Etiqueta: corrupción

  • Contratación directa, competencia y república

    Contratación directa, competencia y república

    En materia de contratación pública conviene evitar dos simplificaciones igualmente malas: la primera consiste en suponer que toda contratación directa es corrupción. Y la segunda, en asumir que basta con que una contratación directa sea legal para considerarla institucionalmente saludable.

    Ninguna de las dos cosas es cierta.

    La Ley de Contrataciones Públicas panameña contempla procedimientos excepcionales y de emergencia por una razón evidente: hay circunstancias en las que el Estado no puede esperar meses mientras se desarrolla una licitación ordinaria. Una carretera colapsada, una inundación, un puente inutilizado o una emergencia sanitaria pueden exigir una respuesta inmediata.

    El problema comienza cuando aquello diseñado para resolver situaciones extraordinarias empieza a convertirse en una forma habitual de comprar. Y los datos recientes del Ministerio de Obras Públicas justifican precisamente esa discusión.

    Una investigación de La Estrella de Panamá, basada en registros de Panamá Compra, encontró que entre julio de 2024 y junio de 2026 el MOP adjudicó 276 contratos directos por aproximadamente US$363 millones. La cifra supera los US$225 millones contratados mediante mecanismos similares durante todo el quinquenio anterior. Eso no prueba corrupción, pero sí obliga a hacer preguntas.

    La competencia no es un trámite burocrático

    A veces hablamos de licitaciones públicas como si fueran simplemente un procedimiento administrativo pesado que retrasa las obras.

    Desde nuestra perspectiva liberal y habiendo sido los responsables del diseño de Panama Compras en 2006, consideramos que su función económica es bastante más importante que un mero tablón de anuncios. Fomenta la competencia y permite descubrir información que el funcionario no posee.

    ¿Cuánto cuesta realmente una carretera?, ¿Cuál es la mejor solución técnica?, ¿Qué empresa puede realizarla más rápido?, ¿Quién ofrece mejores garantías?, ¿Existe una tecnología menos costosa?, ¿Cuánto margen puede reducir un proveedor para obtener el contrato?. No hay una oficina pública capaz de conocer de antemano todas esas respuestas, precisamente ese conocimiento aparece cuando distintos oferentes compiten.

    Hayek explicó precisamente ese problema: el conocimiento relevante para organizar la actividad económica está disperso entre millones de personas. El mercado no funciona porque alguien posea toda la información, sino porque permite que la información dispersa se revele mediante precios, ofertas y decisiones.

    Una licitación competitiva intenta introducir una pequeña parte de ese mecanismo dentro de la contratación estatal, claro que no reproduce un mercado perfecto, pero permite algo fundamental: que el funcionario no tenga que decidir por sí solo cuánto debería costar aquello que está comprando. Cuando se elimina la competencia, se pierde esa referencia.

    La contratación directa tiene un costo incluso cuando nadie roba

    Éste es el punto que con frecuencia desaparece cuando la discusión se reduce a “hubo corrupción” o “no hubo corrupción”. Puede no haber un solo sobre, una sola coima ni un solo funcionario deshonesto y aun así producirse una mala asignación de recursos.

    Si el Estado contrata directamente a una empresa por US$10 millones y una licitación competitiva habría producido una oferta equivalente por US$8 millones, el contribuyente perdió US$2 millones aunque nadie haya cometido un delito.

    La corrupción es una forma extrema de malgasto, pero no es la única.

    La ausencia de competencia puede generar precios mayores, peores condiciones contractuales, soluciones técnicamente inferiores y dependencia repetida de un número reducido de proveedores.

    Por eso una política anticorrupción seria no debería concentrarse solamente en perseguir al funcionario que recibe dinero ilegal. Debería construir instituciones que reduzcan las oportunidades para que una decisión pública dependa de la discrecionalidad individual. La mejor investigación penal es la que nunca hace falta porque el procedimiento hizo difícil capturar la decisión.

    Cuando lo previsible se convierte en emergencia

    Existe además una distinción esencial entre urgencia y falta de planificación. Una inundación imprevisible puede justificar una contratación inmediata, pero el mantenimiento periódico de una carretera, difícilmente.

    Una estructura destruida inesperadamente puede constituir una emergencia. Una obra incluida desde antes en el Plan Estratégico de Gobierno merece una explicación mucho más exigente si posteriormente se adjudica mediante procedimiento excepcional.

    La investigación periodística ha señalado precisamente que algunas obras contratadas por vías excepcionales ya figuraban entre proyectos previstos en la planificación gubernamental.

    Eso no demuestra que la contratación sea ilegal, pero cambia la pregunta: si la necesidad ya se conocía, ¿qué acontecimiento extraordinario impidió licitar?, porque una emergencia no puede definirse simplemente como aquello que el Gobierno necesita ejecutar rápido dado que si así fuera, prácticamente toda obra pública podría convertirse en excepcional.

    Los gobiernos siempre tienen prisa; los ciudadanos llevan años esperando carreteras; los ministros tienen períodos limitados y los presidentes quieren inaugurar obras antes de terminar sus mandatos.

    Precisamente por todo eso las reglas existen antes de que aparezca la urgencia política.

    El argumento de la eficiencia merece ser tomado en serio

    También hay que escuchar al MOP.

    Panamá tiene una red vial con déficits acumulados y comunidades que llevan años esperando soluciones. El propio ministerio ha anunciado una cartera muy amplia de inversiones y sostiene que determinados procedimientos excepcionales permiten ejecutar con mayor velocidad. La administración también ha desarrollado numerosas licitaciones ordinarias: a finales de 2025 informó que de 35 proyectos estructurados para licitación, 26 habían sido licitados y 20 adjudicados.

    Por tanto, no corresponde construir la caricatura de un ministerio que no licita nada.

    Además, el contralor Anel Flores ha defendido que muchos contratos cuestionados respondieron a emergencias relacionadas con inundaciones y daños producidos por el agua. Anunció un arqueo y un informe para explicar las contrataciones a la ciudadanía. Es una explicación que merece ser evaluada con los expedientes delante y la respuesta republicana no es presumir culpabilidad, pero debe exigir evidencia.

    El contralor no debería defender: debería auditar

    Aquí aparece, sin embargo, una cuestión institucional delicada: el papel de la Contraloría no consiste en ser abogado defensor del ministerio cuestionado y tampoco en actuar como fiscal mediático.

    Su función es mucho más valiosa precisamente porque debería estar situada fuera de ambas posiciones. Su rol es controlar, verificar, comparar, documentar y publicar conclusiones.

    Cuando el contralor responde a cuestionamientos periodísticos diciendo que “el morbo impera”, corre el riesgo de desplazar la discusión desde los datos hacia las intenciones de quienes preguntan. No hace falta interpretar maliciosamente al contralor para señalar el problema.

    Por eso, una institución de control gana autoridad cuando puede decir «este contrato estuvo correctamente justificado»; o «éste otro no»; señalar que «en éste había emergencia o en éste la causal utilizada no se sostiene»; «estos precios fueron razonables o éstos excedieron referencias comparables».

    Eso es lo que el ciudadano necesita; la confianza republicana no consiste en creer en las personas. Consiste en poder comprobar sus actos.

    Las empresas tampoco tienen derecho adquirido a contratar con el Estado

    Otro elemento que complica la discusión es que entre las empresas que continúan obteniendo contratos públicos figuran algunas vinculadas en el pasado a casos de corrupción, entre ellas compañías cuyos representantes admitieron pagos ilícitos en el caso Blue Apple.

    Aquí también hay que mantener la cabeza fría.

    Si una empresa cumplió una sanción, no está legalmente inhabilitada y participa en una licitación abierta ofreciendo las mejores condiciones, no debería ser excluida arbitrariamente por razones reputacionales. El Estado de derecho funciona también para quienes tienen mala reputación.

    Pero una contratación directa cambia el análisis.

    Cuando una empresa con antecedentes problemáticos obtiene contratos porque ganó frente a diez competidores bajo reglas transparentes, existe una disciplina externa, pero cuando obtiene la contratación mediante selección excepcional, el grado de justificación requerido debería ser mayor.

    No porque deba presumirse nuevamente culpable, sino porque el Estado está prescindiendo precisamente del mecanismo que permitiría demostrar que ésa era la mejor opción disponible.

    Concentración empresarial y captura

    La investigación también señala una concentración significativa de contratos en un grupo relativamente reducido de empresas. La concentración tampoco prueba por sí misma corrupción ya que puede haber empresas grandes que ganen con frecuencia porque tienen maquinaria, experiencia, capacidad financiera y equipos técnicos que otras no poseen.

    Pero Public Choice nos obliga a mirar un riesgo distinto.

    Cuando unas pocas empresas dependen fuertemente del gasto estatal y un ministerio depende a su vez de unas pocas empresas capaces de ejecutar sus obras, comienza a formarse una relación bilateral muy particular: los proveedores adquieren incentivos para invertir recursos en relaciones políticas; los funcionarios adquieren incentivos para trabajar repetidamente con proveedores conocidos porque reducen incertidumbre y facilitan la ejecución y con el tiempo puede aparecer una especie de mercado cerrado. No hace falta una conspiración, los incentivos bastan.

    Y ésa es precisamente la razón por la cual la competencia debe ser protegida institucionalmente, incluso frente a funcionarios honestos y empresas técnicamente capaces.

    El cronómetro también puede ser una herramienta de corrupción

    Existe una forma particularmente sutil de degradar la contratación pública: planificar tarde.

    Supongamos que una administración conoce desde hace un año que una obra debe comenzar en octubre. No inicia la licitación a tiempo, llega septiembre y entonces declara que no puede esperar seis meses porque la obra es urgente. Formalmente, la urgencia existe, pero fue producida administrativamente. Ese mecanismo debería ser especialmente vigilado.

    Una buena ley anticorrupción no debería preguntar solamente si “¿Había urgencia el día en que se adjudicó?”; debería preguntar también: “¿Cuándo conoció el Estado la necesidad y qué hizo desde entonces?”. La diferencia es enorme y la mala planificación termina convirtiéndose en una vía legítima para evitar competencia. Y cuanto peor administra una institución sus tiempos, mayor discrecionalidad obtiene. Exactamente el incentivo contrario al que deberíamos crear.

    Publicar todo, incluso cuando la ley permita no competir

    La solución no consiste en prohibir las contrataciones directas, eso sería imprudente y el Estado necesita capacidad para reaccionar ante emergencias reales.

    La reforma correcta consiste en hacer que contratar directamente sea más transparente que licitar, precisamente porque falta el control competitivo. Cada contratación excepcional debería publicar de manera sencilla y estandarizada la obra; el monto; la empresa; la causal legal invocada; el hecho concreto que produjo la urgencia; la fecha en que la Administración conoció la necesidad; las empresas que podrían haber prestado el servicio; la metodología utilizada para determinar que el precio era razonable; los contratos anteriores del mismo proveedor y la comparación del precio con obras equivalentes.

    Además debería existir una auditoría posterior obligatoria para contratos que superen determinado monto. No necesariamente para detener la obra, pero para verificarla después, ya que la emergencia justifica rapidez, pero no la opacidad.

    El precio de referencia importa

    Panamá podría además fortalecer sistemas de comparación.

    Si el MOP contrata cien kilómetros de mantenimiento vial en distintas provincias, debería existir una base pública que permita comparar costos por kilómetro ajustados por tipo de obra, terreno, materiales y dificultad; eso ayudaría a identificar anomalías sin necesidad de acusar a nadie.

    ¿Por qué una obra cuesta 40% más que otra técnicamente semejante?. Puede existir una explicación perfectamente legítima, pero alguien debería explicarla. Así los datos convierten la sospecha en una pregunta técnica, mejora el control y protege también al funcionario honesto.

    Transparencia no significa paralizar al Gobierno

    Éste es quizás el punto más importante. Panamá necesita infraestructura, entre otras, necesita reparar carreteras, puentes, agua. Necesita ejecutar.

    Una política anticorrupción mal diseñada puede ser tan perjudicial como la ausencia de controles si logra que ningún funcionario quiera firmar nada por temor a terminar investigado años después. Por eso, el objetivo no debe ser producir un Estado aterrorizado, sino uno predecible con reglas claras, plazos razonables, procedimientos rápidos, competencia siempre que sea posible y excepciones cuando sean necesarias. Y trazabilidad absoluta cuando se utilicen. La eficacia y la transparencia no son enemigos y una administración profesional debería poder ofrecer ambas.

    La república no funciona con confianza personal

    El Gobierno de José Raúl Mulino ha mostrado en distintas áreas una conducción profesional y relativamente sobria. Sería injusto interpretar automáticamente cualquier cuestionamiento administrativo como evidencia de corrupción gubernamental. Pero ése tampoco puede ser el estándar.

    Las instituciones republicanas existen precisamente porque ningún gobierno debería pedirnos que confiemos en su profesionalismo, ni siquiera uno que consideremos profesional.

    Hoy puede gobernar una administración prudente, mañana otra. Las reglas tienen que funcionar para ambas.

    Madison comprendió el problema hace más de dos siglos: si los hombres fueran ángeles no necesitaríamos gobierno, y si quienes gobernaran fueran ángeles tampoco necesitaríamos controles. No son ángeles, ni los de este Gobierno ni los del anterior ni los del próximo. Por eso controlamos.

    No pedir confianza: ofrecer evidencia

    El MOP puede tener una explicación perfectamente razonable para buena parte de esos US$363 millones. Algunas obras probablemente respondieron a emergencias reales, otras quizá consiguieron buenos precios, algunos proveedores pueden haber sido simplemente la opción técnicamente disponible. Si así fue, el informe anunciado por la Contraloría debería demostrarlo contrato por contrato, no mediante declaraciones generales.

    Eso sería bueno para el Gobierno, para el MOP, para las empresas y para los ciudadanos, porque en una república sana una investigación periodística no debería obligar al Estado a cerrar filas. Precisamente debería activar exactamente el mecanismo contrario: abrir los expedientes.

    La pregunta fundamental no es si confiamos las personas o ni siquiera si confiamos en este Gobierno. La pregunta liberal y republicana es mucho más exigente: ¿podría funcionar correctamente este mismo sistema si mañana lo administraran personas en quienes no confiamos absolutamente nada?. Si la respuesta es no, hay que cambiar el sistema, porque la mejor política anticorrupción no consiste en esperar funcionarios honestos, sino en construir instituciones en las que incluso un funcionario deshonesto tenga poco margen para hacer daño.

  • Lo que necesita MEDUCA es dejar de administrar la educación, no un mejor ministro

    Lo que necesita MEDUCA es dejar de administrar la educación, no un mejor ministro

    Cada vez que un escándalo sacude al Ministerio de Educación (MEDUCA) aparece la misma reacción: hay que encontrar al culpable, cambiar de ministro o funcionarios, investigar contratos, exigir mayor transparencia y prometer que la próxima administración será diferente.

    Todo eso puede ser necesario. Pero no resuelve el problema de fondo.

    Un sistema que concentra miles de millones de balboas, decisiones de compra, nombramientos, infraestructura, tecnología, programas educativos y una enorme estructura administrativa en un ministerio central siempre será extraordinariamente atractivo para la política, los grupos de presión y quienes viven de contratar con el Estado. El problema no es solamente quién administra MEDUCA, sino qué y cuánto administra.

    En 2026 el MEDUCA tiene un presupuesto aprobado de aproximadamente B/.3.640 millones. Su propia estructura institucional refleja un organismo que interviene desde la formulación de políticas y controles hasta la coordinación académica, administrativa y regional del sistema educativo.

    Desde una perspectiva liberal, una verdadera reforma educativa debería comenzar precisamente allí: separando aquello que necesariamente debe hacer el Estado de aquello que simplemente hemos acostumbrado a que haga un ministerio.

    El MEDUCA debería gobernar el sistema, no gestionarlo todo

    Un MEDUCA reformado debería ser considerablemente más pequeño.

    Su función central tendría que concentrarse en pocas cosas: establecer estándares mínimos de aprendizaje; garantizar información pública comparable sobre resultados; proteger el acceso a la educación de quienes no puedan financiarla; fiscalizar el cumplimiento de normas básicas; y administrar mecanismos transparentes de financiamiento. Poco más.

    No debería decidir desde Ciudad de Panamá qué computadora necesita un maestro de Chiriquí, qué reparación corresponde a una escuela de Darién, qué proveedor debe abastecer determinado insumo o cómo debe resolverse cada necesidad material de miles de centros educativos diferentes.Tampoco debería decidir sobre el contenido entero y uniforme del Currículum escolar excepto lo que hemos señalado arriba.

    Porque cuanto mayor sea la cantidad de decisiones que pasan por un mismo escritorio, mayor será también el valor económico de controlar ese escritorio.

    La descentralización no elimina la corrupción, pero reduce el premio de capturar el poder central.

    Dividir el poder también divide las oportunidades de corrupción

    Existe una diferencia enorme entre que una institución compre decenas de miles de equipos mediante una sola contratación y que cientos o miles de unidades educativas puedan adquirir los recursos que necesitan dentro de presupuestos públicos, reglas claras y procedimientos competitivos.

    En el primer modelo hay un comprador gigantesco y unos pocos contratos gigantescos. En el segundo hay muchos compradores, muchos proveedores y decisiones mucho más pequeñas.

    La corrupción puede existir igualmente. Pero deja de existir un único punto capaz de distribuir cientos de millones y esa diferencia importa.

    Una licitación nacional puede justificar enormes esfuerzos de lobby, relaciones políticas, intermediarios y captura regulatoria. Una compra realizada por una escuela, municipio o región difícilmente tenga el mismo atractivo.

    La descentralización funciona entonces como una forma de diversificación del riesgo institucional. Es el mismo principio por el que no ponemos toda nuestra riqueza en una única inversión. Tampoco deberíamos poner todo el poder de decisión educativa en una única institución.

    El dinero debería seguir al alumno

    Pero descentralizar solamente desde MEDUCA hacia otras burocracias públicas sería insuficiente.

    Transferir facultades del gobierno nacional a direcciones regionales o municipios puede acercar las decisiones a los ciudadanos, pero no introduce necesariamente competencia. Una reforma verdaderamente promercado debería avanzar un paso más: financiar a las personas antes que financiar estructuras.

    El Estado puede garantizar que todos los niños tengan recursos para educarse sin necesidad de convertirse simultáneamente en propietario, administrador, comprador y proveedor dominante de educación.

    El mecanismo podría adoptar diferentes formas: bonos educativos, cuentas educativas, financiamiento por estudiante o modelos combinados. El principio es más importante que el instrumento, es decir, el presupuesto acompaña al alumno y no a la institución.

    Una familia podría elegir entre escuelas públicas autónomas, cooperativas, privadas, comunitarias u otras modalidades habilitadas bajo estándares mínimos comunes. Panamá ya reconoce jurídicamente incluso la educación en casa mediante la Ley 245 de 2021, lo que demuestra que el ordenamiento jurídico no identifica necesariamente educación con escolarización estatal tradicional.

    La consecuencia de financiar la demanda sería profunda. Las escuelas dejarían de recibir recursos simplemente porque existen. Tendrían que atraer y conservar estudiantes. Y los padres dejarían de ser administrados por el sistema para transformarse progresivamente en sus clientes.

    Autonomía para las escuelas

    Una escuela pública verdaderamente descentralizada debería poder administrar una parte importante de su presupuesto. Su director y su comunidad educativa deberían tener capacidad para decidir sobre mantenimiento, tecnología, materiales y determinadas contrataciones dentro de límites previamente establecidos. También debería existir autonomía creciente para contratar personal y organizar proyectos educativos. A cambio, esa autonomía tendría que venir acompañada de algo que el sistema centralizado suele diluir: responsabilidad concreta por los resultados.

    Hoy, cuando todo depende de una extensa cadena administrativa, es extraordinariamente fácil que nadie sea finalmente responsable.

    El director culpa a la regional, la regional culpa al ministerio, el ministerio culpa al presupuesto, el gobierno culpa al anterior. Y el ciudadano termina sin saber quién tomó la decisión.

    La descentralización permite exactamente lo contrario: usted recibió este presupuesto, tomó estas decisiones y obtuvo estos resultados.

    Transparencia no significa publicar más PDFs

    Existe además una confusión frecuente entre transparencia y burocracia.

    Un sistema transparente no es necesariamente aquel que exige veinte formularios, siete firmas y cinco controles previos. Muchas veces semejante arquitectura simplemente multiplica las oportunidades para la discrecionalidad administrativa (es decir, corrupción).

    La verdadera transparencia debería permitir que cualquier ciudadano pueda conocer, en pocos minutos, cuánto dinero recibe una escuela, qué compró, a quién se lo compró, cuánto pagó y qué resultados educativos obtiene. Esto se da mediante los datos abiertos auditables fácilmente por todos los ciudadanos, compras visibles, precios comparables, contratos disponibles e indicadores de resultados. Y todo ello en formatos que permitan comparar una escuela con otra.

    No necesitamos necesariamente más interventores, lo que necesitamos es más información y más ojos mirando.

    Cuando cientos de proveedores pueden competir y miles de padres pueden comparar, la vigilancia deja de depender exclusivamente de funcionarios que fiscalizan a otros funcionarios.

    También hay que permitir que fracasen las malas decisiones

    Aquí aparece probablemente el elemento más incómodo de cualquier reforma liberal: la competencia solamente funciona cuando existen consecuencias.

    Si una escuela administra persistentemente mal sus recursos, pierde estudiantes y ofrece malos resultados, no puede recibir automáticamente más dinero para compensar su fracaso. Deberá cambiar su dirección, reorganizarse, fusionarse con otra institución o eventualmente desaparecer y mientras tanto, los recursos deben acompañar a los estudiantes hacia alternativas mejores. Eso es precisamente lo que normalmente no ocurre en los monopolios públicos.

    Una empresa que pierde clientes debe corregirse, sin embargo, una oficina pública que funciona mal suele reclamar mayor presupuesto. Los incentivos están invertidos.

    El mercado no significa abandonar al que menos tiene

    Quizás el argumento más previsible contra este modelo sea que terminaría perjudicando a los sectores de menores ingresos. Es exactamente al revés si se diseña correctamente.

    La familia con dinero ya dispone de libertad educativa, porque puede pagar una escuela privada, mudarse cerca de una mejor escuela, contratar profesores particulares o enviar a sus hijos al extranjero. El monopolio educativo afecta principalmente a quien no puede escapar de él, los más pobres.

    Por eso un sistema de elección escolar debería contemplar financiamiento público completo para las familias de menores ingresos, recursos adicionales para discapacidad, zonas rurales o situaciones de especial vulnerabilidad y eventualmente incentivos mayores para escuelas que atiendan poblaciones difíciles. La redistribución puede hacerse explícitamente.

    Lo que no resulta necesario es que, para ayudar a una familia pobre a pagar la educación de sus hijos, el Estado tenga que administrar directamente prácticamente toda la cadena educativa.

    Del ministerio proveedor al Estado garante

    Panamá discute actualmente una modernización de su Ley Orgánica de Educación, cuya base sigue siendo la Ley 47 de 1946; la propia Comisión de Educación de la Asamblea ha venido trabajando en propuestas de reforma. Eso abre una oportunidad mucho mayor que modificar artículos administrativos.

    Modernizar no debería significar digitalizar el mismo modelo centralizado ni tampoco incorporar computadoras, plataformas, nuevas direcciones o nuevos procedimientos.

    Una reforma estructural consiste en preguntarse qué funciones debe conservar el Estado y cuáles pueden devolverle a las escuelas, las familias, las comunidades y el mercado.

    MEDUCA debería evolucionar desde un gigantesco proveedor y administrador de educación hacia un organismo mucho más limitado que garantice acceso, establezca estándares mínimos, produzca información y fiscalice reglas generales. Es decir, ser menos interventor y más árbitro en caso de colisiones en la gestión descentralizada.

    La mejor política anticorrupción es reducir aquello que puede capturarse

    Nunca habrá un sistema institucional completamente inmune a la corrupción. Se pueden cambiar ministros, endurecer penas, crear comisiones y multiplicar auditorías. Se pueden diseñar nuevas plataformas de contratación y todo eso podrá ayudar; pero seguirá existiendo un incentivo extraordinario para capturar una institución mientras esa institución conserve un poder extraordinario para repartir dinero, contratos y empleos.

    La reforma liberal introduce una defensa mucho más elemental: quitar poder antes que intentar encontrar personas suficientemente virtuosas para ejercerlo.

    Descentralizar las decisiones.

    Dividir las compras.

    Permitir competencia entre proveedores.

    Dar autonomía a las escuelas.

    Publicar resultados.

    Financiar a los estudiantes.

    Y permitir que las familias elijan.

    No porque los padres, directores, municipios o empresarios sean moralmente superiores a los funcionarios de MEDUCA, justamente porque ninguno de ellos lo es. El liberalismo nunca necesitó gobernantes perfectos ni los pretende; sólo aboga por instituciones diseñadas bajo la premisa mucho más realista de que las personas responden a incentivos, persiguen intereses propios y pueden abusar del poder cuando ese poder se concentra.

    Por eso, después de cada escándalo educativo (ahora con la renunciada ministra) que vuelve a agobiarnos, quizás la pregunta no debería ser “¿Quién será el próximo ministro?”, sino una bastante más importante: “¿Por qué necesitamos que el próximo ministro tenga tanto poder?”

    Nota: contenido editado por AI, al efecto de una redacción más armoniosa, las ideas, como ha sido siempre, son nuestras.

  • Culpar a los ricos e ignorar los Incentivos

    Culpar a los ricos e ignorar los Incentivos

    Pareceré loro repitiendo los mismos argumentos, pero… muchísimo cacarean los supuestos “socialistas” y tal, y muy poco salen a relucir verdades que quedan opacadas entre los goles del mundial. En este caso, me refiero al cacareo contra los ricos, cuando casi nadie sabe lo que es un rico; pues los hay que tienen mucho dinero, pero muy poca riqueza, mientras hay muchos pobres que son mucho más ricos que los adinerados.

    La verdadera riqueza está mucho más allá que el dinero; pero, si lo que estamos enfocando es la riqueza económica de un pueblo, entonces pongamos atención a realidades que típicamente se les escapan a la gran mayoría. La única forma de lograr riqueza en dinero y lograr millones de una manera sana es, produciendo y ofreciendo productos o servicios que alguien quiere comprar.

    Cada dólar que gastan los compradores es un voto a favor de un producto o un servicio. Si no te gusta, no lo compras o despides a quien te da el servicio. Pero eso no es lo que ocurre en los sistemas que dicen ser “gobierno” en los cuales estos organismos torcidos meten no las pezuñas sino todo el cuerpo. Y más aún, el mercado es como las carreras de caballo, autos y tal en cuanto a que no ganan los mismos, como cuando el gobierno mete la mano, sino que ganan los que mejor ofrecen resultados.

    A todo ello, estamos viendo un proceso que es voluntario, de libre mercado; lo cual no se da cuando el gobierno dicta precios, descuentos, supuestos subsidios y muchos otros engaños coercitivos; tales como los impuestos cuando estos son exagerados y utilizados para hacer porquerías. La triste realidad es que nuestros supuestos gobiernos han trastocado su misión de ser protector contra los bandoleros y se han convertido en los mayores bandoleros. Y el crimen no está sólo en lo que roban sino en el daño colateral de no desempeñar bien su función básica de atajar a… ¿a quién? ¿Acaso se van a atajar a ellos mismos?

    Creer que los subsidios nacen por el amor al prójimo, al pobre, al pueblo es lo máximo en despiste; pues quienes dan favores esperan colores en donaciones, votos y aplausos cuando pasa la caravana de soberbios ungidos. En todo ello se ignoran los peligros de usar el poder gubernamental para lo que no es. Los gobiernos consiguen sus ingresos no mediante producción y venta de buenos productos. El asunto es ver cuáles son y cuáles no los buenos productos; tal como el Metro y MiBus.

    A todo ello, debo celebrar a personas como George F. Novey, fundador de las empresas Novey en Panamá, quien solía decirnos: “Quien con niño se acuesta, embarrado amanece”. Y tanto George como mi padre Irving, y Richard Novey que luego administraron las empresas de la familia, no se arrimaron a los gobiernos de turno. Pero, les cuento que sí tuve que ir asentarme con un ministro para informarle de su vice que nos quería coimear. El ministro me dijo: “Esto está muy mal” y cambiaron al vice a otro ministerio.

    En fin, cuando un gobierno se entromete directamente en el mercado, tal como lo establece el Título X de nuestra Constitución, el mismo se constituye en un elemento no sólo irruptor sino peor. Y sí, los panameños necesitamos gobierno, pero… ¿es eso lo que tenemos? Triste pero la realidad es que lo que hemos venido sufriendo son asaltantes legales protegidos por la misma ley para llevar a cabo sus actividades delictivas. No proveen seguridad sino todo lo contrario.

  • El socialismo no es la respuesta al capitalismo de compinches

    El socialismo no es la respuesta al capitalismo de compinches

    Supongo que quien se arrima a la ideología socialista, prima hermana del comunismo, está desencantado con aquello que llaman «capitalismo», que no es sino «capitalismo de compinches»; llamémosle «capinchismo». Pero ¿por qué, en vez de mudarse del capinchismo a «el socialismo», no optan por mudarse hacia el verdadero capitalismo, único sistema que ha demostrado capacidad de producir riqueza social, y ello solo con arrimarse a los ideales del verdadero capitalismo, ese que, mal que bien, consagra nuestra Constitución panameña en su Preámbulo? Lo que no tiene buen sentido es irse del capinchismo al socialismo, ideología que diluye la libertad como el agua diluye la sopa.

    En estos días escuchaba una discusión en Fox News en la cual una socialista (demócrata) decía que Trump quería desmantelar la red del asistencialismo estadounidense con su política de «drenar la ciénaga». La contraparte republicana le ripostó algo como: qué fácil es voltear la realidad patas arriba, creer que delegar al gran gobierno la solución de las iniquidades hace sentido, que los programas de redistribución a través de diputados —y el gobierno como garante de última instancia en el financiamiento inmobiliario, la justicia, la salud, la educación y mucho más— fuesen sanos.

    El meollo del asunto es que muchos simplemente ignoran las realidades del socialismo; o peor, su resentimiento es tan irracional que no les importa. ¿Cuál es la esencia del comunismo? Creer que desmantelando los derechos de propiedad se puede acceder a la justicia, a una sana cultura, a la ciencia, a la creatividad, a la repartición de riquezas y acabar con la tiranía. Curioso camino para lograr esas cosas, particularmente cuando para ello se requiere ese instrumento llamado «Estado/gobierno/rey», que viene casado con politicastros y toda la gama de alimañas gubernamentales. Y ojo, que no hablo del auténtico político, tan raro como el hombre de las nieves, dado que el medio está prostituido y resulta difícil ser impoluto dentro del sistema. Las dos veces que llegué a dirigir una entidad gubernamental solo duré un año, y creo que fue porque detuve aquello que no se debe detener.

    Leer la historia de los experimentos comunistas es como leer la antología del mismo Infierno, y ni siquiera me tomo la molestia de citar obras. Es rarísimo escuchar loas a Stalin, Mao, Kim Jong-un, Ho Chi Minh, Pol Pot, Castro, Chávez, Maduro, Ortega y demás, cuyas historias yacen en los cementerios de millones de inocentes asesinados bajo sus tiránicos regímenes. Ya nadie se acuerda de los muertos ni de los sufrimientos que tuvieron que soportar antes de ser arrojados como animales en infernales trincheras.

    Y hoy vemos un organismo que llaman Naciones Unidas, que agrupa mucha más desunión que unión: un organismo que a diario condena a Israel, cuando rarísima vez señala a países de líderes como los ya mencionados. Dejemos que los muertos sepulten a los vivos: ¡extraordinaria incongruencia! Los muertos yacen a nuestros pies y aún somos incapaces de escuchar sus lamentos. ¿Cómo podemos decir que somos morales y hacernos ciegos ante semejantes atrocidades?

    A tal grado hemos torcido la realidad que ya condenamos la libertad y exaltamos su defunción en manos de un socialismo que es la antesala de vuelta al comunismo. A personajes como Bernie Sanders, quien se acercó a la presidencia de los EE. UU., se le ha escuchado decir cosas como: «No creo que sea importante que discutamos acerca de la ideología socialista.» Habría que preguntarles a los aproximadamente cien millones de víctimas que claman desde sus lúgubres entierros si piensan lo mismo.

    ¿Cómo explicar la magia de gobernantes venezolanos que convierten al país más rico de América Latina en el más pobre y, no contentos con ello, lo celebran? Venezuela sufría para el momento en que escribí originalmente este artículo, una inflación de 9.000% (cifra que, para el cierre de 2018, terminaría superando el 130.000% según el Banco Central, y el millón por ciento según el FMI)., pero los pobres que lo padecían no lo entendían. Dudo que lo entendiera Maduro.

    Pongamos atención a personas como Lawrence I. McQuillan, quien nos advierte: «Un gobierno lo suficientemente poderoso para darte todo lo que quieres es lo suficientemente poderoso para quitarte todo lo que tienes.»

    PS: este artículo fue originalmente escrito en 2018. Como apreciará el lector, poco ha cambiado desde entonces.

  • En la Política Resucita el Primitivismo Selvático

    En la Política Resucita el Primitivismo Selvático

    En su origen, la palabra “política” tuvo el sentido de perseguir nobles objetivos a través de los cuales los ciudadanos podían organizar sus vidas en comunidad de manera segura y productiva. Pero, como suele suceder en asuntos del poder, lo que en principio tuvo nobleza se corrompió, tomando el sentido de engaños y beneficios políticos. Hoy día el vocablo “política” o “político” ha tomado un sentido peyorativo y ello no es casual sino causal. En sentido maquiavélico, la política se convirtió en la estratagema para acceder y mantener el poder. En Panamá vivimos el desboque burrocrático en la manipulación de los medios noticiosos en dónde muchos se caracterizan por una retórica de calabaza vacía.

    La política de arrabal que hoy vivimos se nutre de la pobreza e ignorancia que sembraron las élites del Intramuros del Casco Viejo.

    En tal ambiento la lógica sucumbe, igual que el debate técnico, el científico y social; tanto en lo económico como en lo ético y todo queda subordinado a las chuecas agendas partidistas. Así, la comparsa que logró entrar al Palacio de las Garzas prioriza su permanencia y en ello las necesidades de la población van perdiendo prioridad. Peor es que un presidente honesto es igual que una manzana sana en un cesto de podridas.

    En ese muladar se extravían la justicia y la ética, como también el cálculo económico; ese que sólo existe en libre mercado, dado que los gobernantes carecen los incentivos del ahorro ya que el dinero que usan o mal usan lo arrebatan en impuestos desbocados. Peor aún es que todo ello corrompe el emprendimiento y a los emprendedores; ya que quienes no se aparean con los demonios se van al fracaso.

    Más tenebroso es que en semejante patología lo torcido se vuelve “normal”, realidad pintada en el decir: “robó, pero le dio al pueblo”.

    Más horrible aún es ver a los asaltantes del poder valerse del inmenso pecado de la envidia, del cual se aprovechan para abanicar y vilipendiar al capitalista, al empresario, a la propiedad; al rico y tal; lo cual lo deja a uno pensando que lo único que tiene valor es ser pobre, sin capital, sin empresas, sin propiedades y sin dinero, tal como ha ocurrido por todo nuestro hemisferio.

    Hoy, se confunden las palabras “gobierno” y “Estado” escribiendo “Estado” con “E” mayúscula; engaño para hacer ver que el gobierno es el estado; es decir, el pueblo. Sí, como no… hay que ser más que ingenuo para creer que nuestros gobiernos representan los verdaderos y buenos intereses del pueblo. Y más tenebroso aún es que el adoctrinamiento y el engaño han sido tan buenos que el pueblo ni siquiera conoce lo que les conviene.

    Vivimos en la letrina del engaño; cinismo que nos lleva a la fragmentación del verdadero estado, que somos todos; mientras que los gobiernos son los organismos a quien el pueblo delega su seguridad y su economía. En ese engaño deberíamos ver la bestia agazapada en los matorrales esperando para su ataque.

    Así, la población queda fracturada y, como reza el dicho, “divide y vencerás”; o, tal vez lo que dice es “divide y robarás”. El verdadero y auténtico gobierno está llamado a enfocarse en la seguridad y la libertad de sus representados; la población. Imagínense que hasta nuestra horrible Constitución comunista comienza señalando eso en su Preámbulo.

    El buen gobierno, la productiva gobernanza se basa en sana economía; y, la palabra “economía” lo dice todo… “economizar” y no dilapidar y robar.

  • Bitcoin como coartada: cuando el Estado ensucia la moneda de los libres

    Bitcoin como coartada: cuando el Estado ensucia la moneda de los libres


    Hay momentos que duelen de una manera particular. Es el dolor de ver algo que amaste, algo que construiste con convicción filosófica y esfuerzo técnico, convertido en el argumento de quien representa exactamente lo que quisiste combatir. Esto es lo que ocurrió esta semana en Argentina, con Bitcoin, cuando el estado ensucia gratuitamente.

    El jefe de Gabinete Manuel Adorni formalizó su declaración jurada patrimonial de 2025 junto a un conjunto de rectificaciones que alteran de forma notable los números de sus finanzas familiares informados desde 2020, en el marco de expedientes que tramitan en Comodoro Py por presunto enriquecimiento ilícito y negociaciones incompatibles con el ejercicio de la función pública. El núcleo de su defensa, el escudo elegido, fue Bitcoin.

    El componente más relevante del patrimonio rectificado son los 513.000 dólares vinculados a inversiones en Bitcoin. Según la reconstrucción oficial, Adorni y su esposa operaron entre 2013 y 2018 mediante ocho billeteras virtuales, con una inversión inicial de alrededor de 200.000 dólares.

    La frase que lo resume todo, pronunciada con una tranquilidad desconcertante ante las cámaras: «Ahorramos en negro, como todos los argentinos.»

    Deténganse un momento en esa oración. Un funcionario público, jefe de Gabinete de una nación, investigado judicialmente, justifica activos no declarados invocando la conducta de evasión generalizada de sus conciudadanos como argumento moral. Y para blindar esa justificación, invoca Bitcoin.


    Lo que Bitcoin fue, y lo que este hombre pretende que sea

    Quienes estuvimos cerca del movimiento cypherpunk en sus años formativos sabemos con precisión quirúrgica para qué fue diseñado Bitcoin. No fue diseñado para que un ministro con mansión en country esquive una causa penal. Fue diseñado para que los individuos, personas comunes, activistas, disidentes, trabajadores sin acceso al sistema bancario, pudieran conservar y transferir valor fuera del alcance del Estado y de sus estructuras de coerción.

    El manifiesto cypherpunk de Eric Hughes de 1993 era explícito: la privacidad es necesaria para una sociedad abierta. Pero la privacidad no es secrecía. La privacidad es el poder del individuo de revelar selectivamente lo que es de él. Lo que Adorni llama «privacidad» es otra cosa: es la ocultación de un funcionario público, servidor del Estado, pagado con fondos expropiados de sus conciudadanos, respecto de los bienes que acumuló en el ejercicio de ese poder.

    Satoshi Nakamoto no construyó una blockchain para que los burócratas guardaran su botín. Construyó una cadena de bloques precisamente para hacer visible, inmutable y auditable cada transacción. El libro contable abierto de Bitcoin, esa transparencia radical, es la antítesis de lo que Adorni pretende representar con su relato. Él no usó Bitcoin como herramienta de soberanía individual. Lo usó como pantalla.


    El daño concreto al movimiento voluntarista

    Existe una narrativa que los enemigos de Bitcoin han intentado instalar durante quince años: que la criptomoneda es el instrumento predilecto de criminales, evasores y corruptos. Durante años, la comunidad cripto, con datos, con argumentos, con paciencia, rebatió esa calumnia. Los estudios de Chainalysis, los análisis de Elliptic, la evidencia empírica: las actividades ilícitas en Bitcoin representan una fracción marginal frente al volumen del sistema financiero tradicional. El dólar en efectivo ha financiado más corrupción que todos los satoshis juntos.

    Pero los argumentos técnicos necesitan contexto cultural para aterrizar. Y el contexto que Adorni está instalando es devastador: en la Argentina de 2026, Bitcoin aparece en los titulares nacionales no como herramienta de emancipación financiera, sino como la coartada de un funcionario investigado por enriquecimiento ilícito.

    Según la denuncia que impulsó la causa, el patrimonio de Adorni habría experimentado un incremento del 500% en un único período fiscal, con omisión de activos financieros y depósitos en el exterior por sumas superiores a 16 millones de pesos. Un contratista declaró ante la Justicia que el costo de la remodelación de la vivienda del funcionario alcanzó los 245.000 dólares, con pagos realizados en efectivo. La fiscalía detectó movimientos de fondos a través de más de veinte exchanges, entre ellos Binance, Ripio, Lemon y Satoshi Tango, con operaciones de entrada y salida en BTC, ETH y USDT.

    Este es el contexto real. No el de un early adopter visionario que compró en 2013 y guardó sus llaves con disciplina austríaca. El contexto es el de un hombre sobre el que recaen sospechas serias, quien según se comenta en el propio gobierno no puede cuadrar fácilmente sus gastos e ingresos, y que elige Bitcoin como explicación retroactiva en el momento de máxima presión judicial.

    Eso contamina. Eso mancha. No a Bitcoin como protocolo, el protocolo es indiferente a la moral de sus usuarios, sino a la narrativa del ecosistema cripto ante millones de personas que aún están formando su opinión sobre estas tecnologías.


    La perversión ideológica más profunda

    Hay algo todavía más grave que el daño reputacional. Es la perversión ideológica.

    El movimiento libertario, en su rama genuina, no en su versión de marketing electoral, descansa sobre un principio que no admite excepciones: la ética de la no-agresión. El individuo libre no impone su voluntad sobre otros por la fuerza. El Estado, en cambio, es por definición un aparato de coerción: extrae recursos por amenaza, redistribuye por decreto, castiga la disidencia con violencia institucionalizada.

    Bitcoin fue concebido como una respuesta técnica a ese problema. Una moneda que no requiere permiso. Que no puede ser confiscada por decreto. Que devuelve al individuo la soberanía sobre su propio valor.

    Adorni no es un individuo libre operando fuera del Estado. Es el Estado mismo. Es el jefe de Gabinete de un gobierno que administra el monopolio de la violencia legítima sobre cuarenta y cinco millones de personas. Cuando él custodia Bitcoin, no está ejerciendo soberanía individual: está usando los instrumentos del movimiento voluntarista para proteger los frutos del poder coercitivo que él mismo encarna y administra.

    Es la inversión perfecta del propósito original. Es usar la llave de la celda para construir otra celda.


    La trampa de la política y el bitcoin-washing

    Los que llegamos a Bitcoin desde la filosofía y no desde la especulación lo sabemos: la tecnología es neutra, pero la adopción no lo es. Cuando los Estados, los bancos centrales y ahora los funcionarios corruptos abrazan el discurso cripto, no se están convirtiendo. Están capturando el relato.

    En los últimos años hemos visto a gobiernos de todo el espectro ideológico intentar apropiarse de la estética libertaria de Bitcoin para sus propios fines. El bitcoin-washing, usar la moneda como señal de rebeldía mientras se ejerce el poder de siempre, es una forma sofisticada de cooptación.

    Adorni practica una versión especialmente burda de ese juego: usar Bitcoin no como señal ideológica, sino como escudo judicial. No dice «Bitcoin porque soy libre». Dice «Bitcoin porque no pueden probar que no lo tenía.»

    Y lo más hiriente es que tiene parcialmente razón en el plano técnico. La defensa introdujo como argumento central que las operaciones pueden ser verificadas mediante las claves privadas de las billeteras, que permitirían a peritos judiciales reconstruir el histórico on-chain de cada dirección. La trazabilidad de Bitcoin, esa característica diseñada para garantizar transparencia, se convierte en su coartada.


    Lo que la comunidad cripto debería hacer

    No silencio. No complicidad entusiasta porque «es bueno para el precio.» No el tibio «no nos metemos en política.»

    La comunidad cripto argentina o latinoamericana, incluso la global, tiene una obligación intelectual y ética: separar con bisturí la adopción genuina de Bitcoin como herramienta de libertad individual, de su uso instrumental por parte de quienes administran el mismo poder coercitivo del que Bitcoin pretende emanciparnos.

    Adorni no es un cypherpunk tardío. No es un early adopter que entendió antes que los demás. Es un funcionario estatal investigado por enriquecimiento ilícito que encontró en la jerga cripto un lenguaje conveniente para una situación judicial incómoda.

    Bitcoin merece mejor compañía.

    Los que creyeron en esto cuando era una rareza técnica sin precio de mercado, cuando la elegancia matemática de la prueba de trabajo era suficiente recompensa intelectual, cuando el protocolo era una respuesta filosófica antes que una clase de activo, esos no construyeron esto para que sirva de cobertura a ningún aparato de poder.

    Lo construyeron exactamente para lo contrario.

  • La Legalidad Como Escudo Contra la Verdad

    La Legalidad Como Escudo Contra la Verdad

    Antes de entrar de lleno al tema implícito en el título, pensé que podría resultar interesante que el mismo es producto de mi larga trayectoria como funcionario público que en dos ocasiones estuve al frente de una institución del gobierno; o quizás de incontables artículos en dónde, a través del tiempo, he intentado descubrir la putrefacción de los gobiernos utilizando la legalidad, y la gobernanza en nuestro querido país… algo así como, “por que te quiero te aporreo”. La diferencia, de lo que hoy les derramo en estas letras, es el producto de un dame que te doy con Chat GPT. Muchos opinan que hay que ponerle bozal a la IA o AI, pero… de ser así, también lo debimos hacer con los autos, aviones y quizá hasta con el fuego, ya que todos estos son mortales. ¡Nop!, la mortalidad no está en el machete sino en el machetero.

    No más para ilustrar y dar derrotero a este tema, les cuento que se enfoca, como ya dije, en la putrefacción gubernamental que nos viene infectando a través de la historia; digamos… desde Pedrarias Dávila cuando no éramos sino la finca privada del rey de España. Pero, la pregunta que formulo es, ¿acaso hemos dejado de ser finca de… de…? ¡ajá!; allí es dónde la puerca tuerce el rabo. Antes era el rey de España… ¿hoy de quien o quienes? Para auscultar el asunto examinemos lo que supone ser el Estado y sus gobiernos y, más aún, la sociedad; ¡por supuesto!, en cortito, pues esto se podría volar en libro gordo.

    Aunque los gobiernos, a través de la historia, tuvieron sus orígenes en la conquista violenta y sanguinaria, en épocas más recientes han intentado evolucionar para convertirse en la viva voz de poblaciones que buscan la manera de vivir en pacífica y productiva sociedad y, ante todo, libertad; al menos en las verdaderas democracias, ya que en el comunismo ello no es posible, como tampoco lo es en las torcidas democracias.

    En Panamá, a través de su historia, los gobiernos más han procurado servirse que servir a quienes los eligieron o… tal vez no fueron electos sino selectos. Pero lo cierto es que la legalidad o la ley ha sido usada como escudo contra la verdad. En una sociedad saludable, la ley supone estar estructurada para favorecer una sana comunidad; sin embargo, esta no es la realidad en nuestro país, en dónde los gobiernos han sido usados como herramienta para esconder la corrupta realidad que imponen los grupos que logran apoderarse del timón de la nación; lo cual queda claro para quienes leen y logran entender nuestra Constitución.

    Entre las entidades gubernamentales no existe coordinación ni propósito unificado, más que aquel que sea la rapiña; en dónde las empresas del gobierno central o de sus satélites supuestamente autónomos son feudos, que igual que las mafias se reparten el botín. Así, nuestra Constitución no pasa de ser un contrato anti social y anti sociedad. Una clase política dedicada a proteger su impunidad a través de falsos mecenazgos.

    El caso de los retenes de tránsito delictivos que comúnmente realizan muchos agentes de la ATTT ilustra no sólo lo señalado sino el grado de corrupción, en donde agentes del orden cometen detenciones delictivas para pescar bajo el manto de la legalidad, la comisión de faltas de tránsito, tal como placas o licencias vencidas, que dan lugar a las coimas. Y esta misma realidad está presente a través de toda la actividad de falsa gobernanza. Y, ¡por supuesto!, que todo ello produce toda clase de comportamientos aberrantes por parte de tantos a quienes les resulta más fácil robar que trabajar y producir.

  • El Alma del Predador Gobernante

    El Alma del Predador Gobernante

    El vocablo “predador” describe a quienes saquean o actúan con rapiña; ya sea para sustento o para ascender en la escalera social y económica de manera ladina. Murray Rothbard en su obra Hombre, Economía, y Estado (1962) desarrolló una teoría económica de libertad, tal como lo hace nuestra Constitución, que luego contradictoriamente, en el mismo párrafo se contradice, abriendo camino para la discrecionalidad de las autoridades, lo cual contraría la misma Constitución. Y para quienes lo dudan, vean el artículo del abogado Carlos Barsallo intitulado “El Nuevo Excepcionalísimo Panameño «.

    Barsallo pregunta: “¿cómo puede un país alcanzar niveles de ingreso alto mientras mantiene percepciones persistentes de corrupción?”. Pero, yo añadiría que son más que percepciones; lo cual toma cuerpo cuando Barsallo cita a James Loxton en el Journal of Democray un artículo intitulado “The Puzzle of Panamanian Excepcionalism” (el rompecabezas del excepcionalísimo panameño). Es decir, que Panamá es berraca ya que a pesar de su corrupción gubernamental endémica, que ha afectado el desarrollo socioeconómico de gran parte de la población, flota por encima de las consecuencias de corruptela; tanto en el ámbito social como en el gubernamental.

    El excepcionalísimo de Panamá, como yo lo veo y coincido con Barsallo, nos llega debido a que nos hemos convertido en un refugio financiero de dólares, pero no porque tengamos una población productiva. Pero el asunto va bastante más allá y tiene raíces históricas y socioeconómicas, entre otras. En cortito, la triste realidad de los panameños es que no somos muy dados al emprendimiento; lo cual tiene raíces coloniales que persisten desde Cristobal Colón, Pedrarias y tal.

    Uno de los comentarios de Barsallo que más me llamó la atención, cuando dice:

    “…somos muy grandes porque engordamos, no porque crecimos… pesamos más por grasa y no por músculo”.

    Pero profundizando más en el asunto debemos ver y entender que difícilmente existe mejor herramienta para oprimir y controlar a una sociedad que un gobierno prostituido; que, por un lado, mantiene a los rabiprietos aplastados, y se alía con algunos empresaurios para cometer sus fechorías.

    Que en Panamá tenemos menos impuestos. ¡Que lindo!; ¿y acaso el Canal y todas las empresas gubernamentales metidas en actividades propias del mercado no son una forma de impuesto? Impuesto que no sólo sirve para el pillaje, sino que destruye la cultura de emprendimiento, lo cual aflora, como suelo señalar, en el “no a la privatización” que debemos traducir a “sí al pillaje gubernamental”. Y más aún, que las empresas estatales, a diferencia de las privadas, si dan mal servicio, no pagan las consecuencias. Es un intervencionismo coercitivo que si lo ven, lo pasan de alto. El caso del MEDUCA o NODUCA como le llamo yo, es buen ejemplo; pues no educa y tampoco deja educar.

    Curioso que ya en los EE.UU. el gobierno de Trump cerró el ministerio o como le llamen, de educación federal; y mutó en un programa que impulsa el derecho de la familia a escoger dónde educan a sus hijos. Y, en ello, están surgiendo las escuelas chárteres, que son estatales pero administradas privadamente. Pero también está aumentando rápidamente los programas que dan a la familia los fondos para que estas elijan dónde educar a sus vástagos. Ahora cada estado maneja por cuenta propia el tema educación.

    Y, otro aspecto que pocos ven es que cuando los gobiernos del estado se meten a ser empresaurios, destruyen algo vitalísimo… ‘el cálculo económico’; sin lo cual una empresa privada no puede subsistir. La privada que no entrega cantidad y calidad no subsiste; pero las empresas gubernamentales, tal como NODUCA, siguen campantes y rampantes fabricando pobreza; violando el precepto constitucional vertido en el artículo 49 que garantiza resarcimiento por daños ocasionados. ¡Inmensa burla!

  • El poder corrompe, necesitamos descentralizar

    El poder corrompe, necesitamos descentralizar

    En un artículo del Instituto von Mises, Ryan McMaken, editor jefe del Instituto, inicia señalando que en asunto de gobierno “¿Quién vigila al vigilador?” ¡Buena pregunta esa! Y es que siempre escuché decir que para gobernar, el gobierno requiere tener el monopolio del poder coercitivo, ya que este poder es necesario para proteger a la población en contra de los facinerosos. El problemita es que el poder corrompe y si es absoluto entonces corrompe de manera absoluta; y he aquí el mal que nos corroe en nuestra hermosa Panamá. Nuestra corrupción está tan arraigada, desde la misma Constitución, que es iluso pensar que con un presidente honesto vamos a salir del lodazal de la corrupción.

    La otra realidad es que para jugar el partido de buen Estado se requiere una ‘buena constitución’ que esté basada en una sana declaración de principios o derechos humanos y… nuevamente, los panameños no tenemos ni una ni la otra, sino todo lo contrario, como decía Tres Patines. Nuestra Constitución, a modo de declaración de principios, tiene un “preámbulo”, que según el diccionario es el “exordio, prefacio, aquello que se dice antes; es aprobar, mandar, pedir y tal. Pero… ¡viera el lector las discusiones que he tenido con abogados y juristas que dicen que el Preámbulo de nuestra Constitución no forma parte de la misma, sino que es mera pollera; es decir, el guirindajo que cuelga al margen de la falda.

    Entonces, a partir de lo dicho en el párrafo anterior, los panameños estamos “jodidos”; ya que, sin reglas buenas y claras los maleantes de turno hacen lo que les viene en ganas y, a menudo han sido ganas putrefactas. Luego, encima de todo ello, la naturaleza humana es tal que quienes tienen un poder exagerado y desbocado lo como un Chávez, un Maduro un Castro y tal.

    Desde lo señalado y si no estoy MFT, allí sólo comienzan nuestros problemas; ya que nuestros males de gobierno y gobernanza los traemos desde Cristobal o antes. Por ejemplo, en épocas de criminal Pedrarias, la “constitución” era una carta manuscrita del Rey, que le indicaba a su lacayo como debía administrar su finca privada; lo cual me lleva a preguntar… ¿algo ha cambiado desde entonces? Y, si dices que sí… ¿Cuánto?

    Lo que les aseguro es que lo que asegura la actual dizque Constitución panameña es el desorden. ¿O es que no lo ven todos los días en las calles?; que es dónde debía estar a la vista hasta del más lerdo. Pero lo grueso de chicheme de la corrupción, desgraciadamente no la ve Tío Pueblo ni los que supuestamente están más alto en las ramas del guarumo estatal. Por ejemplo, lo que se birlaron en la construcción del Metro, de MiBus y de casi todas las obras que han hecho los desgobiernos que nos han infectado. Y lo digo con conocimiento de causa, pues a mi empresa la quebraron; pues nos cancelaron los contratos ganados en licitaciones internacionales porque no pagábamos las coimas.

    Quienes creen que en Panamá hay democracia andan como meracho en Sarigua. Y si creen que la democracia, tal como la conocemos hoy día es la mejor forma de gobierno, también. Y, sólo a manera de ilustración del problema les cuento que en EE.UU. los costos de cumplimientos normativos en la construcción de una casa nueva andan por los $94,000. Y ya Trump ha dado órdenes de ver cómo reducen esos costos absurdos.

    Lo triste es que en Panamá no vemos ni entendemos que los gobernantes corruptos se han dedicado a mantener a la población sumida en la ignorancia porque así los zorros del gallinero se dan banquetes de gallinas y posturas.

  • Por qué Persisten los tranques en Panamá?

    Los tranques viales en Panamá persisten por diseño y corrupción. En su momento tuve la oportunidad de presidir el Comité Intergremial de Tránsito y Transporte de la APEDE y luego la de publicar internacionalmente un ensayo intitulado “Qué Funciona para Cambiar el Comportamiento Vial?; ensayo que a más de 15 años me siguen llegando referencias internacionales sobre el mismo y que explica en buena parte la pregunta inicial.

    Los factores o elementos que entran en juego son muchos y variados, pero no tenemos que irnos tan profundo para tener una idea sobre las razones del problema; el cual, no estaría muy equivocado al decir que ha sido por diseño o desgreño. Veamos al menos cuatro elementos claves del problema:

    1. El diseño de la ciudad y sus vías;
    2. La administración y comportamiento de la Autoridad de Tránsito y Transporte Terrestre (ATTT) que, supuestamente, debe administrar las normas que rigen el comportamiento;
    3. la cultura de desorden que hemos sembrado, que va ligada a la corrupción de la ATTT.

    DISEÑO: En una de las reuniones de la comisión de la APEDE una participante se tomó el trabajo de hacer un estudio, sufragado por cuenta propia, en el cual se mostraban todas las incongruencias de los perfiles viales que eran de fácil adecuación pero que por razones que sólo podemos catalogar como desidia o tal, jamás se hicieron. De muestra estaba lo fácil y poco costoso de efectuar más uniones entre la Vía Porras y la Brasil.

    Años más tarde me tocó hacerle sugerencias a la exdirectora de la ATT,  de vías que podían ser de gran ayuda para descongestionar el norte de la Capital; consistente en una vía desde las casetas de Peaje del Corredor Norte sin pasar por la estación metro de San Isidro; y como estas ¿cuántas no habrá?.

    Más aún, a mucho menor costo de lo que fue el Metro, un verdadero metrobus, que incorporara rediseños viales rápidos. Pero, todo indica que en la construcción del Metro las prioridades estaban trastocadas; como se observa con el engaño de llamar “metrobus” a MiBus; el cual no es un metro bus o BRT (bus rapid transit – tránsito rápido por bus).

    Cultura de Desorden: La ATTT: Esta institución es totalmente corrupta e incapaz de cumplir con la misión encargada. Todos en Panamá saben y comentan que los agentes de policía se dedican a estafar a los conductores (coima), lo cual tiene fácil solución; y el hecho de que no se haga lo dice todo. Como también lo dice la cultura de manejo desordenado que existe y, el que los patrullas no circulen por falta de presupuesto para combustible. Y es que la única manera de administrar el comportamiento vial es patrullando y por eso se les conoce como “autos patrulla”. Sólo hay que ver el orden vial que había en la antigua Zona del Canal, que incluía a los diablos rojos.

    Hoy, al redactar este escrito de opinión, al abrir mis archivos del Comité Intergremial de Tránsito y Transporte de la APEDE, me encontré con un mar de estudios que constatan lo que he descrito: Evaluación a priori del TransMovil; Apertura del Sistema de Transporte Público en Panamá; la Guía de Planificación para el BRT y mucho más, en dónde queda muy claro que el desorden vial de hoy es por diseño y corrupción; a lo cual concluyo con el caso personal.

    Hace unos años me citaron por colisión y fuga, y cuando vi la citación la placa de vehículo que colisionó fue la de mi yate con remolque de 30 pies. Mi abogado me dijo: “te atiendo el caso pero te advierto te van a condenar porque los jueces de la ATTT los coimean». Así fue. Un día me llamó la directora de la ATTT para pedirme le preparara un plan de educación vial y aproveché para contarle. Me dijo que despediría a los jueces corruptos… la despidieron a ella. En apelación volvieron a condenarme. Consulté a mi vecino que presidía la CSJ y me contestó: “My Name is Panama”. Finalmente, me llamó una chica de la empresa de seguro para cobrarme los daños y le dije que siendo yo columnista de La Prensa y de la Estrella los iba a denunciar y esta me respondió: “Hay señor, soy nueva aquí y desconocía su caso…” ¡Jamás me volvieron a llamar!