Educarse a uno mismo: la responsabilidad de aprender lo que todavía no se enseña

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En una época en la que el conocimiento avanza más rápido que los programas universitarios, aprender por cuenta propia deja de ser una simple inquietud intelectual para convertirse en una responsabilidad individual.

Durante generaciones nos acostumbramos a pensar que la educación era algo que alguien debía proporcionarnos. Primero la escuela, después la universidad y, eventualmente, alguna institución encargada de actualizar nuestros conocimientos. Aprender parecía formar parte de un itinerario bastante previsible: inscribirse, asistir, aprobar y obtener un título que certificara lo aprendido.

Pero ¿qué ocurre cuando el conocimiento avanza más rápido que las instituciones encargadas de enseñarlo? ¿Qué sucede cuando las transformaciones más importantes de nuestra época todavía no encuentran un lugar claro en los programas académicos?

Bitcoin, la criptografía, las tecnologías descentralizadas y buena parte de las discusiones sobre privacidad digital son buenos ejemplos. No porque estén completamente ausentes de las universidades, sino porque su desarrollo, sus implicaciones económicas y sus consecuencias sobre nuestras libertades muchas veces exceden los contenidos de una formación convencional.

Y aquí aparece una cuestión profundamente liberal: nadie debería delegar completamente en otros la responsabilidad de su propia educación.

La educación formal es valiosa, naturalmente. Las universidades han contribuido extraordinariamente al progreso del conocimiento. Pero reconocer su importancia no significa convertirlas en árbitros exclusivos de aquello que merece ser aprendido.

Hay una enorme diferencia entre recibir educación y educarse.

Recibir educación supone participar de un proceso organizado por terceros. Educarse implica asumir personalmente la búsqueda del conocimiento, cuestionar lo aprendido, contrastar argumentos y reconocer, incluso, cuánto ignoramos.

La primera puede terminar con un diploma. La segunda no debería terminar nunca.

Por eso me parece particularmente interesante una iniciativa como Nakamoto Library, una biblioteca digital que reúne actualmente 126 libros relacionados con Bitcoin, su funcionamiento, historia, economía y filosofía.

Allí encontramos obras como The Bitcoin Standard, de Saifedean Ammous; Mastering Bitcoin, de Andreas Antonopoulos; Digital Gold, de Nathaniel Popper, y The Internet of Money, también de Antonopoulos. Los títulos están organizados por año, pueden buscarse y contienen enlaces para adquirirlos. No es una universidad ni pretende sustituirla: es una puerta de entrada a un universo de conocimiento que cada lector puede explorar por su cuenta.

Y eso es precisamente lo interesante.

No necesitamos convertirnos en programadores para comprender por qué Bitcoin representa una innovación. Tampoco necesitamos ser economistas para preguntarnos qué es el dinero, cómo surge, por qué tiene valor o cuál debería ser el papel del Estado en su emisión.

Lo que necesitamos es curiosidad intelectual y disposición a aprender.

Desde la tradición liberal, esta cuestión tiene una importancia especial. Friedrich Hayek explicó los límites del conocimiento concentrado y la imposibilidad de reunir en una sola autoridad toda la información dispersa entre millones de individuos. Aunque su argumento se refería fundamentalmente al funcionamiento del orden económico, también nos invita a reflexionar sobre los límites de pretender que unas pocas instituciones determinen qué conocimientos resultan relevantes para todos.

La revolución tecnológica está haciendo cada vez más evidente ese problema.

Hoy cualquier persona puede acceder a investigaciones, bibliotecas, cursos, conferencias y debates que hace apenas algunas décadas estaban reservados a círculos académicos muy reducidos. La inteligencia artificial, además, puede ayudarnos a comprender conceptos difíciles, formular preguntas y encontrar conexiones entre disciplinas.

Naturalmente, el acceso a la información no garantiza conocimiento. Internet también está lleno de charlatanes, errores y teorías disparatadas. Precisamente por eso, educarse requiere desarrollar criterio propio, distinguir evidencia de opinión y aprender a desconfiar de las certezas demasiado cómodas.

Y hay algo más: educarse no significa encontrar autores que confirmen lo que ya pensamos. Significa también leer a quienes nos contradicen. Una biblioteca dedicada a Bitcoin, por ejemplo, puede ser el comienzo de una investigación, pero no debería convertirse en una nueva autoridad incuestionable.

Quizás una de las formas más sutiles de dependencia sea creer que solamente podemos comprender aquello que una institución ha decidido enseñarnos.

La libertad individual también exige independencia intelectual. No para saberlo todo, algo evidentemente imposible, sino para conservar la capacidad de aprender, cambiar de opinión y tomar decisiones sin depender permanentemente de intermediarios.

Nakamoto Library es apenas un ejemplo entre muchos. Su valor no reside solamente en los libros que reúne, sino en recordarnos que buena parte del conocimiento está disponible para quien decide buscarlo.

Las universidades seguirán siendo importantes. Los profesores también. Pero ninguna institución puede sustituir nuestra voluntad de comprender el mundo.

Porque, al final, la ignorancia no desaparece cuando alguien nos entrega un título, sino cuando empezamos a hacernos responsables de aquello que todavía no sabemos.

Y esa responsabilidad, como la libertad, es profundamente individual.

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