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  • La UE tiende la mano a Trump: comercio sin aranceles y una advertencia de Bastiat

    La reciente propuesta de la Unión Europea (UE) para eliminar mutuamente los aranceles sobre productos industriales con Estados Unidos representa mucho más que una medida técnica: es una declaración política y económica en un momento en que el proteccionismo vuelve a ganar terreno.

    La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, fue clara: “Europa siempre está lista para un buen acuerdo”. El mensaje, dirigido a la administración Trump tras la imposición unilateral de nuevos aranceles del 10% (y hasta el 20% en algunos sectores), busca evitar una guerra comercial que podría dañar seriamente las relaciones transatlánticas y, de paso, generar un impacto negativo en la economía global.

    Aranceles como arma política

    La propuesta europea se centra exclusivamente en bienes industriales, dejando fuera los productos agrícolas, un punto históricamente sensible dentro del bloque. La exclusión revela tanto la prudencia estratégica de Bruselas como la dificultad real de alcanzar un acuerdo integral. Aun así, el gesto no es menor: es una apuesta por el diálogo en un momento en que el unilateralismo vuelve a marcar la agenda internacional.

    Desde la Casa Blanca, sin embargo, los gestos han sido ambiguos. Mientras Trump celebra públicamente la “defensa de la industria nacional”, muchos analistas advierten que esta política de aranceles selectivos responde más a necesidades políticas internas que a una estrategia económica de largo plazo.

    Bastiat y la tentación del proteccionismo

    En este escenario, conviene recordar a Frédéric Bastiat, uno de los grandes defensores del libre comercio y crítico feroz de las intervenciones estatales. En su obra La Ley, escrita en 1850, dejó una advertencia que hoy cobra plena vigencia:

    “Les señalo, sin embargo, que el proteccionismo, el socialismo y el comunismo son básicamente la misma planta en tres etapas diferentes de crecimiento.”

    Con esta frase, Bastiat apuntaba a la lógica común detrás de distintas formas de intervencionismo económico: todas restringen la libertad individual y distorsionan el mercado bajo la promesa de un beneficio colectivo que rara vez se materializa.

    Los aranceles que hoy impone Estados Unidos —y que Europa busca desactivar— no solo son una herramienta de presión comercial, sino el síntoma de una corriente más profunda: la tentación de cerrar fronteras en lugar de construir puentes.

    Una oportunidad en juego

    La oferta europea es, ante todo, una oportunidad: de evitar una escalada innecesaria, de reafirmar los principios del comercio libre y de recordar que la cooperación económica no es ingenuidad, sino inteligencia estratégica. Las ideas de Bastiat siguen resonando porque señalan un peligro tan real hoy como en su tiempo: que el miedo y la política cortoplacista terminen sofocando los beneficios de un orden abierto, donde el intercambio y la libertad sean el motor del progreso.

    El futuro del comercio global no se decidirá solo en cifras, sino en principios. Y ahora mismo, esos principios están puestos a prueba.

  • Trump vs. Bastiat: El Error del Proteccionismo

    El proteccionismo ha sido una de las piedras angulares de la política económica de Donald Trump bajo el lema “America First”. Desde la imposición de aranceles a productos chinos hasta la renegociación de tratados como el NAFTA, su enfoque busca proteger a las industrias estadounidenses de la competencia extranjera. Sin embargo, al analizar las ideas del economista clásico Frédéric Bastiat, podemos entender por qué esta visión proteccionista es un error fundamental que, lejos de fortalecer la economía, termina empobreciendo a los propios ciudadanos.

    Bastiat explica en su ensayo célebre Lo que se ve y lo que no se vé, sobre el proteccionismo, que restringir la importación de bienes más baratos no genera riqueza, sino que la redistribuye de manera ineficiente. Tomemos como ejemplo los aranceles impuestos por Trump al acero y el aluminio en 2018. Si bien estas medidas benefician a los productores nacionales de dichos materiales, obligan a los consumidores estadounidenses a pagar precios más altos, tanto en productos terminados como en bienes intermedios que utilizan estos materiales. De manera similar al caso del “Sr. Prohibidor” de Bastiat, esta política enriquece a un grupo reducido (los productores de acero) a expensas de la mayoría (los consumidores y otras industrias).

    Un punto clave que Bastiat subraya es que la riqueza no se genera por medio de la violencia, ya sea directa o legal, sino a través de la libre colaboración en el mercado. Los aranceles son una forma de “violencia legal” que limita la capacidad de los consumidores para elegir. Cuando se impide la compra de bienes extranjeros más baratos, los consumidores deben gastar más para obtener los mismos productos, lo que reduce su poder adquisitivo y les impide gastar en otros bienes y servicios. Este desajuste tiene consecuencias en toda la economía. Por ejemplo, si una fábrica automotriz en Michigan tiene que pagar más por el acero debido a los aranceles, también subirá el precio de los autos, afectando la competitividad de las exportaciones estadounidenses y el bolsillo de los compradores.

    El proteccionismo también ignora los efectos en el “tercer personaje” que Bastiat menciona. En el caso de los aranceles de Trump, no solo se perjudica al consumidor, sino también a sectores que dependen de bienes importados. Las empresas que fabrican productos finales utilizando insumos extranjeros (como electrodomésticos o maquinaria) ven afectadas sus cadenas de suministro y, en muchos casos, pierden competitividad en el mercado global. Esto demuestra que el proteccionismo no crea empleo de manera neta; simplemente redistribuye recursos de una industria a otra, a menudo destruyendo más riqueza de la que genera.

    Por último, el enfoque de “America First” pasa por alto un principio fundamental del comercio: su naturaleza colaborativa. Al comprar bienes extranjeros, los países no solo obtienen productos más baratos o de mejor calidad, sino que también fomentan relaciones económicas que benefician a ambas partes. Restringir estas relaciones bajo la ilusión de proteger a las industrias nacionales aísla al país y reduce las oportunidades de crecimiento.

    Por tanto, podemos afirmar que las políticas proteccionistas de Trump, inspiradas en su lema “America First”, cometen el error de creer que la riqueza se genera al cerrar las puertas al comercio exterior. Tal como argumenta Bastiat, la verdadera prosperidad surge de la libertad económica y la colaboración internacional. Restringir el comercio no es una solución; es un obstáculo al progreso. Y como también sostuvo Bastiat, donde no pasa el comercio, pasan los soldados.

  • La realidad pandémica que no se vé.

    Nuevamente regreso a meditar acerca de las observaciones y advertencias de Frédéric Bastiat cuando habló sobre «lo que se ve y lo que no se ve». Obviamente que el pánico ante el novedoso “bicho” (virus) provocó una reacción de espanto; algo así como cuando sientes que algo te camina sobre el pie descalzo y al mirar ves que es un escorpión. En ese momento no meditas: Que si es venenoso o que no está allí para picarte sino porque tu pie estaba en su ruta y tal. Reacción sensata… si quieres minimizar la posibilidad de que sea venenoso y que te pique, deja que siga su rumbo. Pero no, reaccionas con espanto, tiras una patada y el bicho sale volando y cae sobre tu esposa, que se cae y se rompe la cabeza, o lo que sea.

    De forma análoga, pocos se han detenido a vislumbrar los efectos del cierre denominado cuarentena total a corto, mediano y largo plazo; y, si lo hiciesen, tal vez verían que la patada (cierre total) fue lo peor que pudimos hacer. Hemos causado una brutal interrupción de la cadena de suministros que nos está llevando a una recesión con consecuencias aún no vislumbradas. Y todo ello en medio de graves situaciones económicas y endémicas que vienen de arrastre, tal como lo de la CSS, el NODUCA, planilla gubernamental desmedida y, en síntesis, un sistema más diseñado para la destrucción de riqueza que para su creación. Y, también, lo que no se ve es cuan frágil es nuestro sistema económico y el estándar de vida al cual se ha apegado parte de la población.

    Se habla de un desempleo que puede ascender al 20%, lo cual significa que en muchos sitios del país sea mucho más alto que eso. En la mañana escuchaba noticias acerca de la siempre fatal Mesa Tripartita y me pregunto qué engendro saldrá de allí. Ojalá en esta ocasión mi pesimismo esté completamente errado. Pero, lo que necesitamos es soltar las riendas al corcel productivo y me cuesta ver no sólo que el sector laboral lo entienda o quiera entender, sino que lo mismo aplique al empresarial y gubernamental.

    Se habrá puesto el lector a imaginar la cantidad de empresas que estaban mal y, simplemente, no lograrán volver a levantarse. Y todas las que estaban tablas y ahora irán a pérdida y probablemente a quiebra. Ya hasta el sempiterno obtuso gobierno despierta a la realidad de no poder soportar la brutal planilla y ayer sale que no cubrirán a 10,000 vacantes disponibles. Parece que no eran tan imprescindibles.  Y, aunque por un lado los felicito, por otro siento congoja por las penurias que nos condujeron a colocar a todos esos panameños en semejante dilema. Mi esperanza es que muchos logren juntarse al sistema productivo y no pensar acceder en otro momento al destructivo estatal.

    El otro “no se ve” es cuán largo será el descalabro económico. No olvidemos de que una verdadera recuperación no sólo debe superar al COVID sino al virus de la corrupción endémica gubernamental; esa que, a su vez, ha propiciado una corrupción empresarial.

    A todo esto, ahorita para capear el virulento temporal y sus efectos económicos, el gobierno está endeudando hasta los que aún no han pensado en nacer. ¿Realmente estamos seguros de que manejamos bien el asunto del escorpión sobre el pie? Y, a todo ello con un sistema político y gubernamental amañado a un ayer caduco y empobrecedor. Sí, yo sé que habrán buenas intenciones, pero lo que se requiere va muchos más allá de intenciones. Se requieren cambios brutalmente impopulares, tales como los que se atrevió a hacer el presidente Pérez. Ya veremos…

  • La Presidencia como agencia de eventos. Lecciones para la JMJ. 

    Hay una falacia económica que se conoce como “lo que se ve y lo que no se ve”. En el siglo XIX Frederic Bastiat la expuso como el resultado de que la gente muchas veces se enfoca en los beneficios visibles de un evento o una política pero no ve los costos ocultos del mismo. Por ello, una de las cosas de las cuales los políticos abusan es de decir que “logré X o Y evento para mi país”.

    La gente no se acuerda de la orgía de corrupción que el gobierno de Lula trajo para Brasil al llevar a cabo una Copa del Mundo y una Olimpíada en dos años. En los Estados Unidos es peor, en un sistema de ligas deportivas cartelizado, los alcaldes y gobernadores se atreven a decir que trajeron X o Y franquicia de su liga deportiva a su estado sin ningún reparo, claro que usando el dinero de los contribuyentes.

    En otras palabras estos mega eventos, sean deportivos (lo que usualmente son) o sean religiosos (algo ya poco usual) suelen terminar en mega pérdidas reales para los países que los hacen a largo plazo.

    Son ejemplos modernos del Pane et Cicus romano. Más que cualquier otra cosa.

    Muchas veces los políticos usan eventos como las Olimpiadas o la Copa del Mundo de Fútbol o en los Estados Unidos construir estadios con fondos públicos para equipos privados con la misma excusa, “vamos a mejorar el turismo”. Bueno, el problema de estos eventos organizados con fondos públicos es que éstos tienen que salir de algún lugar. Porque los estados trabajan con fondos limitados. El dinero que se usa en prestar una cosa ya no se puede usar en otra. Lo mismo pasa con el tiempo.

    El dinero que se usa para organizar el evento se obtiene de los impuestos y es menos dinero que se destina a otras actividades estatales como campañas de vacunación masivas, fumigaciones contra los mosquitos, mejorar las calles, agilizar los procesos judiciales, mejorar el patrullaje y la seguridad, mejorar las escuelas públicas.  El tiempo también se pierde; este tiempo perdido en las empresas no turísticas durante el evento y la baja de la productividad en las empresas no turísticas durante los días que las personas no puedan movilizarse fácilmente a sus lugares de trabajo entre otros problemas, es una pérdida que no se recupera.

    En otras palabras, el estado al apoyar un evento específico crea ganadores artificialmente en la industria del turismo a costa de crear perdedores en otros lugares. Hay estudios tras estudios económicos en muchos países que demuestran que las bonanzas de estos eventos temporales, deportivos o en el caso de la JMJ, religiosos, no contribuyen en la recaudación fiscal y son menores en ingresos a los recursos gastados por el estado en los mismos. Y las ganancias en el sector turismo se balancean con las pérdidas en otros sectores.

    El comité organizador de la JMJ reporta que espera recaudar 41 millones en concepto de impuestos o tasas, relacionadas con la JMJ; la pregunta sería, ¿cuánto significa ésto versus cuánto dinero de los impuestos de todos ha recibido la Iglesia Católica durante los últimos 4 años y cuánto dinero se ha gastado el gobierno directamente en su parte de la organización del evento? Por ejemplo los gastos de hospedar a los mandatarios extranjeros y sus comitivas. ¿Cuánto costará cada mochila del peregrino? ¿Y lo gastos hospitalarios a cuánto ascenderán? Está claro que el gran ganador sería el sector turístico, que se encuentra deprimido y tendría un respiro a costas del evento. Pero la experiencia demuestra que estas ventajas se balancean con las cosas que se tenían que hacer en otros sectores durante estos últimos años pero que no se hicieron.

    Moraleja, cuando un político se ufana de haber conseguido X o Y evento para un país, o traer X o Y liga deportiva a una ciudad es porque éste no es económicamente rentable; si lo fueran, la Iglesia o la empresa privada lo hubieran organizado por sí mismos sin necesidad de fondos públicos. Estamos seguros por ejemplo que si la JMJ se hubiera organizado en los Estados Unidos o Francia, salvo en el tema de la seguridad, que es función del Estado, no sale un centavo de los impuestos para el evento… por algo no se hizo allá. Si gobernar bien un país es organizar eventos, bueno Grecia y el Brasil de Lula y Odebretch serían ejemplos de buenos gobiernos.