Etiqueta: intervención estatal

  • Privado, Propiedad, Privacidad, Privatizar…

    Privado, Propiedad, Privacidad, Privatizar…


    Hay palabras alrededor de las cuales revolotean los entendimientos, tal como las abejas al panal o las moscas al detrito. El uso que se les da no es inocente: incide, influye y repercute en el ámbito de la moralidad y en lo político. Y “político” aquí significa los asuntos de la polis, de la ciudad, de la comunidad… y, más allá, del discurso del Estado, de sus gobiernos y de las tendencias que pretendan orientar la vida en común. Todas esas palabras —privado, propiedad, privacidad, privatizar— apuntan, en el fondo, a una sola realidad: aquello que uno posee de manera propia. La vida, la familia, la casa, la libertad, el fruto del propio trabajo y el ejercicio de las actividades económicas. Cosas que otros no pueden quitarte ni usar sin tu consentimiento.


    Es tentador perderse en discusiones interminables sobre “qué es exactamente la propiedad privada”. Algunos convierten el debate en un juego de definiciones: “define primero qué entiendes por propiedad. Ese tipo de pelea por las palabras suele servir para evitar la cuestión de fondo. Lo importante no es el diccionario, sino qué estamos tratando de proteger cuando hablamos de lo propio.


    Por eso prefiero hablar de lo apropiado: aquello que es natural y propio de la persona antes de cualquier constitución o ley. No se trata de un privilegio concedido por el Estado, sino de algo que ya nos pertenece por el hecho de ser personas: el dominio sobre nuestro cuerpo, nuestras acciones, nuestro trabajo y los recursos que hemos adquirido de forma justa. Cuando esa idea se debilita, todo lo demás —la privacidad, lo privado, incluso la posibilidad de privatizar o de resistir la privatización forzosa— queda a merced de quien detente el poder de redefinir las “necesidades sociales”.


    El tema de la propiedad es fundamental tanto en su significado profundo como en el uso que le damos en las constituciones y las leyes. Veamos un ejemplo concreto. El Artículo 282 de la Constitución de Panamá establece: «El ejercicio de las actividades económicas corresponde primordialmente a los particulares; pero el Estado las orientará, dirigirá, reglamentará, reemplazará o creará, según las necesidades sociales y dentro de las normas del presente Título, con el fin de acrecentar la riqueza nacional y de asegurar sus beneficios para el mayor número posible de los habitantes del país.»


    La primera parte parece reconocer lo propio: “corresponde” significa que es lo que corresponde, lo que es propio de los particulares. Y lo propio viene de propiedad. Sin embargo, la coma y el “pero” posteriores convierten esa primacía en una concesión condicionada. El Estado puede orientar, dirigir, reglamentar, reemplazar o crear esas mismas actividades según unas “necesidades sociales” sobre las cuales nadie logra ponerse de acuerdo ni en cuáles son ni en cómo se resuelven.


    Desde el enfoque de lo apropiado, esa redacción no es inocente. Si el ejercicio de la economía “corresponde” a los particulares, entonces es algo que les es propio. Al someterlo a la reserva del “pero”, lo que se presenta como derecho natural se transforma en una merced revocable. En la práctica, lo propio deja de ser un límite al poder y se convierte en una variable política.


    Cuando lo apropiado se debilita de esta manera, la privacidad también se resiente. Porque la privacidad no es un lujo ni un capricho: es la zona de control que fluye de lo que es nuestro. Y privatizar —o resistir la estatización— solo tiene sentido si partimos de que hay algo genuinamente privado y propio que no puede ser redefinido a voluntad.


    El peligro no está solo en las leyes. Está en aceptar, sin darnos cuenta, que lo que es natural a la persona puede ser permanentemente condicionado por “necesidades” que alguien más define. Recuperar el sentido de lo apropiado no es un ejercicio teórico. Es un acto de defensa de la persona misma: de su vida, de su libertad y de aquello que, por derecho propio, no debería poder serle arrebatado.

  • Al avión como a la familia, lo vuela su piloto, el responsable.

    Al avión como a la familia, lo vuela su piloto, el responsable.

    En la teoría constitucional, a menudo se distingue entre dos tipos de leyes: las leyes negativas, que actúan como una señal de alto para impedir que el gobierno vulnere los derechos individuales y familiares, y los mandatos positivos, que exigen al Estado intervenir activamente y prestar servicios. Si bien los derechos positivos —como la educación pública provista por el Estado— suelen concebirse como bienes sociales, conllevan un defecto estructural oculto. Cuando un gobierno impone y gestiona un servicio, pasa de establecer normas a ejecutar operaciones. Al hacerlo, vulnera sistemáticamente el principio de subsidiariedad: la idea fundamental de que la toma de decisiones corresponde a la unidad más cercana capaz de asumirlas, empezando por el individuo y la familia y los hijos.

    El mito del control remoto

    Para comprender por qué fracasa este cambio operativo, consideremos una analogía de la aviación. En la gestión del tráfico aéreo, la función del controlador es garantizar la separación entre aeronaves, mantener rutas ordenadas y establecer límites de seguridad. Sin embargo, ningún controlador, por muy experimentado que sea, puede pilotar la aeronave desde la torre.

    No pueden percibir la respuesta directa de los mandos, calibrar las sutiles sacudidas de la turbulencia local ni asumir el riesgo físico inmediato que afronta la tripulación en la cabina; o la familia y el negocio en el mercado.

    Cuando el Estado, y por sus gobiernos, asumen funciones propias de la familia —como la educación y la formación moral de los hijos—, actúa como un controlador que insiste en pilotar el avión. Desde un ministerio centralizado en la capital, las instituciones humanas complejas parecen ordenadas en los organigramas. Los burócratas asumen que emitir una norma o aprobar un presupuesto garantiza un vuelo tranquilo. No obstante, la administración a distancia carece de la retroalimentación contextual, la capacidad de adaptación y el cuidado natural que solo poseen los padres o la comunidad local. Y ni hablar que carecen de la motivación.

    La pérdida del árbitro

    El peligro más profundo de este cambio es de índole estructural: cuando el árbitro se pone la camiseta y se suma al juego, ¿quién controla al árbitro?

    Cuando el gobierno se limita a una función de supervisión y cumplimiento de normas, los ciudadanos pueden confiar en los mecanismos de control habituales:

    • El poder judicial puede sancionar a quienes actúan indebidamente.
    • La competencia ofrece a los consumidores una alternativa.
    • Los organismos reguladores actúan como árbitros neutrales.

    Sin embargo, cuando el Estado o sus gobiernos se convierten en los principales proveedores —ya sea de educación, atención sanitaria o industria—, inevitablemente proteges sus propios intereses. En los sistemas públicos centralizados, el bajo rendimiento rara vez conlleva una rendición de cuentas. Cuando las instituciones estatales fallan, los funcionarios no pierden su sustento ni las instituciones se enfrentan a la disciplina natural de la libre competencia. En cambio, son los ciudadanos quienes asumen todo el coste —soportando infraestructuras deterioradas, inercia administrativa y oportunidades perdidas—, al tiempo que pagan por ello a través de los impuestos.

    Preservar la cabina de mando

    La función legítima de la gobernanza no es proveer todo lo necesario, sino garantizar las condiciones para que las personas libres puedan valerse por sí mismas y mantener a sus familias. El gobierno existe para asegurar que se respeten normas justas, se protejan los derechos y el espacio aéreo permanezca seguro; no para desplazar al piloto.

    Cuando el poder estatal se extiende hacia ámbitos propios de la familia y la iniciativa local, socava tanto la libertad individual como la eficacia administrativa. Preservar una sociedad libre exige defender la frontera fundamental entre el árbitro en la torre de control y el capitán en la cabina de mando.

  • El Intervencionismo Gubernamental Genera la Familia Menguante

    El Intervencionismo Gubernamental Genera la Familia Menguante

    Alrededor del mundo las tasas de natalidad se desploman y, lo grave es que, por debajo de 2.1 nacimientos por mujer, la sociedad misma se desploma de maneras que muy pocos vislumbran. Lastimosamente, pocos advierten el nexo entre la castrante intervención gubernativa y el fenómeno de la familia menguante. Los factores que inciden en el problema son múltiples: los disparados costos de vida, los valores cambiantes y, en general, la creciente dificultad de criar, educar y conducir a los hijos para integrarlos a la sociedad de forma productiva.

    Para entender el efecto castrante del intervencionismo debemos referirnos a la «praxeología»; es decir, al estudio de la praxis, la práctica o acción humana. En otras palabras, a lo que ocurre cuando uno actúa de una u otra forma y a los móviles detrás de esa conducta.

    Si estudiamos la práctica del apareamiento humano, en su fase inicial está impulsada y guiada por instintos carnales a los que solemos llamar «amor». Pero esto me lleva a preguntar: ¿es realmente amor la simple cúpula macho/hembra? La atracción inicial no está motivada por un deseo explícito de reproducción, sino por un impulso biológico primario. ¿Es esa atracción física «amor» o es simplemente el mecanismo con el que la naturaleza asegura la cópula? El amor auténtico, en cambio, emerge como un constructo posterior que sostiene la alianza humana a largo plazo.

    Históricamente, los hijos solían ser el resultado natural del impulso copulativo. Sin embargo, al vivir en familia las cosas cambian: los hijos resultan ser una excelente inversión a largo plazo dentro de un medioambiente institucional estable que premia el sacrificio. Pero en nuestra era han entrado en juego elementos distorsionadores que alteran estos patrones históricos, comenzando por la inflación monetaria: una grosería gubernamental que destruye sistemáticamente el ahorro.

    A esto se le suman las pensiones de la CIS (Caja de Inseguridad Social), un putrefacto esquema Ponzi con fecha de caducidad en el que se pierde por completo lo ahorrado. En semejante realidad, lo que termina mandando no es el factor humano de la descendencia, sino la asquerosa intervención centralizada.

    Luego está el tema de la salud y sus severas distorsiones en una economía politizada. Vaya usted a buscar atención a la CIS, donde la supervivencia se resume en una lista de espera burocrática. Y no podemos olvidar al NODUCA, una deseducación obligada y diseñada para mantener al rebaño cercado.

    En cuanto a la vivienda, nuestros gobiernos la han vendido bajo la consigna del subsidio. El caso de los apartamentos que reemplazaron a las fincas y viviendas quemadas durante la Invasión debía ser aleccionador; pero no lo es, ya que muy pocos lo entienden.

    Pero donde la puerca tuerce el rabo es en la creación de instituciones gubernamentales que trastocan la función propia de la gobernanza, amoldándola a intereses bastardos y corruptos. En Panamá, el Estado está metido en todo lo que no le compete, transformando la gestión pública en un asalto empobrecedor. Para muestra de cómo el asistencialismo estatal destruye la estructura familiar, basta ver cómo en EE. UU. la proporción de hogares monoparentales en la comunidad negra se disparó del 22% al 67% entre 1960 y 1985 tras la expansión del Estado de bienestar.

    La familia ha dejado de ser soberana, reemplazada por instituciones gubernamentales políticamente corruptas y destructivas de la moral. Todo esto no es más que lo advertido por pensadores como Hayek en El camino de servidumbre: la tragedia de entregar la libertad a cambio de migajas. Y, a fin de cuentas, todo ello explica el fenómeno de la familia menguante. Si no rechazamos decididamente el estatismo, no hay salvación posible.

  • El socialismo no es la respuesta al capitalismo de compinches

    El socialismo no es la respuesta al capitalismo de compinches

    Supongo que quien se arrima a la ideología socialista, prima hermana del comunismo, está desencantado con aquello que llaman «capitalismo», que no es sino «capitalismo de compinches»; llamémosle «capinchismo». Pero ¿por qué, en vez de mudarse del capinchismo a «el socialismo», no optan por mudarse hacia el verdadero capitalismo, único sistema que ha demostrado capacidad de producir riqueza social, y ello solo con arrimarse a los ideales del verdadero capitalismo, ese que, mal que bien, consagra nuestra Constitución panameña en su Preámbulo? Lo que no tiene buen sentido es irse del capinchismo al socialismo, ideología que diluye la libertad como el agua diluye la sopa.

    En estos días escuchaba una discusión en Fox News en la cual una socialista (demócrata) decía que Trump quería desmantelar la red del asistencialismo estadounidense con su política de «drenar la ciénaga». La contraparte republicana le ripostó algo como: qué fácil es voltear la realidad patas arriba, creer que delegar al gran gobierno la solución de las iniquidades hace sentido, que los programas de redistribución a través de diputados —y el gobierno como garante de última instancia en el financiamiento inmobiliario, la justicia, la salud, la educación y mucho más— fuesen sanos.

    El meollo del asunto es que muchos simplemente ignoran las realidades del socialismo; o peor, su resentimiento es tan irracional que no les importa. ¿Cuál es la esencia del comunismo? Creer que desmantelando los derechos de propiedad se puede acceder a la justicia, a una sana cultura, a la ciencia, a la creatividad, a la repartición de riquezas y acabar con la tiranía. Curioso camino para lograr esas cosas, particularmente cuando para ello se requiere ese instrumento llamado «Estado/gobierno/rey», que viene casado con politicastros y toda la gama de alimañas gubernamentales. Y ojo, que no hablo del auténtico político, tan raro como el hombre de las nieves, dado que el medio está prostituido y resulta difícil ser impoluto dentro del sistema. Las dos veces que llegué a dirigir una entidad gubernamental solo duré un año, y creo que fue porque detuve aquello que no se debe detener.

    Leer la historia de los experimentos comunistas es como leer la antología del mismo Infierno, y ni siquiera me tomo la molestia de citar obras. Es rarísimo escuchar loas a Stalin, Mao, Kim Jong-un, Ho Chi Minh, Pol Pot, Castro, Chávez, Maduro, Ortega y demás, cuyas historias yacen en los cementerios de millones de inocentes asesinados bajo sus tiránicos regímenes. Ya nadie se acuerda de los muertos ni de los sufrimientos que tuvieron que soportar antes de ser arrojados como animales en infernales trincheras.

    Y hoy vemos un organismo que llaman Naciones Unidas, que agrupa mucha más desunión que unión: un organismo que a diario condena a Israel, cuando rarísima vez señala a países de líderes como los ya mencionados. Dejemos que los muertos sepulten a los vivos: ¡extraordinaria incongruencia! Los muertos yacen a nuestros pies y aún somos incapaces de escuchar sus lamentos. ¿Cómo podemos decir que somos morales y hacernos ciegos ante semejantes atrocidades?

    A tal grado hemos torcido la realidad que ya condenamos la libertad y exaltamos su defunción en manos de un socialismo que es la antesala de vuelta al comunismo. A personajes como Bernie Sanders, quien se acercó a la presidencia de los EE. UU., se le ha escuchado decir cosas como: «No creo que sea importante que discutamos acerca de la ideología socialista.» Habría que preguntarles a los aproximadamente cien millones de víctimas que claman desde sus lúgubres entierros si piensan lo mismo.

    ¿Cómo explicar la magia de gobernantes venezolanos que convierten al país más rico de América Latina en el más pobre y, no contentos con ello, lo celebran? Venezuela sufría para el momento en que escribí originalmente este artículo, una inflación de 9.000% (cifra que, para el cierre de 2018, terminaría superando el 130.000% según el Banco Central, y el millón por ciento según el FMI)., pero los pobres que lo padecían no lo entendían. Dudo que lo entendiera Maduro.

    Pongamos atención a personas como Lawrence I. McQuillan, quien nos advierte: «Un gobierno lo suficientemente poderoso para darte todo lo que quieres es lo suficientemente poderoso para quitarte todo lo que tienes.»

    PS: este artículo fue originalmente escrito en 2018. Como apreciará el lector, poco ha cambiado desde entonces.

  • Los países más ricos: no es ideología sino acciones

    Los países más ricos: no es ideología sino acciones

                         Como he señalado más de una vez, la econometría no tiene valor científico. Para empezar, cada cual realiza estas estadísticas y cálculos matemáticos, como el PIB, según sus criterios. De modo que, en el mejor de los casos pueden dibujar una tendencia con fines periodísticos. Hecha la aclaración, lo que muestra la realidad global es que la ideología, los discursos políticos son solo propaganda electoral, lo que cuenta son los hechos. La academia, la actividad intelectual, cuando es ciencia verdadera, puede influenciar a cualquier político o sociedad sea cual fuere su arenga electoral.

                          Gabriel Cohen publicó un interesante artículo titulado “Las mayores economías del mundo en 2026: nominal frente a PPA”. Paridad de Poder Adquisitivo (PPA) significa comparar cuanto se puede adquirir con la misma cantidad de dinero. O sea, dos personas en países distintos pueden ganar nominalmente la misma cantidad, pero una consigue más bienes dado que allí los precios son más bajos, y entonces sería más rico.

                          El siguiente gráfico compara los países contando, por un lado, el PIB nominal, que mide la producción a las tasas de cambio actuales, y por el otro considerando la PPA, según los precios y el costo de vida locales. Los datos son proyectados para 2026.

    ideología

                      China ocupa el primer puesto como la mayor economía del mundo por PPA, dado que allí los precios son más bajos, mientras que EE.UU. sigue siendo el primero por PIB nominal que es la medida estándar utilizada para comparar economías globales ya que reflejaría la producción a las tasas de cambio actuales.

                               Con Deng Xiaoping, China inició a partir de 1978 el Gaige Kaifang, o Reforma y Apertura, proceso que emprendió para recusar al maoísmo y abrirse al mundo y al sector privado, y creció espectacularmente siendo hoy la segunda economía más grande del mundo por PIB nominal, superando a Alemania en 2007 y a Japón en 2010.

                              «No importa si el gato es blanco o negro, sino que cace ratones», fue la famosa frase de Deng marcando que lo que impacta es la realidad, las acciones que realmente ejecutan los gobiernos, no las ideologías que dicen representar.

                               La explicación filosófica es simple. El Estado, con su monopolio de la violencia -que siempre destruye- impone “leyes”, ergo, cuanto menos intervenga en la sociedad, menos destrucción ocurrirá. Así de simple, así de directo sin que importe el discurso político, el “color del gato”.

                                China superó a EE.UU. en PIB ajustado por PPA en 2014 situándose ya en USD 44,3 billones (proyectado para2026). Esto refleja las diferencias en los precios locales. Un dólar de producción en EE.UU. compra menos que uno en un país como China o India, esta última con el tercer PIB más grande del mundo ajustado por PPA.

                             Las clasificaciones por PPA destacan dónde se pueden producir o comprar bienes y servicios a menor precio, mientras que el PIB nominal sigue siendo la medida preferida para evaluar el tamaño de las estructuras financieras, el comercio internacional y la influencia global.

                           Por otro lado, Dorothy Neufeld escribe otra interesante columna titulada “Los países más ricos del mundo por PIB per cápita”. Es decir, el PIB nominal de cada país dividido por el número de habitantes, o sea, cuál sería la producción por cada ciudadano.

                           El siguiente gráfico compara el PIB per cápita de los países más ricos en el año 2000 contra el 2026 (estimado). Las cifras se muestran en dólares estadounidenses actuales y no se ajustan por inflación.

                               Destaca Irlanda donde los mismos políticos populistas que empobrecieron al país, rectificaron, “pusieron un gato que cace ratones”, bajaron el peso del Estado empezando por recortar impuestos y lograron que el país subiera del puesto 14 al 2º desde el año 2000, con un PIB per cápita que ya supera los USD 140.000, multiplicándose por cinco. La presión fiscal general en allí ronda el 22% del PIB, bien debajo del promedio europeo. EE.UU. esta en el puesto 7 con USD 94.430 y lejos China con USD 14.874.

                                 La siguiente tabla compara los países más ricos del mundo en 2000 y 2026 en términos de PIB nominal per cápita.

                              El auge refleja décadas de inversión extranjera de empresas multinacionales tecnológicas, farmacéuticas y financieras que utilizan Irlanda como base europea. Singapur también registró una de las mayores ganancias, pasando del puesto 20 al quinto. Ambos países ilustran cómo las economías más pequeñas pueden escalar rápidamente en el ranking global de riqueza atrayendo inversiones e industrias de alto valor. Lo que deja en claro además un detalle no menor.

                            Cuando en economía se dice que “los recursos son escasos” en realidad lo que es escaso es el stock actual de bienes y servicios, pero el principal recurso natural es el cerebro humano, su creatividad, que no tiene límite superior, sobreabunda en tanto el Estado no lo impida coactivamente, por ejemplo, con leyes de estatales de copyright que limitan los cerebros que pueden trabajar, sobre algunas ideas, a aquellos que ostentan el monopolio de esa idea garantizado por estas leyes. Por ello, los países más ricos son aquellos en los que el Estado coarta menos la creatividad humana, aun cuando tienen escasos bienes naturales distintos a la creatividad personal, como petróleo o tierras agrícolas.

  • Estado, Estatismo y Cultura

    Estado, Estatismo y Cultura

    “La educación formal, las políticas culturales y el extenso financiamiento de las artes fueron todos dirigidos hacia la construcción de una «cultura oficial «.

    Una contradicción fundamental reside en el corazón de la Constitución de Panamá. Mientras prohíbe formalmente el ejercicio arbitrario y discrecional del poder, su propio lenguaje crea las condiciones que hacen tal comportamiento no solo posible, sino inevitable.

    Los artículos 282 y 284 abren el compás para que los gobiernos del Estado queden facultados en “orientar, dirigir, reglamentar, reemplazar o crear” actividades económicas y de intervenir en cualquier empresa en busca de objetivos vagos como la “justicia social”, la “utilidad pública” y la “función social” de la propiedad. Estas cláusulas elásticas entregan a los sucesivos gobiernos un cheque en blanco de enorme amplitud ideales para cosas nada sanas.

    Así, lo que la Constitución pretende prohibir como abuso de autoridad, lo habilita estructuralmente mediante la misma amplitud y ambigüedad de sus disposiciones. El resultado es una invitación permanente a la aplicación selectiva de las normas, al favoritismo político, al exceso regulatorio y a la corrupción: exactamente las prácticas discrecionales que el texto legal dice querer restringir.

    Nos advierte Rahimi Zonouz que lo típico alrededor del mundo ha sido que “la educación formal, las políticas culturales y el extenso financiamiento de las artes fueron todos dirigidos hacia la construcción de una «cultura oficial«. Esta afirmación captura con precisión uno de los mayores riesgos del estatismo, que es:

    “la tendencia del Estado a no limitarse a crear condiciones para el florecimiento cultural, sino a intervenir directamente en su producción, distribución y orientación”. John A. Bennett N.

    En Panamá, esta inclinación se manifiesta a través de la educación pública centralizada (MEDUCA), las políticas culturales estatales y el financiamiento selectivo de expresiones artísticas. Lejos de respetar la espontaneidad y diversidad cultural, el Estado busca moldear una cultura que sirva a sus objetivos de control, perpetuación un poder torcido y protección serviles intereses particulares que han marcado históricamente la gobernanza en el país.

    El tema de fondo o meollo es que existe una relación básica entre lo que es o debe ser el “Estado”; es decir, el pueblo soberano que en su dispersión sociocultural busca vivir en sano albedrío sin ataduras de desviados intereses políticos. A ello se lo conoce como el “Estado-nación”.

    Curiosamente no todos los países son Estados-nación; tal como Russia, India y otros más. Muchos de estos son multiculturales con clara identidad regional, tal como nuestros pueblos originarios. La tendencia general es ver a Panamá como un Estado-nación; sin embargo, me parece que como ocurre con tantas cosas, el asunto no es blanco y negro, sino mestizo.

    Pero, lo que debería llamarnos a la meditación es que a pesar de que Panamá tiene considerables libertades civiles y apertura económica, al menos y según el ranking de libertad, está infectada de un considerable grado de corrupción y clientelismo partitocrático que; al agregar las particulares realidades indígenas, que tienen sus propios entendimientos de los derechos de propiedad, son difíciles de acoplar con los preceptos constitucionales vigentes.

    Nuestra realidad estatal precede y dio forma a gran parte de la conciencia moderna nacional; más relacionado con el Canal que con una homogeneidad étnica; lo cual debería llamarnos al estudio de cómo la libertad personal, económica y cultural, interactúa con el poder de los gobiernos del Estado y el mismo Estado. El Artículo 127 de la Constitución nos da un buen pantallazo de una realidad que escapa a muchos panameños.

    En resumen, el enfoque de este escrito está dirigido a crear conciencia del enorme reto que tenemos los panameños no sólo relativo a la diversidad cultural que dificulta la creación o existencia de una cohesión social; sino también estatismo malsano que padecemos y que está evidente en nuestra supuesta Constitución; esa que lo que más constituye o facilita es el desgobierno.

  • Libertad en el país del estatismo

    Libertad en el país del estatismo


    En un chat leí que Dinamarca era un país socialista y le pregunté a la IA, la cual respondió: «En rigor, Dinamarca no es una nación socialista. Funciona como una economía capitalista de libre mercado de gran éxito, respaldada por una enorme red de seguridad social financiada por el Estado. En lugar de socialismo, Dinamarca se clasifica universalmente como una «socialdemocracia» o un ejemplo paradigmático del modelo nórdico».

    La dificultad para entender el tema está en la «semántica»; es decir, el estudio sistemático del significado del lenguaje y la lógica, que denota cómo las palabras sugieren o expresan de manera explícita los sentimientos, más allá de las definiciones de los diccionarios y, ni hablar, del uso vulgar de los vocablos. En otras palabras, el secreto del entendimiento humano está en las palabras, en cómo las entendemos y usamos.

    Pero la dificultad para comunicarnos bien no solo está en el entendimiento y uso de los términos, sino en nuestros sentimientos, costumbres y otras realidades que nos han moldeado. Por ejemplo, típico es decir que Panamá es una nación democrática, pero… ¿lo es? Busquemos la respuesta comenzando con la definición de «democracia».

    En esencia, democracia y libertad van de la mano; no solo en la elección de las autoridades de los gobiernos del Estado, sino en el respeto al albedrío de las personas en su vida y, por tanto, en el mercado y otras actividades propias de cada persona y de la comunidad.

    Pero a una sociedad que no distingue entre «democracia» y «estatismo» no le irá nada bien; que es el caso de Panamá, nación inmensamente estatista a partir de su Constitución. Y el estatismo no conjuga con «libertad y albedrío». El meollo del asunto está en la prevención de una interferencia gubernamental estatal en cómo la gente quiere vivir, amar, expresarse y conducir sus actividades económicas.

    Y ¡vaya si no es el caso en Panamá!, en donde la Constitución establece que el Estado puede meterse en toda empresa a hacer lo que le venga en gana a los gobernantes de turno. Entre Panamá y Dinamarca no hay ningún parecido, pues en Dinamarca hay mucha más libertad económica no solo que en Panamá, sino que en los EE. UU. y otros países supuestamente democráticos.

    El «estatismo» se refiere a la creencia política bajo la cual los gobiernos del Estado mantienen un control centralizado sobre los asuntos económicos de la comunidad y del mercado.

    Cualquier parecido con Panamá no es una mera coincidencia: es deliberado y malintencionado, ya que es la estratagema histórica de las élites gobernantes para mantenerse en el Intramuros mientras el pueblo languidece en el Extramuros. En síntesis, poco ha cambiado desde la fundación de la ciudad de Panamá.

    El país estatista imprime papel moneda del cual abusa robando a la comunidad vía inflación; impone impuestos —valga la redundancia— para financiar sus excesos; y, ni hablar que, como en Panamá, los gobiernos del Estado los tenemos metidos hasta en el agua de nuestros retretes, y ya ni eso hacen bien.

    A diferencia del país estatista, está la idea del país «minarquista»; este último referido a gobiernos que no exceden las funciones propias de una sana gobernanza: de dejar hacer y no de hacerlo todo, como si la población fuese toda de imberbes. Lo que Panamá sí hace bien, ¡gracias a Dios!, es que no imprime papel moneda; pues de hacerlo, quién sabe cómo estaríamos.

    En síntesis, en nuestro planeta no existe ningún país con verdadera libertad democrática. Vivimos en un mundo de metiches, lo cual debería ser obvio si nos fijamos en los enredos arancelarios. El secreto del éxito socioeconómico está disperso entre todas las personas, y no enclaustrado en vanos recintos gubernamentales.

  • ¿Defendemos libertad empresarial o privilegios?

    ¿Defendemos libertad empresarial o privilegios?

    El camino de la vida comunmente nos plantea la necesidad de reexaminar con ojos críticos nuestro caminar y los apedianos* no escapan a ello. Solemos hacer sonar muchos bombos y platillos en loas a nuestros logros, y ciertamente que los hay, pero igualmente debemos examinar con detenimiento aquello en lo que nos hemos quedado cortos. En particular me refiero a esa triste realidad humana de adaptación que nos torna complacientes ante el status quo, por más equívoco que este pueda ser. Así, vemos que en muchos casos hemos llegado a ver como normal y correcto lo que lejos está de serlo, y todo esto conduce al error de convertirnos en supuestos defensores de una irreal libertad empresarial; cuando en realidad bien podemos estar defendiendo privilegios y abanicando el intervencionismo y hasta la corrupción estatal.

    Si hiciésemos el ejercicio crítico veríamos que muchas de las políticas industriales y comerciales que son patrocinadas por acto u omisión por los carteles afectos a los sistemas políticos imperantes, poco se diferencian del ideal socialista que supuestamente adversamos. Al final del día veremos que la tendencia politiquera gravita hacia la satisfacción de logros del proselitismo. Lo cierto es que una vez que le entregamos alguna responsabilidad al gobierno bajo la suposición que es para el beneficio social de algún grupo, ello no es más que ilusión, y veremos que esos controles se irán extendiendo a fin de satisfacer las aspiraciones y los prejuicios de las masas. No existen alternativas a la disciplina de un mercado desembarazado y auténticamente competitivo, ya que no se puede pedir que otros hagan lo que uno dice y no hace.

    La cruda verdad es que pocos empresarios creen en la verdadera libertad de empresa, pues el credo de los réditos, aunque espurios, es supremo. ¿Cómo puede sobrevivir un verdadero mercado sin trabas cuando cada vez que nos sentimos amenazados por cambios o amenazas, corremos a pedir la intervención del gobierno? He presenciado las angustias de un importador frente a la modernización de los servicios del sistema comercio exterior porque ello creaba un imponderable, frente a la realidad de un status quo, quizás torcido, pero bien conocido. Un sistema de interminables e intricados engranajes de coimas que mantienen bien engrasadas a todas esas articulaciones.

    ¿Cómo hemos de discutir en contra del «éxito» a favor de un mercado sin favoritismos cuando dicho intervencionismo es rentable y la libertad es aterradora? Y es que perdemos vista de ese camino que nos conduce a la servidumbre; no sólo de estructuras torcidas sino de la perpetuación de la gran pobreza que es el manantial de nuestros malestares sociales. Por todo ello es cardinal caer en cuenta que quienes están en gobierno poseen una poderosa herramienta con la cual pueden expandir su poder político mediante la intervención en el mercado. Así, la «burrocracia» va reemplazando al empresarialismo como medio primario de la planificación económica. Es el viejo truco de la zanahoria y del garrote.

    Por un lado los beneficiados se convierten en aliados, mientras que a sus adversarios que no rebajan sus principios les resulta sumamente oneroso oponerse a todo ello. Esta expansión del Estado en los mercados tomó gran auge desde que en 1870 Bismark dio inicio a la burocratización central de la «inseguridad social». Luego durante la Gran Depresión Franklin D. Roosevelt se alió con los poderes del «estáblishment » industrial y se crearon unas ciento diez nuevas entidades de gobierno, entre ellas Fannie Mae. Los malos políticos de los demás países han seguido el redituable ejemplo.

    Vaya usted a preguntar a eruditos la razón del gobierno y muchos dirán que es para «estimular» al mercado y tal, para lo cual se sustraen los fondos de los bolsillos de los ciudadanos hacia el ogro central quien se supone será más capaz de «estimular» que los propios ciudadanos sus actividades. ¿Quién no ve con buenos ojos que papá gobierno le regale un jamón? Pero aún es que llegan a justificarlo diciendo que va a favor del interés público. La excusa más común para acepar es: «si no lo hago yo, lo hace otro».

    La variedad de formas de supuestos «estímulos» son muchas y sigilosas, tal como el requisito de licencias o ciudadanía para ejercer alguna profesión u actividad. De esta manera los gremios logran protección en contra de quienes serían sus competidores; a menudo más capacitados. Se suele decir que es para la protección del consumidor, pero lo más común es que sea todo lo contrario. Al final de cuentas no existen prebendas que no las paguen otros.

    En fin, quienes se ubican en el rol de Pepito Grillo tienen mayor compromiso que todos los demás y las Asociaciones Cívicas, cuyos estatutos mandan la defensa de la libertad de empresa que elimine todos estos vicios del mercado, deben renovarse continuamente para evitar caer en la trampa del conformismo.

    * como se conoce informalmente a los miembros de la Asociación de Ejecutivos de Empresa en Panamá.

    *Artículo originalmente escrito en 2010.

  • El Mal de la Infraestructura es el Mal del Inframundo Político

    El término “infraestructura” nos llega del francés de por allá por 1875, que se refería a las estructuras que “infra”, es decir, lo que está por debajo; que en su momento particularmente referido a la ingeniería ferroviaria, al subgrado o base debajo de los polines y rieles. Hoy día el término “infraestructura” tiene varias acepciones, pero en este escrito es el conjunto de elementos, dotaciones o servicios para el buen funcionamiento de un país, ciudad u organización. En ello, mi escrito apunta a la causa de los graves problemas de los proyectos de infraestructuras gubernamentales que suelen fallar por una combinación de complejos factores y paso a apuntar algunos.

    Aunque el mal de las infraestructuras gubernamentales es variado y extenso, para mí el principal comienza o se da cuando los gobiernos del estado se toman para sí actividades de infraestructura que no debería, ya que no son propias de gobierno o la gobernanza; y una de ellas es la educación; tema sobre el cual escribí un libro intitulado “Educación ¿Estatal o Particular? ¿Cree el lector que “¿educar” es “gobernar?”; y disculpen que ponga tantas comillas, pero la respuesta de la pregunta va ligada al verdadero sentido de las palabras.

    Entre las causas más comunes, basadas en estudios y análisis globales:

    • Sobrecostos y subestimación presupuestaria — Los costos reales suelen superar en un 20-50% (o más) los estimados iniciales debido a riesgos no previstos, inflación o cambios en el alcance.
    • Retrasos en ejecución — Causados por problemas en expropiaciones, permisos ambientales, burocracia excesiva o lentitud administrativa.
    • Mala planificación y objetivos poco claros — Alcance mal definido, falta de estudios de viabilidad realistas o alineación insuficiente con necesidades reales.
    • Corrupción y opacidad — En licitaciones, adjudicaciones o ejecución, lo que genera elefantes blancos o proyectos abandonados.
    • Falta de recursos o restricciones irrazonables — Insuficiencia de financiamiento, personal calificado o tiempo adecuado.
    • Gestión deficiente de riesgos — No anticipar impactos ambientales, sociales, políticos o técnicos.
    • Falta de liderazgo y comunicación — Entre “stakeholders” (interesados), contratistas y gobiernos, lo que provoca descoordinación.

    Y lo grave es que cuando todo lo anterior es producto de los gobiernos metidos en dónde no deben meterse; es decir, en actividades que no son gobernar, entonces el problema lo sufren todos los ciudadanos. Pero si la mayoría de las actividades de infraestructura provienen del sector privado, fracasarán algunas empresas, pero quien paga el pato no es toda la nación.

    En el caso anterior está el caso del desarrollo de los ferrocarriles en los EE.UU., o el Ferrocarril de Panamá, que fueron tremendos éxitos en costos y operación. Pero la terminal aérea de Tocumen en la década de los 70 que originalmente fue cotizada en 21 millones terminó costando más de 80. Y ni hablar del Metro de Panamá que costó entre $120-137 millones el kilómetro en comparación al metro de Bogotá que estuvo entre $5 y 10 millones el kilómetro. Y lo que más me disgusta es que cuando señalo estas cifras, me contestan sandeces tales como: “Bueno, Bennett, es que las calles de Panamá son muy angostas…” ¡Por favor! Al precio de Metro podríamos haber cambiado todas las calles.

    Lo cierto es que las infraestructuras gubernamentales se aíslan de retroalimentación, disciplina y rendición de cuentas. Los gobiernos y sus politicastros no ven al mundo con gafas de cálculos económicos que es típico de obras carentes que no nacen de intercambios voluntarios sino de torcidas ambiciones. Son como el NODUCA que como todos somos dueños, nadie lo cuida. Como decía Heraclio: “La mayoría de personas viven dormidas aún cuando despiertan”.

  • El Cateo Ilegal

    “Cateo” viene del latín “captare”, de coger o buscar; tal como ocurre con la búsqueda de vetas auríferas en minas y tal. También el uso ha llevado el término a referirse la búsqueda de evidencias relacionadas con delitos. Pero, lo que no es legal es la detención y cateo en ausencia de delitos o razonable sospecha de ello. Sin embargo, no es nada rara esa actuación policial en Panamá y la pregunta sería ¿por qué lo hacen? La respuesta la encontraremos en una historia de gobernanza desmedida y corrupta que nuestra gente ha apadrinado a través de los siglos.

    Una organización policial que permite a sus agentes cometer semejantes delitos sin ningún resquemor dice mucho acerca de la corrupción endémica que traemos en el DNA en este hermoso istmo. Es así, ya que las autoridades no pueden desconocer semejante práctica; la cual se da con peatones y conductores de autos. Y las excusas que dan son ¡baladí!; termino de origen árabe que significa “tierra”, o digo yo… “mugre”.

    Alegan algunos que la detención, con demanda de identificación y cateo se justifica como herramienta para pescar delincuentes. ¡Qué lindo!, considerando que en tales actos el delincuente es el agente de policía. Esa no es la manera de pillar delincuentes; y al respecto doy un ejemplo: Si los agentes de tránsito se dedicaran a patrullar y pescar a los infractores crónicos, verían que entre ellos están los malandrines. Triste que a menudo los malandrines son los de la ATTT.

    Vayamos al fondo jurídico… tal como el caso de Jennings versus Smith, en que se demandó por pedido ilegal de identificación a un pastor negro. El pastor regaba el jardín de su vecino que se había ido y le pidió el favor. Una vecina vio al pastor y llamó a la policía, que llegó e interrogó al pastor; quien explicó el caso, pero igual le pidieron identificación y el pastor se negó. Imagínense, que para salir a regar el jardín del vecino tienes que llevar cédula o tal. En fin, el caso fue hasta la Corte Suprema de Alabama, la cual falló en contra de pedir identificación cuando no media falta ni delito de por medio.

    Entonces, regresemos a Panamá en dónde a mi hermano en dos ocasiones que fue detenido sin mediar causa se negó a presentar su licencia. En el primer caso fue un agente motorizado que insistió y mi hermano le declaró arresto al agente; el cual salió en corriendo, se montó en su moto y se dio a la fuga. En el segundo caso lo detuvieron en un retén, de esos que se hacen fuera de norma: “Su licencia.” “¿Por qué?” “¡Su licencia!” Mi hermano cerró la ventana. Lugo vino un sargento y luego un teniente; este último le preguntó: “¿Qué ocurre señor?” “Que me piden la licencia y cuando pregunto por qué no me dan razón.” El teniente: “Señor, ¡váyase, váyase!” ¿No les dice esto algo mis estimados lectores?

    El meollo o tuétano del asunto es que en una población en donde no se respeta a los ciudadanos o extranjeros el bienandar anda trastabillando, ese que nace con el respeto a la libertad, es que es lo primero que aparece en el Preámbulo de nuestra malísima constitución; la cual, al menos, en eso no anda mal al decir:

    “Con el fin supremo de fortalecer la Nación y garantizar la libertad…”

    Es simple, cuando el mal ejemplo lo apadrinan las autoridades que permiten o hasta andan en contubernio con sus agentes, es análogo a los padres de familia que no enseñan el bienandar as sus hijos.