Categoría: Artes

  • Museos contra la fugacidad: cómo el arte intenta detener el tiempo

    El siglo XXI ha convertido la atención en un bien escaso. En un mundo donde las pantallas capturan cada segundo de distracción y el pulgar decide con un gesto el destino de miles de imágenes, los museos enfrentan un desafío inédito: lograr que el visitante mire, sienta y recuerde. No se trata solo de conservar obras, sino de conservar experiencias.

    El Museo del Prado y el Reina Sofía, dos de las grandes instituciones españolas, han asumido esta batalla con estrategias que mezclan arte, ciencia y psicología de la percepción. En el Prado, el cambio de color de las paredes de su Galería Central —del tradicional verde grisáceo a un azul oscuro profundo— no es un mero capricho estético. Como explicó su director, Miguel Falomir, el azul aumenta el contraste óptico y realza los tonos de maestros como Veronese o Rubens. Pero, sobre todo, pretende generar una atmósfera que invite a la contemplación.

    La idea es sencilla y revolucionaria a la vez: condicionar el entorno para ralentizar el ritmo de observación. “Utilizamos elementos apenas perceptibles que permiten que la experiencia sea memorable”, afirma Alfonso Palacio, director adjunto de conservación del Prado. La disposición de las esculturas, la iluminación o incluso el tipo de cartela (la placa o etiqueta informativa) son variables cuidadosamente pensadas para que el visitante deje de mirar el móvil y mire, simplemente, un poco más.

    No es casual. Estudios realizados en museos como el Metropolitan de Nueva York o el Art Institute de Chicago muestran que el tiempo medio frente a una obra ha caído de unos 30 segundos a menos de 10. La velocidad de consumo se ha colado también en el arte. Por eso, iniciativas como la del Prado apuntan a un objetivo más ambicioso: detener el tiempo.

    El Reina Sofía, por su parte, avanza en una renovación radical. Su director, Manuel Segade, ha declarado la guerra al “cubo blanco”, esa estética neutra y minimalista que dominó las salas del siglo XX. En su lugar, propone tonos grises, luz cálida y espacios segmentados que guíen la mirada y ofrezcan un respiro. “Se trata de ralentizar la experiencia —dice el artista y comisario Xabier Salaberria—, de evitar que el visitante entre y salga de una exposición como si fuera un supermercado”.

    Esa necesidad de pausa no es solo física, sino cultural. El crítico y curador Paco Barragán habla de una “crisis de atención” que redefine la relación entre el público y las obras. Hoy la visita a un museo es, para muchos, la oportunidad de subir un selfie a Instagram. El arte compite con su propia viralidad, y los museos lo saben. Permitir que el público vuelva a fotografiar el Guernica en el Reina Sofía no es una concesión al exhibicionismo digital, sino un intento de integrar esa cultura visual en la experiencia artística.

    El reto, sin embargo, va más allá del color o de las redes sociales. Se trata de reinventar el papel del museo como espacio emocional, donde la contemplación recupere su lugar frente al consumo instantáneo. Gabriel Alonso, del Institute for Postnatural Studies, lo resume bien: “El arte no escapa a la fugacidad del consumo, pero podemos condicionarla”.

    El museo contemporáneo ya no es solo un contenedor de obras, sino un ecosistema sensorial. Las paredes, la luz, los recorridos y hasta las zonas de descanso son parte del discurso. La misión es hacer que el visitante habite el museo, no que lo consuma.

    Quizá esa sea la paradoja más hermosa de nuestro tiempo: mientras la tecnología acelera cada experiencia, los museos intentan recordarnos la lentitud. No buscan competir con la inmediatez del scroll, sino ofrecer un refugio frente a ella. Que alguien, por un instante, deje el móvil en el bolsillo y mire —de verdad— un cuadro.

    Detener el tiempo, en el fondo, sigue siendo una forma de arte.

  • “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”: Borges, la invención de mundos y la tentación del poder

    Jorge Luis Borges publicó en 1940 el cuento “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, pieza inaugural de Ficciones y uno de los textos más influyentes de la literatura del siglo XX. Bajo la apariencia de un relato erudito, plagado de citas falsas y referencias apócrifas, Borges propone un juego metafísico: un mundo imaginario —Tlön— creado por una sociedad secreta de intelectuales, que con el tiempo termina filtrándose en la realidad hasta sustituirla. El cuento funciona como sátira, como experimento filosófico y como advertencia política.

    La trama en breve

    El narrador, que comparte nombre y rasgos con el propio Borges, encuentra junto con su amigo Bioy Casares una extraña referencia a un país inexistente: Uqbar. Al indagar, descubren que esa mención forma parte de un proyecto mucho mayor: la construcción de una enciclopedia de un planeta inventado, Tlön. La obra describe en detalle su geografía, su historia, sus lenguas y su filosofía. Lo perturbador es que Tlön no es un simple pasatiempo literario, sino un proyecto deliberado: “Orbis Tertius”, una sociedad secreta de sabios y conspiradores, lleva siglos dedicándose a inventar un mundo capaz de reemplazar al nuestro.

    Con el tiempo, los objetos y las ideas de Tlön comienzan a invadir la realidad. La gente prefiere adoptar su lógica idealista antes que seguir habitando la complejidad contradictoria de la Tierra. La ficción, sostenida por una estructura organizada de poder intelectual, acaba volviéndose más convincente que la realidad.

    Filosofía y control

    La clave del cuento es que Tlön es un mundo enteramente idealista: sus lenguas carecen de sustantivos, sus sistemas científicos dependen de la psicología, sus religiones no admiten la materia. En ese universo, todo es producto de la mente y no hay resistencia de lo real. Borges nos muestra así la tentación de cualquier sistema cerrado: si se acepta su premisa fundamental, todo lo demás encaja con una coherencia deslumbrante.

    La advertencia es evidente: las ficciones totalizantes —sean religiosas, políticas o filosóficas— poseen un enorme poder de seducción. La gente adopta la narrativa de Tlön porque simplifica el caos, porque da certezas. Y, en esa adopción, termina renunciando a la libertad crítica frente a un aparato intelectual que lo controla todo.

    Borges, el poder y la política

    Aunque Borges rara vez se pronunció de manera sistemática sobre ideologías, su obra está atravesada por un profundo recelo hacia cualquier forma de dogmatismo. “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” puede leerse como una parábola sobre el peligro de los sistemas totalitarios que en los años 40 ya asolaban Europa. La creación de un mundo ficticio que se impone a la realidad refleja la lógica del nazismo o del estalinismo: fabricar un relato que pretende reemplazar la experiencia tangible, con la consecuencia de anular la autonomía del individuo.

    Libertarianismo y anarcocapitalismo: un paralelo posible

    Si pensamos el cuento desde la óptica del libertarianismo o incluso del anarcocapitalismo, surge una reflexión interesante. Estas corrientes defienden la libertad individual frente a la imposición de estructuras colectivas centralizadas, como el Estado. En el relato de Borges, “Orbis Tertius” actúa justamente como un Estado absoluto del conocimiento: una élite decide qué mundo debe existir y lo impone hasta borrar la diversidad de experiencias. El resultado es la uniformidad total, el triunfo de una ficción única sobre la pluralidad de lo real.

    Un libertario podría leer el cuento como una advertencia contra toda forma de monopolio del sentido: así como el Estado monopoliza la violencia, Orbis Tertius monopoliza la realidad. Frente a ese poder, la defensa de la autonomía individual y de múltiples órdenes espontáneos —propios del pensamiento libertario— sería la resistencia natural. En un sentido más radical, un anarcocapitalista vería en Tlön el ejemplo de lo que ocurre cuando se niega la libertad de generar narrativas diversas y se somete a todos a un diseño centralizado, por más perfecto que parezca.

    “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” sigue siendo un cuento fascinante no solo por su ingenio literario, sino porque plantea un dilema vigente: ¿qué ocurre cuando una ficción organizada desde el poder se impone a la realidad vivida? Borges parece advertirnos que ninguna construcción intelectual, por brillante que sea, debe sustituir la libertad caótica y contradictoria de la experiencia humana. Y, visto desde una perspectiva libertaria, el relato resuena como una defensa implícita de la pluralidad frente a los sistemas totalizantes, recordándonos que la verdadera riqueza surge de la libre interacción de múltiples mundos, no de la imposición de un único universo inventado.

  • ¡Ni! El honor más británico: Monty Python estampado en sellos

    “And now for something completely different…” Y vaya si lo es: la famosa compañía Monty Python ha encontrado una nueva forma de invadir nuestros sobrecitos. El Royal Mail británico ha anunciado una colección de 10 sellos conmemorativos que rinden homenaje a los sketches más fantásticos de Monty Python’s Flying Circus y al 50.º aniversario de su película más querida, Los caballeros de la mesa cuadrada (1975).

    Los héroes de tinta y papel

    Seis sellos capturan momentos inmortales como La Inquisición Española, El Ministerio de Andares Tontos, El loro muerto, Nudge, nudge, Spam y ¡sí!, el organista desnudo. Los cuatro restantes transportan al mundo de Camelot: el imperturbable Caballero Negro, gritando “No es más que un rasguño” mientras pierde brazos, junto a Arturo y compañía, inmortalizados en toda su gloria pythonesca.

    Del sketch al buzón

    Estos pequeños trozos de papel no solo son divertidísimos, sino que también son un guiño a la libertad creativa. Monty Python rompió moldes con su humor surrealista, absurdo y libre de ataduras —algo así como si enviaran cartas a la monotonía del humor tradicional, diciéndole: “¡Ni!”. Ahora, esos mismos trozos de irreverencia vuelan en buzones, recordándonos que la risa puede ser un arma poderosa contra lo aburrido y lo oficial.

    Disponibles ya… casi

    Los sellos pueden reservarse desde el 7 de agosto, y estarán oficialmente a la venta el 14 de agosto en correos del Reino Unido. Perfectos para coleccionistas, fans del absurdo o cualquiera que quiera enviar una carta digna del más culto humor británico.

    Michael Palin comparte estampado

    Sir Michael Palin —sí, él mismo— dijo con ese toque seco que lo caracteriza: “Estoy muy contento de compartir un sello con el organista desnudo”. No se puede pedir una bendición más pythónica para esta colección.

    ¿Por qué importa esto… o no?

    Tal vez pienses: “¿Sellos? ¿En serio?” Pero el verdadero encanto radica en cómo Monty Python puede convertir algo tan formal como la filatelia en una fiesta. Es casi como si el Caballero Negro enviara tarjetas diciendo “¡adelante, corta conmigo!”, o el Ministerio de Andares Tontos anunciara clases de caminata ridícula por correspondencia. Es una celebración de que el arte, la risa y la libertad pueden mezclarse con lo más cotidiano sin perder chispa.

    Un sello a la libertad creativa

    En un mundo con tantos memes digitales y correos electrónicos fríos, un sello así es una bocanada de aire libre, con una dosis de irreverencia. Además, Monty Python nos enseñó que la sátira y la tontería pueden decir más verdades de lo que aparentan.

    Así que ya sabes: si quieres enviar una carta con estilo, un guiño absurdo o simplemente haces fila en Correos por nostalgia, estos sellos son un pequeño tesoro. Porque, querido lector, en palabras pythónicas, “ni” hay mejor forma de celebrar la libertad —y el humor— que estampando un sello que grita, literalmente, “¡Ni!”.

  • Parece que fue ayer: 30 años de ‘Antes del amanecer’

    Y sin embargo han pasado tres décadas. Antes del amanecer se estrenó en España el 23 de junio de 1995 (su estreno en EE. UU. había sido a finales de enero). Visto desde la perspectiva de 2025, treinta años parecen una eternidad.

    Para empezar, en junio de 1995 apenas existían los teléfonos móviles. Justo en el año en el que los espectadores pudieron ver cómo se cruzaban los caminos de Céline y Jesse en la ficción, se concedió en España la primera licencia para la explotación comercial de la tecnología de comunicación móvil 2G. Con esos aparatos, el encuentro en Antes del amanecer habría sido distinto y las dos secuelas que componen la trilogía (Antes del atardecer y Antes del anochecer, estrenadas respectivamente nueve y dieciocho años después de la película original) probablemente no habrían existido.

    En 1995 Internet estaba todavía dando sus primeros pasos. La palabra “google” no existía en su acepción actual (faltaban tres años para que Larry Page y Sergey Brin fundaran la compañía que desarrolló el buscador más famoso del mundo). No sabíamos lo que eran las redes sociales y apenas habíamos oído hablar de la IA. El mundo era muy distinto.

    Viajes por Europa

    En 1995 Austria acababa de entrar en la Unión Europea (tres años después de que la UE iniciara su andadura tras la firma del Tratado de Maastricht en 1992). Sin embargo el Erasmus llevaba ocho años de existencia, siendo ya entonces uno de los programas de movilidad juvenil de mayor éxito del nuevo ente político transeuropeo.

    Céline no es una estudiante Erasmus. Jesse tampoco; ni siquiera es europeo (es estadounidense y está viajando con un Eurail Pass, un billete de tren para viajar por Europa que comenzó a comercializarse en Estados Unidos y Canadá en 1959). Sin embargo, la idea de que dos jóvenes de veintipocos años se conociesen en un tren en algún lugar del Viejo Continente y se enamorasen era ya habitual en 1995.

    Un chico y una chica se sientan frente a frente en el vagón restaurante de un tren.
    Jesse y Celine, en el tren antes de decidir bajarse a conocer Viena.
    IMDB

    Según estadísticas posteriores, de los más de tres millones de estudiantes que habían participado en el programa Erasmus en 2017, el 25 % había conocido a su pareja durante el intercambio. En 2014 ya habían nacido más de un millón de hijos de Erasmus. Antes del amanecer es, metafóricamente, también hija de estos programas de movilidad y del optimismo generado por el tratado de Maastricht y de un proyecto transeuropeo en expansión.

    Una ciudad del pasado

    Rodada en las calles de Viena con un estilo directo, realista y aparentemente simple, Antes del amanecer está narrativa y estilísticamente anclada en 1995. Sin embargo, la afinidad que sienten Céline y Jesse al encontrarse también tiene, incluso ya en 1995, un cierto carácter nostálgico.

    La película invoca un periodo específico de la historia de la ciudad de Viena, en concreto las últimas décadas del Imperio austrohúngaro. Algunas de las localizaciones escogidas para acompañar el proceso de enamoramiento de los personajes, tales como el Monumento a María Teresa, el Museo de Historia del Arte o la noria del Prater, remiten de forma directa a los últimos años del reinado del emperador Francisco José I y sus llamamientos patrióticos al esplendor de un imperio que, a finales del siglo XIX, había comenzado un proceso de desintegración irreversible.

    Un chico sentado sobre una balaustrada habla con una chica de pie a su lado con una ciudad de fondo.
    Viena es el tercer personaje de la película.
    IMDB

    Estos significados históricos se entretejen con otros que emanan directamente del pasado cinematográfico. Jesse y Céline pasean por Schreyvogelgasse, la calle en la que Harry Lime, encarnado por Orson Welles, sale de entre las sombras en el filme El tercer hombre (1949). La ciudad casi mágica que acoge a Jesse y Céline durante unas horas tiene poco que ver con la Viena de posguerra dividida en cinco secciones que vemos en la película de Carol Reed. Pero la referencia intertextual es tan obvia que casi parece que se quiera borrar de un plumazo la historia de la ciudad en la primera mitad del siglo XX, refugiándose en un pasado imperial que, en aquel momento, al igual que la relación entre Céline y Jesse, tenía las horas contadas.

    El hecho de que Viena acabara siendo el escenario de la película es casi tan casual como el encuentro de los personajes. El guion original escrito por Richard Linklater –también su director– y Kim Krizan transcurría en San Antonio, Texas, con dos estadounidenses como protagonistas. El cambio de ubicación estuvo, al menos al principio, dictado por motivos económicos: Linklater había solicitado financiación para rodar la película en Viena, así como en otras ciudades europeas, y obtuvo una respuesta positiva del Vienna Film Financing Fund, debido, principalmente, al papel relevante de la ciudad en la futura película.

    La historia no termina aquí: cuando llegó el momento del rodaje, la productora Castle Rock ya estaba involucrada en la producción y distribución de la película, con dinero suficiente para rodarla en cualquier lugar. Pero claramente, para entonces, las razones para rodar en Viena habían cambiado. La capital europea acabaría convirtiéndose en el tercer protagonista.

    Volver a verse

    Es sorprendente pensar que la trama de una película aparentemente tan realista (según la mayor parte de la crítica en el momento de su estreno) tenga como inspiración más directa dos melodramas clásicos como Tú y yo (1939) y su remake, homónimo en español (1957). Al igual que las parejas de enamorados en estas dos películas de Leo McCarey, Jesse and Céline toman la decisión, in extremis, de concertar un reencuentro seis meses después –sin intentar contactarse en el medio–.

    Un hombre y una mujer se miran delante de un vagón de tren.
    Jesse y Céline deciden, antes de separarse, quedar seis meses después en el mismo lugar.
    IMDB

    Vistos desde 2025, los protocolos de Jesse and Céline pueden parecernos casi tan desfasados como los de las parejas formadas por Charles Boyer/Irene Dunne y Cary Grant/Deborah Kerr. Sin embargo, el hecho de que, a diferencia de sus predecesoras, Antes del amanecer tenga un final abierto, con la promesa del futuro reencuentro, nos hace creer que, al menos en junio de 1995, todo era posible en esta joven configuración de una Europa sin fronteras.

    Vista treinta años después, y en un panorama geopolítico europeo y mundial totalmente distinto, Antes del amanecer nos retrotrae a un mundo que casi no reconocemos. Pese a todo, debido a esta mezcla de presente, pasado y futuro, la película acaba trascendiendo su momento histórico y cultural y mantiene su fuerza y su atractivo, aunque su época se haya desvanecido.The Conversation

    Celestino Deleyto Alcalá, Catedrático de Estudios Ingleses y Fílmicos, Universidad de Zaragoza y María del Mar Azcona, Profesora Titular Grado Estudios Ingleses, Universidad de Zaragoza

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • “Nadie se salva solo”: El Eternauta, Adam Smith y la cooperación liberal

    En El Eternauta, la icónica historieta argentina escrita por Héctor Germán Oesterheld y dibujada por Francisco Solano López, ahora convertida en una exitosa serie en Netflix, un mensaje resuena con fuerza a lo largo de sus páginas: nadie se salva solo. Esta frase, repetida como un mantra a lo largo de la obra, es mucho más que un lema de resistencia colectiva ante una invasión alienígena. Es, también, una afirmación profundamente filosófica que, bien entendida, encaja de manera sorprendentemente coherente con la visión del liberalismo clásico de Adam Smith.

    A menudo, cuando se menciona el liberalismo, se lo caricaturiza como un culto al individualismo egoísta y desconectado. Sin embargo, esta es una distorsión. El liberalismo de Adam Smith no es un proyecto de aislamiento, sino un sistema que reconoce profundamente la interdependencia humana, no sólo en términos económicos, sino también morales y sociales.

    En La riqueza de las naciones, Smith describe cómo la cooperación entre individuos es el motor del bienestar general. El famoso pasaje en que afirma que no obtenemos nuestra cena de la benevolencia del carnicero, el panadero o el cervecero, sino de su interés propio, no es un canto a la codicia, como suele malinterpretarse, sino una observación sobre la estructura espontánea del orden social. Cada uno, al perseguir su propio interés dentro de un marco de normas compartidas, contribuye al bien común mediante un sistema de interdependencia voluntaria. En otras palabras, el mercado no es un espacio de competencia destructiva, sino de cooperación organizada.

    Esta visión se complementa con su menos citada pero igualmente importante obra, La teoría de los sentimientos morales, donde Smith aborda la empatía, la compasión y la simpatía como elementos naturales de la conducta humana. Allí sostiene que los seres humanos no sólo interactúan por interés, sino que están naturalmente inclinados a preocuparse por los demás. Esta dimensión ética del liberalismo smithiano subraya que una sociedad libre debe nutrirse de lazos morales, no de la indiferencia.

    Cuando El Eternauta afirma que “nadie se salva solo”, habla desde una experiencia radical: la supervivencia ante lo desconocido, lo incontrolable, lo descomunal. Pero lo que permite sobrevivir a sus protagonistas no es un Estado omnipresente que los rescate, sino la solidaridad espontánea entre vecinos, la organización en grupos, la ayuda mutua, la cooperación nacida desde abajo. Precisamente el tipo de organización que Adam Smith reconocía como esencial para una sociedad libre y próspera.

    La clave está en no confundir solidaridad con coacción. El liberalismo clásico no rechaza lo colectivo: rechaza que lo colectivo sea impuesto. A lo largo de la historia, asociaciones voluntarias como cooperativas, mutuales, comunidades religiosas y organizaciones benéficas han demostrado que la cooperación puede florecer sin la intervención directa del Estado. Son ejemplos vivos de que lo común puede surgir libremente, desde la base, y no necesita ser dictado desde arriba.

    El peligro aparece cuando la frase “nadie se salva solo” se convierte en excusa para expandir indefinidamente el poder del Estado. Entonces, el principio de ayuda mutua se convierte en un mandato, y la libertad individual corre el riesgo de ser sacrificada en nombre de una falsa solidaridad.

    Así, El Eternauta y Adam Smith coinciden, desde caminos distintos, en una misma enseñanza: la salvación —en cualquier sentido de la palabra— no es un acto solitario, pero tampoco debe ser un mandato autoritario. Es fruto de la cooperación libre, voluntaria, nacida del reconocimiento de nuestra interdependencia. Nadie se salva solo, pero todos podemos salvarnos juntos, si lo elegimos.

  • Adiós a Mario Vargas Llosa

    La literatura hispanoamericana despide a una de sus figuras más ilustres. Mario Vargas Llosa, fallecido el 13 de abril de 2025 en Lima a los 89 años, deja un legado que trasciende las letras y se adentra en los dominios de la libertad, la política y la historia de América Latina. Premio Nobel de Literatura en 2010, y parte esencial del «boom» latinoamericano junto a García Márquez, Cortázar y Fuentes, Vargas Llosa dedicó su vida a explorar las tensiones entre el poder y la libertad, la moral y la corrupción, la historia y la ficción.

    Entre su prolífica obra, La fiesta del Chivo (2000) ocupa un lugar central. No solo por su calidad literaria y su profundidad psicológica, sino por la contundencia con la que retrata los mecanismos del totalitarismo. Ambientada en la República Dominicana bajo la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, la novela alterna tres líneas narrativas: el regreso de Urania Cabral, hija de un político trujillista que regresa del exilio; los últimos días de Trujillo antes de su asesinato; y la historia de los conspiradores que acabaron con su vida.

    Lo que Vargas Llosa logra en esta obra es más que una novela histórica. Es un testimonio feroz sobre cómo el poder absoluto degrada no solo a quienes lo ejercen, sino a toda una sociedad. El miedo, la obediencia ciega, la corrupción institucional y la degradación moral son los pilares de un régimen que, aunque caribeño y situado en los años 50 y 60, encuentra ecos inquietantes en nuestros días.

    La fiesta del Chivo no es solo una denuncia del autoritarismo, sino también una meditación sobre la memoria, el trauma y la complicidad. Urania, la protagonista, representa a toda una generación marcada por el silencio, la represión y el dolor heredado. Su regreso a Santo Domingo no es solo geográfico, sino emocional: es la confrontación con un pasado que todavía duele, y cuya huella persiste.

    En una época en la que resurgen liderazgos mesiánicos, discursos autoritarios y el desprecio por los límites institucionales, La fiesta del Chivo se vuelve urgente. Nos recuerda que los regímenes de fuerza no nacen de la nada: crecen con la indiferencia, se alimentan de la cobardía y prosperan en el terreno fértil del miedo.

    Vargas Llosa escribió esta novela cuando ya era un intelectual consolidado, defensor de la democracia liberal y crítico implacable de los populismos, de izquierda y de derecha. Su postura ideológica —controvertida para muchos— nunca contaminó la honestidad de su literatura, que no evita mostrar la miseria humana incluso en los personajes más idealizados.

    Hoy, al despedirlo, no solo lloramos al novelista que nos ofreció obras monumentales como Conversación en La Catedral o La ciudad y los perros. También nos despedimos del pensador que defendió, en cada línea, la libertad individual como principio innegociable.

    La obra de Mario Vargas Llosa seguirá viva mientras se lean sus libros, pero La fiesta del Chivo, en particular, debería permanecer como lectura obligatoria para todos aquellos que, en tiempos de crisis, buscan entender cómo nace y cómo se sostiene una tiranía. Porque la historia —como la literatura— está ahí no solo para ser recordada, sino para no ser repetida.

  • The Brutalist, la oscarizada película que revive el drama de la emigración y el holocausto

    «The Brutalist» es una película de drama histórico dirigida por Brady Corbet, que ha capturado la atención tanto de la crítica como del público; no por nada ha sido acreedora a 3 Oscar de la Academia el domingo pasado, incluyendo el mejor actor, Adrien Brody.  La trama sigue la vida de un superviviente judío del Holocausto que llega a Estados Unidos en 1947 en busca de una nueva vida. El protagonista, en esta ocasión, es László Toth (Adrien Brody), un arquitecto de éxito que ha tenido que huir de su Hungría natal y que es separado a la fuerza de su esposa, Erzsébet (Felicity Jones). En su llegada a Pensilvania, este conoce a Harrison Lee Van Buren (Guy Pearce), un conocido empresario que le encarga la construcción de un gran monumento. A lo largo de tres décadas, la película explora sus desafíos y triunfos en un nuevo mundo lleno de oportunidades y obstáculos.

    Aunque László Tóth es un personaje ficticio, su historia está inspirada en las experiencias de muchos arquitectos europeos que, después de la Segunda Guerra Mundial, contribuyeron significativamente al paisaje arquitectónico de Estados Unidos. La película aborda temas como la resiliencia, la adaptación cultural y las complejidades de la identidad en un entorno postbélico.

    La Destrucción de Valor que Generan las Guerras

    Las guerras, además de causar pérdidas humanas irreparables, conllevan una destrucción masiva de valor en múltiples dimensiones. Infraestructuras, patrimonio cultural y capital humano son devastados, afectando el desarrollo económico y social de las naciones involucradas. En «The Brutalist», se refleja cómo el talento y la visión de László Tóth se ven truncados por los horrores de la guerra, obligándolo a reconstruir su vida y carrera desde cero en un país extranjero.

    Este fenómeno no es exclusivo de la ficción. Históricamente, conflictos armados han resultado en la pérdida de conocimiento, habilidades y creatividad, dificultando la recuperación y el progreso de las sociedades afectadas. La destrucción de centros educativos, bibliotecas y lugares de innovación limita las oportunidades de crecimiento y perpetúa ciclos de pobreza y dependencia.

    La Importancia de Defender los Derechos Individuales

    La guerra no solo destruye infraestructuras y economías; también erosiona los derechos individuales. Durante conflictos, es común que se cometan violaciones de derechos humanos, como desplazamientos forzados, torturas y ejecuciones extrajudiciales. La deshumanización del «enemigo» y la justificación de medidas extremas en nombre de la seguridad nacional conllevan a la pérdida de libertades fundamentales.

    En «The Brutalist», la persecución que sufre László Tóth por su origen étnico y religioso ilustra cómo la intolerancia y la violencia pueden despojar a individuos de sus derechos básicos, obligándolos a buscar refugio y reconstruir sus vidas en tierras desconocidas. Esta narrativa resalta la urgencia de proteger los derechos individuales antes de que se vean amenazados por conflictos mayores.

    Una Perspectiva Liberal sobre la Guerra y los Derechos Individuales

    Desde una perspectiva liberal, la protección de los derechos individuales es fundamental para el desarrollo de una sociedad próspera y justa. Las guerras, al socavar estos derechos, representan una amenaza directa al bienestar y la libertad de las personas. La intervención estatal, aunque a veces necesaria, debe ser limitada y siempre orientada a la protección de las libertades individuales.

    La historia de László Tóth en «The Brutalist» sirve como un recordatorio de las consecuencias devastadoras que las guerras tienen sobre individuos talentosos y visionarios. Su lucha por reconstruir su vida y carrera en un nuevo país refleja la resiliencia humana, pero también destaca la pérdida incalculable que supone la destrucción de valor causada por los conflictos armados.

    «The Brutalist» no solo narra la vida de un arquitecto enfrentando adversidades personales y profesionales, sino que también invita a reflexionar sobre el impacto de las guerras en la destrucción de valor y la importancia de defender los derechos individuales. La película es un llamado a reconocer y proteger las libertades fundamentales antes de que se vean amenazadas, recordándonos que la verdadera fortaleza de una sociedad reside en el respeto y la promoción de los derechos de cada individuo. Es una película realmente larga, casi cuatro horas, pero si se animan, no les va a resultar indiferente.

  • Hola 2025, en Viernes de Poemas

    Hola 2025

    Recuerdo imaginar en la década de 1980 si llegaría yo al 2000 y hoy, 31 de diciembre del 2024 contemplando el cambio al año nuevo me pregunto ¿qué pasó? Creo que fue el tiempo; pero… hoy que me dice mi hermano Irving que el tiempo es relativo o, más aún, que el tiempo no existe, hoy definitivamente no sé qué pasó. A ver si logro expresar lo que pienso y siento, este mañana sentado ante el nuevo año; pero lo hago en el medio que mejor me inspira, en prosa sentimental.

    Hola 2025

    ¿Qué recuerdos dejo en la estela del 2024?
    Ahora, dedos en teclas, los busco en el retrovisor de mi mente
    Y en la opacidad de eventos derramados en decanto
    No logro distinguir eventos clarividentes

    Curioso que las visiones sean emotivas
    Que sin emoción no hay noción
    Que sin noción no hay retentiva
    Y sin retentiva se pierda la creación

    ¿A dónde se fueron mis recuerdos?
    Hoy en la antesala de los Alisios
    Y en la ausencia de ventiscas colmado
    Me pregunto la razón de mis olvidos.

    ¿Serán los años que llevo enredados?
    ¿Será que busco en sueños el amor pasado?
    ¿O será que distraído se escabullen los días?
    Y dormidos los amores ya cansados

    Y… frente al año como cerro que empina
    Me asedian enigmas del destino
    Enigmas de las rutas supinas
    Y de los recovecos del camino

    Pero que importa el andar
    Lo que importa es el caminar
    Importa el paso a paso encantar
    Y a nuevos destinos inimaginables llegar

    John A.Bennet Novey, especial para nuestra sección Viernes de poemas .

    *La imagen que ilustra el poema fue generada con AI.. que ha determinado su propio prompt a partir de la lectura de la poesía. Impresiona por momentos, dado que son técnicamente ceros y bits combinados, pero ha captado muy bien los sentimientos de Juan Alejo: «Una ilustración reflexiva y sentimental que representa la transición del año 2024 al 2025. La escena muestra a una persona sentada en un escritorio en una habitación con poca luz, escribiendo en una máquina de escribir antigua. La vista fuera de la ventana revela un cielo nocturno sereno con estrellas y débiles rastros del amanecer que simbolizan la esperanza. El fondo incluye un calendario de estilo retro que muestra el 31 de diciembre de 2024 y el 1 de enero de 2025, con un reloj que indica la medianoche. Elementos etéreos, como débiles rastros de recuerdos, representados por hilos brillantes y translúcidos, fluyen alrededor del individuo, simbolizando la búsqueda de significado y recuerdo. El tono general es nostálgico y poético.»

  • Notre Dame renace: un tributo a la fe, la colaboración y la perseverancia

    El 7 de diciembre de 2024 quedará marcado en la historia como el día en que la Catedral de Notre Dame, devastada por un incendio en abril de 2019, volvió a abrir sus puertas, restaurada a su antiguo esplendor. Este evento, cargado de simbolismo y emoción, no solo celebra el renacimiento de un ícono cultural, sino también la fuerza de la colaboración global que lo hizo posible.

    La ceremonia inaugural: fe y esplendor

    La reapertura comenzó con una ceremonia solemne presidida por el arzobispo de París, Monseñor Laurent Ulrich. La apertura de las puertas principales marcó el inicio de un evento que reunió a más de 1,500 invitados, incluyendo líderes internacionales, artistas de renombre y los propios artesanos que trabajaron en la restauración.

    El presidente Emmanuel Macron, en un discurso emotivo, recordó que «Notre Dame es un símbolo del alma de Francia y del mundo, y su renacimiento muestra que, unidos, podemos superar cualquier adversidad». La soprano Pretty Yende y el pianista Lang Lang deleitaron a los asistentes, mientras el renovado órgano, con sus 8,000 tubos, resonaba por primera vez en años.

    La fuerza de los donantes privados: un motor del renacer

    Si bien la restauración fue coordinada por el Estado francés, el papel de los donantes privados fue crucial. Grandes fortunas, como las de las familias Arnault y Pinault, aportaron cientos de millones de euros, asegurando los recursos necesarios en los primeros momentos críticos tras el incendio. A estas contribuciones extraordinarias se sumaron las de más de 340,000 personas de todo el mundo, cuyos aportes, por modestos que fueran, simbolizan un compromiso colectivo con la preservación del patrimonio cultural.

    Este esfuerzo internacional y diverso no solo demuestra el profundo valor de Notre Dame para comunidades globales, sino que también refuerza la idea de que los monumentos históricos trascienden fronteras, siendo propiedad espiritual de todos los que los aman.

    Innovación y tradición: la restauración como obra maestra

    La reconstrucción de Notre Dame no fue solo un desafío financiero, sino también técnico y artístico. Desde la restauración de las vidrieras y el órgano hasta la recreación exacta de la aguja diseñada por Viollet-le-Duc en el siglo XIX, cada paso fue un equilibrio entre la tradición y la modernidad. Además, el entorno de la catedral ha sido revitalizado, con nuevos espacios verdes que invitan a los visitantes a disfrutar de Notre Dame en un contexto contemporáneo.

    Los trabajadores involucrados —más de 2,000 artesanos y especialistas— aportaron no solo su habilidad, sino también su pasión, conscientes de la magnitud histórica de su tarea.

    Notre Dame: un símbolo para el futuro

    La reapertura de la catedral marca el inicio de una nueva etapa. Además de las misas y ceremonias religiosas, Notre Dame continuará siendo un centro de atracción cultural y turística. Las campanas que volvieron a sonar este diciembre no solo celebran su restauración, sino que también homenajean a la humanidad unida en un esfuerzo común.

    En un mundo a menudo dividido, Notre Dame se erige una vez más como un recordatorio de lo que podemos lograr juntos. Su renacer es mucho más que la reconstrucción de un edificio; es un tributo a la colaboración, la fe y la capacidad humana para preservar aquello que realmente importa.

     

  • Woodstock: a 55 años del Grito de Libertad

    Woodstock, celebrado entre el 15 y el 18 de agosto de 1969, no fue solo un festival de música; fue una declaración cultural, un grito de libertad en una época marcada por la convulsión social y el deseo de cambio. Durante esos cuatro días, cerca de medio millón de jóvenes se reunieron en una granja en Bethel, Nueva York, para celebrar lo que se convirtió en un símbolo de la contracultura de los años sesenta: la paz, el amor y la música.

    El contexto histórico de Woodstock no puede ser ignorado. Estados Unidos se encontraba en medio de la guerra de Vietnam, una guerra que había polarizado a la nación. En casa, los movimientos por los derechos civiles y las protestas contra la guerra eran frecuentes. En medio de esta tensión, emergió una generación que rechazaba las normas tradicionales, abrazando en su lugar una vida más libre, más conectada con la naturaleza y menos alineada con las expectativas sociales establecidas.

    Woodstock fue el epítome de esta nueva ideología. Publicitado como «tres días de paz y música», el festival se convirtió en un refugio para aquellos que buscaban escapar del tumulto del mundo exterior. Pero, a pesar de sus ideales utópicos, Woodstock no fue un evento sin dificultades. La infraestructura no estaba preparada para el número masivo de asistentes, lo que resultó en escasez de alimentos, problemas de higiene y dificultades para acceder al lugar debido a los atascos de tráfico. Sin embargo, en lugar de caos, lo que emergió fue un sentido de comunidad y solidaridad.

    La música, por supuesto, fue el corazón de Woodstock. Artistas como Jimi Hendrix, Janis Joplin, Santana y The Who ofrecieron actuaciones que quedaron grabadas en la historia. La actuación de Richie Havens el primer día, improvisando «Freedom» cuando se quedó sin canciones, se convirtió en uno de los momentos más icónicos del festival, capturando el espíritu de improvisación y resistencia que definió la época. Hendrix cerró el festival con su interpretación electrizante del himno nacional estadounidense, distorsionado para evocar las bombas y las sirenas de la guerra, un comentario musical poderoso sobre el estado de la nación.

    Woodstock representó más que solo música; fue un testimonio del poder de la libertad. Los jóvenes que asistieron no solo buscaban entretenimiento, sino también un espacio para expresarse libremente, un lugar donde podían ser ellos mismos sin juicio ni represión. Este espíritu de libertad se manifestó no solo en la música, sino también en la actitud relajada hacia las drogas y la sexualidad, desafiando las normas conservadoras de la sociedad de la época.

    Cincuenta y cinco años después, Woodstock sigue siendo un hito cultural. No solo influyó en la música, sino que también cimentó la idea de que la música y los festivales pueden ser vehículos para el cambio social. Fue un momento en el tiempo en el que una generación entera se unió para celebrar la libertad, la creatividad y la paz en un mundo que, entonces como ahora, parecía dividido. Woodstock no fue solo un festival; fue un símbolo de esperanza y de la capacidad humana para encontrar unidad en la diversidad.