Categoría: Opinión

  • Milei, el libertario más influyente… que no dijo nada

    Javier Milei se ha autoproclamado líder mundial, faro de la libertad y el libertario más influyente de la historia. Palabras grandilocuentes, cargadas de épica, que sin embargo contrastan de manera brutal con su silencio actual ante uno de los problemas más graves del escenario económico global: el regreso del proteccionismo y la reactivación de una guerra comercial liderada por Donald Trump.

    Estados Unidos arrastra una deuda pública que ya supera los 34 billones de dólares. El desbalance fiscal es estructural y creciente, y la política económica se ve cada vez más condicionada por el peso de los intereses de esa deuda. En este contexto, el discurso nacionalista y proteccionista vuelve a ganar espacio. Trump ha retomado la agenda arancelaria, proponiendo medidas que restringen el comercio internacional, con el argumento de proteger empleos americanos y reforzar la soberanía económica.

    Lejos de ser una política inocua, esta estrategia tiene efectos profundamente negativos para el resto del mundo: encarece los bienes, distorsiona los flujos comerciales, reduce el crecimiento global y pone en riesgo décadas de apertura económica que, con sus imperfecciones, han sacado a millones de personas de la pobreza.

    Aquí es donde Milei, el autodeclarado cruzado del capitalismo y defensor del libre mercado, debería levantar la voz. Este sería el momento ideal para ejercer ese liderazgo del que tanto habla, para plantarse en defensa de los principios que dice representar. ¿Quién mejor que él, con llegada mediática internacional, para señalar los peligros de los aranceles, para advertir sobre los costos de aislar economías y cerrar fronteras comerciales?

    Y sin embargo, el silencio es absoluto. No hay declaraciones, no hay discursos, no hay posicionamiento. Lo único que se ve es a Milei encerrado en Twitter, replicando memes, atacando a periodistas y celebrando su propio ego. ¿Dónde está la voz libertaria que debía resonar cuando el mundo la necesitaba?

    Este contraste no es menor. Deja en evidencia una realidad incómoda: Milei no está comprometido con los ideales liberales, sino con una estética del liberalismo puesta al servicio de su construcción personal. Lo suyo no es un proyecto de ideas, sino un ejercicio performático. Y cuando las circunstancias exigen coherencia, Milei opta por callar.

    El verdadero liderazgo no se mide por los títulos que uno se adjudica, ni por premios de dudosa raigambre, sino por la capacidad de sostener principios incluso cuando resultan incómodos. Hoy, frente a un ataque directo al libre comercio y a las bases del sistema económico global, Milei, el libertario, ha elegido no incomodar a sus aliados, no abrir ningún frente, no arriesgar su capital político. Ha elegido ser funcional al proteccionismo.

    Y así, el supuesto faro de la libertad revela su verdadera condición: un reflector de utilería, que solo se enciende cuando el guion le conviene.

  • Trump y China: ambigüedad estratégica en tiempos de incertidumbre

    La política exterior del presidente Donald Trump en su segundo mandato parece definida por una paradoja desconcertante: un tono sorprendentemente cordial hacia China, contrastado con acciones cada vez más hostiles por parte de su Administración. En su análisis publicado en El Mundo, el historiador Niall Ferguson desentraña esta ambigüedad, advirtiendo que podría tener consecuencias geoestratégicas de gran calado.

    Durante la campaña electoral, Trump prometió imponer aranceles del 60% a los productos chinos. Sin embargo, ya instalado nuevamente en la Casa Blanca, su retórica se ha suavizado, e incluso se refiere a Xi Jinping como un “buen amigo”. Lejos de anunciar una distensión real, este giro retórico convive con un endurecimiento tangible de la política comercial y tecnológica hacia Pekín: mayores aranceles, más restricciones a empresas chinas y una escalada en la competencia por la supremacía digital.

    Ferguson interpreta esta contradicción como una forma de realismo estratégico. Estados Unidos, enfrentado a retos simultáneos en Europa del Este, Oriente Medio y Asia-Pacífico, busca evitar un conflicto directo con China a corto plazo. La hipótesis es clara: si Washington logra un acuerdo con Pekín para estabilizar el Pacífico, podría concentrarse en otros frentes, como contener a Rusia o desactivar tensiones con Irán.

    No obstante, Ferguson alerta de los riesgos de esta lógica. Al igual que Nixon en los años 70, Trump parece confiar en que es posible separar a China de Rusia. Pero las circunstancias actuales no permiten tal jugada con la misma facilidad. Los vínculos entre Xi y Putin son hoy más sólidos y estratégicos que nunca. Apostar por un deshielo con Pekín mientras se rehabilita a Moscú podría dejar a EE.UU. sin apoyos fiables ni disuasión efectiva ante una eventual crisis en Asia.

    Taiwán es, precisamente, el punto neurálgico de esa potencial crisis. La Administración Trump ha intentado rebajar el tono, pero China continúa fortaleciendo su arsenal y capacidad de intimidación. Ferguson sugiere que Pekín podría optar por un “bloqueo blando” de la isla, una provocación que pondría a prueba los límites de la respuesta occidental. A ello se suma la preocupante escasez de recursos militares estadounidenses: falta de misiles, de reservas industriales y de logística suficiente para sostener un conflicto prolongado.

    La ambigüedad estratégica, que durante décadas funcionó como doctrina respecto a Taiwán, se extiende ahora a toda la relación con China. El peligro radica en que esa ambigüedad —un intento de disuasión mediante la incertidumbre— ya no parece ser efectiva. Xi Jinping podría interpretar las señales mixtas como una oportunidad, no como una amenaza.

    Ferguson concluye que Estados Unidos debe aclarar su postura o arriesgarse a una confrontación mal calculada. En un mundo donde la percepción de debilidad puede ser tan decisiva como la fuerza real, la coherencia estratégica ya no es un lujo: es una necesidad

  • Inteligencia Artificial

    La palabra “inteligencia” tiene que ver con la facultad del entendimiento, el saber y la comprensión, razón por la cual el nombrecito de “inteligencia artificial” o AI es irreal o sacado de los pelos; y, bien vale la pena ahondar en el asunto ya que casi todos, sino todos, los problemas de la humanidad surgen a partir del mal uso de las palabras. El asunto lo pintaron desde la Biblia en la parábola de la Babel, como también en el decir “Dios es Palabra”. Pero el tema se torna mucho más embrollado debido a que la llamada AI es uno de los factores más impactantes de la singularidad que deviene la humanidad hoy día. Que, si la manzana la podemos usar para bien o mal, ni se diga la AI, la cual nos puede llevar al Paraíso o al mismo Infierno. En fin, el vocablo “artificial” también es primo del vocablo “artificio”, vocablo que indica falta naturalidad.

    El asunto gira es que la AI no puede hacer conexiones mentales creativas y si usamos esa herramienta como y para lo que no es, los resultados pueden ser terribles. En resumen, los humanos no nos salvamos de ser los gestores de nuestro destino; sea brillante o lúgubre. Jamás olvido el dicho que lo dice todo respecto a las computadoras: “si les metes basura, te responden con basura”. Pero el peligro va mucho más allá porque en el juego de póker que es la vida, el pote o “pot” hoy día es más grande que jamás en la historia humana.

    La AI funciona con analogías o semejanzas y los científicos han visto que la AI no se gana al ser humano resolviendo problemas de matrices, que son formaciones numéricas u de otros objetos matemáticos, conocidos como entradas de la matriz, que requieren un sentido que no tiene la AI. El problema comienza cuando pretendemos usar la AI para lo que no es y, de salida, cuando le ponemos un nombre que tampoco es. Tal es el caso del llamado “metrobus” de Panamá, que no es tal cosa; de manera que si lo tratas de usar para resolver los problemas de tránsito y transporte, te ira muy mal… ¿o es que no lo hemos notado?

    Otro aspecto que debemos considerar cuando intentamos, erróneamente, comparar al ser humano con la AI, es que nuestras prácticas educativas en siglos recientes, ha sido terribles y la humanidad, en muchos sentidos, ha perdido capacidad intelectual. Hoy día ya contamos con el entendimiento y capacidad de tornar a todo niño en genio; pero, insistimos en delegar y centralizar la educación; más que nada, con fines de adoctrinamiento y fines politiqueros.

    Y para mayor ilustración del tema, tomemos el caso de el “aprendizaje de disparo cero o ‘Zero-shot learning’, que es una técnica de aprendizaje automático que permite a un modelo reconocer y clasificar objetos o conceptos sin haberlos visto previamente durante el entrenamiento, utilizando información semántica y transferencias de conocimiento. ¿Me explico o me entiende el lector? ¿No? No se preocupen, que a mí tampoco me queda muy claro el asunto.

    Y, para resumir y enredarles más, termino comentando algo sobre el razonamiento analógico. Una cosa es intentar comprensión a base de razonamiento abstracto en contraposición del atajo de resolver incógnitas basándose en conocimientos que no fueron dados durante las clases o los estudios; conocimientos que ya tenías en tu alacena mental. ¿Puede la AI resolver cuándo no le has provisto toda la información? Por ejemplo; Einstein resolvió o imaginó la Teoría de la Relatividad cuando mentalmente montó un rayo de luz en el espacio.

  • ¿Qué dice la filosofía sobre dar limosna?

    A veces, alguien nos pide una limosna. Y en ese instante, la duda aparece: ¿es realmente una ayuda o solo una manera de perpetuar el problema?

    En ocasiones nos encontramos con personas que nos piden una ayuda. En la calle o en algún lugar público solicitan educadamente, o incluso exigen, una contribución. Es posible que en estos casos nos surja la duda, con independencia del tono con el que se hace la petición o de quién procede, de si estamos haciendo lo correcto.

    ¿Empleará esta persona el dinero que le voy a dar para comer o para financiar el abuso de alcohol y otras sustancias? ¿Sería eso algo necesariamente malo? ¿Es posible que esta persona lleve en el bolsillo un teléfono de última generación que yo no me puedo permitir? ¿Me parece todo esto bien? ¿No sería mejor canalizar esta ayuda a través de una ONG especializada?

    Estos interrogantes remiten a una cuestión abordada por el pensamiento filosófico a lo largo de la historia. La filosofía no resuelve la cuestión (no es su función hacerlo), pero nos da pistas y razones para reflexionar críticamente sobre nuestro posicionamiento de cara a luchar contra las injusticias y las desigualdades sociales.

    La limosna en la Antigüedad

    En la República de Platón, título que denomina el estado ideal que propone el filósofo, no hay espacio para la mendicidad. Es un estado organizado y orientado a la eficacia donde quien pide limosna lo hace de una forma ilegítima:

    “Que no haya mendigos en nuestro Estado. Si alguno le ocurriese el mendigar y el procurarse con qué vivir a fuerza de limosnas, que los agoránomos le arrojen de la plaza pública, los astínomos de la ciudad, y los agrónomos de todo el territorio, a fin de que el país se vea completamente libre de esta especie de animales”.

    Tanto Platón como su discípulo Aristóteles pretenden organizar el estado mediante leyes que “den a cada cual lo que le corresponde”. Pero no debemos entender esto como una forma de redistribución de la riqueza, ni como una reivindicación de los derechos humanos tal y como hoy los entendemos. Es más bien una expresión de la idea conforme a la cual cada rol en la sociedad está marcado (normalmente desde el nacimiento hasta la muerte) de una forma rígida y, según el lugar que se ocupa en la sociedad, se tienen unos u otros privilegios.

    En el pensamiento estoico, hoy en día tan de moda, se abandona esa mirada hacia el exterior, hacia la ciudad, y se vuelve hacia el interior de la persona. No se pone el énfasis tanto en la organización de la polis como en la virtud individual, la razón autónoma y, por supuesto, el estoicismo (el mantenerse imperturbable frente a las adversidades). Esto articula el pensamiento de Marco Aurelio o Séneca, por otro lado dos de las personas más ricas y poderosas del Imperio romano.

    Pero incluso Epícteto, que había sufrido la condición de esclavo, plantea la pobreza y las adversidades en términos de búsqueda de la dignidad y la serenidad de forma autónoma. Quizá por esto hoy en día el estoicismo esté siendo planteado como una filosofía acorde a nuestros tiempos y defendida por posicionamientos filosóficos y políticas económicas cercanas al individualismo más radical. Ambos piden que las personas acepten su condición sin tomar demasiado en consideración los factores sociales que condicionan la situación de pobreza.

    La mendicidad según el cristianismo

    Con la aparición del cristianismo se dignifica la pobreza, al menos desde el punto de vista formal. Jesús nace pobre y reivindica esa condición para él y sus seguidores. La caridad se convierte en uno de los pilares de la sociedad, y las personas que mendigan se transforman en objetos de caridad sobre los que se puede practicar la virtud de la limosna.

    La caridad en la Edad Media estaba institucionalizada y asociada a prácticas cristianas. Las personas que no podían trabajar debido a discapacidades, enfermedades o vejez tenían derecho a mendigar, y esta práctica era vista como un mecanismo legítimo. Hasta tal punto es así que en el siglo XIII aparecen las órdenes mendicantes que pretenden renovar a la Iglesia a través de la limosna.

    Un anciano sostiene a una niña y ambos piden ante una mujer que les da limosna.
    Belisario pidiendo limosna, de Jacques-Louis David, en el que retrata al antiguo héroe del Imperio bizantino mendigando.
    Wikimedia Commons

    Francisco de Asís o Domingo de Guzmán fundarán órdenes basadas en el servicio a los pobres, que se mantienen con su trabajo y practicando la mendicidad. El enfrentamiento entre los teólogos que defendían la pobreza de Cristo (principalmente el franciscano Guillermo de Ockam) frente a los del papa Juan XXII, que sostenían que tanto Jesús como los apóstoles habían tenido posesiones legítimamente, creará un conflicto que Umberto Eco reflejará magistralmente en la novela El nombre de la rosa.

    En la Edad Media también aparecen cofradías que organizaban la mendicidad, especialmente para personas ciegas o con otras discapacidades. Estas corporaciones gestionaban las limosnas de forma colectiva para asegurar una distribución justa entre sus miembros.

    Por su parte, el islam establece como uno de sus cinco pilares el zakat, que se considera un deber religioso obligatorio para quienes poseen bienes suficientes. Tiene como objetivo purificar la riqueza del creyente y garantizar que una parte de ella beneficie a los necesitados, promoviendo así lo que llamaríamos hoy la equidad social. No hay que confundir esta obligación con la “limosna” voluntaria, la sadaqa, que puede darse de forma independiente.

    Más allá del Medievo

    En el siglo XVI, Juan Luis Vives es el primer pensador en escribir un tratado sobre la pobreza (De subventione pauperum). Propone sistemas de socorro y “seguridad” social ligados fundamentalmente a la atención a las personas que han tenido la desgracia (que equipara a una enfermedad) de caer en la pobreza. En definitiva, considera que la solución consiste en facilitar trabajo, actividad y también recursos económicos a las personas necesitadas.

    Y en el siglo XIX, dos pensadores abordarán el tema desde diferentes perspectivas pero alcanzando la misma conclusión.

    De acuerdo con Max Weber, la ética protestante es uno de los principales motores del surgimiento del capitalismo. Según esa doctrina, la riqueza se convertirá en un signo de que se es una persona llamada a la salvación. Así, la pobreza y la mendicidad se estigmatizan y pasan a ser planteadas como un problema social a resolver por la modernidad. Las leyes regulaban que solo podían pedir limosna quienes demostraran ser incapaces de trabajar.

    La propia Contrarreforma católica del siglo XVII había reducido el prestigio de la pobreza como ideal y prohibido la mendicidad a quienes no fueran “inválidos, viejos o enfermos”.

    Por otro lado, Karl Marx opina que los mendigos pertenecen al “lumpen” (lumpenproletariat), no tienen conciencia de clase obrera y muchas veces actúan como aliados involuntarios del estado burgués. En el planteamiento de estado marxista no hay espacio para una clase subproletaria. El estado es responsable de la organización del trabajo y de la redistribución de la riqueza, por lo que la mendicidad no debería existir.

    Una mujer le da dinero a un niño pequeño que pide.
    La limosna, de Joaquín Sorolla.
    Red Digital de Colecciones de museos de España (Museo Sorolla)

    Su contemporáneo, Stuart Mill, una cara amable de la filosofía utilitarista, considera positivo en su obra Principios de economía política diseñar políticas sociales que generen oportunidades para todo el mundo. Cree que la pobreza engendra pobreza y que las ayudas son útiles para fomentar la prosperidad de la sociedad en general.

    En definitiva, la filosofía aborda la cuestión planteada desde muy diversos puntos de vista. No está en condiciones de ofrecer una solución definitiva, pero propone enfoques y argumentos con los que construir una visión crítica y argumentada, abierta al diálogo racional. Esto último es muy necesario cuando se abordan cuestiones políticas difíciles y controvertidas, que muchas veces requieren de soluciones complejas para problemas multidimensionales.The Conversation

    Manuel García Ortiz, Licenciado en Filosofía. Doctorando en Derecho. Especializado en Bioética y Derecho de la Discapacidad, Universidad de Castilla-La Mancha

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • ¿Qué entendemos por empresa?

    Respondiendo la pregunta del título, diría que “muy poco”; basado en el “no a la privatización” que es mantra en nuestra hermosa Panamá. Quien bien explicó lo que es la “empresa” o “emprendimiento” fue Richard Cantillon en 1755, considerado una figura fundacional en la economía y quien definió al empresario como alguien que asume riesgos comprando bienes a precios conocidos y especulando vendiéndolos a precios inciertos. ¡Ah, sí!, especular es ver y pensar o meditar acerca de algo. Y “empresario” es quien emprende o inicia una aventura harto incierta y riesgosa. Estar en contra del emprendimiento a la vez que se demandan subsidios es engaño politiquero y es el camino a la servidumbre.

    En 1274 hubo claridad en el pensamiento de Santo Tomás de Aquino, quien abordó el tema de lo económico desde la perspectiva de la justicia en los intercambios mercantiles. Y luego le siguieron los clérigos escolásticos. Tristemente, luego de ello devino el pensamiento llamado progresivo; el cual, en realidad es una regresión. Menos mal que en 1962 Murray N. Rothbard publicó su magna obra El Hombre, la Economía y el Estado, en la cual nos advierte acerca de las torcidas visiones de la degeneración progre del pensamiento económico, moral y social; mediante la cual los promotores de la gobernación centralizada dominaron el panorama económico. Este es el mal que nos infecta hoy día en Panamá.

    Hoy día, que tanto preocupa lo que paga el consumidor en las tiendas y tal, nos hemos olvidado de lo que nos advertía Carl Menger en 1871; quien se había dado cuenta que los precios del mercado, incluyendo salarios, rentas y tasas de intereses eran el resultado del juicio de cada quien, de quienes producen y vende y de quienes compran. Visto así, bien podemos descubrir lo que es la empresa, producir y ahorrar; es decir, poner la paila con lo que ganamos.

    Pero, cuando una clase política que hemos ungido con poder gubernamental bajo la titulación de “autoridades”, en vez de concentrar sus esfuerzos gubernativos en crear las mejores condiciones bajo las cuales la población puede dar riendas sueltas a sus actividades mercantiles en una división del trabajo, se dedica a la creación de gobiernos mandones y regalones, ello destruye el sano emprendimiento.

    En el primer párrafo de este escrito vimos que la creatividad está preñado de riesgo; ya que es algo como el pescador que cada vez que sale al mar debe batirse con las tormentas y la incertidumbre de la pesca. Y que jamás deben ser los políticos y sus funcionarios los que salen a pescar; ya que ésa es función de Juancho Pescador. Y no es lo mismo gobernar que pescar.

    Cuando los gobiernos están metidos hasta la coronilla en actividades propias del mercado o la empresa; tal como vender agua, energía, transporte, educación y tal, dejando la función de crear las condiciones propicias para convertirse en el actor central o ‘empresario ilegítimo’. todos perdemos.

    ¿Cómo puede un gobierno cumplir con artículos constitucionales como el 47, que garantiza la propiedad privada, cuando luego la misma constitución pare otras normas populistas que controlan los precios, obligándote a vender lo tuyo a precio de politiqueros que están empeñados en ganar votos? Me refiero a salarios mínimos, descuentos a jubilados y tal. Y no contentos con eso, disponen toda clase de disque subsidios que cuando creen desastres económicos ya sus autores se habrán fugado.

    Luego el artículo 49 que garantiza la calidad y resarcimiento por daños. ¿De verdad crees que el aparato político gubernamental te garantizará calidad y dará resarcimiento cuando sus torcidas leyes, coimas, robadera y otros abusos te llevan a la quiebra?

  • «El populismo mata, el liberalismo salva» según Guy Sorman

    En su artículo «El populismo mata, el liberalismo salva», Guy Sorman realiza un análisis contundente y despierta la polémica, sobre todo porque proviene de un liberal, sobre las implicaciones del populismo en la crisis sanitaria global provocada por la pandemia del COVID-19, y contrapone este fenómeno con los principios del liberalismo. El autor no solo reflexiona sobre los efectos inmediatos de las teorías conspirativas en la gestión de la pandemia, sino que también alerta sobre las consecuencias mortales que pueden derivarse de la adopción de ideologías populistas que niegan la ciencia y la razón.

    El artículo comienza contextualizando el impacto del COVID-19 en la humanidad. Sorman subraya que, aunque el virus provocó millones de muertes y dejó secuelas psicológicas y de salud duraderas, la ciencia, específicamente a través de las medidas de contención y la vacunación, permitió que las consecuencias no fueran tan catastróficas como las de la «gripe española» de 1918. Para el autor, la respuesta a la pandemia fue clara y efectiva: la ciencia, aunque imperfecta, salvó vidas.

    Sin embargo, Sorman destaca que, desde el comienzo de la crisis sanitaria, emergió un fuerte movimiento populista que se oponía a las medidas de contención y a las vacunas. Este movimiento no solo estaba alimentado por la ignorancia y el odio al sistema capitalista, sino también por una profunda desconfianza en las instituciones democráticas y científicas. Para los populistas, las medidas de contención eran una maniobra política para restringir la libertad, mientras que las vacunas eran percibidas como parte de una conspiración orquestada por los intereses capitalistas. A través de las redes sociales, estas teorías conspirativas encontraron una amplia audiencia, alimentada por el aislamiento social y la falta de acceso a fuentes confiables de información.

    Lo más crítico que señala Sorman es que, a pesar de que la evidencia científica ha demostrado que las medidas adoptadas fueron correctas, los populistas y teóricos de la conspiración nunca han mostrado remordimiento por haber incitado al rechazo de las soluciones sanitarias. Al contrario, algunos de estos personajes han alcanzado posiciones de poder, como es el caso de Robert Kennedy Jr., quien fue nombrado Secretario de Salud en Estados Unidos por Donald Trump. Kennedy, conocido por promover teorías pseudocientíficas sobre la vacunación, continúa fomentando su agenda, ignorando las consecuencias fatales de su desinformación.

    Este es el núcleo de la crítica de Sorman: el populismo, según él, no solo empobrece a las personas que lo siguen intelectualmente, sino que también pone en riesgo sus vidas. Al rechazar la ciencia y la razón, el populismo alimenta un ciclo de ignorancia que, en muchos casos, se traduce en mayor mortalidad. Sorman se opone a esta ideología señalando que, a diferencia del populismo, el liberalismo tiene una postura más pragmática y realista frente a los desafíos. El liberalismo no se basa en utopías ni en conspiraciones, sino que se nutre de la experiencia y de los logros prácticos de las naciones que lo adoptan. Para Sorman, la verdadera diferencia entre los populistas y los liberales es la capacidad de los segundos para reconocer y corregir sus errores, un atributo que falta en aquellos que defienden las teorías conspirativas.

    El autor también resalta que, si bien los liberales no son infalibles y los sistemas democráticos y capitalistas pueden sufrir crisis y generar caos, la gran diferencia es que los liberales están dispuestos a aprender de sus errores y a rectificar. En contraste, los populistas no solo se niegan a aceptar sus fallos, sino que, al enfrentarse a las consecuencias de sus acciones, suelen cometer aún más errores.

    Un aspecto clave del artículo es la reflexión sobre la psicología humana. Sorman sugiere que, aunque los liberales suelen tener razón, les falta la pasión que caracteriza a los populistas. Los populistas, por su parte, son apasionados y logran conectar emocionalmente con las personas, pero carecen de la razón que guíe sus acciones. Esta falta de balance entre pasión y razón es lo que, para Sorman, dificulta la convivencia y la construcción de una sociedad estable y racional. Por eso, concluye con una pregunta provocadora: ¿preferirías morir de COVID o del próximo virus que surja? Si prefieres escapar de futuras pandemias, el autor te invita a optar por el liberalismo.

    Sorman concluye con una crítica al populismo, que para él no solo es un obstáculo para el progreso, sino una amenaza directa a la salud pública y al bienestar colectivo. La ideología populista, al negar la ciencia y promover teorías conspirativas, perpetúa un ciclo de muerte y sufrimiento, mientras que el liberalismo, aunque imperfecto, ofrece las herramientas necesarias para enfrentar los retos del futuro.

    Este artículo de Guy Sorman sirve como un llamado a la reflexión sobre el papel de la ideología en tiempos de crisis. En un momento en que las fake news y las teorías conspirativas tienen un impacto significativo en las decisiones políticas y sociales, el texto resalta la importancia de la ciencia, la razón y la autocrítica, cualidades esenciales del liberalismo, frente a la seducción del populismo, que alimenta el miedo y la ignorancia. La polémica está servida, bienvenido el debate.

    Fuente original: Guy Sorman, «El populismo mata, el liberalismo salva,» ABC, 24 de marzo de 2025.

  • ¿Qué es “ser un buen padre”, biológicamente hablando?

    Ser un buen padre no es algo fácil de definir. De hecho, nuestra imagen de “buen padre” no sólo está condicionada por la especie a la que pertenecemos sino que, incluso dentro de los Homo sapiens, las circunstancias culturales han hecho que un padre ideal en el siglo XXI no tenga absolutamente nada que ver con esa misma consideración para un hombre de la Persia imperial.

    Esta diversidad sociocultural se multiplica exponencialmente si la comparamos con la diversidad biológica del mundo animal. Tenemos todas las opciones imaginables (y también las inimaginables) en las conductas desplegadas por los padres (los progenitores masculinos) hacia sus hijos.

    No obstante, y desde un punto de vista estrictamente biológico, sí que sería posible encontrar una definición perfecta del buen padre si recurrimos a argumentos evolutivos. Desde esta perspectiva, sería aquel que procura la supervivencia de su descendencia, al menos hasta que ésta adquiere la madurez sexual. Así, todo comportamiento parental que aumente las posibilidades de reproducción de los hijos sería considerado un carácter adaptativo, aumentaría la eficacia biológica de la especie y, consecuentemente, sería favorecido por la selección natural.

    Los cuidados parentales, por lo tanto, son ventajosos. Sin embargo, y por extraño que parezca, también son extraordinariamente escasos. ¿Por qué?

    Padres que ni están ni se les espera

    La primera razón estaría relacionada con nuestra costumbre de discernir si la criatura neonatal se parece más a mamá o a papá.

    De entrada, en la mayoría de las especies (que poseen fases larvarias), la discusión sería irrelevante, porque “la criaturita” no se parece, ni remotamente, a ningún progenitor. Su aspecto es radical y asombrosamente diferente. Tanto es así que, cuando el conocimiento biológico era más limitado, diferentes fases vitales de muchas especies frecuentemente han sido consideradas no sólo especies diferentes, sino grupos (filos) radicalmente distintos. De hecho, estas divergencias entre padres e hijos no sólo son anatómicas y fisiológicas, sino también ecológicas. Eso significa que los descendientes, en sus primeras fases vitales, no comparten hábitats con sus padres y viven en “universos” diferentes.

    Pongamos un ejemplo conocido por todos: los mosquitos. Sus larvas son “gusanitos” que viven, comen, respiran y se desarrollan en el agua, mientras sus padres viven en “otra galaxia”: el medio aéreo. En estas circunstancias, la interacción es prácticamente nula, la convivencia no existe y los cuidados parentales no son factibles.

    Ghiglione Claudio/Shutterstock
    Larvas de mosquito Culex en el agua.

    Por contraposición, podríamos pensar que, cuando no existen larvas, los padres se interesarán por el destino de sus criaturas presuponiendo que cuidamos “lo que se nos parece”. Pues descartemos nuestra bonita y tierna hipótesis: en la mayoría de las especies, los padres se desentienden de su progenie una vez que han eclosionado los huevos.

    ¿De qué depende que los padres cuiden a sus hijos?

    Son varios los factores que parecen estar implicados, y para entenderlos hay que tener en cuenta, primeramente, una obviedad: para cuidar a la descendencia hay que estar vivo. Desde esta perspectiva, no “podrían” ser buenos padres todos aquellos a los que el esfuerzo reproductor les supone la muerte. Aunque quisieran, los salmones no podrían cuidar de sus hijos porque, tras remontar el río donde nacieron, mueren al desovar.

    Otro elemento a considerar sería el número de descendientes generados en un proceso reproductor. Es evidente que es complicado prepararles el desayuno a los 20 000 hijos que acabas de tener de una tacada (cuando, además, se confunden con los 20 000 de cada uno de tus vecinos, como podría ocurrir en muchísimas especies marinas con fecundación externa). Así eliminamos la posibilidad de cuidados parentales en todas las especies que apuestan más por la cantidad a la hora de conseguir la supervivencia de alguno de sus descendientes que por la calidad de los cuidados que se les otorguen a un número reducido de crías.

    Un tercer factor imprescindible para cuidar los hijos es la posibilidad de tener un lugar seguro donde los pequeños puedan sobrevivir mientras los padres buscan alimento. La existencia de este “nido-hogar” es una característica que comparten mamíferos y aves con insectos sociales como las abejas o las hormigas.

    También influye la dureza del entorno físico en el que se desarrolla la prole, tornándose imprescindibles los cuidados parentales para lograr su supervivencia. Así, las hembras del arácnido telifónido Mastigoproctus giganteus transportan a las pequeñas preninfas en una cámara incubadora abdominal, garantizándoles la humedad imprescindible para sobrevivir en ambientes de extrema aridez.

    Aún más curioso es cómo influye, en el caso de algunas especies depredadoras, su propia naturaleza. Un ejemplo muy llamativo es el de muchos grandes escualos, que presentan las llamadas nursery grounds. Estas zonas son, básicamente, “guarderías” submarinas donde las feroces “madres tiburonas” orbitan nadando alrededor de sus crías y evitando el ataque de los propios machos de su especie

    buen padre
    Todas las especies de mamíferos y buena parte de las aves nacen con un alto nivel de indefensión y necesitan cuidados.
    Cavan-Images/Shutterstock

    Pero quizás lo que condiciona más la existencia de los cuidados parentales es el nivel de altricidad de los hijos, es decir, su grado de indefensión por no tener capacidad de alimentarse y subsistir por sí mismos. Aquí incluimos a todas las especies de mamíferos (que dependen durante su primera fase de vida de la lactancia materna) pero también a la mayoría de las aves que necesitan cuidados después del nacimiento antes de poder desenvolverse autónomamente.

    Si aunamos todos los requisitos, los cuidados se han desarrollado principalmente en especies que no mueren al reproducirse, que tienen desarrollo directo (sin larvas), que tienen pocos descendientes por evento reproductor, que no contemplan a sus propias crías como posibles alimentos y, lo que es más importante, cuyas crías necesitan de sus padres para su propia supervivencia. En ese reducidísimo grupo de especies estarían, fundamentalmente, insectos sociales, aves modernas y mamíferos eutremas.

    Vova Shevchuk/Shutterstock

    Padres involucrados

    Los vertebrados nos ofrecen un amplio muestrario de posibilidades en los cuidados de los hijos y parece haber una cierta prevalencia de cada modalidad de cuidados en los linajes evolutivos de cada grupo.

    En los pocos peces óseos que se ocupan de las crías, lo hacen frecuentemente los machos. En el conocido ejemplo de los hipocampos, es el caballito de mar “papá” el que transporta a la prole hasta que los juveniles pueden nadar libremente. Aquí la hembra se limita a poner los huevos fecundados en la bolsa ventral de su pareja, que es el que luce “preñado”. Los machos cíclidos, por su parte, segregan una especie de leche-moco a través de la piel de la que se alimentan las crías, aunque esta tarea la comparten con las madres.

    No obstante, el caso más conocido de padres involucrados en el cuidado de la prole es el de las aves, donde masivamente el cuidado es biparental. Este comportamiento es consecuencia del desarrollo homeotermo de sus embriones, esto es, los huevos hay que empollarlos para que estén calentitos. Si se enfrían, el desarrollo embrionario aborta. En esta absorbente y continua actividad la selección natural ha permitido el relevo y favorecido la monogamia social. En el 95 % de las aves, las parejas se mantienen durante la temporada de cría y ambos padres empollan los huevos.

    El vínculo madre-hijo de los mamíferos

    En el caso de los mamíferos, los cuidados “parentales” son clara y masivamente “maternales”. Los mamíferos tenemos la suerte de que nuestros embriones no son depredados, pisoteados, llevados por la corriente o mil circunstancias más que afectan a las especies ovíparas. Por el contrario, ubicamos nuestro desarrollo embrionario y fetal dentro de un calentito, seguro y mullido útero materno. Este vínculo madre-hijo se continúa durante la lactancia (que también corre a cargo de las hembras).

    Todo ello supone un aumento enorme de la tasa de supervivencia de las crías. En el caso de los primates (y especialmente en el de los humanos), además, las potencialidades de la especie se multiplican con las posibilidades de dedicar mucho tiempo a “enseñar”, desarrollándose una herencia doble (la genética y la cultural) que no tiene parangón en el mundo vivo.

    Este hecho merece una interesante reflexión: la gran ventaja que para los mamíferos que ha supuesto la viviparidad, la pagan casi exclusivamente las hembras (en nuestro caso, las mujeres).

    El “buen padre humano”, ya que no puede serlo biológicamente, tiene la fascinante posibilidad de hacerlo culturalmente y compensar esta injusta balanza a base de amor, tiempo y enseñanza a sus hijos. Afortunadamente, cada vez son más los que descubren este impagable privilegio.The Conversation

    A. Victoria de Andrés Fernández, Profesora Titular en el Departamento de Biología Animal, Universidad de Málaga

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • El Economista Tomás de Aquino

    En este mundo “moderno” del 2025 sobran las personas que ven a un fraile de 1274 como una persona con poca cultura y conocimiento… ¡craso error! Tomás de Aquino fue un extraordinario teólogo, filósofo y jurista católico a quien se le atribuye el origen del escolasticismo; movimiento que hoy persiste en la Escuela de Salamanca en España y en la Universidad de Salamanca . Y no paremos allí, ya que en materia de metafísica sus obras hoy día representan una de las fuentes más citadas del siglo XIII . Estoy convencido de que en muchos sentidos los humanos hemos sufrido ciertas regresiones en materia cultural, económica y lo que es “justo”.

    La profundidad de pensamiento de Aquino es sorprendente, lo cual se desprende que aún hoy día hay tantos que encuentran verdades que hemos extraviado en el transcurrir del tiempo; nos cuenta Federico Silva, un académico interdisciplinario en la ley y la ingeniería informática. Pero, en particular, Silva nos retrotrae a la teoría subjetiva del valor; una realidad que, según parece, muchos que se arropan con el título de “economistas” no dominan la materia o peor, evaden el tema porque no conjuga con su trabajar gubernamental.

    También nos advierte Silva que en la época de Tomás de Aquino la economía aún no era una disciplina científica sino que era vista como una ‘teoría de justicia’. Las pesquisas de Aquino en estos campos las siguieron otros clérigos católicos, tal como Anselmo de Canterbury, padre de la escolástica y otros más,  En resumen, estaban abordando lo que es correcto o el bienandar en materia económica y no el malandar que hoy parece ser la norma en la gobernanza alrededor del mundo.

    Carl Menger, quien fue jurista y no matemático, destacó el papel de la ética en la acción humana económica; algo que no fue respetado en la constitución de Panamá; cuando esta dice que “la economía corresponde primordialmente a los particulares…” y luego de un punto y coma agrega un “pero” y dice que el “Estado”, es decir, los gobiernos o gobernantes, pueden hacer lo que les venga en ganas con la economía ciudadana, tal como nombrar cerros de botellas y dictar leyes que violan nuestras libertades.

    Más allá, algo que se nos extravió es el que la ley no hace el derecho o lo correcto, sino que lo debe descubrir o; tal vez deba decir “destapar”. Triste que con gran frecuencia en nuestro medio la ley lo que hacer es tapar o cubrir el derecho, aquello que no es curvo o torcido. Y en ello, Silva vuelve y destaca que lo correcto o derecho es sinónimo de “justo” o aquello que cabe “justito” o apretadito.

    Por ejemplo, las intervenciones legales en materia de controles de precio; sean estos en salarios, productos, descuentos y tal, violan el principio fundamental de la satisfacción de una de las dos partes en cualquier transacción, y otras cosas más. Dar descuentos a jubilados porque unos legisladores quieren ganar simpatía y votos no es justicia. Se alcanza la justicia cuando ambas partes llega a un acuerdo y satisfacción.

    La cantidad de intercambios comerciales en Panamá, por dar ejemplo, jamás podrán ser previstos en justicia ni en sentido económico por leyes politiqueras. Si en un restaurante el 80% de los que entran un día son jubilados, el restaurante pierde; los diputados jamás aceptarán su culpa y menos si el negocio entra en quiebra. No es el gobierno quien determina precios sino el mercado.

    Bien dijo Aquino que sin acuerdo y satisfacción jamás habrá justicia. Triste que aún no lo veamos.

  • Cómo negociar con Trump: olvide los principios y aprenda a hablar el lenguaje de los negocios

    En cualquier negociación, es fundamental comprender el estilo de la otra parte. El conflicto de Ucrania, y especialmente la acalorada discusión entre los presidentes Trump y Zelenski en el Despacho Oval, ha revelado una desconexión crítica entre las dos administraciones.  Volodímir Zelenski calificó de “lamentable” el enconado enfrentamiento con el presidente Trump y el vicepresidente J. D. Vance y escribió a Trump para decirle que estaba dispuesto a negociar. Pero el presidente ucraniano y sus aliados europeos han enfocado las conversaciones desde una posición basada en principios. En términos de estilo de negociación, esto significa que tienden a enfatizar los mecanismos multilaterales, como la toma de decisiones colegiada, la construcción de relaciones a largo plazo y la sensibilidad cultural.

    Trump es un hombre de negocios y opera desde un paradigma de negociación fundamentalmente diferente. Por desgracia, esta falta de alineación tiene implicaciones significativas para la posición estratégica de Ucrania y para la seguridad europea.

    Una investigación que mis colegas y yo llevamos a cabo, comparando los estilos de negociación de EE. UU. e Italia, ha demostrado que los negociadores estadounidenses suelen utilizar un enfoque más competitivo y transaccional. Pueden parecer unilaterales o dominantes, pero también son expertos en conectar diferentes partes de un acuerdo y negociar concesiones entre diferentes cuestiones para lograr sus objetivos.

    Trump, sin embargo, combina esto con tácticas altamente competitivas y retórica emocional. A diferencia de los típicos negociadores estadounidenses, que se cree que evitan la expresión emocional, como muestra nuestro estudio, Trump utiliza la ira y la confrontación para dominar las discusiones y controlar las narrativas.

    Enmarca las negociaciones en términos de suma cero, en los que cada acuerdo debe tener un claro ganador y un claro perdedor. Esto refuerza su imagen pública de líder fuerte.

    Y lo más importante, Trump parece negociar de forma selectiva. Solo entra en las discusiones cuando cree que tiene la posición más fuerte.

    Nuestro trabajo muestra que los estadounidenses dan prioridad a los resultados finales y utilizan tácticas competitivas cuando se perciben a sí mismos en posiciones de poder.

    Trump ejemplifica este enfoque, pero añade sus propios elementos distintivos: presión emocional, postura pública y un compromiso inquebrantable con sus posiciones hasta que surja una alternativa más favorable.

    El error de cálculo de Zelenski

    El principal error de negociación del presidente Zelenski ha sido intentar entablar una negociación basada en principios con una contraparte que favorece la realización de acuerdos transaccionales. Cuando el líder ucraniano apela a los principios democráticos, la integridad territorial y el derecho internacional, está hablando un lenguaje de negociación que Trump no entiende.

    La investigación clásica sobre negociación sugiere que Zelenski debería haber estructurado las negociaciones en torno a los intereses económicos de EE. UU. en lugar de la unidad occidental o los imperativos morales.

    Trump ha dejado claro que protegerá a Ucrania y Europa solo en la medida en que sirva a estos intereses económicos. Zelenski está negociando desde una posición de dependencia (Ucrania necesita ayuda para sobrevivir). Por lo tanto, la clave es hacer que el acuerdo sea atractivo para la parte más fuerte y, al mismo tiempo, proteger sus propios intereses.

    En nuestro estudio, también descubrimos que los negociadores italianos suelen hacer hincapié en el compromiso emocional, tratando a sus homólogos como colaboradores en lugar de adversarios. Tienden a centrarse en los intereses mutuos y su enfoque equilibra las consideraciones técnicas con las relaciones humanas.

    Se basa en principios como los valores liberales y el cumplimiento de las normas internacionales. Esto concuerda con otros hallazgos sobre la evolución de los estilos de negociación dentro de la UE.

    Y esta estrategia prospera en contextos multilaterales y multiculturales, donde se priorizan los valores compartidos y la creación de consenso.

    Pero tal enfoque puede ser ineficaz contra las tácticas de confrontación y de poder de Trump. El compromiso emocional puede ser malinterpretado como una debilidad, y los enfoques basados en el consenso fracasan cuando la contraparte insiste en dominar.

    El orden mundial liberal parece no estar preparado para negociar al nivel de Trump. Sigue esperando discusiones racionales basadas en intereses, en lugar de confrontaciones cargadas de emociones.

    La experiencia de la UE en la negociación del Brexit proporciona una plantilla relevante para abordar el conflicto de Ucrania. El nombramiento de Michel Barnier como negociador jefe, respaldado por un bloque de 27 naciones, resultó eficaz a pesar del escepticismo inicial.

    Un enfoque similar podría funcionar para Ucrania. Nombrar a un negociador jefe con autoridad y un mandato claro podría tener éxito. Barnier, el economista y ex primer ministro italiano Mario Draghi o la excanciller alemana Angela Merkel son candidatos obvios. Esta estructura podría neutralizar la preferencia de Trump por los acuerdos individuales basados en el poder y forzar las negociaciones en términos más alineados con los intereses europeos.

    Europa debe replantearse la fórmula de negociación con Trump

    Pero para involucrar a Trump, los líderes europeos y ucranianos deben replantear su enfoque.

    En primer lugar, las propuestas deben presentarse en términos de beneficios económicos. El presidente estadounidense da prioridad al comercio, al empleo y a las oportunidades de negocio por encima de la seguridad o los argumentos morales. El panorama de la negociación debe hacer hincapié en la distribución real de la ayuda a Ucrania, destacando que las naciones europeas han proporcionado colectivamente un apoyo financiero y humanitario sustancial.

    En segundo lugar, los datos objetivos y los argumentos basados en el poder son mejores que los llamamientos morales. Las evaluaciones del impacto económico y los cálculos estratégicos resonarán con más eficacia que el razonamiento basado en principios.

    En tercer lugar, las tácticas competitivas deben ir acompañadas de una confrontación controlada. El compromiso emocional debe ser estratégico, reforzando un posicionamiento firme pero pragmático en lugar de parecer defensivo.

    Por último, los escenarios en los que todos ganan permitirán a Trump cantar victoria. El mandatario norteamericano negocia para ganar, y los acuerdos deben permitirle declarar su éxito personal frente a sus propios partidarios.

    El camino a seguir requiere una adaptación estratégica, no un atrincheramiento ideológico. Zelenski y los líderes europeos deben reconocer que negociar con Trump exige comprender su enfoque de las relaciones internacionales, que tal vez favorezca el pragmatismo sobre el idealismo.

    Una idea crucial de investigaciones anteriores sobre el comportamiento negociador de Trump es esta: rara vez da marcha atrás explícitamente, pero con frecuencia gira hacia nuevos objetivos cuando estos se vuelven más atractivos. Esto debería inspirar a los líderes europeos a desarrollar alternativas atractivas que sirvan tanto a los intereses de Trump como a las necesidades de seguridad de Europa.

    Después de décadas de negociadores comerciales aprendiendo de los políticos, ahora nos enfrentamos a una realidad inversa: los negociadores políticos deben aprender de las tácticas comerciales.

    En el ámbito de la seguridad internacional, donde hay mucho en juego, comprender el estilo de negociación de la otra parte no es solo una buena práctica, sino que puede ser esencial para sobrevivir. Las lecciones del primer mandato de Trump sugieren que las posturas basadas únicamente en principios no garantizarán los intereses ucranianos o europeos. La negociación pragmática (basada en principios) ofrece un camino más prometedor.The Conversation

    Andrea Caputo, Professor of Strategy & Negotiation, University of Lincoln

    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

  • El dilema liberal según Sorman.

    El dilema liberal de Guy Sorman plantea una reflexión clave sobre la relación entre el liberalismo y los líderes políticos que, en su nombre, buscan reducir el tamaño del Estado. En su análisis, Sorman destaca la paradoja de que figuras como Donald Trump y Javier Milei, a pesar de defender la modernización estatal y la eficiencia económica, terminan asociando el liberalismo con actitudes autoritarias, extremas y divisivas. Este fenómeno, argumenta, podría llevar a una reacción adversa que desprestigie la causa liberal y facilite el retorno de modelos intervencionistas.

    Uno de los puntos centrales del análisis de Sorman es la diferencia fundamental entre el sector privado y el Estado. Mientras que las empresas están sujetas a la competencia y la necesidad de generar beneficios, el Estado, según él, no enfrenta los mismos incentivos de eficiencia. Sin embargo, esta comparación simplista omite un aspecto clave: el objetivo del Estado no es generar rentabilidad, sino proveer bienes y servicios públicos esenciales que el mercado no puede garantizar de manera equitativa. Por ello, la eficiencia en la administración pública debe evaluarse no solo en términos de costos, sino también en función de su capacidad para garantizar derechos y mejorar la calidad de vida de los ciudadanos.

    Sorman también plantea una crítica a la forma en que Trump y Milei implementan sus políticas. Si bien sus ideas sobre reducir el Estado pueden ser válidas en algunos aspectos, el problema radica en su ejecución: el desmantelamiento abrupto de instituciones sin una estrategia de transición clara, el desprecio por el consenso democrático y la polarización extrema. Sorman señala que, en su afán de eliminar lo que consideran excesos estatales, estos líderes terminan enfrentándose a una oposición feroz que puede poner en riesgo la estabilidad del país e incluso derivar en un resurgimiento de políticas estatistas como reacción.

    Un punto especialmente relevante es la advertencia de Sorman sobre los precedentes históricos en América Latina. La región ha vivido procesos de reformas económicas impuestas por gobiernos autoritarios, lo que ha generado una asociación entre liberalismo y represión. Este riesgo no es menor: si las reformas económicas no van acompañadas de un fortalecimiento institucional y un respeto irrestricto por las reglas democráticas, el resultado puede ser una deslegitimación completa del liberalismo y una puerta abierta para proyectos populistas que prometan restaurar derechos socavados.

    Sorman ofrece una tercera vía ante el dilema liberal: la posibilidad de implementar reformas liberales sin caer en la agresión política o el desprecio por el diálogo democrático. Aquí menciona el caso de líderes como Ronald Reagan y Margaret Thatcher, quienes, con distintos matices, lograron aplicar reformas sin generar el nivel de rechazo que hoy enfrentan Trump y Milei. Esto implica que el liberalismo no está condenado a la polarización, pero requiere de un liderazgo que entienda la importancia de la pedagogía política y el consenso social.

    En conclusión, el dilema que plantea Sorman no es menor. Si el liberalismo se asocia con el caos, la exclusión y el atropello institucional, su destino será la marginalidad y el resurgimiento de modelos opuestos. La pregunta es si habrá liderazgos capaces de aplicar reformas con sensatez o si, por el contrario, los excesos actuales terminarán por destruir la credibilidad de su propia causa.