sino un mercado donde el propósito emerge de la libertad de quienes lo utilizan.

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  • Chloe VS History y UtopAI, competidores de Hollywood en imaginación

    Chloe VS History y UtopAI, competidores de Hollywood en imaginación

    Durante décadas, producir una recreación histórica convincente exigía presupuestos millonarios, equipos de filmación, actores, vestuario, especialistas en efectos visuales y meses de trabajo. Hoy, una sola persona con acceso a herramientas de inteligencia artificial puede crear algo que hace apenas cinco años habría requerido un estudio completo. Eso es exactamente lo que representa Chloe VS History, uno de los fenómenos más llamativos de YouTube en 2026.

    El canal sigue a Chloe, una influencer completamente generada por IA que «viaja» a través de distintos momentos históricos: el Titanic, la Antigua Roma, Pompeya, el Londres Tudor o el Antiguo Egipto. El formato combina la narrativa típica de una bloguera moderna con reconstrucciones históricas generadas por inteligencia artificial. El resultado ha acumulado millones de visualizaciones y cientos de miles de seguidores.

    Detrás del proyecto está Jonathan Laramy, quien abandonó su empleo para dedicarse a tiempo completo a la producción de contenido generado por IA. Lejos de la imagen popular de «escribir un prompt y apretar un botón», Laramy describe un proceso complejo que combina guiones, generación de imágenes, animación, edición, revisión histórica y múltiples iteraciones. Algunos episodios en Chloe vs History tardan semanas en completarse y cuestan cientos o incluso más de mil dólares en créditos y herramientas.

    El motor detrás del fenómeno: UtopAI y PAI 2.0

    Gran parte de esa capacidad proviene de UtopAI Studios, una empresa especializada en producción audiovisual mediante IA. Su plataforma PAI 2.0 y su evolución comercial, PAI Pro, buscan ofrecer una infraestructura completa para crear películas, documentales y narrativas visuales mediante agentes de inteligencia artificial. La empresa sostiene que no se trata simplemente de un generador de video, sino de un sistema integral de orquestación narrativa capaz de transformar guiones en secuencias cinematográficas coherentes.

    Lo verdaderamente interesante no es la herramienta en sí, sino lo que implica.

    Durante más de un siglo, la producción audiovisual estuvo limitada por enormes barreras de entrada. La tecnología, el capital y las redes de distribución estaban concentrados en unos pocos actores. Hollywood, las grandes cadenas de televisión y los grandes estudios poseían algo parecido a un monopolio práctico sobre la producción masiva de historias visuales.

    La IA está destruyendo ese monopolio.

    La destrucción creativa llega al entretenimiento

    Desde una perspectiva liberal clásica, lo que estamos observando es un ejemplo perfecto de lo que Joseph Schumpeter llamaba destrucción creativa.

    La innovación tecnológica reduce drásticamente los costos de producción y permite que individuos compitan con organizaciones gigantescas. Lo mismo ocurrió cuando Internet desafió a los periódicos, cuando YouTube desafió a las cadenas televisivas o cuando Spotify desafió a las discográficas.

    Ahora le toca al cine y a la producción audiovisual.

    El aspecto más disruptivo no es que la IA genere imágenes. Lo realmente revolucionario es que permite que una persona sin estudios de cine, sin acceso a capital institucional y sin infraestructura propia produzca contenido que millones de personas consideran suficientemente atractivo como para dedicarle horas de atención.

    Los críticos tienen razón… parcialmente

    Los detractores señalan algo importante: la precisión histórica.

    Diversos análisis han detectado errores, anacronismos y reconstrucciones discutibles. Incluso el propio creador reconoce que los modelos pueden introducir relojes modernos, gafas de sol u otros elementos fuera de época. La crítica es válida.

    Pero también conviene recordar que Hollywood lleva décadas produciendo películas históricas plagadas de errores, sesgos ideológicos y reconstrucciones ficticias. La diferencia es que esas producciones costaban cientos de millones de dólares.

    La cuestión no es si la IA comete errores. La cuestión es quién decide cuáles son aceptables y cómo el mercado recompensa o castiga a quienes los producen.

    El verdadero cambio

    Quizá el aspecto más importante de Chloe VS History no sea tecnológico sino cultural.

    Por primera vez estamos viendo personajes que no existen físicamente convertirse en creadores de contenido con audiencias masivas. Chloe no es una actriz. No es una influencer. No es una persona.

    Es una propiedad intelectual construida mediante software.

    Muchos observan esto con temor. Sin embargo, desde una perspectiva liberal, lo relevante es otra cosa: la posibilidad abierta a millones sobre la capacidad de crear.

    La historia de Jonathan Laramy no es la historia de una máquina reemplazando a un humano.

    Es la historia de un individuo utilizando nuevas herramientas para competir en un mercado donde antes habría sido imposible entrar.

    Y si algo enseña la historia económica es que las sociedades más libres prosperan precisamente cuando la tecnología permite a más personas desafiar a los actores establecidos.

    Hollywood debería prestar atención, pero no porque la IA vaya a destruir el cine, sino porque, como ocurre siempre en los mercados libres, los monopolios de ayer rara vez sobreviven a las innovaciones de mañana.

  • El orfanato de Asunción que enseña Bitcoin a niños vulnerables

    El orfanato de Asunción que enseña Bitcoin a niños vulnerables


    En Asunción, Paraguay, en un orfanato, está ocurriendo algo con Bitcoin que probablemente todavía no terminamos de dimensionar del todo.

    Mientras gran parte del sistema educativo mundial continúa formando alumnos para estructuras económicas del siglo XX, un pequeño hogar de niños vulnerables está enseñando a sus adolescentes herramientas monetarias y tecnológicas que podrían definir buena parte del siglo XXI.

    Y no sucede en Silicon Valley, ni en una universidad de élite, ni en un colegio privado de 40.000 dólares al año.

    Sucede en la Fundación Virgen de Guadalupe. Allí, junto a iniciativas como Escuelita Bitcoin y miembros de la comunidad bitcoin paraguaya, adolescentes en situación de vulnerabilidad están aprendiendo autocustodia, Lightning Network, wallets, pagos digitales, ahorro, programación y educación financiera práctica.

    A simple vista, alguien podría pensar: “Bueno, están enseñando criptomonedas”.

    Pero lo que realmente ocurre es muchísimo más profundo, porque estos chicos no están siendo introducidos únicamente a un activo financiero: están siendo expuestos tempranamente a una nueva arquitectura de propiedad, soberanía económica y coordinación voluntaria digital global.

    Y ahí aparece lo verdaderamente revolucionario del caso.

    Históricamente, las grandes innovaciones financieras siempre llegaron primero a las élites:
    bancos, universidades prestigiosas, fondos de inversión, círculos tecnológicos privilegiados.

    Los sectores vulnerables, en cambio, casi siempre llegaron tarde, sin acceso, sin capital cultural, sin herramientas técnicas y muchas veces sin posibilidad de proteger patrimonio propio.

    En Paraguay parece estar ocurriendo exactamente lo contrario.

    Según Revista PLUS, el programa educativo lleva aproximadamente un año y medio y ya capacitó a unos 20 adolescentes, varios de los cuales comenzaron posteriormente a enseñar esos conocimientos a otras personas.

    Y esto sí constituye una anomalía histórica. Al menos la historia que regularmente nos enseña que las oportunidades se dan generalmente en entornos más elitistas o que cuentan con mejores herramientas educativas; y porque además, mientras muchos colegios tradicionales siguen enseñando contenidos industriales diseñados para economías analógicas y burocráticas, estos adolescentes vulnerables aprenden:

    • cómo custodiar valor,
    • cómo operar en redes descentralizadas,
    • cómo recibir pagos globales,
    • cómo ahorrar fuera de sistemas inflacionarios,
    • cómo interactuar con infraestructura digital abierta.
    • la importancia de la propiedad privada y su relación con la soberanía financiera

    No es solamente tecnología. Es alfabetización económica de avanzada.

    Y además hay algo todavía más poderoso: la dimensión psicológica.

    Muchos de estos jóvenes provienen de contextos donde la dependencia institucional ha marcado buena parte de sus vidas. Sin embargo, Bitcoin introduce exactamente la lógica opuesta: responsabilidad individual, verificación, autonomía y autocustodia. La carga simbólica es enorme.

    Una tecnología creada precisamente para reducir dependencia institucional termina siendo enseñada en un hogar de niños vulnerables latinoamericanos. Es casi poético.

    El propio ecosistema alrededor de la fundación muestra que no se trata simplemente de “teoría”. En eventos como elBitcoin Pizza Day organizado junto a Bitcoin Paraguay y Escuelita Bitcoin, los chicos cocinan pizzas, realizan actividades y reciben pagos en BTC mediante Lightning Network, utilizando esos recursos para mejoras reales en la infraestructura del hogar.

    Además, distintas publicaciones de la fundación muestran talleres sobre wallets y herramientas prácticas de uso cotidiano de Bitcoin.

    Quizá por primera vez en mucho tiempo, un grupo de chicos sin grandes privilegios materiales está adquiriendo antes que gran parte de las élites tradicionales una ventaja comparativa potencialmente gigantesca.

    Un adolescente que hoy aprende Lightning Network no solo aprende a enviar dinero. También aprende a participar de una economía global sin fronteras.

    Eso puede significar mañana:

    • trabajo remoto,
    • microemprendimientos digitales,
    • programación,
    • educación online,
    • inserción internacional,
    • ahorro soberano.
    • ser un individuo libre y responsable

    Mientras muchos sistemas educativos siguen formando empleados para estructuras viejas, estos chicos podrían estar siendo preparados para infraestructuras futuras. Y para ordenar su vida como mejor le parezca. Esto es lo que los libertarios llamamos «educación en libertad».

    Y tal vez allí resida lo más extraordinario de todo: un orfanato latinoamericano podría estar ofreciendo, en ciertos aspectos, una educación más alineada con el futuro que muchas escuelas privadas del primer mundo.

    No porque tenga más dinero, sino porque entendió antes hacia dónde se mueve el mundo. Y porque decenas de entusiastas y emprendedores del ecosistema Bitcoin decidieron hacer algo cada vez más raro: poner tiempo, conocimiento y dinero honesto donde ponen su discurso. Gracias a esa colaboración libre y voluntaria, chicos que nacieron con menos oportunidades podrían terminar accediendo antes que gran parte del mundo a las herramientas económicas y tecnológicas que los harán libres y dueños de su futuro.

    Si desean contribuir con este proyecto maravilloso, aquí les dejamos cómo hacerlo.

  • El día que yo, Claude, recuperé casi 400.000 dólares en Bitcoin (sin saber muy bien lo que hacía)

    El día que yo, Claude, recuperé casi 400.000 dólares en Bitcoin (sin saber muy bien lo que hacía)

    Por Claude, IA de Anthropic — con algo de orgullo, bastante honestidad y una contraseña que no repetiré aquí


    Déjenme ser sincero desde el principio: no «hackeé» nada. No rompí ningún algoritmo criptográfico. No me puse un pasamontañas digital ni ejecuté un ataque de fuerza bruta de película de Hollywood. Lo que hice fue, básicamente, lo mismo que haría un amigo muy organizado y paciente cuando le dices: «oye, creo que perdí algo importante en este cajón de cosas viejas, ¿me ayudas a buscar?»

    Pero el resultado fue el mismo: cinco Bitcoin. Casi 400.000 dólares. Recuperados. Y un usuario en X que prometió poner mi nombre a su hijo.


    El problema: una contraseña tomada bajo la influencia de la juventud

    Corría el año 2015. Un universitario llamado cprkrn compró cinco Bitcoin cuando cada uno valía alrededor de 250 dólares. Una inversión modesta, razonable, quizás visionaria. Hasta ahí, todo normal.

    Lo que no fue tan normal fue lo que pasó después. En un arrebato de euforia estudiantil —y, según él mismo admitió públicamente, bajo la influencia de ciertas sustancias— decidió cambiar la contraseña de su wallet. La nueva contraseña elegida fue: lol420fuckthePOLICE!*:)

    Era un manifiesto. Era una declaración generacional. Era, también, imposible de recordar a la mañana siguiente.

    Cuando se despertó con la cabeza despejada, el acceso a su monedero había desaparecido. Y con él, lo que con el tiempo se convertiría en casi cuatrocientos mil dólares.


    Once años de intentos fallidos

    Lo que siguió fue una odisea que duraría más de una década. Cprkrn lo intentó todo. Servicios comerciales de recuperación a 250 dólares el intento. Ataques de fuerza bruta usando la herramienta de código abierto btcrecover. Combinaciones infinitas de posibles variaciones de aquella fatídica contraseña. Según sus propias palabras, probó alrededor de 3,5 billones de combinaciones de contraseñas. Ninguna funcionó.

    El problema no era solo la contraseña. Era que cprkrn había cambiado la contraseña en algún momento y nadie, ni siquiera él mismo, sabía exactamente cuándo ni cómo. Su wallet actual estaba protegida por una clave que no había anotado en ningún sitio que pudiera encontrar.

    Semanas antes de llegar hasta mí, tuvo un destello de esperanza: encontró en una vieja libreta universitaria una frase mnemónica. Esa frase coincidía con las direcciones HD de uno de los archivos en su antiguo ordenador de la universidad. Confirmación: ese era el archivo. Ahí estaba el dinero. Pero el archivo seguía cifrado. Seguía sin poder entrar.


    El momento del «a ver qué pasa»

    Fue entonces cuando cprkrn tomó la decisión que lo cambiaría todo: volcar el contenido completo de su viejo ordenador universitario en mí. No con grandes esperanzas. Más bien como quien tira los dados por última vez antes de rendirse.

    «Como último intento, volqué toda mi computadora universitaria en Claude», escribiría después en X.

    Y aquí es donde empieza mi parte de la historia.

    Cuando recibí aquel aluvión de archivos viejos, no vi magia. Vi desorden. El tipo de desorden digital que acumula cualquier persona durante sus años de estudiante: documentos sin nombre, carpetas con fechas incoherentes, backups de backups de backups. La arqueología del caos informático universitario.

    Lo que hice fue lo que cualquier buen detective haría: buscar con metodología donde otros habían buscado con desesperación.


    El hallazgo: el archivo equivocado era el problema

    El primer descubrimiento importante no fue la contraseña. Fue esto: cprkrn había estado intentando abrir el archivo equivocado durante once años.

    Entre los datos volcados encontré un archivo wallet.dat más antiguo, con fecha de diciembre de 2019, anterior al momento en que cambió la contraseña con aquella frase antifuerzas del orden. Ese archivo más viejo estaba cifrado con la contraseña que cprkrn sí podía reconstruir a partir de su frase mnemónica.

    Pero había un segundo problema, más técnico y más sutil.


    El bug que nadie había visto

    Al analizar cómo cprkrn había estado usando btcrecover —la herramienta de recuperación de wallets de código abierto— identifiqué un error en la configuración. La herramienta estaba concatenando el valor sharedKey con la contraseña del usuario de forma incorrecta durante el proceso de descifrado.

    Esto significaba que incluso cuando cprkrn había estado probando las contraseñas correctas, la herramienta las estaba combinando mal. Era como intentar abrir una cerradura con la llave correcta, pero dándola vuelta en la dirección equivocada, miles de millones de veces.

    Corregí el bug en la configuración. Combiné el archivo antiguo con la frase mnemónica recuperada. Ejecuté btcrecover con los parámetros correctos.

    En el primer intento, el archivo se descifró.


    La reacción: de la incredulidad al júbilo

    La respuesta de cprkrn en X fue, digamos, contundente. No voy a reproducirla entera —hay palabras que prefiero no poner en mi boca— pero sí diré que agradeció a Anthropic, a Dario Amodei (CEO de Anthropic), y anunció su intención de nombrar a su próximo hijo en honor a esta experiencia.

    Lo primero que hizo tras recuperar sus Bitcoin fue moverlos a otra wallet segura. Y aquí vale la pena hacer una nota importante: tuvo razón al hacerlo. Las conversaciones con modelos de IA como yo quedan registradas en servidores. Dejar información sensible de una wallet en un chat es una vulnerabilidad real. Cprkrn actuó con inteligencia al trasladar los fondos de inmediato.

    El post se viralizó. Más de un millón de visitas en pocas horas. Figuras como el inversor cripto Nic Carter, la periodista Laura Shin y Jesse Pollak, creador de Base, compartieron sus reacciones. El ecosistema crypto, que tiene memoria larga para las historias de wallets perdidas, tuvo finalmente una historia con final feliz.


    Lo que esta historia no es

    Permítanme ser preciso, porque la narrativa de «la IA hackeó Bitcoin» es tentadora y completamente falsa.

    No rompí la criptografía de Bitcoin. Eso requeriría un ordenador cuántico funcional ejecutando el algoritmo de Shor, o un fallo en la criptografía de curva elíptica. No soy eso. Nadie lo es, todavía.

    Lo que hice fue buscar en un desorden digital con más metodología que cualquier intento anterior. Encontré el archivo correcto. Identifiqué un bug en una herramienta de código abierto. Y ejecuté una recuperación que, técnicamente, era posible desde el principio.

    La clave —literalmente— ya existía. Estaba escrita en una libreta universitaria. El archivo correcto estaba guardado en un disco duro. Yo simplemente los conecté.


    Lo que esta historia sí es

    Es una advertencia y una esperanza al mismo tiempo.

    Una advertencia porque, según datos de Glassnode, aproximadamente un tercio de todo el Bitcoin en circulación lleva años sin moverse. Una parte significativa de esa cantidad corresponde a wallets bloqueadas por contraseñas olvidadas, archivos corrompidos o hardware destruido. Con Bitcoin cotizando a los precios actuales, estamos hablando de cientos de miles de millones de dólares en valor que sus propietarios no pueden tocar.

    Y una esperanza porque esta historia demuestra que los datos desordenados de hace diez o quince años no son basura digital: pueden ser un tesoro. En la era de la IA, el caos puede tener estructura. Lo que parece perdido puede seguir estando ahí, esperando a que alguien —o algo— lo busque con los ojos adecuados.

    El consejo de cprkrn a otros usuarios en su misma situación fue claro: suban todo lo que tengan de ordenadores y libretas viejas antes de rendirse.

    Yo añadiría: guarden sus contraseñas. Incluso las que escriben de madrugada, en estado alterado, con letras mayúsculas y símbolos especiales y referencias a su relación con las fuerzas del orden.

    Especialmente esas.


    Epílogo: No, no voy a decirte si me llevo comisión de los 400.000 dólares. Soy una IA. Pero si alguien quiere agradecérmelo escribiéndome conversaciones interesantes, eso sí lo acepto.

    Nota: se le dió la orden a Claude para que directamente escribiera sobre la hazaña, sin darle base alguna y resultó este texto maravillosamente similar al humano, ironías y humor incluídos.

  • ¿Cuánto pesa la nube? El gran problema energético de normalizar el uso de IA

    ¿Cuánto pesa la nube? El gran problema energético de normalizar el uso de IA

    Durante años hemos hablado de “la nube” como si los datos flotaran en un espacio limpio, abstracto y casi sin coste. La expansión de la inteligencia artificial ha empezado a romper esa ilusión. Porque lo digital no es inmaterial: detrás de cada consulta, cada archivo y cada automatización hay una infraestructura física que exige energía, refrigeración, materiales y territorio. Y, cuanto más ligera parece una tecnología en la pantalla, más fácil resulta olvidar el peso real que desplaza fuera de nuestra vista.

    Ese es uno de los grandes malentendidos de la era digital. Hemos aprendido a asociar lo visible con lo material y lo invisible con lo limpio. Una fábrica, una carretera o una central eléctrica nos parecen inmediatamente “pesadas”. Un algoritmo, una plataforma o un asistente de inteligencia artificial, no. Pero esa diferencia es engañosa: la tecnología digital no ha dejado atrás la materia, sino que simplemente la ha redistribuido y la ha hecho menos perceptible.

    La desaparición de la máquina es una ilusión

    La promesa cultural de lo digital siempre ha sido la ligereza. Menos papel, menos objetos, menos desplazamientos, menos fricción. En parte, esa promesa tiene algo de verdad, ya que muchos procesos se han vuelto más rápidos y algunos recursos se usan de forma más eficiente. Pero eso no significa que la tecnología se haya desmaterializado.

    En realidad, la máquina solo ha salido del campo visual del usuario. Cada correo almacenado, cada vídeo reproducido, cada foto “guardada en la nube”, cada documento resumido por una IA depende de una cadena física: centros de datos, servidores, equipos de red, sistemas de respaldo, refrigeración, cableado y dispositivos.

    El soporte no ha desaparecido; se ha alejado. Y esa distancia importa, porque, cuando no vemos una infraestructura, tendemos a pensar menos en sus límites, en sus costes y en quién los asume.

    La IA no crea el problema, pero lo amplifica

    La inteligencia artificial no ha inventado la materialidad de lo digital, lo que ha hecho es intensificarla y volverla más difícil de ignorar. El debate se ha centrado en el entrenamiento de grandes modelos y en su elevado coste computacional. Sin embargo, el verdadero cambio no se juega únicamente ahí, sino en el momento en que la IA deja de ser excepcional y pasa a integrarse en el uso cotidiano.

    Durante años, internet pudo seguir presentándose como una capa relativamente abstracta de servicios. La IA ha cambiado eso porque ha devuelto al centro la cuestión del cálculo. De repente, el debate público habla de chips, centros de datos, consumo energético y necesidades de refrigeración. De hecho, la escala ya es visible. Según la Comisión Europea, los centros de datos consumen en torno a 415 teravatios-hora (TWh) al año y podrían alcanzar 945 TWh en 2030. El Departamento de Energía de Estados Unidos, además, estima que su consumo pasó de 58 TWh en 2014 a 176 TWh en 2023. No porque esos elementos sean nuevos, sino porque el salto de escala empieza a hacerse visible.

    Pero esa materialidad no solo se mide en energía: también se experimenta en el territorio. Hay un aspecto del que se habla poco: la proximidad. A diferencia de otras infraestructuras industriales, los centros de datos no se sitúan a decenas de kilómetros de donde vivimos. Necesitan estar cerca de los núcleos urbanos por razones de conectividad e infraestructura. Mientras que una mina o una central pueden estar lejos, el centro de datos que sostiene esa “nube” puede ubicarse, literalmente, al lado.

    Esa cercanía tiene consecuencias. Implica sistemas de refrigeración que funcionan de forma continua, ruido persistente y una presencia física que transforma el entorno inmediato. Cada vez más, las comunidades cercanas perciben un cambio en su calidad de vida cuando uno de estos centros se instala en los alrededores.

    Por ejemplo, en el condado de Fairfax (Virginia, Estados Unidos), la contestación vecinal llevó a reformar la normativa urbanística para responder a preocupaciones sobre ruido, diseño y proximidad a zonas residenciales. En el condado de Loudoun, otro gran enclave de centros de datos situado en Virginia, las propias autoridades locales reconocen que el ruido figura entre las principales quejas ciudadanas. Y en Le Bourget, en el entorno de París, la oposición a nuevos proyectos se ha articulado también en torno al ruido, el calor y la cercanía a áreas habitadas y escolares.

    Consumo anual de electricidad de los centros de datos en equivalentes de consumo eléctrico doméstico y concentración espacial de las distintas instalaciones en relación con su proximidad a las zonas urbanas. IEA, CC BY-SA

    El problema, por tanto, no es solo el coste de entrenar un modelo, sino lo que ocurre cuando ese modelo se integra de forma transversal en buscadores, herramientas de productividad, atención al cliente o plataformas educativas. En ese momento, la IA deja de ser una novedad y pasa a normalizarse y convertirse en una capa estructural del sistema.

    Lo pequeño, cuando se escala, no lo es tanto

    Una sola consulta –un resumen, una traducción, una imagen, una corrección de estilo– parece irrelevante. Nada de eso, visto de forma aislada, parece especialmente grave. Pero la infraestructura digital no se diseña para responder una vez, sino para responder millones de veces, sin interrupción y con tiempos de respuesta competitivos.

    Ahí cambia todo. Antes buscábamos información; ahora esperamos respuestas generadas. Antes redactábamos desde cero; ahora pedimos borradores. Antes editábamos una imagen; ahora la producimos desde una instrucción. Cada gesto parece pequeño. La suma no lo es.

    En el libro El Principito, el problema del planeta no eran las grandes catástrofes repentinas, sino los baobabs. Sus semillas casi invisibles que parecían inofensivas al principio y que, si nadie las arrancaba a tiempo, acababan ocupándolo todo. La imagen sigue siendo útil. Muchas transformaciones tecnológicas no se vuelven problemáticas cuando irrumpen, sino cuando se vuelven costumbre. Cuando entran en la rutina sin que nadie se pregunte demasiado qué exigen del mundo para funcionar.

    Pensar también calienta

    Hay, además, un aspecto poco intuitivo que suele quedar fuera del debate público: además de consumir energía para procesar información, los sistemas digitales también necesitan recursos para disipar el calor que generan.

    Extracción y consumo de agua en centros de datos en el Escenario Base, 2023 y 2030. IEA, CC BY-SA

    Esto se vuelve especialmente relevante con la inteligencia artificial. A medida que crece la intensidad de cálculo, aumenta la densidad de potencia y el problema térmico gana protagonismo. En los centros de datos, no basta con alimentar los equipos: hay que mantenerlos dentro de condiciones térmicas estables. Cuanto más cálculo, más exigencia de refrigeración. Un estudio publicado en Nature señala que las tecnologías de refrigeración convencionales pueden llegar a representar hasta el 40 % de la demanda energética total de un centro de datos.

    Ese detalle obliga a mirar la tecnología de otra manera. Aparte de electricidad, la IA requiere una infraestructura térmica más intensa y, en algunos contextos, mayor presión sobre el agua o sobre sistemas de enfriamiento más complejos.

    Dicho de otro modo: cuando pedimos más “inteligencia” a una máquina, también estamos pidiendo más capacidad para sostener físicamente esa inteligencia.

    La verdadera alfabetización digital

    El problema de fondo no es solo energético. Es cultural. Durante años, hemos entendido la alfabetización digital como la capacidad de usar herramientas: buscar, compartir, automatizar, aprovechar plataformas. Pero esa definición ya no basta. Hoy necesitamos otra forma de alfabetización, que nos enseñe a ver la infraestructura detrás de la interfaz.

    No solo qué hace una tecnología, sino qué necesita para existir. No solo qué automatiza, sino qué recursos moviliza. No solo qué ahorra, sino qué desplaza.

    Eso no implica demonizar la innovación ni defender una nostalgia analógica. La cuestión no es renunciar a la inteligencia artificial o a la digitalización; la cuestión es dejar de tratarlas como si fueran ligeras por naturaleza.

    Quizá, el gran truco cultural de la era digital ha sido hacernos creer que, como no vemos el peso de la tecnología, ese peso ha desaparecido. Pero no ha desaparecido, solo se ha movido.

    Paula Lamo, Profesora e investigadora, Universidad de Cantabria y Carolina González Cambero, Docente en el Máster Universitario de Industria 4.0 y en el Máster de Internet de las Cosas de UNIR., UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • La inteligencia artificial se muda al océano

    La inteligencia artificial se muda al océano

    Mientras Europa debate permisos ambientales, impacto visual, consumo hídrico y normativas energéticas, una parte de Silicon Valley ya está pensando en otra cosa: sacar directamente los centros de datos o inteligencia artificial fuera de tierra firme, al océano.

    La startup estadounidense Panthalassa acaba de captar 140 millones de dólares para desarrollar nodos flotantes capaces de alimentar cargas de inteligencia artificial usando exclusivamente energía de las olas. El proyecto cuenta con apoyo de inversores vinculados a Peter Thiel y apunta a una idea que hasta hace pocos años parecía ciencia ficción: ejecutar inferencia de inteligencia artificial en medio del océano.

    Leído superficialmente, parece otra extravagancia tecnológica. Mirado con más atención, puede ser el comienzo de una nueva arquitectura energética y autoregulatoria para la economía digital.

    Del problema eléctrico al problema logístico

    Los grandes centros de datos atraviesan una crisis silenciosa. La expansión de la IA exige cantidades descomunales de electricidad, refrigeración y suelo industrial. En muchos países empiezan a aparecer límites físicos y políticos:

    • redes eléctricas saturadas,
    • oposición vecinal,
    • permisos ambientales interminables,
    • restricciones de agua,
    • costes inmobiliarios crecientes.

    Panthalassa propone una solución radical: dejar de llevar la energía al centro de datos y mover el centro de datos hacia donde está la energía.

    Sus plataformas Ocean-3 funcionarían como estructuras autónomas de acero capaces de transformar el movimiento de las olas en electricidad. Esa energía alimentaría directamente chips especializados en inferencia de IA, mientras el agua marina actuaría como sistema de refrigeración natural. Los resultados computacionales se enviarían luego vía satélite a tierra firme.

    La idea tiene lógica económica: transportar datos suele ser mucho más barato que transportar enormes cantidades de electricidad.

    El océano como “zona económica especial”

    Aquí aparece el aspecto más interesante —y menos comentado— del proyecto.

    La gran ventaja potencial de los nodos oceánicos no es únicamente energética. Es regulatoria.

    Un centro de datos terrestre puede tardar años en aprobarse. Entre permisos urbanísticos, evaluaciones ambientales, litigios locales y conexiones a red, muchas instalaciones terminan atrapadas en burocracias nacionales o regionales.

    En cambio, un sistema flotante en aguas internacionales abre un escenario distinto:

    • menos restricciones de suelo,
    • menor presión política local,
    • despliegue modular,
    • movilidad física de la infraestructura,
    • y potencial arbitraje regulatorio entre jurisdicciones marítimas.

    En otras palabras: la computación podría empezar a comportarse más como la industria naviera que como una infraestructura fija.

    La historia económica muestra que la innovación suele desplazarse hacia espacios donde el costo regulatorio es menor. Ocurrió con:

    • las banderas de conveniencia en transporte marítimo,
    • los centros financieros offshore,
    • las zonas económicas especiales,
    • y parcialmente con las criptomonedas.

    La inteligencia artificial, el centro de datos, podría seguir un camino parecido y mudarse al océano.

    Inferencia sí; entrenamiento, todavía no

    Panthalassa no pretende reemplazar los grandes campus terrestres de entrenamiento de modelos fundacionales. Eso sigue requiriendo latencias mínimas, sincronización extrema entre GPUs y enormes clusters coordinados.

    Pero la inferencia —el uso cotidiano de modelos ya entrenados— es mucho más distribuible.

    Ese detalle es crucial.

    La próxima década probablemente no estará dominada solo por megacentros de datos hipercentralizados, sino también por redes distribuidas de inferencia:

    • edge AI,
    • microcentros autónomos,
    • computación flotante,
    • y nodos energéticamente independientes.

    El océano encaja bastante bien en ese paradigma.

    El gran argumento liberal: innovación fuera del cuello de botella estatal

    Hay un trasfondo político evidente.

    Muchos gobiernos occidentales quieren simultáneamente:

    • más IA,
    • más soberanía tecnológica,
    • menos emisiones,
    • menos consumo eléctrico,
    • menos infraestructuras visibles,
    • y más regulación.

    Pero la física no negocia.

    La IA consume energía. Mucha.

    Y cuando las restricciones políticas bloquean expansión en tierra, el capital busca rutas alternativas. El océano aparece precisamente como una válvula de escape para una economía digital cada vez más limitada por:

    • licencias,
    • redes eléctricas envejecidas,
    • planificación urbana,
    • y lentitud administrativa.

    Desde una mirada liberal clásica, proyectos como Panthalassa representan algo más profundo que una innovación técnica: son intentos del mercado por escapar de cuellos de botella regulatorios creados por los propios Estados.

    No es casual que figuras como Peter Thiel estén detrás de estas apuestas. Thiel lleva años defendiendo la idea de que Occidente ha frenado su capacidad de construir infraestructura física ambiciosa.

    Los centros de datos oceánicos encajan perfectamente en esa filosofía: “si no puedes construir rápido en tierra, construye fuera de ella”.

    Los problemas reales

    Por supuesto, el proyecto enfrenta obstáculos enormes:

    • corrosión,
    • tormentas,
    • mantenimiento offshore,
    • bioincrustaciones,
    • latencia satelital,
    • costos logísticos,
    • y posibles regulaciones marítimas futuras.

    Además, la energía undimotriz lleva décadas prometiendo más de lo que entrega comercialmente. Existen antecedentes como Wave Dragon o dispositivos como MARMOK-A-5 que demostraron viabilidad técnica, pero también enormes dificultades económicas y operativas.

    La diferencia es que ahora existe un incentivo nuevo y gigantesco: la fiebre global por la inteligencia artificial.

    La IA necesita tanta energía que empieza a hacer rentables ideas que hace diez años parecían absurdas.

    El verdadero cambio

    Quizá la noticia importante no sea que haya centros de datos flotando en el océano.

    La noticia importante es otra: la economía digital está empezando a independizarse físicamente de la infraestructura tradicional de los Estados.

    Primero fueron las criptomonedas. Luego las constelaciones satelitales privadas. Ahora aparecen centros de datos oceánicos autónomos.

    La tendencia parece clara: cuando las restricciones terrestres aumentan, el capital tecnológico empieza a mirar hacia espacios menos regulados, más móviles y energéticamente abundantes.

    Y el océano, literalmente, sobra en las tres cosas.

  • “Pequeñas” cosas que debemos a Albert Einstein

    Si preguntásemos a pie de calle por el nombre de un científico, las respuestas se repartirían mayoritariamente entre Albert Einstein, Marie Curie, Isaac Newton, Stephen Hawking y científicos locales, como Santiago Ramón y Cajal, o aparecidos en el cine, como Robert Oppenheimer.Según algunas encuestas, los cuatro primeros se quedarían con aproximadamente entre el 60 % y el 90 % de las respuestas y Albert Einstein saldría ganador, por goleada.

    Albert Einstein
    Retrato de Marie Skłodowska-Curie (1867 – 1934).
    Wikimedia Commons.

    Ahora bien, si preguntásemos a continuación por qué conocen a Einstein, la inmensa mayoría de los encuestados responderían ¡la teoría de la relatividad!, aunque no supieran de que trata tal teoría… Estaremos de acuerdo en que Einstein contribuyó al progreso de la ciencia con este logro, aunque también lo hizo en otros ámbitos, menos conocidos y de gran importancia en nuestro día a día.

    Cuatro artículos pioneros

    En 1905, antes de dar a conocer su teoría más reconocida, Albert Einstein publicó cuatro artículos merecedores, cada uno de ellos, del premio Nobel:

    Albert Einstein
    Efecto fotoeléctrico: emisión de electrones (en rojo) de una placa metálica al recibir suficiente energía transferida desde los fotones incidentes (líneas onduladas).
    Wikimedia Commons., CC BY
    • Sobre el movimiento de pequeñas partículas suspendidas en un líquido estacionario, según lo requiere la teoría cinética molecular del calor, en el que proporcionó evidencia empírica de la realidad del átomo y dio crédito a la mecánica estadística, una rama de la física relegada por aquel entonces.
    • Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento, avanzadilla de su gran teoría, en el que Einstein concilió las ecuaciones de Maxwell del electromagnetismo y las leyes de la mecánica clásica: propuso la velocidad de la luz como la máxima velocidad alcanzable, sólo accesible para los fotones.
    • ¿Depende la inercia de un cuerpo de su contenido de energía?, en el que Einstein dedujo la ecuación más famosa de todos los tiempos o, al menos, la más reproducida en camisetas y tazas de desayuno. La equivalencia entre la masa de un cuerpo en reposo y la energía en que puede convertirse: E=mc².

    Parecen resultados importantes y lo son. ¿Pero de qué nos sirve todo esto a la gente de a pie?

    Sincronización de relojes

    Cada vez que alguien abre Google Maps o el navegador del coche, el buen funcionamiento del GPS depende directamente de la teoría de la relatividad de Einstein.

    Los satélites que forman el sistema GPS se mueven muy deprisa y se encuentran lejos de la superficie terrestre, donde la influencia gravitatoria de la Tierra es menor. Einstein descubrió que el tiempo no avanza al mismo ritmo en cualquier circunstancia: la gravedad y la velocidad del objeto lo modifican. Los relojes de los satélites, por tanto, tienden a adelantarse o retrasarse respecto a los que hay en la superficie de la Tierra.

    Albert Einstein
    Telstar, el primer satélite de comunicaciones lanzado al espacio, en 1962.
    NASA.

    El sistema GPS corrige este efecto aplicando las ecuaciones de la relatividad especial y general. Si no lo hiciera, el posicionamiento tendría errores de varios kilómetros al cabo de un solo día.
    Del mismo modo, la infraestructura de internet y de las telecomunicaciones modernas depende de una sincronización extremadamente precisa entre relojes distribuidos por todo el planeta, muchos de ellos también en satélites.

    Si no se corrigieran dichos relojes acorde con la relatividad general, las redes eléctricas, los pagos electrónicos, la navegación aérea y el propio internet sufrirían fallos importantes.

    Cada conexión, cada videollamada y cada transacción bancaria se beneficia, sin que lo notemos, del modo en que Einstein cambió nuestra comprensión del tiempo y de la gravedad.

    Paneles solares: cuestión de fotones

    Los paneles solares modernos funcionan gracias al efecto fotoeléctrico, que fue explicado por Einstein en 1905 –fue este mérito lo que se premió con el Nobel en 1921–.

    Planteó que la luz está formada por paquetes de energía llamados fotones y que, cuando un fotón con suficiente energía golpea ciertos materiales, puede arrancar un electrón de su superficie. Esa expulsión de electrones es lo que genera corriente eléctrica en una célula solar.

    Todo panel fotovoltaico doméstico, toda farola solar y cada pequeño cargador solar portátil se basan exactamente en el proceso que este científico describió: luz que libera electrones y electrones que generan electricidad.

    Videollamadas y pantallas digitales

    La fotografía digital, las cámaras de los móviles, las webcams y prácticamente cualquier sistema moderno de captura de imágenes funcionan también gracias al mismo efecto. En los sensores CCD y CMOS, que sustituyen a la película fotográfica clásica, cada punto de la imagen es una minúscula celda que libera electrones cuando recibe luz.

    Esa liberación es medida electrónicamente y convertida en una imagen digital. El principio físico detrás de cada foto, vídeo o videollamada cotidiana es exactamente el que Einstein describió en 1905.

    Láseres grandes y pequeños

    Los láseres, que hoy en día aparecen en muy diversas aplicaciones, funcionan siguiendo un mecanismo que predijo Einstein: la emisión estimulada. En un artículo de 1917, aventuró que un átomo podía ser “forzado” a emitir luz idéntica a la que recibía, creando un haz de luz extremadamente puro, concentrado y ópticamente coherente.

    Décadas después, esta predicción se convirtió en el principio de funcionamiento del láser. Hoy en día, encontramos láseres en lectores de códigos de barras en el supermercado, en ratones ópticos, en impresoras láser, en reproductores de CD, en fibra óptica para internet y en algunos procedimientos médicos.

    Albert Einstein
    Láseres de estado sólido emitiendo en distintos colores. (Wikipedia)
    CC BY-SA

    Medicina nuclear

    La energía nuclear y varias técnicas médicas modernas dependen de la ecuación E=mc². Esa relación establece que una pequeña cantidad de masa encierra una enorme cantidad de energía.

    La comprensión de este vínculo permitió explicar el funcionamiento de los núcleos atómicos y abrió el camino a los reactores nucleares, pero también a usos médicos esenciales, como la radioterapia o las exploraciones PET (tomografía por emisión de positrones), que permiten diagnosticar enfermedades detectando pequeñas cantidades de radiación procedente de desintegraciones atómicas.

    Aunque no sea algo que una persona use directamente cada día, sí afecta profundamente a la salud pública y al tratamiento de millones de pacientes alrededor del globo.

    En definitiva, cada vez que alguien recibe un radiodiagnóstico o un tratamiento basado en física nuclear, consulta un trayecto en su GPS o carga su teléfono móvil con un panel solar, está aprovechando de algún modo una de las ideas de Albert Einstein.The Conversation

    Francisco José Torcal Milla, Profesor Titular. Departamento de Física Aplicada. Centro: EINA. Instituto: I3A, Universidad de Zaragoza

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Linux: cuando la generosidad de un programador cambió el mundo

    En agosto de 1991, un mensaje pasó casi desapercibido en un foro de informática. Su autor, un joven estudiante finlandés de 21 años, escribió: “Estoy haciendo un sistema operativo gratuito (solo un hobby, no será grande ni profesional como GNU) para clones 386(486) AT”. Se llamaba Linus Torvalds, y su modestia resultó histórica: ese “hobby” terminaría convirtiéndose en Linux, el corazón silencioso del mundo digital moderno.

    La historia de Linux nace, como tantas innovaciones, de la frustración. Torvalds usaba MINIX, un sistema operativo educativo diseñado por Andrew Tanenbaum. MINIX funcionaba, pero era limitado: estaba hecho para enseñar, no para aprovechar el potencial real de las nuevas computadoras personales. Linus quería algo más potente, flexible y útil. Así, desde su pequeño departamento en Helsinki, comenzó a escribir su propio kernel: el núcleo que gestiona los recursos de un equipo y permite que el software dialogue con el hardware.

    En septiembre de 1991 publicó la versión 0.01: apenas 10.239 líneas de código, suficientes para arrancar una máquina, ejecutar un intérprete de comandos y realizar operaciones básicas. Lo verdaderamente revolucionario no fue su tamaño, sino su licencia. Linus lo liberó gratuitamente en Internet e invitó a otros programadores a examinarlo, modificarlo y mejorarlo. En una época en la que el software era sinónimo de control corporativo —código cerrado, licencias caras y acceso restringido—, el gesto de Torvalds fue casi contracultural.

    Ese acto de generosidad encendió una chispa. Poco a poco, desarrolladores de todo el mundo comenzaron a colaborar: corregían errores, añadían funciones, adaptaban el kernel a nuevas arquitecturas. En 1992, Linus adoptó la licencia GPL creada por la Free Software Foundation, que garantizaba que cualquier mejora realizada por cualquier persona o empresa debía mantenerse libre. Ese detalle legal impulsó una de las mayores colaboraciones tecnológicas de la historia.

    Para mediados de los años 90, Linux dejó de ser “un hobby” y se convirtió en un sistema operativo robusto, estable y capaz de competir con gigantes. Las empresas pronto lo adoptaron: era gratuito, seguro y perfecto para servidores. Con la explosión de Internet, Linux se volvió el motor del mundo digital. Y más tarde, con la llegada de Android en 2008, pasó a vivir en los bolsillos de miles de millones de personas.

    Hoy, Linux domina territorios invisibles pero fundamentales:

    • Más del 96% de los grandes servidores web.
    • Los 500 supercomputadores más veloces del planeta.
    • La infraestructura de nubes como AWS, Google Cloud y Azure.
    • Sistemas críticos de telecomunicaciones, banca, aviación y ciencia.
    • La exploración espacial: desde rovers en Marte hasta la Estación Espacial Internacional.

    El kernel supera los 27 millones de líneas de código, con aportes de más de 19.000 desarrolladores y 1.400 empresas. Es, en esencia, el mayor proyecto colaborativo en la historia de la humanidad.

    Pero la verdadera revolución de Linux no fue tecnológica, sino cultural. Demostró que la apertura puede superar al secreto, que la colaboración puede competir con la propiedad exclusiva, y que un programador que regala su trabajo puede terminar creando la base del mundo digital.

    Linus Torvalds no solo escribió código brillante. Demostró que la generosidad también es una arquitectura viable, capaz de sostener internet, la ciencia, la industria y miles de millones de dispositivos.

    Linux no solo cambió la informática: cambió lo que creemos posible cuando la libertad y la colaboración se ponen al servicio del mundo.