El “populismo” no es una ideología; es una estratagema pervertida, diseñada por gobernantes mediocres para fracturar a la sociedad en dos bandos artificiales: un pueblo supuestamente puro e inocente, enfrentado a una élite desbocada en sus ansias de riqueza. Se trata de un frío mecanismo electoral para capturar votos y asaltar el poder, convirtiendo a los lobos en los astutos cuidadores del gallinero. Es, en esencia, una forma degradante de manipulación de masas.
El político demagogo o el ideólogo descarriado jamás triunfan con la verdad, sino explotando las bajas pasiones y el resentimiento social. Se apoyan en el vicio de la envidia para disfrazarse de redentores de los desposeídos. Sin embargo, la realidad que ocultan es tétrica: el populismo es la fórmula matemática más eficaz para fabricar miseria, tanto material como mental.
Al autócrata populista lo delata su retórica carismática. Posee la habilidad de convencer al insatisfecho de que solo él puede rescatar la economía del común. Para lograrlo, imita de forma calculada el habla popular; sabe perfectamente que, si adopta los modos y el léxico del «rabiblanco», ahuyenta a sus clientelas electorales. Mediante el simplista lema de “nosotros contra ellos”, siembra una profunda división social, aunque en el fondo, nadie logre definir con precisión quiénes integran ese “nosotros” y quiénes ese “ellos”.
Esta plaga—que bien podríamos bautizar como “pupulismo”—no discrimina espectros: los hay de izquierda, de derecha, de arriba y de abajo. Todos prometen la quimera de la igualdad económica mediante consignas vacías como “no a la privatización” o la aberrante justificación de que “robó, pero le dio al pueblo”.
Es predecible que las grandes mayorías, atrapadas en el ciclo de la pobreza y la falta de educación formal, no comprendan una ley económica básica: sin la libre empresa, el emprendimiento audaz y corporaciones sólidas de clase mundial—como COPA Airlines—jamás habrá generación de riqueza, solo un reparto equitativo de la miseria. Quien albergue dudas, no tiene más que mirar los espejos de Cuba o Venezuela.
Es absurdo e insostenible pretender que las sociedades progresen ordeñando indefinidamente a los sectores productivos que sostienen el andamiaje fiscal. De esos fondos provienen los subsidios distorsionadores, las jubilaciones políticas y una burocracia paquidérmica que alimenta un gasto público crónicamente deficitario. El mal gobernante mediante el populismo endeuda el futuro del país a sabiendas de que, cuando estalle el descalabro financiero, él ya estará disfrutando de un retiro dorado en alguna mansión en el extranjero.
El colapso inevitable ocurre cuando este gasto pérfido se vuelve matemáticamente inasumible. Es entonces cuando el gobierno de turno se ve forzado a aplicar medidas de austeridad o a retirar los subsidios al agua, gas, transporte, etc. Allí brota el verdadero resentimiento. «Tío Pueblo» ha sido adoctrinado para creer que las prebendas estatales son derechos divinos e imprescriptibles, cuando en realidad son espejismos fiscales insostenibles. En su desesperación por la pérdida del beneficio, las masas vuelven a clamar por el retorno de aquel que «robó, pero dio».
El problema de fondo es dramático. Cuando la ciudadanía despierta a la cruda realidad de la irresponsabilidad fiscal, los síntomas ya son visibles en el entorno cotidiano: carreteras destruidas, transporte público obsoleto, apagones eléctricos constantes y escasez de agua potable. Para entonces, las soluciones económicas serán profundamente traumáticas. No nos enfrentamos únicamente a la decadencia de la infraestructura del Estado, sino a un mal mucho peor: la degradación moral de una sociedad adiestrada en el parasitismo populista, incapaz de ver el abismo simplemente porque se acostumbró a vivir bajo el régimen del engaño y las regalías.
Y, lo más preocupante es que si las soluciones no emanan de abajo para arriba; muy improbable será que emanen de arriba para abajo.


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