Categoría: Cultura y Sociedad

  • Sobre un escritor de imaginación superlativa

    Se trata de Giovanni Papini (1881-1956), mi cuentista favorito de una imaginación y una cultura enciclopédica volcada en una parla exquisita. Tengo en mi biblioteca en seis gruesos tomos sus obras completas donde trata los temas más variados que constituyen un deleite y un inmenso alimento para el espíritu.

    También tengo una de sus bibliografías de su amigo Victorio Franchini donde relata la obsesión que desde chico lo embargaba a Papini por el conocimiento, su vida en Florencia que tuvo que abandonar en la Segunda Guerra por las aldeas de Sergiano y Bulciano, la estrecha relación con sus dos hijas (influido por el marido de la mayor quien era doctor en leyes y muy compenetrado en literatura clásica) y sus dos nietas (una de las cuales fue su secretaria), su amistad con el gran músico Vito Frazzi y tantas otras facetas del célebre florentino.

    En esa biografía Franchini detalla el modo meticuloso de las lecturas y las notas en carpetas abiertas que manejaba el autor de marras quien repetía que “el verdadero escritor no trabaja para los críticos ni para ganar dinero, trabaja para manifestar lo que tiene dentro de su alma” y “es innegable el hecho de que el artista no está nunca contento de la propia obra, porque persigue un ideal inalcanzable”, son “vibraciones íntimas” ya que “todo sustantivo, todo adjetivo y todo verbo es una marca de su mosaico espiritual”.

    En otras oportunidades he escrito sobre Papini en direcciones distintas de las que aquí consigno como una manera de rendirle homenaje: esta vez apunto quince de sus ocurrencias estampadas en sus múltiples trabajos y puestas en mis palabras para así mínimamente ilustrar la marcha de la mente de este coloso de la pluma.

    1. Un diálogo entre el primer hombre que habitó el planeta y el último antes de la extinción de la especie revela una degradación que, sin solución de continuidad, ha carcomido a la humanidad. En el último hombre queda reflejado el prototipo de la masificación. Había en él una pérdida tan radical del yo que ni siquiera tenía nombre. Se lo conocía por un número. Mantenía que al pretender “jugar a Dios” sentó las bases de la arrogancia y la soberbia que condujo a la sociedad masificada y guiada por líderes obnubilados por el poder que no conoce límites.

    2. Se indaga acerca de porqué es que el hombre cubre todo su cuerpo con vestimenta, incluso las manos con guantes y, sin embargo, no se cubre la cara a pesar de que esto le podría reportar grandes ventajas. El uso sistemático de máscaras permitiría mostrar rostros alegres cuando uno está triste, gestos interesados cuando uno esta semidormido de aburrimiento o reflejos adustos cuando uno está de humor distinto. Quitarse las máscaras podría estar reservado para las relaciones íntimas, igual que el quitarse la ropa.

    3. Es habitual que la gente se refiera al lodo como sinónimo de lo desagradable y de lo perverso. Sin embargo, el escultor lo usa antes del bronce o del mármol, los edificios lo usan en todos los ladrillos, muchas de las vajillas son de ese material y estamos parados sobre esa materia prima. Entonces, paradójicamente, resulta que la humanidad le debe mucho al lodo y, al mismo tiempo, se refiere peyorativamente a él.

    4. En un reportaje imaginario a Frank Lloyd Wright, este describe las viviendas del futuro. Explica que no hay porque desfigurar la naturaleza. Que resulta posible construir viviendas de gran confort embutidas en las montañas y disimuladas en los bosques sin necesidad de apiñarse en cajones de cemento. Tal vez esto se revalorice en vista de los notables progresos de la tecnología ya que en el futuro no habrá que “ir al trabajo” debido a que las reuniones, transferencias, compras, comunicaciones y estudios se harán a través de otro modo y, por ende, no habrá más necesidad de ciudades en el sentido tradicional de la expresión.

    5. En una conversación con el diablo este se queja amargamente porque dice que sus servicios ya no se solicitan en el mundo moderno. Reclama que la gente modere un poco sus inclinaciones pecaminosas y deje de mostrar tanta iniciativa y entusiasmo en esa dirección, puesto que de ese modo su intervención se torna innecesaria. Maldice esta situación porque lo hace sentir inútil y fracasado.

    6. Todas las mañanas, después de celebrar misa, un sacerdote se dedicaba al estudio y la meditación. Un día irrumpió apresuradamente uno de los feligreses diciendo que debía realizar una consulta urgente con el sacerdote. Dijo que toda la vida le habían enseñado que el buen cristiano debía sacrificarse. En este sentido puso de manifiesto que él se consideraba una buena persona con buenas inclinaciones y que por eso últimamente se había estado esforzando por cometer actos malos que en verdad le producían las mayores tribulaciones. Insistió que en esos momentos se había propuesto realizar actos que le reportaran mayores sacrificios y dolores personales. En medio de sus reflexiones se abalanzó sobre el sacerdote y lo mató, cosa que le produjo dolores imponderables. Pensó que este sería el más grande de los sacrificios ya que lo conduciría al infierno que es, precisamente, el sacrificio eterno que según él pensaba es lo mejor para un buen cristiano consistente con la teoría del sacrificio. Después de cometer el crimen el feligrés comenzó a arrepentirse pero estimó que el arrepentimiento lo salvaría del sacrificio eterno. Entonces, para evitar la consumación del arrepentimiento, se arrojó por la ventana de la vivienda del sacerdote.

    7. Luego de muchos años de ausencia, una persona de edad madura visitó su pueblo natal y se detuvo ante un viejo estanque. Se quedó un largo rato mirando su rostro reflejado en el agua. Después de cierto intervalo la imagen se fue transformando en él mismo cuando era muy joven. Se inició así una prolongada conversación. El joven mostraba un provincialismo ingenuo y sano, el adulto mostraba ventaja en cuanto a su experiencia. El adulto inquiría al joven acerca de cómo veía que se había desenvuelto su vida. La escena nos recuerda que Sócrates reiteraba que una vida sin examen no vale la pena ser vivida. A criterio del joven ¿el hombre adulto debería haber hecho lo mismo que hizo o debería haber procedido de otra manera?. El diálogo invita a la reflexión y al autoexamen.

    8. Un hombre meditaba en torno a un reloj parado. Estaba detenido en las siete. Pensaba que ese viejo reloj se ajustaba al mundo dos veces por día. El resto del tiempo el reloj era un paria, iba contra la corriente, estaba apartado de lo que señalaban los demás. Al observador se le ocurrió trazar un correlato con personas distintas al resto, que tenían sus propias ideas, que pensaban por sí mismas y no a cuenta del resto. Igual que el reloj, las personalidades definidas sólo revelan coincidencias esporádicas con el resto de la gente. Miraba al viejo reloj con simpatía y desfilaban por su mente sus propias desavenencias con el mundo exterior por seguir los mandatos de su fuero interno.

    9. Un personaje desde muy chico se fue acostumbrando a mentir, a falsear los hechos, a torcer y desfigurar la realidad. No podía decir la verdad. Las simulaciones resultaban cada vez más frecuentes y más peligrosas. Finalmente se dedicó al homicidio ocultando rastros y entreteniéndose en despistar a la policía. Mentía una y otra vez para ocultar sus monstruosidades. Seguía con atención las rutas desviadas que denunciaban los periódicos. Llegó un momento que se asqueó de tanta farsa. Comenzó a ver en todas las miradas una denuncia. Su mirada interior se le tornaba insoportable. Decidió mantener un juicio en la intimidad. Él mismo hizo de acusador, defensor y juez. Le llevó un tiempo largo el juicio. Se esmeró en presentar las mejores argumentaciones posibles de cada lado. Cuando llegó la hora del veredicto no tuvo el coraje de decretarse la pena capital pero se impuso treinta años de reclusión, para lo cual vendió todas sus propiedades y adquirió una casa abandonada muy alejada de todo y la reforzó con barrotes. Le pidió a un labrador que él y su familia le proporcionaran un alimento precario a cambio de una importante suma de dinero. La clausura se hacía a diario más insoportable pero el peón contratado cumplía religiosamente su promesa de mantenerlo encerrado. En última instancia, la fuerza de la conciencia pudo más que toda la policía y los investigadores reunidos.

    10. En una contribución sobre Kierkegaard se subraya que lo que llamamos vida es una muerte constante. Desde el momento del nacimiento comienza el proceso que conduce al deterioro del cuerpo. En este sentido cada instante es una muerte parcial. Por el contrario, la llamada muerte es en realidad la vida ya que la intensidad de las vivencias son perpetuas.

    11. En una conversación imaginaria con Aldous Huxley se destaca la subordinación del hombre al Leviatán. Bajo la apariencia de mayores seguridades el hombre renuncia a la libertad, hasta que todo se convierte en un espantoso hormiguero humano con la consiguiente desaparición del individuo. Curiosamente, de este modo, el hombre se queda sin seguridad y sin libertad puesto que la primera depende de la segunda. La libertad incentiva la capacidad creadora que, entre otras cosas, proporciona mayor y mejor seguridad.

    12. Un profesor explicaba que todas las divisiones de la historia que se han efectuado hasta ahora se basan en aspectos superficiales e irreales. Hechos como el descubrimiento de América o la toma de Constantinopla por los turcos resultan irrelevantes. Sostenía que, hasta el momento, lo que el hombre ha buscado es el poder sobre otros y que el poder es la fuerza y la fuerza son los armamentos. Por tanto, concluía que la historia debiera dividirse en seis grandes capítulos. Las piedras con puntas, el metal y el hacha, la lanza y el arco, las catapultas, la artillería desde el arcabuz a la ametralladora y los cañones de largo alcance y la bomba atómica. Todo lo demás son anécdotas. La historia se ha caracterizado por la lucha desenfrenada por el poder.

    13. Un filósofo se pone a considerar en qué consiste en última instancia el yo. De qué está formado. A poco andar percibe que todo lo que se conoce se debe a la influencia de alguien. Si hay la suficiente memoria se podría fraccionar el yo en innumerables etiquetas en las que figuraría el nombre de quien proporcionó la idea original, con lo que el yo no sería más que la suma de otros. Sin embargo el yo, la exclusividad del yo, consiste en las reflexiones y consideraciones que se hacen sobre las ideas de otros y las propias contribuciones. Limitarse a repetir lo que otros han dicho hace que se pierda el yo y uno se convierta en los demás. Como se ha hecho notar, el limitarse a repetir bloquea el pensamiento, del mismo modo que nunca se aprenderá a dibujar si se calca toda la vida.

    14. Varios socios se reúnen a los efectos de fundar un instituto para la regresión humana. Sostienen que resulta imposible convertir un animal en un ser humano, pero que no resulta descabellado lo inverso. En el primer caso se requiere de la potencia creadora mientras que en el segundo solo hay que denigrar. Consideraban que este instituto podría resultar un buen negocio en vista de la cantidad de gente que les resulta molesto pensar y, al confundir los medios de vida con los fines, de hecho se embrutecen. Terminan creyendo que las tareas que realizan para el sustento son el fin de la vida, que el arbitraje en el negocio es lo supremo y lo único que hay por considerar y, así, abandonan los esfuerzos por el ensanchamiento y consiguiente enriquecimiento del alma. Por esto es que también se destaca que no siempre es cierto que primero muere el cuerpo: en algunas personas primero desaparece el alma. Este ensayo está emparentado con otro en el que se pone al descubierto las razones del embrutecimiento. Allí se dice que las noticias en gran medida se concentran en mostrar imágenes violentas y escandalosas. El cine exhibe un bestialismo feroz en el que se sustituye el pensar por el ver. Se le otorga una desmesurada importancia al deporte donde prevalece el músculo sobre el cerebro. Los bailes y la música han descendido a lo salvaje y tribal. El lenguaje moderno se limita a una serie de gestos y ruidos guturales y cuando se pretende transmitir algo es siempre en torno a un materialismo frívolo e indigno del ser humano. Por ello es que los socios del cuento consideraban que el instituto de regresión podría convertir en realidad lo que de hecho era el sueño de muchos.

    15. Esta breve antología se basa en mis recuerdos más o menos lejanos de las narraciones de Papini, pero esta última -los pensamientos del sabio- la circunscribo a la transcripción textual de una cita que tengo a mano. Entre otras muchas cosas, el sabio, después de referirse a los males causados por el patrioterismo, dijo a sus oyentes: “Y poco me importa ser gobernado por los rojos o por los negros, por los blancos o por los azules. Sé perfectamente bien, que, tanto unos como los otros arrebatan pedazos de mi libertad y sacan provecho de mis haberes. Cualquiera sea el partido dominante, el buen ciudadano está condenado a vivir en una jaula y a pagar los impuestos y tasas”.

    A pesar de sus destrezas supremas Papini era humano y como tal le correspondían las generales de la ley en cuanto al dictum de Einstein: “Todos somos ignorantes, solo que en temas distintos” y nuestro escritor al no entender de los vericuetos de la política de su tiempo cuando entraba en lo específico partidario del momento frecuentemente erraba el blanco…pero quién no se equivoca, la perfección no está al alcance de los mortales.

  • Por qué Picasso siempre gana

    Este 2023 se conmemora el cincuenta aniversario de la muerte de Pablo Picasso, artista referencial del siglo XX en virtud de su vital contribución a la radical transformación artística llevada a cabo por las vanguardias.

    Este aniversario coincide con el punto álgido de la polémica entre quienes afirman que su despectiva, posesiva y cruel actitud hacia las mujeres invalida su aportación a la historia del arte y quienes, por el contrario, consideran que es posible poner tierra de por medio entre el artista y la persona.

    En medio de este complejo e inagotable debate, en el que puede llegar a estar en juego, ni más ni menos, la condición de “artista más relevante e influyente de la historia”, existe un campo en el cual las emociones y preferencias individuales ceden ante la objetividad de unos datos cuantitativos que otorgan al malagueño el lugar más alto entre sus pares: el mercado del arte.

    El más grande

    Las cifras que año tras año registra el mercado de Pablo Picasso a nivel mundial –395 millones en ventas en 2022– apenas admiten comparación con las de cualquier otro artista, con independencia de la época. Desde 2000, año a partir del cual la base de datos Artprice ofrece información acerca del sector del arte, procedente de manera exclusiva de los datos del mercado secundario, es decir, de ventas en subastas, Picasso es el artista que más volumen de ventas ha alcanzado en el sistema del arte global.

    Más aún, a lo largo de este casi cuarto de siglo, el español ha ocupado prácticamente cada año el lugar más alto del ranking de Artprice, cediendo dicho honor únicamente en siete ocasiones en las cuales Andy Warhol (2007, 2012, 2013, 2014 y 2022), Zhang Daqian (2011) y Qi Baishi (2016) fueron los artistas que registraron mayores ventas anuales.

    Un sinfín de obras

    Varios tomos del catálogo razonado de la obra de Pablo Picasso, elaborado por Christian Zervos.
    Wikimedia Commons / multichill, CC BY

    Desde la perspectiva estrictamente cuantitativa, esto es, dejando de lado el valor cultural, social o artístico de la obra de Picasso, dos son los factores que permiten este distanciamiento comercial con respecto a otros grandes nombres de la historia del arte.

    El primero, y más relevante de ellos, es el ingente volumen de obras producidas por el artista español a lo largo de sus 91 años de vida. De ello da buena cuenta el zervos, catálogo razonado de la obra de Picasso editado por Cahiers d’Art, cuyos 33 volúmenes recogen más de 16 000 pinturas y dibujos del artista.

    Si a esa cifra se le suman las esculturas, así como las ediciones de cerámicas, grabados o ilustraciones, el corpus total de trabajo puede estimarse en un número aproximado de 140 000 piezas, muy por encima de cualquier otro artista. La consecuencia para el mercado es evidente: la cantidad de sus obras que anualmente cambian de propietario es también superior a las del resto.

    Así, solo en 2022 se vendieron 3 252 piezas de Picasso frente a las 2 163 de Warhol, las 1 623 de Chagall, las 1 569 de Miró o las 999 de Banksy, sus inmediatos perseguidores en esta carrera.

    El segundo factor, relacionado con el anterior, tiene que ver con la capacidad de sus obras para encontrar compradores con independencia de su calidad y su valor económico. A este respecto, Picasso es de nuevo el artista con mayor número de obras vendidas en prácticamente todos los niveles de precios.

    Lo es para el tramo de entre 1 000 y 5 000 euros, típico de las ediciones en papel. También lo es para el comprendido entre los 10 000 y los 50 000 euros, donde es posible encontrar cerámicas, dibujos y acuarelas. Y lo es para las pinturas que superan el millón de euros. En este segmento se venden anualmente entre 40 y 50 obras de Picasso. Una vez más, en cada caso, sus cifras superan con creces las de otros artistas.

    Gana Picasso

    Por todos estos motivos Picasso siempre gana. Su mercado es, en una palabra, colosal. Mirando al futuro, el interrogante principal que se plantea es qué podría desbancar al artista español de su lugar privilegiado en lo más alto del mercado del arte.

    Por una parte, la irrupción de una personalidad similar, capaz de producir obras de gran valor con un ritmo vertiginoso, y hacerlo de manera continuada durante varias décadas.

    Por la otra, un cambio drástico en el gusto general, que derive en una devaluación superlativa de su obra. Eso presagian algunas voces en relación con su potencial caída en desgracia a los ojos de una sociedad que ha dejado de tolerar los abusos machistas, incluso con carácter retroactivo. Y de una historia del arte en la que el concepto romántico del genio, del cual Picasso fuera quizás el mayor exponente, ha pasado a mejor vida.

    Como quiera que sea, ambas circunstancias se presumen ciertamente improbables en el corto plazo. Todo apunta a que el mercado del arte seguirá teniendo en la figura de Pablo Picasso, asentada sobre su descomunal corpus de trabajo y su condición de adalid de la vanguardia artística, uno de sus pilares fundamentales.The Conversation

    José Luis Guijarro Alonso, Doctor en Historia de Arte, comisario independiente. Director del Máster en Mercado del Arte, Universidad Nebrija

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Una cosa es la teoría y otra la práctica

    Lo consignado en el título es repetido como una cantinela permanente. Tomado literalmente es una verdad de Perogrullo pero lo que en realidad se quiere decir es que la teoría no resulta relevante puesto que lo importante es la práctica. Pero resulta que las cosas son exactamente al revés. No hay acción sensata que no esté respaldada en una buena teoría, de allí lo dicho por Peter Drucker en cuanto a que “nada hay más práctico que una buena teoría”.

    Hay dos planos de acción que es perentorio clarificar y precisar. Esta diferenciación de naturalezas resulta decisiva al efecto de abrir cauce al progreso. Constituye un lugar de los más común -casi groseramente vulgar- sostener que lo importante es el hombre práctico y que la teoría es algo etéreo, más o menos inútil, reservado para idealistas que sueñan con irrealidades.

    Esta concepción es de una irresponsabilidad a toda prueba y revela una estrechez mental digna de mejor causa. Todo, absolutamente todo lo que hoy disponemos y usamos es fruto de una teoría previa, es decir, de un sueño, de un ideal, de un proyecto aún no ejecutado. Damos por sentado nuestros zapatos, el uso del avión, la televisión, la radio, internet, el automóvil, el tipo de comida que ingerimos, las medicinas a que recurrimos, los tipos de edificaciones, la iluminación, las herramientas, los fertilizantes, plaguicidas, la biogenética, la siembra directa, los sistemas políticos, los regímenes económicos etc. etc. Todo eso y mucho más, una vez aplicado parece una obviedad, pero era inexistente antes de concebirse como una idea de teoría en la mente de alguien.

    Seguramente, en épocas de las cavernas, quienes estaban acostumbrados al uso del garrote les pareció una idea descabellada el concebir el arco y la flecha y así sucesivamente con todos los grandes inventos e ideas progresistas de la humanidad. En tiempos en que se consideraba que la monarquía tenía origen divino, a la mayoría de las personas les resultó inaudito que algunos cuestionaran la idea y propusieran un régimen democrático.

    Los llamados prácticos no son más que aquellos que se suben a la cresta de la ola ya formada por quienes previa y trabajosamente la concibieron. Los que se burlan de los teóricos no parecen percatarse que en todo lo que hacen son deudores de ellos, pero al no ser capaces de crear nada nuevo se regodean en sus practicidades. Todo progreso implica correr el eje del debate, es decir, de imaginar y diseñar lo nuevo al efecto de ascender un paso en la dirección del mejoramiento. Al práctico le corren el piso los teóricos sin que aquel sea para nada responsable de ese corrimiento.

    El premio Nobel Friedrich Hayek ha escrito que “aquellos que se preocupan exclusivamente con lo que aparece como práctico dada la existente opinión pública del momento, constantemente han visto que incluso esa situación se ha convertido en políticamente imposible como resultado de un cambio en la opinión pública que ellos no han hecho nada por guiar”. La práctica será posible en una u otra dirección según sean las características de los teóricos que mueven el debate. En esta instancia del proceso de evolución cultural, los políticos recurren a cierto tipo de discurso según estiman que la gente lo digerirá y aceptará. Pero la comprensión de tal o cual idea depende de lo que previamente se concibió en el mundo intelectual y su capacidad de influir en la opinión pública ordenada y gradualmente a través de sucesivos círculos concéntricos y efectos multiplicadores desde los cenáculos hasta los medios masivos de comunicación.

    En todos los órdenes de la vida, los prácticos son los free-riders (los aprovechadores o, para emplear un argentinismo, los “garroneros”) de los teóricos. Esta afirmación en absoluto debe tomarse peyorativamente puesto que todos usufructuamos de la creación de los teóricos. La inmensa mayoría de las cosas que usamos las debemos al ingenio de otros, incluso prácticamente nada de lo que usufructuamos lo entendemos ni lo podemos explicar. Por esto es que el empresario no es el indicado para defender el sistema de libre empresa porque, como tal, no se ha adentrado en la filosofía liberal ya que su habilidad estriba en realizar buenos arbitrajes (y, en general, si se lo deja, se alía con el poder para aplastar el sistema), el banquero no conoce el significado del dinero, el comerciante no puede fundamentar las bases del comercio, quienes compran y venden diariamente no saben acerca del rol de los precios, el telefonista no puede construir un teléfono, el especialista en marketing suele ignorar los fundamentos de los procesos de mercado, el piloto de avión no es capaz de fabricar una aeronave, los que pagan impuestos (y mucho menos los que recaudan) no registran las implicancias de la política fiscal, el ama de casa no conoce el mecanismo interno del microondas ni de la heladera y así sucesivamente. Tampoco es necesario que esos operadores conozcan aquello, en eso consiste la división del trabajo y la consiguiente cooperación social. Es necesario sí que cada uno sepa que los derechos de propiedad deben respetarse para cuya comprensión deben aportar tiempo, recursos o ambas cosas si desean seguir en paz con su practicidad y para que el teórico pueda continuar en un clima de libertad con sus tareas creativas y así ensanchar el campo de actividad del práctico.

    Desde luego que hay teorías efectivas y teorías equivocadas o sin un fundamento suficientemente sólido, pero en modo alguno se justifica mofarse de quienes realizan esfuerzos para concebir una teoría eficaz. Las teorías malas no dan resultado, las buenas logran el objetivo. En última instancia, como se ha dicho “nada hay más práctico que una buena teoría”. Consciente o inconscientemente detrás de toda acción hay una teoría, si esta es acertada la práctica producirá buenos resultados, si es equivocada las consecuencias del acto estarán rumbeadas en una dirección inconveniente respecto de las metas propuestas.

    Leonard E. Read en su libro titulado Castles in the Air nos dice que “contrariamente a las creencias populares, los castillos en el aire constituyen los lugares de nacimiento de toda la evolución humana; todo progreso (y todo retroceso) sea material, moral o espiritual implica una ruptura con las ideas que prevalecen”. Las telarañas mentales y la inercia de lo conocido son los obstáculos más serios para introducir cambios. Como hemos señalado, no solo no hay nada que objetar a la practicidad sino que todos somos prácticos en el sentido que aplicamos los medios que consideramos corresponden para el logro de nuestras metas, pero tiene una connotación completamente distinta “el práctico” que se considera superior por el mero hecho de aplicar lo que otros concibieron y, todavía, reniegan de ellos los que, como queda dicho, hicieron posible la practicidad del práctico.

    Como queda dicho, afirmar que “una cosa es la teoría y otra es la práctica” es una de las perogrulladas más burdas que puedan declamarse, pero de ese hecho innegable no se desprende que la práctica es de una mayor jerarquía que la teoría, porque parecería que así se pretende invertir la secuencia temporal y desconocer la dependencia de aquello respecto de esto último, lo cual no desconoce que la teoría es para ser aplicada, es decir, para llevarse a la práctica. Por eso resulta tan grotesca y tragicómica la afirmación que pretende descalificar al sostener aquello de que “fulano es muy teórico” o el equivalente de “mengano es muy idealista” (bienvenidos los idealistas si sus ideales son nobles y bien fundamentados, en este sentido, el presente artículo también podría haberse titulado “La importancia de los idealistas”).

    Si se desea alentar el progreso debe enfatizarse la importancia del trabajo teórico y el idealismo, y no circunscribirse al ejercicio de practicar lo que ya es del dominio público. Por ello resulta tan estimulante el comentario de George Bernard Shaw cuando escribe que “Algunas personas piensan las cosas como son y se preguntan ¿por qué? Yo sueño cosas que no son y me pregunto ¿por qué no?”.

    En política se suele decir que no resulta posible aplicar lo que aún no se ha entendido, por ende debe conformarse con una dosis menor de lo que resulta mejor lo cual para nada significa bajar la vara de lo que se estima es óptimo solo que resta tiempo para “educar al soberano”. Esa es la gran faena de los intelectuales: correr el eje del debate de los políticos vía la previa influencia en la opinión pública.

    En este contexto resulta de gran interés subrayar la capacidad y unicidad de cada persona al efecto de desarrollar sus potencialidades en busca del bien y así contribuir a la formación de teorías adecuadas para ponerlas en práctica. Lo extraordinario del ser humano es que cada uno es único e irrepetible en el cosmos aún teniendo en cuenta los pastosos experimentos con la clonación ya que el aspecto central del hombre no son sus kilos de protoplasma sino su psique que no es susceptible de clonarse puesto que excede lo puramente físico. Como hemos escrito antes, si esto último no fuera así, si estuviéramos determinados por los nexos causales inherentes a la materia, no habría tal cosa como proposiciones verdaderas y falsas, ideas autogeneradas, ni la posibilidad de revisar los propios juicios y el mismo debate sobre el determinismo carecería por completo de sentido puesto que la argumentación presupone el libre albedrío.

    Entonces, aquellas condiciones únicas, aquellos talentos, vocaciones y potencialidades que son característica exclusiva de cada uno, deben desarrollarse para ser esa persona especial que cada uno es. En la medida en que el hombre renuncia al cultivo de sus condiciones particulares en dirección a la excelencia para asimilarse a lo que piensan, dicen y hacen otros, está, de hecho, abdicando de su condición natural para convertirse en una impostura humana. El hombre masificado es, en definitiva, un aglomerado sin perfil propio, es un conjunto amorfo e indistinguible del grupo.

    No puede escribirse sobre este tema sin recordar a Ortega y Gasset, a Gustave Le Bon y, antes que ellos, a los horrores de la masificación señalados por Jerome K. Jerome (The New Utopia de 1891), Yevzeny Zamyatin (We de 1921). También cabe recordar las obras de Orwell, Alduous Huxley, David Reisman (The Lonely Crowd), C.S. Lewis (The Abolition of Man) y, más contemporáneamente, el trabajo de Taylor Caldwell (The Devil´s Advocate). Todos ellos desde ángulos distintos y explorando diversas avenidas, ponen de manifiesto preocupaciones múltiples de lo que ocurre cuando el hombre se deja deglutir por lo colectivo.

    Esta renuncia a ser propiamente humano, esta falsificación de nuestra naturaleza, esta grosera adulteración de la única especie conocida que posee el atributo de ser libre, conduce por lo menos a tres efectos que colocan al hombre en el subsuelo más sórdido y lastimoso que pueda concebirse. En primer lugar, se pierde a sí mismo y, por ende, no saca partida de sus potencialidades en busca del bien y, de este modo, amputa sus posibilidades de crecimiento y realización personal. En segundo término, priva a sus semejantes de disfrutar de aportes y contribuciones que reducen el espacio para la cooperación social recíproca. Y, por último, al fundirse en el conjunto, estos sujetos se embarcan en andariveles que conducen a la búsqueda del común denominador: a lo más bajo y embrutecedor, a las frases hechas, al acecho de enemigos, a la envidia y el resentimiento para con lo mejor, a la ausencia de razonamientos, a los cánticos agresivos, en suma, a la barbarie que siempre capitalizan los megalómanos sedientos de poder, todo lo cual, de más está decir, constituye un peligro manifiesto para la privacidad de quienes conservan un sentido de autorespeto y dignidad.

    En La psicología de las multitudes, Le Bon escribe que “en las muchedumbres lo que se acumula no es el talento sino la estupidez”. Cuando lo mencionamos a Ortega en esta nota, naturalmente teníamos en mente La rebelión de las masas, pero, a nuestro juicio, los mejores escritos de este filósofo se encuentran recopilados en El hombre y la gente. Allí dice que “La gente es nadie […] Hoy se diviniza lo colectivo […] la sociedad, tiende cada vez más a aplastar al individuo, y el día que pase esto habrá matado la gallina de los huevos de oro”.

    Desde la más tierna infancia, muchas son las personas que reciben un insistente adoctrinamiento para huir de la idea de ser distinto y se inculca hasta el tuétano la necesidad de parecerse al otro. Se crea así un complejo que aleja las posibilidades de sobresalir y se crea un acostumbramiento a mantenerse a toda costa en la media.

    En gran medida nos encontramos con que hay la obsesión por aparecer “ajustado” a las conductas y pensamientos de los demás, por tanto, a convertirse en un hombre impostado que, a fuerza de imposturas, se transforma en los demás. Esa es la raíz de las crisis existenciales: la pérdida de identidad. John Dos Passos -uno de los novelistas estadounidenses más destacados del siglo veinte- sugiere que se “consulte hoy a cualquier sociólogo sobre el significado de la felicidad en el contexto social y seguramente responderá que significa ser ajustado”. La felicidad ya no sería la plena realización, sino la uniformidad con los otros y en dejarse arrastrar y devorar por el grupo en caída libre a un bulto inidentificable, antihumano y degradado. El hombre así se convierte en una caricatura grotesca, como decimos, en una lamentable impostura que amputa la posibilidad de explorar otras teorías.

  • Por qué la batalla de Ucrania es la de todos

    El artículo de Guy Sorman, titulado «Necesitamos hacer más», publicado en ABC recientemente, aborda la situación actual en Ucrania y su relevancia en la lucha global entre la democracia y el despotismo. El autor comienza haciendo referencia a un encuentro histórico entre el general Franco de España y Adolf Hitler de Alemania en 1940, en el cual Franco se negó a involucrar a España en la guerra y optó por mantenerse neutral o casi neutral. Sorman atribuye esta decisión de Franco a la previsión de que Alemania no ganaría la guerra debido a la resistencia de la Royal Air Force británica durante la Batalla de Inglaterra. El autor luego establece un paralelo entre esa resistencia británica en la Segunda Guerra Mundial y la lucha actual del Ejército y el pueblo ucraniano contra Rusia.

    Sorman argumenta que en la actualidad, al igual que en 1940, se enfrentan dos ideologías y concepciones del mundo: el bando democrático, que defiende la libertad personal y la resolución de conflictos a través de elecciones internas y negociaciones externas; y el bando del despotismo, que prioriza el poder del Estado y a menudo está acompañado de una ideología, como el imperialismo ruso o el comunismo chino, y que busca negar la libertad individual. El autor sostiene que el conflicto en Ucrania es una manifestación de esta lucha entre la democracia y el despotismo, y que una victoria rusa tendría consecuencias negativas para la libertad y la prosperidad en el mundo, ya que Rusia y China se unirían para contrarrestar la democracia en todas partes.

    Sorman expone que, a pesar de que la OTAN está armando a Ucrania, lo hace con cierta vacilación, temerosa de una posible respuesta nuclear de Rusia. Sin embargo, el autor argumenta que si Rusia pudiera usar armas nucleares en el campo de batalla, ya lo habría hecho, y que estas armas son inútiles en una guerra convencional. Sorman critica la demora en la entrega de armamento a Ucrania por parte de Occidente y sostiene que los ucranianos deben dar argumentos durante semanas o meses antes de recibir el apoyo que necesitan para enfrentar la agresión rusa.

    El autor también menciona la implicación de otros países en este conflicto, como África, el mundo árabe e India, que dudan entre apoyar a la democracia o al despotismo. Sorman advierte que una victoria rusa en Ucrania fortalecería a los dictadores en países como Cuba, Venezuela y Nicaragua, y establecería una alianza de tiranos liderada por Rusia y China, lo cual pondría en peligro las libertades, vidas, prosperidad y creencias de los europeos y de otros países.

    Sorman concluye su artículo instando a no abandonar a Ucrania, ya que este país está luchando por la democracia no solo para sí mismo, sino también en nombre de otros países que valoran la libertad. El autor hace un llamado a reconocer la importancia de este conflicto en la lucha global entre la democracia y el despotismo. El artículo de Guy Sorman es una advertencia clara y contundente de las consecuencias que podría tener la victoria de Rusia en Ucrania para Europa y el mundo y llama a no permitir que el miedo a las armas nucleares detenga la ayuda a Ucrania. El artículo es un recordatorio de que la libertad, la vida, la prosperidad y las creencias del mundo occidental están en juego y de que no podemos permitir que esto suceda.

  • Los arquitectos del futuro de los niños

    Como más que bien lo señala Nicole Doyle, presidente del Dekalb Christian Home Educators (hogar de los educadores cristianos – DCHE), les zumba a los padres de familia que ellos pueden contratar los servicios NODUCA y privados que quieran pero el desarrollo mental, espiritual y académico de sus hijos recae en sus padres; quienes, si no se involucran, hacen inmenso daño a los niños.

    Es tentador y fácil delegar más de lo aconsejable la educación de los niños; pero no es sano. No sólo es vital mantenerse al tanto de lo que enseñan a tus hijos sino cómo se les enseña. Y, aún más vital es descubrir las pasiones de nuestros vástagos y ayudarlos a desarrollarlas y no como es tan común de padres que le dicen a sus hijos que quieren que estos sean médicos y tal. Como bien señaló Khalil Gibran en su obra El Profeta:

    “Tus hijos no son tus hijos. Ello son los hijos e hijas del deseo de la vida por sí misma. Vienen a través de ti pero no de ti, y aunque estén contigo no te pertenecen. Les podrás dar tu amor pero no tus pensamientos; pues ellos tienen sus propios pensamientos. Podrás dar albergue a sus cuerpos pero no a sus almas, pues sus almas habitan en la casa del mañana, que tú no podrás visitar ni siquiera en tus sueños. Podrás desear ser como ellos, pero no intentes que ellos sean como tú, pues la vida avanza y no se detiene en el ayer…”

    Si es error delegar en demasía la educación de los niños a las escuelas privadas, el error se vuelve garrafal cuando la delegamos al monopolio estatal del NODUCA. No olvido y repito la anécdota de la visita de la ministra del NODUCA a la APEDE. La misma se dedicó a regañar a los empresarios de no “colaborar” con las escuelas “publicas”. Nos dijo que no las visitábamos y no ofrecíamos nuestra ayuda en charlas y tal. Sin embargo, llevo años ofreciendo a escuelas NODUCA visitas y ¡nada! Más aún, una vez que me invitaron a presentar mi libro sobre la educación en una universidad la directora me informó, con gran preocupación, que le habían llamado de la UP para amenazar que si me permitían hablar cerrarían dicha universidad.

    Lo bueno es que la desquiciada y malévola encerrona covidosa en EE.UU. le está reventando en la cara al monopolio estatal supuestamente educativo; a tal punto que más de 1.2 millones de estudiantes han abandonado las escuelas gubernamentales como resultado. En Panamá el asunto va por otro chorrillo como resultado de los encierros covidosos que llevaron a la quiebra a miles de pequeñas y medianas empresas, dejando a dueños, empleados y a toda la cadena de mercado varada. ¡Por supuesto!, ahora el NODUCA no tiene la capacidad de atender a todos los refugiados de la insensatez.

    Lo que poco o nada entienden los del NODUCA y el resto de los zorros del gallinero gubernamental, o simplemente no les importa, es que el futuro que explota ante nosotros requiere alternativas de educación que jamás saldrán de la miasma central. En sitios tales como en Corea del Sur, la respuesta se fue por la ruta de los tutores académicos que ayudan a las familias con el diseño y ruta de la educación de sus hijos.

    El inmenso “secreto” que no logran entender los socialistas y demás centralistas, es lo imprescindible de dar con la veta aurífera de la diversidad, esa que se encuentra diseminada a través de toda la población y no enclaustrada en las mazmorras del NODUCA.

  • Sobre un autor preferido de Borges

    Emanuel Swedenborg nació en Suecia en 1688. Su obra más conocida, “El cielo y sus maravillas, y el infierno”, versa sobre al acercamiento mayor o menor a la Perfección según nuestras conductas.

    Una conferencia de Borges pronunciada el 9 de junio de 1978 despertó mi curiosidad sobre un personaje al que el disertante dijo que “quizá el hombre más extraordinario -si es que admitimos esos superlativos- fue Emanuel Swedenborg” por quien se interesó a raíz de un escrito de Ralph Waldo Emerson y del hecho que el libro más difundido de Swedenborg se encontraba en la biblioteca de su padre, en Ginebra, en 1915 (luego en Buenos Aires volvería a leer esa obra junto a Xul Solar). Personalmente no asistí a esa presentación borgeana pero la leí en una publicación de 1979 titulada Borges oral de Emecé Editores/Editorial Belgrano.

    El personaje de marras nació en Suecia en 1688 y sus estudios y obras publicadas de su primera época se refieren a las matemáticas, a la biología, la anatomía y la física. A partir de 1745 se dedicó por entero a la teología (solamente en esta materia sus escritos ocupan ocho volúmenes) sobre la cual su libro más conocido es El cielo y sus maravillas, y el infierno publicado originalmente en latín en 1758 y traducido al inglés en 1933 y al castellano en 1991. James Joyce sostiene que este escrito “es la obra maestra de Swedenborg”.

    A diferencia de mentes calenturientas de no pocos predicadores religiosos que describen lo que ocurre después de la muerte con lujo de detalles inauditos y aludiendo al cielo y al infierno a través de lecturas bíblicas literales y no referencias metafóricas o alegóricas, a diferencia de estas interpretaciones decimos, el eje central de Swedenborg apunta al acercamiento mayor o menor a la Perfección según hayan sido nuestras conductas. En este sentido, escribe que “al mencionar las acciones y las obras se alude a su contenido y no a su aspecto exterior, ya que como todo el mundo sabe, toda acción y toda obra emanan de la voluntad y el pensamiento del hombre; de no ser así, serían meros movimientos, como los que ejecuta un autómata”. Y antes de esta encendida defensa del libre albedrío y la consiguiente responsabilidad individual por nuestros actos, manifiesta que “a la paz interna se accede solamente a través de la sabiduría y, por ende, solamente a través de la conjunción del bien y la verdad, dado que la sabiduría emana de esa conjunción”. De este modo el autor apunta a la psique, el alma o la mente como lo característico y sobresaliente en el ser humano, cuya alimentación es inexorable para el autoperfeccionamiento y la actualización de las respectivas potencialidades, únicas e irrepetibles en cada uno.

    En la misma línea argumental, subraya que “en el mundo espiritual, la distancia [con la Perfección o Dios] está determinada exclusivamente por los estados de interioridad […] los que son más perfectos, es decir, los que sobresalen por su bondad, su amor, sabiduría e inteligencia, están en el centro: los menos destacados se ubican alrededor, a una distancia que varía según el grado decreciente de su perfección. Su orden de ubicación es semejante al de una luz que va disminuyendo del centro a la periferia” y, más adelante, reafirma que “el mal en el hombre es el infierno dentro suyo, puesto que el decir mal o el infierno viene a ser la misma cosa. Y como el hombre es la causa de su propia maldad, es el mismo quien se conduce al infierno”.

    Estas reflexiones se condicen con la lógica y presentan correlatos bastante estrechos con lo consignado por el doctor en medicina y doctor en filosofía Raymond Moody en su obra en dos tomos titulada Vida después de la vida que reproduce relatos de personas que han sido declaradas clínicamente muertas pero pudieron ser reanimadas, lo cual reitera la también facultativa Elisabeth Kubler-Ross quien prologa este libro y quien por su parte publicó en la misma línea argumental La muerte: un amanecer. También es sumamente revelador en la misma dirección el testimonio de Ebon Alexander (profesor de neurofisiología y también neurocirujano en la Medical School de Harvard) quien estuvo en coma siete días como consecuencia de una meningitis bacteriana que mantuvo su corteza cortical inactivada (Proof of Heaven). Este es el sentido por el cual con anterioridad cuando le preguntaron a Carl Jung si creía en Dios respondió “No creo en Dios, sé que Dios existe.”

    En realidad hay solo dos pilares que son posibles de abordarse de modo racional: la existencia de una Primera Causa y la inmortalidad de los estados de conciencia o del alma. Lo primero debido a que no resulta posible una regresión ad infinitum en nuestra existencia, de lo contrario, si nunca comenzaron las causas que nos dieron origen no existiríamos, lo cual no es incompatible con el Big Bang como fenómeno necesariamente subordinado a la Primera Causa o Dios ya que se trata de lo contingente, no de lo necesario. En segundo lugar, la mente, la psique, el alma o los estados de conciencia (lo inmaterial, lo que no se deteriora, aquello que nos distingue de ser solo kilos de protoplasma) son inexorables para que tengan sentido las proposiciones verdaderas o falsas, la argumentación, las ideas autogeneradas, la revisión de nuestro propios juicios, la responsabilidad individual y la moralidad de los actos. Entre otros muchos autores, Richard Swinburne -profesor emérito de la Universidad de Oxford- explica en Free Will and Modern Science la relación cuerpo/mente con gran elocuencia y fundamentación. Si fuéramos loros, ni siquiera podríamos debatir sobre lo que ahora estamos tratando ya que entre autómatas no hay razonamientos propiamente dichos (escribí un largo ensayo sobre este tema titulado “Positivismo metodológico y determinismo físico” originalmente para el Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas de Buenos Aires y que ahora está en Internet).

    Pero como siempre ocurre con todo escrito de cierta extensión, hay en esta obra de Swedenborg puntos en los que estoy en desacuerdo. Uno de ellos es sobre su absurda condena al amor propio, el cual constituye la razón por la cual pensamos y actuamos: todo está en nuestro interés personal ya sea lo bueno como lo malo (si no está en interés del sujeto actuante no hay acción). Este tema fue motivo de discusión con el editor del referido trabajo de Swedenborg en castellano, Christian Wildner, quien tuvo la amabilidad de visitarme en mi oficina en Buenos Aires al poco de publicarse el libro, oportunidad en la que nos embarcamos en un debate sobre el tema en cuestión.

    En este sentido, viene muy a cuento una cita de una nota periodística de Gary Hull sobre el interés personal en el amor, la cual es totalmente independiente de la noción que este autor tenga sobre la idea de religión. Hull abre su nota periodística del siguiente modo: “Cada año en el día de San Valentín, se comete un crimen filosófico. De hecho, se comete durante todo el año, pero su destructividad se ve aumentada en esta fecha. Este crimen es la propagación de una falsedad ampliamente aceptada: la idea de que el amor es desinteresado. El amor, se nos repite constantemente, consiste de auto-sacrificio. El amor basado en interés personal, se nos advierte, es barato y sórdido. El amor verdadero, nos dicen, es altruista. ¿Lo es? Imaginen una tarjeta de San Valentín que se tome esta idea en serio. Imaginen el recibir una tarjeta con el siguiente mensaje: No obtengo ninguna satisfacción de tu existencia. No recibo ningún disfrute personal de la forma en que te ves, te vistes, te mueves, actúas o piensas. Nuestra relación no me beneficia. No satisfaces ninguna necesidad sexual, emocional o intelectual mía. Eres sujeto de caridad para mí y estoy contigo sólo por lástima. Besos, XX.”

    El libro de Swedenborg, además de un breve reportaje a Borges realizado por el mencionado Wildner, lleva como introducción un escrito de Hellen Keller que se titula “Mi religión” donde consigna que a través del sistema Braille leyó el prefacio que anota una mujer ciega “cuya oscuridad había sido iluminada por las bellas verdades de las escritura de Swedenborg” y confiesa que “mientras iba dándome cuenta del significado de lo que leía [en el libro], mi alma parecía expandirse […] por primera vez la inmortalidad se hizo inteligible para mí […] Swedenborg hace que la vida futura no sólo sea concebible sino deseable”.

    Agrego a lo dicho una consideración de Swedenborg sobre la pobreza y la riqueza generalmente muy mal tratadas en las comunidades religiosas tradicionales. Así se pronuncia nuestro autor sobre el tema: “los ricos entran al cielo con la misma facilidad que los pobres y que ningún hombre queda excluido del cielo a causa de su riqueza, ni se lo admite en el cielo a causa de su pobreza […] En primer lugar es conveniente aclarar que el hombre puede adquirir bienes y acumular riquezas si se le presenta la oportunidad, siempre y cuando no recurra a artificios o fraudes para lograr su cometido, que puede disfrutar de la exquisitez de la comida y la bebida siempre y cuando no viva nada más que para ello, disponer de una residencia palaciega […] tampoco es menester que ceda sus bienes a los pobres, salvo en el caso en que su afecto se lo dicte […] Los pobres no van al cielo en virtud de su pobreza, sino en virtud de la vida que llevaron. No hay una misericordia que sea privativa de unos o de otros; el que llevó una buena vida es admitido, el que se entregó a la mala vida es rechazado”.

    Como es bien sabido, el soporte de la existencia de Dios está muy extendido en estudiosos y científicos de muy diversas ramas del conocimiento, pero estimo que la tesis sustentada por George Steiner en Real Presences presenta un magnífico resumen en el contexto del mundo de los escritores y artistas: “donde la presencia de Dios no es una suposición defendible y donde Su ausencia no es sentida con un peso sobrecogedor, ciertas dimensiones del pensamiento y la creatividad no resultan asequibles”. Es que la arrogancia y el abuso de la razón no permiten aceptar que el origen del universo se debe a causas que están más allá de nuestras fuerzas y por ende hay un empecinamiento en atribuirlas a situaciones meramente contingentes. El premio Nobel en física Max Plank consigna que “Donde quiera que miremos, tan lejos como miremos, no encontraremos en ningún sitio la menor contradicción entre religión y ciencia natural, antes al contrario encontramos perfecto acuerdo en los puntos decisivos. Religión y ciencia natural no se excluyen […] La prueba inmediata de la compatibilidad de la religión y la ciencia de la naturaleza, también de la construida sobre una observación crítica, la ofrece el hecho histórico de que precisamente los máximos investigadores de la naturaleza de todos los tiempos, Kepler, Newton, Leibniz, eran hombres penetrados de profunda religiosidad” (Naturwissenschaft, 1938, Leipzig).

    Al abrir esta nota hice referencia a Borges, ahora vuelvo a hacerlo en el sentido de subrayar que a pesar que se declaraba agnóstico en el viaje a ESEADE cuando lo llevé a hablar ante alumnos nos dijo con mi mujer que la mejor definición de Dios que había encontrado era esta: “El sol es la sombra de Dios”. A esta declaración cabe agregar que Maria Kodama cuando en 1999 junto al querido escritor español José María Álvarez me invitó a disertar en la Fundación Internacional Jorge Luis Borges (que titulé “Herbert Spencer y el poder: una preocupación borgeana”), aludió a las idas y venidas de su marido respecto a idea de religiosidad sobre lo cual escribió más adelante en cuanto su pedido de un sacerdote antes de morir en Ginebra.

    De más está decir que todo lo dicho en nada se opone a críticas que puedan hacerse, por ejemplo, a la Iglesia católica lo cual, entre otros, ha sido puesto en evidencia por Juan Pablo II que durante su pontificado de 21 años reiteró sus pedidos de perdón en 94 oportunidades por los atropellos de mucho de lo que las cabezas de la Iglesia han llevado a cabo a través del tiempo, resumen que se encuentra en los perdones realizados en la Basílica de San Pedro con motivo del Jubileo del Año Santo de 2000 donde siete cardenales leyeron las siete imputaciones clave que el Papa quiso reconocer ante el mundo (englobadas en la Inquisición, las Cruzadas, guerras religiosas, el antisemitismo, contra las mujeres, etnias, indígenas e injusticias económicas). Hoy las críticas a la cabeza de la Iglesia se centran en los ataques a la propiedad privada y a lo que en consecuencia irrumpe acentuando exponencialmente la pobreza: aquello que en ciencia política se conoce como “la tragedia de los comunes”.

  • La cultura de la cancelación

    Se le conoce como la “cultura de la cancelación” al fenómeno del ostracismo, boicot o exclusión que hacen ciertos grupos, empresas o hasta entidades políticas a quienes consideran han actuado o hablado de una manera inaceptable. El fenómeno de la cancelación tuvo su despegue por el año 2010. Inicialmente tuvo el propósito de dar voz a quienes carecían de los medios para hacerse escuchar; es decir, en contra de los más poderosos que dominan el diálogo mediático. El asunto se ha tornado confuso a través de los años y en la actualidad no queda claro si el objetivo de los canceladores es lograr una voz en el debate o si quieren imponer su visión trastornada del mundo.

    Por un lado, unos arguyen que la cultura de cancelación da voz a los grupos marginalizados, mientras que quienes creen en la libertad de expresión se oponen a semejante intromisión a sus derechos. Pero, una cosa es el procurar plataformas de expresión y otra, muy diferente y peligrosa es callar a quienes no piensan igual.

    Otra forma de ver y analizar el fenómeno se da cuando advertimos que la humanidad en general se encuentra en un punto de inflexión hacia una nueva forma de existencia acorde con la acelerada evolución tecnológica. Explicado de otra manera, hablo de la necesidad impostergable de enfrentar el futuro que nos cae encima como alud. Una realidad que ya entra como tsunami en nuestras vidas, tal como la inteligencia artificial. En fin, la realidad de un nuevo mundo en dónde peligros tales como las bombas atómicas ya no son la mayor única o mayor amenaza. Sería imposible lidiar con un futuro nuevo e inimaginable anclados al ayer obsoleto; tanto en sentido tecnológico como social y económico.

    Otro aspecto de la cultura de cancelación, que guarda íntima relación con lo que señalo en el párrafo precedente, se presenta en la panóptica, que se origina a fines de 1850. La panóptica es una prisión cuyas celdas están dispuestas alrededor de un centro de guardia y observación, de manera que los celadores pueden ver a todos los presos pero los presos no pueden ver a los celadores.

    La panóptica moderna la tenemos en el Internet y las plataformas tales como Facebook, Twitter, Tiktok, que tienen la capacidad de vernos sin que estemos enterados que nos están viendo, escuchando, grabando y más. No digo que lo hacen sino que lo pueden hacer y probablemente algunos lo hacen. En mi caso, Facebook bloqueó el sitio Facebook de nuestra empresa alegando que posteábamos contenido “inapropiado”. ¿Inapropiado para quién? No hay duda de que nos “veían”.

    Quienes ponen atención bien pueden advertir que quienes más aprovechan el panóptico ciberespacial son los grupos de izquierda y los llamados progre que practican en serio la cultura de cancelación; los cuales han logrado que los celadores de plataformas digitales castiguen a los que estos tildan de “pecadores”. Esto nos pasó a nosotros por defender principios de libertad.

    Personajes como Jordan Peterson han visto verdaderos intentos de boicotear sus publicaciones; lo mismo que el cuento de niños de Rowling, “The Ickabog”. Se trata de una izquierda realmente extrema que no tolera la libertad personal y procura la sumisión del rebaño. Y lo más curioso es que buena parte de los canceladores son personas poderosas; pero con ideas asquerosas.

    La buena es que los canceladores son minoría que con su ñamería están despertando a la mayoría. Uno de estos canceladores alega que quien más cancelan son los capitalistas. Curioso, pues no conozco ningún país en dónde se practica el capitalismo.

  • El liberalismo es universal sostiene Guy Sorman

    El liberalismo es universal, afirma el escritor y filósofo francés Guy Sorman en un artículo para el periódico ABC. Según Sorman, la aspiración occidental a la unidad de la raza humana y la universalidad de la libertad es un requisito previo que sigue estando cargado de consecuencias y arroja luz sobre la diplomacia occidental. Desde el monoteísmo que se impuso a los hebreos, el cristianismo que se difundió por el mundo, hasta los grandes descubrimientos del siglo XV, los europeos siempre han emprendido la conquista del mundo para difundir sus creencias y civilización superior.

    El repaso histórico que Sorman hace pretende subrayar la singular creencia de los occidentales en la unidad de la raza humana y la universalidad de la libertad, lo que carga de consecuencias y arroja luz sobre la diplomacia occidental. En este sentido, en Ucrania el deber de intervenir se basa en la convicción de que los ucranianos son «como nosotros» y aspiran a la misma libertad. Putin, por su parte, presenta el argumento opuesto, ya que afirma que el liberalismo es solo una creación de la propaganda occidental.

    En contraposición, los chinos nunca han intentado imponer el confucianismo al resto del mundo, ni los indios el hinduismo. Cuando los árabes se lanzaron a la conquista del mundo, lo hicieron para afirmar su superioridad militar más que su religión. En el Corán se dice que el islam no debería imponerse por la espada.

    El liberalismo es una corriente de pensamiento político y económico que defiende la libertad individual, la propiedad privada, el libre mercado y la democracia representativa. El liberalismo cree en la igualdad ante la ley, el pluralismo, la tolerancia y la diversidad, y se opone al autoritarismo, el colectivismo y el estatismo. Según Sorman, el liberalismo es universal porque se basa en la naturaleza humana, no en la cultura. La libertad de pensar, de expresarse, de ir y venir o de emprender está anclada en nuestra alma. Es nuestra segunda naturaleza, como el aire que respiramos.

    Sin embargo, algunos prefieren las ideologías totalitarias o las utopías de pacotilla al liberalismo. Para hacer la revolución, todavía es necesario ser libre para manifestarse o gritar «¡ninguna libertad para los enemigos de la libertad!». Aunque el liberalismo representa solo una fracción de nuestra civilización, está en competencia permanente con otras visiones del mundo como las que privilegian la identidad nacional frente a la libertad individual o el culto al estado del bienestar.

    En resumen, Guy Sorman considera que el liberalismo es universal porque se basa en la naturaleza humana, no en la cultura. Y concluye comentando que el fallecido Nobel de la Paz Liu Xiaobo recordó que la I República de China, anterior a muchas democracias europeas, fue fundada en 1911 con elecciones por sufragio universal, partidos y libertad de prensa. «No hace falta, me decía a menudo Liu, explicar a los chinos qué es el liberalismo. Lo saben desde 1911, de nuevo en 1989, en la plaza de Tiananmen y, hoy en Hong Kong y en Taiwán. Si la China de Pekín no es liberal es porque la policía y el Ejército lo prohíben».  No se trata de una singularidad genética o cultural propia del pueblo chino.

    Claro que todo lo anterior puede ser refutado sostiene el autor. El liberalismo es el derecho a la crítica, pero preferentemente, «una crítica basada en el conocimiento más que en el prejuicio o en la autoflagelación woke de moda en EE.UU. Reivindicar el liberalismo y proclamar su universalidad es respetar todas las demás civilizaciones, empezando por la nuestra».

  • ¿Qué rayos es el capitalismo salvaje?

    Hoy un amigo me envió un video en el cual un periodista hace referencia a un editorial del Washington Post, asegurando que el “capitalismo salvaje” destruye a su paso los recursos naturales, la explotación del hombre y la manipulación de la mente para que nos convirtamos en rehenes de la sociedad de consumo. También vilipendia al “capital privado” dado que más del 80% de la riqueza está concentrada en el 1% de la población; junto con la privatización del agua, la salud, los recursos humanos que se han convertido en mercancías y que sólo están al alcance de una minoría rapaz voraz e insaciable. Y termina diciendo que o muere el capitalismo salvaje o muere la civilización humana. ¡Meto!, como diría el chiricano.

    ¿Por dónde agarramos a este puercoespín? Comencemos por la frase “capitalismo salvaje”, la cual forma parte de la Bable que intenta llegar al Cielo por una ruta que termina en el Infierno. Lo primero que me saltó en mente al escuchar semejante vitriolo señalamiento… ¡uy!, perdón con la palabrita y perdón si hago la circunvalación por los senderos de este término. Vitriolo, viene de vidrio, especialmente del sulfato cúprico, y se refiere a algo amargo, áspero o cáustico. El video es una retahíla vitriólica dado que en un mundo salvaje los medios de subsistencia no suelen ser primorosos. ¿Cuál otro sistema e ideologías política no es salvaje? A juzgar por los resultados, ¡ninguno! Y, a fin de tanta acusación al capitalismo que tilda de “salvaje”, no proponen alternativa. ¿Por qué? ¿Será que no la hay?

    Y repito a cansancio que la peor de las mentiras es aquella que es casi verdad; con lo cual quiero referirme a lo de la destrucción de los recursos naturales. Obvio que no se puede hacer limonada sin aplastar limones; pero otra cosa es alegar que las limonadas, en general, son destrucción. Lo malo está en pintar al mundo como un pastel que se reparte cada vez en cuñas más pequeñas. Es miopía crasa ver al mundo y al universo así.

    Bien usados, los recursos naturales constituyen la plataforma de lanzamiento a un futuro inimaginable en dónde encontraremos la riqueza del mismo universo. Y, sí, hay mucha destrucción de los recursos, pero no es sensato inventar el cuco del ‘capitalismo salvaje’ para aventarle culpas. En todo caso, la verdadera “derecha extrema” no es capitalista sino nacional socialista, es el nacismo que es extrema izquierda.

    “La explotación del hombre” … La más horrorosa explotación del hombre se da en el comunismo y sus hermanos de la izquierda; los cuales ni siquiera reconocen la familia y la propiedad de nuestros cuerpos, los cuales alegan ser menos que el colectivo. El capitalismo da riendas sueltas a todos para que del aporte de cada persona salgan las soluciones y caminos de virtud al destino de la humanidad. En el centralismo estéril no se abren los caminos de la diversidad sino del centralismo castrante.

    Y… quienes más que los socialistas, comunistas, y totalitarios en general son los que más se valen de la “manipulación de la mente”. ¿Acaso no vemos de dónde sale la locura del woke? Y ni hablar la manipulación de gobiernos regaliernos cuyo único objetivo es conducir las gallinas a los gallineros del policentrismo partidario.

    Que el “capital privado” es perverso. ¡A la gran flauta! ¿Será malo pensar y actuar con la cabeza propia? Es de necios creer y proponer que todo sea de todos, pues lo que es de todos no es de nadie y nadie lo cuida. Vean el agua del IDAAN.

  • Bernard Mandeville, un personaje para el momento actual

    Nada menos que Samuel Johnson –sin duda una de las figuras más destacadas de la literatura inglesa del siglo XVIII– ha dicho que Mandeville le “abrió la mirada frente a la realidad de la vida” y, por su parte, James Boswell en Life of Samuel Johnson apunta que Mandeville ha influido decisivamente en buena parte de la concepción filosófica del tan ponderado doctor Johnson.

    Pensadores de la talla de Adam Smith, David Hume, James Mill, Emanuel Kant, Jeremy Bentham, Voltaire, Montesquieu y estudiosos como Benjamin Franklin han citado frecuentemente a Mandeville para discutir o para coincidir con sus razonamientos y conclusiones. Condillac y Herder se basaron en Mandeville para la realización de buena parte de sus trabajos sobre el origen y el proceso evolutivo por el que se forma el lenguaje, que como es sabido no procede de la ingeniería social ni el diseño, sino del orden espontáneo. En esta línea argumental, Borges sostenía que el inglés cuenta con un mayor número de palabras porque no lo pretende regir una academia de la lengua.

    Alexander Pope reconoce en los escritos de Mandeville un gran valor literario. Resulta muy curioso que con estos reconocimientos sobre la influencia mandevilliana en el pensamiento de la época contemporáneamente aquel autor pase prácticamente desapercibido. Salvo el formidable trabajo de tesis doctoral presentado por Forrest B. Kates en 1917 en la Universidad de Yale, que más tarde inspirara a Friedrich Hayek para su notable presentación ante la Academia Británica en marzo de 1966 y con anterioridad la disertación doctoral de Chiaki Nishiyama en la Universidad de Chicago en 1960, salvo estos estudios, como queda dicho, Mandeville pasa sin que se destaquen sus contribuciones, aun en los círculos intelectuales considerados de mayor prestigio.

    Bertrand Mandeville nació en Holanda en 1670 y murió en Inglaterra en 1733, lugar este último donde transcurrió prácticamente toda su existencia. Se graduó en medicina –provenía de una familia de médicos célebres–, pero su interés lo volcó por entero a la filosofía, sobre lo que publicó una docena de trabajos de envergadura, pero su tono incisivo, mordaz y por momentos peyorativo condujo a algunos malentendidos. Aunque fueron muchos los intelectuales de peso que reconocieron su originalidad y maestría, otros lo rechazaron por considerar que su lenguaje resultaba insolente y no adecuado para la época. En su afán de ridiculizar al oponente en no pocas ocasiones dificultaba la comprensión del argumento, que incluso a veces resultaba desfigurado.

    Veamos a título de ejemplo una de sus obras titulada La fábula de las abejas o cómo los vicios privados hacen a la prosperidad pública. Es que Mandeville usa la expresión “vicio” en su equivocada acepción vulgar para aludir a los seres humanos persiguiendo su interés personal. Con este razonamiento el autor de marras pretendía señalar con acierto que todos actuamos en nuestro interés personal. Es en realidad una verdad de Perogrullo, puesto que el acto se lleva a cabo precisamente porque está en interés del sujeto actuante, sea la acción ruin o abnegada. Tanto el asaltante de bancos que apunta a que le salga bien el atraco como la Madre Teresa, en cuyo interés personal está el cuidado de sus leprosos, en ambos casos proceden por el referido móvil.

    El eje central de la cooperación social en un sistema abierto se sustenta en que todos para progresar deben atender las necesidades de su prójimo. Se trata de demandas cruzadas en los intercambios, por eso es que suelen agradecerse recíprocamente en un comercio luego de la transacción. Lo que le preocupaba a Mandeville y mucho más nos preocupa a esta generación es la incomprensión manifiesta de lo dicho, e irrumpe el “ogro filantrópico” al decir de Octavio Paz, un esperpento que en nombre del aparato estatal aplasta derechos y libertades de los gobernados a través de controles absurdos, pesadas cargas fiscales, inflaciones galopantes, sindicatos que abdican de sus funciones y en su lugar perjudican a sus supuestos representados, sistemas de inseguridad antisocial, cerrazón al comercio con el mundo. Todo conducido por megalómanos disfrazados de hadas madrinas que todo lo destruyen a su paso degradando el concepto de solidaridad, ya que se inspiran en la expropiación del fruto del trabajo ajeno.

    Esta lección de Mandeville luego fue retomada también por uno de los más destacados exponentes de la Escuela Escocesa, a saber Adam Ferguson, que en 1767 subrayaba que los beneficios del interés personal cruzado en una sociedad libre son “el resultado de las acciones humanas mas no producto del diseño humano” al efecto de alejar de los burócratas “la arrogancia fatal”, tal como denominaba Hayek al ímpetu de los estatistas de siempre. En momentos en que en el llamado mundo libre la arremetida de los planificadores y alquimistas sociales hace peligrar la existencia de la misma libertad, resulta de interés repasar y releer el mensaje central de Mandeville, especialmente cuando se observa una malsana tendencia a abandonar los preceptos de la democracia para convertirla en cleptocracia, lo cual en lugar de preservar intacto el respeto a los derechos de las personas, tal como recomiendan los Giovanni Sartori de nuestro tiempo, en muchos lugares se opta por gobiernos de ladrones de sueños de vida, propiedades y libertades. Se deja de lado la columna vertebral de la democracia para sustituirla por el mero recuento de votos, con lo que se podría concluir que Hitler era demócrata porque asumió con la primera minoría en un proceso electoral, o el sistema implantado por el dictador venezolano que habla con los pajaritos.

    Tal como se ha consignado respecto de Mandeville, el estilo burlón y satírico aplicado a ciertos temas no siempre es conducente, procedimiento a que recurre este pensador en su desesperación para que se comprendan puntos centrales de la convivencia civilizada. Mandeville es el principal responsable de haber refutado lo que se conoce como “darwinismo social”. Darwin mostró que en el reino de la biología las especies más aptas eliminan a las menos competentes, mientras que Mandeville explicó con lujo de detalles que en materia social la libertad hace que los más eficientes, los más fuertes, como una consecuencia no necesariamente buscada, inexorablemente transmitan su fortaleza a los más débiles por las inversiones que son la única causa de salarios e ingresos en términos reales.

    Otro punto sobresaliente en los trabajos del autor que estamos comentando es el referido a lo que en términos modernos de la teoría de los juegos se denomina la suma cero. Esto es el pensar que en las relaciones interindividuales no hay ganancias de las dos partes en una transacción, como si se beneficiara solo la que recibe dinero, sin percatarse de que en las contrataciones libres las partes involucradas ganan. La riqueza no trata de un pastel estático que se divide en partes, sino de un proceso dinámico de crecimiento que no se refiere a cantidad material, sino a valores incrementados. Recordemos aquello de “todo se transforma, nada se consume” en el universo. Los teléfonos antiguos tenían mucha más materia que los modernos, sin embargo estos últimos prestan infinitamente mayor cantidad de servicios, por ende proporcionan mayor valor. En resumen, Mandeville es para nuestra época.