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Los refugiados judíos rechazados por América y sus trágicas consecuencias. ¿Puede repetirse la historia?

La mayor parte de los países latinoamericanos, durante los años previos a la Segunda Guerra, tuvo un comportamiento predominantemente abierto a la inmigración en general. Ello vendría a cambiar luego de la toma de poder de los nazis en Alemania. Entre 1933 y 1945, los gobiernos latinoamericanos restringieron severamente el ingreso de inmigrantes judíos invocando diversas causales.

No era casual que todo ello sucediera como coletazos de la Gran Depresión, donde líderes políticos y gobiernos por toda la región explotaron la crisis económica para desarrollar bases populistas. Las políticas de gobernantes como Getulio Vargas (Brasil), Roberto Ortiz (Argentina), Arturo Alessandri (Chile), Lazaro Cardenas (México), y Fulgencio Batista (Cuba) fomentaron el desarrollo de partidos políticos anti-inmigrantes o plataformas y fuertes campañas en la prensa contra las leyes de inmigración y con discursos proteccionistas en lo económico. Estas actitudes fueron reflejadas en leyes de inmigración cada vez más estrictas que fueron introducidas por toda Latinoamérica: México en 1937; Argentina en 1938; Cuba, Chile, Costa Rica, Colombia, Paraguay y Uruguay en 1939.

Por ejemplo, la ley cubana, fuertemente influenciada por un marcado nacionalismo, percibía el arribo de extranjeros como una amenaza a la mano de obra local. Y el complemento de la Ley de Nacionalización del Trabajo, promulgada en 1933, había representado un fuerte golpe a la inmigración, porque establecía que al menos la mitad de los trabajadores de cada empresa debía ser de nacionalidad cubana.

Con este clima político, mientras tanto, otro más grave sucedía en Europa, más concretamente en Alemania. A principios de 1939 los nazis habían cerrado ya la mayor parte de las fronteras de Alemania y muchos países habían impuesto límites en el número de judíos que podían acoger en sus fronteras.

Desesperados, encontraron un destino clave: Cuba. Cuba era un punto de tránsito de camino a Estados Unidos y las autoridades cubanas en Alemania ofrecían visas a US$ 200 o 300 cada una, aproximadamente USD 3.000 al cambio de hoy en día.

El 13 de mayo de 1939 más de 900 judíos abandonaron Alemania a bordo de un crucero de lujo, el SS St. Louis. Esperaban llegar a Cuba y de ahí viajar a Estados Unidos, escapándose así de la persecución de los nazis, por lo que su única esperanza era que se les brindara una segunda oportunidad en otro lugar. Pero a medida que el crucero se fue acercando a la costa de La Habana el 27 de mayo esa sensación de optimismo dio primero paso al miedo, y luego al pánico y posteriormente a la desesperanza.

Según la edición del 23 de mayo de 1939 del periódico El Mundo muestra que mientras el St. Louis todavía estaba cruzando el Atlántico, la Secretaría de Hacienda cubana intentaba conseguir un cambio en la ley de inmigración de 1917 para prohibir el desembarco de “individuos oriundos o procedentes de Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Yugoslavia, Lituania, Bulgaria, Alemania, Turquía, Rumania, Rusia, China, Jamaica, Haití y Japón”. Detrás de esta campaña antisemita se escondía un componente político que intentaba quebrar al presidente cubano Federico Laredo Brú. Los periódicos como el Diario de la Marina, llamaban al gobierno a frenar “el alud inmigratorio en que ha caído nuestro país”.

A su llegada al puerto de La Habana, en la madrugada del 27 de mayo, Laredo Brú emitió una orden especial que le prohibía al St. Louis entrar al puerto y una patrulla marina lo escoltó mar afuera. Sólo 28 refugiados lograron cambiar sus permisos por visas regulares y pudieron desembarcar, mientras el resto rogaba por una mejor acogida en puerto estadounidense. El 2 de junio, el St. Louis fue obligado a dejar aguas cubanas con 907 pasajeros a bordo.

Navegando tan cerca de la Florida que podían ver las luces de Miami, algunos pasajeros en el St. Louis telegrafiaron al presidente Franklin D. Roosevelt pidiendo refugio. Roosevelt nunca respondió. El Departamento de Estado y la Casa Blanca habían decidido no tomar medidas extraordinarias para permitir que los refugiados entraran a los Estados Unidos. Un telegrama del Departamento de Estado enviado a un pasajero declaró que los pasajeros deben “esperar su turno en la lista de espera y calificar y obtener visas de inmigración antes de que sean admisibles en los Estados Unidos”. Con Canadá sucedió algo similar y consultas a otros países latinoamericanos regresaron el mismo resultado negativo. Para Junio, el capitán no tuvo otra opción que dar la vuelta y retornar a Europa el 6 de junio de 1939.

Siete días más tarde, mientras el barco cruzaba el Atlántico, se llegó a un acuerdo que daba nueva esperanza a los pasajeros. Trabajando con otras organizaciones judías europeas y representantes del gobierno, Morris Troper, director europeo del Joint Distribution Committee (JDC), había arreglado que los pasajeros de St. Louis ingresaran a Gran Bretaña, Francia, Bélgica y Holanda. Gran Bretaña acogió 287 pasajeros, Francia 224, Bélgica, 214, y los Países Bajos 181. El JDC junto con la Sociedad de Ayuda a los Niños Judíos (OSE) lograron ayudar a 60 niños que viajaban en el St. Louis y pudieron refugiarlos en varios hogares en Montmorency, al norte de París.

Menos de tres meses después, estalló la Segunda Guerra Mundial. Ese mismo año, toda Europa occidental estaría bajo ocupación alemana, y los antiguos pasajeros de St. Louis serían alcanzados por el terror nazi y una gran parte de ellos terminaron en campos de concentración. Al terminar el Holocausto 234 de ellos estaban muertos.

El Editorial del prestigioso periódico cubano Diario de la Marina del 14 de mayo de 1939, ante el inminente arribo a Cuba del St. Louis, recogiendo las opiniones imperantes de la época, cerraba: “si continuamos con las puertas entreabiertas, si ya no abiertas, a los numerosos refugiados europeos, pronto empezaremos a palpar las consecuencias… No tardarán mucho tiempo, sin embargo, en encontrar lo que buscan: trabajo. Pronto, pues, se intensificará el problema del desempleo. En breve surgirán las protestas… Hay que cuidar la casa propia… No es xenofobia, es prudencia”.

Para conmemorar el Día Internacional del Recuerdo del Holocausto, dos académicos judíos, Russel Neiss y Charlie Schartz, crearon la cuenta de Twitter Stl_Manifest. A modo de recordatorio sobre lo ocurrido con los refugiados del St. Louis y de una forma impactante, han compartido tweets que parecen escritos por las mismas víctimas: se presentan con su nombre, explican que fueron rechazados por EE. UU. y detallan como murieron.


St. Louis Manifest‏ @Stl_Manifest 7 jun.
My name is Meta Münz. The US turned me away 78 years ago today. I was murdered in Auschwitz #StLouisVigil #NeverAgain

St. Louis Manifest‏ @Stl_Manifest  7 jun.
My name is Willi Dublon. The US turned me away 78 years ago today. I was murdered in Auschwitz #StLouisVigil #NeverAgain

St. Louis Manifest‏ @Stl_Manifest 7 jun.
My name is Horst Rotholz. The US turned me away 78 years ago today. I was murdered in Auschwitz #StLouisVigil #NeverAgain

St. Louis Manifest‏ @Stl_Manifest 7 jun.
My name is Max Hirsch. The US turned me away 78 years ago today. I was murdered in Mauthausen #StLouisVigil #NeverAgain

St. Louis Manifest‏ @Stl_Manifest 7 jun.
My name is Joachim Hirsch. The US turned me away 78 years ago today. I was murdered in Auschwitz #StLouisVigil #NeverAgain

About the author

Irene Gimenez

Irene Gimenez, analista internacional. Es abogada con maestría en economía y ciencias políticas. Su especialidad es el análisis económico del derecho. También tiene especializaciones en temas financieros, tecnología y globalización. Su preferencia hoy día es analizar el impacto de los desarrollos bajo tecnología Blockchain y el impacto que ello generará en las próximas décadas.

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