Categoría: Marcos Regulatorios

  • La inteligencia artificial se muda al océano

    La inteligencia artificial se muda al océano

    Mientras Europa debate permisos ambientales, impacto visual, consumo hídrico y normativas energéticas, una parte de Silicon Valley ya está pensando en otra cosa: sacar directamente los centros de datos o inteligencia artificial fuera de tierra firme, al océano.

    La startup estadounidense Panthalassa acaba de captar 140 millones de dólares para desarrollar nodos flotantes capaces de alimentar cargas de inteligencia artificial usando exclusivamente energía de las olas. El proyecto cuenta con apoyo de inversores vinculados a Peter Thiel y apunta a una idea que hasta hace pocos años parecía ciencia ficción: ejecutar inferencia de inteligencia artificial en medio del océano.

    Leído superficialmente, parece otra extravagancia tecnológica. Mirado con más atención, puede ser el comienzo de una nueva arquitectura energética y autoregulatoria para la economía digital.

    Del problema eléctrico al problema logístico

    Los grandes centros de datos atraviesan una crisis silenciosa. La expansión de la IA exige cantidades descomunales de electricidad, refrigeración y suelo industrial. En muchos países empiezan a aparecer límites físicos y políticos:

    • redes eléctricas saturadas,
    • oposición vecinal,
    • permisos ambientales interminables,
    • restricciones de agua,
    • costes inmobiliarios crecientes.

    Panthalassa propone una solución radical: dejar de llevar la energía al centro de datos y mover el centro de datos hacia donde está la energía.

    Sus plataformas Ocean-3 funcionarían como estructuras autónomas de acero capaces de transformar el movimiento de las olas en electricidad. Esa energía alimentaría directamente chips especializados en inferencia de IA, mientras el agua marina actuaría como sistema de refrigeración natural. Los resultados computacionales se enviarían luego vía satélite a tierra firme.

    La idea tiene lógica económica: transportar datos suele ser mucho más barato que transportar enormes cantidades de electricidad.

    El océano como “zona económica especial”

    Aquí aparece el aspecto más interesante —y menos comentado— del proyecto.

    La gran ventaja potencial de los nodos oceánicos no es únicamente energética. Es regulatoria.

    Un centro de datos terrestre puede tardar años en aprobarse. Entre permisos urbanísticos, evaluaciones ambientales, litigios locales y conexiones a red, muchas instalaciones terminan atrapadas en burocracias nacionales o regionales.

    En cambio, un sistema flotante en aguas internacionales abre un escenario distinto:

    • menos restricciones de suelo,
    • menor presión política local,
    • despliegue modular,
    • movilidad física de la infraestructura,
    • y potencial arbitraje regulatorio entre jurisdicciones marítimas.

    En otras palabras: la computación podría empezar a comportarse más como la industria naviera que como una infraestructura fija.

    La historia económica muestra que la innovación suele desplazarse hacia espacios donde el costo regulatorio es menor. Ocurrió con:

    • las banderas de conveniencia en transporte marítimo,
    • los centros financieros offshore,
    • las zonas económicas especiales,
    • y parcialmente con las criptomonedas.

    La inteligencia artificial, el centro de datos, podría seguir un camino parecido y mudarse al océano.

    Inferencia sí; entrenamiento, todavía no

    Panthalassa no pretende reemplazar los grandes campus terrestres de entrenamiento de modelos fundacionales. Eso sigue requiriendo latencias mínimas, sincronización extrema entre GPUs y enormes clusters coordinados.

    Pero la inferencia —el uso cotidiano de modelos ya entrenados— es mucho más distribuible.

    Ese detalle es crucial.

    La próxima década probablemente no estará dominada solo por megacentros de datos hipercentralizados, sino también por redes distribuidas de inferencia:

    • edge AI,
    • microcentros autónomos,
    • computación flotante,
    • y nodos energéticamente independientes.

    El océano encaja bastante bien en ese paradigma.

    El gran argumento liberal: innovación fuera del cuello de botella estatal

    Hay un trasfondo político evidente.

    Muchos gobiernos occidentales quieren simultáneamente:

    • más IA,
    • más soberanía tecnológica,
    • menos emisiones,
    • menos consumo eléctrico,
    • menos infraestructuras visibles,
    • y más regulación.

    Pero la física no negocia.

    La IA consume energía. Mucha.

    Y cuando las restricciones políticas bloquean expansión en tierra, el capital busca rutas alternativas. El océano aparece precisamente como una válvula de escape para una economía digital cada vez más limitada por:

    • licencias,
    • redes eléctricas envejecidas,
    • planificación urbana,
    • y lentitud administrativa.

    Desde una mirada liberal clásica, proyectos como Panthalassa representan algo más profundo que una innovación técnica: son intentos del mercado por escapar de cuellos de botella regulatorios creados por los propios Estados.

    No es casual que figuras como Peter Thiel estén detrás de estas apuestas. Thiel lleva años defendiendo la idea de que Occidente ha frenado su capacidad de construir infraestructura física ambiciosa.

    Los centros de datos oceánicos encajan perfectamente en esa filosofía: “si no puedes construir rápido en tierra, construye fuera de ella”.

    Los problemas reales

    Por supuesto, el proyecto enfrenta obstáculos enormes:

    • corrosión,
    • tormentas,
    • mantenimiento offshore,
    • bioincrustaciones,
    • latencia satelital,
    • costos logísticos,
    • y posibles regulaciones marítimas futuras.

    Además, la energía undimotriz lleva décadas prometiendo más de lo que entrega comercialmente. Existen antecedentes como Wave Dragon o dispositivos como MARMOK-A-5 que demostraron viabilidad técnica, pero también enormes dificultades económicas y operativas.

    La diferencia es que ahora existe un incentivo nuevo y gigantesco: la fiebre global por la inteligencia artificial.

    La IA necesita tanta energía que empieza a hacer rentables ideas que hace diez años parecían absurdas.

    El verdadero cambio

    Quizá la noticia importante no sea que haya centros de datos flotando en el océano.

    La noticia importante es otra: la economía digital está empezando a independizarse físicamente de la infraestructura tradicional de los Estados.

    Primero fueron las criptomonedas. Luego las constelaciones satelitales privadas. Ahora aparecen centros de datos oceánicos autónomos.

    La tendencia parece clara: cuando las restricciones terrestres aumentan, el capital tecnológico empieza a mirar hacia espacios menos regulados, más móviles y energéticamente abundantes.

    Y el océano, literalmente, sobra en las tres cosas.

  • ¿Qué papel juegan nuestros datos digitales en el escenario geopolítico mundial?

    ¿Qué papel juegan nuestros datos digitales en el escenario geopolítico mundial?

    La digitalización ha convertido la información en un activo estratégico clave. A medida que los servicios esenciales migran hacia entornos de computación en la nube, se materializa el desafío técnico y legal de la llamada soberanía de los datos.

    Tradicionalmente, este concepto presupone que la información digital está sujeta al ordenamiento jurídico del territorio donde se recopila o procesa. No obstante, la realidad operativa implica una convergencia de jurisdicciones concurrentes.

    En la práctica cotidiana, entran en conflicto variables como el origen geográfico del dato, la residencia del ciudadano afectado, la ubicación física de la infraestructura de almacenamiento y el país donde la empresa proveedora tiene establecida su sede matriz.

    Sin ir más lejos, en 2020, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea invalidó el marco regulatorio “Privacy Shield”, que amparaba legalmente la transferencia de datos personales entre Europa y Estados Unidos. Esta resolución judicial, conocida como sentencia Schrems II, visibiliza una fractura estructural en la arquitectura digital contemporánea.

    Regulación según intereses geopolíticos

    El entramado normativo internacional incrementa la complejidad de esta gestión, evidenciando que los grandes bloques geopolíticos, sobre todo, la Unión Europea, Estados Unidos y China, ejercen diferentes grados y mecanismos de control sobre la esfera digital para proteger sus intereses.

    El Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) en Europa introdujo un criterio estricto de extraterritorialidad en su artículo 3, que exige el cumplimiento de sus estándares a organizaciones ubicadas fuera de su territorio siempre que traten información de residentes europeos.

    Mientras, legislaciones como la Clarifying Lawful Overseas Use of Data Act (CLOUD Act) estadounidense otorgan a las autoridades federales la potestad de requerir el acceso a los registros que administran sus corporaciones tecnológicas, en determinados supuestos y bajo control judicial, con independencia de si los servidores físicos operan en la Unión Europea o en otras jurisdicciones.

    La colisión directa entre legislaciones enfocadas en una privacidad fuertemente garantista, como la europea, y otras orientadas a la seguridad nacional y la vigilancia transnacional genera inseguridad jurídica, exponiendo a instituciones y corporaciones a riesgos legales sustanciales.

    Juridiscción entre fronteras

    La dificultad para mantener el control jurisdiccional sobre los sistemas informáticos compromete la resiliencia de los Estados y afecta de forma directa a la ciudadanía. Esto se traduce en riesgos tangibles para la gestión y confidencialidad del historial médico electrónico, la estabilidad de la banca digital o el funcionamiento ininterrumpido de los servicios públicos de emergencia.

    Por otro lado, la externalización de la custodia de esta información a corporaciones sujetas a legislaciones de terceros países introduce vulnerabilidades sistémicas, dado que las variaciones en las políticas comerciales o la imposición de sanciones internacionales pueden provocar la interrupción abrupta de operaciones críticas.

    En este escenario, desde la perspectiva macroeconómica, la retención del control de los datos resulta crítica para la autonomía tecnológica. Estos repositorios masivos constituyen el sustrato primario para el entrenamiento de algoritmos de inteligencia artificial y la generación de modelos analíticos avanzados.

    Iniciativas como el proyecto GAIA-X ilustran este esfuerzo institucional mediante la creación de infraestructuras de datos abiertas, federadas y seguras. El propósito de este marco europeo consiste en la salvaguarda de la capacidad de innovación tecnológica en el territorio propio y la mitigación la transferencia neta de valor hacia operadores foráneos.

    Servidores y operadores locales

    Las respuestas regulatorias frente a esta vulnerabilidad frecuentemente exigen la implementación de medidas de residencia de datos, que obligan por ley a que los centros de procesamiento se ubiquen dentro de las fronteras nacionales.

    Aunque la localización geográfica del servidor es un requisito necesario para facilitar la auditoría y la supervisión física, resulta insuficiente para garantizar una autonomía tecnológica real. Si la infraestructura física sigue operada por la filial de una corporación extranjera, los datos continúan bajo el riesgo de aplicación de legislaciones extraterritoriales.

    Así, las aproximaciones más rigurosas exigen la adopción de arquitecturas de nube operadas por entidades locales, con el objetivo de reducir de forma drástica el riesgo de sometimiento a requerimientos de tribunales o agencias de inteligencia de terceros países.

    Tecnología de cifrado

    En el nivel de la seguridad técnica, la mitigación de estos riesgos requiere que los controles criptográficos se encuentren bajo el dominio exclusivo del propietario de la información. Esto significa que las claves de cifrado deben ser generadas, custodiadas y gestionadas en la jurisdicción de origen.

    Tecnologías de frontera como la computación confidencial –enfocada en proteger los datos en uso– añaden una capa de protección en el procesador: aíslan los datos en entornos de ejecución seguros mientras se realizan los cálculos en la memoria del servidor.

    Por su parte, disciplinas como el cifrado homomórfico permiten la ejecución de operaciones analíticas sobre datos encriptados sin requerir su descifrado en ningún punto del proceso. Aunque esta tecnología aún presenta severas limitaciones de rendimiento computacional y está restringida a operaciones matemáticas muy concretas, los avances continuos en su desarrollo reducen la superficie de exposición.

    El empleo de estas técnicas proporciona una protección robusta frente a la interceptación ilícita o el cumplimiento de órdenes extranjeras.

    Pilares de los Estados digitales

    La gestión jurisdiccional de la información ha trascendido el debate estrictamente regulatorio para consolidarse como un elemento central del funcionamiento del entorno digital actual.

    Las decisiones sobre la topología de la red –disposición física en la que los dispositivos (nodos) de una red, como computadoras, routers y switches, están interconectados para intercambiar datos– determinan cómo se distribuyen, aíslan y conectan físicamente los nodos del sistema.

    Estas variables, junto con la selección de proveedores de infraestructura y el despliegue de protocolos de cifrado, impactan directamente en el tejido social y económico. Además, determinan el grado efectivo de privacidad individual, la disponibilidad de los servicios esenciales ante escenarios de inestabilidad internacional y la viabilidad competitiva del tejido industrial.

    Por eso, la preservación de la autoridad sobre las condiciones bajo las cuales se procesan y almacenan los datos constituye, en el contexto actual, un requisito fundamental para salvaguardar la autonomía política y económica en la era digital.

    José Luis Salmerón Silvera, Catedrático de Inteligencia Artificial, CUNEF Universidad

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • El camino al infierno digital está empedrado de buenas intenciones

    El camino al infierno digital está empedrado de buenas intenciones


    Hoy, Ursula von der Leyen ha presentado ante las cámaras con toda la solemnidad que el cargo permite, la nueva aplicación europea de verificación de edad. El anuncio es impecable en su retórica: proteger a los niños, acabar con los depredadores en línea, devolverle la inocencia a la infancia digital. «Los padres deben educar a sus hijos, no las plataformas», proclamó la presidenta de la Comisión Europea, con una frase que, en su superficie, suena casi libertaria. Casi.

    Porque lo que von der Leyen no mencionó en su alocución es la paradoja fundamental que entraña toda esta arquitectura: para que los padres protejan a sus hijos sin que lo hagan las plataformas, la Unión Europea ha construido una plataforma estatal que lo hará por todos.

    Los hechos, primero

    La aplicación funciona de manera aparentemente sencilla: el usuario la descarga, la configura con su pasaporte o documento nacional de identidad, y a partir de ese momento puede «demostrar su edad» ante cualquier servicio digital. Von der Leyen asegura que es anónima, de código abierto y que ha sido probada en siete países, entre ellos España, Francia, Grecia, Italia, Dinamarca y Chipre. El sistema se enmarca dentro de un proyecto mucho mayor: la Cartera Europea de Identidad Digital, regulada por el reglamento eIDAS2, que deberá estar operativa para todos los ciudadanos europeos antes de finales de 2026.

    El diagnóstico que mueve a Bruselas no carece de fundamento empírico: uno de cada seis menores sufre acoso en internet, los algoritmos de las plataformas están diseñados para generar adicción, y en 2023 se registraron más de 36 millones de denuncias de abuso sexual infantil en línea. Son números que hielan la sangre. Son números que, políticamente, hacen imposible cualquier objeción sin parecer cómplice del horror.

    Y aquí comienza el problema.

    Hayek tenía razón: las buenas intenciones no garantizan buenos resultados

    Friedrich Hayek advirtió en «Camino de servidumbre» que los regímenes que más daño han causado a la libertad no arrancaron con manifiestos totalitarios, sino con programas de bienestar social llenos de compasión genuina. La intención no es el resultado. El instrumento no es neutral. Y el Estado que hoy vigila a los menores es el mismo Estado que mañana vigila a todos.

    Preguntémonos lo que von der Leyen no preguntó en su rueda de prensa: ¿qué ocurre cuando cada ciudadano europeo debe identificarse con su pasaporte o DNI para acceder a servicios digitales? ¿Qué base de datos almacena esas verificaciones? ¿Quién audita al auditor? La presidenta afirma que la app es «completamente anónima» y que los usuarios no revelarán información personal más allá de su edad. Pero eso es técnicamente imposible: para verificar que alguien tiene 18 años, el sistema tiene que saber en algún momento quién es esa persona. El anonimato criptográfico que promete Bruselas puede existir en teoría; en la práctica regulatoria y política, las excepciones siempre aparecen.

    La infraestructura del control no se desmonta

    El argumento más grave no es lo que esta aplicación hace hoy, sino lo que hace posible mañana. Una infraestructura de identificación digital universal, vinculada a documentos de identidad nacionales y desplegada en todos los dispositivos del continente, es exactamente el tipo de herramienta que cualquier gobierno futuro —democrático o no— necesitaría para rastrear, filtrar y controlar el acceso de sus ciudadanos a la información.

    Varias leyes similares en Estados Unidos —en Arkansas, Utah o Texas— ya han sido impugnadas judicialmente por invadir la privacidad. El Online Safety Act británico enfrenta críticas similares. No son objeciones tecnicistas: son defensas de un principio cardinal que la Europa de hoy parece haber olvidado, el de que la carga de la prueba recae sobre quien quiere vigilar, no sobre quien quiere ser libre.

    El monopolio de la tutela

    Hay algo más, menos técnico y más filosófico, que debería inquietarnos. Cuando el Estado asume la función de proteger a los niños en internet de manera sistemática y obligatoria, no está complementando a los padres: los está sustituyendo. No como excepción sino como norma. La responsabilidad parental, que es irreductiblemente individual y contextual, se convierte en un trámite burocrático que se delega en una app diseñada en Bruselas.

    Los libertarios no negamos que internet presenta riesgos reales para los menores. Lo que negamos es la conclusión de que la respuesta óptima sea construir una infraestructura de identificación masiva gestionada por instituciones que no rinden cuentas ante ningún hogar concreto, ante ningún padre o madre específicos, sino ante la abstracción difusa de «la sociedad europea».

    La alternativa no es la indiferencia. Son herramientas voluntarias, competencia entre soluciones privadas, educación digital real en las aulas, y responsabilidad contractual directa de las plataformas ante sus usuarios. Todo eso es más difícil de anunciar en una rueda de prensa con una aplicación reluciente. Pero es también lo que preserva la libertad cuando cambia el gobierno.

    El precio de la seguridad perfecta

    Von der Leyen dijo hoy que «ya no hay excusas» para que las plataformas no verifiquen la edad. Es una frase que debería hacernos temblar. Cuando un poder ejecutivo supranacional declara que ya no hay excusas para cumplir sus mandatos, está diciendo también que ya no habrá espacio para la desobediencia civil, para la privacidad técnica, para el anonimato legítimo.

    Los niños merecen protección. Los ciudadanos adultos merecen privacidad. Y ambas cosas, en una sociedad libre, no deberían estar reñidas. El problema de la propuesta europea no es su objetivo, sino su método: construir la mayor infraestructura de identificación digital de la historia del continente para resolver un problema que requería, ante todo, más educación y más responsabilidad parental real.

    El infierno, decía Hayek, no lo construyen los malvados. Lo construyen los bienintencionados que están seguros de tener razón.

  • Victoria del Estado de Derecho con consecuencias globales

    Victoria del Estado de Derecho con consecuencias globales


    El 20 de febrero de 2026, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos (SCOTUS) emitió una de las decisiones más significativas de la era contemporánea en materia de separación de poderes y política comercial. Con una mayoría de 6 votos contra 3, los magistrados declararon que la agresiva política arancelaria impuesta por el presidente Trump bajo la International Emergency Economic Powers Act (IEEPA) de 1977 excedía las facultades que dicha ley confiere al ejecutivo. El fallo, redactado por el presidente del Tribunal, John Roberts, y respaldado por una coalición inusual que reunió a jueces conservadores y liberales, representa una reafirmación del orden constitucional americano, una victoria del Estado de Derecho frente al ensanchamiento unilateral del poder presidencial.

    La doctrina de las «grandes cuestiones» y el principio de legalidad

    Trump había utilizado el IEEPA para imponer dos tipos de aranceles: los llamados «aranceles de tráfico,» dirigidos a China, Canadá y México por el flujo de fentanilo, y los «aranceles recíprocos,» que gravaban las importaciones de casi todos los países alegando déficits comerciales como amenaza extraordinaria a la seguridad nacional. Sin embargo, ningún presidente anterior había recurrido jamás a esa ley para imponer aranceles, y el Tribunal lo señaló con contundencia.

    La postura legal del gobierno habría supuesto «una expansión transformadora de la autoridad del presidente sobre la política arancelaria,» concluyó la mayoría. Para justificar poderes «extraordinarios,» Trump debía señalar «una autorización clara del Congreso. No puede hacerlo.» Roberts anclaba así su razonamiento en la conocida doctrina de las major questions —la idea de que el Congreso debe autorizar explícitamente las políticas de gran impacto nacional—, aunque esta parte de su opinión no alcanzó la mayoría absoluta.

    Desde una perspectiva liberal, el valor de esta doctrina es inequívoco: impide que el ejecutivo colonice, mediante interpretaciones expansivas de leyes antiguas, competencias que la Constitución reserva a la rama legislativa. Como subrayó Roberts, «cuando el Congreso otorga la facultad de imponer aranceles, lo hace de forma clara y con restricciones cuidadosas. Aquí no hizo ninguna de las dos cosas.» La legalidad no es un formalismo burocrático: es el andamio que sostiene la certeza jurídica sobre la que operan los mercados, los ciudadanos y las naciones.

    Una coalición transideológica: señal de instituciones que aún resisten

    Que la mayoría incluyera a Roberts, Gorsuch y Barrett —magistrados conservadores nombrados por presidentes republicanos— junto a las tres juezas liberales es en sí mismo un mensaje institucional de primer orden. Trump calificó de «una vergüenza para la nación» a los jueces que votaron en su contra. Esa reacción, políticamente cargada, ilustra la presión a la que están sometidas las instituciones: cuando el poder ejecutivo ataca la legitimidad del judicial por no plegarse a sus designios, la independencia de los tribunales pasa de ser un principio abstracto a una necesidad democrática urgente.

    Los disidentes —Thomas, Alito y Kavanaugh— no negaron el valor de la separación de poderes, sino que interpretaron el texto legal de modo más deferente hacia el ejecutivo. Kavanaugh sostuvo en su disenso que «el Tribunal concluye que el presidente marcó la casilla legal equivocada al basarse en el IEEPA en lugar de otro estatuto.» Se trata de una discrepancia técnica genuina, pero que —en el contexto de un ejecutivo que buscaba poderes arancelarios «de cantidad, duración y alcance ilimitados»— resulta, desde una óptica liberal, insatisfactoria como respuesta a los riesgos de arbitrariedad.

    Consecuencias para el comercio internacional: alivio provisional, incertidumbre estructural

    El fallo ofrece alivio inmediato a los actores del comercio global. Según la Tax Foundation, los aranceles del IEEPA habrían recaudado 1,4 billones de dólares entre 2026 y 2035, y se estima que ya se han cobrado más de 160.000 millones de dólares de forma ilegal desde su imposición. Las bolsas reaccionaron al alza tan pronto como se conoció la decisión, señal de que los mercados valoraban la predictibilidad legal por encima de la protección arancelaria.

    Sin embargo, la victoria es parcial. Trump anunció de inmediato un nuevo arancel global del 10% amparado en la Sección 122 de la Ley de Comercio de 1974, válido durante un máximo de 150 días sin aprobación del Congreso. La arquitectura arancelaria puede reconstruirse; lo que el fallo impide es que se levante de forma permanente sobre bases legales frágiles y sin rendición de cuentas legislativa.

    Para los socios comerciales de Estados Unidos, el veredicto confirma que el sistema de pesos y contrapesos americano sigue operativo, aunque maltrecho. La errática política arancelaria de los últimos años —aranceles que subían y bajaban según el estado de ánimo de un solo hombre— había erosionado la confianza en la estabilidad regulatoria norteamericana como pilar del orden comercial multilateral. Instituciones sólidas no son aquellas que nunca son desafiadas, sino las que resisten el desafío y se reafirman.

    El Estado de Derecho como bien público global

    El fallo del 20 de febrero de 2026 no es solo un tecnicismo sobre los límites del IEEPA. Es una declaración sobre lo que significa gobernar dentro de la ley. Una mirada liberal exige que el poder económico —como cualquier otro— esté sujeto a normas claras, debatidas democráticamente y aplicadas de modo no arbitrario. Cuando eso no ocurre, no solo sufren los importadores y los consumidores: sufre la arquitectura entera del comercio internacional, construida sobre la expectativa de que los Estados actúan dentro de marcos jurídicos predecibles.

    El Tribunal Supremo, esta vez, estuvo a la altura de esa exigencia. La pregunta que queda abierta es si el resto de las instituciones —y en especial el Congreso— aprovechará este momento para recuperar su rol constitucional en la política comercial, o si simplemente asistirá, pasivo, a la próxima vuelta de la espiral.

  • Lecciones norteamericanas sobre la legalización del cannabis recreativo

    Lecciones norteamericanas sobre la legalización del cannabis recreativo

    La legalización del cannabis recreativo (hablamos solo del uso lúdico, no del medicinal) es una realidad consolidada en parte de Norteamérica. Tanto Canadá como 24 estados de EE. UU. (además de tres territorios y el distrito de Columbia) permiten este tipo de consumo. Esta coexistencia ha creado un laboratorio natural que permite observar los efectos sociales, sanitarios y económicos de la legalización en contextos culturales muy semejantes.

    Aumento del consumo y sus consecuencias

    Uno de los aspectos observados tras la legalización es un aumento del uso de cannabis en algunos segmentos de la población, tanto de manera esporádica como frecuente. Este cambio pueden inferirse de encuestas de consumo, pero también de consecuencias derivadas del mismo. En Canadá, tras un periodo de contención inicial, las urgencias médicas y los ingresos hospitalarios relacionados con el cannabis y los brotes psicóticos inducidos por esta droga aumentaron. En parte podría explicarse por la disminución de la percepción de riesgo.

    Alteración en la percepción del riesgo

    Cuando un producto pasa de la ilegalidad a la venta regulada, la percepción social del riesgo tiende a disminuir y se produce un proceso de normalización que afecta especialmente a los jóvenes, favoreciendo la iniciación o el aumento del consumo. La legalización del cannabis no elimina sus efectos adversos, ampliamente documentados a nivel físico y mental, pero puede contribuir a ocultarlos bajo una apariencia de sustancia “segura” o “natural”. Así ocurrió históricamente con el alcohol y el tabaco, cuya integración en el mercado legal fue acompañada de estrategias que minimizaron sus riesgos.

    Cambios en el mercado legal

    Más allá del cambio en la percepción, la gran transformación está en el mercado. Sus principales consecuencias son tres:

    1. La legalización ha hecho más accesibles y visibles los lugares de venta.
    2. El porcentaje del compuesto del cannabis responsable de los efectos que busca el consumidor recreativo (THC) ha aumentado. Es decir, mismas cantidades tienen más efectos psicoactivos, aumentando los casos de intoxicación por su uso.
    3. La venta legal ha impulsado la aparición de una gran variedad de formas de administrar el cannabis: flores, aceites, comestibles, extractos y, quizá lo más preocupante, bebidas que empiezan a ser muy populares entre la población joven. Ya no solo se fuma y eso abre un nuevo horizonte a las empresas que lo comercializan. Es decir, se ha legalizado el cannabis recreativo en el contexto de sociedades de consumo.

    Persistencia del mercado negro

    Uno de los propósitos más importantes de la legalización era reducir el mercado negro. Aunque la comercialización legal supone muchas ventajas que veremos más adelante, no ha eliminado la venta ilegal. De hecho, en lugares como Nueva York, el cannabis más consumido se sigue consiguiendo de forma clandestina. Al no estar controlado con impuestos, el producto se vende más barato, haciendo que las ventajas de la legalización se diluyan. En Canadá, se estima que el porcentaje de consumo ilegal está en torno al 30 %.

    Buenas noticias

    Existen elementos positivos de la legalización. La evidencia es clara: se ha registrado una reducción de los delitos relacionados con el cannabis. Tanto en Canadá como en los estados de EE. UU. donde se ha aprobado, los arrestos y detenciones por delitos relacionados con el cannabis se han desplomado entre un 70 % y un 90 %, lo cual libera recursos para delitos de mayor gravedad, reduce la carga policial sobre sectores poblacionales más penalizados por infracciones menores y facilita su reinserción laboral y educativa (en muchos estados, los delitos previos a la legalización han sido borrados).

    Las otras buenas noticias derivan del aumento de ingresos fiscales y la posibilidad de someter al cannabis a controles sanitarios, etiquetado y límites de contaminantes. Esto reduce los riesgos asociados al producto adulterado o contaminado, comunes en el mercado negro. Además, la legalización ha abierto espacio para un discurso más racional y menos estigmatizante sobre el consumo y sus riesgos, favoreciendo políticas de reducción de daños más realistas. Y permitiendo investigar mejor los efectos de su consumo.

    La legalización sin simplismos

    La legalización no es intrínsecamente negativa o positiva: depende en gran medida de cómo se diseñe, implemente y supervise. En Norteamérica, los beneficios esperados (recaudación fiscal, reducción del mercado ilegal, mejora del control del producto y disminución de condenas penales) están presentes, aunque el balance es incierto.

    La implantación de la venta legal requiere periodos de transición y campañas sobre sus riesgos, así como marcos regulatorios sólidos que controlen el producto y su precio, restrinjan la publicidad e impidan el acceso a menores. En Europa, solo Alemania, desde 2024, permite el uso recreativo (en Países Bajos, no es exactamente legal). Pronto veremos qué lecciones sacar de su experiencia.The Conversation

    Luis Sordo, Investigador y profesor del Departamento de Salud Pública y Materno-Infantil. CIBERESP, Universidad Complutense de Madrid

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Comercio internacional en crisis: acuerdo UE-Mercosur bloqueado

    El reciente voto del Parlamento Europeo para remitir el acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Mercosur al Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) ha vuelto a poner de manifiesto una paradoja fundamental del comercio internacional contemporáneo: un tratado de libre comercio —forjado durante más de 25 años de negociacionesqueda paralizado por mecanismos jurídicos internos que lo convierten en un terreno minado de litigios y vetos políticos antes incluso de entrar en vigor.

    Este acuerdo, que fue firmado el 17 de enero de 2026 y que aspira a crear una de las mayores zonas de libre comercio del mundo —eliminando más del 90% de los aranceles entre la UE y los países de Mercosur (Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay)— debería representar un triunfo del comercio abierto.  Sin embargo, la decisión del Parlamento Europeo de someter el tratado a una revisión judicial y de demorar su aprobación durante posiblemente hasta dos años, pone en evidencia cómo las instituciones públicas, en lugar de facilitar intercambios beneficiosos, se convierten en obstáculos proteccionistas disfrazados de rigor legal.

    Desde una perspectiva liberal, este tipo de parálisis no solo es frustrante; es corrosivo para las propias bases del comercio internacional. El objetivo de un libre comercio genuino es permitir que individuos y empresas intercambien bienes y servicios voluntariamente, sin barreras artificiales que distorsionen precios, reduzcan eficiencia y limiten oportunidades económicas. Cuando el Estado —en este caso, a través de un órgano supranacional como el Parlamento Europeo— obliga a que un acuerdo comercial sea sometido a dilaciones jurídicas por cuestiones reglamentarias o de soberanía, está elevando las barreras estatales por encima de las decisiones de los actores económicos. El resultado inevitable es menor comercio, precios más altos y menor bienestar para consumidores y productores en ambas regiones.

    Este fenómeno no es exclusivo de la UE. En un contexto global donde Estados Unidos ha reforzado políticas proteccionistas en los últimos años —con aranceles u otras medidas defensivas siempre bajo justificaciones de seguridad nacional o política interna— se multiplica la percepción de que las grandes potencias prefieren controlar el comercio internacional a través del Estado antes que liberarlo en favor de individuos y empresas. En ambos casos, el proteccionismo se oculta bajo la bandera de “defender mercados domésticos”, pero termina perjudicando precisamente a quienes se pretende defender: los consumidores que pagan precios inflados y los productores que ven limitada su capacidad de competir en mercados más amplios.

    El debilitamiento o bloqueo de un acuerdo como el UE-Mercosur tiene consecuencias reales y tangibles: menor acceso a bienes más baratos, interrupciones en las cadenas de suministro, reducción de competitividad y una señal negativa para los países emergentes que buscan integrarse al mercado global. El bloqueo no solo retrasa beneficios económicos, sino que alimenta el ciclo de desconfianza entre bloques comerciales, empujando a gobiernos y legisladores a adoptar medidas aún más restrictivas para “proteger” sectores concretos. Así, por un laberinto judicial o un veto político, se sacrifican décadas de esfuerzos para conectar mercados.

    La crítica liberal al proteccionismo europeo o estadounidense no es dogmática ni abstracta: se basa en la experiencia histórica de que las economías abiertas generan mayor prosperidad, innovación y dinamismo que las cerradas. Para que los acuerdos de libre comercio cumplan su cometido, no bastan negociaciones interminables; deben ser facilitados, protegidos y defendidos como expresiones de la libertad económica. Cuando, en cambio, se convierten en objeto de litis judiciales o escudos arancelarios, los beneficiarios últimos no son los ciudadanos, sino las élites que obtienen réditos de la escasez y la burocracia.

    En última instancia, quienes siempre pierden con estas parálisis son los individuos: consumidores que pagan más, productores que venden menos y economías enteras que pierden competitividad. Si el objetivo declarado de los gobiernos es incrementar la prosperidad y la cooperación pacífica, deberían permitir que el comercio florezca, no entorpecerlo con tribunales y vetos políticos. El libre comercio debe ser libre no solo en el papel, sino en la práctica.

  • El Mercado y el Gobierno en el Cuadrilátero

    El pugilato entre la libertad de mercado y el control gubernamental político es un tema muy poco abordado en los medios informativos, lo cual es sumamente lastimoso ya que en ello bien puede depender la pobreza o riqueza de una nación. Y, para entrarle al tema, examinemos lo que es y no es el orden; particularmente el orden social que trae progreso real. El reto está en saber lo que es el verdadero orden social y no el desorden imperante que se sufre en tantos países, incluyendo Panamá.

    El elemento clave del buen orden está en una sana interrelación entre las personas; más específicamente en la familia. El mal se presenta y crece cuando gobernantes soberbios pretenden imponer un orden social que no parte desde la base que es la familia, el barrio; en fin, de abajo para arriba y no al revés. Dictar a la población cómo deben actuar es promover el desorden; ya que en adelante la gente se convierte en marionetas de las castas… ¡Uy!, no quiero llamarles “gobernantes” ya que eso no es gobernar.

    ¿Crees que ordenar descuentos, salarios mínimos o tantas otras disposiciones legales de ley positiva? Es decir, la ley que te ordena a proceder como quieren los políticos, que es muy diferente a la ley negativa; vale decir, la ley que te prohíbe el verdadero desorden, tal como: matar, robar, golpear, orinar en media calle y tal.

    El reto es que sepamos distinguir qué clase de leyes producen un buen orden social y cuáles no. Cuando el restaurante quiebra por tantos descuentos a jubilados ¿acaso eso promueve buen orden y desarrollo? ¿Cómo pueden buenos empresarios dirigir la barca de su negocio cuando los politicastros le están metiendo la mano en el timón?

    Espero que ya vaya el lector dándose cuenta de lo difícil que es diferenciar entre el orden y el desorden. Henry Adams sentenció que “el caos era la ley de la naturaleza; y el orden era el sueño del hombre.” O… veamos el mundo, ¿crees que Dios lo creo todo ordenadito? No, lo creo para que nosotros lo ordenáramos. ¿Qué gracia habría sido una Creación en la cual todo estaba ordenadito desde el Palacio Celestial?

    Para mí existe orden cuando la gente puede intercambiar productos y servicios sin tener metido al politiquero. Pero cuando la ley te dice que el gobierno puede intervenir en toda empresa, tal como lo dice la constitución de Panamá, ¿crees ese ordenamiento es orden? Y regresando el “cuadrilátero” del título de este escrito, ¿te imaginas lo que sería el box si los políticos se meten al ring a dar órdenes a los boxeadores?

    Tristemente, los torcidos políticos y sus compinches disque empresarios son unos engreídos que creen tener la capacidad imponer orden social desde el Palacio de las Garzas. Bueno, tal vez sí, pero no con más gobierno sino con menos. Panamá podría funcionar de maravillas sin impuestos. ¡Claro!, para ello tendríamos que reducir en grande el aparato de desgobierno; limitándolo a lo que sí es gobierno.

    Un expresidente contrató a nuestra empresa de consultoría para hacer un programa de cálculo impositivo y, el programa demostró que podríamos bajar el impuesto corporativo a 10% y el de renta a 5%; y eso sin reducir el tamaño del aparato del desorden.

    Y lo más serio es que no imaginamos lo que trae la AI y la robótica. La AI y los robots sólo nos quitarán el trabajo mecánico, dejando a los humanos encargados de hacer lo que las máquinas no pueden. No fuimos creado para ser bestias de labranza, sino para cosas mucho más celestiales.

  • Guerra silenciosa en alta mar: ¿cómo operan los barcos fantasma?

    A simple vista podría parecer un petrolero más. Tenía el casco oxidado, bandera extranjera y una ruta aparentemente comercial. Nada que llamara la atención en un océano por el que navegan decenas de miles de buques cada día. Sin embargo, el 7 de enero de 2026 Estados Unidos interceptó y detuvo el petrolero Marinera (antes conocido como Bella 1) en aguas del Atlántico Norte durante la operación “Lanza del Sur”, que culminó tras varias semanas de seguimiento.

    No fue una inspección rutinaria ni un problema administrativo. Estados Unidos lo abordó porque las autoridades lo consideran parte de una red de transporte que evade sanciones internacionales y opera fuera de los controles habituales del comercio marítimo.

    Flotas en la sombra

    Se trataba de un barco encuadrado en lo que expertos llaman “barcos fantasma” o “flotas en la sombra”. Esto es, petroleros que, aunque figuran en registros oficiales, cambian de nombre, de bandera y de propietario con frecuencia para ocultar su actividad real y sortear sanciones económicas.

    Este tipo de buques aparece y desaparece de los sistemas de seguimiento, realiza transferencias de carga en alta mar y suele estar asociado al transporte de crudo procedente de países sometidos a embargos, como Venezuela e Irán.

    Estamos viviendo días de gran intensidad informativa. Así que la noticia de la detención ha acaparado titulares, aunque casi siempre presentada como un episodio aislado del pulso geopolítico entre Estados Unidos y los países sancionados. Y esto puede resultar engañoso.

    Una flota paralela al margen de la ley

    El problema no es este petrolero concreto, sino la normalización de una flota paralela que opera desde hace años al margen de las reglas del comercio global y que solo aflora cuando uno de estos buques es interceptado, se hunde o provoca un incidente. Los barcos fantasma no son una excepción ni una anomalía: son el síntoma de un sistema marítimo que tolera la opacidad como parte de su funcionamiento.

    El término suena a película de aventuras fantástica. Pero la realidad, como en casi siempre en estas comparaciones cinematográficas, es mucho más prosaica y peligrosa. Estos buques existen porque el sistema marítimo internacional lo permite. Las banderas de conveniencia, pensadas en origen para facilitar el comercio, se han convertido en una herramienta perfecta para diluir responsabilidades.

    Registrar un barco en determinados países implica menos controles, menos preguntas y una enorme dificultad para saber quién está realmente detrás. Cuando a eso se le suma un entramado de empresas pantalla y aseguradoras opacas, el resultado es un buque que navega legalmente, pero fuera del radar político.

    Las vías alternativas del petróleo

    En los últimos años, este tipo de flota ha crecido de forma silenciosa al calor de las sanciones internacionales. Así, por ejemplo, cuando se bloquean las exportaciones de petróleo de un país, el crudo no desaparece. Busca caminos alternativos. Y esos caminos, cada vez más, pasan por petroleros que no figuran en las rutas habituales, que realizan transferencias de carga en alta mar y que aparecen y desaparecen de los sistemas de seguimiento como si el océano se los tragara.

    La operación estadounidense de estos días apunta precisamente a eso. No es un gesto aislado ni improvisado: es un aviso. Un mensaje de que Washington está dispuesto a perseguir esas rutas invisibles y a tratar el mar como un espacio donde también se hacen cumplir las sanciones. También significa que el océano ya no es un territorio neutro. Es un escenario más de la confrontación económica y geopolítica global.

    ¿Esto es algo nuevo? Ni mucho menos. En los últimos años hemos visto casos que, en su momento, parecieron episodios confusos y hoy encajan mejor en este patrón que se describe. Uno de los más llamativos por su relevancia internacional ocurrió en pleno conflicto en Siria. En los meses finales del régimen de Bashar al-Assad, cuando el control del territorio se desmoronaba y la atención internacional estaba puesta en el frente terrestre, un buque se hundió en el Mediterráneo en circunstancias nunca del todo aclaradas. Diversas informaciones periodísticas apuntaban a que estaba siendo utilizado para sacar material militar del país, aprovechando el caos del momento.

    Y no es un caso aislado o que ocurre únicamente al calor de los conflictos militares: también se reportan en toda la UE. Nunca hay una confirmación oficial concluyente. No son barcos de guerra, no van escoltados por fragatas ni figuraban en comunicados oficiales. Son, en apariencia, un buque comercial más. Y, sin embargo, sus hundimientos o interceptaciones revelan hasta qué punto los barcos civiles pueden convertirse en piezas clave de operaciones estratégicas cuando los Estados necesitan moverse rápido y sin dejar rastro.

    Sistemas que emiten señales incompletas

    Esa falta de confirmación oficial tiene también una explicación técnica concreta. El control del tráfico marítimo se apoya en sistemas como el AIS, un transpondedor que emite de forma continua la identidad, posición y rumbo de los buques. En condiciones normales es una herramienta básica de seguridad, pero en estos casos se convierte en una vía de ocultación. El sistema puede apagarse durante tramos sensibles o emitir señales incompletas, haciendo que el barco “desaparezca” de los mapas de seguimiento.

    A ello se suma el uso de transferencias de carga barco a barco en alta mar (operaciones conocidas como ship-to-ship) que permiten mezclar o redistribuir mercancías lejos de puertos y autoridades. Combinadas con cambios frecuentes de nombre, bandera y propietario legal, estas técnicas hacen que un buque siga siendo visible en los registros formales, pero que su carga sea prácticamente imposible de rastrear con certeza.

    Ahí es, precisamente, donde los barcos fantasma dejan de ser una curiosidad técnica para convertirse en un problema político de primer orden. Facilitan la evasión de sanciones e introducen un nivel de opacidad que desestabiliza el sistema internacional.

    Cuando no se sabe quién transporta qué, ni bajo qué autoridad real navega un buque, la rendición de cuentas desaparece, y con ella la capacidad de prevenir accidentes, conflictos o desastres ambientales, denunciados por numerosas organizaciones como The Ocean Foundation.

    Distorsión de precios y competencia desleal

    Obviamente, estos barcos no operan en el vacío. Afectan al mercado energético, distorsionan precios y generan competencia desleal frente a operadores que sí cumplen las normas. También ponen en riesgo a las tripulaciones, que trabajan en condiciones precarias y, en caso de incidente, quedan abandonadas a su suerte en un limbo jurídico.

    Y su existencia mina la credibilidad de las sanciones internacionales, que pierden eficacia cuando siempre hay una ruta alternativa dispuesta a sortearlas.

    Por eso la detención de un petrolero no es una anécdota. Es una fotografía de algo mucho más grande. De una economía sumergida que navega sobre el agua aprovechando vacíos legales y la dificultad de vigilar millones de kilómetros cuadrados de océano. De una guerra silenciosa que no se libra con misiles, sino con contratos opacos, registros lejanos y transpondedores apagados.The Conversation

    Paula Lamo, Profesora e investigadora, Universidad de Cantabria

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • El Mal de la Infraestructura es el Mal del Inframundo Político

    El término “infraestructura” nos llega del francés de por allá por 1875, que se refería a las estructuras que “infra”, es decir, lo que está por debajo; que en su momento particularmente referido a la ingeniería ferroviaria, al subgrado o base debajo de los polines y rieles. Hoy día el término “infraestructura” tiene varias acepciones, pero en este escrito es el conjunto de elementos, dotaciones o servicios para el buen funcionamiento de un país, ciudad u organización. En ello, mi escrito apunta a la causa de los graves problemas de los proyectos de infraestructuras gubernamentales que suelen fallar por una combinación de complejos factores y paso a apuntar algunos.

    Aunque el mal de las infraestructuras gubernamentales es variado y extenso, para mí el principal comienza o se da cuando los gobiernos del estado se toman para sí actividades de infraestructura que no debería, ya que no son propias de gobierno o la gobernanza; y una de ellas es la educación; tema sobre el cual escribí un libro intitulado “Educación ¿Estatal o Particular? ¿Cree el lector que “¿educar” es “gobernar?”; y disculpen que ponga tantas comillas, pero la respuesta de la pregunta va ligada al verdadero sentido de las palabras.

    Entre las causas más comunes, basadas en estudios y análisis globales:

    • Sobrecostos y subestimación presupuestaria — Los costos reales suelen superar en un 20-50% (o más) los estimados iniciales debido a riesgos no previstos, inflación o cambios en el alcance.
    • Retrasos en ejecución — Causados por problemas en expropiaciones, permisos ambientales, burocracia excesiva o lentitud administrativa.
    • Mala planificación y objetivos poco claros — Alcance mal definido, falta de estudios de viabilidad realistas o alineación insuficiente con necesidades reales.
    • Corrupción y opacidad — En licitaciones, adjudicaciones o ejecución, lo que genera elefantes blancos o proyectos abandonados.
    • Falta de recursos o restricciones irrazonables — Insuficiencia de financiamiento, personal calificado o tiempo adecuado.
    • Gestión deficiente de riesgos — No anticipar impactos ambientales, sociales, políticos o técnicos.
    • Falta de liderazgo y comunicación — Entre “stakeholders” (interesados), contratistas y gobiernos, lo que provoca descoordinación.

    Y lo grave es que cuando todo lo anterior es producto de los gobiernos metidos en dónde no deben meterse; es decir, en actividades que no son gobernar, entonces el problema lo sufren todos los ciudadanos. Pero si la mayoría de las actividades de infraestructura provienen del sector privado, fracasarán algunas empresas, pero quien paga el pato no es toda la nación.

    En el caso anterior está el caso del desarrollo de los ferrocarriles en los EE.UU., o el Ferrocarril de Panamá, que fueron tremendos éxitos en costos y operación. Pero la terminal aérea de Tocumen en la década de los 70 que originalmente fue cotizada en 21 millones terminó costando más de 80. Y ni hablar del Metro de Panamá que costó entre $120-137 millones el kilómetro en comparación al metro de Bogotá que estuvo entre $5 y 10 millones el kilómetro. Y lo que más me disgusta es que cuando señalo estas cifras, me contestan sandeces tales como: “Bueno, Bennett, es que las calles de Panamá son muy angostas…” ¡Por favor! Al precio de Metro podríamos haber cambiado todas las calles.

    Lo cierto es que las infraestructuras gubernamentales se aíslan de retroalimentación, disciplina y rendición de cuentas. Los gobiernos y sus politicastros no ven al mundo con gafas de cálculos económicos que es típico de obras carentes que no nacen de intercambios voluntarios sino de torcidas ambiciones. Son como el NODUCA que como todos somos dueños, nadie lo cuida. Como decía Heraclio: “La mayoría de personas viven dormidas aún cuando despiertan”.

  • Salario mínimo y empleo “mínimo” 

    Cada vez que se anuncia un ajuste al salario mínimo, el debate se enciende con la misma promesa: “subir el piso” para mejorar la vida de quienes menos ganan. Suena noble. Pero la pregunta incómoda sigue allí: ¿la norma realmente eleva el bienestar de los trabajadores más vulnerables o, en la práctica, termina cerrándoles la puerta del empleo formal?

    En Panamá, el salario mínimo no es una cifra única, sino un mosaico de tasas: se fija por región, actividad económica y tamaño de empresa, y se revisa al menos cada dos años. Eso no es un detalle técnico; es el corazón del problema. Cuando el Estado define precios —y el salario es un precio: el de la hora de trabajo— inevitablemente afecta decisiones de contratación, horarios, inversión y, sobre todo, supervivencia de negocios pequeños. El Decreto Ejecutivo del 10 de enero de 2024 formalizó ese esquema por hora y por categorías en todo el país.

    El marco reciente lo ilustra bien. En 2025, la propia mesa tripartita reconocía que el sistema vigente comprende 59 tasas para 74 actividades, y hablaba de un salario mínimo promedio alrededor de B/.636.80 mensuales; además, admitía que aún estaban en fase técnica sin cifras propuestas, revisando informalidad, mipymes y comportamiento del mercado laboral.  Ese punto es crucial: si el diagnóstico incluye informalidad y fragilidad empresarial, un aumento mal calibrado puede acelerar lo que se quiere evitar.

    Y, sin embargo, el proceso cerró con humo blanco. El 10 de diciembre de 2025, el Ministerio de Trabajo informó un “consenso histórico” entre trabajadores, empleadores y gobierno: nuevas tasas que regirán desde el 16 de enero de 2026, con ajustes descritos como escalonados y con ejemplos de incrementos de entre B/.9.50 y B/.15 mensuales en ciertos rubros y regiones.  Medios que citan despacho de EFE resumieron el resultado como aumentos de US$10 a US$15 al mes, también con entrada en vigor el 16 de enero de 2026.

    Ahora bien: incluso cuando el aumento es “moderado”, el impacto no se reparte parejo. En el mercado hay empresas holgadas y empresas al límite. Las primeras absorben costos o los trasladan con más facilidad; las segundas recortan turnos, frenan contrataciones o cierran. En esa transición, los primeros en quedar fuera suelen ser los de menor productividad inicial: jóvenes sin experiencia, trabajadores con baja escolaridad, personas con discapacidad, y quienes necesitan horarios flexibles. La ley, que pretendía ayudar, termina actuando como filtro.

    A esto se suma una realidad que hoy día ya nadie discute: la automatización avanza. Cuando el costo legal de contratar sube, la máquina compite mejor. No por maldad del empresario, sino por aritmética. Un incremento pequeño puede ser la gota que justifique el autoservicio, la cocina semiautomatizada o el reemplazo de tareas rutinarias.

    El objetivo debería ser que más gente gane más, sí, pero a través de productividad, formación, reducción de trabas y formalización, no solo por decreto. Si el salario mínimo se convierte en “empleo mínimo”, el precio lo pagan, paradójicamente, quienes menos margen tienen para esperar. Y esa es la ironía que Panamá debería vigilar muy de cerca en 2026.