Categoría: Opinión

  • Ver el Mundo Desde lo Alto

    Ver el Mundo Desde lo Alto

    Una de mis aventuras en lo alto ocurrió volviendo solo en un Cessna 172 de un vuelo al interior. Pasando sobre Chame decidí ver cuan alto podía volar el 172 y comencé a ascender. Ya sobre Taboga llegué a casi 17,000 pies de altura (5,000 Mts.) y viendo que el color de mis uñas se tornaba rosado, me dije: “ya está bueno y apagué el motor. Ya con la hélice detenida al frente me dirigí a la Ciudad volando a lo planeador; hasta que aterricé en M. A. Gelabert, como planeador. Allá arriba y en esas aventuras los problemas de abajo desaparecen y uno gana claridad; el mundo no lo ves igual. Eso es exactamente lo que necesitamos en la mayordomía de los recursos: aprender a subir por encima de los tranques vehiculares, el ruido, y los problemas que nos rodean y no logramos entender y así, seguimos volando a baja altura en vez de subir a ver un panorama mucho más amplio.

    Tomemos la pobreza, por ejemplo. El síntoma es obvio: gente sin suficiente ingreso, sin acceso digno a educación o salud. La respuesta habitual sería: más “asignación”; más subsidios, más programas gubernamentales, más reparto. Pero eso es tratar la fiebre sin curar la infección. El origen o ‘etiología’ suele estar en sistemas que destruyen la creatividad, castigan el esfuerzo o impiden que las personas desarrollen y les dejen usar sus propios recursos y talentos.

    Lo mismo pasa en la economía y la política, donde abunda la tontería humana. Vemos gobiernos que gastan enormes cantidades de dinero en subsidios a industrias obsoletas, mientras ahogan con regulaciones a las nuevas empresas que podrían crear verdadera riqueza. Es como tratar de mantener un avión viejo en el aire echándole más combustible, en vez de diseñar uno más eficiente. O como subsidiar el azúcar y después gastar más dinero en campañas contra la diabetes. ¡Es comedia pura, si no fuera tragedia!

    Otro ejemplo clásico se da con la creación de entidades gubernamentales, como el Ministerio de Cultura, cuando la gran mayoría no entiende de cultura; creen que se trata del tamborito, la pollera y tal. Pero, a final del día, terminamos alimentado corrupción o dependencia en lugar de cultivar un buen desarrollo cultural. Es como darle pescado a alguien todos los días en vez de enseñarle a pescar… y luego, quejarnos cuando siguen teniendo hambre. La mayordomía verdadera pregunta: ¿qué condiciones estamos creando (o destruyendo) para que las personas puedan generar y cuidar sus propios recursos?

    La raíz del problema suele ser mental y moral. Cuando creemos que los recursos son un pastel fijo, nos enfocamos en pelear por nuestra rebanada (o en quitársela al vecino). Cuando entendemos la mayordomía, empezamos a preguntar: ¿cómo cultivamos mejor el talento humano? ¿Cómo liberamos la creatividad? ¿Cómo trabajamos con la naturaleza en vez de solo extraerla?

    El secreto de volar en el fluido atmosférico, igual que vencer las limitaciones humanas, está en vencer la resistencia al avance que ocurre cuando la aeronave choca con el aire que se resiste a darle paso. Yo como instructor le apagaba el motor a mis estudiantes para mostrarles que el avión vuela porque tiene alas y no sólo por el ruidoso motor. Al principio les daba un miedo que debían conocer y lidiar pues uno no sabe cuando ello le ocurrirá.

    En los próximos ensayos seguiremos ganando altitud: exploraremos la mayordomía de los recursos humanos, de la naturaleza y de nuestra vida colectiva. Veremos que, aunque existen límites reales, también existe un enorme espacio por encima de ellos para volar más alto y más lejos.

    La resistencia al avance siempre estará allí y debemos aprender a vencerla.


    Nota: como todos los viernes, se publica el Ensayo No. 2/4 sobre La Mayordomía de los Recursos.

  • Quieres un “Estado de Bienestar”, paga el precio de la inmigración

    Quieres un “Estado de Bienestar”, paga el precio de la inmigración

    Comencemos por decir las cosas como son. Si quieres un Estado que subvenciona haraganes -coaccionando a sus ciudadanos para que paguen los impuestos necesarios- tienes que saber que atraerás inmigrantes haraganes.

    Las imágenes de miles de personas intentando cruzar desde Marruecos hacia Ceuta volvieron a colocar el tema en el centro del debate europeo y global. España reforzó la frontera, desplegó efectivos de seguridad y el inefable Pedro Sánchez se trasladó al enclave español mientras el episodio reabría uno de los debates más sensibles de la Unión Europea: el control de sus fronteras.

    Rápidamente se convirtió en un argumento político para la derecha occidental. Italia anunció el restablecimiento de controles temporales sobre los viajeros procedentes de España, mientras Trump utilizó las imágenes de Ceuta para advertir que ese podría ser el futuro de EE.UU. si los demócratas regresaran al poder. La inmigración volvió a transformarse en una poderosa herramienta demagógica de disputa política.

    Por cierto, no faltaron las hipótesis confabuladoras sobre que Marruecos provocó estos hechos deliberadamente. Durante los últimos veinticinco años, el reino marroquí dejó de ser un vecino periférico de Europa para convertirse en uno de los actores estratégicos del Mediterráneo occidental. Hoy España necesita su cooperación para controlar los flujos migratorios, combatir el terrorismo, preservar la estabilidad de Ceuta y Melilla, las dos ciudades autónomas españolas situadas en la costa norte de África.

    Madrid necesita un equilibrio entre sus dos grandes socios -y rivales entre sí- del Magreb: depende de Argelia para garantizar parte de su abastecimiento energético y de Marruecos por los motivos que vimos. En ese contexto, el 20 de julio Pedro Sánchez viajó a Argel para reforzar la cooperación energética. Apenas diez días después estalló la crisis de Ceuta.

    No existe evidencia pública que permita vincular ambos episodios ni afirmar que Marruecos haya relajado deliberadamente los controles fronterizos, como sí ocurrió en 2021. Sin embargo, aquel antecedente demostró hasta qué punto el control migratorio puede convertirse en un instrumento de presión política. Pero, en cualquier caso, ese no es el problema de fondo.

    Para el periodo 2021-2027, la Unión Europea tiene comprometidos más de 1.600 millones de euros para programas de cooperación destinados al desarrollo económico, el fortalecimiento institucional, la gestión migratoria y el control de las fronteras. La estabilidad de Marruecos pasó a formar parte de la seguridad europea. Pero regalar dinero de los ciudadanos europeos es contraproducente y solo deja contentos a los políticos y sus andanzas.

    Una de las patas para una solución de fondo es que los países en cuestión, desde donde vienen los inmigrantes, liberen sus mercados de manera que sus economías se expandan, y así suba el nivel de vida local logrando que menos personas quieran irse.

    La solución de fondo para los países desarrollados pasa por el cese inmediato de todo beneficio social, fiscal, de salud, educación, y de cualquier tipo y, entonces, cuando tengan que pagar por todo veremos cuántos se quedan. Si cada inmigrante tiene que pagarse lo suyo, lo haraganes que viven a costa de los ciudadanos locales y sus impuestos, desaparecen. Quedarán solo los que consiguen un empleo que les permita vivir mejor que en su país y ni siquiera esto porque muchos, aun ganando más que en su tierra, extrañarán su patria y se volverán.

    Por cierto, los que se quedan trabajando honestamente y ganando más que en su tierra no solo que no perjudican al país de adopción, sino que lo benefician. Trabajo sobra, hay mucho por hacer piense solo en el déficit habitacional, de hospitales y tanto más. En un mercado libre, hay pleno empleo siguiendo la curva de oferta y demanda y, si los salarios son bajos éstos se suben solo con capitalización.

     Son los políticos los que provocan la desocupación con leyes coactivas que impiden el trabajo “legal”, por caso, la ley del salario mínimo lo que logra es prohibir que trabajen los que ganarían menos que son, precisamente, los que más lo necesitan.

     Entonces, si hay pleno empleo, no puede decirse que los inmigrantes están quitando trabajo a los locales. Otra falacia es que, aunque no haya desocupación, los inmigrantes, al aumentar la oferta laboral, deprimen los salarios y empobrecen al país.

    A ver. Cualquier persona al trabajar produce para sí misma y, además, produce para la sociedad. Por ejemplo, un empleado de una empresa tiene que producir lo suficiente para ganar su salario y para dejarle ganancias a la empresa, de otro modo no se lo contrataría. Un trabajador o comerciante autónomo tiene que producir lo suficiente para sí y además para favorecer al cliente que, de otro modo, si no obtuviera algo mejor al dinero que deja, no compraría.

    Entonces, necesariamente todo inmigrante que trabaje en un mercado libre aportará ganancias para esa sociedad, para ese país. Claro que la ecuación se quiebra cuando los inmigrantes se benefician con el asistencialismo estatal (que pagan los ciudadanos) con el poco dinero que han dejado los políticos después de cobrarse lo suyo.  

    Actitudes como las de la primera ministra italiana, Meloni, por el contrario, agravan el problema. Además de crear múltiples inconvenientes a todos los ciudadanos del mundo -no solo a los españoles e italianos- no hace hincapié en el verdadero problema -el Estado de Bienestar- y por tanto lo legitima. Además, los controles fronterizos solo detienen a la gente decente, los delincuentes tienen mil trucos para evadirlos y, para remate, ante la imposibilidad de ingresar legalmente, se crean las mafias que les procuran el ingreso de manera ilegal.

     Y, por cierto, tanto el asistencialismo como los gastos de las fuerzas represivas estatales se pagan por vía impositiva que, irónicamente, empobrecen a los más pobres ya que, por caso, los empresarios los pagan subiendo precios.

    Corolario: los problemas de la libertad se solucionan siempre por el camino de una mayor libertad y, por el contrario, cualquier acción represiva solo empeorará las cosas. Es decir que, cuando enfrentamos un problema, la actitud debe ser la de razonar y estudiar ¿por dónde tenemos que liberar para que el problema se solucione? Y jamás dejarnos llevar por una reacción primaria y, menos aún, si promueve una mayor represión a las libertades individuales.

  • La Mayordomía de los Recursos

    La Mayordomía de los Recursos

    Hoy inicio una serie de ensayos que buscan explorar una mejor manera de reducir la pobreza y las luchas sociales.

    Ensayo 1: Mayordomía en lugar de Asignación

    A lo largo de mi vida como piloto aprendí una lección fundamental: el avión no despega porque alguien “asigne” combustible y fuerza. Despega porque se genera suficiente empuje y sustentación en las alas para vencer la inercia, la resistencia del aire y la gravedad. El primer paso está siempre en el deseo de superar limitaciones y surcar los aires.

    Recuerdo con claridad aquel día, cuando tenía 17 años y mi padre me llevó a Paitilla. Miguelito Pastor nos elevó en su Aeronca y, de pronto, se abrió ante mí un nuevo mundo, un mundo expandido. Aquel vuelo que mi padre me regaló me enseñó algo que hoy aplico a uno de los grandes temas de nuestro tiempo: cómo manejamos los recursos.

    Durante décadas hemos hablado de la “asignación de recursos”. Es una expresión que suena técnica y ordenada, pero que esconde un problema profundo. La palabra “asignación” sugiere que alguien —un gobierno, un planificador o una autoridad— debe decidir quién recibe qué. Implica un pastel fijo que solo hay que repartir. Esa mentalidad nos ha llevado a muchos de los problemas de pobreza que hoy sufrimos, no solo económica, sino también del alma.

    Yo propongo un cambio de palabra y, sobre todo, de mentalidad:

    La Mayordomía de los Recursos.

    La mayordomía no es mera distribución. Es el arte responsable de cuidar, cultivar y hacer florecer los recursos de la Creación —tanto los naturales como los que nacen de la creatividad humana—. No se trata solo de dividir lo que existe, sino de generar condiciones para que los recursos se expandan. Papá Dios nos entregó las llaves del Paraíso terrenal y nos dejó el reto de cultivarlo y llevarlo a fructificación; a sabiendas que el camino apunta al mismo Universo.

    La diferencia es clara. La asignación se enfoca en la escasez: ¿cómo repartimos de forma “justa” el agua, el dinero, el talento, la tierra o la educación? La mayordomía pregunta algo más profundo: ¿cómo cultivamos estos recursos para que produzcan vida, belleza y abundancia real a lo largo del tiempo? ¿Cómo honramos tanto las limitaciones de la naturaleza como el extraordinario potencial creativo del ser humano?

    Esta no es solo una discusión económica o técnica. Es también moral y espiritual. La mayordomía reconoce que los recursos no son cosas inertes. Forman parte de un sistema vivo del que somos miembros, no conquistadores absolutos. Incluye los recursos naturales (tierra, agua, aire, biodiversidad), los humanos (tiempo, talento, energía, sueños) y, especialmente, nuestra capacidad de imaginar, innovar y elevar la realidad a estadios superiores de existencia.

    A mis 84 años, he visto cómo la mentalidad de asignación genera conflictos, burocracia y desperdicio. La mayordomía, en cambio, invita a la responsabilidad personal y colectiva, a la creatividad y a la esperanza.

    En esta serie de ensayos exploraremos juntos este camino. Veremos cómo aplicar la mayordomía a los recursos humanos, a la naturaleza, a la política, a la economía y a nuestra propia vida interior. No ofrezco soluciones mágicas, solo una mirada más clara y elevada —como la que se obtiene cuando el avión finalmente despega y se puede contemplar el panorama completo.

    Sí, tendremos que volar y navegar entre nubes tormentosas, tal como hice durante muchos años, en búsqueda de aquella pista celestial.

    El vuelo apenas comienza. Amárrense los cinturones.

    Nota: ensayos siguientes se publicarán todos los viernes.

  • La Madriguera del Socialismo

    La Madriguera del Socialismo

    «Creer que arrebatando dinero al productivo vas a resolver los problemas del improductivo. Esa es la madriguera del engaño que mueve tripas, pero no la razón y el conocimiento relevante que está disperso entre la población.«.

    Hoy día, en los EE.UU. se está dando un resurgimiento político que clama soluciones por intermedio de la acción o intervención centralista gubernamental. Ello no es nuevo, a principios del siglo pasado se llevó a cabo una batalla intelectual entre quienes favorecían el socialismo y los que abogaban por el capitalismo. Nos cuenta Connor O’Keeffe que el meollo (médula) de la discusión giró en torno al cálculo económico. El asunto era si una gobernanza central de economía planificada era mejor que el orden espontáneo del mercado. Muchos creen, equivocadamente, que el libre mercado es “desordenado” o acaparado por los ricos.

    O’Keeffe advierte que el debate no es mayormente ideológico sino populista y yo añado que el asunto está en las realidades subyacentes. La tendencia socialista tiende a emerger no del buen cálculo económico sino del sentir visceral. Veamos lo que es “cálculo económico:

    es el proceso mediante el cual los agentes económicos (personas, empresas o planificadores) evalúan y comparan los costes y beneficios de diferentes alternativas para asignar recursos escasos de la forma más eficiente posible.”

    ¿Pero, cuántas personas manejan sus ingresos y gastos calculadamente? Jamás olvido a un maestro de obra o manitas que un día me dijo:

    Yo he ganado mucho dinero en mi vida; pero, me lo metía en los bolsillos del pantalón y, al tiempo, metía la mano y no había nada.”

    Lastimosamente, no son muchas las personas que economizan o ahorran o son frugales en el gasto; lo cual es más pernicioso cuando esas personas no son buenas produciendo cosas que otros valoran y desean comprar. Lo esencial es saber “administrar la casa” y, no sólo la casa dónde vivimos sino la ciudad y el país en el cual vivimos.

    Pero, la dura realidad es que quienes calculan sus gastos, ahorran y son productivos, pueden lograr buenos ingresos; mientras los que no economizan, tienden a ser pobres, a menos que… sean buenos robando; es decir, viviendo a costillas del productivo. Pero robar tampoco es cosa sencilla. Hay buenos y malos ladrones, como también hay actividades que se prestan para robar; tal como ser gobernante; y por allí andan los arrieros.

    El rico eficaz y económico muy poco busca ser gobernante, a menos que… ¡Síii!; sean pésimos empresarios y buenos ladrones, que conectándose con “empresarios ladrones” logran, como los mejores osos del norte, los puestos claves del río para pescar salmones.

    El gobierno es necesario, igual que la quimioterapia. Necesitamos gobierno y gobernantes, no para manejar el taxi, cocinar o volar el avión, sino para salvarnos de los ladrones. ¿Pero qué hacer cuando los ladrones son los encargados de atajar ladrones?

    Bien lo decía Fréderic Bastiat:

    el gobierno es la gran ficción a través de la cual todos buscan vivir a costillas de los demás”.

    Es creer que arrebatando dinero al productivo vas a resolver los problemas del improductivo. Esa es la madriguera del engaño que mueve tripas, pero no la razón y el conocimiento relevante que está disperso entre la población; de manera que sólo mediante un sistema de precios libres funciona la economía.

    Más allá, alejado de la libertad de sano capitalismo, están las feas coyundas entre autoridades y corruptos empresarios que no sólo usan las escuelas y universidades estatales para adoctrinar y educar en el arte de protestas callejeras que se prestan para un servilismo político.

    En tal realidad muchos ciudadanos disparan su enojo a dónde no es; al capitalismo, al rico y tal. Y lo más curioso es proponer al socialismo o hasta el comunismo como solución. Absurdo pensar que la mejor manera de gobernar es dando las llaves del gallinero a los zorros come gallinas.

  • Envidia, estatismo y la fosa que no queremos mirar

    Envidia, estatismo y la fosa que no queremos mirar

    Marco Rubio ha vuelto a señalar algo incómodo: en el corazón del “desenfreno socialista” que se observa en Estados Unidos, Inglaterra y otros países late un viejo vicio humano: la envidia. No la envidia sana que motiva a superarse, sino la que resiente el bien ajeno y busca nivelar por abajo usando el poder del Estado. Rubio, con su herencia familiar cubana, sabe de qué habla. El socialismo promete seguridad a cambio de libertades; cuando no cumple, las libertades no regresan.

    Las Escrituras lo advirtieron hace milenios. El décimo mandamiento —“No codiciarás”— no es un detalle moralista. Es una protección contra la destrucción social. Proverbios dice que “la envidia es podredumbre de los huesos”. Santiago advierte que de los deseos malos nacen pleitos y guerras. Cuando la envidia se politiza, deja de ser un pecado personal y se convierte en motor de políticas que prometen equidad, pero entregan control y resentimiento.

    No es caridad bíblica (voluntaria, cercana, responsable), sino coerción que viola “no robarás” y el principio de mayordomía responsable que Jesús ilustra en las parábolas de los talentos.

    En Panamá, y en muchos lugares “allende”, repetimos el mismo error de diagnóstico. Los medios y la conversación pública se detienen en lo anecdótico: el accidente de tránsito, el escándalo del día, la protesta del momento. Son síntomas visibles, indignantes, pero superficiales. Casi nunca bajamos a la fosa para examinar la etiología de nuestras patologías sociales.

    ¿Qué hay en el fondo? Un estatismo castrante que no merece el nombre de gobierno ni de gobernanza. Panamá tiene una ventaja geográfica envidiable y recursos que podrían generar prosperidad amplia. Sin embargo, el modelo “transitista” concentra riqueza en el enclave del Canal y servicios financieros, mientras el interior queda raquítico: desigualdad alta, educación deficiente, instituciones débiles, corrupción sistémica y una cultura de dependencia del Estado.

    El resultado es un Estado que promete resolverlo todo y termina ahogando iniciativa, fomentando clientelismo y erosionando responsabilidad personal y familiar. Este patrón no es exclusivo de Panamá. En Occidente vemos cómo el expansionismo estatal, justificado en nombre de la “equidad” y la seguridad, crece a costa de la libertad y la virtud. Se premia el resentimiento disfrazado de justicia social y se debilita el tejido moral que sostiene las sociedades: trabajo diligente, honestidad, familia estable y generosidad voluntaria. La historia muestra que los sistemas que alimentan la envidia terminan en estancamiento y pérdida de libertades. Venezuela es el ejemplo trágico más cercano.

    El problema de fondo es cultural y antropológico. El ser humano no es un ser perfecto que solo necesita más redistribución. Es un ser con dignidad, pero herido por el egoísmo y la envidia. Las mejores instituciones son las que limitan el poder mal dirigido, protegen la propiedad legítima y fomentan la responsabilidad. Las que pretenden redimir al hombre desde arriba suelen terminar oprimiéndolo.

    Es hora de dejar los diagnósticos superficiales. Necesitamos mirar la fosa: ¿qué tipo de cultura estamos cultivando? ¿Una que valora el esfuerzo y la excelencia, o una que resiente el éxito ajeno y busca al Estado como salvador? La respuesta a esa pregunta definirá si avanzamos hacia la prosperidad compartida o seguimos girando en el mismo círculo de quejas y promesas incumplidas.

    La renovación empieza por reconocer la raíz. Como dice la sabiduría antigua: “Guarda tu corazón, porque de él mana la vida”.

  • Idioma y Cultura

    Idioma y Cultura

    En 1975, mientras dirigía la Escuela de Aeronáutica Civil en Panamá —proyecto conjunto con la OACI y el PNUD—, solicité un diccionario etimológico al departamento de compras. La respuesta fue desalentadora: costaba seiscientos dólares de entonces. En cambio, un Webster en idioma inglés se conseguía por apenas veinte. Aquella barrera económica marcó mi camino: empecé a usar el diccionario inglés para guiar mi escritura y pensamiento en español.

    De esa experiencia surgió una inquietud más profunda: mientras el inglés parecía expandirse con la ciencia y la innovación, el español daba señales de contraerse en ciertos ámbitos. ¿Era posible? Observando con atención, encontré varias realidades preocupantes.

    Primero, para escribir con claridad y profundidad se necesitan palabras precisas. Algunas se han desgastado o cambiado de sentido según la región —como “bochinche”, que en Panamá alude al chisme malicioso que crece de boca en boca, distinto del tumulto o barullo general—.

    Segundo, la Real Academia Española (RAE) y otros diccionarios tradicionales han privilegiado definiciones de uso actual sobre el origen etimológico y filosófico de los términos.

    Tercero, mientras obras como el Merriam-Webster son acumulativas e inclusivas, la tradición académica hispánica ha tendido a ser más restrictiva y normativa.

    Esta diferencia no es trivial. Los jóvenes angloparlantes accedían fácilmente al sentido histórico, evolutivo y conceptual de las palabras. Los hispanohablantes, con frecuencia, no. De allí la percepción de que las sociedades de habla inglesa avanzan a la velocidad de la ciencia y la técnica, mientras que en el mundo hispánico, a veces, parecemos avanzar con mayor lentitud cognitiva y cultural.

    La raíz está en la filosofía de los diccionarios. Buscar “estado” en un Webster ofrece páginas de disección histórica, filosófica y social: una verdadera herramienta de pensamiento. En el Diccionario de la lengua española (DLE) de la RAE predomina la definición escueta, normativa y de uso. Uno expande la mente; el otro fija límites de lo “aceptable”.

    Históricamente, la RAE ha seguido el lema “limpia, fija y da esplendor”, priorizando uniformidad y pureza. Esto tiene ventajas: mantiene la unidad de un idioma hablado por más de 500 millones de personas en más de veinte países. Pero también genera rigidez. La institución tarda en reconocer vocablos que la realidad ya usa (aunque en las últimas décadas ha incorporado más americanismos y usos regionales, y dispone de recursos digitales y corpus como el CORPES). El enfoque anglosajón es más pragmático y descriptivo: si el pueblo o la ciencia usan una palabra con consistencia, se registra. No juzga tanto; documenta y queda incorporado al idioma.

    Hoy, la digitalización ha eliminado las barreras económicas de 1975. Cualquiera puede consultar etimologías en línea, comparar diccionarios y explorar orígenes. El verdadero obstáculo ya no es el precio, sino el hábito cultural: ¿valoramos la precisión léxica o nos conformamos con el slang inmediato?

    Adoptar lo mejor de ambas tradiciones no significa colonizar el español, sino enriquecerlo. Podemos conservar la unidad y elegancia que aporta la norma académica, sin renunciar a la vitalidad, la creatividad y la profundidad analítica del modelo descriptivo.

    Las palabras son las herramientas con las que construimos pensamiento, tecnología y futuro. Un idioma que se vuelve fósil rígido congela también el desarrollo de sus hablantes. Uno que se disuelve en arbitrariedad pierde poder comunicativo.

    El español no está menguando —es una lengua viva, diversa y en expansión demográfica—, pero sí necesita más curiosidad lexicográfica por parte de sus usuarios. Usemos el DLE como ancla normativa, el Diccionario Histórico para profundidad diacrónica, y herramientas como el Webster o Wiktionary para explorar capas etimológicas y filosóficas. Escribamos y pensemos con exigencia, sin purismo estéril ni permisividad que diluya el sentido.

    Es hora de exigir un español tan dinámico, preciso y audaz como los tiempos que nos toca liderar. Ni fósil ni caos: vivo, profundo y nuestro.

    Nota: con aportes de Grok.

  • El Poder Solapado

    El Poder Solapado

    En 2014 escribí el libro intitulado “Educación ¿estatal o particular?» en el cual enfocaba realidades de las vertientes educativas por la vía estatista o de ese mercado que es la sociedad, en la cual se intercambia lo que sea que otros buscan tener. Al respecto se manifiesta Agustín Toptschij en un artículo en el Mises Institute, destacando que, en las sociedades del 2026, aunque no son las mismas presentes en dictaduras o sistemas estatistas del ayer, nos llama a darnos cuenta que el poder centralista se administra vía los gobiernos estatales:

    “…funciona mejor cuando dicho mandar es solapado en vez de flagrante, haciendo ver que es benigno, racional e invisible, engendrando conformidad a través de una superación social en vez de hacerlo impositivamente a las patadas.

    Ya hoy día es mucho más engorroso imponer el estatismo del siglo pasado, dado que hoy existen maneras más insidiosas, sutiles y de control solapado, que presentan a quienes gustan de arrear en vez de dar el buen ejemplo. O, como acabo de escuchar en un chat, que debemos combatir la mentira con mentiras porque si lo haces con la verdad, pierdes. En ello está el caso o ejemplo del centralismo educativo NODUCA que sirve intereses estatistas económicos, sindicales y culturales y no de un estadismo.

    Hoy la gran mayoría de los argumentos en medios son, más que nada, anecdóticos, que señalan lo que tal o cual autoridad se robó; pero casi nunca vemos el fondo de ello. Es decir, ¿cómo es que resulta tan fácil robarle a todo el país? En cortito, cómo no va a ser así si estamos chuecos a partir de la misma Constitución; cuya torcedura nace de nuestra historia estatista, centralista y corrupta. Y es que el poder desbocado navega por encima de las instituciones, democracia, leyes, rendición de cuentas y la transparencia; vale decir:

    Un estatismo invasivo y generalizado que anula elecciones, parlamentos y tribunales, destruyendo mercados, la propiedad y sanos elementos afines.

    Para cerrar esta reflexión, debemos entender que el problema no radica simplemente en los nombres de quienes ocupan las sillas presidenciales o las curules legislativas. El verdadero peligro del estatismo moderno es que ha logrado colonizar la mentalidad colectiva, haciéndonos creer que fuera del arbitrio estatal solo existe el caos. Desde el centralismo educativo —diseñado más para fabricar súbditos dóciles que mentes críticas e independientes— hasta la hiperregulación que sofoca al emprendedor, la sociedad civil ha sido sistemáticamente desarmada y domesticada.

    Nos hemos acostumbrado a la ilusión del voto, ignorando que una democracia vaciada de contrapesos reales y de respeto absoluto a la propiedad privada es solo una fachada cosmética. Cuando la ley deja de ser un escudo para el individuo y se convierte en el garrote del gobernante, el contrato social se rompe de raíz. La corrupción rampante que vemos a diario no es una falla accidental del diseño institucional; es el sistema funcionando exactamente para lo que fue creado: un mecanismo de transferencia forzosa de riqueza desde quienes producen hacia la casta burocrática y sus allegados.

    Estas enormes burrocracias con asambleas que no descubren la ley sino la inventan con la finalidad de abonar la base servil que los mantiene en el curul lucrativo a las autoridades electas, desde el presidente, van y vienen, dejando endémico el sistema putrefacto que engendra deterioro y pobreza.

    Más allá está el estado profundo que en vez de potenciar el libre mercado, potencia un capitalismo de compinches. Y triste que todo ello no es invisible, pues hoy lo vemos en un mercado laboral que ya anda por el 50% de la actividad emprendedora en Panamá. Sin embargo, el corrupto mar de fondo en el poder permanece y permea a la sociedad.

  • La Gobernanza Predatoria

    La Gobernanza Predatoria

    En los debates diarios sobre las políticas públicas en Panamá, es común escuchar llamados a una “mejor gobernanza”. Pocas palabras se usan con tanta frecuencia y se comprenden tan poco. La gobernanza no es simplemente otro nombre para las acciones del gobierno. Mientras que la gobernanza —el conjunto de mecanismos que permiten a los seres humanos coordinar su vida social y resolver pacíficamente sus conflictos— ha existido desde que las personas comenzaron a vivir juntas, el Estado moderno es una invención histórica relativamente reciente.

    Lejos de ser una simple continuación de formas antiguas de autoridad, el Estado, como explica Agustín Toptschij, se define por su reclamo de soberanía: se posiciona como la fuente última del derecho, sin reconocer ninguna autoridad superior. Esta autonomía institucional, más que cualquier política concreta, le otorga una lógica predatoria. Poco a poco, tiende a absorber o subordinar otras instituciones —la familia, la empresa privada, la educación, agua, transporte, energía, otras más y hasta la alimentación. También las asociaciones civiles y las tradiciones locales— bajo la justificación del “bien común”.

    En Panamá, un país bendecido con ventajas geográficas y una economía dolarizada que ya demuestra los beneficios de limitar la soberanía monetaria, esta distinción resulta especialmente relevante. No tenemos que elegir entre orden y libertad. Necesitamos recuperar las ricas posibilidades de la gobernanza que no dependen de la expansión permanente de la jurisdicción del Estado.

    Esta lógica predatoria no es, necesariamente, fruto de la mala intención de gobernantes individuales, sino de la naturaleza misma del Estado soberano moderno. Al declararse fuente última del derecho, tiende inevitablemente a expandir su jurisdicción. Cada problema social —la inseguridad, la educación deficiente, los desequilibrios económicos— se convierte en pretexto para absorber más funciones que antes eran gestionadas por la sociedad civil, las familias o el mercado.

    En Panamá vemos este fenómeno con claridad. La dolarización ha sido un poderoso límite a la soberanía monetaria y nos ha dado mayor estabilidad que muchos países vecinos. Pero, en general observamos la tendencia expansiva: regulaciones que complican la vida de la pequeña y mediana empresa, un sistema de pensiones que genera inquietud sobre su sostenibilidad, y una burocracia que crece mientras la confianza en las instituciones públicas disminuye. No se trata solo de “mal gobierno”. Se trata de un modelo que concentra poder y debilita la sociedad.

    Frente a esto, es necesario recuperar las posibilidades de una gobernanza que no dependa de la expansión permanente e indecente de los entes en que se han convertido nuestros gobiernos estatales. La historia y la experiencia contemporánea ofrecen ejemplos esperanzadores:

    1. En el ámbito económico: La dolarización misma es un gran ejemplo de gobernanza sin soberanía monetaria plena. De igual forma, la competencia entre jurisdicciones (como los regímenes especiales en zonas francas o el hub logístico) demuestra que la apertura y la competencia reguladora pueden generar mejores resultados que la planificación central.
    2. En seguridad: Donde la policía estatal enfrenta limitaciones, la seguridad privada, los sistemas de vigilancia comunitaria y las tecnologías de prevención han mostrado eficacia. El reto es regularlos sin ahogarlos.
    3. En educación y bienestar: Familias, iglesias, fundaciones y empresas ya demuestran capacidad de ofrecer servicios de calidad. En lugar de estatizarlos, deberíamos facilitar su expansión mediante vales, desregulación y mayor libertad de elección.
    4. En resolución de conflictos: La arbitración comercial y los mecanismos privados de solución de disputas suelen ser más rápidos y menos costosos que los tribunales estatales saturados.

    La verdadera cuestión no está en tener más “Estado” y sus gobiernos en nuestras vidas, pues hay mejores formas. Un orden basado en la soberanía ilimitada del aparato estatal o uno construido sobre múltiples centros de autoridad y responsabilidad personal.

    Panamá, por su historia y posición estratégica, tiene una oportunidad única para liderar un modelo de gobernanza más humilde y eficaz. Reducir la voracidad del Estado no significa caos, sino liberar el enorme potencial creativo y cooperativo de la sociedad. Es hora de pasar de la gobernanza estatista a una gobernanza verdaderamente social.

  • Más allá del estrecho de Ormuz: los cuellos de botella que pueden hacer tambalear el control de los mares

    Más allá del estrecho de Ormuz: los cuellos de botella que pueden hacer tambalear el control de los mares

    Los grandes pasos marítimos del petróleo ya no se dividen entre importantes y secundarios, sino entre los que están bajo asedio, los que tienen dueño, los que están naciendo y los que sostienen todo el sistema. Cuando los mercados temen un cierre en el estrecho de Ormuz, el precio del petróleo se dispara en cuestión de horas. Lo hemos visto muy de cerca en todo 2026. La razón es bien conocida: por ese angosto paso del golfo Pérsico transita cerca del 20 % del crudo y el 25 % del gas natural licuado (GNL) que consume el mundo, según la Agencia Internacional de Energía. Pero fijarse sólo en Ormuz es leer solo una página del atlas y creer que se ha entendido el mundo.

    La Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA) estima que el 76 % del petróleo mundial viaja por mar. Ese océano de crudo y gas no fluye libremente: se estrangula en una docena de pasos que concentran los flujos en espacios de pocos kilómetros, a veces de pocos cientos de metros. Lo interesante no es catalogarlos, sino entender que se dividen en cuatro familias con lógicas de riesgo muy distintas: los pasos clásicos que están bajo asedio, los que tienen dueño con nombre y apellidos, los que están naciendo ante nuestros ojos y los que sostienen silenciosamente todo el edificio.

    Los principales cuellos de botella energéticos globales (el tamaño del círculo es proporcional al tráfico de barriles de petróleo). Fuente: elaboración propia con datos de la EIA (1H2025)., CC BY

    Bajo el asedio de los drones y las lanchas rápidas

    Durante medio siglo, la seguridad de los cuatro grandes pasos del petróleo –el estrecho de Ormuz, que conecta el golfo Pérsico con el Índico; el canal de Suez, que sirve de paso entre el Mediterráneo y el mar Rojo; el de Bab el-Mandeb, entre el mar Rojo y el Índico, y el paso de Malaca, que conecta el Índico con el Pacífico– descansó sobre una premisa simple: ningún actor racional se atrevería a desafiar a la marina estadounidense. Esa premisa ha muerto entre 2023 y 2026, y su certificado de defunción se firmó en el mar Rojo.

    En 2023, los hutíes atacaron desde la costa yemení los buques comerciales estadounidenses y británicos en tránsito por Bab el-Mandeb, como una declaración de apoyo a Hamás en la guerra contra Israel. Entonces, las milicias demostraron que un arsenal de drones y misiles baratos bastan para desviar el comercio mundial. No necesitaron hundir ninguna flota: la mera amenaza disparó los seguros marítimos y obligó a las navieras a rodear África, elevando los fletes entre un 200 y un 300 %, y alargando cada viaje entre 10 y 15 días.

    Tras los ataques, el canal de Suez –con apenas 313 metros de ancho en sus tramos críticos y por el que transitan unos 12 millones de barriles diarios– vio evaporarse buena parte de su tráfico sin que nadie lo bloqueara físicamente. Las flotillas navales multinacionales desplegadas en la zona, analizadas en detalle por la propia EIA, no lograron restaurar la confianza: la disuasión clásica no funciona contra quien no tiene nada que perder.

    La misma lección se proyecta sobre los dos gigantes asiáticos del mapa. Ormuz mueve unos 20 millones de barriles diarios pero Malaca lo supera: 23,2 millones de barriles diarios en el primer semestre de 2025, el 29 % de todo el comercio marítimo mundial de petróleo, apretados en un pasaje de 2,5 kilómetros entre Malasia e Indonesia.

    China importa por esa vía cerca del 80 % de su crudo y esa enorme dependencia genera el llamado “dilema de Malaca”.

    Los pasos con dueño: donde el riesgo no es un misil, sino una firma

    Otro tipo de riesgo está en los pasos controlados por un Estado concreto que puede –legalmente o de factocondicionar el tránsito de terceros. Esta presión es menos espectacular que un ataque con drones, pero sus efectos pueden ser igual de profundos.

    Un caso de manual son los estrechos turcos. La convención de Montreux de 1936 dio a Turquía las llaves del Bósforo y los Dardanelos, únicos accesos al mar Negro, por donde sale el crudo kazajo y ruso hacia el Mediterráneo.

    Tras la invasión de Ucrania, Ankara aplicó Montreux con un doble rasero: cerró el paso a los buques de guerra pero lo mantuvo abierto a los petroleros rusos con crudo barato. El estrecho se convirtió en moneda de cambio de la política exterior turca y Europa descubrió que una de sus arterias de importación dependía de la buena voluntad de un socio indispensable e imprevisible.

    Menos conocidos son los estrechos daneses –Gran Belt, Pequeño Belt y Øresund–, única salida del Báltico al Atlántico. Por ellos salía alrededor de un tercio de las exportaciones marítimas rusas de crudo, antes de las sanciones económicas a Rusia por la guerra de Ucrania. Aquí no hay Montreux: Dinamarca no puede negar el paso inocente que estipula el derecho marítimo, por el que los barcos de todos los Estados pueden navegar por el mar territorial de otro, siempre que se trate de un paso rápido y sin detenciones. Pero la geografía impone su propio peaje: el Øresund apenas alcanza 8 metros de calado en algunos puntos, lo que veta a los superpetroleros y obliga a Rusia a usar buques más pequeños y costosos.

    A esta familia también pertenecen Gibraltar, 14 kilómetros entre Europa y África, y puerta del GNL atlántico hacia el Mediterráneo, y el canal de Panamá, que conecta las costas atlánticas y pacíficas del continente americano y da salida al GNL texano hacia Asia. Panamá añade una vuelta de tuerca: el clima se está convirtiendo en su dueño efectivo. La sequía de 2023-24 en la cuenca del lago Gatún redujo el calado, impuso colas de semanas y demostró que la infraestructura más sofisticada puede ser rehén del ciclo hidrológico. La retórica de la administración Trump sobre “recuperar el canal” hizo el resto: hasta los pasos más institucionalizados vuelven a estar en el mercado de la geopolítica.

    El tablero que viene: deshielo, semiconductores y gas africano

    La tercera familia no aparece en los manuales clásicos de seguridad energética porque está naciendo ahora mismo. Son los corredores que el cambio climático, la transición energética y la rivalidad entre China y EE. UU. están dibujando sobre el mapa.

    El más literal es el Ártico. El deshielo está convirtiendo la Ruta del Mar del Norte, a lo largo de la costa siberiana, en una autopista estacional que podría operar todo el año hacia mediados de siglo, recortando 7 000 kilómetros entre Rotterdam y Shanghai. Rusia lleva una década preparándose con rompehielos nucleares, nuevos puertos y bases militares en la zona, mientras que en su flanco occidental está Groenlandia, con sus tierras raras y su posición dominante, lo que explica el insistente interés de Washington por la isla.Justo debajo, el GIUK Gap (el pasillo entre Groenlandia, Islandia y Reino Unido), que fue la línea antisubmarina de la Guerra Fría, se prepara para una segunda vida como corredor logístico vigilado.

    En el otro extremo térmico del planeta, el canal de Mozambique se perfila como la arteria del gas africano: los yacimientos de Mozambique y Tanzania, entre los diez mayores del mundo, empezarán a exportar GNL a gran escala en la segunda mitad de la década, y sus metaneros tendrán que pasar entre la costa africana y Madagascar.

    El corredor emergente más inestable no es nuevo en el mapa, sino en su significado: el estrecho de Taiwán. Por sus aguas transitan los petroleros y metaneros que abastecen a Japón, Corea del Sur y el norte de China. Pero también los semiconductores que alimentan la industria mundial y los cables submarinos que sostienen internet. Un conflicto en Taiwán no sería solo un shock energético sino también industrial y digital simultáneo, sin precedente histórico con el que compararlo. Es el único paso del mapa cuyo cierre no admite ruta alternativa que valga. https://datawrapper.dwcdn.net/aFOHE/2/

    La garantía de fondo: lo que sostiene el sistema cuando todo falla

    Queda una última familia, la menos visible: las piezas que no mueven barriles pero hacen posible que los demás los muevan. Son el seguro del sistema, y como todo seguro, sólo se aprecia cuando hay siniestro:

    1. La pieza militar: Diego García, un atolón de 44 kilómetros cuadrados en mitad del océano Índico, que alberga desde los años setenta una base militar anglo-estadounidense desde la que se puede proyectar poder sobre los pasos de Ormuz, Bab el-Mandeb y Malaca a la vez. La lección es incómoda pero clara: el flujo energético global descansa, en última instancia, sobre infraestructura militar de proyección de poder.
    2. La pieza geográfica: el cabo de Buena Esperanza, que no puede cerrarse al ser mar abierto y que absorbe el tráfico cuando Suez o Bab el-Mandeb fallan. No obstante, cada activación añade dos semanas de travesía y millones de dólares por viaje que acaban en la factura del consumidor.
    3. La pieza industrial: los oleoductos que rodean los estrechos –como el Petroline saudí hacia el mar Rojo (con hasta 7 millones de barriles diarios de capacidad ampliada), el Habshan-Fujairah emiratí que esquiva Ormuz, el Bakú-Tiflis-Ceyhan que evita el Bósforo– son la redundancia planificada del sistema. Pero el sabotaje del Nord Stream, en 2022, mostró que los tubos también se atacan y ninguno puede absorber el volumen completo de los pasos que complementan. La redundancia atenúa la vulnerabilidad; no la elimina.

    Leído así, el mapa de los cuellos de botella (chokepoints) es un mapa de poder. Para los importadores netos de combustibles fósiles, la lección es que diversificar fuentes sin diversificar rutas es hacer la mitad del trabajo: depender de un único corredor equivale a firmar un pagaré geopolítico con vencimiento impreciso.

    Enrique Parra Iglesias, Profesor Titular de Universidad, Universidad de Alcalá

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Culpar a los ricos e ignorar los Incentivos

    Culpar a los ricos e ignorar los Incentivos

    Pareceré loro repitiendo los mismos argumentos, pero… muchísimo cacarean los supuestos “socialistas” y tal, y muy poco salen a relucir verdades que quedan opacadas entre los goles del mundial. En este caso, me refiero al cacareo contra los ricos, cuando casi nadie sabe lo que es un rico; pues los hay que tienen mucho dinero, pero muy poca riqueza, mientras hay muchos pobres que son mucho más ricos que los adinerados.

    La verdadera riqueza está mucho más allá que el dinero; pero, si lo que estamos enfocando es la riqueza económica de un pueblo, entonces pongamos atención a realidades que típicamente se les escapan a la gran mayoría. La única forma de lograr riqueza en dinero y lograr millones de una manera sana es, produciendo y ofreciendo productos o servicios que alguien quiere comprar.

    Cada dólar que gastan los compradores es un voto a favor de un producto o un servicio. Si no te gusta, no lo compras o despides a quien te da el servicio. Pero eso no es lo que ocurre en los sistemas que dicen ser “gobierno” en los cuales estos organismos torcidos meten no las pezuñas sino todo el cuerpo. Y más aún, el mercado es como las carreras de caballo, autos y tal en cuanto a que no ganan los mismos, como cuando el gobierno mete la mano, sino que ganan los que mejor ofrecen resultados.

    A todo ello, estamos viendo un proceso que es voluntario, de libre mercado; lo cual no se da cuando el gobierno dicta precios, descuentos, supuestos subsidios y muchos otros engaños coercitivos; tales como los impuestos cuando estos son exagerados y utilizados para hacer porquerías. La triste realidad es que nuestros supuestos gobiernos han trastocado su misión de ser protector contra los bandoleros y se han convertido en los mayores bandoleros. Y el crimen no está sólo en lo que roban sino en el daño colateral de no desempeñar bien su función básica de atajar a… ¿a quién? ¿Acaso se van a atajar a ellos mismos?

    Creer que los subsidios nacen por el amor al prójimo, al pobre, al pueblo es lo máximo en despiste; pues quienes dan favores esperan colores en donaciones, votos y aplausos cuando pasa la caravana de soberbios ungidos. En todo ello se ignoran los peligros de usar el poder gubernamental para lo que no es. Los gobiernos consiguen sus ingresos no mediante producción y venta de buenos productos. El asunto es ver cuáles son y cuáles no los buenos productos; tal como el Metro y MiBus.

    A todo ello, debo celebrar a personas como George F. Novey, fundador de las empresas Novey en Panamá, quien solía decirnos: “Quien con niño se acuesta, embarrado amanece”. Y tanto George como mi padre Irving, y Richard Novey que luego administraron las empresas de la familia, no se arrimaron a los gobiernos de turno. Pero, les cuento que sí tuve que ir asentarme con un ministro para informarle de su vice que nos quería coimear. El ministro me dijo: “Esto está muy mal” y cambiaron al vice a otro ministerio.

    En fin, cuando un gobierno se entromete directamente en el mercado, tal como lo establece el Título X de nuestra Constitución, el mismo se constituye en un elemento no sólo irruptor sino peor. Y sí, los panameños necesitamos gobierno, pero… ¿es eso lo que tenemos? Triste pero la realidad es que lo que hemos venido sufriendo son asaltantes legales protegidos por la misma ley para llevar a cabo sus actividades delictivas. No proveen seguridad sino todo lo contrario.