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  • 25 años después del 11-S: el precio de la seguridad lo seguimos pagando con nuestra libertad

    25 años después del 11-S: el precio de la seguridad lo seguimos pagando con nuestra libertad

    El 11 de septiembre de 2001 (11-S) murieron casi 3.000 personas en uno de los atentados terroristas más atroces de la historia moderna. La respuesta inmediata de Estados Unidos era inevitable. Había que encontrar a los responsables, destruir las redes que los financiaban y evitar otro ataque.

    El problema comenzó después.

    Porque las medidas excepcionales adoptadas frente a una emergencia extraordinaria no desaparecieron cuando pasó la emergencia. Se institucionalizaron, se internacionalizaron y, durante los siguientes veinticinco años, fueron extendiéndose mucho más allá del terrorismo.

    Uno de los lugares donde ese cambio resulta más visible y menos discutido, es el dinero.

    Hoy abrir una cuenta bancaria, transferir dinero, enviar una remesa, operar con criptomonedas, constituir una empresa, depositar efectivo o simplemente realizar una transacción que un algoritmo considere “inusual” puede convertir a una persona perfectamente inocente en objeto de análisis, reporte o investigación sin que haya cometido delito alguno.

    Y probablemente sin que jamás se entere.

    El dinero del 11-S no parecía dinero terrorista

    Hay algo paradójico en el origen de todo este sistema.

    Los atentados del 11-S costaron aproximadamente entre 400.000 y 500.000 dólares. Los secuestradores utilizaron bancos estadounidenses, abrieron cuentas con sus propios nombres y pasaportes y realizaron operaciones que, vistas desde un banco, parecían completamente normales. La propia investigación de la Comisión del 11-S concluyó que ninguna entidad financiera presentó un Suspicious Activity Report —SAR— sobre ellos y, más importante todavía, que ni siquiera retrospectivamente había motivos razonables para esperar que lo hubieran hecho.

    Ese punto debería acompañarnos durante toda esta discusión.

    El terrorismo no necesariamente mueve millones mediante transferencias con la palabra “bomba” en el concepto bancario. Puede financiarse con cantidades pequeñas, dinero perfectamente lícito, efectivo, donaciones, tarjetas, remesas o transacciones absolutamente indistinguibles de las que realizan millones de personas inocentes.

    Por eso intentar detectar preventivamente al terrorista examinando las operaciones financieras de toda la sociedad contiene un problema estructural: la señal es diminuta y el universo que hay que observar es gigantesco.

    La propia Comisión del 11-S acabaría reconociéndolo con una metáfora extraordinariamente lúcida: intentar privar completamente de dinero a los terroristas era algo parecido a “atrapar una especie de pez vaciando el océano”. Concluyó que el seguimiento financiero era más útil como herramienta de inteligencia para descubrir redes que como mecanismo capaz de eliminar el financiamiento terrorista.

    Pero para seguir a ese pez construimos, progresivamente, mecanismos para observar el océano.

    FinCEN no nació el 11-S. Eso hace la historia todavía más interesante

    Conviene hacer una precisión histórica.

    FinCEN —Financial Crimes Enforcement Network— no apareció después de los atentados. El Tesoro estadounidense lo creó en 1990, y la Bank Secrecy Act, piedra basal de buena parte de la vigilancia financiera estadounidense, data de 1970. Ya existían obligaciones de conservar información, comunicar movimientos de efectivo y reportar operaciones sospechosas.

    El 11-S hizo algo diferente: proporcionó la justificación política para transformar aquella infraestructura antilavado en una arquitectura mucho más poderosa de AML/CFT —Anti-Money Laundering / Countering the Financing of Terrorism—.

    El Título III de la USA PATRIOT Act reforzó la identificación de clientes, amplió obligaciones de debida diligencia, extendió programas antilavado a más instituciones financieras, incrementó el intercambio de información entre bancos y gobierno y permitió adoptar “medidas especiales” contra jurisdicciones, entidades o transacciones consideradas de especial preocupación. Su sección 326 estableció estándares mínimos para verificar la identidad de quien abre una cuenta; la 314 amplió el intercambio de información; la 351 reforzó el régimen de los reportes de operaciones sospechosas.

    Y hay un detalle importante: cuando una entidad presenta un SAR, el cliente no debe ser informado de que ha sido reportado.

    Aquí comenzó a cambiar silenciosamente la relación entre ciudadano, banco y Estado.

    El banco dejó de ser solamente el custodio o intermediario del dinero de su cliente. Se convirtió también en una pieza del sistema de inteligencia financiera estatal.

    De “demuestre el Estado que cometí un delito” a “demuestre usted que su dinero es normal”

    El cambio filosófico es profundo.

    El Estado liberal clásico investiga cuando existen indicios sobre una persona. En cambio, el sistema de vigilancia financiera funciona, en buena medida, al revés: analiza masivamente comportamientos para encontrar dentro de ellos a quienes podrían resultar sospechosos.

    Know Your Customer. Customer Due Diligence. Enhanced Due Diligence. Source of Funds. Source of Wealth. Beneficial Ownership. Transaction Monitoring. Individualmente cada expresión parece razonable, pero acumuladas producen una transformación extraordinaria.

    Una persona que no está acusada de ningún delito debe explicar quién es, de dónde proviene su dinero, cuál es el propósito de determinadas operaciones y por qué una transacción se aparta de lo que un banco considera su comportamiento habitual.

    Y la pregunta liberal fundamental no es si los criminales deben poder ocultar dinero. Por supuesto que no. La pregunta es otra: ¿por qué debe demostrar su inocencia financiera quien no está acusado de nada?

    Después llegó FATF y el modelo se volvió mundial

    La transformación no quedó circunscrita a Estados Unidos.

    El Financial Action Task Force —FATF/GAFI— había sido creado en 1989 para combatir el lavado de dinero. Apenas unas semanas después del 11-S celebró una sesión extraordinaria en Washington y amplió formalmente su mandato al financiamiento del terrorismo.

    Las nuevas recomendaciones exigían criminalizar ese financiamiento, congelar activos, reportar operaciones sospechosas, controlar sistemas alternativos de remesas y reforzar la información que acompaña a las transferencias.

    Desde allí el sistema siguió expandiéndose.

    En 2012 se incorporó el financiamiento de proliferación de armas de destrucción masiva. En 2019 FATF extendió sus estándares a los proveedores de servicios de activos virtuales. En 2022 endureció las reglas sobre beneficiarios finales. Sus recomendaciones, actualizadas nuevamente en junio de 2026, constituyen hoy el estándar internacional que los países son presionados a incorporar en sus legislaciones.

    El concepto original de perseguir el lavado de dinero, terminó convirtiéndose en una infraestructura mundial para combatir lavado, terrorismo, proliferación, evasión de sanciones, corrupción y distintas formas de criminalidad financiera.

    Algunas de esas finalidades son perfectamente legítimas, pero existe una regla institucional que los liberales conocemos demasiado bien: las competencias extraordinarias rara vez se reducen; normalmente encuentran nuevas razones para existir.

    SWIFT: cuando una transferencia se transforma en inteligencia

    Tras el 11-S Estados Unidos creó además el Terrorist Finance Tracking Program.

    Mediante este sistema, el Tesoro obtiene información relacionada con determinadas transferencias internacionales a través de SWIFT, la red utilizada por bancos de todo el mundo para transmitir mensajes financieros. Estados Unidos y la Unión Europea terminaron formalizando en 2010 un acuerdo para permitir la transferencia de determinados datos europeos con fines antiterroristas.

    Las autoridades estadounidenses sostienen que el programa ha generado información valiosa y ayudado a reconstruir redes terroristas. Sería intelectualmente deshonesto negarlo, pero también sería ingenuo ignorar lo que ocurrió.

    Una infraestructura privada global diseñada para permitir pagos internacionales se convirtió también en una extraordinaria fuente de inteligencia geopolítica.

    Cuando el Parlamento Europeo conoció la existencia del programa en 2006 expresó precisamente preocupaciones sobre privacidad, protección de datos e incluso la posibilidad de que información económica pudiera utilizarse para finalidades distintas de aquellas originalmente previstas.

    El dinero dejó de ser únicamente dinero; también se convirtió en información. Y quien controla la información controla muchísimo más que las transacciones.

    Millones de personas reportadas para encontrar a unas pocas

    La escala actual permite entender mejor el fenómeno.

    En el año fiscal 2025 se presentaron ante FinCEN aproximadamente 4,8 millones de Suspicious Activity Reports y 21,5 millones de Currency Transaction Reports. Alrededor de 335.000 instituciones y otros sujetos reportantes alimentan esa infraestructura.

    Eso no significa que 4,8 millones de personas hayan cometido delitos. Precisamente significa lo contrario.

    Un SAR es información sobre algo que una institución considera suficientemente sospechoso para comunicarlo, no una condena ni necesariamente evidencia de criminalidad. El sistema genera entonces un incentivo perverso perfectamente comprensible desde el punto de vista de quien administra un banco: ante la duda, reportar.

    El coste para la institución de enviar información innecesaria puede ser pequeño. El costo regulatorio de no informar algo que posteriormente resulte importante puede ser gigantesco. La prudencia institucional termina convertida en vigilancia defensiva.

    El costo que no aparece en el presupuesto público

    Existe además una característica política muy conveniente en esta arquitectura: buena parte del coste de vigilancia no aparece como gasto del Estado. Lo pagan los bancos. O, para ser precisos, inicialmente lo pagan los bancos.

    La GAO estadounidense estudió once entidades y encontró costos directos de cumplimiento de la Bank Secrecy Act que iban desde unos 14.000 dólares hasta 21 millones anuales, dependiendo de su tamaño. Proporcionalmente, el peso era mayor para las entidades pequeñas. La identificación del cliente y el reporte de operaciones sospechosas estaban entre las áreas más costosas.

    Pero los bancos no fabrican dinero. Esos costos terminan apareciendo en alguna combinación de menores márgenes, mayores comisiones, menor competencia, más burocracia o servicios que dejan de ser rentables.

    Y ahí aparece el ciudadano inocente, el inmigrante que envía una remesa, la pequeña empresa con operaciones internacionales, la ONG que trabaja en una zona de conflicto, el comerciante intensivo en efectivo, el expatriado, el cliente de una nacionalidad considerada de riesgo, la fintech pequeña, la persona que recibe o transfiere dinero fuera del patrón que un algoritmo considera normal.

    El Banco Mundial lleva años documentando el fenómeno conocido como de-risking: bancos que eliminan clientes, corresponsalías o categorías completas de negocios porque resulta más sencillo evitar el riesgo regulatorio que administrarlo.

    El propio FATF terminó reconociendo la magnitud del problema. En 2021 abrió un proyecto específico para estudiar consecuencias no deseadas de sus estándares: exclusión financiera, de-risking, restricciones sobre organizaciones sin fines de lucro e impactos sobre derechos humanos.

    Cuando hasta el organismo que diseña las reglas reconoce esos efectos secundarios, ya no estamos ante una fantasía libertaria, ya estamos ante un problema institucional.

    El efectivo también terminó bajo sospecha

    La lógica continúa avanzando.

    La Unión Europea aprobó en 2024 un nuevo régimen AML que establece un límite general de 10.000 euros para pagos profesionales en efectivo, permitiendo además que los Estados miembros establezcan límites inferiores. El mismo reglamento contempla identificación para determinadas operaciones ocasionales en efectivo desde 3.000 euros.

    Algunos países como España por ejemplo, utilizan límites significativamente inferiores en determinados supuestos.

    Resulta interesante observar la evolución conceptual. Primero perseguíamos delincuentes, luego identificábamos operaciones sospechosas, después vigilábamos categorías de transacciones. Finalmente limitamos el propio instrumento porque puede ser utilizado por delincuentes, pero prácticamente cualquier instrumento de libertad puede utilizarlo un delincuente, como un teléfono, un carro, la misma Internet o una habitación de hotel. Un cuchillo o el dinero.

    Una sociedad libre no se define por eliminar todos los instrumentos susceptibles de abuso. Se define precisamente por castigar el abuso sin convertir el uso legítimo en una actividad sospechosa.

    Y veinticinco años después, el terrorismo sigue existiendo

    Aquí también conviene evitar una simplificación. Las herramientas financieras han servido; FinCEN afirma que su información genera pistas, complementa investigaciones y ayuda a identificar redes. Investigadores consultados por la GAO también consideran valiosos muchos de esos datos.

    El argumento liberal serio no necesita negar esos resultados. Debe hacer una pregunta más difícil: ¿cuánto poder preventivo estamos dispuestos a conceder al Estado sobre millones de inocentes para obtener esos resultados? Porque el terrorismo no desapareció.

    El propio Tesoro estadounidense reconocía en su evaluación nacional más reciente una amplia variedad de amenazas terroristas y mecanismos de financiación que continúan funcionando mediante efectivo, empresas de remesas, activos virtuales y sistemas formales e informales.

    Y el FATF acaba de publicar, el 3 de septiembre de 2026, un nuevo informe advirtiendo del creciente uso de banca clandestina, hawala, plataformas fintech, activos virtuales y mecanismos digitales para mover fondos ilícitos. Más del 80% de las jurisdicciones consultadas identifica estos sistemas entre los principales canales utilizados por redes profesionales de lavado.

    Veinticinco años después seguimos regulando y quienes delinquen siguen adaptándose.

    Es la vieja asimetría entre regulación y criminalidad: el ciudadano común permanece dentro del sistema y cumple cada nueva norma; el delincuente profesional tiene precisamente como actividad económica aprender a evitarla.

    El terrorismo tampoco terminó con la geopolítica

    Existe además una ilusión todavía mayor detrás de toda esta arquitectura: pensar que el terrorismo es principalmente un problema financiero. No lo es.

    El dinero importa. Pero detrás del terrorismo continúan existiendo Estados, guerras, fanatismos, territorios sin control, servicios de inteligencia, proxies, conflictos religiosos, intereses estratégicos y rivalidades entre potencias. Ningún formulario KYC puede corregir eso como tampoco ningún reporte SAR elimina una guerra.

    Ningún límite al efectivo impide que un Estado financie indirectamente a un grupo armado cuando considera que hacerlo favorece sus intereses. Ningún algoritmo bancario modifica la lógica del poder internacional.

    Paradójicamente, durante estos veinticinco años la infraestructura financiera creada para combatir terrorismo terminó también convirtiéndose en una herramienta de esa misma geopolítica: sanciones, congelamientos, exclusiones del sistema financiero, bloqueos de corresponsalías y control de canales internacionales de pagos.

    El sistema financiero ya no es únicamente una red económica, es también territorio estratégico.

    El precio invisible del 11-S

    Recordar el 11 de septiembre exige recordar a quienes murieron.

    Pero una sociedad libre también debería ser capaz de recordar lo que ocurrió después, porque los terroristas no solamente destruyeron edificios y asesinaron personas; también provocaron miedo.

    Y el miedo es uno de los instrumentos más poderosos para aumentar el poder del Estado.

    Veinticinco años después seguimos mostrando documentos para acceder a nuestro dinero. Seguimos explicando operaciones lícitas. Seguimos aceptando que instituciones privadas examinen nuestro comportamiento financiero. Seguimos alimentando bases de datos con millones de reportes sobre personas que no han sido condenadas por nada.

    Quizá algunas de esas herramientas sean necesarias. Pero “necesario” nunca debería ser el final de una discusión sobre libertad. Debería ser el comienzo.

    La pregunta correcta no consiste en elegir entre seguridad y ausencia absoluta de seguridad, sino en preguntar qué medidas funcionan, cuáles son proporcionales, cuáles deberían necesitar sospecha individualizada, cuánto tiempo deben conservarse los datos, quién puede acceder a ellos, qué mecanismos de defensa posee el ciudadano y qué poderes extraordinarios deberían desaparecer cuando deja de justificarse su existencia.

    Porque hay algo profundamente peligroso en una sociedad en la que la inocencia ya no significa que el Estado debe tener razones para investigarte, sino que tú debes estar permanentemente dispuesto a demostrarle al Estado que no tiene razones para hacerlo.

    El terrorismo continúa, la geopolítica continúa, las guerras continúan, el crimen continúa. Pero la infraestructura de vigilancia creada para combatirlos también continúa, cada vez más extensa, sofisticada e integrada con nuestra vida cotidiana y ése quizá sea uno de los legados menos visibles del 11 de septiembre de 2001. Y también uno de los que más debería preocuparnos.

    Porque si para encontrar a los pocos culpables terminamos tratando como sospechosos potenciales a todos los inocentes, puede que hayamos protegido el sistema financiero. Pero habremos cambiado, silenciosamente, la idea misma de una sociedad libre.

  • Por qué es poco probable que la caída de El Asad lleve la paz a Siria

    La reciente toma de la mayor ciudad del país, Alepo, por parte de la oposición siria cogió por sorpresa a gran parte de la comunidad internacional. Tras la implicación de Rusia, Irán y Hezbolá en la prolongada guerra civil siria, muchos observadores asumieron que las fuerzas de Bachar El Asad habían ganado el conflicto.

    Sin embargo, en la guerra nada es estático.

    Después de Alepo, las fuerzas de la oposición continuaron su avance contra el gobierno sirio, culminando en la toma de la capital de Damasco, que ha obligado a El Asad a huir del país hacia Rusia.

    Los sirios celebran la caída de un dictador que les hizo pasar por una prolongada guerra civil y el fin del férreo control de su familia sobre el país durante medio siglo.

    Pero las fuerzas de la oposición que lo derrocaron en 2024 no son las que apoyaron Estados Unidos y sus aliados en 2013. Los grupos fundamentalistas, frente a las organizaciones moderadas preferidas por los estadounidenses, dominan ahora la oposición.

    Es más, es poco probable que la caída de El Asad devuelva la paz al país a corto plazo.

    La guerra civil siria

    La guerra civil siria ha sido uno de los conflictos en curso más prolongados del mundo. En 2011, como parte de la Primavera Árabe, las fuerzas de la oposición intentaron derrocar a El Asad. Al principio, los países occidentales apoyaron a las fuerzas de la oposición. Las tácticas brutales del régimen de El Asad, que provocaron el desplazamiento de más de la mitad de la población del país, concitaron una gran simpatía internacional.

    Sin embargo, este efecto movilizador duró poco. La escasa atención mundial y la aparición del ISIS hicieron que los gobiernos occidentales dieran prioridad a esta amenaza terrorista sobre la guerra. Esto permitió a El Asad recabar el apoyo de otras entidades para apuntalar su régimen.

    Inicialmente triunfante

    Muchos analistas sostenían que El Asad había ganado la guerra civil siria en 2018, y Estados Unidos bajo Donald Trump retiró sustancialmente su apoyo a los rebeldes sirios.

    El gobierno de El Asad, mientras tanto, conservó un apoyo considerable de Rusia, Irán y del grupo armado libanés Hezbolá.

    Pero aunque las fuerzas de El Asad mantuvieron el control de gran parte del país y de sus infraestructuras clave, se mostraron incapaces de derrotar permanentemente a las fuerzas rebeldes sirias. Además, el apoyo al régimen empezó a disminuir entre sus aliados por diversas razones.

    Rusia se vio inmersa en un prolongado conflicto en Ucrania. Israel puso de manifiesto las vulnerabilidades iraníes en una serie de represalias a lo largo del año pasado. Y lo que es aún más significativo, Israel mató a varios dirigentes de Hezbolá en los últimos meses, comprometiendo gravemente su poder militar.

    El régimen de El Asad no poseía una base de apoyo lo suficientemente amplia entre su propio pueblo como para sustituir a sus aliados externos.

    Simultáneamente, sin embargo, las fuerzas rebeldes sirias también experimentaron una transformación.

    La naturaleza cambiante de los rebeldes

    Las fuerzas de la oposición siria han experimentado una marcada evolución tras años de lucha.

    Es importante señalar que estas fuerzas dispares nunca estuvieron totalmente unidas. Al contrario, la oposición siria abarcaba desde elementos liberales y moderados hasta fuerzas fundamentalistas islámicas. Lo único que realmente las unía era la oposición a la tiranía de El Asad.

    La retirada del apoyo por parte de Estados Unidos y muchos de sus aliados socavó la posición de los elementos más moderados de la oposición. Además, las Fuerzas de Autodefensa de Siria sufrieron pérdidas significativas contra Turquía en 2018 y aún no han recuperado su fuerza anterior.

    La pérdida de aliados occidentales y el carácter duradero de la propia guerra civil siria dieron lugar a voces cada vez más radicalizadas. La más destacada de ellas es Hayat Tahrir al-Sham. Se formó en 2017 a partir de la fusión de varios elementos fundamentalistas entre las fuerzas rebeldes sirias.

    Una plétora de países ha designado a Hayat Tahrir al-Sham organización terrorista vinculada a otras organizaciones radicales de la región. Es el grupo armado más poderoso entre las fuerzas rebeldes sirias.

    Aunque Hayat Tahrir al-Sham ha afirmado que ha progresado desde sus orígenes extremistas, eso sigue sin estar claro.

    Panorama de la posguerra

    La cuestión inmediata tras la caída de El Asad es en qué derivará la Siria de la posguerra. El país ha ocupado una importante posición estratégica en los asuntos mundiales desde la Guerra Fría.

    Esa importancia, de hecho, ha aumentado desde el comienzo de la guerra civil a medida que el mundo se ha vuelto cada vez más multipolar en lugar de estar dominado por Estados Unidos y sus aliados.

    Donald Trump ya ha anunciado que Estados Unidos no intervendrá en Siria bajo su mandato. Esto concuerda con su política anterior de retirar las fuerzas estadounidenses de Siria y su postura aislacionista más amplia en términos de política exterior.

    Con Estados Unidos poco dispuesto a actuar y los aliados tradicionales de El Asad incapaces de intervenir, se ha creado un vacío que tiene dos resultados probables.

    La implicación turca

    El primero, y más obvio, es que la oposición siria tome el poder. Hayat Tahrir al-Sham desempeñará un papel importante. Dicho esto, con la destitución de El Asad y la desaparición del único factor unificador entre todos los grupos de la oposición, es probable que se produzcan conflictos internos.

    La segunda posibilidad es que Turquía se implique más en Siria, posiblemente junto con Hayat Tahrir al-Sham.

    Turquía, como varios otros países, ha declarado Hayat Tahrir al-Sham una organización terrorista. Esta designación, sin embargo, no ha impedido a Turquía trabajar con el grupo en el pasado.

    Sin embargo, Turquía considera a las fuerzas kurdas sirias una amenaza mayor que los grupos islamistas. Esto se debe a la importante población kurda que vive en el norte de Siria. Turquía se opone vehementemente al nacionalismo kurdo en todas sus formas debido a la también considerable población kurda que habita su propio territorio.

    No es probable que ninguno de estos acontecimientos devuelva la estabilidad a Siria. Por el contrario, es probable que provoquen el desplazamiento y el sufrimiento continuos del pueblo sirio.The Conversation

    James Horncastle, Assistant Professor and Edward and Emily McWhinney Professor in International Relations, Simon Fraser University

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • El Domo de Hierro: Historia, Funcionamiento y Desafíos

    El  Domo de Hierro o Cúpula de Hierro, conocido en inglés como Iron Dome y en hebreo como Kipat Barzel, es un sistema de defensa aérea desarrollado por Israel que ha ganado reconocimiento mundial por su capacidad para interceptar y destruir cohetes de corto y mediano alcance. Este sistema ha sido un elemento clave en la defensa de Israel frente a los constantes ataques con cohetes provenientes de la Franja de Gaza y otros territorios circundantes, como el Líbano o vital ayer contra el ataque producido desde Irán.

    Origen y Necesidad del Domo de Hierro

    El desarrollo del Domo de Hierro fue impulsado por la creciente amenaza de ataques con cohetes que enfrentaba Israel, especialmente después de la Segunda Guerra del Líbano en 2006. Durante este conflicto, Hezbolá lanzó más de 4,000 cohetes desde el sur del Líbano hacia el norte de Israel, exponiendo la vulnerabilidad de las poblaciones civiles. A esta amenaza se sumó el continuo lanzamiento de cohetes desde la Franja de Gaza, principalmente por parte de la organización terrorista Hamás. En ese contexto, surgió la necesidad de un sistema de defensa que pudiera contrarrestar estas amenazas de manera efectiva.

    El proyecto fue diseñado y desarrollado por Rafael Advanced Defense Systems, una empresa israelí especializada en tecnología de defensa, con un fuerte respaldo del gobierno de Israel. La primera interceptación exitosa del sistema tuvo lugar en 2011, cuando el Domo de Hierro neutralizó un cohete lanzado desde Gaza hacia la ciudad de Ashkelon. Desde entonces, ha demostrado ser una herramienta crucial en la protección de las ciudades israelíes.

    Cómo Funciona el Domo de Hierro

    El Domo de Hierro está diseñado para interceptar cohetes, morteros y proyectiles de artillería lanzados desde distancias de entre 4 y 70 kilómetros. El sistema se compone de tres componentes principales:

    1. Radar de Detección: El radar detecta el lanzamiento de un proyectil enemigo y rastrea su trayectoria. Esta información se transmite en tiempo real a un centro de control.

    2. Centro de Control y Gestión de Batalla: Este centro analiza los datos recibidos del radar y calcula la trayectoria del proyectil. Si se determina que el cohete o misil impactará en una zona habitada o de importancia estratégica, el sistema activa un interceptor.

    3. Misiles Interceptores Tamir: El interceptor Tamir es lanzado desde una batería del Domo de Hierro para interceptar el proyectil enemigo en el aire. Este misil cuenta con sensores avanzados que le permiten detonar cerca del cohete o misil entrante, destruyéndolo antes de que alcance su objetivo.

    El sistema toma decisiones en cuestión de segundos, permitiendo una respuesta rápida y efectiva. Además, tiene la capacidad de discriminar entre proyectiles que caerán en áreas deshabitadas y aquellos que representan una amenaza, lo que evita el uso innecesario de interceptores y reduce los costos operativos.

    Efectividad y Tasa de Éxito

    El Domo de Hierro ha demostrado tener una tasa de éxito impresionante. Según datos oficiales, el sistema ha interceptado entre el 85% y el 90% de los cohetes dirigidos a áreas pobladas. Esta cifra es notable, considerando que los sistemas de defensa aérea suelen enfrentar grandes desafíos para interceptar múltiples proyectiles lanzados de forma simultánea.

    Un claro ejemplo de su eficacia fue durante los enfrentamientos entre Israel y Hamás en mayo de 2021, donde el sistema logró interceptar la gran mayoría de los 4,300 cohetes lanzados desde Gaza. En ocasiones más recientes, como ayer, el sistema también fue puesto a prueba ante un ataque con decenas de misiles balísticos lanzados por Irán como represalia por la muerte de líderes clave de Hamás, Hezbolá y un general iraní. Las imágenes en directo desde ciudades como Tel Aviv mostraron cómo el Domo de Hierro operaba de manera constante para defender a la población.

    Costos y Desarrollo

    El desarrollo inicial del Domo de Hierro fue financiado por Israel, pero el proyecto ha contado con un apoyo económico significativo de los Estados Unidos, que ha proporcionado más de 1.600 millones de dólares en financiamiento desde 2011 para mejorar su capacidad. Esta colaboración ha permitido a Israel mejorar las capacidades del sistema, incrementar el número de baterías desplegadas y desarrollar versiones más avanzadas del interceptor.

    Una de las principales críticas al Domo de Hierro es el elevado costo de sus interceptores. Cada misil Tamir tiene un costo estimado de entre 40,000 y 50,000 dólares, lo que representa un desafío económico cuando se trata de interceptar grandes volúmenes de cohetes lanzados desde Gaza, que son mucho más baratos de producir. Por ejemplo, un cohete Qassam, utilizado comúnmente por Hamás, puede costar alrededor de 300 a 800 dólares, lo que supone una desproporción en términos de costos de ataque y defensa.

    A pesar de ello, el costo de no tener una defensa efectiva sería mucho mayor en términos de vidas humanas y daños materiales, por lo que el Domo de Hierro sigue siendo una pieza clave en la estrategia defensiva de Israel.

    Expansión y Futuro del Sistema

    El Domo de Hierro ha evolucionado desde su primera implementación. Actualmente, Israel ha desplegado alrededor de 10 baterías de este sistema en todo el país, aunque se estima que la cantidad ideal sería entre 13 y 15 baterías para ofrecer una cobertura completa. Estas baterías están distribuidas estratégicamente para proteger las principales ciudades, así como puntos críticos cerca de la frontera con Gaza y el Líbano.

    En términos de mejoras tecnológicas, se ha trabajado en aumentar el alcance del sistema y mejorar su capacidad para interceptar misiles de mayor tamaño y con trayectorias más complejas. Además, el Domo de Hierro es parte de un sistema de defensa multicapa en Israel, que incluye otros sistemas como el David’s Sling y el Arrow, diseñados para interceptar amenazas de mayor alcance como misiles balísticos.

    Resumiendo, puede decirse sin duda alguna, que el Domo de Hierro ha sido un factor decisivo en la defensa de Israel contra las amenazas de cohetes y misiles de corto y mediano alcance. Su capacidad para proteger a la población civil ha sido ampliamente probada en múltiples conflictos, y su tasa de éxito lo convierte en uno de los sistemas antimisiles más avanzados del mundo. A pesar de los elevados costos asociados a su operación, sigue siendo una herramienta indispensable en la estrategia defensiva de Israel, como sucedió ayer, con apoyo continuo tanto en términos de financiamiento como de desarrollo tecnológico.

  • Control remoto y vigilancia extrema: la Distopía ya está aquí

    La noticia reciente sobre la operación llevada a cabo por el Mossad consistente en un ataque remoto y sofisticado, contra los bípers utilizados por cientos de miembros de Hezbollah que explotaron casi a la vez en Líbano y Siria el martes,  nos sumerge en un inquietante futuro tecnológico. De acuerdo a las últimas líneas de investigación, se trata de un compuesto explosivo insertado en baterías que, con un simple control remoto, podrían sobrecalentarse y explotar, poniendo en peligro la vida de los usuarios sin que ellos lo sepan. Este tipo de innovación no solo es impresionante desde el punto de vista técnico, sino profundamente perturbadora en términos de sus implicaciones éticas y sociales.

    Estamos acostumbrados a escuchar sobre la vigilancia masiva a través de cámaras, redes sociales y nuestros dispositivos digitales, pero este nuevo nivel de manipulación representa una amenaza completamente distinta. La tecnología ya no solo invade nuestra privacidad; ahora tiene la capacidad de atacar físicamente y de manera letal. Si algo tan personal como un dispositivo de comunicación puede ser transformado en un arma sin que sus dueños lo sepan, entonces estamos frente a una peligrosa evolución del control y la violencia en nuestra sociedad.

    Este tipo de acción nos lleva a reflexionar sobre la distinción cada vez más borrosa entre la guerra y la vida cotidiana. Las herramientas que usamos para mantenernos conectados, trabajar o simplemente vivir día a día, podrían convertirse en armas potenciales en manos de quienes controlan la tecnología. ¿Dónde queda entonces el margen de seguridad para el ciudadano común? ¿Qué tan vulnerables somos ante este tipo de operaciones encubiertas?

    La distopía que solíamos imaginar en la literatura o el cine, donde los individuos son vigilados constantemente y donde los objetos a nuestro alrededor son instrumentos de control, parece estar materializándose. Ya no se trata solo de espionaje o recolección de datos; es la capacidad de eliminar a una persona sin dejar rastro, en silencio, y sin ningún aviso. La tecnología avanza de manera rápida, pero, junto con ella, también lo hacen las herramientas para ejercer poder y control de formas inimaginables hasta hace poco.

    El uso de estas técnicas plantea enormes desafíos éticos. ¿Quién decide quién es el enemigo o el objetivo? ¿Qué sistemas de supervisión o limitaciones existen para evitar que se abuse de este poder? Si el estado, o cualquier organización con acceso a esta tecnología, tiene la capacidad de intervenir en los dispositivos cotidianos de cualquier persona, entonces todos, sin excepción, estamos en riesgo de ser vigilados, manipulados y, eventualmente, eliminados.

    El concepto de privacidad y seguridad personal se diluye rápidamente en un mundo donde nuestros propios objetos pueden ser nuestros enemigos. Este tipo de operaciones debería generar un debate más amplio sobre los límites del poder tecnológico en manos del estado, las agencias de seguridad y las corporaciones.

    La verdadera pregunta es: ¿cómo defendemos nuestra humanidad y nuestras libertades básicas en un entorno donde la tecnología, que se supone que está aquí para mejorar nuestra vida, puede volverse en nuestra contra de la manera más letal posible? La distopía ya no es un futuro distante; está aquí, y cada día que pasa, se vuelve más real.

  • El 11-S y la Pérdida de Libertades Civiles

    El ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001, más conocido como 11-S, que cobró la vida de 2,977 personas, no solo dejó un saldo de dolor y destrucción visible, sino que también marcó un punto de inflexión en la historia de los derechos civiles en Occidente. El impacto fue mucho más profundo y duradero: bajo la excusa de protegernos del terrorismo, se instauró una era de restricciones sin precedentes a las libertades individuales y la privacidad de las personas, alterando profundamente el equilibrio entre seguridad y libertad.

    La Ley Patriota (Patriot Act) es quizás el ejemplo más emblemático. Aprobada apenas semanas después de los atentados, autorizó la vigilancia masiva de comunicaciones y la recolección de datos personales sin orden judicial, incluyendo correos electrónicos, llamadas telefónicas y registros financieros. Esto dio lugar a una era de espionaje doméstico que afectó no solo a sospechosos de terrorismo, sino también a millones de ciudadanos comunes, cuyos derechos a la privacidad y la libertad se vieron violentados sin justificación.

    En paralelo, la Ley de Vigilancia de Inteligencia Extranjera (FISA) permitió la intervención de comunicaciones sin el debido proceso, lo que resultó en un monitoreo descontrolado y sin transparencia. El alcance de estas leyes no se limitó al territorio estadounidense; las medidas financieras impuestas para combatir el lavado de dinero y el financiamiento del terrorismo afectaron a personas inocentes en todo el mundo. El sistema bancario se convirtió en un brazo ejecutor del gobierno, con controles rigurosos sobre las transferencias bancarias internacionales y la discrecionalidad en la apertura y cierre de cuentas, todo sin necesidad de una orden judicial y con procedimientos opacos que socavaron la seguridad jurídica.

    La Ley de Seguridad Nacional (Homeland Security Act) dio lugar al Departamento de Seguridad Nacional (DHS), que amplió las capacidades de vigilancia doméstica y recopilación de datos, creando una red de espionaje interna sin precedentes. La implementación de la Transportation Security Administration (TSA) endureció los controles en aeropuertos, introduciendo prácticas invasivas como los escaneos corporales y cacheos que violentan la dignidad y privacidad de los pasajeros. Estas medidas de seguridad, aunque justificadas como necesarias, se han convertido en parte de la vida cotidiana, normalizando la pérdida de derechos individuales.

    El Programa de Seguimiento de la Financiación del Terrorismo (TFTP), por su parte, permitió a las autoridades estadounidenses acceder a datos bancarios internacionales, ampliando su control sobre la economía global y erosionando la autonomía de individuos y empresas. En conjunto, estas políticas han transformado el sistema financiero en un mecanismo de vigilancia, donde la privacidad financiera ha dejado de existir y el gobierno ejerce un poder sin precedentes sobre el flujo de dinero.

    A 23 años de los atentados, es evidente que el impacto del 11-S va mucho más allá de la tragedia humana: fue un golpe al corazón de las libertades civiles y un catalizador para la expansión del control gubernamental y corporativo sobre nuestras vidas. Las medidas adoptadas para combatir el terrorismo se convirtieron en herramientas de invasión a la privacidad, que afectan a millones de personas inocentes.

    Desde controles aeroportuarios invasivos hasta la vigilancia masiva de las comunicaciones, la promesa de seguridad se ha convertido en una excusa para restringir derechos fundamentales. Lo más alarmante es que estas medidas se han normalizado y aceptado por la sociedad, dejando una lección amarga: en la lucha contra el terror, el precio ha sido nuestra libertad.

    Como advirtió Benjamin Franklin: «Quien renuncia a su libertad por seguridad, no merece ni libertad ni seguridad». Hoy, más que nunca, debemos recordar estas palabras y cuestionar el legado de miedo y control que nos dejaron los atentados del 11 de septiembre.

  • El papel del liberalismo en la resolución del conflicto Israel-Palestina

    En medio del debate sobre el conflicto Israel-Palestina, Guy Sorman propone una perspectiva que integra el liberalismo en el análisis. Mientras muchos argumentan sobre la naturaleza territorial, nacional o religiosa del conflicto, Sorman sugiere que el liberalismo, una combinación de democracia liberal y economía de mercado, podría desempeñar un papel significativo en su resolución.

    Los palestinos, atrapados en un conflicto que ha perdurado por generaciones, nunca han tenido la oportunidad de experimentar la democracia liberal y la economía de mercado. Sus elecciones han sido manipuladas y sufre el control de regímenes autocráticos en los territorios palestinos. Estos regímenes han perdurado en gran parte debido a la asistencia internacional, proporcionada por la ONU y la UE. Esta ayuda ha aumentado a lo largo de los años, lo que ha permitido que una cleptocracia se mantenga en el poder, y solo migajas de esta ayuda llegan a la población.

    La ayuda internacional, sin cuestionar su uso, ha permitido que estas organizaciones operen en Gaza, siendo aliados objetivos de Hamás. El sistema político «iliberal» de los palestinos es en gran medida una consecuencia de esta ayuda internacional.

    En lo que respecta a la economía palestina, la ausencia de iniciativa empresarial se atribuye a la dependencia de las subvenciones. Aunque históricamente los palestinos fueron comerciantes exitosos en Oriente Próximo, esta capacidad ha sido destruida. En lugar de oportunidades empresariales, a los palestinos se les ofrecen empleos públicos financiados por la ONU o se les alienta a involucrarse en la violencia.

    La comparación con Israel es relevante, ya que Israel pasó de ser un país pobre y socialista a una economía de mercado abierta al mundo. Esta transición permitió a Israel convertirse en un actor fuerte en los mercados agrícolas mundiales y en la tecnología de la información.

    El análisis de Sorman no anula las explicaciones convencionales del conflicto, sino que las complementa. En lugar de centrarse únicamente en la lucha actual entre civilización y barbarie, Sorman propone un enfoque liberal que podría ofrecer un futuro realista y positivo. Sugerir una especie de comunidad económica en Oriente Próximo en lugar de la idolatría de un Estado palestino es una alternativa. La creación de un Estado palestino bajo el liderazgo de autócratas no sería beneficioso para los palestinos. La democracia liberal y la economía de mercado pueden ser la clave para un futuro pacífico.

    Sorman plantea el ejemplo de cómo Francia y Alemania hicieron las paces a través del comercio después de siglos de guerras, y cómo la unión del carbón y el acero en 1950 marcó el inicio de la reconciliación que dio lugar a la Unión Europea. Los comerciantes lograron lo que diplomáticos y políticos no pudieron durante siglos.

    En resumen, el liberalismo, en forma de democracia liberal y economía de mercado, podría desempeñar un papel importante en la resolución del conflicto Israel-Palestina, según opinión de Guy Sorman en ABC la semana pasada, ofreciendo un camino hacia la paz y la prosperidad para ambas partes.

  • El Horror de Hamas y el Precio del Populismo: Un Análisis por Yuval Noah Harari

    El reconocido autor y profesor de Historia, Yuval Noah Harari, ofrece un análisis profundo en un artículo aparecido originalmente en el periódico ABC  sobre la actual crisis en Israel, enfocándose en un factor clave: el populismo. Mientras Israel enfrenta una situación sin precedentes, Harari explora cómo las decisiones políticas y la figura de líderes populistas han contribuido a esta calamidad y plantea preguntas importantes sobre su impacto y las lecciones para otras democracias del mundo.

    Un Desastre sin Precedentes

    Harari comienza señalando que el presente conflicto no puede compararse con la guerra de Yom Kippur de 1973. A diferencia de entonces, en esta ocasión se enfrenta a un enemigo que ha perpetrado atrocidades similares a algunas de las horas más oscuras del pueblo judío. Se ha recordado la masacre de aldeanos judíos a manos de los Einsatzgruppen nazis durante el Holocausto y los pogromos en el Imperio ruso. La escala de violencia y brutalidad es estremecedora.

    Impacto Personal

    Harari comparte su experiencia personal, ya que tiene familiares y amigos en las comunidades de Be’eri y Kfar Aza, dos zonas fuertemente afectadas. Hamás mantuvo un control cruel sobre estas áreas, y sus terroristas llevaron a cabo una masacre sistemática. Este relato personal agrega una dimensión humana a la tragedia.

    Un Estado Impotente

    El artículo se pregunta cómo Israel, fundado para evitar que los judíos se convirtieran en víctimas indefensas, terminó en medio de una crisis tan devastadora. Además, se cuestiona por qué Israel no pudo detener la masacre en tiempo y forma. A pesar de la historia del Holocausto, la nación judía se encontró en una situación de impotencia durante este conflicto.

    El Precio del Populismo

    La explicación principal para la disfunción de Israel, según Harari, es el populismo. Atribuye la responsabilidad a años de gobierno bajo un liderazgo populista, en particular, el mandato de Benjamín Netanyahu. Aunque reconocido como un experto en relaciones públicas, Harari lo califica como un primer ministro incompetente. Señala que Netanyahu priorizó sus intereses personales por encima del bienestar nacional y contribuyó a dividir a la nación.

    La coalición gubernamental formada por Netanyahu se describe como una alianza de fanáticos mesiánicos y oportunistas que han pasado por alto los problemas de Israel y se han centrado en acumular poder. Harari critica cómo han adoptado políticas divisivas y teorías conspirativas, al tiempo que demonizan a las élites. Señala que a pesar de las advertencias sobre el peligro que esto representaba para Israel, Netanyahu se negó a recibir a quienes lo alertaron, lo que llevó a una calamidad.

    Una Llamada a la Reflexión

    Harari concluye su artículo instando a Israel y al mundo a prestar atención a las lecciones que se pueden aprender de esta tragedia. Recuerda que, aunque el pasado no se puede cambiar, Israel aún puede revertir la situación. Alienta a los israelíes a responsabilizar a su Gobierno y a abandonar las tendencias populistas y mesiánicas. Sugiere que es hora de trabajar en la construcción de una democracia sólida y la paz.

    En resumen, el artículo de Yuval Noah Harari arroja luz sobre el horror del conflicto actual y destaca cómo el populismo ha contribuido a la situación en Israel. Su llamado a la reflexión no se limita a su país, sino que resuena como una advertencia global sobre los peligros de la polarización y el liderazgo irresponsable en las democracias modernas.

  • El Origen y la Ideología Extremista de Hamas

    Hamas, el Movimiento de Resistencia Islámica, es un grupo palestino conocido por su ideología extremista y su historial de violencia contra Israel. Fundado en 1987 durante la Primera Intifada, Hamas ha mantenido su objetivo de destruir Israel. Este artículo explora el controvertido origen del grupo y su ideología, que busca la aniquilación de sus vecinos, y cómo ha evolucionado a lo largo de las décadas.

    Origen en la Primera Intifada

    El origen de Hamas se remonta a la Primera Intifada, un levantamiento palestino en respuesta a la ocupación israelí en los Territorios Palestinos. Fue fundado como un movimiento radical que rechazaba la ocupación y abogaba por la resistencia armada. En su Carta Fundacional, Hamas declaró: «Israel existirá hasta que el Islam lo destruya.»

    Raíces en los Hermanos Musulmanes

    Hamas tiene vínculos con los Hermanos Musulmanes, un movimiento islamista fundado en 1928. Aunque las opiniones varían sobre el momento exacto de su origen, es claro que Hamas se desarrolló en el contexto del activismo político islámico y la lucha por la recuperación de Palestina histórica.

    Líderes Influyentes

    Ahmed Yassin, un clérigo tetrapléjico, desempeñó un papel crucial en la formación de Hamas. Desde su primera comunicación, Hamas se destacó por su postura amenazante y su apoyo a la resistencia. Yassin también había estado involucrado en actividades islámicas y filantrópicas antes de liderar Hamas, y esto le permitió ganarse la confianza de la sociedad.

    Evolución hacia la Violencia

    Hamas inicialmente cooperó con Israel, que lo veía como un contrapeso al grupo Fatah dentro de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). Sin embargo, Hamas pronto se distanció de la OLP, considerándola demasiado moderada. El grupo buscó la implantación de un Estado islámico y utilizó la violencia como medio para lograr sus objetivos. Sus Brigadas Qassam han perpetrado numerosos ataques con kamikazes y ataques convencionales.

    Ideología Extremista

    La Carta Fundacional de Hamas, emitida en 1988, expresa su ideología extremista. Entre sus puntos clave, la Carta rechaza soluciones pacíficas y conferencias internacionales, abogando por la Yihad. También hace afirmaciones antisemitas, acusando a los judíos de controlar los medios y promover la corrupción.

    La Carta Fundacional incluye puntos violentos como:

    Artículo 22: «Los judíos se esforzaron por amasar una grande y sustantiva riqueza material, que dedicaron a la realización de su sueño. Con su dinero tomaron el control de los medios de comunicación del mundo, las agencias de noticias, la prensa, las empresas editoriales, las emisoras de radio y otros. Con su dinero atizaron revoluciones en distintas partes del mundo para alcanzar sus fines. Estuvieron detrás de la Revolución Francesa, de la revolución comunista y de la mayoría de las revoluciones de las que hemos sabido».

    Artículo 28: «Los judíos buscan socavar las sociedades, destruir los valores, corromper las conciencias, deteriorar el carácter y aniquilar el islam. Están detrás del comercio de drogas y el alcoholismo en todas sus formas para facilitar su control y expansión».

    Artículo 32: «Los planes sionistas no tienen fin y, después de Palestina, desearán la expansión desde el Nilo hasta el Éufrates. Después de asimilar la zona en la que hayan plantado las manos pensarán en seguir expandiéndose, y así sucesivamente».

    Desafíos Internacionales

    Hamas es considerado una organización terrorista por varios países, incluyendo Estados Unidos y la Unión Europea. No ha aceptado demandas clave de la comunidad internacional, como el reconocimiento de Israel y el abandono de la violencia terrorista. A pesar de esto, algunos países y grupos árabes lo ven como un movimiento legítimo de resistencia.

    Conclusión

    El origen y la ideología de Hamas son controvertidos y han llevado a décadas de conflicto en Oriente Medio. Su postura radical y su historial de violencia han complicado los esfuerzos de paz y han llevado a la clasificación internacional de Hamas como organización terrorista. La resolución de este conflicto sigue siendo un desafío complejo en la región.

  • ¿Qué es el Estado Islámico del Gran Jorasán o ISIS-K?

    Esta rama del grupo yihadista Estado Islámico, llamada Gran Jorasán o ISIS-K,  ha sido señalada por la ONU, Interpol y Estados Unidos por sus acciones armadas contra la población civil en Afganistán.

    El ataque al Aeropuerto Internacional Hamid Karzai de Kabul el jueves ha puesto nuevamente los focos sobre el grupo Estado Islámico del Gran Jorasán o ISIS-K, como se le conoce en Estados Unidos, una facción declarada por la ONU como organización terrorista.

    El Gran Jorasán es una región de Asia Central dominada por el Estado Islámico (que conforma algún territorio de Irán, Afganistán y Paquistán). La facción  local del EI surgió entre 2014 y 2015, según datos compilados por el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS).

    ¿Quiénes son sus cabezas visibles?

    La primera figura en salir a la palestra al frente del grupo fue el ciudadano paquistaní Hafiz Saeed Khan, nombrado Primer Emir.

    A Khan se le unieron otros militantes, como el ex jefe regional talibán Abdul Rauf Khadim, lo que hizo que la facción gozara de un rápido crecimiento.

    Al ISIS-K se le atribuyen centenares de ataques contra la población civil en Afganistán y Pakistán, y muchos enfrentamientos con las fuerzas de Estados Unidos que permanecen desde 2001 en Afganistán.

    ¿Cuál es la postura de Estados Unidos?

    En su lucha por detener el avance del grupo EI en el Medio Oriente, Estados Unidos anunció que intensificaría sus acciones militares para ir allanando el camino a su salida de Afganistán desde hace al menos tres años.

    En 2018, bajo la administración del entonces presidente, el republicano Donald Trump, el secretario de Defensa Jim Mattis expuso parte de la estrategia estadounidense, que consistía en apoyarse en el buscado alto al fuego contra los talibanes.

    «Si los talibanes aprovechan al máximo el alto el fuego en beneficio del pueblo afgano, entonces muchos de los activos de vigilancia que tenemos pueden reorientarse al ISIS-K, a Al-Qaeda y otros terroristas extranjeros que, en primer lugar, no tendrían que estar en Afganistán», explicó Mattis.

    Por entonces, el Pentágono estimaba en 2.000 los combatientes del Estado Islámico del Gran Jorasán, sin embargo, funcionarios afganos calculaban que para entonces esas tropas insurgentes superaban las estimaciones de Washington.

    La resolución de Naciones Unidas

    El 14 de mayo de 2019, el Comité del Consejo de Seguridad de la ONU enlistó para sanciones a “personas, grupos, empresas y entidades asociadas” a ISIS, a Al-Qaeda y al Estado Islámico del Gran Jorasán.

    Directamente la ONU hizo públicas las medidas de congelación de activos y prohibiciones de viajar a decenas de los principales directivos de ISIS-K.

    Las sanciones fueron fundamentadas por “actividades continuas y múltiples actos terroristas criminales destinados a causar la muerte de civiles inocentes y otras víctimas, destrucción de bienes y socavación en gran medida de la estabilidad” en la región.