Categoría: Opinión

  • Amazon le ofrece su logística a Biden para la vacunación. Las Big Tech mueven su dama

    En el mes de Noviembre, un artículo publicado en esta sección, nos alertaba de las posibles implicancias de las Big Tech en el nuevo ordenamiento político en los Estados Unidos.

    No ha pasado ni un día de la asunción del presidente Biden, que ya podemos observar algunos movimientos de las mismas, direccionadas a una función que típicamente se le ha encargado al gobierno, como es la salud y sobre todo, en una pandemia.

    Así, estas mismas megacorporaciones que pudieron silenciar a un presidente en ejercicio y a sus partidarios a principios de este mes, ahora se están acercando a la nueva Administración, que sabe muy bien lo que le podría suceder si adopta una postura antagónica contra las Big Tech. El ejemplo ha calado muy bien en las mentes de todo el planeta, razón de más para que la novel Administración americana comience a ser precavida.

    Si bien la administración de Biden en sí no tiene enemistad con Amazon, cuyo fundador Jeff Bezos es dueño del Washington Post, un importante medio que se inclinó activamente pro-Biden, al ala progresista del Partido Demócrata posiblemente le gustaría tener un trato más amigable, pero sumamente firme frente al poder de las Big Tech, de acuerdo a planteos regulatorios sostenidos en los últimos años. Al ofrecerse participar en el escenario global de la vacuna Covid-19, Amazon se está preparando estratégicamente contra tales esfuerzos.

    Dado que varios estados han ido informando que se están quedando sin vacunas, y decenas de miles de personas que lograron obtener citas para una primera dosis están siendo canceladas, el presidente Biden firmará 10 órdenes ejecutivas relacionadas con la pandemia este jueves, su segundo día en el cargo; pero la Administración dice que los esfuerzos para impulsar el despliegue de vacunas se han visto obstaculizados por la falta de cooperación de la administración Trump durante la transición. Dicen que no tienen un conocimiento completo de las acciones de la administración anterior sobre la distribución de vacunas. Biden también depende de que el Congreso proporcione 1,9 billones de dólares para alivio económico y respuesta al covid-19.

    El Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC)  ha manifestado también que aproximadamente la mitad de los 31 millones de dosis distribuidas a los estados por el gobierno federal se han administrado hasta ahora; y solo alrededor de 2 millones de personas han recibido las dos dosis necesarias para una máxima protección contra el virus. Estados Unidos tiene un promedio de 201.000 nuevos casos y unas 3.000 muertes por día. El número de muertos en la nación desde el inicio de la pandemia ahora es de alrededor de 403.000.

    Ante tal situación, Amazon ofrece su colosal red de operaciones y tecnologías avanzadas para ayudar al presidente Joe Biden en su promesa de obtener 100 millones de vacunas covid-19 para los estadounidenses en sus primeros 100 días en el cargo.

    Amazon ya había intentado entrar en la ola generada por el Covid-19 en marzo, asociándose con la Fundación Bill y Melinda Gates para entregar kits de prueba a hogares en el área de Seattle. Sin embargo, ese programa fue cerrado por la Administración de Alimentos y Medicamentos dos meses después por razones no especificadas.

    Jeff Bezos, el segundo hombre más rico del mundo, vuelve a la carga ahora, dado que si puede ayudar a la administración de Biden con su problema logístico de vacunas, ambas partes se beneficiarían. Queda por ver siempre el beneficio ciudadano, si al final, con estas «ayudas»,  las mismas luego no son soportadas con creces por los ciudadanos de a pie. Dicen que cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía.

    «Estamos preparados para aprovechar nuestras operaciones, tecnología de la información y capacidades y experiencia de comunicaciones para ayudar en los esfuerzos de vacunación de su administración’, escribió el director ejecutivo de la división de Consumidores Mundiales de Amazon, Dave Clark, en una carta a Biden.»‘Nuestra escala nos permite tener un impacto significativo de inmediato en la lucha contra el covid-19, y estamos listos para ayudarlo en este esfuerzo».

    Amazon dijo que ya ha contratado a un proveedor de atención médica ocupacional externo con licencia para administrar las vacunas en el lugar de sus instalaciones para sus empleados cuando estén disponibles.

    Amazon tiene más de 800.000 empleados en los Estados Unidos, escribió Clark, la mayoría de los cuales son trabajadores esenciales que no pueden trabajar desde casa y se deben vacunar lo antes posible.

    Esta jugada maestra de la megacorporacion, donde Amazon sigue mostrándose cada día más gigante, podría implicar, al  margen de la creciente popularidad y efecto marketinero,  quizás como un escudo protector ante el novel gobierno, una inesperada ayuda, ya no a nivel logístico, sino un tanto más profunda, una extra capa de blindaje jurídico: en una distribución de una vacuna que posee un 95 por ciento de efectividad contra una enfermedad con una tasa de supervivencia del 99,7 por ciento, seguramente va a haber demandas. Y a pesar de que los laboratorios han sido protegidos contra todo reclamo, igual siempre es posible llegar al estado con demandas complejas. Ahora bien, si bien es cierto que cualquier ciudadano se atreve a demandar al estado, posiblemente haya pocos dispuestos a enfrentarse monetariamente a la maquinaria jurídica de un gigante como Amazon.

    Finalmente, ustedes me preguntarán: pero acaso no nos dices siempre que la salud debería manejarse mejor en forma privada y  ahora dices lo contrario? acaso no nos dices que la caridad es siempre privada y Amazon estaría dispuesto a ayudar justo cuando más se necesita en esta Pandemia? Pues bien, siempre me viene a mano la frase de Milton Friedman: «Hay que distinguir claramente entre ser promercado y ser proempresa».

  • Negocio: una noción injustamente atacada

    Su demonización conduce a la clausura de los arreglos contractuales libres y voluntarios sobre los que descansa la sociedad abierta.

    Lo primero es remitir a la etimología. Negocio es no-ocio, el diccionario dice “cualquier ocupación, empleo o trabajo”. En una acepción más amplia refiere a asunto y en una más reducida alude al vínculo con lo crematístico, a la búsqueda de un beneficio monetario. Ahora bien, en la sociedad libre, para subsistir, cada cual se ve obligado a atender las necesidades del prójimo al efecto de poder mejorar su propia situación. De este modo es que se producen todos los bienes y servicios: quienes dan en la tecla con los requerimientos de sus congéneres obtienen ganancias y quienes yerran incurren en quebrantos. Este es el modo de progresar, este es el modo por el cual las sociedades más evolucionadas incrementan su nivel de vida. Por su parte, en este contexto, el monopolio de la fuerza que denominamos gobierno teóricamente se constituye para prevenir y evitar lesiones a los derechos de cada cual.

    En un plano más amplio, todo es realizado por el interés personal del sujeto actuante. En este sentido, no hay tal cosa como acción desinteresada. Es una verdad de Perogrullo sostener que quien actúa lo hace inexorablemente porque está en su interés actuar en esa dirección. La Madre Teresa estaba interesada en el cuidado de los leprosos, el que asalta un banco está interesado en que le salga bien el atraco y no ser castigado, el que vende papas está interesado en obtener un beneficio de la transacción, el que compra una bicicleta está interesado en andar en ese adminículo, en fin, en todo está presente el interés personal que en algunos casos puede ser monetario y en otros no-monetario. En algunos casos el fin perseguido es noble y en otros ruin. Se juzga la calidad de las personas por los objetivos a los que apuntan.

    En este plano argumental, hay dos ideas erradas que se filtran de contrabando en este análisis. En primer lugar, la gratuidad. Debe comprenderse que nada es gratis, todo tiene un costo. En economía lo llamamos costo de oportunidad para mostrar que cada vez que hacemos algo nos vemos precisados a dejar de hacer lo segundo que en nuestras prioridades hubiéramos hecho lo cual es el costo de la acción. En la vida diaria cuando se afirma que tal o cual cosa debiera entregarse “gratis” debe resultar claro que alguien paga. En este sentido, es frecuente intentar la transformación mágica del aparato estatal en Papá Noel, sin percatarse que siempre es el vecino el que se ve forzado a pagar.

    El segundo des-concepto mayúsculo radica en la tergiversación del derecho. Así se proclama el derecho a una vivienda digna, el derecho a hidratos de carbono y vitaminas, el derecho a un salario adecuado, el derecho a la recreación y hasta la sandez del derecho a Internet. Esta vociferación no toma en cuenta que a todo derecho corresponde una obligación. Si una persona obtiene por su trabajo cien en el mercado laboral, hay la obligación universal de respetarle ese ingreso, pero si esa persona pretende doscientos cuando gana cien y el gobierno otorga esa pretensión necesariamente quiere decir que otros estarán forzados a entregar la diferencia con el fruto de sus trabajos, lo cual convierte la operación en un pseudo derecho puesto que lesiona el derecho de esos otros.

    Ambas ideas estrafalarias -la de la supuesta gratuidad y la de los pseudo derechos- derriban marcos institucionales civilizados y por tanto perjudican gravemente el bienestar de todos, pero muy especialmente a los más necesitados puesto que el derroche en lugar del aprovechamiento de los siempre escasos recursos atenta contra los ingresos y salarios en términos reales de modo más contundente en los marginales ya que las tasas de capitalización disminuyen.

    En esta nota periodística centro la atención en el tema de los médicos, servicios de salud, vacunas, laboratorios y equivalentes que con un alto grado de cinismo se pretende que vivan del aire sin cobrar por sus servicios mientras que los que reclaman semejante actitud se dedican a sus negocios particulares. Esto sin duda no descarta para nada las muy meritorias obras filantrópicas que mantienen un estrecho correlato con los climas de libertad. Para observar estas obras por doquier no hay más que recorrer Estados Unidos, situación que no existe en Cuba donde se disfraza de “Estado Benefactor”, una contradicción en los términos ya que, por definición, el aparato de la fuerza no puede hacer beneficencia o caridad que significa entregar recursos propios de modo voluntario. Si asalto a mis vecinos y entrego el botín a otros no he realizado un acto caritativo ni una muestra de solidaridad sino que he cometido un atraco.

    Entre muchos otros, John Chamberlin en su ensayo titulado “La enfermedad de la medicina socializada” pone de manifiesto los rotundos fracasos de los países nórdicos y otros en la medida de haber introducido los aparatos estatales en la salud y como han debido retroceder abruptamente en esa decisión política. En este sentido, por ejemplo, hay un libro -desafortunadamente no traducido al castellano- en el que publican veintiún profesionales meticulosos trabajos sobre los graves y muy alarmantes problemas que invariablemente se suscitan en ámbitos de la salud estatal. La obra lleva el sugestivo título de Politicized Medicine y está editada por la Foundation for Economic Education.

    En ningún momento lo dicho significa dejar de reconocer el valiosísimo esfuerzo y notable capacidad de médicas, médicos, enfermeras y enfermeros en los centros de salud estatales. De lo que se trata es de entender el tema decisivo de los incentivos y de la “tragedia de los comunes” que invariablemente irrumpe pues lo que es de todos no es de nadie, no es la misma actitud cuando uno debe hacerse cargo de las cuentas que cuando se obliga a terceros a pagarlas. En los ensayos antes mencionados y en muchos otros en la misma línea se subraya el mencionado rol fundamentalisimo de los incentivos en el contexto de las permanentes faltas de insumos, de equipos y de recursos en general en medio de los habituales y extenuantes pedidos de turnos por parte de pacientes, los déficit que refleja la gestión y el consiguiente pedido de fondos a la administración gubernamental y la situación muchas veces lamentable de los edificios, todo lo cual no ocurre en sanatorios privados pues el emprendimiento que no es apoyado por la gente desaparece.

    Entonces, lo que debería hacerse es vender todos los centros de salud estatales, eventualmente al mismo equipo de médicas, médicos y personal administrativo que los operan con todas las facilidades posibles. La politización y el uso de la fuerza no debiera tener lugar en un área tan delicada e importante. Me imagino que no se intentará argumentar el absurdo de no proceder en consecuencia porque otros no lo hacen, salvando las distancias es similar a cuando se sostenía la imperiosa necesidad de abolir la esclavitud se respondía que en el planeta ese sistema estuvo extendido por miles y miles de años. El enredo con el statu quo no puede conducir al embotamiento mental de esa magnitud. Ningún progreso hubiera existido si no hubiera habido un primero que se salió de lo habitual y cuestionó lo existente.

    Y para las personas con problemas de salud pero sin los ingresos suficientes, como una medida de transición, hasta que puedan adoptarse otras medidas de fondo, aplicar los vouchers, es decir créditos a cargo de terceros para que estos pacientes puedan hacerse atender eficientemente. Hay aquí un non sequitur, a saber: del hecho de que unos deban financiar la salud de otros no se desprende que deban existir centros de salud estatales puesto que el paciente seleccionará la entidad privada que más le resulte. Subsidiar la demanda en lugar de hacerlo con la oferta cambia radicalmente el cuadro de situación pues todos los incentivos de la gestión modifican su rumbo por lo antedicho de la tragedia de los comunes (una denominación moderna que la bautizó así Garret Hardin en la revista Science pero que en la práctica se remonta a Aristóteles en su refutación al comunismo de Platón).

    La medicina no opera de modo independiente a la naturaleza de las cosas, los precios son señales insustituibles para conocer dónde invertir y dónde desinvertir. En una pandemia lo peor es que los gobiernos intenten controlar precios pues el resultado indefectible es el faltante del medicamento o servicio en cuestión. Al establecer por la fuerza precios menores a los de mercado la demanda aumenta y la oferta se contrae. Idéntico fenómeno ocurre con las mutuales de medicina o los servicios médicos en general, con el agravante que se pretende incorporar por la fuerza a candidatos que no han aportado al servicio lo cual desmorona toda la idea del seguro. Estos problemas agudos irrumpen debido a la antes señalada incomprensión del derecho y de la falsa gratuidad y, además, cuando aparece un procedimiento novedoso los aparatos estatales habitualmente achatan los precios lo cual demora el resultado y en algunos casos elimina la beneficiosa novedad.

    En otros términos, del hecho que haya médicas y médicos que atiendan a pacientes sin pretender retribución monetaria, como queda consignado, no se sigue que sea una profesión que deba vivir del aire. Reiteramos la hipocresía de quienes se dedican a sus negocios personales y pretenden gratuidad de los facultativos. También revela gran hipocresía el demandar atención sin cargo “por la importancia de los derechos humanos” mientras muchos avalan y suscriben la exterminación de vida humana en el seno materno con la inaudita pretensión de violentar el juramento hipocrático, que además pretenden que se los paguen otros por la fuerza con el fruto de sus trabajos.

    Seguramente imbuido de las mejore intenciones y propósitos el Papa Francisco nuevamente la emprendió contra el mercado en su Misa del 24 de diciembre del último año en la que rogó para que “la ley del mercado no impida que las vacunas lleguen a todos”, lo cual revela la superlativa incomprensión del significado del proceso del mercado y lo devastador de imitar las recetas estatistas de aquellas republiquetas africanas y equivalentes donde la enfermedad y las hambrunas son moneda corriente por desconocer el mercado que es otra forma de decir que deben desconocerse los requerimientos de la gente. Antes este Papa, entre tantos denuestos contra los fundamentos de la sociedad libre, se había referido al dinero “como el estiércol del diablo” sin prestar atención a la incoherencia del tradicionalmente corrupto Banco del Vaticano. En el campo de la salud es como ha reiterado, entre otros, el distinguido médico-psiquiatra y profesor emérito Thomas Szasz: “Lo más contundente que puede hacerse para destruir la salud de los más vulnerables es que los gobiernos intervengan en los precios de los medicamentos y equipos médicos violentando el mercado, puesto que necesariamente provoca escasez artificial y manifiesto deterioro en la calidad del servicio. Proceder en esa dirección resulta criminal.”

    En resumen, la demonización del negocio conduce a la clausura de arreglos contractuales libres y voluntarios sobre los que descansa la sociedad abierta, lo cual no significa desconocer que también hay trampas y fraudes en el sector privado que deben castigarse en el ámbito de la Justicia, pero la solución no consiste en eliminar incentivos para el progreso, del mismo modo que no sería sensato eliminar los automóviles con la idea de evitar accidentes de tránsito. Una vez más subrayamos que en el ámbito de la trampa y el fraude se encuentran aquellos que la juegan de empresarios pero que basan sus operaciones en el privilegio, la dádiva y los mercados cautivos fruto de sus alianzas hediondas con el poder de turno con lo que explotan miserablemente a sus congéneres, sea en al área médica con apariencia de obras sociales o con cualquier otro disfraz o en cualquier área que sea hay que bloquearles el camino a estos asaltantes. Estos no son negocios sino negociados que naturalmente su perversión los convierte en una naturaleza completamente distinta

    La generosidad sólo tiene lugar con lo propio, sin propiedad privada no hay tal cosa como generosidad. La prolongación de la vida y la calidad de la misma son el resultado directo de la medicina y la investigación médica en la medida en que han podido desenvolverse en un clima de libertad. Recordemos también la formidable faena que han realizado tantos profesionales de la medicina en el área de las ciencias sociales, como ha sido el caso del que fuera nada menos que padre del liberalismo: el médico John Locke.

  • El ocaso de la familia

    La persona, es decir, el ser humano, pensante y actuante es, ante todo, un ser social; en otras palabras, un ser que vive en asociación a otros seres, lo cual llamamos “sociedad”. Esta es la base de nuestra civilización; vale decir, la acción y efecto de civilizar, que es mejorar la formación y comportamiento de la gente, elevando su cultura. Entonces, más allá de la persona está el núcleo familiar, la comunidad inmediata, la fraternidad, la iglesia, los negocios, y así; todo lo cual constituye el estado. El problema surge cuando los gobiernos se prostituyen y traicionan al estado, tras lo cual dejan de servir a la comunidad y comienza a servir a lo que se llama el “estado profundo”.

    En nuestra amada Panamá, el estado profundo tuvo su origen antes y después de la llegada de Cristóbal Colón. Mucho habremos cacareado las bondades de la libertad mientras levantábamos falsos ídolos que la burlaban; y, a través de la historia perfeccionamos la burla. Hoy, sólo los más miopes no tienen la capacidad de advertir la monstruosa insensatez de la corrupta politiquería.

    Pero, lo siniestro de todo lo señalado va mucho más allá; ya que, para poder afianzar al estado profundo, hace falta ir destruyendo las mismas fundaciones de la persona, de su familia y del resto de la sociedad. Y la manera en que se ha ido dando esta diabólica violación ha sido mediante la absorción de una porción cada vez mayor de los recursos, funciones, y autoridad moral de otras instituciones. En Panamá hoy día lo vemos en ese “no a la privatización” que se eleva como plegaria al mismo Satanás. Luego, sólo queda el totalitarismo.

    Son muchos y diversos los mecanismos de la dominación; pero los más sediciosos son aquellos orientados a la destrucción de la familia, lo cual comienza desde la supuesta educación en la infancia y en algunos países se está extendiendo al cuidado de los ancianos en casas de retiro; actividades que histórica y socialmente han pertenecido al ámbito de la familia. Es la amputación del núcleo familiar, lo cual termina en atrofia.

    En adelante, ya el ciudadano pierde confianza en su propia habilidad de velar por sus hijos y sus viejos y recurre al dios estado para que lo subsidie; situación que tiene la perniciosa cualidad de ir en aumento hasta convertirse en un “derecho”. El derecho de ser subsidiado, pero con aquello que no subsidia sino lleva a servir a los inescrupulosos.

    El cuidado de los niños fue política estatal en Rusia, la cual, ahora en el 2020 va apareciendo en los EE.UU. Ya el cuidado de los niños pasa al estado, el cual cuida a su estilo y a sus propósitos. Y, por supuesto, que los centristas aman cada encargo que se les hace; encargos que acrecientan su razón de ser y existencia parasitaria. Pero queda la pregunta: ¿En dónde son mejor utilizados los recursos económicos, en las manos del ciudadano o en las de los politicastros? Y peor, en adelante ya la sociedad pierde su capacidad de ser caritativa. Y peor aún, considerando que el estado jamás podrá ser caritativo, cualidad que es sólo personal.

    A fin de cuentas, la mayor parte de los fondos de la “noducación” se quedan enredados entre las patas del caballo. Y es que la burocracia es costosa y mucho más si es burrocracia. Luego, a fin del camino, el ocaso de la familia es el ocaso de la sociedad y la ruta al colapso; lo cual ocurrirá si no despertamos.

    Y, como bien dijo Peter Schiff acerca del gobierno: “El gasto gubernamental es análogo a una transfusión de sangre del brazo derecho al izquierdo, con manguerillas llenas de orificios que derraman la mayor parte de la sangre.”

  • Qué se discute detrás de las medidas tomadas por las redes sociales??

    Voy a intentar hacer algunos puntos aquí sobre la discusión generada a partir del cierre de cuenta de Twitter a Trump.

    A mediados de los 90s, casi al final, Internet comenzaba a masificarse; el auge de las páginas web, los foros, los incipients chat rooms y demás, llevaron a que los que participaban de la industria comenzaran a discutir si era posible una neutralidad de la red de redes, para preservar los derechos básicos de los participantes.

    Un joven idealista abogado californiano fue uno de los precursores  y contribuyentes a la redacción de la Communications Decency Act, la famosa 230, que puso en vigencia Bill Clinton en 1996. Lo recuerdo perfecto porque fue la imagen que tomé en su momento para mi ponencia (Es posible una regulación en Internet?) en ECOMDER, el primer congreso sobre Derecho y Tecnología en la red, hosteado por la Universidad de Buenos Aires, pionera en su momento sobre estos asuntos.

    La 230, fue estatuída para mantener la neutralidad en la red, esto es, eximir a quienes en esos momentos eran emprendedores en la red, a mantenerse exentos de responsabilidad por los contenidos que los usuarios compartían, subían, hosteaban, como quieran llamarlo. Al estar protegidos legalmente, la explosión de la red fue imparable.

    Gracias a ello, el mundo es otro hoy día, no tengo dudas. Siempre fui defensora de la 230 y pretendo que así se mantengan las cosas.

    Sin embargo, un poco de historia sobre la prístina 230, nos da cuenta que se fue manchando de a poco, quizás algunos de ustedes recuerden las subastas de artículos nazis en Ebay y el conflicto en su momento que generó, algún que otro pedófilo, o ataques terroristas que fueron de a poco siendo justificativos para alguna enmienda a la 230. Por ejemplo, la pedofilia ya está excluída de esta eximición de responsabilidad legal que les cabe a estas plataformas.

    Pero lo que ha estado siempre protegido, incluso cuando hubo algunas causales que ponen a uno a pensar (utilización de las redes para comunicar actos terroristas, violentísimos actos de persecuciones civiles, llamados atentatorios contra gobiernos legítimos instaurados, etc), fue la libertad de expresión. Siempre, porque si se ponían a los dueños de las plataformas (se habrán dado cuanta ahora quienes dicen «mi muro» es una irrealidad?) a ser responsables de lo que cada loco anda por ahi proclamando, se terminaba con la neutralidad en la red e incluso los costos de ejercer esos vetos (fact checking hoy día) implicaban que se hiciera imposible el acceso a todos «gratuitamente». La cuestión es que esto último es lo que hace la diferencia en la discusión en estos días.

    Cuando Facebook o Twitter vetan opiniones, cierran cuentas o demás acciones respecto a un posteo de un usuario, hacen editorial y dejan de ser neutrales. ¿ por qué editorializan se preguntarán? la respuesta es simple, con esas acciones de permitir/vetar se produce la opinión. Y la opinión no es neutral.

    Sin embargo,  aún existe el otro argumento, el que subraya: «son empresas privadas, pueden hacer lo que quieran, cuando uno accede firma términos y condiciones».

    Pues bien, la idea del contrato de adhesión, porque esto es lo que uno hace cuando pone «I agree» al colocar sus datos en cualquiera de estas plataformas, significa que uno acepta lo que venga, no hay posibilidades de discusión para modificar alguna cláusula o discutir algunos artículos. Se pone el gancho y voilá, estamos adentro. Si cuento con los dedos de la mano quienes han leído eso, me sobran dedos. No importa, el asunto es que siempre, siempre, al final, cualquier contrato debe tener para ambas partes un sentido de justicia, donde ambos ganan. Es pasar de una situación menos satisfactoria a una mejor. Acción humana.

    Ahora bien, entendiendo lo anterior, la empresa brinda acceso «gratuito» y el user brinda primeramente sus datos y luego contenido, luego contactos, y así van creciendo estas redes. Lo «gratuito» no es tal, dado que lo más valioso es la persona que entrega contenido; en fin, para no dar tanta vuelta, el «producto» termina siendo uno. Cuando uno da «like» o cuando uno cuenta algo en esa plataforma social (que reitero, no es propiedad de uno el famoso muro, es de los dueños de esa red), se genera una ganancia para los accionistas de esa compañía. Eso podría ser en definitiva el intercambio final, datos por servicio, aún cuando los términos y condiciones digan lo que digan.

    Cuando la compañía decide cancelar unilateralmente ese servicio, se alteran los términos de ese contrato, se produce un desequilibrio y en cualquier instancia de la vía civil o comercial, uno podría demandar tal situación. Y aquí nos encontramos que será inútil, porque esa compañía podrá ser demandada, pero finalmente la demanda será desestimada por la 230 famosa. Aquí cabe aclarar que mientras la 230 permanece incólume frente al free speech, los «términos y condiciones» impuestos por cada plataforma cambian a cada rato sin que el «user » pueda hacer algo. Me dirán, «puede salirse», es cierto. Pero no es tan fácil salirse sin costos para el user, pérdidas de contactos, incluso memorias de negocios, dado que hoy muchos negocios se hacen por allí, etc, etc. Y si ese costo pudiese ser demandado, reitero, no habría problemas.

    Entonces, no es tan cierto que este asunto es sobre una empresa privada y se pide regulación para la misma. Al contrario, lo que se pide es que se siga cumpliendo con la 230, que es un reflejo de la autoregulación que las mismas empresas pioneras se dieron (no éstas nuevas, que surgieron gracias o al amparo de esa 230). Si eso no se hace, lo que sí entonces va a suceder es que se regule, más tarde o más temprano, y nos vayamos a una red de redes controlada y mientras la controlen los «buenos», no pasa nada, pero parafraseando a Popper, debemos tener instituciones para que cuando gobiernen los malos, no nos hagan daño, o hagan el menos posible.

    Por último, lo maravilloso del mercado, es que habrá muchas soluciones que encuentren una respuesta más adecuada a los usuarios. También otra enseñanza es que nunca, nunca, hay almuerzo gratis. Si el pago somos nosotros, quizás es hora de reflexionar y buscar soluciones descentralizadas. Así comenzó Bitcoin, así habrá muchas más soluciones de pago, de comunicaciones o de intercambios más equilibrados.

    Unos consejos no solicitados, pero ahi van: utilicen soluciones que tengan mejores protecciones para su privacidad. Tor, Brave, incluso Firefox son mejores que Google. Signal en lugar de whatsapp, protonmail en lugar de gmail. Alojen sus webs en servidores por fuera de AWS, (ya incluso por una cuestión ética en esta última), hay millones de proveedores de hosting en el mercado. Y si van a salirse de Facebook, les aconsejo que vayan a el sector de settings, luego ingresen a Your FB information, y de ahi, acceden a Download your info y se bajan a su disco toda su información guardada ahi desde el día que se afiliaron. Facebook igual ya tiene una copia suya de toda su vida, pero al menos usted la recuperará para una futura migración a otro lado. Aquí les dejo unas capturas de pantalla sobre cómo se hace. Espero les sea útil.

    No se trata hoy de Trump, se trata de libertad lo que estamos discutiendo. La defensa es para que a futuro, no seamos nosotros mismos víctimas de una cancelación.

  • Carpe Diem, Memento mori.

    A todos nos da miedo hablar sobre la muerte. Sin embargo, éste que se termina hoy, ha sido el año que hemos sentido que estábamos más cerca de la misma, a pesar de que nuestro cerebro está diseñado para hacernos sobrevivir. Y el miedo nos petrificó, nos paralizó ante la amenaza de un virus que desde los gobiernos y los medios de comunicación nos hicieron creer que era mucho más mortal que cualquier otra enfermedad conocida hasta el presente.

    Ese miedo nos llevó a aceptar que los encierros nos iban a proteger de la muerte y encerrados nos olvidamos de dos conceptos que nos legaron los poetas y estoicos desde la antigüedad: carpe diem y memento mori.

    Como seres humanos tendemos a creer, que siempre tendremos tiempo para todo, que siempre habrá un mañana para “empezar” o “continuar”. Sobre todo, en estas épocas de hacer promesas, de comenzar el próximo año con resoluciones. Gracias a estos paradigmas vamos por la vida postergando todo e inconscientemente no pensamos en nuestra mortalidad y asumimos que tenemos todo el tiempo del mundo. Incluso este año que hemos pasado encerrados la mayor parte, lo hemos aceptado como una pausa temporal que podemos volver a retomar como si ese tiempo no hubiera pasado, no hubiera existido.

    Entonces, frases como: “mañana lo hago”, “el 4 de enero empiezo”, “cuando se pasen los contagios”, “cuando aparezca la vacuna” y demás excusas por el estilo, se suceden y de repente, se nos han pasado los días y el año sin haber hecho nada. Lo cierto es que hemos tenido suerte. Pero esa suerte de estar vivo puede acabarse dentro de unas horas o quizás mañana y no necesariamente a causa de un virus cuya tasa de mortalidad aún está en discusión. ¿Si mañana fuera el día de nuestra muerte, habrá valido la pena todo lo que vivimos? ¿Habremos hecho todo lo que nos hacía felices? Seguramente, si se mira atrás en este año, la respuesta no sea la que debería dejarnos satisfechos.

    Cuando hablamos de la filosofía estoica memento mori, hablamos de la aceptación de que no somos seres inmortales y que la muerte nos acecha. Memento mori proviene del latín que significa: “Recuerda que morirás”. Cada vez que un general ingresaba victorioso por las calles romanas, un sirviente iba por detrás recitándole la frase para recordarle la fragilidad de su existencia y, por lo tanto, que evitase la banalidad que le generaban los aplausos y cantares de la gente a su paso. Se usa para llamar a la modestia a una persona, recordándole que todos somos humanos y que a todos nos llega el momento de morir, indicando también que la vida es, al fin y al cabo, muy corta.

    Muchas personas este año han tenido la muerte en la cabeza, no aceptando de que morirán en algún momento y que ello no nos viene predeterminado cuándo y cómo; y esto los condujo al miedo irracional. Dicho miedo conduce al estrés y una vez estresados nos desmotivamos para vivir a plenitud.

    Si empezamos a aceptar el memento mori, el miedo irracional tiende a desaparecer; no desaparecen las preocupaciones y los mecanismos de supervivencia, pero sí la parálisis causada por ese miedo; una vez que el miedo a la muerte desaparece, desaparecen el estrés y el desgano; poco a poco empezamos a sentirnos más vivos y menos asustados acerca de la muerte.

    Una vez que nos damos cuenta de lo fugaz que son la vida y el tiempo, que cada día debe aprovecharse al máximo, es cuando aplicamos el otro concepto, el “Carpe Diem”. El carpe diem es casi indisoluble del memento mori, que vendría a resultar en algo así como: “vive cada momento de tu vida como si fuese el último”. Cada día tendremos la oportunidad de vivir como deseamos sin desaprovecharlo. Una posibilidad ínfima de mortalidad no puede ni debe paralizarnos. Dejemos de postergar citas, trabajos o proyectos que tenemos en mente realizar y empecemos a tomar acción sobre ellos. Al recordar que podemos morir, comenzamos a hacer ahora, a trabajar, a planificar, a comenzar proyectos y también a disfrutar de ese proceso.

    Esta es la filosofía que nos dice que debemos aprovechar el tiempo escaso que poseemos para hacer y vivir cada día con propósito, con pasión, y con generación de valor para cada uno y por ende para la humanidad; que el vivir cada día haya valido la pena.

    El tiempo vuela, aprovechemos la ocasión y el momento. La vida se pasa en un abrir y cerrar de ojos, el tiempo es fugaz y la muerte está día a día acechándonos. No podemos dejar de vivir hoy para vivir en un futuro que no sabemos si tenemos. Memento morí, recordar que somos mortales.

    Carpe Diem, una oportunidad para hacer lo que siempre hemos querido, para conseguir lo que siempre hemos deseado o para cumplir todas nuestras metas y sueños que siempre hemos postergado. Una oportunidad para aprovechar cada ocasión, cada momento y vivirlos al máximo. Una oportunidad para dejar de malgastar la vida en tonterías y banalidades o asuntos que no nos aportan nada positivo.

    Tenemos que entender que el tiempo es escaso, que no lo tenemos comprado y que no debemos postergar nada por miedo, porque el que se tenga vida ahora mismo es un acto de suerte que mañana quizás no se tenga. Hay que vivir ahora y siempre recordar: carpe diem, memento mori. Porque Horacio también nos dijo: el que vive con miedo, nunca será libre.

    Por todos esos momentos, muy feliz año 2021.

  • Entre el empresario y el consumidor

    Son tantos quienes creen y dicen que las empresas y, en particular, las más grandes, sacan ventaja a su presidiaria clientela!. Semejante desacierto debería producir inmensa pena. Indudable que existen pecadores de más si, a fin de cuentas, apenas somos frágiles humanos; pero… ese no es el tema de fondo. No es el pecado el que debe marcar nuestra comprensión sino el entendimiento y el rechazo de malos caminos.

    Entonces, y teniendo lo señalado en mente: es muy cierto que en esta vida hay quienes ven mejor, entienden mejor y, ante todo, están dotados de una caldera interna que les impulsa a la acción productiva. Esta realidad, por un lado, es una bendición puesto que constituye el motor del progreso; pero… por otro lado, también es el manantial de la envidia y de odios, pues son muchos los que sienten que fueron abandonados por la misma Creación. Ello fue plasmado en el Segundo Capítulo del Génesis hace más de 3,000 años, en la narrativa en la cual la envidia de Caín al ver que el Señor favoreció más la oferta de Abel fue tal que asesinó a su propio hermano; lo cual condujo a su destierro de la presencia del Señor.

    La historia de Caín y Abel puede ser enfocada de diversas maneras, pero hoy quiero enfocarla desde la perspectiva del empresario productivo y aquellos competidores y consumidores que, al sentirse disminuidos en comparación, entran en cólera; cólera que, en vez de moverles a ser más competitivos, les mueve a hacerle daño al productivo. Y, a tal efecto, me enfoco, no en el empresario malsano, sino en esa mayoría sana que siente orgullo de su creativa labor, y busca la satisfacción de su cliente, a sabiendas que ello le conviene tanto a él como productor, como al cliente como consumidor.

    Son tantos los que vilipendian al empresario exitoso porque este se vuelve rico, a pesar de que el mismo sirve a muchos y en muchos sentidos. Y, a fin de cuentas, ¿qué importa que el empresario productivo se vuelva millardario si el consumidor y la misma sociedad se torna billonaria. Quien vende la computadora se gana, digamos, $500, pero… ¿cuánto ganan quienes la compran? ¿Acaso eso no cuenta? Al final del día, el progreso humano depende del más creativo y productivo; y eso debemos celebrarlo y cuidarlo como se cuida a la gallinita de los huevos de oro. El asesinato de Abel no sólo afectó a Caín sino a toda su familia y más allá.

    Lo señalado nos debería conducir a ver que los problemas sociales no los debemos achacar al empresario en general, sino a las malas políticas públicas; esas, que por un lado promueven y premian a malos empresarios y disminuyen a los buenos. Es más que triste ver como la envida nos ciega, al punto de que atacamos lo que es bueno, y votamos y apoyamos al politicastro que tanto daño causa.

    Llevando todo lo anterior a la práctica, el empresariado, el chinito del barrio, el salón de belleza, lavandería, súper y toda la cadena productiva y distributiva es la que debemos enfocar; y no cegarnos de odio contra quienes han sabido, honestamente, lograr una riqueza económica. Como tampoco debemos perder de vista de que la riqueza económica no es sinónimo de la riqueza espiritual y de la felicidad; pues sobran los millonarios infelices.

    Las sociedades más felices y prósperas son aquellas que navegan por encima de las envidias y los odios. Y, cuando vemos que estas perversidades campean entre nosotros, debemos caer en cuenta de que nos estamos causando graves daños. Celebremos al buen empresario, lo mismo que al buen consumidor.

  • Es urgente reiterar la importancia de la libertad de prensa

    La libertad de expresión no solo es una manifestación básica de respeto sino que el contraste de distintas ideas resulta vital para adquirir conocimientos

    La condición humana remite al libre albedrío que constituye el cimiento de la tradición liberal, solo así tienen sentido las ideas autogeneradas, la posibilidad de revisar nuestros juicios, las proposiciones verdaderas y falsas, la moral, la responsabilidad individual y la mismísima libertad. El pensamiento resulta imprescindible para evaluar los medios pertinentes al efecto de lograr fines apetecidos y la expresión del pensamiento constituye no solo una manifestación de la libertad sino que es el aspecto medular que permite alimentar el conocimiento, puesto que como ha señalado Karl Popper este tiene la característica de la provisionalidad abierta a refutaciones. Las críticas y las autocríticas son esenciales para el progreso de la insustituible aventura del pensamiento que es una consecuencia de la racionalidad.

    En algunos ocasiones cuando se estima que alguien está equivocado o no sigue las reglas de la lógica se le endilga la etiqueta de “irracional”, lo cual no es así: todo lo que hace el ser humano es racional a diferencia de los actos reflejos de la biología, cuando la medicina antigua propiciaba ciertas recetas hoy consideradas erradas no es que aquellos médicos eran irracionales, es que no contaban con el conocimiento que hoy disponemos y así sucesivamente.

    Se ha dicho, por otra parte, que la verdad debe estar sustentada en verificaciones empíricas a lo que Morris Cohen ha replicado que esa proposición no es verificable y el antes mencionado Popper ha explicado que nada en la ciencia es verificable, es solo de momento corroborable. La verdad se sustenta en la correspondencia entre el juicio y el objeto juzgado, el relativismo epistemológico, cultural, ético y hermenéutico echan por tierra con toda posibilidad de investigación, además de convertir en relativas las mismas aseveraciones del relativismo.

    Como ha sostenido Einstein, “todos somos ignorantes, solo que en temas distintos” y en el campo específico de cada cual también hay una dosis grande de ignorancia que se intenta contrarrestar en un difícil peregrinaje en el mar de ignorancia en busca de algo de tierra fértil en que sostenernos sin llegar nunca a un puerto definitivo puesto que la navegación es permanente. Por eso me resulta tan atractivo el lema de la Royal Society de Londres: nullius in verba, es decir, no hay palabras finales.

    El debate de ideas resulta imprescindible para ensanchar el conocimiento, de allí que la libertad de expresión no solo es una manifestación básica de respeto sino que el contraste de distintas ideas resulta vital para adquirir conocimientos. En esto estriba el progreso intelectual del que deriva todo progreso humano.

    Antes he escrito sobre la libertad de prensa -que es la manifestación de la antedicha liberad de pensamiento- pero dado el clima amenazador que se vive en distintas latitudes, se hace necesario reiterar lo dicho. Después del derecho a la vida le sigue en importancia el derecho de propiedad una de cuyas manifestaciones centrales es precisamente la facultad de expresar las propias perspectivas y contrastarlas con otras opiniones, para lo cual se requiere un ámbito de puertas y ventanas abiertas al efecto de permitir la mayor dosis de oxígeno, sin limitaciones de ninguna naturaleza. Este es el sentido por el que los Padres Fundadores en Estados Unidos otorgaron tanta importancia a la libertad de prensa y es el motivo por el que se insertó con prioridad en la mención de los derechos de las personas en su carta constitucional, la cual, dicho sea al pasar, fue tomada como punto de referencia en la sanción de la argentina. Jefferson escribió en 1787 que “si tuviera que decidir entre un gobierno sin periódicos o periódicos sin gobierno, no dudaría en elegir lo último”.

    Este es el sentido por el que mi distinguido amigo, el eminente constitucionalista Gregorio Badeni, sostuvo en su Tratado de libertad de prensa la trascendencia de este valor fundamental para la existencia de la sociedad libre y, asimismo, el correlato con la indispensable preservación de las fuentes de información.

    Esta libertad es respetada y cuidada como política de elemental higiene cívica en el contexto de una sociedad abierta, no solo por lo anteriormente expresado sino porque demanda información de todo cuanto ocurre en el seno de los gobiernos para así velar por el cumplimiento de sus funciones específicas y minimizar los riesgos de extralimitación y abuso de poder.

    Resulta especialmente necesaria la indagación por parte del periodismo cuando los aparatos de la fuerza que denominamos gobierno pretenden ocultar información bajo los mantos de la “seguridad nacional” y los “secretos de Estado” alegando “traición a la patria” y esperpentos como el “desacato” o las intenciones “destituyentes”. Debido a su trascendencia y repercusión pública internacional, constituyen ejemplos de acalorados debates sobre estos asuntos los referidos a los llamados “Papeles del Pentágono” (tema tan bien tratado por Hannah Arendt) y el célebre “Caso Watergate” que terminó derribando un gobierno.

    Por supuesto que nos estamos refiriendo a la plena libertad sin censura previa, lo cual no es óbice para que se asuman con todo el rigor necesario las correspondientes responsabilidades ante la Justicia por lo expresado en caso de haber lesionado derechos de terceros. Esta plena libertad incluye el debate de ideas con quienes implícita o explícitamente proponen modificar el sistema, de lo contrario se provocaría un peligroso efecto boomerang (la noción opuesta llevaría a la siguiente pregunta, por cierto inquietante ¿en qué momento se debería prohibir la difusión de las ideas comunistas de Platón, en el aula, en la plaza pública o cuando se incluye parcial o totalmente en una plataforma partidaria?). Las únicas defensas de la sociedad abierta radican en la educación y las normas que surgen del consiguiente aprendizaje y discusión de valores y principios.

    Hasta aquí lo básico del tema, pero es pertinente explorar otros andariveles que ayudan a disponer de elementos de juicio más acabados y permiten exhibir un cuadro de situación algo más completo. En primer lugar, la existencia de ese adefesio que se conoce como “agencia oficial de noticias”. No resulta infrecuente que periodistas bien intencionados y mejor inspirados se quejen amargamente porque sus medios no reciben el mismo trato que los que adhieren al gobierno de turno o a los que la juegan de periodistas y son directamente megáfonos del poder del momento. Pero en verdad, el problema es aceptar esa repartición estatal en lugar de optar por su disolución, y cuando los gobiernos deban anunciar algo simplemente tercericen la respectiva publicidad. La constitución de una agencia estatal de noticias es una manifestación autoritaria a la que lamentablemente no pocos se han acostumbrado.

    Es también conveniente para proteger la muy preciada libertad a la que nos venimos refiriendo, que en este campo se de por concluida la figura atrabiliaria de la concesión del espectro electromagnético y asignarlo en propiedad para abrir las posibilidades de subsiguientes ventas, puesto que son susceptibles de identificarse del mismo modo que ocurre con un terreno. De más está decir que la concesión implica que el que la otorga es el dueño y, por tanto, tiene el derecho de no renovarla a su vencimiento y otras complicaciones y amenazas a la libre expresión de las ideas que aparecen cuando se acepta que las estructuras gubernamentales se arroguen la titularidad, por lo que en mayor o menor medida siempre pende la espada de Damocles.

    De la libertad de expresión se sigue la de asociación y de petición que deben minimizar las tensiones que eventualmente generen batifondos extremos y altos decibeles que afectan los derechos del vecino, lo cual en un sistema abierto se resuelve a través de fallos en competencia como mecanismo de descubrimiento del derecho y no como ingeniería legislativa y diseño arrogante.

    Fenómeno parecido sucede con la pornografía y equivalentes en la vía pública que, en esta instancia del proceso de evolución cultural, hacen que no haya otro modo de resolver las disputas como no sea a través de mayorías circunstanciales. Lo que ocurre en dominios privados no es de incumbencia de los gobiernos, lo cual incluye la televisión que con los menores es responsabilidad de los padres y eventualmente de las tecnologías empleadas para bloquear programas. En la era moderna, carece de sentido tal cosa como “el horario de protección al menor” impuesto por la autoridad, ya que para hacerlo efectivo habría que bombardear satélites desde donde se trasmiten imágenes en horarios muy dispares a través del globo. Las familias no pueden ni deben delegar sus funciones en aparatos estatales como si fueran padres putativos, cosa que no excluye que las emisioras privadas de cualquier parte del mundo anuncien las limitaciones y codificadoras que estimen oportunas para seleccionar audiencias.

    Otra cuestión también controversial se refiere a la financiación de las campañas políticas. En esta materia, se ha dicho y repetido que deben limitarse las entregas de fondos a candidatos y partidos puesto que esos recursos pueden apuntar a que se les “devuelva favores” por parte de los vencedores en la contienda electoral. Esto así está mal planteado, las limitaciones a esas cópulas hediondas entre ladrones de guante blanco mal llamados empresarios y el poder, deben eliminarse vía marcos institucionales civilizados que no faculten a los gobiernos a encarar actividades más allá de la protección a los derechos y el establecimiento de justicia. La referida limitación es una restricción solapada a la libertad de prensa, del mismo modo que lo sería si se restringiera la publicidad de bienes y servicios en diversos medios orales y escritos.

    Afortunadamente han pasado los tiempos del Index Expurgatoris en el que papas pretendían restringir lecturas de libros y donde irrumpen en la escena comisarios que limitan o prohíben la importación de libros, dan manotazos a la producción y distribución de papel, interfieren en la cibernética o, al decir del decimonónico Richard Cobden, establecen exorbitantes “impuestos al conocimiento”. La formidable invención de la imprenta por Pi Sheng en China y más adelante la contribución extraordinaria de Gutemberg y ahora Internet, los medios digitales y las redes sociales no han sido del todo aprovechadas sino que a través de los tiempos se han interpuesto cortapisas de diverso tenor y magnitud pero en estos momentos han florecido (si esa fuera la palabra adecuada) megalómanos que arremeten con fuerza contra el periodismo independiente.

    Esto ocurre debido a la presunción del conocimiento de gobernantes que sin vestigio alguno de modestia y a diferencia de lo sugerido por Einstein, se autoproclaman sabedores de todo cuanto ocurre en el planeta, y se explayan en vehementes consejos a obligados y obsecuentes escuchas en imparables verborragias.

    Dados los temas controvertidos aquí brevemente expuestos -y que no pretenden agotar los vinculados a la libertad de prensa- considero que viene muy al caso reproducir una cita de la obra clásica de John Bury titulada Historia de la libertad de pensamiento: “El mundo mental del hombre corriente se compone de creencias aceptadas sin crítica y a las cuales se aferra firmemente […] Una nueva idea contradictoria respecto a las creencias que sustenta, significa la necesidad de ajustar su mente […] Las opiniones nuevas son consideradas tan peligrosas como molestas, y cualquiera que hace preguntas inconvenientes sobre el por qué y el para qué de principios aceptados, es considerado un elemento pernicioso”.

    El cuarto poder tiene prelación para la preservación de la libertad respecto a los otros tres, la sociedad libre se derrumba sin este valor. También he escrito antes para rendir homenaje al periodismo independiente (un pleonasmo pero por las situaciones que atravesamos vale el énfasis) pero en esta ocasión insisto en este muy sentido tributo pues dan batalla con un coraje y una perseverancia por lo que en gran medida le debemos la supervivencia, en contraste con sujetos disfrazados de periodistas pero vendidos al espíritu cavernario del autoritarismo siempre empobrecedor moral y materialmente.

  • El desentendido bien común

    Algo que caracteriza a los relativistas, esos que dicen ser progresivos, cuando en realidad son regresivos, es el apoderarse de lo que ellos llaman el “bien común” que, en realidad es fiel reflejo de su tergiversación del mundo; vale decir, que aquello que alegan ser bien común es más bien mal común; y paso a explayarme. Recién, el papa Francisco elogió a los gobiernos que decretaron claustros domiciliarios, aduciendo que con ello ponían en primera plana el “bienestar de su gente”. Me cuesta muchísimo creer que valiéndose de una pseudociencia para destruir economías y vidas se atiende el bienestar; pues, como bien señalara en su momento Frédéric Bastiat: Las leyes paren no sólo efectos inmediatos sino una multiplicidad de efectos posteriores; y ya veremos si esos claustros pseudocientíficos resultan en bienestar. ¿No fue Omar Torrijos quien habló de las luces cortas y las largas?; las primeras las tiene la mayoría, más no así las segundas.

    Bastiat también abordó la relación entre la libertad y la fraternidad: “Me resulta imposible separar la palabra fraternidad de la palabra “voluntaria”; pues no entiendo cómo se puede hacer valer la fraternidad sin destruir la libertad. Y más aún, sin pisotear la justicia.

    Cuando el político, desde su cómodo despacho, se ve enfrentado a las disparidades sociales y económicas, si es que no es politicastro, sentirá el deseo de corregir esa “injusticia”; pero, para ello debe antes preguntarse cómo fue que llegamos a tal situación. Debía ser obvio que la clase política no puede separarse de culpas y, desdichadamente, son demasiados los que eligen remedios por la vía del autoritarismo, la planificación y otras herramientas legales y politiqueras; con lo cual terminan perpetuando lo que pretenden corregir. ¿No sería mucho más conducente adoptar un sistema de real justicia que sea compatible con la responsabilidad de cada quien, sin la cual no hay camino de superación verdad?

    Por más fuerza que pueda tener una ley, esta jamás podrá dar leche como si fuese ubre de vaca lechera. Quitando a unos por la vía coercitiva no ayuda a otros a ser productivos. Y ser productivo es el verdadero camino progresivo. Como suelo decir, los impuestos, en su justa medida, son buenos. Pero cuando el impuesto se usa para comprar votos, ello conduce a lo que se conoce como una dictadura de mayorías. Y esa clase de mayoría, la que no paga impuestos, tenderá a ser parasitaria; lo cual no guarda relación con un bien común.

    Y vuelvo a citar en paráfrasis a Bastiat: La vida es nuestro el regalo creativo que incluye a todas las virtudes – la vida física, intelectual y moral. Pero el don de la vida va de la mano con la responsabilidad de desarrollarla y perfeccionarla. Para tal fin, también fuimos dotados de maravillosas facultades, que en medio de ilimitados recursos naturales debemos aprovechar sanamente. Si ello no podemos cumplir nuestro destino.

    Nuestra vida y sus facultades requieren el don de la persona, de la libertad, de aquello que es propio de cada quien, pues sin ello dejamos de ser humanos. Artificiosos politicastros intentarán desviarnos del buen camino, pero los regalos del Creador siempre serán superiores; y después de las tempestades, el cielo amanecerá en claridad. Es así ya que no existe ley terrenal que supera a la ley de la misma Creación.

    La vida, la libertad y la propiedad no existen en virtud de leyes nacidas en turbulentos laberintos legislativos. Al contrario, fueron la vida, la libertad y la propiedad las que dieron lugar a las leyes del hombre. Y cuando los hombres nos apartamos de la ley universal, no hay cabida para un “bien común”.

  • Sin el estudio de la Historia no hay futuro

    Siempre me ha parecido magnífico el resumen en dos pasajes célebres de Aldous Huxley sobre el problema medular que nos envuelve. En primer lugar al escribir que “la gran lección de la historia es que no se ha aprendido la lección de la historia” y ¿cuál es esa lección?, pues según Huxley es debido a que “en mayor o menor medida, todas las comunidades civilizadas del mundo moderno están constituidas por una cantidad reducida de gobernantes, corruptos por demasiado poder y por una cantidad grande de súbditos, corruptos por demasiada obediencia pasiva e irresponsable”. ¡Que extraordinaria descripción!

    Pero el asunto es intentar el desmenuzamiento de semejante conclusión a través de hurgar en las razones del caso. Me temo que debe arribarse a una explicación inaudita, cual es nada más y nada menos que la porfiada renuncia a la condición humana, a la propia dignidad en cuanto a la manía de abdicar de los derechos de cada cual para endosarlos al megalómano de turno sin detenerse a considerar, por una parte, la degradación monstruosa que implica perder la libertad, el atributo que distingue a los humanos de todas las especies conocidas y, por otra, sin percatarse que es el modo más efectivo de hundirse en la miseria no solo moral sino material.

    Antes he elucubrado sobre facetas de la historia que ahora vuelvo a mirar. Hay muchas clasificaciones que han llevado a cabo los historiadores sobre su materia, pero la que me ha parecido más original es la de mi cuentista favorito Giovanni Papini quien la divide en cuatro grandes etapas según el uso de una fruta: la manzana.

    Así, Papini concluye que hubo cuatro manzanas decisivas en la historia de la humanidad. La primera la de Adán que abrió cauce a la noción del mal. La segunda, la de la discordia, fue la de oro para premiar a la mujer más bella en el relato de Homero. La tercera fue la de Guillermo Tell fabricada por Schiller y ejecutada musicalmente por Rossini que desafió al poder político, y la cuarta fue la científica de Isaac Newton en cuanto a aquello del conocido episodio de la manzana que derivó en la formulación de la ley de la gravedad.

    Como ha esbozado Robin Collingwood, una forma precisa y muy relevante de dividir la historia es según los grados de estatismos, lo cual ha hecho eclosión en nuestra época, como queda dicho, marcada por un Leviatán desbocado y avasallante. La contracara de esto no solo se refiere al achicamiento de los radios de acción del individuo y del estrangulamiento de sus libertades sino que la misma historia se desvía de los múltiples, variados y ricos acontecimientos de las personas para enfocar la atención en los que confiscan derechos puesto que abarcan y cubren casi todo.

    Hacia fines del siglo XVIII fueron menguando en algo los poderes de las monarquías absolutas (aunque, como un ejemplo, quedaron impregnados en los estilos mobiliarios y similares los nombres de los monarcas, casi siempre sin mención a los ebanistas que fabricaron el mueble), situación que dio pie a que se pudiera hurgar en los acontecimientos de la vida propiamente humana para salir de los pasillos del poder político, pero de un tiempo a esta parte se ha vuelto a las andadas y se ha dado lugar a los desmanes de las botas que siempre acompañan a los ámbitos políticos.

    Los cinco tomos de Historia de la vida privada escrita por muchos autores pero coordinada por Philippe Ariés y Georges Duby constituyen una pieza de historiografía superlativa en la que se exhibe lo que podríamos denominar la verdadera historia, la historia de las personas y no el simple registro de las fechorías de los mandamás de todos los tiempos. Duby apunta en el prólogo de la antedicha obra que esa historia “ha de resistir hacia fuera los asaltos del poder público” a pesar de que “con el fortalecimiento del Estado, sus intromisiones se han vuelto más agresivas y penetrantes” y si “no nos prevenimos frente a ellas, reducirán muy pronto al individuo a no ser más que un número suministrado en un inmenso y terrorífico banco de datos”.

    Es que los aparatos estatales en teoría son para proteger los derechos de las personas que gobiernan, es decir, sirven de marco institucional para que cada uno pueda seguir los proyectos de vida que considere pertinentes sin lesionar derechos de terceros. Es así que la multitud de procederes en los campos más diversos va forjando la parte jugosa y fértil de la historia.

    Sin embargo, igual que en las épocas remotas de salvajismo, ahora resulta que el centro de la escena lo ocupa el monopolio de la violencia pero ni siquiera para velar por los derechos de todos sino para conculcarlos a través de atropellos crecientes y dirigiéndose a los gobernados como si fueran súbditos, generalmente subsidiando a grupos que hacen de apoyo logístico al abuso del poder con el fruto del trabajo ajeno.

    En Introducción al estudio del conocimiento histórico, Enrique de Gandia nos dice que ese su libro “ojalá muestre a los jóvenes a amar la historia, no como exaltación de energúmenos o estatuas de cartón, sino como comprensión de la vida, con lo inesperado en cada recodo, y el amor a la libertad”, una obra en la que subraya la importancia del cosmopolitismo y lo destructivo de los nacionalismos, ideas muchas veces contradichas en centros de estudios en los que no solo se enseña a memorizar los pertrechos de guerra de cada bando sino que se alaba y pondera la xenofobia.

    Ya Croce había destacado a la historia como hazaña de libertad y Popper había refutado la existencia de “leyes inexorables de la historia” punto que resume bien Paul Johnson al escribir que “una de las lecciones de la historia que uno debe aprender, a pesar de que resulta desagradable, es que ninguna civilización puede darse por sentada. Su permanencia nunca puede asumirse; siempre hay una edad oscura acechando a la vuelta de cada esquina”. Aquella visión falsificada de los inexorables “ciclos vitales” de la historia ha tenido como uno de sus máximos exponentes a Spengler.

    Cuando se estudia la historia privada se estudia la historia de la vida humana, en cambio cuando se relata la historia de los aparatos estatales en expansión se estudia la anti-vida, la destrucción de lo propiamente humano, se mira el monstruo que asfixia al individuo. Cuando se estudia la historia privada se constatan los portentosos resultados de la mente, en el arte, en el derecho, en la filosofía, en la economía y en todas las manifestaciones de la conducta humana. Se aprenden las costumbres, los bailes, las gastronomías, la arquitectura, la música, la pintura, la escultura, las modas, las instituciones, el sentido de las conversaciones y la comunicación en general.

    En esa mirada se percibe la evolución de la civilización o la involución puesto que como enseña Collingwood la civilización “significa como condición que el hombre adquiere lo que necesita para su sustento y confort no sacando a otros lo que les pertenece sino ganando lo suyo” de lo contrario la sociedad es una “del saqueo”, lo cual implica “la revuelta contra la civilización”.

    En última instancia la historia del hombre es la historia del pensamiento, es la historia del espíritu como también destaca Collingwood, al tiempo que señala que “las ciencias naturales… no incluyen la idea de propósito”. En las piedras y las rosas no hay acción sino mera reacción. El historiador en las ciencias sociales interpreta el pensamiento de otros, a diferencia de los pseudohistoriadores que, para citarlo nuevamente a Collingwood, fabrican “la historia de tijeras y engrudo… donde repite lo que le dicen sus ́autoridades´”.

    Los gobiernos se han ensanchado tanto que, fuera de los crímenes, en las noticias, salvo honrosas excepciones, prácticamente no figuran los hechos y dichos de los privados porque los diarios, la televisión y la radio están copados por los movimientos del príncipe. Y el asunto tiene su explicación porque precisamente el Leviatán todo lo deglute, por lo que su figura no puede pasar desapercibida. Esto es lo que hay que cambiar drásticamente. De todos modos, ahora, con los progresos en las redes sociales y equivalentes surge con mayor frecuencia el individuo, pero, como decimos, el grueso de las noticias conservan las andanzas de los burócratas. Incluso, cuando se hace referencia a los ciudadanos se alude a los que están “en el llano” admitiendo que los funcionarios -que en verdad son empleados de la gente- están “en la cúspide” cuando la situación debiera ser la inversa. Quienes debieran estar en el llano esperando órdenes de sus mandantes son los gobernantes, pero el asunto se ha trastocado y los aparatos estatales son cada vez más adiposos.

    Conviene a esta altura una digresión semántica. No se si es apropiado aludir a la historia de la vida privada para distinguirla de la referida a los ámbitos gubernamentales, en todo caso que quede claro que no se apunta a lo íntimo que es privativo de cada cual sino a lo que las personas manifiestan exteriormente, fuera de lo que reservan para sí y que excluyen de la mirada de terceros.

    Otra vez debemos hacer referencia a la educación para poder vislumbrar una salida a tanta referencia a los príncipes. Es que si desde que son niños se machaca con la reverencia debida a las autoridades estatales, es poco probable que haya espacio para el pensamiento independiente y, por ende, para la historia de la vida privada en el sentido consignado ya que todo lo engulle el poder político. Y muchos padres no ayudan en esta faena pues en los cumpleaños de los hijos pequeños les regalan soldaditos y ametralladores que no sirven para consolidar la paz.

    Cuando existe la oportunidad de escarbar ya no en las costumbres y hábitos de un grupo humano sino en la biografía de algún pensador de fuste, se descubren recovecos y propuestas que maravillan a cualquiera. Pero es que muchas veces, con la idea de simplificar, se prefiere tomar la historia de a grupos inmensos y parece más fácil personificarlos en los gobernantes y sus dinastías, en lugar de tomarse el trabajo y sacar provecho de todo lo que subyace.

    En realidad, no hay queja justificada al aplastamiento de la vida personal cuando simultáneamente en los hechos se respaldan las ideas y principios que fortalecen y endiosan las estructuras estatales y a su correspondiente radio de acción para administrar vidas y haciendas ajenas.

    Comienzo el cierre de esta nota periodística con el peligro de la degradación de la democracia para convertirla en una especie de ruleta rusa, no solo formuladas por los Giovanni Sartori de nuestra época sino por autores como Joseph Schumpeter que en Capitalismo, Socialismo y Democracia donde se pregunta y se responde al abrir la segunda parte “¿Puede sobrevivir el capitalismo? No; no creo que pueda.” Y esto a pesar del éxito extraordinario que, como dice el autor, ha producido el capitalismo para las masas. Entre varios factores que se señalan en el libro, el autor destaca que es debido a que “el capitalismo plantea su litigio ante jueces que tienen la sentencia de muerte en sus bolsillos” en base a que “la masa del pueblo no elabora nunca opiniones determinadas por su propia iniciativa. Todavía es menos capaz de articularlas y convertirlas en acciones coherentes. Lo único que puede hacer es seguir o negarse a seguir al caudillaje de un grupo que se ofrezca a conducirlo”, lo cual nos lleva al “concepto particular de la voluntad del pueblo […] ese concepto presupone la existencia de un bien común claramente determinado y discernible por todos” pero, en Psicología de la multitudes Gustave Le Bon nos recuerda que “el comportamiento humano bajo la influencia de la aglomeración, especialmente la súbita desaparición -en un estado de excitación- de los frenos morales y de los modos civilizados de pensar y sentir; […y] la súbita erupción de impulsos primitivos, de infantilismos y tendencias criminales” y de modo similar a Schumpeter se pronuncia Benjamin Roggie en ¿Can Capitalism Survive?

    Estas últimas reflexiones nos llevan a meditar seria y urgentemente en nuevos límites al poder político al efecto de salvaguardar la democracia, tal como han hecho pensadores de peso como Hayek, Leoni y antes que ellos Montesquieu en pasajes poco explorados de su obra cumbre que habría que repasar con detenimiento a los que me he referido en otros textos y lo seguiré haciendo ad nauseam hasta lograr el objetivo dada la gravedad del asunto.

    A esta altura es un lugar común citar a George Santayana en cuanto a que “los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla” en el sentido de masticar y digerir adecuadamente lo sucedido a los efectos de aprender las lecciones de la historia -al contrario de la advertencia estampada por Huxley con que abrimos esta nota- para progresar y no estar condenados a machacar en los mismos errores.

  • La arrogante planificación estatal

    Mientras más planifica el estado, más difícil se torna la planificación por los ciudadanos, señaló F.A. Hayek hace buen tiempo. Y es que los planificadores estatales desde sus refrigerados despachos jamás podrán disponer de toda la información requerida para dirigir la vida ajena; y más en un mundo en el cual las cosas se van acelerando cada día, requiriendo una rauda adaptación in situ.

    Es “la fatal arrogancia” de los centralistas, esos que presumen ser más de lo que son; es decir, meros mortales. Ese gobernar a control remoto jamás ha dado buenos resultados; y mucho menos es un mundo de aceleración exponencial. Peor aún es que al intentar semejante insensatez las autoridades están en franca violación del principio constitucional de velar por la libertad de los ciudadanos. El asunto no está en harrear sino en cumplir con las limitadas normas constitucionales de vida, libertad y propiedad; pues, más allá, ¡la dañan! Y, ¡ni hablar!, que se presta para el relajo.

    Las autoridades están instituidas y electas no para ser discrecionales sino para hacer cumplir los acuerdos constitucionales. Lástima que esos acuerdos que tenemos en Panamá no son nada cumplibles; pero, ello no implica que tienen licencia de arbitrariedad. Hoy, gracias a las gracias de despistadas autoridades, el pueblo anda desorientado intentando sobrevivir pese al caos creado por soberbias “autoridades”.

    Si algo debe ir apareado con la autoridad gubernamental es una buena dosis de humildad. He insisto, “autoridad” es el autor, el que conoce sus limitaciones y respeta. Eso de esconderse detrás de títulos rimbombantes tales como “expertos” o “científicos” y tal, no pasa de ser deposiciones de heno digerido por semovientes. Lo que corresponde es dar la mejor información posible y que los ciudadanos escojan sus caminos, en el marco de la buena ley. El arrear aduciendo que es porque el pueblo es ignorante, es condenarlos a esa condición; en otras, se aprende a nadar, nadando.

    Hoy, me cuentan unos propietarios de restaurante que están zozobrando, que anoche reciben la información de que ahora el cierre es a las 9:00 p.m. y no a las 11:00 p.m. ¿De verás creen estos dictadores que con eso disminuirán el contagio? ¿O será que sólo les interesa aparentar?; sin importarle que el país entero se vaya al colapso. Ya estoy enterado de algunos que piensan cerrar del todo.

    No estamos frente a gobernantes sino a promotores de disfunción social y desastre económico. El asunto no es tan difícil de entender y les pongo un ejemplo: Si estás nadando en un río y ves venir una cabeza de agua, ¿vas a esperar que SINAPROC te diga: “¡Sal del agua!” Así, hay cualquier cantidad de cosas que sólo las podemos advertir y lidiar en el sitio y el momento, y en las cuales el mandato gubernamental obtuso es fatal. Fatal porque si la haces bien, el politicastro dice que fue gracias a su intervención. Pero, si la haces mal, es tú culpa.

    En otros sitios, tal como en Beverly Hills en los EE.UU., ya la ciudadanía comienza a rebelarse, alegando que no es asunto de salud sino de ineptitud y un desordenado deseo de controlar al rebaño. Dicen controlar la pandemia (falso), pero no les importa destruir a la pequeña empresa, a la economía en general y, ni hablar, la salud mental de los ciudadanos. A fin de cuentas, el estado no se distingue por su honestidad o superioridad, a no ser por la superioridad de las armas; tal como bien señaló Thoreau.

    Al ver todas estas cosas, bien podemos concluir que no estamos siendo gobernados sino muy mal arreados.