Una reflexión desde el disenso sobre la figura del Papa Francisco, su pontificado y el peso simbólico de su partida.
No compartimos muchas de sus ideas. Fuimos críticos de su visión sobre la economía, del lugar que asignó al Estado en la vida de los pueblos y de ciertos gestos y silencios que, a nuestro juicio, tuvieron consecuencias políticas e históricas. Discrepamos con respeto, pero sin ambigüedades.
Y sin embargo, hoy —ante su partida— elegimos el silencio antes que la insistencia, la reflexión antes que la polémica.
Porque más allá de las diferencias, el Papa Francisco fue un hombre que cargó sobre sus hombros el peso de una de las instituciones más antiguas del mundo en un tiempo especialmente difícil. Su pontificado, iniciado en 2013, no fue uno más: fue el primero en venir “del fin del mundo”, el primer jesuita, el primer latinoamericano y el primer papa en más de 600 años en suceder a uno que había renunciado. La sola elección de Jorge Mario Bergoglio ya era, en sí misma, un gesto de ruptura histórica.
Su papado fue profundamente político, aunque él insistiera en lo contrario. Fue la voz de los márgenes, de los descartados, de una Iglesia que buscaba volver a las periferias, como él mismo decía. Reformó el discurso papal, denunció las desigualdades, abrazó causas sociales y climáticas, y no temió señalar a los poderosos. Para algunos, un gesto profético. Para otros, una confusión peligrosa entre lo pastoral y lo ideológico.
Pero más allá del acuerdo o el desacuerdo, nadie puede negar la centralidad de su figura. En un mundo cada vez más polarizado, Francisco eligió el puente antes que el muro, el diálogo antes que la condena, la ternura antes que el castigo. Con sus gestos —visitar cárceles, lavarle los pies a migrantes, arrodillarse ante la Virgen de Luján en silencio— comunicó mucho más que con sus encíclicas.
Para millones de creyentes, fue un faro de consuelo y una presencia paternal en tiempos de incertidumbre. Para otros, una figura incómoda y a veces difícil de comprender. Y quizás ahí radique parte de su valor: en haber sido un papa que incomodó, que no buscó agradar, sino provocar una reacción, una reflexión, un examen de conciencia.
Hoy, más allá de nuestras discrepancias, nos inclinamos ante la dimensión humana de su partida. Porque el dolor de una comunidad —en este caso, la católica— merece respeto, incluso por parte de quienes la miramos desde afuera o desde otra vereda.
El cristianismo pierde a un Pastor. Y el mundo pierde una voz que, con todo lo discutible que pueda ser, no fue indiferente ni tibia.
Un día un amigo me preguntó: “¿Sabes Johnny, cual es el mayor problema que tiene la humanidad?”; la sobrepoblación. Le dije que no compartía esa noción y eso fue hace muchos años, cuando deambulaba yo por los cincuenta o sesenta o algo así. Hoy, pasado mis 80 lustros y sentado en la soledad de mi aposento desván de la vida me salta ese incidente a la conciencia y creo es hora de contestarle a mi amigo; lo cual es muy difícil ya que se me adelantó en el camino a la próxima dimensión, de manera que la explicación se las pasó a quien lea estas líneas.
Gran parte de la población en este mundo piensa que demasiados humanos no es algo bueno; que debemos limitar la cantidad porque… ¡buena pregunta!, no “porque” sino ¿por qué? El argumento típico va por la línea del socialismo, del centralismo y de las mentes incapaces de asomarse al Universo y a la Creación. Personas que creen que los recursos, las riquezas y tal son finitas y que si aumenta la población hay que repartir entre muchos. De hecho, así funcionamos en Panamá: es la política con la cual los grupos de poder vienen engañando al pueblo; es el manantial de los programas que osamos llamar de “subsidio” cuando lo único que subsidian es la pobreza y la ignorancia.
Pero el asunto derrama mucho más allá de nuestro Panamá. Tomemos el caso de China, en dónde el gobierno llegó a prohibir más de un hijo por familia y hoy están en inmenso problema social y económico. No sólo por falta de quienes sustituyan a los viejos sino de quienes aporten más riqueza; riqueza de recursos, de ideas, y de amor. Se estancaron en un ayer obsoleto. Pero… ¿es eso lo que hemos visto al paso del tiempo y con el incremento poblacional? ¡Nop! Es miopía no ver los adelantos en recursos, en ciencias y tantas otras avenidas que nos abren camino al Más Allá.
Lo que muchos no ven es que los humanos estamos dotados de facultades únicas que hoy apenas comenzamos a atisbar. Cada ser humano es un manantial creativo, innovativo, capaz de abrir nuevos caminos, particularmente en comunión con sus hermanos cercanos y distantes; en un mundo en el cual lo distante ya prácticamente no existe.
Detrás de todo ello, y como bien lo señaló Huerta de Soto, más gente es más fuerza de desarrollo y cambio. Es el alma de la incomprendida “división del trabajo” que también es la división del conocimiento y, en particular, la del conocimiento emprendedor; que en Panamá se topa con el “no a la privatización”, que es lo mismo que decir, no al desarrollo.
En el emprendimiento de la población y no en el gobierno es dónde está la riqueza de la nación. Pero en Panamá el gobierno y sus torcidos políticos en infecciosa coyunda con malos emprendedores se enquistan en la misma carne del pueblo, como un cáncer mortífero. Simplemente no vemos que el conocimiento emprendedor es subjetivo, exclusivo, y propio de cada quien, a punto que no se puede centralizar. No más veamos que nuestros gobiernos no son evolutivos sino involutivos; es decir, dados a caminar hacia tras.
En fin, el mayor peligro en Panamá y el resto del mundo no reside en la «sobrepoblación», sino está en no ser capaces de conocer lo que es la creatividad humana. Que en vez de temer el futuro, debemos conocer el camino hacia el Más Allá; lo cual jamás encontraremos en los pasillos del Palacio de las Garzas y otros oscuros laberintos del centralismo.
La literatura hispanoamericana despide a una de sus figuras más ilustres. Mario Vargas Llosa, fallecido el 13 de abril de 2025 en Lima a los 89 años, deja un legado que trasciende las letras y se adentra en los dominios de la libertad, la política y la historia de América Latina. Premio Nobel de Literatura en 2010, y parte esencial del «boom» latinoamericano junto a García Márquez, Cortázar y Fuentes, Vargas Llosa dedicó su vida a explorar las tensiones entre el poder y la libertad, la moral y la corrupción, la historia y la ficción.
Entre su prolífica obra, La fiesta del Chivo (2000) ocupa un lugar central. No solo por su calidad literaria y su profundidad psicológica, sino por la contundencia con la que retrata los mecanismos del totalitarismo. Ambientada en la República Dominicana bajo la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, la novela alterna tres líneas narrativas: el regreso de Urania Cabral, hija de un político trujillista que regresa del exilio; los últimos días de Trujillo antes de su asesinato; y la historia de los conspiradores que acabaron con su vida.
Lo que Vargas Llosa logra en esta obra es más que una novela histórica. Es un testimonio feroz sobre cómo el poder absoluto degrada no solo a quienes lo ejercen, sino a toda una sociedad. El miedo, la obediencia ciega, la corrupción institucional y la degradación moral son los pilares de un régimen que, aunque caribeño y situado en los años 50 y 60, encuentra ecos inquietantes en nuestros días.
La fiesta del Chivo no es solo una denuncia del autoritarismo, sino también una meditación sobre la memoria, el trauma y la complicidad. Urania, la protagonista, representa a toda una generación marcada por el silencio, la represión y el dolor heredado. Su regreso a Santo Domingo no es solo geográfico, sino emocional: es la confrontación con un pasado que todavía duele, y cuya huella persiste.
En una época en la que resurgen liderazgos mesiánicos, discursos autoritarios y el desprecio por los límites institucionales, La fiesta del Chivo se vuelve urgente. Nos recuerda que los regímenes de fuerza no nacen de la nada: crecen con la indiferencia, se alimentan de la cobardía y prosperan en el terreno fértil del miedo.
Vargas Llosa escribió esta novela cuando ya era un intelectual consolidado, defensor de la democracia liberal y crítico implacable de los populismos, de izquierda y de derecha. Su postura ideológica —controvertida para muchos— nunca contaminó la honestidad de su literatura, que no evita mostrar la miseria humana incluso en los personajes más idealizados.
Hoy, al despedirlo, no solo lloramos al novelista que nos ofreció obras monumentales como Conversación en La Catedral o La ciudad y los perros. También nos despedimos del pensador que defendió, en cada línea, la libertad individual como principio innegociable.
La obra de Mario Vargas Llosa seguirá viva mientras se lean sus libros, pero La fiesta del Chivo, en particular, debería permanecer como lectura obligatoria para todos aquellos que, en tiempos de crisis, buscan entender cómo nace y cómo se sostiene una tiranía. Porque la historia —como la literatura— está ahí no solo para ser recordada, sino para no ser repetida.
¿Qué hace que unas fotos turísticas se vuelvan relevantes en redes sociales?
Una pareja sonríe frente a una catedral. Una joven se toma un selfie con un pincho en la mano. Un grupo de amigos se abraza en medio de una plaza empedrada. Estas escenas, cotidianas en Instagram, van mucho más allá del simple recuerdo personal. Cada imagen compartida es un pedacito de la imagen que millones de personas forman sobre un destino turístico.
Instagram se ha convertido en la gran vidriera del turismo contemporáneo.
Tiene más de 1 300 millones de usuarios activos, y hashtags como #travel superan los 680 millones de publicaciones. Sin embargo, hasta hace poco era difícil saber con precisión qué tipo de contenido conecta realmente con la audiencia.
¿Qué imágenes generan más interacción?
¿Influye que las comparta un turista o un residente?
Para responder a estas preguntas, hemos realizado un análisis de alrededor de 150 000 publicaciones de 43 000 usuarios anónimos de Instagram. Tras su filtrado y limpieza, en torno a 27 000 publicaciones de Instagram de la ciudad de León, una de las paradas principales del Camino de Santiago, han sido tratadas mediante inteligencia artificial para estudiar tanto el contenido visual como textual de las fotos: qué mostraban, quién las compartía y cuántos likes y comentarios recibían. Nuestro objetivo era entender qué hace que una foto turística se vuelva relevante en redes sociales.
Los resultados sorprenden por su coherencia. Las imágenes que muestran lugares emblemáticos –monumentos, calles históricas, paisajes– generan mucha más interacción que aquellas centradas en bares o restaurantes. Además, las fotos que incluyen personas reciben más likes y comentarios que las que no lo hacen. Es decir, ver a alguien viviendo la experiencia hace que quien observa pueda imaginarse en su lugar, empatice mejor y reaccione a ese contenido.
Y hay algo más: las publicaciones compartidas por turistas logran mayor impacto que las de los propios residentes. Tal vez porque el turismo tiene algo de excepcional, de novedad, que capta mejor la atención. Incluso, cuando aparece una persona en la foto, el efecto positivo en la interacción es aún mayor si quien la publica es un turista.
Esto no significa que los residentes no tengan un papel relevante. Al contrario, también ellos contribuyen activamente a la construcción de la imagen del destino. Pero sus publicaciones parecen generar una conexión diferente, quizá más cotidiana, menos aspiracional.
Agente de destino
En este contexto, cada usuario de Instagram se convierte, sin saberlo, en un agente de marketing territorial. Sus fotos moldean la percepción de miles de potenciales viajeros. Esto abre un abanico de oportunidades (y también de responsabilidades) para los destinos turísticos.
¿Y si en lugar de limitarse a lanzar campañas institucionales fomentaran que los visitantes compartiesen ciertos tipos de imágenes? ¿Y si diseñaran espacios pensados para ser fotografiados, como puntos selfie diferentes a los más visitados, con el fin de luchar contra la masificación? ¿Y si invitaran a los propios ciudadanos a mostrar lugares de su ciudad desde su propia mirada?
Hoy, más que nunca, una foto puede ser el inicio de un viaje. Y entender qué imágenes emocionan, inspiran y generan interacción es clave para construir destinos más visibles, atractivos y deseados, pero también más responsables y sostenibles. Esta investigación no busca decirle a nadie qué fotografiar, pero sí invita a reflexionar sobre el poder de lo que compartimos.
Porque en cada publicación, en cada “me gusta”, se va tejiendo la imagen –real o idealizada– de los lugares que visitamos… o que soñamos visitar.
La palabra “inteligencia” tiene que ver con la facultad del entendimiento, el saber y la comprensión, razón por la cual el nombrecito de “inteligencia artificial” o AI es irreal o sacado de los pelos; y, bien vale la pena ahondar en el asunto ya que casi todos, sino todos, los problemas de la humanidad surgen a partir del mal uso de las palabras. El asunto lo pintaron desde la Biblia en la parábola de la Babel, como también en el decir “Dios es Palabra”. Pero el tema se torna mucho más embrollado debido a que la llamada AI es uno de los factores más impactantes de la singularidad que deviene la humanidad hoy día. Que, si la manzana la podemos usar para bien o mal, ni se diga la AI, la cual nos puede llevar al Paraíso o al mismo Infierno. En fin, el vocablo “artificial” también es primo del vocablo “artificio”, vocablo que indica falta naturalidad.
El asunto gira es que la AI no puede hacer conexiones mentales creativas y si usamos esa herramienta como y para lo que no es, los resultados pueden ser terribles. En resumen, los humanos no nos salvamos de ser los gestores de nuestro destino; sea brillante o lúgubre. Jamás olvido el dicho que lo dice todo respecto a las computadoras: “si les metes basura, te responden con basura”. Pero el peligro va mucho más allá porque en el juego de póker que es la vida, el pote o “pot” hoy día es más grande que jamás en la historia humana.
La AI funciona con analogías o semejanzas y los científicos han visto que la AI no se gana al ser humano resolviendo problemas de matrices, que son formaciones numéricas u de otros objetos matemáticos, conocidos como entradas de la matriz, que requieren un sentido que no tiene la AI. El problema comienza cuando pretendemos usar la AI para lo que no es y, de salida, cuando le ponemos un nombre que tampoco es. Tal es el caso del llamado “metrobus” de Panamá, que no es tal cosa; de manera que si lo tratas de usar para resolver los problemas de tránsito y transporte, te ira muy mal… ¿o es que no lo hemos notado?
Otro aspecto que debemos considerar cuando intentamos, erróneamente, comparar al ser humano con la AI, es que nuestras prácticas educativas en siglos recientes, ha sido terribles y la humanidad, en muchos sentidos, ha perdido capacidad intelectual. Hoy día ya contamos con el entendimiento y capacidad de tornar a todo niño en genio; pero, insistimos en delegar y centralizar la educación; más que nada, con fines de adoctrinamiento y fines politiqueros.
Y para mayor ilustración del tema, tomemos el caso de el “aprendizaje de disparo cero o ‘Zero-shot learning’, que es una técnica de aprendizaje automático que permite a un modelo reconocer y clasificar objetos o conceptos sin haberlos visto previamente durante el entrenamiento, utilizando información semántica y transferencias de conocimiento. ¿Me explico o me entiende el lector? ¿No? No se preocupen, que a mí tampoco me queda muy claro el asunto.
Y, para resumir y enredarles más, termino comentando algo sobre el razonamiento analógico. Una cosa es intentar comprensión a base de razonamiento abstracto en contraposición del atajo de resolver incógnitas basándose en conocimientos que no fueron dados durante las clases o los estudios; conocimientos que ya tenías en tu alacena mental. ¿Puede la AI resolver cuándo no le has provisto toda la información? Por ejemplo; Einstein resolvió o imaginó la Teoría de la Relatividad cuando mentalmente montó un rayo de luz en el espacio.
A veces, alguien nos pide una limosna. Y en ese instante, la duda aparece: ¿es realmente una ayuda o solo una manera de perpetuar el problema?
En ocasiones nos encontramos con personas que nos piden una ayuda. En la calle o en algún lugar público solicitan educadamente, o incluso exigen, una contribución. Es posible que en estos casos nos surja la duda, con independencia del tono con el que se hace la petición o de quién procede, de si estamos haciendo lo correcto.
¿Empleará esta persona el dinero que le voy a dar para comer o para financiar el abuso de alcohol y otras sustancias? ¿Sería eso algo necesariamente malo? ¿Es posible que esta persona lleve en el bolsillo un teléfono de última generación que yo no me puedo permitir? ¿Me parece todo esto bien? ¿No sería mejor canalizar esta ayuda a través de una ONG especializada?
Estos interrogantes remiten a una cuestión abordada por el pensamiento filosófico a lo largo de la historia. La filosofía no resuelve la cuestión (no es su función hacerlo), pero nos da pistas y razones para reflexionar críticamente sobre nuestro posicionamiento de cara a luchar contra las injusticias y las desigualdades sociales.
La limosna en la Antigüedad
En la República de Platón, título que denomina el estado ideal que propone el filósofo, no hay espacio para la mendicidad. Es un estado organizado y orientado a la eficacia donde quien pide limosna lo hace de una forma ilegítima:
“Que no haya mendigos en nuestro Estado. Si alguno le ocurriese el mendigar y el procurarse con qué vivir a fuerza de limosnas, que los agoránomos le arrojen de la plaza pública, los astínomos de la ciudad, y los agrónomos de todo el territorio, a fin de que el país se vea completamente libre de esta especie de animales”.
Tanto Platón como su discípulo Aristóteles pretenden organizar el estado mediante leyes que “den a cada cual lo que le corresponde”. Pero no debemos entender esto como una forma de redistribución de la riqueza, ni como una reivindicación de los derechos humanos tal y como hoy los entendemos. Es más bien una expresión de la idea conforme a la cual cada rol en la sociedad está marcado (normalmente desde el nacimiento hasta la muerte) de una forma rígida y, según el lugar que se ocupa en la sociedad, se tienen unos u otros privilegios.
En el pensamiento estoico, hoy en día tan de moda, se abandona esa mirada hacia el exterior, hacia la ciudad, y se vuelve hacia el interior de la persona. No se pone el énfasis tanto en la organización de la polis como en la virtud individual, la razón autónoma y, por supuesto, el estoicismo (el mantenerse imperturbable frente a las adversidades). Esto articula el pensamiento de Marco Aurelio o Séneca, por otro lado dos de las personas más ricas y poderosas del Imperio romano.
Pero incluso Epícteto, que había sufrido la condición de esclavo, plantea la pobreza y las adversidades en términos de búsqueda de la dignidad y la serenidad de forma autónoma. Quizá por esto hoy en día el estoicismo esté siendo planteado como una filosofía acorde a nuestros tiempos y defendida por posicionamientos filosóficos y políticas económicas cercanas al individualismo más radical. Ambos piden que las personas acepten su condición sin tomar demasiado en consideración los factores sociales que condicionan la situación de pobreza.
La mendicidad según el cristianismo
Con la aparición del cristianismo se dignifica la pobreza, al menos desde el punto de vista formal. Jesús nace pobre y reivindica esa condición para él y sus seguidores. La caridad se convierte en uno de los pilares de la sociedad, y las personas que mendigan se transforman en objetos de caridad sobre los que se puede practicar la virtud de la limosna.
La caridad en la Edad Media estaba institucionalizada y asociada a prácticas cristianas. Las personas que no podían trabajar debido a discapacidades, enfermedades o vejez tenían derecho a mendigar, y esta práctica era vista como un mecanismo legítimo. Hasta tal punto es así que en el siglo XIII aparecen las órdenes mendicantes que pretenden renovar a la Iglesia a través de la limosna.
Belisario pidiendo limosna, de Jacques-Louis David, en el que retrata al antiguo héroe del Imperio bizantino mendigando. Wikimedia Commons
Francisco de Asís o Domingo de Guzmán fundarán órdenes basadas en el servicio a los pobres, que se mantienen con su trabajo y practicando la mendicidad. El enfrentamiento entre los teólogos que defendían la pobreza de Cristo (principalmente el franciscano Guillermo de Ockam) frente a los del papa Juan XXII, que sostenían que tanto Jesús como los apóstoles habían tenido posesiones legítimamente, creará un conflicto que Umberto Eco reflejará magistralmente en la novela El nombre de la rosa.
En la Edad Media también aparecen cofradías que organizaban la mendicidad, especialmente para personas ciegas o con otras discapacidades. Estas corporaciones gestionaban las limosnas de forma colectiva para asegurar una distribución justa entre sus miembros.
Por su parte, el islam establece como uno de sus cinco pilares el zakat, que se considera un deber religioso obligatorio para quienes poseen bienes suficientes. Tiene como objetivo purificar la riqueza del creyente y garantizar que una parte de ella beneficie a los necesitados, promoviendo así lo que llamaríamos hoy la equidad social. No hay que confundir esta obligación con la “limosna” voluntaria, la sadaqa, que puede darse de forma independiente.
Más allá del Medievo
En el siglo XVI, Juan Luis Vives es el primer pensador en escribir un tratado sobre la pobreza (De subventione pauperum). Propone sistemas de socorro y “seguridad” social ligados fundamentalmente a la atención a las personas que han tenido la desgracia (que equipara a una enfermedad) de caer en la pobreza. En definitiva, considera que la solución consiste en facilitar trabajo, actividad y también recursos económicos a las personas necesitadas.
Y en el siglo XIX, dos pensadores abordarán el tema desde diferentes perspectivas pero alcanzando la misma conclusión.
De acuerdo con Max Weber, la ética protestante es uno de los principales motores del surgimiento del capitalismo. Según esa doctrina, la riqueza se convertirá en un signo de que se es una persona llamada a la salvación. Así, la pobreza y la mendicidad se estigmatizan y pasan a ser planteadas como un problema social a resolver por la modernidad. Las leyes regulaban que solo podían pedir limosna quienes demostraran ser incapaces de trabajar.
La propia Contrarreforma católica del siglo XVII había reducido el prestigio de la pobreza como ideal y prohibido la mendicidad a quienes no fueran “inválidos, viejos o enfermos”.
Por otro lado, Karl Marx opina que los mendigos pertenecen al “lumpen” (lumpenproletariat), no tienen conciencia de clase obrera y muchas veces actúan como aliados involuntarios del estado burgués. En el planteamiento de estado marxista no hay espacio para una clase subproletaria. El estado es responsable de la organización del trabajo y de la redistribución de la riqueza, por lo que la mendicidad no debería existir.
Su contemporáneo, Stuart Mill, una cara amable de la filosofía utilitarista, considera positivo en su obra Principios de economía política diseñar políticas sociales que generen oportunidades para todo el mundo. Cree que la pobreza engendra pobreza y que las ayudas son útiles para fomentar la prosperidad de la sociedad en general.
En definitiva, la filosofía aborda la cuestión planteada desde muy diversos puntos de vista. No está en condiciones de ofrecer una solución definitiva, pero propone enfoques y argumentos con los que construir una visión crítica y argumentada, abierta al diálogo racional. Esto último es muy necesario cuando se abordan cuestiones políticas difíciles y controvertidas, que muchas veces requieren de soluciones complejas para problemas multidimensionales.
En el corazón de un barrio desfavorecido de Wembley, al norte de Londres, se alza un viejo edificio junto a las vías del tren que, a primera vista, poco promete: sin zonas verdes y con trampas para ratas en el patio. Sin embargo, dentro de sus muros inmaculados, la Escuela Comunitaria Michaela ha logrado convertirse en uno de los centros educativos más exitosos de Reino Unido, desmintiendo la narrativa de que el contexto socioeconómico determina el éxito académico. Según revela un reciente reportaje de ABC publicado el 31 de marzo de 2025, este centro educativo fundado en 2014 por Katharine Birbalsingh, conocida como «la directora más estricta del Reino Unido», ha implementado un sistema educativo que desafía las tendencias pedagógicas contemporáneas y genera resultados sorprendentes en un entorno donde más del 40% de los alumnos son musulmanes y la mayoría proviene de contextos socioeconómicos vulnerables.
Un modelo basado en tres pilares
El sistema educativo de Michaela se articula en torno a tres pilares fundamentales: disciplina, enseñanza y valores, como explica Birbalsingh durante la entrevista con ABC. «Ser estricta es educar con amor», afirma sin ambages la directora. «Muchos no lo entienden. Piensan que ser estricta es ser cruel. Pero no, es amar a los niños y niñas lo suficiente como para mantener altos estándares y altas expectativas sobre ellos».
La disciplina en Michaela no tiene nada que ver con castigos físicos ni intimidación. Se basa en el respeto mutuo, donde «los profesores son la autoridad, pero los niños no les temen, les respetan». Esta estructura proporciona seguridad a los estudiantes, creando el entorno necesario para su desarrollo intelectual y emocional.
Una rutina meticulosamente orquestada
El reportaje de ABC describe con detalle la experiencia de visitar el centro: clases en silencio absoluto, alumnos con la espalda recta prestando atención, y una sincronización casi militar en actividades tan simples como abrir un libro. Durante el almuerzo, los estudiantes recitan poemas en voz alta y participan en debates guiados por preguntas diseñadas para fomentar el pensamiento crítico.
Parte del éxito del modelo radica en la eliminación de distracciones: prohibición absoluta de móviles, recreos cortos y supervisados, y un enfoque en la prevención del acoso escolar. «Somos un colegio libre de acoso escolar», afirma orgullosa Birbalsingh, algo que muchos considerarían imposible en un centro de estas características.
Un enfoque revolucionario sobre la enseñanza
El segundo pilar, la enseñanza, rechaza las tendencias educativas actuales que minimizan la transmisión de conocimientos. «Hoy en día, la palabra ‘enseñar’ es malinterpretada. ‘Tienen que aprender a pensar por sí mismos’, te dicen, pero es que si no tienes nada en la cabeza sobre lo qué pensar, no puedes generar tus propias ideas», explica la directora.
El tercer pilar son los valores, que Katharine Birbalsingh considera universales aunque hoy sean etiquetados como conservadores: «Hablamos de responsabilidad personal, del deber hacia los demás, del trabajo duro, de ser amables». Según la directora, «la izquierda ha abrazado el victimismo» buscando excusas para los niños en vez de empoderarlos.
Un enfoque práctico ante la adversidad
El enfoque de Michaela hacia el bienestar emocional difiere radicalmente de otros centros. Mientras en otras escuelas se podría eximir a un estudiante estresado de sus responsabilidades, en Michaela se le anima a superar ese obstáculo: «Le decimos: ‘Vale, entiendo cómo te sientes, pero encuentra la fuerza dentro de ti. Puedes hacerlo’» sostiene Katharine Birbalsingh.
Esta filosofía se refleja incluso en detalles como el lenguaje corporal: los estudiantes de Michaela caminan «con mirada alta, paso rápido y luciendo con orgullo su uniforme», rechazando los estereotipos asociados a los jóvenes de barrios marginales.
A pesar de las críticas recibidas por sindicalistas y defensores de pedagogías alternativas, que califican el sistema como «demasiado militar», los resultados hablan por sí mismos, y los propios estudiantes, cuando se les pregunta si son felices, responden con un rotundo «sí».
El mensaje central de Michaela es claro: rechazar el determinismo socioeconómico y cultural, y asumir la responsabilidad del propio éxito. Como concluye Birbalsingh: «Puedes ser amigo de tus hijos cuando son niños o cuando son adultos, pero no puedes ser ambas cosas. Tienes que elegir».
En el corazón de Hyde Park, Londres, existe un rincón que es mucho más que un simple espacio público. Speaker’s Corner es un verdadero símbolo de la libertad de expresión, un territorio sagrado donde la palabra se convierte en el arma más poderosa de la democracia.
Desde mediados del siglo XIX, este lugar ha sido testigo de momentos históricos que marcaron la defensa del derecho a opinar libremente. Aquí, cualquier ciudadano se puede subir a un pequeño podio o una escalera y expresar sus ideas sin temor a represalias, sin importar lo controversial que pueda parecer su discurso.
Oradores Legendarios
Por este rincón han pasado voces que transformaron el pensamiento social y político. Karl Marx utilizó Speaker’s Corner para desarrollar ideas que luego influencerían movimientos revolucionarios mundiales. Vladimir Lenin, antes de liderar la Revolución Rusa, practicaba sus discursos en este espacio. Líderes del movimiento sufragista británico, como Sylvia Pankhurst, también encontraron aquí su tribuna para defender los derechos de las mujeres.
Los domingos, especialmente, el lugar se convierte en un hervidero de ideas. Oradores improvisados debaten sobre política, religión, filosofía, con un público que escucha, cuestiona e interrumpe. La tolerancia es la única regla: puedes no estar de acuerdo, pero jamás silenciar. Tradicionalmente, había leyes que prohibían hacer declaraciones sediciosas o difamatorias contra la Corona. Sin embargo, en la práctica moderna, estas restricciones se han flexibilizado considerablemente. Hoy en día, el espacio mantiene su espíritu de libertad de expresión, pero aún existen límites legales generales que aplican en todo el Reino Unido, como: No se puede incitar al odio; No se pueden hacer llamados a la violencia; No se puede difamar gravemente.
La Paradoja Contemporánea
Sin embargo, la realidad actual presenta una ironía demoledora. Mientras el verdadero espíritu de Speaker’s Corner radica en la capacidad de escuchar voces diferentes, incómodas, disruptivas, fomentando la crítica y discusión pública ciudadana, los políticos que deberían ser los primeros defensores de esta libertad parecen ser sus mayores enemigos. Donald Trump, Javier Milei, Pedro Sánchez – por mencionar algunos – han protagonizado ataques sistemáticos contra periodistas y medios que no siguen su narrativa.
La democracia no se construye eliminando voces críticas, sino permitiendo que todas encuentren su espacio.
Un Territorio Sagrado
Lo fascinante de Speaker’s Corner es su carácter universal. No discrimina por origen, clase social, ideología. Aquí, un jubilado puede debatir con un estudiante, un predicador religioso puede compartir espacio con un activista político. La única condición es el respeto por el derecho del otro a expresarse.
En tiempos de polarización global, donde los gobernantes parecen más interesados en controlar el relato que en escuchar, este pequeño rincón de Londres se convierte en un recordatorio necesario: la libertad de expresión no es un privilegio, es un derecho fundamental.
El mundo necesita más «Speaker’s Corners»: espacios donde la palabra sea libre, donde el diálogo sea más importante que tener la razón, donde la diversidad de pensamiento sea celebrada y no temida.
Información para el Viajero
Si visitas Londres, Speaker’s Corner es una parada imperdible para los amantes de la historia y la libertad de expresión. Ubicado en el lado noreste de Hyde Park, es más fácil de acceder por las estaciones de metro de Marble Arch o Lancaster Gate. Los domingos por la mañana es cuando encontrarás más actividad, con oradores improvisados que dan vida al espacio.
Consejo práctico: llega temprano, lleva una chaqueta ligera (el clima de Londres puede ser impredecible), y mantén una mente abierta. No solo observarás un espacio histórico, sino que experimentarás una tradición única de debate público que resume la esencia de la libertad democrática.
La democracia no se declama, se practica. Y en ese ejercicio, cada voz cuenta.
La Unión Europea ha dado un paso significativo con su nueva Estrategia de Preparación para Situaciones de Crisis, una iniciativa que refleja la compleja realidad geopolítica actual. Más allá del alarmismo, el documento representa un ejercicio de responsabilidad colectiva frente a un panorama internacional marcado por crecientes tensiones. Pero atención también: los políticos suelen acudir a estos escenarios para justificar un gasto público que parece no tener techo. Analizaremos el lanzamiento de hoy del «kit de supervivencia».
El Kit de Supervivencia: Más Allá del Miedo
La recomendación de mantener un kit de supervivencia para 72 horas no es un llamado al pánico, sino una medida pragmática inspirada en el modelo sueco. Los elementos sugeridos – agua, alimentos en conserva, medicamentos, documentos de identidad, una radio de onda larga – representan una aproximación racional a la preparación ciudadana.
La comisaria Hadja Lahbib ha enfatizado aspectos prácticos que van más allá de lo puramente militar: un cargador de teléfono, batería externa, dinero en efectivo. Su comentario sobre tener «lo necesario para cocinar unos espaguetis a la puttanesca» añade un toque de humanidad a una estrategia que podría parecer intimidante.
Contexto Geopolítico: Un Análisis Crítico
El trasfondo de esta estrategia es innegablemente la tensión con Rusia, aunque oficialmente se presenta como una preparación multifacética. La referencia a Ucrania es particularmente reveladora. El país ha desarrollado soluciones innovadoras como aplicaciones que identifican amenazas aéreas, demostrando resiliencia ante la adversidad.
Desde una perspectiva liberal, es crucial mantener un equilibrio entre preparación y prevención de la histeria colectiva. La estrategia europea reconoce amenazas complejas: agresiones armadas, ataques híbridos, interferencias cibernéticas, sin convertirse en un manifiesto belicista.
El Desafío de la Inversión Pública
El verdadero test será la asignación de recursos. La preparación no puede convertirse en una excusa para un gasto público y especialmente militar desmedido. Cada euro destinado a defensa debe ser escrutado con rigor, manteniendo un compromiso inquebrantable con la prudencia en las finanzas públicas. ¿Están estos recursos realmente justificados? ¿O representan una oportunidad para que los aparatos estatales expandan su influencia bajo el pretexto de la seguridad nacional?
La inversión en defensa no debe convertirse en un cheque en blanco. Cada partida presupuestaria debe ser escrutada con rigor y transparencia ante la ciudadanía. La comunicación oficial es tajante: existe una «posibilidad realista» de que la resiliencia europea sea puesta a prueba. Sin embargo, esto no debe interpretarse como una rendición ante el militarismo, sino como un llamado a la preparación inteligente.
Diplomacia y Resiliencia
Un enfoque verdaderamente liberal debe seguir priorizando el diálogo internacional. El rearme no puede ser la primera línea de respuesta, sino el último recurso. Las inversiones en diálogo internacional, en comprensión mutua y en mecanismos de resolución pacífica de conflictos son tan cruciales como cualquier preparación militar. La preparación no es sinónimo de confrontación, sino de responsabilidad ciudadana. Las herramientas más poderosas son la información, la coordinación y la capacidad de adaptación ciudadana.
Previsión sin Paranoia
La estrategia europea representa un equilibrio delicado. No se trata de alimentar el miedo, sino de empoderar a la ciudadanía.La preparación es necesaria, pero no debe confundirse con la militarización. Cada ciudadano tiene el derecho y la responsabilidad de mantenerse informado, ser crítico y exigir transparencia en las decisiones que comprometen recursos públicos y potencialmente, vidas humanas. La historia nos ha enseñado que la imprevisión puede ser tan peligrosa como el militarismo exacerbado. La preparación de la población civil ante posibles escenarios de conflicto no debe interpretarse como un llamado al pánico, sino como un ejercicio de responsabilidad colectiva. Por ahora, el kit de emergencia representa una medida sensata de precaución, no un presagio de guerra inminente.
El rearme no debe ser un fin en sí mismo, sino una herramienta de última instancia en un contexto de diálogo y cooperación internacional. La verdadera seguridad no se construye con tanques y misiles, sino con instituciones sólidas, educación, comprensión mutua y un compromiso firme con la resolución pacífica de conflictos.
En su artículo «El populismo mata, el liberalismo salva», Guy Sorman realiza un análisis contundente y despierta la polémica, sobre todo porque proviene de un liberal, sobre las implicaciones del populismo en la crisis sanitaria global provocada por la pandemia del COVID-19, y contrapone este fenómeno con los principios del liberalismo. El autor no solo reflexiona sobre los efectos inmediatos de las teorías conspirativas en la gestión de la pandemia, sino que también alerta sobre las consecuencias mortales que pueden derivarse de la adopción de ideologías populistas que niegan la ciencia y la razón.
El artículo comienza contextualizando el impacto del COVID-19 en la humanidad. Sorman subraya que, aunque el virus provocó millones de muertes y dejó secuelas psicológicas y de salud duraderas, la ciencia, específicamente a través de las medidas de contención y la vacunación, permitió que las consecuencias no fueran tan catastróficas como las de la «gripe española» de 1918. Para el autor, la respuesta a la pandemia fue clara y efectiva: la ciencia, aunque imperfecta, salvó vidas.
Sin embargo, Sorman destaca que, desde el comienzo de la crisis sanitaria, emergió un fuerte movimiento populista que se oponía a las medidas de contención y a las vacunas. Este movimiento no solo estaba alimentado por la ignorancia y el odio al sistema capitalista, sino también por una profunda desconfianza en las instituciones democráticas y científicas. Para los populistas, las medidas de contención eran una maniobra política para restringir la libertad, mientras que las vacunas eran percibidas como parte de una conspiración orquestada por los intereses capitalistas. A través de las redes sociales, estas teorías conspirativas encontraron una amplia audiencia, alimentada por el aislamiento social y la falta de acceso a fuentes confiables de información.
Lo más crítico que señala Sorman es que, a pesar de que la evidencia científica ha demostrado que las medidas adoptadas fueron correctas, los populistas y teóricos de la conspiración nunca han mostrado remordimiento por haber incitado al rechazo de las soluciones sanitarias. Al contrario, algunos de estos personajes han alcanzado posiciones de poder, como es el caso de Robert Kennedy Jr., quien fue nombrado Secretario de Salud en Estados Unidos por Donald Trump. Kennedy, conocido por promover teorías pseudocientíficas sobre la vacunación, continúa fomentando su agenda, ignorando las consecuencias fatales de su desinformación.
Este es el núcleo de la crítica de Sorman: el populismo, según él, no solo empobrece a las personas que lo siguen intelectualmente, sino que también pone en riesgo sus vidas. Al rechazar la ciencia y la razón, el populismo alimenta un ciclo de ignorancia que, en muchos casos, se traduce en mayor mortalidad. Sorman se opone a esta ideología señalando que, a diferencia del populismo, el liberalismo tiene una postura más pragmática y realista frente a los desafíos. El liberalismo no se basa en utopías ni en conspiraciones, sino que se nutre de la experiencia y de los logros prácticos de las naciones que lo adoptan. Para Sorman, la verdadera diferencia entre los populistas y los liberales es la capacidad de los segundos para reconocer y corregir sus errores, un atributo que falta en aquellos que defienden las teorías conspirativas.
El autor también resalta que, si bien los liberales no son infalibles y los sistemas democráticos y capitalistas pueden sufrir crisis y generar caos, la gran diferencia es que los liberales están dispuestos a aprender de sus errores y a rectificar. En contraste, los populistas no solo se niegan a aceptar sus fallos, sino que, al enfrentarse a las consecuencias de sus acciones, suelen cometer aún más errores.
Un aspecto clave del artículo es la reflexión sobre la psicología humana. Sorman sugiere que, aunque los liberales suelen tener razón, les falta la pasión que caracteriza a los populistas. Los populistas, por su parte, son apasionados y logran conectar emocionalmente con las personas, pero carecen de la razón que guíe sus acciones. Esta falta de balance entre pasión y razón es lo que, para Sorman, dificulta la convivencia y la construcción de una sociedad estable y racional. Por eso, concluye con una pregunta provocadora: ¿preferirías morir de COVID o del próximo virus que surja? Si prefieres escapar de futuras pandemias, el autor te invita a optar por el liberalismo.
Sorman concluye con una crítica al populismo, que para él no solo es un obstáculo para el progreso, sino una amenaza directa a la salud pública y al bienestar colectivo. La ideología populista, al negar la ciencia y promover teorías conspirativas, perpetúa un ciclo de muerte y sufrimiento, mientras que el liberalismo, aunque imperfecto, ofrece las herramientas necesarias para enfrentar los retos del futuro.
Este artículo de Guy Sorman sirve como un llamado a la reflexión sobre el papel de la ideología en tiempos de crisis. En un momento en que las fake news y las teorías conspirativas tienen un impacto significativo en las decisiones políticas y sociales, el texto resalta la importancia de la ciencia, la razón y la autocrítica, cualidades esenciales del liberalismo, frente a la seducción del populismo, que alimenta el miedo y la ignorancia. La polémica está servida, bienvenido el debate.
Fuente original: Guy Sorman, «El populismo mata, el liberalismo salva,» ABC, 24 de marzo de 2025.