Categoría: Cultura y Sociedad

  • ¿Qué rayos es el capitalismo salvaje?

    Hoy un amigo me envió un video en el cual un periodista hace referencia a un editorial del Washington Post, asegurando que el “capitalismo salvaje” destruye a su paso los recursos naturales, la explotación del hombre y la manipulación de la mente para que nos convirtamos en rehenes de la sociedad de consumo. También vilipendia al “capital privado” dado que más del 80% de la riqueza está concentrada en el 1% de la población; junto con la privatización del agua, la salud, los recursos humanos que se han convertido en mercancías y que sólo están al alcance de una minoría rapaz voraz e insaciable. Y termina diciendo que o muere el capitalismo salvaje o muere la civilización humana. ¡Meto!, como diría el chiricano.

    ¿Por dónde agarramos a este puercoespín? Comencemos por la frase “capitalismo salvaje”, la cual forma parte de la Bable que intenta llegar al Cielo por una ruta que termina en el Infierno. Lo primero que me saltó en mente al escuchar semejante vitriolo señalamiento… ¡uy!, perdón con la palabrita y perdón si hago la circunvalación por los senderos de este término. Vitriolo, viene de vidrio, especialmente del sulfato cúprico, y se refiere a algo amargo, áspero o cáustico. El video es una retahíla vitriólica dado que en un mundo salvaje los medios de subsistencia no suelen ser primorosos. ¿Cuál otro sistema e ideologías política no es salvaje? A juzgar por los resultados, ¡ninguno! Y, a fin de tanta acusación al capitalismo que tilda de “salvaje”, no proponen alternativa. ¿Por qué? ¿Será que no la hay?

    Y repito a cansancio que la peor de las mentiras es aquella que es casi verdad; con lo cual quiero referirme a lo de la destrucción de los recursos naturales. Obvio que no se puede hacer limonada sin aplastar limones; pero otra cosa es alegar que las limonadas, en general, son destrucción. Lo malo está en pintar al mundo como un pastel que se reparte cada vez en cuñas más pequeñas. Es miopía crasa ver al mundo y al universo así.

    Bien usados, los recursos naturales constituyen la plataforma de lanzamiento a un futuro inimaginable en dónde encontraremos la riqueza del mismo universo. Y, sí, hay mucha destrucción de los recursos, pero no es sensato inventar el cuco del ‘capitalismo salvaje’ para aventarle culpas. En todo caso, la verdadera “derecha extrema” no es capitalista sino nacional socialista, es el nacismo que es extrema izquierda.

    “La explotación del hombre” … La más horrorosa explotación del hombre se da en el comunismo y sus hermanos de la izquierda; los cuales ni siquiera reconocen la familia y la propiedad de nuestros cuerpos, los cuales alegan ser menos que el colectivo. El capitalismo da riendas sueltas a todos para que del aporte de cada persona salgan las soluciones y caminos de virtud al destino de la humanidad. En el centralismo estéril no se abren los caminos de la diversidad sino del centralismo castrante.

    Y… quienes más que los socialistas, comunistas, y totalitarios en general son los que más se valen de la “manipulación de la mente”. ¿Acaso no vemos de dónde sale la locura del woke? Y ni hablar la manipulación de gobiernos regaliernos cuyo único objetivo es conducir las gallinas a los gallineros del policentrismo partidario.

    Que el “capital privado” es perverso. ¡A la gran flauta! ¿Será malo pensar y actuar con la cabeza propia? Es de necios creer y proponer que todo sea de todos, pues lo que es de todos no es de nadie y nadie lo cuida. Vean el agua del IDAAN.

  • Bernard Mandeville, un personaje para el momento actual

    Nada menos que Samuel Johnson –sin duda una de las figuras más destacadas de la literatura inglesa del siglo XVIII– ha dicho que Mandeville le “abrió la mirada frente a la realidad de la vida” y, por su parte, James Boswell en Life of Samuel Johnson apunta que Mandeville ha influido decisivamente en buena parte de la concepción filosófica del tan ponderado doctor Johnson.

    Pensadores de la talla de Adam Smith, David Hume, James Mill, Emanuel Kant, Jeremy Bentham, Voltaire, Montesquieu y estudiosos como Benjamin Franklin han citado frecuentemente a Mandeville para discutir o para coincidir con sus razonamientos y conclusiones. Condillac y Herder se basaron en Mandeville para la realización de buena parte de sus trabajos sobre el origen y el proceso evolutivo por el que se forma el lenguaje, que como es sabido no procede de la ingeniería social ni el diseño, sino del orden espontáneo. En esta línea argumental, Borges sostenía que el inglés cuenta con un mayor número de palabras porque no lo pretende regir una academia de la lengua.

    Alexander Pope reconoce en los escritos de Mandeville un gran valor literario. Resulta muy curioso que con estos reconocimientos sobre la influencia mandevilliana en el pensamiento de la época contemporáneamente aquel autor pase prácticamente desapercibido. Salvo el formidable trabajo de tesis doctoral presentado por Forrest B. Kates en 1917 en la Universidad de Yale, que más tarde inspirara a Friedrich Hayek para su notable presentación ante la Academia Británica en marzo de 1966 y con anterioridad la disertación doctoral de Chiaki Nishiyama en la Universidad de Chicago en 1960, salvo estos estudios, como queda dicho, Mandeville pasa sin que se destaquen sus contribuciones, aun en los círculos intelectuales considerados de mayor prestigio.

    Bertrand Mandeville nació en Holanda en 1670 y murió en Inglaterra en 1733, lugar este último donde transcurrió prácticamente toda su existencia. Se graduó en medicina –provenía de una familia de médicos célebres–, pero su interés lo volcó por entero a la filosofía, sobre lo que publicó una docena de trabajos de envergadura, pero su tono incisivo, mordaz y por momentos peyorativo condujo a algunos malentendidos. Aunque fueron muchos los intelectuales de peso que reconocieron su originalidad y maestría, otros lo rechazaron por considerar que su lenguaje resultaba insolente y no adecuado para la época. En su afán de ridiculizar al oponente en no pocas ocasiones dificultaba la comprensión del argumento, que incluso a veces resultaba desfigurado.

    Veamos a título de ejemplo una de sus obras titulada La fábula de las abejas o cómo los vicios privados hacen a la prosperidad pública. Es que Mandeville usa la expresión “vicio” en su equivocada acepción vulgar para aludir a los seres humanos persiguiendo su interés personal. Con este razonamiento el autor de marras pretendía señalar con acierto que todos actuamos en nuestro interés personal. Es en realidad una verdad de Perogrullo, puesto que el acto se lleva a cabo precisamente porque está en interés del sujeto actuante, sea la acción ruin o abnegada. Tanto el asaltante de bancos que apunta a que le salga bien el atraco como la Madre Teresa, en cuyo interés personal está el cuidado de sus leprosos, en ambos casos proceden por el referido móvil.

    El eje central de la cooperación social en un sistema abierto se sustenta en que todos para progresar deben atender las necesidades de su prójimo. Se trata de demandas cruzadas en los intercambios, por eso es que suelen agradecerse recíprocamente en un comercio luego de la transacción. Lo que le preocupaba a Mandeville y mucho más nos preocupa a esta generación es la incomprensión manifiesta de lo dicho, e irrumpe el “ogro filantrópico” al decir de Octavio Paz, un esperpento que en nombre del aparato estatal aplasta derechos y libertades de los gobernados a través de controles absurdos, pesadas cargas fiscales, inflaciones galopantes, sindicatos que abdican de sus funciones y en su lugar perjudican a sus supuestos representados, sistemas de inseguridad antisocial, cerrazón al comercio con el mundo. Todo conducido por megalómanos disfrazados de hadas madrinas que todo lo destruyen a su paso degradando el concepto de solidaridad, ya que se inspiran en la expropiación del fruto del trabajo ajeno.

    Esta lección de Mandeville luego fue retomada también por uno de los más destacados exponentes de la Escuela Escocesa, a saber Adam Ferguson, que en 1767 subrayaba que los beneficios del interés personal cruzado en una sociedad libre son “el resultado de las acciones humanas mas no producto del diseño humano” al efecto de alejar de los burócratas “la arrogancia fatal”, tal como denominaba Hayek al ímpetu de los estatistas de siempre. En momentos en que en el llamado mundo libre la arremetida de los planificadores y alquimistas sociales hace peligrar la existencia de la misma libertad, resulta de interés repasar y releer el mensaje central de Mandeville, especialmente cuando se observa una malsana tendencia a abandonar los preceptos de la democracia para convertirla en cleptocracia, lo cual en lugar de preservar intacto el respeto a los derechos de las personas, tal como recomiendan los Giovanni Sartori de nuestro tiempo, en muchos lugares se opta por gobiernos de ladrones de sueños de vida, propiedades y libertades. Se deja de lado la columna vertebral de la democracia para sustituirla por el mero recuento de votos, con lo que se podría concluir que Hitler era demócrata porque asumió con la primera minoría en un proceso electoral, o el sistema implantado por el dictador venezolano que habla con los pajaritos.

    Tal como se ha consignado respecto de Mandeville, el estilo burlón y satírico aplicado a ciertos temas no siempre es conducente, procedimiento a que recurre este pensador en su desesperación para que se comprendan puntos centrales de la convivencia civilizada. Mandeville es el principal responsable de haber refutado lo que se conoce como “darwinismo social”. Darwin mostró que en el reino de la biología las especies más aptas eliminan a las menos competentes, mientras que Mandeville explicó con lujo de detalles que en materia social la libertad hace que los más eficientes, los más fuertes, como una consecuencia no necesariamente buscada, inexorablemente transmitan su fortaleza a los más débiles por las inversiones que son la única causa de salarios e ingresos en términos reales.

    Otro punto sobresaliente en los trabajos del autor que estamos comentando es el referido a lo que en términos modernos de la teoría de los juegos se denomina la suma cero. Esto es el pensar que en las relaciones interindividuales no hay ganancias de las dos partes en una transacción, como si se beneficiara solo la que recibe dinero, sin percatarse de que en las contrataciones libres las partes involucradas ganan. La riqueza no trata de un pastel estático que se divide en partes, sino de un proceso dinámico de crecimiento que no se refiere a cantidad material, sino a valores incrementados. Recordemos aquello de “todo se transforma, nada se consume” en el universo. Los teléfonos antiguos tenían mucha más materia que los modernos, sin embargo estos últimos prestan infinitamente mayor cantidad de servicios, por ende proporcionan mayor valor. En resumen, Mandeville es para nuestra época.

  • ¿Es capaz una inteligencia artificial de componer mejores sonetos que Shakespeare?

    La máquina siempre ha generado miedo entre nosotros, los humanos. En la literatura y el cine de ciencia ficción –que de primeras podrían parecer un canto a la creatividad del inventor o un intento feliz por aventurar cómo será el futuro– hemos tendido a narrar, de mil y una maneras distintas, esa desconfianza hacia lo mecánico y digital.

    Un buen ejemplo lo encontramos en la que muchos consideran la primera novela de ciencia ficción. El doctor Frankenstein es presentado desde el subtítulo del libro como un moderno Prometeo, esto es, un ladrón que juega a robarles a los dioses y termina siendo castigado. De ahí que el resultado de su experimento no salga como esperaba: crea un monstruo deforme, imperfecto, asesino, que desata el terror allá donde va. Y el doctor queda condenado a perseguirlo de por vida, con el único objetivo de enmendar su error.

    Desde entonces, la tecnología ha aparecido en las ficciones como un enemigo en potencia. Será María en Metrópolis, el sabueso mecánico en Farenheit 451, HAL en 2001, la ciudad de las máquinas en Matrix, la ginoide rebelada en Ex Machina. Y hoy todavía más: desde el primer tercio del siglo XX estamos viviendo el auge de las distopías, que amplían la historia de nuestra sociedad hacia comunidades podridas, corruptas, autoritarias.

    Los progresos científicos del presente son fuente de ficciones especulativas desencantadas. El género scifi nos recuerda que el futuro en realidad está naciendo en este mismo ahora. Terminator, aún inexistente, nos vigila desde los años que están por venir.

    Si la IA nos gobernara

    En Membrana, Jorge Carrión (2021) presenta un mundo organizado por máquinas todavía más poderosas que el monstruo de Frankenstein o Terminator: redes rizomáticas, algoritmos autoconscientes, circuitos, resistencias y transistores interconectados que forman una enorme mente digital que todo lo sabe y domina.

    Portada de _Membrana_, el libro de Jorge Carrión.
    Portada de Membrana, el libro de Jorge Carrión.
    Galaxia Gutenberg

    Membrana especula: ¿qué sucedería con nosotros en ese mundo?, ¿qué sucedería con la humanidad? Desde luego, las máquinas tendrían un poder absoluto sobre nuestra supervivencia. Como de alguna manera lo tienen ahora: imaginen el colapso causado por un apagón tecnológico (o no lo imaginen y vean uno de los temores más habituales en tiempos recientes plasmados en series como El colapso o Apagón).

    Pero, además, las máquinas también tendrían un poder casi absoluto sobre nuestra identidad. ¿Qué es lo que nos hace humanos? En Membrana, la IA narradora es capaz de reconfigurar el discurso que nos define: relata otra historia de Occidente, describe a mujeres y hombres desde una lógica distinta a la del Homo sapiens, reinventa nuestros museos, libros de texto y recuerdos a través de una óptica alternativa. Estas instituciones, que en tiempo pasado fueron mitologías de nuestra especie, terminan por resquebrajarse ante otra perspectiva.

    El miedo a la máquina, por tanto, no es totalmente irracional. Un colapso económico, energético, industrial… pondría en riesgo la vida de millones de personas y, en ese sentido, es normal que nos resulte poco deseable. Pero no está tan claro que un «colapso cultural» pudiera provocar un efecto negativo análogo.

    La identidad humana, más que humana

    Tampoco se puede afirmar que las creaciones tecnológicas no tengan su lado perverso en el ámbito de la cultura. Generan dependencia, permiten usos malévolos. Ahora bien, en lo que tiene que ver con la configuración de la identidad humana, terreno siempre móvil, siempre inestable, no está probado que lo digital conlleve pobreza.

    El poshumanismo de Membrana sugiere que, en ciertos contextos, el dominio de la máquina no tendría por qué ser tan malo como los tecnófobos nos han hecho creer. Solo sería una etapa más, incluso podría decirse que una etapa lógica de nuestro desarrollo: somos nosotros los que, de alguna manera, hemos llegado hasta ahí y hemos creado nuestro futuro «no-humano». Inventar nueva tecnología es una habilidad fundada en la genética, en la evolución de la especie. Desde ese punto de vista, la máquina es una extensión de nuestra biología.

    Así, si bien la tendencia general en la cultura de Occidente es temer a la máquina, hay que admitir que, en el campo de lo estético, ceder el poder a la tecnología no nos aboca obligatoriamente al desastre. De hecho, en el arte lo natural es el cambio. Y las IA (nos) ofrecen una nueva revolución del paradigma. La novela de Carrión viene a recordar que adoptar nuevas perspectivas de vez en cuando puede ayudarnos a entender nuestra realidad (también, paradójicamente, nuestra identidad) un poco mejor.

    Arte autónomo vs. código binario

    Existen, sin embargo, muchos prejuicios que todavía minusvaloran la ficción de autoría digital. Un argumento esgrimido habitualmente para desprestigiarla, quizá el más consagrado en nuestra tradición, señala que una máquina nunca podrá producir una obra plenamente autónoma.

    Este razonamiento se fundamenta en el dogma de que lo estético no puede tener otra función que su esteticidad. La obra ha de provenir de una mente genial, en el sentido romántico del término, una mente distinta y única, y deberá ser independiente del sistema establecido. Solo el gran artista encuentra un lenguaje propio para describir el mundo. Esto quiere decir que no es posible crear arte mediante el reciclaje, el plagio o el remake. No entra dentro de nuestros ideales que un epígono pueda estar a la altura del maestro.

    máquina
    Una robot con apariencia femenina acaricia unas máscaras humanas en un pasillo blanco.
    Ava, ¿mujer o robot?, en Ex Machina.
    FilmAffinity

    Si aceptamos esta óptica, las inteligencias artificiales serán el último eslabón de la cadena: el elemento más alejado de la originalidad estética, al lado de otros poco valorados como la copia, la reproducción, el facsímil o el duplicado. Porque las IA están preconfiguradas. Responden a unas normas impuestas de antemano, a un código preescrito. Y, por tanto, son el epítome de lo anticreativo.

    Pero, si nos detenemos a pensar en obras concretas, pronto nos daremos cuenta de que no existe ninguna verdaderamente autónoma, aislada de la realidad, sin componentes intertextuales más o menos explícitos.

    El Quijote recoge crítica literaria, a veces muy áspera, en contra de algunos libros de renombre (y cita títulos), al mismo tiempo que satiriza los comportamientos picarescos de la España del XVII. Se basa en la realidad y en los textos que le preceden para construir su propia ficción. Y, pese a todo, nadie diría que el Quijote sea una mala obra de arte. Ni que Cervantes sea un mal autor.

    No queda otra que aceptar que no hay obra que se erija sobre la nada, con independencia de su realidad más cercana, según los gustos y las claves literarias de su época. Humanistas y filósofos como Boris Groys han expuesto con acierto cómo la innovación solo es posible desde la tradición. El argumento de la autonomía del arte se estrella contra el empirismo de la lectura y deja el camino abierto a la estética maquinal.

    Telos

    El paradigma cíborg y la importancia del efecto

    Es desde estas premisas, ni demasiado entusiastas ni demasiado derrotistas, como creo que deben observarse las inteligencias artificiales en lo que respecta a la creación estética. Porque, en realidad, la obra de arte solo funciona en relación con lo establecido: renovando una forma literaria fosilizada, mezclando géneros, formas y temas preexistentes, buscando las cosquillas a prejuicios asumidos como certezas… Y todos estos «datos» pueden ser alimento de una IA literata en potencia.

    No nos queda otra que abrazar la idea de que la tecnología se ha ganado su hueco en el Parnaso. Y eso está bien: no hemos de tenerle miedo a la máquina que teclea versos; no debería preocuparnos que la cultura mute, que nuestra identidad se deforme o que el canon artístico se desmorone (una vez más).

    Otra cosa será que esta situación nos obligue a repensar muchas rutinas, instituciones y valores. La palabra autor no podrá ser ya la misma. Las asignaturas de primaria y secundaria deberán virar hacia otros contenidos. El concepto de obra tendrá que renovarse o morir. Pero siempre hay que dejar algo atrás para continuar en movimiento.

    Las inteligencias artificiales no van a poder encontrar la fórmula mágica de la literatura. Más que nada porque no existe tal fórmula. Cada obra tiene sus propios códigos y resuelve un diálogo con sus lectores desde términos particulares. Pero de ahí no se deduce que una inteligencia artificial sea incapaz de componer eso que llamamos «una gran novela» o «un buen poema», entre muchas novelas y poemas fallidos.

    Los escritores humanos seguirán escribiendo. A su lado estarán las escritoras máquina. Y, por supuesto, lxs escritorxs cíborgs, una simbiosis inevitable y de lo más interesante, que sin duda dará que hablar.

    Tal vez, por fin, esté llegando el día en que la literatura pasará de ser valorada principalmente por quién la hizo (o cuándo, cómo, por qué) y entrará a considerarse su efecto sobre los lectores. Pues, por mucho que los libros de texto de las escuelas todavía estén organizados como una lista de nombres propios, ¿quién duda, en el fondo, de que lo más importante de la literatura ha sido siempre lo que nos ha hecho sentir y pensar?

    Las IA, con sus muchas trabas (éticas, creativas, políticas…), pueden ser la mecha que ponga fin al paradigma biografista y memorístico en pos de un paradigma receptivo e interpretativo. Our machines are disturbingly lively (“nuestras máquinas están inquietantemente vivas”), y eso es una gran oportunidad para la estética.


    Este artículo fue publicado originalmente en la revista Telos de Fundación Telefónica.The Conversation


    Laro del Río Castañeda, Investigador predoctoral en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, Universidad de Oviedo

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Progreso o regresión es el acertijo

    Nos cuenta Richard Rahn que todo el que haya tenido hijos o dado clases a jóvenes sabe que aprenden a su medida y velocidad. Unos pueden ser raudos en matemáticas y lentos en gramática y al contrario; sin embargo, la educación tradicional monopólica gubernamental insiste en tratar a todos los estudiantes sin diferenciación. En fin, los monopolios estatales son más que lerdos aplicando nuevas tecnologías que permiten un aprendizaje más individualizado y dichos monopolios no son más que regresión, resabios de la historia del intervencionismo.

    El derecho a elegir que cada día va en aumento alrededor del mundo a pesar de que pocos lo advierten, rompe el monopolio politiquero estatal y comenzará a permitir que el pleno potencial de la inteligencia artificial (AI) junto a otras tecnologías puedan ser adaptadas como herramientas educativas ajustadas a cada estudiante en cada materia. Las máquinas de AI no se fijan en el color del estudiante, raza, su religión y antecedentes étnicos; sólo en los resultados del aprendizaje. Todo ello se aplica tanto a los niños de primer grado como a quien estudia para un doctorado. Y lo mejor, ¡adiós a los inútiles oficiales woke, botellas y garrafones estatales!

    A través del tiempo los estudiantes gravitarán del costo MEDUCA o, mejor dicho NODUCA, a alternativas mucho más efectivas y económicas. Y, en particular, alternativas que dan la riqueza de la diversidad y no la pobreza del monocultivo estatal de adoctrinamiento. El NODUCA que sufrimos en Panamá junto con los sindicatos magisteriales y otros que le siguen el juego a los tarados, se oponen y opondrán a todo cambio real y efectivo; usando fondos que obtienen por medio de leyes torcidas y del mismo erario público para comprar a políticos corruptos. Y sí, con el tiempo, de una forma u otra, la tecnología naciente dominará, pero todo ello en detrimento de muchos jóvenes a quienes les han y están arruinando sus vidas. Como suelo señalar: “Los jóvenes que abandonan las escuelas NODUCA son los más inteligentes que saben los están estafando.”

    Aunque en el ámbito tecnológico hay mucho realmente novedoso y más que útil, en el ámbito humano permanecemos, en muchos sentidos, estancados en el letargo de un ayer caduco. Imagínense que todo lo que ocurre hoy día los vio u advirtió en su seminal obra, The Wealth of Nations (La riqueza de las naciones), Adam Smith en 1776. Pero no sólo Smith sino muchos otros que han sabido pensar; y… ¿qué de la Apocalipsis en la Biblia?

    Adam Smith también nos advirtió acerca de la importancia del libre mercado, tanto interno como externo; y, aunque mucho del mercado internacional no sea realmente “libre”, aun así no debemos pensar que la libertad, en general no sea buena; que no funciona, ya que el mal anda por otro trillo. Por los vientos que soplan no hay otra que sufrir el mal del woke y tal para lograr que el sistema inmune reaccione y logremos inmunidad.

    No es bueno ver las cosas en el corto plazo, ya que la vida no es de hoy sino del ayer y el mañana; el hoy es sólo un instante que pasa en un pestañar de ojos. La evolución tecnológica no se irá. Probablemente se dará cierta regresión pero sin ella no vamos a aprender ya que los humanos avanzamos a punta de patadas.

    Uno de los mayores engaños que plagaron a todo el mundo fue el de la teoría “monetaria moderna” que no pasa de ser un ardid trapichero de los politicastros del mundo para mantener a las gallinas en los gallineros del engaño. ¿Qué más prueba necesitamos que la inflación, producto de la falsificación de aquello que no es del gobierno y sus politicastros sino el producto del ingenio y trabajo de toda la comunidad?.

    Por el momento no hay más que hacer como los marinos cuando se acerca la tormenta en altamar; acortar el velamen y cerrar las escotillas.

  • Por qué deberías usar todas las vías legales para evitar pagar impuestos

    Me inspiré para escribir este artículo en una reunión de nómadas de todo el mundo en Bali, donde resido actualmente. Me sorprendió saber que a pesar de que muchos de ellos viajan a tiempo completo y no viven en ningún lugar más de 183 días al año y no tienen un centro de vida en ningún lugar, todavía están empleados «a tiempo completo» en su país de origen o tienen un negocio allí y tienen una carga total de impuestos y gravámenes increíble (más del 50%). Esto significa que incluso si no tienen que hacerlo legalmente (pueden tener residencia fiscal en Paraguay y hacer negocios a través de una sociedad de responsabilidad limitada de los EE. UU.), todavía están (en este caso voluntariamente) bajo los grilletes de su maestro fiscal.

    Si no vives en la Union Europea (UE) la mayor parte del tiempo, normalmente no tiene sentido económico seguir siendo víctima de este infierno fiscal: seguir trabajando allí como empresario individual o en una relación laboral regular.

    Ha sido interesante ver cómo los nómadas difieren en sus puntos de vista sobre el estado, especialmente sobre el pago de impuestos:

    Los nómadas de Europa occidental a menudo creen que reciben servicios adecuados por sus impuestos. Aún así, si tuvieran la opción de no pagarlos, por supuesto, no los pagarían – muchas veces observé una aparente disonancia cognitiva en ellos – nos gusta pagar impuestos porque el estado nos brinda atención médica de calidad, educación y caminos a cambio. Cuando respondí, entonces por qué no los tienes voluntarios, la respuesta fue que nadie pagaría impuestos (pero si no, les “gusta” pagarlos).

    Los nómadas de Europa central perciben que “los que pagan impuestos apoyan la corrupción”. Y lógicamente, si no apoyas la corrupción, no puedes pagar impuestos.

    Los nómadas de Europa del Este fueron aún más lejos: consideraban al estado una organización criminal y extorsionadora que no solo roba todo el dinero sino que comete el mal: encarcela y criminaliza a las personas, inicia guerras, etc.

    Todos los nómadas estuvieron de acuerdo en que si los impuestos fueran voluntarios, nadie los pagaría (ni siquiera los ciudadanos de Europa Occidental a quienes “les gusta pagar”).

    Debo señalar que en esta comunidad nómada, yo era el único libertario obstinado (lo cual era un poco extraño para mí).

    Pasamos de la pregunta de si no pagar impuestos es inmoral (la explicación lógica y ética más simple la puedes encontrar en este video , y a menos que estés convencido y creas en un “contrato social” invisible, el video “ You can always going ” tiene una explicación más detallada) a la pregunta de si, por otro lado, pagar impuestos es moral.

    ¿Por qué pagar impuestos es inmoral?

    Porque pagando impuestos, además de aportar dinero a servicios estatales ineficientes y disfuncionales que distorsionan el mercado al introducir monopolios (educación, salud, etc.) y matar a la competencia potencial (reduciendo así la calidad y aumentando el precio para todos los ciudadanos) , estás contribuyendo a cosas explícitamente inmorales, incluso a crímenes de lesa humanidad.

    Si eres ciudadano de un país que libra guerras invasivas, estás contribuyendo a todo el complejo militarista (por ejemplo, mi amigo apátrida Mike Gogulski revocó su ciudadanía estadounidense solo por esto, para no tener que contribuir a ello con sus impuestos).

    Si eres ciudadano de Eslovaquia, tus impuestos respaldan la criminalización de personas inocentes cuyas vidas han sido completamente arruinadas por el estado (por ejemplo, Jozef Sipos recibió 20 años por cultivar marihuana, más la confiscación de la casa de su familia ). Y hay muchos casos de este tipo en Eslovaquia. Además, está contribuyendo a la censura general que tenemos en Eslovaquia o al totalitarismo digital en constante evolución. Por último, pero no menos importante, usted apoya un sistema judicial disfuncional que deja en libertad a los asesinos agresivos después de tres años ( Juraj Hossa, que mató a golpes a un filipino en el centro de Bratislava, queda en libertad ).

    Si paga impuestos, está haciendo una contribución real a toda esta inmoralidad.

    Y no hagas la vista gorda. Sé que es difícil de leer y aún más difícil de escuchar.

    No es necesario ser un libertario o un anarquista que rechaza los impuestos por principio como una relación unilateral impuesta bajo la amenaza de la violencia para darse cuenta de este simple hecho.

    Te dices a ti mismo, “pero el estado hace muchas cosas buenas; no puedes simplemente mirarlo en blanco y negro de esa manera”. La pregunta es, por tanto: ¿Apoyarías a alguna otra organización que cometa crímenes similares?
    Imagina cualquier otra organización benéfica que dona el 99 % de su presupuesto a una noble causa benéfica pero utiliza el 1 % para abusar de niños pequeños (la similitud con una organización religiosa existente en Eslovaquia es pura coincidencia). ¿Apoyarías a esta organización?

    Si ves al estado en términos puramente utilitarios, la mayoría de las cosas que hace son beneficiosas, por lo que pagar impuestos está bien, aunque cometa atrocidades aquí y allá. Entonces deberías ver esta organización benéfica de la misma manera utilitaria: pueden abusar de niños pequeños aquí y allá, pero la mayor parte de su presupuesto se destina a una buena causa, por lo que es correcto apoyarlos.

    Del mismo modo, así como es irrelevante si nuestra organización benéfica imaginaria utiliza el 1%, el 0,1% o el 0,01% de su presupuesto para abusar de niños pequeños, es vehementemente inmoral apoyarla, así que es igualmente inmoral apoyar con impuestos a un estado que es también haciendo muchas «cosas buenas» mientras comete todo tipo de otras atrocidades (como encarcelar a personas inocentes durante 20 años por delitos sin víctimas).

    El argumento de que podemos influir en el comportamiento y la conducta del estado, a diferencia de las organizaciones benéficas antes mencionadas, con nuestra voz democrática y hacer todo lo posible para garantizar que las personas no vayan a la cárcel durante 20 años por marihuana es débil, ingenuo en el extremo, y también irrelevante.

    Si se nos ofreciera la oportunidad de elegir la gestión de nuestra organización benéfica, que abusa de los niños pequeños, por un voto de uno en un millón, como una excusa para decir que si no nos gusta el hecho de que se abusa de los niños pequeños, tenemos la oportunidad de cambiarlo con nuestro voto, también lo encontraríamos increíblemente ridículo e ingenuo.

    Puede leer el original aquí:

  • Desde cuándo una imagen vale más que mil palabras

    La amplia difusión de esta sentencia de aparente coherencia la ha convertido en una especie de aforismo que se propone como pauta en la ciencia o el arte.

    Una frase publicitaria de la industria del automóvil, “one look is worth a thousand words”, condujo a Fred Barnard a publicar un artículo en 1921 elogiando la efectividad de la ilustración en la publicidad, con el título One picture is worth a thousand words, en el que atribuye la frase a Confucio, tal vez para darle más credibilidad.

    Origen publicitario del aforismo y anuncio de F. R. Barnard en 1927.

    Esta idea de confrontación de valor entre texto e ilustración ya aparecía en una novela de Turgueniev (1862), cuyo protagonista, cuando observa las imágenes de unas montañas, es interpelado a que, como geólogo, haría mejor en consultar libros que no dibujos. Él responde que “un dibujo me representa, de un golpe a la vista, aquello que en el libro ocupa diez páginas enteras”. Es la misma idea que subyace en la publicidad moderna.

    Recopilación de citas (O’Toole, 2022)

    Comparaciones similares (como las de la figura), no siempre referidas a la imagen, nos indican que, más que elogiar el valor de la imagen, se refleja una impresión desfavorable hacia el discurso, quizás como respuesta a la preferencia histórica por el texto.

    No siempre ha sido así…

    El proverbio inglés “pictures are the books of the unlearned” define las imágenes crudamente como los libros del ignorante. Una idea reflejada en los primeros libros ilustrados y difundida, entre otros, por el reformador Calvino, que perdura en la actualidad:

    “Lamentablemente, nada ha cambiado hoy, excepto que las imágenes se han multiplicado exponencialmente junto con lo no aprendido”

    Paul Derengowski, 2018.

    Texto e imagen siempre han estado enfrentados como modelo o paradigma de la representación humana. En la comparación clásica ut pictura poesis, que refiere la poesía como “pintura que habla” frente a la pintura como “poesía muda”, la literatura siempre salía reforzada, al atribuir al poeta una especie de don creativo de tipo espiritual, frente al carácter manual de la imitación artesanal del artista visual.

    El tratado de Da Vinci da la vuelta a esta consideración:

    “¿Qué poeta podría presentarte con palabras la verdadera imagen de tu capricho con tan gran fidelidad como el pintor? No vemos cosa alguna de las que habla, cosas que sí veremos si alguien habla por pinturas, las cuales entenderemos como si hablasen”.

    Un precedente de comparaciones posteriores que irán favoreciendo el valor social de la imagen, especialmente cuando comienza a ser fácilmente reproducible y accesible. Esta accesibilidad técnica comienza con la cámara oscura de los pintores y nos conducirá, a través de la fotografía y el cine, hasta las pantallas actuales.

    Narrativas y niveles de lectura

    La comparación conciliadora permite compartir espacio entre la creación literaria y la visual, comprendiendo sus diferentes narrativas. Si para construir la imagen digital de las modernas pantallas se necesita escribir gran cantidad de palabras o signos alfanuméricos, estos tienen poco sentido por sí mismos. De igual forma, las palabras son signos que para ser asociados a un concepto van a requerir una gran cantidad de imágenes mentales, que por si mismas pierden entidad. Por tanto, si bien una imagen vale mil palabras, un texto podría valer mil imágenes.

    En defensa de la lectura, se suele hablar de la categoría del “falso lector”: persona que valora positivamente la lectura pero que no tiene hábito lector y busca producir la impresión de parecer lector, cercana a la deseabilidad social.

    Si llevásemos esta descripción a la narrativa visual, podríamos igualmente hablar de falsos lectores que, aunque no poseen el hábito lector de las imágenes, tendrían una consideración alta de su valor en esta época de alfabetización visual.

    Niveles de lectura y comprensión

    La comprensión lectora se caracteriza por la interpretación activa de lo leído, al crear significados y hacernos más conscientes de la lectura en general. En el otro extremo, se sitúa el nivel más superficial de la lectura, caracterizado por la eficiencia lectora de textos e imágenes, con contenidos concretos y breves.

    Esta lectura superficial se puede dar por igual en ambas narrativas y leemos imágenes de forma superficial y eficiente. Basta observar los hábitos adquiridos en determinadas aplicaciones.

    La lectura activa, de imagen o texto, nos permite profundizar en el significado a través de los aspectos formales y gramaticales. Ambas lecturas ofrecen aspectos interpretables a partir de elementos estructurales, sujetos a normas de la gramática verbal o visual.

    Ni la imagen es de ignorantes, ni el texto goza de especial espiritualidad. Aunque con resultados diferentes, ambas representaciones reflejan la misma capacidad de abstracción del pensamiento humano. La creación humana es visual y textual y la alfabetización, en ambos lenguajes, adquiere hoy un especial valor ante la potencialidad de la inteligencia artificial para crear textos e imágenes complejas.The Conversation

    Pedro Urchegui Bocos, Doctor en Pedagogía. Profesor Colaborador, Universidad de Valladolid

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Ok, Google: ¿de verdad me importa mi privacidad?

    Siri y Alexa se han colado en nuestras vidas: nos acompañan en nuestros smartphones, altavoces inteligentes, sistemas de navegación y dispositivos de domótica. Son asistentes virtuales de gran utilidad en muchos contextos. Por ejemplo, para utilizar nuestros teléfonos mientras cocinamos o para facilitar el acceso a internet a personas con diversidad funcional. Sin embargo, su uso no está exento de riesgos. Algunos, que quizá desconozcamos. ¿Hasta qué punto arriesgamos nuestra privacidad con ellos? ¿Realmente nos importa perder nuestra intimidad?

    La cara B de los asistentes virtuales

    Dada la variedad de dispositivos en los que se incorporan, es difícil tener cifras precisas sobre la penetración de asistentes virtuales en la actualidad. En el mercado americano más del 50 % de los hogares tiene ya un altavoz inteligente y en España las cifras se sitúan en torno al 7 %.

    Hablamos de asistentes virtuales que funcionan con un conjunto de sistemas y algoritmos que reconocen el lenguaje natural y ejecutan distintas tareas. Pero, además de recopilar datos personales de la misma forma que otras aplicaciones, estos asistentes recogen un tipo de información especialmente sensible: las grabaciones de voz.

    Aunque están diseñados para activarse únicamente cuando se mencionan los términos clave (“hey Siri”, “Alexa”), estos términos no siempre se detectan de manera correcta y los dispositivos pueden llegar a despertarse entre 20 y 40 veces en un día. Como resultado, realizan grabaciones de entre 6 segundos y 2 minutos antes de desconectarse.

    ¿Qué ocurre en esos casos? Las empresas desarrolladoras tienen permiso para escuchar estas grabaciones (recordamos, realizadas en nuestros salones, cocinas y alcobas) con el fin de mejorar sus algoritmos. En algunas ocasiones estas grabaciones han sido cedidas a empresas de terceros, e incluso filtradas a la prensa, con el consiguiente revuelo.

    ¿Nos preocupa nuestra privacidad… o no tanto?

    Según datos del CIS, al 75 % de los ciudadanos españoles le preocupa la protección de sus datos. Sin embargo, no siempre actuamos de forma coherente y no hay evidencias de que premiemos o utilicemos en mayor medida aquellas aplicaciones más transparentes o respetuosas con nuestros datos.

    Este fenómeno, denominado “la paradoja de la privacidad”, tiene distintas explicaciones.

    1. Sabemos los riesgos, pero los asumimos porque el servicio que nos ofrecen nos resulta útil. Alternativamente, y de un modo más irracional, porque los beneficios que obtenemos son inmediatos, mientras que los riesgos en seguridad son costes futuros.
    2. No somos conscientes de esos riesgos y utilizamos esos servicios sin conocer las potenciales consecuencias.
    aparato eléctronico redondo y gris con un punto luminoso en el centro.
    Shutterstock / pianodiaphragm

    Estudiando la paradoja de la privacidad

    Para aclarar cuál de estas dos posibilidades predomina, la Universidad Pública de Navarra ha iniciado una investigación –pendiente de publicación– que mide en la red social Twitter el impacto de las noticias positivas y negativas relacionadas con la privacidad de los asistentes virtuales.

    El objetivo no es otro que arrojar luz sobre la paradoja de la privacidad: si las noticias generan un impacto significativo en el tipo de conversación generada, será evidente que los usuarios no eran previamente conscientes de estos riesgos.

    Para ello, este proyecto ha generado una base de datos de dos años de tuits que mencionan los asistentes de Google, Apple y Amazon (más de 600 000) y la ha cruzado con una base de datos de noticias positivas y negativas sobre los asistentes para este periodo. A continuación se estudió el volumen de conversación antes, durante y después de las noticias, así como el sentimiento medio que expresaban esos tuits (basado en el tipo de lenguaje que se utiliza).

    Se observó que, en general, los aspectos ligados a la privacidad están poco presentes en la conversación: solo se mencionan en el 2 % de los casos, aunque esta cifra se duplica en el caso de Apple, marca que pone un énfasis mayor en el tratamiento de los datos personales.

    Por otra parte, las noticias negativas sobre privacidad tienen un fuerte impacto, tanto en el volumen de conversación como en el sentimiento medio, que se hace más negativo. Las noticias positivas no tienen ningún efecto. Además, el impacto de las noticias negativas es mucho más fuerte para Apple que para Google, lo que indica que posicionarse en privacidad tiene sus riesgos, ya que los usuarios van a reaccionar más negativamente ante problemas relacionados con este ámbito.

    Por tanto, los resultados de esta investigación indican que los usuarios no somos conscientes de los riesgos que asumimos y reaccionamos muy negativamente cuando se ponen al descubierto. Esto nos deja dos conclusiones principales:

    1. Los individuos debemos ser más activos recabando información sobre los servicios que utilizamos.
    2. Las administraciones deben asumir un mayor papel en la educación y control de los asistentes virtuales, ya que es improbable que sean las plataformas las que informen mejor a sus usuarios.The Conversation

    Mónica Cortiñas, Profesora Titular Comercialización e Investigación de Mercados, Universidad Pública de Navarra

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • La ilusión socialista

    La “ilusión” nos llega del latín illusîo, que se refiere a una imagen, idea o ideología que surge de la imaginación y que típicamente es engaño alejado de la realidad. Tristemente, hay muchos ilusos a punto que, según Gallup, en los EE.UU. el 65%% de los llamados “democrats” y el 39% de los estadounidenses favorecen la doctrina socialista, en mayor o en menor grado. Pero el hecho de que muy pocos puedan definir lo que es el socialismo nos lleva a concluir que se trata de una ilusión.

    Un caso ilustrativo, que nos cuenta David Boaz del instituto CATO, es el caso del senador Bernie Sanders quien, al defender su socialismo manifestó que desearía que los EE.UU. fuesen más como Dinamarca. Curioso que el primer ministro de Dinamarca rápidamente aclaró que “Dinamarca está lejos de tener una economía planificada. Que Dinamarca tiene una economía de mercado.”

    Antes de proceder, veamos mejor lo que es el socialismo. De salida, el socialismo es lo contrario al liberalismo; a pesar de que lo contradiga la enciclopedia filosófica de Stanford al decir que se trata de libertad individual. La realidad es que hablar de libertad individual o personal (de la persona) es hablar de libertad económica; es decir, quien economiza es la persona y no el estado y sus gobiernos. Economía de mercado es la división del trabajo que se logra con el mercado; pero no cuando éste es torcido por gobiernos infectados con politicastros.

    Otro aspecto interesante que define las diferencias entre la mentalidad o ilusión socialista del liberalismo la tenemos en que el dinero es producido del mismo modo que se producen los demás productos y servicios en un mercado desembarazado; vale decir, que una banca central jamás debe controlar e imprimir dinero al infeccioso y destructivo antojo policastrense. Y no busques la definición de “policastrense” pues la acabo de inventar.

    Para discutir con los acólitos de Bernie Sanders sobre lo que es el socialismo, comencemos por aclarar que se trata del control gubernamental sobre los medios de producción; lo cual aflora con bastante claridad en la constitución panameña en los artículos 282 y 284, que dicen cosas como: “El ejercicio de las actividades económicas corresponde primordialmente a los particulares; pero el estado las orientará, dirigirá, reglamentará, reemplazará y creará…” según sea el interés del maleante de turno. Y el 284, que dice: “El estado intervendrá en toda clase de empresas… para hacer efectiva la justicia social… Regulará… las tarifas, los servicios y los precios, los artículos. Exigirá la debida eficacia… calidad… Coordinará los servicios de la producción.” Y luego de eso, un arroz con pollo y medio tamal.

    La otra es la nacionalización de las industrias, tal como en Panamá que tenía su línea aérea y otras empresas que no corresponden al propósito de gobernación y, que aún en el 2023, siguen existiendo empresas cuyo accionista es el gobierno; quien sea que es el Sr. Gobierno. Es la centralización de hospitales, escuelas, y mucho más. O, más allá en el camino hacia la servidumbre, encontramos entuertos gubernamentales que, supuestamente, distribuyen los ingresos; es decir, los reparten “equitativamente”. Y ni hablar del nombrecito: “Estado benefactor”. En el fondo no es otra cosa que el igualitarismo irreal y destructivo; ya que no se logra igualdad repartiendo lo que otros producen.

    En fin, creer que destruyendo al productivo vamos a ayudar el improductivo no le llega ni cerca a la bobería; y, sin embargo, por allí andan los oleajes de esas ilusiones. Otra cosa es enfrentar el juega vivo y la corrupción; lástima que los líderes socialistas, y ni hablar los comunistas, siempre hacen compinche con los empresarios coimeros. Y, como todo ello es ilusión, todo el que se queje se convierte en aguja que puede romper la absurdas pompas de jabón y debe ser eliminado.

  • Odio al mercado

    Hace buenos años camino a casa escuché en la radio a un ciudadano que se refería a algo de dijo un tal John Bennett por la TV, acerca del libre mercado. La crítica del ciudadano era que en un libre mercado los más ricos siempre llevaban ventaja; lo cual es cierto, pero lo que obviamente no entendía el ciudadano es que la manera de nivelar el campo de juego no es por intermedio de los zorros del gallinero estatal. Y, sí, el gobierno existe para evitar los crímenes y abusos; lástima que ese mandado lo tuercen al punto de que son los gobiernos que se vuelven abusadores.

    Se trata de una crítica basada en la falsa premisa de que quitando al que más tiene se ayuda al que menos tiene. O, visto con otro enfoque: se trata de una crítica más existencial que ética; lo cual se derrama al campo del vacío cuando la persona no encuentra sentido a su vida.

    Es en el campo del ‘dejar hacer’ o “laissez faire” o mercado, que nos topamos con el rechazo de quienes no saben hacer. Y, lo que debíamos enfocar es la mejor manera de enseñar a hacer; lo cual no se logra por intermedio de más instituciones estatales, esas que no dejan hacer. Es el caso del padre que no deja al hijo montar la bici. ¿Cómo va el pobre a salir del pozo de la pobreza sin las herramientas del caso? Lo cual, definitivamente no sería por medio de la intervención gubernamental en MEDUCA y mucho más.

    La pervertida Constitución panameña en su preámbulo inicia llamando a la defensa de la libertad; para luego contradecirse con “peros” y la intromisión gubernamental en materias que no son propias de la buena gobernanza. Fue durante la Dictadura lo que los milicos querían,  ya que habían logrado el poder de las armas, pero no el económico.

    Y sí, el mercado libre es una jungla que al internarnos en ella nos lanza inmensos retos; pero así es la vida y la solución no es intervención castrense ni castrante. No se aprende a ser buen cazador si por delante va un politicastro ladrón disque abriendo camino con machete ajeno. Para ser exitoso hay que ser productivo y rara vez veremos instituciones gubernamentales productivas.

    El “éxito” de la mayoría de funcionarios gubernamentales se basa en su habilidad en complacer favores políticos; lo cual muy poco o nada tiene que ver con favorecer al ciudadano. En la buena ferretería, el éxito, aquel del cliente que regresa, depende del buen servicio del dueño y sus vendedores; lo cual me consta habiendo trabajado como vendedor en Novey por mucho tiempo. Lo curioso y triste es que, por un lado, los ciudadanos vean al gobierno como un ente cuasi divino, una Santa Claus, mientras, al mismo tiempo dicen que nada lo hacen bien; es una contradicción fatal.

    Se logra buena economía cuando valoramos acertadamente las funciones económicas, tanto de parte del estado como de los ciudadanos. Pero, cuando nuestras valorizaciones son irreales, tal como creer que Papachú estado o tal o cual político ladrón es la solución, ciertamente vamos para Patacón.

    Cuando la mayor parte de una población no cree en, ni practica la unión conyugal y deja en manos de ladrones la esposa o cosa pública; nada raro el desastre. Quien cree ciegamente que los gobiernos pueden, saben y quieren educar a sus hijos, va por el camino del mal. En fin, no podemos ser morales cuando no somos libres para decidir lo que está bien o mal.

    Algunos asumen que hay tanta gente pervertida a punto que se requiere un hombre fuerte que ¡MANDE! El problemita es que si en verdad son tantos los perversos y elegimos a un perverso al puesto de MANDAMÁS, entonces vamos “patrás”.

  • ¿Es inteligente la denominada “inteligencia artificial”?

    El lenguaje resulta esencial para pensar y para comunicar pensamientos, por lo que su uso inapropiado conduce a conclusiones erradas y en su caso peligrosas. No solo el tema se aplica a la mal llamada “inteligencia artificial”, sino también a la “memoria” de la “computadora”. Pues ni lo uno ni lo otro.

    Sin duda la tecnología ha prestado, presta y prestará inmensos beneficios a la humanidad. Desde las herramientas rudimentarias de nuestros ancestros de las cuevas referidas al simple garrote y el arco y la flecha, pasando por el taladro, la licuadora y la cortadora de césped, hasta la informática y la robotización.

    En todos los casos se libera trabajo para atender nuevas necesidades, ya que, como es sabido, los recursos son escasos y las necesidades son ilimitadas, y el recurso por excelencia es el trabajo indispensable para concebir la producción de bienes y la prestación de servicios. El empresario deseoso de obtener ganancias está muy especialmente interesado en sacar partida del arbitraje correspondiente, para lo cual se ve obligado a capacitar al efecto de lograr su cometido.

    Todos los cambios tecnológicos introducen cambios laborales, que van desde la desaparición del hombre de la barra de hielo al aparecer la heladera; los fogoneros de las locomotoras al irrumpir los motores diésel; la disminución de los carteros cuando se generalizó el mail; los trabajos de cableados, cuando se comenzó a recurrir al teléfono inalámbrico, y así sucesivamente. Este es el progreso, que, naturalmente, implica cambio, por lo que progresar y mantenerse estancado en lo mismo constituye una contradicción en los términos. Por supuesto que se ponen palos en la rueda si legislaciones laborales no permiten la adecuada asignación de personas y recursos, con lo que se perjudica muy especialmente a los más vulnerables.

    El decimonónico Frédéric Bastiat, en el capítulo 20 de su célebre Sofismas económicos, ya había ridiculizado la absurda sugerencia de destruir maquinarias y herramientas “para defender el trabajo” y establecía un correlato con las restricciones impuestas al comercio exterior por parte de mal llamados empresarios, que son explotadores, puesto que obligan a comprar más caro y de peor calidad “al efecto de proteger fuentes de trabajo”, lo cual empobrece al forzar a que se desembolsen mayores montos por unidad de producto, lo que necesariamente conduce a que haya menos productos.

    Pero una cosa es celebrar con entusiasmo el progreso tecnológico que beneficia a todos y otra bien distinta es distorsionar conceptos claves. Inteligencia proviene de inter-legum, es decir, leer adentro, captar esencias y capacidad para decisiones autónomas, en otros términos, libre albedrío, lo cual contrasta con la peregrina idea de que los humanos somos solo kilos de protoplasma, en cuyo caso estaríamos determinados por los nexos causales inherentes a la materia. En ese caso no habría tal cosa como ideas autogeneradas, no tendría sentido la responsabilidad individual, ni la moral ni la misma libertad, que sería mera ficción. Entre otros muchos textos, este es el sentido del libro en coautoría del filósofo de la ciencia Karl Popper y el premio Nobel en Neurofisiología John Eccles, que lleva el sugestivo título de El yo y su cerebro para distinguir la mente, los estados de conciencia o la psique del cerebro, de neurotransmisores y de la sinapsis.

    La inmensa gratitud por las maravillas de la tecnología y las extraordinarias contribuciones de algoritmos que resuelven problemas intrincados a velocidades notables, incluidos autocorrectores, no nos debe hacen caer irresponsablemente en lo que C. S. Lewis estampó como un alarido de alarma en el título de su célebre obra La abolición del hombre.

    El lenguaje resulta esencial para pensar y para comunicar pensamientos, por lo que su uso inapropiado conduce a conclusiones erradas y en su caso peligrosas. No solo el tema se aplica a la mal llamada “inteligencia artificial”, sino también a la “memoria” de la “computadora”. Pues ni lo uno ni lo otro. Cuando nuestros bisabuelos hacían un nudo en el pañuelo para recordar algo, a nadie en su sano juicio se le ocurría referirse a la gran memoria del pañuelo. De modo semejante es pertinente subrayar que es el ser humano el que computa, la máquina opera sobre la base de impulsos eléctricos.

    En otra ocasión me referí al experimento del conocido matemático Alan Turing en el que colocaba a una persona en una habitación en la que se ubicaban dos terminales de computadoras, una conectada en otra habitación con otra computadora y la otra conexión, a otro ordenador manejado por otra persona. A continuación, Turing solicitaba a la primera persona referida que formulara todas las preguntas que estimara pertinentes por el tiempo que demandara su investigación, a efectos de conocer cuál era cuál. De lo contrario, si no podía establecer la diferencia (distinguir cuál era humano y cuál, el aparato), concluía Turing que era una prueba de que no había diferencia entre el humano y el aparato en cuanto a sus cualidades de decisión.

    Por su parte, el filósofo John Searle refutó las conclusiones de ese experimento con otro que denominó “el experimento del cuarto chino”. Este consistía en ubicar también a una persona aislada en una habitación y totalmente ignorante del idioma chino, a quien se le entregaba un cuento escrito en esa lengua y se le daba una serie de cartones con preguntas sobre la narración del caso y otros tantos cartones con respuestas muy variadas y contradictorias a esas preguntas. Simultáneamente, también se le entregaban otros cartones adicionales con códigos claros para que pudiera conectar acertadamente las preguntas con las respuestas correctas.

    Explica Searle que de este modo el personaje de marras contestaba todo satisfactoriamente sin que hubiera entendido chino. Lo que prueba este segundo experimento es que el sujeto en cuestión es capaz de seguir las reglas, los códigos y los programas que le fueron entregados, que es la manera en que la máquina opera (desde luego no en cuanto a la capacidad de amar, autoconciencia, decisión independiente y equivalentes). Esto remite a la mera reacción de la computadora sobre la base de programas insertos (agregamos que la persona del ejemplo decidió seguir el programa, cosa que podía haber rechazado, decisión que no puede asumir la máquina). Todo esto para subrayar el rol de la programación.

    Es de interés destacar la opinión del premio Nobel de Física Max Planck en el contexto del no determinismo en el ser humano y su libertad. Afirma: “Se trataría de una degradación inconcebible que los seres humanos, incluyendo los casos más elevados de mentalidad y ética, fueran considerados autómatas inanimados en manos de una férrea ley de causalidad […] El papel que la fuerza desempeña en la naturaleza, como causa del movimiento, tiene su contrapartida, en la esfera mental, en el motivo como razón de la conducta”.

    Antony Flew precisa la diferencia entre causas y motivos. Escribe: “Cuando hablamos de causas de un evento puramente físico –digamos un eclipse de sol–, empleamos la palabra causa para implicar al mismo tiempo necesidad física e imposibilidad física: lo que ocurrió era físicamente necesario y, dadas las circunstancias, cualquier otra cosa era físicamente imposible. Pero este no es el caso del sentido de causa cuando se alude a la acción humana. Por ejemplo, si le doy a usted una buena causa para celebrar, no convierto el hecho en una celebración inevitable”.

    Debemos estar en guardia respecto de nomenclaturas modernas que se han filtrado y que degradan la condición humana, aunque sean del todo inocentes, basadas en las mejores intenciones y propósitos.