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  • Destruir la economía y salvarla: la paradoja de la confianza en tiempos de incertidumbre

    Destruir la economía y salvarla: la paradoja de la confianza en tiempos de incertidumbre


    En su artículo “Destruir la economía y salvarla”, Guy Sorman propone una lectura provocadora del momento económico global, marcada por tensiones geopolíticas, políticas proteccionistas y una creciente incertidumbre. Lejos de limitarse a una crítica coyuntural, el autor plantea una tesis más profunda: la economía no se sostiene únicamente en indicadores o políticas, sino en un elemento intangible pero decisivo, la confianza.

    Sorman sitúa el origen del deterioro económico reciente en decisiones políticas que alteran el funcionamiento del sistema global, como la imposición de aranceles variables o la instrumentalización de conflictos internacionales. Estas acciones, lejos de ser simples medidas económicas, erosionan la previsibilidad del sistema. Y es precisamente esa previsibilidad (la capacidad de anticipar reglas estables) lo que permite a los agentes económicos tomar decisiones de inversión, producción y consumo.

    El autor recuerda que el capitalismo nació sobre redes de confianza, inicialmente familiares, en las que la palabra y la reputación eran suficientes para sostener acuerdos comerciales. Aunque el sistema se ha sofisticado con instituciones, contratos y mercados financieros, su fundamento sigue siendo el mismo: la creencia compartida en que las reglas no cambiarán arbitrariamente.

    Desde esta perspectiva, el problema central no es tanto la guerra, los aranceles o las crisis energéticas en sí, sino el efecto acumulativo de estas decisiones sobre la credibilidad del sistema. Cuando los actores económicos perciben que las políticas responden más a impulsos políticos que a principios estables, la confianza se resquebraja. Y con ella, el motor mismo del crecimiento.

    Uno de los puntos más interesantes del texto es la advertencia sobre el papel del dólar y de Estados Unidos como ancla del sistema global. Sorman sugiere que el verdadero riesgo no reside en medidas concretas, sino en la pérdida de fe en esa referencia central. Si el dólar deja de percibirse como un valor seguro, las consecuencias pueden ser profundas y duraderas, alterando el equilibrio financiero internacional.

    Sin embargo, el autor no cae en un pesimismo absoluto. La “salvación” de la economía, según su planteamiento, pasa precisamente por restaurar esa confianza perdida. Esto implica volver a principios básicos: estabilidad normativa, coherencia en las políticas y respeto por las reglas del juego económico. En cierto modo, Sorman reivindica una visión clásica del liberalismo económico, donde la intervención política debe ser limitada y predecible.

    El artículo citado también puede leerse como una crítica indirecta a la creciente politización de la economía global. En un mundo interdependiente, las decisiones unilaterales tienen efectos sistémicos, y la tentación de utilizar la economía como herramienta de poder geopolítico puede resultar contraproducente. La economía, parece decir Sorman, no es un arma sin consecuencias: es un ecosistema delicado basado en expectativas compartidas.

    “Destruir la economía y salvarla” no es solo un diagnóstico de la coyuntura actual, sino una reflexión sobre la naturaleza misma del sistema económico. Su mensaje es claro: se puede destruir la economía rápidamente, erosionando la confianza, pero reconstruirla exige tiempo, coherencia y credibilidad. En un contexto de tensiones globales, esta advertencia resulta más pertinente que nunca.

  • Estrecho de Ormuz: la prueba geopolítica de Trump

    Estrecho de Ormuz: la prueba geopolítica de Trump

    A 16 de marzo de 2026, la novedad central no es solo que el Estrecho de Ormuz siga severamente perturbado, sino que la guerra entre Israel, con apoyo militar de EE. UU. bajo Trump, e Irán ha abierto una crisis de hegemonía: Washington puede golpear, pero no logra ordenar una coalición amplia para estabilizar el teatro ni restaurar plenamente la libertad de navegación. Reuters, AP y otros medios coinciden en tres hechos: Irán ha reducido de forma drástica el tráfico por Ormuz; Trump ha pedido ayuda a aliados y socios para reabrirlo; y la respuesta internacional ha sido fría, cautelosa o directamente negativa.

    Lo más importante para entender la crisis del Estrecho de Ormuz hoy es que no está “herméticamente” cerrado en términos absolutos, pero sí funciona como un chokepoint bajo coerción iraní. Hay paso selectivo y altamente riesgoso: un petrolero pakistaní logró cruzar, e India e Irán negocian tránsito seguro para algunos buques, mientras Washington admite que por ahora tolera el paso de ciertos barcos iraníes, indios y chinos para evitar un shock energético aún mayor. Eso sugiere que Teherán no ha impuesto un bloqueo clásico total, sino una interdicción política y militar selectiva, suficiente para hundir el tráfico, disparar primas de riesgo y demostrar capacidad de veto.

    En el plano estratégico, Trump pidió apoyo internacional y no lo consiguió en la escala que buscaba. España descartó participar en operaciones militares en Ormuz; Grecia dijo que no irá más allá de la misión Aspides en el Mar Rojo; Alemania, Italia y otros aliados europeos han rechazado enviar fuerzas navales para una operación ofensiva o de imposición liderada por EE. UU.; Japón dijo que no planea por ahora una misión de escolta; y Australia tampoco prevé mandar buques de guerra. El Reino Unido es el caso intermedio: rechaza verse arrastrado a una guerra más amplia, pero estudia fórmulas limitadas de apoyo a la reapertura del paso, sin comprometerse a una participación ofensiva clásica.

    El problema de Trump no es solo militar, sino de legitimidad estratégica. La campaña ha probado que EE. UU. e Israel pueden degradar activos iraníes, pero no que puedan traducir esa superioridad cinética en un nuevo orden regional estable. Israel ya habla de al menos tres semanas más de guerra; Irán sigue golpeando por vías asimétricas; el tráfico energético global continúa dañado; y los aliados no quieren firmar un cheque en blanco para una guerra cuyo objetivo oscila entre castigo, disuasión, contención nuclear y eventual cambio de régimen.

    El mercado ya está votando con miedo. Brent rondó los 101-102 dólares tras haber superado el umbral psicológico de 100, mientras la IEA activó una liberación extraordinaria de 400 millones de barriles y mantiene más de 1.400 millones en reservas de emergencia. Aun así, la propia Reuters subraya que las herramientas para absorber el shock se están agotando rápido. La interrupción en Ormuz afecta alrededor del 20% del petróleo y del gas licuado transportados por mar, y ha obligado a recortes severos de producción en Emiratos y otras plazas regionales.

    La crisis del Estrecho de Ormuz ha expuesto que Trump no puede destruir el multilateralismo un día y reclamarlo al siguiente sin pagar un precio. Pero la formulación más sólida no es que ya haya “derrota” estadounidense en sentido total, sino que existe una brecha cada vez mayor entre la capacidad de infligir daño y la capacidad de construir coalición, legitimidad y orden. Y en geopolítica, esa brecha acaba siendo decisiva: una potencia puede ganar ataques y perder posición. Hoy, en Ormuz, ese es exactamente el riesgo de Washington.

  • No, no fue por un dólar

    No, no fue por un dólar


    Donald Trump tiene una habilidad poco común: tomar un hecho histórico complejo, reducirlo a una imagen simple y repetirla hasta que se convierta en verdad popular. Su versión del Canal de Panamá es un ejemplo perfecto de esa técnica. «Jimmy Carter lo regaló por un dólar», ha dicho en incontables ocasiones, en entrevistas con Tucker Carlson, en Truth Social, en discursos de campaña. La frase es memorable, evocadora y, en su literalidad, falsa. Pero como toda buena simplificación populista, contiene suficientes capas de verdad parcial como para que desmontar la resulte incómodo para todos los bandos.

    ¿De dónde viene el «un dólar»?

    Antes de cualquier análisis histórico, vale la pena responder la pregunta más básica: ¿existió ese dólar? ¿O es pura invención retórica?

    La respuesta es matizada. Los Tratados Torrijos-Carter de 1977 no establecen ningún pago de un dólar de Panamá a Estados Unidos. No hay transacción de compraventa en ninguno de los dos documentos. El canal no se vendió, se transfirió soberanía sobre él mediante un acuerdo diplomático. Lo que sí existió fue una práctica protocolar habitual en el derecho internacional: cuando se transfieren activos entre Estados mediante tratado, a veces se incluye un pago simbólico de un dólar para darle forma jurídica de transacción al acuerdo. Es una figura legal, no una valoración económica.

    Lo irónico es que la realidad fue, si se quiere, más onerosa para Estados Unidos que el dólar simbólico. Como documentan los registros del Departamento de Estado, el acuerdo incluyó compromisos de préstamos, créditos garantizados y asistencia militar a Panamá por aproximadamente 345 millones de dólares para facilitar la transición. Es decir: no solo Estados Unidos no cobró, contribuyó financieramente a que Panama pudiera asumir la operación. Trump, en todo caso, debería estar más enojado por eso que por el dólar que nunca existió formalmente.

    El origen del problema: 1903

    Para entender por qué en 1977 se llegó a negociar la devolución del canal, hay que retroceder al 18 de noviembre de 1903 y al Tratado Hay-Bunau-Varilla. Ese documento fundacional tiene un detalle que lo resume todo: fue firmado por un ciudadano francés, Philippe-Jean Bunau-Varilla, ingeniero y accionista de la compañía que había fracasado en construir el canal, en representación de Panamá. La delegación panameña viajaba hacia Washington cuando se cerró el acuerdo. Llegó dos horas tarde. El tratado ya estaba firmado.

    Los términos que negoció ese francés sin mandato real, una franja de diez millas de ancho bajo control estadounidense «como si fuera soberano», a cambio de 10 millones de dólares y una renta anual, generaron décadas de resentimiento que ningún análisis honesto puede ignorar. La Zona del Canal funcionó durante 75 años como un enclave colonial que literalmente dividía el territorio de un país soberano, con sistema de segregación racial incluido, administrado desde Washington.

    El punto de no retorno fue el 9 de enero de 1964, cuando estudiantes panameños intentaron izar la bandera panameña junto a la estadounidense en la Zona del Canal. Los disturbios dejaron más de 20 panameños muertos y cerca de 500 heridos. Ese día, hoy feriado nacional en Panamá, el Día de los Mártires, cambió la ecuación política para siempre.

    Carter, Torrijos y la negociación

    Los Tratados Torrijos-Carter no fueron un capricho idealista de un presidente demócrata, fueron la respuesta pragmática a una situación geopolíticamente insostenible. El propio Henry Kissinger, difícilmente sospechoso de sentimentalismo tercermundista, advirtió al presidente Ford en 1975 que mantener el control del canal «parece puro colonialismo» y que el fracaso en negociar alimentaría los movimientos antiestadounidenses en toda América Latina en plena Guerra Fría.

    Los tratados, firmados el 7 de septiembre de 1977, eran en realidad dos documentos distintos y complementarios. El primero establecía la transferencia gradual del control operativo del canal a Panamá, completada el 31 de diciembre de 1999. El segundo, el Tratado de Neutralidad Permanente, es el que Trump sistemáticamente omite mencionar: garantizaba que el canal permanecería abierto a todos los países en igualdad de condiciones, y otorgaba a Estados Unidos el derecho permanente de defenderlo militarmente ante cualquier amenaza a su neutralidad.

    No fue una rendición; en realidad fue una retirada estratégica con garantías. La ratificación en el Senado fue una batalla política épica que Carter ganó por un solo voto sobre el mínimo requerido: 68 contra 32. Uno de los mayores defensores republicanos de los tratados fue John Wayne, amigo personal de Torrijos.

    El canal hoy: lo que Trump no cuenta

    Aquí es donde la narrativa de Trump no solo es históricamente imprecisa, sino que es económicamente contradictoria con la realidad observable.

    Desde la transferencia completa en 1999, la Autoridad del Canal de Panamá ha operado el canal con una eficiencia que ningún análisis serio cuestiona. En 2016, Panamá completó una expansión de 5.25 billones de dólares que duplicó la capacidad del canal, permitiendo el paso de los llamados buques Neopanamax, los portacontenedores más grandes del mundo, que antes debían rodear el continente. Esa inversión fue íntegramente panameña, sin participación de capital estadounidense.

    Los resultados financieros son contundentes. En el año fiscal 2023, el canal generó ingresos por casi 5.000 millones de dólares, un incremento del 14,9% respecto al año anterior, incluso con niveles de tránsito reducidos por una sequía severa. En 2024, a pesar de que los tránsitos de buques de gran calado cayeron un 21% por la continuidad de las restricciones hídricas, los ingresos totales se mantuvieron en 4.990 millones de dólares, por encima del presupuesto proyectado, con costos operativos reducidos en un 5%. El ingreso neto creció 300 millones respecto al ejercicio anterior. Esos números representan aproximadamente el 4% del PIB de Panamá.

    En cuanto al argumento de que «China controla el canal»: es falso en términos operativos. La empresa hongkonesa CK Hutchison Holdings opera puertos en los accesos al canal mediante concesiones comerciales negociadas. La operación diaria del canal la ejerce exclusivamente la Autoridad del Canal de Panamá. El presidente panameño José Raúl Mulino lo dijo con una claridad que no admite ambigüedades: el canal es panameño y no hay nada que negociar.

    El dólar como herramienta populista

    Volvamos al dólar. ¿Por qué Trump insiste con esa imagen específica hoy, más de 25 años después de la transferencia?

    La respuesta raramente está en la historia, está en la política doméstica. Trump necesita narrativas de agravio externo: Panamá, Groenlandia, el Golfo de México rebautizado. Son distracciones funcionales que mantienen a su base movilizada con un enemigo concreto y permiten presentar cualquier conflicto internacional como la corrección de una injusticia histórica. El «un dólar» es perfecto para ese propósito: es simple, es ultrajante, es memorizable y es suficientemente antiguo como para que nadie recuerde bien los detalles.

    El problema es que los detalles importan. Estados Unidos no «regaló» el canal, administró durante 75 años una franja colonial en territorio ajeno, luego negoció una salida ordenada con garantías permanentes de acceso y defensa, y hoy se beneficia de un canal operado con niveles de eficiencia e inversión que difícilmente hubiera sostenido por cuenta propia.

    La pregunta relevante hoy es si la retórica revisionista de Trump sobre el canal responde a un interés estratégico genuino de Estados Unidos o simplemente a la misma lógica que siempre ha movido al populismo: necesitar un enemigo exterior cuando los problemas interiores se acumulan.

    La historia del Canal de Panamá no es la historia de una traición americana ni la historia de una victoria anticolonial pura. Es una historia larga, complicada y cargada de errores, intereses y pragmatismo de todos los actores involucrados.

    Lo que sí es claro es esto: el canal funciona. Genera casi 5.000 millones de dólares anuales. Mueve el 5% del comercio marítimo mundial. Fue ampliado y modernizado con capital panameño. Y opera bajo un tratado que garantiza a Estados Unidos acceso y derecho de defensa permanente.

    No fue por un dólar. Tampoco fue una traición. Fue el final inevitable de un arreglo colonial que había durado demasiado; negociado, imperfectamente pero funcionalmente, por adultos que entendían que el mundo había cambiado desde 1903.

    La nostalgia imperial es comprensible. La política exterior basada en ella es otra cosa..

  • Milei, el libertario más influyente… que no dijo nada

    Javier Milei se ha autoproclamado líder mundial, faro de la libertad y el libertario más influyente de la historia. Palabras grandilocuentes, cargadas de épica, que sin embargo contrastan de manera brutal con su silencio actual ante uno de los problemas más graves del escenario económico global: el regreso del proteccionismo y la reactivación de una guerra comercial liderada por Donald Trump.

    Estados Unidos arrastra una deuda pública que ya supera los 34 billones de dólares. El desbalance fiscal es estructural y creciente, y la política económica se ve cada vez más condicionada por el peso de los intereses de esa deuda. En este contexto, el discurso nacionalista y proteccionista vuelve a ganar espacio. Trump ha retomado la agenda arancelaria, proponiendo medidas que restringen el comercio internacional, con el argumento de proteger empleos americanos y reforzar la soberanía económica.

    Lejos de ser una política inocua, esta estrategia tiene efectos profundamente negativos para el resto del mundo: encarece los bienes, distorsiona los flujos comerciales, reduce el crecimiento global y pone en riesgo décadas de apertura económica que, con sus imperfecciones, han sacado a millones de personas de la pobreza.

    Aquí es donde Milei, el autodeclarado cruzado del capitalismo y defensor del libre mercado, debería levantar la voz. Este sería el momento ideal para ejercer ese liderazgo del que tanto habla, para plantarse en defensa de los principios que dice representar. ¿Quién mejor que él, con llegada mediática internacional, para señalar los peligros de los aranceles, para advertir sobre los costos de aislar economías y cerrar fronteras comerciales?

    Y sin embargo, el silencio es absoluto. No hay declaraciones, no hay discursos, no hay posicionamiento. Lo único que se ve es a Milei encerrado en Twitter, replicando memes, atacando a periodistas y celebrando su propio ego. ¿Dónde está la voz libertaria que debía resonar cuando el mundo la necesitaba?

    Este contraste no es menor. Deja en evidencia una realidad incómoda: Milei no está comprometido con los ideales liberales, sino con una estética del liberalismo puesta al servicio de su construcción personal. Lo suyo no es un proyecto de ideas, sino un ejercicio performático. Y cuando las circunstancias exigen coherencia, Milei opta por callar.

    El verdadero liderazgo no se mide por los títulos que uno se adjudica, ni por premios de dudosa raigambre, sino por la capacidad de sostener principios incluso cuando resultan incómodos. Hoy, frente a un ataque directo al libre comercio y a las bases del sistema económico global, Milei, el libertario, ha elegido no incomodar a sus aliados, no abrir ningún frente, no arriesgar su capital político. Ha elegido ser funcional al proteccionismo.

    Y así, el supuesto faro de la libertad revela su verdadera condición: un reflector de utilería, que solo se enciende cuando el guion le conviene.

  • Sobre la carta de Lech Walesa a Donald Trump

    La reciente carta de Lech Walesa a Donald Trump representa un llamado a la memoria histórica y a la responsabilidad política. En un tono severo y directo, el exlíder del movimiento Solidaridad, quien desafío al régimen comunista polaco en los años 80, le recuerda al expresidente de EE.UU. la trascendencia del compromiso con la libertad y los valores democráticos. Junto a otros 38 ex presos políticos, Walesa denuncia la actitud de Trump hacia Ucrania y la compara con los abusos que ellos mismos padecieron bajo los regímenes totalitarios.

    El contenido de la misiva refleja una preocupación profunda por el tono y el contenido de la reunión entre Trump y Volodimir Zelenski. Para Walesa y sus firmantes, la exigencia de gratitud por parte de EE.UU. a Ucrania es un insulto a quienes han dado su vida en la lucha contra la agresión rusa. En su visión, la asistencia de Washington no es un favor ni una transacción comercial, sino una obligación moral y política basada en el liderazgo que alguna vez ostentó EE.UU. en la defensa del mundo libre.

    El contraste entre el liderazgo de la Guerra Fría y el de la actualidad es evidente en la carta. Mientras que Ronald Reagan, Margaret Thatcher, Helmut Kohl y Juan Pablo II impulsaron la lucha contra la URSS sin titubeos, la postura de Trump representa una traición a esa herencia. En los años 80, Lech Walesa y otros disidentes veían a EE.UU. como la gran esperanza de los pueblos oprimidos por el comunismo. Hoy, la actitud de Trump hacia Ucrania les recuerda a los interrogatorios de los servicios de seguridad comunistas, donde los prisioneros eran humillados y forzados a ceder.

    Otro punto clave de la carta es la referencia al Memorándum de Budapest de 1994. En dicho acuerdo, EE.UU. y Reino Unido se comprometieron a garantizar la integridad territorial de Ucrania a cambio de la entrega de su arsenal nuclear. Para Walesa y sus compañeros, la retirada del apoyo militar y financiero a Kiev no solo es una falta de compromiso con los valores democráticos, sino también una violación directa de los acuerdos internacionales firmados por EE.UU.

    La misiva es también una advertencia sobre el peligro de que EE.UU. repita los errores del pasado. Como recuerda Walesa, cada vez que Washington ha intentado replegarse de los asuntos mundiales, ha terminado enfrentando amenazas a su propia seguridad. Desde la Primera Guerra Mundial hasta Pearl Harbor, la historia ha demostrado que el aislacionismo no es una estrategia viable para una superpotencia.

    Finalmente, la carta también lanza un dardo a aquellos que, en nombre del nacionalismo o de la conveniencia política, están dispuestos a renunciar a los principios democráticos que les dieron poder. Walesa deja claro que la lucha contra la tiranía y la defensa de la libertad no pueden supeditarse a los intereses económicos o a la política de corto plazo. Es un mensaje que no solo interpela a Trump, sino a toda la comunidad internacional.

    En un mundo donde el autoritarismo resurge y las alianzas democráticas tambalean, la voz de Walesa y los ex presos políticos es un recordatorio de que la libertad no se defiende con tibieza. Pacta sunt servanda: los acuerdos se cumplen, y el liderazgo moral no se negocia.

     

  • 10 Promesas de Trump en cripto: ¿Libertad o Intervención?

    Desde una perspectiva libertaria, las 10 promesas de Trump en relación con las criptomonedas representan una serie de dilemas en cuanto a la promoción de la libertad individual y la no intervención estatal. Analicemos cada una con un enfoque libertario, destacando los pros, los contras y posibles advertencias sobre el impacto en la libertad:

    1. Crear una reserva nacional de Bitcoin
    Pros: Esta medida podría contribuir a la legitimación de Bitcoin al integrarlo en las reservas nacionales, similar al oro, y podría fomentar la independencia del dólar y sujeta menos al control de bancos centrales.
    Contras: Al centralizar Bitcoin en las reservas nacionales, el gobierno puede acumular control sobre el suministro y uso de Bitcoin, contraviniendo la visión descentralizada y libertaria del activo.
    – Advertencia libertaria: Existe el riesgo de que la “reserva nacional” centralice el poder de Bitcoin, permitiendo al gobierno influir en el valor y uso de este activo descentralizado.

    2. Asegurar que «todos los bitcoins» se minen en EE. UU.
    Pros: Fomentar la minería en EE. UU. podría fortalecer la industria nacional, ofreciendo mayor transparencia y regulación amigable dentro de las fronteras.
    Contras: Obligar a que toda la minería se realice en EE. UU. implicaría restringir la libertad empresarial y limitar la capacidad de los individuos de minar donde prefieran.
    Advertencia libertaria: Esta promesa contradice la libertad de comercio y elección de los mineros, además de imponer una intervención innecesaria que podría incluso disminuir la competitividad de EE. UU. en el mercado global.

     3. Convertir a EE. UU. en el centro global de criptomonedas
    – Pros: Transformar a EE. UU. en un centro global puede fomentar la innovación, el crecimiento de la industria y generar un entorno competitivo que atraiga talento.
    – Contras: Alcanzar este objetivo podría requerir incentivos estatales o subsidios, que pueden distorsionar el mercado y desviar recursos de los contribuyentes hacia un sector específico.
    Advertencia libertaria: El mercado libre debería decidir dónde se centra la industria sin la intervención gubernamental; intentar atraer la industria de manera forzada podría crear una dependencia económica.

    4. Detener la presión regulatoria sobre las criptomonedas
    Pros: Reducir la regulación sobre criptomonedas permite un mercado más libre y competitivo, donde los individuos y las empresas innovan sin el obstáculo de leyes restrictivas.
    Contras: Una reducción drástica de las regulaciones podría crear un ambiente propenso a fraudes y abusos en el que los usuarios carezcan de protecciones mínimas en un entorno por demás regulado como el financiero.
    Advertencia libertaria: Si bien la desregulación es positiva, un entorno completamente libre de reglas podría afectar la confianza pública en el sector, sobre todo cuando productos financieros mainstream han acaparado el mundo crypto. Por ejemplo, ETF o productos similares. Debería desregularse el sector financiero por completo.

    5. Despedir a Gary Gensler de la SEC
    Pros: Gensler ha sido una figura polémica que ha impulsado una agenda regulatoria agresiva, y su despido podría abrir espacio para un liderazgo que favorezca la libertad y claridad regulatoria.
    Contras: Despedir a un regulador específico no garantiza un cambio estructural; el problema puede persistir si no hay reformas legislativas de fondo.
    Advertencia libertaria: Sin eliminar las facultades regulatorias de la SEC en su conjunto, este cambio podría resultar simbólico más que efectivo.

    6. Garantizar el derecho a la autocustodia
    – Pros: Este derecho es central en el enfoque libertario, permitiendo a los individuos la soberanía financiera total y protección contra el abuso estatal.
    Contras: Defender este derecho podría enfrentar oposición por parte de quienes actualmente poseen importante control estatal en temas financieros. Si se advierte que es una pelea que demandará mucho esfuerzo, quizás la deje de lado.
    Advertencia libertaria: Garantizar la autocustodia es un paso esencial para proteger la libertad de los individuos, pero podría ser insuficiente sin un marco claro que asegure la inviolabilidad de este derecho. Y la fortaleza política para sostenerla.

    7. Prohibir una CBDC
    – Pros: Las CBDCs pueden usarse para monitorear y controlar las transacciones de los ciudadanos, y su prohibición protege la privacidad y autonomía financiera.
    Contras: Podría limitar las alternativas de pagos digitales; sin embargo, para la libertad individual, el riesgo de vigilancia estatal supera el beneficio de conveniencia.
    Advertencia libertaria: La resistencia a las CBDCs defiende principios libertarios al prevenir el avance de un sistema de vigilancia estatal masiva en el ámbito financiero. Es deseable que tenga la fortaleza política para sostenerla.

    8. Revisar la sentencia de Ross Ulbricht
    Pros: Este caso es simbólico de la resistencia libertaria a las condenas desproporcionadas y al abuso judicial en el ámbito de cripto; reducir su sentencia a cero, o perdonarlo, es un acto de justicia.
    – Contras: Esta medida podría ser vista como interferencia política en decisiones judiciales; sin embargo, la promesa de conmutar su pena busca equilibrar el castigo desmedido.
    – Advertencia libertaria: Es un paso en la dirección correcta para defender la libertad individual y el derecho a un juicio justo en un sistema que muchas veces impone penas excesivas. Aplicaría también a Snowden, Roger Ver y muchos más en la misma situación.

    9. Explorar el pago de la deuda nacional con criptomonedas
    Pros: Esta promesa muestra una apertura a las criptomonedas en la economía real, y podría ser un camino innovador para reducir la deuda.
    – Contras: Si el gobierno adopta cripto en grandes cantidades, puede interferir en el valor de estos activos y limitar el uso de Bitcoin como alternativa descentralizada.
    Advertencia libertaria: Aunque la idea es interesante, los libertarios advierten contra el uso masivo de cripto por el Estado, ya que podría desvirtuar su propósito original como moneda libre de control estatal. Podría afectar la anonimidad

     10. Establecer un consejo asesor de criptomonedas
    – Pros: Un consejo asesor compuesto por expertos puede proporcionar claridad y recomendaciones sin imponer leyes que coarten la libertad del mercado.
    – Contras: La creación de este consejo podría abrir la puerta a futuras regulaciones y potencialmente a una centralización del poder en el ámbito cripto.
    – Advertencia libertaria: un consejo asesor debería tener únicamente un rol consultivo, sin crear un marco que lleve a un control estatal de facto en la industria; en general, sabemos que más tarde que temprano, siempre termina siendo una fuente de regulación. Además, las criptomonedas son para un uso entre personas sin injerencias del poder central.

    Reflexión final
    Si bien algunas de las 10 promesas de Trump parecen alinearse con una visión libertaria de independencia financiera, otras podrían implicar una intervención no deseada en el sector cripto. Como liberales, favorecemos la no intervención estatal en el mercado, por lo que rechazamos la vigilancia activa suave o cualquier intento de control gubernamental sobre el ecosistema cripto. La verdadera libertad económica depende de una separación clara entre el Estado y los mercados, y seguiremos de cerca cómo se implementan estas promesas para garantizar que se respeten los principios de libertad individual y autonomía financiera.

  • ¿Qué pasa si Harris y Trump empatan en el Colegio Electoral?

    En las elecciones presidenciales de Estados Unidos, el sistema del Colegio Electoral, aunque complicado y a menudo criticado, desempeña un papel crucial en la selección del presidente. Este sistema ha sido un pilar del proceso electoral estadounidense desde la fundación del país, y es visto por algunos como un freno al populismo y una forma de garantizar que todos los estados tengan peso en la elección, no solo las áreas más pobladas.

    El funcionamiento del Colegio Electoral

    A diferencia de muchos países donde el presidente se elige directamente por el voto popular, en Estados Unidos el proceso electoral se canaliza a través del Colegio Electoral. Este sistema asigna a cada estado un número de votos electorales basado en su población. Los 538 votos electorales totales se reparten entre los 50 estados y el Distrito de Columbia, de manera que el candidato que logre al menos 270 de estos votos se convierte en presidente.

    Cada estado, excepto Nebraska y Maine, otorga todos sus votos electorales al candidato que gane la mayoría en ese estado, un sistema llamado «winner-takes-all» (el ganador se lleva todo). Así, quien gane en estados altamente poblados como California o Texas obtiene una ventaja significativa, pero cada estado tiene su propio peso relativo en el resultado final. Esto significa que un candidato puede perder el voto popular a nivel nacional, pero aún ganar la presidencia si obtiene suficientes votos electorales, como ha sucedido en varias ocasiones, la más reciente en 2016 con Donald Trump.

    El Colegio Electoral como freno al populismo

    El Colegio Electoral fue diseñado originalmente por los Padres Fundadores como una salvaguarda frente a la posible influencia del populismo o de una concentración excesiva de poder en las regiones más pobladas. El sistema busca equilibrar los intereses de estados pequeños y grandes, asegurando que los candidatos no solo se centren en los estados con mayor población, sino que también presten atención a las preocupaciones de las áreas menos densamente pobladas.

    Esto crea un mapa electoral que da importancia a los «swing states» o estados bisagra, donde el resultado es incierto y puede inclinar la balanza hacia uno u otro candidato. Esta estructura también dificulta que un candidato basado únicamente en el populismo de grandes áreas urbanas pueda arrasar sin considerar los intereses de las áreas rurales o menos pobladas, lo que contribuye a moderar el discurso político.

    ¿Qué ocurre en caso de empate?

    El Colegio Electoral, sin embargo, no está exento de complicaciones. Al estar compuesto por 538 votos (un número par), existe la posibilidad, aunque remota, de que los candidatos empaten a 269 votos cada uno. Si esto sucediera, la Constitución de Estados Unidos prevé un procedimiento para resolver el empate, como se detalla en la Duodécima Enmienda.

    En este escenario, la elección del presidente recaería en la Cámara de Representantes, donde cada delegación estatal —no cada representante individual— tendría un voto. Como hay 50 estados, se necesitarían 26 votos para ganar la presidencia. La distribución actual de las delegaciones estatales en la Cámara de Representantes favorece a los republicanos, que controlan 26 delegaciones frente a las 22 de los demócratas, con dos delegaciones empatadas.

    Por otro lado, el Senado elegiría al vicepresidente, donde cada uno de los 100 senadores tiene un voto. Dado que el Senado actualmente tiene una ligera mayoría demócrata, aunque está sujeto a cambios en las elecciones legislativas que se celebran el mismo día que las presidenciales, existe la posibilidad de que el presidente y el vicepresidente pertenezcan a partidos diferentes si se da un empate en el Colegio Electoral.

    Posibles escenarios de empate en las elecciones de 2024

    En las elecciones de 2024, los candidatos principales, Kamala Harris por el Partido Demócrata y Donald Trump por el Partido Republicano, se enfrentan en una contienda que algunos analistas ven como ajustada. En caso de un empate a 269 votos, la elección del presidente dependería de la Cámara de Representantes. Actualmente, los republicanos tienen ventaja en las delegaciones estatales, lo que daría a Trump una mayor probabilidad de ser elegido presidente en un escenario de empate.

    Sin embargo, para que se produzca un empate, se tendría que dar una combinación de resultados electoralmente muy ajustados. Estados clave como Míchigan, Pensilvania y Wisconsin podrían inclinarse hacia uno u otro candidato, y en el caso de Nebraska y Maine, que reparten sus votos por distritos, el resultado de un solo distrito podría marcar la diferencia.

    Consecuencias de un empate

    Si se produjera un empate y, como resultado, la Cámara de Representantes eligiera a Trump y el Senado a Kamala Harris como vicepresidenta, el país se enfrentaría a un escenario de gobierno dividido. Esto podría llevar a una situación inédita en la historia de Estados Unidos, con un presidente y una vicepresidenta de partidos políticos opuestos, algo que podría complicar la gobernabilidad y aumentar la polarización política.

    Aunque este escenario es improbable, el simple hecho de que sea posible subraya las particularidades del sistema electoral estadounidense. El Colegio Electoral, aunque criticado por algunos como anticuado o injusto, sigue siendo el mecanismo clave para elegir al presidente y garantizar que los intereses de todos los estados, grandes o pequeños, sean tenidos en cuenta.

  • El Presidente de Estados Unidos: Líder Nacional o Presidente del Mundo?

    Guy Sorman, en su artículo «¿Qué presidente del mundo?», ofrece una reflexión sobre la importancia de las elecciones presidenciales en Estados Unidos no solo para los ciudadanos estadounidenses, sino también para el resto del mundo. Sorman subraya que el presidente de Estados Unidos ejerce un poder significativo a nivel global, más allá de sus competencias nacionales, lo que convierte estas elecciones en un asunto de relevancia internacional.

    El autor señala que, aunque el presidente estadounidense está limitado por múltiples contrapoderes internos —como el Congreso, la Justicia, los estados federados y el Ejército— su influencia en política exterior es mucho mayor. Esto se debe a que el presidente tiene un control más directo sobre la diplomacia y las decisiones militares. En momentos de crisis internacional, el presidente es el único que puede tomar decisiones rápidas y unilaterales, lo que destaca su rol como líder del mundo libre.

    Sorman analiza las posibles consecuencias de una victoria de Donald Trump o Kamala Harris en las elecciones de 2024. Resalta que, mientras Harris probablemente seguiría una política exterior continuista con la de Joe Biden, centrada en la defensa de la democracia y los intereses occidentales, Trump podría llevar a EE.UU. hacia un aislamiento que pondría en riesgo la estabilidad de alianzas clave como la OTAN y podría fomentar las ambiciones expansionistas de China y Rusia. En este contexto, la elección del presidente estadounidense tiene implicaciones directas para países como Ucrania, Israel y Taiwán, así como para la seguridad de Europa.

    En definitiva, Sorman sugiere que aunque los votantes europeos no participen directamente en estas elecciones, sus vidas y la estabilidad de sus naciones están profundamente conectadas con el resultado. Por lo tanto, es inevitable que el presidente de Estados Unidos sea visto como un «presidente del mundo», cuyo mandato influye en el orden global.

    Este análisis subraya la paradoja de que una elección que es, en principio, un asunto interno de Estados Unidos, tiene repercusiones que trascienden fronteras y afectan a millones de personas en todo el mundo. La influencia de la presidencia estadounidense sigue siendo única en el escenario internacional, y aunque esta hegemonía no está exenta de críticas, Sorman concluye que, dadas las alternativas, la mayoría preferiría que el «amo del mundo» siga estando en Washington en lugar de en Pekín o Moscú.