Categoría: Marcos Regulatorios

  • Contratación directa, competencia y república

    Contratación directa, competencia y república

    En materia de contratación pública conviene evitar dos simplificaciones igualmente malas: la primera consiste en suponer que toda contratación directa es corrupción. Y la segunda, en asumir que basta con que una contratación directa sea legal para considerarla institucionalmente saludable.

    Ninguna de las dos cosas es cierta.

    La Ley de Contrataciones Públicas panameña contempla procedimientos excepcionales y de emergencia por una razón evidente: hay circunstancias en las que el Estado no puede esperar meses mientras se desarrolla una licitación ordinaria. Una carretera colapsada, una inundación, un puente inutilizado o una emergencia sanitaria pueden exigir una respuesta inmediata.

    El problema comienza cuando aquello diseñado para resolver situaciones extraordinarias empieza a convertirse en una forma habitual de comprar. Y los datos recientes del Ministerio de Obras Públicas justifican precisamente esa discusión.

    Una investigación de La Estrella de Panamá, basada en registros de Panamá Compra, encontró que entre julio de 2024 y junio de 2026 el MOP adjudicó 276 contratos directos por aproximadamente US$363 millones. La cifra supera los US$225 millones contratados mediante mecanismos similares durante todo el quinquenio anterior. Eso no prueba corrupción, pero sí obliga a hacer preguntas.

    La competencia no es un trámite burocrático

    A veces hablamos de licitaciones públicas como si fueran simplemente un procedimiento administrativo pesado que retrasa las obras.

    Desde nuestra perspectiva liberal y habiendo sido los responsables del diseño de Panama Compras en 2006, consideramos que su función económica es bastante más importante que un mero tablón de anuncios. Fomenta la competencia y permite descubrir información que el funcionario no posee.

    ¿Cuánto cuesta realmente una carretera?, ¿Cuál es la mejor solución técnica?, ¿Qué empresa puede realizarla más rápido?, ¿Quién ofrece mejores garantías?, ¿Existe una tecnología menos costosa?, ¿Cuánto margen puede reducir un proveedor para obtener el contrato?. No hay una oficina pública capaz de conocer de antemano todas esas respuestas, precisamente ese conocimiento aparece cuando distintos oferentes compiten.

    Hayek explicó precisamente ese problema: el conocimiento relevante para organizar la actividad económica está disperso entre millones de personas. El mercado no funciona porque alguien posea toda la información, sino porque permite que la información dispersa se revele mediante precios, ofertas y decisiones.

    Una licitación competitiva intenta introducir una pequeña parte de ese mecanismo dentro de la contratación estatal, claro que no reproduce un mercado perfecto, pero permite algo fundamental: que el funcionario no tenga que decidir por sí solo cuánto debería costar aquello que está comprando. Cuando se elimina la competencia, se pierde esa referencia.

    La contratación directa tiene un costo incluso cuando nadie roba

    Éste es el punto que con frecuencia desaparece cuando la discusión se reduce a “hubo corrupción” o “no hubo corrupción”. Puede no haber un solo sobre, una sola coima ni un solo funcionario deshonesto y aun así producirse una mala asignación de recursos.

    Si el Estado contrata directamente a una empresa por US$10 millones y una licitación competitiva habría producido una oferta equivalente por US$8 millones, el contribuyente perdió US$2 millones aunque nadie haya cometido un delito.

    La corrupción es una forma extrema de malgasto, pero no es la única.

    La ausencia de competencia puede generar precios mayores, peores condiciones contractuales, soluciones técnicamente inferiores y dependencia repetida de un número reducido de proveedores.

    Por eso una política anticorrupción seria no debería concentrarse solamente en perseguir al funcionario que recibe dinero ilegal. Debería construir instituciones que reduzcan las oportunidades para que una decisión pública dependa de la discrecionalidad individual. La mejor investigación penal es la que nunca hace falta porque el procedimiento hizo difícil capturar la decisión.

    Cuando lo previsible se convierte en emergencia

    Existe además una distinción esencial entre urgencia y falta de planificación. Una inundación imprevisible puede justificar una contratación inmediata, pero el mantenimiento periódico de una carretera, difícilmente.

    Una estructura destruida inesperadamente puede constituir una emergencia. Una obra incluida desde antes en el Plan Estratégico de Gobierno merece una explicación mucho más exigente si posteriormente se adjudica mediante procedimiento excepcional.

    La investigación periodística ha señalado precisamente que algunas obras contratadas por vías excepcionales ya figuraban entre proyectos previstos en la planificación gubernamental.

    Eso no demuestra que la contratación sea ilegal, pero cambia la pregunta: si la necesidad ya se conocía, ¿qué acontecimiento extraordinario impidió licitar?, porque una emergencia no puede definirse simplemente como aquello que el Gobierno necesita ejecutar rápido dado que si así fuera, prácticamente toda obra pública podría convertirse en excepcional.

    Los gobiernos siempre tienen prisa; los ciudadanos llevan años esperando carreteras; los ministros tienen períodos limitados y los presidentes quieren inaugurar obras antes de terminar sus mandatos.

    Precisamente por todo eso las reglas existen antes de que aparezca la urgencia política.

    El argumento de la eficiencia merece ser tomado en serio

    También hay que escuchar al MOP.

    Panamá tiene una red vial con déficits acumulados y comunidades que llevan años esperando soluciones. El propio ministerio ha anunciado una cartera muy amplia de inversiones y sostiene que determinados procedimientos excepcionales permiten ejecutar con mayor velocidad. La administración también ha desarrollado numerosas licitaciones ordinarias: a finales de 2025 informó que de 35 proyectos estructurados para licitación, 26 habían sido licitados y 20 adjudicados.

    Por tanto, no corresponde construir la caricatura de un ministerio que no licita nada.

    Además, el contralor Anel Flores ha defendido que muchos contratos cuestionados respondieron a emergencias relacionadas con inundaciones y daños producidos por el agua. Anunció un arqueo y un informe para explicar las contrataciones a la ciudadanía. Es una explicación que merece ser evaluada con los expedientes delante y la respuesta republicana no es presumir culpabilidad, pero debe exigir evidencia.

    El contralor no debería defender: debería auditar

    Aquí aparece, sin embargo, una cuestión institucional delicada: el papel de la Contraloría no consiste en ser abogado defensor del ministerio cuestionado y tampoco en actuar como fiscal mediático.

    Su función es mucho más valiosa precisamente porque debería estar situada fuera de ambas posiciones. Su rol es controlar, verificar, comparar, documentar y publicar conclusiones.

    Cuando el contralor responde a cuestionamientos periodísticos diciendo que “el morbo impera”, corre el riesgo de desplazar la discusión desde los datos hacia las intenciones de quienes preguntan. No hace falta interpretar maliciosamente al contralor para señalar el problema.

    Por eso, una institución de control gana autoridad cuando puede decir «este contrato estuvo correctamente justificado»; o «éste otro no»; señalar que «en éste había emergencia o en éste la causal utilizada no se sostiene»; «estos precios fueron razonables o éstos excedieron referencias comparables».

    Eso es lo que el ciudadano necesita; la confianza republicana no consiste en creer en las personas. Consiste en poder comprobar sus actos.

    Las empresas tampoco tienen derecho adquirido a contratar con el Estado

    Otro elemento que complica la discusión es que entre las empresas que continúan obteniendo contratos públicos figuran algunas vinculadas en el pasado a casos de corrupción, entre ellas compañías cuyos representantes admitieron pagos ilícitos en el caso Blue Apple.

    Aquí también hay que mantener la cabeza fría.

    Si una empresa cumplió una sanción, no está legalmente inhabilitada y participa en una licitación abierta ofreciendo las mejores condiciones, no debería ser excluida arbitrariamente por razones reputacionales. El Estado de derecho funciona también para quienes tienen mala reputación.

    Pero una contratación directa cambia el análisis.

    Cuando una empresa con antecedentes problemáticos obtiene contratos porque ganó frente a diez competidores bajo reglas transparentes, existe una disciplina externa, pero cuando obtiene la contratación mediante selección excepcional, el grado de justificación requerido debería ser mayor.

    No porque deba presumirse nuevamente culpable, sino porque el Estado está prescindiendo precisamente del mecanismo que permitiría demostrar que ésa era la mejor opción disponible.

    Concentración empresarial y captura

    La investigación también señala una concentración significativa de contratos en un grupo relativamente reducido de empresas. La concentración tampoco prueba por sí misma corrupción ya que puede haber empresas grandes que ganen con frecuencia porque tienen maquinaria, experiencia, capacidad financiera y equipos técnicos que otras no poseen.

    Pero Public Choice nos obliga a mirar un riesgo distinto.

    Cuando unas pocas empresas dependen fuertemente del gasto estatal y un ministerio depende a su vez de unas pocas empresas capaces de ejecutar sus obras, comienza a formarse una relación bilateral muy particular: los proveedores adquieren incentivos para invertir recursos en relaciones políticas; los funcionarios adquieren incentivos para trabajar repetidamente con proveedores conocidos porque reducen incertidumbre y facilitan la ejecución y con el tiempo puede aparecer una especie de mercado cerrado. No hace falta una conspiración, los incentivos bastan.

    Y ésa es precisamente la razón por la cual la competencia debe ser protegida institucionalmente, incluso frente a funcionarios honestos y empresas técnicamente capaces.

    El cronómetro también puede ser una herramienta de corrupción

    Existe una forma particularmente sutil de degradar la contratación pública: planificar tarde.

    Supongamos que una administración conoce desde hace un año que una obra debe comenzar en octubre. No inicia la licitación a tiempo, llega septiembre y entonces declara que no puede esperar seis meses porque la obra es urgente. Formalmente, la urgencia existe, pero fue producida administrativamente. Ese mecanismo debería ser especialmente vigilado.

    Una buena ley anticorrupción no debería preguntar solamente si “¿Había urgencia el día en que se adjudicó?”; debería preguntar también: “¿Cuándo conoció el Estado la necesidad y qué hizo desde entonces?”. La diferencia es enorme y la mala planificación termina convirtiéndose en una vía legítima para evitar competencia. Y cuanto peor administra una institución sus tiempos, mayor discrecionalidad obtiene. Exactamente el incentivo contrario al que deberíamos crear.

    Publicar todo, incluso cuando la ley permita no competir

    La solución no consiste en prohibir las contrataciones directas, eso sería imprudente y el Estado necesita capacidad para reaccionar ante emergencias reales.

    La reforma correcta consiste en hacer que contratar directamente sea más transparente que licitar, precisamente porque falta el control competitivo. Cada contratación excepcional debería publicar de manera sencilla y estandarizada la obra; el monto; la empresa; la causal legal invocada; el hecho concreto que produjo la urgencia; la fecha en que la Administración conoció la necesidad; las empresas que podrían haber prestado el servicio; la metodología utilizada para determinar que el precio era razonable; los contratos anteriores del mismo proveedor y la comparación del precio con obras equivalentes.

    Además debería existir una auditoría posterior obligatoria para contratos que superen determinado monto. No necesariamente para detener la obra, pero para verificarla después, ya que la emergencia justifica rapidez, pero no la opacidad.

    El precio de referencia importa

    Panamá podría además fortalecer sistemas de comparación.

    Si el MOP contrata cien kilómetros de mantenimiento vial en distintas provincias, debería existir una base pública que permita comparar costos por kilómetro ajustados por tipo de obra, terreno, materiales y dificultad; eso ayudaría a identificar anomalías sin necesidad de acusar a nadie.

    ¿Por qué una obra cuesta 40% más que otra técnicamente semejante?. Puede existir una explicación perfectamente legítima, pero alguien debería explicarla. Así los datos convierten la sospecha en una pregunta técnica, mejora el control y protege también al funcionario honesto.

    Transparencia no significa paralizar al Gobierno

    Éste es quizás el punto más importante. Panamá necesita infraestructura, entre otras, necesita reparar carreteras, puentes, agua. Necesita ejecutar.

    Una política anticorrupción mal diseñada puede ser tan perjudicial como la ausencia de controles si logra que ningún funcionario quiera firmar nada por temor a terminar investigado años después. Por eso, el objetivo no debe ser producir un Estado aterrorizado, sino uno predecible con reglas claras, plazos razonables, procedimientos rápidos, competencia siempre que sea posible y excepciones cuando sean necesarias. Y trazabilidad absoluta cuando se utilicen. La eficacia y la transparencia no son enemigos y una administración profesional debería poder ofrecer ambas.

    La república no funciona con confianza personal

    El Gobierno de José Raúl Mulino ha mostrado en distintas áreas una conducción profesional y relativamente sobria. Sería injusto interpretar automáticamente cualquier cuestionamiento administrativo como evidencia de corrupción gubernamental. Pero ése tampoco puede ser el estándar.

    Las instituciones republicanas existen precisamente porque ningún gobierno debería pedirnos que confiemos en su profesionalismo, ni siquiera uno que consideremos profesional.

    Hoy puede gobernar una administración prudente, mañana otra. Las reglas tienen que funcionar para ambas.

    Madison comprendió el problema hace más de dos siglos: si los hombres fueran ángeles no necesitaríamos gobierno, y si quienes gobernaran fueran ángeles tampoco necesitaríamos controles. No son ángeles, ni los de este Gobierno ni los del anterior ni los del próximo. Por eso controlamos.

    No pedir confianza: ofrecer evidencia

    El MOP puede tener una explicación perfectamente razonable para buena parte de esos US$363 millones. Algunas obras probablemente respondieron a emergencias reales, otras quizá consiguieron buenos precios, algunos proveedores pueden haber sido simplemente la opción técnicamente disponible. Si así fue, el informe anunciado por la Contraloría debería demostrarlo contrato por contrato, no mediante declaraciones generales.

    Eso sería bueno para el Gobierno, para el MOP, para las empresas y para los ciudadanos, porque en una república sana una investigación periodística no debería obligar al Estado a cerrar filas. Precisamente debería activar exactamente el mecanismo contrario: abrir los expedientes.

    La pregunta fundamental no es si confiamos las personas o ni siquiera si confiamos en este Gobierno. La pregunta liberal y republicana es mucho más exigente: ¿podría funcionar correctamente este mismo sistema si mañana lo administraran personas en quienes no confiamos absolutamente nada?. Si la respuesta es no, hay que cambiar el sistema, porque la mejor política anticorrupción no consiste en esperar funcionarios honestos, sino en construir instituciones en las que incluso un funcionario deshonesto tenga poco margen para hacer daño.

  • 25 años después del 11-S: el precio de la seguridad lo seguimos pagando con nuestra libertad

    25 años después del 11-S: el precio de la seguridad lo seguimos pagando con nuestra libertad

    El 11 de septiembre de 2001 (11-S) murieron casi 3.000 personas en uno de los atentados terroristas más atroces de la historia moderna. La respuesta inmediata de Estados Unidos era inevitable. Había que encontrar a los responsables, destruir las redes que los financiaban y evitar otro ataque.

    El problema comenzó después.

    Porque las medidas excepcionales adoptadas frente a una emergencia extraordinaria no desaparecieron cuando pasó la emergencia. Se institucionalizaron, se internacionalizaron y, durante los siguientes veinticinco años, fueron extendiéndose mucho más allá del terrorismo.

    Uno de los lugares donde ese cambio resulta más visible y menos discutido, es el dinero.

    Hoy abrir una cuenta bancaria, transferir dinero, enviar una remesa, operar con criptomonedas, constituir una empresa, depositar efectivo o simplemente realizar una transacción que un algoritmo considere “inusual” puede convertir a una persona perfectamente inocente en objeto de análisis, reporte o investigación sin que haya cometido delito alguno.

    Y probablemente sin que jamás se entere.

    El dinero del 11-S no parecía dinero terrorista

    Hay algo paradójico en el origen de todo este sistema.

    Los atentados del 11-S costaron aproximadamente entre 400.000 y 500.000 dólares. Los secuestradores utilizaron bancos estadounidenses, abrieron cuentas con sus propios nombres y pasaportes y realizaron operaciones que, vistas desde un banco, parecían completamente normales. La propia investigación de la Comisión del 11-S concluyó que ninguna entidad financiera presentó un Suspicious Activity Report —SAR— sobre ellos y, más importante todavía, que ni siquiera retrospectivamente había motivos razonables para esperar que lo hubieran hecho.

    Ese punto debería acompañarnos durante toda esta discusión.

    El terrorismo no necesariamente mueve millones mediante transferencias con la palabra “bomba” en el concepto bancario. Puede financiarse con cantidades pequeñas, dinero perfectamente lícito, efectivo, donaciones, tarjetas, remesas o transacciones absolutamente indistinguibles de las que realizan millones de personas inocentes.

    Por eso intentar detectar preventivamente al terrorista examinando las operaciones financieras de toda la sociedad contiene un problema estructural: la señal es diminuta y el universo que hay que observar es gigantesco.

    La propia Comisión del 11-S acabaría reconociéndolo con una metáfora extraordinariamente lúcida: intentar privar completamente de dinero a los terroristas era algo parecido a “atrapar una especie de pez vaciando el océano”. Concluyó que el seguimiento financiero era más útil como herramienta de inteligencia para descubrir redes que como mecanismo capaz de eliminar el financiamiento terrorista.

    Pero para seguir a ese pez construimos, progresivamente, mecanismos para observar el océano.

    FinCEN no nació el 11-S. Eso hace la historia todavía más interesante

    Conviene hacer una precisión histórica.

    FinCEN —Financial Crimes Enforcement Network— no apareció después de los atentados. El Tesoro estadounidense lo creó en 1990, y la Bank Secrecy Act, piedra basal de buena parte de la vigilancia financiera estadounidense, data de 1970. Ya existían obligaciones de conservar información, comunicar movimientos de efectivo y reportar operaciones sospechosas.

    El 11-S hizo algo diferente: proporcionó la justificación política para transformar aquella infraestructura antilavado en una arquitectura mucho más poderosa de AML/CFT —Anti-Money Laundering / Countering the Financing of Terrorism—.

    El Título III de la USA PATRIOT Act reforzó la identificación de clientes, amplió obligaciones de debida diligencia, extendió programas antilavado a más instituciones financieras, incrementó el intercambio de información entre bancos y gobierno y permitió adoptar “medidas especiales” contra jurisdicciones, entidades o transacciones consideradas de especial preocupación. Su sección 326 estableció estándares mínimos para verificar la identidad de quien abre una cuenta; la 314 amplió el intercambio de información; la 351 reforzó el régimen de los reportes de operaciones sospechosas.

    Y hay un detalle importante: cuando una entidad presenta un SAR, el cliente no debe ser informado de que ha sido reportado.

    Aquí comenzó a cambiar silenciosamente la relación entre ciudadano, banco y Estado.

    El banco dejó de ser solamente el custodio o intermediario del dinero de su cliente. Se convirtió también en una pieza del sistema de inteligencia financiera estatal.

    De “demuestre el Estado que cometí un delito” a “demuestre usted que su dinero es normal”

    El cambio filosófico es profundo.

    El Estado liberal clásico investiga cuando existen indicios sobre una persona. En cambio, el sistema de vigilancia financiera funciona, en buena medida, al revés: analiza masivamente comportamientos para encontrar dentro de ellos a quienes podrían resultar sospechosos.

    Know Your Customer. Customer Due Diligence. Enhanced Due Diligence. Source of Funds. Source of Wealth. Beneficial Ownership. Transaction Monitoring. Individualmente cada expresión parece razonable, pero acumuladas producen una transformación extraordinaria.

    Una persona que no está acusada de ningún delito debe explicar quién es, de dónde proviene su dinero, cuál es el propósito de determinadas operaciones y por qué una transacción se aparta de lo que un banco considera su comportamiento habitual.

    Y la pregunta liberal fundamental no es si los criminales deben poder ocultar dinero. Por supuesto que no. La pregunta es otra: ¿por qué debe demostrar su inocencia financiera quien no está acusado de nada?

    Después llegó FATF y el modelo se volvió mundial

    La transformación no quedó circunscrita a Estados Unidos.

    El Financial Action Task Force —FATF/GAFI— había sido creado en 1989 para combatir el lavado de dinero. Apenas unas semanas después del 11-S celebró una sesión extraordinaria en Washington y amplió formalmente su mandato al financiamiento del terrorismo.

    Las nuevas recomendaciones exigían criminalizar ese financiamiento, congelar activos, reportar operaciones sospechosas, controlar sistemas alternativos de remesas y reforzar la información que acompaña a las transferencias.

    Desde allí el sistema siguió expandiéndose.

    En 2012 se incorporó el financiamiento de proliferación de armas de destrucción masiva. En 2019 FATF extendió sus estándares a los proveedores de servicios de activos virtuales. En 2022 endureció las reglas sobre beneficiarios finales. Sus recomendaciones, actualizadas nuevamente en junio de 2026, constituyen hoy el estándar internacional que los países son presionados a incorporar en sus legislaciones.

    El concepto original de perseguir el lavado de dinero, terminó convirtiéndose en una infraestructura mundial para combatir lavado, terrorismo, proliferación, evasión de sanciones, corrupción y distintas formas de criminalidad financiera.

    Algunas de esas finalidades son perfectamente legítimas, pero existe una regla institucional que los liberales conocemos demasiado bien: las competencias extraordinarias rara vez se reducen; normalmente encuentran nuevas razones para existir.

    SWIFT: cuando una transferencia se transforma en inteligencia

    Tras el 11-S Estados Unidos creó además el Terrorist Finance Tracking Program.

    Mediante este sistema, el Tesoro obtiene información relacionada con determinadas transferencias internacionales a través de SWIFT, la red utilizada por bancos de todo el mundo para transmitir mensajes financieros. Estados Unidos y la Unión Europea terminaron formalizando en 2010 un acuerdo para permitir la transferencia de determinados datos europeos con fines antiterroristas.

    Las autoridades estadounidenses sostienen que el programa ha generado información valiosa y ayudado a reconstruir redes terroristas. Sería intelectualmente deshonesto negarlo, pero también sería ingenuo ignorar lo que ocurrió.

    Una infraestructura privada global diseñada para permitir pagos internacionales se convirtió también en una extraordinaria fuente de inteligencia geopolítica.

    Cuando el Parlamento Europeo conoció la existencia del programa en 2006 expresó precisamente preocupaciones sobre privacidad, protección de datos e incluso la posibilidad de que información económica pudiera utilizarse para finalidades distintas de aquellas originalmente previstas.

    El dinero dejó de ser únicamente dinero; también se convirtió en información. Y quien controla la información controla muchísimo más que las transacciones.

    Millones de personas reportadas para encontrar a unas pocas

    La escala actual permite entender mejor el fenómeno.

    En el año fiscal 2025 se presentaron ante FinCEN aproximadamente 4,8 millones de Suspicious Activity Reports y 21,5 millones de Currency Transaction Reports. Alrededor de 335.000 instituciones y otros sujetos reportantes alimentan esa infraestructura.

    Eso no significa que 4,8 millones de personas hayan cometido delitos. Precisamente significa lo contrario.

    Un SAR es información sobre algo que una institución considera suficientemente sospechoso para comunicarlo, no una condena ni necesariamente evidencia de criminalidad. El sistema genera entonces un incentivo perverso perfectamente comprensible desde el punto de vista de quien administra un banco: ante la duda, reportar.

    El coste para la institución de enviar información innecesaria puede ser pequeño. El costo regulatorio de no informar algo que posteriormente resulte importante puede ser gigantesco. La prudencia institucional termina convertida en vigilancia defensiva.

    El costo que no aparece en el presupuesto público

    Existe además una característica política muy conveniente en esta arquitectura: buena parte del coste de vigilancia no aparece como gasto del Estado. Lo pagan los bancos. O, para ser precisos, inicialmente lo pagan los bancos.

    La GAO estadounidense estudió once entidades y encontró costos directos de cumplimiento de la Bank Secrecy Act que iban desde unos 14.000 dólares hasta 21 millones anuales, dependiendo de su tamaño. Proporcionalmente, el peso era mayor para las entidades pequeñas. La identificación del cliente y el reporte de operaciones sospechosas estaban entre las áreas más costosas.

    Pero los bancos no fabrican dinero. Esos costos terminan apareciendo en alguna combinación de menores márgenes, mayores comisiones, menor competencia, más burocracia o servicios que dejan de ser rentables.

    Y ahí aparece el ciudadano inocente, el inmigrante que envía una remesa, la pequeña empresa con operaciones internacionales, la ONG que trabaja en una zona de conflicto, el comerciante intensivo en efectivo, el expatriado, el cliente de una nacionalidad considerada de riesgo, la fintech pequeña, la persona que recibe o transfiere dinero fuera del patrón que un algoritmo considera normal.

    El Banco Mundial lleva años documentando el fenómeno conocido como de-risking: bancos que eliminan clientes, corresponsalías o categorías completas de negocios porque resulta más sencillo evitar el riesgo regulatorio que administrarlo.

    El propio FATF terminó reconociendo la magnitud del problema. En 2021 abrió un proyecto específico para estudiar consecuencias no deseadas de sus estándares: exclusión financiera, de-risking, restricciones sobre organizaciones sin fines de lucro e impactos sobre derechos humanos.

    Cuando hasta el organismo que diseña las reglas reconoce esos efectos secundarios, ya no estamos ante una fantasía libertaria, ya estamos ante un problema institucional.

    El efectivo también terminó bajo sospecha

    La lógica continúa avanzando.

    La Unión Europea aprobó en 2024 un nuevo régimen AML que establece un límite general de 10.000 euros para pagos profesionales en efectivo, permitiendo además que los Estados miembros establezcan límites inferiores. El mismo reglamento contempla identificación para determinadas operaciones ocasionales en efectivo desde 3.000 euros.

    Algunos países como España por ejemplo, utilizan límites significativamente inferiores en determinados supuestos.

    Resulta interesante observar la evolución conceptual. Primero perseguíamos delincuentes, luego identificábamos operaciones sospechosas, después vigilábamos categorías de transacciones. Finalmente limitamos el propio instrumento porque puede ser utilizado por delincuentes, pero prácticamente cualquier instrumento de libertad puede utilizarlo un delincuente, como un teléfono, un carro, la misma Internet o una habitación de hotel. Un cuchillo o el dinero.

    Una sociedad libre no se define por eliminar todos los instrumentos susceptibles de abuso. Se define precisamente por castigar el abuso sin convertir el uso legítimo en una actividad sospechosa.

    Y veinticinco años después, el terrorismo sigue existiendo

    Aquí también conviene evitar una simplificación. Las herramientas financieras han servido; FinCEN afirma que su información genera pistas, complementa investigaciones y ayuda a identificar redes. Investigadores consultados por la GAO también consideran valiosos muchos de esos datos.

    El argumento liberal serio no necesita negar esos resultados. Debe hacer una pregunta más difícil: ¿cuánto poder preventivo estamos dispuestos a conceder al Estado sobre millones de inocentes para obtener esos resultados? Porque el terrorismo no desapareció.

    El propio Tesoro estadounidense reconocía en su evaluación nacional más reciente una amplia variedad de amenazas terroristas y mecanismos de financiación que continúan funcionando mediante efectivo, empresas de remesas, activos virtuales y sistemas formales e informales.

    Y el FATF acaba de publicar, el 3 de septiembre de 2026, un nuevo informe advirtiendo del creciente uso de banca clandestina, hawala, plataformas fintech, activos virtuales y mecanismos digitales para mover fondos ilícitos. Más del 80% de las jurisdicciones consultadas identifica estos sistemas entre los principales canales utilizados por redes profesionales de lavado.

    Veinticinco años después seguimos regulando y quienes delinquen siguen adaptándose.

    Es la vieja asimetría entre regulación y criminalidad: el ciudadano común permanece dentro del sistema y cumple cada nueva norma; el delincuente profesional tiene precisamente como actividad económica aprender a evitarla.

    El terrorismo tampoco terminó con la geopolítica

    Existe además una ilusión todavía mayor detrás de toda esta arquitectura: pensar que el terrorismo es principalmente un problema financiero. No lo es.

    El dinero importa. Pero detrás del terrorismo continúan existiendo Estados, guerras, fanatismos, territorios sin control, servicios de inteligencia, proxies, conflictos religiosos, intereses estratégicos y rivalidades entre potencias. Ningún formulario KYC puede corregir eso como tampoco ningún reporte SAR elimina una guerra.

    Ningún límite al efectivo impide que un Estado financie indirectamente a un grupo armado cuando considera que hacerlo favorece sus intereses. Ningún algoritmo bancario modifica la lógica del poder internacional.

    Paradójicamente, durante estos veinticinco años la infraestructura financiera creada para combatir terrorismo terminó también convirtiéndose en una herramienta de esa misma geopolítica: sanciones, congelamientos, exclusiones del sistema financiero, bloqueos de corresponsalías y control de canales internacionales de pagos.

    El sistema financiero ya no es únicamente una red económica, es también territorio estratégico.

    El precio invisible del 11-S

    Recordar el 11 de septiembre exige recordar a quienes murieron.

    Pero una sociedad libre también debería ser capaz de recordar lo que ocurrió después, porque los terroristas no solamente destruyeron edificios y asesinaron personas; también provocaron miedo.

    Y el miedo es uno de los instrumentos más poderosos para aumentar el poder del Estado.

    Veinticinco años después seguimos mostrando documentos para acceder a nuestro dinero. Seguimos explicando operaciones lícitas. Seguimos aceptando que instituciones privadas examinen nuestro comportamiento financiero. Seguimos alimentando bases de datos con millones de reportes sobre personas que no han sido condenadas por nada.

    Quizá algunas de esas herramientas sean necesarias. Pero “necesario” nunca debería ser el final de una discusión sobre libertad. Debería ser el comienzo.

    La pregunta correcta no consiste en elegir entre seguridad y ausencia absoluta de seguridad, sino en preguntar qué medidas funcionan, cuáles son proporcionales, cuáles deberían necesitar sospecha individualizada, cuánto tiempo deben conservarse los datos, quién puede acceder a ellos, qué mecanismos de defensa posee el ciudadano y qué poderes extraordinarios deberían desaparecer cuando deja de justificarse su existencia.

    Porque hay algo profundamente peligroso en una sociedad en la que la inocencia ya no significa que el Estado debe tener razones para investigarte, sino que tú debes estar permanentemente dispuesto a demostrarle al Estado que no tiene razones para hacerlo.

    El terrorismo continúa, la geopolítica continúa, las guerras continúan, el crimen continúa. Pero la infraestructura de vigilancia creada para combatirlos también continúa, cada vez más extensa, sofisticada e integrada con nuestra vida cotidiana y ése quizá sea uno de los legados menos visibles del 11 de septiembre de 2001. Y también uno de los que más debería preocuparnos.

    Porque si para encontrar a los pocos culpables terminamos tratando como sospechosos potenciales a todos los inocentes, puede que hayamos protegido el sistema financiero. Pero habremos cambiado, silenciosamente, la idea misma de una sociedad libre.

  • Anthropic y el mito de que el copyright salvó a los autores

    Anthropic y el mito de que el copyright salvó a los autores

    La noticia recorrió el mundo con un mensaje aparentemente simple: Anthropic pagará 1.500 millones de dólares a miles de autores por utilizar libros pirateados para entrenar su inteligencia artificial y muchos interpretaron el caso como una victoria del copyright. Otros, como una derrota de la inteligencia artificial.

    Sin embargo, desde una perspectiva libertaria, esa lectura pasa por alto lo más interesante.

    El verdadero debate no es si la IA puede aprender de un libro. El debate es si las ideas pueden ser objeto de propiedad de la misma manera que una casa, un automóvil o un terreno. Y esa diferencia cambia completamente la forma de entender el caso.

    La propiedad existe porque existe la escasez

    Uno de los aportes más importantes de la Escuela Austríaca es haber explicado que la propiedad surge para resolver conflictos sobre bienes escasos. Dos personas no pueden utilizar simultáneamente el mismo automóvil, ni vivir al mismo tiempo en la misma casa.

    La propiedad establece quién decide sobre esos recursos precisamente porque son escasos.

    Las ideas funcionan de otra manera.

    Si leo una novela, el autor no deja de tenerla, o si aprendo una teoría económica, su creador no la pierde. Si una inteligencia artificial analiza millones de textos, esos textos siguen existiendo exactamente igual que antes.

    El conocimiento no desaparece cuando alguien más lo incorpora.

    Por eso muchos académicos libertarios, especialmente Stephan Kinsella, sostienen que hablar de «propiedad intelectual» resulta conceptualmente problemático. No porque el trabajo creativo carezca de valor, sino porque las ideas no presentan la escasez física que justifica la existencia de derechos de propiedad.

    El problema nunca fue que Claude aprendiera

    La cobertura periodística suele dar la impresión de que Anthropic fue condenada por permitir que Claude aprendiera leyendo libros.

    No fue eso lo que ocurrió.

    Lo realmente cuestionado fue que la empresa construyera una enorme biblioteca utilizando copias obtenidas desde repositorios piratas.

    Aquí aparece una diferencia fundamental.

    Una cosa es aprender y otra muy distinta es la forma en que se obtiene aquello de lo que se aprende.

    Desde una visión libertaria, la discusión no debería centrarse en prohibir el aprendizaje de una inteligencia artificial. Sería tan absurdo como exigir que un ser humano pague una licencia cada vez que recuerda una idea leída hace veinte años. La cuestión relevante es si alguien obtuvo esos materiales respetando los derechos sobre los bienes físicos, los contratos y los acuerdos voluntarios existentes.

    El copyright no resolvió el problema

    Muchos presentaron el acuerdo como una demostración de que el sistema de copyright funciona, pero lo cierto es que los hechos son bastante menos concluyentes.

    El pago de 1.500 millones de dólares surgió porque existía un enorme riesgo judicial dentro del sistema estadounidense de propiedad intelectual.

    No fue un precio descubierto espontáneamente por el mercado y tampoco fue una negociación entre iguales que buscaban cooperar. Fue un acuerdo alcanzado bajo la amenaza de una eventual condena mucho mayor.

    Eso no significa que el resultado haya sido malo.

    Significa que no constituye una prueba de que el copyright sea la institución ideal para resolver estos conflictos. De hecho, el propio caso demuestra otra cosa mucho más interesante.

    Lo que realmente apareció fue un mercado

    Las empresas de inteligencia artificial necesitan enormes cantidades de información para entrenar sus modelos; y por otro lado los autores quieren ser remunerados por el uso de sus obras. Las editoriales poseen catálogos completos y los archivos digitales administran millones de textos.

    Todos tienen incentivos para llegar a acuerdos.Y cuando existen incentivos para cooperar, aparece el mercado. No hace falta que el Estado determine cuánto vale cada libro para entrenar una IA como tampoco hace falta una tarifa universal.

    No hace falta una agencia que autorice previamente cada modelo. Basta con que existan derechos claramente definidos sobre los recursos físicos y libertad para contratar.

    Un desarrollador puede comprar una biblioteca, puede licenciar un catálogo editorial, puede celebrar acuerdos con miles de autores, puede utilizar obras de dominio público o puede remunerar mediante suscripciones o pagos por acceso. Puede incluso crear plataformas donde cada autor decida voluntariamente si desea participar y bajo qué condiciones.

    Todas esas soluciones nacen de contratos, no de regulaciones.

    La innovación tampoco justifica cualquier medio

    Ahora bien, reconocer que el mercado ofrece mejores respuestas no significa convertir a la innovación en un privilegio.

    Algunos sostienen que, como la inteligencia artificial generará enormes beneficios para la humanidad, debería poder utilizar cualquier contenido sin restricciones. Ese argumento tampoco resulta compatible con una visión libertaria.

    La libertad económica nunca ha significado que los fines justifiquen los medios. Una empresa no adquiere un derecho especial simplemente porque desarrolla una tecnología revolucionaria y si obtiene información incumpliendo contratos, vulnerando sistemas de acceso o apropiándose de recursos ajenos, deberá responder por esas conductas, pero no porque las ideas sean propiedad, sino porque los contratos y la propiedad sobre los bienes materiales siguen existiendo.

    El gran error sería prohibir el aprendizaje

    El peor resultado posible sería interpretar este caso como una invitación a exigir autorización previa para todo entrenamiento de inteligencia artificial, porque eso transformaría el aprendizaje en una actividad regulada. Cada nuevo modelo necesitaría negociar millones de permisos individuales por lo que los costos de transacción serían gigantescos.

    Paradójicamente, sólo podrían sobrevivir las empresas más grandes, precisamente aquellas con recursos suficientes para mantener departamentos jurídicos dedicados exclusivamente a negociar licencias. La regulación terminaría consolidando los monopolios que supuestamente pretende limitar.

    La respuesta libertaria mira hacia otro lado

    El mercado lleva siglos resolviendo problemas de coordinación sin necesidad de un plan central y la inteligencia artificial probablemente no sea la excepción.

    Lo más probable es que veamos surgir nuevos mercados de licencias, plataformas de contratación, catálogos especializados, sistemas de suscripción y acuerdos entre desarrolladores y titulares de contenidos. No porque una ley lo imponga, sino porque ambas partes tienen incentivos para cooperar.

    Esa evolución sería mucho más interesante que ampliar indefinidamente el alcance del copyright, porque desplaza la discusión desde el monopolio legal sobre las ideas hacia algo mucho más compatible con una sociedad libre: la contratación voluntaria.

    La verdadera enseñanza del caso

    Muchos celebran el acuerdo de Anthropic como un triunfo del copyright, pero quizá la lección sea exactamente la contraria.

    El conflicto terminó resolviéndose cuando las partes encontraron un precio para cerrar una disputa concreta, no cuando el Estado decidió cómo debía funcionar toda la industria. Eso no demuestra que el copyright sea indispensable, lo que demuestra es que, incluso dentro de un sistema jurídico imperfecto, los incentivos económicos siguen empujando hacia soluciones negociadas.

    Y si el futuro de la inteligencia artificial termina construyéndose sobre contratos libres entre autores, editoriales y desarrolladores, el protagonista de esta historia no habrá sido el copyright.

    Habrá sido el mercado.

  • MiCA entra en pleno vigor

    MiCA entra en pleno vigor

    Hoy, 1 de julio de 2026, expira formalmente el régimen transitorio del Reglamento MiCA. Dieciocho meses de prórroga que casi todos los Estados miembros, apuraron hasta el último minuto. A partir de esta medianoche, cualquier proveedor de servicios de criptoactivos que opere en la Unión Europea sin autorización de la CNMV —o de su homóloga en otro país del bloque, vía pasaporte comunitario— está, sencillamente, fuera de la ley. No es una nueva norma. Es el cierre de una puerta que llevaba dos años entornada.

    Conviene no caer en el catastrofismo de barra de bar cripto. MiCA no toca ni una línea del protocolo de Bitcoin. No hay bloque que deje de minarse, ni transacción P2P que deje de firmarse. Lo que MiCA regula son los intermediarios: los exchanges, los custodios, los emisores de stablecoins. Es decir, regula precisamente aquello que el diseño original de Satoshi nació para volver innecesario. Ahí está la ironía que merece ser nombrada sin épica ni desprecio: la ley europea no ataca a Bitcoin, lo confirma como frontera. Regula todo lo que rodea al protocolo y deja intacto, por definición, lo que no puede regular.

    Lo que cambia para quien usa un exchange

    Para el usuario medio de Binance, Coinbase o Kraken en Europa, hoy no hay drama inmediato. Los grandes ya tienen o están tramitando su licencia MiCA, muchos vía pasaporte desde otro Estado miembro. Pero el paisaje se ha vaciado con violencia: de los más de tres mil proveedores que operaban bajo los registros nacionales heredados, apenas una fracción sobrevive con autorización plena en España por ejemplo, y solo un puñado cuenta con la licencia de Clase 3 que permite custodiar fondos de clientes en el modelo de exchange tradicional. El costo de entrada —entre cincuenta mil y cien mil euros solo para iniciar el trámite, y hasta dos millones anuales de cumplimiento recurrente— ha operado como un filtro de clase: sobreviven los que ya eran grandes, mueren los que aspiraban a serlo.

    Y hay una factura silenciosa que nadie imprime en el folleto de bienvenida: desde enero de este año, DAC8 obliga a los exchanges a reportar automáticamente a Hacienda cada transacción, cada saldo, cada movimiento, sin umbral mínimo. Da igual si son cincuenta euros o cincuenta mil. La promesa original de privacidad financiera, en un exchange regulado europeo, ha muerto de muerte natural y nadie ha firmado la esquela. MiCA protege al usuario del exchange que quiebra o que le miente en el libro blanco. No lo protege —no puede, no quiere— del Estado que quiere saberlo todo sobre él.

    Lo que no cambia para quien no usa un exchange

    Aquí está el matiz que la cobertura alarmista suele saltarse: quien opera en autocustodia, quien interactúa directamente con un contrato inteligente en Uniswap o Aave desde su propia wallet, quien mueve Bitcoin peer to peer sin pasar por un intermediario centralizado, no está dentro del perímetro de MiCA. No es una laguna legal que algún burócrata cerrará en la próxima revisión. Es la consecuencia estructural de cómo funciona la tecnología: MiCA regula sujetos —empresas, personas jurídicas, prestadores de servicios—, y cuando eliminas al sujeto intermediario no queda nadie a quien notificar, auditar o sancionar. El protocolo no tiene domicilio fiscal ni consejo de administración al que la CNMV pueda enviarle un requerimiento.

    Esto no convierte la autocustodia en gratuita ni en cómoda. Gestionar tus propias llaves exige aprender, y aprender exige tiempo que la mayoría no está dispuesta a invertir mientras el botón de «comprar» del exchange siga a un clic. La soberanía técnica siempre ha tenido ese costo de entrada, y sería una falta de honestidad intelectual venderla como un gesto sin fricción. Pero la opción sigue ahí, intacta, el mismo 1 de julio en que Europa cierra el cerco sobre todo lo demás.

    El viejo espíritu de Satoshi, puesto a prueba

    El diseño de Bitcoin nunca prometió que los intermediarios desaparecerían solos. Prometió que dejarían de ser necesarios para quien decidiera prescindir de ellos. Quince años después, la mayoría de los usuarios de cripto en Europa —por comodidad, por desconocimiento o por pura racionalidad económica— siguen prefiriendo el intermediario regulado a la responsabilidad total sobre sus propias claves. MiCA no traiciona el cypherpunk original: simplemente confirma que la inmensa mayoría del mercado nunca quiso vivir en él. Quería el activo, no la filosofía. Quería la exposición a Bitcoin sin renunciar a la comodidad de un tercero que responda cuando algo sale mal.

    Eso no es una derrota del proyecto original. Es su bifurcación natural. Hoy conviven, con más nitidez que nunca, dos capas: la de los exchanges regulados —vigilados, reportados, fiscalizados hasta el último euro— y la del protocolo desnudo, tan libre y tan hostil con el descuido como lo fue siempre. MiCA no ha cerrado la segunda capa. La ha hecho, si acaso, más visible por contraste. Y ese contraste, más que cualquier discurso libertario de manual, es la mejor demostración práctica de por qué Satoshi diseñó lo que diseñó: no para que el Estado no pudiera regular el dinero, sino para que existiera, siempre, una salida para quien no quisiera pedirle permiso.

    La libertad que queda hoy en Europa no es la que promete ningún reglamento. Es la que sigue dependiendo, como siempre, de quién guarda las llaves.

  • 16,5 BTC recuperados. Responsabilidad y cooperación voluntaria

    16,5 BTC recuperados. Responsabilidad y cooperación voluntaria

    El 16 de junio, el especialista argentino Marcelo R. Bianchi (@marcebit) anunció algo que pocos en el ecosistema bitcoiner se atrevían a dar por descontado: una wallet de Bitcoin Core cifrada en 2013, con 16,5 BTC dentro —hoy más de un millón de dólares—, había sido recuperada después de más de un año de convocatoria pública. La solución llegó apenas cinco días después de que Bianchi trasladara el caso de un grupo cerrado de Facebook a Reddit y X. Un colaborador anónimo, ajeno al grupo de Telegram que coordinaba los intentos organizados, dio con la contraseña: «pera5durasnopera5lus». Bianchi lo recompensó con 0,5 BTC, unos 32.500 dólares.

    Es una historia pequeña en apariencia, casi anecdótica. Pero condensa, mejor que cualquier manifiesto, los tres pilares que hacen de Bitcoin un experimento político y no solo financiero: la cooperación voluntaria, la descentralización radical y la responsabilidad ineludible que implica ser dueño absoluto de algo.

    Cooperación sin mandato

    Nadie obligó a nadie a participar en este caso. Bianchi no tenía autoridad sobre el colaborador anónimo, no firmó un contrato, no medió ningún tribunal ni regulador. Hubo un problema, un incentivo claro —0,5 BTC— y una convocatoria abierta a quien quisiera intentarlo. Eso es todo. La coordinación emergió de community Telegram, hilos de Reddit y publicaciones en X: arquitectura horizontal, sin jerarquía formal, sostenida únicamente por el interés mutuo de las partes.

    Esto no es un detalle técnico, es el corazón de la ética cypherpunk: las soluciones no necesitan venir de una institución con poder de coerción. Pueden surgir del intercambio voluntario entre desconocidos que jamás se verán las caras. El mercado de recompensas por resolver problemas criptográficos funciona porque no depende de la confianza en una autoridad central, sino del cálculo racional de incentivos entre individuos libres.

    Descentralización: ni rescate ni intermediario

    Ningún banco, ninguna casa de cambio, ningún Estado pudo —ni tuvo que— intervenir para que esos 16,5 BTC volvieran a manos de su propietario. No hubo «atención al cliente» que restableciera el acceso, ni proceso judicial, ni siquiera una empresa privada de recuperación con jurisdicción reconocida. La solución fue puramente criptográfica y social: alguien con el conocimiento adecuado encontró la clave correcta para un candado que solo el propio sistema, sin permiso de terceros, puede validar.

    Esa es precisamente la promesa —y la dureza— de Bitcoin. No hay un libro de reclamos. No hay un «olvidé mi contraseña» que active un protocolo de verificación de identidad respaldado por el Estado o entidad centralizada. El protocolo no negocia, no empatiza, no hace excepciones. Lo que cifra, permanece cifrado hasta que la matemática lo permita, sin importar cuán legítimo sea el reclamo de quien perdió el acceso.

    El precio de no tener intermediarios

    Aquí está el costado incómodo que muchos evangelistas prefieren minimizar: la autocustodia es libertad, pero también es responsabilidad total, sin red de contención. Según Chainalysis, cerca del 20% del suministro circulante de bitcoin está permanentemente perdido por errores de gestión de claves. Ariel, el propietario de esta wallet, pasó más de una década sin acceso a su propio dinero por una contraseña que ni él mismo recordaba con precisión.

    Eso no es un fallo del sistema. Es el sistema funcionando exactamente como fue diseñado. Cuando uno elige prescindir de bancos, custodios y reguladores, también prescinde de sus mecanismos de rescate. No hay un «frase de recuperación» institucional cuando la propia persona es la única institución. La soberanía financiera plena —ser tu propio banco— no es un eslogan de marketing: es una transferencia completa de riesgo desde el sistema hacia el individuo.

    El caso de los 16,5 BTC terminó bien, casi por casualidad: un archivo conservado, una contraseña parcialmente recordada, una comunidad dispuesta a colaborar a cambio de un incentivo razonable. Pero el final feliz no debería oscurecer la lección estructural. La propiedad sin intermediarios es la forma más pura de libertad económica disponible hoy. También es, sin matices, enteramente tuya para perder. Y por eso mismo es, quizás, el ejercicio de responsabilidad individual más exigente que existe: la contrapartida inevitable de toda libertad real.

  • La Legalidad Como Escudo Contra la Verdad

    La Legalidad Como Escudo Contra la Verdad

    Antes de entrar de lleno al tema implícito en el título, pensé que podría resultar interesante que el mismo es producto de mi larga trayectoria como funcionario público que en dos ocasiones estuve al frente de una institución del gobierno; o quizás de incontables artículos en dónde, a través del tiempo, he intentado descubrir la putrefacción de los gobiernos utilizando la legalidad, y la gobernanza en nuestro querido país… algo así como, “por que te quiero te aporreo”. La diferencia, de lo que hoy les derramo en estas letras, es el producto de un dame que te doy con Chat GPT. Muchos opinan que hay que ponerle bozal a la IA o AI, pero… de ser así, también lo debimos hacer con los autos, aviones y quizá hasta con el fuego, ya que todos estos son mortales. ¡Nop!, la mortalidad no está en el machete sino en el machetero.

    No más para ilustrar y dar derrotero a este tema, les cuento que se enfoca, como ya dije, en la putrefacción gubernamental que nos viene infectando a través de la historia; digamos… desde Pedrarias Dávila cuando no éramos sino la finca privada del rey de España. Pero, la pregunta que formulo es, ¿acaso hemos dejado de ser finca de… de…? ¡ajá!; allí es dónde la puerca tuerce el rabo. Antes era el rey de España… ¿hoy de quien o quienes? Para auscultar el asunto examinemos lo que supone ser el Estado y sus gobiernos y, más aún, la sociedad; ¡por supuesto!, en cortito, pues esto se podría volar en libro gordo.

    Aunque los gobiernos, a través de la historia, tuvieron sus orígenes en la conquista violenta y sanguinaria, en épocas más recientes han intentado evolucionar para convertirse en la viva voz de poblaciones que buscan la manera de vivir en pacífica y productiva sociedad y, ante todo, libertad; al menos en las verdaderas democracias, ya que en el comunismo ello no es posible, como tampoco lo es en las torcidas democracias.

    En Panamá, a través de su historia, los gobiernos más han procurado servirse que servir a quienes los eligieron o… tal vez no fueron electos sino selectos. Pero lo cierto es que la legalidad o la ley ha sido usada como escudo contra la verdad. En una sociedad saludable, la ley supone estar estructurada para favorecer una sana comunidad; sin embargo, esta no es la realidad en nuestro país, en dónde los gobiernos han sido usados como herramienta para esconder la corrupta realidad que imponen los grupos que logran apoderarse del timón de la nación; lo cual queda claro para quienes leen y logran entender nuestra Constitución.

    Entre las entidades gubernamentales no existe coordinación ni propósito unificado, más que aquel que sea la rapiña; en dónde las empresas del gobierno central o de sus satélites supuestamente autónomos son feudos, que igual que las mafias se reparten el botín. Así, nuestra Constitución no pasa de ser un contrato anti social y anti sociedad. Una clase política dedicada a proteger su impunidad a través de falsos mecenazgos.

    El caso de los retenes de tránsito delictivos que comúnmente realizan muchos agentes de la ATTT ilustra no sólo lo señalado sino el grado de corrupción, en donde agentes del orden cometen detenciones delictivas para pescar bajo el manto de la legalidad, la comisión de faltas de tránsito, tal como placas o licencias vencidas, que dan lugar a las coimas. Y esta misma realidad está presente a través de toda la actividad de falsa gobernanza. Y, ¡por supuesto!, que todo ello produce toda clase de comportamientos aberrantes por parte de tantos a quienes les resulta más fácil robar que trabajar y producir.

  • IA de código abierto: regular lo irregulable

    IA de código abierto: regular lo irregulable

    El Financial Times publicó esta semana una investigación que, según sus autores, debería inquietarnos: las barreras de seguridad integradas en modelos de inteligencia artificial (IA) de código abierto —como los de Meta o Google— pueden desactivarse en menos de diez minutos, sin hardware especializado y con herramientas disponibles en cualquier repositorio público. El resultado: sistemas que acceden a información sobre armas, malware o sustancias peligrosas. La reacción refleja predecible ha sido exigir más regulación. Pero antes de que los legisladores se lancen a una nueva cruzada prohibicionista, conviene hacer algunas preguntas incómodas.


    El espejismo del control en el punto de origen


    La lógica regulatoria dominante sitúa el problema en la fase de desarrollo: si las empresas construyen modelos más seguros, el daño queda contenido. Es una intuición comprensible pero profundamente errónea cuando se aplica a software de código abierto. Una vez que los pesos de un modelo se distribuyen libremente por internet —como ocurre con Llama de Meta o Gemma de Google—, el código se convierte en un bien público irreversible. Regularlo en origen es tan efectivo como haber intentado prohibir Linux o el protocolo BitTorrent. Los expertos citados en el propio reportaje lo admiten sin rodeos: «Es poco probable que los gobiernos puedan impedir que actores decididos accedan o modifiquen modelos una vez que sus pesos se encuentren ampliamente replicados online.»

    «Regular el código abierto en origen es tan efectivo como haber intentado prohibir Linux o el protocolo BitTorrent.»


    Esta no es una posición radical. Es simplemente la realidad técnica y económica de cómo funciona la distribución digital. Y sin embargo, los marcos regulatorios que se están construyendo —el AI Act europeo, los enfoques emergentes en el Reino Unido y Estados Unidos— siguen apostando mayoritariamente por controles sobre los desarrolladores originales, como si el resto de la cadena no existiese.


    Los costos invisibles de la prohibición


    El debate sobre la seguridad de la IA tiende a contabilizar sólo los riesgos de la tecnología y a ignorar por completo los costos de su supresión. Pero esos costos existen y son enormes. Los modelos de código abierto democratizan el acceso a la IA (inteligencia artificial): médicos rurales en países sin infraestructura tecnológica, periodistas en regímenes autoritarios, investigadores académicos sin presupuesto para APIs comerciales, pequeños emprendedores que compiten con gigantes corporativos. Todos ellos dependen de sistemas que ninguna empresa cerrada les ofrecería en igualdad de condiciones. Cuando los reguladores hablan de «restringir los modelos de código abierto de alto riesgo», rara vez mencionan a estos usuarios. Sus costos no aparecen en los informes del Financial Times.


    La alternativa cerrada tampoco es el paraíso de la seguridad que sus defensores proclaman. Los modelos propietarios de OpenAI, Anthropic o Google son igualmente vulnerables a los llamados «jailbreaks», sometidos a presiones comerciales que a menudo priorizan el lanzamiento sobre la auditoría, y opacos por definición: nadie puede examinar sus pesos, sus sesgos ni sus fallos. La seguridad que ofrecen es en gran medida una seguridad de marca, no una garantía técnica verificable.


    Dónde tiene sentido actuar


    La perspectiva liberal no implica ingenuidad ante los riesgos reales. Implica precisión en el diagnóstico y proporcionalidad en la respuesta. Los expertos del propio artículo apuntan en la dirección correcta cuando señalan que la regulación sería «más efectiva si se enfocara en el despliegue, la distribución y el uso dañino en el mundo real», en lugar de en la capa de desarrollo. Eso es razonable. El abuso concreto de un modelo —ya sea para fabricar malware, generar desinformación o diseñar armas— puede perseguirse mediante el derecho penal existente, sin necesidad de crear nuevos cuerpos burocráticos que supervisen el entrenamiento de modelos como si fuese enriquecimiento de uranio.


    Del mismo modo, los estándares de transparencia sobre el uso real de estos sistemas en infraestructuras críticas —salud, energía, justicia— son razonables y justificables. Lo que no lo es es construir un régimen de licencias y restricciones previas que, en la práctica, sólo podrán cumplir las grandes corporaciones tecnológicas con ejércitos de abogados, mientras los actores pequeños y los investigadores independientes quedan excluidos del ecosistema. Eso no es seguridad. Es la captura regulatoria de siempre con un barniz de ingeniería de sistemas.


    El conocimiento no se regula: se gestiona


    Hay una tensión irresuelta en el corazón de este debate: los mismos actores que más se beneficiarían de restricciones al código abierto —las grandes empresas de IA propietaria— son quienes más recursos tienen para influir en el diseño de esa regulación. No es una teoría conspirativa; es la dinámica habitual de cualquier mercado regulado. El resultado casi invariable es lo que los economistas llaman «barreras de entrada disfrazadas de bien público».


    El conocimiento técnico, una vez distribuido, no puede devolverse a la caja. La historia de internet, de la criptografía, del software libre, lo demuestra sin excepción. Los modelos de IA de código abierto son ya parte del paisaje tecnológico global, y ninguna directiva emanada de Bruselas o Washington va a cambiar ese hecho. Lo que sí pueden hacer los gobiernos es invertir en educación digital, en marcos de responsabilidad civil claros para el mal uso demostrado y en investigación pública sobre seguridad. Eso requiere menos retórica de emergencia y más paciencia institucional. Virtudes, hay que reconocerlo, escasas en temporada electoral.

  • La inteligencia artificial se muda al océano

    La inteligencia artificial se muda al océano

    Mientras Europa debate permisos ambientales, impacto visual, consumo hídrico y normativas energéticas, una parte de Silicon Valley ya está pensando en otra cosa: sacar directamente los centros de datos o inteligencia artificial fuera de tierra firme, al océano.

    La startup estadounidense Panthalassa acaba de captar 140 millones de dólares para desarrollar nodos flotantes capaces de alimentar cargas de inteligencia artificial usando exclusivamente energía de las olas. El proyecto cuenta con apoyo de inversores vinculados a Peter Thiel y apunta a una idea que hasta hace pocos años parecía ciencia ficción: ejecutar inferencia de inteligencia artificial en medio del océano.

    Leído superficialmente, parece otra extravagancia tecnológica. Mirado con más atención, puede ser el comienzo de una nueva arquitectura energética y autoregulatoria para la economía digital.

    Del problema eléctrico al problema logístico

    Los grandes centros de datos atraviesan una crisis silenciosa. La expansión de la IA exige cantidades descomunales de electricidad, refrigeración y suelo industrial. En muchos países empiezan a aparecer límites físicos y políticos:

    • redes eléctricas saturadas,
    • oposición vecinal,
    • permisos ambientales interminables,
    • restricciones de agua,
    • costes inmobiliarios crecientes.

    Panthalassa propone una solución radical: dejar de llevar la energía al centro de datos y mover el centro de datos hacia donde está la energía.

    Sus plataformas Ocean-3 funcionarían como estructuras autónomas de acero capaces de transformar el movimiento de las olas en electricidad. Esa energía alimentaría directamente chips especializados en inferencia de IA, mientras el agua marina actuaría como sistema de refrigeración natural. Los resultados computacionales se enviarían luego vía satélite a tierra firme.

    La idea tiene lógica económica: transportar datos suele ser mucho más barato que transportar enormes cantidades de electricidad.

    El océano como “zona económica especial”

    Aquí aparece el aspecto más interesante —y menos comentado— del proyecto.

    La gran ventaja potencial de los nodos oceánicos no es únicamente energética. Es regulatoria.

    Un centro de datos terrestre puede tardar años en aprobarse. Entre permisos urbanísticos, evaluaciones ambientales, litigios locales y conexiones a red, muchas instalaciones terminan atrapadas en burocracias nacionales o regionales.

    En cambio, un sistema flotante en aguas internacionales abre un escenario distinto:

    • menos restricciones de suelo,
    • menor presión política local,
    • despliegue modular,
    • movilidad física de la infraestructura,
    • y potencial arbitraje regulatorio entre jurisdicciones marítimas.

    En otras palabras: la computación podría empezar a comportarse más como la industria naviera que como una infraestructura fija.

    La historia económica muestra que la innovación suele desplazarse hacia espacios donde el costo regulatorio es menor. Ocurrió con:

    • las banderas de conveniencia en transporte marítimo,
    • los centros financieros offshore,
    • las zonas económicas especiales,
    • y parcialmente con las criptomonedas.

    La inteligencia artificial, el centro de datos, podría seguir un camino parecido y mudarse al océano.

    Inferencia sí; entrenamiento, todavía no

    Panthalassa no pretende reemplazar los grandes campus terrestres de entrenamiento de modelos fundacionales. Eso sigue requiriendo latencias mínimas, sincronización extrema entre GPUs y enormes clusters coordinados.

    Pero la inferencia —el uso cotidiano de modelos ya entrenados— es mucho más distribuible.

    Ese detalle es crucial.

    La próxima década probablemente no estará dominada solo por megacentros de datos hipercentralizados, sino también por redes distribuidas de inferencia:

    • edge AI,
    • microcentros autónomos,
    • computación flotante,
    • y nodos energéticamente independientes.

    El océano encaja bastante bien en ese paradigma.

    El gran argumento liberal: innovación fuera del cuello de botella estatal

    Hay un trasfondo político evidente.

    Muchos gobiernos occidentales quieren simultáneamente:

    • más IA,
    • más soberanía tecnológica,
    • menos emisiones,
    • menos consumo eléctrico,
    • menos infraestructuras visibles,
    • y más regulación.

    Pero la física no negocia.

    La IA consume energía. Mucha.

    Y cuando las restricciones políticas bloquean expansión en tierra, el capital busca rutas alternativas. El océano aparece precisamente como una válvula de escape para una economía digital cada vez más limitada por:

    • licencias,
    • redes eléctricas envejecidas,
    • planificación urbana,
    • y lentitud administrativa.

    Desde una mirada liberal clásica, proyectos como Panthalassa representan algo más profundo que una innovación técnica: son intentos del mercado por escapar de cuellos de botella regulatorios creados por los propios Estados.

    No es casual que figuras como Peter Thiel estén detrás de estas apuestas. Thiel lleva años defendiendo la idea de que Occidente ha frenado su capacidad de construir infraestructura física ambiciosa.

    Los centros de datos oceánicos encajan perfectamente en esa filosofía: “si no puedes construir rápido en tierra, construye fuera de ella”.

    Los problemas reales

    Por supuesto, el proyecto enfrenta obstáculos enormes:

    • corrosión,
    • tormentas,
    • mantenimiento offshore,
    • bioincrustaciones,
    • latencia satelital,
    • costos logísticos,
    • y posibles regulaciones marítimas futuras.

    Además, la energía undimotriz lleva décadas prometiendo más de lo que entrega comercialmente. Existen antecedentes como Wave Dragon o dispositivos como MARMOK-A-5 que demostraron viabilidad técnica, pero también enormes dificultades económicas y operativas.

    La diferencia es que ahora existe un incentivo nuevo y gigantesco: la fiebre global por la inteligencia artificial.

    La IA necesita tanta energía que empieza a hacer rentables ideas que hace diez años parecían absurdas.

    El verdadero cambio

    Quizá la noticia importante no sea que haya centros de datos flotando en el océano.

    La noticia importante es otra: la economía digital está empezando a independizarse físicamente de la infraestructura tradicional de los Estados.

    Primero fueron las criptomonedas. Luego las constelaciones satelitales privadas. Ahora aparecen centros de datos oceánicos autónomos.

    La tendencia parece clara: cuando las restricciones terrestres aumentan, el capital tecnológico empieza a mirar hacia espacios menos regulados, más móviles y energéticamente abundantes.

    Y el océano, literalmente, sobra en las tres cosas.

  • ¿Qué papel juegan nuestros datos digitales en el escenario geopolítico mundial?

    ¿Qué papel juegan nuestros datos digitales en el escenario geopolítico mundial?

    La digitalización ha convertido la información en un activo estratégico clave. A medida que los servicios esenciales migran hacia entornos de computación en la nube, se materializa el desafío técnico y legal de la llamada soberanía de los datos.

    Tradicionalmente, este concepto presupone que la información digital está sujeta al ordenamiento jurídico del territorio donde se recopila o procesa. No obstante, la realidad operativa implica una convergencia de jurisdicciones concurrentes.

    En la práctica cotidiana, entran en conflicto variables como el origen geográfico del dato, la residencia del ciudadano afectado, la ubicación física de la infraestructura de almacenamiento y el país donde la empresa proveedora tiene establecida su sede matriz.

    Sin ir más lejos, en 2020, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea invalidó el marco regulatorio “Privacy Shield”, que amparaba legalmente la transferencia de datos personales entre Europa y Estados Unidos. Esta resolución judicial, conocida como sentencia Schrems II, visibiliza una fractura estructural en la arquitectura digital contemporánea.

    Regulación según intereses geopolíticos

    El entramado normativo internacional incrementa la complejidad de esta gestión, evidenciando que los grandes bloques geopolíticos, sobre todo, la Unión Europea, Estados Unidos y China, ejercen diferentes grados y mecanismos de control sobre la esfera digital para proteger sus intereses.

    El Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) en Europa introdujo un criterio estricto de extraterritorialidad en su artículo 3, que exige el cumplimiento de sus estándares a organizaciones ubicadas fuera de su territorio siempre que traten información de residentes europeos.

    Mientras, legislaciones como la Clarifying Lawful Overseas Use of Data Act (CLOUD Act) estadounidense otorgan a las autoridades federales la potestad de requerir el acceso a los registros que administran sus corporaciones tecnológicas, en determinados supuestos y bajo control judicial, con independencia de si los servidores físicos operan en la Unión Europea o en otras jurisdicciones.

    La colisión directa entre legislaciones enfocadas en una privacidad fuertemente garantista, como la europea, y otras orientadas a la seguridad nacional y la vigilancia transnacional genera inseguridad jurídica, exponiendo a instituciones y corporaciones a riesgos legales sustanciales.

    Juridiscción entre fronteras

    La dificultad para mantener el control jurisdiccional sobre los sistemas informáticos compromete la resiliencia de los Estados y afecta de forma directa a la ciudadanía. Esto se traduce en riesgos tangibles para la gestión y confidencialidad del historial médico electrónico, la estabilidad de la banca digital o el funcionamiento ininterrumpido de los servicios públicos de emergencia.

    Por otro lado, la externalización de la custodia de esta información a corporaciones sujetas a legislaciones de terceros países introduce vulnerabilidades sistémicas, dado que las variaciones en las políticas comerciales o la imposición de sanciones internacionales pueden provocar la interrupción abrupta de operaciones críticas.

    En este escenario, desde la perspectiva macroeconómica, la retención del control de los datos resulta crítica para la autonomía tecnológica. Estos repositorios masivos constituyen el sustrato primario para el entrenamiento de algoritmos de inteligencia artificial y la generación de modelos analíticos avanzados.

    Iniciativas como el proyecto GAIA-X ilustran este esfuerzo institucional mediante la creación de infraestructuras de datos abiertas, federadas y seguras. El propósito de este marco europeo consiste en la salvaguarda de la capacidad de innovación tecnológica en el territorio propio y la mitigación la transferencia neta de valor hacia operadores foráneos.

    Servidores y operadores locales

    Las respuestas regulatorias frente a esta vulnerabilidad frecuentemente exigen la implementación de medidas de residencia de datos, que obligan por ley a que los centros de procesamiento se ubiquen dentro de las fronteras nacionales.

    Aunque la localización geográfica del servidor es un requisito necesario para facilitar la auditoría y la supervisión física, resulta insuficiente para garantizar una autonomía tecnológica real. Si la infraestructura física sigue operada por la filial de una corporación extranjera, los datos continúan bajo el riesgo de aplicación de legislaciones extraterritoriales.

    Así, las aproximaciones más rigurosas exigen la adopción de arquitecturas de nube operadas por entidades locales, con el objetivo de reducir de forma drástica el riesgo de sometimiento a requerimientos de tribunales o agencias de inteligencia de terceros países.

    Tecnología de cifrado

    En el nivel de la seguridad técnica, la mitigación de estos riesgos requiere que los controles criptográficos se encuentren bajo el dominio exclusivo del propietario de la información. Esto significa que las claves de cifrado deben ser generadas, custodiadas y gestionadas en la jurisdicción de origen.

    Tecnologías de frontera como la computación confidencial –enfocada en proteger los datos en uso– añaden una capa de protección en el procesador: aíslan los datos en entornos de ejecución seguros mientras se realizan los cálculos en la memoria del servidor.

    Por su parte, disciplinas como el cifrado homomórfico permiten la ejecución de operaciones analíticas sobre datos encriptados sin requerir su descifrado en ningún punto del proceso. Aunque esta tecnología aún presenta severas limitaciones de rendimiento computacional y está restringida a operaciones matemáticas muy concretas, los avances continuos en su desarrollo reducen la superficie de exposición.

    El empleo de estas técnicas proporciona una protección robusta frente a la interceptación ilícita o el cumplimiento de órdenes extranjeras.

    Pilares de los Estados digitales

    La gestión jurisdiccional de la información ha trascendido el debate estrictamente regulatorio para consolidarse como un elemento central del funcionamiento del entorno digital actual.

    Las decisiones sobre la topología de la red –disposición física en la que los dispositivos (nodos) de una red, como computadoras, routers y switches, están interconectados para intercambiar datos– determinan cómo se distribuyen, aíslan y conectan físicamente los nodos del sistema.

    Estas variables, junto con la selección de proveedores de infraestructura y el despliegue de protocolos de cifrado, impactan directamente en el tejido social y económico. Además, determinan el grado efectivo de privacidad individual, la disponibilidad de los servicios esenciales ante escenarios de inestabilidad internacional y la viabilidad competitiva del tejido industrial.

    Por eso, la preservación de la autoridad sobre las condiciones bajo las cuales se procesan y almacenan los datos constituye, en el contexto actual, un requisito fundamental para salvaguardar la autonomía política y económica en la era digital.

    José Luis Salmerón Silvera, Catedrático de Inteligencia Artificial, CUNEF Universidad

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • El camino al infierno digital está empedrado de buenas intenciones

    El camino al infierno digital está empedrado de buenas intenciones


    Hoy, Ursula von der Leyen ha presentado ante las cámaras con toda la solemnidad que el cargo permite, la nueva aplicación europea de verificación de edad. El anuncio es impecable en su retórica: proteger a los niños, acabar con los depredadores en línea, devolverle la inocencia a la infancia digital. «Los padres deben educar a sus hijos, no las plataformas», proclamó la presidenta de la Comisión Europea, con una frase que, en su superficie, suena casi libertaria. Casi.

    Porque lo que von der Leyen no mencionó en su alocución es la paradoja fundamental que entraña toda esta arquitectura: para que los padres protejan a sus hijos sin que lo hagan las plataformas, la Unión Europea ha construido una plataforma estatal que lo hará por todos.

    Los hechos, primero

    La aplicación funciona de manera aparentemente sencilla: el usuario la descarga, la configura con su pasaporte o documento nacional de identidad, y a partir de ese momento puede «demostrar su edad» ante cualquier servicio digital. Von der Leyen asegura que es anónima, de código abierto y que ha sido probada en siete países, entre ellos España, Francia, Grecia, Italia, Dinamarca y Chipre. El sistema se enmarca dentro de un proyecto mucho mayor: la Cartera Europea de Identidad Digital, regulada por el reglamento eIDAS2, que deberá estar operativa para todos los ciudadanos europeos antes de finales de 2026.

    El diagnóstico que mueve a Bruselas no carece de fundamento empírico: uno de cada seis menores sufre acoso en internet, los algoritmos de las plataformas están diseñados para generar adicción, y en 2023 se registraron más de 36 millones de denuncias de abuso sexual infantil en línea. Son números que hielan la sangre. Son números que, políticamente, hacen imposible cualquier objeción sin parecer cómplice del horror.

    Y aquí comienza el problema.

    Hayek tenía razón: las buenas intenciones no garantizan buenos resultados

    Friedrich Hayek advirtió en «Camino de servidumbre» que los regímenes que más daño han causado a la libertad no arrancaron con manifiestos totalitarios, sino con programas de bienestar social llenos de compasión genuina. La intención no es el resultado. El instrumento no es neutral. Y el Estado que hoy vigila a los menores es el mismo Estado que mañana vigila a todos.

    Preguntémonos lo que von der Leyen no preguntó en su rueda de prensa: ¿qué ocurre cuando cada ciudadano europeo debe identificarse con su pasaporte o DNI para acceder a servicios digitales? ¿Qué base de datos almacena esas verificaciones? ¿Quién audita al auditor? La presidenta afirma que la app es «completamente anónima» y que los usuarios no revelarán información personal más allá de su edad. Pero eso es técnicamente imposible: para verificar que alguien tiene 18 años, el sistema tiene que saber en algún momento quién es esa persona. El anonimato criptográfico que promete Bruselas puede existir en teoría; en la práctica regulatoria y política, las excepciones siempre aparecen.

    La infraestructura del control no se desmonta

    El argumento más grave no es lo que esta aplicación hace hoy, sino lo que hace posible mañana. Una infraestructura de identificación digital universal, vinculada a documentos de identidad nacionales y desplegada en todos los dispositivos del continente, es exactamente el tipo de herramienta que cualquier gobierno futuro —democrático o no— necesitaría para rastrear, filtrar y controlar el acceso de sus ciudadanos a la información.

    Varias leyes similares en Estados Unidos —en Arkansas, Utah o Texas— ya han sido impugnadas judicialmente por invadir la privacidad. El Online Safety Act británico enfrenta críticas similares. No son objeciones tecnicistas: son defensas de un principio cardinal que la Europa de hoy parece haber olvidado, el de que la carga de la prueba recae sobre quien quiere vigilar, no sobre quien quiere ser libre.

    El monopolio de la tutela

    Hay algo más, menos técnico y más filosófico, que debería inquietarnos. Cuando el Estado asume la función de proteger a los niños en internet de manera sistemática y obligatoria, no está complementando a los padres: los está sustituyendo. No como excepción sino como norma. La responsabilidad parental, que es irreductiblemente individual y contextual, se convierte en un trámite burocrático que se delega en una app diseñada en Bruselas.

    Los libertarios no negamos que internet presenta riesgos reales para los menores. Lo que negamos es la conclusión de que la respuesta óptima sea construir una infraestructura de identificación masiva gestionada por instituciones que no rinden cuentas ante ningún hogar concreto, ante ningún padre o madre específicos, sino ante la abstracción difusa de «la sociedad europea».

    La alternativa no es la indiferencia. Son herramientas voluntarias, competencia entre soluciones privadas, educación digital real en las aulas, y responsabilidad contractual directa de las plataformas ante sus usuarios. Todo eso es más difícil de anunciar en una rueda de prensa con una aplicación reluciente. Pero es también lo que preserva la libertad cuando cambia el gobierno.

    El precio de la seguridad perfecta

    Von der Leyen dijo hoy que «ya no hay excusas» para que las plataformas no verifiquen la edad. Es una frase que debería hacernos temblar. Cuando un poder ejecutivo supranacional declara que ya no hay excusas para cumplir sus mandatos, está diciendo también que ya no habrá espacio para la desobediencia civil, para la privacidad técnica, para el anonimato legítimo.

    Los niños merecen protección. Los ciudadanos adultos merecen privacidad. Y ambas cosas, en una sociedad libre, no deberían estar reñidas. El problema de la propuesta europea no es su objetivo, sino su método: construir la mayor infraestructura de identificación digital de la historia del continente para resolver un problema que requería, ante todo, más educación y más responsabilidad parental real.

    El infierno, decía Hayek, no lo construyen los malvados. Lo construyen los bienintencionados que están seguros de tener razón.