La riqueza no gotea desde lo alto; brota desde las entrañas y manantiales del «subpueblo» por una variedad de razones profundas. Los reclamos históricos sobre la disparidad de la riqueza entre los panameños jamás se resolverán mientras la cultura ciudadana no evolucione. Y esa evolución no ocurrirá mientras los partidos políticos sigan más enfocados en la rapiña que en el desarrollo social y económico colectivo. Pero no nos engañemos: el problema no se circunscribe a los arrabales; también camina campante por los burgos.
La burguesía panameña, que en la época colonial se escondía detrás del intramuros, construyó a través del tiempo un nuevo muro invisible mediante mecanismos burocráticos segregadores (como el NODUCA). ¿El propósito? Mantener al arrabal afuera; excluido del desarrollo cultural que le permitiría transformar su realidad en un vendaval cognitivo y abrirse camino hacia la riqueza. No hablo solo de la económica, sino de la más valiosa: la riqueza del espíritu, ese aliento que mueve, inspira y respira.
El nacionalismo exagerado y los feudos modernos
Lo que hoy vivimos es la consolidación de una alianza diabólica entre cofradías gobernantes y facciones empresariales putrefactas. Juntas diseñaron las estratagemas que perfeccionaron el saqueo del tesoro público. La historia nos delata: cuando los colonizadores españoles y su descendencia criolla se adentraron en el interior del país buscando oro, el recurso eventualmente se agotó debido a nuestra fragmentada geología. Ello obligó a los interioranos a volcarse a la ganadería. Pero ¿a quién le vendían? La gran clientela llegaba a las ferias de Portobelo. La respuesta del burgo no se hizo esperar: cuando los ganaderos del interior intentaron arrear sus reses hacia las ferias, las élites urbanas, en coyunda con los gobernantes de turno, montaron retenes de «sanidad» donde hoy queda Arraiján. Allí detuvieron el ganado hasta que la feria terminó. El monopolio intramuros quedaba protegido.
Hoy, esa vieja trampa colonial ha evolucionado. Las instituciones gubernamentales ya no sirven al ciudadano; son feudos modernos independientes. Resulta risible pensar que entidades como la ATTT o el NODUCA coordinen actividades en beneficio del país; más bien se han repartido el territorio y sus competencias tal como los mafiosos de las grandes ciudades extranjeras se reparten los barrios y los negocios sucios.
Viví catorce años dentro de una de esos feudos modernos y jamás olvidaré la discusión con un colega que, al quedarse sin argumentos técnicos, me soltó con descaro: “Lo que pasa, Johnny, es que tú eres un técnico, y muchos de nosotros nos mantenemos aquí por política”.
Esta horrible realidad que perfeccionó la putrefacción gubernamental solo puede desmantelarse mediante una cirugía radical: una profunda reducción del Behemot estatal. El día en que las entidades de gobierno dejen de competir distorsionando el mercado, y dejemos de ampararnos en una Constitución que en sus Artículos 282 y 284 obliga al Estado a entrometerse en la libre empresa bajo la excusa de dirigirla, ese día el despilfarro y el saqueo institucionalizado dejarán de ser posibles. Solo entonces los arrabales periurbanos podrán romper el cerco, surgir por su propio esfuerzo y constituir, finalmente, gobiernos sanos.


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