Ver el Mundo Desde lo Alto

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Una de mis aventuras en lo alto ocurrió volviendo solo en un Cessna 172 de un vuelo al interior. Pasando sobre Chame decidí ver cuan alto podía volar el 172 y comencé a ascender. Ya sobre Taboga llegué a casi 17,000 pies de altura (5,000 Mts.) y viendo que el color de mis uñas se tornaba rosado, me dije: “ya está bueno y apagué el motor. Ya con la hélice detenida al frente me dirigí a la Ciudad volando a lo planeador; hasta que aterricé en M. A. Gelabert, como planeador. Allá arriba y en esas aventuras los problemas de abajo desaparecen y uno gana claridad; el mundo no lo ves igual. Eso es exactamente lo que necesitamos en la mayordomía de los recursos: aprender a subir por encima de los tranques vehiculares, el ruido, y los problemas que nos rodean y no logramos entender y así, seguimos volando a baja altura en vez de subir a ver un panorama mucho más amplio.

Tomemos la pobreza, por ejemplo. El síntoma es obvio: gente sin suficiente ingreso, sin acceso digno a educación o salud. La respuesta habitual sería: más “asignación”; más subsidios, más programas gubernamentales, más reparto. Pero eso es tratar la fiebre sin curar la infección. El origen o ‘etiología’ suele estar en sistemas que destruyen la creatividad, castigan el esfuerzo o impiden que las personas desarrollen y les dejen usar sus propios recursos y talentos.

Lo mismo pasa en la economía y la política, donde abunda la tontería humana. Vemos gobiernos que gastan enormes cantidades de dinero en subsidios a industrias obsoletas, mientras ahogan con regulaciones a las nuevas empresas que podrían crear verdadera riqueza. Es como tratar de mantener un avión viejo en el aire echándole más combustible, en vez de diseñar uno más eficiente. O como subsidiar el azúcar y después gastar más dinero en campañas contra la diabetes. ¡Es comedia pura, si no fuera tragedia!

Otro ejemplo clásico se da con la creación de entidades gubernamentales, como el Ministerio de Cultura, cuando la gran mayoría no entiende de cultura; creen que se trata del tamborito, la pollera y tal. Pero, a final del día, terminamos alimentado corrupción o dependencia en lugar de cultivar un buen desarrollo cultural. Es como darle pescado a alguien todos los días en vez de enseñarle a pescar… y luego, quejarnos cuando siguen teniendo hambre. La mayordomía verdadera pregunta: ¿qué condiciones estamos creando (o destruyendo) para que las personas puedan generar y cuidar sus propios recursos?

La raíz del problema suele ser mental y moral. Cuando creemos que los recursos son un pastel fijo, nos enfocamos en pelear por nuestra rebanada (o en quitársela al vecino). Cuando entendemos la mayordomía, empezamos a preguntar: ¿cómo cultivamos mejor el talento humano? ¿Cómo liberamos la creatividad? ¿Cómo trabajamos con la naturaleza en vez de solo extraerla?

El secreto de volar en el fluido atmosférico, igual que vencer las limitaciones humanas, está en vencer la resistencia al avance que ocurre cuando la aeronave choca con el aire que se resiste a darle paso. Yo como instructor le apagaba el motor a mis estudiantes para mostrarles que el avión vuela porque tiene alas y no sólo por el ruidoso motor. Al principio les daba un miedo que debían conocer y lidiar pues uno no sabe cuando ello le ocurrirá.

En los próximos ensayos seguiremos ganando altitud: exploraremos la mayordomía de los recursos humanos, de la naturaleza y de nuestra vida colectiva. Veremos que, aunque existen límites reales, también existe un enorme espacio por encima de ellos para volar más alto y más lejos.

La resistencia al avance siempre estará allí y debemos aprender a vencerla.


Nota: como todos los viernes, se publica el Ensayo No. 2/4 sobre La Mayordomía de los Recursos.

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