Categoría: Opinión

  • Celebremos la Resurrección

    Una estimada amistad, Richard Rahn, presidente de “Institute for Global Economic Growth”, economista y escritor más que prolijo, quien nos acompañó en Panamá en 1917 en ocasión del foro Pathways, en artículo del Washington Times, nos recuerda de que estamos en época de esperanza, de renovación en la resurrección. Es así ya que la humanidad no aprende y avanza sino a través de las tormentas de locura y corrupción que ponen en evidencia el mal camino y nos ayudan a retomar el bienandar.

    Es muy cierto que vivimos tiempos de líderes incompetentes, de tranques y baches en las calles. Pero, más que nada, de contratiempos económicos a causa de políticas económicas alocadas o, mejor dicho, completamente corruptas en malgasto. Nos endeudamos para sostener al gobierno desmedido cuyo principal objetivo apunta a perpetrarse en la papa. ¡Qué ingenuidad!, cuando lo que hacen les traerá todo lo contrario.

    La realidad es que vivimos tiempos de cambio y adaptación. Tiempos en los cuales se dará avances en la medicina, a punto que lograremos vencer a la mayoría de las enfermedades y prolongar nuestras vidas. Avances que, con el tiempo, reducirán los costos de vida de forma inimaginable.

    Y, a todo ello, nos daremos cuenta de la forma torcida en que muchos intentan torcer realidades; tal como la del cambio climático, que pintan como un fenómeno nuevo y destructivo, cuando la naturaleza del mismo Universo es una de cambio. Cuando se acaben los cambios se acaba el Universo. Pero, el mayor de los peligros y maldades que nos asedian están en la locura de tantos que adversan los verdaderos derechos humanos de libertad y autodeterminación; sin los cuales la humanidad no puede acceder a su destino de un mañana en el cual podremos mover montañas.

    Ya la ciencia asoma a la energía de fusión, limpia, segura, ilimitada y económica. Y tal como lo advierte Rahn, “ló único que hace falta es que la clase política comience a actuar como adultos y nos den el permiso…” permiso de administrar nuestras vidas y nuestro futuro. Rahn también nos habla del desastre de nuestros sistemas que osamos llamar “educativos”. De lo triste que es mantener a toda una juventud sumida en mazmorras como las del MEDUCA.

    También por el lado oscuro de la Fuerza vemos el movimiento “woke”, que traduce a “estar al tanto y activamente atento a las realidades sociales, en particular a las del racismo.” Suena medio bonito pero debajo de todo ello subyacen los efectos que nos trae la mala educación, la politiquería de arrabal y entro otras más, la Babel idiomática en la cual pretenden cambiar la forma en que hablamos y pensamos; es decir, asignar nuevos sentidos a las palabras, con lo cual llegaremos a tal punto que unos y otros no podremos comunicarnos.

    La realidad es que la verdadera prosperidad no nos llegará por la vía de los partidos políticos tradicionales y corroídos; sino, a través de mercados desembarazados que permitan que sean los ciudadanos los que marquen el compás de su andar. De ciudadanos cuya única esperanza de vida no sea la de un jamón en Navidad.

    En fin, y vuelvo a citar a Rahn: “La buena nueva es que la locura del momento pasará, tal como ha ocurrido siempre.” Debemos estar atentos a las nuevas oportunidades que se presentan y van en aumento. Oportunidades de dejarles un mundo mejor a nuestros hijos. Un mundo cuyo objetivo será viajar a nuevos puertos; de manera que una vez más tomemos conciencia de que el mundo no es plano… el mundo no tiene límites.

  • Del adoctrinamiento a la educación

    Escribí y publiqué un libro intitulado “Educación ¿estatal o particular?” y con el pasar del tiempo cada día veo que los caminos chuecos son difíciles de enderezar; y, cada vez me recuerdan el poema que nos legó nuestro padre, Irving H. Bennett, del autor Sam Walter Foss, intitulado El Sendero de la Vaca, el cual traduje al castellano y publiqué con algunos comentarios y que voy a volver a publicarlo a la par de este escrito de hoy sobre el sendero del adoctrinamiento educativo que destruye a nuestra sociedad.

    El periodista y académico israelí Eliezer Ben-Yehuda, quien arribó a Jerusalén en 1881 y dedicó su vida a crear 17 volúmenes de un diccionario hebrero, nos legó un vital mensaje acerca de la importancia del idioma en la educación y la cultura. Hoy, que veo con inmensa tristeza un Panamá en el cual los graduados de secundaria no saben leer ni escribir, recaigo sobre las razones de algo tan absurdamente brutal que es la educación centralizada en gobiernos corruptos hasta sus médulas.

    En el artículo de Paula Jacobs que me motivó a una vez más abordar el tema de la educación, mayormente enfocado a través del idioma, Jacobs destaca el que la juventud israelí de hoy, apenas un 13% entiende las palabras del alfabeto hebreo. ¿Qué porcentaje en Panamá entiende las palabras del castellano?: cuando en nuestro país llamamos “invierno” al verano e “verano al invierno”; y, peor aún, nos enseñan que sólo tenemos 2 estaciones, con lo cual nos roban las primaveras y los otoños.

    Pero, mucho más allá de las aulas del NODUCA panameño, vemos la triste situación de los diccionarios de nuestro idioma. La RAE, por ejemplo, dedica 78 palabras para dar significado al vocablo “etimología”, mientras que el Merriam-Webster le dedica 329 palabras y 3 artículos que abordan el término. Y… hoy que toda Latinoamérica se está mudando a los EE.UU. ¿qué será de nuestro idioma? Y mucho peor, de nuestra capacidad de comunicarnos y entendernos.

    Luego, en un artículo de Paula Jacobs, nos cuenta el caso de Elana Simon casada don esposo judío y con un padre afrodescendiente, que viviendo en Brooklyn no logra encontrar una escuela que llene los cometidos de la familia. Buscaban un ambiente inclusivo, que no sólo abordara la oración sino la comunicación. Entender lo que leen o las palabras que escuchan en canciones. Finalmente encontraron una escuela en la cual las maestras lograban enseñar de manera entretenida, que es el secreto de la educación; es decir, la emoción.

    También cuenta Jacobs que en las escuelas públicas en los EE.UU. está prohibido preguntar a los alumnos acerca de su religión. Nooo, eso es tabú. Y, por otro lado, está la gran importancia de dominar dos o más idiomas dado lo que ello abona en un sentido cognitivo junto con beneficios sociales; lo cual me consta, dado que fui bilingüe desde mi infancia. ¡Ha sí!, y antes que se me pase, por muchos años me dediqué a la docencia, habiendo fundado dos escuelas, una privada y otra gubernamental conjuntamente con el PNUD y la OACI.

    Y reiterando el tema del lenguaje, de entender las palabras desde su origen; ninguna sociedad puede avanzar sanamente si no logran la capacidad de comunicación y entendimiento que ello lleva implícito.

    En fin, nuestro inmenso error fue haber delegado la educación de nuestros hijos al centralismo; a esa desorganización gubernamental corroída totalmente e incapaz de cumplir con semejante encargo. La solución es simple… descentralizar, por no usar el odiado vocablo de “privatizar”. Dicho simple: en el NODUCA no existe la riqueza de la desigualdad; y, si no entiendes eso, olvida lo que acabas de leer.

  • El Sendero de la Vaca

    Seguramente habremos escuchado decir que quien no conoce la historia, está condenado a repetirla; lo cual no sería malo si es que repitiésemos lo bueno. Pero, tristemente, pareciera más común repetir lo malo. En el caso que hoy me ocupa, les quiero recontar algo de la historia y sabiduría del bibliotecario y poeta Sam Walter Foss que nos acompañó en este mundo entre los años 1858 y 1911. Una de sus obras fue la del Sendero de la Vaca, la cual, por alguna razón, me trae a mente lo que vivimos hoy día con la pseudo educación gubernamental en nuestro país; que bien podría referirse a otras cosas gubernamentales más.

    El poema de Foss me vino a través de mi padre. Todavía guardo el recuerdo de mi juventud, en un mundo lejano y disperso por las ventiscas del tiempo, de haberle escuchado el cuento del Sendero de la Vaca. Habrá sido en su oficina o quizá en algún cuarto de la vieja casa empedrada, en la cual crecí; ya no recuerdo. Ahora hace muchos años que mi padre también es una memoria que tiene muchas formas de hacerse presente. Así fue, cuando años más tarde, trabajando en el Ministerio de Gobierno, pude apreciar el alcance de aquel cuento. ¡Con qué facilidad lo burocrático se arraiga como camino santificado!, aunque sus fieles seguidores no tengan la menor idea del origen y razón de semejante proceder. Prácticamente podía escuchar la risa pícara de mi padre, cuando me entregaba alguna prenda recogida en el camino de su vida. Bien conocía el Sr. Foss la naturaleza humana: que para tomar una medicina hace falta mezclarla en un vaso, con algo que la haga más potable; y aquí se las brindo: una moraleja mezclada en un cuento de vaca:

    “Un día a través del bosque primaveral, una vaca regresó a casa, como deben hacerlo las buenas vacas; pero en ello dejó un tortuoso sendero, como es natural de toda vaca. Desde entonces, han pasado trescientos años e, infiero que la vaca ha muerto, pero aún persiste su sendero y de allí reza la moraleja de este cuento.

    El sendero lo tomó el día siguiente un perro solitario que por allí pasaba, y luego una oveja guía retomó el trillo, sobre monte y a través de valles, y trajo consigo a su rebaño, tal como lo hacen las buenas ovejas guías.

    Y desde ese día, por las lomas y los valles, a través de esos viejos bosques, se hizo una vereda y muchos hombres deambularon por el torcida camino, subiendo y bajando, profiriendo palabras de divina indignación, al tener que seguir tan torcida excursión; pero aun así la siguieron – no se rían – las primeras migraciones de esa vaca, que a través de la sinuosa vereda boscosa anduvo, pues, se bamboleaba al caminar.

    Al paso del tiempo, la vereda se convirtió en camino real, que retorcía, viraba y volvía a virar; y este sinuoso camino real se convirtió en carretera, donde muchos fueron los jamelgos que con sus cargas laboraron bajo el ardiente sol, viajando tres millas en una. Y así, durante un siglo y medio, trillaron el camino de la vaca.

    Los años pasaron veloces, y la carretera se convirtió en calle de pueblo; y esto, antes que el hombre percatar pudiese, populosa vía pública de ciudad. Y pronto fue la calle central de renombrada metrópolis; por la cual hombres, por dos siglos y medio, siguieron el sendero de la vaca.

    Cada día cien mil hombres volvían a seguir el sendero de la vaca, todo el tráfico de un continente, siguiendo los pasos de un rumiante.

    Cien mil hombres fueron guiados por una vaca hace trescientos años muerta.

    Todavía seguían ciegamente el sinuoso andar, perdiendo cien años al día; pues tal reverencia es dada, a un establecido precedente.

    Esto encierra una moraleja, si fuese yo ordenado y llamado a predicar; pues los hombres son dados a marchar a ciegas por los caminos vacunos de la mente, y laboran de sol a sol, haciendo lo que otros hombres han hecho.

    Siguen el trillado camino, de aquí allá, ida y vuelta, apegados al errante proceder, cumpliendo la faena que otros le legaron. Mantienen el camino como sendero iluminado, todas sus vidas a él apegados.

    Pero como ríen los viejos dioses del bosque, habiendo conocido a la fenecida vaca.

    Cuantas cosas podría esta anécdota enseñar, pero no he sido ordenado a predicar.”

    Jamás olvido mi primer trabajo gubernamental, cuando le pregunté a la secretaria en jefe, que tenía toda una vida allí, la razón de un procedimiento: Me puso una mirada fiera y con tono sardónico me espetó: “Es que así siempre se ha hecho.” Eso fue en 1968 y dudo que mucho haya cambiado en dicho ámbito “público”.

  • La importancia del evolucionismo

    Posiblemente el tema evolutivo sea uno de los más trascendentes para comprender la naturaleza del conocimiento. Ahora se renueva la necesidad de volver al ruedo luego de un debate muy difundido que tuvo lugar en París entre intelectuales de fuste. Es difícil entender la postura de quien se declara opuesto al evolucionismo. Dado que los seres humanos estamos a años luz de la perfección en todas las materias posibles, entre otras cosas, debido a nuestra colosal ignorancia, la evolución es el camino para intentar la mejora de la marca respecto de nuestra posición anterior, en cualquier campo de que se trate. Lo contrario es estancarnos en el empecinamiento al mostrarnos satisfechos con nuestros raquíticos conocimientos. Es cierto que en el transcurso de la vida, tomando como punto de referencia el universo, en términos relativos es poco lo que podemos avanzar, pero algo es algo. No hay tema humano que no sea susceptible de mejorarse.

    Pero aquí viene un tema crucial: el simple paso del tiempo no garantiza nada, se requiere esfuerzo de la mente para progresar, básicamente en cuanto a la excelencia de los valores. También en la ciencia que no abre juicios de valor (simplemente describe) en su terreno específico, aunque el científico genuino tiene presente la ética ya que sin el valor de la honestidad intelectual se convierte en una impostura. El progreso es sinónimo de evolución pero no es un proceso automático, como queda expresado, hay que lograr la meta con trabajo.

    En el siglo XVIII, especialmente John Priestley y Richard Price, sostuvieron que, si existe libertad, el hombre inexorablemente progresaría. Este es un punto que debe clarificarse. La libertad es una condición necesaria para el progreso, más no es suficiente. La libertad implica respeto recíproco, lo cual puede existir pero si el hombre se degrada inexorablemente habrá involución y, en última instancia, un ser degradado a niveles del subsuelo.

    Hans Zbiden nos recuerda la novela de Saltykov -La conciencia perdida- en la que todos los personajes deciden desprenderse de sus respectivas conciencias como algo inútil a los efectos de “sentirse liberados”. Sin embargo, los esfuerzos resultaron contraproducentes puesto que un misterioso desasosiego los empuja a retomar la voz interior y la brújula para que la conducta tenga sentido. El tema se repite en el conocido personaje de Papini, un engendro que la degradación más escalofriante hizo que ni siquiera tuviera un nombre ya que se lo identificaba con un número, igual que en El innombrable de Samuel Beckett.

    De cualquier modo, es de gran interés introducir el concepto de la involución al efecto de percatarse de que el cambio no necesariamente significa evolución. En el medio está la conducta del ser humano que puede destruir o construir.

    Entre muchos otros, Clarence Carson en The Fateful Turn alude al célebre profesor de filosofía de Harvard, Josiah Royce que en sus obras incluye aspectos de lo que estamos tratando en esta nota, lo hace especialmente en The World and the Individual y en The Spirit of Modern Philosophy.

    Royce se detiene a enfatizar que muchas veces se piensa que el progreso equivale a lo nuevo y que hay que adaptarse para pasar por un “ser ajustado” (políticamente correcto diríamos hoy). Esta visión, dice el autor, conduce al fracaso y al retroceso. Aunque en sus primeros trabajos no fue claro, en su última etapa resulta contundente al salirse del cul-de-sac a que inexorablemente conduce la capacidad de la mente para elegir entre distintos caminos, para refutar a los que sostienen que todo está previamente programado en el ser humano. De este modo obvió las contradicciones de aquella postura puesto que la racionalidad carece de sentido si la razón no juega un rol decisivo, lo cual implica libertad y, en este contexto, vincula estas consideraciones con el evolucionismo que proviene de sujetos pensantes y no como algo imposible de modificarse.

    Darwin tomó la idea del evolucionismo de Mandeville que la desarrolló en el campo cultural, dos territorios bien distintos, por ello es que resulta ilegítima la extrapolación de un área a otra como cuando se hace referencia al “darwinismo social”, sin percatarse que el evolucionismo humano trata de selección de normas no de especies y, lo más importante, a diferencia de la biología, los más fuertes transmiten su fortaleza a los más débiles vía las tasas de capitalización como una consecuencia necesaria aunque no buscada y, a veces, no querida. Todo lo cual es bien distinto de la sandez del llamado “efecto derrame” como si el proceso consistiera en que los menesterosos recibieran algo después de que el vaso de los opulentos rebalse.

    Por esto es que resulta un insulto a la inteligencia los ministerios de educación y cultura que imponen pautas curriculares a todas las casas de estudio, no solo a las estatales sino a las privadas por la que están de hecho privadas de independencia. Esta imposición contradice la necesaria apertura evolutiva en competencia puesto que nadie tiene la precisa en cuanto a la estructura curricular y el proceso evolutivo no debe circunscribirse a las mentes de los burócratas sino a las de todos los involucrados en busca de la excelencia lo cual requiere puertas y ventanas abiertas para que entre el mayor oxígeno posible.

    En términos más generales, el progreso está atado al nivel axiológico puesto que inexorablemente descansa en un esqueleto de valores cuya consideración es ineludible.

    Siempre tras el progreso hay ideas que lo sustentan y explican. No hay tal cosa como los ciclos irreversibles de la historia ni “las leyes históricas”, todo depende de lo que hagan diariamente los seres humanos. De lo contrario sería aconsejable descansar y esperar el ciclo favorable. La posición de los Fukuyama son marxismos al revés. Como he citado antes, Paul Johnson ha escrito con mucha razón que “Una de las lecciones de la historia que uno tiene que aprender, a pesar de ser muy desagradable, es que ninguna civilización puede tomarse por segura. Su permanencia nunca puede considerarse inamovible: siempre habrá una era oscura esperando a la vuelta de cada esquina”.

    Por su parte, Arnold Toynbee también insiste en que la civilización es un esfuerzo “hacia una especie más alta de vida espiritual. No puede uno describir la meta porque nunca se la ha alcanzado o, más bien, nunca la ha alcanzado ninguna sociedad humana […] la civilización es un movimiento no una condición, es un viaje y no un puerto”.

    Una receta básica en dirección al progreso es el fortalecimiento de las autonomías individuales, es decir, el individualismo. En no pocas ocasiones se interpreta el individualismo como sinónimo de seres autárquicos que se miran el ombligo cuando, precisamente, significa el respeto recíproco a los efectos de poder interactuar con otras personas de la forma más abierta y fluida posible.

    Son los socialismos en sus diversas vertientes los que bloquean y coartan las relaciones interpersonales alegando “culturas nacionales y populares” y similares al tiempo que se le otorgan poderes ilimitados a los gobernantes del momento para atropellar los derechos de la gente, con lo que se quiebra la cooperación social y la dignidad de las personas.

    El trabajo en equipo surge del individualismo, a saber, que las personas para progresar descubren que logran mucho más eficientemente sus propósitos que si procedieran en soledad y asilados. Por el contrario, los estatismos al intervenir en los acuerdos libres y voluntarios para cooperar, crean fricciones y conflictos cuando imponen esquemas que contradicen las preferencias de quienes deciden arreglos diferentes y que cumplen con la sola condición de no lesionar derechos de terceros.

    Las evoluciones humanas son procesos complejos y lentos que son detenidos o desfigurados cuando el Leviatán se entromete, y cuesta mucho recomponer los desaguisados. Como hemos dicho, el mojón o punto de referencia es siempre el valor moral que cuando se lo decide ignorar por cuenta propia o por entrometimientos del aparato estatal se desmorona la evolución para convertirse en involución como han apuntado autores de la talla de C. S. Lewis en La abolición del hombre.

    Por último, un punto muy controvertido en el que desafortunadamente la mayor parte de los literatos no coincide. Es la importancia, al escribir, de dejar algún testimonio de los valores con que se sustenta la sociedad abierta aunque más no sea por alguna hendija colateral (incluso para la supervivencia de los mismos literatos). En este sentido, por ejemplo, comparten enfáticamente lo dicho Giovanni Papini, T. S. Eliot y Victoria Ocampo. No necesito decir que de ningún modo esto debe surgir de una disposición de cualquier índole que sea, lo cual ofendería a todo espíritu libre, se trata de un simple comentario para ser considerado como un andarivel para la defensa propia.

    He consignado varias veces que bajo mi computadora tengo un inmenso letrero que reza nullius in verba que es el lema de la Royal Society de Londres que significa que no hay palabras finales, como queda dicho, debemos estar sentados en la punta de la silla y receptivos a nuevos paradigmas que mejoren nuestros conocimientos que como nos ha enseñado Popper tienen la característica de la provisionalidad abiertos a refutaciones.

  • Intervencionismo castrante

    Castrante, más allá de su sentido genital, lo definen en diccionarios como aquello que “limita la originalidad y libertad de ideas. Es la actuación de personajes y entidades políticas que, a través de meterse en lo que no deben, intervencionismo,  debilitan el poder llevar a cabo el curso normal y productivo de la sociedad. Es el padre o la madre autoritaria cuya actuación limita el desarrollo de sus vástagos. En fin, es una actuación contraria a la misma naturaleza del Creador que nos hizo libres para actuar, aprender, errar o tener éxito, como único camino de evolución.

    Desdichadamente, proponer a la politiquería burlesca y corrupta que deje de intervenir en lo que no le compete ni conviene a la sociedad, es caer en el desfiladero; caer en desgracia y correr riesgos de ser anulado por los personajes de mezquinos y procaces intereses. Lo que necesitamos es menos intervención central para ver si aún estamos a tiempo para evitar fatales colapsos, como lo de la CSS. O, tal vez me equivoco y resulta que el colapso es la única vía de solución que nos queda.

    Cuando dejamos que sean los actores del mercado los que, al compás de sanas limitaciones constitucionales, simples y claras, sean las que nos conduzcan por los mejores senderos del desarrollo, es que vamos por mejores caminos. Debemos evitar el proteccionismo estéril, los subsidios castrantes y los mercados sobre regulados que terminan logrando todo lo contrario al interés común o “social”, tal como sediciosamente fue plasmado en la actual constitución panameña.

    Imaginemos una familia en la cual el padre y/o la madre no permitan que sus hijos se desarrollen en experiencias, en criterio y en la sana búsqueda de un nuevo y mejor mundo. Una familia que produzca hijos castrados, incapaces de valerse por sí mismos.

    Alrededor del mundo, igual que en Panamá, el intervencionismo central, a través de malévolas leyes, de una castrante intervención educativa, del malgasto, sistemas de transporte viciados y tanto más. Y, ni hablar de un poder legislativo que se usa y se aprovecha de la autoridad para ser autores del mal.

    Casos como las vedas de pesca marina en épocas de desove, que sólo las cumplen las empresas pesqueras serias y fáciles de controlar; mientras que a los desordenados se les da rienda suelta para violar a sus anchas. O todos esos desordenados que en las vías conducen por los hombros, mientras se castiga a los respetuosos de las normas de tránsito que se resignan a los tranques. Una y otra vez la intervención es castrante y no edificante.

    Entre los grandes secretos y retos que aún asoma entre nuestros disparates constitucionales vemos, en el Preámbulo constitucional, lo siguiente: “Con el fin supremo de fortalecer la Nación, garantizar la libertad, asegurar la democracia… exaltar la dignidad humana…” Pero… ¿cómo vamos a lograr estos nobles fines cuando más adelante leemos cosas como: “El Estado intervendrá en toda clase de empresas… para hacer efectiva la justicia social…”.

    En su momento, altos personeros de la dictadura militar que se tomó, por la vía no democrática la facultad del intervencionismo castrante, declararon que ellos ya tenían el control de las armas, pero que les faltaba el controlo económico. Tristemente y desde entonces, poco saben y entienden qué hicieron con esos pérfidos poderes.

  • Signo de interrogación a un así llamado arte

    Hoy aparece un verdadero fraude a la inteligencia algunas expresiones de lo que pasa por arte moderno donde se expone una camiseta sucia con un trozo de materia fecal que con un spot se adorna para que de contrabando se introduzca como una realización artística. Mario Vargas Llosa denuncia con su característica solvencia algo de esto en La civilización del espectáculo y en otro plano artistas como Avelina Lésper también salen al cruce de este absurdo. Pero no es cuestión de agarrárselas contra el mercado pues este no es un lugar ni una cosa, es un proceso en el cual participan todos los humanos y las respectivas valorizaciones pueden ser acabadas o bochornosas a juicio de terceros que solo pueden revertirse vía la educación a la sensibilidad estética. A veces se recurre al negocio con cierta carga peyorativa pero lo que está mal no es el comercio sino en nuestro caso valorizaciones de dudoso contenido que cada cual tiene todo el derecho de sostener si lo estima pertinente, pero también cabe el derecho a criticar.

    Antes he escrito sobre este tema pero dado el reforzado embate contra la excelencia se hace necesario volver a la carga sobre este asunto que a la postre resulta controvertido. Desde la época de la pictografía en las cavernas ha existido una preocupación y un interés por lo bello, por las condiciones estéticas. En los diálogos platónicos encontramos largas disquisiciones sobre la belleza (especialmente en “Hipas mayor”, “Fedón” y el “Banquete”). Kant intenta precisar la idea de belleza en la séptima sección de su Crítica del juicio, la cual diferencia de simples gustos, preferencias y ponderaciones puramente decorativas. En este sentido se ha dicho que “sobre gustos no hay nada escrito” pero en realidad hay ríos de tinta sobre distintos gustos, en verdad el adagio latino dice que “sobre gustos no hay disputas”, lo cual recalca las preferencias subjetivas de cada cual. Pero cuando se trata de la belleza y más específicamente sobre las bellas artes el asunto es distinto, puesto que como apunta Thomas Edmund Jessop en The Objetivity of Aesthetic Value (La objetividad del valor estético), el crítico de arte no lleva a cabo una mera confesión personal o autobiográfica sino que implica que hay ciertas propiedades en la obra que se juzga y que se diferencian de la opinión de quien no entiende de arte, de lo contrario, si el arte fuera todo, no habría tal cosa como arte.

    Hay mucho de misterioso en el arte ya que el artista es quien cambia paradigmas y rompe normas, puesto que si se limitara a hacer lo que le han enseñado en la academia sería un copista. Sin embargo, como, entre otros, enseña John Hospers en Understandig the Arts (Entendiendo las artes), hay ciertas cualidades que distinguen una obra de arte de la basura lisa y llana, del mismo modo que el músico diferencia una composición musical de simples ruidos. Por su parte, George Santayana en The Sense of Beauty (El sentido de la belleza) concluye que “la belleza es el placer que se percibe respecto a la calidad de algo” y Joshua Reynolds en su discurso inaugural en la Real Academia de Londres en 1769 subraya el carácter evolutivo del arte (lo cual también destaca Ernst Gombrich en su Historia del arte) y plantea la paradoja de la necesidad de seguir reglas generales, aunque “las reglas no son cadenas para el genio” en cuyo contexto afirma que el artista debe armonizar las normas de sus predecesores con la introducción de aportes en un esfuerzo metódico para alcanzar la excelencia siempre que “no se destruyan los andamios antes de que se haya levantado el nuevo edificio”.

    David Hume en el capítulo décimo tercero de sus Ensayos morales, políticos y literarios insiste en que la regla para en definitiva juzgar la calidad de una obra de arte es el transcurso del tiempo. Pero en cualquier caso, en estas líneas reiteramos lo señalado por otros en cuanto a que no pocas manifestaciones en el teatro, la pintura, la escultura, la música y la literatura constituyen la antítesis del arte y más bien contribuyen a la demolición de todo sentido estético.

    Ortega, en La deshumanización del arte, consigna que muchos exponentes modernos “adoptan ante el (arte) una actitud insólita: le enseñan los dientes, prestos no se sabe bien si al mordisco o la carcajada”. Juan José Sebreli asevera en Las aventuras de la vanguardia que la neovanguardia proclama “la muerte del arte” y subraya que esta línea sostiene que “las escuelas de arte debería ser la inutilidad de todo saber” y ejemplifica con “Ben Vautier exhibiendo frascos con su orina y Manzoni vendiendo en 1961 latas firmadas y numeradas que contenían ´mierda del artista conservadas al natural´ (…así) la vanguardia arribó insensiblemente a la exhibición de excrementos humanos”.

    Lionel Lindsay, en El arte morboso, escribe que “la belleza era una de las metas del arte (…) pero ahora la fealdad, la deformidad y la discordancia han sido establecidas como nuevos mandamientos”. Jorge Bosch afirma, en Cultura y contracultura, que el llamado arte moderno es el resultado de una mezcla de snobismo, estupidez y primitivismo, lo cual suscribe Paul Johnson en varios de sus escritos. Carlos Grané, en El puño invisible: arte, revolución y un siglo de cambios culturales resume que el futurismo, el dadaísmo, el cubismo y similares son manifestaciones de banalidad, nihilismo, vulgaridad, escatología, violencia, ruido, insulto, erotismo grotesco y sadismo (en el epígrafe de su libro aparece una frase del fundador del futurismo Filippo Tomaso Marinetti que reza así: “El arte, efectivamente, no puede ser más que violencia, crueldad e injusticia”).

    ¿Qué ocurre en ámbitos cada vez más extendidos en aquello que se pasa de contrabando como arte? Es sencillamente otra manifestación adicional de la degradación de las estructuras axiológicas. Es una expresión más de la decadencia de los valores. En este sentido se conecta la estética con la ética. No se necesitan descripciones acabadas de lo que se observa en muestras varias que a diario se exhiben sin pudor alguno: expresiones repugnantes, personas desfiguradas, alteraciones procaces de la naturaleza, embustes de las formas, alaridos ensordecedores y soeces, luces que enceguecen, batifondos superlativos, incoherencias múltiples y mensajes disolventes. En el dictamen del jurado del libro mencionado de Garné que obtuvo el Premio Internacional de Ensayo Isabel Polanco (presidido por Fernando Savater), en Guadalajara, se deja constancia de “los verdaderos escándalos que ha vivido el arte moderno”.

    ¿Qué puede hacerse para revertir semejante espectáculo? Solo trabajar con paciencia y perseverancia en la educación, es decir, en la trasmisión de principios y valores que dan sustento a todo aquello que puede en rigor denominarse un producto de la humanidad, alejándose de lo subhumano y lo puramente animal, en un proceso competitivo de corroboraciones y refutaciones que apunten a la excelencia y no burlarse de la gente con apologías de la fealdad y explotar el subsuelo del hombre con elogios a la indecencia, la ordinariez y a la tropelía. Incluso la forma en que nos vestimos trasmite nuestra interioridad. Un dicho popular precisa la idea: “El hábito no hace al monje pero lo ayuda mucho”. La elegancia y la distinción se dan de bruces con los piercing, los tatuajes, los pelos teñidos de colores chillones, estrambóticas pintarrajeadas del rostro y las uñas, la ropa zaparrastrosa y estudiados andrajos en el contexto de modales nauseabundos, vocabulario procaz, ruidos guturales patéticos que sustituyen la fonética elemental con un ataque inmisericorde al lenguaje (que como sirve para pensar y para trasmitir pensamientos, las dos cosas se deterioran significativamente).

    La bondad, lo sublime, lo noble y reconfortante al espíritu naturalmente hacen bien y fortalecen las sanas inclinaciones. El morbo, el sadismo, lo horripilante y tenebroso dañan la sensibilidad y afectan lo mejor de las potencialidades del ser humano. No es indiferente a nuestra alma la contemplación de la belleza o la mirada al esperpento y lo aborrecible. Todos los días nos formamos, entonces, lo que leemos, la música que escuchamos, las producciones cinematográficas que disfrutamos, el teatro al que asistimos, las pinturas y esculturas que admiramos configuran nuestro comportamiento.

    Debe distinguirse con toda claridad, por una parte, la imperiosa necesidad de abstenerse de recurrir a la fuerza para intervenir en las preferencias de otros (siempre y cuando no lesionen derechos de terceros) y, por otra, las opiniones que puedan esgrimirse sobre la conducta de los demás. Son dos campos de naturaleza sustancialmente distinta. Un dicho que resume bien el pensamiento liberal es live and let live (vivir y dejar vivir), que primero fue título de una novela de Catherine Sedwick de 1837 y, un siglo después, la composición musical de Cole Porter cuya extraordinaria letra final es de este modo: “Live and let live, and remember this line/ Your business is your business/And my business is mine” (Vive y deja vivir, y recuerda esta línea/Tus asuntos son tus asuntos/Y los míos son míos), lo cual, no solo abarca todas las relaciones pacíficas, libres y voluntarias con el prójimo sino que, como queda dicho, incluye las opiniones que puedan suscitarse sobre modalidades ajenas, lo cual no es óbice para que eventualmente se intente persuadir a otros y argumentar sobre la conveniencia de modificar conductas y procedimientos.

  • Panamá a la sombra de Panamá la Vieja

    Los seres humanos pasamos nuestras vidas recluidas en el intramuros de la frágil fortaleza de nuestra imaginación; mientras que el país decanta por los vertederos de la corrupción institucionalizada. Así es la sociedad en la cual vemos al mundo a través de los lentes de nuestra ignorancia mientras soñamos con carnavales y favores políticos. Y luego, celebramos los discursos de políticos independientes con la casi certeza de que el rancio centralismo seguirá marcando el compas de los desfiles patrios que auguran la entrada del nuevo partido que será tan viejo como las ruinas de Panamá la Vieja.

    Y no es que vivamos en una realidad estanca. No es que a diario no surgen nuevas realidades… ¡vaya si no las hay!, el problema es que cambiar “los viejos senderos torcidos que el pie, desde la infancia,” sin treguas recorrió, es harto difícil. Panamá esta profundamente dividida entre la sociedad forjada en el centralismo, un sector empresarial que lucha desesperadamente por sortear las riadas burrocráticas y el Panamá cuyo Canal ya no sólo es el marítimo sino uno terrestre entre páramos que arden en llamas y la esperanza de una mejor vida.

    Detrás de todo ello está la realidad de una costumbre gubernamental administrativa insostenible, como insostenible es la Caja del (supuesto) Seguro Social. Todas las sociedades van y vienen como las mareas y la marea en Panamá va de retirada en época de aguaje; en dónde, desde la Avenida Balboa se descubre el extenso lodazal de cieno de nuestra indolencia.

    La novedad que se agita en nuestro medio son los nuevos medios de comunicación en dónde ya los tradicionales diarios y la radio son “los árboles antiguos conocidos que al alma le conversan de un tiempo que pasó.” Y en ese vaivén entre la coima y el precio se va descubriendo el descaro de la corruptela política y en buena parte del alma de la ciudadanía crece la furia del atroz engaño. ¿Cómo no va a ser si cada bache de golpea el transporte nos repite una y otra vez, entre las llantas delanteras y las traseras: “corrupción, corrupción”?

    Y como bien señala un crítico del pensamiento político: “Una vez que la cultura política estrecha el sendero de la obscura triada, el narcisismo, Maquiavelismo, y la sicopatía, el resultado final no es sólo posible, sino inevitable.” B. Duncan Moench.

    El Panamá de ayer fue el Panamá de una rancia clase oligárquica que con el tiempo fue mutando y extendiéndose a la clase media y más allá. Hoy, las mansiones de lujuria no sólo están en los barrios exclusivos sin que brotan en los suburbios periurbanos como rosales en un campo de ortigas.

    El Panamá de hoy no reconoce ni celebra el emprendimiento como camino de prosperidad y bienandar, sino que practica la influencia en el servilismo. Ninguna sociedad puede funcionar desde el Palacio hacia abajo. Son tantos los politicastros que cacareando democracia practican la dedocracia del centralismo. Y todo ello desde las estancas aulas de un MEDUCA que mejor debíamos llamar NODUCA. En las escuelas gubernamentales no se aprende a emprender sino se enseña el servilismo y a decir cosas como “robó, pero dio al pueblo”.

    Ya el país no podrá seguir financiando su grotesco andar entre: estériles subsidios, llaves en manos, una planilla nacida en Cerro Patacón, feudales instituciones, una CSS que de “seguro” sólo tiene el colapso, un código de trabajo que asegura el desempleo, una constitución que no constituye sino pobreza… mejor lo dejo allí que si no me entienden a poco ya entenderán.

  • Un Sumo Pontífice inventado por Giovanni Papini

    Giovanni Papini, uno de los cuentistas y ensayistas más imaginativos y originales de todas las épocas, escribió en 1946 una larga y medulosa carta pastoral de un Papa inexistente que bautizó como Celestino VI…

    La imaginación y creatividad de este escritor florentino no tiene límites. En uno de sus textos en su faena de ficción se aboca a la fabricación de un Papa que como muchos de los verdaderos era sensato y prudente respecto de los acontecimientos que ocurren en torno al poder en contraste con lo que hoy lamentablemente sucede en la cabeza de la Iglesia,

    Giovanni Papini, uno de los cuentistas y ensayistas más imaginativos y originales de todas las épocas, escribió en 1946 una larga y medulosa carta pastoral de un Papa inexistente que bautizó como Celestino VI del que dice que “gracias a un azar extraño, encontré estas cartas suyas, que se traducen y publican por vez primera, en un códice sepultado entre los manuscritos de un antiguo convento, escapando a las investigaciones de los historiadores”. En realidad, el último Papa que hasta ahora adoptó el nombre de Celestino fue el número ciento noventa y tres (con el aditamento de Quinto) que reinó cinco meses en 1294 y abdicó por considerarse incompetente para manejar los asuntos de la Iglesia (el primero fue Celestino I que asumió en 422 y fue Papa durante diez años).

    En esta brevísima nota transcribo algunas de las consideraciones que efectúa Papini por boca de su Celestino VI, sin glosas ni comentarios para que el lector reflexione al efecto de tener en cuenta aseveraciones tan controversiales pero, al mismo tiempo, tan llenas de verdades en un mundo que aún no parece haber dado en la tecla para enfrentar las reiteradas tropelías del poder. Por ahora, estamos como en el cuento de Cortázar, “Casa tomada”: en retiro permanente. Es de desear que alguna vez —por lo menos en cuanto a los abusos extremos del poder— podamos decir OK tal como se acuñó la expresión en la época del octavo presidente de EE.UU., Martin van Duren, que por ser originario de Kinderbook, del estado de Nueva York, le decían “old Kinderbook” de lo cual surgió el OK para aludir a la buena situación reinante. Entonces, con esta esperanza en mente, vamos a Papini porque recordemos que en el segundo tomo de la autobiografía de Arthur Koestler se consigna que “la diferencia entre vender el cuerpo y las otras formas de prostitución —política, literaria, artística— es simplemente una diferencia de grado, no de naturaleza. Si la primera nos repele más, es señal de que consideramos el cuerpo más importante que el espíritu”.

    -“Los gerentes de los estados os han dejado a veces sin pan, a menudo sin libertad, casi siempre sin justicia; pero nunca se han mostrado avaros de altisonante palabrería”.

    -“Todos los dueños de pueblos han distribuido con generosa abundancia, dos cosas: armas y palabras. Armas para matar, palabras para engañar”.

    -“Vuestro error, inocente en sí, pero de calamitosos efectos, está en creer que existan sistemas de gobierno radicalmente distintos. Por ejemplo: que podéis ser gobernados por un hombre solo o bien por elección y voluntad de todo un pueblo. Las formas de gobierno parecen muchas a los papanatas que se dejan convencer por palabras y fachadas […] Todo gobierno, cualesquiera sea su nombre y sus pretensiones, no es sino el poder de una cuadrilla formada por unos pocos ciudadanos que se encaraman sobre todos los demás”.

    -“Esto no obstante, vosotros los ciudadanos, vosotros los súbditos, estáis siempre dispuestos a creer, por candidez o por inquietud temperamentales, que un cambio en el gobierno puede cambiar vuestros destinos”.

    -“He visto también sacerdotes más apasionados por las bancas y cacerías que por su ministerio, más deseosos de buena mesa que de buena fama, más preocupados por el politiqueo o el manejo de los bienes materiales que por cuidar el rebaño, más expertos en platicar que en edificar”.

    En nuestro mundo de hoy el Leviatán se encarga de abrir su camino al totalitarismo principalmente a través de ataques sistemáticos a la prensa independiente. En verdad, “prensa independiente” es una redundancia grotesca, usamos la expresión en vista de las arremetidas de megalómanos que pretenden aparecer ante la opinión pública como parte del periodismo cuando en verdad no son más que alcahuetes del gobierno de turno. Con mucha razón ha dicho Thomas Jefferson que “ante la alternativa de contar con una prensa libre sin gobierno o gobierno con una prensa amordazada, no dudo en adherir a lo primero”. Nada hay más valioso que el periodismo completamente libre de ataduras estatales al efecto de ventilar todas las críticas a los aparatos gubernamentales y pasar revista a todas las ideas que las plumas libres consideren pertinente. Con razón se la ha denominado “el cuarto poder” en una República como contralor de los otros tres poderes. Hoy, en nombre de “opiniones equilibradas” que pretenden “mostrar dos lados del debate”, es frecuente que alimentados por la pauta publicitaria oficial estén rodeados de esperpentos que imponen legislaciones que apuntan a la uniformidad y al coro indecente de voces.

    Estas desgracias son hoy replicadas por Nicaragua como fiel copia de los pioneros en Cuba y en Venezuela y otros países de la región que han mutado de sistemas democráticos a cleptocráticos. Y no solo en la región sino en el otrora baluarte del mundo libre -Estados Unidos- viene sucediendo un desbarranque colosal respecto a los valores y principios establecidos por los Padres Fundadores. Los gastos públicos, el déficit fiscal, endeudamiento del gobierno central, los embates contra el federalismo y el deterioro monetario ponen en jaque el futuro de ese país.

    Pero en todo caso, es también alarmante lo que viene sucediendo en muchos seminarios de sacerdotes en cuanto al abandono o en el mejor de los casos la mezquindad para estudiar temas teológicos y filosóficos de fondo para sustituirlos por marxismo barato que luego son trasladados a no pocos púlpitos desde donde se proclaman barrabasadas de distinto color, convirtiendo además las ceremonias religiosos en chacotas. También, como he señalado en otras ocasiones, el actual Papa abraza posiciones radicalmente contrarias a los fundamentos morales de la sociedad libre de los Mandamientos de no robar y no codiciar los bienes ajenos al objetar el sentido específico de instituciones tales como el derecho a la inviolabilidad de la propiedad para abrazar absurdos que conducen a lo que en ciencia política se conoce como “la tragedia de los comunes” y equivalentes con lo que todos se perjudican pero muy especialmente los más vulnerables.

    En este contexto se necesita imperiosamente un Celestino VI antes que se produzca un derrumbe en el seno de la Iglesia lo cual perjudicarán tanto a los que adhieren a esa religión como a los que no lo hacen debido al predicamento de algunos representantes de ese credo. Siempre tengo presente los relatos del ex marxista y luego converso al liberalismo Eudocio Raviens que explicaba que cuando trabajaba para el Kremlin -fue premio Mao y premio Lenin- su misión era la de infiltrar al mejor estilo gramsciano las iglesias de España y Chile donde encontraba sacerdotes bien intencionados pero al no tener idea de los fundamentos filosóficos de la sociedad libre resultaban en una presa fácil para embaucarlos con los postulados totalitarios.

    En este contexto, para cerrar, parece oportuno recordar un pensamiento del siempre sesudo Aldous Huxley incluido en su Medios y fines: “La paciencia común de la humanidad es el hecho más importante y sorprendente de la historia. La mayor parte de los hombres y mujeres están preparados para tolerar lo intolerable […] Los gobernados obedecen a su gobernantes porque, además de otras razones, aceptan como verdaderos algunos sistemas metafísicos y teológicos que les enseñan que el Estado debe ser obedecido y que es intrínsecamente merecedor de esa obediencia […] La mayor parte de las teorías del Estado son meros inventos intelectuales con el propósito de probar que las personas que actualmente están en el poder son precisamente las que deben estar”.

  • Judíos marxistas, una contradicción en los términos

    Como es sabido Marx nació con el nombre de Harchel Levi, hijo del rabino Marx Mordechal ben Samuel Halevi quien abandonó su religión para poder usufructuar mejor de su estudio de abogado durante el régimen prusiano.

    En 1843 Marx escribió La cuestión judía donde subraya que “Nosotros reconocemos, pues, en el judaísmo un elemento antisocial presente de carácter general” y se pregunta y responde “¿Cuál es el culto secular practicado por el pueblo judío? La usura ¿Cuál es su dios secular? El dinero” y “La sociedad burguesa engendra constantemente al judio en su propia entraña”. También como es harto conocido en un plano más general Marx insistía en que “la religión es el opio de los pueblos”.

    Antes me he referido a esto que en parte comento a continuación pero en este contexto no puede eludirse. En el tercer capítulo del Manifiesto Comunista escrito en 1848 por Marx y Engels se consigna el aspecto central de su tesis “pueden sin duda los comunistas resumir toda su teoría en esta sola expresión: abolición de la propiedad privada”. Si no hay propiedad privada, no hay precios, ergo, no hay posibilidad de contabilidad, evaluación de proyectos o cálculo económico. Por tanto, no existen guías para asignar eficientemente los siempre escasos recursos y, consecuentemente, no es posible conocer en qué grado se consume capital. Y conviene enfatizar que los daños se producen en la medida en que se afecte la propiedad sin necesidad de abolirla.

    A este enjambre crucial imposible de resolver dentro del sistema, se agrega el historicismo inherente al marxismo, contradictorio por cierto puesto que si las cosas son inexorables no habría necesidad de ayudarlas con revoluciones de ninguna especie. También es contradictorio su materialismo dialéctico que sostiene que todas las ideas derivan de las estructuras puramente materiales en procesos hegelianos de tesis, antítesis y síntesis ya que, entonces, en rigor, no tiene sentido elaborar las ideas sustentadas por el marxismo.

    Esta dialéctica hegeliana aplicada a las relaciones de producción pretende dar sustento al proceso de lucha de clases. En este contexto Marx fundó su teoría del polilogismo, es decir, que la clase burguesa tiene una estructura lógica diferente de la de la clase proletaria, aunque nunca explicó en qué consistían las ilaciones lógicas distintas ni cómo se modificaban cuando un proletario se ganaba la lotería ni cuando un burgués es arruinado y en qué consiste la estructura lógica de un hijo de un proletario y una burguesa.

    Las contradicciones son aún mayores si se toman los tres pronósticos más sonados de Marx. En primer lugar que la revolución comunista se originaría en el núcleo de los países con mayor desarrollo capitalista y, en cambio, tuvo lugar en la Rusia zarista. En segundo término, que las revoluciones comunistas aparecerían en las familias obreras cuando todas surgieron en el seno de intelectuales-burgueses. Por último, pronosticó que la propiedad estaría cada vez más concentrada en pocas manos y solamente las sociedades por acciones produjeron una dispersión colosal de la propiedad tal como en un contexto más amplio hoy explican autores como Anthony de Jasay cuando critican a Thomas Piketty.

    En este muy apretado resumen periodístico, cabe mencionar que la visión errada de Marx respecto a la teoría del valor-trabajo dio lugar a la noción de la plusvalía. Aquella concepción sostenía que el trabajo genera valor sin percatarse que las cosas se las produce (se las trabaja) porque se les asigna valor y no tienen valor por el mero hecho de acumular esfuerzos (por más que se haya querido disimular el fiasco con aquella expresión hueca del “trabajo socialmente necesario”).

    En el primer libro que Marx y Engels escribieron juntos publicado en 1845, La sagrada familia. Crítica de la crítica crítica (esto no fue una errata, es el título) aluden a estudios realizados por Bruno Bauer y sus hermanos Edgar y Egbert. La obra contiene muchas aristas pero la que ahora subrayo es el materialismo de Marx (determinismo físico según la terminología popperiana) ya puesto en evidencia en su tesis doctoral sobre Demócrito.

    Lenin -el más sagaz de sus discípulos- nunca creyó que el llamado proletariado podía dirigir y mucho menos gobernar una revolución (ni en ninguna circunstancia). Por eso escribió lo que aparece en el quinto tomo de sus obras completas en el sentido que “no es el proletariado sino la intelligentsia burguesa: el socialismo contemporáneo ha nacido en las cabezas de miembros individuales de esta clase”. Por esto también es que Paul Johnson en su Historia del mundo moderno destaca que “Lenin nunca visitó una fábrica ni pisó una granja”.

    Curiosa es en verdad la noción de los marxistas sobre la división del trabajo: Marx y Engels consignan en La ideología alemana que “en una sociedad comunista, en la que nadie tenga una esfera exclusiva de actividad sino que cada uno pueda formarse en cualquier sector que desee, la sociedad regula la producción general y por tanto se hace posible hacer hoy una cosa y mañana otra, cazar por la mañana, pescar por la tarde, criar ganado al atardecer, criticar después de cenar, como apetezca, sin convertirme nunca en cazador, pescador, pastor o crítico”.

    A pesar de esta visión peculiar, la violencia está indisolublemente atada al marxismo. Por esto es que en el antedicho Manifiesto comunista declara que “no pueden alcanzar los objetivos más que destruyendo por la violencia el antiguo orden social”. Por esto es que Marx en Las luchas de clases en Francia en 1850 y al año siguiente en 18 de Brumario condena enfáticamente las propuestas de establecer socialismos voluntarios como islotes en el contexto de una sociedad abierta. Por eso es que Engles también condena a los que consideran a la violencia sistemática como algo inconveniente, tal como ocurrió, por ejemplo, en el caso de Eugen Dühring por lo que Engels escribió El Anti Dühring en donde subraya el “alto vuelo moral y espiritual” de la violencia.

    El antisemitismo o judeofobia se base en nociones falsas sobre la idea de “raza”. Spencer Wells, el biólogo molecular de Stanford y Oxford, ha escrito en The Journal of Man. A Genetic Odyssey que “el término raza no tiene ningún significado”. En verdad constituye un estereotipo. Tal como explica Wells en su libro más reciente, todos provenimos de África y los rasgos físicos se fueron formando a través de las generaciones son según las características geográficas y climatológicas en las que las personas han residido. Por eso, como he dicho en otra ocasión, no tiene sentido aludir a los negros norteamericanos como “afroamericanos”, puesto que eso no los distingue del resto de los mortales estadounidenses, para el caso el que éstas líneas escribe es afroargentino.

    La torpeza de referirse a la “comunidad de sangre” pasa por alto el hecho que los mismos cuatro grupos sanguíneos que existen en todos los seres humanos están distribuidos en todas las personas del planeta con los rasgos físicos más variados. Todos somos mestizos en el sentido que provenimos de las combinaciones más variadas y todos provenimos de las situaciones más primitivas y miserables (cuando no del mono).

    Thomas Sowell apunta que en los campos de exterminio nazis se rapaba y tatuaba a las víctimas para poder diferenciarlas de sus victimarios. Esto a pesar de todos los galimatías clasificatorios de Hitler y sus sicarios, quienes finalmente adoptaron el criterio marxista. Solo que el nazismo en lugar de seguir el polilogismo clasista fue el racista pero con la misma insensatez en cuanto a que nunca pudieron mostrar cuáles eran las diferencias entre la lógica de un “ario” respecto de las de un “semita”. Darwin y Dobzhansky -el padre de la genética moderna- sostienen que aparecen tantas clasificaciones de ese concepto ambiguo y contradictorio de “raza” como clasificadores hay. Por otra parte, en el caso de la judeofobia, a pesar de las incoherencias de la idea de raza se confunde esta misma noción con la religión puesto que de eso y no de otra cosa se trata. El sacerdote católico Edward Flannery exhibe en su obra publicada en dos tomos titulada Veintitrés siglos de antisemitismo los tremendos suplicios que altos representantes de la Iglesia Católica le han inferido a los judíos, entre otras muchas crueldades, como subraya el Padre Flannery, les prohibían trabajar en actividades corrientes con lo que los limitaban a ocuparse del préstamo en dinero, pero mientras los catalogaban de “usureros” utilizaban su dinero para construir catedrales. Debemos celebrar entusiastamente el espíritu ecuménico y los pedidos de perdón de Juan Pablo II en nombre de la Iglesia, entre los que figura, en primer término, el dirigido a los judíos por el maltrato físico y moral recibido durante largo tiempo.

    Paul Johnson en su Historia de los judíos señala que “Ciertamente, en Europa los judíos representaron un papel importante en la era del oscurantismo […] En muchos aspectos, los judíos fueron el único nexo real entre las ciudades de la antigüedad romana y las nacientes comunas urbanas de principios de la Edad Media”.

    Todos los logros de muchos judíos en las más diversas esferas han producido y siguen produciendo envidia y rencor entre sujetos acomplejados y taimados. Tal vez las primeras manifestaciones de antisemitismo o, mejor judeofobia, en las filas del cristianismo fueron los patéticos sermones de San Juan Crisóstomo en el siglo I publicados con el título de Adversus Judaeos donde dice que los judíos “son bestias salvajes” que son “el domicilio del demonio” y que “las sinagogas son depósitos del mal” para quienes “no hay indulgencia ni perdón” y luego el Concilio de Elvira en 306 prohibió a cristianos casarse con judíos y otras barrabasadas.

    A través del tiempo, también debe subrayarse el apoyo explícito de autoridades de la Iglesia a legislaciones que restringían los derechos de los judíos incluyendo el derecho de propiedad y en muchos casos bautismos forzados, confiscaciones, impuestos especiales, vestimentas que estigmatizaban y en los lugares permitidos a judíos a veces se colocaba una marca denigrante en la puerta. El Papa Eugenio III estableció que los judíos estaban obligados a perdonar las deudas a cristianos. Inocencio III autorizó las conversiones forzosas y el Concilio de Basilea permitió la discriminación en ghettos y otros horrores que con el tiempo se fueron consolidando y agudizando hasta los antedichos pedidos de perdones de Juan Pablo II que marcaron un punto de clara reversión y severa condena del antisemitismo y promulgaron un sincero y muy valioso y afectuoso ecumenismo en relación a las tres religiones monoteístas y el respeto a todas. De más está decir que aquella actitud denigrante no alcanza a toda la cristiandad, muy lejos de ello siempre hubieron personas sensatas y civilizadas que se indignaron e indignan con el inaceptable trato a los judíos, tanto sacerdotes como laicos.

    En todo caso además de los Mandamientos de no robar y no codiciar los bienes ajenos la tradición judía es un canto a la libertad y a los derechos de las personas, además de las severas advertencias sobre el monopolio de la fuerza que denominamos gobierno (en aquella época rey) especialmente en Samuel II: 8. En otros términos, el marxismo y toda otra forma de totalitarismo está en las antípodas con la tradición judaica, lo contrario puede revertirse si se sigue a Isaías 1:9 en cuanto a las imprescindibles faenas educativas para recomponer valores, siempre a cargo de un grupo minúsculo (en la versión inglesa equivalente a la lindísima expresión de remnant). Vinculado a esta idea de libertad en conexión con el pueblo judío es que la cortina musical de lo que fueron el programa televisivo que conducía en Buenos Aires y el programa radial en Colonia -respectivamente denominados Contracorriente y Pensando en voz alta- era “Va Pensiero” de Nabucco, producción del grandioso Verdi.

  • Las máscaras de los expertos

    La principal característica de una persona con humildad es su capacidad de reconocer sus limitaciones y sus errores. Ello no es nada nuevo, lo que sí es nuevo es que la humanidad ha llegado a un trascendental punto de encrucijada en el cual tendremos que dejar atrás todo aquello que no prospere en el futuro que nos viene encima. Y, el problema con tantos “expertos” es su proclividad a la insolencia de creerse más de lo que son y de vivir en desdeño del prójimo; lo cual es la inmensa y fatal arrogancia de tantos políticos.

    Es difícil entrar en la mente de tantos politicastros presidenciales, cuyo nivel de arrogancia les ha permitido no sólo el saqueo del erario sino la institución de perversas políticas. Pero… cómo no va a ser, cuando controlan los medios a base del dinero ajeno; controlan los centros de supuesta educación, esos que más bien son de adoctrinamiento y embrutecimiento, a tal punto que casi nadie en una población MEDUCA se los echa en cara y, más bien, lo piden y celebran al decir cosas como, “robó, pero le dio al pueblo”. Sí, les dio miseria.

    El otro enfoque que saco a relucir a cansancio es el que les llamemos “autoridad” a quienes no son tal cosa. “Autoridad” es el autor del buen libro y no los dictadores de corrupción. Y, más allá, vemos que estos ponzoñosos sujetos de la oscuridad se valen de los “expertos”; pero no del experto humilde sino del experto mercenario, ese que blanquea falsedades. El problema con esta clase de desviados es que pocos ciudadanos tienen la capacidad de cuestionarlos. Es como el caso del COVID, en dónde la encerrona, entre otras, produjo una gran pérdida de inmunidad a las variantes de la influenza que están afectando particularmente a niños menores de 6 años y a los viejitos mayores de 65.

    Frente a esta nueva realidad, causada por expertos mercenarios, ahora los centristas proponen volver a encerrar al ganado. Sin embargo, no aclaran que un problema covidoso sino uno causado por absurdas intervenciones en la vida ajena.

    Pero el mal de los expertos va mucho más allá de lo viral y se hace presente y doliente en la falsa ciencia económica; esa que ha producido alguno de las “autoridades” más dañinas del mundo. El problema es que una vez que montas a uno de estos expertos en un pedestal, todos se lanzan a dar pleitesía al ídolo con pies de barro; tal como ocurrió con Sam Bankman-Fried en el caso de las criptomonedas de FTX. Fueron muchos los que llegaron a idolatrar a este falso experto.

    A fin de cuentas, tanto en la economía como en la ciencia virulenta y más allá, debemos tener presente que son campos muy complejos, tal como el del cambio climático, que no obedecen los lineamientos de falsos y engreídos expertos. El verdadero experto es aquel que sabe tanto que bien sabe que poco sabe.