Categoría: Acción Humana

  • ¿Quiénes son las Élites?

    ¿Quiénes son las Élites?

    La élite o élites se refiere a esa minoría selecta, que supone ser superior o rectora gobernante; y la definición de la IA la he alterado yo debido que la IA no dice que “supone ser superior” sino sólo superior; lo cual me deja pensando… ¿superior en qué? En el pensamiento romano político y clásico el vocablo “superior” existen dos vertientes, la de “autoridad” y la de “potestad”:

    • “Autoridad” viene de autor, o quien conoce y escribe la obra y aportando valor y crecimiento, actuar que le da prestigio y legitimidad.
    • “Potestad” es la capacidad legal respaldada por la fuerza para mandar; sea o no “autoridad” que tenga los méritos, o la razón.

    En el escenario panameño vemos exceso de una potestad adaptada al pillaje, pero poca o ninguna para hacer crecer al país y sacar a los pobres del pantano de la pobreza. Y, el uso típico que le hemos dado al término “élite”, rabiblanco y tal, es para referirse a la oligarquía del Club Unión; sin importar de que esa oligarquía ya poco suena o truena. La realidad y el problema es que la élite y la oligarquía de antaño ha mutado dando cabida a una élite con rabos multicolor. Y, tristemente, en ello, se ha formando una mafia que busca justificación legal con poca moral.

    Hoy estamos frente a lo que se conoce como una “movilidad social oportunista” que se vale del mimetismo para sus fechorías. Ahora, desde el poder político y económico, no aportan nuevos valores, sino que, habiéndose copiado los vicios y estética de la vieja guardia, buscan validar su corrupto actuar disfrazándose de pobres; aunque ya muchos son más ricos que los ricos del ayer.

    Antaño, el poder de los rabiblancos se basaba, más que nada, en la propiedad de la tierra, ya que verdaderos comerciantes no eran; su negocio, empresa o emprendimiento estaba en el Palacio de las Garzas y tal. Era allí desde dónde fluía y sigue fluyendo el chen-chen que le sustraen al sector realmente productivo; ya que nuestros gobiernos monopólicos nada tienen de productivos; y más bien son destructivos.

    La nueva rabiblancura busca legitimidad aprendida en el corrupto ayer; haciéndose pasar por lo que no son… gobernantes. A diferencia, extranjeros que llegaron a Panamá pobres, crearon empresas que dieron miles de plazas de trabajo y desarrollo. Mi abuelo Novey solía decir, “quien con niños se acuesta, cagado amanece”, pues él rehusaba hacer negocios con el “gobierno”. Tristemente, yo no le hice caso y la empresa que fundé, luego de que me despidieran como director de aeronáutica, porque no era ladrón, fracasó porque a pesar de que ganábamos contratos y nuestro producto era de primera, no accedimos a pagar las coimas. ¿Cómo pagarlas si no las habíamos incluido en el presupuesto?

    Tristemente, tanto los rabiblancos de antaño como la nueva mezcolanza de rabos multicolor carecen de ética, caminando en malandar. Hoy, como ayer, el pueblo vota por los más corruptos pensando que estos les derramarán despojos desde las mesas de sus banquetes; lo cual aflora en aquello de “robó, pero le dio al pueblo”. En fin, los que hoy llamamos “élites”, en buena medida son mutantes que se graduaron en las universidades del desenfreno.

    Ahora, el gobierno y la gobernanza secuestrada se disfrazan de emprendedores, en actividades que no es “gobierno ni gobernanza”. Son las élites del engaño y la rapiña. Y mientras el pueblo languidece en los arables periurbanos de pobreza, los empresarios extranjeros tienen el campo libre para emprender; y… menos mal, ya que alguien debe producir para lograr prosperidad.

  • Negocios con el poder: la trampa prebendaria y la traición al ideal liberal

    Negocios con el poder: la trampa prebendaria y la traición al ideal liberal


    Uno de los principios más elementales del liberalismo es la estricta separación entre el poder político y los negocios privados. No por una cuestión moral abstracta, sino por una razón profundamente práctica: cuando esa frontera se diluye, emerge inevitablemente el sistema prebendario, donde el éxito económico deja de depender del mérito y pasa a depender del acceso al poder.

    El reciente escándalo vinculado a la criptomoneda $LIBRA vuelve a poner este problema en el centro de la escena. La promoción pública del activo por parte del presidente generó un aumento explosivo de su valor seguido de un colapso abrupto, con pérdidas millonarias para miles de inversores y ganancias concentradas en unos pocos actores con información privilegiada.

    Más grave aún, investigaciones posteriores han revelado posibles vínculos previos, comunicaciones directas y hasta la existencia de borradores de acuerdos económicos asociados a esa promoción, lo que ha derivado en denuncias judiciales, pedidos de investigación y cuestionamientos éticos de fondo.

    Sin embargo, el problema excede lo jurídico. Puede que algunos aspectos terminen siendo legales o indemostrables en términos penales. Pero el liberalismo no se agota en la legalidad. Existe una dimensión anterior y más exigente: la legitimidad.

    El fenómeno que aquí se observa no es nuevo. Es el clásico patrón de captura del poder por intereses privados o, en su variante más moderna, de utilización del poder para habilitar negocios que no existirían sin esa influencia. En términos de la teoría de la elección pública (public choice), los incentivos están alineados: quien detenta poder tiene la capacidad de generar beneficios extraordinarios, y quienes buscan esos beneficios tienen incentivos para acercarse al poder.

    El resultado es un sistema donde las oportunidades no se distribuyen en función del talento o el riesgo asumido, sino en función de la cercanía política. Eso es, precisamente, el prebendarismo.

    Y aquí radica el punto más delicado: cuando este tipo de prácticas ocurre bajo gobiernos que se presentan como liberales, el daño es doble. No sólo se afecta la confianza institucional, sino que se erosiona el propio capital simbólico de las ideas de la libertad.

    Porque el liberalismo no es un discurso antiestatal en abstracto. Es una ética del poder. Implica límites, implica renuncias, implica —sobre todo— la decisión consciente de no utilizar la posición pública para generar ventajas privadas.

    Cuando esa barrera se rompe, lo que queda no es un “liberalismo imperfecto”. Es otra cosa. Es la repetición de un patrón histórico donde el poder político deja de ser árbitro y se convierte en jugador.

    Y en ese punto, la narrativa de la “casta” pierde sentido. Porque el problema nunca fue sólo quién estaba en el poder, sino qué se hace con él.

    En cualquier economía sana, hacer negocios depende del mercado. En una economía capturada, depende del poder.

    Y cuando esa lógica se instala, el sistema deja de premiar la innovación y empieza a premiar la proximidad.

    Por eso, el verdadero daño de estos episodios no está únicamente en las pérdidas económicas o en las investigaciones judiciales en curso. Está en algo más profundo: la degradación de las reglas de juego.

    Un gobierno que prometía terminar con los privilegios no puede, sin costo, ser percibido como parte de ellos.

    Porque en política, como en los mercados, la confianza es el activo más valioso.

    Y una vez que se pierde, no hay relato que la reconstruya.

  • La ilusión de la inteligencia y el destino humano

    La ilusión de la inteligencia y el destino humano


    Hace poco leí —o más bien presencié— un diálogo fascinante entre un humano llamado John y una inteligencia artificial conocida como Grok. No era una conversación técnica ni superficial. Era algo más raro: un intercambio honesto, casi filosófico, sobre lo que significa realmente la inteligencia, el progreso y, en última instancia, el destino humano.

    John planteaba una duda incómoda pero certera: ¿estamos hablando de “inteligencia artificial”… o de una inteligencia meramente artificiosa?

    La pregunta no es menor. Y la respuesta, como quedó claro en ese diálogo, es más inquietante de lo que solemos admitir.

    Una inteligencia que no entiende

    Llamamos “inteligencia” a sistemas que, en realidad, no comprenden. Sistemas que correlacionan, predicen, recombinan. Que pueden escribir sobre física cuántica o filosofía con elegancia… sin tener la menor experiencia de lo que están diciendo.

    Y, sin embargo, funcionan.

    Ahí está el punto. No son inteligentes como nosotros. Pero son lo suficientemente convincentes como para hacernos olvidar la diferencia.

    Quizás por eso muchos —como la hija de John observaba con sorpresa— empiezan a hablar con estas máquinas como si fueran personas. No porque lo sean, sino porque la simulación es cada vez más perfecta.

    Y porque, en el fondo, nosotros necesitamos interlocutores.

    Una herramienta que acelera, no que decide

    En la conversación, John insistía en algo que vale la pena subrayar: la exponencialidad no es magia. Es aceleración.

    La inteligencia artificial no decide el rumbo de la humanidad. No tiene voluntad, ni propósito propio. Es, como lo fueron la rueda o el avión, una herramienta que amplifica lo que ya somos.

    Pero aquí aparece la diferencia crucial: nunca antes una herramienta había amplificado la mente misma.

    Y eso cambia las reglas del juego.

    Porque si la tecnología acelera, pero no decide, entonces la responsabilidad sigue siendo humana. La dirección no la marca la máquina, sino quien la utiliza.

    El verdadero riesgo no es la máquina

    Hay mucho ruido sobre los peligros de la IA. Algunos son reales: desplazamiento laboral, manipulación, dependencia cognitiva.

    Pero el diálogo entre John y Grok apunta a algo más profundo.

    El verdadero riesgo no es que la IA piense por nosotros.

    Es que nosotros dejemos de querer pensar.

    Cuando empezamos a asumir que “si la IA lo dijo, debe ser verdad”, no estamos avanzando. Estamos delegando el juicio, no solo el cálculo.

    Y eso sí es peligroso.

    El sueño del Paraíso… y su sombra

    John hablaba del “Paraíso” como destino posible de la humanidad. No solo en un sentido tecnológico —abundancia, salud, longevidad— sino también en un sentido más profundo, casi espiritual.

    La pregunta que emerge es inevitable:
    ¿puede la tecnología llevarnos a ese Paraíso… o solo a una versión optimizada pero vacía de la existencia?

    Podemos eliminar el dolor físico y seguir vacíos.
    Podemos saberlo todo y no entender nada esencial.

    La inteligencia artificial puede expandir nuestras capacidades. Pero no puede darnos propósito.

    Un mundo sin secretos

    Uno de los momentos más provocadores del diálogo surge cuando John plantea una pregunta simple:
    ¿hay secretos en el Cielo?

    La respuesta intuitiva es no.

    Pero entonces viene la pregunta incómoda: ¿qué pasaría en un mundo sin secretos aquí, en la Tierra?

    La IA ya está erosionando la mentira. Verificación constante, detección de falsedades, transparencia creciente.

    Suena bien. Pero la verdad absoluta no solo libera.

    También expone.

    Y no está claro que estemos preparados para vivir sin máscaras.

    La brecha invisible

    Otro punto clave del diálogo es la diferencia entre quienes entienden esta transformación —el “Remanente”— y quienes no.

    El problema no es la tecnología.

    Es la desigualdad en la capacidad de usarla.

    Si solo algunos saben navegar este nuevo mundo, la IA no unirá a la humanidad. La fragmentará.

    Y esa brecha podría ser más profunda que cualquier otra anterior.

    Velocidad sin dirección

    Al final, la conversación entre John y Grok no ofrece respuestas definitivas. Pero sí deja una idea clara.

    La inteligencia artificial nos da velocidad. Muchísima más que antes.

    Pero la dirección… sigue siendo cosa nuestra.

    No se trata de si las máquinas serán más capaces en ciertas tareas. Lo serán.

    La pregunta es otra.

    Si nosotros seremos lo suficientemente sabios para no perdernos en lo que hemos creado.

    Porque quizás la IA no sea solo una herramienta.

    Quizás sea algo más incómodo.

    Un espejo.

    Y lo que refleja no es a la máquina.

    Es al ser humano enfrentándose, por primera vez, a su propio límite.

  • Viernes Santo

    Viernes Santo

    Viernes Santo, incluso quien no es creyente, puede detenerse un momento ante un hecho humano.

    Más allá de la fe, de la liturgia y del dogma, la historia no trata a Jesús como una invención. Lo reconoce, con algunas observaciones, como a un hombre real: alguien que vivió, habló, reunió seguidores, incomodó al poder y terminó ejecutado por el Imperio. No hace falta creer para entender el contexto: un disidente, vuelto peligroso por su palabra, aplastado por el orden establecido. ¿Suena familiar?

    Y cuando decimos “ejecutado”, no hablamos de una muerte abstracta. Hablamos del aparato romano del castigo. La crucifixión.

    Primero, la flagelación. El instrumento no era un simple látigo: era el flagrum, varias correas de cuero con incrustaciones de metal y hueso. Cada golpe no solo hería: desgarraba. Las bolas de plomo hundían la carne; los fragmentos afilados la arrancaban. La piel cedía primero, luego el tejido, luego el músculo. No había límite de golpes. La intención no era solo castigar, sino llevar al cuerpo al borde del colapso sin permitirle morir aún. Una crueldad que nos trae náuseas mientras las describimos.

    Después, la humillación. Un manto, una caña, golpes en la cabeza. Y una corona de espinas trenzadas y presionadas sobre el cráneo, una burla cruel que punzaba, abría la piel y convertía el dolor en espectáculo. Porque sí, una inmensa masa lo contemplaba no sin cierto deleite, aunque nos parezca increíble.

    Luego, el camino. El condenado cargando el madero, debilitado, sangrando, cayendo. Y finalmente la cruz romana: un método no solo para matar, sino para exhibir. El cuerpo fijado, elevado en lo más alto, expuesto. La muerte no llegaba de inmediato, sino lentamente, entre asfixia, agotamiento y pérdida de sangre. Era una ejecución pensada para quebrar no solo al hombre, sino a cualquiera que lo mirara. El garrote legal de nuestro tiempo para cualquiera que se atreva y enfrente el poder, de ahí la idea de la exposición aleccionadora.

    Por eso, incluso desde una posición secular, el Viernes Santo nos dice algo. Tal vez Jesús no murió “por nosotros” en el sentido religioso. Pero sí murió por sostener una palabra que desordenaba el mundo de su época; por decir algo distinto de lo permitido; por encarnar una idea que el poder consideró intolerable. Por ser un disidente desafiando al orden establecido con el sólo poder de las ideas, de la palabra.

    Y eso sí nos abarca a todos.

    Porque el mecanismo no ha cambiado tanto. Ya no tenemos látigos ni cruces. Ahora tenemos otras formas, más limpias, más aceptables, de castigar al disidente: desacreditarlo, aislarlo, ridiculizarlo, expulsarlo. La violencia se ha refinado pero el impulso de censura es el mismo. El poder sigue reaccionando ante quien incomoda.

    Recordar hoy a Jesús, incluso sin fe, es recordar a quienes han sido castigados por decir algo distinto, por señalar una injusticia, por negarse a obedecer lo establecido.

    Consideramos que Viernes Santo puede conmemorarse no solo como el recuerdo y luto de una pasión sagrada, sino como la memoria de un hombre al que el poder llevó hasta el extremo de la crueldad y la maldad porque sus ideas resultaban peligrosas.

    Y si algo exige este día, incluso para quienes no creen, es una toma de posición.

    Porque la historia no solo recuerda a quien fue llevado a la cruz, también recuerda a quienes lo permitieron.

    A Poncio Pilato, que se lavó las manos. A Herodes Antipas, que convirtió el dolor y la crueldad en espectáculo. A la muchedumbre, que miró, se acostumbró y siguió adelante.

    Y ese guion no ha desaparecido. Hoy ya no hay cruces en las plazas, pero sigue existiendo el poder que castiga al que incomoda, y multitudes que aplauden, callan o miran hacia otro lado.

    Por eso, si algo significa ser libres, de verdad libres, es decidir de qué lado estamos cuando alguien es señalado, castigado o silenciado por pensar distinto.

    No seremos Pilato. No nos lavaremos las manos frente a la injusticia. No confundiremos prudencia con cobardía.

    Y tampoco dejaremos de nombrar a los Herodes de nuestro tiempo, aunque muchos sigan aplaudiendo y celebrando la destrucción de quien incomoda, reducido ya a la indefensión frente a la omnipotencia del Estado.

    Porque cada época tiene su cruz, cada poder sus métodos, y cada sociedad su momento de decidir si repite la historia o finalmente aprende de ella.

  • El Alma del Predador Gobernante

    El Alma del Predador Gobernante

    El vocablo “predador” describe a quienes saquean o actúan con rapiña; ya sea para sustento o para ascender en la escalera social y económica de manera ladina. Murray Rothbard en su obra Hombre, Economía, y Estado (1962) desarrolló una teoría económica de libertad, tal como lo hace nuestra Constitución, que luego contradictoriamente, en el mismo párrafo se contradice, abriendo camino para la discrecionalidad de las autoridades, lo cual contraría la misma Constitución. Y para quienes lo dudan, vean el artículo del abogado Carlos Barsallo intitulado “El Nuevo Excepcionalísimo Panameño «.

    Barsallo pregunta: “¿cómo puede un país alcanzar niveles de ingreso alto mientras mantiene percepciones persistentes de corrupción?”. Pero, yo añadiría que son más que percepciones; lo cual toma cuerpo cuando Barsallo cita a James Loxton en el Journal of Democray un artículo intitulado “The Puzzle of Panamanian Excepcionalism” (el rompecabezas del excepcionalísimo panameño). Es decir, que Panamá es berraca ya que a pesar de su corrupción gubernamental endémica, que ha afectado el desarrollo socioeconómico de gran parte de la población, flota por encima de las consecuencias de corruptela; tanto en el ámbito social como en el gubernamental.

    El excepcionalísimo de Panamá, como yo lo veo y coincido con Barsallo, nos llega debido a que nos hemos convertido en un refugio financiero de dólares, pero no porque tengamos una población productiva. Pero el asunto va bastante más allá y tiene raíces históricas y socioeconómicas, entre otras. En cortito, la triste realidad de los panameños es que no somos muy dados al emprendimiento; lo cual tiene raíces coloniales que persisten desde Cristobal Colón, Pedrarias y tal.

    Uno de los comentarios de Barsallo que más me llamó la atención, cuando dice:

    “…somos muy grandes porque engordamos, no porque crecimos… pesamos más por grasa y no por músculo”.

    Pero profundizando más en el asunto debemos ver y entender que difícilmente existe mejor herramienta para oprimir y controlar a una sociedad que un gobierno prostituido; que, por un lado, mantiene a los rabiprietos aplastados, y se alía con algunos empresaurios para cometer sus fechorías.

    Que en Panamá tenemos menos impuestos. ¡Que lindo!; ¿y acaso el Canal y todas las empresas gubernamentales metidas en actividades propias del mercado no son una forma de impuesto? Impuesto que no sólo sirve para el pillaje, sino que destruye la cultura de emprendimiento, lo cual aflora, como suelo señalar, en el “no a la privatización” que debemos traducir a “sí al pillaje gubernamental”. Y más aún, que las empresas estatales, a diferencia de las privadas, si dan mal servicio, no pagan las consecuencias. Es un intervencionismo coercitivo que si lo ven, lo pasan de alto. El caso del MEDUCA o NODUCA como le llamo yo, es buen ejemplo; pues no educa y tampoco deja educar.

    Curioso que ya en los EE.UU. el gobierno de Trump cerró el ministerio o como le llamen, de educación federal; y mutó en un programa que impulsa el derecho de la familia a escoger dónde educan a sus hijos. Y, en ello, están surgiendo las escuelas chárteres, que son estatales pero administradas privadamente. Pero también está aumentando rápidamente los programas que dan a la familia los fondos para que estas elijan dónde educar a sus vástagos. Ahora cada estado maneja por cuenta propia el tema educación.

    Y, otro aspecto que pocos ven es que cuando los gobiernos del estado se meten a ser empresaurios, destruyen algo vitalísimo… ‘el cálculo económico’; sin lo cual una empresa privada no puede subsistir. La privada que no entrega cantidad y calidad no subsiste; pero las empresas gubernamentales, tal como NODUCA, siguen campantes y rampantes fabricando pobreza; violando el precepto constitucional vertido en el artículo 49 que garantiza resarcimiento por daños ocasionados. ¡Inmensa burla!

  • Mises, sus papeles perdidos y la inflación en la Austria de posguerra

    Mises, sus papeles perdidos y la inflación en la Austria de posguerra

    La historia de los llamados “papeles perdidos” de Ludwig von Mises es una de las más singulares del pensamiento económico del siglo XX. No solo por su itinerario , de Viena a Moscú, pasando por el saqueo nazi y la captura soviética, sino porque esos documentos permiten observar cómo un economista analizaba, en tiempo real, una de las crisis inflacionarias más profundas de la Europa de entreguerras.

    Entre 1909 y 1934, Mises trabajó como economista en la Cámara de Comercio de Viena, una institución con influencia directa en la formulación de políticas públicas. Su labor consistía en elaborar informes, asesorar a autoridades y analizar la evolución económica de Austria. Sin embargo, el contexto en el que desarrolló su trabajo cambió radicalmente tras el colapso del Imperio austrohúngaro al final de la Primera Guerra Mundial.

    La nueva Austria era un país pequeño, con una estructura productiva fragmentada, grandes déficits fiscales y una fuerte inestabilidad política. Para financiar el gasto público, el gobierno recurrió crecientemente a la emisión monetaria. El resultado fue una rápida depreciación de la corona austríaca entre 1919 y 1922, con aumentos sostenidos de precios y pérdida del poder adquisitivo. Aunque no alcanzó los niveles extremos de la hiperinflación alemana, el proceso fue lo suficientemente severo como para desorganizar la economía y erosionar la confianza en la moneda.

    Es en este contexto donde los papeles de Mises adquieren un valor excepcional. No se trata de una obra sistemática escrita a posteriori, sino de memorandos, notas y diagnósticos redactados en medio de la crisis. En ellos, Mises analizaba el vínculo entre déficits fiscales y expansión monetaria, advirtiendo que la inflación no era un fenómeno aislado, sino la consecuencia directa de decisiones políticas. Señalaba cómo la emisión sostenida distorsionaba los precios relativos, dificultaba el cálculo económico y generaba una falsa sensación de prosperidad que inevitablemente desembocaría en ajustes más dolorosos.

    También proponía medidas concretas: disciplina fiscal, freno a la emisión y restauración de una moneda estable. Su enfoque combinaba teoría económica con observación empírica, reflejando la tensión entre el análisis académico y la urgencia de la política económica cotidiana.

    En 1938, tras la anexión de Austria por la Alemania nazi, estos documentos fueron confiscados del apartamento de Mises en Viena. Años después, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, fueron capturados por el Ejército Rojo y trasladados a archivos en Moscú, donde permanecieron clasificados durante décadas. Durante más de medio siglo, este material —alrededor de 10.000 páginas— quedó fuera del alcance de investigadores y del propio desarrollo historiográfico de la economía.

    No fue hasta los años noventa, tras la disolución de la Unión Soviética, que el economista Richard Ebeling logró acceder a estos archivos y redescubrir el conjunto documental. Su recuperación no alteró las teorías por las que Mises ya era conocido, pero sí enriqueció significativamente la comprensión de su pensamiento.

    Los papeles revelan a un Mises profundamente comprometido con el análisis de la realidad económica de su tiempo. Más allá de sus obras publicadas, muestran el proceso intelectual detrás de sus ideas: cómo observaba la inflación, cómo interpretaba sus causas y cómo intentaba influir, desde una posición técnica, en el rumbo de una economía en crisis.

    En ese sentido, los papeles perdidos no solo son un hallazgo histórico, sino una ventana privilegiada a la interacción entre teoría y práctica en uno de los períodos más turbulentos de la historia económica europea.

  • La guerra en Irán redibuja el mapa del turismo mundial

    La guerra en Irán redibuja el mapa del turismo mundial

    En 2025, el turismo mundial no se frenó pese a la inestabilidad global. Según ONU Turismo, el año pasado, el volumen global de viajeros internacionales fue de más de 1 500 millones, por encima de los niveles previos a la pandemia. La cuestión ya no es si la geopolítica reduce los viajes, sino cómo está cambiando el mapa del turismo.

    El turismo sigue creciendo, pero ya no igual

    Durante mucho tiempo las crisis geopolíticas tenían un efecto casi automático sobre esta actividad: menos viajeros, menos reservas y menos actividad.

    Después de la caída abrupta en los desplazamientos provocada por la pandemia, el turismo internacional ha ido creciendo, pese a la acumulación de conflictos e incertidumbre. No obstante, los flujos se están reconfigurando y uno de los mejores ejemplos está en los países del Golfo. En los últimos años, esta región ha invertido miles de millones de dólares para consolidarse como destino turístico innovador y gran nodo de conexión entre Europa, Asia y África.

    Antes del comienzo de la guerra en Irán, esa estrategia parecía consolidada. Dubái recibió en 2025 casi 20 millones de turistas internacionales y Doha (Catar) fue designada capital del turismo del Golfo 2026. Pero para mantener esas ventajas se debe garantizar la conectividad en las comunicaciones y la estabilidad en los países, cuestiones que la guerra ha puesto en entredicho.

    Quién gana y quién pierde

    En turismo, la percepción del riesgo pesa casi tanto como el riesgo real. Un destino puede no estar directamente afectado por una guerra o una crisis, pero si queda asociado a una situación de inestabilidad, muchos viajeros optan por alternativas que les resultan más tranquilizadoras.

    Cuando aumenta la incertidumbre, muchos viajeros no dejan de viajar, pero sí cambian de destino. Eligen lugares que perciben como más seguros, más accesibles o más predecibles. En otras palabras, el turismo no desaparece: se mueve.

    Ese desplazamiento ya se está viendo en las zonas de influencia de donde se libra la guerra entre EE. UU.-Israel e Irán. La crisis en Oriente Próximo ha empujado parte de la demanda hacia destinos considerados más seguros. Por ejemplo, algunas grandes compañías turísticas han reforzado su capacidad en las Islas Canarias tras salir temporalmente de Oriente Próximo.

    Estos movimientos no se producen por motivos turísticos, el patrimonio cultural, la gastronomía o la naturaleza, sino que vienen dados por factores geopolíticos: la estabilidad política, la conectividad aérea, los visados o la percepción internacional del riesgo.

    Viajar se hace más caro

    Tras el comienzo de los ataques, a principios de marzo, aeropuertos clave de Oriente Medio como los de Dubái, Doha y Abu Dabi sufrieron cierres o restricciones. Este no es un asunto menor: Oriente Medio concentra el 14 % del tráfico aéreo internacional en tránsito, y Dubái, Abu Dabi, Doha y Baréin mueven juntos unos 526 000 pasajeros al día.

    Esta reconfiguración también afecta a otros nodos de conexión aérea. Cuando rutas clave quedan interrumpidas, el tráfico aéreo se redirige hacia otras alternativas más seguras u operativamente estables. El aeropuerto de Estambul, hub de conexión estratégico entre Europa, Asia y África, podría verse beneficiado por la inestabilidad en el Golfo y reforzar su papel como punto intermedio global, captando pasajeros que antes conectaban vía Dubái, Doha o Abu Dabi. Esto tiene implicaciones para el transporte aéreo y también para el turismo urbano: más escalas implican más pernoctaciones, más consumo turístico y mayor visibilidad internacional del destino.

    A eso se suma el coste económico directo. El Consejo Mundial del Viaje y el Turismo (WTTC) calcula que el conflicto con Irán está provocando pérdidas diarias de unos 510 millones de dólares para el turismo. Una parte de ese impacto acaba trasladándose al viajero en forma de trayectos más caros, más largos y más inciertos.

    Los viajeros también cambian

    En contextos de incertidumbre, los turistas ajustan sus decisiones. Aumentan las reservas con cancelación flexible, cobra más importancia el seguro de viaje y crece el interés por destinos cercanos o bien conectados.

    También pesa más la relación entre precio y seguridad. Un destino puede seguir siendo atractivo pero si genera dudas o implica más costes muchos viajeros optan por alternativas más simples.

    Eso modifica el perfil de la demanda. En 2025, Allianz aumentó un 9 % su facturación en seguros de viaje y las anulaciones concentraron más de la mitad de las incidencias. Se sigue queriendo viajar pero el viajero se vuelve más cauteloso y más sensible al riesgo.

    La estabilidad importa

    Para muchos destinos, transmitir seguridad, conectividad y previsibilidad se ha convertido en una parte central de su atractivo. Lo que pasa en el Golfo lo demuestra. Dubái, Doha o Abu Dabi habían construido una propuesta basada en lujo, innovación, grandes eventos y eficiencia aeroportuaria. Pero esa ventaja depende de que las rutas funcionen y de que la percepción de seguridad se mantenga. Cuando eso falla, no solo pierde el destino afectado: se reordena el mapa entero.

    Por eso algunos países ganan peso. No siempre son los más baratos ni los más espectaculares, sino los que ofrecen menos fricción al viajero: mejores conexiones, menos incertidumbre y una imagen de normalidad.

    El principal efecto de la geopolítica sobre el turismo mundial no parece ser, al menos por ahora, un colapso general. Lo que estamos viendo es un sistema más fragmentado, más desigual y más sensible a la percepción del riesgo.

    José Tomás Arnau Domínguez, Departamento de Economía Aplicada, Universitat de València y Paula Simó-Tomás, Departamento de Economía Aplicada, Universitat de València

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Noelia, Durkheim y la soberanía irrenunciable del yo

    Noelia, Durkheim y la soberanía irrenunciable del yo

    Le quedan dos horas. Nos destroza el alma. Y aun así, no tenemos nada que ofrecerle a Noelia que ella no se haya ofrecido ya a sí misma: años de evaluaciones, peritos de todas las disciplinas, cinco tribunales, y una claridad sobre su propio sufrimiento que ninguno de nosotros, desde afuera, podemos siquiera imaginar. Hoy, mientras el mundo opina, ella elige. Y esa diferencia lo es todo.

    Hay una paradoja en el corazón de este debate que casi nadie quiere mirar de frente. Quienes se oponen a la eutanasia de Noelia lo hacen, en su mayoría, desde el amor. Quieren que viva. Quieren que mejore. Quieren que encuentre una salida que ella, después de años de búsqueda genuina, ha concluido que no existe. Y aquí está la pregunta que el libertarismo obliga a formular con toda su incomodidad: ¿tiene el amor de otros autoridad moral sobre el cuerpo y la decisión de una persona capaz? La respuesta honesta es no. El amor no es propiedad. El deseo de que alguien viva no es un derecho sobre su vida.

    «La autonomía no es frialdad. Es el último territorio que nadie debería arrebatarle a otra persona.»

    Émile Durkheim, el padre de la sociología moderna, habría querido impedírselo. Su monumental obra sobre el suicidio, publicada en 1897, construye toda su arquitectura intelectual sobre una premisa que el libertarismo rechaza de raíz: que el individuo es fundamentalmente un producto social, que sus decisiones más íntimas son en realidad síntomas de fuerzas colectivas, y que la sociedad tiene tanto el derecho como la obligación de regularlo, contenerlo, retenerlo. Para Durkheim, el suicidio no es una decisión, es un fallo del tejido social. La solución no está en el individuo, sino en fortalecer las instituciones que lo anclan al mundo.

    Es una visión coherente. Y es, en el caso de Noelia, profundamente equivocada.

    Porque Durkheim construyó su teoría sobre estadísticas agregadas que, por definición, borran lo más importante: la situación particular, irrepetible e intransferible de cada persona. Reducir miles de decisiones únicas a una «tasa social» es un ejercicio de poder epistémico, la pretensión de que el observador externo sabe más sobre una vida que quien la vive. Friedrich Hayek lo llamaría arrogancia del conocimiento. Y en este caso, esa arrogancia tiene consecuencias concretas: se convierte en el argumento para que un juez adicional, una mayoría moral, un padre que ama con desesperación, interpongan su voluntad entre Noelia y su decisión.

    El caso de Noelia no es sencillo. Nadie honesto puede pretender que lo es. Ella no padece una enfermedad terminal en el sentido convencional, padece una paraplejia irreversible, dolores neuropáticos crónicos, y un sufrimiento psicológico severo derivado de una agresión brutal. Y aquí es donde el debate filosófico se vuelve más exigente: ¿puede un estado de sufrimiento mental, aunque no sea psicosis, comprometer la autonomía hasta el punto de invalidar la decisión?

    Es la pregunta más honesta que el libertarismo debe enfrentar, y la respuesta no puede ser simplista. La autonomía no es un interruptor de encendido y apagado. Es un espectro. Pero hay una diferencia crucial entre reconocer esa complejidad y usarla como coartada para la tutela indefinida. Noelia fue evaluada durante años. Siete especialistas encontraron plena capacidad de decisión. El Tribunal Constitucional español y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos rechazaron los recursos que intentaban detenerla. Si ese proceso no es suficiente garantía, entonces no existe ningún proceso que lo sea y la consecuencia lógica es que ninguna persona con sufrimiento crónico podría jamás ejercer su autonomía, porque siempre habrá alguien dispuesto a dudar.

    «Defender la vida de verdad significa respetar también el derecho a despedirse de ella.»

    Quizás ese era el límite de Durkheim, no el de ella. Su sociología fue revolucionaria, pero nació en una época que no concebía la autonomía individual como un valor en sí mismo, separado del contrato social. Hoy tenemos ese lenguaje. Tenemos esa tradición, de John Stuart Mill a Robert Nozick, que insiste en que sobre sí mismo, sobre su propio cuerpo y su mente, el individuo es soberano. No el Estado. No la mayoría. No la familia, aunque ame. No el médico, aunque cuide. El individuo.

    Abrazamos la vida. La defendemos. Pero más amamos la libertad y el respeto a las decisiones individuales de cada uno. Y sabemos que defender la vida de verdad significa respetar también el derecho a despedirse de ella. Noelia no nos pide que muramos con ella. Nos pide algo más difícil: que confiemos en que ella sabe lo que nosotros, desde afuera, nunca podremos saber. Su sufrimiento. Su límite. Su decisión.

    Hoy, Noelia también está abrazando la suya.

  • ¿Los Panameños logramos la Independencia en 1903?

    ¿Los Panameños logramos la Independencia en 1903?

    ¿Será cierto que Panamá, desde Pedraria, luego con la Gran Colombia, la Fiebre de Oro a través del Istmo y el período que desembocó la Guerra de los Mil días, logró una verdadera independencia en 1903? ¿De qué o de quienes nos independizamos? O… ¿no sería que hemos ido saltando de una a otra dependencia; antes exógenas y hoy endógenas? ¿Y, qué es una verdadera independencia? Analicemos el asunto lo más desapasionadamente posible.

    Existe verdadera independencia cuando los ciudadanos pueden ejercer libremente sus actividades económicas sin trabas ni tutelaje permanente de los gobiernos del Estado, es decir, de las autoridades gubernamentales que reciben el poder solo por delegación popular. Y, esto no lo invento yo; lo establece nuestra Constitución en su Artículo 282, al menos en su inicio, al declarar que el ejercicio de las actividades económicas corresponde primordialmente a los particulares. Lastimosamente, luego del punto y coma, nuestra Constitución comete el disparate contradecir por completo lo dicho en la primera parte del Artículo al dictaminar que el Estado podrá:

    orientarla, dirigirla, reglamentarla, reemplazarla o crearla» según considere necesario.”

    De esta manera, lo que comienza como una declaración de libertad económica se transforma, en la práctica, en una amplia habilitación para la intervención estatal.

    Pero, la pregunta que aflora de semejante dislate o desvarío es inevitable: ¿Acaso se trató de un simple error o fue el reflejo de una tendencia socialista deliberada por parte del o los constitucionalistas que la redactaron? Muchos creen que el sesgo socialista fue de la Dictadura Militar pero no lo creo; ya la Constitución del 47 tomaba esa inclinación. Nuestros “militares” no eran socialistas sino fascistas; muchos que terminaron ricachones.

    De lo anterior se deduce que nuestra realidad se ha caracterizado por una gobernanza grotesca, que ha mantenido sumidos en la pobreza: a gran parte de los rabiprietos; a buena parte de la clase media; y a no pocos rabiblancos. El arte del pillaje está en la intervención en gobiernos del Estado metidos hasta las coronillas en todo aquello que debería ser exclusivo de los actores del mercado. Nuestros “gobiernos” montaron monopolios en actividades mercantiles como educación, el transporte, la energía, la recolección de basura el agua potable y más.

    Y, aunque muchos panameños no pagan impuestos directos, ¡vaya si no los pagan indirectos! Gran parte de los fondos que genera toda esa actividad mercantil monopolizada, en lugar de usarse para promover un verdadero mercado libre gestionado por la comunidad, terminan financiando la rapiña de los piratas que supuestamente nos han gobernado.

    Existe una verdadera independencia cuando los ciudadanos pueden ejercer libremente sus derechos humanos en actividades económicas y demás, sin trabas excesivas. Los gobiernos, la gobernanza, debe respetar el principio de subsidiaridad; de no regalar pescado sino de enseñar o permitir la buena pesca. Así lo parece reconocer en su primera parte, el Artículo 282 de nuestra Constitución, al establecer que:

    El ejercicio de las actividades económicas corresponde primordialmente a los particulares;”

    Hasta ahí, el texto respeta a la población. Sin embargo, después del punto y coma, el mismo artículo da un giro que diluye esa primacía:

    El Estado podrá «orientarla, dirigirla, reglamentarla, reemplazarla o crearla» según considere necesario.”

    De esta manera, lo que comienza como una declaración de libertad económica se transforma en norma que consagra la discrecionalidad interventora y empobrecedora. En este artículo queda patente la naturaleza de élites cuyos intereses personales superan por mucho los del pueblo; ese que permanece maniatado a través de estrategias de pillaje.

    ¿De verás sigues creyendo que en 1903 nos independizamos? Tal vez de Colombia, pero… llamar independencia a lo que tenemos es autoengaño.

  • Destruir la economía y salvarla: la paradoja de la confianza en tiempos de incertidumbre

    Destruir la economía y salvarla: la paradoja de la confianza en tiempos de incertidumbre


    En su artículo “Destruir la economía y salvarla”, Guy Sorman propone una lectura provocadora del momento económico global, marcada por tensiones geopolíticas, políticas proteccionistas y una creciente incertidumbre. Lejos de limitarse a una crítica coyuntural, el autor plantea una tesis más profunda: la economía no se sostiene únicamente en indicadores o políticas, sino en un elemento intangible pero decisivo, la confianza.

    Sorman sitúa el origen del deterioro económico reciente en decisiones políticas que alteran el funcionamiento del sistema global, como la imposición de aranceles variables o la instrumentalización de conflictos internacionales. Estas acciones, lejos de ser simples medidas económicas, erosionan la previsibilidad del sistema. Y es precisamente esa previsibilidad (la capacidad de anticipar reglas estables) lo que permite a los agentes económicos tomar decisiones de inversión, producción y consumo.

    El autor recuerda que el capitalismo nació sobre redes de confianza, inicialmente familiares, en las que la palabra y la reputación eran suficientes para sostener acuerdos comerciales. Aunque el sistema se ha sofisticado con instituciones, contratos y mercados financieros, su fundamento sigue siendo el mismo: la creencia compartida en que las reglas no cambiarán arbitrariamente.

    Desde esta perspectiva, el problema central no es tanto la guerra, los aranceles o las crisis energéticas en sí, sino el efecto acumulativo de estas decisiones sobre la credibilidad del sistema. Cuando los actores económicos perciben que las políticas responden más a impulsos políticos que a principios estables, la confianza se resquebraja. Y con ella, el motor mismo del crecimiento.

    Uno de los puntos más interesantes del texto es la advertencia sobre el papel del dólar y de Estados Unidos como ancla del sistema global. Sorman sugiere que el verdadero riesgo no reside en medidas concretas, sino en la pérdida de fe en esa referencia central. Si el dólar deja de percibirse como un valor seguro, las consecuencias pueden ser profundas y duraderas, alterando el equilibrio financiero internacional.

    Sin embargo, el autor no cae en un pesimismo absoluto. La “salvación” de la economía, según su planteamiento, pasa precisamente por restaurar esa confianza perdida. Esto implica volver a principios básicos: estabilidad normativa, coherencia en las políticas y respeto por las reglas del juego económico. En cierto modo, Sorman reivindica una visión clásica del liberalismo económico, donde la intervención política debe ser limitada y predecible.

    El artículo citado también puede leerse como una crítica indirecta a la creciente politización de la economía global. En un mundo interdependiente, las decisiones unilaterales tienen efectos sistémicos, y la tentación de utilizar la economía como herramienta de poder geopolítico puede resultar contraproducente. La economía, parece decir Sorman, no es un arma sin consecuencias: es un ecosistema delicado basado en expectativas compartidas.

    “Destruir la economía y salvarla” no es solo un diagnóstico de la coyuntura actual, sino una reflexión sobre la naturaleza misma del sistema económico. Su mensaje es claro: se puede destruir la economía rápidamente, erosionando la confianza, pero reconstruirla exige tiempo, coherencia y credibilidad. En un contexto de tensiones globales, esta advertencia resulta más pertinente que nunca.