Categoría: Acción Humana

  • Tiranía, pasividad y el espejismo del salvador externo

    Los acontecimientos ocurridos entre el 2 y 3 de enero de 2026, en torno a la extracción de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos, han generado una avalancha de interpretaciones, conjeturas y celebraciones apresuradas. Sin embargo, conviene hacer una aclaración básica: no somos analistas de inteligencia ni contamos con información privilegiada. Todo aquello que exceda lo oficialmente confirmado es, en el mejor de los casos, especulación. Y precisamente por eso resulta más productivo concentrarnos en lo que sí sabemos con certeza: cómo se construye una tiranía y cuál es el rol que juegan las sociedades en ese proceso.

    Una tiranía no aparece de un día para otro. No irrumpe como un rayo en cielo despejado. Se edifica lentamente, casi siempre con la complacencia —cuando no con el aplauso— de una ciudadanía que vota y luego se desentiende. Que delega su responsabilidad cívica en el acto electoral y se retira a la comodidad de la vida privada, mientras las instituciones se erosionan, la prensa es hostigada y el poder se vuelve cada vez más opaco y concentrado.

    La pasividad frente al nepotismo, la falta de rendición de cuentas, los discursos violentos contra el disidente y la degradación del debate público es el terreno fértil sobre el cual florece el autoritarismo. Especialmente grave es el silencio de las élites ilustradas: una población educada que calla, que se vuelve cínica o relativista, y que acepta atropellos porque el gobierno se autodefine “pro-mercado”, olvidando que el mercado sin derechos individuales es sólo un reparto de privilegios entre amigos del poder.

    Cuando el deterioro ya es evidente y algunos deciden levantarse, el desenlace suele ser trágico. Los pocos que resisten terminan convertidos en mártires, no sólo por la brutalidad del régimen, sino también por la cobardía de quienes eligieron no acompañar. El caso de Óscar Pérez, asesinado en 2018 tras rebelarse contra el régimen chavista, es un recordatorio incómodo de esa verdad.

    La historia ofrece advertencias claras. Thomas Jefferson lo expresó sin eufemismos: El árbol de la libertad debe ser vigorizado de vez en cuando con la sangre de patriotas y tiranos: es su fertilizante natural. Creer que la libertad se conserva por inercia es una ilusión peligrosa.

    En este contexto, la salida de Maduro del poder puede ser vista como una buena noticia, pero no debería celebrarse sin matices. El derecho internacional público, consensuado tras la Segunda Guerra Mundial, lleva tiempo siendo vulnerado, y normalizar su violación sólo porque el resultado nos resulta conveniente es un precedente preocupante. La excusa de criminalizar la droga, ha servido reiteradamente como ley-garrote: un instrumento legal flexible que permite intervenir donde, por otros medios, estaría vedado.

    Estados Unidos no actúa movido por un repentino fervor democrático. Tampoco por una necesidad energética inmediata. La clave está en la geopolítica: China ha ocupado, mediante financiamiento y préstamos, un espacio que Washington descuidó durante décadas en América Latina. El llamado “patio trasero” se convirtió en zona de disputa estratégica, y Venezuela es una pieza central en ese tablero.

    El problema de fondo, sin embargo, no es externo. Cada intervención extranjera refuerza el riesgo moral de sociedades que esperan un salvador cuando la situación se vuelve insostenible. Mientras exista la expectativa de que alguien más resolverá el problema, no habrá incentivos reales para construir ciudadanía responsable, límites al poder y cultura institucional.

    Venezuela es una advertencia. La tragedia que vive hoy comenzó con decisiones complacientes, toleradas por una mayoría que confundió procedimientos con democracia y votos con libertad. Así se construyó a tiranía chavista. Ojalá esta experiencia sirva como lección para el resto de la región. Madurar como sociedad implica abandonar la lógica del amo benevolente y asumir, de una vez, que la libertad no se delega ni se importa: se defiende todos los días.

  • ¿Qué es la Asistencia Social?

    Escribir enfocando temas como el de la pregunta del título de este escrito tiene sus altibajos; y comienzo por los bajos. Debido a que son temas poco o mal abordados en los medios tradicionales, una mitad de la población no los conoce o entiende y la otra… si acaso los entiende la desatiende. ¿Y por qué habrían de desatender temas tan importantes como el de la “asistencia social”? Por variedad de razones; pero quizá las más relevantes son: 1) criticar la asistencia social no es popular; 2) no saben qué hacer al respecto, particularmente en el ámbito politiquero y así se menea la tamborera.

    Pero, para entrarle al tema por la puerta principal, que sería la del verdadero significado de la frase “asistencia social”, se trata de “programas de ayuda económica o servicios para personas en necesidad.” Y, de salida, entramos en el laberinto de la realidad y del entendimiento; es decir: ¿cómo y por qué quedan tantos atrapados en necesidad de asistencia; y entonces viene la palabrita “social”. ¿Qué es eso de “asistencia social?”

    Para un político bien puede ser la oportunidad de subir y quedarse sembrado en puestos de disque “autoridad” que le redundan en gratificaciones $$$. Y digo “disque autoridad” ya que la verdadera “autoridad” resuelve y no usa su “autoridad” para pelechar. Y voy al meollo del asunto: Que la verdadera asistencia social debería apuntar a lograr que la gente no requiera asistencia social económica; y ello por muchas razones de peso:

    1. La verdadera asistencia social no debería ser un fin en sí misma, sino un medio temporal para empoderar a las personas y comunidades, fomentando su autosuficiencia.
    2. El verdadero asistencialismo no crea más dependencia y miseria; detrás de lo cual hay razones económicas, sociológicas y tal. Si lo haces mal, terminas creando una dependencia crónica.
    3. Cuando personas faltas de motivación logran supuestos subsidios, pierden el des superación, creando patrones intergeneracionales, con familias enteras estancadas en una cultura de servilismo.
    4. El villano es el clientelismo electoral; en dónde, por ejemplo, legisladores en vez de legislar facilitando el emprendimiento hacen lo contrario. Por algo en Panamá la formalidad va en picada y la informalidad en ascenso.
    5. El mal asistencialismo genera corrupción que desvía recursos productivos en actividades improductivas. No más hay que ver los millardos que se han descubierto en los EE.UU., de fondos de supuesto asistencialismo que han terminado enriqueciendo a malandrines y otros han ido aparar a Somalia.

    Estos son apenas unos apuntes de efectos terribles del mal asistencialismo, que promueva dependencia prolongada o permanente, erosionando la autoestima; y ni hablar que crea división de clases.

    La verdadera asistencia social no debe venir de arriba hacia abajo, no es un asunto gubernamental; es decir, de los políticos hacia Tío Pueblo, sino que quien verdaderamente está en posición de asistir es el “prójimo”; ese que estando “próximo” y conoce al necesitado le puede ayudar.

    Es terrible que los supuestos políticos crean que su función es andar confiscando y repartiendo para quedarse con el filete. Y el enorme problema y reto es ver cómo salimos de ese lodazal de maleantería política que lo hemos establecido como cosa buena.

    La parranda de llamados “subsidios” siempre tiende a ir en aumento, pero ya llegará el momento en que sea insostenible y quienes pagarán son nuestros hijos.

    En fin, más prueba que en Minnesota que han defraudado con el programa de “asistencia social” por más de $9 mil millones y viene mucho más; dinero que ha ido a bolsillos políticos y peor, a parar en grupos terroristas islámicos. Si allá llueva, por acá no escampa.

  • Milton Hershey: por un 2026 con más empresarios como él.

    Hay historias empresariales que incomodan al relato dominante. No porque sean perfectas, sino porque demuestran que otra relación entre capital y sociedad es posible sin pasar por el Estado. La de Milton Hershey es una de ellas.

    En una época —finales del siglo XIX y comienzos del XX— marcada por monopolios protegidos, aranceles, concesiones y connivencia política, Hershey eligió un camino distinto: crear valor real, competir en el mercado, y luego devolver a la sociedad no vía impuestos ni prebendas, sino mediante propiedad privada organizada con fines educativos.

    Su mayor legado no es el chocolate. Es el Milton Hershey School Trust.

    El gesto radical: donar la propiedad, no el excedente

    En 1918, Milton Hershey tomó una decisión que aún hoy resulta subversiva: entregó el control económico de su empresa a un fideicomiso educativo destinado a sostener una escuela para niños huérfanos y vulnerables. No fue filantropía cosmética. No fue “responsabilidad social empresaria”. No fue deducción fiscal oportunista.

    Fue algo mucho más profundo: una renuncia voluntaria al control del capital para garantizar una misión concreta, sin intermediación política.

    Desde una perspectiva libertaria, este punto es crucial:

    • Hershey no pidió subsidios ni impuestos reducidos.

    • No reclamó privilegios regulatorios para su escuela.

    • No delegó la educación en el Estado.

    • No esperó el rediseño de la sociedad desde arriba.

    Simplemente dijo: “Esto es mío. Y con esto voy a financiar educación, de forma privada, permanente y autónoma.”

    El Trust como antítesis del capitalismo prebendario

    El capitalismo prebendario —el que hoy se fomenta desde sistemas políticos capturados— funciona al revés:

    • Empresas que no compiten, sino que hacen lobby.

    • Fortunas que no crean valor, sino que capturan rentas.

    • “Filantropía” que depende del favor estatal.

    • Educación convertida en instrumento ideológico.

    El Trust de Hershey rompe ese esquema.

    El fideicomiso:

    • No depende del presupuesto público.

    • No está sujeto a ciclos electorales.

    • No responde a sindicatos estatales ni burócratas.

    • Vive o muere según la buena administración del capital.

    Es educación financiada por mercado, sostenida por propiedad privada y blindada frente al populismo. Para un libertario, esto no es una anécdota moral: es arquitectura institucional.

    Educación sin Estado (y sin resentimiento)

    La Milton Hershey School no nació como un experimento ideológico, sino como una solución concreta: formar personas capaces de valerse por sí mismas.El foco no era la igualdad forzada, sino la movilidad real. No la victimización, sino la responsabilidad personal. No el adoctrinamiento, sino el oficio, la disciplina y la dignidad del trabajo.

    Hershey entendió algo que hoy parece olvidado: la educación no necesita ser estatal para ser inclusiva, necesita ser sostenible, exigente y honesta.

    Un empresario, no un redentor

    Desde el punto de vista libertario, hay algo aún más valioso: Hershey nunca quiso ser un salvador social. No escribió manifiestos.
    No intentó “reformar el sistema”. No pidió que otros siguieran su ejemplo por ley.

    Actuó como empresario: Creó riqueza. Asumió riesgos. Compitió. Ganó. Y luego decidió libremente qué hacer con lo suyo.

    Ese es el orden correcto.

    Todo lo demás —impuestos forzados, redistribución política, filantropía obligatoria— es una inversión moral del proceso.

    Por un 2026 con más Milton Hershey y menos empresarios prebendarios

    Cerrar 2025 recordando a Milton Hershey es recordar que:

    • El capital no es el problema, sino su captura.

    • La desigualdad no se corrige destruyendo riqueza, sino creándola y usándola con inteligencia.

    • La educación florece cuando está protegida de la política.

    • El empresario auténtico no vive del Estado, vive del cliente.

    Hershey no fue un santo. Tampoco fue perfecto. Pero entendió algo esencial que hoy escasea: el verdadero legado no se vota, no se subsidia, no se decreta. Se construye.

    Desde Goethals Consulting, cerramos 2025 con ese deseo: que el talento vuelva a ser premiado, que volvamos a confiar en la libertad, no porque sea perfecta, sino porque es humana, y que el éxito deje de pedir perdón. Porque cuando el capital es libre y responsable, no necesita redención. Necesita propósito. Por un 2026 con más historias como la del gran empresario Milton Hershey.

  • Navidad: la libertad nacida en un pesebre

    La Navidad suele ser presentada como una festividad de consumo, sentimentalismo o tradición vacía. Sin embargo, en su núcleo más profundo, el nacimiento de Cristo encierra una de las ideas más radicales —y paradójicamente más olvidadas— de la civilización occidental: la dignidad absoluta del individuo frente al poder.

    El relato evangélico no comienza en palacios ni en centros de decisión política. Comienza en un pesebre, en los márgenes del Imperio romano, lejos de César, de Herodes y de toda forma de autoridad coercitiva. El Dios cristiano no elige imponerse por la fuerza, sino hacerse hombre en la fragilidad, apelando a la conciencia y a la libertad de cada persona. No hay decreto, no hay ejército, no hay violencia fundacional. Hay un nacimiento humilde y una invitación.

    Ese gesto inicial contiene una intuición profundamente liberal: la verdad no necesita imponerse, solo proponerse. Cristo no obliga, llama. No conquista territorios, transforma corazones. No promete seguridad a cambio de obediencia, sino libertad a cambio de responsabilidad.

    En la tradición católica clásica, la libertad no es un capricho ni una licencia sin límites, sino la capacidad moral del ser humano para elegir el bien. Y esa libertad es tan central que Dios mismo la respeta, incluso cuando es usada para negarlo. La encarnación es, en ese sentido, el mayor acto de confianza en el individuo: Dios se hace vulnerable ante la libertad humana.

    El mensaje navideño también es profundamente antipoder. Jesús nace mientras el Imperio realiza un censo, una herramienta clásica de control estatal. María y José son desplazados por una burocracia que no los ve, no los cuida y no les ofrece refugio. La primera Navidad ocurre fuera del sistema, sostenida por redes voluntarias: pastores, viajeros, hospitalidad espontánea. No hay programa público ni planificación central. Hay comunidad, caridad y decisión personal.

    La caridad cristiana —tan mal entendida como asistencialismo forzado— es, en su raíz, un acto libre. No existe caridad sin libertad. No existe amor auténtico bajo coacción. En Navidad no se celebra la redistribución impuesta, sino el don voluntario: Dios que se entrega, personas que ofrecen lo poco que tienen, sin obligación ni recompensa.

    Desde esta perspectiva, la Navidad también nos recuerda un límite ético al poder político. Ninguna autoridad puede ocupar el lugar de la conciencia. Ningún gobierno puede arrogarse la misión de redimir al hombre. Cada vez que el poder promete salvación, repite la tentación que Cristo rechazó en el desierto.

    Celebrar la Navidad desde una mirada liberal no es vaciarla de sentido religioso, sino volver a su raíz más revolucionaria: la afirmación de que cada ser humano vale por sí mismo, que la fe no se impone, que el bien no se decreta y que la verdadera transformación nace de decisiones libres.

    En un mundo saturado de discursos, controles y violencias justificadas en nombre del bien común, la Navidad vuelve a susurrar una verdad incómoda: la esperanza no nace del poder, sino de la libertad.

    Y esa es, quizás, la tradición más subversiva que aún vale la pena defender.

    Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo les deseamos desde GCC.

  • ¿Quién o Qué es un Empresario? Usando las palabras correctas

    James V. Shuls y Neal P. McCluskey, en su libro Luchando por la Libertad de Aprendizaje, comienzan su introducción advirtiendo una realidad que pocos advertimos; y es que nuestra relación con el mundo y el prójimo es a través de palabras y el entenderlas y usarlas bien es esencial. La realidad que señalo nos llega en las Escrituras:

    -En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios (Juan 1:1).

    ¿Qué nos advierten las Escrituras? Que el Creador y su Creación se nos manifiesta mediante palabras que son luz y entendimiento. La palabra está en todo lo creado y, en ello nos fue entregada la llave hacia un mañana inimaginable.

    Y… ¿qué tiene ello que ver con los “empresarios”? Todo, ya que si no entendemos la palabra y la usamos mal nos alejamos del camino. Y, en el vocablo “empresario” está la gracia de quien emprende un camino en la división del trabajo y la creatividad; y que ese camino que ofrece soluciones es harto riesgoso. Y triste que hoy le hayamos viciado el sentido y el propósito.

    Al alterar las palabras y la semántica corrompemos la realidad y pervertimos el alma. “Empresarios” o emprendedores somos todos los que, lastimosamente y por razones vagabundas e ideológicas vilifican hasta las bondades; presentando al emprendedor como “explotador codicioso”. Y aunque en el mundo hay corrupción, generalizarla en los “empresarios” es la corrupción de la palabra y de la realidad.

    Tristemente los corruptos sobran y hasta el mismo vocablo “corrupto” lo hemos torcido; ya que tal no es sólo quien roba, sino todo el o lo que deja de servir su función; sea el burócrata, el político, clérigo, rico y pobre. Las generalizaciones son odiosas y destructivas; a punto que tantos no desean ser aquello que debían ser. Por ello Panamá está repleta de emprendedores asiáticos.

    Luego, al corromper el alma de la comunicación desfiguramos hasta la misma Creación, creadora de riqueza; de lo que es rico o sabroso, lo sano, lo productivo, lo que da gracia y amor. El empresario es todo el que arriesgando su patrimonio ofrece servicios, empleo y satisface las necesidades de la vida. Pero al decir cosas como “robó, pero le dio al pueblo”, enaltecemos al mismo demonio; ese que al final termina generando más pobreza y sufrimiento.

    Semejantes distorsiones no son meramente casuales sino producto del pecado de la envidia y del odio que se arraiga en las comunidades que sufren; tal como hemos visto con el “kulak”, o campesino exitoso que en la USSR se convirtió en enemigo del pueblo, deviniendo en más de 50 millones en exterminio y muchos más en hambrunas y terror. Recuerdo pasajes históricos en pueblos de Rusia en que en la noche parecía nevar… pero no era nieve sino cenizas de los hornos en los cuales incineraban personas.

    Y mejor no vayamos a la Cuba en la cual “burgués” justificó las expropiaciones masivas que han dado lugar a la pobreza masiva. O tantos sitios en Latinoamérica, como en Venezuela, en dónde “empresario” es malo, mientras que a los verdaderos malos los ungen de “autoridades”; cuando sólo son autores del mal.

    En fin, recuperar el lenguaje es recuperar la libertad. El “empresario” sólo es una persona que lucha en la marejada de la vida. Y, si el Verbo se hizo carne para revelar al Padre, también nuestro verbo o palabra debe hacerse carne para revelar la verdad y el amor por el prójimo y la creación. Mejor apartemos los ídolos y al resentimiento y aprendamos a emprender y amar.

  • Bots, trolls y granjas de interacción coordinada. Cómo funcionan.

    Las redes sociales suelen presentarse como “plazas públicas digitales”, espacios donde individuos intercambian ideas libremente. Sin embargo, desde hace varios años ese ideal se encuentra profundamente distorsionado por un fenómeno que combina tecnología, incentivos económicos y manipulación de percepción: bots, trolls y granjas de interacción coordinada.

    Entender cómo funcionan no es solo un ejercicio técnico, sino también económico. Desde una perspectiva cercana a la economía austríaca, estas prácticas pueden analizarse como mercados artificiales de atención dado su control gubernamental disfrazado, donde señales falsas reemplazan a intercambios genuinos.

    Bots, trolls y granjas: qué son y por qué se combinan

    Un bot es una cuenta automatizada que publica, comenta o interactúa siguiendo reglas programadas. Su fortaleza es el volumen y la velocidad.
    Un troll es una persona real que interviene deliberadamente para provocar, desgastar o desviar conversaciones. Su fortaleza es el lenguaje humano, el sarcasmo y la improvisación.
    Las granjas de cuentas combinan ambos: redes de bots y personas coordinadas para amplificar narrativas, atacar usuarios específicos o generar la ilusión de consenso.

    Hoy casi ninguna operación relevante es 100 % automática. Las plataformas detectan bots puros con relativa facilidad, por lo que las campañas más efectivas mezclan:

    • cuentas nuevas con cuentas antiguas “dormidas”,

    • automatización con intervención humana,

    • agresión directa con comentarios aparentemente moderados.

    El resultado es lo que las propias plataformas llaman comportamiento coordinado no auténtico.

    El incentivo económico detrás del ruido

    Un error común es creer que estas cuentas “opinan”. En muchos casos, operan bajo incentivos económicos claros.

    En X, gran parte de las campañas paga:

    • replies (comentarios),

    • menciones,

    • participación en hilos conflictivos.

    No suelen pagar RT ni likes porque:

    1. el comentario genera más visibilidad algorítmica,

    2. el conflicto prolonga la exposición,

    3. el ida y vuelta aumenta el “tiempo en pantalla”.

    Desde una lógica de mercado, estas granjas no buscan convencer, sino distorsionar señales. No quieren que cambies de opinión; quieren que el lector silencioso perciba que “todos piensan lo mismo”, o que el emisor original se desgaste y se retire.

    Es una forma de externalidad negativa informacional: el costo lo paga quien produce contenido genuino; el beneficio lo captura quien vende atención artificial.

    El problema desde una mirada austríaca

    La economía austríaca pone el foco en:

    • acción humana,

    • incentivos,

    • información dispersa,

    • señales de mercado.

    Las granjas de interacción funcionan exactamente al revés, y no sería un problema si quien está detrás es el mercado. En general, son políticos, gobiernos y organizaciones afines quienes contratan estas actividades para generar opinión favorable a sus políticas:

    • no hay acción genuina, sino simulación,

    • los incentivos están ocultos,

    • la información es centralmente coordinada,

    • las señales (popularidad, rechazo, consenso) son falsas.

    Así como los precios intervenidos distorsionan mercados reales, el engagement artificial distorsiona el mercado de ideas. El problema no es el desacuerdo, sino la falsificación sistemática de señales.

    Por qué debatir en replies suele ser un error

    Desde esta lógica, debatir en comentarios tiene tres problemas principales:

    1. Alimenta el incentivo
      Cada respuesta valida el modelo económico de la granja. Si hay replies, hay pago.

    2. No hay contraparte real
      Muchas cuentas no están ahí para intercambiar argumentos. Ignoran datos, repiten consignas y escalan el tono. No maximizan verdad; maximizan fricción.

    3. Desplaza el foco del mensaje
      El contenido original queda sepultado bajo ruido, ataques y falsas polémicas. El costo lo paga quien produce valor.

    Cerrar comentarios como decisión racional

    Cerrar replies no es censura ni debilidad. Es una decisión estratégica comparable a:

    • no negociar con precios controlados,

    • no competir en mercados intervenidos,

    • no responder a señales falsificadas.

    Cerrar comentarios:

    • reduce el incentivo económico del ataque,

    • corta la amplificación artificial,

    • protege el mensaje original,

    • obliga a que la crítica se haga desde cuentas propias (con costo reputacional).

    En términos austríacos, es una forma de retirar recursos de un mercado distorsionado.

    Una política racional de interacción en X

    Una política coherente para X debería partir de principios simples:

    • No todo comentario es orgánico.

    • No todo engagement es gratuito.

    • No todo desacuerdo merece respuesta.

    Responder solo cuando:

    • la cuenta muestra comportamiento humano real,

    • la pregunta es genuina,

    • la respuesta aporta valor a terceros.

    Responder una sola vez, sin ida y vuelta, y luego retirarse.

    Silenciar, bloquear o cerrar comentarios no es emocional: es higiene digital.

    X no es un mercado libre de ideas: es un entorno con incentivos distorsionados, actores coordinados y señales falseadas. Pretender debatir ahí como si todos jugaran bajo las mismas reglas es ingenuo.

    Desde una perspectiva tecnológica y económica, la respuesta no es indignarse ni “ganar discusiones”, sino alinear la conducta con los incentivos reales. A veces, la acción más racional no es hablar más, sino retirarse del ruido y dejar que el mercado genuino —el de las ideas reales— opere en otros planos.

  • Salario mínimo y empleo “mínimo” 

    Cada vez que se anuncia un ajuste al salario mínimo, el debate se enciende con la misma promesa: “subir el piso” para mejorar la vida de quienes menos ganan. Suena noble. Pero la pregunta incómoda sigue allí: ¿la norma realmente eleva el bienestar de los trabajadores más vulnerables o, en la práctica, termina cerrándoles la puerta del empleo formal?

    En Panamá, el salario mínimo no es una cifra única, sino un mosaico de tasas: se fija por región, actividad económica y tamaño de empresa, y se revisa al menos cada dos años. Eso no es un detalle técnico; es el corazón del problema. Cuando el Estado define precios —y el salario es un precio: el de la hora de trabajo— inevitablemente afecta decisiones de contratación, horarios, inversión y, sobre todo, supervivencia de negocios pequeños. El Decreto Ejecutivo del 10 de enero de 2024 formalizó ese esquema por hora y por categorías en todo el país.

    El marco reciente lo ilustra bien. En 2025, la propia mesa tripartita reconocía que el sistema vigente comprende 59 tasas para 74 actividades, y hablaba de un salario mínimo promedio alrededor de B/.636.80 mensuales; además, admitía que aún estaban en fase técnica sin cifras propuestas, revisando informalidad, mipymes y comportamiento del mercado laboral.  Ese punto es crucial: si el diagnóstico incluye informalidad y fragilidad empresarial, un aumento mal calibrado puede acelerar lo que se quiere evitar.

    Y, sin embargo, el proceso cerró con humo blanco. El 10 de diciembre de 2025, el Ministerio de Trabajo informó un “consenso histórico” entre trabajadores, empleadores y gobierno: nuevas tasas que regirán desde el 16 de enero de 2026, con ajustes descritos como escalonados y con ejemplos de incrementos de entre B/.9.50 y B/.15 mensuales en ciertos rubros y regiones.  Medios que citan despacho de EFE resumieron el resultado como aumentos de US$10 a US$15 al mes, también con entrada en vigor el 16 de enero de 2026.

    Ahora bien: incluso cuando el aumento es “moderado”, el impacto no se reparte parejo. En el mercado hay empresas holgadas y empresas al límite. Las primeras absorben costos o los trasladan con más facilidad; las segundas recortan turnos, frenan contrataciones o cierran. En esa transición, los primeros en quedar fuera suelen ser los de menor productividad inicial: jóvenes sin experiencia, trabajadores con baja escolaridad, personas con discapacidad, y quienes necesitan horarios flexibles. La ley, que pretendía ayudar, termina actuando como filtro.

    A esto se suma una realidad que hoy día ya nadie discute: la automatización avanza. Cuando el costo legal de contratar sube, la máquina compite mejor. No por maldad del empresario, sino por aritmética. Un incremento pequeño puede ser la gota que justifique el autoservicio, la cocina semiautomatizada o el reemplazo de tareas rutinarias.

    El objetivo debería ser que más gente gane más, sí, pero a través de productividad, formación, reducción de trabas y formalización, no solo por decreto. Si el salario mínimo se convierte en “empleo mínimo”, el precio lo pagan, paradójicamente, quienes menos margen tienen para esperar. Y esa es la ironía que Panamá debería vigilar muy de cerca en 2026.

  • Minería, propiedad y responsabilidad: una crítica al subsuelo estatal

    Desde un punto de vista liberal, la discusión sobre la minería suele desviarse hacia cifras agregadas: cuánto aporta al PIB, cuántos empleos genera o cuántos ingresos fiscales produce. Ese enfoque utilitarista, aunque común, elude la pregunta central: ¿con qué derecho se decide sobre el subsuelo y quién asume moralmente los daños que pueden producirse? En minería, esta omisión no es accidental, sino estructural. Cuando el subsuelo pertenece al Estado, la relación moral básica —persona, propiedad y responsabilidad— es reemplazada por una relación política: ciudadano, permiso y poder.

    El caso panameño sigue siendo ilustrativo precisamente por cómo se entrelazan decisiones judiciales, disputas políticas y una noción difusa de propiedad. La mina Cobre Panamá, una de las mayores del mundo, permanece sin operación productiva desde noviembre de 2023, cuando la Corte Suprema declaró inconstitucional el contrato que habilitaba su explotación. A diciembre de 2025, la mina continúa cerrada, sin reapertura autorizada, con actividades limitadas a mantenimiento, preservación ambiental y gestión de riesgos. El gobierno ha impulsado una auditoría integral independiente, cuyos primeros resultados preliminares comenzaron a conocerse a fines de este 2025 y cuyo informe final está previsto para inicios de 2026. Paralelamente, el diálogo entre el Estado y la empresa operadora, First Quantum Minerals, se mantiene abierto pero condicionado, sin que exista aún una decisión definitiva sobre reapertura, rediseño del proyecto o cierre permanente.

    Más allá del desenlace, el conflicto revela un problema moral profundo en la minería: la despersonalización de la responsabilidad que genera el régimen de propiedad estatal del subsuelo. Cuando el recurso “es de todos”, en los hechos no es de nadie en particular. Las comunidades cercanas a la mina no son propietarias, sino administradas. No otorgan consentimiento; apenas son informadas. Y cuando aparece un riesgo ambiental —afectación del agua, del suelo o de la salud— no existe un responsable claramente identificable frente a víctimas concretas, sino una cadena de permisos, excepciones y autoridades que diluyen la rendición de cuentas.

    Desde una ética liberal, esto es problemático. La libertad no consiste en autorizar actividades mediante decretos, sino en respetar el principio de no dañar a terceros y asumir plenamente las consecuencias cuando ese daño ocurre. El estatismo del subsuelo rompe esa simetría moral: quien decide no es quien sufre, y quien explota no responde directamente ante quienes cargan con el riesgo.

    Por eso, una salida libertaria no exige prohibir la minería ni idealizar la naturaleza, sino re-moralizar el sistema, acercando decisión y responsabilidad a las personas afectadas. Existen soluciones inteligentes de cooperación que no dependen de un Estado central omnipotente. Por ejemplo, acuerdos de servidumbre ambiental exigibles entre operadores y comunidades vecinas, donde se reconozcan límites claros de no-daño y obligaciones automáticas de reparación. O fideicomisos locales de garantía, financiados por la empresa mientras dure la actividad, administrados con participación ciudadana y liberados sin litigios cuando se verifiquen incumplimientos ambientales.

    Asimismo, el monitoreo ambiental con control comunitario y datos abiertos puede sustituir parte de la desconfianza política por verificación directa. No se trata de más burocracia, sino de más control por quienes viven con las consecuencias. Incluso mecanismos de arbitraje local o jurados vecinales permitirían resolver conflictos sin escalar cada desacuerdo al plano nacional, donde todo se vuelve ideológico y binario.

    El debate minero en Panamá —y en América Latina— no se resolverá preguntando si la minería “conviene” o no. La pregunta moral correcta es otra: ¿quién decide legítimamente sobre un territorio y quién responde cuando algo sale mal? Mientras el subsuelo siga siendo estatal, esas respuestas seguirán siendo evasivas. Paradójicamente, sólo allí donde la propiedad es clara puede hablarse de una protección genuina de las personas y del ambiente; los permisos políticos, en cambio, diluyen la culpa y vuelven moralmente opaca a la minería.

  • “Pequeñas” cosas que debemos a Albert Einstein

    Si preguntásemos a pie de calle por el nombre de un científico, las respuestas se repartirían mayoritariamente entre Albert Einstein, Marie Curie, Isaac Newton, Stephen Hawking y científicos locales, como Santiago Ramón y Cajal, o aparecidos en el cine, como Robert Oppenheimer.Según algunas encuestas, los cuatro primeros se quedarían con aproximadamente entre el 60 % y el 90 % de las respuestas y Albert Einstein saldría ganador, por goleada.

    Albert Einstein
    Retrato de Marie Skłodowska-Curie (1867 – 1934).
    Wikimedia Commons.

    Ahora bien, si preguntásemos a continuación por qué conocen a Einstein, la inmensa mayoría de los encuestados responderían ¡la teoría de la relatividad!, aunque no supieran de que trata tal teoría… Estaremos de acuerdo en que Einstein contribuyó al progreso de la ciencia con este logro, aunque también lo hizo en otros ámbitos, menos conocidos y de gran importancia en nuestro día a día.

    Cuatro artículos pioneros

    En 1905, antes de dar a conocer su teoría más reconocida, Albert Einstein publicó cuatro artículos merecedores, cada uno de ellos, del premio Nobel:

    Albert Einstein
    Efecto fotoeléctrico: emisión de electrones (en rojo) de una placa metálica al recibir suficiente energía transferida desde los fotones incidentes (líneas onduladas).
    Wikimedia Commons., CC BY
    • Sobre el movimiento de pequeñas partículas suspendidas en un líquido estacionario, según lo requiere la teoría cinética molecular del calor, en el que proporcionó evidencia empírica de la realidad del átomo y dio crédito a la mecánica estadística, una rama de la física relegada por aquel entonces.
    • Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento, avanzadilla de su gran teoría, en el que Einstein concilió las ecuaciones de Maxwell del electromagnetismo y las leyes de la mecánica clásica: propuso la velocidad de la luz como la máxima velocidad alcanzable, sólo accesible para los fotones.
    • ¿Depende la inercia de un cuerpo de su contenido de energía?, en el que Einstein dedujo la ecuación más famosa de todos los tiempos o, al menos, la más reproducida en camisetas y tazas de desayuno. La equivalencia entre la masa de un cuerpo en reposo y la energía en que puede convertirse: E=mc².

    Parecen resultados importantes y lo son. ¿Pero de qué nos sirve todo esto a la gente de a pie?

    Sincronización de relojes

    Cada vez que alguien abre Google Maps o el navegador del coche, el buen funcionamiento del GPS depende directamente de la teoría de la relatividad de Einstein.

    Los satélites que forman el sistema GPS se mueven muy deprisa y se encuentran lejos de la superficie terrestre, donde la influencia gravitatoria de la Tierra es menor. Einstein descubrió que el tiempo no avanza al mismo ritmo en cualquier circunstancia: la gravedad y la velocidad del objeto lo modifican. Los relojes de los satélites, por tanto, tienden a adelantarse o retrasarse respecto a los que hay en la superficie de la Tierra.

    Albert Einstein
    Telstar, el primer satélite de comunicaciones lanzado al espacio, en 1962.
    NASA.

    El sistema GPS corrige este efecto aplicando las ecuaciones de la relatividad especial y general. Si no lo hiciera, el posicionamiento tendría errores de varios kilómetros al cabo de un solo día.
    Del mismo modo, la infraestructura de internet y de las telecomunicaciones modernas depende de una sincronización extremadamente precisa entre relojes distribuidos por todo el planeta, muchos de ellos también en satélites.

    Si no se corrigieran dichos relojes acorde con la relatividad general, las redes eléctricas, los pagos electrónicos, la navegación aérea y el propio internet sufrirían fallos importantes.

    Cada conexión, cada videollamada y cada transacción bancaria se beneficia, sin que lo notemos, del modo en que Einstein cambió nuestra comprensión del tiempo y de la gravedad.

    Paneles solares: cuestión de fotones

    Los paneles solares modernos funcionan gracias al efecto fotoeléctrico, que fue explicado por Einstein en 1905 –fue este mérito lo que se premió con el Nobel en 1921–.

    Planteó que la luz está formada por paquetes de energía llamados fotones y que, cuando un fotón con suficiente energía golpea ciertos materiales, puede arrancar un electrón de su superficie. Esa expulsión de electrones es lo que genera corriente eléctrica en una célula solar.

    Todo panel fotovoltaico doméstico, toda farola solar y cada pequeño cargador solar portátil se basan exactamente en el proceso que este científico describió: luz que libera electrones y electrones que generan electricidad.

    Videollamadas y pantallas digitales

    La fotografía digital, las cámaras de los móviles, las webcams y prácticamente cualquier sistema moderno de captura de imágenes funcionan también gracias al mismo efecto. En los sensores CCD y CMOS, que sustituyen a la película fotográfica clásica, cada punto de la imagen es una minúscula celda que libera electrones cuando recibe luz.

    Esa liberación es medida electrónicamente y convertida en una imagen digital. El principio físico detrás de cada foto, vídeo o videollamada cotidiana es exactamente el que Einstein describió en 1905.

    Láseres grandes y pequeños

    Los láseres, que hoy en día aparecen en muy diversas aplicaciones, funcionan siguiendo un mecanismo que predijo Einstein: la emisión estimulada. En un artículo de 1917, aventuró que un átomo podía ser “forzado” a emitir luz idéntica a la que recibía, creando un haz de luz extremadamente puro, concentrado y ópticamente coherente.

    Décadas después, esta predicción se convirtió en el principio de funcionamiento del láser. Hoy en día, encontramos láseres en lectores de códigos de barras en el supermercado, en ratones ópticos, en impresoras láser, en reproductores de CD, en fibra óptica para internet y en algunos procedimientos médicos.

    Albert Einstein
    Láseres de estado sólido emitiendo en distintos colores. (Wikipedia)
    CC BY-SA

    Medicina nuclear

    La energía nuclear y varias técnicas médicas modernas dependen de la ecuación E=mc². Esa relación establece que una pequeña cantidad de masa encierra una enorme cantidad de energía.

    La comprensión de este vínculo permitió explicar el funcionamiento de los núcleos atómicos y abrió el camino a los reactores nucleares, pero también a usos médicos esenciales, como la radioterapia o las exploraciones PET (tomografía por emisión de positrones), que permiten diagnosticar enfermedades detectando pequeñas cantidades de radiación procedente de desintegraciones atómicas.

    Aunque no sea algo que una persona use directamente cada día, sí afecta profundamente a la salud pública y al tratamiento de millones de pacientes alrededor del globo.

    En definitiva, cada vez que alguien recibe un radiodiagnóstico o un tratamiento basado en física nuclear, consulta un trayecto en su GPS o carga su teléfono móvil con un panel solar, está aprovechando de algún modo una de las ideas de Albert Einstein.The Conversation

    Francisco José Torcal Milla, Profesor Titular. Departamento de Física Aplicada. Centro: EINA. Instituto: I3A, Universidad de Zaragoza

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Guy Sorman sostiene que Trump, va de fracaso en fracaso

    En su artículo “Trump, de fracaso en fracaso”, publicado originalmente en ABC y retomado en medios como El Almendrón, el economista y pensador francés Guy Sorman traza un balance crítico de la presidencia de Donald Trump tras un año de su elección. Lejos de adherirse a la retórica triunfalista que el propio Trump suele emplear, Sorman presenta una mirada crítica y fundamentada en resultados concretos, poniendo en cuestión la eficacia de las políticas y el impacto real de su gestión sobre la economía, la democracia y la política exterior estadounidense.

    Desde el inicio, Sorman sostiene que Trump —quien proclama ser “el mejor presidente de la historia de Estados Unidos”— ha acumulado fracasos palpables en elementos que afectan directamente a la vida cotidiana de los ciudadanos. Como ejemplo, el autor menciona la subida del precio del café, producto emblemático del consumo estadounidense, tras la imposición de aranceles elevados a las importaciones de Brasil. Sorman utiliza esta anécdota para ilustrar que las políticas proteccionistas de Trump no han producido los beneficios prometidos, sino que han generado incertidumbre y volatilidad en sectores clave como el comercio y la agricultura, donde el empleo y la producción se han resentido.

    Un punto central de la crítica de Sorman es que la economía estadounidense, aunque muestra crecimiento en términos agregados, lo hace gracias al dinamismo empresarial y a su liderazgo en tecnologías avanzadas, más que por las decisiones de la Casa Blanca. Esto sugiere que los beneficios observados no se deben al mando presidencial, sino al mercado y a los empresarios que operan independientemente del entorno político. En cambio, la imposición variable de aranceles y la hostilidad hacia la inmigración, según Sorman, están debilitando sectores como la construcción y la agricultura, elevando el desempleo y deteriorando la estabilidad de las cadenas de producción.

    Más allá de la economía, Sorman también aborda la erosión de las instituciones democráticas bajo el liderazgo de Trump. Afirma que el Estado de derecho, durante años considerado un pilar de la democracia estadounidense, se ha visto debilitado. Señala que el Departamento de Justicia, tradicionalmente independiente, ha sido utilizado como instrumento político para perseguir adversarios, y que la ampliación del uso del derecho de gracia —como en el caso de los indultos a participantes del asalto al Capitolio de enero de 2021— refleja una preocupante falta de respeto por la justicia imparcial.

    En ámbitos internacionales, Sorman destaca fracasos significativos en política exterior. Trump se jactó de haber alcanzado acuerdos de paz y haber terminado conflictos, pero la realidad muestra conflictos persistentes y relaciones deterioradas con aliados europeos. La negociación de un alto el fuego en Ucrania, por ejemplo, se describe como débil y sin avances sustantivos, mientras que la política hacia América Latina carece de foco y resultados claros.

    Asimismo, Sorman cuestiona la coherencia de la estrategia global de Trump, especialmente su aparente volatilidad en temas clave como comercio y alianzas. Más que una visión estratégica, el autor sugiere que las decisiones parecen responder a estados de ánimo o preferencias personales, lo que genera desconfianza y una mayor aversión de actores internacionales a involucrarse con la economía estadounidense.

    Finalmente, Sorman califica a Trump como un “accidente” en la historia estadounidense: un líder cuya prioridad personal por la gloria y el enriquecimiento propio ha eclipsado los intereses de la población y el fortalecimiento de instituciones democráticas. Según este análisis, incluso muchos de los seguidores de Trump, divididos y desencantados, se darían cuenta de que las promesas transformadoras no se han traducido en realidades que mejoren su calidad de vida.

    En conjunto, el artículo de Sorman presenta una crítica sustantiva y argumentada sobre los resultados de la presidencia de Trump: un tablero de fracasos más que de logros, especialmente cuando se evalúan con criterios económicos, institucionales y de política exterior. Este enfoque invita a reflexionar sobre la eficacia de liderazgos centrados más en la retórica personal que en políticas coherentes y sustentables.