Etiqueta: autoritarismo

  • Tiranía, pasividad y el espejismo del salvador externo

    Los acontecimientos ocurridos entre el 2 y 3 de enero de 2026, en torno a la extracción de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos, han generado una avalancha de interpretaciones, conjeturas y celebraciones apresuradas. Sin embargo, conviene hacer una aclaración básica: no somos analistas de inteligencia ni contamos con información privilegiada. Todo aquello que exceda lo oficialmente confirmado es, en el mejor de los casos, especulación. Y precisamente por eso resulta más productivo concentrarnos en lo que sí sabemos con certeza: cómo se construye una tiranía y cuál es el rol que juegan las sociedades en ese proceso.

    Una tiranía no aparece de un día para otro. No irrumpe como un rayo en cielo despejado. Se edifica lentamente, casi siempre con la complacencia —cuando no con el aplauso— de una ciudadanía que vota y luego se desentiende. Que delega su responsabilidad cívica en el acto electoral y se retira a la comodidad de la vida privada, mientras las instituciones se erosionan, la prensa es hostigada y el poder se vuelve cada vez más opaco y concentrado.

    La pasividad frente al nepotismo, la falta de rendición de cuentas, los discursos violentos contra el disidente y la degradación del debate público es el terreno fértil sobre el cual florece el autoritarismo. Especialmente grave es el silencio de las élites ilustradas: una población educada que calla, que se vuelve cínica o relativista, y que acepta atropellos porque el gobierno se autodefine “pro-mercado”, olvidando que el mercado sin derechos individuales es sólo un reparto de privilegios entre amigos del poder.

    Cuando el deterioro ya es evidente y algunos deciden levantarse, el desenlace suele ser trágico. Los pocos que resisten terminan convertidos en mártires, no sólo por la brutalidad del régimen, sino también por la cobardía de quienes eligieron no acompañar. El caso de Óscar Pérez, asesinado en 2018 tras rebelarse contra el régimen chavista, es un recordatorio incómodo de esa verdad.

    La historia ofrece advertencias claras. Thomas Jefferson lo expresó sin eufemismos: El árbol de la libertad debe ser vigorizado de vez en cuando con la sangre de patriotas y tiranos: es su fertilizante natural. Creer que la libertad se conserva por inercia es una ilusión peligrosa.

    En este contexto, la salida de Maduro del poder puede ser vista como una buena noticia, pero no debería celebrarse sin matices. El derecho internacional público, consensuado tras la Segunda Guerra Mundial, lleva tiempo siendo vulnerado, y normalizar su violación sólo porque el resultado nos resulta conveniente es un precedente preocupante. La excusa de criminalizar la droga, ha servido reiteradamente como ley-garrote: un instrumento legal flexible que permite intervenir donde, por otros medios, estaría vedado.

    Estados Unidos no actúa movido por un repentino fervor democrático. Tampoco por una necesidad energética inmediata. La clave está en la geopolítica: China ha ocupado, mediante financiamiento y préstamos, un espacio que Washington descuidó durante décadas en América Latina. El llamado “patio trasero” se convirtió en zona de disputa estratégica, y Venezuela es una pieza central en ese tablero.

    El problema de fondo, sin embargo, no es externo. Cada intervención extranjera refuerza el riesgo moral de sociedades que esperan un salvador cuando la situación se vuelve insostenible. Mientras exista la expectativa de que alguien más resolverá el problema, no habrá incentivos reales para construir ciudadanía responsable, límites al poder y cultura institucional.

    Venezuela es una advertencia. La tragedia que vive hoy comenzó con decisiones complacientes, toleradas por una mayoría que confundió procedimientos con democracia y votos con libertad. Así se construyó a tiranía chavista. Ojalá esta experiencia sirva como lección para el resto de la región. Madurar como sociedad implica abandonar la lógica del amo benevolente y asumir, de una vez, que la libertad no se delega ni se importa: se defiende todos los días.

  • Venezuela, Cuba y Nicaragua ante su mayor crisis: ¿se derrumbarán los autoritarismos del Caribe?

    Los regímenes de Venezuela, Nicaragua y Cuba han sobrevivido a todo tipo de sanciones, crisis económicas y presiones sociales a lo largo de la historia. Aunque cada uno tiene su propia dinámica, están interconectados por alianzas políticas, económicas y de seguridad que refuerzan su resistencia. La incógnita es si este modelo se derrumba o encuentra nuevas formas de supervivencia.

    Estos países, dominados por el desorden institucional, han sido evaluados como territorios sin democracia ni libertades civiles. En el Democracy Index 2024, de la Economist Intelligence Unit (EIU), aparecen clasificados como regímenes autoritarios, en los niveles más bajos del ranking global.

    El Rule of Law Index señala que Cuba permanece asfixiada por un partido único, sin pluralismo político, y que Nicaragua se caracteriza por una justicia partisana, persecución a la oposición y concentración de poder en el Ejecutivo.

    En conjunto, estos regímenes encarnan violaciones sistemáticas de derechos humanos, ausencia de garantías democráticas y un Estado de derecho reducido a escombros. Al entrelazarse, proyectan una advertencia para la región sobre el declive del ideal democrático.

    El ocaso de la liga autoritaria

    Durante años, Venezuela sostuvo a Cuba y Nicaragua con petróleo subsidiado y acuerdos de cooperación que amortiguaron el colapso de sistemas inviables. Cuba ha sido soporte estratégico del poder venezolano, controlando seguridad e inteligencia, esfuerzo ahora concentrado a mantener la servidumbre sobre su propio pueblo, a un paso de la rebelión.

    Nicaragua sirvió de aliado y palanca internacional mientras el sandinismo simulaba su naturaleza de régimen forajido. Esta interdependencia ha tejido un bloque que reproduce el mismo patrón: represión de la disidencia, manipulación electoral, proscripción de prensa y medios de comunicación libres.

    Por otra parte, los indicadores del Anuario Estadístico de América Latina y el Caribe 2024 de la CEPAL revelan una vulnerabilidad económica inédita. El cierre de 2025 marca la mayor debilidad común en dos décadas: Cuba proyecta una caída del PIB de -1,5 % en 2025 y un crecimiento ínfimo de 0,1 % en 2026, acompañado de crisis energética y colapso del turismo.

    En Venezuela se vive una inflación desbordada y la zozobra de un pueblo privado de servicios básicos, que sobrevive con pensiones y salarios inferiores a un dólar mensual.

    Entre apoyos dudosos y confrontación directa

    Rusia y China han sido pilares externos del autoritarismo latinoamericano, aunque con enfoques distintos. Moscú ofrece respaldo militar y diplomático, limitado hoy por las sanciones y el desgaste económico de la guerra en Ucrania. Pekín privilegia un apoyo pragmático mediante inversiones estratégicas que permite la captura de recursos y mercados.

    Estados Unidos, por su parte, manifiesta su confrontación con un masivo despliegue militar y operaciones de seguridad en el Caribe, bajo la bandera de la lucha contra el narcotráfico. Ante Nicaragua, impone sanciones contra sus funcionarios y acrecienta denuncias de violaciones de derechos humanos.

    La depauperación extrema del pueblo cubano hace insostenible la narrativa que justifica el fracaso comunista como consecuencia del embargo impuesto desde 1962.

    El detonante regional

    En Venezuela, la crisis humanitaria, el colapso económico y la migración masiva hacen insostenible la situación. El conflicto trasciende las fronteras nacionales y se proyecta en el plano global.

    En este contexto, resulta claro que Estados Unidos no depende del petróleo venezolano para sostener su economía ni su seguridad energética: con una producción cercana a 13,6 millones de barriles diarios en 2025, se mantiene como uno de los mayores productores mundiales. En contraste, Venezuela apenas alcanza entre 956 000 y 1 132 000 barriles diarios, una caída dramática frente a los más de 3 millones que producía en los años noventa.

    La infraestructura petrolera venezolana está devastada: refinerías deterioradas y una capacidad de extracción reducida convierten a la industria en un símbolo de decadencia, más que en un activo estratégico. Entonces, las acciones de Estados Unidos no se explican como disputa por el control del petróleo venezolano.

    Escenarios bajo otra lógica

    Se detecta el interés del presidente estadounidense, Donald Trump, por activar una crisis internacional monitorizada, una narrativa de seguridad nacional que se proyecta en lo interno y sirve de justificación para medidas de dudosa constitucionalidad.

    Las elecciones al Congreso se celebrarán el 3 de noviembre de 2026, con la renovación de los 435 escaños de la Cámara de Representantes, 35 del Senado y 36 cargos de gobernador, una posibilidad de desequilibrio político que Trump quiere bloquear. Partiendo de una deriva autoritaria de esa administración y un cambio de política exterior que no tiene retroceso, se plantean varias posibilidades:

    • Ruptura inminente: el desconocimiento de los resultados electorales cerró la vía negociada. La juramentación de Nicolás Maduro el pasado 10 de enero abrió un proceso de quiebre que pudo haberse contenido con una transición política. La presión norteamericana, mediante ataques selectivos contra infraestructuras vinculadas al narcotráfico, podría precipitar un derrumbe del régimen, con una primera fase marcada por la anarquía y la violencia. Luego, se instalaría un gobierno amparado por la legitimidad de las elecciones presidenciales que tuvieron lugar el 28 de julio de 2024.
    • Transición militar-constituyente: la falta de credibilidad de los negociadores dificulta un acuerdo. Nicaragua y Cuba enfrentarían presiones internas similares. Bajo un momento constituyente, factores militares podrían asumir el control y, con apoyo externo, canalizar una fuerza constituyente hacia una restauración democrática.
    • Continuidad autoritaria: la ausencia de consenso de los factores políticos y la eventual neutralización de Estados Unidos permitiría la supervivencia de los autoritarismos. Se consolidarían alianzas regionales y se intensificaría la represión interna para mantener el poder –panorama improbable considerando el interés de la administración Trump por justificar su dinámica con la crisis caribeña–.

    Transición incierta, coste seguro

    La definición depende de una combinación de factores. La interconexión entre Venezuela, Nicaragua y Cuba convierte cualquier ruptura en un fenómeno regional. El papel de Estados Unidos, Rusia y China es decisivo: sin un acuerdo entre ellos, la transición será altamente conflictiva.

    Lo cierto es que la crisis actual no se vincula con la seguridad energética, sino que está determinada con la política interna estadounidense y la estrategia de Trump. Lo que considero inexorable es que el precio de esta guerra de autoritarismos lo seguirá pagando, en última instancia, el pueblo venezolano.The Conversation

    Tulio Alberto Álvarez-Ramos, Profesor/Investigador Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Católica Andrés Bello. Jefe de Cátedra de Derecho Constitucional de la Universidad Central de Venezuela, Universidad Católica Andrés Bello

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Rebelión en la granja a 80 años: las advertencias de Orwell frente al autoritarismo populista

    En 1945 George Orwell publicó Rebelión en la granja, una fábula política que, bajo la apariencia de un cuento sobre animales, encierra una de las críticas más lúcidas y mordaces contra el totalitarismo. Han pasado 80 años desde entonces y, sin embargo, las advertencias que plantea el autor inglés no solo no han perdido vigencia, sino que parecen cobrar nueva fuerza en un mundo donde los populismos autoritarios resurgen, apelando a las emociones más básicas de la gente: el miedo, la desconfianza hacia un enemigo común y la promesa de seguridad a cambio de libertad.

    El relato es conocido: los animales de una granja se rebelan contra los humanos opresores en nombre de la igualdad y la justicia, pero pronto la revolución es secuestrada por una élite —los cerdos— que va imponiendo su dominio con métodos cada vez más despóticos. Lo que comenzó como una utopía emancipadora termina convertido en una tiranía más brutal que la anterior. “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”, reza la célebre máxima que resume la traición al ideal original.

    Desde una perspectiva del liberalismo clásico, Rebelión en la granja es una advertencia clara sobre los riesgos de concentrar el poder, incluso en nombre de causas justas. Orwell muestra cómo la promesa de igualdad y justicia degeneran en una maquinaria de control absoluto, donde la libertad individual se sacrifica en aras de un supuesto bien colectivo. El problema no es solo el tirano que asciende, sino la ingenuidad de quienes, con la esperanza de un futuro mejor, ceden sus derechos a un poder que pronto se vuelve incuestionable.

    La clave de la manipulación, nos recuerda Orwell, está en el manejo del discurso. Los cerdos, encabezados por Napoleón, reinterpretan los principios de la revolución según sus propios intereses. Cada vez que los animales dudan, el propagandista Squealer (el “Chillón”) está ahí para convencerlos de que recuerdan mal, de que lo que se hace es por su bien. Es imposible no ver en este personaje un antecedente de lo que hoy llamamos “posverdad”: la manipulación emocional de los hechos hasta que la gente duda de su propia memoria y percepción.

    En la política contemporánea, los populistas autoritarios emplean estrategias similares. Necesitan fabricar enemigos permanentes: “el extranjero”, “el rico explotador”, “la élite globalista”, “los traidores internos”. Así logran movilizar al pueblo detrás de una narrativa de lucha constante, en la que el líder se erige como el único protector. El enemigo externo cumple la misma función que el mítico “Snowball” (Bola de Nieve) en la novela: una figura convenientemente culpable de todos los males, aun cuando esté ausente. “Siempre que algo salía mal, se le echaba la culpa a Bola de Nieve”, se nos dice en la fábula, un recurso que no dista de lo que vemos en líderes actuales que justifican sus fracasos atacando a adversarios imaginarios.

    La tradición liberal clásica ha insistido en que el poder debe estar limitado, controlado y disperso. Friedrich Hayek advertía que “la concentración del poder es siempre peligrosa, sin importar las intenciones de quienes lo ejercen”. En este sentido, Orwell y los liberales comparten una intuición común: el peligro no está solo en quién gobierna, sino en el hecho mismo de que alguien pueda gobernar sin contrapesos reales.

    En la actualidad, el fenómeno no se limita a regímenes explícitamente totalitarios. Gobiernos democráticos también adoptan lógicas populistas: restringen libertades, amplían el control estatal, y todo ello bajo el argumento de que “el pueblo” exige protección. La pandemia, las crisis económicas y las tensiones geopolíticas han servido de excusa para que algunos líderes impongan medidas extraordinarias que luego se normalizan. El ciudadano, cansado y temeroso, acepta la pérdida de derechos a cambio de seguridad, repitiendo el ciclo que Orwell tan bien ilustró.

    La lección más incómoda de Rebelión en la granja es que la servidumbre no siempre es impuesta a la fuerza: a menudo es aceptada. Los animales, agotados y confundidos, terminan justificando su opresión. En un pasaje, Orwell nos muestra cómo el caballo Boxer, símbolo del trabajador obediente, repite incansablemente: “Yo trabajaré más fuerte” y “Napoleón siempre tiene razón”. En esas frases se refleja el drama de quienes, por fe ciega o resignación, terminan sosteniendo al sistema que los explota.

    A 80 años de su publicación, Rebelión en la granja nos advierte que la libertad no se pierde de golpe, sino gradualmente, disfrazada de justicia, seguridad o igualdad. Los liberales encuentran aquí una confirmación de su advertencia: ningún poder absoluto es benigno, y ningún líder que pida confianza ilimitada merece recibirla. Como en la novela, el precio de la ingenuidad política es ver cómo un día, al mirar a los nuevos amos, “era imposible distinguir a los cerdos de los hombres”.

    Orwell no escribió un manual de política, sino una parábola sobre la naturaleza humana y el poder. Pero su mensaje sigue siendo urgente: la libertad requiere vigilancia constante, desconfianza hacia todo poder concentrado y el valor de resistir a quienes, en nombre del pueblo, buscan convertirnos en súbditos.

  • Cien años de Mein Kampf: entre el estudio crítico y los peligros actuales

    El 18 de julio de 1925 se publicó el primer volumen de Mein Kampf, la obra autobiográfica y manifiesto ideológico de Adolf Hitler. En ese momento fue un texto marginal; sin embargo, con el ascenso de Hitler al poder en 1933, se convirtió en best seller, un instrumento central del aparato propagandístico del nazismo. Y aun la pregunta flota en el aire: ¿cómo fue posible que se difundiera este libro entre la opinión pública y que se vendieran catorce millones de ejemplares?.

    ¿Se sigue leyendo?

    A cien años de su publicación, Mein Kampf mantiene un aura de radioactividad histórica. Historiadores coinciden en que rara vez se lee hoy, en gran parte por la sólida educación política posbélica en países como Alemania. Su estilo desorganizado y retórico es ampliamente criticado: se trata más de panfleto propagandístico que de obra literaria. Incluso grupos neonazis actuales lo consideran poco práctico.

    Sin embargo, Mein Kampf sigue siendo objeto de estudio universitario, especialmente en historia moderna, estudios sobre totalitarismo y antisemitismo. Su versión crítica aparecida en 2016, anotada por el Instituto de Historia Contemporánea de Múnich (IfZ), cuenta con más de 119 000 ejemplares vendidos. Esta edición busca desactivar su misticismo original y poner el texto en contexto académico.

    ¿Dónde se publica y se vende?

    Con un siglo transcurrido y tras expirar los derechos en 2016 en Alemania, ahora se publican versiones libres del texto original, aunque en muchos lugares se exige acompañarlas de análisis crítico. En Alemania es legal comprarlo, poseerlo y venderlo, siempre que no se distribuya como propaganda nazi; su venta en librerías es controlada y no suele exhibirse abiertamente.

    En otros países, como Colombia, puede encontrarse libremente, muchas veces sin el marco crítico adecuado, lo cual genera preocupación entre comunidades que alertan sobre los riesgos de divulgarlo sin contexto.

    ¿Por qué sigue relevante?

    Tres claves justifican su vigencia:

    1. Fuente histórica directa: ofrece una ventana al pensamiento personal de Hitler, su antisemitismo y los planes para Alemania, útiles para entender sus motivaciones y los orígenes del nacionalsocialismo.
    2. Historia de propaganda: enseña cómo las ideas pueden canalizar el resentimiento posguerra, producir misticismo nacional y alimentar políticas de odio.
    3. Documento de advertencia: en un mundo donde resurgen movimientos populistas y de ultraderecha, el libro funciona como alarma sobre la escalada de odio y autoritarismo.

    Contexto universitario y educativo

    Planes de estudio en historia contemporánea y ciencias políticas lo incluyen como texto objeto de análisis crítico. La edición del IfZ se utiliza en seminarios universitarios y programas de formación docente. Su acceso online sin anotaciones ha sido criticado, pues facilita su manipulación por grupos extremistas.

    ¿Debe restringirse o estudiarse?

    El debate público gira entre dos posiciones:

    • Prohibicionista, que teme su uso como propaganda.
    • Educativa, que apuesta por el análisis crítico como mejor antídoto.

    En Alemania, se ha optado por limitar su venta sin analisis, pero permitir versiones anotadas. Varios historiadores, como el director del IfZ Andreas Wirsching, defienden que el acceso crítico es esencial: es una defensa contra la banalización del texto y su posible reapropriación.

    A cien años, Mein Kampf sigue siendo un objeto polémico pero si uno está entrenado en el análisis académico, en un contexto de libertad, es útil como una herramienta clave para comprender el nazismo y prevenir su repetición. No tiene atractivo literario, y su lectura sin el contexto adecuado es peligrosa. Pero en versiones comentadas y bajo una mirada crítica, puede funcionar como escudo educativo y espejo histórico ante el resurgimiento de ideologías autoritarias.

  • El futuro de las democracias con Trump, según Guy Sorman

    En su artículo para  el periódico español ABC, «Trump, ¿el futuro de las democracias?», Guy Sorman analiza la reelección de Donald Trump, presentándola no solo como un triunfo electoral, sino como un fenómeno ideológico que revela una tendencia global hacia la política identitaria y el populismo. Sorman argumenta que el «trumpismo» encarna una idea de «identidad» nacionalista que desplaza las divisiones clásicas entre derecha e izquierda, convirtiéndose en una corriente ideológica que redefine la democracia occidental. Esta transformación, asegura, es emblemática del papel histórico de Estados Unidos como precursor de cambios culturales y políticos en Occidente.

    1. El Fin de la Divisón Izquierda-Derecha y el Ascenso de la Identidad
    Sorman observa que el trumpismo desafía el eje político tradicional de derecha e izquierda. En su lugar, señala, surge una polarización basada en la «identidad», centrada en ideales de una América «eterna» y «blanca», que apela a una noción de pasado y valores patriarcales. Para Sorman, este fenómeno se debe en parte a la «crisis de la izquierda», que carece de un mensaje unificador. Al reducirse a una serie de demandas de intereses particulares, la izquierda, tanto en EE.UU. como en Europa, ha perdido la capacidad de ofrecer una visión cohesionada. Esto, dice, deja un espacio fértil para movimientos populistas como el de Trump, que exalta una identidad homogénea.

    Desde una óptica libertaria, la idea de una identidad nacional impuesta es problemática. Aunque la fragmentación de la izquierda en demandas particulares puede ser vista como la manifestación de la diversidad y autonomía individual, un enfoque basado en la identidad como la define el trumpismo corre el riesgo de centralizar el poder en torno a un ideal común y excluir a quienes no se ajusten a él.

     2. La Era de los Medios y el «Político Espectáculo»
    Sorman atribuye gran parte del éxito de Trump a su habilidad para convertirse en un ícono mediático, potenciado por su fama en la televisión. Esta «política de la apariencia» ha permitido que Trump gane seguidores que no necesariamente se preocupan por sus propuestas concretas, sino que lo ven como un símbolo de los valores y tradiciones que perciben como amenazados. En este sentido, Sorman sugiere que en el futuro la política podría depender aún más de figuras populares de los medios, en lugar de líderes tradicionales.

    La «política del espectáculo» choca con los valores libertarios, ya que fomenta un liderazgo centrado en la popularidad y la personalidad en lugar de los principios. Esto promueve figuras autoritarias que manipulan la opinión pública y consolidan el poder mediante tácticas de «seducción» mediática, en detrimento de las instituciones y de una verdadera participación democrática.

    3. La Identidad como Motor del Populismo y su Potencial de Violencia
    Para Sorman, el trumpismo se nutre de la división social y la exclusión de minorías étnicas y sexuales, lo que genera una atmósfera que podría derivar en un aumento de la violencia política. Trump, dice, ha mostrado actitudes que pueden interpretarse como incitaciones implícitas a la confrontación, apelando a un electorado que, según Sorman, defiende una identidad que considera propia y teme perder.

    Desde el punto de vista libertario, el riesgo de violencia inherente a estas políticas de identidad es una seria amenaza. La política debería basarse en el respeto a las libertades individuales, evitando cualquier forma de coacción estatal o social hacia quienes no comparten una visión particular de la identidad nacional. Además, el fomento de divisiones internas puede justificar un poder gubernamental más represivo, en contradicción con la visión libertaria de un Estado limitado y protector de los derechos individuales.

    4. El Desafío para Europa y el Futuro de la Democracia
    Sorman señala que este fenómeno de polarización identitaria podría expandirse en Europa, como ya se ha observado en casos como el Brexit o los movimientos independentistas en Cataluña. Aunque Sorman advierte que las democracias europeas pueden estar mejor equipadas institucionalmente para resistir estos impulsos, también considera que el trumpismo podría debilitar las normas democráticas y la estabilidad de las instituciones políticas en el largo plazo.

    En este sentido, el activismo liberal deberá ser mayor ante la necesidad de una vigilancia activa para que los sistemas europeos no caigan en la política de identidad, defendiendo una pluralidad de ideas y evitando una deriva hacia el autoritarismo. La resistencia a estos movimientos debe estar basada en una sólida defensa de los derechos y libertades individuales, garantizando que las instituciones democráticas continúen siendo parte de una sociedad cada vez más abierta y no tribal.

    5. El Papel de la Izquierda y el Liberalismo en el Mundo del Trumpismo
    Finalmente, Sorman reflexiona sobre la necesidad de que la izquierda y el liberalismo se reinventen. Mientras que la izquierda necesita trascender su fragmentación actual, los liberales enfrentan el desafío de adaptar su visión individualista y «racional» a una realidad donde la identidad nacional parece ocupar un lugar preponderante.

    Desde este punto de vista, la solución radica en reafirmar los principios de autonomía y derechos individuales sin ceder ante colectivismos nacionalistas o identitarios. El liberalismo y la democracia no deben sacrificarse en pos de una identidad homogénea, sino reforzarse en sus valores fundamentales de respeto y diversidad. Así, el trumpismo podría ser contrarrestado mediante una defensa activa de la libertad individual y la descentralización, oponiéndose a cualquier tendencia hacia el autoritarismo, ya sea en nombre de la identidad nacional o de cualquier otra forma de control político.

    Sorman presenta el «trumpismo» como una fuerza que redefine el panorama político contemporáneo, impulsando la identidad como un nuevo eje de polarización. Desde una perspectiva libertaria, esta tendencia plantea grandes desafíos y riesgos, especialmente en cuanto al mantenimiento de una sociedad libre, pluralista y democrática.

  • Por qué la gente desea líderes autoritarios?

    La historia nos ha mostrado momentos en los que líderes autoritarios han surgido en contextos de crisis, prometiendo soluciones rápidas y efectivas. Sin embargo, la idea de que la salida autoritaria sea la única alternativa viable no es necesariamente cierta ni sostenible a largo plazo.

    Las soluciones autoritarias a menudo sacrifican libertades individuales y derechos democráticos en aras de la estabilidad o el progreso a corto plazo. Aunque estos líderes puedan implementar reformas aparentemente efectivas, frecuentemente lo hacen a expensas de la participación ciudadana, la diversidad de opiniones y la rendición de cuentas. Esto puede generar problemas más graves a largo plazo, como la falta de representación, la corrupción sistémica y la erosión de las libertades fundamentales.

    La solicitud de autoritarismo en lugar de democracia puede surgir de la desesperación y la falta de confianza en las instituciones existentes para abordar los problemas de manera efectiva. A veces, las democracias enfrentan obstáculos para brindar soluciones rápidas debido a la burocracia, la corrupción o la falta de consenso político.

    La atracción hacia líderes mesiánicos, en ocasiones con rasgos autoritarios, se nutre de dos motivos fundamentales.

    Primero, la desesperación ante la crisis económica, moral y social puede llevar a la búsqueda de líderes que prometan estabilidad y soluciones inmediatas. Estos líderes, presentándose como salvadores, pueden captar la atención de quienes ven en ellos la posibilidad de restaurar el orden y la prosperidad perdidos.

    Segundo, la desconfianza en las instituciones democráticas existentes puede generar un vacío de poder, donde líderes carismáticos se presentan como alternativas viables en medio del desencanto con la clase política tradicional. Su discurso enérgico y su capacidad para conectar emocionalmente con la población los convierten en figuras atractivas para aquellos que sienten que el sistema actual no les representa.

    A menudo, la gente puede votar por modelos autoritarios por frustración con el status quo, preocupaciones económicas, miedo a la inseguridad o una sensación de falta de representación por parte de la clase política tradicional. En algunos casos, la retórica populista o el carisma de ciertos líderes pueden influir en las decisiones de voto.

    Es importante tener en cuenta que las elecciones son un reflejo de una variedad de opiniones, perspectivas y circunstancias individuales y colectivas. No todas las personas que votan por modelos autoritarios lo hacen necesariamente porque apoyan todas las facetas del autoritarismo, sino que pueden ver en ciertos líderes una solución a problemas específicos que consideran urgentes.

    Estos líderes, cuando alcanzan el poder, muchas veces casi de casualidad, enfrentan el desafío de gobernar sin una mayoría clara en el parlamento o congreso. La ausencia de respaldo legislativo puede conducir a intentos de consolidar su poder mediante decretos ejecutivos o modificaciones institucionales, planteando un riesgo para la estabilidad democrática.

    Es esencial comprender que la concentración de poder en manos de líderes que asumen el poder sin mayorías puede representar un peligro latente para la democracia. Gobernar sin el respaldo parlamentario adecuado puede desencadenar decisiones unilaterales y socavar los controles necesarios para evitar el abuso de poder.

    Esta concentración de poder en manos de un ejecutivo sin el contrapeso adecuado puede ser preocupante y llevar a un aumento del autoritarismo si no se maneja con cautela.

    La falta de equilibrio de poder entre los diferentes poderes del Estado (ejecutivo, legislativo y judicial) es una preocupación legítima en términos de mantener la democracia funcional. La separación de poderes es esencial para evitar el abuso de poder y garantizar la rendición de cuentas. Cuando un líder carece de mayoría en el parlamento, es crucial buscar consensos, negociar y trabajar en alianzas para avanzar en políticas que beneficien a la sociedad en su conjunto.

    La construcción de mayorías a través del diálogo político, la negociación y el compromiso son fundamentales para garantizar una gobernanza efectiva en democracia. Los líderes que llegan al poder en circunstancias de fragmentación electoral deben enfocarse en la cooperación y la construcción de consensos en lugar de buscar concentrar un poder excesivo en el ejecutivo.

    La clave para abordar esta situación radica en fortalecer la participación ciudadana, promover una educación cívica robusta y trabajar en la construcción de consensos políticos. Es necesario fomentar una democracia participativa, donde el diálogo, la negociación y el respeto por la separación de poderes sean pilares fundamentales.

    En tiempos de incertidumbre, la sociedad necesita líderes comprometidos con la colaboración, la transparencia y el fortalecimiento de las instituciones democráticas. Solo así se podrá mitigar el riesgo de caer en el ciclo peligroso del autoritarismo que, aunque prometa soluciones rápidas, compromete los pilares mismos de la libertad y la justicia en una sociedad.

  • Encierros covidosos de la mente

    Hoy, que leo un artículo sobre estudios en torno a los encierros del COVID, los cuales denotan que en los EE.UU. los estados con mayores índices de mortalidad fueron aquellos que más encerraron a su gente, no puedo más que revertirme a mis propios artículos del año 2020, en los cuales advertía que los encierros serían mucho peor que la enfermedad que suponían combatir.

    La triste realidad es que el objetivo de tantos que se hacen pasar por “autoridades” jamás fue la prevención de muertes, sino de lograr control del hato semoviente. El artilugio era el látigo del terror, el cual ha dejado a tantos lisiados de espanto,  particularmente niños y niñas. Soltaron cucos que acecharán por mucho tiempo. ¿Qué más se puede esperar de pseudo gobiernos que persiguen viruecas agendas propias y no de la comunidad?

    Otros comentan que ni siquiera fue asunto de un propósito específico, sino que los encierros fueron reacción de tipo reflejo rotuliano de parte de los residentes del palacio que frente a los acontecimientos simplemente buscaron hacer algo, no importa lo que sea, pero algo que adelante sus pérfidos intereses.

    Pero, más allá de la estupidez está la corrupción, esa que es motor de la actividad de las políticas de corral. Si ponemos atención veremos que detrás de cada encerrona, cada vacuna, máscara y tal, hay zorros con los hocicos llenos de plumas. La verdad es que me duele escribir estas cosas, ya que ello va produciendo un ambiente de desesperanza y desasosiego en la población. El problema es que si no despertamos y votamos y actuamos en conciencia…

    No más ver hoy que la corte suprema de los EE.UU. declara inconstitucional el mandato de máscaras, y de que los estudios van demostrando que no sirven para lo que dicen que servían, vemos a la Casa Blanca tercamente manteniendo su posición respecto a las mismas; que lo importante no es la verdad sino sus vagabundos despropósitos. La corte sólo anula el mandato obligatorio y quienes quieren pasar el resto de sus vidas enmascarados es asunto suyo; enmascarando no sólo la cara sino el alma.

    Peor aún, como dijo uno por allí, es que la buena corrupción requiere buenos corruptos que sean capaces de formular buenos planes demenciales; de conspirar y llevarlos a mordaz conclusión. El problema grandote es cuando lo que tenemos son corruptos incompetentes.

    Nos vamos a la China y allí vemos al “gobiernos” con su plan de “cero COVID” … ¡A la Gran Flauta! ¿Quién, a estas alturas, se come semejante ñamería? En los EE.UU. el “National Bureau of Economic Research” encontró que los estados con los más estrictos encierros terminaron con mayores índices de mortalidad; a diferencia de sitios como Utah o Nebraska o en Argentina el extraordinario caso de Mendoza, en dónde no se encerró a la población y tienen el menor índice de mortalidad de ese país.

    Pero, por otro lado, están las realidades económicas que pocos entienden y que tanto usan los corruptos para engañar. Han destrozado una inmensa porción de la economía; no sólo de los “ricos” como cacarean unos, sino de la clase media hacia abajo. Y, de paso, han destrozado la educación y tantas otros elementos esenciales de su gente.

  • Los gasbagger modernos

    Los gasbagger modernos. Hace más de dos años escribí uno de mis artículos más clave, ‘Privación institucionalizada de la responsabilidad moral individual’, en el que describía que en todo momento y en todas las sociedades hay cierto tipo de personas que ‘ejemplarmente’ siguen las leyes vigentes y la ideología actual en ese momento, perdiendo en el proceso la capacidad de autorreflexión interior y la moralidad. No piensan en si una determinada ley tiene o no sentido, no piensan en si una determinada norma perjudica o no a algunas personas (causando «daños colaterales») y, desde luego, no abordando si es o no realista su eficacia.

    Este es el tipo de guardias que, de acuerdo con la normativa estatal, cargaron a los judíos en vagones, los metieron en hornos, y más tarde, como guardias fronterizos, les dispararon legalmente a las personas que huían a países más libres, o, como los StBK, que delataron y destruyeron la vida de muchos inocentes como parte de la salvación de la república.

    Llamémoslos simplemente: gasbagger (gaseadores).

    Los gasbagger no se extinguieron. Los gaseadores sólo esperaban un sistema en el que se les volviera a escuchar. En el que volverían a ser importantes y visibles. Los conocerás simplemente porque al preguntarles «¿por qué?»,  van a responder «porque es la ley».

    A los gasbagger no les gusta la desviación, por eso les gusta darse importancia. Argumentan que «¡todos somos iguales!», confundiendo la palabra «derecho» con la palabra «ley».

    Los gasbagger son muy flexibles. Si haces algo que ayer era legal, pero hoy no lo es, serán los primeros en decirte que tenemos una nueva ley que hay que respetar.

    Los gaseadores son expertos en posracionalizar cualquier ley disparatada (sino, claro, no podrían defenderla públicamente). Están convencidos de que toda ley debe ser siempre en beneficio del pueblo.

    De hecho, a los gasbagger les encanta el interés público. Sus predecesores ya saben que  asesinar en su nombre es lo más fácil de realizar.

    La pandemia de COVID-19 ha hecho que se aprueben rápidamente varias leyes nuevas y drásticas en Eslovaquia y la República Checa. No sabemos si seguir el «camino chino» es lo correcto, porque hay muchos otros países desarrollados, como Corea del Sur o Suecia, que han seguido el camino del laissez-faire y han rechazado las restricciones draconianas en sus vidas. Sin embargo, no subestimaron el riesgo de contagio en sí, protegiendo cuidadosamente a los ciudadanos más expuestos y es evidente que han ido gestionando bien la situación.

    Sin embargo, los gaseadores ya saben que las leyes draconianas aprobadas al mismo tiempo son las correctas y deben aplicarse honestamente. De hecho, los gasificadores siempre encontrarán una razón por la que cualquier ley sin sentido tenga sentido y por la que deban luchar por ella.

    «Los eslovacos son estúpidos, por eso necesitamos leyes restrictivas» es el argumento más común que escucho de personas inteligentes en defensa de la introducción de las leyes restrictivas (por ejemplo, la legislación de espionaje que permite el acceso a la localización de la población sin una orden judicial, la prohibición de la venta de respiradores, etc.). Suelo recibir esto como respuesta automática cuando empiezo a describir la situación de Corea del Sur, Suecia o Suiza (y esto se aplica no sólo a la situación actual, sino a prácticamente cualquier cosa – por ejemplo, en Suiza se vota habitualmente en referéndum sobre la cuantía de los impuestos, pero los eslovacos son «pero demasiado estúpidos» y, por lo tanto, tienen esta opción directamente prohibida en la Constitución – véase el artículo 93).

    El problema es que si abordamos la «estupidez de los eslovacos» con leyes y medidas restrictivas, nunca serán más inteligentes y, sobre todo, más responsables. Nunca llegarán al nivel de Suiza, donde votan voluntariamente en un referéndum de vez en cuando para subir los impuestos (esto no quiere decir, por supuesto, que los impuestos más altos sean mejores que los más bajos).

    La reacción en forma de leyes restrictivas porque la población es «estúpida» tiene un efecto negativo muy grave. Y eso se llama «daños colaterales», lo que significa que un gran número de personas inocentes sufrirán o serán criminalizadas como resultado.

    Por ejemplo, ahora mismo, si empiezo a vender tarjetas SIM anónimas en Eslovaquia, porque considero de forma realista que aumenta la privacidad de los ciudadanos, que está en riesgo real sobre todo en tiempos de la nueva legislación de espionaje; o si quiero vender respiradores de alta calidad, porque considero de forma realista que está en riesgo la salud de un grupo de riesgo de la población, seré criminalizado (en el mejor de los casos, penalizado) enseguida.

    ¿Es esto correcto en tu opinión? Si respondes a esa pregunta con un «¡Pero si eso es lo que dice la ley ahora!», acabas de entrar en la categoría de «gasbagger».

    La policía gasbagger

    Dado que siguen las «leyes primarias» (y, por desgracia, a menudo no les importa cuáles son), los policías, los aduaneros o los soldados suelen estar sujetos a las opiniones de los gasificadores cuando cambia el sistema, el régimen o una crisis importante. Suelen ser los obedientes ejecutores de cualquier nueva ley en primera línea. Debido a su frecuente falta de autorreflexión interna y de moral que está por encima de la ley, no los respeto internamente (aunque exteriormente tenga que hacerlo, porque «me van a disparar»). Ya he abordado este fenómeno en mis artículos «Percepciones binarias de la ética» y «Las raíces de mi fobia a la policía».

    Los gaseadores de la policía, especialmente en estos tiempos difíciles, están «despertando» y reasumiendo hiperactividad. Los mismos gaseadores que hace apenas unos meses prohibían e impedían que como mujer musulmana te cubrieras la cara (ya sea con burka o hiyab) ahora son capaces de darte una patada por no cubrirla con una máscarilla.

    Entiendo que las mascarillas son muy importantes hoy en día (yo personalmente uso respiradores FFP3 ), pero agredir físicamente a quienes no los tienen es realmente mostrar una falta de civismo.

    «Pero no podríamos resolver la actual situación de crisis sin policías que cumplan la ley de forma ejemplar y criminalicen a todos los ciudadanos insumisos». Es lo que podría argumentar más de un ciudadano que trata de posracionalizar su comportamiento agresivo. Pero eso es precisamente lo que no sabemos. Sólo creemos que lo hacemos. Quizás el modelo surcoreano o sueco, más liberal, tenga más éxito.

    Pero hasta que lo hagamos, debemos tener siempre presente el enorme número de víctimas inocentes de las nuevas y drásticas leyes que hemos introducido y estamos introduciendo. Porque podría ser que nuestra crisis pandémica tuviera más «daños colaterales» que cualquier guerra de bombardeos.

    Y, sobre todo, ¡cuidado con los gasbagger modernos!

     

  • El látigo del miedo, la herramienta probada de control

    A través del tiempo el látigo ha sido instrumento de control y sumisión. Hoy, que ya hemos superado el uso desinhibido de esa brutal herramienta, los que buscan arrear han echado mano a otras herramientas de control más sutiles, pero igualmente o hasta más efectivas; me refiero a «el látigo del miedo» o del espanto. El miedo es una característica animal de sobrevivencia. Sin miedo nuestras probabilidades de sobrevivir disminuyen notablemente. Pero, los miedos pueden ser tanto reales como imaginarios y, exagerados, se pueden tornar peligrosos. El terrorismo es uno de los métodos más eficaces que infunde miedo para facilitar el control y la sumisión.

    Son muy variadas las formas de infundir espanto y sumisión, unos más velados que otros; tal como leyes que garantizan inmunidad contra despidos. Si yo soy gobierno y te garantizo ingresos e inmunizo contra el despido, igual te puedo retirar el ingreso y hacer que te despidan; y así los politicastros ejercen control sobre sindicatos y sindigarcas, como también entran en coyunda con una clientela de comerciantes e industriales.

    Por otro lado, quienes buscan controlar al prójimo, no sólo se valen del miedo sino de la ignorancia que promueven a través de sistemas educativos centralizados, que más que educar lo que hacen es adoctrinar. No hay mejor forma de controlar que la promesa de dádivas en una mano, con el rejo de miedo en la otra.

    Hoy, que a los politicastros del mundo se les presentó la herramienta terrorífica del COVID, se han afanado en ponerla a buen uso. Sin embargo, con el aumento de las comunicaciones, muchos ya advierten la tramoya y ello hace peligrar la dominación del estado profundo; y con ello arrecian sus artimañas de control.

    En la historia los gobiernos nacen de la conquista violenta; pero con el tiempo la gente clama liberación, tal como sucedió con la independencia de los EE.UU. de Inglaterra, y la creación del pacto constitucional de mayor libertad en la historia humana.

    Sin embargo, la herramienta del miedo tiene límites. Es algo así como el chico en la escuela que lo molestan y atormentan hasta que le colman y entonces viene la ¡sorpresa!.  Desafortunadamente, pasa el tiempo y bajamos la guardia, dando oportunidad a los inescrupulosos de ingeniar nuevas formas de control. En los años setenta fue el enfriamiento global, luego el calentamiento y hoy el acuerdo verde. Así, pervertidos gobernantes ingenian nuevas formas de infundir miedo y controlar; manteniendo a sus rebaños semovientes dóciles al aumento de impuestos, al uso de máscaras más allá de lo sensato, a los encierros y prohibición de reunión en iglesias, pero no en casinos,  gubernamentales y tal.

    En artículo reciente en GCC Views se nos informa sobre el Neuralink de Elon Musk, chip que pretenden implantar en el cerebro humano para el 2022. La innovación tecnológica es algo maravilloso. Tristemente están los inescrupulosos que ven en ello el nuevo látigo.

    En el Panamá de 300,000 funcionarios públicos al mando de ministros, directores, comisionados y tal, se pasan todo el día ingeniando nuevas trabas o formas de justificar su intromisión en nuestras vidas.  Dilapidan ingentes recursos económicos que serían mucho más útiles en manos de quienes saben producirlos y, de hecho, los producen, creando oportunidades para salir de la pobreza.

    No hay que temer al libre mercado sino a los ejércitos de parásitos que están en o fuera de los gobiernos, dañando al buen funcionario. Los de adentro llegan con cada nueva elección. Por fuera del gobierno está toda su clientela sumisa y leal, que vende su alma al mejor postor al son de “no a la privatización”.

  • La crisis de los sistemas autoritarios homogéneos y el futuro de las tribus modernas

     «Vivimos con la tecnología de la Era Espacial bajo el gobierno de la Edad del Bronce». Paul Rosenberg

    La tecnología omnipresente ha cambiado tanto a nuestra sociedad, que aún no somos lo suficientemente conscientes una gran mayoría de nosotros. También la educación estatal ha perdido su monopolio como proveedor de información. Es aún peor, en comparación con los otros canales de información, este es uno de los más aburridos.

    Tantos puntos de vista y opiniones diferentes de tantos medios conducen al caos de información. Revelar una «verdad» que antes brindaba la educación estatal y el oligopolio de unos pocos medios, es difícil ahora. Todos pueden convertirse en proveedores de información y utilizar sus blogs para transmitir sus puntos de vista a cualquier persona del mundo. Este hecho conduce a la sociedad de la información más individualista. También significa que tenemos que enfrentarnos al mayor número de conspiraciones.

    Así que vivimos en la compleja sociedad de la información con las opiniones más diversas de miles de millones de personas. Comunistas, socialistas, demócratas, monárquicos, los que no les importan y los que quieren ser libres.

    A pesar de esta heterogeneidad sustancial de opinión, todavía nos atenemos a sistemas políticos muy homogéneos como el parlamento o la democracia directa, varias formas de monarquía o incluso regímenes dictatoriales más homogéneos aplicados a millones de personas diferentes.

    Votamos y decidimos sobre el futuro de nuestros vecinos que apenas conocemos. A menudo, excepto el mismo idioma y el mismo pasaporte / identificación nacional del país, no tenemos nada en común con estas personas y, a pesar de su proximidad física, vivimos en mundos completamente diferentes.
    Por otro lado, compartimos más intereses o valores con otras personas que viven a miles de kilómetros de nosotros. En comunidades virtuales que históricamente por primera vez están reemplazando a las tradicionales. A nivel político, todavía son ignorados, y estamos atrapados en la comunidad ‘nacional’ de personas al azar con las mismas etiquetas nacionales que creen que pueden decidir sobre el futuro de los demás dentro de su comunidad.

    Nuestra sociedad se ha vuelto demasiado compleja para que cualquier sistema político homogéneo se aplique a gran escala. Hacer cumplir la homogeneidad siempre ha tenido un impacto adverso en las minorías. Y no nos referimos solo a las mujeres, las comunidades LGBT, las razas discriminadas, los fumadores de marihuana … También estamos hablando de una nueva generación de personas de Internet de mentalidad libre que consideran obsoleto el sistema estatal autoritario actual y pueden imaginar una descentralización mucho más libre. Un sistema basado en la cooperación y las decisiones voluntarias. Saben que gracias a su lugar de nacimiento, Internet y sus servicios, esto es posible.

    Lo que podemos observar ahora es una crisis de sistemas políticos homogéneos que se aplican a una sociedad compleja de individuos. Vivimos en tiempos en los que los sistemas homogéneos son demasiado frágiles para sobrevivir sin violencia. Hacer cumplir con violencia en una sociedad totalmente informada en la que estamos cayendo es extremadamente costoso. En una sociedad de igual a igual bien informada, los grandes sistemas homogéneos se están volviendo ineficientes y obsoletos, lo que provoca muchos conflictos.

    No funciona ahora y no funcionará en el futuro.

    La solución radica en una sociedad completamente descentralizada de tribus físicas modernas (ciudades privadas / comunidades naturales más pequeñas) o virtuales (como Bitnation) con sus zonas autónomas, sistemas legales y un conjunto de reglas.
    Las tribus modernas como el grupo humano más natural con todos sus beneficios como una mejor cooperación, máxima lealtad que conduce a la resolución de conflictos dentro de la tribu o disminución de los costos de transacción. Ha llegado el momento de aceptar a las tribus modernas como la única extensión natural de nuestra individualidad.