Opinión

Suecia olvida sus excesos socialistas y apuesta por bajar los impuestos

Conforme las economías más pujantes de América Latina van acelerando su ritmo de desarrollo, surge la inevitable comparativa con los países más ricos del mundo. Lamentablemente, ese análisis suele ignorar el pasado y acostumbra a centrarse únicamente en el presente. Y no, los países más prósperos del mundo no son ricos porque hayan hecho la cosa bien en los últimos años, sino que han logrado un alto nivel de bienestar gracias a décadas de esfuerzo y trabajo.

Pensemos, por ejemplo, en el caso de Suecia. Como el país nórdico suele colocarse en las primeras posiciones de los rankings internacionales, los entusiastas del intervencionismo económico suelen apuntar que aquellos países que quieran multiplicar su desarrollo deberán emular algunos rasgos del modelo sueco, sobre todo en lo tocante a los impuestos altos.

La realidad es mucho más compleja y nos obliga a remontarnos a la segunda mitad del siglo XVIII. Entonces, el filósofo Anders Chydenius publica sus ensayos en defensa del liberalismo político y económico, cosechando un impacto en la esfera pública comparable al que alcanzó Adam Smith décadas después, con obras como Teoría de los sentimientos morales o La riqueza de las naciones.

Poco a poco, las ideas de Chydenius fueron calando y las autoridades suecas apostaron por abrir la economía y abrazar las tesis liberales. En la segunda mitad del siglo XIX, los salarios de los trabajadores se duplicaron, dando pie al desarrollo de una incipiente clase media. El gasto público en la Suecia de entonces no rebasaba el 10% del PIB. De hecho, en 1950 apenas llegaba al 20% del PIB, a pesar de que en muchas de las economías de Occidente se observaban niveles mucho mayores.

La deriva socialista de Suecia empezó en los años 60, cuando Suecia era ya el cuarto país más rico del mundo, en términos de renta per cápita. En los años que siguieron, los impuestos llegaron a fijarse en el 90% y las regulaciones incluyeron cláusulas orientadas a terminar progresivamente con la propiedad privada, entregando las empresas a los sindicatos. Fue un gravísimo error cambiar el modelo liberal por un esquema tan intervencionista, pero Suecia era un país muy rico y el experimento no generó un rechazo inmediato entre millones de personas que creían, equivocadamente, que el bienestar logrado estaba ahí para quedarse.

El giro socialista fue deprimiendo el crecimiento y el desarrollo de Suecia. Entre 1965 y 1985 se crearon 900.000 empleos en el sector público… pero se destruyeron 400.000 puestos de trabajo en el ámbito privado. Los principales empresarios hicieron las maletas y se trasladaron a otros países, cansados de una fiscalidad insoportable. De estar entre los cinco países más ricos del mundo, Suecia pasó al puesto 15 del ranking, con sesgo a la baja.

La insostenible agenda intervencionista que exploró el Partido Socialdemócrata durante décadas acabó saltando por los aires a comienzos de los años 90, cuando Suecia enfrentó una dura crisis. El desempleo se disparó, la inflación obligó a subir drásticamente los tipos de interés y el crecimiento se hundió. Tras décadas de socialismo, Suecia acabó convirtiéndose en sinónimo de decadencia socioeconómica.

Pero los últimos veinticinco años han estado marcados por un cambio de rumbo digno de mención. Y es que, de manera paulatina, el país nórdico ha abandonado las tesis socialistas y ha adoptado interesantes reformas liberales. Han sido años de privatizaciones y de liberalizaciones. Y, aunque el gasto sigue siendo elevado, el gobierno permite que los contribuyentes elijan cómo quieren gastar sus impuestos, ofreciendo la posibilidad de elegir proveedores privados en campos como la educación y la sanidad.

Poco a poco, los impuestos han ido bajando. El Impuesto de Sucesiones fue eliminado hace una década. El Impuesto de Sociedades, que llegaba al 60% a finales de los años 80, ha caído progresivamente hasta llegar al 22%. El Impuesto sobre la Renta, que rondaba el 90% en su tipo máximo, se limita hoy al 55%. Sin duda, aún hablamos de niveles muy elevados, pero la evolución es clara y apunta hacia una fiscalidad más baja.

De modo que no, Suecia no es rica por sus impuestos altos, sino que se enriqueció en sus años de impuestos bajos y se empobreció cuando adoptó una fiscalidad excesiva y confiscatoria. De hecho, no sorprende que, ahora que el Reino nórdico ha vuelto a bajar impuestos, sus tasas de crecimiento se coloquen a la cabeza del Norte de Europa, mostrando una notable resistencia ante el impacto de la Gran Recesión.

El ejemplo sueco ha inspirado a sus países vecinos. El caso más paradigmático es el de Dinamarca, que viene de anunciar una ambiciosa agenda de rebajas fiscales, en virtud de la cual se reducirán los impuestos directos año tras año, entre 2018 y 2025. Una apuesta clara por abandonar los errores del pasado y recuperar las altas cotas de libertad que hicieron del Norte de Europa una de las regiones más ricas del mundo.

About the author

Diego Sanchez de la Cruz

Diego Sánchez de la Cruz es analista económico, con más de 1.000 publicaciones (artículos, reportajes y entrevistas) en Libre Mercado y PanAm Post, y es colaborador habitual en programas y tertulias del canal 13 TV, España. También es profesor de IE University y director de Foro Regulación Inteligente. Su nuevo libro, “Por qué soy liberal”, salió a la venta en febrero de 2017 y ya va por su segunda edición.

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