Categoría: Opinión

  • Sin Emoción no hay Educación

    Sin Emoción no hay Educación

    ¿Crees que en las escuelas MEDUCA (Ministerio de Educación) se aprende con emoción?

    En el artículo anterior sostuve que la educación corresponde primero a la familia y que el Estado, al asumir por intermedio de sus gobiernos la administración directa de las escuelas, viola el principio de subsidiariedad. Hoy quiero ir un paso más allá: al corazón mismo del acto de aprender.

    Curiosamente, la Madre Naturaleza ha sabido algo que se le olvidó a los humanos y es que las crías, incluyendo las humanas, aprenden jugando; y la pregunta es ¿por qué? Pues, porque divierte; es emocional en sentido sano; pues en el malsano también. Aún recuerdo el reglazo que me dio una profesora en el Javier. Y, curiosamente, desde primaria a secundaria saqué las peores notas, ya que no me agradaba estudiar.

    No fue hasta que mis padres me mandaron a una internado en los EE.UU. que se me prendió la mecha emotiva. Llegué unas semanas antes del inicio de clases y mis padres le dijeron al dueño de la inmensa escuela de madera, que nos pusieran a mi hermano y a mí a trabajar limpiando toda la escuela. Luego fui lavaplatos, mesero hasta llegar a ser el mesero jefe y el chef hasta me dejaba cocinar. Años más tarde tome curso de cocina.

    Graduado de secundaria estudié dos años para ser médico y nada. Pero, lo que me prendió la mecha de la emoción fue surcar los aires. En eso, logré una beca y me fui a estudiar aviación en la Fuerza Aérea del Brasil; pero mis años de mal aprendizaje también trabajaron en mi contra. Regresé a Panamá y mi padre me mandó a estudiar aviación a los EE.UU.; y es allí cuando comenzó el romance emotivo que me disparó por senderos mágicos que se me fueron abriendo en las lejanas tierras de aires encantados, como lo diría el poete tocayo John Keats.

    El resto de mi historia es de estudios impulsados por la emoción. Aviación, investigación de accidentes aéreos, música, poesía, pintura, pesca, buceo, cacería, escribir y hasta llorar. Y en ello me pregunto… ¿dónde y cómo se perdió la verdadera escuela, no sólo en Panamá sino por todos lados?; y he allí la razón que hoy les escribo.

    Los grandes sistemas centralizados han olvidado casi por completo la naturaleza del aprender. Se dedicaron a instalar estructuras burocráticas, reglamentos rígidos, escalafones automáticos y un interés que va más por la ruta de pérfidos caminos de horrible politiquería. El resultado ha sido un ambiente frío, desmotivador y, en demasiados casos, indulgente con la mediocridad o peor.

    Y, en todo ello aparecen los sindicatos magisteriales, entre otros; que responden ante intereses que poco o nada tienen que ver con educar sino con el clientelismo político. Las consecuencias son visibles y dolorosas. Se bajan los estándares para que nadie quede mal. Se debilita la disciplina porque sancionar o exigir se vuelve costoso políticamente. Se inflan las calificaciones. Se protege al docente incompetente o desmotivado con más firmeza que al estudiante que necesita ser desafiado.

    Los alumnos más capaces se aburren y se desconectan; los que tienen mayores dificultades no reciben la exigencia paciente y personalizada que realmente los sacaría adelante. Los padres, que deberían ser los principales interlocutores, son relegados a un papel secundario o meramente formal y quedan delegando a centralismo corrupto aquello que es indelegable.

    Más aún, hoy día que nos encontramos en la antesala del mañana ya tenemos a mano las herramientas para convertir a todos los estudiantes en genios; pero, triste y horriblemente, los mantenemos presos en las mazmorras del NODUCA. Como bien decía la letra del grupo Pink Floyd en su canción “Another Brick in the Wall” –otro ladrillo en la pared.

    En el próximo y último artículo de esta serie examinaré las cifras que confirman este diagnóstico —el escaso porcentaje de estudiantes destacados en matemáticas en Estados Unidos frente a los de China o India— y las lecciones concretas que nos ofrece el trabajo de James Tooley en The Beautiful Tree. Porque los números, cuando se miran con honestidad, también tienen algo que decir sobre la emoción y la libertad.

    Nota: Ensayo 2/3

  • Escuela Privada de Barrio

    Escuela Privada de Barrio

    Recuerdo con claridad aquellos años de 1964 en que fundé una escuela de vuelo en Paitilla y me convertí en instructor de tierra y de vuelo. Enseñaba navegación, aerodinámica, meteorología, mecánica y regulaciones y tal. En 1968 me nombraron jefe de Seguridad Aérea en el Ministerio de Gobierno; y luego de 5 años realicé que sin educación no habría seguridad aérea y con la fundamental ayuda de la OACI – Organización de Aviación Civil Internacional – creamos la EAC – Escuela de Aeronáutica Civil, para entrenar pilotos, controladores de tránsito, oficiales de operaciones, electrónica; y pasé 5 años en su dirección y dando clases en aulas. Esa experiencia, sumada a mi posterior trabajo en el Comité de Educación de APEDE y a los ensayos y el libro que escribí sobre el tema, me ha dejado una convicción profunda: la educación no es, en primer lugar, asunto del Estado y menos de sus gobiernos.

    La educación corresponde primordialmente a la familia. Los padres son los primeros y naturales educadores de sus hijos. Ellos conocen el temperamento, las fortalezas y las debilidades de cada niño; ellos transmiten valores, cultura, lengua y visión del mundo y, ante todo amor. Esta verdad elemental ha sido oscurecida por décadas quienes buscan adoctrinar y no educar; y en el centralismo violan el sagrado principio de subsidiariedad —aquel que sostiene que una autoridad superior no debe asumir funciones que las personas, las familias y las asociaciones intermedias pueden cumplir por sí mismas.

    Se tuercen las palabras hablando de “educación pública”, ya que toda educación es pública; formando los ciudadanos del mañana que sostienen la sociedad humana. Lo “público” es el monopolio estatal, hecho con aviesos fines de control y no de evolución social. Es un decadente centralismo que busca satisfacer intereses sindicales y hasta de saqueo.

    Pocos recuerdan cuándo y por qué se centralizó la educación. En el siglo XIX y comienzos del XX se argumentó que solo el Estado podía garantizar igualdad de oportunidades, cohesión social y eficiencia. Se prometió que la escuela estatal eliminaría las diferencias de origen, forjaría una identidad común y elevaría el nivel general de conocimientos. Esas promesas jamás se cumplieron del todo. Las desigualdades persisten, la cohesión social es hoy más frágil que nunca y los resultados académicos resultan mediocres en relación al sobrecosto. En los EE.UU. a principios del siglo XX, luego de 5 años de centralización no hubo mejoría en cantidad o calidad; pero sí se dio un aumento en los salarios de los funcionarios educadores.

    ¿Cuál es, entonces, el papel legítimo del Estado a través de sus gobiernos? No es ser dueño de la escuela y menos dirigirla. Su función propia es más limitada y más respetuosa de la subsidiariedad. Proteger contra fraudes y no ser quien lidera los fraudes; luego de lo cual no hay nadie que le ponga el cascabel a los gatos. Traspasar esos límites debilita a la familia y a las iniciativas independientes que históricamente han educado con mayor dedicación y mejores resultados.

    Mi propia trayectoria me lo ha confirmado. Las EAC la cerró el gobierno para usar el costoso edificio con simuladores de torres de control y más, para oficinas gubernamentales. Hoy los aviadores se educan en escuelas privadas alejadas del mundo burocrático y peor. La experiencia posterior, escribiendo y reflexionando sobre estos temas, solo ha reforzado la conclusión: devolver la educación a su lugar natural —la familia y las comunidades voluntarias— no es nostalgia ni ideología; es simple realismo.

    Mientras sigamos aceptando como normal que el gobierno administre la formación de las nuevas generaciones, seguiremos cosechando los mismos frutos mediocres. La responsabilidad primera no es del Estado. Es de los padres. Recuperar esa evidencia es el punto de partida indispensable para cualquier reforma seria.

    En el próximo artículo examinaré una dimensión aún más olvidada: el carácter esencialmente emocional del verdadero aprendizaje y cómo los sistemas centralizados, capturados por sindicatos e intereses políticos han burlado el elemento fundamental del aprender… ¡la emoción!; ese que sentí desde los 8 años cuando aprendí a tocar la guitarra.

    Ensayo 1/3

  • La ATTT y el Desorden Vial

    La ATTT y el Desorden Vial

    El desorden vial no se resuelve solo con “educación”.

    Según reportaje de TVN, el director de la ATTT está preocupado por las malas prácticas viales de los motorizados y prepararán un “plan de educación vial enfocado a la conducción segura y el uso adecuado de los carriles”. Al respecto, TVN cita al director: “ahora mismo las regulaciones están. Lo que hay que hacer es educación, que el conductor de ese tipo de vehículos conduzca como debe ser…”. Pero la realidad del desorden al que se refiere no es sólo de motos sino de todos los vehículos que transitan, particularmente en la Capital, en donde el diseño y construcción de las vías y del transporte público ha sido terribles.

    El desorden vial no se presenta de pronto, sino que es un fenómeno que crece a través del tiempo como el resultado de diversos factores, tales como los causados por la propia ATTT. Sus vehículos patrullan, casi no circulan. Tal vez porque no tienen presupuesto para el combustible. Los agentes se convierten en “postes de luz” esperando a que el infractor pase frente a ellos. O peor: se dedican a detener sin causa, sólo para revisar documentos y, si están vencidos, pedir dinero para dejar seguir. En la práctica, muchos son una gallada de asaltantes de camino. Sin presencia real en las vías y con corrupción instalada, las normas existen solo en el papel y la impunidad se convierte en la regla.

    A esto se suma el pésimo diseño, construcción y mantenimiento de las vías. Un ejemplo claro es el Corredor Norte, vía de alta velocidad, donde cierran un paño para limpiar o reparar sin poner advertencias anticipadas suficientes ni desvíos adecuados. Tengo video de ello. La geometría vial deficiente, el drenaje insuficiente, los baches y la señalización precaria convierten cualquier desplazamiento en un ejercicio de sobrevivencia.

    El crecimiento acelerado y desordenado del parque vehicular, especialmente de las motocicletas —que ya alcanzan las 150 mil unidades—, agrava todo. Muchas se usan hoy como transporte diario por el costo del combustible y la congestión, pero sin infraestructura ni reglas de circulación adaptadas. El resultado es el culebreo entre carros, el uso de aceras y el aumento de accidentes.

    El transporte público, históricamente mal diseñado e informal, también contribuye: paradas improvisadas, competencia por pasajeros y bloqueos de carriles empujan a más gente hacia el vehículo particular o la moto, saturando aún más las calles. Hay sitios, tal como en la intersección de la Ave. Ernesto T. Lefebre y la Transístmica, en dónde los taxis usan la vía como sitio de espera de clientes, alterando el seguro flujo vehicular; y la ATTT ausente. Y la razón de la ausencia de la ATTT en estos casos es interesante.

    desorden vial

    Finalmente, la cultura vial deficiente y la falta de consecuencias reales completan el cuadro. La educación es necesaria, pero sin control efectivo, sin autoridad creíble y sin una infraestructura que facilite el orden, se queda en discurso.

    Habiendo presidido por cinco años el Comité Intergremial de Tránsito y Transporte de la APEDE, y siendo autor de un estudio sobre cómo mejorar el comportamiento vial, puedo afirmar que el problema no es nuevo ni desconocido. Se ha diagnosticado repetidamente. Lo que falta es voluntad para atacar las causas de raíz: reformar de verdad a la ATTT, mejorar el diseño y la gestión de las vías, y aplicar las normas de manera consistente, no selectiva.

    Mientras se siga pensando que con “planes de educación” se resuelve lo que es, en esencia, un problema de institucionalidad, infraestructura y corrupción, el desorden seguirá creciendo.

  • Privado, Propiedad, Privacidad, Privatizar…

    Privado, Propiedad, Privacidad, Privatizar…


    Hay palabras alrededor de las cuales revolotean los entendimientos, tal como las abejas al panal o las moscas al detrito. El uso que se les da no es inocente: incide, influye y repercute en el ámbito de la moralidad y en lo político. Y “político” aquí significa los asuntos de la polis, de la ciudad, de la comunidad… y, más allá, del discurso del Estado, de sus gobiernos y de las tendencias que pretendan orientar la vida en común. Todas esas palabras —privado, propiedad, privacidad, privatizar— apuntan, en el fondo, a una sola realidad: aquello que uno posee de manera propia. La vida, la familia, la casa, la libertad, el fruto del propio trabajo y el ejercicio de las actividades económicas. Cosas que otros no pueden quitarte ni usar sin tu consentimiento.


    Es tentador perderse en discusiones interminables sobre “qué es exactamente la propiedad privada”. Algunos convierten el debate en un juego de definiciones: “define primero qué entiendes por propiedad. Ese tipo de pelea por las palabras suele servir para evitar la cuestión de fondo. Lo importante no es el diccionario, sino qué estamos tratando de proteger cuando hablamos de lo propio.


    Por eso prefiero hablar de lo apropiado: aquello que es natural y propio de la persona antes de cualquier constitución o ley. No se trata de un privilegio concedido por el Estado, sino de algo que ya nos pertenece por el hecho de ser personas: el dominio sobre nuestro cuerpo, nuestras acciones, nuestro trabajo y los recursos que hemos adquirido de forma justa. Cuando esa idea se debilita, todo lo demás —la privacidad, lo privado, incluso la posibilidad de privatizar o de resistir la privatización forzosa— queda a merced de quien detente el poder de redefinir las “necesidades sociales”.


    El tema de la propiedad es fundamental tanto en su significado profundo como en el uso que le damos en las constituciones y las leyes. Veamos un ejemplo concreto. El Artículo 282 de la Constitución de Panamá establece: «El ejercicio de las actividades económicas corresponde primordialmente a los particulares; pero el Estado las orientará, dirigirá, reglamentará, reemplazará o creará, según las necesidades sociales y dentro de las normas del presente Título, con el fin de acrecentar la riqueza nacional y de asegurar sus beneficios para el mayor número posible de los habitantes del país.»


    La primera parte parece reconocer lo propio: “corresponde” significa que es lo que corresponde, lo que es propio de los particulares. Y lo propio viene de propiedad. Sin embargo, la coma y el “pero” posteriores convierten esa primacía en una concesión condicionada. El Estado puede orientar, dirigir, reglamentar, reemplazar o crear esas mismas actividades según unas “necesidades sociales” sobre las cuales nadie logra ponerse de acuerdo ni en cuáles son ni en cómo se resuelven.


    Desde el enfoque de lo apropiado, esa redacción no es inocente. Si el ejercicio de la economía “corresponde” a los particulares, entonces es algo que les es propio. Al someterlo a la reserva del “pero”, lo que se presenta como derecho natural se transforma en una merced revocable. En la práctica, lo propio deja de ser un límite al poder y se convierte en una variable política.


    Cuando lo apropiado se debilita de esta manera, la privacidad también se resiente. Porque la privacidad no es un lujo ni un capricho: es la zona de control que fluye de lo que es nuestro. Y privatizar —o resistir la estatización— solo tiene sentido si partimos de que hay algo genuinamente privado y propio que no puede ser redefinido a voluntad.


    El peligro no está solo en las leyes. Está en aceptar, sin darnos cuenta, que lo que es natural a la persona puede ser permanentemente condicionado por “necesidades” que alguien más define. Recuperar el sentido de lo apropiado no es un ejercicio teórico. Es un acto de defensa de la persona misma: de su vida, de su libertad y de aquello que, por derecho propio, no debería poder serle arrebatado.

  • La ilusión de benevolencia

    La ilusión de benevolencia

    Por debajo de tantas medidas legislativas ataviadas en ropaje de benevolencia se esconde una cruda realidad: una realidad que pocos ven, pero que tantos sufren. El anzuelo con la carnada apetitosa puede ser el descuento a los jubilados o la tanda de supuestos subsidios al gas, al agua, a la energía, al transporte e incluso al deporte. Pero, igual que los peces del mar, la gente no ve el anzuelo incrustado en la carnada. Y no es fácil verlo, porque son pocos los que tienen la capacidad de estudiar los efectos económicos a más largo plazo.

    La realidad de los subsidios gubernamentales es que son presidios en los cuales los políticos corruptos encierran a la población para llevarla al matadero. Una vez que la gente engulle la carnada, comienza a luchar contra algo que no ve, pero que la jala hacia la barcaza de la pobreza y de su perdición.

    Lamentablemente, el tema de fondo gira en torno a conceptos que ni nuestros supuestos juristas entienden… o, peor aún, los entienden y les importa un bledo. Los seres humanos poseemos derechos que están mucho más allá de las leyes creadas en asambleas legislativas, esas que suelen estar preñadas de pérfidos intereses rentistas. ¿Acaso necesitamos que la Constitución y sus leyes nos digan que matar sin justificada razón es ilegal, prohibido y criminal? La ley de “no matarás” existía mucho antes de que los diputados legislaran. Lo mismo ocurre con la libertad de transitar, de religión y —algo que pocos reconocen— de educar a los hijos como y donde se desee.

    Hay muchas cosas que los gobiernos no pueden ni deben hacer, como violar derechos negativos: el derecho a no ser interferido en las actividades con las que uno se gana el sustento, siempre que no se violen derechos ajenos. Por ejemplo, si una familia logra que a su hijo, con poca inteligencia u otros impedimentos, le den un trabajo en una empresa pagándole menos que el salario mínimo… ¿por qué no? El joven tendría utilidad y la familia algo más para poner en la paila. Dictar salarios mínimos es ir contra los derechos de libertad y, peor aún, produce efectos colaterales que pocos advierten.

    Nuestra Constitución panameña, en su Preámbulo, comienza bien cuando establece la “garantía de la libertad”, que lastimosamente luego contraviene. Habla también de la dignidad humana y de la justicia… salvo que a “justicia” le añaden la palabra “social”, y con ello tiran por la borda todo el sentido, porque nadie sabe realmente qué es la “justicia social”. O, mejor dicho, cada quien la interpreta a su antojo.

    Los derechos y las leyes no se inventan: se descubren. Cuando los ciudadanos votan por diputados ignorantes —o peores—, allí nacen los problemas de pobreza social, económica y de todo tipo. Y lo más increíble es que votemos por quienes terminarán produciendo más pobres en el país. Aun con una legislación podrida, hay muchas personas que logran sacar ventajas. Sí, algunos con trampa, pero la mayoría sin ella. Tanto mi abuelo Novey como mi padre Bennett llegaron a Panamá lejos de ser ricos, y ambos lograron millones sin hacer trampas. Más aún, mi abuelo George Novey nos decía acerca de los gobiernos: “Quien con niños se acuesta, cagado amanece”. Y nunca contrató con el gobierno.

    Yo no aprendí del todo esa lección y perdí casi toda la herencia que me dejó mi padre Bennett. Pero la herencia que más atesoro es la de evitar ser tramposo y ladrón, y la de ser rico… no rico en dinero, sino en amor por la vida, por mi familia y por la creencia de que nos tocará un futuro mucho mejor.

  • Al avión como a la familia, lo vuela su piloto, el responsable.

    Al avión como a la familia, lo vuela su piloto, el responsable.

    En la teoría constitucional, a menudo se distingue entre dos tipos de leyes: las leyes negativas, que actúan como una señal de alto para impedir que el gobierno vulnere los derechos individuales y familiares, y los mandatos positivos, que exigen al Estado intervenir activamente y prestar servicios. Si bien los derechos positivos —como la educación pública provista por el Estado— suelen concebirse como bienes sociales, conllevan un defecto estructural oculto. Cuando un gobierno impone y gestiona un servicio, pasa de establecer normas a ejecutar operaciones. Al hacerlo, vulnera sistemáticamente el principio de subsidiariedad: la idea fundamental de que la toma de decisiones corresponde a la unidad más cercana capaz de asumirlas, empezando por el individuo y la familia y los hijos.

    El mito del control remoto

    Para comprender por qué fracasa este cambio operativo, consideremos una analogía de la aviación. En la gestión del tráfico aéreo, la función del controlador es garantizar la separación entre aeronaves, mantener rutas ordenadas y establecer límites de seguridad. Sin embargo, ningún controlador, por muy experimentado que sea, puede pilotar la aeronave desde la torre.

    No pueden percibir la respuesta directa de los mandos, calibrar las sutiles sacudidas de la turbulencia local ni asumir el riesgo físico inmediato que afronta la tripulación en la cabina; o la familia y el negocio en el mercado.

    Cuando el Estado, y por sus gobiernos, asumen funciones propias de la familia —como la educación y la formación moral de los hijos—, actúa como un controlador que insiste en pilotar el avión. Desde un ministerio centralizado en la capital, las instituciones humanas complejas parecen ordenadas en los organigramas. Los burócratas asumen que emitir una norma o aprobar un presupuesto garantiza un vuelo tranquilo. No obstante, la administración a distancia carece de la retroalimentación contextual, la capacidad de adaptación y el cuidado natural que solo poseen los padres o la comunidad local. Y ni hablar que carecen de la motivación.

    La pérdida del árbitro

    El peligro más profundo de este cambio es de índole estructural: cuando el árbitro se pone la camiseta y se suma al juego, ¿quién controla al árbitro?

    Cuando el gobierno se limita a una función de supervisión y cumplimiento de normas, los ciudadanos pueden confiar en los mecanismos de control habituales:

    • El poder judicial puede sancionar a quienes actúan indebidamente.
    • La competencia ofrece a los consumidores una alternativa.
    • Los organismos reguladores actúan como árbitros neutrales.

    Sin embargo, cuando el Estado o sus gobiernos se convierten en los principales proveedores —ya sea de educación, atención sanitaria o industria—, inevitablemente proteges sus propios intereses. En los sistemas públicos centralizados, el bajo rendimiento rara vez conlleva una rendición de cuentas. Cuando las instituciones estatales fallan, los funcionarios no pierden su sustento ni las instituciones se enfrentan a la disciplina natural de la libre competencia. En cambio, son los ciudadanos quienes asumen todo el coste —soportando infraestructuras deterioradas, inercia administrativa y oportunidades perdidas—, al tiempo que pagan por ello a través de los impuestos.

    Preservar la cabina de mando

    La función legítima de la gobernanza no es proveer todo lo necesario, sino garantizar las condiciones para que las personas libres puedan valerse por sí mismas y mantener a sus familias. El gobierno existe para asegurar que se respeten normas justas, se protejan los derechos y el espacio aéreo permanezca seguro; no para desplazar al piloto.

    Cuando el poder estatal se extiende hacia ámbitos propios de la familia y la iniciativa local, socava tanto la libertad individual como la eficacia administrativa. Preservar una sociedad libre exige defender la frontera fundamental entre el árbitro en la torre de control y el capitán en la cabina de mando.

  • Descuento a jubilados: el falso subsidio que paga el sector privado

    Descuento a jubilados: el falso subsidio que paga el sector privado

    Hoy, en noticias de TVN finalmente veo a un presidente, en este caso Mulino, decir que no encuentra una fórmula para hacer económicamente viable aumentar el descuento a jubilados, con lo cual saca a relucir una verdad que sus antecesores soslayaban pero que, tal como he venido advirtiendo, la realidad nos está alcanzando. Nos alcanza por diversos motivos y diversos enredos socioeconómicos que son casi imposible explicárselos a Tío Pueblo, pero a ver si doy un pantallazo.

    El problema de fondo comienza con un mandato del Órgano Legislativo que es puro clientelismo destructivo. Entiendo que la mayoría de los jubilados enfrentan los aumentados costos vida inflacionarios. Es muy triste la realidad que enfrentan pero no debería ser una sorpresa para quienes ponen atención a un clientelismo que tarde o temprano pasa factura.

    Lástima que no sean tantos los que ven que la mayoría de las empresas no son de ricachones y sus márgenes de ganancia simplemente no aguantan esos descuentos. Y cuando los malos legisladores se bañan en gloria, los pequeños negocios que se van a la quiebra y eso no lo ven o no les importa; hasta que llegue el día en que sí les importe.

    ¿Cuántos jubilados o no jubilados entienden la macro economía? En un mercado en el cual ya la mayoría de las empresas la tienen difícil, intentan mitigar el ingreso perdido aumentando precios a los no jubilados, lo cual tiene límites y consecuencias; y eso sólo es parte del asunto. Los efectos nocivos de legisladores que regalan lo ajenos son muchos:

    • Las empresas del sector informal logran ventajas, mientras sólo las formales cumplen y pierden.
    • Los politicastros se llevan la gloria de ayudar a los viejitos, mientras que las consecuencias inevitables de su irresponsable legislar demorarán en llegar; pero cuando llegue ya casi nadie sabe por qué.
    • Con el tiempo estos supuestos subsidios han llegado a ser vistos como “derechos”. ¿Derechos a qué, al asalto politiquero?

    A todo ello, la pérfida excusa de rapaces legisladores se va por el camino fácil y descuida soluciones mucho más reales; tales como:

    • Transferencias dirigidas en vales gubernamentales pagables con una disminución de gobiernos obesos y corruptos.
    • Dejar los asaltos a la CSS y crear una verdadera seguridad social y no el esquema Ponzi que ha sido la CSS desde su natalicio.
    • Descuentos impositivos que no conviertan a las empresas, en especial las medianas y pequeñas empresas en agentes de asistencialismo social.

    Es muy triste que cuando finalmente logramos tener un presidente que habla la verdad económica y advierte que es al Ejecutivo a quien corresponde planificar el gasto, todos le caigan a pelonera. Me sorprendió la votación de 47 a 1, lo cual muestra la terrible realidad del poder legislativo en Panamá. Ahora, el Ejecutivo debe inventar una fórmula de avenimiento.

    Hoy, que me siento en mi solitario cuarto de viejito escribiendo estas cosas, no puedo dejar la realidad de la quiebra del restaurante de nuestra familia, en buena medida debido a las irresponsables normativas populistas. Como tampoco puedo olvidar que mi empresa también se fue al fracaso cuando los gobiernos nos cancelaron unos 10 contratos ganados en licitaciones, debido a que rehusamos pagar coimas. Y, por qué no recordar que luego de 14 años de trabajar en el gobierno, las dos veces que llegué a dirigir una institución del Estado, al año me despidieron por no ser ladrón.

    Los terribles efectos colaterales del desgobierno son inmensos, pero nadie los advierte, debido a que el gobernar populista se acostumbró a regalar migajas y cosechar ventajas.

  • Gobernar y Producir no son Compatibles

    Gobernar y Producir no son Compatibles

    Gobernar no es producir. El Estado panameño es dueño de importantes recursos naturales. Eso no lo convierte en un organismo productivo eficiente, ni lo obliga a actuar como tal. La tentación de expandir el rol productivo del gobierno —desde el Canal, la educación y los servicios públicos hasta las tiendas de comestibles— se presenta como pragmatismo o justicia social. En realidad es una confusión de roles. Cuando el gobierno se mete a producir, no multiplica la riqueza: reasigna recursos según criterios políticos y debilita los mecanismos que sí la crean.

    La pregunta no es si el Estado “debe” ser dueño de ciertas cosas, sino si conviene a la población que se meta a ser empresario. Ahí la evidencia histórica y la lógica de los incentivos son claras: los gobiernos no son organismos productivos. Pretender que lo sean tiene un costo que, tarde o temprano, paga la sociedad.

    El socialismo lo que produce con eficacia es el totalitarismo, tiranía, pillaje y pobreza. Pero no produce moralidad ni el empuje de superación personal que surge cuando uno trabaja en lo que es suyo, y no de un “Estado” que nadie sabe exactamente qué es ni dónde se encuentra.

    En Panamá hemos visto cómo el socialismo sembrado en la Constitución, y que ha estado de metiche durante toda nuestra historia, genera una falsa solidaridad que osamos llamar subsidios.

    Hace no tanto tiempo, luego del derrumbe del Muro de Berlín, muy pocos se atrevían a defender el socialismo o el comunismo. Pero han pasado los años y las cosas se olvidan. Hoy son demasiados los que ven el capitalismo o al empresario como un explotador y al “Estado” como salvador. Es absurdo, particularmente cuando nadie sabe con claridad quién es el Estado.

    Hay una realidad en lo que alegan los socialistas sobre la propiedad privada de los medios de producción: suponen que bajo ese régimen los ricos prosperan mientras el pueblo languidece. La evidencia histórica muestra lo contrario. El capitalismo ha sacado de la pobreza a más personas que cualquier otro sistema. Basta mirar las empresas e inversiones de Elon Musk: en ellas trabajan cerca de 160.000 personas de forma directa. Y eso sin considerar el amplio mercado y la cadena de valor que toda esa gente genera, mueve y sostiene.

    Son demasiados los que llaman “capitalismo” a lo que tenemos en Panamá, cuando en realidad no pasa de ser una mala caricatura de él. El caso panameño es ilustrativo: nuestra Constitución establece un guacho entre el verdadero capitalismo y el enredado socialismo.

    Más allá de la simple visión sobre la propiedad de los medios de producción, hay otras realidades que debemos tener presentes: las realidades morales de la naturaleza humana y de los derechos del individuo. La propiedad de los recursos y el lucro de la producción tienen que lograrse por la vía pacífica. Cosa que no ocurre en Panamá cuando los gobiernos crean más impuestos para financiar la vagabundería que típicamente hacen y llaman gobernar. El verdadero capitalismo requiere moralidad. Requiere que los intercambios sean voluntarios.

    En este mundo hay personas dotadas, como Elon Musk, que son fábricas de producción. A la NASA le cuesta unos 370 millones de dólares ir y regresar a la Estación Espacial Internacional; los vehículos de SpaceX lo hacen por alrededor de 70 millones. Comparemos eso —no en cantidad, sino en calidad y costo— con lo que hace el Metro o MiBus en Panamá.

    El emprendedor actúa con el propósito de satisfacer al cliente. ¿Acaso eso hace el NODUCA?

  • El intervencionismo daña

    El intervencionismo daña

    Lo que realmente se da en nuestro patio es un intervencionismo económico y populista.

    El “estatismo” suele definirse como una gran intervención estatal, politiquera o ideológica, que con facilidad deriva en corrupción. Sin embargo, al abrir la bolsa de grillos de lo que realmente entendemos por corrupción, descubrimos que el vocablo “estatismo” se queda corto. No describe con precisión la actuación gubernamental típica de Panamá ni de muchos otros países.

    Lo que realmente se da en nuestro patio es un intervencionismo económico y populista. Los gobiernos invaden de manera permanente la esfera propia del mercado y de la microeconomía familiar: alteran la determinación de precios, los contratos, la contratación laboral, los descuentos y mucho más. Todo ello lo ejecuta el poder de turno —las castas dominantes— con un objetivo claro: lograr ventajas económicas y políticas para los poderosos, mientras destruyen tejido productivo y social.

    En este esquema entra de lleno el clientelismo. Las políticas de control de precios, los descuentos obligatorios por ley, los subsidios que no subsidian y los favores a gremios sindicales o a “amiguitos” convierten al gobierno en una simple maquinaria de padrinazgo. Más allá todavía, hablamos de una gobernanza predatoria y demagógica: decisiones reactivas, tomadas bajo la presión popular que alimenta el “regalierno” y su simbiosis mediática, sin considerar jamás los efectos colaterales ni las consecuencias a mediano y largo plazo. El resultado es el desgobierno. Gobiernos que hacen metástasis desde su función debida para con el Estado hacia realidades bastardas y destructivas. Gobernanza depredadora, y punto.

    Para entenderlo con claridad, veamos el caso de los controles de precios. Estos sofocan la información esencial que los productores necesitan para decidir qué producir, cuánto y a qué costo. La historia soviética lo ilustra con crudeza: cuando el gobierno no lograba fijar precios realistas, terminaba consultando catálogos de Sears. Absurdo, por supuesto, porque aquellos precios no reflejaban la realidad de la producción y comercialización local. Más allá de sofocar la información de costos, se destruyen los incentivos a producir y a conservar. El desenlace es previsible: escasez, mercados negros, mala calidad y la sustitución de la asignación de mercado por una asignación puramente politiquera.

    Los descuentos obligatorios para jubilados generan distorsiones similares. Bajo la coartada de “amar al prójimo”, gobiernos torcidos imponen a los privados la carga de “subsidiar” a un grupo electoralmente atractivo. El caso de un restaurante que se llena de comensales y aun así quiebra no es anécdota: es el resultado lógico. Los clientes pagan un precio fijado políticamente que ya no cubre los costos. La responsabilidad social se convierte en pillaje electoral. Y a todo ello, los causantes de la quiebra escondidos debajo de una falsa asistencia social.

    En resumen: el estatismo es la ideología que sostiene que el Estado debe dirigir intensamente la economía. Lo que en la práctica obtenemos suele ser peor. Gobiernos que utilizan el poder estatal de forma oportunista y cortoplacista —mediante controles de precios, descuentos forzosos o favores especiales— destruyen las señales de precios y los márgenes privados sin ningún plan coherente. No estamos ante una gran teoría del Estado, sino ante el ejercicio negligente y electoralista del poder.

    Estas realidades están a la vista de quien quiera o sea capaz de advertirlas. El problema es que gran parte del populacho ya se ha hecho adicto a esta gobernanza malsana.

  • La Teología en la Desigualdad Económica

    La Teología en la Desigualdad Económica

    La doctora Wanjiru Njoya vuelve a llevarnos por senderos del entendimiento muy poco trillados; esta vez al examinar el tema de la desigualdad económica o DE; desde una perspectiva ‘teológica’; es decir, vista en sentido de la Creación. Mucho se cacarea acerca de la DE pero deambulamos por laberintos matorrales en sus causas y, particularmente, las razones por las cuales existe tanta falta de productividad humana; ya que, hay que ser sanamente productivo para no ser económicamente dependiente.

    En el patio panameño he pasado toda una vida escuchando a “economistas” que cacarean sobre la macro economía pero poco o nada sobre la micro economía; aquella que no existe en las esferas de un MEF sino de la familia o en su ausencia. Y en ello nos lanzamos en estériles discusiones acerca de cómo distribuir aquello que producen unos para repartirlo a los que no saben, no quieren o pueden producir cosas que otros desean consumir. En otras palabras, vivimos en un mundo ideológico carente de lógica.

    El desafío está en entender cuando cacarean de una distribución de la riqueza; sea económica o aquella mucho más astronómica que trasciende el dinero. En fin, vivimos como náufragos que buscan sustento en pecios flotantes. Y en ello Njoya cita al afro descendiente Thomas Sowell, uno de los intelectuales más influyentes y controversiales de siglo pasado, cuando dice:

    “Ni la lógica ni la evidencia empírica ofrecen una razón convincente para esperar resultados iguales o aleatorios entre individuos, grupos, instituciones o naciones.”

    Y es que al habar de una distribución de lo que llaman “riqueza”, palabra muy mal usada y entendida, entramos al confuso mundo de los términos torcidos; entre otras, porque hablar de riqueza en sentido de dinero es un disparate, ya que hay cosas que no se pueden “distribuir”. El problema no va por el sendero de la distribución sino de cual es la mejor manera de promover que la gente sea más productiva.

    Y sí, también podemos hablar de “distribución” en sentido estadístico; pero la estadística no puede medir la verdadera riqueza, y mucho menos como se logra. Lo que sí podemos es ver y entender cómo ciertas políticas económicas de palacio que, más que nada nacen del interés por votos o peor, interés por pillaje, producen pobreza económica y espiritual.

    El mundo es un sitio caótico, imposible de resolver desde palacios manipuladores; ya que la verdadera función de palacio no es dictar cosas como salarios mínimos y disque educar, sino de velar por que estas actividades en la población se lleven a cabo sin trampas.

    Pero… ¿Qué es lo que han hecho nuestros gobiernos a través del tiempo? Pues, para disque resolver desigualdades, se han dedicado a patear los balones en vez de servir como jueces de los partidos de la vida. Y, en tal realidad, ¿qué ocurre cuando quien comete las faltas y delitos son los jueces; NODUCA, IDAAN, Policía, ¿etc.? ¿Acaso ellos mismos se arrestarán y juzgarán y pondrán en prisión?

    Y es que resulta imposible ver y entender el comportamiento humano; y sólo podemos imaginarlo. Y es así que los “economistas de palacio” pretenden ver e imponer criterios y normas que llaman “económicas”. Pero cuando el río desborda su cauce, estos expertos se agachan para que las piedras les pasen por encima.

    En fin, es irreal la pretensión de medir las causas de la “riqueza” en números y tal. Es común ver a ricos que se vuelven pobres y pobres que se vuelven ricos. Y, al final, lo importante es ver y entender cuales son las condiciones que mejor ayudan a las personas a ayudarse ellos mismo; ya que la salvación jamás nos llegará desde el palacio; sea de garza o de gallinazos.