Categoría: Opinión

  • Maquiavelo describe la raíz del poder político

    El pensador florentino Maquiavelo fue el precursor del pensamiento político moderno. Durante siglos fue colocado del lado de los villanos, aunque el contenido de su obra refleja otra cosa.

    Hace tiempo escribí sobre este personaje pero debido a que se vuelve sobre el asunto estimo pertinente recordar lo dicho con algunas variantes. Hay quienes juzgan que este autor revelaba su perversidad en sus dos obras más conocidas, es decir, El Príncipe y Discursos sobre la primera década de Tito Livio, lo cual se configura como “maquiavelismo”, pero lo que hizo en estas obras -especialmente en la primera- es simplemente una descripción del poder y de los politicastros que pululan por doquier, lo cual es señalado, entre otros, por autores como James Burnham, George Sabine o Maurizio Vitroli en sus archiconocidos trabajos sobre la materia.

    “Podría citar mil ejemplos modernos y demostrar que muchos tratados de paz, muchas promesas han sido nulas e inútiles por la infidelidad de los Príncipes, de los cuales, el que más ha salido ganando es el que ha logrado imitar mejor a la zorra. Pero es menester respetar bien ese papel; hace falta gran industria para fingir y disimular, porque los hombres son tan sencillos y tan acostumbrados a obedecer las circunstancias, que el que quiera engañar siempre hallará a quien hacerlo”. Este es uno de los pasajes de El Príncipe de Maquiavelo en el que resume su tesis central.

    En esa obra célebre se encuentra el verdadero rostro del poder cuando se lee que el gobernante “debe parecer clemente, fiel, humano, religioso e íntegro; más ha de ser muy dueño de sí para que pueda y sepa ser todo lo contrario […] dada la necesidad de conservar el Estado, suele tener que obrar contra la fe, la caridad, la humanidad y la religión […], los medios que emplee para conseguirlo siempre parecerán honrados y laudables, porque el vulgo juzga siempre por las apariencias”. Incluso hay quienes ingenuamente interpretan el uso maquiavélico de virtú como si se tratara de virtud cuando en verdad esa expresión en El Príncipe alude a la voluntad de poder que solo se obtiene por el uso de la fuerza. Más aún, escribe Maquiavelo que “El Príncipe que quiera conservar a sus súbditos unidos y con fe, no debe preocuparse de que le tachen de cruel […] es más seguro ser temido que amado […] Los hombres temen menos ofender al que se hace amar que el que se hace temer […] solo han llevado a cabo grandes empresas los que hicieron poco caso de su palabra, que se dieron maña para engañar a los demás”.

    Por su parte, en el contexto de los poderes papales, en el otro libro referido Maquiavelo señala que en relación a los abusos del caso “el primer servicio que debemos los italianos a la sede papal es haber llegado a ser irreligiosos y malos” y concluye en un plano más amplio que “Jamás hubo ni habrá un país unido y próspero sin no se somete todo a la obediencia de un gobierno.” Recordemos en otro orden de cosas que de los veinte Concilios hasta el momento -de 325 a 1965- a la mitad de ellos asistió el gobernante político del momento.

    Se trata entonces de una muy ajustada observación de lo que en líneas generales significa quién se instala en el trono del monopolio de la fuerza que denominamos gobierno, pero resulta sumamente curiosa la renovada confianza, no solo de los consabidos adulones que sin vestigio alguno de dignidad están en todas partes y anidan en todos los tiempos, sino de gente de apariencia normal que es engañada y saqueada una y otra vez, a pesar de lo cual insiste en la experiencia cuando el próximo candidato promete “cambio, combatir la corrupción y establecer justicia” y otras cantinelas equivalentes.

    Produce asombro y verdadera perplejidad que se suela considerar como normal que el político mienta en campaña para engatusar a la incauta clientela, incluso livianamente se lo justifica y perdona al candidato diciendo que “es político”. Es que como ha escrito Hannah Arendt, “nadie ha puesto en duda que la verdad y la política están más bien en malos términos y nadie, que yo sepa, ha contado a la veracidad entre las virtudes políticas”. Por ello es que Alfred Whitehead ha enfatizado que “el intercambio entre individuos y entre grupos sociales es de una de dos formas, la fuerza o la persuasión. El comercio es el gran ejemplo del intercambio a la manera de la persuasión. La guerra, la esclavitud y la compulsión gubernamental es el reino de la fuerza”. Por su lado Ortega y Gasset ha escrito: “La política se apoderó de mí y he tenido que dedicar más de dos años de mi vida al analfabetismo (la política es analfabetismo)”. Como nos ha enseñado Gaetano Mosca, la historia no debe interpretarse con lentes monistas o unidireccionales, pero en el caso que nos ocupa se juega nada menos que la libertad que es lo que precisamente permite abrir ríos que se bifurcan en muy distintas direcciones y que permiten naves de diverso calado y volumen.

    Después de tantas matanzas, guerras, torturas y estropicios mayúsculos patrocinados por los aparatos estatales de todas las latitudes, es menester derribar telarañas mentales y explorar otras avenidas fértiles. Para los que quieren ver la realidad del poder hay por lo menos dos etapas que, a su debido tiempo, es aconsejable se transiten. Si lo que se presenta a continuación no es aceptado hay que pensar en otros procedimientos pero no quedarse inmóvil esperando las próximas elecciones pues de este modo se corre el riesgo de convertir al planeta tierra en un inmenso Gulag en nombre de una democracia degradada.

    Debe percatarse que la democracia como ha sido concebida en una manifestación de igualdad ante la ley y la protección de los derechos de las minorías, no ha funcionado debido a los incentivos perversos que se desatan muy a disgusto de los Giovanni Sartori de todos los tiempos. En el camino el sistema ha mutado en cleptocracia, a saber, el gobierno de los ladrones de libertades, propiedades y sueños de vida de cada uno de los que llevan a cabo actividades que no lesionan derechos de terceros.

    En una primera etapa, por ejemplo, debería contemplarse el establecimiento de tres pilares aplicables a los tres poderes. Un triunvirato para el Ejecutivo al efecto de diluir la idea del líder y similares tal como se propuso en los debates constitucionales estadounidenses y, agregamos, elegido por sorteo tal como lo propuso Montesquieu en el segundo capítulo del Segundo Libro de El espíritu de las leyes y tal como ocurrió en las repúblicas de Florencia y Venecia, situación en la que las personas dejan de contarse anécdotas más o menos irrelevantes sobre candidatos para concentrarse en los límites al poder, esto es en la fortaleza de marcos institucionales puesto que cualquiera podría acceder. En el Judicial, Bruno Leoni sugiere que debería permitirse que en los conflictos que surjan en las relaciones contractuales, las partes deberían establecer quienes han de oficiar de árbitros en todas las instancias que se estipulen sin regulación de ninguna naturaleza, con lo que se volverá a lo ocurrido durante el primer tramo del common law y durante la República romana. Por último, debería adoptarse lo que Hayek bautizó como “demarquía” en el tercer tomo de su Law, Legislation and Liberty al efecto de introducir reformas al Legislativo.

    En la segunda etapa, que es en la que ahora nos detendremos a resumir pero con la brevedad que exige una nota periodística, debería prestarse atención a lo que han venido sugiriendo autores tales como Anthony de Jasay, Bruce Benson, Randy Barnett, David Friedman, Murray Rothbard, Jan Narvenson, Gustave de Molinari, Leslie Green, Walter Block, Morris y Linda Tanehill y tantos otros (sistema que he bautizado como “autogobierno”, que a falta de una definición lexicográfica hago una estipulativa en mi libro y en mis tres ensayos académicos sobre la materia publicados respectivamente en Buenos Aires, Londres, Madrid y Santiago de Chile). Debates sobre estos temas están demorados y poco explorados debido a que estamos inundados de medidas infantiles que atrasan y demoran toda posibilidad de progreso como la machacona y absurda idea del control de precios, la inflación monetaria, el embrollo de impuestos astronómicos, deudas siderales, legislaciones contrarias a los derechos más elementales, cerrazón al comercio internacional y normas en el ámbito laboral que perjudican enormemente a quienes desean trabajar.

    Es del caso destacar que una de las obras del referido de Jasay titulada Against Politics donde se objeta el monopolio de la fuerza y se explica la manera evolutiva de producir normas en libertad, el premio Nobel en economía James Buchanan escribe sobre ese trabajo que “Aquí se encuentra la filosofía política como debiera ser: temas serios discutidos con verba, agudeza, coraje y genuino entendimiento”. Lo peor son los conservadores en el peor sentido de la expresión, esto es, no los que pretenden conservar la vida, la libertad y la propiedad, sino los que no pueden zafar de las tinieblas mentales y son incapaces de discutir otros paradigmas dentro de la tradición liberal que como es sabido no es un puerto sino una travesía permanente en un contexto evolutivo. Por ello la sabiduría del lema de la Royal Society de Londres: nullius in verba, a saber, no hay palabras finales.

    No me quiero poner demasiado técnico en esta columna periodística pero el debate por el momento se centra y gira en torno a la asimetría de la información, las externalidades, el dilema del prisionero, el teorema Kaldor-Hicks y el llamado equilibrio Nash.

    Es de interés tener en cuenta los casos en los que las sociedades que operaron sin el monopolio de la fuerza como el de Islandia desde el año 900 al 1200 de nuestra era al que se refiere David Friedman en “Private Creation and Enforcement of Law: A Historical Case” y David Miller en su libro Bloodtaking and Peacemaking. Feud, Law and Society in Saga Island, el de Irlanda desde principios del siglo VI a mediados del XVII, caso al que alude Joseph E. Penden en “Stateless Societies: Ancient Ireland” y el caso de los hebreos, tal como lo relata la Biblia antes del período de los Jueces (Samuel, II, 8), mencionado sucintamente por Lord Acton en su Essays on Freedom and Power.

    Nada de lo dicho puede adoptarse a la manera de un tajo abrupto en la historia, es indispensable el debate en un proceso de discusiones paulatinas en el que exista la debida comprensión de las ventajas de un sistema abierto sin monopolios impuestos. El antes aludido Barnett en Restoring The Lost Constitution nos dice que en nuestro sistemas políticos resulta curioso la insistencia que están consentidos por los ciudadanos cuando no hay manera de expresar el no-consentimiento en cuyo contexto se interpreta como que el aparato estatal fuera el dueño del lugar donde uno vive: “Cara, usted consiente, seca también consciente, no tira la moneda ¿adivine que? Usted también consiente. Esto simplemente no es consentir”. Por último, resulta atingente recordar que Joseph Schumpeter ha señalado en Capitalismo, socialismo y democracia que “La teoría que asimila los impuestos a cuotas de club o a la adquisición de los servicios, por ejemplo, de un médico, solamente prueba lo alejada que está esta parte de las ciencias sociales la aplicación de métodos científicos”.

    No es posible vaticinar cuánto tiempo demandará el antedicho debate ni siquiera si se concretará a niveles suficientes, pero en todo caso es absolutamente necesario ponerle bridas al abuso del poder si queremos vivir una vida digna. Es cierto que ha habido y hay políticos con los mejores propósitos y deseos de libertad, pero el tema es revisar con atención y el debido tiempo los incentivos y las consecuencias implícitas en el monopolio de la fuerza.

    En línea con lo dicho en esta nota, es pertinente concluir con un pronóstico de Jorge Luis Borges. En el libro titulado El otro Borges en el que Fernando Mateo recopila dieciséis entrevistas de diversos medios al célebre escritor, se reproduce una en la que Borges reitera lo que ha dicho y escrito en muchas otras oportunidades, a saber, que la meta debiera ser la abolición de los aparatos estatales en línea con lo estipulado por el decimonónico Herbert Spencer, ocasión en la que el periodista inquiere: “¿Piensa seriamente que tal estado es factible?” A lo que el entrevistado responde: “Por supuesto. Eso sí, es cuestión de esperar doscientos o trescientos años”. A continuación, como última pregunta, el entrevistador formula el siguiente interrogante: “¿Y mientras tanto?” A lo que Borges contesta: “Mientras tanto, jodernos”.

    Agrego un pensamiento de Chesterton antes de un final con un par de pensamientos brutales: “Toda ciencia incluso la ciencia divina es una sublime novela policial. Solo que no está destinada a descubrir por qué ha muerto un hombre, sino el más oscuro secreto de por qué está vivo.” Así es, resulta clave preguntarnos para qué vivimos, no simplemente transcurrir. Y los dos pensamientos brutales llevan al extremo lo consignado por Maquiavelo, uno es el disfraz de politicastros que resumió Trotsky en su discurso en el Parque Sokolniki el 6 de junio de 1918 donde vocifera que “Nos proponemos construir un paraíso terrenal”, el otro mucho más sincero y que pone al descubierto la tentación de los aparatos estatales sin límites pertenece a Stalin en el Catorceavo Congreso del Partido el 18 de diciembre de 1921 en el sentido de sostener que “Quien se oponga a nuestra causa con actos, palabras o pensamientos -si, bastan los pensamientos- será totalmente aniquilado”…lo cual mandó hacer con el propio Trotsky.

  • Abierto de Australia: una victoria con asterisco para Nadal

    No podemos decir “como nunca antes”, pero convengamos que, por muchos años, un evento deportivo con un asombroso triunfo en una final para el infarto, no generaba tanta controversia. El Abierto de Australia con el victorioso Nadal está generando discusiones que van más allá de lo deportivo. Es una discusión que no debería haber existido. Claro, si no fuera por el elemento político que arruina una vez más, la sana competencia deportiva.

    Lastimosamente, no aprendemos de la historia y ésta vuelve y repite, como diría Marx, «La historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa».

    Uno de los eventos más trágicos de la historia, donde el deporte fue intervenido, contaminado y finalmente utilizado como propaganda política fueron los Juegos Olímpicos de Berlín, en la Alemania nazi de 1936.  Los nazis querían utilizar el deporte para lavar sus cada vez más oscuras intenciones. Fue Goebbels quien le hizo ver a Hitler la inigualable ocasión propagandística que un acontecimiento de esa trascendencia podía suponer para el Tercer Reich.

    Para ese momento, Daniel Prenn tenista judío alemán estaba en la cima de su juego, ocupando el puesto número uno en Alemania durante cuatro años consecutivos, desde 1928 hasta 1932, cuando se le prohibió competir en 1933 cuando los nazis llegaron al poder. A pesar de su gran éxito en la cancha, la Federación Alemana de Tenis aprobó estas resoluciones (en parte) en abril de 1933: “1. Ningún judío puede ser seleccionado para un equipo nacional o la Copa Davis. 2. Ningún club o asociación judía o marxista puede estar afiliado a la Federación Alemana de Tenis. 3. Ningún judío podrá ocupar un cargo oficial en la Federación.” Y, agregaron, con nombre propio: “El jugador Dr. Prenn (judío) no será seleccionado para el equipo de la Copa Davis en 1933”.

    En abril de 1933, se instituyó una política de “Sólo arios” en todas las organizaciones deportivas alemanas. Los atletas “no arios” eran sistemáticamente excluidos de las instalaciones y asociaciones deportivas alemanas. Se prohibía el acceso a las instalaciones a perros y judíos citaban los carteles.

    Como uno podría concluir que sucede ahora, ante estas medidas discriminatorias, que nada tenían que ver con el deporte, existían partidarios de participar de los juegos y otros que no. Del lado de los partidarios del boicot, uno de los más activos era Jeremiah Mahoney, presidente de la Federación Estadounidense de Atletismo. Mahoney sostenía que Alemania había quebrado el espíritu Olímpico al imponer discriminaciones raciales y religiosas; participar, según él, implicaba apoyar a Hitler. Las llamadas al boicot de Mahoney fueron particularmente escuchadas por la comunidad católica de Estados Unidos. Ernst Lee Jahncke, otro de los activistas favorables al boicot fue expulsado de Comité Olímpico Internacional por manifestarse en contra de la participación de Estados Unidos en los juegos.

    Las propuestas de boicot fueron enérgicamente discutidas en otros países, especialmente en el Reino Unido, Francia, España, Suecia, Checoslovaquia y en Holanda. Los alemanes exiliados por motivos políticos también se manifestaron a favor del boicot. Sin embargo, con la excepción de España, todos estos países terminarían por participar, pese a que atletas, tanto judíos como no judíos, de varias delegaciones se negaran a asistir, o fueran excluídos, como Marty Glickman y Sam Stoller.

    Aunque Alemania argumentaba que el desempeño atlético era el único argumento a la hora de realizar la selección del equipo deportivo olímpico, el Comité Olímpico Internacional (COI) mantenía la preocupación, posiblemente más estética que ética, sobre la total ausencia de atletas judíos en el equipo alemán. Finalmente, el gobierno de Hitler tuvo que ceder y pactó con el COI la inclusión de una cuota judía simbólica en el equipo. La elegida fue Helene Mayer, una esgrimista alemana judía en el exilio que aceptó regresar al país que la había despreciado por judía, para defender la bandera nazi. El hecho es que Mayer llegó a Berlín, compitió y ganó la medalla de plata.  Después vino la ceremonia del podio, el brazo en alto haciendo el saludo nazi y una imagen que aún hoy resulta perturbadora.

    El régimen hitleriano explotó las Olimpíadas para impresionar a miles de espectadores y periodistas extranjeros presentando la imagen lavada de una Alemania pacífica y tolerante. Y les funcionó.

    La mayoría de las fuentes de información se hicieron eco de un artículo publicado por el New York Times que señalaba que las Olimpíadas habían devuelto a Alemania a «la comunidad mundial» y le habían restituido su «humanidad». Sólo unos pocos periodistas, entre ellos William Shirer, pensaban que el brillo alemán era una fachada que ocultaba un régimen racista y opresivamente violento.  Los esfuerzos y la máquina propagandística se extendieron mucho más allá de las Olimpíadas con el lanzamiento mundial, en 1938, de “Olympia”, el controvertido documental sobre las Olimpíadas dirigido por la cineasta alemana y seguidora nazi Leni Riefenstahl. El régimen nazi la escogió para realizar esta película sobre las Olimpíadas de Verano de 1936.

    Alemania invadió Polonia el 1 de septiembre de 1939. A tan sólo tres años de las Olimpíadas, el «hospitalario» y «pacífico» anfitrión de los Juegos Olímpicos desató la Segunda Guerra Mundial, un conflicto que causó una de las mayores pérdidas de vidas humanas de la historia y una destrucción edilicia y sobre todo ética y moral incalculable.

    No puede soslayarse ni negarse. El triunfo de Nadal es impresionante. La remontada del juego ante Medvedev es épica. Este encuentro entrará en la historia al ser la primera remontada en una final del Abierto de Australia en la era Open, en la que el ganador del título remonta en la final dos sets a cero. Quienes disfrutan del deporte, quienes son aficionados al tenis, no pueden evitar la emoción de semejante partido.

    Sin embargo, lo que empaña este triunfo en el Abierto de Australia , es que no se sabrá nunca cómo se hubiera desarrollado el torneo con un jugador como Djokovic disputando la competencia. Es una victoria amarga, siempre quedará la duda sobre el curso del torneo; y por lo mismo debería leerse con una marca, un asterisco que a pie de página explique que por motivos puramente políticos y no por condiciones deportivas se privó a un competidor jugar y disputar un título.

    Quizá la final hubiera sido otra. Quizás el ganador hubiera sido otro. O quizá no…por eso, esa duda que invade la gesta deportiva del Abierto de Australia lo afea. Esa duda de que el deporte sirve y es usado, una vez más, como vehículo para propagar una narrativa política que lastimosamente no podemos decir “como nunca antes había ocurrido”.

  • Educación estatal, la vaca sagrada de nuestro tiempo

    No resulta posible enseñar libertad sobre la base de la compulsión. Entonces no solo no tienen sentido los llamados ministerios de educación y de cultura, sino que la educación estatal resulta un contrasentido igual que literatura estatal, periodismo estatal, arte estatal y demás dislates. Y no digo «educación pública» puesto que se trata de un disfraz ya que la educación privada es también para el público.

    Hay justificadas quejas por la politización y el consiguiente adoctrinamiento en instituciones de enseñanza y, sin embargo, se acepta que los aparatos estatales impongan criterios curriculares en esos centros, sean estatales o privados, que en este último caso están privados de independencia.

    La característica medular de la educación estriba en un proceso de prueba y error en un contexto evolutivo. Nadie debiera tener la facultad de imponer estructuras curriculares puesto que de ese modo se cierran las puertas y ventanas de un sistema que requiere el máximo oxígeno en un proceso competitivo en el que se establecen auditorías cruzadas para lograr los mayores niveles de excelencia. Uno de los pilares de cualquier educación que se precie de tal consiste en fomentar el pensamiento independiente y en la capacidad de cuestionar el statu quo y despejar telarañas mentales, lo cual pretendemos hacer en esta nota periodística. Los aparatos de la fuerza debieran ser ajenos a la educación. No resulta posible enseñar libertad sobre la base de la compulsión.

    Entonces no solo no tienen sentido los llamados ministerios de educación y de cultura, sino que la educación estatal resulta un contrasentido igual que literatura estatal, periodismo estatal, arte estatal y demás dislates. Y no digo «educación pública» puesto que se trata de un disfraz ya que la educación privada es también para el público.

    No se trata de sostener en modo alguno que en las instituciones estatales no hay excelentes profesores y profesoras. Por otra parte, no sería consistente con mi propia trayectoria fuera de ámbitos universitarios privados si pensara que toda la enseñanza estatal es deficiente ya que también me he desempeñado en universidades estatales. No se trata de refutar el hecho de lo mucho y bueno aprendido en entidades gubernamentales de enseñanza merced a las esforzadas y meritorias tareas de maestras y maestros. Salvando las distancias, tampoco es el caso de discutir en nuestro medio la faena formidable de Sarmiento en un territorio virgen, aun con las críticas por haber desplazado la enseñanza privada debido a la «gratuidad» de su propuesta (recordemos al pasar que nada es gratis).

    A esta altura de los acontecimientos, se trata de revisar el fondo del asunto y no para circunscribirlo al caso argentino, sino para formular un análisis global que cabe a todas las instituciones estatales de educación en todas las latitudes. No es un asunto de mala voluntad, sino de independencia y de incentivos puesto que no es lo mismo cuando uno paga las cuentas que cuando fuerza a otros a pagarlas.

    Las acreditaciones, en los casos en que se requieren, serían realizadas, tal como sucedía originalmente, a través de academias e instituciones privadas que, en el proceso, además, sirven también de auditorías cruzadas y en competencia por la calidad de los programas.

    Por otra parte, es menester contemplar las características únicas de cada uno de los que aplican para la educación formal, que incluso lo son de un modo multidimensional en la misma persona, por lo que se requiere un proceso dinámico y cambiante.

    Debe comprenderse que todos pagamos impuestos, especialmente los más pobres, que pueden no haber visto nunca un formulario fiscal. Esto es así porque aquellos que son contribuyentes de jure reducen sus inversiones, lo cual, a su turno, disminuye salarios e ingresos en términos reales, una secuencia que tiene lugar debido a que las tasas de capitalización constituyen la única explicación por la que se eleva el nivel de vida.

    Más aún, si tomamos en cuenta el concepto de utilidad marginal resulta claro que una unidad monetaria –a pesar de que no son posibles las comparaciones intersubjetivas de utilidad ni tampoco pueden referirse a números cardinales– en general no es lo mismo para una persona pobre que para una persona rica. En el primer caso, manteniendo los demás factores constantes, el efecto negativo del tributo será mayor, lo cual hace que el impacto impositivo recaiga en definitiva con mayor peso en los más pobres como consecuencia de la antedicha contracción en las inversiones.

    Desde otra perspectiva, los costos por estudiante en las entidades estatales de educación son habitualmente más elevados que en instituciones privadas, por la misma razón que opera «la tragedia de los comunes» en cuanto a incentivos que hacen que las mal llamadas «empresas estatales» sean ineficientes. Por ende, debieran venderse las instituciones estatales de enseñanza, por ejemplo, a los mismos encargados de los respectivos claustros con todas las facilidades del caso. Y en la transición, para financiar a los que no cuentan con ingresos suficientes, pero tienen condiciones para aplicar a las ofertas educativas existentes, se ha sugerido el sistema de vouchers en repetidas ocasiones. Este sistema exhibe un non sequitr: esto significa que de la premisa de que otras personas debieran ser forzadas a financiar la educación de terceros no se sigue que deban existir instituciones estatales de educación, ya que el voucher (subsidios a la demanda) permite que el candidato en cuestión elija la entidad privada que prefiera.

    Se ha dicho repetidamente que la educación es un bien público, pero esta afirmación no resiste un análisis técnico ya que no calza en los principios de no rivalidad y no exclusión propios de los bienes públicos.

    También se ha dicho una y otra vez que la educación estatal debe incorporarse porque le da sustento a la idea de la «igualdad de oportunidades». Esta figura, prima facie parece atractiva pero es del todo incompatible y mutuamente excluyente con la igualdad ante la ley. El liberalismo y la sociedad abierta promueven que la gente disponga de mayores oportunidades, no iguales, debido a que las personas son distintas. La igualdad es ante la ley, no mediante ella.

    Se argumenta que los niños debieran contar con un minimum de enseñanza tal como el aprendizaje de la lectura y la escritura, pero si los padres de familia consideran que eso es importante, es eso a lo que se le otorgará prioridad tal como ha ocurrido a través de la historia por medio de pagos directos o por medio de becas. Es muy cierto que la educación es fundamental, pero más importante aún es el estar bien alimentado y ninguna persona de sentido común, a esta altura, propondrá que la producción de alimentos esté en manos del Estado, porque la hambruna es segura.

    Si prestamos atención a los escritos de historiadores, comprobaremos que, comenzando con Atenas, la Roma de la República antes del Imperio, el mundo árabe en España y en el comienzo de las colonias estadounidenses no había interferencia estatal en materia educativa. Cualquiera podía instalar un colegio y competir para atraer alumnos a muy diferentes precios y condiciones, lo cual produjo como resultado la mejor educación del mundo de entonces. Debido a que el control gubernamental poco a poco se fue apropiando de la educación, desde el siglo XVII se instaló el primer sistema estatal en Alemania y en Francia. Ya en el siglo XVIII la mayor parte de Europa estuvo bajo la influencia de este sistema (excepto Bélgica, que lo impuso en 1920).

    Por último, destaco que, en una sociedad abierta, cuando se estima que padres lesionan derechos de sus hijos sea en materia educativa, alimentaria o física, quienes detectan esas conductas pueden actuar como subrogantes ante la Justicia.

  • La oculta verdad de la CSS

    Quien sabe por dónde andan quienes escriben y escriben advirtiendo que la Caja de Seguro Social (CSS) “va a quebrar”. No puede quebrar a futuro lo que ya está quebrado. Que no lo quieran reconocer, es harina de otro costal. Y no hablo del gobierno actual, sino de todos los gobiernos, comenzando por el que parió semejante estafa piramidal, la cual estaba condenada desde su fatal alumbramiento. Y “condenada”, no sólo porque un esquema que depende de que entren otros para financiar a los primeros, es inviable en el tiempo si los que ingresan son menos a los que van egresando, sino porque la ley lo prohíbe y establece cárcel para quien comete ese delito financiero.

    Están los casos como el de Bernie Madoff y en el plano local David Murcia, que fue acusado penalmente por lo mismo. Pretender que, si lo hace el gobierno, entonces sí está bien, es horrible y origen y razón de muchos de nuestros males. ¿Será que ya pocos recuerdan las distintas estafas piramidales que han pasado por Panamá y dejado a tantos estafados y sin defensión?

    Hoy día hablar de un “rescate” o de “salvar” la CSS es… mejor ni lo califico, pues la única realidad brutal es que la CSS es INSALVABLE. No hay salidas mágicas y sólo quedan las dolorosas. Y con “dolorosa” me refiero a una amputación del miembro necrótico o, tal vez de todo el cuerpo.

    Una posible alternativa sería la emisión de bonos a los cotizantes por el valor de su aporte; bono que podrían, entonces, hablando de VIM, negociar en el mercado secundario o esperar a su vencimiento para cobrarlo. En tal realidad no queda otra que cada quien se haga cargo y responsable de su realidad económica. Podrían inclusive negociar su bono con empresas que ofrezcan programas de seguro de vejez, invalidez o muerte; con la posibilidad de aportes voluntarios a un fondo de pensiones, que hoy día podría incluir a las criptomonedas. El mercado otorga muchísimas posibilidades para todos y con diferentes aversiones al riesgo.

    A fin de cuentas, lo que hicimos todos y sacaron a relucir los decadentes politicastros fue abusar criminalmente del buen término “solidaridad”. ¿A quién se le ocurre buscar solidaridad en el estercolero político?

    Todo ello deja por fuera el tema de la salud, el cual también hay que llevarlo al quirófano de la verdad y la realidad, que, al menos, sería regresarlo a la realidad del mercado; dado que meter la politiquería en los negocios es cosa de “#$%&. A ver si algún día superamos el absurdo “no a la privatización”, de decir que sólo deja a la población en el camino del colapso y… ojalá no sea el camino de horribles desórdenes en las calles que profundicen mucho más el desastre.

  • Huxley, Fukuyama y Lewis, una terna inquietante

    La tecnología y la ciencia son de inmensa utilidad empleadas para el bien y constituyen una tremenda amenaza si se le da un destino perverso.

    De entrada planteamos la tesis general de esta nota: los progresos científicos y tecnológicos han sido espectaculares y han facilitado y mejorado en grado sumo la vida de las personas, pero si esos instrumentos se usaran para desfigurar la naturaleza humana el pronóstico será por cierto sumamente sombrío y triste con lo que el hombre se convertirá en una caricatura grotesca.

    Aldous Huxley publicó «Un mundo feliz» en 1932 con ideas muy distintas a las que luego abrazó en cuanto al sustento filosófico. Ya en el prólogo de la edición de esa obra en 1946 se percibe el cambio en el trasfondo de los comentarios y mucho más profundos en «Un mundo feliz» revisitado de 1958 donde su comprensión y fundamentación de la sociedad libre es sobresaliente y ya despojado de errores anteriores respecto al marco conceptual. Este pensamiento magistral y sustancioso venía insinuándose en su selección publicada bajo el título de «Ends and Means» donde resume su línea argumental y eje central de donde deriva sus consideraciones posteriores: “En mayor o menor medida todas las comunidades civilizadas del mundo moderno están formadas por un pequeño grupo de gobernantes corruptos por mucho poder, y por un grupo grande corrupto por demasiada obediencia pasiva e irresponsable”.

    En la antedicha revisión de 1958 no abandona sino que reitera su preocupación por la eventual entrega de dosis químicas que den sensación de felicidad y acatamiento al poder de turno donde “no hay espacio para la libertad”, es decir, “la pesadilla de la organización total”. Sostiene aquí que el mundo orwelliano consistía en el avance del Gran Hermano sobre las libertades individuales, sin embargo, su pronóstico es muchísimo más peligroso y letal, es la esclavitud aparentemente voluntaria debido a la distorsión química de la voluntad. Advierte del uso degradado de la manipulación genética. Concluye que “Psíquica y físicamente cada uno de nosotros somos únicos. Cualquier cultura que en nombre de la eficiencia o en nombre de algún dogma político o religioso pretenda standarizar al ser humano comete un crimen contra la naturaleza humana […] en el proceso de fabricar una organización en el sentido apuntado solo creará un estado totalitario.”  Y luego advierte que “Una nueva ética social está reemplazando nuestra ética tradicional, un sistema en el que es primordial el individuo. Las palabras clave en esta ética social son ajuste, adaptación, orientación social, pertenencia, lealtad grupal, pensamiento social.” Y escribe que finalmente esta visión contraria a la libertad de las personas hace que “surjan los Stalin y Hitler que en sus hediondas normas se subordinan los fines individuales a sus fines que mezclan violencia y propaganda y la sistemática manipulación de las mentes.” Henos aquí con lo que Huxley interpreta es la explicación por lo que retrocede el respeto recíproco, en este sentido señala con énfasis que “casi todos desean la paz y la libertad pero muy pocos son los que tienen el necesario entusiasmo por los pensamientos y las acciones tendientes a esa paz y libertad.”

    Por su parte, Francis Fukuyama que en «El fin de la historia» se basó en un marxismo al revés, a saber, su prognosis en cuanto a que luego del derrumbe del Muro de la Vergüenza sería inexorable la libertad y los mercados libres. Como es sabido, nada en lo humano es inexorable, todo depende de lo que seamos capaces de hacer. Sin embargo años después publicó «El fin del hombre» donde aparecen preocupaciones similares a las destacadas por Huxley a quien cita como precursor en el señalamiento de personas que “ya no poseen las características que nos otorgan dignidad humana” puesto que “la amenaza más significativa planteada por la biotecnología contemporánea estriba en la posibilidad de que altere la naturaleza humana”. Reproduce un pensamiento que nos recuerda a lo consignado en el siglo XVII por Algernon Sidney: “Estamos inmersos en un sistema donde la mayoría ha nacido con monturas sobres sus espaldas mientras unos pocos lo han hecho con coronas sobre sus cabezas”, así tal vez sin proponérselo Fukuyama escribe que “El interrogante definitivo suscitado por la biotecnología es ¿que será de los derechos políticos cuando de verdad seamos capaces de producir unos individuos con sillas de montar en las espaldas y otros con botas y espuelas?”, al fin y al cabo “Hitler no es sino el más famoso paladín del pensamiento genético.”

    Hay aquí un debate paralelo que insinúa Fukuyama y es sobre el materialismo filosófico que una y otra vez reaparecen en torno a la materia que ahora estudiamos sobre lo que hemos analizado en detalle en otra oportunidad y sobre lo que volveremos en el futuro dada la relevancia del asunto. Se trata de subrayar el error común de mantener que la conducta humana está determinada por lo que en la práctica se niega la libertad. Una cuestión que constituye los cimientos de la sociedad libre. Es su punto de partida. En un primer abordaje del tema Fukuyama parece circunscribir la acción al cerebro y a la influencia del entorno sin considerar la mente, aunque Fukuyama en última instancia al percatarse del embrollo en que está esgrime que “nunca llegaremos a comprender del todo cómo se forma el comportamiento” a pesar de que vuelve a las andadas al referirse al “arquetipo físico del criminal” sin atender a las características psíquicas de la persona tal como lo han puesto en evidencia autores como Stanton Samenow en Inside the criminal mind y tantos otros estudiosos de fuste que engrosan una muy nutrida bibliografía en esta dirección por más que Fukuyama intercala opiniones de personajes como Robert Cook-Degan en cuanto a que “los genes jamás determinan el cien por cien la condición de un individuo” y puesto que, como queda dicho, más adelante afortunadamente se pronuncia sobre el libre albedrío de modo ajustado a la realidad lo cual deja a lector con una sensación de ambigüedad y zigzagueo en esta materia tan crucial.

    Otra discusión paralela que introduce Fukuyama es la noción freudiana de enfermedad mental que ha sido refutada entre otros por Thomas Szasz en su libro «El mito de la enfermedad mental» donde explica que desde la perspectiva de la patología una enfermedad es una lesión en tejidos, células o cuerpos pero nunca es atribuible a la mente puesto que las ideas no están enfermas.

    De cualquier modo, Fukuyama con razón arremete contra el tratamiento desaprensivo del genoma y la clonación humana “puesto que lo que en definitiva está en juego en la biotecnología no es simplemente el cálculo materialista de los costos y beneficios relativas a las tecnologías médicas sino los propios fundamentos del sentido moral humano” ya que “las instituciones de las democracias liberales capitalistas contemporáneas han tenido éxito porque se fundamentan en asunciones sobre la naturaleza humana.”

    Por último en cuanto a este autor, lamentablemente se refiere a quienes se oponen al aborto como si los argumentos estuvieran basados en cuestiones religiosas cuando en verdad se trata de asuntos puramente científicos. Nos hemos pronunciado con detenimiento sobre esta aberración. En este sentido, entre otras muchas manifestaciones científicas, es pertinente reproducir nuevamente la conclusión de la muy oportuna declaración oficial en el medio argentino por parte de la Academia Nacional de Medicina: “Que el niño por nacer, científica y biológicamente es un ser humano cuya existencia comienza al momento de su concepción.”

    El tercer autor es C. S. Lewis en su trabajo titulado «La abolición del hombre» cuya edición original data de 1944. En esta obra Lewis subraya que su objetivo no es para nada desconocer las magníficas contribuciones de la ciencia, sus observaciones van dirigidas a una interpretación horrible de aquello de ponderar la ciencia como “el dominio de la naturaleza por el hombre” que no vaya a trocar por la abolición de la naturaleza humana en cuya situación “el hombre será un paciente del poder político” puesto que en este contexto “la conquista del hombre sobre la naturaleza -si los sueños de ciertos planificadores científicos se concretan- significa el mando de unos pocos cientos de personas sobre millones y millones de seres humanos” ya que “la nueva era construirá un aparato estatal de irresistibles técnicas científicas” y en este cuadro de situación no es que se trate de “hombres infelices puesto que no serían hombres sino artefactos”, este es el riesgo de usar mal la tecnología y la ciencia. El razonamiento que conduce a esta calamidad es tan absurdo “como aquel irlandés que descubrió que su calefactor nuevo gastaba la mitad de combustible que el anterior, por ende se compró otro para que el consumo desapareciera”.

    En resumen, la tecnología y la ciencia son de inmensa utilidad empleadas para el bien y constituyen una tremenda amenaza si se le da un destino perverso tal como hoy sucede con los procedimientos modernos a que recurren burócratas imbuidos por doquier de un estatismo galopante para manejar a su antojo vidas y haciendas ajenas. Las reflexiones de esta terna nos invitan a pensar cuidadosamente sobre estas voces de alarma al efecto de evitar la aparición de contrabando de monstruos en reemplazo de la condición humana.

  • Las pasiones que alimentan las grietas

    Hay entre nosotros ciertas ideas que asumimos como credos y alimentan la brecha que todos conocemos. ¿De dónde vienen y por qué se forman así? También las pasiones parecen alimentar las respuestas a esa pregunta.

    El 26 de diciembre pasado falleció Edward Osborne Wilson (1929-2021), tal vez un desconocido para casi todos. Fue un destacado biólogo y naturalista, profesor en Harvard y sujeto al mismo tipo de pasiones que alimentan nuestros debates, sólo que en otro campo. Y curiosamente, sus conclusiones son importantes aportes a las razones de estos mismos enfrentamientos.

    En una sesión de la American Association for the Advancement of Science en 1978, cuando fue presentado ante la audiencia, un participante subió y le vació la jarra de agua en la cabeza. Al rato, luego de secarse continuó con su conferencia. ¿Qué es lo que generó semejante rechazo? ¿Qué pudo ofender tanto? Y si bien fue uno el que lo hizo, el principal frente de rechazo a sus investigaciones eran profesores de la misma Harvard.

    Lo que hizo Wilson fue cuestionar una visión prevalente entre científicos y filósofos desde John Locke, conocida como la “página en blanco”. Según esta, no hay ideas innatas en la mente (así se titula uno de los primeros capítulos del libro de Locke Ensayo sobre el Entendimiento Humano), llegamos a este mundo con un cerebro que es una página en blanco que comenzamos a llenar con los datos e información que recibimos a través de los sentidos. Es decir, nuestra formación es esencialmente cultural, nos empapamos del mundo que nos rodea.

    Wilson partió del supuesto opuesto, que existe una base biológica para nuestras conductas, al menos algunas de ellas. El rechazo fue completo, especialmente desde la izquierda, que consideraba esto era una justificación de la discriminación en base al sexo o a la raza. Se asociaban estas ideas con la eugenesia, la idea de mejorar la herencia genética a través de ciertas intervenciones o la selección de ciertos individuos. La eugenesia terminó totalmente desacreditada cuando se la asoció con el intento nazi de generar una raza superior o políticas posteriores de esterilización forzada, y con toda razón. Todo eso se volvió mala palabra, pero no solamente se volvió tabú la eugenesia sino la biología social misma y no son la misma cosa. Wilson fue asociado con esas propuestas y discriminado cuando su campo era el de la ciencia, no el de la política.

    ¿Porqué la izquierda rechazaba de plano una influencia biológica en las conductas? Pues porque en el centro de su ideología se encuentra la necesidad de formar un “hombre nuevo”, en palabras del Che. Era necesario moldear las mentes humanas para que se adecuen al nuevo sistema, uno en el que las personas estarían motivadas por la revolución, el socialismo, no por los intereses personales. El Khmer Rouge llevó a la práctica estas ideas. Tal vez no es de extrañar que encontráramos posiciones similares en los dos extremos, unos por la positiva (formar nueva gente), otros por la negativa (eliminar “mala” gente).

    Pero lo de Wilson no tenía nada que ver con la eugenesia, sino con la ciencia. No obstante, sus aportes científicos también han preocupado a algunos liberales, tal vez porque si ciertas conductas son “predeterminadas” entonces se reduce el campo del libre albedrío y de la responsabilidad individual. No obstante, Wilson nunca fue “determinista” y en 1975 publicó un libro de gran impacto, Sociobiología, la nueva síntesis, donde analiza aquellas conductas humanas moldeadas por la evolución en beneficio de la reproducción de los genes, algo que ya había planteado Darwin en El Origen de las Especies.

    Este mundo abierto por Wilson explota en estos momentos con aportes de las ciencias naturales y sociales de todo tipo, y tienen auge en libros de divulgación de gran éxito como los de Jordan Peterson, Steven Pinker, Matt Ridley, Gerd Gigerenzer y muchos otros, que buscan explicar también las raíces de ciertas ideas que predominan en nuestra sociedad. Esto se extiende a las ideas económicas, por supuesto. ¿Por qué la gente piensa que las exportaciones son buenas y las importaciones son malas? ¿Por qué favorece el control de alquileres o de precios cuando sabemos que nunca funcionan? Hay un elemento cultural, por supuesto, pero asentado en las emociones. Los políticos conocen esto intuitivamente, pero muy bien, apelan a esas emociones, no a la razón. Apelan al sentimiento de tribu, no a una mente abierta y globalizada.

    Muchas de esas emociones “vienen de fábrica”, como planteara Wilson, y sobre ellas se montan los políticos populistas planteando siempre “ellos contra nosotros”: el problema es siempre el FMI, el capitalismo, los acreedores, etc. Los liberales tienen más problemas en promover su idea de un orden abierto y globalizado, una idea que tiene no más de 200 años; nada en términos de la evolución de la mente en grupos por siglos.

  • ¿No hay plan?, una nota para distraídos

    En otras ocasiones lo he consignado, pero en vista del renovado entusiasmo y énfasis con que se esfuerzan los distraídos para denunciar que no hay plan, es necesario reiterar y contradecir a los incautos y anoticiarlos que sí hay plan.

    Un plan tan efectivo para producir resultados inmediatos que ni siquiera los fulanos de marras se percatan que existe, quienes miran para otro lado atolondrados por las circunstancias. Es tan eficiente el plan en curso que avanza a pasos agigantados de un modo tal que se hace invisible para ojos muy poco atentos y acostumbrados a que un plan tiene que tener ciertas características que ellos solo conciben como posibles, son mentes estructuradas incapaces de advertir el peligro. Están estructurados en base a fabricaciones preconcebidas con lo que no pueden interpretar otras manifestaciones fuera de su estrecha familiaridad.

    Para estos liliputenses solo hay plan si se consignan guarismos tales como el porcentaje de déficit fiscal, el ritmo de expansión monetaria, el comportamiento de la maraña tributaria o la evolución de la deuda, el resto no puede ser un plan aunque se planifique la destrucción de todo vestigio de procedimientos civilizados.

    Si le hubieran dicho a Fidel Castro, a Hugo Chávez o ahora a Daniel Ortega o a Kim Jung Un que sus gobiernos no tienen plan se hubieran descostillado de risa.

    ¿No se ve con toda claridad la celeridad con que el plan totalitario procede sin cortapisas de alguna firmeza, solo rodeados de declaraciones altisonantes y sin resultados concretos? ¿No se ve que ya no tiene sentido la parla sobre la República puesto que por el momento no hay vestigio de república? Un sistema republicano tiene cinco componentes, la alternancia en el poder, la responsabilidad de los actos de gobierno ante los gobernados, la publicidad de los actos de gobierno en el contexto de la necesaria transparencia, la división de poderes y la igualdad ante la ley. Muy poco queda en pie y sin embargo se insiste en que no hay plan como si nuestras dolencias vinieran por azar.

    Tengamos en cuenta que la igualdad ante la ley no es desde luego que todos seamos iguales para ir a un campo de concentración, se trata de la igualdad de derechos atada e inseparable de la noción de Justicia que según la definición clásica es el “dar a cada uno lo suyo” y “lo suyo” remite a la propiedad privada, una institución extremadamente vapuleada en nuestro medio por los atropellos inmisericordes del Leviatán.

    Se porfía que no hay plan mientras los planificadores se mofan de la tontera ajena y siguen introduciendo nuevos gravámenes, nuevas expansiones galopantes de la base monetaria, nuevos endeudamientos internos y externos, nuevos subsidios, nuevas legislaciones laborales que aniquilan el trabajo y nuevas regulaciones asfixiantes. Pero los supuestos soldaditos de la cordura aseguran que no hay plan.

    Si seguimos rodeados de estos irresponsables pronto todos nos encontraremos en un inmenso Gulag donde cuando ya sea demasiado tarde se reconocerá que ese era el plan impuesto y dirigido por los capitostes que administrarán los alambrados de púa. Para los distraídos si un plan no se anuncia acompañado de una planilla Excel o si no encaja en los criterios de la burocracia del FMI no es un plan. Si no se dice claramente cuál es el rumbo, no hay rumbo aunque los acontecimientos se precipiten machaconamente siempre en la misma dirección. Hasta que el choque contra la pared última no sea patente no hay plan, por más que la velocidad de los acontecimientos conducidos por megalómanos exponenciales se acerca a la pared definitiva y por más que se hayan producido reiterados choques espectaculares contra paredes intermedias como avisos de peligro inminente de la catástrofe final. Por más que todo ello ocurra, se sigue manteniendo que no hay plan lo cual desdibuja la noción de plan y las trifulcas de palacio que entretienen a tantos con chismografía de segunda, igual que con el cuento del lobo feroz es para comernos mejor.

    Tal vez convenga en este contexto alguna reflexión sobre el sentido del derecho a los efectos de escapar de la trampa del no-plan mientras nos devora el si-plan basado en la estrangulación de las autonomías individuales y consiguientemente del derecho. De un largo tiempo a esta parte la noción original de la ley se ha deteriorado significativamente. En la tradición del common law y en buena parte del derecho romano, especialmente durante la República y la primera parte del Imperio, el equivalente al Poder Legislativo era para administrar las finanzas del gobierno mientras que el derecho era el resultado de un proceso de descubrimiento que surgía de otro campo: los fallos de árbitros según los convenios entre partes que el poder de policía se encargaba de hacer cumplir.

    El jurisconsulto italiano Bruno Leoni en su célebre obra La libertad y la ley explica que “estamos tan acostumbrados a pensar en el sistema del derecho romano en términos del Corpus Juris de Justiniano, esto es, en términos de una ley escrita en un libro, que hemos perdido de vista cómo operaba el derecho romano […] El derecho romano privado, que los romanos llamaban jus civile, en la práctica, no estuvo al alcance del legislador […] por tanto, los romanos disponían de una certidumbre respecto de la ley que permitía a los ciudadanos hacer planes para el futuro de modo libre y confiado y esto sin que exista para nada escrito en el sentido de legislaciones y códigos” a diferencia de lo que hoy ocurre en cuanto a que cualquier legislación puede modificarse abruptamente en cualquier dirección, en cualquier área o abarcando extensos territorios.

    El filósofo del derecho Lon Fuller en The Principles of Social Order concluye que “el juez que tiene claramente en su mente que el principio del contrato puede, sin su ayuda, servir como ordenamiento social abordará su materia con un espíritu diferente de aquel juez que supone que la influencia del contrato en los asuntos humanos deriva enteramente de la legislación fabricada por el Estado”, lo cual expande en su libro titulado The Morality of Law en la que crítica muy documentadamente al positivismo legal, corriente que desafortunadamente hoy predomina en la mayor parte de las Facultades de Derecho en la que los egresados citan legislaciones, incisos y párrafos pero desconocen los fundamentos de la norma extramuros de la ley positiva.

    Nota: editado ligeramente para darle contenido internacional al artículo.

  • Estados Unidos se viene latinoamericanizando

    La degradación conceptual que ha penetrado en algunos de los máximos referentes políticos de los Estados Unidos le da la espalda a una larga tradición que produjo la revolución más constructiva a favor de los derechos individuales de la historia de la humanidad.

    En otra oportunidad he recurrido a lo que ahora apunto en el título de esta nota para describir lo que viene sucediendo en el otrora baluarte del mundo libre. Esta vez, como una muestra más del declive estadounidense que viene operando desde hace un tiempo, una de las manifestaciones recientes y más contundentes tuvo lugar en la sala de prensa en la Casa Blanca a raíz de una expresión de Jen Psaki, la vocera presidencial de Joe Biden. Respondiendo a una pregunta periodística afirmó que “los precios suben debido a la codicia de empresarios”. Una conclusión alarmante por su insensatez, digna de republiquetas africanas o las peor ubicadas de la región latinoamericana.

    ¿Cómo es posible que en Estados Unidos puede deslizarse una tropelía de esa magnitud nada menos que en el centro del poder gubernamental y con el natural aval de las autoridades del caso? Este desbarranque mayúsculo sólo puede tener lugar debido a una degradación conceptual de características exponenciales que han penetrado en mentes de un modo sumamente peligroso para la supervivencia de la sociedad libre a contracorriente de los sólidos valores y principios de los Padres Fundadores de esa nación.

    En su momento destacamos con enorme preocupación el persistente incremento del gasto público, el déficit y el endeudamiento generado por el anterior presidente Donald Trump. También subrayamos su desgraciado e inaceptable rol en el rechazo de los resultados electorales según normas por él aceptadas en la contienda y certificadas por los cincuenta estados, sesenta y un jueces federales y locales (ocho de los cuales designados por el propio Trump) y por su vicepresidente Mike Pence. Luego el sucesor Joe Biden se decide por acentuar los antes mencionados guarismos de gasto, déficit y deuda junto con expansiones adicionales en la base monetaria lo cual se traduce en la inflación mayor de los últimos treinta y nueve años.

    En mi libro Estados Unidos contra Estados Unidos detallo la referida declinación en materia de relaciones exteriores, de varios aspectos en la Justicia, de la educación, de la economía, el federalismo, los problemas con las drogas alucinógenas para usos no medicinales, las trabas migratorias, las fuerzas paramilitares y los servicios de inteligencia, el terrorismo, la estructura fiscal y en general los límites al poder. Cierro aquella obra con un pensamiento de Ronald Reagan con la advertencia que “Usted y yo tenemos un rendez-vous con el destino. Preservar esto para nuestros hijos, la última esperanza del hombre en la tierra, o sentenciarlos al primer paso hacia mil años de oscuridad. Si fracasamos, por lo menos que nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos puedan decir que hemos justificado nuestro paso por aquí. Que hicimos todo lo que podía hacerse”.

    En algunos ámbitos ha penetrado en suelo estadounidense la idea atrabiliaria que los precios dependen de la voluntad empresaria en lugar de percatarse que si fuera así no habría techo alguno en los precios puesto que todo comerciante intenta embolsarse con lo máximo que pueda del mismo modo que todos los que trabajan desean ser retribuidos con los mayores salarios. Si fuera así el vendedor de caramelos colocaría su producto a un millón de dólares la unidad pero las cosas no son ni remotamente de ese modo, hay algo que se conoce como la ley de la oferta y la demanda por una parte, y por otra cuando la llamada autoridad monetaria expande la cantidad de dinero el poder adquisitivo se derrite puesto que hay más billetes persiguiendo la cantidad de bienes y servicios disponibles.

    No es una treta que de resultado en mentes medianamente despiertas el endosar la responsabilidad de los procesos inflacionarios a los comerciantes con la idea de desviar la atención de los manotazos gubernamentales que imponen esa carga tributaria no legislada que conocemos con el nombre de inflación para no recurrir a la verdadera expresión que es una estafa legal en el contexto del abuso de poder.

    Como lo han señalado una y otra vez economistas de renombre, la inflación es consecuencia de la expansión en la cantidad de dinero que imponen las bancas centrales y las llamadas “expectativas” nada tiene que ver puesto que si un comerciante eleva los precios más allá de lo que absorbe la demanda simplemente verá contraerse sus ventas. Para que tenga lugar el aumento de precios más allá de las condiciones de mercado, es indispensable que sean convalidados por expansión de moneda.

    El efecto central del daño inflacionario es que distorsiona los precios relativos, esto es desdibuja las únicas señales con que cuenta el mercado para guiar a los operadores económicos respecto al uso de los siempre escasos factores de producción e inducir al despilfarro que al consumir capital hace que los salarios e ingresos en términos reales se contraigan.

    En el caso de la conferencia de prensa a la que aludimos en este artículo también se dijo que la inflación “significa el aumento general de precios” lo cual no es correcto ya que si fuera de ese modo no habría problema con la inflación en cuanto a que no se produciría el desequilibrio entre precios e ingresos puesto que todos los precios galoparían al mismo ritmo y tengamos en cuenta que los salarios también son precios. En ese caso una inflación del treinta por ciento anual, mensual o semanal no provocaría el antes mencionado desequilibro. Habría eso si eventualmente que transportar el dinero en carretillas, habría que corregir las columnas en los libros de contabilidad y modificar los dígitos en las calculadoras, pero como queda dicho la distorsión precios-salarios no tendría lugar. El problema central entonces con la inflación monetaria es la desfiguración de los precios relativos.

    El rol del empresario en una sociedad libre se circunscribe a que para mejorar su situación patrimonial no tiene más remedio que ofrecer bienes y servicios que demandan sus congéneres: si acierta en las preferencias de su prójimo obtiene ganancias y si yerra incurre en quebrantos. El cuadro de resultados hace de guía para la utilización de los fondos disponibles al efecto de otorgarle el mejor uso posible dadas las circunstancias imperantes.

    Por otro lado, los prebendarios que operan en alianza con el poder de turno en base a privilegios y mercados cautivos son la máxima expresión de la explotación a sus semejantes y lo contrario de lo que significa un empresario en una sociedad abierta.

    En resumen, la codicia que hay que combatir con toda la fuerza de la ley es la que llevan a cabo funcionarios con el fruto del trabajo ajeno. Como ha señalado Thomas Sowell “no entiendo cómo se condena el uso y la disposición de lo propio como un acto de codicia y se exculpa el echar mano coactivamente a los recursos de otros en nombre de la denominada justicia social”. Por último, en este sentido Freidrich Hayek explica que “el adjetivo social unido a cualquier sustantivo lo convierte en su antónimo: derechos sociales, constitucionalismo social, economía social y justicia social” puesto que esto último solo puede tener dos acepciones: o es una redundancia ya que la justicia no puede ser vegetal o mineral o significa sacarles a unos lo que les pertenece para entregarlo a otros lo cual contradice la definición clásica de justicia en cuanto a “dar a cada uno lo suyo”.

    Hoy aparece un peligro adicional en Estados Unidos además de lo antes señalado sobre el marcado deterioro de guarismos clave que incluyen una inflación creciente y es el denunciado en CNN por el ex comandante general Paul Eaton que se concreta en la constante presión a integrantes de las Fuerzas Armadas por parte de ciertos líderes políticos que acompañan la antes mencionada idea atrabiliaria del fraude electoral en al última contienda, lo cual -concluye el mencionado general también en nombre de otros camaradas de armas- pone en grave riesgo la continuidad institucional de la república. Afortunadamente hay destacados miembros del Partido Republicano como el anterior candidato a la presidencia y actual Senador Mitt Romney y distinguidos colegas que condenan enfáticamente la posición alimentada por Trump y el intento por desconocer el último resultado electoral sin atender las antedichas certificaciones.

    Para bien del mundo libre, hacemos votos para que merced a los múltiples y muy meritorios esfuerzos que se llevan a cabo en muy diversas fundaciones privadas y equivalentes para rectificar el rumbo en Estados Unidos puedan producirse resultados acorde, de lo contrario la libertad corre riesgos grandes. Muchos son los que advierten acerca de este declive pronunciado pero se destacan David Stockman y Ron Paul con sus libros y reiteradas apariciones en televisión con reflexiones muy atinadas y documentaciones sumamente detalladas, junto a valiosos consejos para apartarse de la degradación en su país en varios frentes por darle la espalda a lo mejor de la tradición estadounidense que produjo la revolución más constructiva a favor de los derechos individuales en lo que va de la historia de la humanidad.

  • Descentralicemos la educación

    Descentralicemos la educación

    Me aflige ver como una y otra vez las noticias destacan el bochornoso fracaso de la educación en Panamá, pero, según parece, pocos proponen soluciones. ¿Será que no conocen de alternativas o será que no se atreven a proponerlas? Y digo que no se atreven a proponer alternativas porque las obvias van en contracorriente; lo cual es lastimoso ya que la corriente va por un rumbo equivocado y tenebroso, que es el rumbo del centralismo castrante del servilismo a las mafias políticas.

    Y, no hago semejante acusación de manera temeraria sino en base a toda la abundante evidencia, consistente no sólo en el fracaso del NODUCA sino en el tropel de asaltos al erario y temas puntuales, tales como la actuación delictiva de los agentes de tránsito, la cual es apadrinada por el andamiaje administrativo estatal.

    Dicho lo anterior, reenfoco el tema del fracaso educativo y de sus soluciones; y la pregunta medular es si nos seguimos estancados en el lodazal del repudio al fracasado sistema o si vamos a procurar auténticas reformas.

    En los EE.UU., la parte buena de la supuesta “pandemia” es que ha causado un despertar que ha llevado a decenas de miles de padres de familia a repensar la educación de sus hijos, luego de dos años de tenerlos en casa y de ver la pobre calidad de una enseñanza pagada a precio de primera calidad.

    En los EE.UU., muchos padres optaron por la educación en casa, mientras otros optaron por ir a las reuniones de juntas académicas a ver y opinar; lo cual produjo una reacción de reflejo estatal que acusó a los padres de ser “terroristas domésticos.” Al menos en Panamá nuestra pobre constitución dice que los padres tienen el magnánime derecho de participar.

    En Panamá el asunto es mucho más lúgubre, ya que pocos padres se preocupan en averiguar qué les enseñan a sus hijos, si es que les enseñan algo más que la sumisión al dios estado. Pero la pregunta que gime ser formulada a gritos es: ¿Acaso la educación es algo que puede o debe ser delegada a los gobiernos? ¿Acaso los panameños no se dan cuenta lo chambona que es su estructura gubernamental? Que si no pueden siquiera mantener las calles y regular en tránsito ¿qué chance tienen de educar a los niños?

    La solución debía ser obvia… ¡DESCENTRALIZACIÓN! Es decir, que el NODUCA sólo se dedique a la función propia estatal de velar que no estafen a los ciudadanos en vez de lo que hace hoy día que es ser el estafador en jefe.

    El gran secreto de una buena educación está en cosas como la diversidad de ofertas educativas y, particularmente, en promover la emoción y amor por el aprendizaje. Pensar que el NODUCA puede hacer estas cosas es absurdo. Y ello sin considerar que una institución estatal panameña no tiene la capacidad de administrar una planilla de más de 60,000 funcionarios y mucho menos el presupuesto que ello requiere. Sólo hay que ver la penosa situación de las infraestructuras académcias por todos lados.

    Si no abolimos el abismal rol político estatal en la educación seguiremos atascados en el lodazal de la ignorancia y la pobreza, con todas esas cacareadas desigualdades resultantes del pérfido sistema. Y lo más triste de todo es que despilfarramos más en la deseducación central que lo que gastan las escuelas privadas. Bien podríamos dar los fondos directamente a los padres, a través de vales o cuentas educativas y que estos decidan dónde educan a sus hijos. Con ello se potenciaría la independencia de los ciudadanos y no el servilismo.

  • ¿Es virtuosa la homosexualidad?

    Hace pocos días, GCC Views publicó un artículo en el cual la agencia estatal de servicio postal noruego, presenta un video de un Santa gay; el cual se tornó viral. GCC Views no intentaba promover la homosexualidad sino informar acerca de la tendencia creciente de quienes se afanan en decir que es cosa buena, normal y sana. Simplemente buscamos la discusión crítica del tema. Y, tal vez uno de los enfoques críticos iniciales sería: ¿Qué hace una agencia estatal promoviendo la homosexualidad? ¿Acaso es esa una función gubernamental?

    La sexualidad, por su naturaleza, no es un deporte o actividad para deleitarnos sin atención a sus consecuencias más profundas. La cópula sexual entre hombre y mujer está fraguada en la naturaleza con fines de diversidad y sobrevivencia, que sin ello no existiríamos.
    El cambio de una reproducción asexual a una sexual ocurrió hace unos 541 millones de años durante la explosión Cámbrica, e hizo posible la evolución que trajo a los humanos a la cúspide de la creación animal. Fue una diferenciación que permitió y sigue permitiendo una adaptación de sobrevivencia y desarrollo. La atracción entre el macho y la hembra tuvo y tiene un propósito único y esencial, con lo cual no debemos interferir ni, mucho menos, jugar.

    Con la diferenciación de homíninos a homínidos, el cerebro tuvo que crecer para permitir nuestro desarrollo, limitado por el paso a través del canal de parto de las madres de la vida; lo cual tiene aspectos insoslayables; tal como la crianza y educación de la criatura, lo cual poco ocurre entre otras especies animales. Esta función unitiva de la pareja va de la mano con la reproductiva y son inseparables. Precisamente allí el intento tenebroso de la tendencia totalitaria de promover la homosexualidad, la educación estatal, y el convertirnos en semovientes. Es la destrucción del bienandar que nos encausa por tenebrosos caminos.

    Más aún, la práctica homosexual debilita la unión entre el padre y la madre y el sano desarrollo de los hijos. La práctica homosexual desatiende la razón e importancia de la naturaleza creativa y de la vida en general. Con lo dicho, no busco destruir a quienes se han ido por esos rumbos, sino busco dejar lo más claro posible el que el acto o cópula homosexual no es virtuoso.

    En fin, quienes buscan y promueven estas aberraciones son una gran minoría que, como lee la Carta de San Pablo a los romanos en su Capítulo 1, advierte de “las maldades e injusticias de aquellos que sofocan la verdad con el mal.” También señala San Pablo que las obras de la Creación están inscritas en ella para que la conozcamos. Y habla de aquellos que “creyéndose sabios, se volvieron necios.” “Se entregaron a la impureza y deshonraron sus propios cuerpos.”

    Y más aún, nos dijo San Pablo: “Los hombres, asimismo, dejan la relación natural con la mujer y se apasionan los unos por los otros; practican torpezas varones con varones, y así reciben en su propia persona el castigo merecido por su aberración.”