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  • Emprendedor Anónimo: el que crea riqueza.

    Emprendedor Anónimo: el que crea riqueza.

    Hay un tipo de emprendedor en Panamá del que nadie habla en los foros de innovación, en los premios gala de las cámaras de comercio, ni en los discursos del Ministerio de Comercio. No tiene pitch deck. No ha pasado por ninguna incubadora. No recibió capital semilla del Estado ni financiamiento de ningún organismo multilateral con siglas en inglés.

    Llegó —muchas veces desde el otro lado del mundo, sin hablar una palabra de español— con una maleta, una familia, y una disposición absoluta a trabajar más horas de las que cualquier código laboral contempla. Abrió un mini súper en una esquina que nadie quería. Vive en la trastienda. Sus hijos atienden la caja los fines de semana. Conoce el nombre de cada cliente del barrio.

    Los panameños los llaman, con una mezcla de afecto y distancia, «los chinitos». Están en Colón y en La Chorrera, en Chepo o en Chitré, en Bocas del Toro o en la ciudad capital, en los corregimientos que la banca no visita y el Estado solo recuerda cuando llega la campaña electoral. Son la red de distribución más eficiente y más resiliente de Panamá, construida sin un solo centavo público, sin un solo plan nacional, sin un solo funcionario que los guiara.

    Ese es el emprendedor que este artículo quiere reivindicar. El que no tiene nombre en los titulares precisamente porque no lo necesita. El que no espera que el Estado lo reconozca porque aprendió, antes que nadie, que el Estado es lo primero que hay que aprender a sortear.


    La verdad incómoda sobre los «casos de éxito» oficiales

    Panamá tiene un problema serio con su narrativa empresarial. Cada año, premios y gremios y ministerios presentan sus listas de emprendedores exitosos, sus historias de innovación, sus startups modelo. Y cada año, quienes conocen el tejido real de los negocios panameños se hacen la misma pregunta en voz baja: ¿cuánto de ese éxito viene del mercado, y cuánto de conexiones que no aparecen en ningún balance?

    En un país donde la captura del Estado por intereses privados tiene décadas de historia documentada, donde los contratos públicos y las exoneraciones fiscales se distribuyen con una opacidad que desafía cualquier auditoría, y donde la línea entre el empresario exitoso y el empresario bien conectado es a menudo invisible, la prudencia intelectual obliga a suspender el juicio sobre cualquier «caso de éxito» que no pueda explicar su crecimiento sin mencionar alguna relación con el aparato estatal.

    Esto no es cinismo. Es honestidad histórica. Y desde una perspectiva libertaria, es especialmente importante: porque el capitalismo de amigos y compadres —ese sistema donde el éxito empresarial depende más de tus contactos en la Presidencia que de tu capacidad de servirle al cliente— no es libre mercado. Es mercantilismo con traje moderno. Es el enemigo disfrazado de aliado.

    El verdadero libre mercado no premia las conexiones. Premia la utilidad. Y nadie entiende eso mejor que el emprendedor que llegó sin conexiones.


    El inmigrante sin red: el experimento más puro del libre mercado

    Imagínate llegar a un país sin hablar su idioma. Sin conocer sus costumbres. Sin parientes en la administración pública. Sin abogado que te oriente ni contador que te explique el sistema. Con un capital que cabe en una mochila y una red de apoyo que se limita a tu familia inmediata —que tampoco conoce el territorio.

    Y aun así, abrir un negocio. Mantenerlo abierto. Pagar tus deudas. Criar a tus hijos. Y con el tiempo, tal vez abrir un segundo local. Y luego un tercero.

    Ese proceso, repetido silenciosamente en cientos de barrios panameños por décadas, es el experimento más puro y más honesto de lo que el libre mercado puede hacer cuando se le da espacio. No hay subsidio que explique ese éxito. No hay programa estatal que lo reivindique. Solo hay trabajo, frugalidad, conocimiento del cliente, y una disposición a vivir con los márgenes que el mercado permite antes de exigir más.

    El mini súper del barrio no sobrevive porque el Estado lo proteja. Sobrevive porque sirve a su comunidad mejor que cualquier alternativa disponible. Abre cuando los supermercados grandes ya cerraron. Fía cuando el banco no existiría para ese cliente aunque quisiera. Conoce cuándo el cliente del frente cobra su quincena. Eso no es un modelo de negocio que se aprende en ninguna escuela de emprendimiento. Es inteligencia de mercado en su forma más pura: ganada en el terreno, día a día, sin red de seguridad.


    Lo que el Estado le hace a este emprendedor:

    Le cobra por existir antes de que pueda ganar

    El primer obstáculo que encuentra cualquier emprendedor informal al intentar formalizarse no es la complejidad del trámite. Es el costo. Registros, permisos municipales, licencias sanitarias, idoneidades, patentes comerciales. Cada una tiene su precio. Cada una tiene su fila. Cada una tiene su funcionario con criterio discrecional sobre si tu documentación está «completa».

    Para el tendero que opera con márgenes de centavos por transacción, ese costo inicial no es un obstáculo menor. Es a menudo la diferencia entre existir dentro del sistema y existir fuera de él. Y cuando el Estado diseña ese sistema y luego le llama «informalidad» al resultado, está culpando a la víctima.

    Le aplica reglas diseñadas para gigantes

    El Código de Trabajo panameño fue concebido en una época en que «empresa» significaba una gran corporación con departamento de recursos humanos. Sus exigencias de indemnización, las rigideces en la contratación y el despido, la obligatoriedad de decimotercer mes y vacaciones con fórmulas complejas, tienen sentido —quizás— para una empresa con 200 empleados y un departamento legal. Para el tendero que quiere contratar a un vecino del barrio dos tardes por semana, ese marco es absurdo. Y en la práctica, lo que produce es más informalidad laboral, no menos: porque el emprendedor racional elige no contratar antes que quedar atrapado en una relación laboral que no puede sostener.

    Le amenaza con la inspección como instrumento de extracción

    En demasiados barrios panameños, la visita del inspector municipal no es garantía de cumplimiento normativo. Es una negociación. Eso no es una acusación sin fundamento: es la experiencia cotidiana de quienes operan en los márgenes del sistema formal. Para el emprendedor sin conexiones ni abogado, la discrecionalidad del funcionario no es un riesgo abstracto. Es un costo operativo que hay que presupuestar junto con el alquiler y el inventario.

    Le da subsidios a sus competidores

    Aquí la ironía más aguda: mientras el pequeño comerciante lucha por sobrevivir con sus propios recursos, el Estado panameño ha otorgado históricamente exoneraciones fiscales, acceso preferencial a crédito, y protecciones regulatorias a sectores y empresas con suficiente músculo político para solicitarlas. El resultado es una competencia que no es libre: es una carrera en la que unos corren con peso extra y otros con viento a favor, y el peso extra siempre recae sobre el que no tiene nombre en el directorio de alguna cámara o agrupación empresarial.


    Las estrategias del emprendedor anónimo: lecciones sin certificado

    El comerciante que llegó sin idioma ni red no leyó a Hayek. Pero practica sus principios con una coherencia que muchos economistas académicos envidiarían.

    Capitaliza la información local que nadie más tiene. Sabe qué producto se vende más el viernes. Sabe qué familia está pasando un mes difícil. Sabe qué proveedor da mejor precio si pagas de contado. Esa inteligencia de mercado hiperlocal es su ventaja competitiva real, y ningún algoritmo de distribución corporativa puede replicarla.

    Opera con cero deuda cuando puede. La aversión al crédito formal —en parte por desconfianza, en parte por exclusión— produce, paradójicamente, negocios más resilientes. Sin servicio de deuda que pagar, el negocio puede sobrevivir meses malos que quebrarían a un competidor mejor financiado pero más apalancado.

    Reinvierte antes de consumir. La frugalidad no es virtud abstracta: es disciplina de supervivencia empresarial. El local que se expande despacio, que no cobra más de lo que el mercado aguanta, que construye reputación antes que volumen, construye también durabilidad.

    Construye redes de confianza sin contrato. El fiado —esa práctica de vender a crédito informal— parece arriesgado desde fuera. Desde adentro, es un sistema sofisticado de gestión de relaciones: el comerciante que fía conoce a su clientela mejor que cualquier analista de riesgo bancario. La tasa de recuperación, anecdóticamente, suele ser superior a la de muchos programas de microcrédito formal.

    Transita la regulación, no la confronta. No por deshonestidad, sino por pragmatismo: el emprendedor anónimo aprende rápido qué regulaciones son inviolables y cuáles son negociables, qué inspector tiene criterio fijo y cuál tiene criterio variable. No es una actitud que se deba celebrar. Es una adaptación racional a un sistema que no fue diseñado para él.


    El emprendedor anónimo como agente político, aunque no lo sepa

    Hay algo profundamente político en abrir un negocio sin pedir permiso más allá del mínimo indispensable. En servir a una comunidad que el Estado ignora. En crear empleo sin subsidio. En demostrar, con cada día que el local abre sus puertas, que la coordinación voluntaria entre personas libres produce resultados que ningún plan centralizado puede imitar.

    El tendero del barrio no hace discursos sobre la libertad de empresa. Pero la practica con más coherencia que muchos que sí los hacen. Cada transacción voluntaria entre él y su cliente es un voto en favor del mercado libre. Cada empleo que genera sin burocracia es un argumento empírico contra el mito de que el Estado es necesario para crear prosperidad.

    Lo que Panamá necesita no es que ese emprendedor aprenda a hablar el idioma de la política. Necesita que la política aprenda a hablar el idioma de ese emprendedor. Que entienda que la mejor política de desarrollo económico no se escribe en un plan quinquenal: se escribe quitando obstáculos y dejando que la gente construya.


    Lo que Panamá debe al emprendedor que nunca nombra

    Con casi la mitad de su fuerza laboral en la informalidad, Panamá sobrevive —en gran medida— gracias a una economía paralela de iniciativa privada pura que el Estado ni financia ni reconoce ni entiende. Esa economía alimenta familias, sostiene barrios, y crea redes de intercambio que funcionan con una eficiencia que ningún ministerio ha podido replicar.

    La deuda del Estado con ese emprendedor anónimo no es de gratitud retórica. Es de reforma concreta: que los trámites de formalización cuesten lo que un emprendedor puede pagar, no lo que un funcionario considera razonable. Que las reglas laborales tengan una versión para quien contrata a dos personas y otra para quien contrata a doscientas si no pueden tener la misma norma igual para todos, que sería el óptimo a perseguir. Que la inspección sea para garantizar cumplimiento, no para recaudar extrajudicialmente. Que las exoneraciones fiscales no sean privilegio de los bien conectados sino regla general para quien comienza. Que el crédito formal llegue a quien tiene historia de pago informal documentable, no solo a quien tiene garantía colateral que ya implica que no lo necesita.

    En síntesis: que el sistema se construya desde la realidad del que menos tiene, no desde la comodidad del que ya llegó.


    El héroe que no necesita ser nombrado

    El emprendimiento más honesto de Panamá no tiene nombre en ningún directorio. No ganó ningún premio. No apareció en ningún reportaje sobre «los jóvenes que están cambiando el país». Llegó sin idioma, construyó sin red, sobrevivió sin subsidio. Levanta sus rejas antes del amanecer y las baja después de la medianoche.

    Ese emprendedor es el argumento más poderoso contra la idea de que el Estado es necesario para que la economía funcione. Es la prueba viviente de que cuando se deja a las personas en libertad de servirse mutuamente, lo hacen con una creatividad y una eficiencia que ningún burócrata puede planificar.

    La libertad no es un concepto filosófico en ese mini súper del barrio. Es el precio que marca el dueño, la hora que decide abrir, el crédito que elige dar, la esquina que decidió ocupar cuando nadie más la quería.

    Eso es libre mercado. Sin apellido. Sin premio. Sin permiso.

  • El orfanato de Asunción que enseña Bitcoin a niños vulnerables

    El orfanato de Asunción que enseña Bitcoin a niños vulnerables


    En Asunción, Paraguay, en un orfanato, está ocurriendo algo con Bitcoin que probablemente todavía no terminamos de dimensionar del todo.

    Mientras gran parte del sistema educativo mundial continúa formando alumnos para estructuras económicas del siglo XX, un pequeño hogar de niños vulnerables está enseñando a sus adolescentes herramientas monetarias y tecnológicas que podrían definir buena parte del siglo XXI.

    Y no sucede en Silicon Valley, ni en una universidad de élite, ni en un colegio privado de 40.000 dólares al año.

    Sucede en la Fundación Virgen de Guadalupe. Allí, junto a iniciativas como Escuelita Bitcoin y miembros de la comunidad bitcoin paraguaya, adolescentes en situación de vulnerabilidad están aprendiendo autocustodia, Lightning Network, wallets, pagos digitales, ahorro, programación y educación financiera práctica.

    A simple vista, alguien podría pensar: “Bueno, están enseñando criptomonedas”.

    Pero lo que realmente ocurre es muchísimo más profundo, porque estos chicos no están siendo introducidos únicamente a un activo financiero: están siendo expuestos tempranamente a una nueva arquitectura de propiedad, soberanía económica y coordinación voluntaria digital global.

    Y ahí aparece lo verdaderamente revolucionario del caso.

    Históricamente, las grandes innovaciones financieras siempre llegaron primero a las élites:
    bancos, universidades prestigiosas, fondos de inversión, círculos tecnológicos privilegiados.

    Los sectores vulnerables, en cambio, casi siempre llegaron tarde, sin acceso, sin capital cultural, sin herramientas técnicas y muchas veces sin posibilidad de proteger patrimonio propio.

    En Paraguay parece estar ocurriendo exactamente lo contrario.

    Según Revista PLUS, el programa educativo lleva aproximadamente un año y medio y ya capacitó a unos 20 adolescentes, varios de los cuales comenzaron posteriormente a enseñar esos conocimientos a otras personas.

    Y esto sí constituye una anomalía histórica. Al menos la historia que regularmente nos enseña que las oportunidades se dan generalmente en entornos más elitistas o que cuentan con mejores herramientas educativas; y porque además, mientras muchos colegios tradicionales siguen enseñando contenidos industriales diseñados para economías analógicas y burocráticas, estos adolescentes vulnerables aprenden:

    • cómo custodiar valor,
    • cómo operar en redes descentralizadas,
    • cómo recibir pagos globales,
    • cómo ahorrar fuera de sistemas inflacionarios,
    • cómo interactuar con infraestructura digital abierta.
    • la importancia de la propiedad privada y su relación con la soberanía financiera

    No es solamente tecnología. Es alfabetización económica de avanzada.

    Y además hay algo todavía más poderoso: la dimensión psicológica.

    Muchos de estos jóvenes provienen de contextos donde la dependencia institucional ha marcado buena parte de sus vidas. Sin embargo, Bitcoin introduce exactamente la lógica opuesta: responsabilidad individual, verificación, autonomía y autocustodia. La carga simbólica es enorme.

    Una tecnología creada precisamente para reducir dependencia institucional termina siendo enseñada en un hogar de niños vulnerables latinoamericanos. Es casi poético.

    El propio ecosistema alrededor de la fundación muestra que no se trata simplemente de “teoría”. En eventos como elBitcoin Pizza Day organizado junto a Bitcoin Paraguay y Escuelita Bitcoin, los chicos cocinan pizzas, realizan actividades y reciben pagos en BTC mediante Lightning Network, utilizando esos recursos para mejoras reales en la infraestructura del hogar.

    Además, distintas publicaciones de la fundación muestran talleres sobre wallets y herramientas prácticas de uso cotidiano de Bitcoin.

    Quizá por primera vez en mucho tiempo, un grupo de chicos sin grandes privilegios materiales está adquiriendo antes que gran parte de las élites tradicionales una ventaja comparativa potencialmente gigantesca.

    Un adolescente que hoy aprende Lightning Network no solo aprende a enviar dinero. También aprende a participar de una economía global sin fronteras.

    Eso puede significar mañana:

    • trabajo remoto,
    • microemprendimientos digitales,
    • programación,
    • educación online,
    • inserción internacional,
    • ahorro soberano.
    • ser un individuo libre y responsable

    Mientras muchos sistemas educativos siguen formando empleados para estructuras viejas, estos chicos podrían estar siendo preparados para infraestructuras futuras. Y para ordenar su vida como mejor le parezca. Esto es lo que los libertarios llamamos «educación en libertad».

    Y tal vez allí resida lo más extraordinario de todo: un orfanato latinoamericano podría estar ofreciendo, en ciertos aspectos, una educación más alineada con el futuro que muchas escuelas privadas del primer mundo.

    No porque tenga más dinero, sino porque entendió antes hacia dónde se mueve el mundo. Y porque decenas de entusiastas y emprendedores del ecosistema Bitcoin decidieron hacer algo cada vez más raro: poner tiempo, conocimiento y dinero honesto donde ponen su discurso. Gracias a esa colaboración libre y voluntaria, chicos que nacieron con menos oportunidades podrían terminar accediendo antes que gran parte del mundo a las herramientas económicas y tecnológicas que los harán libres y dueños de su futuro.

    Si desean contribuir con este proyecto maravilloso, aquí les dejamos cómo hacerlo.

  • Linux: cuando la generosidad de un programador cambió el mundo

    En agosto de 1991, un mensaje pasó casi desapercibido en un foro de informática. Su autor, un joven estudiante finlandés de 21 años, escribió: “Estoy haciendo un sistema operativo gratuito (solo un hobby, no será grande ni profesional como GNU) para clones 386(486) AT”. Se llamaba Linus Torvalds, y su modestia resultó histórica: ese “hobby” terminaría convirtiéndose en Linux, el corazón silencioso del mundo digital moderno.

    La historia de Linux nace, como tantas innovaciones, de la frustración. Torvalds usaba MINIX, un sistema operativo educativo diseñado por Andrew Tanenbaum. MINIX funcionaba, pero era limitado: estaba hecho para enseñar, no para aprovechar el potencial real de las nuevas computadoras personales. Linus quería algo más potente, flexible y útil. Así, desde su pequeño departamento en Helsinki, comenzó a escribir su propio kernel: el núcleo que gestiona los recursos de un equipo y permite que el software dialogue con el hardware.

    En septiembre de 1991 publicó la versión 0.01: apenas 10.239 líneas de código, suficientes para arrancar una máquina, ejecutar un intérprete de comandos y realizar operaciones básicas. Lo verdaderamente revolucionario no fue su tamaño, sino su licencia. Linus lo liberó gratuitamente en Internet e invitó a otros programadores a examinarlo, modificarlo y mejorarlo. En una época en la que el software era sinónimo de control corporativo —código cerrado, licencias caras y acceso restringido—, el gesto de Torvalds fue casi contracultural.

    Ese acto de generosidad encendió una chispa. Poco a poco, desarrolladores de todo el mundo comenzaron a colaborar: corregían errores, añadían funciones, adaptaban el kernel a nuevas arquitecturas. En 1992, Linus adoptó la licencia GPL creada por la Free Software Foundation, que garantizaba que cualquier mejora realizada por cualquier persona o empresa debía mantenerse libre. Ese detalle legal impulsó una de las mayores colaboraciones tecnológicas de la historia.

    Para mediados de los años 90, Linux dejó de ser “un hobby” y se convirtió en un sistema operativo robusto, estable y capaz de competir con gigantes. Las empresas pronto lo adoptaron: era gratuito, seguro y perfecto para servidores. Con la explosión de Internet, Linux se volvió el motor del mundo digital. Y más tarde, con la llegada de Android en 2008, pasó a vivir en los bolsillos de miles de millones de personas.

    Hoy, Linux domina territorios invisibles pero fundamentales:

    • Más del 96% de los grandes servidores web.
    • Los 500 supercomputadores más veloces del planeta.
    • La infraestructura de nubes como AWS, Google Cloud y Azure.
    • Sistemas críticos de telecomunicaciones, banca, aviación y ciencia.
    • La exploración espacial: desde rovers en Marte hasta la Estación Espacial Internacional.

    El kernel supera los 27 millones de líneas de código, con aportes de más de 19.000 desarrolladores y 1.400 empresas. Es, en esencia, el mayor proyecto colaborativo en la historia de la humanidad.

    Pero la verdadera revolución de Linux no fue tecnológica, sino cultural. Demostró que la apertura puede superar al secreto, que la colaboración puede competir con la propiedad exclusiva, y que un programador que regala su trabajo puede terminar creando la base del mundo digital.

    Linus Torvalds no solo escribió código brillante. Demostró que la generosidad también es una arquitectura viable, capaz de sostener internet, la ciencia, la industria y miles de millones de dispositivos.

    Linux no solo cambió la informática: cambió lo que creemos posible cuando la libertad y la colaboración se ponen al servicio del mundo.

  • Acción de Gracias: Una celebración de la cooperación voluntaria

    La festividad de Acción de Gracias suele recordarse por sus imágenes de mesas abundantes, reuniones familiares y un momento de pausa para expresar gratitud. Sin embargo, desde una perspectiva libertaria, esta celebración adquiere un significado aún más profundo: es un homenaje a la cooperación voluntaria, a la solidaridad espontánea entre individuos libres y al poder transformador de la empatía frente a la coerción y la brutalidad.

    El origen histórico más difundido de Acción de Gracias suele centrarse en los peregrinos y los pueblos indígenas que compartieron alimentos y conocimientos para sobrevivir. Más allá de mitificaciones, lo esencial es reconocer que ese encuentro representa un principio fundamental: las sociedades prosperan cuando las personas eligen colaborar libremente, no cuando se imponen unas a otras mediante la fuerza. Los peregrinos no sobrevivieron gracias a un edicto, un impuesto o una orden centralizada, sino gracias al intercambio de saberes, la ayuda mutua y la solidaridad de quienes decidieron tender la mano sin esperar nada a cambio.

    Desde el pensamiento libertario, Acción de Gracias es el ejemplo de que la cooperación voluntaria es más fuerte y más sostenible que cualquier forma de imposición estatal o social. La libertad individual no solo permite crear, producir e innovar; también crea las condiciones para que florezcan la empatía y el consenso. Cuando las personas se relacionan como iguales, sin amenazas ni coerciones, las decisiones se toman con mayor responsabilidad y las relaciones se construyen sobre una base de respeto mutuo.

    La solidaridad auténtica no nace de un decreto. No puede planificarse desde arriba ni forzarse mediante obligaciones artificiales. Surge de la identificación humana, del reconocimiento de que todos enfrentamos desafíos y que compartir fortalezas nos enriquece a todos. Agradecer es, en cierto sentido, un acto libertario, pues implica reconocer la agencia de los demás: sus acciones libres, sus decisiones voluntarias, su esfuerzo ofrecido sin exigir sumisión o reciprocidad obligatoria.

    Hoy, en un mundo donde las tensiones políticas, ideológicas y culturales parecen multiplicarse, recuperar este espíritu es más necesario que nunca. La brutalidad —física, económica o discursiva— se infiltra cuando se pierde la voluntad de escuchar, de comprender y de buscar acuerdos sin recurrir a la fuerza. La tradición de Acción de Gracias puede servir como un antídoto: un momento para volver a mirar al otro como un aliado potencial, no como un adversario; para recordar que la cooperación funciona mejor cuando se basa en el respeto y en la libertad.

    Del mismo modo, la gratitud nos invita a reflexionar sobre cómo construimos nuestras comunidades. Las redes de apoyo, los proyectos compartidos, el emprendimiento y las iniciativas sociales nacen de personas que deciden unirse para crear valor. Esa es la esencia de una sociedad viva y libre. En Acción de Gracias, reconocemos no solo lo que hemos recibido, sino la importancia de cuidar esos espacios de libertad que permiten que tales relaciones florezcan.

    Celebrar Acción de Gracias es celebrar la capacidad humana de convivir sin dominar, de colaborar sin imponer, de agradecer sin condiciones. Es una invitación a seguir construyendo un mundo donde la empatía y el consenso sean más fuertes que la imposición y la violencia, donde cada gesto de solidaridad sea un acto libre que reafirme nuestra humanidad compartida.


  • En el Gobierno el Fracaso es Éxito

    ¿Te parece absurdo lo que digo en el título, donde en el gobierno el fracaso es éxito ? Entonces explícame ¿cómo es que mientras más fracasa el NODUCA más $$$ se le asigna? El reto está en entender las razones detrás de algo tan absurdo; y no crean que hablo sólo de Panamá, ya que el mismo fenómeno se dan en Gringolandia y otros sitios. Las “razones” son muchas, pero comencemos con las más básicas que son las reglas o realidades de la diferencia entre lo que es gobierno y lo que es empresa privada.

    En la empresa privada el éxito depende de si se logra ganancia, lucro; que, a su vez, requiere ofrecer un producto por el cual alguien o muchos están dispuestos a soltar sus billetes, lo cual no es el caso en la empresa gubernamental, cuyos fondos operativos le llegan vía los ‘impuestos’; es decir, aquello que se impone de Fidanque a Toledano. Y ya, nomás con esta realidad deberíamos entender que él o los gobiernos no están para los negocios, sean estos: electricidad, agua, transporte, educación, salud, etc.

    La función de gobierno no es compatible con los negocios, no sólo por las razones expuestas anteriormente sino es la de asegurar que las actividades comunitarias se lleven a cabo respetando al prójimo; sus derechos inalienables de libertad al hablar, transitar, religión, comerciar y mucho más. Pero, desdichadamente, desde siempre, están los que se ganan el sustento respetando a los demás y, por otro lado, los que eligen ganarse el sustento o el disfrute violando al prójimo. Si tan sólo los gobiernos se dedicaran a su verdadero encargo otro gallo cantaría en el mundo y en Panamá.

    Si mañana se les regala a los educadores y funcionarios del NODUCA las escuelas para que se conviertan en empresas privadas educativas y su éxito dependa de la calidad del producto ¿qué cree el lector harían los sindicatos magisteriales y los funcionarios?

    Tomemos el caso del fracasado NODUCA, el cual es una entidad de gobierno que se ha metido a hacer lo que no es gobernar. ¿O crees que educar es gobernar? Desgraciadamente el “no a la privatización” es prueba latente del lavado de cerebro que le han metido pervertidos políticos y otros al pueblo con el propósito de mantenerlos mansitos.

    Vean no más lo que ocurriría si se privatiza en MEDUCA: Se reduciría notablemente la congestión vehicular Se mejoraría la educación Se reduciría la burrocracia Los padres dejarían de ser víctimas pasando a ser clientes con el derecho de elegir Mejorarían notablemente las condiciones de las escuelas Se reduciría en grande la politiquería Mejoraría la economía Se reduciría el tamaño de mastodonte gubernamental Aumentaría notablemente la diversidad educativa El gasto educativo disminuiría ya que las privadas, entre otras, compiten en calidad y precio Se reduciría en grande la pobreza Al achicar el gobierno el mismo se torna más eficiente Crearíamos una cultura de emprendimiento y no de sometimiento En fin… podría seguir y seguir enumerando los resultados positivos; tal como que en vez de tener una sola entidad planificando la educación, tendríamos miles.

    El tuétano del mal es que, en nuestra querida Panamá, desde tiempos inmemorables, hemos cultivado una cultura de juega vivo, de sacarle provecho a la masa inculta e ignorante. Recuerdo de niño que mi padre, que igual que mi abuelo Novey, hizo empresa que dio miles de plazas de trabajo e hizo patria, hablaba de la cantidad de rabos blancos que como empresarios se morían de hambre, pero como políticos se volvían ricos, poderosos y engreídos. Pero hoy ya los de rabo prieto se la aprendieron y entraron a la competencia de la corrupción y el desgobierno.

  • Sin Libre Mercado Somos Esclavos

    Intentando promover el amor por la libertad, pues soy “libertófilo”, me pongo a explicar, a quienes se dejen, lo que es la libertad y, entre las explicaciones más fundamentales, abordo el “mercado” o mejor aún, el “libre mercado”, para distinguirlo del que tenemos en Panamá que de libre tiene poco. Pero, con inusitada frecuencia muchos me preguntan: “¿qué es eso del mercado?”, y, ni hablar cuando le meto lo de “libre”; con lo cual despierto a nuestra triste realidad que, en Panamá, desde Colón o antes, jamás hemos sido libres y, peor aún, que hemos cultivado y perfeccionado la esclavitud.

    Los humanos somos seres sociales; es decir, que vivimos en una interacción cooperativa que se logra por intermedio de una vinculación con otros humanos, comenzando por la familia nuclear y ascendiendo al vecindario y así hasta llegar al estado y sus gobiernos. De esa vinculación social depende nuestra sobrevivencia y desarrollo; de la interacción pacífica y productiva que llamamos “la división del trabajo”; en dónde las personas se especializan en algo y con ello intercambian bienes y servicios. En resumen, mercado es la plaza en dónde se dan los intercambios y esa “plaza” está por todas partes; desde la empleada en tu casa hasta COPA o el Canal de Panamá; aunque la ACP es harina de otro costal pues no es una empresa típica del mercado si no del estado.

    Pero, más allá de los bienes y servicios, no podemos dejar por fuera los intercambios de recursos, conocimientos, valores y hasta el amor y más; lo cual requiere dominio del arte de la comunicación; esa que no anda nada bien. Más aún, todo ello está relacionado a lo que llamamos “cultura” o aquello que cultivamos; que pueden ser cultivos sanos o malsanos.

    Todo lo anterior se logra por medio de relaciones personales y, también, por intermedio de sistemas más complejos que nos facilitan (ojalá) la convivencia; tal como debe ser la Constitución, que supone constituir nuestras interacciones sociales pacíficas y constructivas. Así, veamos que el mercado no sólo es un mecanismo económico sino uno de libertad; en dónde a cada quien corresponde decidir lo que va a producir, consumir o con quien lo intercambia, bajo qué condiciones y a qué precio. Es de esta manera que se fomenta la innovación, la eficiencia y la prosperidad, lo cual al hacerlo en busca del beneficio propio contribuye al bienestar general.

    Lastimosamente muchos creen que la libertad de mercado conlleva a que unos saquen ventaja de otros y, en ello, piden la intervención gubernamental (léase políticos) que evite el juega vivo. Lo que se les escapa a quienes piensan así es que sin libertad de intercambio todo el proceso social se viene abajo. Y sí, el gobierno está como árbitro del partido, pero jamás como jugador que patea los balones del intercambio. El gobierno está para evitar faltas y delitos pero, no para ser jugador en el partido.

    El peligro está en que a través de nuestra historia los vivarachos se dieron cuenta de que dominando la política y los puestos de autoridad, pueden hacerse ricos sin tener que competir en el mercado. Sin libertad para actuar perdemos la esencia de esa libertad que nos concedió el Creador; libertad, tanto para hacer el bien como el mal.

    Y es que sólo en libre intercambio es que ambas partes salen beneficiadas y no cuando los políticos intervienen bajo la suposición de que ellos son buenos árbitros. De allí emerge el error de creer que el intervencionismo estatal gubernamental beneficia a la sociedad. Sigamos con ese cuento a ver cómo nos va…

  • El verdadero mercado cripto no está en Wall Street.

    Mientras la industria cripto dirije su mirada hacia Estados Unidos y la Unión Europea —peleando por claridad regulatoria, acceso institucional y “mainstream adoption” en mercados desarrollados— la verdadera revolución silenciosa podría estar ocurriendo en ciudades tan dispersas entre sí como Buenos Aires, Lagos o Manila.
    La noticia de Cointelegraph plantea que el foco geográfico de discursos y productos cripto está equivocado: lo que está creciendo de verdad no es la especulación en el mercado avanzado en Wall Street, sino el uso cotidiano en economías vulnerables.

    Adopción cripto como herramienta de supervivencia

    El informe de Chainalysis, citado en el artículo, confirma que India lidera en adopción de cripto, seguida por Nigeria, Vietnam y Filipinas. Pero más relevante es el propósito con que esas sociedades acceden: no para especular, sino para protegerse de la inflación, mover remesas o evitar costos excesivos de intermediarios financieros tradicionales.

    Argentina es un caso paradigmático: con inflaciones históricamente altas, muchos ciudadanos no compran Bitcoin para “hodlear”, sino que convierten sus pesos en stablecoins para conservar poder adquisitivo y pagar bienes básicos, alquileres o servicios. En Nigeria, la criptoacumulación y uso también apuntan a comercio transfronterizo y remesas, para esquivar los costos elevados de los sistemas tradicionales.

    Estos usos no son marginales: representan la metamorfosis del cripto desde un activo especulativo hacia una infraestructura financiera alternativa —un reemplazo parcial del sistema bancario en zonas con altos costos, exclusión financiera o controles cambiarios rígidos.

    ¿Qué falla en la estrategia cripto occidental?

    Mientras en EE. UU. y Europa las discusiones giran alrededor de ETFs, custodias institucionales, regulaciones y competencia normativa, ocurre que esos debates parecen casi irrelevantes para millones que necesitan una transacción cripto para enviar dinero al exterior, ahorrar frente a una devaluación diaria o simplificar pagos locales.

    Si la industria cripto sigue diseñando productos para inversores institucionales y reguladores de Wall Street, puede seguir perdiendo terreno frente a proyectos más simples, móviles y orientados al uso real en mercados emergentes.

    Datos que refrendan esta visión

    • En 2024, las remesas globales superaron los 685 mil millones de dólares, y reducir siquiera un 1 % de los costos de transferencia podría dejar miles de millones en manos de quienes los necesitan.

    • En países como Filipinas, ya más de un millón de comercios aceptan criptomonedas mediante billeteras móviles vinculadas.

    • Algunas jurisdicciones emergentes están reaccionando rápido: Nigeria ha lanzado un sandbox regulatorio para criptoactivos y otorgado nuevas licencias.

    Este tipo de impulso regulatorio local puede ser más significativo para la adopción real que las luchas reglamentarias en foros occidentales.

    Implicancias y riesgos

    El redireccionamiento del “mercado cripto” hacia países emergentes no está exento de peligros. La volatilidad de las stablecoins locales, riesgos regulatorios impredecibles, controles cambiarios o cierres normativos abruptos pueden desincentivar proyectos sólidos. También existe el desafío de la educación financiera: muchos usuarios carecen de conocimiento técnico o de seguridad digital.

    Sin embargo, la apuesta está clara: quien logre construir una infraestructura cripto simple, de bajo costo y accesible vía dispositivos móviles, estará entrando en el verdadero “mainstream” no del mercado rico, sino del mercado que necesita herramientas financieras alternativas, confiables y resilientes.

    El error del ecosistema cripto occidental ha sido creer que la adopción masiva vendrá de los grandes mercados regulados. Pero lo que ya está sucediendo es mucho más profundo: en economías golpeadas por inflación, exclusión financiera o barreras del sistema tradicional, las criptomonedas no son un lujo especulativo sino una necesidad operativa.

    El futuro del cripto no se escribirá en Wall Street: se está escribiendo, silenciosamente, en barrios de Buenos Aires, en iniciativas de Manila, en comercios de Lagos. Y los proyectos que lo entiendan serán los que definan la próxima frontera financiera.

  • La Acción Humana

    ¿Has escuchado o leído acerca de lo que es la “acción humana” que fue el título de la obra maestra de Ludwig von Mises? La obra plantea y defiende la acción humana libre que es la base de la sociedad y del llamado “capitalismo”. Es una obra que aborda lo que es la economía; vale decir, ‘acción humana’ o, lo que hacemos los humanos… ‘actuamos’, tanto en el bien como en el mal. Y, las razones por las cuales hoy abordo este tema son variadas: a) el aprendizaje requiere repetición, ya que los temas siguen siendo muy mal entendidos; b) porque yo mismo aprendo cuando estudio y escribo; c) porque me fascina subir más alto en la montaña de la vida pues logro ver más y más lejos; d) porque como bien señaló Cantillon, “existe una íntima relación entre la base económica y la familia”, y, por tanto, es valiosísima la exploración de la economía de la familia, esa que es la piedra angular sobre la cual descansa una sociedad, su constitución y sus gobiernos.

    Pero más allá de la familia también es valiosísimo y fundamental ver, entender y estudiar la conexión entre la base monetaria y la economía de la familia; dada la inmensa afectación que tienen no sólo las políticas monetarias sino las normas y la actuación gubernamental en la familia y en su economía cuando dispone en torno al dinero y tal.

    Como bien señaló Mises, “la base de la acción humana es la “praxeología”. El vocablo “praxeología” combina el sustantivo “acción” o “practica” o praxis y, el sufijo “logía” que se refiere al estudio o el discurso. En fin, se trata de fijarnos más y mejor en cómo actuamos los humanos. Y si hay algo esencial y fundamental en la acción económica humana es que tiene que ser ‘voluntaria, pacífica y cooperativa’, que son la base en la prosperidad social humana; y he allí que entra la familia y el matrimonio. El problema con estas cosas fundamentales es que casi nadie las aborda y poco las conocemos y entendemos.

    Esta mañana escuché en un programa en TV que la maternidad entre mujeres jóvenes está en mengua, lo cual me dejó frío; no sólo por lo que ello implica para la base familiar sino para sociedad y el país.

    Pero a partir de lo anterior también debemos entrar a ver y considerar los temas de la ‘inflación monetaria’. Y aunque en Panamá no emitimos papel moneda – ¡menos mal! – existen otras maneras de prostituir la moneda y la economía a través de malas políticas monetarias inflacionarias. En los EE.UU., por ejemplo, los economistas de la FED cacarean que sus políticas de inflación proveen estabilidad económica… ¡ja! La realidad es completamente lo opuesto. No más les digo algo que pocos dice: “Las malas políticas monetarias, incluyendo malas inversiones gubernamentales, son destructivas de la familia.

    Veamos no más lo que nos ocurre en Panamá con nuestras jubilaciones; que cuando ya llegas a la jubilación el dinero que nos toca ya no alcanza, Vean un caso insólito: Mi empresa vendía un avión nuevo de 4 plazas en $11,000 y hoy el mismo cuesta hasta $500,000. Todo ello a causa, entre otras, al relajo que tienen los politicastros con el dinero de los pueblos.

    Tal relajo económico nos ha llevado a la institución de una cultura inflacionaria, a tal punto que la mayoría hoy cree que es algo bueno o inevitable. ¡Sí, como no!, ¿de dónde creen que salió el Bitcoin y sus contrapartes? ¿Por qué creen que Blackrock está adquiriendo montañas de monedas como Bitcoin? Y en ello también andan otros, tal como los Trump.

  • Acuerdos libres y voluntarios, el caso SpareFare

    Desde tiempos inmemoriales, el ingenio humano ha superado los límites del statu quo: frente a rígidas regulaciones o situaciones imprevistas, las personas inventan soluciones, pactos y mecanismos que responden a nuevas demandas, aportando valor y flexibilidad a la sociedad. Esta “acción humana”, en palabras de Mises, es el motor del progreso: es a través de miles de acuerdos libres y voluntarios que se construyen mercados, instituciones y redes de cooperación.

    La plataforma SpareFare es un claro ejemplo contemporáneo de esta dinámica. Su objetivo es simple pero potente: conectar a personas que tienen reservas de vuelos, hoteles o paquetes vacacionales —no reembolsables y que ya no pueden usar— con otras que desean comprarlas a precios significativamente inferiores a los del mercado convencional.

    Fundada en 2016 y con sede en Londres, SpareFare se presenta como el mercado secundario más grande, seguro y confiable para la compraventa de reservas de viaje. Vendedores y compradores se conectan directamente, pero con la plataforma funcionando como intermediario tecnológico y garante: los primeros listan sus reservas, los segundos hacen ofertas o pujas, y si ambas partes aceptan, hay un intercambio dentro de un plazo de 48 horas, que culmina con la transferencia del dinero o del billete según el rol.

    Aquí emergen con fuerza los elementos distintivos de los acuerdos libres y voluntarios: autonomía, cooperación espontánea y beneficio mutuo. El vendedor recupera una parte del gasto que de otro modo perdería; el comprador accede a una oferta inesperada, a menudo con descuentos de hasta 50‑60 %. Todo ello sin necesidad de regulación coercitiva ni intervención estatal.

    Además, la plataforma ofrece mecanismos de seguridad —como protección contra fraude— que permiten minimizar el riesgo, facilitando la confianza entre personas que de otro modo no se conocerían. El mercado se autorregula mediante reputación, reseñas y sistemas de valoración.

    No obstante, los mercados voluntarios no están exentos de crítica o desafíos. Algunas opiniones de usuarios señalan problemas relacionados con la experiencia de usuario, estructura de comisiones, lentitud en ventas o atención al cliente. Esto demuestra que, aunque el mercado es creativo y espontáneo, también es perfectible: requiere retroalimentación, ajustes y mejora constante impulsada por quienes participan.

    SpareFare en la economía colaborativa: comparativa con otros modelos

    La economía colaborativa ha transformado sectores enteros al facilitar el encuentro directo entre oferta y demanda. SpareFare se inscribe en esa lógica, pero con características singulares. Veamos:

    Airbnb (alojamiento)

    • Similitud: conecta personas con recursos subutilizados (una casa o habitación vacía, en Airbnb; una reserva no reembolsable en SpareFare) con quienes desean aprovecharlos.
    • Diferencia: Airbnb crea experiencias repetibles, donde el anfitrión puede “profesionalizar” su servicio; SpareFare, en cambio, suele operar en transacciones únicas (un vuelo, un hotel, un paquete puntual).
    • Reflexión: SpareFare se acerca más a rescatar “valor perdido” que a generar un flujo constante de ingresos.

    BlaBlaCar (transporte compartido por carretera)

    • Similitud: ambos aprovechan un recurso ya adquirido. En BlaBlaCar, es un asiento en un coche que ya iba a viajar; en SpareFare, un billete o reserva ya comprada.
    • Diferencia: BlaBlaCar es preventivo (se organiza antes del viaje), mientras SpareFare es correctivo (aparece cuando la persona ya no puede usar lo comprado).
    • Reflexión: ambos reducen desperdicio y permiten ahorro, mostrando cómo la cooperación voluntaria mejora la eficiencia.

    Wallapop / Vinted (compra-venta de segunda mano)

    • Similitud: ponen en valor lo que alguien ya no usa, evitando que se pierda y generando beneficio para comprador y vendedor.
    • Diferencia: los objetos físicos en Wallapop pueden revenderse infinitas veces; en SpareFare, la reserva es perecedera y única (fecha fija, vuelo único).
    • Reflexión: SpareFare es un mercado “urgente”, donde el tiempo es determinante y donde la plataforma debe garantizar agilidad.

    StubHub / TicketSwap (entradas de conciertos y eventos)

    • Similitud: permiten revender un bien perecedero (entrada con fecha y lugar definidos).
    • Diferencia: las entradas tienen más estandarización; en viajes, cada reserva implica datos personales y cambios de nombre con reglas específicas según aerolínea u hotel.
    • Reflexión: aquí se ve la verdadera innovación de SpareFare: no basta con transferir un “código”, sino con crear un entorno seguro para trámites más complejos.

    En síntesis, SpareFare se distingue en la economía colaborativa porque no parte de un recurso disponible por diseño, sino de un una contingencia personal: una reserva no reembolsable que, en el esquema tradicional, solo genera pérdida. La plataforma lo convierte en oportunidad, conectando inteligentemente oferta y demanda ejemplificando lo señalado por Kirzner sobre el emprendedurismo.

    SpareFare no es solo una plataforma comercial: es un microcosmos de mercado libre en acción. Demuestra que, cuando se permite a los individuos interactuar voluntariamente y responder creativamente a desafíos, surgen soluciones valiosas sin necesidad de regulaciones rígidas. La cooperación voluntaria —basada en la acción humana, el ingenio y la autonomía— genera estructuras eficientes, equitativas y evolutivas.

    En tiempos donde se debate tanto sobre regulación, paternalismo o subsidios, ejemplos como SpareFare reafirman que gran parte del progreso no proviene de arriba, sino de acuerdos espontáneos libres y voluntarios entre personas que buscan mejorar su bienestar y el de los demás. Y ese, en definitiva, es el mejor tributo a la libertad práctica.

  • Zomia: la resistencia libertaria contra el Estado omnipresente

    En 2012, la Universidad de México (UNAM) destacó a Zomia como un “refugio para pueblos que se niegan a someterse al poder de un Estado” Hoy, más de una década después, este testimonio sigue resonando: Zomia no es un mero relicto antropológico, sino un faro libertario en un mundo donde el Estado, bajo cualquier bandera, busca expandirse.

    ¿Qué es Zomia?

    Zomia es una vasta región montañosa del Sudeste Asiático –más de 2.5 millones de km²– que abarca territorios de Vietnam, Laos, Tailandia, Birmania, suroeste de China e incluso zonas limítrofes con India, Pakistán y Afganistán. En estas tierras viven cerca de 100 millones de personas, agrupadas en diversos pueblos que han permanecido al margen del control estatal por milenios .

    La “anarquía por diseño”

    El antropólogo James C. Scott, en The Art of Not Being Governed (2009), explica cómo estos pueblos han cultivado deliberadamente formas de vida que los hacen poco absorbibles por los Estados centralizados: movilidad constante, agricultura migratoria, estructuras sociales horizontales, identidades fluidas, religiosidad itinerante, cultura oral. Scott lo llama “barbarie por diseño”: elementos culturales que, lejos de ser “primitivos”, son perfectamente funcionales para mantener la libertad individual frente al Estado.

    Desde una óptica libertaria, esto representa una respuesta activa a la coerción institucional. En lugar de esperar una revolución, la estrategia es simple: evitar el control estatal.

    Lecciones libertarias para el mundo moderno

    1. Subsidiariedad efectiva: Zomia demuestra que las comunidades pueden autoorganizarse sin necesidad de intervención estatal. Su éxito reside en soluciones locales, sin burocracias.
    2. Resistencia silenciosa y descentralización: Scott resalta cómo estos pueblos practican infrapolítica, es decir, formas cotidianas de resistencia, sin grandes rebeliones, pero con impacto real. Esa es la verdadera contracultura, algo que libertarios valoran como acción directa sin coletazos violentos.
    3. Cultura como herramienta de libertad: Zomia es una cultura de resistencia. Lo que los convierte en símbolos no es la revuelta armada, sino su decisión cotidiana de no ser “gobernados”. Su forma de vida es un testimonio de que existen modos alternativos de convivencia.
    4. Una advertencia para el Estado moderno: en un mundo que siente el impulso de digitalizar, censurar y regular cada aspecto de la vida, Zomia nos recuerda que cuando el Estado crece demasiado, la gente encuentra formas de escapar. No solo huyen geográficamente, sino que utilizan la descentralización tecnológica, criptomonedas, educación libre, comunidades digitales.

    ¿Sigue Zomia siendo relevante en 2025?

    Sí. Las formas modernas de poder –vigilancia masiva, control de datos, intervención educativa– son la nueva frontera. Inspirarse en Zomia implica:

    • Favorecer comunidades locales abiertas, móviles y autónomas.
    • Reconocer que la descentralización no es solo técnica, también es cultural y social.
    • Rechazar sistemas educativos, sanitarios o financieros impuestos por el Estado, y avanzar hacia modelos voluntarios, cooperativos o basados en vouchers.

    ¿Es posible replicar Zomia fuera de Asia?

    No se trata de huir a las montañas. Más bien, se trata de construir espacios donde la autoridad sea reducida, temporal y delegada. Comunidades rurales autogestionadas, barrios que se organizan sin Estado, redes de voluntarios, iniciativas ciudadanas de transparencia. Todo esto ya existe como semilla de un mundo pos-estatal.

    Zomia es más que una curiosidad histórica: es un modelo práctico de libertad. Más allá del academicismo, esta región nos habla del poder del individuo y de la comunidad cuando se niegan a dejar su destino en manos de una autoridad central.

    Para la perspectiva libertaria actual, Zomia no es lejana o exótica: es la biblia viva de la no-sumisión, demostrando que, donde el Estado impone su presencia, florecen formas de vida alternativas. Ahí radica su verdadera lección: la libertad no siempre se conquista, a veces simplemente se elige.