La respuesta parece obvia, casi ridícula por su simplicidad: el dueño de ti eres tú. Eres el soberano absoluto de tu cuerpo, de tu pensamiento, de tu obra y de tus acciones. Este principio de auto propiedad es la raíz de donde brota todo lo demás que está inscrito en la misma Creación y que tan difícil responsabilidad nos fue adjudicada. Si eres dueño de tu mente y de tu esfuerzo, inevitablemente eres dueño de lo que produces. De allí deviene, de forma natural e inalienable, el derecho a la propiedad privada.
Nuestra Constitución comienza declarando estos derechos fundamentales con gran elocuencia, pero tropieza y se contradice en el camino. Lo más grave no es solo la incoherencia jurídica, sino cómo este virus ideológico ha permeado en la sociedad panameña. Hoy, un lema común resuena desde las calles hasta los gremios empresariales que cacarean libertades, pero actúan con debilidades: «no a la privatización». Hemos satanizado la palabra hasta el punto de olvidar que privatizar es, simplemente, validar lo que es estrictamente tuyo.
Esta fobia a lo individual ha engendrado una costumbre morbosa en nuestro andamiaje legal y social: una burrocracia asfixiante diseñada para hacernos creer que el Estado nos otorga el permiso de existir y vivir.
Cuando fui director en las empresas Novey, contábamos con un ejército de abogados y mensajeros dedicados exclusivamente a lidiar con el monstruo estatal. Era un escudo divino. Pero al dejar atrás los recursos de los grandes capitales, la realidad golpea de frente: hoy, para el ciudadano de a pie, cumplir con la normativa gubernamental es una tarea imposible. La consecuencia directa está a la vista de todos: a «Tío Pueblo» no le queda más remedio que refugiarse en el emprendimiento informal para poder sobrevivir. Menos mal que existe la informalidad, porque el diseño estatal está hecho para ahogar la iniciativa privada.
Y no perdamos de vista que las vilipendiadas “escuelas rancho” son negocios informales, a veces de una persona o familia y otras de la misma comunidad que no encuentra solución en el NODUCA.
En semejante realidad surge la incógnita de ¿cómo podemos defendernos contra aquellos que en sus vidas no aprendieron de moralidad y en el desespero por subsistir y descollar revierten a la violencia en contra de la propiedad ajena. Buena parte de la solución está en la educación; pero, lastimosamente esa también ha sido secuestrada y tergiversada por torcidos intereses centralistas. Y lo torcido llega a tal extremo que hasta gran parte del sector privado, por acto u omisión, apoya el empobrecedor monopolio educativo estatal; ese que ha invadido la esfera de lo privado que pertenece a la familia, al igual que en tantas otras actividades propias del mercado.
De qué sirve un MEDUCA que no enseña desde la juventud las realidades de propiedad, comenzando por la propia. De allí nace que una gran parte de la población busca resolver sus necesidades por la vía estatista; a tal punto que llegan argüir que los subsidios y tal son “derechos” de propiedad. Que quitarle al productivo para dar al improductivo es lo correcto. O peor, de justificar tomar las cosas por la vía coercitiva; el asalto, la trampa, el robo, engaño y la mentira.
Al marchar ciegamente contra «lo privado» y aplaudir el exceso de regulaciones, la población marcha contra su propia soberanía. Si el derecho a lo tuyo, a tu negocio y a tu legítima defensa se debilita, la respuesta a la pregunta inicial deja de ser obvia. Si tú no eres tu propio dueño debido a un papel vencido o a un trámite imposible, ¿de quién eres propiedad entonces?


Deja una respuesta