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  • Colombia 2026: El tigre, el senador y el alma de una nación

    Colombia 2026: El tigre, el senador y el alma de una nación

    Colombia amaneció este lunes con dos nombres tatuados en su destino inmediato: Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda. Los resultados de la primera vuelta del 31 de mayo de 2026 no solo definen quiénes disputarán la presidencia el 21 de junio; trazan una frontera profunda entre dos visiones de Estado que difícilmente podrían ser más antagónicas. Con una abstención históricamente baja para una primera vuelta y más de 20 millones de votos emitidos, Colombia habló alto y con una claridad inquietante: el centro no existe.

    Lo que ocurrió ayer no fue únicamente una elección. Fue la certificación de que la polarización que Gustavo Petro instaló en el imaginario político colombiano ha dado a luz a su propio espejo: una ultraderecha populista que adopta el mismo lenguaje emocional, la misma retórica de salvación nacional y el mismo desprecio por los matices que caracteriza a los extremismos bien conocidos en la región. El uribismo tradicional fue desplazado. Paloma Valencia, con apenas un 7%, representa el cadáver político de la derecha moderada. El futuro se dirimirá entre dos proyectos que, desde una perspectiva liberal clásica, generan inquietudes legítimas aunque de naturaleza muy distinta.

    «La primera vuelta ha confirmado que Colombia no tiene un candidato de centro viable para el balotaje. Es la primera vez en la historia reciente del país que los dos extremos del espectro se enfrentarán solos.»— Análisis de Mundiario, 1 de junio de 2026

    I. Abelardo de la Espriella: el outsider que sorprendió

    Abogado penalista nacido en Montería, conocido por defender a figuras públicas y empresarios en procesos judiciales complejos, De la Espriella construyó su candidatura sobre el movimiento Defensores de la Patria desde finales de 2025. Su ascenso fue meteórico y su victoria en primera vuelta, con más de diez millones de votos, es políticamente significativa: logró penetrar en feudos de la Costa Caribe donde el Pacto Histórico esperaba dominar. Su fórmula vicepresidencial, el exministro de Hacienda José Manuel Restrepo, aporta credencial técnica a una campaña que en lo demás ha apostado por la confrontación visceral.

    Su programa, bautizado como «El Milagro de los Nunca», propone una reducción del Estado en un 40% en cuatro años, un ajuste fiscal de 70 billones de pesos, rebajas tributarias para estimular la inversión privada, y un crecimiento anual del 7% «al estilo de Corea del Sur». En materia de seguridad, promete construir diez megacárceles privadas en la selva siguiendo el modelo del presidente Bukele de El Salvador, retomar la fumigación aérea con glifosato de 330.000 hectáreas de cultivos ilícitos, y recuperar en noventa días el control de zonas dominadas por grupos armados bajo lo que denomina una «Pax Romana».

    Desde una óptica liberal minarquista, la propuesta económica de De la Espriella tiene un atractivo superficial: reducir el Estado, bajar impuestos, liberar el mercado. Sin embargo, es necesario distinguir con precisión entre liberalismo y populismo de derecha. El primero confía en las instituciones, el Estado de derecho y los límites del poder ejecutivo. El segundo utiliza el lenguaje del mercado libre como legitimación retórica mientras concentra poder discrecional en el ejecutivo, debilita los contrapesos judiciales y moviliza emocionalmente a las masas contra un enemigo interno.

    Advertencia — Radicalización institucional

    La promesa de suspender los efectos de la JEP por decreto presidencial, la referencia al «estado de excepción» como instrumento de gobierno y el modelo Bukele de detención masiva sin garantías procesales son incompatibles con el liberalismo clásico. Un Estado mínimo que tortura o encarcela sin juicio no es minarquista: es autoritario. La diferencia no es cosmética; es constitutiva. Colombia ha pagado un precio histórico enorme por la concentración de poder ejecutivo. De la Espriella, pese a su retórica pro-mercado, no ofrece garantías institucionales convincentes.

    II. Iván Cepeda: la continuidad con otro rostro

    Senador del Pacto Histórico, hijo de un senador asesinado por el paramilitarismo, exiliado, estudioso del derecho internacional humanitario, Cepeda representa la continuidad ideológica del proyecto Petro con mejores modales institucionales. Su programa, «El poder de la verdad», tiene 433 páginas y habla de cuatro «revoluciones»: agraria, social, ética y política. Propone redistribución masiva de tierras, 30.000 kilómetros de vías terciarias, ampliación del programa Colombia Mayor de tres a cinco millones de beneficiarios, la creación de un Banco del Pueblo para erradicar la pobreza monetaria y una transición energética que abandone la dependencia del petróleo.

    Cepeda no es Petro, aunque lo prolonga. Es más disciplinado intelectualmente, menos dado a los estallidos autoritarios y más respetuoso de las formas democráticas. Sin embargo, su programa se lee, como han observado analistas de Cambio Colombia, «más como un manifiesto político que como un plan técnico de gobierno». La sostenibilidad fiscal de propuestas como ampliar Colombia Mayor, financiar créditos agrarios al 2% y crear múltiples fondos estatales nuevos depende de una reforma tributaria que el Congreso colombiano ha demostrado históricamente ser incapaz de aprobar en sus versiones más ambiciosas.

    «El bloque social de Cepeda es real: campesinos, indígenas, afrodescendientes, sindicatos y jóvenes. Pero gobernar para ese bloque sin dañar el tejido productivo requiere una destreza fiscal que su programa aún no demuestra con claridad.»— Análisis comparativo, Razón Pública · Mayo 2026

    III. ¿Cuál gobierno puede mejorar Colombia?

    Esta pregunta, formulada con honestidad desde una perspectiva liberal minarquista, obliga a reconocer algo incómodo: ninguno de los dos finalistas representa un ideal liberal. Ambos proponen un Estado activo y potencialmente intervencionista, aunque en distintas áreas y con distintos riesgos para las libertades civiles.

    El caso para una preferencia condicionada por Cepeda

    Si la pregunta se reduce a instituciones, Colombia requiere un gobierno que respete el Estado de derecho, la independencia judicial y las libertades de prensa. El historial de Cepeda como defensor de derechos humanos, la ausencia de amenazas al sistema judicial y su menor predisposición al discurso de «estado de excepción» lo hacen preferible desde el ángulo de las garantías institucionales básicas. Un liberal clásico puede oponerse a su programa económico, pero puede al menos confiar en que las cortes seguirán funcionando y los periodistas no serán intimidados sistemáticamente.

    El caso para una preferencia condicionada por De la Espriella

    Si la pregunta se centra en economía y seguridad fiscal, De la Espriella tiene propuestas en el papel más compatibles con un Estado más pequeño y una economía de mercado. Su fórmula vicepresidencial, Restrepo, es un economista serio. El combate frontal al narcotráfico, si se ejecuta dentro del marco legal, podría reducir una de las principales fuentes de violencia e inestabilidad que impide el desarrollo. Un liberal pragmático podría apostar por su gestión económica mientras espera que las instituciones contengan sus instintos más autoritarios.

    IV. El fracaso del centro y la lección que nadie aprende

    Sergio Fajardo, ex alcalde de Medellín y candidato del centro ilustrado, fue eliminado. Paloma Valencia, con propuestas moderadas de centroderecha, quedó en un distante tercer lugar. El mapa electoral colombiano de 2026 confirma lo que ya insinuaba 2022: la polarización no es un accidente sino una estrategia rentable. Tanto el petrismo como su contraparte de ultraderecha se benefician de un electorado que vota por miedo al otro, no por amor a su candidato.

    Para quienes creen en el liberalismo clásico —en la limitación del poder, en los derechos individuales, en el mercado libre dentro de un Estado de derecho robusto— Colombia ofrece hoy un menú de opciones profundamente insatisfactorio. Lo que resta antes del 21 de junio es observar con atención si alguno de los dos finalistas es capaz de moderar su discurso, construir coaliciones hacia el centro y ofrecer garantías institucionales suficientes para gobernar un país que no puede permitirse más experimentos ideológicos de alta temperatura.

    V. Implicaciones para Panamá

    Para la República de Panamá, las elecciones colombianas tienen consecuencias directas y concretas. El Tapón del Darién, el narcotráfico transnacional, los acuerdos de cooperación bilateral y la política exterior regional son áreas donde el próximo gobierno colombiano tendrá un impacto inmediato en los intereses panameños.

    Con De la Espriella — Oportunidades

    • Mayor cooperación militar en el Darién: la estrategia «Pax Romana» implica presión sobre el Clan del Golfo, principal controlador del tráfico migratorio
    • Alineación ideológica con el gobierno de Mulino: coincidencia en política de mano dura migratoria y antinarcóticos
    • Probable acercamiento a Washington: relaciones más fluidas con EE.UU. facilitarían el trilateral Panamá-Colombia-EE.UU. para control del Darién
    • Reducción potencial del flujo migratorio si la fumigación y el combate al Clan del Golfo reducen las rentas criminales

    Con De la Espriella — Amenazas

    • Riesgo de «balcanización» del combate: operaciones de fuerza bruta sin coordinación pueden desplazar flujos migratorios sin eliminarlos
    • Si usa decreto presidencial para suspender la JEP, podría tensionar acuerdos de paz que mantienen ciertos corredores controlados
    • Su estilo confrontacional puede generar inestabilidad interna en Colombia con efectos regionales
    • Fumigación aérea masiva puede afectar ecosistemas transfronterizos del Darién

    Con Cepeda — Oportunidades

    • Continuidad del proceso de paz puede reducir zonas de conflicto armado en áreas limítrofes
    • Política exterior más activa en foros multilaterales: mayor coordinación regional en gestión migratoria
    • Enfoque en desarrollo rural colombiano podría reducir causas profundas de emigración
    • Relaciones diplomáticas más estables con Venezuela podrían facilitar la gestión regional de flujos migratorios

    Con Cepeda — Amenazas

    • Continuación de la «Paz Total» implica negociación con el Clan del Golfo, que mantiene control del Darién como fuente de renta
    • Posible distanciamiento de Washington en materia de seguridad, debilitando la cooperación trilateral
    • Si la economía colombiana deteriora, aumenta la presión migratoria interna hacia el norte
    • Tensión con el gobierno Mulino si Cepeda adopta posiciones más cercanas a Venezuela o Nicaragua

    En términos estructurales, el principal interés de Panamá es que Colombia tenga un gobierno capaz de ejercer soberanía efectiva sobre el Darién y de cooperar con seriedad en el combate al Clan del Golfo. Por este criterio específico, un gobierno de De la Espriella ofrece más retórica de acción inmediata; un gobierno de Cepeda ofrece más estabilidad a largo plazo si sus diálogos de paz producen resultados. Ninguno garantiza la solución definitiva de un problema estructural que lleva décadas.

    VI. Lo que viene antes del 21 de junio

    La campaña de segunda vuelta será probablemente la más tensa que Colombia ha vivido en décadas. Cepeda necesita convencer a los votantes de Fajardo, Valencia y otros candidatos del centro y centroderecha para alcanzar mayoría. De la Espriella parte con ventaja numérica pero enfrenta el desafío de que su voto duro tiene techo conocido y que el voto de miedo puede actuar en su contra tanto como a su favor.

    Los colombianos que votaron ayer por candidatos eliminados tienen ahora la palabra más importante. La decisión que tomen en las próximas tres semanas no solo determinará quién gobierna Colombia hasta 2030, sino que enviará una señal sobre si la democracia colombiana es capaz aún de producir gobiernos que respeten las reglas del juego, las libertades fundamentales y la separación de poderes.

    Desde esta orilla analítica, la preocupación no es ideológica sino institucional. Colombia merece un gobierno que administre bien el Estado, no que lo use como arma. Que reduzca la violencia sin convertirse en violencia. Que amplíe libertades, no que las suspenda en nombre de la seguridad. Ninguno de los dos finalistas ha demostrado todavía ser ese gobierno. La segunda vuelta es la última oportunidad para convencer.

    Nota editorial: Este análisis fue elaborado el 1 de junio de 2026, horas después del cierre del preconteo oficial. Los datos electorales provienen de la Registraduría Nacional del Estado Civil de Colombia. Las evaluaciones programáticas se basan en los planes de gobierno registrados ante el Consejo Nacional Electoral, declaraciones públicas de campaña y análisis de El Tiempo, El Espectador, Semana, La Silla Vacía, Razón Pública, Bloomberg Línea, CNN en Español e Infobae.

    Perspectiva declarada: Este análisis adopta una perspectiva liberal minarquista: favorable a la limitación del poder estatal, al Estado de derecho, a las libertades civiles y económicas, y crítica tanto del autoritarismo de derecha como del populismo de izquierda. Esta perspectiva no es neutral; es transparente.

  • IA de código abierto: regular lo irregulable

    IA de código abierto: regular lo irregulable

    El Financial Times publicó esta semana una investigación que, según sus autores, debería inquietarnos: las barreras de seguridad integradas en modelos de inteligencia artificial (IA) de código abierto —como los de Meta o Google— pueden desactivarse en menos de diez minutos, sin hardware especializado y con herramientas disponibles en cualquier repositorio público. El resultado: sistemas que acceden a información sobre armas, malware o sustancias peligrosas. La reacción refleja predecible ha sido exigir más regulación. Pero antes de que los legisladores se lancen a una nueva cruzada prohibicionista, conviene hacer algunas preguntas incómodas.


    El espejismo del control en el punto de origen


    La lógica regulatoria dominante sitúa el problema en la fase de desarrollo: si las empresas construyen modelos más seguros, el daño queda contenido. Es una intuición comprensible pero profundamente errónea cuando se aplica a software de código abierto. Una vez que los pesos de un modelo se distribuyen libremente por internet —como ocurre con Llama de Meta o Gemma de Google—, el código se convierte en un bien público irreversible. Regularlo en origen es tan efectivo como haber intentado prohibir Linux o el protocolo BitTorrent. Los expertos citados en el propio reportaje lo admiten sin rodeos: «Es poco probable que los gobiernos puedan impedir que actores decididos accedan o modifiquen modelos una vez que sus pesos se encuentren ampliamente replicados online.»

    «Regular el código abierto en origen es tan efectivo como haber intentado prohibir Linux o el protocolo BitTorrent.»


    Esta no es una posición radical. Es simplemente la realidad técnica y económica de cómo funciona la distribución digital. Y sin embargo, los marcos regulatorios que se están construyendo —el AI Act europeo, los enfoques emergentes en el Reino Unido y Estados Unidos— siguen apostando mayoritariamente por controles sobre los desarrolladores originales, como si el resto de la cadena no existiese.


    Los costos invisibles de la prohibición


    El debate sobre la seguridad de la IA tiende a contabilizar sólo los riesgos de la tecnología y a ignorar por completo los costos de su supresión. Pero esos costos existen y son enormes. Los modelos de código abierto democratizan el acceso a la IA (inteligencia artificial): médicos rurales en países sin infraestructura tecnológica, periodistas en regímenes autoritarios, investigadores académicos sin presupuesto para APIs comerciales, pequeños emprendedores que compiten con gigantes corporativos. Todos ellos dependen de sistemas que ninguna empresa cerrada les ofrecería en igualdad de condiciones. Cuando los reguladores hablan de «restringir los modelos de código abierto de alto riesgo», rara vez mencionan a estos usuarios. Sus costos no aparecen en los informes del Financial Times.


    La alternativa cerrada tampoco es el paraíso de la seguridad que sus defensores proclaman. Los modelos propietarios de OpenAI, Anthropic o Google son igualmente vulnerables a los llamados «jailbreaks», sometidos a presiones comerciales que a menudo priorizan el lanzamiento sobre la auditoría, y opacos por definición: nadie puede examinar sus pesos, sus sesgos ni sus fallos. La seguridad que ofrecen es en gran medida una seguridad de marca, no una garantía técnica verificable.


    Dónde tiene sentido actuar


    La perspectiva liberal no implica ingenuidad ante los riesgos reales. Implica precisión en el diagnóstico y proporcionalidad en la respuesta. Los expertos del propio artículo apuntan en la dirección correcta cuando señalan que la regulación sería «más efectiva si se enfocara en el despliegue, la distribución y el uso dañino en el mundo real», en lugar de en la capa de desarrollo. Eso es razonable. El abuso concreto de un modelo —ya sea para fabricar malware, generar desinformación o diseñar armas— puede perseguirse mediante el derecho penal existente, sin necesidad de crear nuevos cuerpos burocráticos que supervisen el entrenamiento de modelos como si fuese enriquecimiento de uranio.


    Del mismo modo, los estándares de transparencia sobre el uso real de estos sistemas en infraestructuras críticas —salud, energía, justicia— son razonables y justificables. Lo que no lo es es construir un régimen de licencias y restricciones previas que, en la práctica, sólo podrán cumplir las grandes corporaciones tecnológicas con ejércitos de abogados, mientras los actores pequeños y los investigadores independientes quedan excluidos del ecosistema. Eso no es seguridad. Es la captura regulatoria de siempre con un barniz de ingeniería de sistemas.


    El conocimiento no se regula: se gestiona


    Hay una tensión irresuelta en el corazón de este debate: los mismos actores que más se beneficiarían de restricciones al código abierto —las grandes empresas de IA propietaria— son quienes más recursos tienen para influir en el diseño de esa regulación. No es una teoría conspirativa; es la dinámica habitual de cualquier mercado regulado. El resultado casi invariable es lo que los economistas llaman «barreras de entrada disfrazadas de bien público».


    El conocimiento técnico, una vez distribuido, no puede devolverse a la caja. La historia de internet, de la criptografía, del software libre, lo demuestra sin excepción. Los modelos de IA de código abierto son ya parte del paisaje tecnológico global, y ninguna directiva emanada de Bruselas o Washington va a cambiar ese hecho. Lo que sí pueden hacer los gobiernos es invertir en educación digital, en marcos de responsabilidad civil claros para el mal uso demostrado y en investigación pública sobre seguridad. Eso requiere menos retórica de emergencia y más paciencia institucional. Virtudes, hay que reconocerlo, escasas en temporada electoral.

  • Emprendedor Anónimo: el que crea riqueza.

    Emprendedor Anónimo: el que crea riqueza.

    Hay un tipo de emprendedor en Panamá del que nadie habla en los foros de innovación, en los premios gala de las cámaras de comercio, ni en los discursos del Ministerio de Comercio. No tiene pitch deck. No ha pasado por ninguna incubadora. No recibió capital semilla del Estado ni financiamiento de ningún organismo multilateral con siglas en inglés.

    Llegó —muchas veces desde el otro lado del mundo, sin hablar una palabra de español— con una maleta, una familia, y una disposición absoluta a trabajar más horas de las que cualquier código laboral contempla. Abrió un mini súper en una esquina que nadie quería. Vive en la trastienda. Sus hijos atienden la caja los fines de semana. Conoce el nombre de cada cliente del barrio.

    Los panameños los llaman, con una mezcla de afecto y distancia, «los chinitos». Están en Colón y en La Chorrera, en Chepo o en Chitré, en Bocas del Toro o en la ciudad capital, en los corregimientos que la banca no visita y el Estado solo recuerda cuando llega la campaña electoral. Son la red de distribución más eficiente y más resiliente de Panamá, construida sin un solo centavo público, sin un solo plan nacional, sin un solo funcionario que los guiara.

    Ese es el emprendedor que este artículo quiere reivindicar. El que no tiene nombre en los titulares precisamente porque no lo necesita. El que no espera que el Estado lo reconozca porque aprendió, antes que nadie, que el Estado es lo primero que hay que aprender a sortear.


    La verdad incómoda sobre los «casos de éxito» oficiales

    Panamá tiene un problema serio con su narrativa empresarial. Cada año, premios y gremios y ministerios presentan sus listas de emprendedores exitosos, sus historias de innovación, sus startups modelo. Y cada año, quienes conocen el tejido real de los negocios panameños se hacen la misma pregunta en voz baja: ¿cuánto de ese éxito viene del mercado, y cuánto de conexiones que no aparecen en ningún balance?

    En un país donde la captura del Estado por intereses privados tiene décadas de historia documentada, donde los contratos públicos y las exoneraciones fiscales se distribuyen con una opacidad que desafía cualquier auditoría, y donde la línea entre el empresario exitoso y el empresario bien conectado es a menudo invisible, la prudencia intelectual obliga a suspender el juicio sobre cualquier «caso de éxito» que no pueda explicar su crecimiento sin mencionar alguna relación con el aparato estatal.

    Esto no es cinismo. Es honestidad histórica. Y desde una perspectiva libertaria, es especialmente importante: porque el capitalismo de amigos y compadres —ese sistema donde el éxito empresarial depende más de tus contactos en la Presidencia que de tu capacidad de servirle al cliente— no es libre mercado. Es mercantilismo con traje moderno. Es el enemigo disfrazado de aliado.

    El verdadero libre mercado no premia las conexiones. Premia la utilidad. Y nadie entiende eso mejor que el emprendedor que llegó sin conexiones.


    El inmigrante sin red: el experimento más puro del libre mercado

    Imagínate llegar a un país sin hablar su idioma. Sin conocer sus costumbres. Sin parientes en la administración pública. Sin abogado que te oriente ni contador que te explique el sistema. Con un capital que cabe en una mochila y una red de apoyo que se limita a tu familia inmediata —que tampoco conoce el territorio.

    Y aun así, abrir un negocio. Mantenerlo abierto. Pagar tus deudas. Criar a tus hijos. Y con el tiempo, tal vez abrir un segundo local. Y luego un tercero.

    Ese proceso, repetido silenciosamente en cientos de barrios panameños por décadas, es el experimento más puro y más honesto de lo que el libre mercado puede hacer cuando se le da espacio. No hay subsidio que explique ese éxito. No hay programa estatal que lo reivindique. Solo hay trabajo, frugalidad, conocimiento del cliente, y una disposición a vivir con los márgenes que el mercado permite antes de exigir más.

    El mini súper del barrio no sobrevive porque el Estado lo proteja. Sobrevive porque sirve a su comunidad mejor que cualquier alternativa disponible. Abre cuando los supermercados grandes ya cerraron. Fía cuando el banco no existiría para ese cliente aunque quisiera. Conoce cuándo el cliente del frente cobra su quincena. Eso no es un modelo de negocio que se aprende en ninguna escuela de emprendimiento. Es inteligencia de mercado en su forma más pura: ganada en el terreno, día a día, sin red de seguridad.


    Lo que el Estado le hace a este emprendedor:

    Le cobra por existir antes de que pueda ganar

    El primer obstáculo que encuentra cualquier emprendedor informal al intentar formalizarse no es la complejidad del trámite. Es el costo. Registros, permisos municipales, licencias sanitarias, idoneidades, patentes comerciales. Cada una tiene su precio. Cada una tiene su fila. Cada una tiene su funcionario con criterio discrecional sobre si tu documentación está «completa».

    Para el tendero que opera con márgenes de centavos por transacción, ese costo inicial no es un obstáculo menor. Es a menudo la diferencia entre existir dentro del sistema y existir fuera de él. Y cuando el Estado diseña ese sistema y luego le llama «informalidad» al resultado, está culpando a la víctima.

    Le aplica reglas diseñadas para gigantes

    El Código de Trabajo panameño fue concebido en una época en que «empresa» significaba una gran corporación con departamento de recursos humanos. Sus exigencias de indemnización, las rigideces en la contratación y el despido, la obligatoriedad de decimotercer mes y vacaciones con fórmulas complejas, tienen sentido —quizás— para una empresa con 200 empleados y un departamento legal. Para el tendero que quiere contratar a un vecino del barrio dos tardes por semana, ese marco es absurdo. Y en la práctica, lo que produce es más informalidad laboral, no menos: porque el emprendedor racional elige no contratar antes que quedar atrapado en una relación laboral que no puede sostener.

    Le amenaza con la inspección como instrumento de extracción

    En demasiados barrios panameños, la visita del inspector municipal no es garantía de cumplimiento normativo. Es una negociación. Eso no es una acusación sin fundamento: es la experiencia cotidiana de quienes operan en los márgenes del sistema formal. Para el emprendedor sin conexiones ni abogado, la discrecionalidad del funcionario no es un riesgo abstracto. Es un costo operativo que hay que presupuestar junto con el alquiler y el inventario.

    Le da subsidios a sus competidores

    Aquí la ironía más aguda: mientras el pequeño comerciante lucha por sobrevivir con sus propios recursos, el Estado panameño ha otorgado históricamente exoneraciones fiscales, acceso preferencial a crédito, y protecciones regulatorias a sectores y empresas con suficiente músculo político para solicitarlas. El resultado es una competencia que no es libre: es una carrera en la que unos corren con peso extra y otros con viento a favor, y el peso extra siempre recae sobre el que no tiene nombre en el directorio de alguna cámara o agrupación empresarial.


    Las estrategias del emprendedor anónimo: lecciones sin certificado

    El comerciante que llegó sin idioma ni red no leyó a Hayek. Pero practica sus principios con una coherencia que muchos economistas académicos envidiarían.

    Capitaliza la información local que nadie más tiene. Sabe qué producto se vende más el viernes. Sabe qué familia está pasando un mes difícil. Sabe qué proveedor da mejor precio si pagas de contado. Esa inteligencia de mercado hiperlocal es su ventaja competitiva real, y ningún algoritmo de distribución corporativa puede replicarla.

    Opera con cero deuda cuando puede. La aversión al crédito formal —en parte por desconfianza, en parte por exclusión— produce, paradójicamente, negocios más resilientes. Sin servicio de deuda que pagar, el negocio puede sobrevivir meses malos que quebrarían a un competidor mejor financiado pero más apalancado.

    Reinvierte antes de consumir. La frugalidad no es virtud abstracta: es disciplina de supervivencia empresarial. El local que se expande despacio, que no cobra más de lo que el mercado aguanta, que construye reputación antes que volumen, construye también durabilidad.

    Construye redes de confianza sin contrato. El fiado —esa práctica de vender a crédito informal— parece arriesgado desde fuera. Desde adentro, es un sistema sofisticado de gestión de relaciones: el comerciante que fía conoce a su clientela mejor que cualquier analista de riesgo bancario. La tasa de recuperación, anecdóticamente, suele ser superior a la de muchos programas de microcrédito formal.

    Transita la regulación, no la confronta. No por deshonestidad, sino por pragmatismo: el emprendedor anónimo aprende rápido qué regulaciones son inviolables y cuáles son negociables, qué inspector tiene criterio fijo y cuál tiene criterio variable. No es una actitud que se deba celebrar. Es una adaptación racional a un sistema que no fue diseñado para él.


    El emprendedor anónimo como agente político, aunque no lo sepa

    Hay algo profundamente político en abrir un negocio sin pedir permiso más allá del mínimo indispensable. En servir a una comunidad que el Estado ignora. En crear empleo sin subsidio. En demostrar, con cada día que el local abre sus puertas, que la coordinación voluntaria entre personas libres produce resultados que ningún plan centralizado puede imitar.

    El tendero del barrio no hace discursos sobre la libertad de empresa. Pero la practica con más coherencia que muchos que sí los hacen. Cada transacción voluntaria entre él y su cliente es un voto en favor del mercado libre. Cada empleo que genera sin burocracia es un argumento empírico contra el mito de que el Estado es necesario para crear prosperidad.

    Lo que Panamá necesita no es que ese emprendedor aprenda a hablar el idioma de la política. Necesita que la política aprenda a hablar el idioma de ese emprendedor. Que entienda que la mejor política de desarrollo económico no se escribe en un plan quinquenal: se escribe quitando obstáculos y dejando que la gente construya.


    Lo que Panamá debe al emprendedor que nunca nombra

    Con casi la mitad de su fuerza laboral en la informalidad, Panamá sobrevive —en gran medida— gracias a una economía paralela de iniciativa privada pura que el Estado ni financia ni reconoce ni entiende. Esa economía alimenta familias, sostiene barrios, y crea redes de intercambio que funcionan con una eficiencia que ningún ministerio ha podido replicar.

    La deuda del Estado con ese emprendedor anónimo no es de gratitud retórica. Es de reforma concreta: que los trámites de formalización cuesten lo que un emprendedor puede pagar, no lo que un funcionario considera razonable. Que las reglas laborales tengan una versión para quien contrata a dos personas y otra para quien contrata a doscientas si no pueden tener la misma norma igual para todos, que sería el óptimo a perseguir. Que la inspección sea para garantizar cumplimiento, no para recaudar extrajudicialmente. Que las exoneraciones fiscales no sean privilegio de los bien conectados sino regla general para quien comienza. Que el crédito formal llegue a quien tiene historia de pago informal documentable, no solo a quien tiene garantía colateral que ya implica que no lo necesita.

    En síntesis: que el sistema se construya desde la realidad del que menos tiene, no desde la comodidad del que ya llegó.


    El héroe que no necesita ser nombrado

    El emprendimiento más honesto de Panamá no tiene nombre en ningún directorio. No ganó ningún premio. No apareció en ningún reportaje sobre «los jóvenes que están cambiando el país». Llegó sin idioma, construyó sin red, sobrevivió sin subsidio. Levanta sus rejas antes del amanecer y las baja después de la medianoche.

    Ese emprendedor es el argumento más poderoso contra la idea de que el Estado es necesario para que la economía funcione. Es la prueba viviente de que cuando se deja a las personas en libertad de servirse mutuamente, lo hacen con una creatividad y una eficiencia que ningún burócrata puede planificar.

    La libertad no es un concepto filosófico en ese mini súper del barrio. Es el precio que marca el dueño, la hora que decide abrir, el crédito que elige dar, la esquina que decidió ocupar cuando nadie más la quería.

    Eso es libre mercado. Sin apellido. Sin premio. Sin permiso.

  • El orfanato de Asunción que enseña Bitcoin a niños vulnerables

    El orfanato de Asunción que enseña Bitcoin a niños vulnerables


    En Asunción, Paraguay, en un orfanato, está ocurriendo algo con Bitcoin que probablemente todavía no terminamos de dimensionar del todo.

    Mientras gran parte del sistema educativo mundial continúa formando alumnos para estructuras económicas del siglo XX, un pequeño hogar de niños vulnerables está enseñando a sus adolescentes herramientas monetarias y tecnológicas que podrían definir buena parte del siglo XXI.

    Y no sucede en Silicon Valley, ni en una universidad de élite, ni en un colegio privado de 40.000 dólares al año.

    Sucede en la Fundación Virgen de Guadalupe. Allí, junto a iniciativas como Escuelita Bitcoin y miembros de la comunidad bitcoin paraguaya, adolescentes en situación de vulnerabilidad están aprendiendo autocustodia, Lightning Network, wallets, pagos digitales, ahorro, programación y educación financiera práctica.

    A simple vista, alguien podría pensar: “Bueno, están enseñando criptomonedas”.

    Pero lo que realmente ocurre es muchísimo más profundo, porque estos chicos no están siendo introducidos únicamente a un activo financiero: están siendo expuestos tempranamente a una nueva arquitectura de propiedad, soberanía económica y coordinación voluntaria digital global.

    Y ahí aparece lo verdaderamente revolucionario del caso.

    Históricamente, las grandes innovaciones financieras siempre llegaron primero a las élites:
    bancos, universidades prestigiosas, fondos de inversión, círculos tecnológicos privilegiados.

    Los sectores vulnerables, en cambio, casi siempre llegaron tarde, sin acceso, sin capital cultural, sin herramientas técnicas y muchas veces sin posibilidad de proteger patrimonio propio.

    En Paraguay parece estar ocurriendo exactamente lo contrario.

    Según Revista PLUS, el programa educativo lleva aproximadamente un año y medio y ya capacitó a unos 20 adolescentes, varios de los cuales comenzaron posteriormente a enseñar esos conocimientos a otras personas.

    Y esto sí constituye una anomalía histórica. Al menos la historia que regularmente nos enseña que las oportunidades se dan generalmente en entornos más elitistas o que cuentan con mejores herramientas educativas; y porque además, mientras muchos colegios tradicionales siguen enseñando contenidos industriales diseñados para economías analógicas y burocráticas, estos adolescentes vulnerables aprenden:

    • cómo custodiar valor,
    • cómo operar en redes descentralizadas,
    • cómo recibir pagos globales,
    • cómo ahorrar fuera de sistemas inflacionarios,
    • cómo interactuar con infraestructura digital abierta.
    • la importancia de la propiedad privada y su relación con la soberanía financiera

    No es solamente tecnología. Es alfabetización económica de avanzada.

    Y además hay algo todavía más poderoso: la dimensión psicológica.

    Muchos de estos jóvenes provienen de contextos donde la dependencia institucional ha marcado buena parte de sus vidas. Sin embargo, Bitcoin introduce exactamente la lógica opuesta: responsabilidad individual, verificación, autonomía y autocustodia. La carga simbólica es enorme.

    Una tecnología creada precisamente para reducir dependencia institucional termina siendo enseñada en un hogar de niños vulnerables latinoamericanos. Es casi poético.

    El propio ecosistema alrededor de la fundación muestra que no se trata simplemente de “teoría”. En eventos como elBitcoin Pizza Day organizado junto a Bitcoin Paraguay y Escuelita Bitcoin, los chicos cocinan pizzas, realizan actividades y reciben pagos en BTC mediante Lightning Network, utilizando esos recursos para mejoras reales en la infraestructura del hogar.

    Además, distintas publicaciones de la fundación muestran talleres sobre wallets y herramientas prácticas de uso cotidiano de Bitcoin.

    Quizá por primera vez en mucho tiempo, un grupo de chicos sin grandes privilegios materiales está adquiriendo antes que gran parte de las élites tradicionales una ventaja comparativa potencialmente gigantesca.

    Un adolescente que hoy aprende Lightning Network no solo aprende a enviar dinero. También aprende a participar de una economía global sin fronteras.

    Eso puede significar mañana:

    • trabajo remoto,
    • microemprendimientos digitales,
    • programación,
    • educación online,
    • inserción internacional,
    • ahorro soberano.
    • ser un individuo libre y responsable

    Mientras muchos sistemas educativos siguen formando empleados para estructuras viejas, estos chicos podrían estar siendo preparados para infraestructuras futuras. Y para ordenar su vida como mejor le parezca. Esto es lo que los libertarios llamamos «educación en libertad».

    Y tal vez allí resida lo más extraordinario de todo: un orfanato latinoamericano podría estar ofreciendo, en ciertos aspectos, una educación más alineada con el futuro que muchas escuelas privadas del primer mundo.

    No porque tenga más dinero, sino porque entendió antes hacia dónde se mueve el mundo. Y porque decenas de entusiastas y emprendedores del ecosistema Bitcoin decidieron hacer algo cada vez más raro: poner tiempo, conocimiento y dinero honesto donde ponen su discurso. Gracias a esa colaboración libre y voluntaria, chicos que nacieron con menos oportunidades podrían terminar accediendo antes que gran parte del mundo a las herramientas económicas y tecnológicas que los harán libres y dueños de su futuro.

    Si desean contribuir con este proyecto maravilloso, aquí les dejamos cómo hacerlo.

  • Hungría, Trump y señales de cambio.

    Hungría, Trump y señales de cambio.

    La caída de Orbán que siguió medio planeta (pocos países han concentrado tanta atención como esta vez) no es solo una derrota electoral en Hungría. Es una señal más de cambio de época que estamos viviendo, y se están acumulando tan rápido que apenas nos da tiempo a analizarlas.

    Trump pierde en todos los frentes diplomáticos abiertos y el mundo ya se reorganiza sin pedirle permiso. Ucrania resiste y al resistir ha reconfigurado Europa más de lo que nadie esperaba. Irán, lejos de colapsar, hoy le marca el ritmo de la negociación y le dice a Trump que hay otros ejes posibles. Los Emiratos Árabes, sin hacer ruido, tejen alianzas que ya no pasan por Washington ni por Bruselas. Y China, que observa en silencio, sabe que cualquier cierre del Estrecho de Ormuz que Trump amenaza hoy, le golpea a ella más que a nadie: es su petróleo, son sus rutas, es su economía la que depende de ese paso. Trump amenazando a Irán, le hace un daño imposible de no ser contestado, a su propio rival estratégico. La geopolítica rara vez es tan irónica.

    Netanyahu convenció a Trump de que atacar Irán era la jugada maestra. Ahora Trump bombardea, presiona, amenaza Ormuz y no encuentra la salida digna. No hay victoria clara, no hay negociación limpia, no hay día después o plan B pensado ( sí, ok…puede, pero por ahora no aparece). Netanyahu sigue hacia adelante porque no puede retroceder. Trump lo sigue porque tampoco puede. Dos líderes atrapados en una escalada que ninguno de los dos sabe cómo terminar. Y mientras tanto, el Líbano sangra y por cada bombardeo cosecha simpatías que antes no tenía. No estarían logrando el objetivo.

    Y mientras todo esto ocurre, Trump ataca al Papa. Al Papa !!. Cuando un poder político siente que necesita enfrentarse a la autoridad moral más simbólica del planeta, algo le está fallando por dentro.

    En ese contexto, Orbán cae. El gran laboratorio de la democracia iliberal cierra tras 16 años. Putin pierde su caballo de Troya en la UE. La «internacional iliberal» (Trump, Milei, Vox, Salvini, etc) apostó por él. Todos perdieron. Y lo perdieron con el 79% de participación, la más alta desde la caída del comunismo. Eso es un voto de hartazgo, sobre todo moral. 16 años en los que Hungría se empobreció en todos los indicadores reales: economía, sanidad, educación, libertad de prensa, independencia judicial. 16 años pagando el precio de un hombre que construyó un régimen a su medida y llamó a eso libertad.

    Libertad. Esa palabra que hoy se usa como escudo marketinero para cubrir cualquier cosa. También en Argentina, donde los indicadores reales, no los imaginados, no los del relato oficial, siguen escondidos en un «Excel» creativo, mientras el discurso sube de volumen, insultos y ofensas al periodismo. No hace falta esperar 16 años ni llegar al fondo para cambiar de rumbo. Hungría tardó lo que tardó. El tema es que no debería hacer falta tanto tiempo ni tanto deterioro para corregir, rectificar y poder enderezar lo que se está haciendo mal.

    Porque lo más extraordinario de hoy no es que Orbán haya caído. Es cómo cayó: en las urnas, sin violencia, con votos. En la historia, en general, los grandes cambios casi siempre llegan con sangre, tiros y sufrimiento. Hungría hoy nos dice que existe otra forma, menos frecuente, pero existe. Ojalá no se necesitara tanto tiempo ni tanta angustia.

    Los ciclos se agotan. En Hungría, en el tablero de los aranceles, en Medio Oriente, en cada país donde el relato tapa los hechos reales. Y cuando se agotan, se agotan de golpe; por las buenas, como en Budapest anoche, o por las malas. Pero se terminan. Siempre se terminan. La pregunta, para cada país, para cada líder, pero sobre todo para cada uno de nosotros, es cuánto se está dispuesto a perder antes de decidir que ya es suficiente.

    Porque al final del día, la salvación no tiene nombre de dirigente ni cara de político. Viene de otra parte. Viene de cada persona que decide que sus derechos no son negociables, que la libertad no es una palabra de campaña, que la dignidad no se canjea por relato. Así de simple. Así de extraordinario.

    Tenemos que ejercer en serio nuestros derechos fundamentales. Cada uno y todos los días. Antes de que cueste más defenderlos que haberlos cuidado a tiempo. Porque la alternativa ya la describió Thomas Sowell hace décadas: que otros decidan por nosotros y que al hacerlo mal, no les quepa responsabilidad alguna. Que se vayan a casa, con su pensión, sus nuevas propiedades, con su impunidad, y que la factura la paguemos nosotros, incluso con la vida. Eso tiene un nombre. Y no es libertad.

  • Viernes Santo

    Viernes Santo

    Viernes Santo, incluso quien no es creyente, puede detenerse un momento ante un hecho humano.

    Más allá de la fe, de la liturgia y del dogma, la historia no trata a Jesús como una invención. Lo reconoce, con algunas observaciones, como a un hombre real: alguien que vivió, habló, reunió seguidores, incomodó al poder y terminó ejecutado por el Imperio. No hace falta creer para entender el contexto: un disidente, vuelto peligroso por su palabra, aplastado por el orden establecido. ¿Suena familiar?

    Y cuando decimos “ejecutado”, no hablamos de una muerte abstracta. Hablamos del aparato romano del castigo. La crucifixión.

    Primero, la flagelación. El instrumento no era un simple látigo: era el flagrum, varias correas de cuero con incrustaciones de metal y hueso. Cada golpe no solo hería: desgarraba. Las bolas de plomo hundían la carne; los fragmentos afilados la arrancaban. La piel cedía primero, luego el tejido, luego el músculo. No había límite de golpes. La intención no era solo castigar, sino llevar al cuerpo al borde del colapso sin permitirle morir aún. Una crueldad que nos trae náuseas mientras las describimos.

    Después, la humillación. Un manto, una caña, golpes en la cabeza. Y una corona de espinas trenzadas y presionadas sobre el cráneo, una burla cruel que punzaba, abría la piel y convertía el dolor en espectáculo. Porque sí, una inmensa masa lo contemplaba no sin cierto deleite, aunque nos parezca increíble.

    Luego, el camino. El condenado cargando el madero, debilitado, sangrando, cayendo. Y finalmente la cruz romana: un método no solo para matar, sino para exhibir. El cuerpo fijado, elevado en lo más alto, expuesto. La muerte no llegaba de inmediato, sino lentamente, entre asfixia, agotamiento y pérdida de sangre. Era una ejecución pensada para quebrar no solo al hombre, sino a cualquiera que lo mirara. El garrote legal de nuestro tiempo para cualquiera que se atreva y enfrente el poder, de ahí la idea de la exposición aleccionadora.

    Por eso, incluso desde una posición secular, el Viernes Santo nos dice algo. Tal vez Jesús no murió “por nosotros” en el sentido religioso. Pero sí murió por sostener una palabra que desordenaba el mundo de su época; por decir algo distinto de lo permitido; por encarnar una idea que el poder consideró intolerable. Por ser un disidente desafiando al orden establecido con el sólo poder de las ideas, de la palabra.

    Y eso sí nos abarca a todos.

    Porque el mecanismo no ha cambiado tanto. Ya no tenemos látigos ni cruces. Ahora tenemos otras formas, más limpias, más aceptables, de castigar al disidente: desacreditarlo, aislarlo, ridiculizarlo, expulsarlo. La violencia se ha refinado pero el impulso de censura es el mismo. El poder sigue reaccionando ante quien incomoda.

    Recordar hoy a Jesús, incluso sin fe, es recordar a quienes han sido castigados por decir algo distinto, por señalar una injusticia, por negarse a obedecer lo establecido.

    Consideramos que Viernes Santo puede conmemorarse no solo como el recuerdo y luto de una pasión sagrada, sino como la memoria de un hombre al que el poder llevó hasta el extremo de la crueldad y la maldad porque sus ideas resultaban peligrosas.

    Y si algo exige este día, incluso para quienes no creen, es una toma de posición.

    Porque la historia no solo recuerda a quien fue llevado a la cruz, también recuerda a quienes lo permitieron.

    A Poncio Pilato, que se lavó las manos. A Herodes Antipas, que convirtió el dolor y la crueldad en espectáculo. A la muchedumbre, que miró, se acostumbró y siguió adelante.

    Y ese guion no ha desaparecido. Hoy ya no hay cruces en las plazas, pero sigue existiendo el poder que castiga al que incomoda, y multitudes que aplauden, callan o miran hacia otro lado.

    Por eso, si algo significa ser libres, de verdad libres, es decidir de qué lado estamos cuando alguien es señalado, castigado o silenciado por pensar distinto.

    No seremos Pilato. No nos lavaremos las manos frente a la injusticia. No confundiremos prudencia con cobardía.

    Y tampoco dejaremos de nombrar a los Herodes de nuestro tiempo, aunque muchos sigan aplaudiendo y celebrando la destrucción de quien incomoda, reducido ya a la indefensión frente a la omnipotencia del Estado.

    Porque cada época tiene su cruz, cada poder sus métodos, y cada sociedad su momento de decidir si repite la historia o finalmente aprende de ella.

  • Noelia, Durkheim y la soberanía irrenunciable del yo

    Noelia, Durkheim y la soberanía irrenunciable del yo

    Le quedan dos horas. Nos destroza el alma. Y aun así, no tenemos nada que ofrecerle a Noelia que ella no se haya ofrecido ya a sí misma: años de evaluaciones, peritos de todas las disciplinas, cinco tribunales, y una claridad sobre su propio sufrimiento que ninguno de nosotros, desde afuera, podemos siquiera imaginar. Hoy, mientras el mundo opina, ella elige. Y esa diferencia lo es todo.

    Hay una paradoja en el corazón de este debate que casi nadie quiere mirar de frente. Quienes se oponen a la eutanasia de Noelia lo hacen, en su mayoría, desde el amor. Quieren que viva. Quieren que mejore. Quieren que encuentre una salida que ella, después de años de búsqueda genuina, ha concluido que no existe. Y aquí está la pregunta que el libertarismo obliga a formular con toda su incomodidad: ¿tiene el amor de otros autoridad moral sobre el cuerpo y la decisión de una persona capaz? La respuesta honesta es no. El amor no es propiedad. El deseo de que alguien viva no es un derecho sobre su vida.

    «La autonomía no es frialdad. Es el último territorio que nadie debería arrebatarle a otra persona.»

    Émile Durkheim, el padre de la sociología moderna, habría querido impedírselo. Su monumental obra sobre el suicidio, publicada en 1897, construye toda su arquitectura intelectual sobre una premisa que el libertarismo rechaza de raíz: que el individuo es fundamentalmente un producto social, que sus decisiones más íntimas son en realidad síntomas de fuerzas colectivas, y que la sociedad tiene tanto el derecho como la obligación de regularlo, contenerlo, retenerlo. Para Durkheim, el suicidio no es una decisión, es un fallo del tejido social. La solución no está en el individuo, sino en fortalecer las instituciones que lo anclan al mundo.

    Es una visión coherente. Y es, en el caso de Noelia, profundamente equivocada.

    Porque Durkheim construyó su teoría sobre estadísticas agregadas que, por definición, borran lo más importante: la situación particular, irrepetible e intransferible de cada persona. Reducir miles de decisiones únicas a una «tasa social» es un ejercicio de poder epistémico, la pretensión de que el observador externo sabe más sobre una vida que quien la vive. Friedrich Hayek lo llamaría arrogancia del conocimiento. Y en este caso, esa arrogancia tiene consecuencias concretas: se convierte en el argumento para que un juez adicional, una mayoría moral, un padre que ama con desesperación, interpongan su voluntad entre Noelia y su decisión.

    El caso de Noelia no es sencillo. Nadie honesto puede pretender que lo es. Ella no padece una enfermedad terminal en el sentido convencional, padece una paraplejia irreversible, dolores neuropáticos crónicos, y un sufrimiento psicológico severo derivado de una agresión brutal. Y aquí es donde el debate filosófico se vuelve más exigente: ¿puede un estado de sufrimiento mental, aunque no sea psicosis, comprometer la autonomía hasta el punto de invalidar la decisión?

    Es la pregunta más honesta que el libertarismo debe enfrentar, y la respuesta no puede ser simplista. La autonomía no es un interruptor de encendido y apagado. Es un espectro. Pero hay una diferencia crucial entre reconocer esa complejidad y usarla como coartada para la tutela indefinida. Noelia fue evaluada durante años. Siete especialistas encontraron plena capacidad de decisión. El Tribunal Constitucional español y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos rechazaron los recursos que intentaban detenerla. Si ese proceso no es suficiente garantía, entonces no existe ningún proceso que lo sea y la consecuencia lógica es que ninguna persona con sufrimiento crónico podría jamás ejercer su autonomía, porque siempre habrá alguien dispuesto a dudar.

    «Defender la vida de verdad significa respetar también el derecho a despedirse de ella.»

    Quizás ese era el límite de Durkheim, no el de ella. Su sociología fue revolucionaria, pero nació en una época que no concebía la autonomía individual como un valor en sí mismo, separado del contrato social. Hoy tenemos ese lenguaje. Tenemos esa tradición, de John Stuart Mill a Robert Nozick, que insiste en que sobre sí mismo, sobre su propio cuerpo y su mente, el individuo es soberano. No el Estado. No la mayoría. No la familia, aunque ame. No el médico, aunque cuide. El individuo.

    Abrazamos la vida. La defendemos. Pero más amamos la libertad y el respeto a las decisiones individuales de cada uno. Y sabemos que defender la vida de verdad significa respetar también el derecho a despedirse de ella. Noelia no nos pide que muramos con ella. Nos pide algo más difícil: que confiemos en que ella sabe lo que nosotros, desde afuera, nunca podremos saber. Su sufrimiento. Su límite. Su decisión.

    Hoy, Noelia también está abrazando la suya.

  • Destruir la economía y salvarla: la paradoja de la confianza en tiempos de incertidumbre

    Destruir la economía y salvarla: la paradoja de la confianza en tiempos de incertidumbre


    En su artículo “Destruir la economía y salvarla”, Guy Sorman propone una lectura provocadora del momento económico global, marcada por tensiones geopolíticas, políticas proteccionistas y una creciente incertidumbre. Lejos de limitarse a una crítica coyuntural, el autor plantea una tesis más profunda: la economía no se sostiene únicamente en indicadores o políticas, sino en un elemento intangible pero decisivo, la confianza.

    Sorman sitúa el origen del deterioro económico reciente en decisiones políticas que alteran el funcionamiento del sistema global, como la imposición de aranceles variables o la instrumentalización de conflictos internacionales. Estas acciones, lejos de ser simples medidas económicas, erosionan la previsibilidad del sistema. Y es precisamente esa previsibilidad (la capacidad de anticipar reglas estables) lo que permite a los agentes económicos tomar decisiones de inversión, producción y consumo.

    El autor recuerda que el capitalismo nació sobre redes de confianza, inicialmente familiares, en las que la palabra y la reputación eran suficientes para sostener acuerdos comerciales. Aunque el sistema se ha sofisticado con instituciones, contratos y mercados financieros, su fundamento sigue siendo el mismo: la creencia compartida en que las reglas no cambiarán arbitrariamente.

    Desde esta perspectiva, el problema central no es tanto la guerra, los aranceles o las crisis energéticas en sí, sino el efecto acumulativo de estas decisiones sobre la credibilidad del sistema. Cuando los actores económicos perciben que las políticas responden más a impulsos políticos que a principios estables, la confianza se resquebraja. Y con ella, el motor mismo del crecimiento.

    Uno de los puntos más interesantes del texto es la advertencia sobre el papel del dólar y de Estados Unidos como ancla del sistema global. Sorman sugiere que el verdadero riesgo no reside en medidas concretas, sino en la pérdida de fe en esa referencia central. Si el dólar deja de percibirse como un valor seguro, las consecuencias pueden ser profundas y duraderas, alterando el equilibrio financiero internacional.

    Sin embargo, el autor no cae en un pesimismo absoluto. La “salvación” de la economía, según su planteamiento, pasa precisamente por restaurar esa confianza perdida. Esto implica volver a principios básicos: estabilidad normativa, coherencia en las políticas y respeto por las reglas del juego económico. En cierto modo, Sorman reivindica una visión clásica del liberalismo económico, donde la intervención política debe ser limitada y predecible.

    El artículo citado también puede leerse como una crítica indirecta a la creciente politización de la economía global. En un mundo interdependiente, las decisiones unilaterales tienen efectos sistémicos, y la tentación de utilizar la economía como herramienta de poder geopolítico puede resultar contraproducente. La economía, parece decir Sorman, no es un arma sin consecuencias: es un ecosistema delicado basado en expectativas compartidas.

    “Destruir la economía y salvarla” no es solo un diagnóstico de la coyuntura actual, sino una reflexión sobre la naturaleza misma del sistema económico. Su mensaje es claro: se puede destruir la economía rápidamente, erosionando la confianza, pero reconstruirla exige tiempo, coherencia y credibilidad. En un contexto de tensiones globales, esta advertencia resulta más pertinente que nunca.

  • Estrecho de Ormuz: la prueba geopolítica de Trump

    Estrecho de Ormuz: la prueba geopolítica de Trump

    A 16 de marzo de 2026, la novedad central no es solo que el Estrecho de Ormuz siga severamente perturbado, sino que la guerra entre Israel, con apoyo militar de EE. UU. bajo Trump, e Irán ha abierto una crisis de hegemonía: Washington puede golpear, pero no logra ordenar una coalición amplia para estabilizar el teatro ni restaurar plenamente la libertad de navegación. Reuters, AP y otros medios coinciden en tres hechos: Irán ha reducido de forma drástica el tráfico por Ormuz; Trump ha pedido ayuda a aliados y socios para reabrirlo; y la respuesta internacional ha sido fría, cautelosa o directamente negativa.

    Lo más importante para entender la crisis del Estrecho de Ormuz hoy es que no está “herméticamente” cerrado en términos absolutos, pero sí funciona como un chokepoint bajo coerción iraní. Hay paso selectivo y altamente riesgoso: un petrolero pakistaní logró cruzar, e India e Irán negocian tránsito seguro para algunos buques, mientras Washington admite que por ahora tolera el paso de ciertos barcos iraníes, indios y chinos para evitar un shock energético aún mayor. Eso sugiere que Teherán no ha impuesto un bloqueo clásico total, sino una interdicción política y militar selectiva, suficiente para hundir el tráfico, disparar primas de riesgo y demostrar capacidad de veto.

    En el plano estratégico, Trump pidió apoyo internacional y no lo consiguió en la escala que buscaba. España descartó participar en operaciones militares en Ormuz; Grecia dijo que no irá más allá de la misión Aspides en el Mar Rojo; Alemania, Italia y otros aliados europeos han rechazado enviar fuerzas navales para una operación ofensiva o de imposición liderada por EE. UU.; Japón dijo que no planea por ahora una misión de escolta; y Australia tampoco prevé mandar buques de guerra. El Reino Unido es el caso intermedio: rechaza verse arrastrado a una guerra más amplia, pero estudia fórmulas limitadas de apoyo a la reapertura del paso, sin comprometerse a una participación ofensiva clásica.

    El problema de Trump no es solo militar, sino de legitimidad estratégica. La campaña ha probado que EE. UU. e Israel pueden degradar activos iraníes, pero no que puedan traducir esa superioridad cinética en un nuevo orden regional estable. Israel ya habla de al menos tres semanas más de guerra; Irán sigue golpeando por vías asimétricas; el tráfico energético global continúa dañado; y los aliados no quieren firmar un cheque en blanco para una guerra cuyo objetivo oscila entre castigo, disuasión, contención nuclear y eventual cambio de régimen.

    El mercado ya está votando con miedo. Brent rondó los 101-102 dólares tras haber superado el umbral psicológico de 100, mientras la IEA activó una liberación extraordinaria de 400 millones de barriles y mantiene más de 1.400 millones en reservas de emergencia. Aun así, la propia Reuters subraya que las herramientas para absorber el shock se están agotando rápido. La interrupción en Ormuz afecta alrededor del 20% del petróleo y del gas licuado transportados por mar, y ha obligado a recortes severos de producción en Emiratos y otras plazas regionales.

    La crisis del Estrecho de Ormuz ha expuesto que Trump no puede destruir el multilateralismo un día y reclamarlo al siguiente sin pagar un precio. Pero la formulación más sólida no es que ya haya “derrota” estadounidense en sentido total, sino que existe una brecha cada vez mayor entre la capacidad de infligir daño y la capacidad de construir coalición, legitimidad y orden. Y en geopolítica, esa brecha acaba siendo decisiva: una potencia puede ganar ataques y perder posición. Hoy, en Ormuz, ese es exactamente el riesgo de Washington.

  • Del Manifiesto Cypherpunk a la Jaula Digital del Siglo XXI

    Del Manifiesto Cypherpunk a la Jaula Digital del Siglo XXI


    Corría 1992 cuando un grupo de matemáticos, programadores y pensadores libertarios comenzaron a reunirse en San Francisco con una convicción tan simple como radical: la privacidad no es un privilegio, es la condición sine qua non de la libertad individual. Se autodenominaron cypherpunk (una contracción de cipher (cifrado) y punk ) y su arma no era la violencia ni la política partidaria, sino el código.

    Eric Hughes, uno de sus fundadores, publicó en Marzo de 1993, lo que se convertiría en el documento fundacional del movimiento: A Cypherpunk’s Manifesto. Sus primeras líneas son tan vigentes hoy como entonces, quizás más:

    «Privacy is necessary for an open society in the electronic age. Privacy is not secrecy. A private matter is something one doesn’t want the whole world to know, but a secret matter is something one doesn’t want anybody to know. Privacy is the power to selectively reveal oneself to the world.»

    Hughes distinguía con precisión quirúrgica dos conceptos que el poder (estatal y corporativo) ha interesado históricamente en confundir: privacidad y secreto. El secreto es el refugio del culpable. La privacidad es el territorio soberano del individuo libre. Uno oculta el crimen; el otro protege la dignidad, la propiedad intelectual, la transacción comercial, la disidencia política, el pensamiento heterodoxo.


    Mises, Hayek y el Precio de la Información

    Desde la óptica austro-liberal, la privacidad no es un valor meramente filosófico o romántico; es un mecanismo de mercado fundamental. Friedrich Hayek lo explicó con una claridad que ningún planificador central ha podido rebatir: el conocimiento está disperso, es local, tácito, y jamás puede ser centralizado sin destruir la información misma que pretende gestionar.

    Cada transacción económica, cada preferencia individual, cada decisión de intercambio contiene información que pertenece exclusivamente a las partes involucradas. Cuando esa información es extraída, agregada y procesada por un tercero, sea el Estado o una corporación afín a él, deja de ser conocimiento vivo y se convierte en dato muerto al servicio del poder.

    Ludwig von Mises, en su crítica al socialismo, señalaba que sin precios libres no hay cálculo económico posible. Pero los precios libres requieren actores libres, y los actores libres requieren privacidad. Un individuo vigilado no negocia: obedece. Un consumidor perfilado no elige: es elegido. La vigilancia masiva no es un problema técnico; es un problema epistemológico y moral que destruye las bases del orden espontáneo que Hayek describió con tanta elocuencia.


    El Manifiesto Como Profecía

    Hughes no escribía poesía: escribía arquitectura. Su texto era un programa de acción concreto:

    «We must defend our own privacy if we expect to have any. We must come together and create systems which allow anonymous transactions to take place. People have been defending their own privacy for centuries with whispers, darkness, envelopes, closed doors, secret handshakes, and couriers. The technologies of the past did not allow for strong privacy, but electronic technologies do.»

    Los cypherpunks no esperaban que el Estado los protegiera. Sabían, con la lucidez que da leer a cualquier autor liberal, que el Estado es precisamente el actor del cual hay que protegerse. Desarrollaron PGP (Pretty Good Privacy), remailers anónimos, protocolos de comunicación cifrada. Sentaron las bases conceptuales de lo que décadas después sería Bitcoin: la primera moneda en la historia que permite transacciones sin intermediario, sin identidad obligatoria, sin permiso estatal.

    Tim May, otro pilar del movimiento, escribió el Crypto Anarchist Manifesto en 1988, anticipando con asombrosa precisión el mundo que habitamos:

    «The State will of course try to slow or halt the spread of this technology, citing national security concerns, use of the technology by drug dealers and tax evaders, and fears of societal disintegration. Many of these concerns will be valid; crypto anarchy will allow national secrets to be traded freely and will allow illicit and stolen materials to be traded.»

    May entendía lo que todo liberal entiende: el costo de la libertad es tolerar que otros la usen de formas que no nos gustan. La alternativa, la vigilancia preventiva, es infinitamente más costosa en términos de dignidad humana y prosperidad económica.


    La Gran Traición: Cuando el Mercado se Volvió Jaula

    Aquí llegamos al punto más amargo, al que Hughes y May difícilmente habrían podido anticipar en toda su magnitud: la cooptación de la privacidad por las mismas fuerzas del mercado que debían ser su garantía.

    El modelo de negocio que dominó Internet en el siglo XXI no fue la criptografía al servicio del individuo; fue la surveillance economy, la economía de la vigilancia. Google, Facebook (hoy Meta), Amazon, y decenas de plataformas construyeron imperios valorados en billones de dólares sobre un principio diametralmente opuesto al cypherpunk: si el servicio es gratis, el producto sos vos.

    Shoshana Zuboff lo llamó capitalismo de vigilancia: la extracción sistemática de datos de comportamiento humano para predecir, y modificar, conductas futuras. No es capitalismo en el sentido miseano del término. Es, en rigor, una forma de planificación central público-privada: una élite corporativa acumula conocimiento disperso no para servir al consumidor, sino para modelarlo. Y entregárselo al estado.

    El daño no es solo económico. Es ontológico. Cuando cada búsqueda, cada click, cada pausa frente a una pantalla es registrada y analizada, el individuo deja de ser soberano de su propio proceso cognitivo. Las plataformas no solo saben lo que querés ; determinan lo que vas a querer. El libre albedrío, esa precondición de la acción humana que Mises colocaba en el centro de la praxeología, se erosiona bit a bit.


    El Estado: El Vigilante que Nunca Descansa

    Si las Big Tech representan la traición del mercado a sus propios valores, el Estado representa algo más antiguo y más peligroso: el panóptico con poder de coerción.

    El año 2013 fue un punto de inflexión histórico. Edward Snowden reveló que la NSA estadounidense operaba programas de vigilancia masiva: PRISM, XKeyscore, Bullrun, que interceptaban comunicaciones de millones de personas en todo el mundo, incluidos ciudadanos de países aliados, sin orden judicial, sin causa probable, sin límite aparente.

    Lo que Snowden expuso no era una anomalía: era la lógica inevitable del Estado expandido. Como señalaba Rothbard, el Estado tiende por naturaleza a maximizar su poder y sus recursos. La tecnología digital no cambió esa naturaleza, la turboalimentó. Hoy los gobiernos no necesitan agentes infiltrados ni escuchas telefónicas rudimentarias: los ciudadanos entregan voluntariamente sus datos a plataformas que los comparten, con o sin coerción legal, con las agencias de inteligencia.

    China llevó esta lógica a su expresión más orwelliana con el Sistema de Crédito Social: un mecanismo de puntuación ciudadana basado en vigilancia permanente que premia la obediencia y castiga la disidencia. Pero sería ingenuo, o deshonesto, presentar esto como un problema exclusivamente chino. Las democracias occidentales construyen infraestructuras de vigilancia similares con retórica diferente: seguridad nacional, lucha contra el terrorismo, protección de la infancia.

    La lección liberal es inexorable: no existe la vigilancia benigna. Todo poder acumulado tiende a ser usado, y todo instrumento de control construido para un propósito declarado virtuoso será eventualmente aplicado contra los disidentes, los innovadores, los inconvenientes.


    El Legado Cypherpunk Hoy: Resistencia y Esperanza

    El movimiento cypherpunk no murió, mutó. Bitcoin, creado en 2009 por el pseudónimo Satoshi Nakamoto, es su hijo más célebre: una moneda sin banco central, sin identidad obligatoria, sin posibilidad de confiscación mediante decreto. Tor, Signal, ProtonMail, y decenas de herramientas de privacidad son sus herederos directos.

    Pero el desafío es monumental. La asimetría entre el individuo y las estructuras de vigilancia, estatales y corporativas, nunca fue tan pronunciada. La solución no vendrá de regulaciones estatales que piden a los mismos estados que vigilan que dejen de vigilar. Vendrá, como siempre en la tradición liberal, del individuo que decide recuperar su soberanía: adoptando herramientas de cifrado, descentralizando sus finanzas, eligiendo con conciencia qué datos entrega y a quién.

    Hughes lo dijo con la contundencia que solo tiene quien escribe para la historia:

    «Cypherpunks write code. We know that someone has to write software to defend privacy, and since we can’t get privacy unless we all do, we’re going to write it.»


    Privacidad es Propiedad

    En la tradición libertaria, la privacidad no es un capricho ni un privilegio tecnológico: es una extensión natural del derecho de propiedad sobre uno mismo. Si el individuo es propietario de su cuerpo, su mente y el fruto de su trabajo, como sostenían Locke, Spooner y Rothbard, entonces es propietario de sus datos, sus transacciones, sus palabras y sus silencios.

    La batalla por la privacidad en el siglo XXI es, en el fondo, la misma batalla de siempre: la del individuo soberano contra las estructuras que pretenden administrarlo, modelarlo y, en última instancia, poseerlo.

    Los cypherpunks lo vieron venir hace treinta años. La pregunta no es si tenían razón. La pregunta es si llegamos a tiempo.


    «We cannot expect governments, corporations, or other large, faceless organizations to grant us privacy out of their beneficence.» — Eric Hughes, A Cypherpunk’s Manifesto, 1993.