«Creer que arrebatando dinero al productivo vas a resolver los problemas del improductivo. Esa es la madriguera del engaño que mueve tripas, pero no la razón y el conocimiento relevante que está disperso entre la población.«.
Hoy día, en los EE.UU. se está dando un resurgimiento político que clama soluciones por intermedio de la acción o intervención centralista gubernamental. Ello no es nuevo, a principios del siglo pasado se llevó a cabo una batalla intelectual entre quienes favorecían el socialismo y los que abogaban por el capitalismo. Nos cuenta Connor O’Keeffe que el meollo (médula) de la discusión giró en torno al cálculo económico. El asunto era si una gobernanza central de economía planificada era mejor que el orden espontáneo del mercado. Muchos creen, equivocadamente, que el libre mercado es “desordenado” o acaparado por los ricos.
O’Keeffe advierte que el debate no es mayormente ideológico sino populista y yo añado que el asunto está en las realidades subyacentes. La tendencia socialista tiende a emerger no del buen cálculo económico sino del sentir visceral. Veamos lo que es “cálculo económico:
“es el proceso mediante el cual los agentes económicos (personas, empresas o planificadores) evalúan y comparan los costes y beneficios de diferentes alternativas para asignar recursos escasos de la forma más eficiente posible.”
¿Pero, cuántas personas manejan sus ingresos y gastos calculadamente? Jamás olvido a un maestro de obra o manitas que un día me dijo:
“Yo he ganado mucho dinero en mi vida; pero, me lo metía en los bolsillos del pantalón y, al tiempo, metía la mano y no había nada.”
Lastimosamente, no son muchas las personas que economizan o ahorran o son frugales en el gasto; lo cual es más pernicioso cuando esas personas no son buenas produciendo cosas que otros valoran y desean comprar. Lo esencial es saber “administrar la casa” y, no sólo la casa dónde vivimos sino la ciudad y el país en el cual vivimos.
Pero, la dura realidad es que quienes calculan sus gastos, ahorran y son productivos, pueden lograr buenos ingresos; mientras los que no economizan, tienden a ser pobres, a menos que… sean buenos robando; es decir, viviendo a costillas del productivo. Pero robar tampoco es cosa sencilla. Hay buenos y malos ladrones, como también hay actividades que se prestan para robar; tal como ser gobernante; y por allí andan los arrieros.
El rico eficaz y económico muy poco busca ser gobernante, a menos que… ¡Síii!; sean pésimos empresarios y buenos ladrones, que conectándose con “empresarios ladrones” logran, como los mejores osos del norte, los puestos claves del río para pescar salmones.
El gobierno es necesario, igual que la quimioterapia. Necesitamos gobierno y gobernantes, no para manejar el taxi, cocinar o volar el avión, sino para salvarnos de los ladrones. ¿Pero qué hacer cuando los ladrones son los encargados de atajar ladrones?
Bien lo decía Fréderic Bastiat:
“el gobierno es la gran ficción a través de la cual todos buscan vivir a costillas de los demás”.
Es creer que arrebatando dinero al productivo vas a resolver los problemas del improductivo. Esa es la madriguera del engaño que mueve tripas, pero no la razón y el conocimiento relevante que está disperso entre la población; de manera que sólo mediante un sistema de precios libres funciona la economía.
Más allá, alejado de la libertad de sano capitalismo, están las feas coyundas entre autoridades y corruptos empresarios que no sólo usan las escuelas y universidades estatales para adoctrinar y educar en el arte de protestas callejeras que se prestan para un servilismo político.
En tal realidad muchos ciudadanos disparan su enojo a dónde no es; al capitalismo, al rico y tal. Y lo más curioso es proponer al socialismo o hasta el comunismo como solución. Absurdo pensar que la mejor manera de gobernar es dando las llaves del gallinero a los zorros come gallinas.
Marco Rubio ha vuelto a señalar algo incómodo: en el corazón del “desenfreno socialista” que se observa en Estados Unidos, Inglaterra y otros países late un viejo vicio humano: la envidia. No la envidia sana que motiva a superarse, sino la que resiente el bien ajeno y busca nivelar por abajo usando el poder del Estado. Rubio, con su herencia familiar cubana, sabe de qué habla. El socialismo promete seguridad a cambio de libertades; cuando no cumple, las libertades no regresan.
Las Escrituras lo advirtieron hace milenios. El décimo mandamiento —“No codiciarás”— no es un detalle moralista. Es una protección contra la destrucción social. Proverbios dice que “la envidia es podredumbre de los huesos”. Santiago advierte que de los deseos malos nacen pleitos y guerras. Cuando la envidia se politiza, deja de ser un pecado personal y se convierte en motor de políticas que prometen equidad, pero entregan control y resentimiento.
No es caridad bíblica (voluntaria, cercana, responsable), sino coerción que viola “no robarás” y el principio de mayordomía responsable que Jesús ilustra en las parábolas de los talentos.
En Panamá, y en muchos lugares “allende”, repetimos el mismo error de diagnóstico. Los medios y la conversación pública se detienen en lo anecdótico: el accidente de tránsito, el escándalo del día, la protesta del momento. Son síntomas visibles, indignantes, pero superficiales. Casi nunca bajamos a la fosa para examinar la etiología de nuestras patologías sociales.
¿Qué hay en el fondo? Un estatismo castrante que no merece el nombre de gobierno ni de gobernanza. Panamá tiene una ventaja geográfica envidiable y recursos que podrían generar prosperidad amplia. Sin embargo, el modelo “transitista” concentra riqueza en el enclave del Canal y servicios financieros, mientras el interior queda raquítico: desigualdad alta, educación deficiente, instituciones débiles, corrupción sistémica y una cultura de dependencia del Estado.
El resultado es un Estado que promete resolverlo todo y termina ahogando iniciativa, fomentando clientelismo y erosionando responsabilidad personal y familiar. Este patrón no es exclusivo de Panamá. En Occidente vemos cómo el expansionismo estatal, justificado en nombre de la “equidad” y la seguridad, crece a costa de la libertad y la virtud. Se premia el resentimiento disfrazado de justicia social y se debilita el tejido moral que sostiene las sociedades: trabajo diligente, honestidad, familia estable y generosidad voluntaria. La historia muestra que los sistemas que alimentan la envidia terminan en estancamiento y pérdida de libertades. Venezuela es el ejemplo trágico más cercano.
El problema de fondo es cultural y antropológico. El ser humano no es un ser perfecto que solo necesita más redistribución. Es un ser con dignidad, pero herido por el egoísmo y la envidia. Las mejores instituciones son las que limitan el poder mal dirigido, protegen la propiedad legítima y fomentan la responsabilidad. Las que pretenden redimir al hombre desde arriba suelen terminar oprimiéndolo.
Es hora de dejar los diagnósticos superficiales. Necesitamos mirar la fosa: ¿qué tipo de cultura estamos cultivando? ¿Una que valora el esfuerzo y la excelencia, o una que resiente el éxito ajeno y busca al Estado como salvador? La respuesta a esa pregunta definirá si avanzamos hacia la prosperidad compartida o seguimos girando en el mismo círculo de quejas y promesas incumplidas.
La renovación empieza por reconocer la raíz. Como dice la sabiduría antigua: “Guarda tu corazón, porque de él mana la vida”.
Supongo que quien se arrima a la ideología socialista, prima hermana del comunismo, está desencantado con aquello que llaman «capitalismo», que no es sino «capitalismo de compinches»; llamémosle «capinchismo». Pero ¿por qué, en vez de mudarse del capinchismo a «el socialismo», no optan por mudarse hacia el verdadero capitalismo, único sistema que ha demostrado capacidad de producir riqueza social, y ello solo con arrimarse a los ideales del verdadero capitalismo, ese que, mal que bien, consagra nuestra Constitución panameña en su Preámbulo? Lo que no tiene buen sentido es irse del capinchismo al socialismo, ideología que diluye la libertad como el agua diluye la sopa.
En estos días escuchaba una discusión en Fox News en la cual una socialista (demócrata) decía que Trump quería desmantelar la red del asistencialismo estadounidense con su política de «drenar la ciénaga». La contraparte republicana le ripostó algo como: qué fácil es voltear la realidad patas arriba, creer que delegar al gran gobierno la solución de las iniquidades hace sentido, que los programas de redistribución a través de diputados —y el gobierno como garante de última instancia en el financiamiento inmobiliario, la justicia, la salud, la educación y mucho más— fuesen sanos.
El meollo del asunto es que muchos simplemente ignoran las realidades del socialismo; o peor, su resentimiento es tan irracional que no les importa. ¿Cuál es la esencia del comunismo? Creer que desmantelando los derechos de propiedad se puede acceder a la justicia, a una sana cultura, a la ciencia, a la creatividad, a la repartición de riquezas y acabar con la tiranía. Curioso camino para lograr esas cosas, particularmente cuando para ello se requiere ese instrumento llamado «Estado/gobierno/rey», que viene casado con politicastros y toda la gama de alimañas gubernamentales. Y ojo, que no hablo del auténtico político, tan raro como el hombre de las nieves, dado que el medio está prostituido y resulta difícil ser impoluto dentro del sistema. Las dos veces que llegué a dirigir una entidad gubernamental solo duré un año, y creo que fue porque detuve aquello que no se debe detener.
Leer la historia de los experimentos comunistas es como leer la antología del mismo Infierno, y ni siquiera me tomo la molestia de citar obras. Es rarísimo escuchar loas a Stalin, Mao, Kim Jong-un, Ho Chi Minh, Pol Pot, Castro, Chávez, Maduro, Ortega y demás, cuyas historias yacen en los cementerios de millones de inocentes asesinados bajo sus tiránicos regímenes. Ya nadie se acuerda de los muertos ni de los sufrimientos que tuvieron que soportar antes de ser arrojados como animales en infernales trincheras.
Y hoy vemos un organismo que llaman Naciones Unidas, que agrupa mucha más desunión que unión: un organismo que a diario condena a Israel, cuando rarísima vez señala a países de líderes como los ya mencionados. Dejemos que los muertos sepulten a los vivos: ¡extraordinaria incongruencia! Los muertos yacen a nuestros pies y aún somos incapaces de escuchar sus lamentos. ¿Cómo podemos decir que somos morales y hacernos ciegos ante semejantes atrocidades?
A tal grado hemos torcido la realidad que ya condenamos la libertad y exaltamos su defunción en manos de un socialismo que es la antesala de vuelta al comunismo. A personajes como Bernie Sanders, quien se acercó a la presidencia de los EE. UU., se le ha escuchado decir cosas como: «No creo que sea importante que discutamos acerca de la ideología socialista.» Habría que preguntarles a los aproximadamente cien millones de víctimas que claman desde sus lúgubres entierros si piensan lo mismo.
¿Cómo explicar la magia de gobernantes venezolanos que convierten al país más rico de América Latina en el más pobre y, no contentos con ello, lo celebran? Venezuela sufría para el momento en que escribí originalmente este artículo, una inflación de 9.000% (cifra que, para el cierre de 2018, terminaría superando el 130.000% según el Banco Central, y el millón por ciento según el FMI)., pero los pobres que lo padecían no lo entendían. Dudo que lo entendiera Maduro.
Pongamos atención a personas como Lawrence I. McQuillan, quien nos advierte: «Un gobierno lo suficientemente poderoso para darte todo lo que quieres es lo suficientemente poderoso para quitarte todo lo que tienes.»
PS: este artículo fue originalmente escrito en 2018. Como apreciará el lector, poco ha cambiado desde entonces.
Todo gobierno obeso, sea de izquierda o derecha, deja de ser capitalismo; que es lo que ocurre en nuestra querida Panamá. El socialismo es perverso esté donde esté. También podemos llamarle Socialismo de Compinches , porque el problema con hablar de “capitalismo de compinches” es que no tiene sentido ya que si es de “compinches” entonces deja de ser capitalismo dado que, de una forma u otra, se trata de rechazo de lo que realmente es el mercado. En otras palabras, si mezclas al capitalismo con el socialismo, deja de ser capitalismo ya que no hay tal cosa como un capitalismo con aderezo de socialismo ya que sería análogo a una mujer levemente embarazada.
Yuri, que es profesor de economía en la universidad en Carthage en Wisconsin, trabajó en el gobierno soviético en un puesto de investigación y se escabulló de la Unión Soviética en 1989; habiendo participado en la comisión del presidente Gorbachev en su programa de reforma conocida como perestroika.
En la universidad de Carthage Yuri dejó de asistir a las reuniones de docentes porque como dice Yuri, “eran tan molestas como los parquímetros”. En ello, el presidente de la universidad le pidió que, por favor, asistiese a las reuniones docentes pues el futuro de la civilización del oeste estaba en juego. Y es que en la actualidad en los EE.UU., y particularmente el partido que osa llamarse “demócrata” ha dado un giro brusco y terrorífico hacia el comunismo; y al decir esto me salté el vocablo “socialismo” por la razón que ya señalé: «que no hay tal cosa como mujeres medio embarazadas» a lo cual añado que, en carreteras de dos vías en sentido contrario uno no debe conducir en el medio de los dos carriles.
Hoy día gran parte de los medios informativos auspiciados por la naciente tendencia comunista gringa, tienen gran dominio; en el cual han llegado al extremo de vilipendiar al nacimiento de la democracia estadounidense, alegando que no fue virtuoso sino perverso. Y Yuri llega a comentar que parecido a los medios “informativos”, los cuales parecen más programas de comediantes, lo mismo está ocurriendo en los EE.UU.
Y un parte de la explicación de la realidad que está contribuyendo o facilitando el deslizamiento gringo a la izquierda, camino al comunismo, es la misma mentalidad que dio alumbramiento o, diría ya, oscurecimiento, a la ideología del “centro de la carretera” o comunismo leve o, o como originalmente acuñaron la frase los cómicos mejicanos Los Polivoces en la década de 1970: “ni con la izquierda ni la derecha sino todo lo contrario”. Y es que tomar semejante posición no conduce a un pueblo a buen destino.
Decir que el “socialismo” o la pendiente resbalosa hacia el comunismo no es resbalosa y conduce al comunismo es tontería; tal como ocurre con tantos drogadictos. Hoy día son muchos despistados que dicen algo como: “tranquilo, prueba esta pastillita que te pondrá feliz y no es tan mala como dicen.” Y, sostengo yo, que lo que señalo nace con el rechazo a lo que llamamos “capitalismo o extrema derecha”; ya que son muchos los que no ven ni entienden que en tantos sitios, tal como en Panamá, lo que padecemos no es de capitalismo sino de socialismo de compinches. Es un rechazo a algo muy perverso. ¡Sí!, estoy de acuerdo, pero es desconocer la el origen de la patología.
En fin, y como bien dice Yuri que tantos cacarean por allí: “Y sé que te disgusta la putrefacción gubernamental de derecha que tenemos, y lo que te propongo es: ¿Por qué no probar el socialismo…” tal vez no sea tan malo.
Colombia amaneció este lunes con dos nombres tatuados en su destino inmediato: Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda. Los resultados de la primera vuelta del 31 de mayo de 2026 no solo definen quiénes disputarán la presidencia el 21 de junio; trazan una frontera profunda entre dos visiones de Estado que difícilmente podrían ser más antagónicas. Con una abstención históricamente baja para una primera vuelta y más de 20 millones de votos emitidos, Colombia habló alto y con una claridad inquietante: el centro no existe.
Lo que ocurrió ayer no fue únicamente una elección. Fue la certificación de que la polarización que Gustavo Petro instaló en el imaginario político colombiano ha dado a luz a su propio espejo: una ultraderecha populista que adopta el mismo lenguaje emocional, la misma retórica de salvación nacional y el mismo desprecio por los matices que caracteriza a los extremismos bien conocidos en la región. El uribismo tradicional fue desplazado. Paloma Valencia, con apenas un 7%, representa el cadáver político de la derecha moderada. El futuro se dirimirá entre dos proyectos que, desde una perspectiva liberal clásica, generan inquietudes legítimas aunque de naturaleza muy distinta.
«La primera vuelta ha confirmado que Colombia no tiene un candidato de centro viable para el balotaje. Es la primera vez en la historia reciente del país que los dos extremos del espectro se enfrentarán solos.»— Análisis de Mundiario, 1 de junio de 2026
I. Abelardo de la Espriella: el outsider que sorprendió
Abogado penalista nacido en Montería, conocido por defender a figuras públicas y empresarios en procesos judiciales complejos, De la Espriella construyó su candidatura sobre el movimiento Defensores de la Patria desde finales de 2025. Su ascenso fue meteórico y su victoria en primera vuelta, con más de diez millones de votos, es políticamente significativa: logró penetrar en feudos de la Costa Caribe donde el Pacto Histórico esperaba dominar. Su fórmula vicepresidencial, el exministro de Hacienda José Manuel Restrepo, aporta credencial técnica a una campaña que en lo demás ha apostado por la confrontación visceral.
Su programa, bautizado como «El Milagro de los Nunca», propone una reducción del Estado en un 40% en cuatro años, un ajuste fiscal de 70 billones de pesos, rebajas tributarias para estimular la inversión privada, y un crecimiento anual del 7% «al estilo de Corea del Sur». En materia de seguridad, promete construir diez megacárceles privadas en la selva siguiendo el modelo del presidente Bukele de El Salvador, retomar la fumigación aérea con glifosato de 330.000 hectáreas de cultivos ilícitos, y recuperar en noventa días el control de zonas dominadas por grupos armados bajo lo que denomina una «Pax Romana».
Desde una óptica liberal minarquista, la propuesta económica de De la Espriella tiene un atractivo superficial: reducir el Estado, bajar impuestos, liberar el mercado. Sin embargo, es necesario distinguir con precisión entre liberalismo y populismo de derecha. El primero confía en las instituciones, el Estado de derecho y los límites del poder ejecutivo. El segundo utiliza el lenguaje del mercado libre como legitimación retórica mientras concentra poder discrecional en el ejecutivo, debilita los contrapesos judiciales y moviliza emocionalmente a las masas contra un enemigo interno.
Advertencia — Radicalización institucional
La promesa de suspender los efectos de la JEP por decreto presidencial, la referencia al «estado de excepción» como instrumento de gobierno y el modelo Bukele de detención masiva sin garantías procesales son incompatibles con el liberalismo clásico. Un Estado mínimo que tortura o encarcela sin juicio no es minarquista: es autoritario. La diferencia no es cosmética; es constitutiva. Colombia ha pagado un precio histórico enorme por la concentración de poder ejecutivo. De la Espriella, pese a su retórica pro-mercado, no ofrece garantías institucionales convincentes.
II. Iván Cepeda: la continuidad con otro rostro
Senador del Pacto Histórico, hijo de un senador asesinado por el paramilitarismo, exiliado, estudioso del derecho internacional humanitario, Cepeda representa la continuidad ideológica del proyecto Petro con mejores modales institucionales. Su programa, «El poder de la verdad», tiene 433 páginas y habla de cuatro «revoluciones»: agraria, social, ética y política. Propone redistribución masiva de tierras, 30.000 kilómetros de vías terciarias, ampliación del programa Colombia Mayor de tres a cinco millones de beneficiarios, la creación de un Banco del Pueblo para erradicar la pobreza monetaria y una transición energética que abandone la dependencia del petróleo.
Cepeda no es Petro, aunque lo prolonga. Es más disciplinado intelectualmente, menos dado a los estallidos autoritarios y más respetuoso de las formas democráticas. Sin embargo, su programa se lee, como han observado analistas de Cambio Colombia, «más como un manifiesto político que como un plan técnico de gobierno». La sostenibilidad fiscal de propuestas como ampliar Colombia Mayor, financiar créditos agrarios al 2% y crear múltiples fondos estatales nuevos depende de una reforma tributaria que el Congreso colombiano ha demostrado históricamente ser incapaz de aprobar en sus versiones más ambiciosas.
«El bloque social de Cepeda es real: campesinos, indígenas, afrodescendientes, sindicatos y jóvenes. Pero gobernar para ese bloque sin dañar el tejido productivo requiere una destreza fiscal que su programa aún no demuestra con claridad.»— Análisis comparativo, Razón Pública · Mayo 2026
III. ¿Cuál gobierno puede mejorar Colombia?
Esta pregunta, formulada con honestidad desde una perspectiva liberal minarquista, obliga a reconocer algo incómodo: ninguno de los dos finalistas representa un ideal liberal. Ambos proponen un Estado activo y potencialmente intervencionista, aunque en distintas áreas y con distintos riesgos para las libertades civiles.
El caso para una preferencia condicionada por Cepeda
Si la pregunta se reduce a instituciones, Colombia requiere un gobierno que respete el Estado de derecho, la independencia judicial y las libertades de prensa. El historial de Cepeda como defensor de derechos humanos, la ausencia de amenazas al sistema judicial y su menor predisposición al discurso de «estado de excepción» lo hacen preferible desde el ángulo de las garantías institucionales básicas. Un liberal clásico puede oponerse a su programa económico, pero puede al menos confiar en que las cortes seguirán funcionando y los periodistas no serán intimidados sistemáticamente.
El caso para una preferencia condicionada por De la Espriella
Si la pregunta se centra en economía y seguridad fiscal, De la Espriella tiene propuestas en el papel más compatibles con un Estado más pequeño y una economía de mercado. Su fórmula vicepresidencial, Restrepo, es un economista serio. El combate frontal al narcotráfico, si se ejecuta dentro del marco legal, podría reducir una de las principales fuentes de violencia e inestabilidad que impide el desarrollo. Un liberal pragmático podría apostar por su gestión económica mientras espera que las instituciones contengan sus instintos más autoritarios.
IV. El fracaso del centro y la lección que nadie aprende
Sergio Fajardo, ex alcalde de Medellín y candidato del centro ilustrado, fue eliminado. Paloma Valencia, con propuestas moderadas de centroderecha, quedó en un distante tercer lugar. El mapa electoral colombiano de 2026 confirma lo que ya insinuaba 2022: la polarización no es un accidente sino una estrategia rentable. Tanto el petrismo como su contraparte de ultraderecha se benefician de un electorado que vota por miedo al otro, no por amor a su candidato.
Para quienes creen en el liberalismo clásico —en la limitación del poder, en los derechos individuales, en el mercado libre dentro de un Estado de derecho robusto— Colombia ofrece hoy un menú de opciones profundamente insatisfactorio. Lo que resta antes del 21 de junio es observar con atención si alguno de los dos finalistas es capaz de moderar su discurso, construir coaliciones hacia el centro y ofrecer garantías institucionales suficientes para gobernar un país que no puede permitirse más experimentos ideológicos de alta temperatura.
V. Implicaciones para Panamá
Para la República de Panamá, las elecciones colombianas tienen consecuencias directas y concretas. El Tapón del Darién, el narcotráfico transnacional, los acuerdos de cooperación bilateral y la política exterior regional son áreas donde el próximo gobierno colombiano tendrá un impacto inmediato en los intereses panameños.
Con De la Espriella — Oportunidades
Mayor cooperación militar en el Darién: la estrategia «Pax Romana» implica presión sobre el Clan del Golfo, principal controlador del tráfico migratorio
Alineación ideológica con el gobierno de Mulino: coincidencia en política de mano dura migratoria y antinarcóticos
Probable acercamiento a Washington: relaciones más fluidas con EE.UU. facilitarían el trilateral Panamá-Colombia-EE.UU. para control del Darién
Reducción potencial del flujo migratorio si la fumigación y el combate al Clan del Golfo reducen las rentas criminales
Con De la Espriella — Amenazas
Riesgo de «balcanización» del combate: operaciones de fuerza bruta sin coordinación pueden desplazar flujos migratorios sin eliminarlos
Si usa decreto presidencial para suspender la JEP, podría tensionar acuerdos de paz que mantienen ciertos corredores controlados
Su estilo confrontacional puede generar inestabilidad interna en Colombia con efectos regionales
Fumigación aérea masiva puede afectar ecosistemas transfronterizos del Darién
Con Cepeda — Oportunidades
Continuidad del proceso de paz puede reducir zonas de conflicto armado en áreas limítrofes
Política exterior más activa en foros multilaterales: mayor coordinación regional en gestión migratoria
Enfoque en desarrollo rural colombiano podría reducir causas profundas de emigración
Relaciones diplomáticas más estables con Venezuela podrían facilitar la gestión regional de flujos migratorios
Con Cepeda — Amenazas
Continuación de la «Paz Total» implica negociación con el Clan del Golfo, que mantiene control del Darién como fuente de renta
Posible distanciamiento de Washington en materia de seguridad, debilitando la cooperación trilateral
Si la economía colombiana deteriora, aumenta la presión migratoria interna hacia el norte
Tensión con el gobierno Mulino si Cepeda adopta posiciones más cercanas a Venezuela o Nicaragua
En términos estructurales, el principal interés de Panamá es que Colombia tenga un gobierno capaz de ejercer soberanía efectiva sobre el Darién y de cooperar con seriedad en el combate al Clan del Golfo. Por este criterio específico, un gobierno de De la Espriella ofrece más retórica de acción inmediata; un gobierno de Cepeda ofrece más estabilidad a largo plazo si sus diálogos de paz producen resultados. Ninguno garantiza la solución definitiva de un problema estructural que lleva décadas.
VI. Lo que viene antes del 21 de junio
La campaña de segunda vuelta será probablemente la más tensa que Colombia ha vivido en décadas. Cepeda necesita convencer a los votantes de Fajardo, Valencia y otros candidatos del centro y centroderecha para alcanzar mayoría. De la Espriella parte con ventaja numérica pero enfrenta el desafío de que su voto duro tiene techo conocido y que el voto de miedo puede actuar en su contra tanto como a su favor.
Los colombianos que votaron ayer por candidatos eliminados tienen ahora la palabra más importante. La decisión que tomen en las próximas tres semanas no solo determinará quién gobierna Colombia hasta 2030, sino que enviará una señal sobre si la democracia colombiana es capaz aún de producir gobiernos que respeten las reglas del juego, las libertades fundamentales y la separación de poderes.
Desde esta orilla analítica, la preocupación no es ideológica sino institucional. Colombia merece un gobierno que administre bien el Estado, no que lo use como arma. Que reduzca la violencia sin convertirse en violencia. Que amplíe libertades, no que las suspenda en nombre de la seguridad. Ninguno de los dos finalistas ha demostrado todavía ser ese gobierno. La segunda vuelta es la última oportunidad para convencer.
Nota editorial: Este análisis fue elaborado el 1 de junio de 2026, horas después del cierre del preconteo oficial. Los datos electorales provienen de la Registraduría Nacional del Estado Civil de Colombia. Las evaluaciones programáticas se basan en los planes de gobierno registrados ante el Consejo Nacional Electoral, declaraciones públicas de campaña y análisis de El Tiempo, El Espectador, Semana, La Silla Vacía, Razón Pública, Bloomberg Línea, CNN en Español e Infobae.
Perspectiva declarada: Este análisis adopta una perspectiva liberal minarquista: favorable a la limitación del poder estatal, al Estado de derecho, a las libertades civiles y económicas, y crítica tanto del autoritarismo de derecha como del populismo de izquierda. Esta perspectiva no es neutral; es transparente.
En un chat leí que Dinamarca era un país socialista y le pregunté a la IA, la cual respondió: «En rigor, Dinamarca no es una nación socialista. Funciona como una economía capitalista de libre mercado de gran éxito, respaldada por una enorme red de seguridad social financiada por el Estado. En lugar de socialismo, Dinamarca se clasifica universalmente como una «socialdemocracia» o un ejemplo paradigmático del modelo nórdico».
La dificultad para entender el tema está en la «semántica»; es decir, el estudio sistemático del significado del lenguaje y la lógica, que denota cómo las palabras sugieren o expresan de manera explícita los sentimientos, más allá de las definiciones de los diccionarios y, ni hablar, del uso vulgar de los vocablos. En otras palabras, el secreto del entendimiento humano está en las palabras, en cómo las entendemos y usamos.
Pero la dificultad para comunicarnos bien no solo está en el entendimiento y uso de los términos, sino en nuestros sentimientos, costumbres y otras realidades que nos han moldeado. Por ejemplo, típico es decir que Panamá es una nación democrática, pero… ¿lo es? Busquemos la respuesta comenzando con la definición de «democracia».
En esencia, democracia y libertad van de la mano; no solo en la elección de las autoridades de los gobiernos del Estado, sino en el respeto al albedrío de las personas en su vida y, por tanto, en el mercado y otras actividades propias de cada persona y de la comunidad.
Pero a una sociedad que no distingue entre «democracia» y «estatismo» no le irá nada bien; que es el caso de Panamá, nación inmensamente estatista a partir de su Constitución. Y el estatismo no conjuga con «libertad y albedrío». El meollo del asunto está en la prevención de una interferencia gubernamental estatal en cómo la gente quiere vivir, amar, expresarse y conducir sus actividades económicas.
Y ¡vaya si no es el caso en Panamá!, en donde la Constitución establece que el Estado puede meterse en toda empresa a hacer lo que le venga en gana a los gobernantes de turno. Entre Panamá y Dinamarca no hay ningún parecido, pues en Dinamarca hay mucha más libertad económica no solo que en Panamá, sino que en los EE. UU. y otros países supuestamente democráticos.
El «estatismo» se refiere a la creencia política bajo la cual los gobiernos del Estado mantienen un control centralizado sobre los asuntos económicos de la comunidad y del mercado.
Cualquier parecido con Panamá no es una mera coincidencia: es deliberado y malintencionado, ya que es la estratagema histórica de las élites gobernantes para mantenerse en el Intramuros mientras el pueblo languidece en el Extramuros. En síntesis, poco ha cambiado desde la fundación de la ciudad de Panamá.
El país estatista imprime papel moneda del cual abusa robando a la comunidad vía inflación; impone impuestos —valga la redundancia— para financiar sus excesos; y, ni hablar que, como en Panamá, los gobiernos del Estado los tenemos metidos hasta en el agua de nuestros retretes, y ya ni eso hacen bien.
A diferencia del país estatista, está la idea del país «minarquista»; este último referido a gobiernos que no exceden las funciones propias de una sana gobernanza: de dejar hacer y no de hacerlo todo, como si la población fuese toda de imberbes. Lo que Panamá sí hace bien, ¡gracias a Dios!, es que no imprime papel moneda; pues de hacerlo, quién sabe cómo estaríamos.
En síntesis, en nuestro planeta no existe ningún país con verdadera libertad democrática. Vivimos en un mundo de metiches, lo cual debería ser obvio si nos fijamos en los enredos arancelarios. El secreto del éxito socioeconómico está disperso entre todas las personas, y no enclaustrado en vanos recintos gubernamentales.
Cuando uno pregunta a algún socialista que muestre ejemplos donde esa doctrina estatista haya dado buenos resultados, no faltan quienes mencionan a los países escandinavos. Pero la realidad es que el centralismo, sea a la panameña o a la escandinava, suele ser puro tilín-tilín y nada de paleta. Es cierto que en Escandinavia existe libertad relativa de emprendimiento, pero también ha habido largos períodos de fuerte estatismo, con impuestos confiscatorios y regulaciones desbordadas que afectan los derechos de propiedad. No es muy distinto a lo que en Panamá conocemos como una burocracia de pillaje.
Los resultados de tales políticas se hicieron evidentes en Suecia en la última década del siglo pasado, cuando el país entró en una profunda recesión. La crisis obligó a un giro decisivo hacia políticas de mercado: privatizaciones, reducción del gasto público y reformas que devolvieron dinamismo a la economía. Fue ese cambio, y no el estatismo previo, lo que permitió recuperar el crecimiento y sentar las bases de un desarrollo más sostenido.
Lo notable es que, a partir de entonces, incluso los gobiernos socialdemócratas que sucedieron mantuvieron buena parte de esas reformas promercado. Es decir, la experiencia mostró que, sin un marco de respeto a la iniciativa privada, el bienestar prometido no es sostenible.
Cuando se analiza si un país favorece un emprendimiento robusto y un desarrollo justo, basta observar si los jóvenes talentos encuentran allí futuro o prefieren emigrar. En Escandinavia, como en tantas partes, muchos han buscado oportunidades en otros horizontes, precisamente porque ningún sistema basado en la coerción y la obediencia logra sostener un crecimiento vigoroso. El incentivo genuino —la posibilidad de avanzar gracias al propio esfuerzo, con espacio para el éxito o el fracaso— sigue siendo insustituible.
¿Cómo ahorrar capital y generar riqueza en un sistema que se basa en confiscar para repartir? La experiencia panameña ofrece ejemplos claros: las zonas de menor pobreza no son las que dependen del “parte y reparte”, sino aquellas donde el emprendimiento libre ha podido florecer.
No hay atajos hacia un desarrollo pujante que no pasen por la libre empresa. Los mejores resultados los obtienen quienes más y mejor se esfuerzan, y esos logros se derraman hacia el resto de la comunidad. Basta comparar a COPA con la vieja Air Panamá de la era estatista: mientras la primera prospera en competencia global, la segunda fracasó bajo la tutela del gobierno. En 1990 me tocó analizar la posibilidad de revivirla y mi recomendación fue clara: cerrarla, porque no tenía futuro.
En definitiva, si queremos ver resultados reales, debemos mirar más allá de sentimientos ideológicos. Suecia aprendió a la fuerza que el estatismo no era sostenible, y que solo con un marco de mercado podía garantizar bienestar a largo plazo. Panamá haría bien en tomar nota: mientras sigamos atrapados en las viejas mañas del reparto político, será difícil emprender las correcciones que necesitamos.
Ryan McMaken en el Mises Wire transcribe una citación terrorífica de parte de la Conferencia Socialista 2025 en su panel sobre la familia, y en ello resalta lo siguiente:
“Cómo puede la izquierda relacionarse a la familia? El análisis socialista deja claro que la familia nuclear es una forma inherentemente represiva, racista, e institución hetero-sexista que refuerza de forma funcional y reproduce el capitalismo”.
¡A la gran flauta! Y por los comentarios adicionales que cita McMaken uno puede ver con claridad que los zurdos creen que todas las necesidades de la sociedad pueden lograrse por intermedio del colectivo. Que la familia es lo mismo que una cárcel; y la pregunta que surge en mi al ver esto es ¿cómo llegan tantos a semejantes conclusiones?.
Marx sostenía que la familia era la burguesía, la cual había que destruir para dar paso a la utopía socialista. Y veo que el asunto va por esos laberintos pantanosos cuando tantos se rebelan contra el sexo limitado entre el marido y la esposa; que llaman “sexo acomodaticio”; es decir, que el sexo debía tener una función económica… ¡viva la prostitución! Y es que los zurdos ven al matrimonio como esclavitud sexual represiva… que es violación de la pareja. Inclusive en la conferencia se dijo que…
“La única diferencia entre el matrimonio y la prostitución es el precio y la duración del encuentro.” ¡Meto!
Imagínense un Panamá en el cual le entregamos nuestros hijos al MEDUCA para que los críe desde el destete en adelante a imagen y semejanza de nuestra casta politiquera. Que el amor debe ser con el llamado “Estado” y no con la familia. Lo que pocos en Panamá parecen advertir es que ya, en buena medida, esto funciona así.
Pero la sola existencia de un MEDUCA que se toma el mercado educativo como actividad gubernamental deja bastante clara la creencia totalitarista de que la familia nuclear es un obstáculo al poder estatal. Y quienes piensan así también adversarán la empresa privada por ser una actividad económica elitista.
Lo que debemos tener presente es que la familia es una institución humana que ha estado presente mucho antes a los estados y a sus gobiernos. Y es increíble que los centralistas no vean que si la empresa privada tiende a ser oligárquica, ¿cómo será con el comunismo centralizado y supra oligárquico. Sólo imaginar que es posible amar a los gobiernos del estado es absurdo. Y lo que no soportan los zurdos es la independencia empresarial; que, si ellos se toman la molestia de armar un gobierno central, hay empresas y empresarios que no se dobleguen ante las absurdas ordenanzas gubernamentales.
Y en los señalamientos del párrafo anterior volvemos sobre la realidad poco comprendida, de que la riqueza humana anda dispersa en la muchedumbre; a la cual no hay que arrear como ganado sino dar rienda suelta. Así, cuando pienso en la Cuba de hoy en la cual el pueblo y la familia han quedado reducidas a una horrible dependencia y pobreza, no puedo imaginar como eso supera el capitalismo que ha logrado las sociedades más prósperas del mundo y la historia, con reducciones increíbles de la pobreza. El problema en países como Panamá, que tienen una gran brecha entre ricos y pobres no es síntoma de capitalismo sino de centralismo totalitario y corrupto.
Que digan los socialistas que el matrimonio y la familia es análogo a la esclavitud lo único que deja claro es el grado de distorsión al cual han llegado los comunistas; sean estos al 100% o los socialistas al 50%; siendo estos últimos los que sólo están levemente preñados de la locura.
El grueso de los significados que típicamente hoy publican los diccionarios en Internet, pues los de papel ya se los comieron las polillas, más que nada presentan el uso que se les está dando a las palabras; significados que cada día se han ido distanciando del original o etimológico. Tal situación ha ido dificultando la el entendimiento y la comunicación. Por ejemplo, en Panamá para hablar de chismes usamos la palabra “bochinche”; cuando bochinche y chisme no son lo mismo. Y me perdonan que tenga que dar tantas vueltas para explicar que el verdadero socialismo es el capitalismo; pero si no entendemos el significado de estos términos, pues seguiremos en Babia.
¡Uy!, y ¿qué es eso de Babia? Es una locución adverbial coloquial que significa estar distraído, embobado, ensimismado, abstraído, o despistado; cuyo origen se remonta a la Edad Media, cuando Babia era un sitio de descanso y retiro para los reyes leoneses. Cuando los reyes estaban en Babia, se les decía a quienes acudían a audiencias se les decía: El rey está en Babia. Obvio que estar en babia con los vocablos socialismo y capitalismo sí que nos lleva a grandes errores u horrores en filosofía política y la conducción del país.
Merriam Webster, nos ofrece una variedad de definiciones de “socialismo”. La primer es: “Cualquiera de varias teorías o movimientos sociales y políticos que defienden o sostienen la gobernanza colectiva o, que el gobierno tiene o representa la propiedad y administración de los medios de producción y control de la distribución de los bienes y servicios; tal es en el caso de: el fourierismo, socialismo sindical, marxismo, o el owenismo. ¡Meto!, la cosa se enreda.
La realidad de los sistemas del confisca parte y reparte para quedarse con la mejor parte es que no se puede repartir una riqueza que no se ha creado. O peor ¿qué sentido tiene matar la gallina para comerte los huevos que lleva dentro; en especial cuando era la única gallina que tienes.
Socialismo o ser social es, como dijo Jesús: “amar al prójimo como a ti mismo”. Pero el amor nace en el sagrado vínculo del macho y la hembra; vinculo fecundo y productivo, base de toda convivencia social o de asociación. Tal es el asunto que debíamos ver que el gobierno nace en la familia, en el barrio y tal. Pero en la medida en que se va alejando de ese vínculo primordial se corre el riesgo de perder el enfoque de la verdadera función de gobierno; que es fomentar su base en la familia. En otras, se gobierna de abajo hacia arriba y no al revés.
Por su lado, el capitalismo se refiere a como la familia le puede dar el mejor uso al capital; y, ¡definitivamente!, no es dándole más capital a los gobernantes de lo necesario para que cumplan las funciones que les delegamos para que asistan y no para que nos reemplacen. Pero en Panamá los gobiernos han desplazado buena parte de la actividad de mercado propia del pueblo; violando el auténtico principio de subsidiaridad de ‘no regalar pescado sino de enseñar a pescar’.
Tristemente la pérfida tendencia de los poderosos, es que si les das el dedo se toman todo el cuerpo. ¿Seremos tan torpes y ciegos que no lo vemos en un Chávez, en un Maduro, Biden, Putin, Xi Jinping, Ortega, Castro, Hitler, etc.; todos que por sus “obras” excretas se volvieron los más ricos del país y del mundo?
Simplemente, el capitalismo es el uso de la cápita o cabeza y de los bienes que de ella salen por intermedio de la división del trabajo en un mercado libre. Ese es el verdadero socialismo…
El post scriptum «por qué no soy conservador», extraído de «Los Fundamentos de la Libertad» de 1959 de Friedrich A. Hayek ofrece una profunda reflexión sobre las diferencias entre el conservadurismo y el liberalismo, así como una crítica a la asociación entre los defensores de la libertad y los partidos conservadores.
El autor comienza señalando que, en tiempos en los que la mayoría de los que se autodenominan progresistas abogan por restricciones a la libertad individual, aquellos que realmente aman la libertad a menudo se ven obligados a aliarse con grupos conservadores en busca de oposición. Sin embargo, advierte sobre los peligros de esta asociación, ya que el conservador carece de un objetivo propio y tiende a ser arrastrado hacia posiciones más radicales.
El conservadurismo, según el autor, se basa en una oposición legítima al cambio brusco, mientras que el liberalismo, contrario al conservadurismo hasta el auge del socialismo, se centra en la defensa de la libertad individual. En los Estados Unidos, el liberalismo ha sido la base de la vida política, a diferencia de Europa donde el conservadurismo ha desempeñado un papel importante.
El autor señala que la posición conservadora depende de las tendencias predominantes, y que los conservadores tienden a adoptar ideas socialistas a medida que estas se vuelven populares. Por otro lado, los liberales tienen objetivos específicos y están constantemente buscando mejorar la sociedad.
Una de las principales diferencias entre liberales y conservadores es su actitud hacia el cambio. Mientras que el conservador teme la mutación y se aferra a lo establecido, los liberales abrazan la transformación y la evolución. Los conservadores tienden a confiar en la autoridad para mantener el orden, mientras que los liberales confían en las fuerzas espontáneas del mercado y la libre evolución.
El autor critica la falta de principios políticos de los conservadores, quienes tienden a confiar en la autoridad y no comprenden las fuerzas que regulan el mercado. Mientras los conservadores tienden a proteger las posiciones privilegiadas, los liberales abogan por igualdad de oportunidades y la eliminación de privilegios. El autor critica la inconsistencia de los conservadores en materia económica, quienes rechazan el dirigismo en la industria pero son proteccionistas en el sector agrario. Señala que muchos políticos conservadores han contribuido al desacreditamiento de la libre empresa.
En cuanto a la democracia, el autor defiende sus ventajas, aunque reconoce que el problema radica en el poder ilimitado del gobierno, ya sea democrático o no. Los liberales abogan por limitar el poder estatal, independientemente de quién esté en el poder.
Una de las principales razones por las que Hayek se distancia del conservadurismo es su oposición a todo nuevo conocimiento y su tendencia al nacionalismo patriotero. Mientras los conservadores suelen resistirse a lo internacional y abogan por el nacionalismo, los liberales reconocen la importancia de las ideas transnacionales y se muestran más abiertos a la cooperación internacional.
Hayek reflexiona sobre la dificultad de encontrar un nombre adecuado para el partido de la libertad, considerando la historia y las asociaciones actuales del término «liberalismo». Reconoce que el uso del término liberalismo puede generar confusión y propone el término «libertario» como una posible alternativa, aunque personalmente lo encuentra poco atractivo. Destaca la necesidad de encontrar una expresión que refleje el amor del liberal por lo vivo y lo natural, así como su apoyo al desarrollo libre y espontáneo.
Finalmente, Hayek argumenta que los verdaderos investigadores políticos no pueden ser conservadores debido a la falta de orientación hacia el futuro en la filosofía conservadora. Mientras que el conservadurismo puede ser útil en la práctica, carece de principios generales que guíen hacia el progreso y la libertad. Por lo tanto, Hayek se identifica más con la tradición del «viejo whig», que defendía la libertad individual y la separación de poderes, y aboga por una clara separación entre los modos de pensar conservador y liberal.
En resumen, Hayek nos ofrece el siguiente mapa conceptual:
Diferencias entre Conservadurismo y Liberalismo:
Actitud hacia el cambio: Hayek señala que el conservadurismo tiende a oponerse al cambio abrupto y drástico, mientras que el liberalismo abraza la transformación y la evolución, siempre y cuando se dirija hacia una dirección deseable.
Enfoque hacia el progreso: Mientras que el conservador tiende a reaccionar ante el progreso y a mantener el statu quo, el liberal busca constantemente mejorar la situación presente y eliminar obstáculos para el desarrollo libre y espontáneo.
Confianza en las fuerzas del mercado: Hayek destaca la confianza del liberalismo en las fuerzas autorreguladoras del mercado, en contraste con la tendencia conservadora a favorecer la intervención estatal para mantener el orden y la estabilidad económica.
Relación Triangular de los Partidos
En esta sección, Hayek propone una visión triangular de la política, donde los conservadores ocupan un vértice, mientras que los socialistas y los liberales ocupan los otros dos. Destaca cómo los conservadores, a lo largo del tiempo, han tendido a asimilar ideas socialistas y han adoptado una postura oportunista en respuesta a las tendencias políticas predominantes.
Relaciones entre Conservadores, Socialistas y Liberales:
Adopción de ideas: Hayek argumenta que los conservadores han tendido a absorber ideas socialistas en lugar de mantener una postura independiente, lo que los lleva a desplazarse hacia el socialismo y alejarse del liberalismo.
Oportunismo político: Los conservadores, según Hayek, son propensos a adoptar una posición oportunista, buscando aliarse con el partido político dominante en lugar de mantener una postura firme basada en principios.
Conclusiones: El texto de Hayek ofrece una crítica detallada del conservadurismo tradicional y destaca las diferencias fundamentales entre conservadurismo y liberalismo en relación con el cambio, el progreso y el papel del Estado en la economía. Además, sugiere que la alianza entre conservadores y defensores de la libertad puede ser problemática debido a la falta de un objetivo común y a la tendencia conservadora hacia el oportunismo político. Esta reflexión proporciona una base sólida para examinar las diferencias entre conservadurismo y liberalismo, así como para considerar la posición del partido de la libertad en el panorama político contemporáneo.