En los dos artículos anteriores sostuve que la educación pertenece primero a la familia y que los gobiernos, al apoderarse de su administración directa, violan el principio de subsidiariedad. También afirmé que el aprendizaje es, ante todo, un proceso emocional y relacional que los sistemas centralizados —capturados por sindicatos y cálculos políticos— violan por razones no edificantes. Hoy quiero mostrar por qué el derecho a elegir es sagrado cuando se trata de la educación de nuestros hijos, lo que revelan los números bien llevados y, sobre todo, lo que revelan las escuelas rancho que muchos quieren cerrar.
Las cifras internacionales son elocuentes. En Estados Unidos, el porcentaje de estudiantes que alcanzan niveles sobresalientes en matemáticas ronda apenas el 8 %. En China esa proporción se eleva a cerca del 58 %. India, en varios de sus sectores urbanos y en las escuelas que operan con real exigencia, muestra también porcentajes muy superiores. No se trata de una diferencia menor: es un abismo que se traduce en capacidad de innovación y competitividad. Y ocurre mientras se gastan fortunas por alumno en sistemas que privilegian los intereses de grupos con intereses que no tienen que ver con el aprendizaje.
Panamá no es ajena a esta realidad. Participé en un estudio financiado por la Embajada del Reino Unido en Panamá, dirigido por Martín Krause y en el que también intervino el investigador británico James Tooley, autor de The Beautiful Tree. Cuando presentamos los hallazgos en la Cámara de Comercio, el presidente de la entidad dijo con claridad: “Este estudio no debe quedar encerrado en estas cuatro paredes”. Lamentablemente, allí se quedó. En APEDE, cuando mostramos que en Panamá existían escuelas de bajo costo como las que Tooley había documentado en India, China y África —escuelas rancho de propiedad comunitaria o privada que educaban mejor que muchas oficiales—, un ex presidente de la asociación se levantó airado y exigió que se revelaran sus ubicaciones para proceder a su cierre.
Yo mismo fui a verificarlo sobre el terreno. En Veracruz, al oeste del Canal, filmé escuelas particulares modestas que cobraban alrededor de 35 dólares mensuales. No tenían edificios monumentales ni banderas institucionales, pero tenían algo más valioso: dueños responsables, maestros comprometidos, padres juiciosos, cercanía a los hogares y, lograr mejor futuro para sus hijos. Los padres pagaban de su bolsillo lo que el Estado ofrecía “gratis”, porque sabían que muy a menudo lo gratis sale carísimo. El video sigue disponible y muestra, sin discursos, por qué esas familias elegían la escuela sencilla .
Tooley documentó el mismo fenómeno en decenas de países: cuando los padres tienen la posibilidad real de elegir, y cuando existen proveedores independientes que responden directamente ante ellos, los niños aprenden más y mejor. La distancia importa, como la confianza en quien dirige la escuela, el vecindario y educadores que promueven amor por el conocimiento real y no por un adoctrinamiento; ni por edificios grandiosos que no tienen dueños que respondan por lo que venden.
La solución está en devolver a las familias el poder de decidir. Si hay que ayudar, que no sea en mazmorras políticas sino a través de la acción ciudadana en sanos mercados sin burrocracia. Démosle los medios económicos para los padres contraten a su juicio.
Libertad para que comunidades, agrupaciones y educadores funden y dirijan escuelas sin asfixia regulatoria. La verdadera manera en que el Estado puede proteger es supervisando y no avasallando con monopolios infectos de estatismo. Se pueden lograr resultados muy superiores con costos muy inferiores.
Mi trayectoria de más de seis décadas —desde la escuela de vuelo de 1964, la Escuela de Aeronáutica Civil, el trabajo en APEDE, el estudio con Tooley y las visitas a las escuelas de Veracruz— me ha llevado siempre a la misma conclusión. La educación florece cuando la responsabilidad vuelve a quienes más quieren al niño: sus padres. Florece cuando el maestro se siente responsable ante ellos y no ante gobiernos de turno. Florece cuando la emoción del aprendizaje vuelve a ocupar el centro.
Lástima que sean tantos que no ven o atienden la realidad en la existencia de las escuelas brujas, rancho, o como quieran llamarles. O peor, que si las señalamos las vayan a cerrar porque educan mejor que el NODUCA y eso no lo pueden permitir. Lo que se les escapa es que el derecho a elegir es sagrado y sin ello lo que tenemos es dictadura y pobreza.
Nota: Ensayo 3/3


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