Etiqueta: control

  • ¿Y si Siri u otros asistentes de voz lo están espiando?

    Nuevas demandas contra gigantes tecnológicos reabren el debate sobre un posible espionaje de sus asistentes de voz

    Si bien las tecnologías se han desarrollado para ayudar a los usuarios con las tareas del día a día, como agregar artículos a las lista de la compra o reproducir música, la mayoría de las veces, se les ha acusado de ‘espiar’ a los usuarios al encenderse solos, incluso si no lo están, escuchar y almacenar conversaciones, lo que brinda a las empresas hasta el potencial de llevar la publicidad dirigida a un nivel completamente nuevo. La idea de lo que estas empresas podrían saber sobre nosotros al escucharnos puede ser aterradora.

    La demanda que se interpuso contra Google en 2019 por las sospechas de que su asistente registre las conversaciones de los usuarios de dispositivos Android, la redactaron los mismos demandantes que batallaron contra Amazon después de que se descubriese que Alexa mantenía registros de lo que oía.

    Este jueves, un juez federal dictaminó que el gigante tecnológico Apple tendrá que seguir luchando contra una demanda que ha sido interpuesta por usuarios en California, quienes afirmaron que Siri, el asistente de voz de la compañía, a menudo graba conversaciones privadas de manera inapropiada.

    Apple había solicitado que se rechazara la demanda, pero el juez federal Jeffrey S. White, del Tribunal de Distrito de Oakland, permitió que la mayor parte del caso siguiera adelante. Al mismo tiempo, desestimó una parte de la demanda, relacionada con el daño a la economía de los usuarios.

    A los demandantes, que han estado tratando de presentar el caso como una demanda colectiva, se les ha dado el visto bueno para continuar con sus reclamos con respecto a la grabación de conversaciones privadas de Siri, después de encenderse sin previo aviso. Además, también han alegado al asistente de ceder los datos del usuario a terceros siendo una violación de los derechos de privacidad del usuario.

    Sin embargo, las empresas tecnológicas a menudo han llegado a negar rotundamente estas acusaciones. Tomemos, por ejemplo, la declaración hecha por la portavoz de Amazon, Faith Eischen, quien afirma que Alexa recopila y almacena audio por unos 5 segundos, solo cuando sus dispositivos detectan la «palabra de activación», y que solo una pequeña proporción de los datos se revisan manualmente.

    Apple ya ha presentado documentos judiciales para respaldar sus afirmaciones, y Google también está listo para luchar contra el caso en los tribunales. Apple, por su parte, niega las acusaciones y reivindica que lo que oyen sus dispositivos se relaciona con perfiles perfectamente anonimizados, y no «identificables» de forma «individual».

    Sin embargo, el profesor asociado de Stanford, Noah Goodman, ha dicho que si bien dicha tecnología está diseñada para detectar su palabra de activación, la misma es una tarea desafiante considerando cómo las voces humanas difieren según la persona. Agrega que es poco probable que estas empresas puedan «deshacerse por completo de las falsas alarmas».

    Todas las demandas que se están acumulando por usos y abusos de estos asistentes de voz piden que las empresas expliquen qué hacen una vez oyen a los usuarios, y que reconozcan si lo hacen sin permiso explícito de los mismos.

    Nicole Ozer, directora de Tecnología y Libertades de la ACLU en California, una organización norteamericana en defensa de los derechos civiles cree que estas demandas forman parte de que la gente «está empezando a entender que Siri no trabaja para nosotros, trabaja para Apple», explica en declaraciones a TWP.

  • Los efectos del virus gubernamental

    Los efectos del virus gubernamental, más dañino que el actual que abrió las puertas del primero, perdurarán por generaciones.

    Los actos de gobierno o gobernanza deben estar basados en la ley vigente e, idealmente, esa ley debe ser sana y no como la prostituída que tenemos en nuestra Constitución estatista; la cual, por ser incumplible, termina siendo no sólo ignorada sino promotora del mal de discrecionalidad que la misma Constitución prohíbe. Pero, más allá, deberíamos estar conscientes de que los actos de gobierno tienen efectos sobre el comportamiento social; y típicamente, esos cambios de comportamiento actúan sobre las tomas de decisión de los actores de mercado en el sector privado.

    En nuestro caso, en Panamá, los cambios de conducta por parte del sector privado emprendedor, han sido, en gran medida, del lado de la perversión a raíz de una gobernanza que pare leyes como el manzanillo sus frutos venenosos. Un caso ilustrativo, aunque no directamente asociado a lo que señalo, lo tenemos en los mandatos de máscara. Anoche veía un reportaje de un médico virólogo hablando de la inmensa cantidad de gérmenes detectados en las máscaras que obligadamente usan los niños en las escuelas y tal. ¿Acaso fue eso parte del propósito de obligar el uso de máscaras sin mayores limitaciones? O ¿es que el verdadero propósito, en buena medida era uno de control?

    En el caso de las coimas para poder conducir negocios, ¿se han puesto a seguirle el rastro a todos los cambios de comportamiento que ello ha producido a través del tiempo? ¡Claro que no!, pero les aseguro que esos cambios de comportamiento no han sido nada sanos. El ciudadano no puede usar máscara porque quiere, sino que es obligado y no hacerlo hará que te detengan y multen o electrocuten. En fin, el comportamiento humano frente a los mandatos gubernamentales es harto complejo y lo importante es no abusar del poder, de manera que se promueva el sano albedrío, de otra forma, el virus gubernamental ya queda inoculado. Y más preocupante cuando salen estudios que indican que el uso de máscaras es poco efectivo en la reducción de la transmisión del virus.

    Otros aspectos de los mandatos covidosos ha girado en torno a las costumbres de movilidad; lo cual ha tenido importantes efectos en el comercio. Ya el tiempo nos dirá si los inconstitucionales mandatos gubernamentales fueron efectivos o, por el contrario, perjudiciales en formas que aún ni imaginamos. Está el caso de una amistad que caminaba por el Causeway con una amiga, un día de poca concurrencia. Iban sin máscaras, lo cual en el Causeway debería ser obvio. Pero, al pasar cerca a un restaurante, el agente allí les gritaba que se pusieran las máscaras. ¡A eso hemos llegado! En un patio del vecindario veo un empleado cortando la grama con máscara puesta.

    A fin de cuentas, los efectos benéficos de la ordenanza del uso de máscaras habrían sido marginales; pero por otro lado los efectos negativos respecto a la auto determinación esencial en una sociedad, salió gravemente afectada. Luego, cuando uno arguye que en sitios como Suecia no fue obligatorio, salen los necios a decir que: “Alla la gente es más culta”. ¡Ajá! ¿Y cómo llegaron a serlo? Por los vientos que soplan por estos lares… ¡jamás!.

  • El látigo del miedo, la herramienta probada de control

    A través del tiempo el látigo ha sido instrumento de control y sumisión. Hoy, que ya hemos superado el uso desinhibido de esa brutal herramienta, los que buscan arrear han echado mano a otras herramientas de control más sutiles, pero igualmente o hasta más efectivas; me refiero a «el látigo del miedo» o del espanto. El miedo es una característica animal de sobrevivencia. Sin miedo nuestras probabilidades de sobrevivir disminuyen notablemente. Pero, los miedos pueden ser tanto reales como imaginarios y, exagerados, se pueden tornar peligrosos. El terrorismo es uno de los métodos más eficaces que infunde miedo para facilitar el control y la sumisión.

    Son muy variadas las formas de infundir espanto y sumisión, unos más velados que otros; tal como leyes que garantizan inmunidad contra despidos. Si yo soy gobierno y te garantizo ingresos e inmunizo contra el despido, igual te puedo retirar el ingreso y hacer que te despidan; y así los politicastros ejercen control sobre sindicatos y sindigarcas, como también entran en coyunda con una clientela de comerciantes e industriales.

    Por otro lado, quienes buscan controlar al prójimo, no sólo se valen del miedo sino de la ignorancia que promueven a través de sistemas educativos centralizados, que más que educar lo que hacen es adoctrinar. No hay mejor forma de controlar que la promesa de dádivas en una mano, con el rejo de miedo en la otra.

    Hoy, que a los politicastros del mundo se les presentó la herramienta terrorífica del COVID, se han afanado en ponerla a buen uso. Sin embargo, con el aumento de las comunicaciones, muchos ya advierten la tramoya y ello hace peligrar la dominación del estado profundo; y con ello arrecian sus artimañas de control.

    En la historia los gobiernos nacen de la conquista violenta; pero con el tiempo la gente clama liberación, tal como sucedió con la independencia de los EE.UU. de Inglaterra, y la creación del pacto constitucional de mayor libertad en la historia humana.

    Sin embargo, la herramienta del miedo tiene límites. Es algo así como el chico en la escuela que lo molestan y atormentan hasta que le colman y entonces viene la ¡sorpresa!.  Desafortunadamente, pasa el tiempo y bajamos la guardia, dando oportunidad a los inescrupulosos de ingeniar nuevas formas de control. En los años setenta fue el enfriamiento global, luego el calentamiento y hoy el acuerdo verde. Así, pervertidos gobernantes ingenian nuevas formas de infundir miedo y controlar; manteniendo a sus rebaños semovientes dóciles al aumento de impuestos, al uso de máscaras más allá de lo sensato, a los encierros y prohibición de reunión en iglesias, pero no en casinos,  gubernamentales y tal.

    En artículo reciente en GCC Views se nos informa sobre el Neuralink de Elon Musk, chip que pretenden implantar en el cerebro humano para el 2022. La innovación tecnológica es algo maravilloso. Tristemente están los inescrupulosos que ven en ello el nuevo látigo.

    En el Panamá de 300,000 funcionarios públicos al mando de ministros, directores, comisionados y tal, se pasan todo el día ingeniando nuevas trabas o formas de justificar su intromisión en nuestras vidas.  Dilapidan ingentes recursos económicos que serían mucho más útiles en manos de quienes saben producirlos y, de hecho, los producen, creando oportunidades para salir de la pobreza.

    No hay que temer al libre mercado sino a los ejércitos de parásitos que están en o fuera de los gobiernos, dañando al buen funcionario. Los de adentro llegan con cada nueva elección. Por fuera del gobierno está toda su clientela sumisa y leal, que vende su alma al mejor postor al son de “no a la privatización”.

  • ¿Puede ser la cédula un instrumento del servilismo?

    La cédula puede ser un instrumento del servilismo, dependiendo de cómo y para qué se utiliza. La tendencia del totalitarismo tiene muchas maneras de manifestarse, y la población muchas maneras de volverse adicta al servilismo. Se define “servilismo” como “ciega y baja obediencia y adulación a la autoridad.” Y un ejemplo del uso de vocablo sería, “el servilismo demostrado ante las autoridades o ante los representantes de la autoridad es penoso”.

    Pero en nuestro querido Panamá nos han acostumbrado de tal manera a ser serviles, que cuando alguien pone en tela de duda un tema como este, ese “alguien” es quien queda entredicho y no quien pone de manifiesto la práctica del totalitarismo. En fin, ¿cómo puede un pueblo madurar y desarrollarse siendo sumiso y pisoteado?.

    No estoy contra la cédula, sino a la exigencia de pedirla sin más razón que la de algún “funcionario público” que le dé por detenerte con única finalidad de que te identifiques. Es decir, sin que hayas cometido falta o delito que justifique tal detención. Y ojo, que no es lo mismo que te detengan momentáneamente para pedirte la cédula; a que te conduzcan ante la autoridad por portarla o exhibirla.

    Una noche iba en auto con mi señora esposa y nos detuvieron en un retén que, a todas luces, parecería ser de esos espurios. Yo mostré mi cédula; pero, mi esposa, inadvertidamente, había dejado la suya. “¿Y la cédula de la señora?” “No la tiene consigo, señor agente.” “¿Y quien es ella?” “Mi esposa”. “Bueno, le vamos a dar un chance.” Examinemos el asunto.

    En la Constitución el termino “cédula” apenas aparece en el Artículo 136 del Capítulo 2 sobre el Sufragio; por lo que bien y de inmediato podemos concluir que origina como un instrumento del sufragio y no como uno de policía. En el Título 2, aparece el vocablo “cédula”; termino cuyo significado significa “papel o documento en que se hace constar una deuda, una obligación o cualquier información de este tipo.” En otras palabras, parecería que estamos endeudados de identificación ante el estado y sus funcionarios.

    Sin embargo, el Artículo 27 de la Constitución dice que “toda persona puede transitar libremente por el territorio… sin más limitaciones que las que impongan las leyes o reglamentos de tránsito, fiscales, de salubridad y de migración.” Esta ley es fundamental, y las que devienen no pueden ir en contra de lo establecido, sino, únicamente, explicar o ampliar, pero sin torcer.

    Ahora, vayamos a la Ley 108 del 8 de octubre de 1973 (plena Dictadura), en dónde su Artículo 2 dice que “la cédula de identidad personal deberá ser obtenida, portada y exhibida ante los servidores públicos…” ¡Mon Dieu! Hoy tenemos un cuarto de millón de “servidores públicos”que, en buena medida, no sirven sino se ‘sirven’. ¿Me dices que cualquiera de ese cuarto de millón te puede detener para pedirte identificación? Parecería un asunto inocuo. ¿Qué hay de siniestro en que te identifiques? particularmente hoy día en donde ya hay cámaras por todos lados, como también la tecnología de identificación facial, de retina, y hasta el modo de caminar y tal.

    Pues, vuelvo a insistir, lo malo está en que te detengan con la única finalidad de que identifiques. Ello es típico de los sistemas totalitarios; y, no es bueno perder de vista que no es tanto en dónde estás, sino hacia dónde vas. Profundicemos un tanto más.

    La documentación típica de identificación ciudadana que deambula por el mundo tiene tres características: 1) que todos los ciudadanos y residentes deben tenerla; 2) que todos deben portarla y presentarla antes las “autoridades” y no como en Panamá que es ante los “servidores públicos” y; 3) que dichos collares caninos, digo… cédulas, deben estar ligadas a una base de datos que contiene información hasta de cómo te sientas en el retrete.

    Peor es que crean o, de hecho, te la pidan cuando les venga en ganas, sin justificación. Por otro lado, está el alegato de: “Estamos cuidando tu vida, propiedades y tal.” ¿De veras que para cuidarnos hace falta violarnos?

    En los EE. UU. han intentado introducir la cédula, pero allá no hay tantos congos. Y el otro aspecto es que una vez que la población se acostumbra a la violación, llega el momento en que uno se envicia. Y nos dicen, “es que, si a la cédula le metemos tu historial policivo, multas, y las veces que pateaste al perro, podrás montarte al avión sin tanto jaleo.” ¡Visiones de The Matrix! En los EE. UU. se prepara una ley para una cédula voluntaria; lo que me trae a mente la mentirilla panameña de “préstame un dólar” y tal. El problemita con las cédulas voluntarias es que eventualmente todos las consiguen y quedamos de vuelta en primera base. Y, en todo caso, ¿por qué no unificar la cédula con la licencia de conducir, y nos ahorramos montones; si, a fin de cuentas, la licencia de conducir no sirve para nada?.

    El mayor peligro de la cédula es que nos convierte a todos en sospechosos infractores o criminales. En Panamá los agentes de pesca andan por las calles arrastrando cuerdas con señuelos a ver quién pica: ¿Quién eres? ¿de dónde vienes?, ¿a dónde vas?, ¿quién es la que va sentada a tu lado? ¿Acaso no es ello lo que potencia la fea práctica coimera?

    Y, aunque en alguna medida todo esto ayuda a pescar a los malos, el problema es… ¿a qué costo? Uno de esos “costos” fue la Dictadura; ¿o es que andamos distraídos? La pesca de malos se hace mediante un sistema de policía altamente profesional de excelencia que no requiere violar derechos fundamentales. ¿Será imposible lograr eso en nuestro patio? Muy mal vamos cuando todos somos culpables hasta que saquemos la cédula. El perro que va por la calle sin collar, ¡a la perrera!