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  • László Krasznahorkai, Premio Nobel de Literatura 2025

    El reciente Premio Nobel de Literatura 2025 otorgado a László Krasznahorkai marca un reconocimiento singular: no solo a una obra literaria exigente y visionaria, sino también a una mirada profundamente filosófica y política sobre la condición contemporánea. Su escritura, torrencial y lúcida, parece nacer de la certeza de que el mundo ha entrado en un proceso irreversible de degradación moral y espiritual. Sin embargo, en medio del caos, Krasznahorkai insiste en la posibilidad —quizá mínima, quizá trágica— de la lucidez.

    Nacido en Gyula, Hungría, en 1954, Krasznahorkai pertenece a una generación que creció bajo la sombra del totalitarismo y que asistió luego al desencanto de la transición democrática. Ese trasfondo histórico impregna su obra con una desconfianza radical hacia la política institucional, entendida no como espacio de emancipación, sino como un teatro de mediocridades. Para él, la política moderna se ha convertido en una maquinaria de distracción que evita confrontar lo esencial: la pérdida de sentido. De ahí que, en entrevistas, haya afirmado que su tarea no es intervenir políticamente, sino explorar las ruinas interiores que la política deja tras de sí.

    Krasznahorkai no se adscribe a ninguna corriente ideológica reconocible. Su pensamiento se mueve más bien entre el existencialismo y una suerte de misticismo apocalíptico. En sus novelas —como Satantango (Satan’s Tango), Guerra y guerra o Melancolía de la resistencia— el mundo aparece al borde del colapso, pero el verdadero desastre no es social sino espiritual: la imposibilidad de creer, de comunicarse, de orientarse. En ese paisaje, la esperanza no desaparece del todo, pero se vuelve una forma de resistencia silenciosa, casi monástica.

    El escritor ha expresado abiertamente su preocupación por la deriva autoritaria de Hungría y por el cinismo global que normaliza la desigualdad y la violencia. No milita en ninguna causa, pero su obra es, en sí misma, una forma de militancia: una crítica radical al conformismo, a la rapidez y la distracción que definen la era digital. Krasznahorkai ve en el arte una de las últimas reservas de profundidad frente a la superficialidad del consumo y la inmediatez mediática. En este sentido, su literatura es política no por lo que predica, sino por el tipo de atención que exige.

    También hay en él una influencia oriental, producto de sus viajes por China y Japón, donde encontró una visión del tiempo más contemplativa. Esa mirada contrasta con la ansiedad occidental por el progreso y la productividad, dos ídolos que Krasznahorkai considera vacíos. Su obra propone, así, una ética de la lentitud, de la observación, de la resistencia interior.

    El Premio Nobel otorgado a László Krasznahorkai puede leerse, entonces, como un gesto de reconocimiento hacia una voz que desafía la lógica del presente. En un mundo saturado de ruido, su prosa densa y meditativa nos recuerda que pensar sigue siendo un acto subversivo. Y que, incluso en el colapso, la literatura puede seguir siendo una forma de verdad y rebeldía.

  • «El populismo mata, el liberalismo salva» según Guy Sorman

    En su artículo «El populismo mata, el liberalismo salva», Guy Sorman realiza un análisis contundente y despierta la polémica, sobre todo porque proviene de un liberal, sobre las implicaciones del populismo en la crisis sanitaria global provocada por la pandemia del COVID-19, y contrapone este fenómeno con los principios del liberalismo. El autor no solo reflexiona sobre los efectos inmediatos de las teorías conspirativas en la gestión de la pandemia, sino que también alerta sobre las consecuencias mortales que pueden derivarse de la adopción de ideologías populistas que niegan la ciencia y la razón.

    El artículo comienza contextualizando el impacto del COVID-19 en la humanidad. Sorman subraya que, aunque el virus provocó millones de muertes y dejó secuelas psicológicas y de salud duraderas, la ciencia, específicamente a través de las medidas de contención y la vacunación, permitió que las consecuencias no fueran tan catastróficas como las de la «gripe española» de 1918. Para el autor, la respuesta a la pandemia fue clara y efectiva: la ciencia, aunque imperfecta, salvó vidas.

    Sin embargo, Sorman destaca que, desde el comienzo de la crisis sanitaria, emergió un fuerte movimiento populista que se oponía a las medidas de contención y a las vacunas. Este movimiento no solo estaba alimentado por la ignorancia y el odio al sistema capitalista, sino también por una profunda desconfianza en las instituciones democráticas y científicas. Para los populistas, las medidas de contención eran una maniobra política para restringir la libertad, mientras que las vacunas eran percibidas como parte de una conspiración orquestada por los intereses capitalistas. A través de las redes sociales, estas teorías conspirativas encontraron una amplia audiencia, alimentada por el aislamiento social y la falta de acceso a fuentes confiables de información.

    Lo más crítico que señala Sorman es que, a pesar de que la evidencia científica ha demostrado que las medidas adoptadas fueron correctas, los populistas y teóricos de la conspiración nunca han mostrado remordimiento por haber incitado al rechazo de las soluciones sanitarias. Al contrario, algunos de estos personajes han alcanzado posiciones de poder, como es el caso de Robert Kennedy Jr., quien fue nombrado Secretario de Salud en Estados Unidos por Donald Trump. Kennedy, conocido por promover teorías pseudocientíficas sobre la vacunación, continúa fomentando su agenda, ignorando las consecuencias fatales de su desinformación.

    Este es el núcleo de la crítica de Sorman: el populismo, según él, no solo empobrece a las personas que lo siguen intelectualmente, sino que también pone en riesgo sus vidas. Al rechazar la ciencia y la razón, el populismo alimenta un ciclo de ignorancia que, en muchos casos, se traduce en mayor mortalidad. Sorman se opone a esta ideología señalando que, a diferencia del populismo, el liberalismo tiene una postura más pragmática y realista frente a los desafíos. El liberalismo no se basa en utopías ni en conspiraciones, sino que se nutre de la experiencia y de los logros prácticos de las naciones que lo adoptan. Para Sorman, la verdadera diferencia entre los populistas y los liberales es la capacidad de los segundos para reconocer y corregir sus errores, un atributo que falta en aquellos que defienden las teorías conspirativas.

    El autor también resalta que, si bien los liberales no son infalibles y los sistemas democráticos y capitalistas pueden sufrir crisis y generar caos, la gran diferencia es que los liberales están dispuestos a aprender de sus errores y a rectificar. En contraste, los populistas no solo se niegan a aceptar sus fallos, sino que, al enfrentarse a las consecuencias de sus acciones, suelen cometer aún más errores.

    Un aspecto clave del artículo es la reflexión sobre la psicología humana. Sorman sugiere que, aunque los liberales suelen tener razón, les falta la pasión que caracteriza a los populistas. Los populistas, por su parte, son apasionados y logran conectar emocionalmente con las personas, pero carecen de la razón que guíe sus acciones. Esta falta de balance entre pasión y razón es lo que, para Sorman, dificulta la convivencia y la construcción de una sociedad estable y racional. Por eso, concluye con una pregunta provocadora: ¿preferirías morir de COVID o del próximo virus que surja? Si prefieres escapar de futuras pandemias, el autor te invita a optar por el liberalismo.

    Sorman concluye con una crítica al populismo, que para él no solo es un obstáculo para el progreso, sino una amenaza directa a la salud pública y al bienestar colectivo. La ideología populista, al negar la ciencia y promover teorías conspirativas, perpetúa un ciclo de muerte y sufrimiento, mientras que el liberalismo, aunque imperfecto, ofrece las herramientas necesarias para enfrentar los retos del futuro.

    Este artículo de Guy Sorman sirve como un llamado a la reflexión sobre el papel de la ideología en tiempos de crisis. En un momento en que las fake news y las teorías conspirativas tienen un impacto significativo en las decisiones políticas y sociales, el texto resalta la importancia de la ciencia, la razón y la autocrítica, cualidades esenciales del liberalismo, frente a la seducción del populismo, que alimenta el miedo y la ignorancia. La polémica está servida, bienvenido el debate.

    Fuente original: Guy Sorman, «El populismo mata, el liberalismo salva,» ABC, 24 de marzo de 2025.

  • El verdadero peligro para la democracia: Elon Musk y la era de los superricos

    En su reciente artículo publicado en ABC, Guy Sorman plantea una reflexión provocadora: el verdadero peligro para la democracia no es Donald Trump, sino la creciente influencia de los superricos, con Elon Musk como símbolo de esta nueva casta. Según Sorman, Trump, pese a su retórica populista y sus impulsos extravagantes, es un líder cuya capacidad de acción se ve limitada por las instituciones estadounidenses. Por el contrario, figuras como Musk representan una amenaza más insidiosa, ya que acumulan un poder sin precedentes sin estar sujetas a los mecanismos tradicionales de control y equilibrio.

    Trump ha sido, y posiblemente será de nuevo, un presidente ruidoso, pero no necesariamente efectivo en la toma de decisiones. Su primer mandato estuvo marcado por una gran presencia mediática, pero pocas acciones concretas. La única excepción notable, señala Sorman, fue la rápida financiación de la vacuna contra la COVID-19, una medida que, paradójicamente, el propio Trump evita destacar para no alienar a su base antivacunas. En este sentido, su segundo mandato no supondría una desviación significativa del primero: su poder estará limitado por la estructura institucional de Estados Unidos y las propias fuerzas militares, que, como Sorman recuerda, tienen la obligación de rechazar órdenes ilegales.

    El verdadero foco de preocupación, argumenta el autor, debe dirigirse hacia la creciente concentración de poder en manos de los superricos. Estos magnates, impulsados por la globalización y la digitalización, han acumulado fortunas colosales sin aportar necesariamente innovaciones revolucionarias. Elon Musk, por ejemplo, no inventó el coche eléctrico, sino que adquirió y potenció una empresa que ya estaba desarrollándolo. A diferencia de Bill Gates, cuyo impacto en la informática fue transformador, Musk se ha beneficiado de las creaciones ajenas y ha sabido posicionarse estratégicamente en el mercado.

    Más preocupante aún es la influencia que estos multimillonarios ejercen sobre los medios de comunicación y la esfera pública. En países como Francia, gran parte de la prensa está en manos de un pequeño grupo de superricos que imponen su visión ideológica. Las redes sociales, en lugar de equilibrar el debate político, han contribuido a radicalizarlo, ya que también están controladas por empresarios más interesados en el poder que en la verdad. En este contexto, la independencia de los medios de comunicación, considerada tradicionalmente como el «cuarto poder», se ve cada vez más amenazada por este nuevo «quinto poder» de los magnates globales.

    Sorman señala que esta dinámica representa un desafío inédito para la democracia liberal. Los pensadores que diseñaron los sistemas democráticos modernos basaron su arquitectura en la separación de poderes entre el ejecutivo, el legislativo y el judicial, con la prensa como un contrapoder esencial. Sin embargo, la aparición de los superricos ha introducido un nuevo actor que escapa a estos controles y que, a través de su enorme influencia económica, está erosionando las bases mismas de la democracia. Estos magnates no están sujetos a regulaciones efectivas y, gracias a la globalización, pueden evitar pagar impuestos, debilitando así la capacidad del Estado para actuar como un contrapeso.

    Frente a esta amenaza, la Comisión Europea ha sido una de las pocas instituciones que ha intentado imponer ciertas restricciones, aplicando multas a las grandes plataformas tecnológicas por abuso de poder. Sin embargo, Sorman advierte que estas medidas son insuficientes para frenar el avance de esta nueva élite económica. La democracia liberal enfrenta un reto sin precedentes: un poder económico que no solo busca maximizar sus ganancias, sino que también tiene la capacidad de moldear la opinión pública y, potencialmente, influir en las decisiones políticas.

    Sorman nos insta a replantear nuestras preocupaciones sobre el futuro de la democracia. Mientras el mundo sigue atento a las extravagancias de Trump, el verdadero peligro acecha en las sombras: un nuevo orden económico donde el poder ya no reside en los gobiernos ni en los ciudadanos, sino en una minoría ultrarrica capaz de moldear la realidad a su antojo. Es hora de dirigir la mirada al lugar correcto y enfrentar este desafío antes de que sea demasiado tarde.

  • Los Terribles Efectos de la Intervención Gubernamental en el Mercado

    En Panamá hemos creado una cultura de ciudadanos que apelan por más y más intervención gubernamental y menos y menos empresarialismo; realidad presente en el “no a la privatización”, frase que llama a la estatización. Y… ¿qué es eso de “privatización” y “estatización”?

    Quienes piden no privatizar piden más gobierno a cargo de la Cosa Nostra politiquera y menos empresas privadas. “Estatización” es más empresas gubernamentales, tales como el Metro, MiBus, IDAAN, MEDUCA, PATACÓN, IMA, ENSA y tal. El fenómeno que describo es el del “colectivismo”, que se refiere a darle más prioridad al rebaño que a la vaca y al toro; o, más importancia a quienes cierran las calles que a quienes van en sus autos al trabajo, urgencia y tal.

    El inmenso peligro del colectivismo o pandillerismo se da cuando es adoptado por una repugnante clase política completamente corrupta; la cual entiende muy bien que controlando la mentalidad controlan al rebaño. Desde la misma Biblia y en los Mandamientos podemos ver el poder de control que hay en el pecado de la envidia. Es difícil no “desear la mujer del prójimo” o su dinero, auto, casa, vestido o su belleza física y mucho más. Y falso que la envidia es del pobre al rico, ya que entre los vecinos de los barrios del pueblo sobra la envidia hacia el vecino. Maldito el político que se vale del pecado de la envidia para controlar al populacho; y lo más triste es que he visto a la mayoría de presidentes que hacen eso.

    En fin, los mecanismos para dominar al pueblo son muchos, tal como el Metro, ese que todos lo ven y admiran. Lástima que no tengan la capacidad de ver que no sólo no resolvió las necesidades de transporte urbano sino que no hay fondos para operarlo de manera eficiente y económica. Y, tal vez llegue el día en que no haya fondos para operarlo. O, lo operarán a costillas de que no pueden tapar los cráteres en las calles y tal.

    El estatismo es tan viejo como vieja es la humanidad y de ello hablaba Platón. Y ni hablar de la filosofía comunista que pone a la persona humana por debajo de la turba humana. En el comunismo estatista no hay propiedad; todo pertenece al Estado; incluyendo a tus hijos, que son propiedad del Estado. Es el desastre del MEDUCA, que como es de todos, no tiene dueño y se convierte en objeto de las pirañas políticas, sindicales y del estado profundo.

    Y… ¿qué si les digo que el gobierno de Panamá lo podríamos operar a una fracción del costo que hoy tiran a Cerro Patacón? Me consta porque nuestra empresa hizo un estudio con expertos internacionales y quedó patente. Pero los políticos que pagaron por dicho estudio, no se atrevieron a ponerlo en efecto porque se quedarían sin fondos para robar. ¡Ha!, sí, y no sólo el gobierno funcionaría mil veces mejor sino la economía se dispararía y se reduciría la cantidad de pobres. Lástima que ello sería terrible para la mafia política.

    Pero ¿qué hacer con una población noducada por el MEDUCA? Una población incapaz de ver más allá de los jamones repartidos en navidad y del resto de los disque subsidios que lo único que subsidian es la pobreza y la servidumbre. Una población que se maravilla al ver pasar los trenes del Metro pero que es incapaz de ver la realidad de la deuda pública y del desgobierno que nos conduce al desastre de Venezuela o Cuba.

  • La Economía de Burbujas y del Engaño: La Economía Populista

    En EE.UU. muchos culpan a Trump, entre otras, de ser el creador de la economía de burbujas o populista que padece los EE.UU.; situación que se asemeja mucho a la realidad económica panameña populista que hoy hereda Mulino. Las “burbujas económicas” o especulativas o financieras, se caracterizan por un aumento irreal o engañoso de los precios de bienes. Las causas o factores que contribuyen a inflar los precios son variados pero quizá el peor factor se da cuando los gobiernos son los gestores de la burbuja del engaño; tal como ocurrió con la crisis inmobiliaria del 2008 en EE.UU. en la cual ciertas agencias gubernamentales se convirtieron en garantes de última instancia de los préstamos hipotecarios. Pero también están las economías populistas, que también crean burbujas como pompas de jabón que brillan en lindos colores hasta que se rompen salpicando grasas.

    En el caso de la crisis o burbuja inmobiliaria populista que pretendía subsidiar el sueño estadounidense de un hogar para todos; nadie se preguntaba si los subsidios son una función gubernamental legítima y sostenible. A juzgar por la crisis del 2008, la cual hoy en el 2024 no se ha subsanado pues sólo se emparchó, aumentó y complicó, debía ser obvio que no es algo en que se deben involucrar los políticos y las razones sobran.

    La caridad y la subsidiaridad corresponden al prójimo, que, por estar próximos conoce y puede ayudar o subsidiar. Tal ocurre con nuestros hijos y abuelos; o, con la viuda de al lado a quien se le murió el marido y no tiene como alimentar a sus hijos. Ya sea que uno los ayude o el barrio, la iglesia y tal. Pero, en la medida en que los problemas dejan de ser “próximos” o del prójimo, la tentación es la de endilgárselos a las maras políticas; lo cual nos va metiendo en terreno cenagoso.

    El colapso inmobiliario del 2008 va por ese camino de malandar, de endilgar a las maras políticas lo que no es gobierno, pero que éstas aman pues son las llaves del gallinero o el corral dónde encierran a sus víctimas. Así, tal como ha ocurrido con la CSS, nos metemos en un callejón sin salida. ¿Crees que desde 1941 que se creó la CSS ninguno de los economistas y mafiosos gubernamental sabía que se trataba de una estafa piramidal? ¿Hasta dónde puede llegar la ingenuidad, la ignorancia y el engaño? Algunos llamamos a todo ello “la ladera resbalosa hacia el servilismo”.

    Hoy, agarraditos de las manos subimos la cuota obrero patronal de 4.25 a 7.25 diciendo, los graduados del NODUCA que sólo es un aumento de 3 puntos porcentuales. ¡El aumento entre 4.25 y 7.25 es de 70%! Digan que es el único parapeto posible dada la terrible realidad política imperante que hemos heredado de una historia de desgobierno y lavado de cerebro MEDUCA; pero no le llamemos “solución”.

    Pero si remiendas por un lado, dejas un enredo por otro; que al menos 1/3 de las pocas empresas formales que quedan en el país están al borde del colapso y apenas logran subsistir al asedio burrocrático y a los descuentos a viejitos, salarios mínimos y tal. Si entran más viejitos de la cuenta, el negocio no gana ese día. Ahora todos los formales tendrán que aumentar su cuota del IVM en 70%. Conozco una empresa que acaba de aumentar a todo su personal.

    En fin, buen gobierno es lograr que el emprendimiento y la economía sean de los ciudadanos y no de los zorros del gallinero; que han sido buenos en el negocio del pillaje pero no en el negocio de dejar negociar en libertad.

     

  • El Populismo y la Libertad

    En ese mundo Babel en el cual comunicarse con el prójimo y más allá se complica debido a que cada quien le da diferente sentido a las palabras que usa, tal como en el caso de este escrito de opinión cuando hablo de “populismo”, y mejor ni abordo el vocablo “libertad” más allá de decir que se refiere a “somos libre para hacer el bien”. Lo cierto es que al comenzar a redactar sobre el populismo y la libertad inicialmente me dirigí al diccionario Merriam Webster e inmediatamente me tropecé con un argumento circular exasperante de “la doctrina económica y política argumentada por populistas”, pero si busco populista me dice que es “relativo al populismo”. Una definición que en vez da aclarar oscurece.

    Entonces me fui al Diccionario. De en el cual hallé algo de luz: El término populismo tiene sentido peyorativo, ya que hace referencia a las medidas políticas que no buscan el bienestar o el progreso de un país, sino que tratan de conseguir la aceptación de los votantes sin importar las consecuencias.”

    Pero, con ánimo de buscar lo bueno en las penumbras, Definición.de también nos dice: “Cuando la noción de populismo se utiliza de manera positiva, en cambio, se califica a estos movimientos como propuestas que buscan construir el poder a partir de la participación popular y de la inclusión social.”

    Y aún no abordo si el populismo es antibiótico, purgante o veneno; y en ello entra al auxilio la Wikipedia, quien nos informa que populismo” se refiere a un rango de tendencias políticas afines “al pueblo”, concepto yuxtapuesto a la “elite. Nada raro cuando vemos que el término tiene su origen en los movimientos rusos durante la segunda mitad del siglo XIX en el movimiento llamado “narodnismo” o populismo en ruso; lema del pueblo en movimientos que dicen ser “democráticos” pero, de la estirpe rusa. ¡Meto!

    Defino yo populismo o tendencia popular de las clases menos aventajadas, tanto en sentido económico como cultural e influencia política, que es la forma natural de los que se sienten oprimidos de reaccionar, sea para bien o mal. Desgraciadamente grupos inmorales se han aprovechado de la corriente popular para conducirles por los caminos de la servidumbre; y no sólo grupos de las élites sino de nada élites, salvo en vagabunderías.

    En Panamá, en dónde los gobiernos y sus programas de gobernanza, a través del tiempo, han seguido modalidades de engaño y sacar ventaja a la población en general en pos del pillaje, el llamado “pueblo” o “Tío Pueblo” no deja de tener razón en sentimientos. De si la reacción popular frente tales sentimientos sea buena y/o productiva es harina de otro costal y las respuestas por lo general es alguito de pan para hoy mucha hambre para mañana.

    Justo ahora, frente a las elecciones del 2024 nos vemos inundados por asquerosas promesas populistas de parte de todos los candidatos; que prometen cielos que seguramente resultarán en infiernos. Y ¡por supuesto!, si algún despistado como yo sale a decir verdades, todos le entran a pelonera.

    El inmenso problema en Panamá es que la pervertida politiquería, a través del tiempo, logró tornar el pensamiento y diálogo populista en práctica política y gubernamental: en jamones, botellas, salarios mínimos y toda clase de intervención castrante. Y todo ella a tal grado que logró infectar a buena parte del empresariado formal e informal.

    Quizá no hay mejor caso que la mina. Sacan a relucir la basura del contrato a sabiendas del descontento general, particularmente entre la juventud, y la reacción no se hace esperar. Hoy, la pregunta queda colgando: ¿Es buena la solución de un cierre desordenado? Algo así como: se infectó el dedo gordo, amputa la pierna.

  • Por qué la gente desea líderes autoritarios?

    La historia nos ha mostrado momentos en los que líderes autoritarios han surgido en contextos de crisis, prometiendo soluciones rápidas y efectivas. Sin embargo, la idea de que la salida autoritaria sea la única alternativa viable no es necesariamente cierta ni sostenible a largo plazo.

    Las soluciones autoritarias a menudo sacrifican libertades individuales y derechos democráticos en aras de la estabilidad o el progreso a corto plazo. Aunque estos líderes puedan implementar reformas aparentemente efectivas, frecuentemente lo hacen a expensas de la participación ciudadana, la diversidad de opiniones y la rendición de cuentas. Esto puede generar problemas más graves a largo plazo, como la falta de representación, la corrupción sistémica y la erosión de las libertades fundamentales.

    La solicitud de autoritarismo en lugar de democracia puede surgir de la desesperación y la falta de confianza en las instituciones existentes para abordar los problemas de manera efectiva. A veces, las democracias enfrentan obstáculos para brindar soluciones rápidas debido a la burocracia, la corrupción o la falta de consenso político.

    La atracción hacia líderes mesiánicos, en ocasiones con rasgos autoritarios, se nutre de dos motivos fundamentales.

    Primero, la desesperación ante la crisis económica, moral y social puede llevar a la búsqueda de líderes que prometan estabilidad y soluciones inmediatas. Estos líderes, presentándose como salvadores, pueden captar la atención de quienes ven en ellos la posibilidad de restaurar el orden y la prosperidad perdidos.

    Segundo, la desconfianza en las instituciones democráticas existentes puede generar un vacío de poder, donde líderes carismáticos se presentan como alternativas viables en medio del desencanto con la clase política tradicional. Su discurso enérgico y su capacidad para conectar emocionalmente con la población los convierten en figuras atractivas para aquellos que sienten que el sistema actual no les representa.

    A menudo, la gente puede votar por modelos autoritarios por frustración con el status quo, preocupaciones económicas, miedo a la inseguridad o una sensación de falta de representación por parte de la clase política tradicional. En algunos casos, la retórica populista o el carisma de ciertos líderes pueden influir en las decisiones de voto.

    Es importante tener en cuenta que las elecciones son un reflejo de una variedad de opiniones, perspectivas y circunstancias individuales y colectivas. No todas las personas que votan por modelos autoritarios lo hacen necesariamente porque apoyan todas las facetas del autoritarismo, sino que pueden ver en ciertos líderes una solución a problemas específicos que consideran urgentes.

    Estos líderes, cuando alcanzan el poder, muchas veces casi de casualidad, enfrentan el desafío de gobernar sin una mayoría clara en el parlamento o congreso. La ausencia de respaldo legislativo puede conducir a intentos de consolidar su poder mediante decretos ejecutivos o modificaciones institucionales, planteando un riesgo para la estabilidad democrática.

    Es esencial comprender que la concentración de poder en manos de líderes que asumen el poder sin mayorías puede representar un peligro latente para la democracia. Gobernar sin el respaldo parlamentario adecuado puede desencadenar decisiones unilaterales y socavar los controles necesarios para evitar el abuso de poder.

    Esta concentración de poder en manos de un ejecutivo sin el contrapeso adecuado puede ser preocupante y llevar a un aumento del autoritarismo si no se maneja con cautela.

    La falta de equilibrio de poder entre los diferentes poderes del Estado (ejecutivo, legislativo y judicial) es una preocupación legítima en términos de mantener la democracia funcional. La separación de poderes es esencial para evitar el abuso de poder y garantizar la rendición de cuentas. Cuando un líder carece de mayoría en el parlamento, es crucial buscar consensos, negociar y trabajar en alianzas para avanzar en políticas que beneficien a la sociedad en su conjunto.

    La construcción de mayorías a través del diálogo político, la negociación y el compromiso son fundamentales para garantizar una gobernanza efectiva en democracia. Los líderes que llegan al poder en circunstancias de fragmentación electoral deben enfocarse en la cooperación y la construcción de consensos en lugar de buscar concentrar un poder excesivo en el ejecutivo.

    La clave para abordar esta situación radica en fortalecer la participación ciudadana, promover una educación cívica robusta y trabajar en la construcción de consensos políticos. Es necesario fomentar una democracia participativa, donde el diálogo, la negociación y el respeto por la separación de poderes sean pilares fundamentales.

    En tiempos de incertidumbre, la sociedad necesita líderes comprometidos con la colaboración, la transparencia y el fortalecimiento de las instituciones democráticas. Solo así se podrá mitigar el riesgo de caer en el ciclo peligroso del autoritarismo que, aunque prometa soluciones rápidas, compromete los pilares mismos de la libertad y la justicia en una sociedad.

  • Inmigración y Liberalismo: Una Perspectiva Reflexiva

    En un artículo reciente para ABC, Guy Sorman aborda el tema candente de la inmigración y el auge del populismo en Europa.

    En un mundo azotado por la desinformación y las interpretaciones sesgadas, la reciente cobertura de las elecciones parlamentarias en Países Bajos ha ilustrado cómo los titulares pueden distorsionar la realidad. La victoria aparente del partido de Wilders se ha presentado como un triunfo rotundo de la extrema derecha. No obstante, una mirada más detallada revela una situación matizada: 35 escaños de 150 no equivalen a un dominio absoluto ni a una señal de asunción del poder.

    ¿Por qué temer al partido de Wilders? La etiqueta de «extrema derecha» parece más una representación simplista. Sería más preciso definirlo como populista, una ideología que, ya sea de derecha o izquierda, niega la diversidad y busca la uniformidad cultural y nacionalista. Este populismo, arraigado en la hostilidad hacia la inmigración, ha ganado terreno en varios países europeos, planteando cuestionamientos sobre su compatibilidad con la democracia.

    Es crucial discernir que si bien los populistas pueden rechazar la diversidad, cuando acceden al poder, su actuación tiende a ser más moderada de lo que sus discursos proclaman. Esta moderación ha sido evidente en países como Italia, Suecia y Eslovaquia, aunque Hungría presenta un panorama más preocupante para la democracia.

    Resulta injusto demonizar a los populistas opuestos a la inmigración. Representan una parte significativa de la población y encarnan preocupaciones legítimas. Si bien es válido no compartir esas inquietudes, no se puede tachar de fascistas a todos los votantes que respaldan estos partidos. Es fundamental aceptar los resultados y analizarlos desde una perspectiva liberal.

    El paradigma liberal exige reconocer la dignidad de todos los ciudadanos, independientemente de sus creencias, siempre y cuando respeten la Constitución. El aumento del voto populista en Europa es sintomático de una inquietud real. Podemos cuestionar a aquellos hombres blancos que temen la supuesta islamización de la sociedad, pero ¿podrían tener razón en sus temores? Desde una óptica liberal, comprender la naturaleza de esta migración es primordial.

    La migración no está exclusivamente compuesta por los más desfavorecidos, sino también por individuos emprendedores. Su arduo viaje hacia Europa merece compasión. A nivel demográfico, estos inmigrantes contrarrestan el envejecimiento de la población europea. Aportan mano de obra en sectores desatendidos por locales, aunque también se benefician de servicios públicos financiados por impuestos europeos.

    El debate migratorio carece de reflexión. Los populistas se oponen, pero ofrecen pocas soluciones realistas. Los demás partidos, a menudo, evitan abordar la problemática. ¿Existe una solución? Los principios liberales podrían proporcionar un camino viable.

    Los liberales abogan por dos enfoques en materia migratoria. Uno de ellos, planteado por economistas como Gary Becker, sugiere que los inmigrantes paguen una tasa de entrada, dado que acceden a un capital acumulado del que no han contribuido. Esta teoría, aunque no implementada, ilustra las implicaciones económicas de la migración.

    Otra alternativa, la «solución helvética», adoptada por Suiza hasta 2016, establecía cuotas anuales de inmigración basadas en las necesidades laborales. Esta propuesta, promovida por Daniel Cohn-Bendit, propone que la Eurocámara adopte cuotas periódicas de inmigración legal, legitimando así la inmigración bajo parámetros controlados.

    En lugar de temer una toma de poder de la extrema derecha o abrazar la inmigración sin restricciones, aboguemos por una solución realista, humana y aceptable para todas las partes involucradas. Los liberales tienen la responsabilidad de elevar su voz en este debate y ofrecer soluciones fundamentadas en los valores de dignidad, libertad y respeto.

    El texto original de Guy Sorman plantea una perspectiva desafiante y reflexiva sobre la inmigración, destacando la necesidad de soluciones pragmáticas en consonancia con los principios liberales. La inmigración, vista desde este prisma, se convierte en un tema complejo que requiere un análisis profundo y soluciones innovadoras para abordar sus múltiples facetas con humanidad y sensatez.

  • Populismo: cómo reconocerlo.

    El populismo es un fenómeno político complejo que ha sido objeto de estudio y debate por académicos, politólogos y escritores a lo largo de la historia. Su naturaleza multifacética lo convierte en un tema intrigante y polémico, ya que su definición y manifestaciones pueden variar significativamente según el contexto cultural, socioeconómico y político.

    En esencia, el populismo se caracteriza por la movilización de las masas en contra de una élite percibida como corrupta, privilegiada o distante de las necesidades del pueblo. Este término ha sido explorado por numerosos autores, entre ellos, Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, quienes, en su libro «Hegemonía y Estrategia Socialista: Hacia una Radicalización de la Democracia», analizan cómo el populismo puede ser una herramienta para la reconfiguración del orden político.

    Laclau y Mouffe argumentan que el populismo construye identidades políticas al dividir el espacio social entre «el pueblo» y «la élite», creando un discurso antagonista que busca unificar demandas y deseos diversos bajo un liderazgo carismático. Ejemplos recientes incluyen líderes como Hugo Chávez en Venezuela o Evo Morales en Bolivia, quienes se presentaron como representantes del pueblo contra supuestas élites corruptas.

    Otro enfoque notable sobre el populismo proviene del politólogo italiano Giovanni Sartori, quien en su libro «La política: lógica y método en las ciencias sociales» señala cómo el populismo puede desestabilizar la democracia al polarizar la sociedad y debilitar las instituciones. La polarización se evidencia en la retórica populista que tiende a simplificar problemas complejos, prometiendo soluciones sencillas y a menudo utópicas.

    El populismo puede tomar formas variadas en diferentes partes del mundo. Por ejemplo, en Europa, partidos como el Movimiento 5 Estrellas en Italia o el UKIP en el Reino Unido han utilizado discursos populistas antiestablishment, capitalizando el descontento público hacia las élites políticas y económicas. En América Latina, figuras como Andrés Manuel López Obrador en México han adoptado estrategias populistas apelando a las bases sociales más desfavorecidas.

    Sin embargo, el populismo no se limita a una región en particular. Donald Trump en Estados Unidos también empleó un discurso populista que apelaba a los «olvidados» y prometía restaurar la grandeza de América, utilizando un lenguaje que enfrentaba a «la gente común» contra «el establishment».

    Es fundamental reconocer que el populismo no es exclusivamente negativo ni positivo. Puede ser una herramienta para dar voz a sectores marginados y desatendidos, pero su tendencia a simplificar problemas complejos y a menudo su manipulación emocional pueden socavar la estabilidad democrática.

    En resumen, si bien el populismo puede manifestarse de diversas maneras,  hay algunas características principales que suelen identificarse:

    1. Líder carismático: El populismo a menudo gira en torno a un líder carismático que encarna las aspiraciones y demandas del «pueblo». Este líder suele presentarse como la única solución a los problemas del país, generando una fuerte identificación emocional con sus seguidores.
    2. Discurso antiélite: Una de las bases del populismo es la crítica a una élite percibida como distante, corrupta o privilegiada, a menudo culpándola de los males del país. Este discurso busca crear una dicotomía entre «el pueblo» y «la élite», promoviendo la idea de que solo el líder populista puede representar y proteger los intereses del primero.
    3. Simplificación de problemas complejos: Los líderes populistas tienden a simplificar problemas complejos, presentando soluciones aparentemente directas y simples a desafíos que tienen raíces profundas y multifacéticas. Este enfoque puede generar expectativas poco realistas entre sus seguidores.
    4. Apelación a las emociones: El populismo se apoya en las emociones de la gente, recurriendo a discursos apasionados y emotivos que buscan conectar con las preocupaciones y esperanzas del público. Este enfoque emocional puede generar una fuerte lealtad entre los seguidores del líder populista.
    5. Maniqueísmo político: El discurso populista tiende a dividir el espacio político en términos simples de bien contra mal, pueblo contra élite, lo cual puede polarizar la sociedad y dificultar el diálogo constructivo entre diferentes sectores.

    Desde la obra de Laclau y Mouffe hasta las reflexiones de Sartori, se evidencia la necesidad de comprender sus matices y consecuencias en la política contemporánea. Su impacto sigue siendo objeto de análisis y debate, ya que el populismo continúa moldeando el panorama político global.

  • El Ocio Vacío: Pan, Circo y la Crisis de la Conciencia Ciudadana

    Desde tiempos antiguos, a los gobernantes les ha interesado mantener a las masas ocupadas con un ocio colectivo. Esta estrategia, lejos de enriquecer a los ciudadanos, ha servido como una vía de escape o distracción, desviando la atención de asuntos cruciales que, de recibir la debida atención, podrían impulsar a la ciudadanía a involucrarse en la solución de sus problemas reales. El dicho «Panem et circenses» de los romanos, o «Pan y toros» según los ilustrados españoles, refleja esta idea, que en la actualidad podría representarse como «pan y circo, /jamones/cualquier cosa «gratis» «.

    Este enfoque, al ofrecer entretenimiento vacío mientras no se cubren las necesidades básicas, parece haber encontrado lugar entre ciertos líderes políticos a lo largo de la historia. Sin embargo, en tiempos actuales, ¿es realmente prudente priorizar el ocio sobre asuntos cruciales?

    La reciente crisis sociopolítica ha traído consigo una serie de desafíos fundamentales. Podría pensarse que lo más urgente sería realizar las acciones politicas dolorosas que encausen la senda del crecimiento y progreso. Sin embargo, resulta sorprendente que, en lugar de atender a estas necesidades, se prioricen ya las entregas de pavos y jamones y comiencen ya los festejos de diciembre, otorgándole un espacio inverosímil en las noticias y medios de comunicación en un momento tan crítico.

    La famosa frase «Panem et circenses» tiene su origen en el poeta satírico Juvenal, quien lamentaba la pérdida de interés del pueblo romano por la política en su época. Se quejaba de la pasividad ciudadana, que solo buscaba «pan y circo». Este concepto se arraigó en una era marcada por el desarrollo del Imperio, donde el poder estatal prevaleció sobre las libertades individuales, y se impulsaron entretenimientos como las carreras de carros y los juegos gladiatorios para controlar y contentar a la plebe.

    El entretenimiento de masas en la antigua Roma, aunque heredero de la tradición griega, distaba mucho del refinamiento y la excelencia individual del atletismo griego. Mientras que en Grecia se promovía el ocio como un momento para el cultivo intelectual y el cuidado de la mente, en Roma, este ocio se convirtió en un espectáculo para las masas, buscando anular espiritualmente a los espectadores.

    Los paralelismos entre el circo romano y los estadios actuales no son difíciles de trazar. En la época de Juvenal, el entretenimiento baldío y la desviación de la verdadera reflexión cívica sirvieron para mantener al pueblo ocupado, distraído de asuntos más trascendentales. Esta estrategia, lejos de promover un ocio edificante, se convirtió en una herramienta de dominación y control social.

    En tiempos modernos, este fenómeno se ha replicado de diversas formas. El subsidiar a manos llenas y otras formas de entretenimiento vacío del cual son cómplices muchos del ambiente televisivo y periodístico, han ocupado el espacio que antiguamente se utilizaba para cultivar la mente y participar en la cosa pública. La vorágine de estímulos sin pensamiento crítico ha llevado a una pérdida de profundidad en la reflexión y la participación ciudadana.

    En resumen, la historia del «Panem et circenses» nos recuerda que el entretenimiento vacío, utilizado como herramienta de control y distracción, puede convertirse en un obstáculo para el desarrollo de una sociedad reflexiva y comprometida con resolver sus problemas reales. La priorización del ocio sobre las necesidades cruciales puede ser un indicio alarmante de los tiempos modernos, donde el entretenimiento trivial se ha convertido en el opio del pueblo, impidiendo una mayor conciencia y participación ciudadana en la solución de los problemas del mundo actual.