Etiqueta: políticas públicas

  • Guy Sorman sostiene que Trump, va de fracaso en fracaso

    En su artículo “Trump, de fracaso en fracaso”, publicado originalmente en ABC y retomado en medios como El Almendrón, el economista y pensador francés Guy Sorman traza un balance crítico de la presidencia de Donald Trump tras un año de su elección. Lejos de adherirse a la retórica triunfalista que el propio Trump suele emplear, Sorman presenta una mirada crítica y fundamentada en resultados concretos, poniendo en cuestión la eficacia de las políticas y el impacto real de su gestión sobre la economía, la democracia y la política exterior estadounidense.

    Desde el inicio, Sorman sostiene que Trump —quien proclama ser “el mejor presidente de la historia de Estados Unidos”— ha acumulado fracasos palpables en elementos que afectan directamente a la vida cotidiana de los ciudadanos. Como ejemplo, el autor menciona la subida del precio del café, producto emblemático del consumo estadounidense, tras la imposición de aranceles elevados a las importaciones de Brasil. Sorman utiliza esta anécdota para ilustrar que las políticas proteccionistas de Trump no han producido los beneficios prometidos, sino que han generado incertidumbre y volatilidad en sectores clave como el comercio y la agricultura, donde el empleo y la producción se han resentido.

    Un punto central de la crítica de Sorman es que la economía estadounidense, aunque muestra crecimiento en términos agregados, lo hace gracias al dinamismo empresarial y a su liderazgo en tecnologías avanzadas, más que por las decisiones de la Casa Blanca. Esto sugiere que los beneficios observados no se deben al mando presidencial, sino al mercado y a los empresarios que operan independientemente del entorno político. En cambio, la imposición variable de aranceles y la hostilidad hacia la inmigración, según Sorman, están debilitando sectores como la construcción y la agricultura, elevando el desempleo y deteriorando la estabilidad de las cadenas de producción.

    Más allá de la economía, Sorman también aborda la erosión de las instituciones democráticas bajo el liderazgo de Trump. Afirma que el Estado de derecho, durante años considerado un pilar de la democracia estadounidense, se ha visto debilitado. Señala que el Departamento de Justicia, tradicionalmente independiente, ha sido utilizado como instrumento político para perseguir adversarios, y que la ampliación del uso del derecho de gracia —como en el caso de los indultos a participantes del asalto al Capitolio de enero de 2021— refleja una preocupante falta de respeto por la justicia imparcial.

    En ámbitos internacionales, Sorman destaca fracasos significativos en política exterior. Trump se jactó de haber alcanzado acuerdos de paz y haber terminado conflictos, pero la realidad muestra conflictos persistentes y relaciones deterioradas con aliados europeos. La negociación de un alto el fuego en Ucrania, por ejemplo, se describe como débil y sin avances sustantivos, mientras que la política hacia América Latina carece de foco y resultados claros.

    Asimismo, Sorman cuestiona la coherencia de la estrategia global de Trump, especialmente su aparente volatilidad en temas clave como comercio y alianzas. Más que una visión estratégica, el autor sugiere que las decisiones parecen responder a estados de ánimo o preferencias personales, lo que genera desconfianza y una mayor aversión de actores internacionales a involucrarse con la economía estadounidense.

    Finalmente, Sorman califica a Trump como un “accidente” en la historia estadounidense: un líder cuya prioridad personal por la gloria y el enriquecimiento propio ha eclipsado los intereses de la población y el fortalecimiento de instituciones democráticas. Según este análisis, incluso muchos de los seguidores de Trump, divididos y desencantados, se darían cuenta de que las promesas transformadoras no se han traducido en realidades que mejoren su calidad de vida.

    En conjunto, el artículo de Sorman presenta una crítica sustantiva y argumentada sobre los resultados de la presidencia de Trump: un tablero de fracasos más que de logros, especialmente cuando se evalúan con criterios económicos, institucionales y de política exterior. Este enfoque invita a reflexionar sobre la eficacia de liderazgos centrados más en la retórica personal que en políticas coherentes y sustentables.

  • La culpa no es del inmigrante: es del sistema

    La discusión sobre el inmigrante suele nublarse con emociones, prejuicios y simplificaciones. Pero si realmente queremos entender qué pasa —y qué no pasa— lo primero es recordar un principio básico de pensamiento crítico: correlation is not causation.
    Es decir: que dos cosas ocurran juntas no significa que una cause la otra.

    En fenómenos complejos, como la economía, la seguridad o la movilidad social, no existe una única causa suficiente. Siempre hay múltiples variables interactuando al mismo tiempo. Y adjudicarle toda la responsabilidad a un solo grupo —por ejemplo, los inmigrantes— no solo es conceptualmente incorrecto: es políticamente funcional, porque desvía la atención de quienes sí diseñan la estructura de incentivos de una sociedad.

    Argentina, Chile, Panamá o los Estados Unidos, son un caso ejemplar. Estos países fueron construidos por olas migratorias que buscaban libertad, trabajo, paz y la posibilidad de “hacerse la América”. Y lo lograron —no porque el continente fuera perfecto, sino porque el marco institucional permitía a cada persona trabajar, arriesgar, emprender y prosperar sin esperar subsidios ni protecciones especiales.

    Ese punto es clave: el inmigrante histórico venía detrás de libertades, no detrás de beneficios. No buscaba refugiarse en un Estado paternalista, sino en un sistema que lo dejara desarrollar su propio destino.

    El problema contemporáneo es distinto, y no por culpa del inmigrante. Si un país ofrece acceso irrestricto a bienes y servicios financiados con impuestos locales —sin requisitos claros de residencia, aportes o integración— la responsabilidad es de la política pública, no del individuo que responde racionalmente a los incentivos disponibles. Lo mismo ocurre con los temores que hoy circulan sobre religión, violencia o choques culturales: imputar colectivamente delitos, valores o intenciones a millones de personas que migran es tan irracional como injusto. La evidencia global muestra que la inmensa mayoría migra para trabajar, estudiar, escapar de regímenes opresivos o simplemente buscar una vida más segura. La violencia no “viene” con una nacionalidad, ni con una religión; emerge cuando los Estados fallan en asegurar justicia, garantizar la paz y hacer observar las reglas, que deben ser claras para todos.

    El error no está en abrir las puertas, sino en no fijar condiciones transparentes y parejas para quienes entran y para quienes ya están dentro. Criminalizar al migrante es siempre más fácil que admitir fallas estructurales —pero es, además, profundamente equivocado. Por eso, cuando alguien afirma que “la inmigración genera costos”, habría que corregir la frase: no es la inmigración; es la mala política migratoria.

    Si una reglamentación incumple la Constitución o crea beneficios que generan distorsiones, la solución no es cerrar la puerta a quienes vienen a trabajar, sino corregir la norma, ordenar el sistema y alinear incentivos.

    Culpar al inmigrante por aprovechar un marco institucional mal diseñado es tan absurdo como culpar al consumidor por comprar productos en oferta. Las personas —locales o extranjeras— actúan siguiendo su interés. Los incentivos los define el Estado.

    Además, la evidencia global contradice la narrativa simplista de que “los inmigrantes cuestan y no aportan”. La comunidad india en Estados Unidos, por ejemplo, duplica el ingreso medio del país, domina sectores de alta tecnología y registra el promedio de IQ y nivel educativo más alto en segunda generación. Este dato no es necesario para un argumento libertario —que se basa en la igualdad de derechos, no en coeficientes intelectuales—, pero sí desmonta el prejuicio de que solo algunos grupos “valen la pena”. Hostigar a alguien que produce, programa, trabaja y general valor en la sociedad no solo es moralmente miserable: es económicamente suicida.

    Si queremos mejorar, empecemos por el diagnóstico correcto: los problemas no vienen de afuera. Vienen de un sistema roto que nadie quiere arreglar.

  • Informalidad, la otra cara de la moneda

    El periodista de La Prensa Rekha Chandiramani saca un interesante artículo intitulado “Informalidad ¿cómo vencerla?, y, como toda moneda tiene dos caras, a ver qué les parece el dorso de la que bien nos trae Chandiramani😊, quien basa su escrito en un análisis del Centro Nacional de Competitividad (CNC).

    La primera pregunta que se me vino a mente cuando leí el interesante artículo de Chandiramani fue: ¿Es mala la informalidad?
    No es malo querer proteger al trabajador; lo malo está en el pugilato entre los adulterados intereses de la politiquería y los auténticos intereses y necesidades de los trabajadores y… los emprendedores; pues no debemos ignorar que no todos los “informales” son “trabajadores”, en el sentido callejero del término. En fin ¿cómo hemos de llamar al trabajador que labora por cuenta propia?

    ¿De verás que nuestras autoridades gubernamentales laborales no entienden que el intervencionismo central tiene consecuencias no previstas y muy indeseables?, tales como: 1) Aumentar el salario mínimo vía la ley crea desempleo entre los trabajadores marginales; 2) que las políticas de protección feminista inducen a las empresas a contratar menos mujeres; 3) que las leyes de protección laboral son el motor de la AI y la robotización; etc.?

    Otro elemento que es vital en todo emprendimiento en todos los sectores, sean empresariales o los llamados “laborales”, es la capacidad de ajuste o flexibilidad para enfrentar los cambios que pocos prevén y no son fáciles de ajustarse a ellos. La experiencia que hoy tantos desconocen y los viejos olvidan fue que durante la Gran Depresión las normas de protección laboral fueron las culpables de aumentar y prolongarla.

    En los EE.UU. y ahora en Latinoamérica hemos ido creando la Bable de llamar “liberalismo” al antiliberalismo, neoliberalismo o socialismo. Tales fueron las llamadas privatizaciones que al tomar monopolios gubernamentales y transformarlos en monopolios medio privados; fórmula perfecta para crear billonarios. El caso de Venezuela ilustra en grande, cuando vemos un gobierno “democrático” en dónde no hay libertad.

    Típico son normas laborales y demás programas gubernamentales antipobreza que no pasan de ser el curandero estatal dando tratamiento a los desordenes que él mismo conjuró. La vida trae sus propios desórdenes y desafíos y, tristísimo es ver que nuestras “autoridades” en vez de tirar salvavidas lo que hacen es aventar anclas normativas.

    ¿Qué sería una persona con título de “autoridad gubernamental” sin un programa tipo conjuro que aduce eliminar o mitigar la pobreza? Luego de la Invasión, vimos al gobierno de Endara gastando millones para reconstruir los guetos destruidos pues ¿qué sería de los pobres políticos sin pobres clamando asistencia gubernamental? Guetos de los cuales es casi imposible fugarse.

    Fuimos dotados en Creación con la capacidad de resolver nuestros problemas dado que sentarse a esperar que tío político los resuelva es… mejor ni lo digo. Lo que sí digo es que tantos problemas, cada uno muy particular, no pueden ser resueltos desde el Palacio de las Garzas o, mejor dicho, el Palacio de los Gallotes Políticos.

    Las normativas típicamente están diseñadas para crear pobreza y dependencia; lo cual me consta luego de 14 años como funcionario y dos veces director de una institución gubernamental; ambas veces despedido por no permitir la robadera.

    ¿Cuándo aprenderemos que la economía nace, crece y vive entre la población y no entre los gallotes carroñeros políticos? ¿De dónde crees que nacen los mercados negros si no es de las normativas negras?; tal como la de salarios mínimos y control de precios.

    ¿Cómo es que hoy día sale más económico viajar en Uber que en los taxis amarillos? Pues, porque los Uber y tal no están tan regulados o controlados por la mafia del transitar. El “cupo” cuesta muy poco, pero la coima miles. ¿Qué son los conductores de taxi, trabajadores o empresarios? “Ni uno ni el otro sino todo lo contrario”.

    ¿Qué es la informalidad? Es no vivir en jaulas de zorros. ¿Somos tan ciegos que no vemos que mientras más pobre es la gente más necesitan la informalidad? Que para sobrevivir en la “formalidad” se requiere ser: Houdini, coimero o genio.

  • La Mochila Austríaca: Flexibilidad y Seguridad para los Trabajadores/Empleadores en Panamá

    La Mochila Austríaca: Una Herramienta Importante para los Trabajadores y su Potencial en la Modernización de la Legislación Laboral en Panamá

    En los últimos años, la «mochila austríaca» ha ganado atención como una herramienta innovadora en la gestión del empleo y la modernización de las legislaciones laborales. Este concepto, originado en Austria en 2003, busca ofrecer a los trabajadores mayor flexibilidad y seguridad en el mercado laboral. En este artículo, exploraremos qué es la mochila austríaca, por qué es importante para los trabajadores y cómo su implementación podría beneficiar a Panamá en la modernización de su legislación laboral.

    ¿Qué es la mochila austríaca?

    La mochila austríaca, también conocida como «cuenta individual de capitalización», es un sistema en el cual los empleados acumulan fondos a lo largo de su carrera laboral. Estos fondos son aportados por el empleador y pueden ser utilizados por el trabajador en caso de despido o al momento de su jubilación. La característica principal de la mochila austríaca es que los fondos pertenecen al trabajador y lo acompañan a lo largo de su vida laboral, independientemente de los cambios de empleo que pueda experimentar. Estos fondos, además, son gestionados en búsqueda de un rendimiento por empresas privadas creadas para tal efecto.

    Importancia para los trabajadores:

    La mochila austríaca ofrece a los trabajadores una mayor seguridad en el empleo y la posibilidad de acumular capital a lo largo de su vida laboral. En comparación con los sistemas tradicionales de indemnización por despido, donde el trabajador depende del empleador para recibir una compensación adecuada, la mochila austríaca brinda autonomía al empleado al permitirle gestionar sus propios recursos acumulados. Esto da lugar a una mayor movilidad laboral y una mayor capacidad para enfrentar situaciones de desempleo o transiciones entre empleos.

    Importancia para los empleadores:

    1. Reducción de los costos de despido: Con la mochila austríaca, los empleadores pueden disminuir los costos asociados con los despidos. En lugar de tener que pagar una compensación completa al trabajador al finalizar su contrato, los fondos acumulados en la mochila pueden utilizarse para cubrir parte o la totalidad de la indemnización. Esto alivia la carga financiera para el empleador y fomenta una mayor flexibilidad en la gestión del personal.

    2. Mitigación del riesgo laboral: La mochila austríaca permite a los empleadores reducir el riesgo laboral al ofrecer una estructura más predecible para los despidos. Al acumular fondos a lo largo del tiempo, los empleados tienen una red de seguridad en caso de desempleo, lo que puede reducir las demandas y los conflictos legales relacionados con los despidos. Esto proporciona estabilidad y certidumbre tanto para el empleador como para el trabajador.

    3. Incentivo para contrataciones y flexibilidad laboral: La implementación de la mochila austríaca puede fomentar la contratación y la flexibilidad laboral. Al tener un sistema en el cual los fondos acumulados por los empleados los siguen a lo largo de su vida laboral, los empleadores pueden sentirse más seguros al contratar personal nuevo, ya que los costos de despido pueden ser mitigados por los recursos disponibles en la mochila. Esto puede promover un mercado laboral más dinámico y facilitar la adaptación a los cambios económicos o empresariales.

    4. Mejora de la competitividad empresarial: Al reducir los costos de despido y brindar una mayor flexibilidad laboral, la mochila austríaca puede hacer que las empresas sean más competitivas. Los empleadores tienen la capacidad de ajustar su fuerza laboral de manera más eficiente en función de las necesidades cambiantes del mercado, sin incurrir en gastos excesivos en caso de reducciones de personal. Esto puede mejorar la agilidad empresarial y fortalecer la capacidad de adaptación a las fluctuaciones económicas.

    Países que implementan la mochila austríaca y sus beneficios:

    Varios países han implementado o considerado la implementación de la mochila austríaca en sus legislaciones laborales. Austria, el país de origen, es uno de los ejemplos más destacados. Otros países, como Alemania, Italia y Países Bajos, también han adoptado variantes de este sistema. Actualmente en España es un modelo en discusión. Los beneficios incluyen una mayor flexibilidad para los empleados, fomento de la movilidad laboral, reducción de los costos de despido para los empleadores y una mayor seguridad económica para los trabajadores en situaciones de desempleo.

    Importancia para la modernización de la legislación laboral en Panamá:

    La adopción de la mochila austríaca en Panamá podría representar una oportunidad para modernizar su legislación laboral y mejorar las condiciones para los trabajadores. La implementación de este sistema permitiría a los empleados acumular capital a lo largo de su vida laboral, brindando una red de seguridad en caso de desempleo. Además, la mochila fomentaría la movilidad laboral y facilitaría la transición entre empleos, lo que sería beneficioso para un mercado laboral más dinámico y competitivo.

    Además, al darle al trabajador la propiedad de los fondos acumulados en su mochila, se promovería la responsabilidad y el ahorro a largo plazo. Esto podría tener un impacto positivo en la estabilidad financiera de los empleados durante su vida laboral y en su jubilación. Claro que para los trabajadores con mucha antigüedad deberá contemplarse alguna compensación hasta que el sistema haga su transición y funcione a pleno, pero ello no es impedimento para los que se incorporan al sistema bajo esta modalidad.

    A modo resumen, la mochila austríaca se presenta como una herramienta importante para los trabajadores, ofreciendo mayor flexibilidad y seguridad en el empleo. La implementación de este sistema en Panamá podría contribuir a la modernización de su legislación laboral y mejorar las condiciones laborales de los empleados. Al brindar a los trabajadores la oportunidad de acumular capital y tener autonomía sobre esos fondos, se fomenta la movilidad laboral, se reducen los costos de despido para los empleadores, se reduce el riesgo laboral para el empleador y se promueve una mayor estabilidad económica para los trabajadores. La mochila austríaca podría ser una solución innovadora para fortalecer el mercado laboral panameño en beneficio de empleados y empleadores por igual.

  • La naturaleza de la bestia gubernamental

    Nos dice la Wikipedia que el estado profundo (“deep state”) es aquella gobernanza compuesta por redes potencialmente secretas y que, sin la debida autorización, operan independientemente del liderazgo oficial estatal; y que dichas redes persiguen agendas y fines propios, a las cuales también se les apoda de “gobiernos-sombra” (“shadow governments”) o estado dentro del estado. Sin embargo, habiendo yo trabajado 14 años en funciones gubernamentales, en las cuales dirigí, con rango de autoridad, dos veces una institución estatal, formé otra visión de lo que es el estado profundo o, como preferiblemente suelo llamarle el “gobierno profundo”.

    La definición de la Wikipedia tiende a sugerir que se trata de algo así como una red de conspiración; pero yo lo veo de otra forma. Veo al gobierno profundo como el resultado propio y natural del ejercicio del poder centralizado; realidad que es imperativo conocer y controlar para evitar el mal rumbo que llevamos. Que no se trata solamente de corrupción y conspiración sino de la realidad de las flaquezas humanas que se traducen en aprovecharse del puesto de poder. Pero, también entra en juego la inmensa dificultad de lidiar con una inmensa organización gubernamental centralizada pero disgregada en dónde cada órgano se centra en sus objetivos; o, lo que cree que son sus objetivos, sin la debida coordinación con los demás órganos estatales y sin la debida atención a los límites constitucionales.

    Pero, aún más allá y mucho más insidioso, hay otros factores sociales que también inciden en la formación o deformación del ente gubernativo; vale decir, hablo de aquellas culturas de la población que se han acostumbrado a la gobernanza corrupta y corrompedora. Que, es de esta realidad cultural de dónde se forman los partidos políticos, que luego quedarán encargados de gobernar; no con apego a los mejores intereses de la población sino del partido o peor, de las cúpulas del partido.

    Y más insidioso aún es el que no sólo sean las clases populares las que prohíjan la desordenada gobernanza sino que la patología hace metástasis al resto del organismo de la nación. He trabajado o lidiado con diversas organizaciones empresariales y sindicales en las cuales he sido testigo de los males que saco a relucir. Por ejemplo, a un consejo empresarial que se vende a bastardos intereses del poder central. O sindicatos dominados por espurios intereses ideológicos que quedan por encima del bienestar de sus asociados y de la comunidad. En resumen, el problema es mucho mayor e insidioso.

    Tomemos el caso del llamado MEDUCA, con sus 65,000 funcionarios, al cual “le” asignamos educar a nuestros hijos y que, supuestamente, debía regirse con apego a los fundamentos constitucionales de libertad de pensamiento, tránsito, propiedad y tal. ¿Es eso lo que promueve al MEDUCA? ¿Quién realmente manda en el MEDUCA? ¿Cuánto del poder y decisión lo ejercen los sindicatos y los intereses económicos mezquinos? En fin, el poder central le sustrae la savia económica a la población para darles a cambio un producto inservible.

    En conclusión, no estamos hablando de conspiraciones sino de lo que ocurre abiertamente ante nuestras narices, a ciencia y paciencia de todos. Pero, como bien en su momento señalara Bastiat: es la ley puesta al servicio de los inescrupulosos para proteger a los pillos de los probos. Para castigar a quienes osan advertir que el rey va desnudo en la procesión y aún así todos lo aclaman diciendo: “Robó pero dio”. No estamos hablando de una democracia sino de algo mucho más siniestro y peligroso.

  • Intervencionismo castrante

    Castrante, más allá de su sentido genital, lo definen en diccionarios como aquello que “limita la originalidad y libertad de ideas. Es la actuación de personajes y entidades políticas que, a través de meterse en lo que no deben, intervencionismo,  debilitan el poder llevar a cabo el curso normal y productivo de la sociedad. Es el padre o la madre autoritaria cuya actuación limita el desarrollo de sus vástagos. En fin, es una actuación contraria a la misma naturaleza del Creador que nos hizo libres para actuar, aprender, errar o tener éxito, como único camino de evolución.

    Desdichadamente, proponer a la politiquería burlesca y corrupta que deje de intervenir en lo que no le compete ni conviene a la sociedad, es caer en el desfiladero; caer en desgracia y correr riesgos de ser anulado por los personajes de mezquinos y procaces intereses. Lo que necesitamos es menos intervención central para ver si aún estamos a tiempo para evitar fatales colapsos, como lo de la CSS. O, tal vez me equivoco y resulta que el colapso es la única vía de solución que nos queda.

    Cuando dejamos que sean los actores del mercado los que, al compás de sanas limitaciones constitucionales, simples y claras, sean las que nos conduzcan por los mejores senderos del desarrollo, es que vamos por mejores caminos. Debemos evitar el proteccionismo estéril, los subsidios castrantes y los mercados sobre regulados que terminan logrando todo lo contrario al interés común o “social”, tal como sediciosamente fue plasmado en la actual constitución panameña.

    Imaginemos una familia en la cual el padre y/o la madre no permitan que sus hijos se desarrollen en experiencias, en criterio y en la sana búsqueda de un nuevo y mejor mundo. Una familia que produzca hijos castrados, incapaces de valerse por sí mismos.

    Alrededor del mundo, igual que en Panamá, el intervencionismo central, a través de malévolas leyes, de una castrante intervención educativa, del malgasto, sistemas de transporte viciados y tanto más. Y, ni hablar de un poder legislativo que se usa y se aprovecha de la autoridad para ser autores del mal.

    Casos como las vedas de pesca marina en épocas de desove, que sólo las cumplen las empresas pesqueras serias y fáciles de controlar; mientras que a los desordenados se les da rienda suelta para violar a sus anchas. O todos esos desordenados que en las vías conducen por los hombros, mientras se castiga a los respetuosos de las normas de tránsito que se resignan a los tranques. Una y otra vez la intervención es castrante y no edificante.

    Entre los grandes secretos y retos que aún asoma entre nuestros disparates constitucionales vemos, en el Preámbulo constitucional, lo siguiente: “Con el fin supremo de fortalecer la Nación, garantizar la libertad, asegurar la democracia… exaltar la dignidad humana…” Pero… ¿cómo vamos a lograr estos nobles fines cuando más adelante leemos cosas como: “El Estado intervendrá en toda clase de empresas… para hacer efectiva la justicia social…”.

    En su momento, altos personeros de la dictadura militar que se tomó, por la vía no democrática la facultad del intervencionismo castrante, declararon que ellos ya tenían el control de las armas, pero que les faltaba el controlo económico. Tristemente y desde entonces, poco saben y entienden qué hicieron con esos pérfidos poderes.

  • Panamá a la sombra de Panamá la Vieja

    Los seres humanos pasamos nuestras vidas recluidas en el intramuros de la frágil fortaleza de nuestra imaginación; mientras que el país decanta por los vertederos de la corrupción institucionalizada. Así es la sociedad en la cual vemos al mundo a través de los lentes de nuestra ignorancia mientras soñamos con carnavales y favores políticos. Y luego, celebramos los discursos de políticos independientes con la casi certeza de que el rancio centralismo seguirá marcando el compas de los desfiles patrios que auguran la entrada del nuevo partido que será tan viejo como las ruinas de Panamá la Vieja.

    Y no es que vivamos en una realidad estanca. No es que a diario no surgen nuevas realidades… ¡vaya si no las hay!, el problema es que cambiar “los viejos senderos torcidos que el pie, desde la infancia,” sin treguas recorrió, es harto difícil. Panamá esta profundamente dividida entre la sociedad forjada en el centralismo, un sector empresarial que lucha desesperadamente por sortear las riadas burrocráticas y el Panamá cuyo Canal ya no sólo es el marítimo sino uno terrestre entre páramos que arden en llamas y la esperanza de una mejor vida.

    Detrás de todo ello está la realidad de una costumbre gubernamental administrativa insostenible, como insostenible es la Caja del (supuesto) Seguro Social. Todas las sociedades van y vienen como las mareas y la marea en Panamá va de retirada en época de aguaje; en dónde, desde la Avenida Balboa se descubre el extenso lodazal de cieno de nuestra indolencia.

    La novedad que se agita en nuestro medio son los nuevos medios de comunicación en dónde ya los tradicionales diarios y la radio son “los árboles antiguos conocidos que al alma le conversan de un tiempo que pasó.” Y en ese vaivén entre la coima y el precio se va descubriendo el descaro de la corruptela política y en buena parte del alma de la ciudadanía crece la furia del atroz engaño. ¿Cómo no va a ser si cada bache de golpea el transporte nos repite una y otra vez, entre las llantas delanteras y las traseras: “corrupción, corrupción”?

    Y como bien señala un crítico del pensamiento político: “Una vez que la cultura política estrecha el sendero de la obscura triada, el narcisismo, Maquiavelismo, y la sicopatía, el resultado final no es sólo posible, sino inevitable.” B. Duncan Moench.

    El Panamá de ayer fue el Panamá de una rancia clase oligárquica que con el tiempo fue mutando y extendiéndose a la clase media y más allá. Hoy, las mansiones de lujuria no sólo están en los barrios exclusivos sin que brotan en los suburbios periurbanos como rosales en un campo de ortigas.

    El Panamá de hoy no reconoce ni celebra el emprendimiento como camino de prosperidad y bienandar, sino que practica la influencia en el servilismo. Ninguna sociedad puede funcionar desde el Palacio hacia abajo. Son tantos los politicastros que cacareando democracia practican la dedocracia del centralismo. Y todo ello desde las estancas aulas de un MEDUCA que mejor debíamos llamar NODUCA. En las escuelas gubernamentales no se aprende a emprender sino se enseña el servilismo y a decir cosas como “robó, pero dio al pueblo”.

    Ya el país no podrá seguir financiando su grotesco andar entre: estériles subsidios, llaves en manos, una planilla nacida en Cerro Patacón, feudales instituciones, una CSS que de “seguro” sólo tiene el colapso, un código de trabajo que asegura el desempleo, una constitución que no constituye sino pobreza… mejor lo dejo allí que si no me entienden a poco ya entenderán.

  • La tulivieja y el cambio climático

    Tanto la tulivieja como el cambio climático atraen a quienes gustan de las fábulas o, digamos, la ficción. Hoy día no parece pasar un solo día sin que en algún medio los periodistas no estén generando su chin-chin con algún cuento climático. Pero, mientras los lectores y audiencias de TV se sientan embobados comiendo los cuentos de Tulivieja, nos vamos distrayendo de la realidad y de las cosas que sí importan; tal como la conservación de los suelos.

    Mi madre construyó una casa de suelo cemento en las faldas del cerro Gaital, en el Valle de Antón y por años no tuvimos ningún problema en cuanto a que el terreno loma arriba era escarpado; hasta que otra persona lo compró para hacer una casa y derribó todos los árboles y removió todas las grandes rocas de su terreno, creando una gran extensión de nada con grama. Un día se desmandó tremenda lluvia y los torrentes de agua que bajaron del Gaital llenaron toda nuestra casa de tierra. A la larga fue bueno, ya que nos llenó el terreno de una excelente y fértil tierra superficial. La moraleja es que no debemos promover la aceleración de la escorrentía de las lluvias ya que no sólo se lleva el suelo superficial, sino que el agua ya no percola al suelo y se produce un efecto de desertificación.

    En países asiáticos los agricultores aprendieron a cultivar arroz en laderas; para lo cual creaban hileras de montículos que desaceleraban la escorrentía permitiendo la percolación del agua. De hecho, hasta los indígenas panameños antes de la llegada de los españoles usaban este sistema, junto con zanjas con peces; es decir, conocían la acuicultura, uno de los secretos de la fertilidad o ciclo de la caca y la descomposición.

    En Panamá hemos desnudado ¾ de la selva del país creando desiertos llenos de caca de vacas cuyo mayor pasatiempo es emitir metano por sus tubos de escapes intestinales; peos metánicos. Lo que se nos escapa es que el eslabón entre las actividades humanas, el carbón y el clima es el agua; ya que el suelo desnudo retiene menos agua y produce desertificación y disminución de la fertilidad y, con todo ello, más CO2 en la atmósfera. Ni hablar que la escorrentía se lleva todos los fertilizantes, pesticidas y otros contaminantes a los ríos y al mar.

    A todo ello, los llamados progres, zurdos empedernidos, luego de la caída del Muro de Berlín, vieron en todo ello la oportunidad de oro para convertir el cambio climático en su dogma de fe; el cuento de la tulivieja, para reclutar a millones de incautos distraídos. Dicho en términos simples: los combustibles fósiles son esenciales, ya que nos permitirán efectuar la migración hacia otras fuentes de energía limpia y económica; poniendo énfasis en “económica”.

    Tristemente, tantos mal llamados “ambientalistas” distraen de los verdaderos mecanismos de mayordomía planetaria. El secreto del agro está en el suelo, ese que apodamos “tierra”; el material del cual vinimos y al cual regresamos al fin del camino.

  • Cambio climático o lunático

    Hoy que leo en las noticias el gabinete aprueba la creación de un viceministerio del Cambio Climático, mi tristeza por mi patria dio un salto cuántico. ¿Hasta dónde vamos a llevar la farsa del cambio climático?; que no pasaría de ser otra estrategia ideal para ordeñar la vaquita estatal.

    ¡Por supuesto que hay cambio climático! La bufonada es que siempre lo hubo y lo habrá. El cambio está en todo. No hay nada que no cambie. El mismo universo está en cambio perpetuo. Ahora, cuando escucho a una “autoridad” hablar de la necesidad de un “marco regulatorio”, me pregunto: ¿¡De veras!?, ¿que piensan regular el clima planetario?. Siento un inmenso deseo de regresar a las cuevas.

    Luego hablan de la “reducción de gases de efecto invernadero…” y mi espanto crece. ¡Van a regular los peos! Mil dólares de multa para quien suelte uno en la calle. Y me disculpan por mi forma de decir las cosas, pero todo esto rompe el ridiculómetro. Si me dijesen que van a ponerle más atención a la deforestación, a la contaminación de ríos y tal, es otra cosa.

    Luego hablan de “proteger el planeta”. Eso sí me anima, si es que están hablando de combatir la ñamería y el desbocamiento de gobiernos que se meten en todo lo que no deben, mientras descuidan lo que sí deben. En Panamá, por ejemplo, no pueden siquiera tapar los cráteres en las calles o lidiar con las tuberías del “vital líquido”, pero… ¡eso sí!, vamos a lidiar con el clima planetario. ¡Esto es un circo!; pero uno de mala calidad.

    Y al final del artículo que leo en la prensa, la joya de “conseguir financiamiento climático con tasas más bajas…” Ya tienen al país endeudado hasta la coronilla y quieren endeudarlo hasta la curumba del Barú.

    Oración al Señor: Dios mío ayúdanos a evadir las políticas públicas que limitan nuestras posibilidades y hacen más difícil la vida, particularmente para los que menos tienen. Ilumina a quienes hablan de la apocalíptica crisis climática y líbranos de caer en las manos de politicastros que buscan nuevas formas de asaltar el erario de todos; a tal punto de que están dispuestos a endeudar a la nación para cambiar el clima que siempre ha cambiado y seguirá cambiando. Y, Señor, ayúdanos a entender, de una vez y por todas, que el mayor peligro para la humanidad nos llega por la vía de los gobiernos excedidos en tamaño y alcance que se van metiendo hasta en nuestras letrinas.

    En resumen, tal vez en un futuro no tan distante la humanidad, si nos dejamos del relajo, pueda llegar a hacer cosas extraordinarias. Pero, ahorita no tenemos la capacidad de regular el clima y de meter en horma a países que no se van a dejar meter en horma y seguirán echándose peos y más peos, sonoros, gaseosos, y nauseabundos. Que hay muchas cosas en que invertir que ayudarían mucho más a todos.

  • Las malas políticas y costumbres afectan a los más vulnerables

    La inmensa tentación de los políticos y, en particular, de los politicastros, es la de sucumbir a la tentación no sólo de complacer al votante que pide lo que daña y no le conviene, sino a la tentación de convertirse, a través de sus políticas, en agentes de la prestación de su pueblo. Es parecido al padre que da al hijo malcriado cosas que no le convienen.

    El otro factor agrio del debate político es el promover políticas o modelos que se originan en las vísceras y no en el cerebro. Y, ni entremos a ver como los neosocialistas tuercen el significado de las palabras para confundir. Divide y vencerás. O peor, destruye y vencerás.

    Por ejemplo, si abordamos el tema del precio de los alimentos, también debemos abordar otros elementos, tales como la producción, distribución y venta de estos. La mayor parte de lo que comemos viene de afuera y se advierte que habrá seria escasez, debido a Ucrania, el combustible, fertilizantes y tal. Pero, lo triste de ello es que la escasez no será, necesariamente, a una falta tecnológica sino a otros factores más elusivos; tales como las malas costumbres alimenticias y gubernamentales.

    Veamos un solo ejemplo, ocurrido en Venezuela, en donde a puerto llegaron barcos cargados de comida y la misma se pudrió en los contenedores debido a una desorganización en sus procesos y corrupción.

    Si lo que he venido vaticinando hace muchos años es cierto, que nuestros gobiernos comen tanto que se han vuelto maquinarias obesas e inservibles, entonces por allí va el mal. Lo malo y difícil es que bajar de peso no es nada fácil; ya sea en nuestros cuerpos o el de grasosos gobiernos.

    Un buen ejemplo de ello es nuestro hábito de comer cantidad de arroz y pocas frutas y vegetales. Los resultados de esas malas costumbres las vemos caminando por todas nuestras calles. Si tuviésemos más consumo de buenos alimentos, lograríamos más producción y menores precios; y, de ñapa, mejor salud y menos costos hospitalarios y de medicamentos.

    Por otro lado, la comida es una forma de energía; es el combustible que requiere nuestro cuerpo para andar, lo cual trae al tapete el tema de nuestras políticas energéticas. ¿Están estas en las mesas de diálogo?

    O está la terrible costumbre de politicastros de vilipendiar al empresario y al empresarialismo… el mejor ejemplo es ese “no a la privatización” que está en boca de la mayoría de nuestro pueblo. ¿¡De veras!? Si no crees en el emprendimiento ¿en qué crees? Si no lo sabes te lo soplo: la aspiración de muchos es ser funcionarios públicos o… receptores de subsidios. No sólo los politicastros han vendido estas ñamerías, sino los gobiernos a través del MEDUCA; ese que NODUCA.

    En resumen y, como dice el proverbio chino: “en cada crisis hay oportunidades”. Hoy, en medio del alboroto, se nos está presentado la oportunidad de cambiar malos caminos; oportunidad que surge, gracias a que ¡por fin!, estamos comenzando a despertar. El gran reto es el de aprender a pensar desde el órgano de arriba y no el de abajo.