Categoría: Politica y Actualidad

  • Bitcoin en el Estrecho de Ormuz: cuando el dinero deja de pedir permiso

    Bitcoin en el Estrecho de Ormuz: cuando el dinero deja de pedir permiso

    La reciente decisión de Irán de exigir el pago de peajes en Bitcoin para transitar el Estrecho de Ormuz no es simplemente una curiosidad geopolítica: es un acontecimiento histórico. Por primera vez, un Estado está utilizando un sistema monetario descentralizado como infraestructura de liquidación en un punto crítico del comercio global. Y eso, guste o no, cambia las reglas del juego.

    Segúnmúltiples reportes recientes, Irán ha comenzado a exigir pagos en criptomonedas a petroleros que atraviesan este paso estratégico (por donde fluye alrededor del 20% del petróleo mundial) con tarifas que pueden llegar hasta millones de dólares o, en algunos casos, alrededor de 1 dólar por barril transportado. El objetivo declarado es controlar el tránsito durante un frágil alto el fuego, pero el objetivo real es mucho más profundo: escapar del sistema financiero internacional dominado por Occidente.

    Bitcoin como arma de soberanía

    Desde una perspectiva libertaria, esto confirma lo que muchos llevamos años defendiendo: Bitcoin no es una inversión, es una herramienta de soberanía. Es dinero sin permiso. Y cuando un Estado sancionado como Irán lo adopta para cobrar peajes, está reconociendo implícitamente que el sistema fiat, especialmente el dólar, no es neutral, sino político.

    Irán no puede confiar en SWIFT ni en bancos occidentales sin exponerse a bloqueos o confiscaciones. Bitcoin, en cambio, permite recibir pagos de forma directa, global y resistente a la censura. Como señalan analistas, las transacciones en cripto “complican la interceptación o congelación de pagos en tiempo real”. Es decir: exactamente lo que Bitcoin fue diseñado, ser resistente a la censura.

    El fin práctico del monopolio monetario

    Este movimiento también ataca el corazón del sistema del petrodólar. Durante décadas, el comercio energético global ha estado denominado en dólares, lo que ha otorgado a Estados Unidos un poder desproporcionado sobre la economía mundial. Pero si un chokepoint como Ormuz empieza a aceptar Bitcoin, se abre la puerta a un comercio energético parcialmente desdolarizado.

    No estamos hablando de una adopción ideológica. Irán no es libertario. Es un régimen autoritario que simplemente está utilizando la mejor herramienta disponible para sobrevivir a sanciones. Pero precisamente ahí está la lección: Bitcoin no necesita aprobación moral. Funciona porque es útil.

    Y cuando incluso los Estados más hostiles al libre mercado lo utilizan, queda claro que el dinero descentralizado ha cruzado el Rubicón.

    De la teoría a la infraestructura real

    Hasta ahora, muchos críticos decían que Bitcoin no tenía “uso real” más allá de la especulación. Ese argumento acaba de morir. Aquí vemos Bitcoin integrado en una infraestructura física crítica: rutas marítimas, comercio de petróleo, logística global.

    El proceso descrito, es decir el registro previo del cargamento, cálculo del peaje y pago rápido en Bitcoin antes de cruzar, convierte a la red en una capa de liquidación para comercio internacional en tiempo real. Esto no es teoría. Es infraestructura.

    El lado incómodo: coerción y libertad

    Ahora bien, un análisis honesto debe reconocer la tensión moral: este uso de Bitcoin no es voluntario. Es coercitivo. Los barcos pagan porque no tienen alternativa.

    Pero esto no es un fallo de Bitcoin, sino una prueba de su neutralidad. El mismo protocolo que empodera a individuos frente a gobiernos también puede ser utilizado por gobiernos frente a otros actores. Bitcoin no discrimina; simplemente ofrece un sistema monetario incorruptible.

    Desde una óptica libertaria, la solución no es rechazar Bitcoin, sino expandir su adopción para que todos tengan acceso a esta herramienta de soberanía (y no por los Estados convenientemente).

    El mundo ya cambió

    Lo que está ocurriendo en el Estrecho de Ormuz y el Bitcoin es un anticipo del futuro: un mundo donde el dinero ya no está completamente controlado por bancos centrales ni imperios financieros.

    Bitcoin ha pasado de ser un experimento cypherpunk a convertirse en una pieza funcional de la geopolítica global. Y cuando el comercio de petróleo, la columna vertebral de la economía mundial, empieza a tocar la red, estamos ante un cambio de paradigma. Claro, no es la forma que hubiéramos deseado, pero sí señala una dirección. No es el fin del sistema fiat… todavía. Pero es el principio del fin de su monopolio.

    Y como libertarios, eso es exactamente lo que llevábamos esperando.

  • ¿Quiénes son las Élites?

    ¿Quiénes son las Élites?

    La élite o élites se refiere a esa minoría selecta, que supone ser superior o rectora gobernante; y la definición de la IA la he alterado yo debido que la IA no dice que “supone ser superior” sino sólo superior; lo cual me deja pensando… ¿superior en qué? En el pensamiento romano político y clásico el vocablo “superior” existen dos vertientes, la de “autoridad” y la de “potestad”:

    • “Autoridad” viene de autor, o quien conoce y escribe la obra y aportando valor y crecimiento, actuar que le da prestigio y legitimidad.
    • “Potestad” es la capacidad legal respaldada por la fuerza para mandar; sea o no “autoridad” que tenga los méritos, o la razón.

    En el escenario panameño vemos exceso de una potestad adaptada al pillaje, pero poca o ninguna para hacer crecer al país y sacar a los pobres del pantano de la pobreza. Y, el uso típico que le hemos dado al término “élite”, rabiblanco y tal, es para referirse a la oligarquía del Club Unión; sin importar de que esa oligarquía ya poco suena o truena. La realidad y el problema es que la élite y la oligarquía de antaño ha mutado dando cabida a una élite con rabos multicolor. Y, tristemente, en ello, se ha formando una mafia que busca justificación legal con poca moral.

    Hoy estamos frente a lo que se conoce como una “movilidad social oportunista” que se vale del mimetismo para sus fechorías. Ahora, desde el poder político y económico, no aportan nuevos valores, sino que, habiéndose copiado los vicios y estética de la vieja guardia, buscan validar su corrupto actuar disfrazándose de pobres; aunque ya muchos son más ricos que los ricos del ayer.

    Antaño, el poder de los rabiblancos se basaba, más que nada, en la propiedad de la tierra, ya que verdaderos comerciantes no eran; su negocio, empresa o emprendimiento estaba en el Palacio de las Garzas y tal. Era allí desde dónde fluía y sigue fluyendo el chen-chen que le sustraen al sector realmente productivo; ya que nuestros gobiernos monopólicos nada tienen de productivos; y más bien son destructivos.

    La nueva rabiblancura busca legitimidad aprendida en el corrupto ayer; haciéndose pasar por lo que no son… gobernantes. A diferencia, extranjeros que llegaron a Panamá pobres, crearon empresas que dieron miles de plazas de trabajo y desarrollo. Mi abuelo Novey solía decir, “quien con niños se acuesta, cagado amanece”, pues él rehusaba hacer negocios con el “gobierno”. Tristemente, yo no le hice caso y la empresa que fundé, luego de que me despidieran como director de aeronáutica, porque no era ladrón, fracasó porque a pesar de que ganábamos contratos y nuestro producto era de primera, no accedimos a pagar las coimas. ¿Cómo pagarlas si no las habíamos incluido en el presupuesto?

    Tristemente, tanto los rabiblancos de antaño como la nueva mezcolanza de rabos multicolor carecen de ética, caminando en malandar. Hoy, como ayer, el pueblo vota por los más corruptos pensando que estos les derramarán despojos desde las mesas de sus banquetes; lo cual aflora en aquello de “robó, pero le dio al pueblo”. En fin, los que hoy llamamos “élites”, en buena medida son mutantes que se graduaron en las universidades del desenfreno.

    Ahora, el gobierno y la gobernanza secuestrada se disfrazan de emprendedores, en actividades que no es “gobierno ni gobernanza”. Son las élites del engaño y la rapiña. Y mientras el pueblo languidece en los arables periurbanos de pobreza, los empresarios extranjeros tienen el campo libre para emprender; y… menos mal, ya que alguien debe producir para lograr prosperidad.

  • Negocios con el poder: la trampa prebendaria y la traición al ideal liberal

    Negocios con el poder: la trampa prebendaria y la traición al ideal liberal


    Uno de los principios más elementales del liberalismo es la estricta separación entre el poder político y los negocios privados. No por una cuestión moral abstracta, sino por una razón profundamente práctica: cuando esa frontera se diluye, emerge inevitablemente el sistema prebendario, donde el éxito económico deja de depender del mérito y pasa a depender del acceso al poder.

    El reciente escándalo vinculado a la criptomoneda $LIBRA vuelve a poner este problema en el centro de la escena. La promoción pública del activo por parte del presidente generó un aumento explosivo de su valor seguido de un colapso abrupto, con pérdidas millonarias para miles de inversores y ganancias concentradas en unos pocos actores con información privilegiada.

    Más grave aún, investigaciones posteriores han revelado posibles vínculos previos, comunicaciones directas y hasta la existencia de borradores de acuerdos económicos asociados a esa promoción, lo que ha derivado en denuncias judiciales, pedidos de investigación y cuestionamientos éticos de fondo.

    Sin embargo, el problema excede lo jurídico. Puede que algunos aspectos terminen siendo legales o indemostrables en términos penales. Pero el liberalismo no se agota en la legalidad. Existe una dimensión anterior y más exigente: la legitimidad.

    El fenómeno que aquí se observa no es nuevo. Es el clásico patrón de captura del poder por intereses privados o, en su variante más moderna, de utilización del poder para habilitar negocios que no existirían sin esa influencia. En términos de la teoría de la elección pública (public choice), los incentivos están alineados: quien detenta poder tiene la capacidad de generar beneficios extraordinarios, y quienes buscan esos beneficios tienen incentivos para acercarse al poder.

    El resultado es un sistema donde las oportunidades no se distribuyen en función del talento o el riesgo asumido, sino en función de la cercanía política. Eso es, precisamente, el prebendarismo.

    Y aquí radica el punto más delicado: cuando este tipo de prácticas ocurre bajo gobiernos que se presentan como liberales, el daño es doble. No sólo se afecta la confianza institucional, sino que se erosiona el propio capital simbólico de las ideas de la libertad.

    Porque el liberalismo no es un discurso antiestatal en abstracto. Es una ética del poder. Implica límites, implica renuncias, implica —sobre todo— la decisión consciente de no utilizar la posición pública para generar ventajas privadas.

    Cuando esa barrera se rompe, lo que queda no es un “liberalismo imperfecto”. Es otra cosa. Es la repetición de un patrón histórico donde el poder político deja de ser árbitro y se convierte en jugador.

    Y en ese punto, la narrativa de la “casta” pierde sentido. Porque el problema nunca fue sólo quién estaba en el poder, sino qué se hace con él.

    En cualquier economía sana, hacer negocios depende del mercado. En una economía capturada, depende del poder.

    Y cuando esa lógica se instala, el sistema deja de premiar la innovación y empieza a premiar la proximidad.

    Por eso, el verdadero daño de estos episodios no está únicamente en las pérdidas económicas o en las investigaciones judiciales en curso. Está en algo más profundo: la degradación de las reglas de juego.

    Un gobierno que prometía terminar con los privilegios no puede, sin costo, ser percibido como parte de ellos.

    Porque en política, como en los mercados, la confianza es el activo más valioso.

    Y una vez que se pierde, no hay relato que la reconstruya.

  • El Alma del Predador Gobernante

    El Alma del Predador Gobernante

    El vocablo “predador” describe a quienes saquean o actúan con rapiña; ya sea para sustento o para ascender en la escalera social y económica de manera ladina. Murray Rothbard en su obra Hombre, Economía, y Estado (1962) desarrolló una teoría económica de libertad, tal como lo hace nuestra Constitución, que luego contradictoriamente, en el mismo párrafo se contradice, abriendo camino para la discrecionalidad de las autoridades, lo cual contraría la misma Constitución. Y para quienes lo dudan, vean el artículo del abogado Carlos Barsallo intitulado “El Nuevo Excepcionalísimo Panameño «.

    Barsallo pregunta: “¿cómo puede un país alcanzar niveles de ingreso alto mientras mantiene percepciones persistentes de corrupción?”. Pero, yo añadiría que son más que percepciones; lo cual toma cuerpo cuando Barsallo cita a James Loxton en el Journal of Democray un artículo intitulado “The Puzzle of Panamanian Excepcionalism” (el rompecabezas del excepcionalísimo panameño). Es decir, que Panamá es berraca ya que a pesar de su corrupción gubernamental endémica, que ha afectado el desarrollo socioeconómico de gran parte de la población, flota por encima de las consecuencias de corruptela; tanto en el ámbito social como en el gubernamental.

    El excepcionalísimo de Panamá, como yo lo veo y coincido con Barsallo, nos llega debido a que nos hemos convertido en un refugio financiero de dólares, pero no porque tengamos una población productiva. Pero el asunto va bastante más allá y tiene raíces históricas y socioeconómicas, entre otras. En cortito, la triste realidad de los panameños es que no somos muy dados al emprendimiento; lo cual tiene raíces coloniales que persisten desde Cristobal Colón, Pedrarias y tal.

    Uno de los comentarios de Barsallo que más me llamó la atención, cuando dice:

    “…somos muy grandes porque engordamos, no porque crecimos… pesamos más por grasa y no por músculo”.

    Pero profundizando más en el asunto debemos ver y entender que difícilmente existe mejor herramienta para oprimir y controlar a una sociedad que un gobierno prostituido; que, por un lado, mantiene a los rabiprietos aplastados, y se alía con algunos empresaurios para cometer sus fechorías.

    Que en Panamá tenemos menos impuestos. ¡Que lindo!; ¿y acaso el Canal y todas las empresas gubernamentales metidas en actividades propias del mercado no son una forma de impuesto? Impuesto que no sólo sirve para el pillaje, sino que destruye la cultura de emprendimiento, lo cual aflora, como suelo señalar, en el “no a la privatización” que debemos traducir a “sí al pillaje gubernamental”. Y más aún, que las empresas estatales, a diferencia de las privadas, si dan mal servicio, no pagan las consecuencias. Es un intervencionismo coercitivo que si lo ven, lo pasan de alto. El caso del MEDUCA o NODUCA como le llamo yo, es buen ejemplo; pues no educa y tampoco deja educar.

    Curioso que ya en los EE.UU. el gobierno de Trump cerró el ministerio o como le llamen, de educación federal; y mutó en un programa que impulsa el derecho de la familia a escoger dónde educan a sus hijos. Y, en ello, están surgiendo las escuelas chárteres, que son estatales pero administradas privadamente. Pero también está aumentando rápidamente los programas que dan a la familia los fondos para que estas elijan dónde educar a sus vástagos. Ahora cada estado maneja por cuenta propia el tema educación.

    Y, otro aspecto que pocos ven es que cuando los gobiernos del estado se meten a ser empresaurios, destruyen algo vitalísimo… ‘el cálculo económico’; sin lo cual una empresa privada no puede subsistir. La privada que no entrega cantidad y calidad no subsiste; pero las empresas gubernamentales, tal como NODUCA, siguen campantes y rampantes fabricando pobreza; violando el precepto constitucional vertido en el artículo 49 que garantiza resarcimiento por daños ocasionados. ¡Inmensa burla!

  • La guerra en Irán redibuja el mapa del turismo mundial

    La guerra en Irán redibuja el mapa del turismo mundial

    En 2025, el turismo mundial no se frenó pese a la inestabilidad global. Según ONU Turismo, el año pasado, el volumen global de viajeros internacionales fue de más de 1 500 millones, por encima de los niveles previos a la pandemia. La cuestión ya no es si la geopolítica reduce los viajes, sino cómo está cambiando el mapa del turismo.

    El turismo sigue creciendo, pero ya no igual

    Durante mucho tiempo las crisis geopolíticas tenían un efecto casi automático sobre esta actividad: menos viajeros, menos reservas y menos actividad.

    Después de la caída abrupta en los desplazamientos provocada por la pandemia, el turismo internacional ha ido creciendo, pese a la acumulación de conflictos e incertidumbre. No obstante, los flujos se están reconfigurando y uno de los mejores ejemplos está en los países del Golfo. En los últimos años, esta región ha invertido miles de millones de dólares para consolidarse como destino turístico innovador y gran nodo de conexión entre Europa, Asia y África.

    Antes del comienzo de la guerra en Irán, esa estrategia parecía consolidada. Dubái recibió en 2025 casi 20 millones de turistas internacionales y Doha (Catar) fue designada capital del turismo del Golfo 2026. Pero para mantener esas ventajas se debe garantizar la conectividad en las comunicaciones y la estabilidad en los países, cuestiones que la guerra ha puesto en entredicho.

    Quién gana y quién pierde

    En turismo, la percepción del riesgo pesa casi tanto como el riesgo real. Un destino puede no estar directamente afectado por una guerra o una crisis, pero si queda asociado a una situación de inestabilidad, muchos viajeros optan por alternativas que les resultan más tranquilizadoras.

    Cuando aumenta la incertidumbre, muchos viajeros no dejan de viajar, pero sí cambian de destino. Eligen lugares que perciben como más seguros, más accesibles o más predecibles. En otras palabras, el turismo no desaparece: se mueve.

    Ese desplazamiento ya se está viendo en las zonas de influencia de donde se libra la guerra entre EE. UU.-Israel e Irán. La crisis en Oriente Próximo ha empujado parte de la demanda hacia destinos considerados más seguros. Por ejemplo, algunas grandes compañías turísticas han reforzado su capacidad en las Islas Canarias tras salir temporalmente de Oriente Próximo.

    Estos movimientos no se producen por motivos turísticos, el patrimonio cultural, la gastronomía o la naturaleza, sino que vienen dados por factores geopolíticos: la estabilidad política, la conectividad aérea, los visados o la percepción internacional del riesgo.

    Viajar se hace más caro

    Tras el comienzo de los ataques, a principios de marzo, aeropuertos clave de Oriente Medio como los de Dubái, Doha y Abu Dabi sufrieron cierres o restricciones. Este no es un asunto menor: Oriente Medio concentra el 14 % del tráfico aéreo internacional en tránsito, y Dubái, Abu Dabi, Doha y Baréin mueven juntos unos 526 000 pasajeros al día.

    Esta reconfiguración también afecta a otros nodos de conexión aérea. Cuando rutas clave quedan interrumpidas, el tráfico aéreo se redirige hacia otras alternativas más seguras u operativamente estables. El aeropuerto de Estambul, hub de conexión estratégico entre Europa, Asia y África, podría verse beneficiado por la inestabilidad en el Golfo y reforzar su papel como punto intermedio global, captando pasajeros que antes conectaban vía Dubái, Doha o Abu Dabi. Esto tiene implicaciones para el transporte aéreo y también para el turismo urbano: más escalas implican más pernoctaciones, más consumo turístico y mayor visibilidad internacional del destino.

    A eso se suma el coste económico directo. El Consejo Mundial del Viaje y el Turismo (WTTC) calcula que el conflicto con Irán está provocando pérdidas diarias de unos 510 millones de dólares para el turismo. Una parte de ese impacto acaba trasladándose al viajero en forma de trayectos más caros, más largos y más inciertos.

    Los viajeros también cambian

    En contextos de incertidumbre, los turistas ajustan sus decisiones. Aumentan las reservas con cancelación flexible, cobra más importancia el seguro de viaje y crece el interés por destinos cercanos o bien conectados.

    También pesa más la relación entre precio y seguridad. Un destino puede seguir siendo atractivo pero si genera dudas o implica más costes muchos viajeros optan por alternativas más simples.

    Eso modifica el perfil de la demanda. En 2025, Allianz aumentó un 9 % su facturación en seguros de viaje y las anulaciones concentraron más de la mitad de las incidencias. Se sigue queriendo viajar pero el viajero se vuelve más cauteloso y más sensible al riesgo.

    La estabilidad importa

    Para muchos destinos, transmitir seguridad, conectividad y previsibilidad se ha convertido en una parte central de su atractivo. Lo que pasa en el Golfo lo demuestra. Dubái, Doha o Abu Dabi habían construido una propuesta basada en lujo, innovación, grandes eventos y eficiencia aeroportuaria. Pero esa ventaja depende de que las rutas funcionen y de que la percepción de seguridad se mantenga. Cuando eso falla, no solo pierde el destino afectado: se reordena el mapa entero.

    Por eso algunos países ganan peso. No siempre son los más baratos ni los más espectaculares, sino los que ofrecen menos fricción al viajero: mejores conexiones, menos incertidumbre y una imagen de normalidad.

    El principal efecto de la geopolítica sobre el turismo mundial no parece ser, al menos por ahora, un colapso general. Lo que estamos viendo es un sistema más fragmentado, más desigual y más sensible a la percepción del riesgo.

    José Tomás Arnau Domínguez, Departamento de Economía Aplicada, Universitat de València y Paula Simó-Tomás, Departamento de Economía Aplicada, Universitat de València

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Polymarket, la guerra de Irán y el olor a información privilegiada

    Polymarket, la guerra de Irán y el olor a información privilegiada

    Hay mercados que no mienten. O más precisamente: hay mercados donde mentir cuesta dinero propio. Polymarket, la mayor plataforma de predicción del mundo, se ha convertido en las últimas semanas en algo más que un casino geopolítico. Es, para quienes saben leerlo, un detector de información que los gobiernos aún no han hecho pública.

    El origen: 28 de febrero

    Todo comenzó el día que Estados Unidos e Israel lanzaron la «Operación Epic Fury» contra Irán. Mientras caían los primeros misiles, seis wallets recién creadas en Polymarket habían apostado con precisión quirúrgica al 28 de febrero como fecha exacta del ataque. La firma de blockchain Bubblemaps identificó que esas cuentas, con prácticamente sin historial previo, generaron colectivamente 1,2 millones de dólares en ganancias.

    La mayoría de esas wallets fueron creadas en febrero, no tenían actividad previa más allá de ese único contrato, y compraron posiciones «sí» horas antes de que las primeras explosiones fueran reportadas en Teherán. El precio de cada participación cuando abrieron posiciones era inferior a 20 centavos. Cuando Trump confirmó la operación, cada participación valía un dólar. Una rentabilidad del 400% en pocas horas.

    El precio del petróleo y el caos de Ormuz

    El impacto sobre los mercados energéticos fue inmediato y brutal. El crudo llegó a rozar los 120 dólares el barril aproximadamente una semana después del inicio de la guerra, para luego caer a cerca de los 100, donde ha permanecido varios días. Antes de la guerra, el barril cotizaba alrededor de 70 dólares.

    El Estrecho de Ormuz, por donde transita el 20% del petróleo mundial, permanece efectivamente cerrado. La clausura forzó a Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait e Irak a recortar producción ante la acumulación de barriles sin salida al mercado y el agotamiento de la capacidad de almacenamiento. El jefe de la Agencia Internacional de Energía describió la situación como «el mayor desafío de seguridad energética global de la historia.»

    Los mercados han estado literalmente a merced de tuits. Un día el Brent se desplomó un 17% por debajo de los 80 dólares, para luego rebotar hasta los 90 después de que el secretario de Energía Chris Wright publicara —y rápidamente borrara— un mensaje en X afirmando que la Armada había escoltado un petrolero por el Estrecho. La Casa Blanca lo desmintió horas después. Eso es todo lo que hace falta hoy para mover el precio de la energía mundial.

    Lo que está pasando ahora mismo: el patrón se repite

    Hoy, 23 de marzo, el patrón inquietante vuelve a aparecer. Datos en cadena rastreados por PolymarketHistory muestran que 10 wallets se activaron el domingo pasado apostando un acumulado de 160.000 dólares a un alto el fuego antes de fin de marzo, con un potencial de cobro superior al millón de dólares. Las wallets no tienen historial previo de transacciones y fueron creadas prácticamente al mismo tiempo.

    Analistas que siguen Polymarket señalan que las mismas wallets que apostaron con precisión al inicio de la guerra antes del 28 de febrero ahora están posicionando el fin de las hostilidades para el 31 de marzo o el 15 de abril. Puede ser análisis. Puede ser otra cosa.

    La conexión Trump y la impunidad regulatoria

    El contexto político complica aún más el cuadro. Donald Trump Jr. es asesor de Polymarket y su firma de capital de riesgo 1789 Capital ha invertido millones en la plataforma. La administración Trump abandonó dos investigaciones federales abiertas contra Polymarket por la administración Biden, y luego aprobó la apertura de su exchange en territorio estadounidense.

    En enero, un trader no identificado ganó una fortuna en Polymarket justo antes de que las fuerzas estadounidenses capturaran al presidente venezolano Nicolás Maduro. En febrero, la justicia israelí procesó formalmente a un reservista militar y a un civil por usar inteligencia clasificada para apostar en Polymarket —la primera acusación criminal conocida vinculada al insider trading en un mercado de predicción.

    La pregunta que nadie puede responder todavía

    WTI cotiza hoy cerca de los 95 dólares por barril. La probabilidad de que el Estrecho de Ormuz vuelva a la normalidad antes del 30 de abril ha caído al 26%. Los mercados de predicción asignan un 89% de probabilidades a que el conflicto militar se extienda más allá del 31 de marzo.

    Lo que Polymarket ha demostrado en estas semanas es algo que los mercados tradicionales no pueden mostrar tan crudamente: que hay personas que saben lo que va a pasar antes de que pase. Y que en lugar de advertir al mundo, apuestan. La diferencia entre inteligencia geopolítica e insider trading nunca había sido tan delgada, tan lucrativa, ni tan difícil de probar.

    Si las nuevas wallets de hoy cobran su millón de dólares antes del 1 de abril, sabremos que alguien, en algún lugar, ya conoce el final de esta historia.

  • Estrecho de Ormuz: la prueba geopolítica de Trump

    Estrecho de Ormuz: la prueba geopolítica de Trump

    A 16 de marzo de 2026, la novedad central no es solo que el Estrecho de Ormuz siga severamente perturbado, sino que la guerra entre Israel, con apoyo militar de EE. UU. bajo Trump, e Irán ha abierto una crisis de hegemonía: Washington puede golpear, pero no logra ordenar una coalición amplia para estabilizar el teatro ni restaurar plenamente la libertad de navegación. Reuters, AP y otros medios coinciden en tres hechos: Irán ha reducido de forma drástica el tráfico por Ormuz; Trump ha pedido ayuda a aliados y socios para reabrirlo; y la respuesta internacional ha sido fría, cautelosa o directamente negativa.

    Lo más importante para entender la crisis del Estrecho de Ormuz hoy es que no está “herméticamente” cerrado en términos absolutos, pero sí funciona como un chokepoint bajo coerción iraní. Hay paso selectivo y altamente riesgoso: un petrolero pakistaní logró cruzar, e India e Irán negocian tránsito seguro para algunos buques, mientras Washington admite que por ahora tolera el paso de ciertos barcos iraníes, indios y chinos para evitar un shock energético aún mayor. Eso sugiere que Teherán no ha impuesto un bloqueo clásico total, sino una interdicción política y militar selectiva, suficiente para hundir el tráfico, disparar primas de riesgo y demostrar capacidad de veto.

    En el plano estratégico, Trump pidió apoyo internacional y no lo consiguió en la escala que buscaba. España descartó participar en operaciones militares en Ormuz; Grecia dijo que no irá más allá de la misión Aspides en el Mar Rojo; Alemania, Italia y otros aliados europeos han rechazado enviar fuerzas navales para una operación ofensiva o de imposición liderada por EE. UU.; Japón dijo que no planea por ahora una misión de escolta; y Australia tampoco prevé mandar buques de guerra. El Reino Unido es el caso intermedio: rechaza verse arrastrado a una guerra más amplia, pero estudia fórmulas limitadas de apoyo a la reapertura del paso, sin comprometerse a una participación ofensiva clásica.

    El problema de Trump no es solo militar, sino de legitimidad estratégica. La campaña ha probado que EE. UU. e Israel pueden degradar activos iraníes, pero no que puedan traducir esa superioridad cinética en un nuevo orden regional estable. Israel ya habla de al menos tres semanas más de guerra; Irán sigue golpeando por vías asimétricas; el tráfico energético global continúa dañado; y los aliados no quieren firmar un cheque en blanco para una guerra cuyo objetivo oscila entre castigo, disuasión, contención nuclear y eventual cambio de régimen.

    El mercado ya está votando con miedo. Brent rondó los 101-102 dólares tras haber superado el umbral psicológico de 100, mientras la IEA activó una liberación extraordinaria de 400 millones de barriles y mantiene más de 1.400 millones en reservas de emergencia. Aun así, la propia Reuters subraya que las herramientas para absorber el shock se están agotando rápido. La interrupción en Ormuz afecta alrededor del 20% del petróleo y del gas licuado transportados por mar, y ha obligado a recortes severos de producción en Emiratos y otras plazas regionales.

    La crisis del Estrecho de Ormuz ha expuesto que Trump no puede destruir el multilateralismo un día y reclamarlo al siguiente sin pagar un precio. Pero la formulación más sólida no es que ya haya “derrota” estadounidense en sentido total, sino que existe una brecha cada vez mayor entre la capacidad de infligir daño y la capacidad de construir coalición, legitimidad y orden. Y en geopolítica, esa brecha acaba siendo decisiva: una potencia puede ganar ataques y perder posición. Hoy, en Ormuz, ese es exactamente el riesgo de Washington.

  • El poder corrompe, necesitamos descentralizar

    El poder corrompe, necesitamos descentralizar

    En un artículo del Instituto von Mises, Ryan McMaken, editor jefe del Instituto, inicia señalando que en asunto de gobierno “¿Quién vigila al vigilador?” ¡Buena pregunta esa! Y es que siempre escuché decir que para gobernar, el gobierno requiere tener el monopolio del poder coercitivo, ya que este poder es necesario para proteger a la población en contra de los facinerosos. El problemita es que el poder corrompe y si es absoluto entonces corrompe de manera absoluta; y he aquí el mal que nos corroe en nuestra hermosa Panamá. Nuestra corrupción está tan arraigada, desde la misma Constitución, que es iluso pensar que con un presidente honesto vamos a salir del lodazal de la corrupción.

    La otra realidad es que para jugar el partido de buen Estado se requiere una ‘buena constitución’ que esté basada en una sana declaración de principios o derechos humanos y… nuevamente, los panameños no tenemos ni una ni la otra, sino todo lo contrario, como decía Tres Patines. Nuestra Constitución, a modo de declaración de principios, tiene un “preámbulo”, que según el diccionario es el “exordio, prefacio, aquello que se dice antes; es aprobar, mandar, pedir y tal. Pero… ¡viera el lector las discusiones que he tenido con abogados y juristas que dicen que el Preámbulo de nuestra Constitución no forma parte de la misma, sino que es mera pollera; es decir, el guirindajo que cuelga al margen de la falda.

    Entonces, a partir de lo dicho en el párrafo anterior, los panameños estamos “jodidos”; ya que, sin reglas buenas y claras los maleantes de turno hacen lo que les viene en ganas y, a menudo han sido ganas putrefactas. Luego, encima de todo ello, la naturaleza humana es tal que quienes tienen un poder exagerado y desbocado lo como un Chávez, un Maduro un Castro y tal.

    Desde lo señalado y si no estoy MFT, allí sólo comienzan nuestros problemas; ya que nuestros males de gobierno y gobernanza los traemos desde Cristobal o antes. Por ejemplo, en épocas de criminal Pedrarias, la “constitución” era una carta manuscrita del Rey, que le indicaba a su lacayo como debía administrar su finca privada; lo cual me lleva a preguntar… ¿algo ha cambiado desde entonces? Y, si dices que sí… ¿Cuánto?

    Lo que les aseguro es que lo que asegura la actual dizque Constitución panameña es el desorden. ¿O es que no lo ven todos los días en las calles?; que es dónde debía estar a la vista hasta del más lerdo. Pero lo grueso de chicheme de la corrupción, desgraciadamente no la ve Tío Pueblo ni los que supuestamente están más alto en las ramas del guarumo estatal. Por ejemplo, lo que se birlaron en la construcción del Metro, de MiBus y de casi todas las obras que han hecho los desgobiernos que nos han infectado. Y lo digo con conocimiento de causa, pues a mi empresa la quebraron; pues nos cancelaron los contratos ganados en licitaciones internacionales porque no pagábamos las coimas.

    Quienes creen que en Panamá hay democracia andan como meracho en Sarigua. Y si creen que la democracia, tal como la conocemos hoy día es la mejor forma de gobierno, también. Y, sólo a manera de ilustración del problema les cuento que en EE.UU. los costos de cumplimientos normativos en la construcción de una casa nueva andan por los $94,000. Y ya Trump ha dado órdenes de ver cómo reducen esos costos absurdos.

    Lo triste es que en Panamá no vemos ni entendemos que los gobernantes corruptos se han dedicado a mantener a la población sumida en la ignorancia porque así los zorros del gallinero se dan banquetes de gallinas y posturas.

  • La riqueza la produce el empresario, no el desgobierno

    La riqueza la produce el empresario, no el desgobierno

    Si cada día el dinero en tus bolsillos compra menos, ello, en buena medida, se debe al desgobierno. ¿Y a qué me refiero con “desgobierno”? No sólo a la robadera de los fondos públicos sino a su mal uso; ese que los malos políticos llaman “inversión” y que, en realidad, más a menudo de lo imaginado, no sólo es despilfarro sino “artilugio”, palabra que significa el arete del engaño, el llanto fingido y la trampa. Y lo peor es que gran parte de la población está convencida de que los “empresarios” son los malos de la película; y sí, hay empresarios malévolos que se hace amiguitos en el delito con torcidos gobernantes, pero la generalización es cosa mala. Imagínense, decir que ser empresario es malo nos deja varados en el desierto de una población con patología parasitaria.

    ¿Cómo fue que en tantos países los gobiernos se corrompieron? Para asomarnos a esa triste realidad, veamos el caso de los EE.UU., que, a pesar de ser el país más desarrollado del mundo también tiene sus gravísimos problemas de desgobierno y corrupción. Y cuando digo “desgobierno” no me refiero nada más al gobierno federal en Washington sino a los gobiernos de los estados o países con conforman la unión de Estados Unidos, esa que tantos ven como un país cuando en realidad son 50 países unidos en confederación.

    En épocas que se llevó el tiempo, el dinero no era papelitos de colores con numeritos pintados; los medios de intercambio eran cosas que tenían precio propio, tal como el oro, plata, cacao, café, sal o hasta la hija hermosa. Pero, en cierto momento los gobiernos comenzaron a apoderarse de los medios de intercambio, llamándole “dinero” a papelitos de color. Recuerdo cuando niño, que los dólares tenían una leyenda que decía “veinte dólares redimibles en oro”; oro que, supuestamente estaba guardadito en Fort Nox… ¡ja!

    En el caso de los EE.UU., el presidente Franklin Delano Roosevelt, que asumió la presidencia en 1933 y duró hasta 1945, sirviendo 4 períodos presidenciales en 12 años. Para muchos fue una maravilla de presidente, pero… otros cuentan que su política del “New Deal” o nuevo acuerdo o, diría yo, “nuevo enredo”, que supuestamente fue para combatir la crisis económica de esa época. La IA o AI dice que FDR creo 69 oficinas o agencias gubernamentales nuevas; yo he leído que llegaron a más de 100; entre ellas, Fanny Mae que llegó a ser la causa del desastre económico del 2008 del cual aún no hemos visto el último capítulo. Lo cierto es que hoy día la inflación la producen los gobiernos imprimiendo papelitos e interviniendo en asuntos ciudadanos que no son propios de la buena gobernanza. Lo deleznable es que hay muchos que culpan al empresario insaciable.

    El secreto básico de una economía descansa sobre la productividad, la oferta que crea demanda y no al revés, como muchos lo pintan. La oferta o producción, productividad, depende de una población educada con cultura de emprendimiento y no de servilismo y dependencia de un “robó pero lo dio al pueblo”. Si hoy fuésemos a comprar la casa o el carro pagando con vacas, les aseguro que quien vende la casa o el carro le miraría los colmillos al caballo. Lastimosamente hoy, no le miramos nada bien los colmillos a los zorros del gallinero. Más aún, votamos por los que tienen los colmillos más grandotes.

    Lástima que hoy ni el NODUCA, las iglesias ni casi nadie enseña economía; es decir la realidad del comportamiento humano. O, enseñan una economía chueca, tal como la keynesiana.

  • No, no fue por un dólar

    No, no fue por un dólar


    Donald Trump tiene una habilidad poco común: tomar un hecho histórico complejo, reducirlo a una imagen simple y repetirla hasta que se convierta en verdad popular. Su versión del Canal de Panamá es un ejemplo perfecto de esa técnica. «Jimmy Carter lo regaló por un dólar», ha dicho en incontables ocasiones, en entrevistas con Tucker Carlson, en Truth Social, en discursos de campaña. La frase es memorable, evocadora y, en su literalidad, falsa. Pero como toda buena simplificación populista, contiene suficientes capas de verdad parcial como para que desmontar la resulte incómodo para todos los bandos.

    ¿De dónde viene el «un dólar»?

    Antes de cualquier análisis histórico, vale la pena responder la pregunta más básica: ¿existió ese dólar? ¿O es pura invención retórica?

    La respuesta es matizada. Los Tratados Torrijos-Carter de 1977 no establecen ningún pago de un dólar de Panamá a Estados Unidos. No hay transacción de compraventa en ninguno de los dos documentos. El canal no se vendió, se transfirió soberanía sobre él mediante un acuerdo diplomático. Lo que sí existió fue una práctica protocolar habitual en el derecho internacional: cuando se transfieren activos entre Estados mediante tratado, a veces se incluye un pago simbólico de un dólar para darle forma jurídica de transacción al acuerdo. Es una figura legal, no una valoración económica.

    Lo irónico es que la realidad fue, si se quiere, más onerosa para Estados Unidos que el dólar simbólico. Como documentan los registros del Departamento de Estado, el acuerdo incluyó compromisos de préstamos, créditos garantizados y asistencia militar a Panamá por aproximadamente 345 millones de dólares para facilitar la transición. Es decir: no solo Estados Unidos no cobró, contribuyó financieramente a que Panama pudiera asumir la operación. Trump, en todo caso, debería estar más enojado por eso que por el dólar que nunca existió formalmente.

    El origen del problema: 1903

    Para entender por qué en 1977 se llegó a negociar la devolución del canal, hay que retroceder al 18 de noviembre de 1903 y al Tratado Hay-Bunau-Varilla. Ese documento fundacional tiene un detalle que lo resume todo: fue firmado por un ciudadano francés, Philippe-Jean Bunau-Varilla, ingeniero y accionista de la compañía que había fracasado en construir el canal, en representación de Panamá. La delegación panameña viajaba hacia Washington cuando se cerró el acuerdo. Llegó dos horas tarde. El tratado ya estaba firmado.

    Los términos que negoció ese francés sin mandato real, una franja de diez millas de ancho bajo control estadounidense «como si fuera soberano», a cambio de 10 millones de dólares y una renta anual, generaron décadas de resentimiento que ningún análisis honesto puede ignorar. La Zona del Canal funcionó durante 75 años como un enclave colonial que literalmente dividía el territorio de un país soberano, con sistema de segregación racial incluido, administrado desde Washington.

    El punto de no retorno fue el 9 de enero de 1964, cuando estudiantes panameños intentaron izar la bandera panameña junto a la estadounidense en la Zona del Canal. Los disturbios dejaron más de 20 panameños muertos y cerca de 500 heridos. Ese día, hoy feriado nacional en Panamá, el Día de los Mártires, cambió la ecuación política para siempre.

    Carter, Torrijos y la negociación

    Los Tratados Torrijos-Carter no fueron un capricho idealista de un presidente demócrata, fueron la respuesta pragmática a una situación geopolíticamente insostenible. El propio Henry Kissinger, difícilmente sospechoso de sentimentalismo tercermundista, advirtió al presidente Ford en 1975 que mantener el control del canal «parece puro colonialismo» y que el fracaso en negociar alimentaría los movimientos antiestadounidenses en toda América Latina en plena Guerra Fría.

    Los tratados, firmados el 7 de septiembre de 1977, eran en realidad dos documentos distintos y complementarios. El primero establecía la transferencia gradual del control operativo del canal a Panamá, completada el 31 de diciembre de 1999. El segundo, el Tratado de Neutralidad Permanente, es el que Trump sistemáticamente omite mencionar: garantizaba que el canal permanecería abierto a todos los países en igualdad de condiciones, y otorgaba a Estados Unidos el derecho permanente de defenderlo militarmente ante cualquier amenaza a su neutralidad.

    No fue una rendición; en realidad fue una retirada estratégica con garantías. La ratificación en el Senado fue una batalla política épica que Carter ganó por un solo voto sobre el mínimo requerido: 68 contra 32. Uno de los mayores defensores republicanos de los tratados fue John Wayne, amigo personal de Torrijos.

    El canal hoy: lo que Trump no cuenta

    Aquí es donde la narrativa de Trump no solo es históricamente imprecisa, sino que es económicamente contradictoria con la realidad observable.

    Desde la transferencia completa en 1999, la Autoridad del Canal de Panamá ha operado el canal con una eficiencia que ningún análisis serio cuestiona. En 2016, Panamá completó una expansión de 5.25 billones de dólares que duplicó la capacidad del canal, permitiendo el paso de los llamados buques Neopanamax, los portacontenedores más grandes del mundo, que antes debían rodear el continente. Esa inversión fue íntegramente panameña, sin participación de capital estadounidense.

    Los resultados financieros son contundentes. En el año fiscal 2023, el canal generó ingresos por casi 5.000 millones de dólares, un incremento del 14,9% respecto al año anterior, incluso con niveles de tránsito reducidos por una sequía severa. En 2024, a pesar de que los tránsitos de buques de gran calado cayeron un 21% por la continuidad de las restricciones hídricas, los ingresos totales se mantuvieron en 4.990 millones de dólares, por encima del presupuesto proyectado, con costos operativos reducidos en un 5%. El ingreso neto creció 300 millones respecto al ejercicio anterior. Esos números representan aproximadamente el 4% del PIB de Panamá.

    En cuanto al argumento de que «China controla el canal»: es falso en términos operativos. La empresa hongkonesa CK Hutchison Holdings opera puertos en los accesos al canal mediante concesiones comerciales negociadas. La operación diaria del canal la ejerce exclusivamente la Autoridad del Canal de Panamá. El presidente panameño José Raúl Mulino lo dijo con una claridad que no admite ambigüedades: el canal es panameño y no hay nada que negociar.

    El dólar como herramienta populista

    Volvamos al dólar. ¿Por qué Trump insiste con esa imagen específica hoy, más de 25 años después de la transferencia?

    La respuesta raramente está en la historia, está en la política doméstica. Trump necesita narrativas de agravio externo: Panamá, Groenlandia, el Golfo de México rebautizado. Son distracciones funcionales que mantienen a su base movilizada con un enemigo concreto y permiten presentar cualquier conflicto internacional como la corrección de una injusticia histórica. El «un dólar» es perfecto para ese propósito: es simple, es ultrajante, es memorizable y es suficientemente antiguo como para que nadie recuerde bien los detalles.

    El problema es que los detalles importan. Estados Unidos no «regaló» el canal, administró durante 75 años una franja colonial en territorio ajeno, luego negoció una salida ordenada con garantías permanentes de acceso y defensa, y hoy se beneficia de un canal operado con niveles de eficiencia e inversión que difícilmente hubiera sostenido por cuenta propia.

    La pregunta relevante hoy es si la retórica revisionista de Trump sobre el canal responde a un interés estratégico genuino de Estados Unidos o simplemente a la misma lógica que siempre ha movido al populismo: necesitar un enemigo exterior cuando los problemas interiores se acumulan.

    La historia del Canal de Panamá no es la historia de una traición americana ni la historia de una victoria anticolonial pura. Es una historia larga, complicada y cargada de errores, intereses y pragmatismo de todos los actores involucrados.

    Lo que sí es claro es esto: el canal funciona. Genera casi 5.000 millones de dólares anuales. Mueve el 5% del comercio marítimo mundial. Fue ampliado y modernizado con capital panameño. Y opera bajo un tratado que garantiza a Estados Unidos acceso y derecho de defensa permanente.

    No fue por un dólar. Tampoco fue una traición. Fue el final inevitable de un arreglo colonial que había durado demasiado; negociado, imperfectamente pero funcionalmente, por adultos que entendían que el mundo había cambiado desde 1903.

    La nostalgia imperial es comprensible. La política exterior basada en ella es otra cosa..