Categoría: Opinión

  • El pensamiento lateral es imprescindible

    Hay infinidad de autores que han tratado este tema desde tiempo inmemorial, pero hay dos que se destacan nítidamente en nuestra época: Edward de Bono -egresado en medicina y psicología de Oxford y Cambridge- con su propuesta tan fértil de lo que bautizó como “pensamiento lateral” y Rollo May con sus consideraciones sobre “el coraje de crear”.

    Una de las premisas fundamentales en el proceso educativo consiste en enseñar a pensar lo cual requiere transmitir la necesidad del espíritu crítico, en no dar nada por sentado y cuestionarlo todo, masticarlo, digerirlo y luego arribar a las propias conclusiones a sabiendas que el conocimiento tiene la característica de la provisionalidad sujeta a refutaciones.

    Esto nada tiene que ver con el relativismo puesto que una proposición verdadera es aquella en la que hay una correspondencia entre el juicio y el objeto juzgado. Las cosas son independientemente de las opiniones, ese es el sentido de los departamentos de investigaciones en las casas de estudio, si todo fuera relativo nada habría que investigar ya que todo sería cuestión de gustos y por otra parte el relativismo hace relativa la afirmación de su propia tesis. El conocimiento demanda un difícil y constante peregrinaje con distintos matices de luces y sombras al efecto de reducir nuestra ignorancia.

    El enemigo de esta línea argumental es la memorización y el repetir como loro lo que dice el supuesto profesor. En clase resulta vital el intercambio con alumnos en el contexto de reiteradas invitaciones a mirar el asunto abordado desde diversos ángulos y perspectivas. El primer día de mis clases repito un latiguillo que me da mucho resultado en el transcurso del semestre: si lo que digo no resulta claro, interrúmpanme, si no están de acuerdo, discutan, pero si les parece que soy claro y están en principio de acuerdo hagan de abogado del diablo pues esto ayuda mucho a clarificar temas que cuando se presentan pueden aparecer razonables pero cuando comienza el debate resulta que se pone de manifiesto que había que pulir distintos aspectos del asunto.

    Por otra parte, es de especial relevancia destacar que cada persona es única e irrepetible en la historia de la humanidad de modo que resulta esencial estimular las potencialidades de cada cual y nunca pretender el pensamiento único ni buscar promedios intelectuales para lo cual se necesitan climas de libertad, es decir, de respeto recíproco. Todas las concepciones totalitarias naturalmente conspiran contra el conocimiento, además de hacerlo contra la decencia.

    Hay infinidad de autores que han tratado este tema desde tiempo inmemorial, pero hay dos que se destacan nítidamente en nuestra época: Edward de Bono -egresado en medicina y psicología de Oxford y Cambridge- con su propuesta tan fértil de lo que bautizó como “pensamiento lateral” y Rollo May con sus consideraciones sobre “el coraje de crear”.

    Seguramente hay amplia aceptación de estos postulados formulados de la manera en la que lo hacemos pero cuando se concretan propuestas que en lugar de comprender como dice el citado Edward de Bono que no resulta fértil seguir escarbado en el mismo pozo en lugar de emprender la faena en otro lugar donde se encuentra la solución, resulta que las telarañas mentales empujan a la rutina de mantenerse en el mismo pozo debido al espíritu conservador. Un espíritu que no se refiere al respeto por la vida, la libertad y la propiedad sino que se encadena al statu quo incapacitado de explorar otras propuestas porque se asientan en la falacia ad populum, es decir si todos lo hacen está bien y si nadie lo hace está mal. Con este criterio cavernario nuestros ancestros no hubieran pasado del taparrabos y el garrote porque el primero que pretendió usar el arco y la flecha era nuevo y por ende inaceptable.

    Probemos este razonamiento con el tema educativo. Otra vez aquí prácticamente todos acordarán que la educación es un tema crucial pero cuando vamos a lo concreto resulta que se anquilosan en lo de siempre con lo cual se torna muy difícil avanzar. Pero antes de entrar en este tema consignamos una nota al pie de carácter general muy deseducativo y es la mala práctica de pseudo empresarios que viven del privilegio en alianza con el poder de turno que todo lo contaminan y desfiguran completamente la idea del empresario como servidor del prójimo en un mercado libre puesto que si dan en la tecla ganan y si yerran incurren en quebrantos, al contrario de los fantoches que viven de la cópula con los gobiernos y, por tanto, sus patrimonios proceden del atraco a sus semejantes.

    Veamos ahora a esta vaca sagrada de nuestra época denominada “educación pública”. De entrada señalamos un error semántico: la educación privada es también para el público de modo que aquella denominación no define nada, se trata en verdad de educación estatal, pero se pretende ocultar esta etiqueta pues se revela en tan desafortunada como arte estatal, periodismo estatal o la literatura estatal por lo que se apunta a disfrazarla con lo de educación pública.

    Pero lo primero es entender que el proceso educativo requiere de puertas y ventanas abiertas para recibir la mayor dosis de oxígeno posible en un contexto competitivo donde las auditorías cruzadas operen con el mayor rigor al efecto de lograr la excelencia académica. En este contexto resulta un insulto a la inteligencia la pretensión de imponer estructuras curriculares desde el vértice del poder vía ministerios de educación o cultura.

    Lo segundo que deriva de lo anterior es aceptar que el proceso educativo -siempre en un contexto evolutivo de prueba y error donde nadie tiene la precisa para abrir cauce a las corroboraciones siempre provisorias abiertas a refutaciones- debe ser ajeno a la fuerza, es decir a las botas, en otros términos ajeno a la politización y consiguientes riesgos de adoctrinamiento.

    Entonces, independientemente de lo que haya ocurrido en otros momentos de la historia rodeada de otras situaciones y recorridos, es del caso prestar debida atención al tema de incentivos. No es necesariamente un problema de malos profesores en el ámbito estatal, es problema estriba en incentivos de los administradores del fruto del trabajo ajeno: no es lo mismo como se toma café o se encienden las luces cuando uno paga las cuentas respecto a cómo se procede cuando se obliga a otros a pagarlas. Personalmente estaría escupiendo al cielo si dijera que se trata de malos profesores puesto que sin perjuicio que mis dos doctorados proceden de universidades privadas, fui titular en la UBA en Ciencias Económicas, Derecho, Ingeniería, Sociología y en Filosofía y Letras, además de haber sido director del Departamento de Doctorado de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de la Plata.

    Como han explicado, entre otros, autores como Ronald Coase, Douglass North y Harlod Demsetz, el asunto es de incentivos para manejar lo propio alejado de lo que en ciencias políticas se conoce como “la tragedia de los comunes”, a saber, lo que es de todos no es de nadie con el consiguiente despilfarro de los siempre escasos recursos lo cual perjudica a toda la comunidad pero muy especialmente a los más vulnerables. Estos últimos en definitiva se hacen cargo vía sus salarios por aplicar concepciones de voracidad fiscal que apuntan a un segmento pero debido a la retracción de las inversiones terminan por flagelar a los más necesitados. Incluso a pesar de los estudios alarmantes del costo por año por graduado en instituciones estatales frecuentemente se observa que se limitan a gastos corrientes eludiendo el aspecto central de la inmovilización de capital (sin mencionar las frecuentes paralizaciones por movimientos sindicales ni la mugre y pegatinas de aulas y pasillos). En este plano medir “rendimientos” resulta irrelevante puesto que no toma en cuenta las alternativas de lo que hubiera hecho la gente si hubiera podido disponer libremente del fruto de sus trabajos.

    Entonces una medida de fondo en el campo educativo consiste en desprenderse de todas las instituciones estatales ya sea entregando sin cargo al mismo claustro que al momento las administran o vendiéndoselas a precios sumamente accesibles con lo que las inmovilizaciones de activos fijos y la administración de gastos corrientes serán de características sustancialmente distintas por las razones que dejamos registradas, las que erróneamente pretenden refutarse con el argumento de “los bienes públicos” sin percatarse que el terreno que analizamos no calzan los principios medulares de no rivalidad y de no exclusión.

    Es de trascendental importancia que en esta transición todos los que teniendo las condiciones para aplicar a las ofertas educativas existentes, en adición a las becas existentes en el ámbito privado se les otorguen vouchers, es decir, créditos educativos para que puedan aplicar a la entidad privada de su agrado y elección. En otras palabras, en lugar de financiar la oferta con todos los problemas de incentivos se financie la demanda, pero no se diga que esta propuesta desconoce a los que no pueden hacerse cargo de las matrículas y las cuotas respectivas, en verdad la sola argumentación para no cambiar el sistema sería el deseo de politizar y adoctrinar.

    Desde luego que en este cuadro se situación las carreras y estudios que necesiten acreditación será realizada también por auditorías en competencia tal como ocurría originalmente en buena parte del continente europeo y especialmente durante el período colonial en tierras estadounidenses tal como lo relata detalladamente Andrew J. Coluson en su formidable historia de la educación privada en ausencia del aparato estatal en muy distintos lugares y época en su tratado titulado Market Education. The Unknown History.

    He aquí una prueba del indispensable pensamiento lateral que somete a un examen riguroso a las mentes que dicen ser abiertas y libres de prejucios que debe ser complementado por la nutrida bibliografía hoy disponible que apunta a deshacerse de enquilosamientos tradicionales como son los casos, por ejemplo de Thomas Sowell refierido al otrora baluarde del mundo libre Inside American Education o , en la misma línea argumental, de Alan Charles Kors y Harvey Silvergate una investigación detallada titulada The Sahadow University. The Betrayal of Liberty on American´s Campuses y finalmente para limitarnos a mencionar lo más relevante, el notable trabajo de James Tooley Education Without the State. Son muchos los que alardean de tener una mente abierta pero resulta que cuando se pone a prueba nos encontramos que de las cejas para arriba está clausurado con un pesado candado reiterando lo de siempre, en este caso sin argumentos y sin aceptar una apertura competitiva dando lugar a posibilidades de nuevos paradigmas en el contexto del indispensable juicio crítico, en cambio aferrados a la administración y enseñanza de aparatos estatales.

    Cuanto más abierto y competitivo el sistema mayores son las posibilidades de zafar del adoctrinamiento puesto que detectar esa cerrazón ahuyenta clientes, por eso el hecho de estar impregnados de lo estatal sea de modo directo o indirecto vía la capacitación de profesores necesariamente conduce a la aparición de fulanos y fulanas que irrumpen en marchas agresivas blandiendo en las manos el librito de Mao y similares, por más que la situación brinde la posibilidad de que literalmente todos sean multimillonarios. El tema no es del bolsillo sino de las neuronas. Y nuevamente no se trata de la sandez de contar con “un buen ministro de educación” ya que no hay tal cosa: cualquier política que se imponga desde el poder en materia educativa estará mal ya que el aire distintivo, fresco y renovado es lo que se necesita para escapar de la trampa del igualitarismo de la guillotina horizontal.

  • Centralismo y comunismo son lo mismo

    En nuestra querida Panamá jamás recuerdo un tiempo en que se haya practicado la democracia. El auténtico sistema democrático radica en una sana constitución que garantiza a todos el respeto a sus derechos humanos básicos de libertad de pensamiento, palabra y propiedad. Pero, en un país en el cual el agua, el gas licuado, la electricidad, el transporte, la seguridad social, etc., son “subsidiadas” por el apparatchik politiquero, el ciudadano está lejos de ser dueño de sus pensamientos, de su palabra y de su propiedad. Panamá es un país prostituido en centralismo. En contraposición y rara vez entendido, así lo expuso Mises:

    El capitalismo significa libre emprendimiento, la soberanía del consumidor en asuntos económicos, y soberanía del votante en asuntos políticos. El socialismo significa gobierno plenipotenciario que controla cada esfera de la vida del ciudadano y la supremacía irrestricta del gobierno en su capacidad de controlar el sistema de producción. No existe compromiso posible entre estos dos sistemas.

    Si dudas la cita anterior sólo tienes que ir al Artículo 284 de la constitución panameña cuando dice: “El estado intervendrá en toda clase de empresa, dentro de la reglamentación que establezca la Ley, para hacer efectiva la justicia social… Regular por medio de organismos especiales las tarifas, los servicios y los precios de los artículos de cualquier naturaleza… Coordinar los servicios y la producción…”

    No encuentro otra forma de expresarlo: este artículo consagra el Panamá comunista. Hoy mi empleada doméstica me dijo que en el área dónde viven hay sitios en que el agua sólo llega en cisternas y que algunos les pagan coima a los conductores del IDAAN para asegurar de que lleguen a sus casas. ¿Dudas de que los panameños son esclavos del llamado “estado profundo” que yo prefiero llamar “gobierno profundo” o, tal vez y simplemente “mafia centralizada”.

    Una de las dificultades en ver estas cosas es que el autoritarismo es variado y sigiloso; por ejemplo, ¿quién se pone a ver que controlando el agua controlas la población? O ¿Quiénes son los que realmente eligen al dictador de turno?; ese que dice ser libremente electo.

    En sistemas políticos como el nuestro, de una oligarquía autoritaria que domina gran parte de lo que hacemos, somos víctimas de sicofantas; es decir, aduladores serviles que buscan, ante todo, su propio beneficio, completamente alejado del cacareado “bien común”. En tal sistema no hay destrucción creativa sino la perpetuación del corrupto statu quo. Fue la causa del colapso de la USSR.

    Quien pretenda saber y tener la capacidad de controlar una economía es un soberbio necio; tal cual lo son los planificadores centrales. Nadie tiene la capacidad de estar al tanto de cada decisión de cada ciudadano, de cada empresa y de cada situación. Y, más allá está la pérdida de la creatividad en la diversidad; diversidad no sólo en ideas y aproximaciones sino de resultados. La esencia de la innovación descansa sobre nuestra capacidad de descartar lo que ya no sirve; tal como el MEDUCA, o la CSS para que germine algo nuevo.

    Y lo peor y principio del final se da cuando ya los errores del corrupto proceder se hace patente y da lugar a lo absurdo y el fenómeno del naufrago que se aferra a lo que sea, aunque sea un ancla que lo lleve al fondo.

    Lo peor está en tantos que claman por un líder, un nuevo dictador o “Papachú” que ordene su salvación. O la triste realidad de un MOP que espera que todas las calles tengan baches para repararlas con un gran contrato que de grandes réditos en coimas.

  • La desconexión entre la ley y la realidad

    Como bien lo dijo Thomas Hobbes: “No es la sabiduría sino la autoridad la que hace la ley.” No sigas leyendo… detente a pensar en lo dicho por Hobbes. La actual constitución de Panamá no fue preparada en virtud sino interesadamente, sin medir consecuencias a futuro. Y, he aquí la triste realidad del mal camino que venimos trillando los panameños cuyas leyes no fueron orientadas para el bien común sino el provecho de bajos intereses de quienes en su momento secuestraron el poder estatal.

    Lo típico que percibe quien ausculta la ley panameña es su desconexión con todos los pequeños empresarios: choferes del transporte público y comercial, los camaroneros, los que cambian regularmente de trabajo, y tantas otras actividades comerciales sobre las cuales depende buena parte de la economía. Pero, este sector económico no se rige por las leyes constitucionales y decretos ejecutivos, dado que se trata de un mercado autorregulado, con salario mínimo variable y sin prestaciones laborales y otra lastra de normas clientelistas y castrantes.

    Quien verdaderamente intente regular actividades tan variables y cambiantes en estos tiempos de transformación, debería ponerse en los zapatos de quienes caminan en el sector informal y también en el sector del pequeño empresario formal; ya que no es lo mismo cumplir con normas grotescas cuando eres chico que cuando eres grande. El grande tiene contadores, abogados, economistas y, por qué no, hasta coimeros a su disposición. Y todo ello en una época en la cual lo que era bueno y funcional o, tolerable ayer, ya no lo será.

    Imagínense las condiciones que imponen los días festivos; sean los carnavales, fiesta del Cristo Negro, otras fiestas patrias, año nuevo y tal. A todo ello agreguemos los elementos de un sistema de transporte mal pensados y mal construidos y desarrollados. ¿No lo crees? Sólo fíjate en la estación Metro de San Isidro, la cual a pocos años de su construcción tuvieron que remodelar y a tres años de terminada la remodelación aún no la inauguran. Y, ni hablar que el santificado Metro, y el Metro Bus que no es tal cosa; que no lograron eliminar a los diablos rojos y parieron miles de los “coasters”. Lo más triste es ver que la gran mayoría de panameños creen que estos sistemas fueron un éxito.

    Más allá, es casi imposible describir los cambios que se están dando en actividades tales como la de los restaurantes, las cuales fueron profundamente golpeada, no por la pandemia sino por la desconexión entre la ley y la realidad; tema que quedó claramente descrita en la Declaración de Great Barrington, en dónde un grupo de profesionales de la medicina alertó en cuanto a sus serias reservas ante las consecuencias físicas y mentales debido al impacto de las políticas respecto al COVID-19. Imagínense, más les preocupaban las acciones legislativas que la plaga.

    Si algo queda claro en el nuevo mundo que surge a nuestro alrededor es que la actividad laboral está cambiando y cambiará en formas que no podemos vislumbrar; tal como en los empleos o actividades del mercado a tiempo parcial. ¿Crees que nuestras leyes o nuestras escuelas y universidades se ajustan a esa realidad? ¿Crees que el MEDUCA sirve para ello?

    ¿Has escuchado hablar de la “economía gig”? La economía de un mercado laboral que depende de los trabajos temporales que, a su vez, dependen de trabajadores camaroneros con gran capacidad de adaptación; es decir, muy flexibles, lo cual requerirá leyes flexibles y no la ley laboral desfazada que tenemos. La realidad es que nuestras leyes adversan la actividad emergente que ya nadie la cambia. ¿Qué harán nuestros legisladores; esos cuyo principal incentivo para legislar tiene muy poco que ver con las necesidades de un mercado desembrazado de politiquerías? Sólo imaginen como Uber ha cambiado el panorama del transporte; y lo ridículo de legisladores que intenten detener todo lo que se viene.

    Y, finalmente, si a esa ecuación añadimos los monumentales problemas de la CSS, del tránsito, de gobiernos desmedidos que trabajan para la Cosa Nostra y no para la población, el futuro augura negros nubarrones. Pero, al mismo tiempo augura épocas de cambio una vez que despertemos al mundo futuro de maravillosas posibilidades inimaginables.

  • Volver a Stalingrado 80 años después

    Por estas fechas, hace exactamente 80 años, se combatía de manera encarnizada en los edificios destruidos de la ciudad rusa hoy renombrada Volgogrado.

    En el marco de la Segunda Guerra Mundial, el 22 de junio de 1941, Hitler había dado luz verde al inicio de la Operación Barbarroja, la invasión de la Unión Soviética, reuniendo a un gigantesco ejército para alcanzar su sueño imperial. E infravalorando a su oponente, calculó que en poco menos de seis meses derrotaría al gigante soviético y configuraría, de este modo, su imperio de los mil años (lo que duraría el Tercer Reich, en el ideario fantasioso de Hitler), forzando la claudicación de Gran Bretaña, e instaurando una paz germana en Europa.

    Sin embargo, esos planes tan fantasiosos fallaron. La inmensidad del espacio a conquistar y la tenaz lucha de su adversario soviético, que pugnaba por su supervivencia contra las criminales políticas nazis, hicieron no solo que no pudieran tomar Moscú, sino que se quedaran lejos de acabar con la resistencia bolchevique. La campaña militar de 1941 fracasó, pero la guerra continuaría.

    La Operación Azul

    Así, en el verano de 1942, tras haber logrado la toma de Sebastopol y la península de Crimea, se le encomendaría al VI Ejército de Von Paulus iniciar la denominada Operación Azul, cuyos objetivos eran ocupar todo el Cáucaso y Stalingrado. Tras la debacle sufrida ante las puertas de la capital rusa, Hitler centró su objetivo en el Cáucaso, para tener acceso directo a las fuentes de petróleo de la regiones de Maikop, Bakú y Grozni.

    La Wehrmacht (denominación del ejército alemán durante la guerra) padecería durante toda la contienda una carestía crónica de combustible, piedra angular de los ejército modernos. El 21 de agosto de 1941, los nazis plantaban la esvástica en el monte Elbrus, alcanzando la cima más alta de Europa.

    Un símbolo de resistencia

    No fueron más lejos. Más al norte, la ocupación de Stalingrado, junto al Volga, estaba prevista como un objetivo secundario, debido a las dificultades que implicaba la lucha callejera; pero pronto se iba a convertir en el símbolo de la contumaz resistencia soviética.

    La conquista de la urbe industrial pasaría a ser prioritaria para Hitler y se convertiría en un terrible pulso que centraría todos los esfuerzos y recursos del mando alemán; un grandísimo error que sería aprovechado por Stalin.

    La superioridad táctica alemana, aquí, quedó invalidada, y el desgaste alemán se cobró un alto peaje en hombres y material insustituible, teniendo que conquistar palmo a palmo, en un auténtico solar de ruinas y cascotes que favorecía la resistencia numantina soviética.

    Más de medio millón de muertos civiles

    Por desgracia, también, el peaje civil fue muy elevado. De los 600 000 habitantes que fueron obligados a quedarse por orden de Stalin para enardecer la resistencia (solo se evacuó la industria armamentística), entre muertos y posteriores evacuaciones solo quedarían 9 796 almas desangeladas (entre ellos 994 niños) que resistieron hasta el final de los combates.

    En todo caso, los alemanes se enfrentaron a su peor pesadilla en una batalla urbana (se denominaría como guerra de ratas, Rattenkrieg), y aunque lograron apoderarse de cerca del 90 % de aquel páramo de dolor y muerte, la ciudad, pese a todo, no cayó.

    Stalingrado
    Una familia huye de Stalingrado en octubre de 1942.
    Wikimedia Commons / Bundesarchiv / Friedrich Gehrmann, CC BY-SA

    Invicta, a un alto precio

    Vasili Ivánovich Chuikov
    (el mismo que recibió personalmente la rendición de las fuerzas alemanes en Berlín, el 2 de mayo de 1945) fue el oficial soviético encargado de impedir que eso sucediera, adoptando órdenes draconianas: miles hombres y mujeres se sacrificarían para impedir la conquista alemana (surgiendo figuras legendarias como el francotirador Záitsev).

    El general Chuikov y francotirador Vasiliy Zaytsev en 1943.
    Wikimedia Commons / Georgy Zelma

    Mientras tanto, el mariscal Zhúkov prepararía y orquestaría una letal ofensiva oculta a los alemanes: la Operación Urano. En la fría madrugada del 19 de noviembre de 1942, dos fuertes pinzas acorazadas aplastaron los débiles flancos del Eje, guarnecidos por unidades italianas, rumanas y húngaras, cercando a un exhausto VI Ejército.

    El éxito fue completo. Un cinturón de acero se cernió sobre la ciudad, unos 250.000 soldados del Eje se vieron inmovilizados y atrapados. Justo cuando parecía que estaban tan cerca de lograr culminar su tarea, la suerte de las armas germanas se alteró por completo.

    La rendición alemana

    Aunque Hitler encomendaría al mariscal de campo Von Manstein liberar a las tropas cercadas, no se lograría. Nada pudo librar al comandante supremo del VI Ejército, von Paulus, de rendirse el 31 de enero de 1943. le quedaban 91.000 supervivientes, de los que solo 5.000 regresarían de Siberia tras el fin del conflicto.

    El shock de la derrota fue un mazazo para la opinión pública alemana, imbuida de la mística nazi de la invencibilidad de sus ejércitos, que consideraría, por primera vez, seriamente la posibilidad de que podrían perder la contienda.

    Un lugar histórico

    Stalingrado iba a ocupar un lugar especial en la memoria soviética, tanto por su capacidad de resiliencia (aunque el tributo en sangre fue espantoso) como por devolver a los alemanes su propia medicina, utilizando contra ellos sus exitosas tácticas militares.

    Aún los soviéticos tendrían que aprender más duras lecciones, pero la balanza bélica se decantaba claramente a su favor. Hitler había sobrevalorado sus fuerzas e infravalorado a sus enemigos. Fue el principio del fin para el Tercer Reich.

    Objeto de análisis reciente

    Aún en la actualidad, Stalingrado sigue ostentando en el acervo popular un lugar de reconocimiento enorme contra el nazismo. De hecho, el reciente libro de Xosé M. Núñez Seixas, sobre la memoria de los países europeos de la Segunda Guerra Mundial destaca por su título: Volver a Stalingrado.

    Se han publicado otras excelentes crónicas sobre lo ocurrido, como los de Craig y Beevor o la tetralogía de Stalingrado (desde un punto de vista militar), de David M. Glantz y Jonathan M. House, así como el de Jochen Hellbeck, Stalingrado.

    Cartel de ‘Lucharon por la patria’, (Sergei Bondarchuk, URSS, 1975),

    Material de ficción

    Tampoco podemos olvidar de la épica novela de Vasili Grossman, publicada íntegramente hace poco en castellano, Stalingrado; o la ingente filmografía que se ha producido a este respecto desde el punto de vista alemán, ruso–soviético o italiano, en filmes como El médico de Stalingrado (Geza von Radványi, RFA, 1958), Stalingrado: batalla en el infierno (Frank Wisbar, RFA, 1959), Los girasoles (Vittorio De Sica, Italia, 1970), Nieve Ardiente (Gavriil Yegiazarov, URSS, 1972), Lucharon por la patria (Sergei Bondarchuk, URSS, 1975), la antibelicista Stalingrado (Josep Vilsmaier, Alemania, 1993), Enemigo a las puertas (Jean-Jacques Annaud, Reino Unido, 2001), Hasta donde mis pies me lleven (Hardy Martins, Alemania, 2001), sobre la suerte de los supervivientes alemanes; o la última, la belicista Stalingrado (Fiódor Serguéievich Bondarchuk, Rusia, 2013).

    Desolación y ruinas

    Como es bien sabido, la mortífera sangría no se detuvo ahí. Prosiguió hasta la toma de Berlín en mayo de 1945, dejando tras de sí no solo un panorama de desolación y ruinas, sino un precio en vidas ingente.

    Escribía Núñez Seixas:

    “La guerra en el Este provocó una universalización del sufrimiento y de la memoria de la guerra entre amplias capas de la población, entre ocupantes y ocupados, civiles y militares”.

    Lástima que todo ello no haya servido para inducir a los rusos a aprender del pasado. Pues, mientras que los alemanes son muy conscientes de aquel espanto, abogando por el pacifismo, el uso y abuso con el que Putin ha dispuesto en la memoria rusa la Gran Guerra Patriótica (como base de un nacionalismo agresivo) parece haberla preparado para la guerra en Ucrania.

    No para recordar, precisamente, el espantoso sacrificio, sino para enfrentarse a los mismos camaradas ucranianos con los que derrotaron al nazismo.The Conversation

    Igor Barrenechea Marañón, Profesor y Doctor en Historia Contemporánea, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • Celebremos la Resurrección

    Una estimada amistad, Richard Rahn, presidente de “Institute for Global Economic Growth”, economista y escritor más que prolijo, quien nos acompañó en Panamá en 1917 en ocasión del foro Pathways, en artículo del Washington Times, nos recuerda de que estamos en época de esperanza, de renovación en la resurrección. Es así ya que la humanidad no aprende y avanza sino a través de las tormentas de locura y corrupción que ponen en evidencia el mal camino y nos ayudan a retomar el bienandar.

    Es muy cierto que vivimos tiempos de líderes incompetentes, de tranques y baches en las calles. Pero, más que nada, de contratiempos económicos a causa de políticas económicas alocadas o, mejor dicho, completamente corruptas en malgasto. Nos endeudamos para sostener al gobierno desmedido cuyo principal objetivo apunta a perpetrarse en la papa. ¡Qué ingenuidad!, cuando lo que hacen les traerá todo lo contrario.

    La realidad es que vivimos tiempos de cambio y adaptación. Tiempos en los cuales se dará avances en la medicina, a punto que lograremos vencer a la mayoría de las enfermedades y prolongar nuestras vidas. Avances que, con el tiempo, reducirán los costos de vida de forma inimaginable.

    Y, a todo ello, nos daremos cuenta de la forma torcida en que muchos intentan torcer realidades; tal como la del cambio climático, que pintan como un fenómeno nuevo y destructivo, cuando la naturaleza del mismo Universo es una de cambio. Cuando se acaben los cambios se acaba el Universo. Pero, el mayor de los peligros y maldades que nos asedian están en la locura de tantos que adversan los verdaderos derechos humanos de libertad y autodeterminación; sin los cuales la humanidad no puede acceder a su destino de un mañana en el cual podremos mover montañas.

    Ya la ciencia asoma a la energía de fusión, limpia, segura, ilimitada y económica. Y tal como lo advierte Rahn, “ló único que hace falta es que la clase política comience a actuar como adultos y nos den el permiso…” permiso de administrar nuestras vidas y nuestro futuro. Rahn también nos habla del desastre de nuestros sistemas que osamos llamar “educativos”. De lo triste que es mantener a toda una juventud sumida en mazmorras como las del MEDUCA.

    También por el lado oscuro de la Fuerza vemos el movimiento “woke”, que traduce a “estar al tanto y activamente atento a las realidades sociales, en particular a las del racismo.” Suena medio bonito pero debajo de todo ello subyacen los efectos que nos trae la mala educación, la politiquería de arrabal y entro otras más, la Babel idiomática en la cual pretenden cambiar la forma en que hablamos y pensamos; es decir, asignar nuevos sentidos a las palabras, con lo cual llegaremos a tal punto que unos y otros no podremos comunicarnos.

    La realidad es que la verdadera prosperidad no nos llegará por la vía de los partidos políticos tradicionales y corroídos; sino, a través de mercados desembarazados que permitan que sean los ciudadanos los que marquen el compás de su andar. De ciudadanos cuya única esperanza de vida no sea la de un jamón en Navidad.

    En fin, y vuelvo a citar a Rahn: “La buena nueva es que la locura del momento pasará, tal como ha ocurrido siempre.” Debemos estar atentos a las nuevas oportunidades que se presentan y van en aumento. Oportunidades de dejarles un mundo mejor a nuestros hijos. Un mundo cuyo objetivo será viajar a nuevos puertos; de manera que una vez más tomemos conciencia de que el mundo no es plano… el mundo no tiene límites.

  • Del adoctrinamiento a la educación

    Escribí y publiqué un libro intitulado “Educación ¿estatal o particular?” y con el pasar del tiempo cada día veo que los caminos chuecos son difíciles de enderezar; y, cada vez me recuerdan el poema que nos legó nuestro padre, Irving H. Bennett, del autor Sam Walter Foss, intitulado El Sendero de la Vaca, el cual traduje al castellano y publiqué con algunos comentarios y que voy a volver a publicarlo a la par de este escrito de hoy sobre el sendero del adoctrinamiento educativo que destruye a nuestra sociedad.

    El periodista y académico israelí Eliezer Ben-Yehuda, quien arribó a Jerusalén en 1881 y dedicó su vida a crear 17 volúmenes de un diccionario hebrero, nos legó un vital mensaje acerca de la importancia del idioma en la educación y la cultura. Hoy, que veo con inmensa tristeza un Panamá en el cual los graduados de secundaria no saben leer ni escribir, recaigo sobre las razones de algo tan absurdamente brutal que es la educación centralizada en gobiernos corruptos hasta sus médulas.

    En el artículo de Paula Jacobs que me motivó a una vez más abordar el tema de la educación, mayormente enfocado a través del idioma, Jacobs destaca el que la juventud israelí de hoy, apenas un 13% entiende las palabras del alfabeto hebreo. ¿Qué porcentaje en Panamá entiende las palabras del castellano?: cuando en nuestro país llamamos “invierno” al verano e “verano al invierno”; y, peor aún, nos enseñan que sólo tenemos 2 estaciones, con lo cual nos roban las primaveras y los otoños.

    Pero, mucho más allá de las aulas del NODUCA panameño, vemos la triste situación de los diccionarios de nuestro idioma. La RAE, por ejemplo, dedica 78 palabras para dar significado al vocablo “etimología”, mientras que el Merriam-Webster le dedica 329 palabras y 3 artículos que abordan el término. Y… hoy que toda Latinoamérica se está mudando a los EE.UU. ¿qué será de nuestro idioma? Y mucho peor, de nuestra capacidad de comunicarnos y entendernos.

    Luego, en un artículo de Paula Jacobs, nos cuenta el caso de Elana Simon casada don esposo judío y con un padre afrodescendiente, que viviendo en Brooklyn no logra encontrar una escuela que llene los cometidos de la familia. Buscaban un ambiente inclusivo, que no sólo abordara la oración sino la comunicación. Entender lo que leen o las palabras que escuchan en canciones. Finalmente encontraron una escuela en la cual las maestras lograban enseñar de manera entretenida, que es el secreto de la educación; es decir, la emoción.

    También cuenta Jacobs que en las escuelas públicas en los EE.UU. está prohibido preguntar a los alumnos acerca de su religión. Nooo, eso es tabú. Y, por otro lado, está la gran importancia de dominar dos o más idiomas dado lo que ello abona en un sentido cognitivo junto con beneficios sociales; lo cual me consta, dado que fui bilingüe desde mi infancia. ¡Ha sí!, y antes que se me pase, por muchos años me dediqué a la docencia, habiendo fundado dos escuelas, una privada y otra gubernamental conjuntamente con el PNUD y la OACI.

    Y reiterando el tema del lenguaje, de entender las palabras desde su origen; ninguna sociedad puede avanzar sanamente si no logran la capacidad de comunicación y entendimiento que ello lleva implícito.

    En fin, nuestro inmenso error fue haber delegado la educación de nuestros hijos al centralismo; a esa desorganización gubernamental corroída totalmente e incapaz de cumplir con semejante encargo. La solución es simple… descentralizar, por no usar el odiado vocablo de “privatizar”. Dicho simple: en el NODUCA no existe la riqueza de la desigualdad; y, si no entiendes eso, olvida lo que acabas de leer.

  • El Sendero de la Vaca

    Seguramente habremos escuchado decir que quien no conoce la historia, está condenado a repetirla; lo cual no sería malo si es que repitiésemos lo bueno. Pero, tristemente, pareciera más común repetir lo malo. En el caso que hoy me ocupa, les quiero recontar algo de la historia y sabiduría del bibliotecario y poeta Sam Walter Foss que nos acompañó en este mundo entre los años 1858 y 1911. Una de sus obras fue la del Sendero de la Vaca, la cual, por alguna razón, me trae a mente lo que vivimos hoy día con la pseudo educación gubernamental en nuestro país; que bien podría referirse a otras cosas gubernamentales más.

    El poema de Foss me vino a través de mi padre. Todavía guardo el recuerdo de mi juventud, en un mundo lejano y disperso por las ventiscas del tiempo, de haberle escuchado el cuento del Sendero de la Vaca. Habrá sido en su oficina o quizá en algún cuarto de la vieja casa empedrada, en la cual crecí; ya no recuerdo. Ahora hace muchos años que mi padre también es una memoria que tiene muchas formas de hacerse presente. Así fue, cuando años más tarde, trabajando en el Ministerio de Gobierno, pude apreciar el alcance de aquel cuento. ¡Con qué facilidad lo burocrático se arraiga como camino santificado!, aunque sus fieles seguidores no tengan la menor idea del origen y razón de semejante proceder. Prácticamente podía escuchar la risa pícara de mi padre, cuando me entregaba alguna prenda recogida en el camino de su vida. Bien conocía el Sr. Foss la naturaleza humana: que para tomar una medicina hace falta mezclarla en un vaso, con algo que la haga más potable; y aquí se las brindo: una moraleja mezclada en un cuento de vaca:

    “Un día a través del bosque primaveral, una vaca regresó a casa, como deben hacerlo las buenas vacas; pero en ello dejó un tortuoso sendero, como es natural de toda vaca. Desde entonces, han pasado trescientos años e, infiero que la vaca ha muerto, pero aún persiste su sendero y de allí reza la moraleja de este cuento.

    El sendero lo tomó el día siguiente un perro solitario que por allí pasaba, y luego una oveja guía retomó el trillo, sobre monte y a través de valles, y trajo consigo a su rebaño, tal como lo hacen las buenas ovejas guías.

    Y desde ese día, por las lomas y los valles, a través de esos viejos bosques, se hizo una vereda y muchos hombres deambularon por el torcida camino, subiendo y bajando, profiriendo palabras de divina indignación, al tener que seguir tan torcida excursión; pero aun así la siguieron – no se rían – las primeras migraciones de esa vaca, que a través de la sinuosa vereda boscosa anduvo, pues, se bamboleaba al caminar.

    Al paso del tiempo, la vereda se convirtió en camino real, que retorcía, viraba y volvía a virar; y este sinuoso camino real se convirtió en carretera, donde muchos fueron los jamelgos que con sus cargas laboraron bajo el ardiente sol, viajando tres millas en una. Y así, durante un siglo y medio, trillaron el camino de la vaca.

    Los años pasaron veloces, y la carretera se convirtió en calle de pueblo; y esto, antes que el hombre percatar pudiese, populosa vía pública de ciudad. Y pronto fue la calle central de renombrada metrópolis; por la cual hombres, por dos siglos y medio, siguieron el sendero de la vaca.

    Cada día cien mil hombres volvían a seguir el sendero de la vaca, todo el tráfico de un continente, siguiendo los pasos de un rumiante.

    Cien mil hombres fueron guiados por una vaca hace trescientos años muerta.

    Todavía seguían ciegamente el sinuoso andar, perdiendo cien años al día; pues tal reverencia es dada, a un establecido precedente.

    Esto encierra una moraleja, si fuese yo ordenado y llamado a predicar; pues los hombres son dados a marchar a ciegas por los caminos vacunos de la mente, y laboran de sol a sol, haciendo lo que otros hombres han hecho.

    Siguen el trillado camino, de aquí allá, ida y vuelta, apegados al errante proceder, cumpliendo la faena que otros le legaron. Mantienen el camino como sendero iluminado, todas sus vidas a él apegados.

    Pero como ríen los viejos dioses del bosque, habiendo conocido a la fenecida vaca.

    Cuantas cosas podría esta anécdota enseñar, pero no he sido ordenado a predicar.”

    Jamás olvido mi primer trabajo gubernamental, cuando le pregunté a la secretaria en jefe, que tenía toda una vida allí, la razón de un procedimiento: Me puso una mirada fiera y con tono sardónico me espetó: “Es que así siempre se ha hecho.” Eso fue en 1968 y dudo que mucho haya cambiado en dicho ámbito “público”.

  • La importancia del evolucionismo

    Posiblemente el tema evolutivo sea uno de los más trascendentes para comprender la naturaleza del conocimiento. Ahora se renueva la necesidad de volver al ruedo luego de un debate muy difundido que tuvo lugar en París entre intelectuales de fuste. Es difícil entender la postura de quien se declara opuesto al evolucionismo. Dado que los seres humanos estamos a años luz de la perfección en todas las materias posibles, entre otras cosas, debido a nuestra colosal ignorancia, la evolución es el camino para intentar la mejora de la marca respecto de nuestra posición anterior, en cualquier campo de que se trate. Lo contrario es estancarnos en el empecinamiento al mostrarnos satisfechos con nuestros raquíticos conocimientos. Es cierto que en el transcurso de la vida, tomando como punto de referencia el universo, en términos relativos es poco lo que podemos avanzar, pero algo es algo. No hay tema humano que no sea susceptible de mejorarse.

    Pero aquí viene un tema crucial: el simple paso del tiempo no garantiza nada, se requiere esfuerzo de la mente para progresar, básicamente en cuanto a la excelencia de los valores. También en la ciencia que no abre juicios de valor (simplemente describe) en su terreno específico, aunque el científico genuino tiene presente la ética ya que sin el valor de la honestidad intelectual se convierte en una impostura. El progreso es sinónimo de evolución pero no es un proceso automático, como queda expresado, hay que lograr la meta con trabajo.

    En el siglo XVIII, especialmente John Priestley y Richard Price, sostuvieron que, si existe libertad, el hombre inexorablemente progresaría. Este es un punto que debe clarificarse. La libertad es una condición necesaria para el progreso, más no es suficiente. La libertad implica respeto recíproco, lo cual puede existir pero si el hombre se degrada inexorablemente habrá involución y, en última instancia, un ser degradado a niveles del subsuelo.

    Hans Zbiden nos recuerda la novela de Saltykov -La conciencia perdida- en la que todos los personajes deciden desprenderse de sus respectivas conciencias como algo inútil a los efectos de “sentirse liberados”. Sin embargo, los esfuerzos resultaron contraproducentes puesto que un misterioso desasosiego los empuja a retomar la voz interior y la brújula para que la conducta tenga sentido. El tema se repite en el conocido personaje de Papini, un engendro que la degradación más escalofriante hizo que ni siquiera tuviera un nombre ya que se lo identificaba con un número, igual que en El innombrable de Samuel Beckett.

    De cualquier modo, es de gran interés introducir el concepto de la involución al efecto de percatarse de que el cambio no necesariamente significa evolución. En el medio está la conducta del ser humano que puede destruir o construir.

    Entre muchos otros, Clarence Carson en The Fateful Turn alude al célebre profesor de filosofía de Harvard, Josiah Royce que en sus obras incluye aspectos de lo que estamos tratando en esta nota, lo hace especialmente en The World and the Individual y en The Spirit of Modern Philosophy.

    Royce se detiene a enfatizar que muchas veces se piensa que el progreso equivale a lo nuevo y que hay que adaptarse para pasar por un “ser ajustado” (políticamente correcto diríamos hoy). Esta visión, dice el autor, conduce al fracaso y al retroceso. Aunque en sus primeros trabajos no fue claro, en su última etapa resulta contundente al salirse del cul-de-sac a que inexorablemente conduce la capacidad de la mente para elegir entre distintos caminos, para refutar a los que sostienen que todo está previamente programado en el ser humano. De este modo obvió las contradicciones de aquella postura puesto que la racionalidad carece de sentido si la razón no juega un rol decisivo, lo cual implica libertad y, en este contexto, vincula estas consideraciones con el evolucionismo que proviene de sujetos pensantes y no como algo imposible de modificarse.

    Darwin tomó la idea del evolucionismo de Mandeville que la desarrolló en el campo cultural, dos territorios bien distintos, por ello es que resulta ilegítima la extrapolación de un área a otra como cuando se hace referencia al “darwinismo social”, sin percatarse que el evolucionismo humano trata de selección de normas no de especies y, lo más importante, a diferencia de la biología, los más fuertes transmiten su fortaleza a los más débiles vía las tasas de capitalización como una consecuencia necesaria aunque no buscada y, a veces, no querida. Todo lo cual es bien distinto de la sandez del llamado “efecto derrame” como si el proceso consistiera en que los menesterosos recibieran algo después de que el vaso de los opulentos rebalse.

    Por esto es que resulta un insulto a la inteligencia los ministerios de educación y cultura que imponen pautas curriculares a todas las casas de estudio, no solo a las estatales sino a las privadas por la que están de hecho privadas de independencia. Esta imposición contradice la necesaria apertura evolutiva en competencia puesto que nadie tiene la precisa en cuanto a la estructura curricular y el proceso evolutivo no debe circunscribirse a las mentes de los burócratas sino a las de todos los involucrados en busca de la excelencia lo cual requiere puertas y ventanas abiertas para que entre el mayor oxígeno posible.

    En términos más generales, el progreso está atado al nivel axiológico puesto que inexorablemente descansa en un esqueleto de valores cuya consideración es ineludible.

    Siempre tras el progreso hay ideas que lo sustentan y explican. No hay tal cosa como los ciclos irreversibles de la historia ni “las leyes históricas”, todo depende de lo que hagan diariamente los seres humanos. De lo contrario sería aconsejable descansar y esperar el ciclo favorable. La posición de los Fukuyama son marxismos al revés. Como he citado antes, Paul Johnson ha escrito con mucha razón que “Una de las lecciones de la historia que uno tiene que aprender, a pesar de ser muy desagradable, es que ninguna civilización puede tomarse por segura. Su permanencia nunca puede considerarse inamovible: siempre habrá una era oscura esperando a la vuelta de cada esquina”.

    Por su parte, Arnold Toynbee también insiste en que la civilización es un esfuerzo “hacia una especie más alta de vida espiritual. No puede uno describir la meta porque nunca se la ha alcanzado o, más bien, nunca la ha alcanzado ninguna sociedad humana […] la civilización es un movimiento no una condición, es un viaje y no un puerto”.

    Una receta básica en dirección al progreso es el fortalecimiento de las autonomías individuales, es decir, el individualismo. En no pocas ocasiones se interpreta el individualismo como sinónimo de seres autárquicos que se miran el ombligo cuando, precisamente, significa el respeto recíproco a los efectos de poder interactuar con otras personas de la forma más abierta y fluida posible.

    Son los socialismos en sus diversas vertientes los que bloquean y coartan las relaciones interpersonales alegando “culturas nacionales y populares” y similares al tiempo que se le otorgan poderes ilimitados a los gobernantes del momento para atropellar los derechos de la gente, con lo que se quiebra la cooperación social y la dignidad de las personas.

    El trabajo en equipo surge del individualismo, a saber, que las personas para progresar descubren que logran mucho más eficientemente sus propósitos que si procedieran en soledad y asilados. Por el contrario, los estatismos al intervenir en los acuerdos libres y voluntarios para cooperar, crean fricciones y conflictos cuando imponen esquemas que contradicen las preferencias de quienes deciden arreglos diferentes y que cumplen con la sola condición de no lesionar derechos de terceros.

    Las evoluciones humanas son procesos complejos y lentos que son detenidos o desfigurados cuando el Leviatán se entromete, y cuesta mucho recomponer los desaguisados. Como hemos dicho, el mojón o punto de referencia es siempre el valor moral que cuando se lo decide ignorar por cuenta propia o por entrometimientos del aparato estatal se desmorona la evolución para convertirse en involución como han apuntado autores de la talla de C. S. Lewis en La abolición del hombre.

    Por último, un punto muy controvertido en el que desafortunadamente la mayor parte de los literatos no coincide. Es la importancia, al escribir, de dejar algún testimonio de los valores con que se sustenta la sociedad abierta aunque más no sea por alguna hendija colateral (incluso para la supervivencia de los mismos literatos). En este sentido, por ejemplo, comparten enfáticamente lo dicho Giovanni Papini, T. S. Eliot y Victoria Ocampo. No necesito decir que de ningún modo esto debe surgir de una disposición de cualquier índole que sea, lo cual ofendería a todo espíritu libre, se trata de un simple comentario para ser considerado como un andarivel para la defensa propia.

    He consignado varias veces que bajo mi computadora tengo un inmenso letrero que reza nullius in verba que es el lema de la Royal Society de Londres que significa que no hay palabras finales, como queda dicho, debemos estar sentados en la punta de la silla y receptivos a nuevos paradigmas que mejoren nuestros conocimientos que como nos ha enseñado Popper tienen la característica de la provisionalidad abiertos a refutaciones.

  • Intervencionismo castrante

    Castrante, más allá de su sentido genital, lo definen en diccionarios como aquello que “limita la originalidad y libertad de ideas. Es la actuación de personajes y entidades políticas que, a través de meterse en lo que no deben, intervencionismo,  debilitan el poder llevar a cabo el curso normal y productivo de la sociedad. Es el padre o la madre autoritaria cuya actuación limita el desarrollo de sus vástagos. En fin, es una actuación contraria a la misma naturaleza del Creador que nos hizo libres para actuar, aprender, errar o tener éxito, como único camino de evolución.

    Desdichadamente, proponer a la politiquería burlesca y corrupta que deje de intervenir en lo que no le compete ni conviene a la sociedad, es caer en el desfiladero; caer en desgracia y correr riesgos de ser anulado por los personajes de mezquinos y procaces intereses. Lo que necesitamos es menos intervención central para ver si aún estamos a tiempo para evitar fatales colapsos, como lo de la CSS. O, tal vez me equivoco y resulta que el colapso es la única vía de solución que nos queda.

    Cuando dejamos que sean los actores del mercado los que, al compás de sanas limitaciones constitucionales, simples y claras, sean las que nos conduzcan por los mejores senderos del desarrollo, es que vamos por mejores caminos. Debemos evitar el proteccionismo estéril, los subsidios castrantes y los mercados sobre regulados que terminan logrando todo lo contrario al interés común o “social”, tal como sediciosamente fue plasmado en la actual constitución panameña.

    Imaginemos una familia en la cual el padre y/o la madre no permitan que sus hijos se desarrollen en experiencias, en criterio y en la sana búsqueda de un nuevo y mejor mundo. Una familia que produzca hijos castrados, incapaces de valerse por sí mismos.

    Alrededor del mundo, igual que en Panamá, el intervencionismo central, a través de malévolas leyes, de una castrante intervención educativa, del malgasto, sistemas de transporte viciados y tanto más. Y, ni hablar de un poder legislativo que se usa y se aprovecha de la autoridad para ser autores del mal.

    Casos como las vedas de pesca marina en épocas de desove, que sólo las cumplen las empresas pesqueras serias y fáciles de controlar; mientras que a los desordenados se les da rienda suelta para violar a sus anchas. O todos esos desordenados que en las vías conducen por los hombros, mientras se castiga a los respetuosos de las normas de tránsito que se resignan a los tranques. Una y otra vez la intervención es castrante y no edificante.

    Entre los grandes secretos y retos que aún asoma entre nuestros disparates constitucionales vemos, en el Preámbulo constitucional, lo siguiente: “Con el fin supremo de fortalecer la Nación, garantizar la libertad, asegurar la democracia… exaltar la dignidad humana…” Pero… ¿cómo vamos a lograr estos nobles fines cuando más adelante leemos cosas como: “El Estado intervendrá en toda clase de empresas… para hacer efectiva la justicia social…”.

    En su momento, altos personeros de la dictadura militar que se tomó, por la vía no democrática la facultad del intervencionismo castrante, declararon que ellos ya tenían el control de las armas, pero que les faltaba el controlo económico. Tristemente y desde entonces, poco saben y entienden qué hicieron con esos pérfidos poderes.

  • Signo de interrogación a un así llamado arte

    Hoy aparece un verdadero fraude a la inteligencia algunas expresiones de lo que pasa por arte moderno donde se expone una camiseta sucia con un trozo de materia fecal que con un spot se adorna para que de contrabando se introduzca como una realización artística. Mario Vargas Llosa denuncia con su característica solvencia algo de esto en La civilización del espectáculo y en otro plano artistas como Avelina Lésper también salen al cruce de este absurdo. Pero no es cuestión de agarrárselas contra el mercado pues este no es un lugar ni una cosa, es un proceso en el cual participan todos los humanos y las respectivas valorizaciones pueden ser acabadas o bochornosas a juicio de terceros que solo pueden revertirse vía la educación a la sensibilidad estética. A veces se recurre al negocio con cierta carga peyorativa pero lo que está mal no es el comercio sino en nuestro caso valorizaciones de dudoso contenido que cada cual tiene todo el derecho de sostener si lo estima pertinente, pero también cabe el derecho a criticar.

    Antes he escrito sobre este tema pero dado el reforzado embate contra la excelencia se hace necesario volver a la carga sobre este asunto que a la postre resulta controvertido. Desde la época de la pictografía en las cavernas ha existido una preocupación y un interés por lo bello, por las condiciones estéticas. En los diálogos platónicos encontramos largas disquisiciones sobre la belleza (especialmente en “Hipas mayor”, “Fedón” y el “Banquete”). Kant intenta precisar la idea de belleza en la séptima sección de su Crítica del juicio, la cual diferencia de simples gustos, preferencias y ponderaciones puramente decorativas. En este sentido se ha dicho que “sobre gustos no hay nada escrito” pero en realidad hay ríos de tinta sobre distintos gustos, en verdad el adagio latino dice que “sobre gustos no hay disputas”, lo cual recalca las preferencias subjetivas de cada cual. Pero cuando se trata de la belleza y más específicamente sobre las bellas artes el asunto es distinto, puesto que como apunta Thomas Edmund Jessop en The Objetivity of Aesthetic Value (La objetividad del valor estético), el crítico de arte no lleva a cabo una mera confesión personal o autobiográfica sino que implica que hay ciertas propiedades en la obra que se juzga y que se diferencian de la opinión de quien no entiende de arte, de lo contrario, si el arte fuera todo, no habría tal cosa como arte.

    Hay mucho de misterioso en el arte ya que el artista es quien cambia paradigmas y rompe normas, puesto que si se limitara a hacer lo que le han enseñado en la academia sería un copista. Sin embargo, como, entre otros, enseña John Hospers en Understandig the Arts (Entendiendo las artes), hay ciertas cualidades que distinguen una obra de arte de la basura lisa y llana, del mismo modo que el músico diferencia una composición musical de simples ruidos. Por su parte, George Santayana en The Sense of Beauty (El sentido de la belleza) concluye que “la belleza es el placer que se percibe respecto a la calidad de algo” y Joshua Reynolds en su discurso inaugural en la Real Academia de Londres en 1769 subraya el carácter evolutivo del arte (lo cual también destaca Ernst Gombrich en su Historia del arte) y plantea la paradoja de la necesidad de seguir reglas generales, aunque “las reglas no son cadenas para el genio” en cuyo contexto afirma que el artista debe armonizar las normas de sus predecesores con la introducción de aportes en un esfuerzo metódico para alcanzar la excelencia siempre que “no se destruyan los andamios antes de que se haya levantado el nuevo edificio”.

    David Hume en el capítulo décimo tercero de sus Ensayos morales, políticos y literarios insiste en que la regla para en definitiva juzgar la calidad de una obra de arte es el transcurso del tiempo. Pero en cualquier caso, en estas líneas reiteramos lo señalado por otros en cuanto a que no pocas manifestaciones en el teatro, la pintura, la escultura, la música y la literatura constituyen la antítesis del arte y más bien contribuyen a la demolición de todo sentido estético.

    Ortega, en La deshumanización del arte, consigna que muchos exponentes modernos “adoptan ante el (arte) una actitud insólita: le enseñan los dientes, prestos no se sabe bien si al mordisco o la carcajada”. Juan José Sebreli asevera en Las aventuras de la vanguardia que la neovanguardia proclama “la muerte del arte” y subraya que esta línea sostiene que “las escuelas de arte debería ser la inutilidad de todo saber” y ejemplifica con “Ben Vautier exhibiendo frascos con su orina y Manzoni vendiendo en 1961 latas firmadas y numeradas que contenían ´mierda del artista conservadas al natural´ (…así) la vanguardia arribó insensiblemente a la exhibición de excrementos humanos”.

    Lionel Lindsay, en El arte morboso, escribe que “la belleza era una de las metas del arte (…) pero ahora la fealdad, la deformidad y la discordancia han sido establecidas como nuevos mandamientos”. Jorge Bosch afirma, en Cultura y contracultura, que el llamado arte moderno es el resultado de una mezcla de snobismo, estupidez y primitivismo, lo cual suscribe Paul Johnson en varios de sus escritos. Carlos Grané, en El puño invisible: arte, revolución y un siglo de cambios culturales resume que el futurismo, el dadaísmo, el cubismo y similares son manifestaciones de banalidad, nihilismo, vulgaridad, escatología, violencia, ruido, insulto, erotismo grotesco y sadismo (en el epígrafe de su libro aparece una frase del fundador del futurismo Filippo Tomaso Marinetti que reza así: “El arte, efectivamente, no puede ser más que violencia, crueldad e injusticia”).

    ¿Qué ocurre en ámbitos cada vez más extendidos en aquello que se pasa de contrabando como arte? Es sencillamente otra manifestación adicional de la degradación de las estructuras axiológicas. Es una expresión más de la decadencia de los valores. En este sentido se conecta la estética con la ética. No se necesitan descripciones acabadas de lo que se observa en muestras varias que a diario se exhiben sin pudor alguno: expresiones repugnantes, personas desfiguradas, alteraciones procaces de la naturaleza, embustes de las formas, alaridos ensordecedores y soeces, luces que enceguecen, batifondos superlativos, incoherencias múltiples y mensajes disolventes. En el dictamen del jurado del libro mencionado de Garné que obtuvo el Premio Internacional de Ensayo Isabel Polanco (presidido por Fernando Savater), en Guadalajara, se deja constancia de “los verdaderos escándalos que ha vivido el arte moderno”.

    ¿Qué puede hacerse para revertir semejante espectáculo? Solo trabajar con paciencia y perseverancia en la educación, es decir, en la trasmisión de principios y valores que dan sustento a todo aquello que puede en rigor denominarse un producto de la humanidad, alejándose de lo subhumano y lo puramente animal, en un proceso competitivo de corroboraciones y refutaciones que apunten a la excelencia y no burlarse de la gente con apologías de la fealdad y explotar el subsuelo del hombre con elogios a la indecencia, la ordinariez y a la tropelía. Incluso la forma en que nos vestimos trasmite nuestra interioridad. Un dicho popular precisa la idea: “El hábito no hace al monje pero lo ayuda mucho”. La elegancia y la distinción se dan de bruces con los piercing, los tatuajes, los pelos teñidos de colores chillones, estrambóticas pintarrajeadas del rostro y las uñas, la ropa zaparrastrosa y estudiados andrajos en el contexto de modales nauseabundos, vocabulario procaz, ruidos guturales patéticos que sustituyen la fonética elemental con un ataque inmisericorde al lenguaje (que como sirve para pensar y para trasmitir pensamientos, las dos cosas se deterioran significativamente).

    La bondad, lo sublime, lo noble y reconfortante al espíritu naturalmente hacen bien y fortalecen las sanas inclinaciones. El morbo, el sadismo, lo horripilante y tenebroso dañan la sensibilidad y afectan lo mejor de las potencialidades del ser humano. No es indiferente a nuestra alma la contemplación de la belleza o la mirada al esperpento y lo aborrecible. Todos los días nos formamos, entonces, lo que leemos, la música que escuchamos, las producciones cinematográficas que disfrutamos, el teatro al que asistimos, las pinturas y esculturas que admiramos configuran nuestro comportamiento.

    Debe distinguirse con toda claridad, por una parte, la imperiosa necesidad de abstenerse de recurrir a la fuerza para intervenir en las preferencias de otros (siempre y cuando no lesionen derechos de terceros) y, por otra, las opiniones que puedan esgrimirse sobre la conducta de los demás. Son dos campos de naturaleza sustancialmente distinta. Un dicho que resume bien el pensamiento liberal es live and let live (vivir y dejar vivir), que primero fue título de una novela de Catherine Sedwick de 1837 y, un siglo después, la composición musical de Cole Porter cuya extraordinaria letra final es de este modo: “Live and let live, and remember this line/ Your business is your business/And my business is mine” (Vive y deja vivir, y recuerda esta línea/Tus asuntos son tus asuntos/Y los míos son míos), lo cual, no solo abarca todas las relaciones pacíficas, libres y voluntarias con el prójimo sino que, como queda dicho, incluye las opiniones que puedan suscitarse sobre modalidades ajenas, lo cual no es óbice para que eventualmente se intente persuadir a otros y argumentar sobre la conveniencia de modificar conductas y procedimientos.