Categoría: Opinión

  • El Intervencionismo Central Castrante

    El Intervencionismo Central Castrante

    El intervencionismo central conlleva serias consecuencias – Escrito original hace 6 años sobre una realidad que no muere sino crece y bien vale abundar en ello.

    Al grueso de la población poco les mueve las realidades económicas; sin embargo, ¡vaya si éstas no le afectan! Es tan cómodo dejar que el rey se encargue de esos fastidios: “¡Economía!, ¿qué es eso? Para eso tenemos gobierno, y yo sigo con lo mío.” Luego, cuando lo económico se hace presente en nuestras vidas, las cosas cambian, aunque sigamos ignorando su razón y origen. Toda esa irresponsable delegación que venimos haciendo al gobierno, en cosas que realmente no son propias de una sana gobernanza, son fatales.

    Podemos decir que hay “intervención o intervencionismo económico central” cuando los gobiernos se inmiscuyen en la economía de los ciudadanos más allá de su constitucional función de velar por la vida, libertad y propiedad. Simplemente, el gobierno no debe inmiscuirse en la economía; lo cual nos lleva a reiterar la definición de economía. Son muchas las definiciones, pero las auténticas guardan la esencia del asunto; algo así como: “Es el arte de poner la paila con lo que nos entra.” En términos menos vulgares: “Es la administración frugal o ahorrativa del gasto o consumo del dinero y otros capitales.” Es la planificación prudente de la casa o familia. Entonces ¿dónde entran los politicastros en todo ello?

    La misma naturaleza humana responde a la necesidad de satisfacer deseos que son infinitos con recursos que son finitos. Pero ¡ojo!, que sólo son finitos en la medida de nuestra falta de visión de un mundo y universo infinito. Dicho eso, no hay caso que estamos limitados por nuestras propias limitaciones humanas; ya que el pastel es infinito y sólo hace falta ir descubriéndolo y ampliándolo; siempre y cuando los politicastros no se inmiscuyan.

    Los humanos tenemos dos vías de acceso a las cosas que deseamos: 1) Es fabricándolas nosotros mismos, o… 2) Mediante el intercambio o mercado; al cual debo añadir, mercado no intervenido, y menos por bribones de palacio. No obstante, la ruta de entrada de los interventores centrales va por la ruta de “te estamos cuidando” contra el robo, fraude y tal. Sí, eso es potable, hasta que quien roba y comete fraude es quien te cuida. ¡Uy!, ‘¿y como nos protegemos contra eso? Pues, limitando el tamaño y función de los cuidadores. ¿Recuerdan también aquello de la “división de poderes”?

    Tristemente, una vez que hemos permitido o ayudado con la entrada de los bribones centrales en nuestras economías, el asunto se torna harto difícil de arreglar. Las tretas parecen ser infinitas: Tal como aquello de una “economía mixta”. No sé por qué, pero me suena a “ménage à trois”. ¿Seremos tan ingenuos de pensar y creer que los gobiernos se meten en nuestras alcobas para colaborar con la coyunda reproductiva? Tristemente, sí somos ingenuos. Y ni hablar cuando nos dicen que están para “estimular” el asunto.

    Debemos ser más que ingenuos o descuidados para creer que la intervención de los politicastros van a ayudarnos económicamente, y ni hablar en la alcoba. ¡Ya, basta! No es más que el zorro justificando su presencia en el gallinero. Y entonces entra el estado completamente obeso y metiche… y se me acaban las palabras y el buen humor.

    Lo cierto, mis estimados lectores, consecuencias hay, y cada día están más próximas. Y aprovecho para reiterar lo que nos advirtió esa gringa nacida en Rusia, Ayn Rand, lo cual me lo recordó un amigo economista: «Cuando adviertas que para producir necesitas obtener autorización de quienes no producen nada: cuando compruebes que el dinero fluye hacia quienes no trafican con bienes sino con favores: cuando percibas que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por su trabajo, y que las leyes no te protegen contra ellos sino, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra ti: cuando descubras que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un autosacrificio, entonces podrás afirmar, sin temor a equivocarte, que tu sociedad está condenada».

  • El Intervencionismo Gubernamental Genera la Familia Menguante

    El Intervencionismo Gubernamental Genera la Familia Menguante

    Alrededor del mundo las tasas de natalidad se desploman y, lo grave es que, por debajo de 2.1 nacimientos por mujer, la sociedad misma se desploma de maneras que muy pocos vislumbran. Lastimosamente, pocos advierten el nexo entre la castrante intervención gubernativa y el fenómeno de la familia menguante. Los factores que inciden en el problema son múltiples: los disparados costos de vida, los valores cambiantes y, en general, la creciente dificultad de criar, educar y conducir a los hijos para integrarlos a la sociedad de forma productiva.

    Para entender el efecto castrante del intervencionismo debemos referirnos a la «praxeología»; es decir, al estudio de la praxis, la práctica o acción humana. En otras palabras, a lo que ocurre cuando uno actúa de una u otra forma y a los móviles detrás de esa conducta.

    Si estudiamos la práctica del apareamiento humano, en su fase inicial está impulsada y guiada por instintos carnales a los que solemos llamar «amor». Pero esto me lleva a preguntar: ¿es realmente amor la simple cúpula macho/hembra? La atracción inicial no está motivada por un deseo explícito de reproducción, sino por un impulso biológico primario. ¿Es esa atracción física «amor» o es simplemente el mecanismo con el que la naturaleza asegura la cópula? El amor auténtico, en cambio, emerge como un constructo posterior que sostiene la alianza humana a largo plazo.

    Históricamente, los hijos solían ser el resultado natural del impulso copulativo. Sin embargo, al vivir en familia las cosas cambian: los hijos resultan ser una excelente inversión a largo plazo dentro de un medioambiente institucional estable que premia el sacrificio. Pero en nuestra era han entrado en juego elementos distorsionadores que alteran estos patrones históricos, comenzando por la inflación monetaria: una grosería gubernamental que destruye sistemáticamente el ahorro.

    A esto se le suman las pensiones de la CIS (Caja de Inseguridad Social), un putrefacto esquema Ponzi con fecha de caducidad en el que se pierde por completo lo ahorrado. En semejante realidad, lo que termina mandando no es el factor humano de la descendencia, sino la asquerosa intervención centralizada.

    Luego está el tema de la salud y sus severas distorsiones en una economía politizada. Vaya usted a buscar atención a la CIS, donde la supervivencia se resume en una lista de espera burocrática. Y no podemos olvidar al NODUCA, una deseducación obligada y diseñada para mantener al rebaño cercado.

    En cuanto a la vivienda, nuestros gobiernos la han vendido bajo la consigna del subsidio. El caso de los apartamentos que reemplazaron a las fincas y viviendas quemadas durante la Invasión debía ser aleccionador; pero no lo es, ya que muy pocos lo entienden.

    Pero donde la puerca tuerce el rabo es en la creación de instituciones gubernamentales que trastocan la función propia de la gobernanza, amoldándola a intereses bastardos y corruptos. En Panamá, el Estado está metido en todo lo que no le compete, transformando la gestión pública en un asalto empobrecedor. Para muestra de cómo el asistencialismo estatal destruye la estructura familiar, basta ver cómo en EE. UU. la proporción de hogares monoparentales en la comunidad negra se disparó del 22% al 67% entre 1960 y 1985 tras la expansión del Estado de bienestar.

    La familia ha dejado de ser soberana, reemplazada por instituciones gubernamentales políticamente corruptas y destructivas de la moral. Todo esto no es más que lo advertido por pensadores como Hayek en El camino de servidumbre: la tragedia de entregar la libertad a cambio de migajas. Y, a fin de cuentas, todo ello explica el fenómeno de la familia menguante. Si no rechazamos decididamente el estatismo, no hay salvación posible.

  • Del Casco Viejo al Nuevo

    Del Casco Viejo al Nuevo

    En su origen germánico, la palabra burgo designaba una torre, castillo o fortificación amurallada construida con el propósito de resguardar a una población en la Edad Media. Alrededor de estas fortalezas —e incluso de los monasterios—, mercaderes y artesanos se fueron asentando fuera de los muros, en el «extramuros». Dichos asentamientos periurbanos fueron conocidos como arrabales; o «El Arrabal», en el caso específico de nuestro Casco Viejo en Panamá.

    Sí, nuestro Casco Viejo fue un verdadero burgo. Cuando los piratas acechaban, los habitantes del arrabal cruzaban hacia el intramuros no solo buscando refugio, sino para sumarse activamente a la defensa.

    A dónde voy con estas líneas es a describir un fenómeno que pocos han advertido sobre Panamá: el hecho de que fue y, de cierta manera, sigue siendo un burgo rodeado de arrabales. Es cierto que el burgo moderno ya no ostenta murallas de cal y canto, pero en el mundo contemporáneo existen muchas otras clases de murallas.

    Al igual que en la época medieval, la ciudad fue evolucionando. Cuando cesaron los ataques piratas, fuimos derribando los muros de piedra del ayer para reemplazarlos con fronteras invisibles. Lo cierto es que en el corazón de nuestra capital habitan, principalmente, los burgueses (los del burgo), mientras que en la periferia se extienden los arrabales, intercalados a veces con nuevos enclaves acomodados. Valdría la pena preguntarnos cuánto hemos evolucionado realmente en cuanto a nuestras murallas socioeconómicas. Estas han mutado en rascacielos que funcionan como burgos financieros, manteniendo al margen a los del arrabal mediante sofisticados muros traslúcidos.

    Hoy en día, la dinámica de colaboración se ha pervertido. Los habitantes de los arrabales —tanto citadinos como migrantes del campo— ya no entran al burgo para acarrear piedras, verter agua hirviendo, reparar brechas, apagar incendios u operar ballestas. Hoy, las élites han aprendido a utilizarlos para fines más oscuros: los usan para legitimar con su voto a gobernantes corruptos o para articular protestas callejeras por encargo. A cambio, se les compensa con esquemas de «subsidios» que lo único que realmente subsidian y perpetúan es la pobreza.

    Los arrabales de hoy, igual que los de antaño, quedan atrapados tras nuevos anillos defensivos: infraestructuras deficientes, transporte precario y servicios colapsados de agua y electricidad. No se trata de pretender que el Burgo deba regalarles todo; se trata de señalar que mantener al arrabal en la ignorancia —mediante un sistema educativo deficiente (el «NODUCA») e instituciones clientelistas— es la forma más eficaz de condenarlo a vivir en el ayer.

  • La Coyunda Entre lo Natural y la Creatividad Humana

    La Coyunda Entre lo Natural y la Creatividad Humana

    Las realidades morales de la naturaleza y la creatividad humana trabajando juntas

    Cuando el piloto alcanza suficiente altura, el panorama cambia por completo. Lo que desde tierra parecía un oscuro chubasco con ventiscas, desde arriba se convierte en radiantes pompas de jabón. Dejamos abajo la tormentosa oscuridad y, de pronto, el mundo se ve diferente. Podemos ver mucho más lejos y llegar a donde antes no imaginábamos. Lo mismo ocurre en el plano mental y espiritual cuando logramos elevarnos.

    La naturaleza —la Creación— no es un simple almacén neutral de materias primas. Tiene realidades morales propias. Es un sistema vivo, ordenado y generoso, pero también exigente. Nos da abundantemente, siempre y cuando respetemos sus ritmos y sus límites. Quien intenta violarla con arrogancia termina cosechando erosión, contaminación y escasez. Quien la cuida con sabiduría descubre que puede ser sorprendentemente generosa.

    Aquí entra la creatividad humana, ese don extraordinario que se nos ha concedido. Es el fuego interior que debemos alimentar con leña seca para que produzca llamaradas. Gracias a ella aprendimos a despegarnos del suelo y surcar los aires, y hoy ya soñamos con volar más allá de la atmósfera.

    La verdadera mayordomía no consiste en elegir entre explotar la naturaleza o dejarla intacta. Consiste en aprender a trabajar con ella. Es la diferencia entre saquear un bosque y diseñar sistemas que lo renueven mientras producen lo necesario. Es la diferencia entre contaminar un río y crear tecnologías que lo mantengan limpio y productivo. Hasta los pequeños castores nos enseñan que es posible reparar cuencas destruidas sin necesidad de tecnología avanzada.

    Esta colaboración entre la naturaleza y la creatividad humana es uno de nuestros mayores recursos. Gracias a ella hemos pasado de vivir a merced de la tierra a poder alimentarnos, vestirnos y protegernos de formas antes impensables. Sin embargo, este poder trae consigo una responsabilidad moral profunda. No somos dueños absolutos del planeta. Somos mayordomos. Se nos ha confiado un jardín para cultivarlo, embellecerlo y entregarlo mejor de lo que lo recibimos.

    Desafortunadamente, en países como Venezuela y Panamá vemos el resultado de lo contrario. A pesar de tener abundantes recursos naturales, no hemos sabido usarlos con sabiduría. Nuestros gobiernos, en lugar de fomentar el espíritu de mayordomía en el pueblo, han promovido el servilismo a través de subsidios que, en realidad, solo subsidian la pobreza y la dependencia.

    Como piloto, nunca confié ciegamente en el controlador de tierra. Él puede asesorar sobre el tráfico y las tormentas, pero cuando surge una emergencia, quien está al mando de la aeronave soy yo. Lo mismo ocurre en la vida y en la sociedad. El mayor Controlador del Universo nos dio libertad para volar incluso en cielos tormentosos. Qué arrogancia la de aquellos gobernantes estatistas que pretenden controlarlo todo, y luego culpan a otros cuando el vuelo termina en accidente.

    En la mayordomía de los recursos, la altura importa. Cuanto más alto volamos —moral, intelectual y espiritualmente—, mejor entendemos que la naturaleza y la creatividad humana no son enemigas, sino socias en un proyecto mucho más grande.

    El vuelo continúa.

    Nota: Ensayo No. 3 sobre: La Mayordomía de los Recursos

  • Derecho Natural y Constitución

    Derecho Natural y Constitución

    El derecho natural es un fuerte candidato a ser el punto de partida fundamental de cualquier constitución duradera o de un orden político viable. Antes de las reglas positivas, del diseño institucional, de la separación de poderes o de los procedimientos de reforma, es necesario contar con una visión coherente de lo que ya es verdadero acerca de los seres humanos y de sus relaciones —derechos, deberes, justicia y los límites de la autoridad legítima— que el documento escrito reconoce, protege y organiza, ya que la ley se descubre y no se inventa.

    Las tradiciones del derecho natural (clásica, estoica, tomista, lockeana y ciertas corrientes de la Ilustración) sostienen que existen principios morales y prácticos descubribles por la razón, arraigados en la naturaleza humana y en las exigencias de la cooperación social. Estos incluyen bienes básicos como la vida, el conocimiento, la razonabilidad práctica y la comunidad; derechos correlativos contra la agresión, el robo o el dominio arbitrario; y la idea de que la autoridad política solo se justifica en la medida en que asegura estos bienes y derechos, en lugar de anularlos. Una constitución que parte de aquí trata al Estado como un instrumento para proteger un orden moral pre político, y no como la fuente de todos los derechos y de toda legitimidad. Esa orientación tiende a producir límites más claros al poder, protecciones más sólidas para los individuos y las asociaciones intermedias, y una mayor resistencia a la captura puramente mayoritaria o de élites.

    En la práctica, muchas tradiciones constitucionales exitosas se han inspirado en esta premisa, aunque no siempre usaran la expresión “derecho natural”. Los documentos fundacionales estadounidenses, por ejemplo, invocan explícitamente “las Leyes de la Naturaleza y del Dios de la Naturaleza” y derechos inalienables. Las constituciones liberales clásicas y algunas de orientación demócrata-cristiana tratan de manera similar ciertos derechos y restricciones institucionales como reflejos de realidades morales más profundas, y no como meras preferencias políticas. Cuando las constituciones, por el contrario, consideran los derechos como puras creaciones del Estado o de las mayorías políticas sucesivas, se vuelven más vulnerables a la revisión cada vez que cambia el equilibrio temporal de poder: un resultado visible en muchos experimentos constitucionales latinoamericanos que han sido reescritos repetidamente con cada ciclo de predominio político.

    Respecto a Panamá y a las discusiones de la APEDE entre expresidentes, los debates sobre reforma constitucional allí, como en otros lugares, suelen centrarse en la arquitectura institucional (presidencialismo frente a parlamentarismo, límites de mandatos, reglas electorales, independencia judicial, reglas fiscales). Esas cuestiones son importantes, pero son secundarias. Sin un punto de partida compartido acerca de la naturaleza y los límites de la autoridad legítima, las opciones institucionales se convierten en instrumentos de una disputa de poder en lugar de salvaguardas de un orden común. Un enfoque inspirado en el derecho natural preguntaría primero: ¿Cuáles son los requisitos básicos de la justicia y del florecimiento humano que cualquier constitución panameña debe respetar? ¿Qué formas de poder estatal están inherentemente limitadas por esos requisitos? Solo entonces los detalles de los procedimientos de reforma, los contrapesos y el diseño institucional se siguen como medios y no como fines.

    Esto no significa afirmar que el derecho natural produzca un plano único y detallado que todo país deba copiar. Personas razonables discrepan sobre el contenido preciso y la derivación de los principios del derecho natural, y las aplicaciones históricas han sido a veces selectivas o interesadas. Las circunstancias culturales, históricas y prácticas también moldean las instituciones viables. Sin embargo, la alternativa —tratar la constitución como un puro acto de voluntad de la coalición dominante del momento— tiene un historial peor en cuanto a estabilidad a largo plazo, gobierno limitado y protección de los derechos básicos.

    En resumen, centrarse primero en el descubrimiento y el reconocimiento de las restricciones del derecho natural es una forma más fundamental y durable de “constituir” un Estado que comenzar por la ingeniería institucional o la negociación partidista. El texto escrito y los argumentos políticos que le siguen deben ser consecuencia de ese reconocimiento.

  • Ver el Mundo Desde lo Alto

    Ver el Mundo Desde lo Alto

    Una de mis aventuras en lo alto ocurrió volviendo solo en un Cessna 172 de un vuelo al interior. Pasando sobre Chame decidí ver cuan alto podía volar el 172 y comencé a ascender. Ya sobre Taboga llegué a casi 17,000 pies de altura (5,000 Mts.) y viendo que el color de mis uñas se tornaba rosado, me dije: “ya está bueno y apagué el motor. Ya con la hélice detenida al frente me dirigí a la Ciudad volando a lo planeador; hasta que aterricé en M. A. Gelabert, como planeador. Allá arriba y en esas aventuras los problemas de abajo desaparecen y uno gana claridad; el mundo no lo ves igual. Eso es exactamente lo que necesitamos en la mayordomía de los recursos: aprender a subir por encima de los tranques vehiculares, el ruido, y los problemas que nos rodean y no logramos entender y así, seguimos volando a baja altura en vez de subir a ver un panorama mucho más amplio.

    Tomemos la pobreza, por ejemplo. El síntoma es obvio: gente sin suficiente ingreso, sin acceso digno a educación o salud. La respuesta habitual sería: más “asignación”; más subsidios, más programas gubernamentales, más reparto. Pero eso es tratar la fiebre sin curar la infección. El origen o ‘etiología’ suele estar en sistemas que destruyen la creatividad, castigan el esfuerzo o impiden que las personas desarrollen y les dejen usar sus propios recursos y talentos.

    Lo mismo pasa en la economía y la política, donde abunda la tontería humana. Vemos gobiernos que gastan enormes cantidades de dinero en subsidios a industrias obsoletas, mientras ahogan con regulaciones a las nuevas empresas que podrían crear verdadera riqueza. Es como tratar de mantener un avión viejo en el aire echándole más combustible, en vez de diseñar uno más eficiente. O como subsidiar el azúcar y después gastar más dinero en campañas contra la diabetes. ¡Es comedia pura, si no fuera tragedia!

    Otro ejemplo clásico se da con la creación de entidades gubernamentales, como el Ministerio de Cultura, cuando la gran mayoría no entiende de cultura; creen que se trata del tamborito, la pollera y tal. Pero, a final del día, terminamos alimentado corrupción o dependencia en lugar de cultivar un buen desarrollo cultural. Es como darle pescado a alguien todos los días en vez de enseñarle a pescar… y luego, quejarnos cuando siguen teniendo hambre. La mayordomía verdadera pregunta: ¿qué condiciones estamos creando (o destruyendo) para que las personas puedan generar y cuidar sus propios recursos?

    La raíz del problema suele ser mental y moral. Cuando creemos que los recursos son un pastel fijo, nos enfocamos en pelear por nuestra rebanada (o en quitársela al vecino). Cuando entendemos la mayordomía, empezamos a preguntar: ¿cómo cultivamos mejor el talento humano? ¿Cómo liberamos la creatividad? ¿Cómo trabajamos con la naturaleza en vez de solo extraerla?

    El secreto de volar en el fluido atmosférico, igual que vencer las limitaciones humanas, está en vencer la resistencia al avance que ocurre cuando la aeronave choca con el aire que se resiste a darle paso. Yo como instructor le apagaba el motor a mis estudiantes para mostrarles que el avión vuela porque tiene alas y no sólo por el ruidoso motor. Al principio les daba un miedo que debían conocer y lidiar pues uno no sabe cuando ello le ocurrirá.

    En los próximos ensayos seguiremos ganando altitud: exploraremos la mayordomía de los recursos humanos, de la naturaleza y de nuestra vida colectiva. Veremos que, aunque existen límites reales, también existe un enorme espacio por encima de ellos para volar más alto y más lejos.

    La resistencia al avance siempre estará allí y debemos aprender a vencerla.


    Nota: como todos los viernes, se publica el Ensayo No. 2/4 sobre La Mayordomía de los Recursos.

  • Quieres un “Estado de Bienestar”, paga el precio de la inmigración

    Quieres un “Estado de Bienestar”, paga el precio de la inmigración

    Comencemos por decir las cosas como son. Si quieres un Estado que subvenciona haraganes -coaccionando a sus ciudadanos para que paguen los impuestos necesarios- tienes que saber que atraerás inmigrantes haraganes.

    Las imágenes de miles de personas intentando cruzar desde Marruecos hacia Ceuta volvieron a colocar el tema en el centro del debate europeo y global. España reforzó la frontera, desplegó efectivos de seguridad y el inefable Pedro Sánchez se trasladó al enclave español mientras el episodio reabría uno de los debates más sensibles de la Unión Europea: el control de sus fronteras.

    Rápidamente se convirtió en un argumento político para la derecha occidental. Italia anunció el restablecimiento de controles temporales sobre los viajeros procedentes de España, mientras Trump utilizó las imágenes de Ceuta para advertir que ese podría ser el futuro de EE.UU. si los demócratas regresaran al poder. La inmigración volvió a transformarse en una poderosa herramienta demagógica de disputa política.

    Por cierto, no faltaron las hipótesis confabuladoras sobre que Marruecos provocó estos hechos deliberadamente. Durante los últimos veinticinco años, el reino marroquí dejó de ser un vecino periférico de Europa para convertirse en uno de los actores estratégicos del Mediterráneo occidental. Hoy España necesita su cooperación para controlar los flujos migratorios, combatir el terrorismo, preservar la estabilidad de Ceuta y Melilla, las dos ciudades autónomas españolas situadas en la costa norte de África.

    Madrid necesita un equilibrio entre sus dos grandes socios -y rivales entre sí- del Magreb: depende de Argelia para garantizar parte de su abastecimiento energético y de Marruecos por los motivos que vimos. En ese contexto, el 20 de julio Pedro Sánchez viajó a Argel para reforzar la cooperación energética. Apenas diez días después estalló la crisis de Ceuta.

    No existe evidencia pública que permita vincular ambos episodios ni afirmar que Marruecos haya relajado deliberadamente los controles fronterizos, como sí ocurrió en 2021. Sin embargo, aquel antecedente demostró hasta qué punto el control migratorio puede convertirse en un instrumento de presión política. Pero, en cualquier caso, ese no es el problema de fondo.

    Para el periodo 2021-2027, la Unión Europea tiene comprometidos más de 1.600 millones de euros para programas de cooperación destinados al desarrollo económico, el fortalecimiento institucional, la gestión migratoria y el control de las fronteras. La estabilidad de Marruecos pasó a formar parte de la seguridad europea. Pero regalar dinero de los ciudadanos europeos es contraproducente y solo deja contentos a los políticos y sus andanzas.

    Una de las patas para una solución de fondo es que los países en cuestión, desde donde vienen los inmigrantes, liberen sus mercados de manera que sus economías se expandan, y así suba el nivel de vida local logrando que menos personas quieran irse.

    La solución de fondo para los países desarrollados pasa por el cese inmediato de todo beneficio social, fiscal, de salud, educación, y de cualquier tipo y, entonces, cuando tengan que pagar por todo veremos cuántos se quedan. Si cada inmigrante tiene que pagarse lo suyo, lo haraganes que viven a costa de los ciudadanos locales y sus impuestos, desaparecen. Quedarán solo los que consiguen un empleo que les permita vivir mejor que en su país y ni siquiera esto porque muchos, aun ganando más que en su tierra, extrañarán su patria y se volverán.

    Por cierto, los que se quedan trabajando honestamente y ganando más que en su tierra no solo que no perjudican al país de adopción, sino que lo benefician. Trabajo sobra, hay mucho por hacer piense solo en el déficit habitacional, de hospitales y tanto más. En un mercado libre, hay pleno empleo siguiendo la curva de oferta y demanda y, si los salarios son bajos éstos se suben solo con capitalización.

     Son los políticos los que provocan la desocupación con leyes coactivas que impiden el trabajo “legal”, por caso, la ley del salario mínimo lo que logra es prohibir que trabajen los que ganarían menos que son, precisamente, los que más lo necesitan.

     Entonces, si hay pleno empleo, no puede decirse que los inmigrantes están quitando trabajo a los locales. Otra falacia es que, aunque no haya desocupación, los inmigrantes, al aumentar la oferta laboral, deprimen los salarios y empobrecen al país.

    A ver. Cualquier persona al trabajar produce para sí misma y, además, produce para la sociedad. Por ejemplo, un empleado de una empresa tiene que producir lo suficiente para ganar su salario y para dejarle ganancias a la empresa, de otro modo no se lo contrataría. Un trabajador o comerciante autónomo tiene que producir lo suficiente para sí y además para favorecer al cliente que, de otro modo, si no obtuviera algo mejor al dinero que deja, no compraría.

    Entonces, necesariamente todo inmigrante que trabaje en un mercado libre aportará ganancias para esa sociedad, para ese país. Claro que la ecuación se quiebra cuando los inmigrantes se benefician con el asistencialismo estatal (que pagan los ciudadanos) con el poco dinero que han dejado los políticos después de cobrarse lo suyo.  

    Actitudes como las de la primera ministra italiana, Meloni, por el contrario, agravan el problema. Además de crear múltiples inconvenientes a todos los ciudadanos del mundo -no solo a los españoles e italianos- no hace hincapié en el verdadero problema -el Estado de Bienestar- y por tanto lo legitima. Además, los controles fronterizos solo detienen a la gente decente, los delincuentes tienen mil trucos para evadirlos y, para remate, ante la imposibilidad de ingresar legalmente, se crean las mafias que les procuran el ingreso de manera ilegal.

     Y, por cierto, tanto el asistencialismo como los gastos de las fuerzas represivas estatales se pagan por vía impositiva que, irónicamente, empobrecen a los más pobres ya que, por caso, los empresarios los pagan subiendo precios.

    Corolario: los problemas de la libertad se solucionan siempre por el camino de una mayor libertad y, por el contrario, cualquier acción represiva solo empeorará las cosas. Es decir que, cuando enfrentamos un problema, la actitud debe ser la de razonar y estudiar ¿por dónde tenemos que liberar para que el problema se solucione? Y jamás dejarnos llevar por una reacción primaria y, menos aún, si promueve una mayor represión a las libertades individuales.

  • La Mayordomía de los Recursos

    La Mayordomía de los Recursos

    Hoy inicio una serie de ensayos que buscan explorar una mejor manera de reducir la pobreza y las luchas sociales.

    Ensayo 1: Mayordomía en lugar de Asignación

    A lo largo de mi vida como piloto aprendí una lección fundamental: el avión no despega porque alguien “asigne” combustible y fuerza. Despega porque se genera suficiente empuje y sustentación en las alas para vencer la inercia, la resistencia del aire y la gravedad. El primer paso está siempre en el deseo de superar limitaciones y surcar los aires.

    Recuerdo con claridad aquel día, cuando tenía 17 años y mi padre me llevó a Paitilla. Miguelito Pastor nos elevó en su Aeronca y, de pronto, se abrió ante mí un nuevo mundo, un mundo expandido. Aquel vuelo que mi padre me regaló me enseñó algo que hoy aplico a uno de los grandes temas de nuestro tiempo: cómo manejamos los recursos.

    Durante décadas hemos hablado de la “asignación de recursos”. Es una expresión que suena técnica y ordenada, pero que esconde un problema profundo. La palabra “asignación” sugiere que alguien —un gobierno, un planificador o una autoridad— debe decidir quién recibe qué. Implica un pastel fijo que solo hay que repartir. Esa mentalidad nos ha llevado a muchos de los problemas de pobreza que hoy sufrimos, no solo económica, sino también del alma.

    Yo propongo un cambio de palabra y, sobre todo, de mentalidad:

    La Mayordomía de los Recursos.

    La mayordomía no es mera distribución. Es el arte responsable de cuidar, cultivar y hacer florecer los recursos de la Creación —tanto los naturales como los que nacen de la creatividad humana—. No se trata solo de dividir lo que existe, sino de generar condiciones para que los recursos se expandan. Papá Dios nos entregó las llaves del Paraíso terrenal y nos dejó el reto de cultivarlo y llevarlo a fructificación; a sabiendas que el camino apunta al mismo Universo.

    La diferencia es clara. La asignación se enfoca en la escasez: ¿cómo repartimos de forma “justa” el agua, el dinero, el talento, la tierra o la educación? La mayordomía pregunta algo más profundo: ¿cómo cultivamos estos recursos para que produzcan vida, belleza y abundancia real a lo largo del tiempo? ¿Cómo honramos tanto las limitaciones de la naturaleza como el extraordinario potencial creativo del ser humano?

    Esta no es solo una discusión económica o técnica. Es también moral y espiritual. La mayordomía reconoce que los recursos no son cosas inertes. Forman parte de un sistema vivo del que somos miembros, no conquistadores absolutos. Incluye los recursos naturales (tierra, agua, aire, biodiversidad), los humanos (tiempo, talento, energía, sueños) y, especialmente, nuestra capacidad de imaginar, innovar y elevar la realidad a estadios superiores de existencia.

    A mis 84 años, he visto cómo la mentalidad de asignación genera conflictos, burocracia y desperdicio. La mayordomía, en cambio, invita a la responsabilidad personal y colectiva, a la creatividad y a la esperanza.

    En esta serie de ensayos exploraremos juntos este camino. Veremos cómo aplicar la mayordomía a los recursos humanos, a la naturaleza, a la política, a la economía y a nuestra propia vida interior. No ofrezco soluciones mágicas, solo una mirada más clara y elevada —como la que se obtiene cuando el avión finalmente despega y se puede contemplar el panorama completo.

    Sí, tendremos que volar y navegar entre nubes tormentosas, tal como hice durante muchos años, en búsqueda de aquella pista celestial.

    El vuelo apenas comienza. Amárrense los cinturones.

    Nota: ensayos siguientes se publicarán todos los viernes.

  • La Madriguera del Socialismo

    La Madriguera del Socialismo

    «Creer que arrebatando dinero al productivo vas a resolver los problemas del improductivo. Esa es la madriguera del engaño que mueve tripas, pero no la razón y el conocimiento relevante que está disperso entre la población.«.

    Hoy día, en los EE.UU. se está dando un resurgimiento político que clama soluciones por intermedio de la acción o intervención centralista gubernamental. Ello no es nuevo, a principios del siglo pasado se llevó a cabo una batalla intelectual entre quienes favorecían el socialismo y los que abogaban por el capitalismo. Nos cuenta Connor O’Keeffe que el meollo (médula) de la discusión giró en torno al cálculo económico. El asunto era si una gobernanza central de economía planificada era mejor que el orden espontáneo del mercado. Muchos creen, equivocadamente, que el libre mercado es “desordenado” o acaparado por los ricos.

    O’Keeffe advierte que el debate no es mayormente ideológico sino populista y yo añado que el asunto está en las realidades subyacentes. La tendencia socialista tiende a emerger no del buen cálculo económico sino del sentir visceral. Veamos lo que es “cálculo económico:

    “es el proceso mediante el cual los agentes económicos (personas, empresas o planificadores) evalúan y comparan los costes y beneficios de diferentes alternativas para asignar recursos escasos de la forma más eficiente posible.”

    ¿Pero, cuántas personas manejan sus ingresos y gastos calculadamente? Jamás olvido a un maestro de obra o manitas que un día me dijo:

    “Yo he ganado mucho dinero en mi vida; pero, me lo metía en los bolsillos del pantalón y, al tiempo, metía la mano y no había nada.”

    Lastimosamente, no son muchas las personas que economizan o ahorran o son frugales en el gasto; lo cual es más pernicioso cuando esas personas no son buenas produciendo cosas que otros valoran y desean comprar. Lo esencial es saber “administrar la casa” y, no sólo la casa dónde vivimos sino la ciudad y el país en el cual vivimos.

    Pero, la dura realidad es que quienes calculan sus gastos, ahorran y son productivos, pueden lograr buenos ingresos; mientras los que no economizan, tienden a ser pobres, a menos que… sean buenos robando; es decir, viviendo a costillas del productivo. Pero robar tampoco es cosa sencilla. Hay buenos y malos ladrones, como también hay actividades que se prestan para robar; tal como ser gobernante; y por allí andan los arrieros.

    El rico eficaz y económico muy poco busca ser gobernante, a menos que… ¡Síii!; sean pésimos empresarios y buenos ladrones, que conectándose con “empresarios ladrones” logran, como los mejores osos del norte, los puestos claves del río para pescar salmones.

    El gobierno es necesario, igual que la quimioterapia. Necesitamos gobierno y gobernantes, no para manejar el taxi, cocinar o volar el avión, sino para salvarnos de los ladrones. ¿Pero qué hacer cuando los ladrones son los encargados de atajar ladrones?

    Bien lo decía Fréderic Bastiat:

    “el gobierno es la gran ficción a través de la cual todos buscan vivir a costillas de los demás”.

    Es creer que arrebatando dinero al productivo vas a resolver los problemas del improductivo. Esa es la madriguera del engaño que mueve tripas, pero no la razón y el conocimiento relevante que está disperso entre la población; de manera que sólo mediante un sistema de precios libres funciona la economía.

    Más allá, alejado de la libertad de sano capitalismo, están las feas coyundas entre autoridades y corruptos empresarios que no sólo usan las escuelas y universidades estatales para adoctrinar y educar en el arte de protestas callejeras que se prestan para un servilismo político.

    En tal realidad muchos ciudadanos disparan su enojo a dónde no es; al capitalismo, al rico y tal. Y lo más curioso es proponer al socialismo o hasta el comunismo como solución. Absurdo pensar que la mejor manera de gobernar es dando las llaves del gallinero a los zorros come gallinas.

  • Envidia, estatismo y la fosa que no queremos mirar

    Envidia, estatismo y la fosa que no queremos mirar

    Marco Rubio ha vuelto a señalar algo incómodo: en el corazón del “desenfreno socialista” que se observa en Estados Unidos, Inglaterra y otros países late un viejo vicio humano: la envidia. No la envidia sana que motiva a superarse, sino la que resiente el bien ajeno y busca nivelar por abajo usando el poder del Estado. Rubio, con su herencia familiar cubana, sabe de qué habla. El socialismo promete seguridad a cambio de libertades; cuando no cumple, las libertades no regresan.

    Las Escrituras lo advirtieron hace milenios. El décimo mandamiento —“No codiciarás”— no es un detalle moralista. Es una protección contra la destrucción social. Proverbios dice que “la envidia es podredumbre de los huesos”. Santiago advierte que de los deseos malos nacen pleitos y guerras. Cuando la envidia se politiza, deja de ser un pecado personal y se convierte en motor de políticas que prometen equidad, pero entregan control y resentimiento.

    No es caridad bíblica (voluntaria, cercana, responsable), sino coerción que viola “no robarás” y el principio de mayordomía responsable que Jesús ilustra en las parábolas de los talentos.

    En Panamá, y en muchos lugares “allende”, repetimos el mismo error de diagnóstico. Los medios y la conversación pública se detienen en lo anecdótico: el accidente de tránsito, el escándalo del día, la protesta del momento. Son síntomas visibles, indignantes, pero superficiales. Casi nunca bajamos a la fosa para examinar la etiología de nuestras patologías sociales.

    ¿Qué hay en el fondo? Un estatismo castrante que no merece el nombre de gobierno ni de gobernanza. Panamá tiene una ventaja geográfica envidiable y recursos que podrían generar prosperidad amplia. Sin embargo, el modelo “transitista” concentra riqueza en el enclave del Canal y servicios financieros, mientras el interior queda raquítico: desigualdad alta, educación deficiente, instituciones débiles, corrupción sistémica y una cultura de dependencia del Estado.

    El resultado es un Estado que promete resolverlo todo y termina ahogando iniciativa, fomentando clientelismo y erosionando responsabilidad personal y familiar. Este patrón no es exclusivo de Panamá. En Occidente vemos cómo el expansionismo estatal, justificado en nombre de la “equidad” y la seguridad, crece a costa de la libertad y la virtud. Se premia el resentimiento disfrazado de justicia social y se debilita el tejido moral que sostiene las sociedades: trabajo diligente, honestidad, familia estable y generosidad voluntaria. La historia muestra que los sistemas que alimentan la envidia terminan en estancamiento y pérdida de libertades. Venezuela es el ejemplo trágico más cercano.

    El problema de fondo es cultural y antropológico. El ser humano no es un ser perfecto que solo necesita más redistribución. Es un ser con dignidad, pero herido por el egoísmo y la envidia. Las mejores instituciones son las que limitan el poder mal dirigido, protegen la propiedad legítima y fomentan la responsabilidad. Las que pretenden redimir al hombre desde arriba suelen terminar oprimiéndolo.

    Es hora de dejar los diagnósticos superficiales. Necesitamos mirar la fosa: ¿qué tipo de cultura estamos cultivando? ¿Una que valora el esfuerzo y la excelencia, o una que resiente el éxito ajeno y busca al Estado como salvador? La respuesta a esa pregunta definirá si avanzamos hacia la prosperidad compartida o seguimos girando en el mismo círculo de quejas y promesas incumplidas.

    La renovación empieza por reconocer la raíz. Como dice la sabiduría antigua: “Guarda tu corazón, porque de él mana la vida”.